Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

Introducción


Viaje al Oeste (Hsi-You Chi) es uno de los grandes monumentos de la literatura china. Su elaborado entramado de prosa y poesía, en el que hallan eco la lírica, la épica, la sátira, la filosofía y la religión, lo convierte en un mosaico que refleja fielmente el abigarrado universo oriental, cuyos límites y características más peculiares vuelve a redefinir de una forma totalmente original. Sin personajes tan representativos como Tripitaka, Sun Wu-Kung, Chu Ba-Chie o Sha Wu-Ching, el teatro, la ópera, la danza, la pintura y las restantes manifestaciones artísticas del Extremo Oriente perderían, en efecto, parte de sus temas más recurrentes y una de sus claves hermenéuticas más representativas.
Ésa es, precisamente, una de las señas de identidad de las obras que denominamos clásicas: convertirse en punto de encuentro de toda una serie de corrientes culturales, a las que dotan de una nueva vitalidad que hace posible su permanencia en el tiempo. Sin su inestimable aportación las culturas decaen y se revisten de ese aire añejo de trasto inservible que se respira en muchos museos. Para que eso no ocurra, se precisa un rebrote de la imaginación que devore con su fuego lo antiguo y haga posible que las generaciones futuras se sigan identificando con el resplandor de su luz.
Dentro del ámbito cultural chino Hsi-You Chi realizó esta función con una fuerza mayor que esos cuatro clásicos desconocidos en la «aldea occidental», que llevan por título Ching-Ping-Mei, La investidura de los dioses (Feng-Shen Yen-I), En las márgenes del agua (Shuei-Hu Chuan) y El romance de los tres reinos (San- Kwo Chi-Yi). Su preeminencia arranca, a nuestro entender, del hecho de que supo integrar con más perfección en sus páginas los postulados de las corrientes ideológicas que más han contribuido a moldear el espíritu chino: el confucionismo, el taoísmo y el budismo.
Si bien es cierto que ninguna de sus manifestaciones artísticas, por muy nimia que pueda  parecer, escapa a la influencia de uno o varios de dichos referentes hermenéuticos, en el caso que nos ocupa se entremezclan de tal forma con la acción que los protagonistas se convierten en auténticas personificaciones de sus postulados, sin que por ello pierdan la fuerza tópica de los individuos de ficción. Semejante actitud traduce, en definitiva, esa corriente medieval, iniciada a comienzos de la dinastía Suei (581-618) por el emperador Yang-Chien (581-604), que consideró en plano de igualdad a las tres religiones más influyentes («san-chiao kwei-I») y que encontró eco en obras tan partidistas de una corriente determinada como el Tao-Tsang, o Canon taoísta.
Se equivocan, por tanto, los críticos japoneses, con Tanaka Kenji a la cabeza, que han querido ver en la novela que comentamos una obra de corte moderno, en el sentido de que expresa un rechazo de lo religioso y una afirmación de lo humano. De hecho, la relación de Hsi-You Chi con esas corrientes de pensamiento - particularmente el taoísmo y el budismo - va más allá del mero marco epistemológico o de una supuesta intencionalidad alegórica, para dar razón tanto de la estructura de la obra como de la de cada uno de sus capítulos. Pretender, como hicieron Hu-Shr y Lu-Xün, que se trata de un mero divertimento de corte satírico es renunciar a la riqueza que encierra el texto, reduciéndolo a una sola lectura unidireccional. Con ello se prescindiría, al mismo tiempo, de una de las claves explicativas de su éxito e influencia a lo largo de los siglos.

I. Influencia taoísta

Sin llegar a los extremos de Chen Yüan-Chr, Chen Shr-Ping o Cheng Shu-Chen, que, a finales de la dinastía Ming (1368-1644) y principios de la Ching (1644-1911), afirmaron que la obra no era más que una guía de alquimia interna («nei-dan»), influida por las enseñanzas del I Ching y las teorías del yin y el yang, es preciso resaltar el fuerte sabor taoísta y budista que impregna cada una de sus páginas. Esto se aprecia en el mismo nombre de los protagonistas, un detalle de capital importancia, si tenemos en cuenta que los nombres propios designan cualidades esenciales de los individuos y que, por lo tanto, tienden a cambiar a lo largo de la vida de los mismos. Eso explica la abundancia onomástica de la que gozan los personajes de cierta relevancia.
Chen Hsüan-Tsang, el monje cuyo peregrinaje a la India en busca de escrituras sagradas describe la novela, es conocido también como Tripitaka y San-Tsang. Esta última denominación posee una acepción tanto budista como taoísta. En conformidad con la primera, el nombre aludiría a su función de Peregrino en busca de textos búdicos, ya que literalmente significa «tres colecciones de escritos». Según la segunda, haría referencia a la antropología taoísta, puesto que designa a los tres elementos constitutivos del ser humano: el «ching» (o esencia), el «chi» (o energía vital), y el «shen» (o espíritu).
En su sentido más estricto, el «ching» se refiere al esperma y a las secreciones vaginales, que, como ocurre con el «chi» (energía vital producida por los pulmones, el corazón, el bazo, el hígado y los riñones), deben conservarse en el interior del cuerpo y mantener entre sí un perfecto equilibrio. Por lo que respecta al «shen», hay que decir que desde tiempos muy remotos los chinos creían en la existencia de dos tipos diferentes de almas: el «huen», que provenía del éter y a él retornaba cuando se producía la muerte, y el «phe», que tenía su origen en la tierra y a ella volvía en el momento de la defunción. Por influencia astrológica, a partir de la dinastía Han (206 a. C.-220 d. C.) se establecieron tres clases distintas de «huen» y siete de «phe».

a) La alquimia interior

Si significativo es el nombre del maestro, no lo son menos los de los discípulos. Por su categoría de tales, a todos les corresponde el apellido del primero, Sun, aunque a lo largo de la narración se siga llamando a uno Chu («cerdo», por su inconfundible aspecto de tal) y a otro Sha («arena», en clara alusión al lugar en el que acepta el magisterio del monje Peregrino). El patronímico Sun hace referencia a la doctrina del «embrión sagrado» («shen-tai»), término del que se valían los practicantes de la alquimia interna para designar el último estadio del proceso que conduce a la inmortalidad.
La expresión está íntimamente relacionada con el «chi», que, además del sentido esbozado anteriormente, hace referencia a la respiración interior de quien ha conseguido el equilibrio ideal entre los componentes básicos de su ser. Eso lecapacita la recuperación del modo respiratorio que poseía en el seno materno, con lo que adquiere un estado de perenne regeneración y continuo inicio de la vida. Con ello se hace realidad la expresión, tantas veces repetida en el texto, de tomar el yin para alimentar el yang, «tsai-yin pu-yang».
Dada la conexión de esos dos principios con los grandes órganos internos, lo que, en realidad, se afirma, es una profunda relación entre los procesos de la alquimia interna («nei-dan») y las fases lunares, interpretadas a la luz de los trigramas y hexagramas del I Ching. Dicha relación fue establecida por los alquimistas Ching-Fang (77-37 a. C.) y Yü-Fan (164-233) y desarrollada posteriormente durante los siglos III y IV en obras como Tsan-Tung-Chr, de Wei Bai-Yang, Hsi-Tse-Chuan, de Meng-Hsi y Chiao-Gen, y Yüan-Chiang Tse Er-min Pian, de Wang Ching-Shen.
No cabe duda de que tanto Sun Wu-Kung como Chu Ba-Chie y el Bonzo Sha son seres que han alcanzado la inmortalidad poniendo en práctica los principios de la alquimia interna, pero no debe olvidarse tampoco que, por negligencias anteriores a su encuentro con el maestro Tripitaka, han sido sometidos a diferentes castigos, de los que se regenerarán gracias al viaje que entonces inician. Toda la empresa supone, pues, un paso del «hsiou-Tao» (o «perfección del Tao») al «hsiou-hsin» (o «perfección del corazón»). Con ello se exige a sus participantes un replanteamiento de su adquirida inmortalidad y un retorno ineludible a los principios morales que la hicieron posible.

b) La doctrina de las «Cinco Fases»

Si esos puntos son relevantes a la hora de conocer la naturaleza exacta de la empresa y de sus personajes, no lo es menos la identificación de cada uno de ellos con los elementos constitutivos de cuanto existe («wu-hsing»: el fuego, el aire, la tierra, la madera y el agua), para comprender el modo de actuación de los mismos, así como las tensiones existentes entre ellos y el propio desarrollo de la novela.
Esta personificación no es gratuita, sino que se desprende claramente de títulos de capítulos como el 32, el 40, el 47 y el 52. En ellos se identifica explícitamente a Wu-Kung con el metal, a Wu-Neng con la madera y a Wu-Ching con la tierra. El calificativo «madre» que a veces los precede obedece a la íntima relación que existe entre cada una de esas «Cinco Fases» («wu-hsing»). Ninguna de ellas puede existir, en efecto, sin el concurso de la que le precede, pero, al mismo tiempo, todas ellas pueden ser destruidas por la que les sigue. La madera, por ejemplo, surge del agua, pero puede ser destruida por el fuego, al que alimenta y que, a su vez, puede ser sofocado por el agua.
Eso pone de  relieve la unidad que debe reinar entre los protagonistas - no debeolvidarse que tanto el caballo-dragón como Tripitaka asumen la personalidad de los dos «hsing» restantes, así como las tremendas tensiones que surgen a lo largo de la Peregrinación y que llegan a poner en peligro el éxito de la empresa, particularmente las descritas en los capítulos 30, 31, 40 y 57.
A la luz de esa doctrina encuentran, igualmente, una justificación las batallas y los encuentros con monstruos, que componen el cuerpo principal de la obra, más allá del número de pruebas a las que debe someterse el maestro por su falta de atención en una reencarnación previa. Las armas («shen-ping») son, en efecto, una parte constitutiva del ser del inmortal, como se aprecia claramente en el Feng-Shen Yen-I, ya que pueden con ellas «domar tigres y dominar dragones», eufemismo empleado para denominar los procesos de alquimia interna.
Cuanta más alta sea la perfección del Tao alcanzada, más maravilloso y poderoso será el arma que blanda el inmortal, puesto que se trata, en realidad, de una prolongación de su íntimo «ching». Se comprende, así, la singularidad de la «complaciente barra de los extremos de oro», de la que Wu-Kung, personificación del «hsing» metal, se siente tan orgulloso, por haber servido al emperador Yü para fijar los límites al mar y a las restantes masas acuosas.
Las bravatas que preceden a la batalla, lejos de constituir un mero recurso psicológico para minar la seguridad de los oponentes, es, en realidad, una declaración del nivel de «hsiou-Tao» alcanzado por cada uno de los contendientes. De ahí que Wu-Kung haga uso de todos los recursos a su alcance, algunos tremendamente divertidos e ingeniosos, para hacerse con los «shen-ping» de sus adversarios. Semejante gesto supone la apropiación de todo el potencial de sus espíritus, con lo que su grado personal de perfección se ve substancialmente incrementado y su mérito se va tornando progresivamente tan grande como la culpa que dio origen a su castigo.
Puede repugnar a la mentalidad occidental el hecho de que batallas tan sangrientas que acaban con los sesos del derrotado esparcidos por el suelo sean expresión de una espiritualidad sublime, pero la verdad es que el mismo enfrentamiento nace, no del deseo de solventar por medio de las armas un conflicto cualquiera, sino de la necesidad imperiosa de continuar avanzando por el camino («tao») de la perfección. Eso es algo que tampoco comprenden al principio los príncipes del capítulo 88, el más crítico de todos, por cuanto los tres seguidores de Tripitaka pierden sus armas a manos de un monstruo ladrón.

c) Estructuración de los capítulos

Semejante evento no constituye una anécdota dentro de la larga tradición de los «Chi-kwai» (o «crónicas de lo maravilloso»), sino una confirmación de que el desarrollo de la acción, las relaciones de los protagonistas y la propia estructura de los capítulos dependen, en gran medida, de la visión taoísta que subyace en toda la obra.
Los capítulos presentan, en efecto, una estructuración que mantiene puntos de coincidencia con los de las otras novelas monumentales del mismo período, pero poseen peculiaridades propias derivadas del taoísmo. La influencia de los principios de esa escuela se aprecia incluso en los títulos. Además de su típica función de síntesis de lo que va a suceder en cada uno de ellos, ofrecen una interpretación taoísta de esos mismos acontecimientos, que, en una lectura rápida, no parecen querer superar los límites del puro divertimento. No faltan, en efecto, referencias explícitas a la raíz divina, a la moralidad del Tao, a la vuelta a los orígenes como medio de perfección espiritual, a los Ocho Trigramas, a las Cinco Fases, al «mono de la mente», al carácter depredador de los sentidos (concepto tan propio del budismo como del taoísmo, según se desprende de los escritos de Chuang-Tse), al «caballo de la voluntad», al Gran Inmortal, a la dependencia y tensión existentes entre cada uno de los «wu hsing», a la compenetración entre el yin y el yang, a la rectificación de la mente como medio de alcanzar la inmortalidad, al carácter distorsionador de la inteligencia, a las dificultades para mantenerse inactivo en todo momento, a la búsqueda constante de la perfección, al alejamiento de los orígenes producido por el sometimiento a las pasiones, a la naturaleza de la «madre madera», a la debilidad ontológica de cuanto existe, al embrión sagrado, a la derrota de la mente a manos del fuego, a los Tres Puros, a la acción conjunta del «metal» y la «madera», a la nutrición del yin por parte del yang, al retorno al propio modo de ser, a la fuente de los diferentes elixires de inmortalidad...
Esta somera enumeración constituye por sí misma un catálogo de los temas que más preocupaban al taoísmo. Sin embargo, donde mejor se aprecia el sentido taoísta de anécdotas aparentemente triviales es en los poemas que abren los capítulos, articulan, a lo largo de su desarrollo - sucesos que están teniendo lugar en escenarios diferentes, y los concluyen inmediatamente antes de las repetitivas fórmulas de conexión entre los mismos.
La acción se halla estructurada alrededor de estos pequeños poemas. No podía ser de otra forma, ya que, en el fondo, se trata de auténticas claves hermenéuticas, que descubren el sentido profundo que se esconde tras el más trivial de los avatares a los que se van viendo sometidos los Peregrinos. La mayoría de las veces su interpretación resulta desconcertante, pero ese es uno de los muchos recursos de los que se vale el autor para mantener vivo el interés y armonizar, con un claro sentido dramático, lo filosófico y lo humanístico. Su importancia es tal que vienen resaltados en el texto con expresiones introductorias como «de todo esto disponemos de un poema explicativo, que afirma», «según reza el poema» y otras similares.
Su explicitación contrasta con el silencio con el que son presentados los otros poemas que aparecen en la obra, a pesar de ser mucho más numerosos y ofrecer una mayor variedad compositiva. Abarcan, de hecho, todos los modos poéticos tradicionales, sin que falten ejemplos de «chüe-chü» (composiciones de cuatro versos de cinco o siete sílabas), ni de «lü-shr» (estrofas de ocho versos pentasílabos o heptasílabos), ni de «pai-lü» (poemas de gran extensión y rima única), ni de «tsu» (poemas de metraje irregular y marcado contenido lírico), ni de «fu» (prosa rimada).
Como ocurre en las otras grandes obras de la novelística china, estos poemas se hallan mezclados con la prosa, manifestando una clara influencia de las formas teatrales antiguas y de los métodos proselitistas de los «pien-wen» budistas (pequeñas composiciones rimadas que expresan en verso doctrinas expuestas anteriormente en prosa). Sus funciones abarcan desde la descripción de escenarios de cierta relevancia para la acción a la enumeración de consecuencias imprevistas de sucesos aparentemente triviales, pasando por la singularización de momentos trascendentes dentro de la trama, la constatación de características tanto físicas como morales de los personajes, y la alusión a acontecimientos que van a tener lugar en capítulos siguientes.
Por su carácter eminentemente descriptivo, y ante la imposibilidad de conservar en español los ritmos propios del chino, hemos optado por traducirlos en prosa, sin que por ello hayamos pasado por alto el buen hacer poético del autor. En él resuenan con fuerza los versos de poetas tan destacados como Yü-Liang (289 - 340), Yüan-Hung (328 - 376), Tao-Chie (367 - 427), Kwo-Pu, Wang-Wei (701 - 761), Li-Bai (701 - 762), Du-Fu (712 - 780), Li-She, Hao-Yü (768 - 824), Xia-Tao, Lin He-Ching (967 - 1028), Lu Ding-Bei (1037 - 1101), Chin-Kwang (1049 - 1100), Lu Dung-Bai (1086 - 1102), Hsin Chi-Chr (1140 - 1207), Yüan Hao-Wen (1190 - 1257) y otros de difícil identificación en el texto.

d) Zoomorfismo de los protagonistas

Tan rico trasfondo literario no debe hacernos perder el hilo taoísta que hilvana toda la trama. En efecto, la identificación de los personajes principales con las Cinco Fases explica, a nuestro entender, por qué un héroe religioso popular como Tripitaka es acompañado en su largo viaje por unas figuras animales, que terminan restándole, particularmente Sun Wu-Kung, el primero de sus discípulos, todo protagonismo. Éste es uno de los puntos más estudiados por los especialistas, sin que haya podido llegarse hasta ahora a una explicación concluyente, debido, quizá, a un profundo desconocimiento de las creencias populares.
En la narración poética de la dinastía Sung (960-1280) Da-Tang San-Tsang Chü-chin Shr-hua se alude ya a la figura de un discípulo mono que ayuda al maestro a seguir adelante con su empeño. En el mismo siglo XIII el poeta Liou Ke-Chuang (1187-1269) alude incluso a la necesidad de que eso sea así, pero no explica las razones de semejante aserto. Tampoco lo hacen los textos de principios de las dinastías Tang (618-907) y Ming (1368-1644), que hablan de un mono blanco dotado de poderes extraordinarios, ni quienes han querido ver un precedente de Sun Wu-Kung en la divinidad acuática Wu Chr-Chi, o en ciertos personajes del Ramayana, o en alguno de los seguidores animales de Mu-Lian.
Aunque es probable que el autor de la novela conociera alguna de estas figuras - al dios acuático se le menciona, de hecho, en el capítulo 47, al tiempo que los textos hallados en Tun-Huang confirman la penetración en China de los personajes del Ramayana -, de la propia lectura del texto no se deduce una influencia significativa de esos seres de ficción en la gestación de los protagonistas de la novela o su característico modo de actuar. La explicación debe buscarse, según nuestro modo de ver, tanto en la identificación de los protagonistas con cada uno de los «wu-hsing», como en la estrecha relación que guardan con los principios de la alquimia interna.
Según el Nei-dan Huan-yüan Chüe (Fórmula para que el elixir interno retorne a los orígenes), el metal está relacionado con la secreción («chi») de los pulmones, la madera con la del hígado, y la tierra con la del bazo. Por otra parte, de la combinación de las secciones celestes («tian-kan») y de las divisiones terrestres («di-chr») se deduce que a la fase metal le corresponde la hora «shen», o del mono, a la fase madera la hora «hsi», o del cerdo, y a la fase tierra la hora «wu».
El autor ha tomado, pues, el simbolismo zoomórfico de esas medidas horarias para determinar los rasgos psicológicos de los protagonistas y dotarlos de una profunda carga taoístico-mística. Eso explica la sorprendente necesidad que Liou Ke-Chuang atribuía al carácter animal de los seguidores de Tripitaka. Sin él la novela perdería gran parte de la viveza, originalidad y humor que la han hecho tan atractiva a lo largo de los siglos. Por muy inmortal y poderoso que sea Sun Wu-Kung, la práctica totalidad de sus travesuras carecerían de sentido si, en vez de ser realizadas por un mono humanizado, lo fueran por un maestro taoísta de ilimitados recursos. Los mismo habría que decir del cerdo Chu Ba-Chie, pues su ingenuidad, su desmedida afición a la comida, su rijosidad y su inveterada tendencia a hacer el ridículo se compaginarían muy mal con la personalidad de alguien que, en una existencia previa, había sido nada menos que almirante de la flota celeste.
Sin las travesuras de un mono capaz de dominar setenta y dos formas diferentes de metamorfosis y la tozudez de un cerdo cuya única ilusión es tener siempre la panza llena, Viaje al Oeste no sería más que un adusto tratado de alquimia interior conservado en alguna colección cualquiera gracias al afán recopilador de algún emperador letrado. Hubiera perdido, así, ese atractivo que ha hecho posible su lectura durante siglos, hasta llegar a constituirse en uno de los clásicos indiscutibles de la humanidad, aunque, a decir verdad, su fuerza arranca, no tanto de su innegable vena humorística, como de la base ideológica seria que la sustenta.

II. Influencia budista

Si Viaje al Oeste ha resistido los avatares que han sacudido a la sociedad china desde el advenimiento de los Ching (1644-1911) hasta nuestros días, ha sido, en efecto, debido a la vitalidad de las dos corrientes de pensamiento que empapan cada una de sus páginas. Si el taoísmo hubiera sido coto cerrado de alquimistas e investigadores ociosos de lo exotérico, y no una fuerza que contribuyó a crear ese universo que conocemos por el nombre de cultura china, la novela sería un simple divertimento olvidado hace ya mucho tiempo.
Lo mismo debe afirmarse del budismo. Sin él la empresa que llevan a cabo nuestros héroes carecería totalmente de sentido, ya que su empeño estriba precisamente en la consecución de los textos sagrados de esa corriente religiosa.

a) El Tripitaka histórico

No es, por tanto, circunstancial que toda la obra esté llena de referencias a los clásicos budistas, particularmente al Sutra del corazón con el que el Tripitaka histórico guardaba una estrecha relación, como se desprende de una atenta lectura del capítulo 19. Esto es de capital importancia, puesto que desde sus primeras líneas afirma que «la forma es idéntica al vacío y el vacío no difiere de la forma». Precisamente el nombre del Peregrino, Wu-Kung, quiere decir «el que abre sus ojos al vacío», significando con ello tanto la irrealidad de lo fenoménico, como la falta de consistencia ontológica de cuanto existe.
Se siguen, así, los principios «sunya», «sunyata» y «maya» de la escuela Yogacara, a la que perteneció Chen Hsüan-Tsang, el histórico Tripitaka. Presentaba, en realidad, una visión elitista de la salvación, por cuanto afirmaba que no todos los hombres estaban capacitados para alcanzar el estado búdico. Estos principios se encontraban expuestos en el Mahayana-samparigraha Sastra (Shr-Da-Cheng Luen), que el joven Hsüan-Tsang había estudiado, junto con el Nirvana Sutra (Nie-pan Ching), en el Monasterio de la Tierra Pura de Loyang.
Ambos textos expresan, en realidad, una visión contrapuesta de la iluminación, ya que este último no sólo afirmaba la posibilidad de que todos los hombres alcanzaran el estado de «buda», sino que establecía que, una vez entrado en el «nirvana», el creyente seguía conservando su antiguo «yo». El deseo de solventar tan angustiosa contradicción fue, precisamente, lo que movió al monje Hsüan-Tsang a iniciar el largo camino hacia la India, pues estaba convencido que la respuesta se hallaba en el Yogacarya-bhumi Sastra (Yü-Chia Sr-di Luen).
Esto pone de manifiesto las inquietudes intelectuales de un hombre que, habiendo nacido en Henan hacia el año 596 en el seno de una familia de funcionarios, conocía a la perfección los clásicos confucianos a la temprana edad de ocho años y abrazó a los trece el estado monacal, influido por el fervor de su hermano. Juntos viajaron de Loyang a Chang-An, movidos por un deseo de profundización en el conocimiento de los textos sagrados, muchos de los cuales habían sido traducidos por Chu Shr-Hsing (siglo III), Fa-Hsien, Huei-Gen (363-443), Dharmakshema de Pei-Liang (siglo V) y un grupo de budistas de la época Yüan-Chian (424-453).
Los tiempos que le tocaron vivir a Hsüan-Tsang fueron de los más influyentes de toda la historia china, ya que coincidieron con la dinastía Suei (581-618) y los años iniciales de la dinastía Tang (618-907). En tan corto período temporal se consiguió la reunificación de China, la unificación de su vida económica, el restablecimiento de una ciierta homogeneidad cultural y el resurgimiento de las comentes religiosas tradicionales. Aunque se consideró a las tres exponentes principales de estas últimas en plano de igualdad, el advenimiento de la dinastía Suei supuso un fuerte afianzamiento del budismo, ya que durante el reinado del emperador Yang-Chien (581-604) se construyeron infinidad de templos, se facilitó la labor proselitista de los monjes y el número de conversos aumentó considerablemente.
En este ambiente de efervescencia intelectual y religiosa Hsüan-Tsang decidió emprender el peligroso viaje hacia la India, pero el emperador Tai-Chung (627-649), que acaba de acceder al poder, le niega, por motivos de seguridad, el permiso para abandonar su territorio. El joven monje  sueña,  sin embargo, que cruza  el  océano montado en una flor de loto y que una brisa sagrada le lleva hasta la misma cumbre del Monte Sumeru, donde Indra tiene establecido su paraíso. Eso le mueve a abandonar en secreto su patria hacia finales del año 627, disfrazado de mercader en una caravana que recorría la ruta de occidente, pasando por lugares tan representativos como Turfan, Darashar, Tashkent, Samarkanda, Bactria, Kapisa y Cachemira.
Tras cuatro años de penoso Peregrinar llega, finalmente, al reino de Magadha, donde se dedica, durante cerca de un lustro, al estudio de los textos sagrados en compañía del anciano maestro Silabhadra, o Chie-Hsien, como es conocido entre los chinos. Después de dieciséis años en los que, según la leyenda, convirtió con su palabra encendida a todo tipo de facinerosos, decide regresar a China con un total de seiscientos cincuenta y siete textos budistas, no sin antes solicitar el perdón del emperador Tai-Chung.
El encuentro entre ambos personajes tuvo lugar en Loyang en los primeros meses del año 645. Admirado de sus profundos conocimientos de geografía, política y economía el emperador le ofreció un ventajoso puesto de funcionario, que él rechazó oportunamente para retirarse al monasterio de Hung-Fu y posteriormente al de Tse-En. Allí se dedicó, durante los dieciocho años que aún le quedaban de vida, a la traducción de los textos que él mismo se había procurado, dejando a su muerte, acaecida en el año 644, una obra que abarcaba la versión china de setenta y cuatro textos fundamentales del budismo, el tratado titulado Cheng Wei-Shr Luen y una relación de las peculiaridades de las tierras que en su día recorrió titulada Da-Tang Hsi Yü-Chi. El propio Tang Tai-Chung escribió su famoso Shen-Chiao Hsü como prólogo a la traducción del Yogacarya-bhumi Sastra, del que se ofrece una versión en el último capítulo de la novela.

b) Estructuración de la obra

No es el único caso, ya que en el capítulo 23 hay una clarísima referencia al Wen-shu Shr-Li Wen-ching, en la que se discuten las ventajas de la renuncia a la familia («chu-chia») sobre su aceptación («tsai-chia»). Por si no bastara eso, las alusiones a la visión budista de la realidad son constantes a lo largo de toda la novela. No faltan, en efecto, en sus páginas menciones explícitas a su antropología, su moral, su filosofía, sus leyendas, su escatología y sus exigencias religiosas. No podía ser de otra forma en una obra que tiene por protagonistas a cuatro monjes empeñados en sufrir todo tipo de calamidades por conseguir los textos más representativos del budismo.
La conexión es, sin embargo, mucho más profunda que lo que esa simple anécdota pudiera dar a entender. La propia estructura de la novela depende, de hecho, de los temas esenciales del budismo religioso, es decir, el poder misericordioso de Buda, la necesidad de acumular méritos para alcanzar la iluminación y la exigencia de hacer de la vida un continuo retorno a Buda, a fin de escapar al determinismo reencarnatorio.
En torno a estas ideas centrales se hallan estructuradas, efectivamente, las cinco partes temáticas que podemos distinguir en la obra: la primera abarcaría desde el capítulo 01 al 07, en los que se narra el nacimiento de Sun Wu-Kung, sus esfuerzos por alcanzar la inmortalidad, sus travesuras en los Cielos, su enfrentamiento con los ejércitos celestes, su definitiva derrota a manos de Buda y su confinamiento en las raíces de la Montaña de las Cinco Fases.
La segunda comprendería el capítulo 08, en el que Buda declara su intención de hacer llegar su doctrina a las lejanas tierras del este, el viaje de Kuang Shr-Ing en dicha dirección y la elección de los cuatro seres que han de acompañar al maestro a lo largo de su dificilísima empresa.
La tercera se extendería desde el capítulo 09 al 12, que versan sobre el nacimiento de Hsüan-Tsang, la venganza de los asesinos de sus padres, el viaje del emperador Tang Tai-Chung a los infiernos, su determinación de ayudar a los espíritus hambrientos, la aparición de la Bodhisattva Kwang-Ing y el encargo hecho a Tripitaka de procurarse los textos sagrados.
La cuarta cubriría a los capítulos 13 a 97, que describen el viaje de los Peregrinos, su encuentro con los monstruos empeñados en imposibilitar el triunfo de su empresa y la ayuda prestada por diferentes divinidades para que puedan superar con éxito las ochenta y una pruebas impuestas al antiguo discípulo de Sakyamuni.
La última, finalmente, abarcaría desde el capítulo 98 al 100, que relatan la culminación del viaje, el encuentro de los Peregrinos con Buda, su vuelta a China con las escrituras y su ascensión al panteón búdico.
Las partes primera, segunda y tercera ponen de relieve la gran misericordia de Buda. En un primer momento puede llamar la atención la desproporción entre la culpa y las penas impuestas a los futuros Peregrinos, que, para nuestra sensibilidad actual, más parecen producto de la crueldad que de una ternura sin límites. Basta, sin embargo, comparar la inflexible determinación de las divinidades taoístas con el carácter abierto de las decisiones de Buda para comprender el sentido misericordioso de las mismas. A la base del viaje se encuentra, en efecto, un sentimiento de compasión hacia los habitantes de las Tierras del Este, que mueve a Tathagata a seleccionar a un Peregrino y a escoger cuidadosamente los discípulos que han de posibilitar el éxito final de la empresa.
Es en este punto de arranque donde mejor se aprecia esa pátina de profunda misericordia que recubre los ocho primeros capítulos. Todos los protagonistas, sin excepción, son seres que han cometido faltas dignas de un castigo eterno, habida cuenta de su envidiable estado de inmortales. Su reprobable conducta pone de manifiesto un hecho desconcertante, que han constatado todas las religiones: cuanto más cerca se encuentra uno de las cumbres de la perfección, más alta es la probabilidad de que termine convirtiéndose en un exponente del mal. No hay una tradición religiosa en la que no exista la desazonante figura de los ángeles caídos, seres que, habiendo gozado de una envidiable perfección, jamás conseguirán escapar del terrible castigo al que los condujo su única negligencia.
A la luz de esta condena inflexible hay que considerar esa segunda oportunidad que se da a Wu-Kung, Wu-Ching y hasta al propio Tripitaka. Sun Wu-Kung es plenamente consciente de la singularidad de tan inesperada propuesta. Por eso no tarda en convertirse en el más acérrimo defensor de la empresa, levantando constantemente los ánimos de sus compañeros y arrancando, con su proverbial buen humor lo mejor de sus complejas  personalidades. Su fidelidad al maestro se asienta, pues, sobre esa consciencia del poder misericordioso de Buda, que se extiende, incluso, a muchos de los monstruos a los que se ve obligado a derrotar.
La figura de Kwang Shr-Ing es, en este sentido, paradigmática. Defensora a ultranza de la vida y compasiva hasta extremos inimaginables en otras deidades orientales, no sólo acude en ayuda de los Peregrinos cuando solicitan su intervención, sino que llega también a prestar oídos a los gritos de los monstruos que en un principio se oponían a ellos.

c) Méritos e iluminación

Esto, de alguna forma, contribuye a aumentar los méritos de los antiguos inmortales caídos en desgracia, pues al éxito en el campo de batalla hay que añadir el sometimiento de sus adversarios a los postulados de perfección del budismo. Tan importantes eventos tienen lugar a lo largo de la cuarta parte de la novela, la más extensa de todas, ya que abarca nada menos que setenta y seis capítulos.
ón anterior, durante una sesión doctrinal de Sakyamuni, y los discípulos hacen acopio de esos méritos que harán posible su regeneración definitiva.
Aunque es cierto que esta actitud refleja el esquema de los cuentos de «nobles caídos en desgracia» («kuei-tan liou-lei-tan»), con sus secciones bien diferenciadas de derrota, exilio y retorno glorioso, la explicación definitiva hay que hallarla en los propios postulados del budismo. Puede  sorprender el carácter pasivo y un tanto desabrido del maestro, pero la verdad es que, por su condición monacal y su profundo conocimiento de los postulados místico-morales del taoísmo, no le está permitido anhelar nada, ni siquiera la consecución del envidiable estado nirvánico. En cuanto se rindiera, en efecto, al menor deseo, caería en las tierras movedizas de la imperfección y sus pasos resultarían insuficientes para abandonar el fango.
Los discípulos, por el contrario, se hallan libres, gracias a su condición de inmortales en proceso regeneratorio, de esas exigencias de impasibilidad mística y pueden hacer extensivos al maestro, por los profundos lazos que los atan a él, los méritos que reportan sus constantes esfuerzos.
En ellos se aprecia, al mismo tiempo, esa característica de repercusión social que el budismo atribuye a todo acto virtuoso, con el fin, precisamente, de escapar a esa exigencia ineludible de inactividad pasiva. Las épicas batallas de los Peregrinos con los monstruos siempre tienen, directa o indirectamente, consecuencias positivas para los seres que vivían sometidos a su despótico dominio. Su variedad abarca de la liberación de criaturas indefensas a la apertura de un camino a través de la cordillera o la solución de una terrible sequía.
Lo que se hace, en realidad, con este constante énfasis en las exigencias de la moralidad budista es poner un contrapunto social al marcado individualismo taoísta. En efecto, la idea de que todo el universo se halla encerrado en el interior del cuerpo conduce inevitablemente a la negación del «otro» a lo largo del camino que lleva a la perfección. La necesidad de un maestro posee un carácter absolutamente transitorio, que concluirá con el establecimiento del nuevo inmortal a un territorio montañoso, al que únicamente tendrán acceso sus servidores y soldados.
Como se aprecia en todos los capítulos que componen esta larguísima cuarta parte, esos diablillos no son más que una prolongación de la propia personalidad del monstruo al que sirven. De hecho, cuando éste desaparece, se tornan tan impotentes como animalillos del bosque, lo que son, en realidad, en muchos casos. Esta personalidad compartida la poseen hasta los mismísimos servidores del Hermoso Rey de los Monos, que se muestran invencibles, cuando él está presente, y caen en un deplorable estado de esclavitud, cuando deciden seguir los inciertos pasos de otro maestro.

d) El retorno a Buda

Esta fragilidad ontológica encuentra una cierta solución en el hincapié que la moralidad budista pone en la maduración de la bondad («kusalamula») y en la acumulación de méritos que repercuten en el bienestar ajeno («puyam-karati» o «chia-kuo»). Esa proyección social es de una importancia capital, ya que evita el sometimiento a la tiranía del deseo en la práctica del bien y supone un anticipo de la entrada del creyente en la comunidad de todos los «budas», «wan-Fuo».
Lo que se le exige, por tanto, es una vida de continuo retorno a Buda, cosa que consiguen los Peregrinos en la última parte del libro. Supone, en realidad, una culminación de las cuatro secciones que la preceden pues, sin esa actitud básica de «valerse de la mente para cuestionar a la mente» («i-hsin wen-hsin») o esa otra complementaria de «dominar al mono de la mente y al caballo de la voluntad», nunca podría accederse a la Montaña del Espíritu.
Tan importantísimo evento tiene lugar en los tres últimos capítulos de la obra, que constituyen  una  reafirmación  del  poder  misericordioso  de  Buda,  dado  que  los Peregrinos no sólo consiguen la remisión de su antigua culpa, sino que alcanzan un estado de gloria muy superior al que poseyeron entonces. Las protestas de Ba-Chie no son más que expresión de su carácter ingenuo e inestable, que continúa dominándole después de haber alcanzado el estado búdico. Esta actitud, que comporta una clarísima alusión a los postulados del Nirvana Sutra, es una nueva confirmación de que, si bien cuanto existe se encuentra revestido de vacío y de nada, todo puede convertirse en vehículo de iluminación y de constante retorno a Buda.

III. Influencias literarias

a) Antecedentes

A esta idea obedece la estructura de la novela, si bien el número de sus capítulos dimana de la identificación del cien con el concepto de perfección. No podía ser de otra forma en una obra que llegó a ser conocida como «La Iluminación del Budismo y el Tao de los Sabios», en clara contraposición al Tao de los Inmortales. Sin duda alguna, quien así la definió tenía presente la gesta histórica del monje Hsüan-Tsang y las perspectivas novelescas que ofrecía una hazaña semejante.
Ésta debió de calar muy pronto en la imaginación popular, haciendo que fuera contada, una y otra vez, en los atrios de los templos y en las representaciones dramáticas que tenían lugar en sus explanadas durante las festividades religiosas. Aunque carecemos de pruebas concretas sobre dicho proceso de gestación, las probabilidades de que así haya ocurrido son, ciertamente, muy altas, si tenemos en cuenta que tal fue el camino seguido por otros muchísimos personajes de ficción.
Lo que sí podemos afirmar con toda certeza es que en una fecha tan temprana como el siglo X encontramos un breve relato sobre el monje Hsüan-Tsang en una recopilación de narraciones  cortas  de  diferente  signo  titulada  Tai   ping  Kuang   chi.  De  ella  se desprende la temprana conexión entre el monje viajero y el Sutra del corazón, que le es entregado por un santón cubierto de harapos como remedio eficaz contra los ataques de todo tipo de monstruos y animales feroces, así como contra los obstáculos naturales que pudieran presentársele a lo largo del camino.
Aunque la narración carece de la viveza característica de las tradiciones orales, la empresa del monje viajero debió de ser una de las preferidas del pueblo, a juzgar por lo que cuenta el poeta Ou Yang-Hsiou (1007-1072). Según él, en tiempos del emperador Shr-Cheng (954-959) el Monasterio de Shou-Ling había sido un palacio, del que sólo quedaron las pinturas que narraban la gesta del monje Hsüan-Tsang, cuando entraron en él las fuerzas que derrocaron a los Chou (905-960). Tan desconcertante respeto en unos soldados lanzados de lleno a la típica rapiña de los vencedores da cuenta de la veneración que despertaba el recuerdo del maestro entre el pueblo llano.
Los primeros textos de su hazaña que han llegado hasta nosotros son obra del siglo XIII y llevan por título Hsin-tiao Da-Tang San-Tsang Fa-shr Chü-ching Chi (Nueva Relación de la Procuración de Escrituras llevada a cabo por Tripitaka, Maestro de la Ley del Gran Tang) y Da-Tang San-Tsang Fa-shr Chü-ching Chi (Narración Poética de la Procuración de Escrituras por parte de Tripitaka del Gran Tang). Como ha ocurrido con no pocos antecedentes de otros monumentos literarios chinos, ambos textos se han conservado durante siglos en Japón, concretamente en el monasterio de Kao-Shan, que se levanta al noroeste de Kioto. A principios del presente siglo fueron nuevamente dados a la luz, atrayendo inmediatamente el interés de los investigadores. Habida cuenta de la proximidad geográfica de Japón al continente y su pertenencia al mismo ámbito cultural, esa nación se sintió fuertemente atraída por la extraordinaria producción literaria china. Su ansia por las novedades llevó a algunos señores feudales y comerciantes influyentes a fletar barcos con el único propósito de agenciarse las obras de ficción que iban apareciendo al otro lado del estrecho. Los contactos comerciales eran, en efecto, muy frecuentes y solían efectuarse principalmente a través de los puertos del sur, que han conservado, desde principios de la dinastía Suei hasta nuestros días, una fuerte vocación ultramarina.
El ambiente de esos enclaves marítimos favorecía el intercambio cultural, ya que todo resultaba insuficiente para entretener el obligado ocio de los marineros. Los narradores de historias populares hacían su agosto en los mercados y en los atrios de los templos, lo mismo que las compañías teatrales, con la inestimable ayuda de la música y la danza, las mismas historias que recitaban los bardos. De esa forma, se crearon dos corrientes paralelas de una misma trama, que unas veces tenía su punto de arranque en un hecho histórico y otras en anécdotas tan antiguas como las etnias que componían el gran mosaico antropológico chino.
Para que cristalizaran las novelas monumentales que hoy conocemos, se precisó posteriormente la aportación de un literato bien dotado para la síntesis, que recopilara todas esas corrientes, las estructurara de un modo armónico y las dotara de una unidad derivada de su propio modo de concebir la realidad. Así se explica el carácter coral de muchas de estas creaciones. Lo que, de momento, nos interesa recalcar es que no constituye ninguna excepción el hecho de haber sido hallados en un monasterio japonés los dos precedentes de Viaje al Oeste mencionados anteriormente.
Entre ellos existen muy pocas diferencias temáticas, aunque el segundo ofrece una mayor riqueza literaria, al mezclar porciones en prosa con secciones en versos «chüe-chü» heptasílabos. Dividido en diecisiete partes, el relato poético narra el azaroso viaje del monje Hsüan-Tsang a través de regiones míticas antes de alcanzar la India, donde obtiene un total de cinco mil cuarenta y ocho rollos de escritura. Con ellos regresa al monasterio de Hsian-Lin. Allí tiene la enorme fortuna de recibir las enseñanzas del Sutra del corazón de labios del buda Dipamkara, lo cual le da nuevos ánimos para proseguir el viaje de vuelta. No tarda en alcanzar Loyang, donde el emperador le concede el título de Maestro Tripitaka.
Lo que realmente nos interesa de esta primitiva versión del siglo XIII es la introducción de ciertos temas, que aparecen más desarrollados en la versión definitiva: el discípulo mono dotado de poderes extraordinarios, que alcanza al final el título de Gran Sabio; el sombrero, el báculo y la escudilla de las limosnas, que el maestro recibe de manos del devaraja Mahabrahma; la lucha del mono con un monstruo que es, en realidad, un esqueleto; su victoria sobre un tipo de pelaje albino, obtenida gracias al ingenioso método de introducirse en sus intestinos y desgarrarle, sin ninguna piedad, el estómago; el encuentro de los Peregrinos con un personaje que recuerda al Bonzo Sha; su paso por un reino de mujeres, donde Manjusri y Samantabhadra ponen a prueba la virtud del maestro; el robo de los melocotones sagrados de Wang-Mu-Niang-Niang perpetrado por el mono; la apariencia infantil del «ren-sheng» y los equívocos a lo que ello conduce.
Algunos de esos temas encuentran, igualmente, eco en el Yung-le Da-dien, recopilación de textos literarios realizada entre los años 1403 y 1408 por orden del emperador Chang-Tse, que recoge, por el propio carácter de ese tipo de obras, materiales de una antigüedad superior a un siglo. Aunque sólo se conservan de ella unos cuantos fragmentos, los casi mil doscientos caracteres que hacen alusión al «viaje al Oeste» muestran un sorprendente parecido con el contenido de los capítulos 09 y 10 de la obra definitiva. En ésos se narra, en efecto, la triste suerte seguida por los padres de Hsüan-Tsang y la salvación de éste en las aguas de un río; la discusión sobre las ventajas que encierran sus diferentes modos de vida entre un pescador llamado Cheng-Shao y un pescador que responde al nombre Li-Ting; la desobediencia del Rey Dragón y su posterior condena; la ejecución de la misma por parte del primer ministro Wei-Chang (580 - 643), cuando inesperadamente se abandona al sueño en medio de una partida de ajedrez con el emperador Tang Tai-Chung; la pérdida de credibilidad de este último y su descenso a los infiernos.
Aunque los fragmentos llegados hasta nosotros resultan insuficientes para juzgar la influencia de este antecedente en la obra final, encierra un alto interés el hecho de que se encuentren agrupados en torno al nombre Hsi-You Chi. Eso hace pensar en la existencia de una obra del mismo título y contenido similar al de la novela que hoy conocemos, que circuló con notable éxito por los círculos de influencia cultural china. A pesar de que, desgraciadamente, ese supuesto texto se ha perdido, tenemos referencias de su existencia en una versión popular de novelas chinas de los siglos XIV y XV, que se conserva en la universidad de Seúl y que responde al título de Pu-tung Shr Yüan - chie. En ella se incluyen clarísimas alusiones a los capítulos 44, 45 y 46 de la novela definitiva, así como descripciones de los muchos demonios a los que debe hacer frente el maestro, incluido el propio Ba-Chie. Es más, el relato coreano menciona el gran éxito obtenido por ese perdido Hsi-You Chi, ya que los lectores se pegaban por hacerse con las entregas que componían la obra completa.
No podía ser de otra forma, pues, como ya hemos mencionado anteriormente, existían versiones teatrales paralelas, que avivaban, si no creaban, los deseos de lectura de la novela. Se conservan seis obras escritas para la escena que guardan alguna relación con Viaje al Oeste. Todas ellas son, sin embargo, fragmentarias y de dudosa procedencia, si exceptuamos un guión de veinticuatro actos, perteneciente al género «tsa-chü», que lleva el mismo título que el libro. Conservado durante siglos en un monasterio de Japón, volvió a ver la luz en 1927, siendo atribuido en un principio a Wu Cheng-Ling, de la dinastía Yüan (1280-1368), y posteriormente a Yang Ching-Hsien.
Lo importante para nuestro propósito es que la obra teatral contiene ya los personajes y temas más importantes de la versión novelística, centrándose particularmente en la trágica muerte de los padres de Hsüan-Tsang y su posterior venganza, el encargo imperial de ir en busca de las escrituras, la entrega al maestro del caballo-dragón, la protección prestada por diferentes deidades, el caos al que somete el mono a los cielos y su posterior conversión gracias a la intervención directa de Kwang Shr-Ing, el hambre insaciable de Ba-Chie, su ingenuidad y su irresponsable modo de actuar.
A medida que nos adentramos en el siglo XVI, se aprecia una progresiva fijación de los temas y personajes, aunque varíe significativamente la extensión de las diferentes versiones y no exista unanimidad sobre su fecha de publicación o su posible independencia. Cabe mencionar, a este respecto, el San-Tsang Chu-shen Chüan - chuan (o Biografía completa de San-Tsang), novela atribuida a Yang Chi-He y publicada posiblemente a finales de siglo en Fijian. Forma parte del grupo de narraciones conocidos como «Sz-You Chi» (Los cuatro viajes), compuesto por el Dung-You Chi (Viaje al Este), Nan-You Chi (Viaje al Sur) y Bei-You Chi (Viaje al Norte). Todas estas obras tienen en común el número de capítulos y el carácter mitológico de su trama, ya que describen el viaje de cuatro figuras legendarias a otros tantos puntos del espacio. Otro texto a tener en cuenta es el Tang San-Tsang Hsi-yu Shr-ni Chuan» {Crónicade la liberación de Tripitaka Tang durante su Peregrinoación al Oeste),cuya compilación se atribuye Hou Ding-Chen. De una longitud similar al San-Tsang Chu-shen Chüan-chuan, presenta notables coincidencias con el capítulo 09 de la versión monumental, en el que se narran las desgracias acaecidas a los progenitores del monje Peregrino y su posterior salvación.
De la importancia de tan triste suceso se hace eco también el Hsi-You Cheng-Tao Shu (Libro del viaje al Oeste, o de la Iluminación del Tao), recopilado por Huang Tai-Hung y Wang Hsiang-Hsü, aunque hoy se reconoce que su publicación fue posterior a la de la versión de cien capítulos. Con toda probabilidad ésta vio la luz en Nankín el año 1592, siendo su editor Shr De-Tang, su prologuista Chen Yüan-Chr, y su impresor Tang Kuang-Lu. Todos ellos reconocen, por razones obvias, las extraordinarias virtudes literarias de una obra que constituye el punto final de una tradición desarrollada entre los siglos VII y XV en una doble versión teatral y novelística. Ambas exaltaron, de una forma cada vez más alejada de la realidad, la gesta viajera de un monje imbuido de inquietudes investigadoras.
El caso no es único en la novelística china. Al contrario, la práctica totalidad de sus obras más significativas han pasado por un largo período de gestación oral que, con el transcurso del tiempo, ha ido tomando cuerpo de escritura en dos géneros literarios diferentes. Su influencia ha sido, por fuerza, mutua, ya que las representaciones, con sus recitados, sus cantos y sus danzas, constituían auténticos laboratorios, en los que se analizaban cuidadosamente las reacciones del público. Se mantenían e, incluso, se ampliaban las partes que mayor interés despertaban, en detrimento de las que hallaban un eco menor. La competencia entre las diferentes compañías era muy fuerte y eso hacía que se recibiera con los brazos abiertos cualquier nueva sugerencia. Las aportaciones de los narradores y los dramaturgos se aceptaban con sorprendente rapidez como algo propio, ya que se desconocía el concepto de propiedad intelectual. Las tramas arguméntales eran, por tanto, algo que estaba al alcance de la mano de cualquiera, como la luz del sol o el agua que caía de las nubes.

b) Autoría de la novela

A tal actitud abierta contribuían, igualmente, tanto el método de aprendizaje empleado por los propios literatos como la baja estima en la que se tenía a la novela y a sus creadores. El ideal literario chino no estribaba, en efecto, en la novedad de la trama o de los medios expresivos empleados, sino en la identificación con los modelos anteriores. Esa postura conducía inevitablemente a una repetición exhaustiva de las obras del pasado, en las que se introducían por igual crasos errores y aciertos geniales. A estos últimos hay que atribuir tanto la deslumbrante vitalidad de la literatura china como su posterior decadencia, ya que no existe, en efecto, mayor enemigo de las artes que la rutina.
De ella se libró, afortunadamente, el autor de la versión definitiva, consiguiendo integrar en una obra de cien capítulos los temas más sobresalientes de una larga tradición multisecular. Teniendo en cuenta el carácter fragmentario de los antecedentes que han llegado hasta nosotros, nunca sabremos qué aportaciones son originales suyas y cuáles se deben a la labor de los hombres de letras que le precedieron. De lo que sí estamos seguros es de su profunda capacidad literaria, ya que realizó una dificilísima síntesis de materiales sumamente diversos, a los que fundió en el crisol de la genialidad con el fuego de la poesía, el drama, la filosofía y la religión.
A pesar de su reconocida maestría, su personalidad continúa siendo un misterio. No podía ser de otra forma en una época en la que la novela era considerada un mero divertimento del populacho, indigno por completo de las clases superiores. Aunque existen referencias indicativas del alto interés que los intelectuales sentían por ese tipo de narraciones, públicamente seguían afirmando la superioridad de la poesía y los relatos históricos, con su pesada carga didáctica y moralizante.
Mostrar la más mínima curiosidad por las historias que tanto deleitaban al pueblo hubiera supuesto un auténtico suicidio intelectual, pues el valor de las grandes obras del pasado se asentaba tanto sobre sus innegables valores estéticos, como sobre el prestigio de los hombres de letras que las patrocinaron. Ésta no era un actitud exclusiva del ámbito literario, sino que se extendía a todas las artes. Las grandes muestras pictóricas se convirtieron, de hecho, en espacios en los que los grandes poetas, calígrafos y políticos de su tiempo estampaban sus sellos y sus opiniones. La firma de un hombre de prestigio valía mucho más que la profundidad de esas visiones plasmadas sobre un rollo de seda para poder ser, más que vistas, meditadas. Poco podía aportar a una obra de arte la aprobación de la gente sencilla que llenaba los mercados y se agolpaba en las explanadas de los templos.
Sin embargo, para llevar a cabo la armonización de elementos tan dispares como son los que componen el Viaje al Oeste, se precisaba la aportación de un literato experimentado y de gran capacidad expresiva. Se han barajado, a este respecto, muchos nombres, pero ninguno ha despertado un interés tan vivo como el de Wu Cheng-En. Nacido hacia el año 1500 en Shan-Yang, distrito perteneciente a la prefectura de Huai-An-Kiangsu, ejerció diferentes puestos en la administración, alcanzando en 1544 un cargo de grado medio en el departamento de finanzas. Adscrito al movimiento «Hou Chi Tse» («Los Siete Sabios de los últimos tiempos»), que propugnaba la imitación de los modelos clásicos, fue conocido y respetado por su facilidad poética, su desbordante buen humor y su interés por lo fantástico y exotérico.
Todos estos elementos se hallan presentes en cada una de las páginas de la obra que nos ocupa, pero su asignación a Wu Cheng-En se basa en las compilaciones imperiales posteriores a su muerte, acaecida en 1582. La primera en establecer esa conexión entre el literato y Hsi-You Chi fue el Diccionario Geográfico de Huai-An, que vio la luz durante el reinado del emperador Tian-Chi (1621-1627).
A finales de ese mismo siglo vuelve a atribuírsele la autoría de la novela en el Cian-ching-tang Shu-mu, un catálogo de obras literarias, aunque aparece registrada en la sección geográfica y el epígrafe histórico. Bajo esa misma adscripción se halla incluida en un nuevo Diccionario Geográfico de Huai-An, recopilado en tiempos del emperador Kanghsi (1662-1722), así como en el Diccionario Geográfico del Distrito de Shan-Yang, compilado, a su vez, durante el reinado del emperador Tung-Chr (1862-1874). De estas conexiones se hicieron eco escritores tan prestigiosos como el crítico Wu Yü-Chin (1698-1773) y el especialista en literatura clásica Ding-Yen (1794-1875). Sorprende, a pesar de todas estas referencias, que ni Shr De-Tang, ni Chen Yüan-Chr, ni Tang Kuang-Lu, ni  el  respetado  crítico Li-Chr no sólo no mencionen a su contemporáneo Wu Cheng-En como autor de la novela, sino que explícitamente declaran que desconocen el nombre del literato que la redactó. Por otra parte, la obra a la que se refiere el Diccionario Geográfico de Huai-An de principios del siglo XVII podría muy bien tratarse de una versión más del Hsi-You Chi, distinta de la que hoy conocemos. De todas formas, no podrá aventurarse una hipótesis fiable hasta que no se haya completado la investigación sobre las conexiones existentes entre los componentes internos de la novela y los de los escritos de Wu Cheng-En que han llegado hasta nosotros. De momento, lo único que puede afirmarse es la probabilidad de que el autor de la obra sea, en efecto, el literato fallecido diez años antes de su publicación con la longitud y estructura que hoy conocemos.
Bástenos recalcar que constituye el punto final de una larga tradición iniciada mil años antes, que tomó diferentes formas expresivas con el paso del tiempo. Constituye, de esa forma, una síntesis armoniosa de los modos de hacer chinos de los siglos VII al XV, abarcando dinastías tan ricas, literariamente hablando, como la Suei (581-618), la Tang (618-907), la Sung (960-1280), la Yüan (1280-1368) y la Ming (1368-1644).
Lo que han hecho, en realidad, obras tan señeras como La Investidura de los dioses, En las márgenes del agua, Ching Ping Mei y Viaje al Oeste ha sido recoger lo mejor y más significativo de su universo cultural y proyectarlo hacia el futuro con esa fuerza que sólo la imaginación es capaz de dar. Así se convirtieron no sólo en punto de llegada, sino en principio de una nueva vitalidad literaria, que cristalizó en la rica producción literaria de la dinastía Ching (1644-1911). Por eso forman parte del patrimonio de la humanidad, a pesar de la condena de desconocimiento a la que, una y otra vez, las ha sometido el centralismo cultural occidental.

Enrique P. Gatón e Imelda Huang-Wang

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I. Influencia taoísta
a) La alquimia interior
b) La doctrina de las «Cinco Fases»
c) Estructuración de los capítulos
d) Zoomorfismo de los protagonistas

II. Influencia budista
a) El Tripitaka histórico
b) Estructuración de la obra
c) Méritos e iluminación
d) El retorno a Buda

III. Influencias literarias
a) Antecedentes
b) Autoría de la novela

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