Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

La noche del día decimoquinto contemplan las lámparas en la Prefectura del Oro. En la Caverna de la Flor Misteriosa el monje Tang se topa con la desgracia.


¿Qué debe hacerse para perseverar en la práctica del Zen? Dominar con firmeza al mono de la mente y al corcel de la voluntad. Quien sea capaz de lograrlo se verá envuelto en una nube multicolor de buenos augurios. Un momento de descuido es suficiente para hacer caer por los suelos al magnífico edificio de los tres caminos. Cuando el elixir se desparrama, el jade se marchita y las pasiones se apoderan de todo. Quien desee alcanzar la perfección debe renunciar a todo pensamiento, preocupación, ira o alegría. Sólo la nada es capaz de abrir las puertas del misterio.

Decíamos que, después de abandonar la Prefectura de la Flor de Jade, el monje Tang y sus discípulos prosiguieron su viaje por un camino totalmente desprovisto de peligros. En verdad era aquella la tierra de la Suprema Felicidad. Al cabo de seis o siete días de marcha volvieron a avistar una nueva ciudad y, volviéndose hacia el Peregrino, preguntó el monje Tang:
- ¿Qué clase de lugar será ése?
- Por lo que se ve - contestó el Peregrino -, se trata de una ciudad, pero no ondea ninguna bandera en lo alto de la muralla. Por eso no puedo deciros su nombre. Creo que lo mejor será que nos acerquemos un poco más y se lo preguntemos a algún viandante. En las afueras de la puerta oriental vieron a ambos lados de la calle una gran cantidad de tabernas y tiendas de té, entremezcladas con prósperos establecimientos dedicados a la venta de aceites y arroz. A juzgar por la falta de mendigos, debía de tratarse de una ciudad muy próspera. Los viandantes se percataron en seguida del llamativo morro de Chu Ba-Chie, del aspecto sombrío del Bonzo Sha y de los ojos rojizos del Peregrino. Picados por la curiosidad, los rodearon de tal forma, que apenas los dejaban dar un solo paso, aunque no se atrevieron a preguntarles de dónde venían. El monje Tang no cabía en sí de nerviosismo, porque conocía el carácter de sus discípulos y sabía que podían producir un altercado en cualquier momento. Lo malo era que iban dejando atrás una calle tras otra y no se veía la entrada propiamente dicha de la ciudad. Cuando más tensa parecía la situación, llegaron a un monasterio con una inscripción que decía: "Templo de la Nube Misericordiosa".
- ¿Qué os parece si entramos a mendigar algo que llevarnos a la boca y, al mismo tiempo, dejamos descansar un poco al caballo? - sugirió el monje Tang.
- De acuerdo - contestó el Peregrino -. Es una idea realmente excelente - y entraron los cuatro en el monasterio.
Admirados, contemplaron sus torres, sus asientos cubiertos de pedrería, la hornacina de Buda, que parecía flotar por encima de las nubes, y las habitaciones de los monjes, que se veían al otro lado de una puerta con forma de luna. Una neblina de color rojizo ascendía, en volutas, por la delicadeza de sus impresionantes torres. Los árboles extendían su verde manto de frescor sobre los lugares dedicados a la meditación y el recogimiento. Se notaba que, sin ser la morada de un dragón, aquélla era una tierra sagrada, el palacio de un Gran Héroe, que siempre aparecía envuelto en una nube de color rojo. Grupos de curiosos se divertían, despreocupados, entre los pórticos, mientras otros, más decididos, ascendían por la torre, que estaba siempre abierta. Los pebeteros no dejaban de escupir incienso, empeñados en amortiguar la luz dé las lámparas que brillaban noche y día encima de los estrados. Tan pronto como alguien hacía sonar la campana dorada que descansaba en las habitaciones del guardián del monasterio, los monjes empezaban a recitar sutras. Cuando más embebidos estaban los peregrinos en la contemplación de aquellas maravillas, vieron venir por uno de los pasillos a un monje, que preguntó al monje Tang, después de saludarle:
- ¿De dónde sois originario?
- Vuestro humilde servidor - respondió Tripitaka, respetuoso - procede de la corte de los Tang, en China.
Al oírlo, el monje se postró de hinojos y empezó a hacer reverencias. Desconcertado, el monje Tang se apresuró a levantarle del suelo, al tiempo que le preguntaba:
- ¿A qué viene toda esta ceremonia?
- Cuando las gentes virtuosas de esta región recitan los sutras y salmodian el nombre de Buda, su gran esperanza es llegar a reencarnarse un día en China - respondió el monje, juntando las manos a la altura del pecho -. Nada más veros, he comprendido que vuestro noble semblante sólo puede ser producto de una dedicación total a la ascesis en existencias anteriores. Nada más justo, pues, que me arrodille ante vos.
- No sé qué decir - contestó Tripitaka, sonriendo con timidez -. No soy más que un insignificante monje mendicante. ¿De dónde va a haber sacado una persona como yo el semblante que me achacáis? La auténtica felicidad no estriba en recorrer sin cesar los caminos, sino en disfrutar de una vida de tranquilo recogimiento.
El monje condujo, entonces, al maestro Tang al salón principal del monasterio, para que presentara sus respetos a las imágenes de Buda. Sólo en ese momento se atrevió Tripitaka a hacer entrar a sus discípulos, que se habían mantenido con las caras vueltas hacia el equipaje y el caballo, mientras él hablaba con el monje. Precisamente por eso, éste no les había prestado hasta entonces la menor atención. Al oír que el maestro los llamaba, se dio media vuelta y, temblando de pies a cabeza, preguntó, aterrado:
- ¿Cómo tenéis unos discípulos tan horrorosamente feos?
- Es posible que sean feos - contestó el monje Tang -, pero poseen unos poderes mágicos realmente extraordinarios. Si no llega a ser por ellos, jamás habría conseguido llegar hasta aquí.
Mientras hablaban, salieron a saludarlos varios monjes más, a los que el primero explicó, orgulloso:
- Este respetable maestro procede de la nobilísima corte de los Tang, en China, y esos tres de ahí son sus discípulos.
- ¿Qué os ha traído hasta aquí? - preguntaron los recién llegados, visiblemente satisfechos y preocupados en idéntica medida.
- Por deseo expreso del Emperador de los Tang - respondió Tripitaka - me dirijo a la Montaña del Espíritu con el ánimo de obtener las escrituras budistas. Al pasar por aquí, tuvimos la suerte de toparnos con vuestro dignísimo templo y decidimos entrar a mendigar algo que llevarnos a la boca. Reemprenderemos la marcha, tan pronto como hayamos recuperado las fuerzas.
Más  tranquilos,  los  monjes  condujeron  a  los  recién  llegados  a  los  aposentos  del guardián del monasterio, donde se encontraron con varios clérigos más, que estaban hablando de un convite vegetariano con un grupo de benefactores.
- ¡Eh! - gritaron algunos de los recién llegados -. Venid a ver a estos hermanos nuestros, que acaban de llegar de China. Ahora sabemos que allí también hay guapos y feos, aunque, a decir verdad, los guapos poseen una pureza de rasgos prácticamente irreproducible y los feos superan todo lo que pueda imaginarse.
Los monjes y los benefactores corrieron a darles la bienvenida. Después de sentarse y de tomar un poco de té, preguntó Tripitaka:
- ¿Cómo se llama esta digna comarca en la que habitáis?
- Se trata de una prefectura perteneciente al reino de la India y es conocida por el nombre de Oro - respondió uno de los monjes.
- ¿A qué distancia se encuentra de aquí la Montaña del Espíritu? - volvió a preguntar Tripitaka.
- Son, poco más o menos, cuatro mil los kilómetros que nos separan de la capital - explicó otro de los monjes -. Hemos hecho ese viaje infinidad de veces, pero nunca nos hemos dirigido hacia el oeste, por lo que no sabemos exactamente a cuántos kilómetros queda la Montaña del Espíritu. Deciros lo contrario sería engañaros.
El monje Tang le dio las gracias por la información e inmediatamente se sirvió una comida vegetariana. El maestro quiso reemprender la marcha, tan pronto como el convite hubo concluido, pero se lo impidieron los benefactores y los monjes, diciendo:
- Quedaos un par de días más, por favor. Así podréis disfrutar con nosotros de la Fiesta de las Linternas.
- Lo único que he hecho últimamente ha sido trasponer montañas y vadear ríos, topándome sin cesar con demonios y monstruos. He de reconocer que eso me ha hecho perder la noción del tiempo. ¿Cuándo es, exactamente, el Festival de las Linternas?
- Se nota que estáis obsesionado con presentar vuestros respetos a Buda y, así, alcanzar la perfección del Zen, ya que, como muy bien decís, no tenéis ni idea del día en el que estamos. Para vuestra información - continuó diciendo el monje -, hoy es el trece del mes primero. Al anochecer, la gente empezará a sacar sus linternas, aunque la fiesta propiamente dicha no es hasta dentro de dos días. De todas formas, nosotros no solemos retirarlas hasta el dieciocho o el diecinueve. Las gentes de por aquí, como muy pronto podréis comprobar, son muy industriosas y entusiastas, fruto, quizás, de los constantes esfuerzos que nuestro prefecto dedica a su pueblo. Eso hace que las linternas llenen todas las calles y que la música y el jolgorio duren hasta bien entrada la noche. Tanto es así,  que  aún  conservamos  un  puente  muy  antiguo,  conocido  por  el  nombre  de  la Linterna Dorada. ¡Quedaos unos cuantos días más con nosotros, por favor! Os aseguramos que no seréis ninguna carga para nuestro humilde monasterio.
Ante esas razones al monje Tang no le quedó más remedio que aceptar. Aquella misma noche el salón que acogía la enorme estatua de Buda empezó a llenarse del tumulto de los que acudían, con tambores y sonajas, a presentar sus regalos y linternas votivas al Único. Antes de retirarse a descansar, el monje Tang y sus compañeros abandonaron los aposentos del guardián para ir a ver las lámparas que habían traído los fieles. Al día siguiente, después de recobrar las fuerzas con ayuda de una frugal comida, fueron todos a dar una vuelta por el jardín posterior del monasterio. Se trataba de un lugar realmente extraordinario. No en balde era el primer mes del año y la primavera empezaba a despertar de su letargo a todas las plantas, cuyos encantos llamaron en seguida la atención de los visitantes. En las colinas artificiales, tan numerosas que llegaban a formar auténticas cordilleras, se entremezclaban los árboles de hoja perenne con flores exóticas de una sola estación. Los ciruelos sembraban por doquier su fragancia, arrastrada por una suave brisa que mecía suavemente la hierba que crecía junto a las piedras. Contrastaba el color rojizo de la flor de los melocotoneros con el vivo verdor de los sauces nuevos. Nada tenía que envidiar la exuberancia de aquel jardín a la del Valle del Oro [1] ni la frescura de sus brisas a la que agitaba las aguas del Arroyo del Sabio [2]. Lo cruzaba de parte a parte un curso de aguas serenas, en el que nadaban familias de ánades. Un poco más allá de sus márgenes crecían miles y miles de cañas de bambú, que servían de eterna inspiración a los poetas. Las peonías y las magnolias mostraban, orgullosas, todo el esplendor de su belleza recién despierta. Para no ser menos, las camelias, la flor del ciruelo, los jazmines y las orquídeas mecían su delicada fragancia en los brazos cariñosos del viento. Aunque aún se apreciaban retazos de nieve en las zonas sombreadas, se notaba la pujanza de la primavera en el vaho que emitían las copas de todos los árboles. Familias enteras de ciervos acudían a mirarse en las aguas tranquilas de los estanques, mientras las garzas escuchaban, ensimismadas, el tenue latir de la brisa a la sombra de pinos centenarios. Tanto en el este como en el oeste se levantaban, para solaz de los visitantes, unos cuantos templetes, que se convertían en salones diminutos en el sur y delicadas torrecitas en el norte. Allí desgranaban los monjes el misterio de su meditación silenciosa. Con el mismo fin se elevaba entre las flores un par de templetes de tejados dobles con los aleros orientados graciosamente hacia lo alto. Las diminutas estancias que se veían a lo largo de los arroyos, no más de tres o cuatro, estaban destinadas a destilar el mal y contenían una mesa limpia de toda impureza sobre la que descansaba un recipiente para quemar perfumes. Aquél era un lugar ideal para la práctica de la meditación, al que no superaban en serenidad y calma las renombradas islas de Peng y Ying.
Después de disfrutar de aquella belleza durante un día completo, el maestro y los discípulos fueron a echar un vistazo a las linternas expuestas en el salón principal del templo. Las había de cornalina, representando ciudades de flores; de cristal, imitando las cavernas de los inmortales; de madreperla, reproduciendo palacios, y de todos los materiales que puedan imaginarse, plasmando la delicadeza de torres tan vaporosas que parecían estar hechas de encaje. Hasta el interior del templo llegó el murmullo que producían las copas de los árboles al contacto con el viento y se vio titilar en el cielo el tímido resplandor de la estrella vespertina. El universo no dejaba de rotar, mientras las calles se iban llenando de la algarabía de las flautas y los tambores. La luna parecía llamar con su luminosidad a cada una de las puertas, de las que salía el aroma dulzón de las varillas de incienso. Sin embargo, la atención de los monjes seguía fija en las formas caprichosas de las linternas que llenaban el templo. Algunas representaban escorpiones con la cola levantada, otras, dragones abandonando las aguas y, finalmente, otras, fénix remontando graciosamente el vuelo. ¡Con qué delicada armonía se mezclaba su luz con la que desprendía la luna! Resaltaban de tal forma la seda y el satén, que las canciones y la música no conseguían desviar la atención de los que contemplaban aquellas figuras de carrozas y caballos, rostros que parecían estar hechos de jade, caballeros galantes y escenas amorosas.
Después de contemplar todas aquellas linternas, Tripitaka y los demás monjes salieron a recorrer las calles que se extendían hasta la misma puerta oriental de la ciudad. El paseo les resultó tan ameno, que sólo regresaron al monasterio cuando hubo dado la hora de la segunda vigilia. A la mañana siguiente Tripitaka dijo a los monjes, que tan bien le habían tratado:
- Al iniciar el viaje que me ha traído hasta aquí, prometí barrer todos los templos y pagodas con los que me topara. Puesto que hoy es la fiesta de la primera luna del año, me gustaría limpiar los escalones de vuestra espléndida torre.
El guardián del monasterio no puso ninguna objeción e inmediatamente ordenó abrir la puerta que conducía a lo alto de la torre. Antes de iniciar la tarea, el Bonzo Sha tomó la túnica de los bordados y se dispuso a ayudar a su maestro. Cuando llegaron al primer tramo, el monje Tang se puso la túnica y presentó sus respetos a Buda, orando en silencio. Una vez terminadas las oraciones, volvió a quitarse tan preciada reliquia y barrió con esmero los escalones del segundo tramo. En el descansillo volvió a efectuar el mismo rito, que repitió, una y otra vez, hasta alcanzar el último piso, ya que en cada uno de ellos había una hornacina con una imagen diferente de Buda. Al mismo tiempo, como el paisaje que se divisaba era realmente extraordinario, se detenían de continuo a contemplarlo y a gozar de su belleza. De esta forma, cuando bajaron, se había hecho ya de noche y habían empezado a encenderse las lámparas a lo largo y ancho de toda la ciudad. Aquélla era una fecha muy especial, pues se trataba del día decimoquinto del año, cuando la primera luna llena alcanza todo su esplendor.
- Durante estos dos últimos días - dijeron los monjes, al verle - habéis tenido oportunidad de contemplar las linternas de nuestro monasterio y las que llenan las calles de los alrededores. ¿Qué os parece si hoy, que es propiamente el día de la fiesta, entráramos en la ciudad a ver las que hay por allí?
El monje Tang aceptó, complacido, la invitación, adentrándose en la capital en compañía de los monjes y de sus tres discípulos. La noche del decimoquinto día del mes primero es, en verdad, muy especial, pues en ella los colores de la primavera se mezclan con la luz de la primera luna llena del año. De las puertas de todas las tiendas colgaban lámparas con motivos florales, mientras la gente entonaba canciones dedicadas a la paz. La luz se había apoderado de las seis calles y de los tres mercados principales, convertidos, de repente, en espejos imperfectos de la luna, que parecía, a su vez, un disco de plata sostenido en alto por el Dios Río. El humilde titilar de las lámparas hacía pensar en maravillosas alfombras tejidas por doncellas celestes. La luna ponía en cada una de ellas una nota de luz que realzaba, como un reflejo, su propio fulgor. No se sabía, de hecho, quién brillaba dentro de quién. Las linternas eran, en efecto, tan numerosas que, aunque individualmente su resplandor apenas superaba al que emitía una simple luciérnaga, en conjunto daban la impresión de que todas las calles estaban llenas de antorchas. Su variedad era prácticamente infinita. Las había con forma de copo de nieve, de flor de ciruelo, tan delicadas que parecían cinceladas por los hielos primaverales, de biombo de seda, de simples biombos de cinco colores, de avellana, de lirios colgados en lo alto de una torre, de león de pelambre verdosa, de elefante blanco, de corderito, de conejo, que titilaban graciosamente protegidas por las curvas de los aleros, de halcón y fénix unidos, de tigre, de caballo tanto al trote como al galope, de garza, de ciervo blanco, a cuyos lomos cabalgaba la Estrella de la Longevidad, de pez de colores, de ballena que servía de asiento a Li-Po, de escorpión, de asamblea de inmortales, de caballo revolviéndose como si se encontrara en pleno combate... En todas las casas y torres brillaban miles y miles de lámparas, convirtiendo las calles en un extraño mundo de nubes y humo, por el que avanzaban con dificultad los grupos de curiosos. Los había de todo tipo y condición. Lo mismo se veía pasar a jinetes cabalgando  sobre  sillas  de  jade  que  a  pesadas  carrozas  que  emitían  un  aroma  de ensueño. En lo alto de algunas torres, escondidas, hombro con hombro, tras artísticos biombos que amenazaban con desbordar las barandillas en las que se apoyaban, se adivinaba la presencia de hermosas mujeres ávidas de diversión. Otras, por el contrario, pasaban alegremente el rato, entre remolinos de sedas multicolores y ruidosos murmullos de risas incontenibles, junto a puentes horadados por el color verdoso del agua. El sonido de las flautas y los tambores se extendía hasta el último rincón de la ciudad, mientras el aire de la noche se cargaba cada vez más de canciones acompañadas por infinidad de instrumentos musicales. De tan mágico momento disponemos de un poema, que afirma:

Canciones de loto brotan sin cesar de campos que hacen pensar en brocados. Un río de gente se ha desbordado sobre esa comarca sellada por el don inapreciable de la paz. En la noche del día decimoquinto del año se funden los fulgores de las linternas y la luna, propiciando la lluvia y el soplo de los vientos en el momento oportuno.

Los grupos de curiosos llenaban las calles a rebosar, conscientes de que aquella noche las patrullas no detenían a los viandantes. Mientras unos bailaban alegremente, otros caminaban apoyados en bastones. Había algunos tan distinguidos como espíritus y quienes, incluso, se paseaban montados en elefantes. Resultaba prácticamente imposible enumerar a todos los personajes extraños que abarrotaban en aquellos momentos las calles.
Cuando el monje Tang y sus acompañantes decidieron, finalmente, regresar al Puente de la Linterna Dorada, se toparon con tres espléndidas lámparas, que tenían como base unos  recipientes  de  aceite  tan  grandes  como  depósitos.  Representaban  dos construcciones muy altas, de una delicadeza y una elegancia singulares, hechas con hilos de oro. En su interior podían verse pequeños trocitos de cristal, cuyo resplandor rivalizaba con el de la luna llena. Por otra parte, al quemarse el aceite, emitía una fragancia realmente embriagadora. Sorprendido, el monje Tang se volvió hacia sus acompañantes y les preguntó:
- ¿Qué clase de aceite usan esas lámparas? ¿Cómo es posible que emitan un aroma tan penetrante?
- Para poder contestar esas preguntas - explicó uno de los monjes -, es preciso que conozcáis algo más sobre esta prefectura. A ella pertenece un territorio, conocido por el nombre de Cielo Misericordioso, que tiene una extensión aproximada de quinientos kilómetros cuadrados. En ellos viven otras tantas familias, a las que se aplica el nombre "del aceite" y que tienen que pagar unos impuestos realmente onerosísimos, siendo así que los de otras comarcas son llevaderos en extremo. Cada familia se ve obligada, consiguientemente, a gastar doscientas libras de plata en este aceite, que, como veis, no se parece en nada al que se suele usar normalmente. Cada litro cuesta aproximadamente dos libras de plata, lo cual, teniendo en cuenta la capacidad de estos depósitos, arroja un total de cuarenta y ocho mil libras, que se convierte en cincuenta mil a nada que surja el menor imprevisto. Lo más desconcertante, de todas formas, es que estas lámparas sólo lucen durante tres noches del año.
- ¿Cómo puede consumirse semejante cantidad de aceite en un período tan corto de tiempo? - objetó el Peregrino.
- Dentro de cada depósito hay alrededor de cuarenta y nueve mechas, hechas con diferentes tipos de hierbas reforzadas con algodón. Aunque cada una tiene el grosor de un huevo de gallina, no duran más que una sola noche. Además, después de aparecerse Buda, el aceite se evapora y las lámparas se terminan apagando por sí mismas.
- ¡No me digáis que Buda se lleva el aceite! - exclamó Ba-Chie, soltando la carcajada.
- Eso es exactamente lo que sucede - confirmó el monje -. Se trata, de hecho, de una creencia que se ha venido transmitiendo durante siglos de padres a hijos. Puesto que el Patriarca Budista se lleva todo el aceite de las lámparas, las cosechas serán abundantes al año siguiente. De lo contrario, se producen terribles sequías, la lluvia cae a destiempo y el viento termina agostando los pocos granos que llega a producir la tierra. Eso explica que la gente esté dispuesta a hacer los sacrificios que acabamos de referiros.
No había terminado de hablar, cuando se levantó, de repente, un viento huracanado, que terminó dispersando a todos cuantos habían salido a gozar de la belleza de las linternas. Era tan fuerte, que hasta los mismos monjes encontraban serias dificultades en mantenerse de pie.
- Es mejor que nos refugiemos cuanto antes en el monasterio - dijeron, asustados, al sorprendido Tripitaka -. Cuando se levanta ese vendaval, quiere decir que Buda se acerca a contemplar las linternas.
- ¿Cómo podéis estar tan seguros? - inquirió el monje Tang.
- Todos los años pasa lo mismo - respondió uno de los monjes -. Una hora después de la tercera vigilia se levanta el viento y la gente se refugia en sus casas, porque sabe que viene Buda.
- Yo - contestó entonces el monje Tang, emocionado - soy una persona que no para de pensar en Buda, que constantemente recita su nombre y que no deja de rendirle su más respetuosa consideración. Si es verdad eso que decís de que baja a visitaros todos los años, no me moveré de aquí hasta que no le haya visto con mis propios ojos. Simplemente me conformo con eso.
Los monjes le rogaron encarecidamente que se marchara, pero él no les hizo caso. Al poco rato aparecieron tres figuras de Buda. Venían a lomos del viento y se dirigieron directamente hacia las lámparas. El monje Tang se quedó tan asombrado, que corrió hacia el centro del puente y se postró de hinojos. El Peregrino le siguió y trató de levantarle del suelo, diciendo:
- ¡Esos tipos no se merecen vuestro respeto! ¿No os dais cuenta de que no son más que unos monstruos?
No había acabado de decirlo, cuando las lámparas se apagaron de repente y el monje Tang fue arrebatado hacia lo alto, produciendo un desazonante silbido. De momento no sabemos a qué caverna pertenecían esos monstruos, que habían bajado durante años a la ciudad a contemplar las lámparas, disfrazados de Buda. Lo único cierto es que Ba-Chie y el Bonzo Sha buscaron a su maestro por todas partes, pero no consiguieron dar con él.
- No sigáis perdiendo el tiempo - les aconsejó el Peregrino -. Esos monstruos acaban de secuestrar al maestro, convirtiendo su gozo en una desesperante intranquilidad.
- ¿Cómo podéis afirmar con tanta seguridad que se trataba de unos monstruos vulgares y que se han llevado tranquilamente a vuestro maestro? - inquirieron algunos de los monjes.
- Vosotros no sois más que simples mortales, a los que esas bestias han conseguido mantener engañados durante todos esos años - explicó el Peregrino -. Pensabais que eran Budas auténticos que gozaban con la luz de vuestras lámparas y linternas. Pero yo os aseguro que tras esa apariencia beatífica se escondían realmente tres bestias, que no sólo han secuestrado a mi maestro, el más crédulo de todos los hombres, sino que han apagado las lámparas y se han llevado el aceite. En parte ha sido culpa mía, porque, cuando el maestro se lanzó hacia el centro del puente, perdí un tiempo precioso y no pude impedir que escaparan a toda prisa a lomos del viento.
- ¿Qué podemos hacer ahora? - preguntó el Bonzo Sha, angustiado.
- Vosotros regresad al monasterio con los demás monjes y cuidad del equipaje y del caballo - respondió el Peregrino -. Mientras tanto, trataré de darles alcance como sea.
En seguida se elevó por los aires y pudo husmear un rastro fétido que se dirigía hacia el noreste. Con la efectividad que le caracterizaba lo siguió hasta poco antes del amanecer, cuando el olor se disolvió por completo encima justamente de una montaña enorme, que presentaba un aspecto realmente siniestro. Sus precipicios eran incontables y por cada uno de ellos corría un torrente de turbulentas y peligrosísimas aguas. Sus barrancos se hallaban totalmente cubiertos de lianas y enredaderas, que parecían emular la prestancia de los cipreses y pinos que coronaban las cumbres. Al amanecer, las garzas crotoraban al amparo de las neblinas matutinas, mientras que, al atardecer, los gansos llenaban con sus chillidos el aire de la tarde que reposaba sobre aquellas cumbres con forma de alabardas. Sus rocas poseían una rugosidad extrema, haciendo que los diez mil metros de su altura parecieran multiplicarse por lo menos por diez. Los árboles y los zarzales, sabedores de la llegada de la primavera, aparecían cubiertos de capullos, poniendo un contrapunto de color a los delicados cantos de los ruiseñores y las oropéndolas. Era tal su belleza, que por un momento hacían olvidar que aquél era un paraje sumamente traicionero, plagado de precipicios y alimañas. Quizás por eso no se veía por parte alguna a ningún hombre. Solamente se oían los estremecedores rugidos de los tigres y los leopardos, siempre al acecho de los antílopes y los ciervos blancos que vagaban de un lado para otro, lo mismo que las liebres y los lobos de piel grisácea. A juzgar por el rumor de las aguas, que golpeaban, una tras otra, las rocas, los torrentes que nacían en aquella montaña estaban destinados a recorrer más de diez mil kilómetros. El Gran Sabio estaba absorto en la contemplación de aquella belleza, cuando vio a cuatro personas con tres cabras bajando por la ladera occidental y comentando, alborozados, entre sí:
- ¡Se acercan las épocas de bonanza!
El Gran Sabio volvió hacia ellos sus escrutadores pupilas diamantinas y descubrió que se trataba de los Centinelas del Año, del Mes, del Día y de la Hora disfrazados de pastores de las montañas. Sin pérdida de tiempo sacó la barra de los extremos de oro, que, en un abrir y cerrar de ojos, adquirió una longitud de cerca de cinco metros y un grosor mayor que el de un cuenco de arroz, y se lanzó contra ellos, gritando:
- ¿Adonde creéis que vais, viejos gandules?
Comprendiendo que los disfraces no les habían servido de nada, los Cuatro Centinelas dejaron escapar las cabras y recobraron inmediatamente las formas que les eran habituales.
- Perdonadnos, por favor, Gran Sabio - suplicaron en tono respetuoso.
- No penséis que, porque llevo mucho tiempo sin solicitar vuestros servicios, he renunciado a alguna de las cualidades que me han hecho famoso - replicó el Peregrino, malhumorado -. Ni una sola vez os habéis presentado ante mí, aunque sabíais que estabais a mi servicio. ¿Qué tenéis que decir en vuestra defensa? ¿Por qué habéis abandonado la protección que debíais a mi maestro?
- Parecéis olvidar - respondió uno de los centinelas - que vuestro maestro se ha apartado un poco de la senda de privaciones que seguía, para abandonarse despreocupadamente a los placeres en el Templo de la Nube Misericordiosa, que se halla enclavado en la Prefectura del Oro. De esta forma, ha conseguido desviar su buena estrella, haciendo que su felicidad se transformara en tristeza. Por eso precisamente ha caído en poder de esos monstruos. Pero no os preocupéis, porque se encuentran con él los Protectores del Monasterio. Estábamos enterados, por otra parte, de que habíais seguido su rastro durante toda la noche y, temiendo que fuerais a perderos en los impenetrables bosques de esta montaña, decidimos presentarnos ante vos para mostraros el camino.
- Si es verdad eso - replicó el Peregrino -, ¿para qué os disfrazasteis de pastores y sacasteis a pasear a esas pobres cabras?
- Para simbolizar lo que afirma el dicho popular: "La prosperidad viene de la mano del año nuevo" [3]- contestó uno de los Centinelas -. Con ello deseábamos contrarrestar los influjos de la mala suerte que ahora sufre vuestro maestro.
El Peregrino estaba dispuesto a apalearlos, pero, al enterarse de sus buenas intenciones, se aplacó y decidió tratarlos con mayor cortesía.
- ¿Cuántos espíritus habitan en esta montaña? - preguntó, poniendo a un lado la barra.
- Ésta - explicó otro de los Centinelas - es la Montaña del Dragón Verde, donde se halla enclavada la Caverna de la Flor Misteriosa. En ella viven tres monstruos, que responden a los nombres de Disuasor del Frío, Disuasor del Calor y Disuasor del Polvo. Son ya más de mil los años que llevan habitando en esta comarca. Siempre les ha encantado tomar aceite aromático, lo cual explica que, cuando se transformaron en espíritus, se hicieran pasar por Budas con el fin de obligar a los habitantes de la Prefectura del Oro a preparar esas espléndidas linternas que vos mismo habéis visto esta noche. Todos los años se llegan hasta la capital y se aprovisionan del aceite que necesitan. Al ver a vuestro maestro, supieron en seguida que se trataba de un sabio muy especial y decidieron traerle a su caverna. Tienen pensado cortarle en pedacitos y comérselo poco a poco con el aceite, así que, si deseáis salvarle, tenéis que obrar con toda la rapidez posible.
El Peregrino despidió a toda prisa a los Cuatro Centinelas y empezó a buscar la entrada de la caverna. Apenas había recorrido unos cuantos kilómetros más, cuando se topó con una roca enorme, en cuya base se levantaba una casa de piedra con las puertas entreabiertas. Junto a ellas había una placa en la que podía leerse: "Montaña del Dragón Verde. Caverna de la Flor Misteriosa". El Peregrino renunció a entrar y, levantando la voz, dijo:
- ¡Eh, los de ahí dentro! ¡Dejad inmediatamente en libertad a mi maestro!
Las puertas emitieron un lastimoso gemido al abrirse y aparecieron varios espíritus con cabeza de toro, que preguntaron con una ingenuidad propia de seres con no demasiadas luces:
- ¿Quién eres tú para atreverte a turbar la paz de esta montaña?
- El mayor de los discípulos del monje Tripitaka, que ha sido enviado por el Gran Emperador de los Tang en busca de escrituras sagradas - contestó el Peregrino -. Dicha misión le ha traído directamente hasta la Prefectura del Oro, donde vuestros malditos señores han tenido la desgraciada ocurrencia de raptarle, mientras contemplaba las linternas. Si no le ponéis inmediatamente en libertad, arrasaré vuestra guarida y os reduciré a todos a una masa informe de sangre y pus.
Los monstruos corrieron a informar a sus señores de lo ocurrido, diciendo:
- ¡La desgracia se ha abatido sobre nosotros!
Los tres monstruos habían conducido al monje Tang a la parte posterior de la caverna y habían ordenado a sus criados que le limpiaran bien con agua del pozo. Tenían la intención de cortarle en trocitos y tomar su carne con un poco de aceite oloroso. Estaban relamiéndose de gusto, cuando oyeron los alarmistas informes de los diablillos y exclamaron, sorprendidos:
- ¡¿A qué viene tanto alboroto?!
- A que acaba de llegar un monje con el cuerpo cubierto de pelos y la cara de un dios del trueno, que exige la inmediata liberación de su maestro - contestó uno de los diablillos -. Según dice, le han secuestrado vuestras altezas y está dispuesto a arrasar nuestra guarida y acabar con todos nosotros.
- ¡Qué tontos hemos sido! - volvieron a exclamar los monstruos, preocupados -. Hemos atrapado a ese tipo y ni siquiera nos hemos molestado en preguntarle cómo se llama o de dónde viene. Lo mejor será que le interroguemos antes de que la cosa vaya a mayores. Id a ponerle las ropas - ordenaron a sus subordinados - y traedle aquí inmediatamente.
Los diablillos corrieron a desatar al monje Tang y, después de vestirle, le condujeron de mala manera ante los tronos de las bestias. Al verlas, el maestro se echó rostro en tierra y, temblando de pies a cabeza, les suplicó en tono lloroso:
- ¡Perdonadme la vida, por favor!
- ¿De dónde eres y por qué no te escondiste, al ver aparecer entre el huracán las imágenes de Buda? - preguntaron los tres monstruos a la vez -. Es preciso que nos expliques qué te movió a no apartarte de nuestro camino.
- Este humilde monje - contestó Tripitaka, golpeando repetidamente el suelo con la frente - es un enviado de la corte de los Tang, en las Tierras del Este, al Monasterio del Trueno, en el Reino de la India, en busca de escrituras sagradas. Al llegar a la Prefectura del Oro, entramos en el Templo de la Nube Misericordiosa a pedir algo de comida, pero los monjes que allí moran insistieron en que nos quedáramos con ellos a celebrar la Fiesta de las Linternas. Al veros aparecer disfrazados de Buda en el Puente de la Linterna Dorada, pensé que se trataba de una auténtica epifanía y me eché rostro en tierra, pues he prometido presentar mis respetos a todas las imágenes budistas con las que me tope. Por eso, precisamente, me arrojé a vuestros pies.
- Son muchos los kilómetros que separan este lugar de las Tierras del Este - objetaron los monstruos -. ¿Con cuántos acompañantes cuentas? ¡Dínoslo inmediatamente, si no quieres perder la vida!
- Mi auténtico nombre es Chen Hsüan-Tsang - confesó el monje Tang - y he morado desde mi juventud en el Monasterio de la Montaña de Oro. El Emperador Tang me nombró funcionario del Templo de la Gran Bendición, a consecuencia de una larga historia, que tuvo su origen en la ejecución del dragón del Río Ching a manos del primer ministro Wei-Cheng. Eso le costó al emperador una visita a las Regiones Inferiores, de donde tuvo la suerte de escapar con vida. Impresionado, de todas formas, por lo que allí vio, determinó celebrar una gran ceremonia por los espíritus de los muertos, correspondiéndome el honor de presidirla y de exponer el sentido de las escrituras sagradas. Fue por entonces cuando la Bodhisattva Kwang Shr-Ing tuvo la delicadeza de revelarme que en el Templo del Trueno del Paraíso Occidental existían tres cánones distintos de escritos, capaces de obtener la liberación de los difuntos y su consiguiente ascensión a los cielos. Sin pérdida de tiempo el Emperador Tang decidió enviarme en busca de tan salutíferas escrituras, cambiándome el nombre y otorgándome su propio apellido. Eso ha hecho que, a partir de entonces, todo el mundo me conozca como el monje Tripitaka Tang. Conmigo viajan tres discípulos, el mayor de los cuales se llama Sun Wu-Kung, el Peregrino, que es, en realidad, el Gran Sabio, Sosia del Cielo.
- ¿Es el mismo que sumió el Palacio Celeste en un desorden total hace aproximadamente quinientos años? - preguntaron los monstruos, aterrados.
- Así es - confirmó el monje Tang -. Mi segundo discípulo se apellida Chu y tiene dos nombres conocidos, Wu-Neng y Ba-Chie, aunque, en realidad, sea la reencarnación del Mariscal de los Juncales Celestes. Por lo que respecta al tercero, pertenece a la familia de los Sha y sus nombres son Wu-Ching y Bonzo. Antes de bajar a la tierra, ostentaba el título de General-encargado-de-levantar-la-cortina.
- Menos mal que aún no nos lo hemos comido - comentaron entre sí los monstruos, asustados -. Si queremos devorarle, lo primero que tenemos que hacer es capturar a esos tres discípulos tan peligrosos - y ordenaron devolver al monje Tang a la parte posterior de la caverna.
Llamaron a continuación a todos sus súbditos, búfalos y carabaos en su gran mayoría, y ordenándoles que tomaran las armas, salieron a la entrada de la caverna entre el ondear de banderas y estandartes, el rolar de tambores y el resonar de clarines. Acto seguido, aparecieron ellos, dispuestos para la batalla y gritando, arrogantes:
- ¿Quién es el osado que se atreve a venir a turbar la paz de nuestra morada?
El Peregrino los estudió con cuidado, escondido detrás de una roca y vio que tenían un rostro congestionado, unos ojos llamativamente redondos, unos cuernos muy rugosos, cuatro  orejas  puntiagudas,  una  inteligencia  por  encima  de  lo  común  y  un  cuerpo decorado con motivos que a veces parecían florales y otras, bordados de gran tamaño. El primero llevaba cubierta la cabeza con un gorro de piel de zorro y poseía un rostro velludo y perennemente cubierto de sudor. El segundo vestía una túnica de color rojo y sus pezuñas daban la impresión de estar hechas de jade. El tercero hacía gala de un rugido que superaba al bramido del trueno y sus dientes recordaban alfileres de plata. Su aspecto no podía ser más fiero y valiente, impresión que acentuaba cada una de las armas que blandían: un hacha de guerra, un chafarote enorme y una caña cubierta totalmente de nudos. Junto a ellos había una gran multitud de diablillos de todos los tamaños, edades y constituciones, armados con garrotes y porras. Lo único que los identificaba eran sus gigantescas cabezas de toro. Sobre ellas ondeaban tres enormes estandartes en los que podía leerse: Disuasor del Frío, Disuasor del Calor y Disuasor del Polvo. Tras estudiarlos detenidamente durante un buen rato, el Peregrino dio un paso al frente y gritó:
- ¿Es que sois incapaces de reconocerme, monstruos sin principios?
- ¿Así que tú eres Sun Wu-Kung, que sumió los Cielos en una total confusión? - replicó uno de ellos -. Aunque tu fama te precede, cualquier dios se moriría de vergüenza por poseer una cara como la tuya. ¡Mirándolo bien, no eres más que un vulgar mono!
- ¡Malditos ladrones de aceite con la boca llena de grasa! - exclamó el Peregrino, furioso -. ¡Dejad de decir tonterías y devolvedme inmediatamente a mi maestro! - y se lanzó, barra en ristre, contra ellos.
Los tres monstruos le recibieron con sus espléndidas armas, dando, así, comienzo a una batalla realmente extraordinaria, en la que el hacha, el chafarote y la caña rugosa se opusieron tenazmente a la barra de los extremos de oro. Ahora que conocían el nombre del Gran Sabio Sosia del Cielo, Disuasor del Frío, Disuasor del Calor y Disuasor del Polvo se sentían totalmente envalentonados. Afortunadamente, la barra poseía tal fiereza que los dioses y los espíritus se echaban a temblar en su presencia. Para no ser menos, el hacha, el chafarote y la caña rugosa descargaban sin cesar golpes terribles a derecha e izquierda. Aquél era, en realidad, un enfrentamiento entre la viva imagen del vacío total y la falsa representación de un Buda encarnado en tres monstruos. Las bestias, atraídas por el olor del aceite, se habían apoderado del monje enviado por un soberano lejano para hacerse con los textos sagrados. No le importó al mayor de sus discípulos recorrer distancias inmensas, con tal de liberarle de aquellos ladrones de las ofrendas  de  año  nuevo.  El  ruido  de  las  armas,  al  entrechocar,  era  realmente ensordecedor. A veces atacaban los tres al mismo tiempo, para ser repelidos por el monje, que con tanta maestría manejaba la barra. La contienda se prolongó de la mañana a la noche, sin que ninguna de las partes adquiriera una ventaja decisiva. Fueron, de hecho, más de cincuenta las veces que midieron sus armas, antes de que el cielo comenzara a llenarse de sombras. Llegado ese momento, el Disuasor del Polvo hizo una cinta con su caña nudosa y saltó por encima de las líneas, para hacerse cargo del estandarte que llevaba su nombre. Los diablillos con cabeza de toro avanzaron entonces sus posiciones y rodearon al Peregrino, tratando de acabar con él sin ningún miramiento. Comprendiendo que la suerte se estaba poniendo en su contra, el Gran Sabio se elevó por los aires y huyó, derrotado. En vez de perseguirle, los monstruos reagruparon sus fuerzas y se retiraron a cenar al interior de la caverna. Uno de los diablillos ofreció algo de comer al monje Tang, que no había de ser sacrificado hasta que no fuera capturado el Peregrino. El maestro no probó bocado. Se lo impidió, por una parte, la dieta vegetariana que siempre había seguido, y, por otra, la profunda pena que embargaba su espíritu, por lo que, de momento, no hablaremos más de él.
Sí lo haremos, sin embargo, del Peregrino, que regresó a toda prisa al Templo de la Nube Misericordiosa y gritó en un tono de voz totalmente abatido:
- ¿Dónde os habéis metido, hermanos?
Al oírlo, Ba-Chie y el Bonzo Sha corrieron a su encuentro y le preguntaron:
- ¿Por qué has estado fuera tanto tiempo? ¿Has logrado ver al maestro?
- Seguí su rastro durante toda la noche - contestó el Peregrino, sonriendo -. Lo perdí totalmente al llegar a una montaña, pero afortunadamente los Cuatro Centinelas me confiaron que aquel lugar era conocido como Montaña del Dragón Verde y albergaba una caverna llamada de la Flor Misteriosa, en la que moraban tres monstruos. Sus nombres no podían ser más extraños, pues se llamaban Disuasor del Frío, Disuasor del Calor y Disuasor del Polvo. Durante siglos han estado robando el aceite a los habitantes de esta ciudad, haciéndose pasar por Budas y engañando, así, a todos, desde el prefecto al más ignorante de sus súbditos. Este año, sin embargo, al ver al maestro, comprendieron que se trataba de una persona realmente excepcional y decidieron llevárselo. Eso me bastó para comprender que me encontraba ante tres enemigos realmente peligrosos. Ordené a los Centinelas que se encargaran de la protección del maestro y me dirigí a la caverna. Los monstruos respondieron en seguida a mi reto y aparecieron en la puerta con su inconfundible aspecto de toro. Uno blandía un hacha, otro, un chafadero, y el tercero, una caña muy rugosa. Les acompañaba un fantástico ejército de diablillos con cara bovina, que no dejaban de agitar los estandartes ni de golpear los tambores. Todo el día he estado guerreando contra esas bestias, pero no he conseguido derrotarlas. Una de ellas ha agitado, entonces, la enseña que llevaba su nombre y se me han echado encima todos sus subordinados. Como estaba empezando a oscurecer, he pensado que no iba a resultar nada fácil acabar con ellos y he venido a toda prisa para acá.
- Debe de tratarse de demonios provenientes de la Ciudad de las Sombras - opinó Ba- Chie.
- ¿Qué te hace pensar eso? - inquirió el Bonzo Sha.
- El hecho de que todos tengan cabeza de toro - explicó Ba-Chie, sonriendo.
- ¡No, no! - exclamó el Peregrino, sacudiendo las manos -. Son tres rinocerontes.
- En ese caso - concluyó Ba-Chie, muy animado -, lo que tenemos que hacer es serrarles los cuernos. Según he oído decir, cada uno de ellos vale yo qué sé la de libras de plata.
Cuando más animados estaban con esa conversación, se presentaron varios monjes del templo a preguntar al Peregrino si quería comer algo.
- Si lo tenéis preparado - contestó éste -, lo tomaré con mucho gusto. De lo contrario, puedo pasarme muy bien sin llevarme nada a la boca.
- ¿Cómo es posible que no tengáis hambre, habiéndoos pasado todo el día peleando? - objetó uno de los monjes.
- Un día sin comer no es gran cosa - respondió el Peregrino -. ¿Qué opinaríais, si os dijera que me he pasado quinientos años sin llevarme absolutamente nada a la boca?
Los monjes pensaron que estaba bromeando y le trajeron unas cuantas verduras. En cuanto hubo dado buena cuenta de ellas, dijo a sus dos hermanos:
- Lo mejor que podemos hacer ahora es retirarnos a descansar. Es preciso que reanudemos mañana la lucha, con el fin de liberar al maestro de las manos de esos monstruos.
- ¿Cómo puedes decir semejante cosa? - objetó el Bonzo Sha -. ¿Acaso has olvidado eso de que "un descanso da nuevas fuerzas al vencido", que afirma el proverbio? ¿Qué podremos hacer, si los monstruos no pueden dormir y deciden divertirse a costa del maestro? Opino que lo mejor será que vayamos a liberarle ahora mismo. Los pillaremos desprevenidos y, cuando menos, evitaremos males mayores.
- Tienes razón - exclamó Ba-Chie, animado -. Deberíamos aprovecharnos de la luz de la luna e ir a humillar cuanto antes a esos monstruos.
El Peregrino se mostró totalmente de acuerdo con ellos y ordenó a los monjes del templo:
- Cuidad del equipaje y del caballo, hasta que regresemos con los monstruos. Es preciso que el prefecto y todos sus funcionarios se convenzan, de una vez por todas, de que se trata de Budas falsos; así se suprimirá el impuesto del aceite y la gente vivirá con más desahogo que hasta ahora.
Los monjes acogieron, complacidos, sus sugerencias y los tres peregrinos abandonaron la ciudad, montados en sus nubes. Se vio, de esta forma, con meridiana claridad que la precipitación y el ofuscamiento conducen a un irremediable desvirtuamiento de la naturaleza del Zen, y que la mente del Tao se cubre de sombras, cuando los peligros se abaten sin remisión sobre ella.
No  sabemos,  de  momento,  si  los  tres  hermanos  salieron  victoriosos  o  no  de  su encuentro. El que desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente.

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[1]Alusión al Jardín del Valle del Oro, un famoso lugar de esparcimiento construido por Shr-Chung durante la dinastía Tsin.

[2]Referencia al Wang-chen du, célebre obra paisajística pintada por Wang-Wei (699-759), de la dinastía Tang.

[3]La expresión hace referencia al hexagrama «tai» del I Ching, en el que tres líneas continuas, yang, sirven de base a otras tres discontinuas, yin. Dado que dicho hexagrama guarda una estrecha relación con el primer mes del año, la frase expresa poco menos que una felicitación.