Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

Los tres monjes se baten con bravura en la Montaña del Dragón Verde. Cuatro Estrellas ayudan a capturar a los rinocerontes.


Decíamos que el Gran Sabio se dirigió en una nube hacia el noreste, acompañado de sus hermanos. No tardaron en llegar a la Caverna de la Flor Misteriosa, que, como queda dicho, se halla enclavada en la Montaña del Dragón Verde. Tan pronto como hubieron descendido de la nube, Ba-Chie quiso echar abajo las puertas con el rastrillo, pero se lo impidió el Peregrino, diciendo:
- ¡Espera un momento! Lo mejor será que, antes de que empecemos a luchar, nos cercioremos de que el maestro sigue vivo.
- ¿Cómo piensas entrar, estando las puertas tan firmemente cerradas? - preguntó el Bonzo Sha.
- Valiéndome de mis poderes mágicos, por supuesto - contestó el Peregrino y, dejando a  un  lado  la  barra  de  hierro,  hizo  un  gesto  con  los  dedos  y  recitó  un  conjuro  -. ¡Transfórmate! - añadió con voz potente.
Al instante se convirtió en una pequeña luciérnaga, que, tan pronto como batió las alas, se elevó por los aires, como si fuera una cometa. Solían decir los antiguos que, cuando la hierba se pudre, se transforma en una luciérnaga [1]. No debe de tomarse a la ligera tan portentoso cambio, pues a pesar de su aparente fragilidad, posee una naturaleza sumamente robusta. El Peregrino no tuvo, de hecho, ninguna dificultad en llegarse hasta la puerta y en meterse por una hendidura que había en ella. Un salto le bastó para posarse en un patio, en el que la tranquilidad era total y absoluta. De esa forma, pudo observar con atención las costumbres de los monstruos. Por todas partes había carabaos tumbados en el suelo y durmiendo a pierna suelta. Hasta los que protegían la sección central de la caverna se hallaban roncando ruidosamente. No sabiendo dónde se encontraban descansando los tres monstruos, se dirigió hacia la parte de atrás con la cola brillando como si fuera una antorcha. Allí oyó llorar a alguien y en seguida se percató de que se trataba del monje Tang, que estaba encadenado a una columna. El Peregrino se llegó hasta él y le oyó lamentarse:
- Son diez ya los años que han pasado desde que abandoné Chang-An y me lancé a escalar  montañas  y  vadear  ríos.  Con  indescriptible  alegría  alcancé,  finalmente,  las Tierras del Oeste, pero durante la celebración de la Fiesta de las Linternas en la Prefectura del Oro fui incapaz de reconocer a los falsos Budas y de nuevo la desgracia se abatió sobre mí. Mí vida parece guiada únicamente por las leyes del sufrimiento. Si mis discípulos han podido seguir mi rastro, ¿a qué esperan para liberarme de este tormento?
Loco de contento, el Peregrino volvió a batir las alas y se puso a revolotear justamente delante del maestro.
- En verdad el Oeste es totalmente diferente de nuestra tierra - comentó el monje Tang, secándose las lágrimas -. Estamos en el primer mes del año y ya hay por aquí luciérnagas.
- ¡¿Es que no me reconocéis?! - exclamó el Peregrino, sin poderse contener -. ¡Soy yo, maestro!
- ¡Así que eres tú, Wu-Kung! - gritó el monje Tang, entusiasmado -. Precisamente me estaba preguntando cómo podía haber luciérnagas, cuando la primavera apenas acaba de empezar.
- ¿Cómo podéis ser así, maestro? - le reprendió el Peregrino con suavidad -. Por ser incapaz de distinguir lo auténtico de lo falso, nos hemos visto obligados a retrasar el viaje y a malgastar yo qué sé la de esfuerzos. Os grité que se trataba de monstruos vulgares, pero vos os negasteis a escucharme y os inclinasteis respetuosamente ante ellos. No contentos con apagar las lámparas y robar el aceite, se apoderaron de vos y os trajeron a su cueva. Inmediatamente ordené a Ba-Chie y al Bonzo Sha que se quedaran en el monasterio cuidando de nuestras cosas, mientras yo seguía el rastro que ibais dejando. Por supuesto, desconocía el nombre de esta región, pero los Centinelas tuvieron la delicadeza de informarme que ésta era la Montaña del Dragón Verde y que la caverna era conocida por doquier como la Flor Misteriosa. Ayer medí mis fuerzas con las de esos monstruos hasta que el día comenzó a declinar y decidí poner a mis hermanos al tanto de lo ocurrido. En vez de dormir, hemos cabalgado a lomos del viento durante toda la noche, temiendo que os hubiera pasado algo. Precisamente me he metamorfoseado en una luciérnaga, para cerciorarnos de que aún seguíais con vida - y recobró la forma que le era habitual.
- ¡¿Así que Ba-Chie y el Bonzo Sha están ahí fuera?! - exclamó el monje Tang, visiblemente emocionado.
- Así es - confirmó el Peregrino -. Acabo de ver que todos los monstruos están durmiendo. Lo mejor que puedo hacer es correr el cerrojo y sacaros cuanto antes de aquí.
El monje Tang sacudió la cabeza en señal de agradecimiento. Valiéndose de la magia para hacer saltar candados, el Peregrino desencadenó al maestro y le condujo hacia la puerta. En ese mismo instante se oyó gritar al monstruo desde una de las habitaciones interiores:
- Cerrad bien las puertas y encended todas las antorchas. ¿Cómo no habéis organizado ninguna patrulla ni dispuesto las contraseñas?
Los diablillos habían olvidado tales medidas de seguridad, porque se habían pasado todo el día luchando y se sentían francamente extenuados. Sólo las palabras del monstruo fueron capaces de arrancarlos de su letargo. Sin pérdida de tiempo cogieron las armas y, sin dejar de golpear un gong, se dirigieron hacia la parte de atrás, topándose de narices con el maestro y su discípulo.
- ¿Adonde creéis que vais? - preguntaron, arrogantes -. Es muy posible que hayáis hecho saltar los candados, pero de aquí no vais a poder escapar.
Sin detenerse a dar explicaciones, el Peregrino sacó la barra de hierro y, sacudiéndola ligeramente contra el viento, la hizo adquirir el grosor de un cuenco de arroz. De un solo golpe  mató  a  dos  de  los  diablillos,  reduciéndolos  a  una  masa  informe  de  carne macerada. Si no acabó con más, fue porque el resto se dio la vuelta y, arrojando las armas, corrieron a informar a sus soberanos de lo ocurrido, gritando:
- ¡La desgracia se ha abatido sobre nosotros! Ese monje con la cara peluda acaba de liquidar a unos cuantos de los nuestros.
- ¡Apresadle inmediatamente! - ordenaron los tres monstruos, saltando del lecho.
El monje Tang se puso a temblar de tal manera, que las piernas y los brazos se negaban a obedecerle. Comprendiendo que no podía seguir cuidando del maestro, el Peregrino agarró con fuerza la barra de hierro y arremetió contra los diablillos que trataban de detenerle. Derribó a algunos, mató a otros e hizo huir a la gran mayoría, logrando su objetivo de llegar hasta las puertas, a las que redujo a pequeñas esquirlas de piedra.
- ¿Dónde os habéis metido? - preguntó, tan pronto como se hubo encontrado fuera de peligro.
- Aquí. ¿Es que no nos ves? - contestaron Ba-Chie y el Bonzo Sha, corriendo a su encuentro -. ¿Qué tal te han ido las cosas?
El Peregrino les explicó detalladamente todo lo ocurrido después de metamorfosearse: cómo había conseguido liberar al maestro, cómo les habían cortado la retirada unos diablillos y cómo había tenido que abandonar al maestro a su suerte, para poder escapar con vida de aquella encerrona, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos.
Sí lo haremos, sin embargo, de los monstruos, que, una vez que consiguieron atrapar al monje Tang, le volvieron a encadenar en la parte de atrás. A la luz de las antorchas y blandiendo con fuerza el hacha, el chafarote y la caña nudosa, le preguntaron, amenazantes:
- ¿Cómo te las has arreglado para hacer saltar la cerradura? ¿Quién le abrió la puerta a ese mono? Responde en seguida, si quieres mantenerte vivo. Si te niegas a contestar, ten la seguridad de que te partiremos por la mitad.
- Mi discípulo Sun Wu-Kung - respondió el monje Tang, temblando de pies a cabeza y postrándose de hinojos - conoce setenta y dos formas de metamorfosis. Ahora mismo, sin ir más lejos, se ha hecho pasar por una luciérnaga para venir a liberarme. Lo que menos nos esperábamos es que fuéramos a toparnos con vuestras majestades. Rodeados por vuestros dignísimos soldados, no le quedó más remedio que abandonarme a mis propios medios y huir, matando a unos cuantos.
- Menos mal que nos hemos despertado a tiempo - gritaron los tres monstruos, soltando la carcajada -. De lo contrario, os habríais escapado - y ordenaron cerrar todas las puertas de la caverna, sin hacer el menor ruido.
- Eso quiere decir - comentó el Bonzo Sha, al percatarse de su maniobra - que están decididos a acabar con nuestro maestro. Lo mejor será que ataquemos inmediatamente.
- Tienes razón - afirmó el Peregrino -. Echemos abajo, de una vez, esas puertas.
Deseoso de mostrar sus poderes, el Idiota cogió el rastrillo y descargó sobre ellas un golpe tan terrible, que las redujo a polvo, al tiempo que gritaba:
- ¡Ladrones de aceite, dejad inmediatamente en libertad a nuestro maestro!
- ¡La suerte se ha vuelto en contra nuestra! - corrieron a informar los diablillos a sus señores -. Esos monstruos acaban de destrozar las puertas de delante.
- ¡No hay quien pueda con esos tipos! - exclamaron los monstruos con visible fastidio y, poniéndose la armadura, salieron de su refugio, seguidos de todo su ejército de diablillos.
Era aproximadamente la hora de la tercera vigilia y la luna brillaba con tal fulgor, que parecía ser de día. Sin decir una sola palabra, los tres monstruos se lanzaron contra los monjes, emparejándose el Peregrino con el del hacha, Ba-Chie con el del chafarote y el Bonzo Sha con el de la caña rugosa. Dio, así, comienzo a una batalla realmente extraordinaria, en la que tomaron parte tres seguidores de Buda y tres diablos envalentonados por el secuestro del maestro. La barra y el hacha, el rastrillo y el chafarote, y el báculo y la caña rugosa chocaban entre sí con tal fuerza, que terminaron provocando un viento huracanado que levantaba espesas nubes de polvo. Tras los primeros asaltos la neblina multicolor de los monjes se fundió con la niebla fétida de los monstruos, resultando sumamente difícil identificar a cada uno de los luchadores. El rastrillo, la barra y el báculo, armas de las que no existía réplica en todo el mundo, se movían a tal velocidad que no había ojo humano capaz de seguir sus evoluciones. Los monstruos, sin embargo, no retrocedieron ni un milímetro, confiando por entero en el hacha de afilada hoja, la caña de rugosos nudos y el chafarote de cegador brillo. Sus poderes mágicos igualaban a los de aquellos robustos monjes, a los que el deseo de liberar a su maestro tornaba tan fieros como alimañas con las garras extendidas. Con la mente puesta en el monje Tang, el hacha y la barra se esforzaron por alcanzar la victoria, el rastrillo y el chafadero no cesaron de medir su potencia, y la caña rugosa y el báculo desplegaron toda la fuerza de que eran capaces. Pero, a pesar de todos sus esfuerzos,  ninguna  de  las  partes  obtuvo  una  diferencia  apreciable.  Eso  movió  al Disuasor del Frío a gritar de repente:
- ¡A nosotros, nuestros fieles guerreros!
Los diablillos se lanzaron inmediatamente a la refriega, consiguiendo que Ba-Chie perdiera el equilibrio y terminara cayendo al suelo. Al instante se abalanzaron sobre él varios carabaos que le arrastraron al interior de la caverna, donde le ataron de pies y manos. Al ver que Ba-Chie había caído en poder de aquella especie de bueyes, el Bonzo Sha descargó un tímido golpe sobre el Disuasor del Polvo y se dio media vuelta, tratando de abandonar el campo. Pero, apenas había iniciado ese movimiento, cuando se le vino encima un auténtico aluvión de diablillos, que, tras una ardorosa pelea, consiguieron, igualmente, tomarle prisionero. El Peregrino comprendió que no iba a poder seguir resistiendo mucho más tiempo y, dando uno de sus formidables saltos, logró escapar en una nube.
- ¡Qué lástima! - exclamó el monje Tang con ojos llorosos, al ver aparecer a Ba-Chie y al Bonzo Sha -. Jamás imaginé que también vosotros fuerais a caer en manos de estas bestias. ¿Qué ha sido de Wu-Kung?
- Ha huido, en cuanto ha visto que caíamos prisioneros - contestó el Bonzo Sha.
- Sí, en verdad, ha conseguido escapar - concluyó el monje Tang, más animado -, habrá ido en busca de refuerzos. Lo que ahora me preocupa es saber cuándo recobraremos la libertad - y eso les hizo abandonarse a la tristeza, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos.
Sí lo haremos, sin embargo, del Peregrino, que regresó, montado a lomos del viento, al Templo de la Nube Misericordiosa. Al verle, los monjes que allí habitaban le preguntaron, esperanzados:
- ¿Habéis rescatado ya al monje Tang?
- Es mucho más difícil de lo que había imaginario - respondió el Peregrino -. Esos monstruos poseen unos poderes mágicos realmente extraordinarios. No os digo más que nos hemos enfrentado a ellos los tres juntos y Ba-Chie y el Bonzo Sha han sido tomados prisioneros. Ha sido una suerte que haya conseguido escapar.
- Si alguien como vos, que camina sobre las nubes y cabalga a lomos de la niebla, ha fracasado en su intento - concluyeron los monjes, aterrados -, la suerte del maestro está irremediablemente perdida.
- No necesariamente - objetó el Peregrino -. Aunque no lo creáis, el maestro goza de la secreta protección de los Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales, los Protectores de los Monasterios, los Dioses de la Luz y los Dioses de las Tinieblas. Por si eso no fuera suficiente, en cierta ocasión probó del Fruto del Mercurio Refinado [2] y dudo que alguien pueda acabar con su vida. Una cosa, de todas formas, es segura: teniendo en cuenta la potencia de esas bestias, no me queda más remedio que acudir a los Cielos en busca de ayuda. Si no os importa, os agradecería que en mi ausencia cuidarais del caballo y del equipaje.
- ¿Sois capaz de llegar hasta el Cielo? - volvieron a preguntarle los monjes, más asombrados cada vez.
- ¿Cómo que si soy capaz? - replicó el Peregrino, soltando la carcajada -. No os digo más que hubo un tiempo en el que habitaba en el Palacio Celeste y todo el mundo me llamaba el Gran Sabio, Sosia del Cielo. Tuve, sin embargo, la insolencia de impedir la celebración de la Fiesta de los Melocotones Inmortales y Buda me sometió a un terrible castigo, del que sólo pude librarme bajo la promesa de ayudar al monje Tang a conseguir las escrituras sagradas. Con el fin de que mis méritos terminen superando a mis faltas, me he visto obligado a hacer frente al mal a lo largo de todo el viaje. Pese a todo, mi sino es mucho mejor que el de mi maestro, pues, por algo que sois incapaces de comprender, se ve sometido, una y otra vez, a pruebas tan terribles como las que ahora está padeciendo.
Emocionados, los monjes se echaron rostro en tierra y empezaron a golpear el suelo con la frente. El Peregrino, no obstante, se hizo a un lado y desapareció de su vista, produciendo un penetrante silbido. En un abrir y cerrar de ojos, llegó a la Puerta Oeste de los Cielos, donde vio a la Estrella de Oro del Planeta Venus charlando amigablemente con el Devaraja Virudhaka y los Cuatro Funcionarios Espirituales Yin, Chou, Tao y Xü. Al verle, le saludaron respetuosamente y le preguntaron:
- ¿Qué os mueve a venir por aquí, Gran Sabio?
- Como protector del monje Tang - contestó el Peregrino -, he conseguido llegar a la Prefectura del Oro, que se halla ubicada en la porción oriental del Reino de la India. Allí se levanta el Templo de la Nube Misericordiosa, cuyos monjes tuvieron la delicadeza de invitar a mi maestro a pasar con ellos la Fiesta de las Linternas. En el Puente de la Linterna Dorada habían colocado tres realmente bellísimas, que se alimentaban de un aceite como no hay otro igual en el mundo. Aunque su precio asciende a más de cincuenta mil libras de plata, las gentes del lugar lo ofrecen con gusto, pues, según ellos, es uno de los platos preferidos de Buda, que, a cambio, les facilita unas cosechas francamente abundantes. Cuando estábamos gozando de la belleza de aquellas lujosísimas linternas, aparecieron, en efecto, tres imágenes de Buda. Sin encomendarse a nadie, mi maestro corrió hacia el centro del puente y se echó rostro en tierra, sin prestar ninguna atención a mis  llamadas de prudencia. Los falsos Budas no sólo apagaron las lámparas y robaron el aceite, sino que agarraron a mi preceptor y se lo llevaron a lomos del viento. Pasé toda la noche siguiendo su rastro. Al amanecer, llegué a una montaña, que, según me informaron los Cuatro Centinelas, se llama del Dragón Verde y alberga una caverna conocida como la Flor Misteriosa. En ella habitan tres monstruos, que responden a los nombres de Disuasor del Frío, Disuasor del Calor y Disuasor del Polvo. Les exigí la inmediata liberación de mi maestro, pero ellos se negaron a hacerlo y hube de enfrentarme a los tres a la vez. Desgraciadamente, no pude doblegarlos y hube de recurrir a la metamorfosis para entrar en su caverna. De esa forma, pude cerciorarme de que el maestro no había sufrido el menor daño, aunque estaba encadenado a una columna. Conseguí desatarle, pero fui descubierto por un grupo de diablillos y hube de abandonarle a su suerte. Ba-Chie y el Bonzo Sha se aprestaron a unir sus fuerzas conmigo, pero fueron capturados después de una lucha brutal y eso me ha movido a venir a pedir al Emperador de Jade que me ayude a desvelar el misterio de sus orígenes. De esa forma, me será mucho más fácil derrotarlos.
- ¿Cómo no sabéis de dónde proceden, después de haber peleado contra ellos? - preguntó la Estrella de Oro, sonriendo burlonamente.
- Por supuesto que sé que son tres rinocerontes - se defendió el Peregrino -. Pero poseen unos poderes mágicos realmente extraordinarios y es preciso que acabe cuanto antes con ellos.
- No os habéis equivocado lo más mínimo - confirmó la Estrella de Oro -. Esos rinocerontes llevan en sus cuerpos los mismos signos del Cielo. Aparte de eso, se han dedicado durante muchos años a la práctica de la ascesis y, con ello, han alcanzado un estado tal de inmortalidad, que son capaces de andar por las nubes y de cabalgar a lomos de la niebla. Lo que más los caracteriza, de todas formas, es su ansia desmesurada de limpieza. En cuanto ven reflejada su figura en las aguas, sienten un auténtico impulso de tomar inmediatamente un baño. Su variedad es, además, muy grande, pues entre ellos se cuentan los rinocerontes hembra, los rinocerontes macho, los rinocerontes toro, los rinocerontes estriados, los rinocerontes de cuerno de bárbaro, los rinocerontes duo-luo [3] y los rinocerontes que portan los signos celestiales. Todos ellos poseen una nariz sin compartimentar, dos cuernos y un cuerpo coriáceo en el que no se aprecia ni un solo pelo. Son tan hábiles moviéndose por los ríos y los mares que en ocasiones  llegan  a  abrir  auténticos  senderos  por  las  aguas.  Por  lo  que  respecta  a Disuasor del Frío, Disuasor del Calor y Disuasor del Polvo, os diré que poseen unos nombres tan estrafalarios, porque almacenan en sus cuernos ciertas fuerzas vitales sumamente valiosas. De ahí que se hagan llamar soberanos y grandes señores. Si deseáis atraparlos, tendréis que solicitar la ayuda de las Cuatro Estrellas de la Madera. Su sola presencia bastará para que esas bestias abandonen sus equivocados caminos.
- ¿Quiénes son esas Cuatro Estrellas de las que habláis? - preguntó el Peregrino, inclinándose, respetuoso -. Decídmelo sin ningún rodeo, por favor.
- Están situadas en la zona del universo que se halla a un lado del Palacio de la Osa Mayor - contestó la Estrella de Oro -. Conoceréis todos los detalles, cuando presentéis vuestro informe al Emperador de Jade.
El Peregrino le dio las gracias juntando las manos a la altura del pecho y entró en los Cielos. No tardó en llegar al Salón de la Luz Perfecta, donde fue recibido por los Cuatro Consejeros Celestes, Ke, Chiou, Chang y Xü, que le preguntaron:
- ¿Adonde vais?
- Acabo de llegar a la Prefectura del Oro - respondió el Peregrino a toda prisa -. Mi maestro tuvo la mala fortuna de descuidar ligeramente la práctica del Zen y eso le convirtió en fácil presa de unos monstruos, que le secuestraron, mientras gozaba del espectáculo de luz que siempre ofrece la Fiesta de las Linternas. Esas bestias poseen tales recursos mágicos, que no he conseguido doblegarlas hasta ahora y me ha visto en la necesidad de solicitar la ayuda del Emperador de Jade.
Los Cuatro Consejeros condujeron sin tardanza al Peregrino al Salón de la Niebla Divina. Después de intercambiar los saludos de rigor y de presentar al Trono Celeste un informe exhaustivo de lo ocurrido, el Emperador de Jade se dispuso a organizar una misión guerrera, pero, antes de que firmara la orden, el Peregrino se adelantó y dijo:
- Al pasar por la Puerta Oeste, la Estrella de la Vida Perdurable acaba de informarme que esos monstruos son, en realidad, tres rinocerontes que han alcanzado cierta perfección espiritual y que sólo las Cuatro Estrellas de la Madera son capaces de hacerlos abjurar de su errónea conducta.
El Emperador de Jade se volvió, entonces, hacia el consejero Xü y le ordenó ir al Palacio de la Osa Mayor con un escrito dirigido a las Cuatro Estrellas, en el que se las conminaba a acompañar sin dilación al Peregrino a las Regiones Inferiores.
Las Veintiocho Constelaciones salieron a darles la bienvenida a las puertas mismas del palacio. Tras los saludos protocolarios el Consejero Celeste les informó:
- Soy portador de una orden para las Cuatro Estrellas de la Madera, en la que se les insta a acompañar al Gran Sabio a las Regiones Inferiores con el fin de atrapar a ciertos monstruos.
Sin pérdida de tiempo Dragón de Madera, Unicornio de Madera, Lobo de Madera y Mastín de Madera abandonaron la fila de las constelaciones y preguntaron, poniéndose a las órdenes del Gran Sabio:
- ¿En qué parte deseáis que atrapemos a esas bestias?
- ¡Así que sois vosotros! - exclamó el Peregrino, soltando la carcajada, al verlos -. No comprendo cómo la Estrella de Oro se ha portado con tanto secretismo. Si me hubiera dicho que debía dirigirme a las Cuatro Maderas, habría venido directamente a solicitar vuestra ayuda. ¡Es desconcertante que me haya hecho ir a molestar al mismísimo emperador en persona!
- ¿Cómo podéis decir semejante cosa?  - replicaron las Cuatro Maderas -. ¿Acaso olvidáis que, sin una orden imperial, no podemos abandonar jamás nuestros puestos? De todas formas, es preciso que nos digáis cuanto antes adonde queréis que vayamos. No estamos autorizadas a perder tanto tiempo.
- Se trata de un lugar que hay hacia el noreste de la Prefectura del Oro - explicó el Peregrino -, concretamente de la Caverna de la Flor Misteriosa, que se halla enclavada en la Montaña del Dragón Verde. En ella habitan unos rinocerontes que han alcanzado cierta perfección espiritual.
- En ese caso - concluyeron Unicornio de Madera, Lobo de Madera y Dragón de Madera -, nuestra ayuda no puede serviros de mucho. Que os acompañe la Constelación Mastín de Madera. Le encanta escalar montañas y devorar tigres, o descender al fondo mismo de los mares y capturar rinocerontes.
- Os aseguro que los animales de los que os hablo no se conforman con pacer hierba - replicó el Peregrino -. Han cultivado el Tao durante muchísimo tiempo y han alcanzado una edad que supera los mil años. Es preciso, por tanto, que vengáis los cuatro conmigo; de lo contrario, me temo que no podremos dominarlos y todo será una pérdida absoluta de tiempo.
- ¿Cómo podéis negaros a obedecer una orden imperial? - les recriminó severamente el Consejero Celeste -. El decreto os incumbe a los cuatro, así que no se hable más. Poneos inmediatamente en camino y presentadme un informe completo a la vuelta - y, despidiéndose del Peregrino, regresó a toda prisa a palacio.
- No tiene sentido que demoremos más la marcha - concluyeron las Cuatro Maderas -. En cuanto lleguemos, hacedlos salir de su madriguera y nos abalanzaremos sobre esos monstruos.
El Peregrino así lo hizo. Nada más posar el pie en las inmediaciones de la Caverna de la Flor Misteriosa, levantó la voz y dijo:
- ¡Devolvedme, de una vez, a mi maestro, ladrones de aceite!
Aunque Ba-Chie había reducido las puertas a puro polvo, los diablillos habían tapado el vano que habían dejado con rocas y piedras. Al oír las exigencias del Peregrino, corrieron, asustados, a informar a sus señores:
- ¡Ahí está otra vez ese tal Sun lanzando improperios!
- ¡Qué cosa más rara! - exclamó Disuasor del Polvo -. Ayer abandonó el campo, derrotado, y hoy se presenta con las mismas ínfulas que antes de empezar a pelear. ¿Habrá encontrado ayuda en algún sitio?
- ¿Y eso qué puede importarnos? - replicó Disuasor del Frío -. Traednos las armaduras y procurad que esta vez no se os escape - añadió, dirigiéndose a sus subordinados. Envalentonados, los diablillos salieron en tropel de la caverna, blandiendo sus espadas y lanzas y agitando los estandartes entre el ruido ensordecedor de los tambores.
- ¿Cómo te atreves a volver otra vez por aquí? - gritaron, despectivos -. ¿Es que no tienes miedo a recibir una buena paliza, mono asqueroso?
"Mono" era una palabra que el Peregrino, simplemente, no podía aguantar. Rechinándole los dientes de furia, agarró la barra de hierro y se lanzó a la refriega. A una señal de los monstruos, los diablillos avanzaron gritando como locos, dispuestos a rodearle. En ese mismo instante las Cuatro Estrellas de Madera blandieron con fuerza sus armas y gritaron:
- ¡No os mováis de donde estáis, bestias malditas!
- ¡La cosa se pone mal! - exclamaron los monstruos, temblorosos, al verlos -. ¡Ese mono ha ido en busca de los únicos que pueden derrotarnos! ¡Lo mejor que podemos hacer es escapar cuanto antes!
Lanzando unos bufidos aterradores, los diablillos recobraron las formas que les eran habituales y produjeron una estampida que hizo temblar toda la montaña. La mayoría de ellos eran carabaos, búfalos de pelambre dorada y toros de la montaña. Los monstruos siguieron su ejemplo y se mostraron, igualmente, tal cual eran. Galopando a cuatro patas, huyeron hacia el noreste, perseguidos muy de cerca por el Gran Sabio, Mastín de Madera y Dragón de Madera, entre una espesa nube de polvo. Unicornio de Madera y Lobo de Madera se quedaron en la montaña, pasando por las armas o capturando vivos a los toros y búfalos que se habían desperdigado por la cumbre, el valle y el lecho de los torrentes. Una vez concluida su labor, entraron en la Caverna de la Flor Misteriosa y liberaron al monje Tang, a Ba-Chie y al Bonzo Sha. Al reconocer a las dos Estrellas, este último se inclinó ante ellas y les preguntó:
- ¿Qué os ha hecho venir a rescatarnos?
- El Gran Sabio presentó un informe al Emperador de Jade, que de inmediato nos ordenó venir a poneros en libertad - contestaron las dos estrellas al tiempo.
- ¿Cómo es que Wu-Kung no está con vosotros? - inquirió, a su vez, el monje Tang, vertiendo lágrimas de agradecimiento.
- Esos monstruos no eran más que tres rinocerontes - explicó una de las estrellas -. En cuanto nos vieron, emprendieron una alocada huida hacia el noreste, perseguidos muy de cerca por el Gran Sabio, Mastín de Madera y Dragón de Madera. Nosotros decidimos quedarnos para acabar con esa manada de carabaos y devolveros la libertad.
Agradecido, el monje Tang se echó rostro en tierra y golpeó repetidamente el suelo con la frente. Acto seguido, se volvió hacia el Cielo y repitió, con más respeto todavía, el mismo rito.
- Quien mucho abusa de las ceremonias - dijo Ba-Chie, corriendo a levantarle del suelo - corre el peligro de no parecer sincero. ¿A qué vienen todas esas muestras de respeto? Las Cuatro Estrellas han hecho, simplemente, lo que el Emperador de Jade y nuestro hermano les han ordenado hacer. Además, está claro que los diablillos han perecido, pero todavía no tenemos ninguna garantía de que los monstruos hayan sido derrotados. Opino que, con el fin de cortarles su base de aprovisionamiento, deberíamos sacar todo lo que encontremos de valor por aquí y condenar lo demás a las llamas. En cuanto haya quedado  reducido  a  cenizas,  no  estaría  de  más  que  regresáramos  al  templo  y esperáramos allí a Wu-Kung.
- Tenéis razón, Mariscal de los Juncales Celestes - opinó Lobo de Madera -. Lo mejor que podéis hacer vos y el General-encargado-de-levantar-la-cortina es cuidar del maestro y descansar cuanto podáis. Nosotros nos dirigiremos hacia el noreste a seguir peleando.
- Me parece muy bien - concluyó Ba-Chie -. Antes de regresar a los Cielos, tenéis que acabar con todos esos monstruos.
Mientras las dos estrellas se lanzaban en persecución de los huidos, Ba-Chie y el Bonzo Sha recorrieron la cueva de arriba abajo y sacaron todo cuanto hallaron de valor: coral, cornalina, perlas, ámbar, gemas de extraordinaria belleza, piedras preciosas, jade de primerísima calidad y oro. Antes de prender el fuego que había de poner fin a la triste historia de aquella caverna, pidieron al monje Tang que se sentara en un abrigo de la montaña. Sólo cuando todo hubo quedado reducido a cenizas, decidieron regresar al Templo de la Nube Misericordiosa.
Con razón afirmaban los antiguos que el "bien y el mal se tocan" [4]. Cuesta trabajo creer que una vida virtuosa pueda terminar en un patíbulo, pero así ocurre con harta frecuencia. Simples linternas de temas florales bastaron para sumir en la confusión al Zen y hacer que la mente se apartara de la senda del Tao. Es preciso guardar con extremado celo el elixir, pues al menor descuido todo se desmorona y la recompensa se convierte en castigo. Jamás debe bajarse la guardia o rendirse al cansancio, porque la indolencia conduce directamente a la desgracia.
De momento, no hablaremos más de los tres que regresaron, sanos y salvos, al templo. Sí lo haremos, sin embargo, de Unicornio de Madera y Lobo de Madera, que se dirigieron hacia el noreste en persecución de los monstruos, montados en una nube. Desde lo alto escrutaron la lejanía, pero no consiguieron ver a nadie. Por fin, volvieron la vista hacia el Océano Oriental y descubrieron al Gran Sabio revoloteando por encima del agua.
- ¿Dónde se han metido los monstruos? - preguntaron, abandonando las nubes en las que habían hecho todo el viaje.
- ¿Por qué renunciasteis a perseguirlos? - replicó el Peregrino, visiblemente enfadado -. ¿A qué vienen, además, esas preguntas inútiles?
- Al ver que Mastín de Madera, Dragón de Madera y vos los habíais hecho huir, pensamos que no tendríais ningún problema en capturarlos - contestó Unicornio de Madera -. Por eso nos quedamos a limpiar de diablillos la montaña y a liberar a vuestro maestro y a vuestros dos hermanos. Ellos se encargaron de saquear la caverna y de reducirla a cenizas. Una vez terminada esa tarea, decidieron regresar al Templo de la Nube Misericordiosa. Entonces nosotros, al ver que tardabais tanto en regresar, optamos por seguir vuestros pasos.
- En ese caso - concluyó el Peregrino, agradecido -, el mérito que habéis alcanzado es digno de encomio y nunca podré pagaros lo que habéis hecho por los míos. Esas bestias se han refugiado en el océano y Mastín de Madera y Dragón de Madera se han visto obligados a lanzarse a las aguas. Yo me he quedado aquí para, en caso de que traten de escapar, cortarles la retirada. Ahora que podéis ocupar vosotros mi puesto, no hay razón para que siga sin saber lo que se cuece ahí abajo - y, haciendo un signo mágico con los dedos, se abrió camino entre las aguas y alcanzó el mismo lecho del océano.
Allí encontró a los tres monstruos enfrascados en una terrible batalla con Mastín de Madera y Dragón de Madera. Dando un salto tremendo, gritó:
- ¡Apartaos, que aquí viene el Rey de los Monos!
Los tres monstruos se encontraban ya al límite de sus fuerzas. Al oír la voz del Peregrino, se dieron inmediatamente la vuelta y corrieron a refugiarse en el centro mismo del océano. Lo hicieron con una facilidad realmente asombrosa, pues los cuernos que llevaban en el morro les permitían bucear con una limpieza que no poseían ni los mismos peces. Sólo se oía una especie de zumbido, mientras hendían las ondas, perseguidos muy de cerca por el Gran Sabio y las dos Estrellas.
Aquel día se encontraban patrullando el Océano Occidental un yaksa y un pescador. Al ver de lejos a los rinocerontes, al Gran Sabio y a las dos constelaciones celestes, a las que reconocieron en seguida, corrieron al Palacio de Cristal de Agua e informaron al Rey Dragón.
- Acabamos de ver a tres rinocerontes perseguidos por el Gran Sabio, Sosia del Cielo, y dos estrellas.
El dragón Ao-Shun hizo llamar al príncipe Mou-Ang y le ordenó:
- Reúne inmediatamente a todos los guerreros. Por fuerza tiene que tratarse de Disuasor del Frío, Disuasor del Calor y Disuasor del Polvo, que han ofendido, de alguna manera, al Peregrino. Puesto que se hallan peleando en nuestro océano, lo mejor que podemos hacer es prestar nuestra ayuda a Sun Wu-Kung.
Ao Mou-Ang obedeció inmediatamente las órdenes de su padre. En un abrir y cerrar de ojos abandonaron el Palacio de Cristal de Agua un gran ejército de tortugas, galápagos marinos, bremas, carpas, gambas y cangrejos, armados con espadas y lanzas y lanzando gritos estentóreos, al tiempo que trataban de cortar la retirada a los rinocerontes. Los monstruos se dieron la vuelta, pero se toparon de narices con el Gran Sabio, Mastín de Madera y Dragón de Madera y se vieron obligados a dispersarse por donde buenamente pudieron. Disuasor del Polvo no tardó en ser rodeado por las fuerzas del dragón.
- ¡Esperad un momento! - gritó el Gran Sabio -. ¡No le matéis! ¡Un cadáver no nos sirve de nada!
Mou-Ang derribó al suelo a la bestia y le hizo pasar por el belfo una argolla de hierro. El dragón ordenó entonces a sus tropas que siguieran a los otros dos monstruos y prestaran cuanta ayuda precisaran a las estrellas. Pero Mastín de Madera había recobrado la forma que le era habitual y había inmovilizado a Disuasor del Frío contra el suelo, lanzándole una terrible dentellada.
- ¡No le devoréis! - gritó Mou-Ang -. ¡El Gran Sabio los quiere vivos a todos! - pero, aunque lo repitió varias veces, no pudo evitar que el monstruo recibiera un impresionante mordisco en el cuello.
Mou-Ang ordenó a las gambas y a los cangrejos que cargaran con el rinoceronte muerto y lo llevaran al Palacio de Cristal de Agua, mientras continuaba la búsqueda del que quedaba, en compañía de Mastín de Madera y del resto de la tropa. No tardaron en ver acercarse a Dragón de Madera, corriendo desesperadamente detrás de Disuasor del Calor. Mou-Ang ordenó desplegarse a las tortugas y a los galápagos y el monstruo quedó totalmente rodeado. Se sentía tan alterado, que sólo era capaz de decir:
- ¡Perdonadme la vida! ¡Por lo que más queráis, no me matéis!
-  No te preocupes - respondió Mastín de Madera, agarrándole por las orejas y quitándole el chafarote -. No vamos a acabar contigo, Pensamos entregarte al Gran Sabio, para que sea él quien decida tu suerte.
Triunfantes, regresaron al Palacio de Cristal de Agua, voceando:
- ¡La batalla ha terminado! ¡Los hemos capturado a todos!
El Peregrino vio que uno de los rinocerontes estaba tumbado en el suelo con la cabeza arrancada del cuerpo. El otro se postró inmediatamente de hinojos, a pesar de que Mastín de Madera le tenía agarrado por las orejas.
- Éste no ha sido decapitado con un hacha - concluyó el Peregrino, estudiando la herida con cuidado.
- Si no llego a haber gritado que no lo hiciera - confirmó Mou-Ang, sonriendo -, Mastín de Madera le habría devorado totalmente.
- Cortadle los cuernos y despellejadle bien - ordenó el Peregrino -. Me llevaré sus trofeos como prueba. La carne la podéis comer entre vuestro padre y vos.
Dragón de Madera pasó una cuerda por la argolla que Disuasor del Polvo tenía en el belfo y tiró de él, como si fuera un simple buey. Mastín de Madera hizo otro tanto con Disuasor del Calor, diciendo:
- Es preciso que los llevemos ante el prefecto del Distrito del Oro, para que averigüe los motivos por los que se han hecho pasar por Budas y han engañado a las gentes de esa comarca durante todos estos años. Entonces se decidirá lo que haya de hacerse con ellos.
Todos se mostraron de acuerdo con esa decisión y, tras despedirse del príncipe y del dragón, abandonaron el Océano Occidental con los dos rinocerontes. En la orilla se les unieron Unicornio de Madera y Lobo de Madera, los cuales los felicitaron efusivamente y abrieron el camino de vuelta a la Prefectura del Oro. Nada más llegar, el Peregrino se posó en una nube y, levantando la voz, dijo:
- ¡Prestadme atención, habitantes, funcionarios y señor de esta prefectura! Somos un grupo de monjes enviados por el Gran Emperador de los Tang, en las Tierras del Este, en busca de escrituras sagradas al Paraíso Occidental. Los seres que se hacían pasar por Budas, exigiéndoos cada año esas onerosísimas ofrendas de aceite, no eran más que vulgares rinocerontes. Al pasar por esta dignísima región, nos quedamos a gozar de la belleza de vuestras linternas, pero estos monstruos robaron el aceite y secuestraron a mi maestro. Eso me movió a solicitar la ayuda del Cielo, con la que he conseguido arrasar su caverna y acabar con todos los diablillos que les servían. A partir de ahora vuestra prefectura está libre de les impuestos de aceite que os veíais obligados a pagar anualmente con grandes sacrificios por parte de todos.
Ba-Chie y el Bonzo Sha acababan de regresar al Templo de la Nube Misericordiosa con el monje Tang, cuando oyeron la voz del Peregrino. Inmediatamente abandonaron al maestro y el equipaje y, montando en un golpe de viento, se elevaron por los aires y preguntaron a su hermano por lo ocurrido.
- Uno de los monstruos - contestó el Peregrino - murió decapitado por Mastín de Madera, aunque hemos traído, como prueba, los cuernos y la piel. Los otros dos se encuentran vivos y se hallan en poder de las Cuatro Estrellas.
- Lo que tenemos que hacer - opinó Ba-Chie - es enseñárselos a los habitantes de esta ciudad, para que se convenzan de que somos auténticos sabios. Para evitar que puedan seguir haciendo de las suyas, no estaría de más que nos acompañaran las estrellas hasta el palacio del prefecto. Ahora que la verdad y la falsedad han quedado definitivamente separadas, huelga toda discusión.
- ¡Es extraordinario lo entendido que se ha vuelto el Mariscal de los Juncales Celestes respecto a la ley y a lo que ha de hacerse! - exclamó una de las Cuatro Estrellas.
- De algo me ha servido ser un monje durante todos estos años - replicó Ba-Chie, satisfecho.
Después de hacer bajar a los rinocerontes de las nubes, se dirigieron hacia el palacio del prefecto, envueltos en un aura multicolor. Muertos de miedo, los funcionarios y los demás habitantes de la ciudad se encerraron en sus casas y empezaron a quemar varillas de incienso, como prueba de reconocimiento hacia las deidades que acababan de descender de lo alto. Los monjes del Templo de la Nube Misericordiosa, por su parte, cogieron una silla de mano y transportaron en ella al monje Tang hasta la mansión del mayor dignatario de la ciudad. Al ver al Peregrino, Tripitaka le agradeció cuanto había hecho, diciendo:
- Aunque las constelaciones me pusieron en libertad, mi alegría no era total, porque aún no te había visto. Ahora, sin embargo, que contemplo orgulloso tu triunfo, mi satisfacción no tiene límites. Te agradecería, de todas formas, que me contaras cómo habéis conseguido atrapar a esas bestias.
- Tras abandonaros a vuestra suerte hace aproximadamente dos días - comenzó relatando el Peregrino -, me dirigí a los Cielos con el fin de averiguar algo más sobre ellas. La Estrella de Oro del Planeta Venus tuvo la amabilidad de manifestarme que se trataba de rinocerontes y que únicamente las Cuatro Estrellas de la Madera eran capaces de poner fin a sus fechorías. Inmediatamente me presenté al Emperador de Jade, que accedió a poner bajo mis órdenes a dichas constelaciones. Con ellas conseguí hacer huir a los monstruos, a los que perseguí, asistido por Mastín de Madera y Dragón de Madera, mientras Unicornio de Madera y Lobo de Madera tomaban la dulce responsabilidad de devolveros la libertad. Su loca carrera nos llevó hasta el Océano Occidental, donde gozamos de la inapreciable ayuda del dragón, de su hijo y de todo su ejército. Eso ha hecho posible que los capturáramos vivos y los hayamos traído con nosotros, para que sean juzgados.
El maestro se sentía tan emocionado, que apenas pudo dar las gracias. En ese mismo momento vieron aparecer a la máxima autoridad de la prefectura, rodeado de toda su corte de consejeros y colaboradores, que llevaban en la mano velas encendidas y no dejaban de inclinarse ante el cielo. Sin poderse contener, Ba-Chie tomó el cuchillo que se usaba para los sacrificios y, de un solo tajo, cortó la cabeza primero a Disuasor del Polvo y después a Disuasor del Calor, serrando a continuación diestramente sus cuernos. El Gran Sabio, por su parte, decidió sin ningún titubeo, dirigiéndose a las estrellas:
- Coged cuatro cuernos y entregádselos, como muestra de acatamiento, al Emperador de Jade, cuando le presentéis vuestros informes. De los dos restantes, uno se quedará en este palacio como prueba para el futuro de que ya no existen los impuestos del aceite, el otro lo llevaremos con nosotros con el fin de regalárselo a Buda, tan pronto como alcancemos la Montaña del Espíritu.
Las estrellas mostraron su perfecta conformidad y, despidiéndose del Gran Sabio con una ligera inclinación de cabeza, montaron en sus nubes multicolores y se elevaron hacia lo alto. El prefecto se opuso, por su parte, a dejar marchar al maestro y a sus tres discípulos, organizando un espléndido banquete vegetariano, al que asistieron las personas más importantes de todo el distrito. Al mismo tiempo, dictó una orden prohibiendo a todos los ciudadanos de cualquier rango y condición hacer lámparas de oro durante la celebración de la Fiesta de las Linternas. Determinó, así mismo, que a partir de aquel momento quedaban abolidos los impuestos del aceite. Entre el regocijo general, los carniceros descuartizaron a los dos rinocerontes, poniendo a secar sus pieles al sol para hacer armaduras y repartiendo su carne entre todos los habitantes de la ciudad. Por si eso no bastara, el dinero recogido para el aceite del año siguiente se empleó para adquirir tierras para los menos favorecidos. Se erigió a continuación un templo en memoria de las cuatro estrellas que tanto habían contribuido a la captura de los monstruos y se reservó un lugar para la construcción de un santuario dedicado al monje Tang y a sus tres discípulos. En él se colgaron placas conmemorativas, en las que se alababan sus hazañas y se les expresaba una gratitud eterna.
Como no había manera de reanudar de momento la marcha, se dispusieron a pasar su estancia en la Prefectura del Oro lo mejor posible. Ocasión no les faltó, porque las doscientas cuarenta familias encargadas de proveer el aceite se empeñaron en ofrecerles un banquete vegetariano tras otro. Ba-Chie jamás se había sentido tan satisfecho. Se había metido entre las mangas unos cuantos tesoros de la caverna de los rinocerontes y los fue repartiendo generosamente, a manera de propinas, entre todas las casas a las que fue a comer. De esa forma, pasó un mes. Comprendiendo que la marcha no podía demorarse por más tiempo, el maestro ordenó a Wu-Kung:
- Coge las piedras preciosas que han sobrado y entrégalas a los monjes del Templo de la Nube Misericordiosa como prueba de gratitud. No se lo digáis a esa gente, pero es preciso que reanudemos la marcha, tan pronto como apunte el sol por el horizonte. Si seguimos con un régimen de vida tan placentero, mucho me temo que el Patriarca Budista termine mandándonos más calamidades por demorar tanto tiempo nuestra empresa. Ni que decir tiene, que no deseo en modo alguno que eso ocurra.
El Peregrino cumplió al pie de la letra los deseos del maestro. A eso de la quinta vigilia del día siguiente se levantó del lecho y pidió a Ba-Chie que preparara el caballo. El Idiota no había terminado de hacer la digestión de la cena y, desperezándose placenteramente, preguntó, medio dormido:
- ¿Para qué habría de preparar el caballo tan temprano?
- El maestro desea reanudar cuanto antes la marcha - respondió el Peregrino.
- ¡El maestro debería tener un poco más de consideración! - se quejó el Idiota, pasándose la mano por la cara -. Todas esas doscientas cuarenta familias nos han invitado a comer, pero sólo nos hemos sentado a la mesa con unas treinta. ¿Por qué se empeña siempre en hacerme morir de hambre?
- ¡Deja de decir tonterías y levántate, de una vez, del lecho! - le regañó el maestro, malhumorado -. Si sigues afirmando esas sandeces, voy a pedir a Wu-Kung que te propine un golpe en los dientes con la barra de los extremos de oro.
- ¡Cuánto habéis cambiado, maestro! - exclamó el Idiota, visiblemente apenado -. Antes cuidabais de mí, me amabais y me protegíais de un modo especial, porque sabéis que no ando muy sobrado de luces. Ha habido momentos, incluso, en los que me habéis librado de las iras de Wu-Kung. ¿Por qué le instáis ahora a que me pegue?
- ¡Y todavía lo pregunta! - se burló el Peregrino -. ¿No comprendes que el maestro no puede consentir que nuestra empresa se vea afectada por tu glotonería? Venga. Date prisa y ensilla el caballo. Si lo preparas todo rápido, te prometo que por esta vez no te pegaré.
Para entonces el Idiota únicamente pensaba en el castigo. Al oír que iba a librarse de la paliza, saltó inmediatamente del lecho y empezó a gritar, mientras se vestía:
- Vamos, Bonzo Sha, levántate, si no quieres que te caiga encima una lluvia de palos.
El Bonzo Sha no necesitó que se lo repitieran dos veces. De un salto, se puso de pie y terminó de preparar el equipaje.
- ¿No podéis meter un poco menos de ruido? - sugirió el maestro, sacudiendo las manos -. No conviene despertar a los monjes del templo - y montó a toda prisa en el caballo.
Sin pérdida de tiempo salieron al aire libre. Fue como si alguien hubiera abierto la jaula de jade para dejar escapar al fénix o hecho saltar el candado de oro para permitir la salida al dragón.
No sabemos, de momento, cómo reaccionaron las familias a la mañana siguiente. Quien desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el próximo capítulo.

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[1]Es un tópico de la literatura popular la creencia de que las luciérnagas provienen de hierbas secas o en descomposición.

[2]El Fruto del Mercurio Refinado es el «ginseng» o «rensheng». La ocasión a la que alude aquí el Peregrino tuvo lugar a lo largo de los capítulos 24, 25 y 26.

[3]Especie de rinocerontes de los que se afirmaba que eran los más salvajes y de mayor tamaño de cuantos existían.

[4]E1 dicho en cuestión es una referencia al hexagrama «tai» (prosperidad) del I Ching, que se opone, a pesar de su similitud, al hexagrama «pi» (maldad).