Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

Sólo cuando hayan sido domados el mono y el caballo, podrán alcanzar la perfección. Una vez concluidas todas sus penalidades, consiguen entrevistarse con el auténtico.


Decíamos  que,  una  vez  recuperada  la  vida,  el  noble  Kou  salió  a  despedir  a  los peregrinos con estandartes, banderas y bandas de música, acompañado de todos sus deudos y familiares, así como un nutrido número de monjes tanto budistas como taoístas. No volveremos a hablar más de ellos, centrándonos exclusivamente en el monje Tang y en sus tres discípulos, que continuaron pacientemente su camino. No tardaron en descubrir que la tierra de Buda, en el Oeste, era totalmente distinta de la de otras regiones. Allí las flores simulaban gemas, los matorrales parecían estar hechos de jaspe y los cipreses y los pinos poseían una rugosidad que no se veía en ninguna otra comarca. Por todos los pueblos y ciudades que pasaron las gentes se dedicaban a la práctica de la virtud y a dar de comer a los monjes. En las montañas y en los bosques se toparon con un gran número de personas entregadas a la meditación y al recitado de los sutras. Seis o siete días llevaban descansando por la noche y poniéndose en camino tan pronto como amanecía, cuando avistaron una hilera de edificaciones sumamente altas y de impresionante aspecto. Cada una de ellas debía de medir más de mil metros y todas se adentraban con seguridad en el seno de las nubes. Desde ellas podía verse poner el sol y alcanzar el tímido parpadeo de las estrellas. Sus ventanales eran tan amplios, que parecían contener todo el universo, y sus columnas daban la impresión de ser el sostén de todas las nubes que navegan por el cielo. Bandadas de garzas amarillentas y fénix azulados llevaban de un lugar a otro las cartas de los inmortales [1] con la elegancia que poseen los árboles centenarios y la rapidez de la brisa vespertina. No cabía ninguna duda de que aquellos arcos maravillosos, aquellos salones luminosos como perlas y aquellos edificios más encantadores que las piedras preciosas formaban parte de un palacio del espíritu, un lugar inmortal donde se predicaba el Tao y se enseñaban los sutras. En la primavera las matas se llenaban de capullos y se intensificaba el verdor de las copas de los pinos después de la lluvia. Por el contrario, el agárico y las frutas celestes se mantenían frescas y vivas durante todo el año. Adonde quiera que se dirigiera la vista podían verse bandadas de fénix revoloteando.
- ¿Has visto qué lugar más encantador? - exclamó Tripitaka, volviéndose a Wu-Kung y señalando a la distancia con su fusta.
- ¡No hay quien os entienda, maestro! - contestó el Peregrino -. En más de una ocasión os habéis inclinado ante Budas falsos. Hoy que, por fin, habéis llegado a una tierra de Budas auténticos os mantenéis obstinadamente sentado en vuestra silla de montar. ¿Se puede saber por qué no os bajáis del caballo?
Tripitaka se sintió tan confundido ante esas palabras, que, de un salto, puso el pie en el suelo. No tardaron en llegar a la puerta de aquellas construcciones tan maravillosas. Guardándola había un joven taoísta, que les preguntó, nada más verlos:
- ¿Sois los buscadores de escrituras procedentes de las Tierras del Este?
El maestro se ajustó a toda prisa la túnica y, levantando la cabeza, vio que su interlocutor vestía una túnica de seda, dispuesto en todo momento a tomar parte en los convites que se celebraban junto a los estanques de jaspe, y sostenía en las manos un plumero de jade y rabo de yak, con el que quitaba el polvo de las mansiones celestes. Llevaba  en  la  muñeca  una  placa  sagrada  y  calzaba  unas  sandalias  realmente espléndidas. Su manera de moverse y de hablar manifestaba a las claras que se trataba de un inmortal [2], que había abandonado este mundo de sombras para gozar de una vida sin límites en un lugar tan extraordinario como aquél. El maestro supo en seguida que se trataba de un morador de la Montaña del Espíritu, pues no era otro que el Inmortal de la Cabeza de Oro. El Gran Sabio le reconoció al instante y, volviéndose hacia el maestro, dijo:
- Es el Gran Inmortal de la Cabeza de Oro, que habita en el templo taoísta de Yü-Chen, que se halla situado al pie mismo de la Montaña del Espíritu.
Sólo entonces se dio cuenta Tripitaka del lugar en el que se hallaba y se inclinó respetuosamente ante el inmortal, que exclamó, soltando la carcajada:
- ¡Así que, por fin, habéis conseguido llegar! Creo que la Bodhisattva Kwang-Ing me engañó aposta. Cuando, hace aproximadamente diez años, recibió el encargo de Buda de encontrar en las Tierras del Este un buscador de escrituras, me dijo que tardaría en llegar dos o tres años. Desde entonces he estado esperándole con impaciencia. Lo que menos me imaginaba es que, por fin, fuera a conoceros hoy.
- ¡Jamás podré agradeceros tanta amabilidad! - dijo Tripitaka, juntando las manos a la altura del pecho.
Después de saludar al inmortal, los cuatro peregrinos entraron en el templo con el caballo y el equipaje. Inmediatamente se les sirvió té y una comida vegetariana. No contento con eso, el inmortal pidió a sus sirvientes que prepararan al maestro un baño aromático, para que pudiera presentarse dignamente ante Buda. No existe, en efecto, cosa mejor que un baño, cuando se han acumulado méritos y todas las pasiones se encuentran bajo control. Todas las fatigas han concluido y la ley guía hasta el más nimio de sus actos. Una vez derrotados sus enemigos, los peregrinos alcanzaron, por fin, las tierras de Buda, pero, antes de presentarse ante el Único, era preciso que se desprendieran de toda inmundicia y de toda suciedad. No en balde, su cuerpo había de revestirse de la inmortalidad del diamante [3].
La noche cayó, en cuanto hubieron terminado de bañarse, y decidieron quedarse a descansar en el Templo de Yü-Chen. A la mañana siguiente el monje Tang se puso su espléndida túnica de los bordados y su sombrero Vairocana y, tomando su báculo, fue a despedirse del inmortal, que le dijo, riendo:
- Ayer parecíais un guiñapo humano. Hoy, por el contrario, se os ve fresco y vigoroso y vuestra figura es la de un auténtico hijo de Buda.
Tripitaka hizo ademán de ponerse inmediatamente en camino y el inmortal añadió:
- Esperad un momento. Si no os importa, me gustaría acompañaros.
- No tenéis por qué molestaros - contestó el Peregrino -. Conozco bien el camino.
- Es distinto recorrerlo desde las nubes que a ras de suelo - replicó el inmortal -. O mucho me equivoco o vuestro maestro aún no está capacitado para volar.
- Tenéis razón - reconoció el Peregrino -. Aunque he estado muchas veces en este lugar, siempre me he movido por el aire y no he hollado jamás el suelo. Para no perdernos, debemos abusar de vuestra confianza y pediros que nos acompañéis. Debéis recordar que mi maestro se muere de ganas por presentar sus respetos a Buda.
Sin dejar de sonreír, el inmortal tomó de la mano al monje Tang y le condujo a la otra parte de las puertas de la Ley. El camino que habían de seguir pasaba por el salón central del templo y por la puerta trasera del mismo, donde precisamente daba comienzo la Montaña del Espíritu.
- ¿Veis ahí arriba ese punto envuelto en un halo de luz de cinco colores y esa neblina de buenos auspicios? - preguntó el inmortal al maestro, señalando hacia arriba con la mano
-. Es el Pico del Buitre, donde tiene establecida su morada el Patriarca Budista.
El monje Tang se inclinó inmediatamente, respetuoso, pero el Peregrino le aconsejó, sonriendo:
- No es aquí donde debéis mostrar vuestros respetos, sino ahí arriba. Como muy bien afirma el proverbio, «no puede agotarse un caballo con sólo ver una montaña». Aún estamos un poco lejos para tanta ceremonia. Si empezáis a tocar ahora el suelo con la frente, cuando lleguéis a la cumbre, no os quedarán fuerzas para hacerlo.
- Ahora que, por fin, habéis puesto el pie en la tierra bendita de la Montaña del Espíritu - dijo, entonces, el inmortal -, podéis proseguir el camino en compañía del Gran Sabio, el Mariscal de los Juncales Celestes y el Encargado-de-levantar-la-cortina.
Después de darle las gracias, Tripitaka se despidió de él con una inclinación de cabeza e iniciaron la lenta ascensión de la montaña. Cuando llevaban recorridos diez o doce kilómetros, se toparon con un torrente de agua que tenía una anchura superior a los dieciséis o diecisiete kilómetros. No se veía rastro alguno de presencia humana y Tripitaka exclamó, asustado:
- ¡Estoy seguro de que por aquí no se sube! Aunque, mirándolo bien, un inmortal no puede equivocarse así como así. ¡Pero este torrente es inmenso y sumamente caudaloso! ¿Quieres decirme, Wu-Kung, cómo vamos a atravesarlo, si no disponemos de un bote adecuado?
- ¡Por supuesto que el inmortal no se ha equivocado! - confirmó el Peregrino, sonriendo
-. ¿No veis allí un puente? Es preciso que lo crucéis antes de conseguir la perfección absoluta.
El maestro se acercó y vio que a uno de sus lados había una inscripción que rezaba: «Corriente de Más Allá de las Nubes». También comprobó, sorprendido, que el puente era, en realidad, un tronco. Desde lejos parecía una viga de jade suspendida del cielo, aunque de cerca no era más que un madero medio seco que salvaba aquel torrente de aguas impetuosas. Estaba claro que cruzarlo iba a resultar más difícil que recorrer en un solo día todos los océanos. Nadie en su sano juicio podía atreverse a poner el pie sobre un tronco suspendido a tres mil metros de altura y envuelto en un arco iris y en una masa de nubes tan espesa, que parecía seda blanca. Por si eso no bastara, era sumamente resbaladizo y apto únicamente para esos seres afortunados que saben andar por las nubes.  Al  darse  cuenta  de  las  dificultades  que  entrañaba  cruzar  el  torrente,  dijo Tripitaka, estremeciéndose:
-  Este  puente  no  puede  cruzarlo  ningún  ser  humano.  ¿Por  qué  no  buscamos  otro camino?
- No podemos - respondió el Peregrino, soltando la carcajada -. Este es el único que existe.
- En ese caso - insistió Ba-Chie, aterrado -, ¿cómo vamos a cruzarlo? La corriente es demasiado ancha y sólo la cruza un madero estrecho y resbaladizo en extremo. Sólo de pensarlo, se me ponen a temblar las piernas.
- Quedaos aquí, mientras intento cruzarlo - dijo el Peregrino.
No había acabado de decirlo, cuando se encaramó al madero y lo atravesó a grandes zancadas. El puente se bamboleaba como si fuera un columpio, pero consiguió llegar a la otra orilla más pronto de lo que él mismo había previsto.
- ¿Habéis visto qué fácil? - gritó, satisfecho -. Venga. ¡No tengáis miedo!
Al ver que nadie se atrevía a seguir su ejemplo, el Peregrino regresó al punto donde se encontraban sus hermanos y, agarrando a Ba-Chie, dijo:
- Vamos, Idiota, sígueme.
- ¡No puedo! - contestó Ba-Chie, dejándose caer al suelo temblando de miedo -. Es demasiado resbaladizo para mí. ¡Déjame, por favor! Creo que lo mejor será que cruce el torrente a lomos del viento.
- En un lugar como éste no se puede recurrir a la magia - le regañó el Peregrino, empujándole sin ninguna consideración -. Si no cruzas este puente, jamás podrás convertirte en un Buda.
- Me da igual - respondió Ba-Chie -. Lo único que sé es que por ahí yo no paso - y empezaron a tirar el uno del otro.
A fuerza de buenas razones, el Bonzo Sha consiguió separarlos, pero en ese mismo momento Tripitaka volvió la cabeza y vio a un hombre que venía corriente arriba con una pequeña barquichuela. Loco de contento, el maestro exclamó, mezclando sus gritos con los del barquero:
- ¡Dejad de discutir, de una vez! ¡Ahí viene una barca, que va a ayudarnos a cruzar el torrente!
Ansiosos, los tres se acercaron a la orilla y clavaron sus ojos en el pequeño bote. Cuando  lo  tuvieron  lo  suficientemente  cerca  para  percibir  con  claridad  todos  sus detalles, se percataron, horrorizados, de que no tenía suelo. El Peregrino escrutó al barquero con sus pupilas diamantinas y sus ojos de fuego y descubrió que se trataba del Buda Guía, conocido también como Luz de Ratnadhvaja. Sin dar a entender en ningún momento que le había reconocido, el Peregrino gritó, agitando la mano:
- ¡Eh! ¡Aquí!
Sin pérdida de tiempo, el barquero se llegó hasta la orilla, chillando al compás de sus golpes:
- ¡Ajoííí!
- ¿Cómo es posible que vuestra barca no tenga suelo? - preguntó Tripitaka, temblando de espanto.
- No ha existido embarcación más famosa que ésta desde el principio del tiempo y, afortunadamente, yo siempre he sido su dueño - contestó el Patriarca Budista -. Por muy fuertes que sean, el viento y las olas jamás la hacen zozobrar. Al carecer de principio o de fin, su seguridad está plenamente garantizada. Lo más asombroso, de todas formas, es que, aunque surque diez mil kalpas con envidiable serenidad, es capaz de regresar al Único libre de toda inmundicia. Si bien es cierto que las embarcaciones sin fondo no pueden cruzar los mares, ésta conduce a los espíritus por los meandros de la eternidad.
- Os agradezco que hayáis venido a dar la bienvenida a mi maestro - dijo entonces el Gran Sabio, juntando, respetuoso, las palmas de las manos. Se volvió después hacia Tripitaka y añadió -: Subid a esa barca. Aunque no tenga suelo, es, como acabáis de escuchar, sumamente segura y ni el viento ni las olas son capaces de hacerla zozobrar.
El maestro se negó a obedecerle, pero el Peregrino le agarró de los hombros y le dio un pequeño empujón. Como era de esperarse, cayó de cabeza al agua, pero el barquero le sacó a toda prisa de la corriente. Aunque no dijo nada, mientras se sacudía las ropas, se notaba que estaba muy enfadado con el Peregrino. Sin hacerle el menor caso, éste ayudó al Bonzo Sha y a Ba-Chie a montar en la barca y a acomodar en ella el equipaje y al caballo. El Patriarca Budista hundió su pértiga en el agua y la embarcación se separó de la orilla. Al poco rato apareció flotando corriente arriba un cadáver y, al verlo, el maestro se puso a gritar.
- No os asustéis - le aconsejó el Peregrino, riendo - ¿No os dais cuenta de que sois vos?
- ¡Así es! - ratificó Ba-Chie -. ¡Sois vos!
- ¡Vos mismo! - confirmó el Bonzo Sha, aplaudiendo, entusiasmado.
- ¡Ese cadáver es el vuestro! - exclamó, a su vez, el barquero, uniéndose al entusiasmo de los discípulos -. ¡Enhorabuena, maestro!
Mientras la barca hendía las aguas con sorprendente facilidad, los viajeros repitieron, una y otra vez, la misma cantinela. No tardaron en llegar, de esa forma, sanos y salvos, a la otra orilla de la Corriente de Más Allá de las Nubes. Apenas hubieron puesto el pie en ella, Tripitaka se tornó tan ligero como la brisa y cruzó el torrente por su propio pie. De todo ello disponemos de un poema, que afirma:

Una vez liberado de su cuerpo mortal, brotó en él con toda su fuerza el espíritu originario del amor mutuo. Concluidas sus penalidades, se convirtieron en Budas, libres para siempre de la tiranía de los seis sentidos [4].

Esto es lo que quiere expresarse, cuando se dice que la profunda sabiduría del Dharma es capaz de conducirnos a la otra orilla. En cuanto los cuatro peregrinos hubieron tocado la otra vertiente, desaparecieron de su vista la barca y el hombre que la conducía. El Peregrino reveló, entonces, que se trataba del Buda Guía y en ese mismo instante Tripitaka despertó a la verdad. Emocionado, se volvió hacia sus discípulos y les dio las gracias, pero el Peregrino replicó:
- No debemos agradecernos nada unos a otros, porque la ayuda que nos hemos proporcionado ha sido mutua. A vos debemos haber obtenido la libertad, que supuso para nosotros poder iniciar una vida de perfeccionamiento y de méritos. Vos, por vuestra parte, habéis tenido que depender de nosotros para manteneros seguro en el camino de la fe y conseguir, así, la total liberación de vuestro cuerpo mortal. Mirad a vuestro alrededor y contemplad este incomparable paisaje lleno de flores, hierbas exóticas, pinos, bambúes, fénix, garzas y ciervos. ¿No lo encontráis más hermoso que todos esos lugares habitados por monstruos por los que hemos pasado? ¿No percibís aquí la presencia del bien, mientras que en esos otros sitios únicamente se sentía el mal?
Tripitaka repitió, una vez más, sus frases de agradecimiento y los cuatro iniciaron la ascensión de la Montaña del Espíritu con una ligereza que hasta entonces ninguno de ellos había conocido. No tardó en aparecer ante su vista el impresionante Monasterio del Trueno, cuya parte más alta penetraba en el firmamento, mientras que sus cimientos se hundían en las mismas raíces del Monte Sumeru. El paisaje en el que se hallaba enclavado no podía ser más espléndido, rodeado de picos altísimos, cuyas rocas mostraban una rugosidad desacostumbrada. En todos los acantilados se veían hierbas de jade y flores de jaspe, cuya belleza no tenía nada que envidiar al agárico y a las orquídeas que desgranaban su aroma a lo largo de todos los senderos. Los grupos de monos que se entretenían recogiendo fruta subidos a los melocotoneros parecían estar bañados en oro. Por su parte, las garzas blancas que se hallaban posadas en las ramas de los pinos daban la impresión de ser nubes purísimas atrapadas por unos brazos de jade. Parejas de fénix machos miraban de frente el sol, exigiéndole que llenara el mundo de sus bendiciones. Más difíciles de ver resultaban los fénix hembra, que se movían por el aire, siguiendo los vaivenes de la brisa. Los patos mandarín mostraban, orgullosos, el esplendor de sus plumajes, que hacían pensar en una mezcla imposible de oro y cornalina. En el este y en el oeste se levantaban espléndidos palacios de ventanales que recordaban la pureza de las perlas, mientras que en el norte y en el sur se alzaban impresionantes torres cargadas de nobleza. Las mansiones de los Devarajas se hallaban envueltas en una neblina multicolor, cuya serenidad contrastaba con las llamas rojizas que parecían rodear las residencias de los Protectores del Dharma. La silueta de la torre principal no podía ser más perfecta y su elegancia se veía resaltada por la fragancia de la Utpala. Se trataba, en verdad, de un lugar tan parecido a los Cielos, que las nubes se desplazaban por él con una lentitud asombrosa para hacer más largos sus días. En aquel paraíso no existían las causas y la impureza no se conocía. No en balde, se trataba del mismísimo Palacio del Dharma, del que las kalpas estaban totalmente excluidas.
Con una rapidez asombrosa, el maestro y sus discípulos se llegaron hasta la cumbre de la Montaña del Espíritu, donde vieron un grupo de upasikas sentados bajo el verdor de las copas de los pinos y una fila interminable de devotos que seguían la línea que les marcaban los cipreses. El maestro se inclinó con respeto ante ellos, sorprendiendo vivamente a los upasakas, a los upasikas y a los monjes y monjas allí reunidos, que le dijeron:
-  No  somos  dignos  de  semejante  reconocimiento.  Guardad  vuestros  respetos  para Sakyamuni, cuando tengáis oportunidad de entrevistaros con él.
- No sé lo que le pasa, pero el caso es que siempre se precipita - comentó el Peregrino, echándose a reír -. En fin, vayamos a inclinarnos ante ésos de ahí arriba.
Sin poder contener los brazos ni las piernas a causa de la excitación que le embargaba, el maestro siguió al Peregrino, que se dirigió directamente hacia la puerta del Monasterio del Trueno, donde fueron saludados por los Cuatro Grandes Vajra, que les preguntaron:
- ¿Ha llegado, por fin, el maestro?
- Así es - respondió Tripitaka, inclinándose -. Vuestro humilde discípulo Hsüan-Tsang tiene el honor de comunicaros su llegada - e hizo ademán de querer entrar a toda prisa, cosa que le impidieron los Cuatro Vajra, diciendo:
- No seáis tan impetuoso, maestro. Es preciso que anunciemos vuestra grata presencia. Uno de ellos corrió, en efecto, a dar cuenta de su llegada a los Cuatro Grandes Vajra que protegían la segunda puerta, los cuales, a su vez, informaron oportunamente a los guardianes de la tercera, que eran los que se hallaban en contacto con el Único. Sin pérdida de tiempo, entraron en el Salón del Gran Héroe y anunciaron a Tathagata, el Honorabilísimo, también conocido como Buda Sakyamuni:
- Acaba de llegar a este dignísimo monasterio el monje procedente de la corte de los Tang, que ha venido en busca de las escrituras.
Visiblemente complacido, Buda pidió a los Ocho Bodhisattvas, a los Cuatro Guardianes Vajra, a los Quinientos Arhats, a los Tres Mil Protectores, a los Once Grandes Dirigentes y a los Dieciocho Protectores de los Monasterios que se pusieran en fila y se dispusieran a dar la bienvenida a tan esperado visitante. Cuando todos hubieron ocupado sus puestos, ordenó que el monje Tang fuera conducido inmediatamente a su presencia. La orden corrió de puerta en puerta hasta que, finalmente, los peregrinos pudieron escuchar con claridad:
- ¡Qué entre el maestro!
Siguiendo escrupulosamente las normas del ceremonial, el monje Tang traspuso las puertas del monasterio, seguido de Wu-Kung, Wu-Neng y Wu-Ching, que aún continuaba cargado con el equipaje y tirando de las riendas del caballo. Tal fue la conclusión del viaje que inició ante los mismísimos escalones de jade en aquel lejano año en el que obtuvo la confianza del emperador. Por llevar a término tan alta misión, escaló cordilleras cubiertas de rocío mañanero y descansó sobre la roca viva, al ponerse el sol. Su fe le movió a vadear tres mil cursos diferentes de agua y a hollar incontables senderos sin otro apoyo que el de su báculo de nudos. A lo largo de tan interminables fatigas sólo halló consuelo en la esperanza de llegar a entrevistarse algún día con Buda y alcanzar el fruto de los perfectos.
Nada más poner el pie en el Salón del Gran Héroe, los cuatro peregrinos se echaron rostro en tierra y, de esa forma, presentaron sus respetos a Tathagata. A continuación se inclinaron ante todos los Budas que llenaban tan espléndido salón, arrodillándose tres veces seguidas ante el Patriarca Budista, cuando decidieron hacerle entrega del documento de viaje que traían consigo. Después de leerlo con inesperado cuidado, Tathagata se lo devolvió a Tripitaka, que, clavando la frente en el suelo, dijo:
- Por orden expresa del Gran Emperador de los Tang, en las Tierras del Este, vuestro indigno discípulo Hsüan-Tsang se ha atrevido a poner el pie en este sacratísimo monasterio, con el fin de implorar de vuestra misericordia la entrega de las escrituras sagradas que lleven la salvación a todos mis conciudadanos. Es una inmerecida gracia que espero alcanzar del Patriarca Budista, para que pueda regresar cuanto antes con ellas al país del que partí.
Para dar a conocer la tierna compasión que anidaba en su corazón, Tathagata abrió sus labios de misericordia y dijo, dirigiéndose a Tripitaka:
- Las Tierras del Este pertenecen al continente austral de Jambudvipa. Por su tamaño, la fertilidad de sus tierras, su increíble prosperidad y el elevado número de sus habitantes, se producen en ella gran cantidad de crímenes, adulterios, mentiras, engaños y otras manifestaciones de opresión y avaricia. Sus gentes no sólo no aceptan las enseñanzas de Buda ni se dedican a la práctica de la virtud, sino que tampoco siguen las enseñanzas de las tres escuelas ni muestran ningún respeto por los cinco granos. Son desconfiados, poco dados a la piedad filial, despectivos con todo lo bueno, groseros, seres sin escrúpulos e inclinados al engaño. Abandonándose a la injusticia y al desprecio por la vida, han cometido infinidad de actos reprobables. Su maldad ha enviado directamente a los infiernos a muchos de ellos, que se han visto sometidos a penas horribles en aquel mundo de sombras eternas antes de reencarnarse en bestias. Algunos se han convertido en criaturas con cuernos, pagando, de esta forma, el mal que cometieron y contribuyendo con su carne al sustento del género humano. Ésas son las razones que han conducido a su eterna condenación. Aunque Confucio trató de inculcar con sus enseñanzas la bondad, la rectitud, el respeto a las normas y la práctica del bien, actitudes que se empeñaron en reforzar los diferentes reyes y emperadores, imponiendo a sus detractores penas tales como la deportación, la horca o las mil y una formas del ajusticiamiento, poco caso hicieron los malvados de semejantes principios e instituciones. Conmigo dispongo de tres cestos diferentes de escrituras capaces deliberar al hombre de sus sufrimientos y alejarle de la desgracia. Uno de ellos está compuesto por «vinayas», que tratan de los Cielos, otro por «sastras», que versan sobre la Tierra, y otro por «sutras», que tienen el poder suficiente para salvar a los condenados de sus tormentos. Componen un total de treinta y cinco obras diferentes distribuidas en quince mil ciento cuarenta y cuatro rollos, en los que se encierran todas las enseñanzas para alcanzar la inmortalidad y seguir la senda de la suprema virtud. Al mismo tiempo, se contiene en ellos una gran cantidad de conocimientos de astronomía, geografía, flora, fauna, artes, vidas de personajes ilustres y otros muchos asuntos humanos que tienen lugar en los cuatro grandes continentes de este mundo. Puesto que, para llegar hasta aquí, os habéis visto obligados a recorrer una distancia enorme, me gustaría poner a vuestra disposición todos esos escritos. Me temo, sin embargo, que los habitantes de vuestro país, débiles de mente y duros de corazón, acabarán burlándose de las verdades en ellos contenidas y se negarán a aceptar el profundo sentido de nuestras enseñanzas de Sramana.
Se volvió a continuación hacia Ananda y Kasyapa y añadió:
- Llevad a los peregrinos al salón que hay al pie de la torre y dadles algo de comer. En cuanto hayan recobrado las fuerzas, abridles el tesoro de nuestros escritos, para que escojan unos cuantos rollos de cada una de las treinta y cinco divisiones de los tres cánones y regresen con ellos a las Tierras del Este, como muestra de mi magnanimidad hacia sus habitantes.
Sin pérdida de tiempo, los dos Respetables condujeron a los recién llegados al salón que había justamente al pie de la torre y pusieron a su disposición una increíble cantidad de platos, a cual más exóticos y sabrosos, que se hallaban expuestos con tanto cuidado como si estuvieran a la venta. Los encargados de los sacrificios y ofrendas les sirvieron té, frutas y comida de un sabor totalmente diferente de los del mundo de los mortales. Después de dar las gracias a los Budas que los acompañaban, el maestro y los discípulos se entregaron al disfrute de aquellas maravillas que tenían delante de los ojos. El lujo del salón, de vigas de oro y paredes tan relucientes que parecían estar ardiendo, realzaba el aroma embriagador de las viandas. Hasta el aire poseía una tonalidad dorada, que hacía aún más pura la música inmortal que deleitaba los oídos. Los arreglos florales que adornaban las mesas eran de tal naturaleza, que jamás había visto ojo humano cosa igual. No en balde aquellos platos y aquel té tan aromático poseían la virtud de alargar indefinidamente la vida. ¿Qué mejor recompensa para quienes habían padecido toda suerte de sufrimientos y pruebas para alcanzar la perfección inmarchitable del Tao? Ba-Chie y el Bonzo Sha fueron los que más provecho sacaron de aquel extraordinario banquete, pues el Patriarca Budista había dispuesto que les fueran servidos únicamente viandas capaces de otorgarles la longevidad y de ayudarlos a convertir en inmortal el cuerpo perecedero que entonces poseían.
En  cuanto  hubieron  recuperado  las  fuerzas,  los  dos  Respetables,  que  en  ningún momento se habían separado de su lado, los condujeron al lugar donde se guardaban las preciadas escrituras. Nada más abrir sus puertas, el aire se llenó de un resplandor de buenos augurios y rayos mágicos, que pugnaban por horadar las neblinas multicolores y las nubes de santidad que flotaban en la atmósfera de aquel paraíso.
En  cada  una  de  las  cajas  y  casillas  que  contenían  los  sutras  había  pegadas  unas etiquetas de color rojo con sus títulos respectivos. La relación de obras contenidas es la siguiente [5]:
1. Sutra del Nirvana, una obra: 748 rollos.
2. Sutra del Akasagarbha-bodhisattva-dharmi, una obra: 400 rollos.
3. Colección de Sutras de la Voluntad Graciosa, una obra: 50 rollos.
4. Sutra del Prajnaparamita-samkaya gatha, una obra: 45 rollos.
5. Sutra en Honor de Bhutatathata, una obra: 90 rollos.
6. Sutra del Anaksara-granthaka-rocana-garbha, una obra: 300 rollos.
7. Sutra del Vimalakirti-nirdesa, una obra: 170 rollos.
8.  Sutra del Vajracchedika-prajnaparamita, una obra: 100 rollos.
9. Sutra del Budha-carita-kavya, una obra: 800 rollos.
10. Sutra del Bodhisattva-pitaka, una obra: 100 rollos.
11. Sutra del Surangama-samadhi, una obra: 110 rollos.
12.  Sutra del Arthaviniscaya-dharmaparyaya, una obra: 140 rollos.
13.  Sutra del Avatamsaka, una obra: 500 rollos
14.  Sutra del Mahaprajna-paramita, una obra: 916 rollos.
15. Sutra del Abhuta-dharma, una obra: 1.110 rollos.
16.  Sutra del Segundo Madhyamika, una obra: 270 rollos.
17.  Sutra del Kasyapa-parivarta, una obra: 120 rollos.
18. Sutra del Panca-naga, una obra: 32 rollos.
19.  Sutra del Bodhisattva-carya-nirdesa, una obra: 116 rollos.
20. Sutra del Magadha, una obra: 350 rollos.
21. Sutra del Maya-dalamahatantra mahayana-gambhira naya-guhya-parasi, una obra: 100 rollos.
22. Sastra del Paraíso Occidental, una obra: 130 rollos.
23. Sutra del Buddha-ksetra, una obra: 1.950 rollos.
24.  Sastra del Mahaprajnaparamita, una obra: 1.080 rollos.
25.  Sutra del Honor Primigenio, una obra: 850 rollos.
26. Sutra del Mahamayuri-vidyarajni, una obra: 220 rollos.
27.  Sastra del Abhidharma-kosa, una obra: 200 rollos.
28.  Sutra del Mahasamghata, una obra: 130 rollos.
29. Sutra del Saddharma-pundarika, una obra: 100 rollos.
30.  Sutra de la Preciosa Permanencia, una obra: 220 rollos.
31.  Sutra del Sanghika-vinaya, una obra: 157 rollos.
32. Sastra del Mahayana-sraddhotpada, una obra: 1.000 rollos.
33.  Sutra de la Preciosa Autoridad, una obra: 1.280 rollos.
34. Sutra del Mandamiento Perfecto, una obra: 200 rollos.
35.  Sastra del Vidya-matra-siddhi, una obra: 100 rollos.
Después de mostrarle todas esas obras, Ananda y Kasyapa dijeron al monje Tang:
- ¿Nos habéis traído algún regalo de las lejanas Tierras del Este, de las que procedéis? Si es así, entregádnoslo y pondremos a vuestra disposición todas las escrituras que deseéis.
- Este humilde discípulo vuestro - respondió Tripitaka, un tanto corrido de vergüenza - no ha podido traeros nada, debido precisamente a la grandísima distancia que se ha visto obligado a recorrer.
- ¡Qué bonito! - exclamaron los dos Respetables al mismo tiempo -. Si os confiáramos estas escrituras sin nada a cambio, nuestros descendientes se morirían de hambre. ¿Os parece atractiva semejante perspectiva?
Al ver la incomprensible actitud de los dos Respetables, que se negaban a ofrecer gratis las escrituras sagradas, el Peregrino perdió la paciencia y exclamó, malhumorado:
- No discutáis más, maestro. Lo que tenemos que hacer es informar cuanto antes a Tathagata de esto. Que venga él a entregarnos lo que hemos anhelado durante todo el camino.
- ¿Por qué no dejas de gritar, de una vez? - le reprendió Ananda -. ¿Dónde te crees que estás? ¡Acércate y coge todas las escrituras que quieras!
A duras penas Ba-Chie y el Bonzo Sha consiguieron dominar al Peregrino, que los ayudó de buena gana a envolver cada uno de los rollos y a meterlos en las alforjas que llevaba el caballo. Como resultaron insuficientes, prepararon unas cuantas bolsas más, que Ba-Chie y el Bonzo Sha se encargaron de cargar al hombro con ayuda de una pértiga. Una vez concluida su labor, regresaron al salón en el que se hallaba sentado Tathagata y se arrodillaron ante él en señal de gratitud. Se sentían tan contentos, que, al salir del monasterio, se inclinaron dos veces seguidas ante cualquier Patriarca o Bodhisattva con el que tuvieron la fortuna de cruzarse. Cuando llegaron a la puerta principal, se despidieron de la misma forma de los upasakas, upasikas, monjes y monjas que allí había reunidos y emprendieron, satisfechos, el descenso de la montaña, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos.
Sí lo haremos, sin embargo, del anciano Dipamkara, conocido también como el Buda del Pasado, que oyó cuanto había sucedido y cayó en seguida en la cuenta de que Ananda y Kasyapa habían entregado a los peregrinos unos rollos de escrituras totalmente en blanco. Eso le hizo exclamar, divertido:
- ¡Esos monjes de las Tierras del Este están mal de la cabeza! ¿Cómo no se habrán dado cuenta de que esos rollos no tienen nada escrito? De todas formas, es una auténtica pena que hayan hecho un viaje tan largo para nada.
Levantó a continuación la voz y preguntó:
- ¿Quién está hoy a mi servicio?
El Respetable Héroe Blanquecino dio un paso al frente y, sin pérdida de tiempo, el anciano Buda le ordenó:
- Es preciso que alcances cuanto antes al monje Tang y le quites esas escrituras en blanco que le han entregado. No dudes en valerte de tus poderes mágicos para hacerle regresar a por rollos de los buenos.
El Respetable Héroe Blanquecino se montó en la brisa y abandonó a toda velocidad el Monasterio del Trueno. El viento en el que cabalgaba no podía ser más fuerte, pues el poder de un fiel servidor de Buda supera al de cualquier otro dios. De la misma forma, los gritos de un inmortal son mucho más penetrantes que el sonido de esos silbatos que llevan las muchachas jóvenes. La fuerza de aquel huracán, en efecto, agitó de tal manera los mares y ríos, que los peces y los dragones que habitaban en ellos perdieron la mayor parte de sus escamas. Pero no fueron ellos los únicos perjudicados, porque los grandes simios negros no pudieron seguir recogiendo sus frutos, las garzas de plumaje dorado se vieron obligadas a buscar la protección de sus nidos y los fénix olvidaron las melodías de sus cantos, mientras los faisanes gritaban, desesperados. Muchas ramas de los pinos se troncharon y los capullos de los lotos quedaron desgajados de sus plantas. Una a una fueron  cayendo  al  suelo  las  cañas  de  los  bosquecillos  de  bambúes,  al  tiempo  que muchas flores perdían su belleza pétalo a pétalo. Las campanas parecían haberse vuelto locas y su tañer llegó a oírse desde una distancia de seis mil kilómetros. La continua salmodia de las escrituras, por el contrario, se perdió por los desfiladeros y las cárcavas. Todas las flores exóticas que crecían en los acantilados fenecieron, lo mismo que las hierbas de jade que adornaban cada uno de los senderos. Los fénix se mostraban incapaces de batir sus alas y los ciervos de piel blanca buscaron refugio en el fondo de los despeñaderos. La fragancia que llenaba la atmósfera de aquel paraíso se extendió por todo el mundo y hasta los mismos Cielos se vieron invadidos por una brisa pura y fresca.
Al percatarse del aroma de aquel viento, el monje Tang pensó que se trataba de algún portento con el que quería obsequiarle el Patriarca Budista y no tomó ninguna precaución. Cuando más distraído estaba, se oyó en lo alto una especie de chasquido y apareció una mano que arrebató los rollos de escrituras que llevaba el caballo. Tripitaka se quedó mudo de espanto y empezó a golpearse el pecho con el puño, mientras Ba-Chie corría a ras de suelo en persecución de tan inesperado ladrón y el Bonzo Sha se quedaba quieto en el sitio sin saber qué hacer. El Peregrino, por su parte, se elevó por los aires y salió disparado detrás de aquella mano misteriosa. El Respetable Héroe Blanquecino comprendió que no iba a tardar en darle alcance y, temiendo que fuera a golpearle con su terrible barra de los extremos de oro, rasgó la bolsa de las escrituras y las sembró por el suelo. Al verlo, el Peregrino renunció a atraparle y cambió la dirección de la nube en la que volaba, tratando de recuperar las obras perdidas. De esa forma, pudo el Respetable Héroe Blanquecino poner fin a la tormenta de viento e ir a informar al Buda del Pasado de todo cuanto había ocurrido. Ba-Chie se sorprendió de ver caerle encima semejante lluvia de libros y detuvo su loca carrera. Pronto se llegó hasta él el Peregrino y entre los dos consiguieron reunir todos los rollos que habían quedado desperdigados por el suelo. Al regresar junto al maestro, vieron que tenía los ojos anegados en lágrimas.
- ¿Cómo es posible que hasta en la tierra de la suprema felicidad nos veamos asaltados por monstruos?
El Bonzo Sha desenrolló distraídamente uno de los rollos de escrituras y se quedó mudo de asombro, al comprobar que en la pureza nívea del papel no había escrita ni media palabra. A toda prisa se lo enseñó a Tripitaka, diciendo:
- ¡Este rollo está totalmente en blanco!
El Peregrino desenrolló otro a toda prisa y vio que le ocurría lo mismo, igual que al que tenía Ba-Chie en las manos.
- ¡Desenrolladlos todos! - ordenó Tripitaka. ¡No había uno que no estuviera en blanco!
-. ¡Qué mala suerte la de las gentes que habitan en las Tierras del Este! - se quejó con amargura,  al verlo -. ¿De que valen unas escrituras que no contienen ni una sola palabra? Si llego a presentarme con esto al Emperador de los Tang, seguro que me hace ajusticiar, pues no existe crimen más grande que tratar de engañar a su propio príncipe.
- No es necesario que sigáis lamentándoos - le aconsejó el Peregrino, cayendo en la cuenta de lo que realmente había ocurrido -. Todo esto tiene que ser obra de esos Ananda y Kasyapa, por no haberles entregado los regalos que nos exigieron. ¿Qué otra explicación puede darse a unos textos vacíos? Opino que lo mejor será que vayamos a ver a Tathagata y los acusemos de fraude y de intento de soborno.
- ¡Me parece muy bien! - exclamó Ba-Chie, furioso -. ¡Que no se queden sin castigo esos malandrines!
Los cuatro peregrinos se dieron la vuelta e iniciaron de nuevo el ascenso a la Montaña del Espíritu. Les costó mucho trabajo esta vez subir los escalones que conducían directamente a la entrada del Monasterio del Trueno. Allí fueron recibidos por los guardianes, que les preguntaron con las manos metidas por las mangas:
- ¿Habéis regresado a cambiar las escrituras?
Tripitaka movió la cabeza afirmativamente y los Vajra le permitieron la entrada sin ningún requisito más. Nada más poner el pie en el Salón del Gran Héroe, el Peregrino gritó, ofendido:
- Tanto el maestro como nosotros hemos sufrido incontables penalidades y el asalto de no menos de diez mil monstruos desde que abandonamos las Tierras del Este con el propósito de venir a presentaros nuestros respetos, Tathagata. Pero esos Ananda y Kasyapa trataron de arrancarnos un soborno después de que vos mismo les ordenarais que nos entregaran las escrituras. Al ver que no conseguían nada, trataron de engañarnos, confiándonos unos textos totalmente en blanco. ¿De qué nos habrían servido tantas penalidades, si no nos hubiéramos dado cuenta a tiempo de su engaño? Disculpad el tono de mis palabras, Tathagata, pero es preciso que encontréis cuanto antes una solución para tan enojoso asunto.
- ¿Por qué no dejas de gritar, de una vez? - le reprendió el Patriarca Budista, sonriendo -. No desconocía que esos dos fueran a pediros algo a cambio. Después de todo, las escrituras no han de darse a la ligera ni recibirse sin ningún tipo de compensación. De hecho, hace cierto tiempo algunos de nuestros monjes bajaron la montaña y fueron a recitar los textos sagrados a la mansión del respetable Chao, en el reino de Sravasti, para que los muertos de la familia encontraran el descanso definitivo y los vivos se vieran libres de todo mal. A cambio de tan meritorios servicios sólo le pidieron tres monedas de cobre y tres medidas de arroz. Yo les dije que habían sacado muy poco y que, a causa de su generosidad, sus descendientes se iban a ver en grandes aprietos económicos. Se nota que aprendieron bien la lección, porque, al presentaros vosotros con las manos vacías, os hicieron entrega de unos textos en blanco. Pero, aunque os cueste creerlo, esas escrituras son tan perfectas como las que contienen palabras. Soy consciente, de todas formas, de que los habitantes de las Tierras del Este carecen de la adecuada iluminación y que precisarán, por tanto, de textos normales y corrientes.
Se volvió a continuación hacia Ananda y Kasyapa y les ordenó:
- Haced entrega a estos monjes de unos cuantos rollos de escrituras con palabras y regresad a informarme del número total que les habéis confiado.
Los dos Respetables volvieron a conducir a los peregrinos al salón donde se guardaban los escritos y de nuevo les exigieron la entrega de un regalo. Como el monje Tang no tenía nada que ofrecerles, pidió al Bonzo Sha que sacara el cuenco de pedir limosnas, que era de oro, y se lo entregó con las dos manos a los Respetables, diciendo:
- Debido a la gran distancia que me he visto obligado a recorrer y a la misma pobreza en la que vivo, no he podido traer conmigo ningún regalo. Este cuenco me fue entregado por el Emperador de los Tang en persona, para que mendigara con él el sustento durante el viaje. Os ruego que lo aceptéis como prueba de mi humilde reconocimiento. Cuando regrese a la tierra de la que partí, informaré de vuestra generosidad al señor Tang, que, a no dudar, os hará llegar un generoso presente. Lo único que os pido es que me entreguéis unas escrituras que se puedan leer, para que la buena voluntad del emperador no se vea defraudada y no se demore por más tiempo nuestro viaje de vuelta.
Ananda tomó, sonriendo, el cuenco de las limosnas y se lo guardó. Los encargados de la protección de las torres, los responsables de las ofrendas y el incienso y los Respetables que desempeñaban sus funciones en aquel lugar de recogimiento empezaron a darse golpecitos en la cara y en la espalda, mientras comentaban, escandalizados:
- ¡Qué vergüenza! ¡Cómo se habrán atrevido a pedir un regalo al monje peregrino!
Los dos Respetables se sintieron tremendamente cohibidos, aunque Ananda no dio muestras en ningún momento de querer soltar el cuenco. Carraspeando, Kasyapa abrió las casillas de las escrituras y se las fue pasando, rollo a rollo, a Tripitaka, que aconsejó a sus discípulos:
- Miradlas bien, para que no nos pase lo de la otra vez.
Los discípulos las examinaron una a una con sumo cuidado y se aseguraron de que todas estuvieran escritas. En total recibieron cinco mil cuarenta y ocho rollos, número que constituía exactamente un canon. Después de envolverlas, las metieron en las alforjas del caballo, mientras Ba-Chie se hacía cargo de las restantes y el Bonzo Sha recogía el equipaje. El Peregrino, por su parte, tomó de las riendas al caballo y el monje Tang agarró con fuerza su báculo nudoso, dispuesto a ir cuanto antes a dar las gracias a Tathagata. De todo ello disponemos de un poema, que afirma:

Dulce es el sabor de la Gran Pitaka, el producto más refinado salido de la mente de Tathagata. Por ella el fiel Hsüan-Tsang no dudó en sacrificar largos años de su vida, escalando montañas y sufriendo todo tipo de calamidades. ¡Qué lástima que Ananda se dejara llevar por el simple afán de lucro! Afortunadamente, el Buda del Pasado les quitó la venda de la ceguera y pudieron regresar, gozosos, con las escrituras a las Tierras del Este, donde la fiesta estaba ya preparada.

Ananda y Kasyapa acompañaron al monje Tang hasta el salón donde se hallaba Tathagata sentado en su espléndido trono de loto. El Patriarca Budista ordenó a los arhats Domador de Dragones y Destructor de Tigres que hicieran sonar el carillón de piedra que se elevaba por encima de las nubes y convocaran a todas las deidades, incluidos los tres mil Budas, los tres mil Protectores, los ocho Guardianes Vajra, los quinientos arhats, los ochocientos monjes y monjas, los upasakas y upasikas, los Respetables de todos los Cielos y Cavernas y los Honorables de cuantas montañas del espíritu existían en el mundo. Los que habían de permanecer sentados se encaramaron rápidamente a sus lotos, mientras que los que habían de permanecer de pie se colocaron en dos filas a ambos lados del salón. En ese mismo instante comenzó a sonar una música dulcísima. El aire se llenó de una neblina luminosa, cuando todos los Budas se inclinaron, en señal de acatamiento, ante Tathagata.
-  ¿Cuántos  rollos  de  escrituras  habéis  entregado  a  los  peregrinos?  -  preguntó  el Patriarca, volviéndose hacia Ananda y Kasyapa -. Dadme una cuenta pormenorizada de todos ellos.
- Hemos hecho entrega al monje Tang de las siguientes obras y rollos:
1. Sutra del Nirvana: 400 rollos.
2. Sutra del Akasagarbha-bodhisattva-dharmi: 20 rollos.
3. Colección de Sutras de la Voluntad Graciosa: 40 rollos.
4. Sutra del Prajnaparamita-samkaya gatha: 20 rollos.
5. Sutra en Honor de Bhutatathata: 30 rollos.
6. Sutra del Anaksara-granthaka-rocana-garbha: 50 rollos
7. Sutra del Vimalakirti-nirdesa: 30 rollos.
8.Sutra del Vajracchedika-prajnaparamita: 1 rollo.
9. Sutra del Buddha-carita-kavya: 116 rollos.
10. Sutra del Bodhisattva-pitaka: 360 rollos.
11. Sutra del Surangama-samadhi: 30 rollos.
12. Sutra del Arthaviniscaya-dharmaparyaya: 40 rollos.
13. Sutra del Avatamsaka: 81 rollos
14. Sutra del Mahaprajna-paramita: 600 rollos.
15. Sutra del Abhuta-dharma: 550 rollos.
16. Sutra del Segundo Madhyamika: 42 rollos.
17. Sutra del Kasyapa-parivarta: 20 rollos.
18. Sutra del Panca-naga: 20 rollos.
19. Sutra del Bodhisattva-carya-nirdesa: 60 rollos.
20. Sutra del Magadha: 140 rollos.
21. Sutra del Maya-dalamahatantra mahayana-gambhira naya-guhya-parasi: 30 rollos.
22. Sastra del Paraíso Occidental: 30 rollos.
23. Sutra del Buddha-ksetra: 1.638 rollos.
24. Sastra del Mahaprajñaparamita: 90 rollos.
25. Sutra del Honor Primigenio: 56 rollos.
26. Sutra del Mahamayuri-vidyarajni: 14 rollos.
27. Sastra del Abhidharma-kosa: 10 rollos.
28. Sutra del Mahasamghata: 30 rollos.
29. Sutra del Saddharma-pundarika: 10 rollos.
30. Sutra de la Preciosa Permanencia: 170 rollos.
31. Sutra del Sanghika-vinaya: 110 rollos.
32. Sastra del Mahayana-sraddhotpada: 50 rollos.
33. Sutra de la Preciosa Autoridad: 140 rollos.
34. Sutra del Mandamiento Perfecto: 10 rollos.
35. Sastra del Vidya-matra-siddhi: 10 rollos.
»De las treinta y cinco obras que componen nuestro más preciado legado hemos seleccionado un total de cinco mil cuarenta y ocho rollos, que hemos entregado al monje Tang, para que los lleve consigo a las Tierras del Este. La mayoría de ellos han sido envueltos con sumo cuidado y metidos en las alforjas que porta el caballo. Del resto se ha ocupado uno de los peregrinos, que ha venido con sus otros tres hermanos a daros las gracias.
Después de atar al caballo y de dejar las pértigas en el suelo, Tripitaka y sus tres discípulos se inclinaron ante Buda juntando las manos a la altura del pecho.
- El poder de estas escrituras es ilimitado - explicó Tathagata al monje Tang -. No sólo son el espejo de nuestra fe, sino la fuente de las Tres Enseñanzas, por lo que no deben ser tratadas en ningún momento con ligereza, especialmente cuando regreséis al continente austral de Jambudvipa y se las mostréis a sus habitantes. A nadie le estará permitido tocar uno solo de estos rollos sin haber ayunado y sin haberse bañado antes. Guardadlas con cuidado y tenedlas siempre en gran estima, porque en ellas hallaréis el modo de alcanzar la inmortalidad, comprender el Tao y dominar el arte de las diez mil metamorfosis.
En señal de gratitud y acatamiento, Tripitaka golpeó repetidamente el suelo con la frente. Como había hecho con anterioridad, antes de tomar las escrituras y reemprender el camino de vuelta, se inclinó tres veces seguidas ante los patriarcas allí reunidos, cosa que hizo, igualmente, al pasar por cada una de las tres puertas del monasterio, por lo que, de momento, no hablaremos más de él. Sí lo haremos, sin embargo, de Tathagata, que, después de haber despedido al monje Tang, dio por terminada la asamblea de Budas y se dispuso a regresar a sus aposentos. En ese mismo instante salió a su encuentro la Bodhisattva Kwang Shr-Ing y le dijo, juntando respetuosamente las palmas de las manos:
- Hace cierto tiempo me ordenasteis buscar en las Tierras del Este a un monje virtuoso que estuviera dispuesto a venir en busca de las escrituras sagradas. Hoy, finalmente, ha cumplido su misión, dando por terminado un viaje que le ha llevado catorce años o, lo que es lo mismo, cinco mil cuarenta días. Para cumplir el número canónico perfecto sólo le restan ocho. ¿Me permitís, por lo tanto, devolveros la orden que en su día me confiasteis?
- Por supuesto que sí - contestó Tathagata, complacido -. Nada más justo que eso .- Se volvió a continuación a los Ocho Vajra y les ordenó -. Valeos de vuestros poderes mágicos y llevad inmediatamente al Este al monje Tang. Tan pronto como haya confiado las escrituras a las gentes de allí, volved a traerle al Oeste. Es preciso que no os demoréis y llevéis a cabo esta misión en el plazo máximo de ocho días, para que se cumplan los cinco mil cuarenta y ocho canónicos.
Sin pérdida de tiempo, los Vajra salieron en persecución del monje Tang, al que dijeron, tan pronto como hubieron llegado a su altura: - ¡Seguidnos, maestro! - y tantoTripitaka como sus discípulos, con el cuerpo rejuvenecido y el espíritu firme, se elevaron por los aires y viajaron a lomos de las nubes en compañía de los Guardianes Vajra.
No había nada de extraño en ello, pues se habían inclinado ante Buda con la mente iluminada. ¿Qué cosa más natural que, una vez alcanzada la perfección, ascendieran a lo alto?
No sabemos, de momento, cómo hicieron entrega de las escrituras, una vez que hubieron regresado a las Tierras del Este. El que desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente.

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[1]Era creencia popular que los inmortales se comunicaban entre sí por medio de animales dotados de poderes mágicos, tales como las garzas de plumaje amarillo y los fénix de color azulado.

[2]En el original se emplea el término «yu-shr» («ser cubierto de plumas»), denominación que desde tiempos inmemoriales se aplicaba a los inmortales. Con el paso de los tiempos los maestros taoístas se fueron apropiando de ella, produciéndose una identificación de término tan dispar como maestro e inmortal.

[3]El diamante es tan duro e inalterable que sus cualidades se atribuían al propio cuerpo de Buda para expresar la inmutabilidad de quien por excelencia ha alcanzado el estado de Iluminado.

[4]En el texto se emplea la forma reduplicativa «liou-liou-chen» para referirse no tanto a los sentidos como a las cualidades, sumamente perniciosas, que éstos perciben: las formas y colores, los sonidos, los olores, los sabores, el tacto y las ideas y pensamientos.

[5]Tratándose de obras clásicas budistas, hemos mantenido, en la medida de lo posible, su denominación sánscrita.