Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

Los cuatro monjes son homenajeados en los jardines imperiales. En vano se afana la monstruo por conseguir el placer.


Decíamos que tanto el Peregrino como sus dos hermanos siguieron al funcionario real hasta los mismos aledaños del palacio. El guardián de la Puerta Amarilla los condujo inmediatamente a la presencia del rey, pero, en contra de lo que se esperaba de ellos, no se inclinaron ante el trono.
- ¿Cómo os llamáis? - les preguntó el soberano -. ¿De dónde sois originarios? ¿Por qué decidisteis haceros monjes y qué clase de escrituras son esas que andáis buscando?
El Peregrino dio un paso al frente e hizo ademán de llegarse hasta donde se hallaba su majestad, pero se lo impidió la guardia imperial, gritando, autoritaria:
- ¡Deteneos donde estáis! ¡Si deseáis decir algo, hacedlo desde el punto donde os encontráis!
- Los que hemos renunciado a la familia - dijo el Peregrino, sonriendo - damos un paso, cuando estamos seguros de que podemos hacerlo.
Aunque no dijeron nada, Ba-Chie y el Bonzo Sha se llegaron hasta donde él estaba. Temiendo que el rey pudiera sentirse ofendido, el maestro, que se encontraba de pie junto a su majestad, se acercó a ellos y les dijo:
- ¿Se puede saber por qué no contestáis con corrección?
Lejos de hacerle caso, el Peregrino no pudo soportar ver al maestro de pie junto al trono y gritó, malhumorado:
- ¿Por qué no invitáis a nuestro preceptor a sentarse? ¿No comprendéis que, al no respetar debidamente a vuestro yerno, os despreciáis a vos mismo? Todo el mundo llama venerable al esposo de vuestra hija. ¿Os parece justo mantener de pie a un venerable?
El miedo hizo palidecer al rey. Sentía deseos de correr a esconderse en el interior del palacio, sin importarle para nada la etiqueta ni las formas. Pero se repuso en seguida y ordenó a sus sirvientes traer un cojín cubierto de hermosísimos bordados, para que el monje Tang pudiera sentarse. Animado por aquel triunfo, el Peregrino continuó diciendo:
- Yo, señor, soy originario de la Caverna de la Cortina de Agua, que se halla enclavada en la Montaña de las Flores y Frutos, en el reino de Ao-Lai del continente oriental de Purvavideha. Mis padres fueron el Cielo y la Tierra, surgiendo directamente de una piedra que se partió. Pronto dominé los medios de expresión humanos, adquiriendo un profundo conocimiento de los principios del Tao, que me permitió establecerme con los míos en la venturosa caverna que fue testigo de mis primeros días. Me sentía tan seguro, que convertí en deudos a los dragones que pueblan los océanos y capturé a infinidad de bestias que moraban en las montañas. No contento con eso, borré los nombres de todos mis súbditos de los registros de la muerte y los incluí en los archivos de la vida sin fin. Mi fama alcanzó tales límites, que el Emperador de Jade me otorgó el título de Gran Sabio, Sosia del Cielo, permitiéndome morar en su palacio y hurgar a placer entre los tesoros celestes. De esa forma, me uní a las legiones de los inmortales y pasé un día tras otro cantando y gozando de todos los placeres. En aquel mundo de sabios la vida transcurría de fiesta en fiesta, pero cometí la locura de impedir la celebración de la Fiesta de los Melocotones y sumí a los Cielos en una confusión como jamás se había conocido hasta entonces. Sólo Buda fue capaz de poner freno a mis desmanes, encerrándome en la misma raíz de la Montaña de las Cinco Fases, donde maté el hambre con trozos de hierro y ahogué la sed con zumo de cobre. Durante quinientos años no probé ni un grano de arroz ni una gota de té. Afortunadamente, mi maestro partió de las Tierras del Este en dirección al Paraíso Occidental y la Bodhisattva Kwang-Ing tuvo a bien liberarme de aquel tormento que el Cielo me había impuesto. Me convertí, así, en un aprendiz de los principios del Zen y comencé a ser conocido como el Peregrino, aunque me llamo Wu-Kung [1].
El rey quedó tan impresionado por aquel relato, que, levantándose del trono del dragón, corrió a abrazar al maestro y le dijo:
- No me cabe la menor duda de que nuestro encuentro ha sido determinado por el mismo Cielo.
Sin saber qué camino tomar, Tripitaka le dio las gracias por la confianza que  le mostraba y le pidió que volviera a sentarse en el trono.
- ¿Cómo se llama vuestro segundo discípulo? - volvió a inquirir el rey.
- En mi anterior reencarnación - explicó Ba-Chie, estirando el hocico para dar muestras de su incuestionable poder - sólo me preocupé de los placeres y de la buena vida, llevando una existencia desordenada, que terminó sumiéndome en la confusión más absoluta. Nunca me preocupé por conocer la altura de los Cielos o el grosor de la Tierra, ni sentí curiosidad por apreciar la respiración benefactora del cosmos. Cuando más despreocupada y alocada era mi vida, tuve la buena fortuna de encontrarme con un inmortal, que, con media frase, me arrancó de la red de la retribución y, con dos o tres palabras, consiguió liberarme de los palacios de la desgracia. Cayendo inmediatamente en la cuenta del grave error que estaba cometiendo, me convertí en discípulo suyo y me dediqué con empeño al cultivo de los dos ochos [2] y a la meditación de los hexagramas del tres veces tres [3]. En cuanto logré dominar tan profundos principios, ascendí a los Cielos, siendo nombrado, por pura liberalidad del Emperador de Jade, Mariscal de los Juncales Celestes, encargado de las fuerzas navales que recorren sin cesar las aguas de lo alto. Eso me permitió llegar hasta los lugares más recónditos del cosmos. Desgraciadamente, durante la celebración de la Fiesta de los Melocotones, tuve la mala fortuna de emborracharme y cometí la terrible  imprudencia  de  importunar  a  la mismísima Chang-Er. Eso me valió la destitución inmediata y el exilio a este mundo de sombras. Se produjo, sin embargo, un terrible error en la rueda de las transmigraciones y nací con la forma de un cerdo en el Monte Fu-Ling, donde cometí toda serie de tropelías, hasta que la Bodhisattva Kwang-Ing me ganó para la causa de la virtud. Tras abrazar la fe budista, me comprometí a prestar protección al monje Tang en su largo peregrinar hacia el Paraíso Occidental en busca de las escrituras sagradas. Aunque mi auténtico nombre es Wu-Neng, soy conocido también como Ba-Chie.
Semejante confesión hizo saltar de su asiento al rey, que no se atrevió a levantar la vista ni mirar directamente a los ojos a la persona que la había pronunciado. Eso dio nuevos ánimos al Idiota, que empezó a sacudir la cabeza, a estirar el morro cuanto pudo, a agitar las orejas y a reír como si fuera un auténtico demente. Temiendo que el rey pudiera morirse del susto, Tripitaka le ordenó:
- ¡Pórtate como debes, Ba-Chie!
Sólo entonces juntó el Idiota las dos manos y tomó una actitud propia de un caballero. Más animado, el soberano volvió a preguntar:
- ¿Por qué decidió hacerse monje vuestro tercer discípulo?
- Este humilde servidor vuestro - contestó el Bonzo Sha, juntando las manos - no era más que un simple mortal. El temor a la rueda del karma me hizo buscar el Tao. Me entregué a esa empresa con tanta dedicación, que, como las nubes, recorrí hasta el último rincón de los mares y puse mis inmundos pies en los límites del Cielo. Vestido de harapos, llevaba siempre conmigo una escudilla para pedir limosnas, aprendiendo a dominar la mente y a concentrar mis fuerzas espirituales. Debido a la sinceridad con la que actuaba, se me concedió la compañía de un inmortal, que me ayudó a seguir adelante por el camino de la perfección, alimentando mi esperma y fortaleciendo mi corazón [4]. Mis méritos alcanzaron entonces una cantidad jamás superada, pudiéndome dedicar por entero a la armonización de los cuatro órganos vitales [5]. Eso me permitió llegar hasta el centro mismo de los Cielos, donde, tras presentar mis indignos respetos al Señor que los rige, fui nombrado General-encargado-de-levantar-la-cortina. Como tal, viajé en la carroza del fénix y el dragón y supervisé las actividades de la guardia imperial. Desgraciadamente, durante la celebración de la Fiesta de los Melocotones, dejé caer una copa de cristal y fui exilado al Río de Arena. Allí me transformé en un ser totalmente distinto del que había sido, devorando a cuantos tuvieron la desgracia de toparse conmigo y atrayendo sobre mí las iras del Cielo. La Bodhisattva Kwang-Ing me hizo ver lo erróneo de mi conducta y, tras conseguir mi conversión, me hizo prometerle que seguiría como discípulo a un monje procedente de la corte de los Tang, que estaba a punto de pasar por mis dominios. Su destino era el Paraíso Occidental, y su única ambición, conseguir las escrituras budistas. De esa forma, regresé, una vez más, al camino de la virtud y me dediqué con empeño a la búsqueda de la definitiva iluminación. Aunque me llaman Bonzo Sha, mi auténtico nombre es Wu-Ching.
Al escuchar tan inesperada declaración, el rey experimentó una profunda alegría, pero, al mismo tiempo, su corazón se vio inmerso en un denso mar de pánico. La alegría provenía del hecho de que su hija fuera a casarse con un Buda viviente; el terror obedecía a la certeza de que los discípulos de su futuro yerno eran, en realidad, tres monstruos. Sus preocupaciones se disolvieron, sin embargo, al instante, porque se presentó el astrónomo imperial y dijo:
- Según nuestros cálculos, la fecha más propicia para la celebración de la boda es la del doce del presente mes y año. Ese día los cielos vuelcan sus bendiciones sobre todas las familias, convirtiéndolo en ideal para contraer matrimonio.
- ¿A qué día estamos hoy? - preguntó el rey, entusiasmado.
- A ocho - contestó el astrónomo -. En un día como hoy los monos vienen a ofrecer sus frutos, siendo muy apropiado, por eso mismo, para recibir a personajes importantes y fijar fechas para futuros eventos.
Visiblemente complacido, el rey ordenó a sus criados que adecentaran algunas de las construcciones que se elevaban en el jardín de la parte posterior del palacio, para que pudieran instalarse cómodamente su futuro yerno y sus tres discípulos. Decidió, igualmente, iniciar cuanto antes los preparativos de la ceremonia nupcial, dictando al respecto unas normas que sus súbditos acataron sin rechistar. Se dio, así, por terminada aquella sesión pública, retirándose de inmediato tanto el rey como todos sus consejeros, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos.
Sí lo haremos, sin embargo, de Tripitaka y de sus discípulos, que se dirigieron juntos a los aposentos que se levantaban en la parte de atrás del jardín imperial. Como la hora era ya muy avanzada, se les sirvió un pequeño banquete vegetariano, que hizo exclamar a Ba-Chie:
- ¡Ya era hora! ¡Llevamos todo el día sin probar bocado!
Los sirvientes trajeron carretadas de tallarines y arroz y Ba-Chie las fue vaciando en su boca una tras otra. Cuantas más le traían, más de prisa comía él. No paró de engullir comida hasta que no se le llenaron todas las tripas y el estómago se negó a aceptar un solo grano más de arroz. Cuando comprendieron que la cena había concluido, los criados trajeron antorchas y extendieron los lechos, para que los monjes pudieran dormir. Al dejarlos solos, el maestro dio rienda suelta a su enojo y regañó al Peregrino, diciendo:
- ¡Maldito mono, siempre me estás poniendo en situaciones ridículas! Te dije que lo único que deseaba era que nos firmaran los documentos de viaje, pero tú te empeñaste en llevarme hasta aquella torre. ¿Se puede saber por qué lo hiciste? Si no te hubiera prestado atención, ahora no me encontraría con este terrible problema en las manos. ¿Quieres decirme qué camino vamos a seguir para escapar de ésta?
- Si no hubierais dicho que vuestros padres también se conocieron debido a una bolita cubierta de bordados, jamás os hubiera conducido hasta la torre aquella - contestó el Peregrino, sonriendo -. Quizás malinterpreté vuestras palabras, pero en aquel momento me parecieron dictadas por una cierta añoranza del pasado. Estaba, además, el asunto del anciano guardián del Monasterio Dispensador del Oro y Benefactor de los Huérfanos y Necesitados y deseaba distinguir con toda claridad lo auténtico de lo falso. Hace un momento, al estudiar con cuidado al rey, me percaté de que se encontraba inmerso en un aura oscura y sombría, No he podido, de todas formas, examinar detenidamente a la princesa.
- ¿Qué harías, si la vieras? - preguntó el maestro, algo más calmado.
- Escrutaría su rostro con mis ojos de fuego y mis pupilas diamantinas - respondió el Peregrino - y separaría la verdad de la mentira, el bien del mal, la riqueza de la pobreza. Distinguiría, en una palabra, lo heterodoxo de lo recto.
- ¡¿Desde cuándo has aprendido a leer en los rostros?! - exclamaron Ba-Chie y el Bonzo Sha al mismo tiempo, soltando una sonora carcajada.
- Desde mucho antes de que nacierais, queridos nietecitos - contestó el Peregrino.
- ¿Por qué no dejáis de decir tonterías, de una vez? - les regañó Tripitaka -. Parece como si no os importara la suerte que me aguarda. ¿Queréis decirme qué es lo que vamos a hacer?
- Esperar hasta el día de la boda - respondió el Peregrino -. A lo largo de la ceremonia la princesa presentará sus respetos a sus padres y eso me permitirá estudiarla con cierto detenimiento. Si se trata de una mujer auténtica, podéis consideraros afortunado de convertiros en el yerno imperial.
- ¿Cómo puedes empeñarte a estas alturas en seguir burlándote de mí? - le increpó el monje Tang, cada vez más furioso -. Según Wu-Neng llevamos recorridos nueve décimas partes del viaje y no dejas de atormentarme con el veneno de tu lengua. ¿Por qué no le das un buen descanso, manteniendo cerrada para siempre tu sucia boca? Te juro que, si sigues provocándome, voy a empezar a recitar ese conjuro que tú y yo sabemos.
- ¡No lo hagáis, por favor! - suplicó el Peregrino, asustado, postrándose de hinojos -. Si se trata de una mujer auténtica, esperaríamos a que intercambiarais vuestras promesas matrimoniales y después provocaríamos un gran alboroto, que nos facilitaría la huida. Mientras discutían esos planes, se oyeron los gritos de los encargados de señalar las vigilias nocturnas. El tiempo parecía transcurrir con una lentitud pasmosa aspirando el fresco aroma de las flores que abrían sus corolas a la suave luz de la luna. Por los vacíos senderos del jardín no se veía avanzar ni una sola antorcha. Los columpios permanecían estáticos, como obsesionados por la contemplación de su propia sombra. Dejó de oírse a lo lejos el sonido de una flauta y todo quedó sumido en un silencio absoluto. La luna parecía empeñada en prestar su donosura a los capullos dormidos, mientras las estrellas daban la impresión de brillar con más fuerza en los espacios donde no había ningún árbol que pudiera dificultar su visión. Se oía cantar al cuclillo, eterno guardián de los sueños extraños de las mariposas. La Vía Láctea cruzaba de parte a parte el cielo, como si fuera una enorme nube blanca que recordara a los caminantes el lugar del que partieron. Aquella era, en efecto, la hora en que los viajeros se rendían a la añoranza, entristecidos por el murmullo que el viento arrancaba a los sauces llorones.
- ¿No os parece que es un poco tarde para seguir discutiendo de esto? - preguntó Ba-Chie -. ¿Por qué no vamos a dormir y continuamos mañana esta conversación? - y, abandonándose al sueño, gozaron del descanso reparador de una noche tranquila.
Los gallos anunciaron la llegada de la aurora y el rey se dirigió al salón del trono a celebrar su audiencia matinal. Las puertas del palacio se abrían, de hecho, cuando el fuego  del  amanecer  llamaba  a  ellas  con  el  milagro  de  su  luz.  Parecía  como  si  el murmullo del viento transportara una música celestial que obligara al soberano a saltar de su lecho. Era tal la belleza de las nubes a aquella hora, que daban la impresión de ser meros trasuntos de los estandartes de cola de leopardo que adornaban la carroza imperial. El sol golpeaba con fuerza las tallas de los dragones que adornaban las puertas, haciendo tintinear las pequeñas plaquitas de jade. Las verdes copas de todos los sauces del palacio aparecían difuminadas por una neblina que se antojaba cargada de embriagadoras fragancias. Ante semejante visión no cabía duda alguna de que aquélla era una tierra en la que florecía la paz y reinaba la armonía. Tan pronto como el rey se hubo sentado en su trono, todos los funcionarios, tanto civiles como militares, le presentaron humildemente sus respetos. Concluida la ceremonia, dictaminó el soberano:
- Que el encargado de las celebraciones imperiales disponga de todo lo necesario para celebrar con el boato exigido la ceremonia nupcial del día doce. Es mi deseo, no obstante, que hoy se sirva en los jardines de palacio un poco de vino primaveral en honor de nuestro muy distinguido yerno.
Ordenó, así mismo, que el responsable de las ceremonias reales acompañara a los tres monjes al Pabellón de los Dignatarios Extranjeros, donde habría de servírseles un espléndido banquete vegetariano, amenizado por la orquesta palatina. Ésta habría de redoblar sus esfuerzos, pues la mitad de sus miembros deberían actuar en los jardines imperiales, mientras el maestro gozaba de la espléndida visión de la primavera. Al enterarse de esas disposiciones, Ba-Chie levantó la voz y dijo:
- Desde el momento mismo en que decidimos aceptarle como preceptor, jamás nos hemos separado de su lado, majestad. Si es vuestro deseo festejarle en los jardines reales con los manjares más exquisitos y los vinos más olorosos, deberíais invitarnos también a nosotros a gozar de esas maravillas durante los dos días que aún restan para la ceremonia. Me temo que, si no accedéis a nuestras justas peticiones, va a resultar un poco difícil que nuestro maestro se convierta en vuestro yerno.
Hacía tiempo que el rey se había percatado de la extraña apariencia de Ba-Chie y de su maleducada forma de expresarse. Al verle estirar el morro, agitar sin cesar las orejas y doblar el cuello de una manera tan ridícula, pensó que se había vuelto loco y, temiendo que pudiera echar por tierra el proyectado matrimonio, accedió finalmente a sus peticiones.
- Está bien - contestó el soberano -. Preparad dos mesas en el Salón de la Paz Eterna entre los Chinos y los Bárbaros para mi yerno y para mí, y otras tres en el Pabellón del Árbol que puso Coto a la Primavera para mis distinguidos huéspedes. Me temo que en esta ocasión el maestro y los discípulos no podrán sentarse juntos.
Sólo entonces accedió el Idiota a inclinarse respetuosamente y a decir:
- Gracias, majestad - y al punto se retiraron todos los cortesanos.
Acto seguido, el soberano mandó preparar otro banquete para la reina y las concubinas de los tres palacios y las seis cámaras, al que también debía asistir la princesa con todos sus atavíos, para hacerle entrega del ajuar y de las galas que había de lucir en la ceremonia del día doce.
Era  aproximadamente  la  hora  de  la  serpiente,  cuando  el  rey  hizo  traer  la  carroza imperial e invitó al monje Tang y a sus tres compañeros a recorrer en su compañía el jardín del palacio. Se trataba de un lugar realmente extraordinario. Todos los senderos estaban cubiertos de piedras de colores, que resaltaban aún más la extraña belleza de las flores que crecían a su vera. En algunos puntos se veían barandillas finamente labradas, que marcaban el límite entre el espacio abierto y el terreno cubierto por una espesísima vegetación. La viva coloración de los melocotoneros atraía a los martines pescadores, mientras las oropéndolas venían a posarse sobre el delicado verdor de los sauces. Era tan denso el aroma que flotaba por doquier, que terminaba impregnando de perfume las ropas de todos los que se adentraran en aquel mundo de sensual delicadeza. Entre la vegetación se atisbaban la terraza de un fénix, el estanque de un dragón y un bosquecillo de bambú protegido por la austera seriedad de unos cuantos pinos centenarios. La música atraía a los fénix a su lugar preferido de apareamiento [6], mientras los peces del estanque se convertían con el tiempo en dragones que terminaban emigrando hacia otras aguas. La delicadeza de aquellos bambúes había inspirado infinidad de poemas y rimas de delicadísima factura. Los troncos de los pinos, por el contrario, eran, en sí mismos, una página llena de frases tan hermosas como las perlas y tan duraderas como el jade. Las rocas artificiales estaban construidas con piedras verdosas, que resaltaban el color azulado de los arroyos. No faltaba ninguna de las flores que han dado justa fama a los jardines del oriente. Las peonías y las flores del azafrán crecían con tal profusión, que parecían formar parte de un enorme y colorista bordado. Los jazmines y los juncales, matizados por una neblina apenas perceptible, daban la impresión de estar hechos de jade. Las malvas de Sechuan mostraban una exuberancia raramente vista en otras latitudes. El verdor de las peras contrastaba vivamente con el rojo de fuego de los albaricoques. Las orquídeas, por su parte, parecían querer competir en brillantez con los lirios, que mostraban, orgullosos, el oro de sus delicadas corolas. ¡Qué frescura la de las amapolas, las azaleas y las magnolias! Comparadas con la flor del fénix, la del alfiler de jade y la del crespón rojo, esbeltas y de altísimo tallo, eran como gotas de rocío posadas sobre un canto rodado. Los frutos de todos los árboles mostraban el dulzor de su madurez, compitiendo con la densa fragancia de los brocados de flores. La brisa del este acariciaba con tal delicadeza la piel de los visitantes, que recordaba el tibio calor del sol del atardecer. Todo el jardín estaba revestido de un encanto que superaba al de los típicos lugares habitados por los inmortales.
El rey y sus acompañantes estuvieron gozando de tanta belleza hasta mucho después de que el sol alcanzara su cenit. Llegado ese momento, el responsable de la etiqueta palaciega invitó al Peregrino y a sus dos hermanos a tomar asiento en el Pabellón del Árbol que puso Coto a la Primavera, mientras el rey y el monje Tang se dirigieron al Salón de la Paz Eterna entre los Chinos y los Bárbaros. A ambos grupos se les sirvió una comida diferente, aunque ambos gozaron de la misma música, de la contemplación de los mismos grupos de bailarines y hasta de la misma decoración, que fue realmente extraordinaria. La luz pintaba en el arabesco de las puertas un universo más abigarrado del que en realidad poseían sus intrincadísimos relieves. El aire propicio que envolvía las torres del dragón se filtraba a raudales en aquella enorme sala, a la que espléndidos ramos de flores revestían de los suaves tonos de la primavera. La luz del día en declive hacía rielar las túnicas de seda de los comensales. La música fluía con tan serena suavidad, que parecía como si los invitados fueran inmortales y dioses. Las copas de jade se llenaban, una y otra vez, de olororísimos licores, que alegraban por igual el corazón del rey y el de todos sus súbditos. Aquel era, en verdad, un mundo, en el que la paz y la prosperidad caminaban juntas de la mano.
Al ver la altísima consideración en la que el rey le tenía, el maestro no se atrevió a rechazar ninguna de sus atenciones y participó de buena gana en el regocijo general. Pese a todo, su espíritu continuaba inmerso en el sombrío piélago de la preocupación. De  las  paredes  del  salón  en  el  que  estaban  reunidos  colgaban  cuatro  espléndidas pinturas que representaban a cada una de las estaciones. Su belleza se veía realzada por otros tantos poemas escritos por destacados literatos del centro de Han-Lin.
El poema de la primavera decía:

La  naturaleza  ha  completado  su  ciclo  y  la  tierra  vuelve  otra  vez  a  palpitar.  Todo  parece renovarse. Los ciruelos y los melocotoneros parecen competir en belleza con la delicadeza de sus flores, mientras las golondrinas se posan suavemente sobre vigas cargadas de relieves y polvo.

El poema del verano afirmaba:

El viento del sur relaja los cuerpos y resta velocidad al pensamiento, al tiempo que los rayos del sol golpean con fuerza los granados y las zarzas. Las suaves notas de una flauta de jade reverberan en el aire cansino. El aroma de los lotos se torna tan intenso, que quien pasa a su lado se marcha con las ropas impregnadas de su perfume.

El poema del otoño establecía:

Una hoja amarilla flota en las aguas tranquilas de un pozo cubierto de artísticos relieves. Las noches comienzan a tejer biombos de escarcha y las golondrinas comprenden que ha llegado la hora de abandonar sus nidos. Los patos salvajes emigraron hacia otras tierras antes de que el frío empezara a desnudar los arces.

El poema del invierno proclamaba:

Nubes preñadas de lluvia oscurecen los cielos, esparciendo en ellos semillas de frío. La nieve se acerca a lomos del viento, dispuesta a cubrir de blancura las cordilleras y las montañas. El fuego caldea las estancias de los palacios, haciendo posible el milagro de que los ciruelos florezcan, apoyados en aramboles de jade.

El rey se percató en seguida de la fijeza con la que el maestro leía aquellos poemas y dijo:
- Si la poesía os atrae con tanta fuerza, es, sin duda, debido a que domináis el dificilísimo arte de la composición y la rima. ¿Os importaría dar una réplica adecuada a esos cuatro poemas, haciendo uso de una estructura similar?
El maestro era una persona capaz de dejarse arrastrar por la belleza de cualquier paisaje, porque su mente era capaz de percibir la presencia de Buda en todo cuanto existía. Al oír la petición del rey agachó la cabeza, humilde, y balbuceó:
- Al girar la tierra, el sol hace desaparecer, poco a poco, los hielos.
El rey se volvió inmediatamente hacia uno de sus servidores y le ordenó, visiblemente complacido:
- Trae todo lo necesario para escribir y toma nota de las palabras de mi futuro yerno. Posee una sensibilidad poética tan exquisita, que sería una lástima perder uno solo de sus versos.
El maestro no se negó a sus deseos. Al contrario, cuando tuvo delante el papel, el pincel y la tinta, diluyó él mismo un poco en la piedra y escribió de su puño y letra:
- Respuesta al poema de la primavera:

Al girar la tierra, el sol hace desaparecer, poco a poco, los hielos, el jardín de mi rey vuelve a llenarse de flores hermosas y las gentes se felicitan por la bonanza del tiempo. ¿Cómo podía ser de otra forma, si hasta los ríos y los océanos parecen desprenderse de su mundano letargo?

- Respuesta al poema del verano:

La Osa Mayor parece volverse hacia el sur y los días se tornan cada vez más largos. Los sicómoros y los granados se cubren de fuego, mientras las oropéndolas y las golondrinas desgranan sus cantos desde lo alto de los sauces. ¡Qué espléndido dúo el de sus gargantas, que conocen el misterio de las copas de todos los árboles!

- Respuesta al poema del otoño:

Los naranjales, equilibrio del amarillo y el verde, esparcen, por doquier el inmerecido regalo de su fragancia. El pino y el ciprés parecen presentir la cercanía de los fríos y se aprestan, gozosos, a dar la bienvenida a las primeras escarchas. El bordado de los crisantemos se halla a medio abrir, pero nuestras voces no dejan de resonar por ese desierto de nubes grises y tierras abandonadas.

- Respuesta al poema del invierno:

La nieve ha dejado de caer, pero el frío aún se balancea en el aire. Las rocas de las montañas aparecen tan desnudas, que, vistas desde lejos, dan la impresión de estar hechas de jade. En los hogares las brasas, rojas como bestias desconocidas, terminan de calentar la leche. Con las manos escondidas entre las mangas nos apoyamos sobre las barandas y cantamos lánguidas canciones de amor.

En  cuanto  el  rey  hubo  leído  tan  espléndidos  poemas,  exclamó,  visiblemente complacido:
- ¡Qué verso más maravilloso!: "Con las manos escondidas entre las mangas nos apoyamos sobre las barandas y cantamos lánguidas canciones de amor" - y volviéndose hacia el responsable de la música imperial, le ordenó componer cuatro piezas con las que acompañar tan inspiradísimos poemas.
El día pasó, de esta forma, con una presteza desconocida para todos y, poco a poco, se fue retirando cada cual a sus aposentos. También el Peregrino y sus dos hermanos dedicaron aquella jornada a haraganear en el Pabellón del Árbol que puso Coto a la Primavera. Habían tomado tal cantidad de copas de vino, que se sentían un poco mareados. Al levantarse de sus asientos, vieron a lo lejos al maestro con el rey y Ba-Chie gritó, entusiasmado:
- ¡Qué vida! ¡Jamás me lo había pasado tan bien como hoy! He de reconocer que es la primera vez que me lleno del todo. Creo que ha llegado la hora de echarse una pequeña siestecita.
- No es propio de un monje hablar así - le regañó el Bonzo Sha, sonriendo -. ¿Cómo vas a dormir con el estómago lleno?
- ¿Qué tiene eso de malo? - se defendió Ba-Chie -. ¿Acaso has olvidado lo que afirma el proverbio? "Si después de comer no te tumbas, jamás tendrás una barriga en regla".
- ¡Qué poco sentido del decoro posees! - le regañó el monje Tang, que acababa de despedirse del rey -. ¡No comprendo cómo puedes ser tan maleducado! ¿Es que no te das cuenta de que en lugares como éste no está permitido hacer lo que a uno le venga en gana? Si el rey se siente ultrajado, es capaz de hacerte cortar la cabeza.
- ¡Eso es imposible! - contestó Ba-Chie en el mismo tono -. Después de todo, somos los parientes  más  allegados  del  novio  y  pasará  por  alto  todas  las  incorrecciones  que podamos cometer. Como muy bien afirma el proverbio, "nadie puede romper a palos su relación con un pariente ni con un amigo a fuerza de decirle las verdades". ¿No es cierto que lo estamos pasando estupendamente? ¿Para qué preocuparnos, entonces, del rey?
- ¡Traedme aquí al Idiota! - ordenó el maestro, muy enfadado -. Voy a darle veinte azotes con el báculo.
El Peregrino se abalanzó sobre él y le hizo arrodillarse a la fuerza. Sin pérdida de tiempo, el maestro levantó el báculo y se dispuso a dejarlo caer con fuerza sobre sus costillas, pero el Idiota suplicó a voz en grito:
- ¡Apiadaos de mí, yerno imperial! ¡Tened compasión de mi ignorancia!
Los servidores reales que los habían servido durante la fiesta persuadieron al monje Tang para que se mostrara benigno con su discípulo y el castigo no se produjo.
- ¡Respetable yerno imperial! - repitió el Idiota, agradecido, escabullándose como si fuera una sabandija -. Aún no ha tenido lugar la ceremonia nupcial y ya dais muestras de benevolencia a la hora de aplicar la ley. ¡Qué magnanimidad la vuestra!
- ¡Deja de decir tonterías, de una vez! - le urgió el Peregrino, poniéndole la mano sobre la boca -. Lo mejor que puedes hacer es irte a dormir cuanto antes.
Aquella noche la pasaron en el Pabellón del Árbol que puso Coto a la Primavera. Al amanecer volvieron a sentarse a la mesa. Durante los tres o cuatro días siguientes no hicieron otra cosa que comer y divertirse. De esa forma, transcurrieron con más rapidez las fechas que aún quedaban para el doce. Al amanecer de tan venturoso día los responsables de los tres departamentos encargados de las celebraciones imperiales se presentaron ante su majestad y le comunicaron:
- En cumplimiento de vuestras órdenes, hemos construido una mansión para vuestro muy digno yerno, aunque se encuentra todavía sin amueblar a la espera del ajuar completo de vuestra respetabilísima hija. El banquete nupcial está ya dispuesto, con un mínimo de quinientas mesas llenas a rebosar de manjares tanto vegetarianos como ordinarios.
Encantado, el rey quiso ir inmediatamente en busca de su yerno con el fin de invitarle personalmente a sentarse a la mesa, pero en ese momento se presentó un sirviente de la emperatriz y le dijo:
- Vuestra esposa desea veros, majestad.
El rey se dirigió hacia su residencia y se encontró a todas sus mujeres y concubinas charlando amigablemente con la princesa en el Palacio Chao-Yang. Su belleza era tan impresionante que, al verlas, se tenía la impresión de hallarse ante un ramo de flores colocado encima de un paño lleno de bordados. El lujo que allí se veía superaba incluso al que existe en el Palacio Celeste, no teniendo que envidiar nada al de la mismísima Mansión de Jaspe. Sobre tan maravillosa atmósfera disponemos de cuatro canciones conocidas como de la Alegría, del Encuentro, del Bienestar y de la Unión.
La canción de la Alegría decía:

¡Alegrémonos y regocijémonos, porque a punto está de celebrarse un matrimonio dictado por el amor! Es tal la elegancia que exuda todo el palacio, que hasta la misma Chang-Er siente envidia de las damas que lo habitan. ¡Qué espléndidas las horquillas de oro, que representan dragones y fénix! Su luminosidad no es menor que la de los limpísimos dientes que se entreven por unos labios de cereza a medio abrir. Los cuerpos poseen tal elegancia que parecen flores revestidas de sedas sin mácula de cinco colores. El aroma y la belleza se entremezclan de una forma tan perfecta, que no se sabe, en realidad, quién emite a quién.

La canción del Encuentro decía:

¡Salid a recibir a una dama tan dulce y atractiva, que ni Mao-Chiang [7] ni las hermanas Chou [8] pueden compararse con ella! No existe belleza mayor en todo el reino y las flores y el jade se mueren de envidia, al verla. Su maquillaje es fresco; sus joyas, inigualables; sus modales, suaves como el balanceo de una orquídea; su carne y su rostro, blancos como el reflejo nacarado del hielo. La finura de sus cejas recuerda la línea con la que los pintores famosos esbozan las montañas lejanas. ¡Toda ella parece hecha de la delicadeza de la seda!

La canción del Bienestar decía:

¡Olvidémonos de todo para contemplar a esa doncella celeste, digna de loa y de admiración eternas! Fragancias exóticas se entremezclan con el aroma de los polvos que cubren su cara y el carmín que da vida a sus labios. ¿Cómo puede compararse el Tien-Tai bendito con una casa real? Su forma de hablar y de sonreír es tan dulce, que, al hacerlo, el aire se llena de música y luz. Su hermosura supera a la de las mil especies de flores y seda que existen. ¡No hay nadie en todo el mundo comparable con su donosura!

La canción de la Unión decía:

¡Reuníos sin demora, porque la orquídea ha comenzado a emitir su dulcísimo aroma! Los inmortales han empezado a congregarse y las damas y las doncellas muestran, orgullosas, el esplendor de su belleza. Con la ayuda de la reina, la princesa aparece más radiante que nunca.¡Qué espléndido su peinado, alto como un nido de cuervo, qué atractiva su falda de fénix, multicolor como un arco iris! Delante de ella avanzan los dignatarios en filas, imponentes con sus vestimentas rojas y púrpura. Ella misma fijó el día de la fecha. Hoy, por fin, se ha cumplido ese tiempo que determinó para unirse con su amado.

Decíamos que, en cuanto se enteraron de la llegada del rey, salieron a recibirle la reina, la princesa, las concubinas y todas las doncellas del palacio. Emocionado, su majestad entró en el Palacio Chao-Yang y tomó asiento. Una vez que las damas le hubieron mostrado sus respetos, dijo, dirigiéndose a su hija:
- Espero que haya sido de tu total agrado el pretendiente que tú misma escogiste, al lanzar desde la torre aquella bola recubierta totalmente de bordados. Desde que se produjo ese evento hasta el momento presente no han transcurrido más de cuatro días, pero los responsables de los diferentes departamentos han dado por terminados todos los preparativos para la ceremonia. Es preciso, por tanto, que te apresures a tomar parte en el banquete nupcial, para que puedas ver cumplidos cuanto antes todos tus deseos de felicidad.
- Perdonadme cuanto haya podido ofenderos a lo largo de toda mi vida - suplicó la princesa, postrándose de hinojos y agachando respetuosamente la cabeza -. Existe, de todas formas, un asunto del que quisiera hablar con vos. Durante estos últimos días he oído comentar a los funcionarios imperiales que el monje Tang tiene tres discípulos a cual más feo. Eso me ha hecho temerlos de tal forma, que, de sólo pensar en ellos, me pongo a temblar. Os pido, por tanto, que los expulséis inmediatamente de la ciudad, para que no sufra el menor desmayo ni mi felicidad se vea alterada de ninguna manera.
- Si no hubieras hablado de ello - contestó el rey -, jamás habría sacado a relucir ese tema, porque son, en verdad, poco agraciados y sus modales dejan muchísimo que desear.  Últimamente  han  residido  en  el  Pabellón  del  Árbol  que  puso  coto  a  la Primavera, pero te prometo que hoy mismo les sellaré el documento de viaje y les invitaré a que sigan tranquilamente su camino. El banquete no comenzará hasta que no hayan abandonado la ciudad, como pides.
En prueba de agradecimiento la princesa empezó a golpear repetidamente el suelo con la frente. Sin esperar a que se levantara, el rey volvió a montar en su carroza y se dirigió al salón de audiencias, donde dictó una orden convocando al monje y a sus tres discípulos.
Tripitaka había estado contando con los dedos los días que aún faltaban para el doce. Al llegar tan fatídica fecha, se levantó apenas hubo amanecido y, despertando a sus seguidores, les preguntó, muy nervioso:
- ¿Queréis decirme cómo vamos a desenredar todo este embrollo?
- Lo único que puedo aseguraros - contestó el Peregrino - es que el rey tiene alrededor de su cuerpo un aura bastante sombría, aunque, afortunadamente, no ha penetrado del todo en su espíritu. Es preciso, por tanto, que vea cuanto antes a la princesa. ¡Si pudiera hacerla salir de alguna manera! Para desenmascararla me bastaría con una simple mirada. Pero no os preocupéis. Estoy convencido de que antes de la ceremonia nos expulsarán de la ciudad. Por muy duro que os parezca, no debéis oponeros a los deseos del rey. Sabed que en un abrir y cerrar de ojos estaré a vuestro lado para daros toda la protección que preciséis.
No había acabado de decirlo, cuando se presentaron un emisario imperial y el responsable de la etiqueta de palacio. Al enterarse de que traían una orden de su majestad, el Peregrino soltó la carcajada y dijo:
- Venga. Démonos prisa. Es preciso que dejemos al maestro, para que pueda contraer matrimonio lo antes posible.
- Si quieren que me vaya - protestó Ba-Chie -, tendrán que ofrecerme por lo menos mil libras de plata u oro. Me bastarán para regresar junto a mi prometida y celebrar allí otra ceremonia nupcial. ¡Ya veréis qué bien nos lo vamos a pasar!
- ¿Quieres dejar de decir tonterías, de una vez? - le regañó el Bonzo Sha -. Las decisiones las toma ahora nuestro hermano mayor.
Zanjada la cuestión, cogieron el equipaje y el caballo y siguieron a los funcionarios hasta las escaleras de color rojo. El rey les pidió que se acercaran y les dijo:
- Entregadme vuestro documento de viaje. Voy a sellarlo con mi propia mano y a ordenar que os entreguen una considerable cantidad de dinero. Con ello podréis llegar con más rapidez a la Montaña del Espíritu y, así, veréis cumplidos vuestros deseos de entrevistaros con Buda. La ayuda se incrementará, cuando regreséis con las escrituras. No os preocupéis por vuestro antiguo maestro. Se quedará aquí, gozando de todas las prerrogativas propias de un yerno imperial.
Después de darle las gracias, el Peregrino se volvió hacia el Bonzo Sha y le pidió que entregara el documento de viaje a su majestad. Antes de estampar su sello y su firma, el rey lo leyó con sorprendente interés y ordenó que se diera a los caminantes veinte lingotes de plata y diez de oro en concepto de regalos nupciales. Ba-Chie había sido desde siempre una persona sumamente avariciosa y se los guardó a toda prisa, mientras el Peregrino se inclinaba, obsequioso, ante el soberano y decía:
- Muy agradecidos, majestad. Jamás olvidaremos tan alto favor - y, dándose la vuelta, hizo ademán de proseguir su camino.
La sorpresa dejó mudo a Tripitaka. Poco a poco se fue recobrando y, agarrando al Peregrino del brazo, le preguntó con voz temblorosa:
- ¿Por qué me abandonáis a mi suerte? ¿Os parece eso justo?
- Tranquilizaos y gozad cuanto podáis de vuestra unión - contestó el Peregrino, tomándole de la mano y guiñándole significativamente el ojo -. Volveremos a veros tan pronto como hayamos conseguido las escrituras.
Indeciso, el maestro se negaba a dejarle partir. Afortunadamente, los funcionarios interpretaron su gesto como un rito más de la despedida. Sin sospechar nada, el rey le pidió que entrara con él en el salón de audiencias, al tiempo que un nutrido grupo de principales del reino acompañaba a los peregrinos a las afueras de la ciudad. Al maestro no le quedó más remedio que desprenderse de aquellos a los que tanto amaba y cumplir los deseos de su majestad.
- ¿De verdad vamos a dejarle así como así? - preguntó Ba-Chie, tan pronto como hubieron abandonado el palacio.
Sin decir nada, el Peregrino se dirigió al Pabellón de los Dignatarios Extranjeros, donde fueron agasajados por el funcionario responsable de su buena marcha. Mientras se encargaba él mismo de prepararles un poco de arroz y algo de té, el Peregrino bajó la voz y ordenó a Ba-Chie y al Bonzo Sha:
- Quedaos aquí y no habléis a nadie de nuestros planes. Si os preguntan algo, procurad responder con evasivas. Por lo que más queráis, no habléis de mí para nada. Voy a ir a proteger al maestro.
Acto seguido, se arrancó un pelo y exhalando sobre él una bocanada de aire sagrado, gritó:
- ¡Transfórmate!
- Al instante se convirtió en una copia exacta de sí mismo, que permaneció, callada y cabizbaja, junto a Ba-Chie y el Bonzo Sha, al tiempo que su auténtico yo se metamorfoseaba en una abeja de alas doradas, boca dulzona y mortal aguijón. A pesar de su reducido tamaño, era capaz de hacer frente a los vientos más huracanados y de robar a las flores el secreto de su perfume. No encerraban para él ningún secreto los senderos de sombras de las copas de los sauces. Sólo el humo podía hacerle perder su rumbo, como si se hubiera vuelto ciego. Pese a todo, jamás degustaba el dulzor que con tanto esmero contribuía a destilar. Eso le había otorgado fama de laborioso y diligente. Debido a su fuerza de voluntad, consiguió regresar al palacio sin que nadie se percatara de su presencia. El monje Tang se hallaba sentado sobre un cojín bordado, a la izquierda del rey, con el gesto abatido y el ceño significativamente fruncido. El Peregrino sintió lástima de él y, posándose con cuidado cerca del oído, le susurró:
- No os preocupéis, maestro. Estoy aquí, como os prometí.
Lo dijo en un tono tan bajo, que sólo lo pudo oír el monje Tang, que recobró al punto la compostura. No tardó en presentarse un funcionario imperial que anunció con solemne voz:
- El banquete nupcial se halla ya dispuesto, majestad, en el Palacio de la Urraca. Tanto la reina como la princesa aguardan, impacientes, vuestra presencia y la de vuestro honorable yerno.
El rey no podía mostrarse más satisfecho. Inmediatamente tomó a Tripitaka de la mano y le condujo al interior de la mansión imperial. Se vio así que, al perder su rumbo, el rey que amaba las flores se topó con la desgracia, de la misma forma que, al abandonarse al pensamiento, la mente Zen se zambulló en el mar de la tristeza y la angustia.
No sabemos, de momento, cómo pudo escapar el monje Tang de las asechanzas que se cernían sobre él en el interior del palacio. El que desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente.

Free counter and web stats

Web Hosting

 Ф

[1]Tanto este parlamento como los de Ba-Chie y el Bonzo Sha que aparecen a continuación del mismo se presentan en forma rimada en el original, lo cual atestigua un origen teatral.

[2]Los dos ochos se refieren a ciertos procesos de la alquimia externa, ya que, según muchos comentaristas, expresan la proporción de elementos que entraban en una fórmula determinada.

[3]Tres veces tres, o «san-san», expresa la relación existente entre los hexagramas del I Ching y las fases lunares, particularmente el «tai», asociado a la luna creciente, y el «pi», asociado a la luna menguante. Al ser éstos, a su vez, combinaciones simbólicas del yin y el yang, se deduce la importancia que posee esta doctrina para los procesos de la alquimia interna.

[4]Alusión a prácticas de la alquimia interna, que propugnaba la conservación de las energías corporales, incluido el esperma, sin que ello implique una renuncia a las relaciones sexuales.

[5]Aunque existen diferencias entre las distintas escuelas, en un sentido budista el término «sz-hsiang» hace referencia a los cuatro estadios de lo fenoménico: nacimiento, madurez, decaimiento y muerte. Para las artes adivinatorias, «shu», por el contrario, designa ciertos días de cada una de las estaciones («ping-ding», «mao-chi», «chen-kuei» y «chia-i»), sumamente propicios para el inicio de todo tipo de actividades. Para los practicantes de la alquimia interna, sentido en el que precisamente lo usa el Bonzo Sha, se refiere al equilibrio esencial existente entre los elementos básicos y cada una de las cuatro grandes vísceras.

[6]Alusión a lo narrado en el Shang-Su.

[7]Mao-Ching, famosa beldad del siglo V a.C, fue amante del señor de Yüe.

[8]Las mujeres del reino de Chou tenían fama de ser extremadamente hermosas. Para resaltar aún más la belleza de la novia, aquí se las considera como si formaran parte de una sola familia.