Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

El León Amarillo trata de celebrar la Fiesta del Rapto. El Oro, la Madera y la Tierra sumen en la confusión la Montaña de la Cabeza del Leopardo.


Decíamos que, después de haber estado trabajando sin cesar día y noche, los herreros terminaron rindiéndose a la fatiga y durmiendo como sólo pueden hacerlo los que carecen de preocupaciones. A la mañana siguiente, cuando se disponían a avivar el fuego y coger los mazos, descubrieron que las tres armas habían desaparecido. Muertos de miedo, empezaron a buscarlas por todos los sitios, pero no consiguieron dar con ellas. Cuando más nerviosos estaban, aparecieron los tres jóvenes, que vinieron a enterarse de cómo iba el trabajo. Los herreros se echaron inmediatamente a sus pies y confesaron, al tiempo que golpeaban repetidamente el suelo con la frente:
- ¡Han desaparecido las armas de vuestros maestros y no sabemos dónde están!
- A lo mejor las cogieron nuestros preceptores anoche - dijeron los jóvenes, desconcertados, y corrieron al Pabellón de Secado de la Seda.
El caballo estaba atado a la entrada de uno de los pasillos. Sin poder contener su impaciencia, gritaron, muy excitados, al verle:
- ¿Aún estáis durmiendo, maestros?
- No, no - respondió el Bonzo Sha, abriendo la puerta -. Llevamos mucho tiempo despiertos.
- ¿Cogisteis anoche las armas? - volvieron a preguntar los jóvenes, mirando, nerviosos, a su alrededor.
- ¡Por supuesto que no! - respondió el Peregrino, poniéndose de pie de un salto.
- Nos tememos que han desaparecido durante la noche - confesó uno de los jóvenes, bajando avergonzado la cabeza.
- ¿También la mía? - exclamó, ansioso, Ba-Chie.
- Al venir para acá - explicó otro de los jóvenes - hemos visto a mucha gente buscándolas, pero hasta ahora no han podido dar con ellas. Pensábamos que las habíais traído aquí durante la noche, pero ahora vemos que nos habíamos equivocado. Esperamos, de todas formas, que no nos hayáis jugado una mala pasada, porque como esos tesoros crecen y encogen a voluntad y a vosotros os encanta hacer bromas...
- Os juro que nosotros no las hemos cogido - le atajó el Peregrino, preocupado -. Lo que podemos hacer es ir a buscarlas nosotros también - y se dirigieron al patio en el que se elevaba la tienda de los herreros, pero tampoco ellos fueron capaces de encontrar el menor rastro.
- ¡Por fuerza han tenido que robárnoslas esos herreros! - exclamó Ba-Chie, volviéndose, amenazante, contra ellos -. ¡Devolvédnoslas en seguida, si no queréis que acabemos ahora mismo con vosotros!
Presa del pánico, los herreros se echaron rostro en tierra y contestaron, llorando a lágrima viva, al tiempo que golpeaban el suelo con la frente:
- Durante estos últimos días hemos estado trabajando como esclavos y, al final, nos hemos dejado arrastrar por el sueño. Al despertarnos por la mañana, vimos que las armas habían desaparecido. ¿Cómo vamos a haberlas robado nosotros, si ni siquiera podemos moverlas? ¡No nos hagáis ningún daño, por lo que más queráis!
- La culpa es nuestra - musitó el Peregrino, visiblemente contrariado -. Debíamos haber guardado las armas, tan pronto como las hubieron copiado. No comprendo cómo las dejamos aquí. Emiten tal cantidad de luz, que, por fuerza, han tenido que llamar la atención de algún ser perverso, que se ha presentado durante la noche y las ha robado.
- ¿Cómo puedes decir semejante cosa? - le reprendió Ba-Chie, negándose a creerlo -. Ésta es una comarca sellada por las bendiciones del cielo. Por aquí cerca no hay ni una sola montaña y la gente parece virtuosa y pacífica. ¿Cómo va a haber seres perversos por los alrededores? ¡Por fuerza han tenido que ser estos herreros! Sabían que se trataba de auténticos tesoros y primero las escondieron en el palacio, para entregárselas después a un grupo de bandidos, que se las han llevado sólo ellos saben dónde, amparados en la oscuridad de la noche. ¿Por qué no les damos una paliza, de una vez, y les hacemos desembuchar la verdad?
Los herreros intensificaron el ritmo de los golpes de sus frentes contra el suelo, al tiempo que repetían, angustiados, sus declaraciones de inocencia. Cuando más tensa parecía ser la situación, apareció el príncipe. Al enterarse de lo ocurrido, su rostro cambió de color y, tras un largo momento de concentrado silencio, concluyó:
- Vuestras armas no se parecen en nada a las nuestras. Para moverlas se necesitarían, de hecho, cientos de personas. Eso sin contar con que mi familia lleva rigiendo los destinos de esta ciudad durante más de cinco generaciones y siempre ha gozado de una merecida fama de virtud. Eso ha hecho que todos sus habitantes, tanto civiles como militares, sientan  un  respeto especial  por  las  leyes y  nunca  se  atrevan  a  desobedecerlas. Os suplico, por tanto, que reconsideréis todo este asunto.
- No hay nada que reconsiderar - concluyó el Peregrino, sonriendo -. Mirándolo bien, los herreros no tienen culpa de nada. ¿Existe algún bosque o algún monstruo en los alrededores de vuestra ciudad?
- Hacia el norte - respondió el príncipe - se levanta la Montaña de la Cabeza del Leopardo, en la que se halla enclavada la Caverna de las Fauces del Tigre. Algunos afirman que es la morada de ciertos inmortales, mientras que otros sostienen que, en realidad, se trata de una guarida de tigres, lobos y otros monstruos semejantes. Desgraciadamente, hasta la fecha no hemos podido determinar la veracidad de tales asertos.
- No me digáis más - concluyó el Peregrino -, sonriendo abiertamente -. Por fuerza han tenido que ser ellos. El resplandor los ha atraído hasta vuestro palacio y se han llevado nuestras armas, amparados en la oscuridad de la noche. Vosotros dos - añadió, volviéndose hacia Ba-Chie y el Bonzo Sha - quedaos aquí con el maestro, mientras yo voy en busca de lo que es nuestro.
Antes de partir, ordenó a los herreros que no apagaran los hornos y terminaran de forjar, cuanto antes, las armas de los tres jóvenes. Tras despedirse de Tripitaka, desapareció como por arte de magia, yendo a parar en un abrir y cerrar de ojos a la Montaña de la Cabeza del Leopardo. Al fin y al cabo, únicamente la separaban de la ciudad sesenta kilómetros. Le bastó con lanzar una mirada a su alrededor para convencerse de que, en efecto, se trataba de un habitáculo de monstruos. El pulso magnético [1] que allí se percibía era casi continuo, en conformidad con la inmensa extensión de la comarca en la que estaba enclavado. La cumbre terminaba en una aguja tan punzante, que parecía horadar el cielo. Por las laderas se precipitaban rapidísimos torrentes, encajonados entre rocas sumamente rugosas. A los píes de la montaña se extendía una alfombra de hierba tan verde como el jade, que se transformaba en un encaje de flores exóticas en su parte posterior. Por las empinadas laderas ascendían tupidos bosques de pinos centenarios, cipreses y bambúes. En el aire se confundían los interminables vuelos de las picazas con los chillidos desagradables de los cuervos. Los continuos gritos de los simios ponían una nota de grosería a la blanca elegancia de las garzas. Los ciervos paseaban en parejas por los bordes de los acantilados, mientras grupos de zorros se movían peligrosamente cerca de los precipicios. El pulso magnético de la tierra marcaba nueve ritmos idénticos, como si fuera un dragón que se elevara por los aires para caer, derrotado, contra el suelo. Costaba trabajo creer que semejante lugar se encontrara enclavado dentro de los límites de la Prefectura de la Flor de Jade, una zona que llevaba gozando de la protección de la fortuna durante más de diez mil años.
El Peregrino se encontraba abstraído, contemplando la rugosidad de aquel paisaje, cuando oyó hablar a alguien al otro lado de la cumbre. Se volvió a toda prisa y vio a dos monstruos con cabeza de lobo, que se dirigían hacia el noroeste, charlando amigablemente.
- Por fuerza tiene que tratarse de una patrulla - se dijo el Peregrino -. Lo mejor que puedo hacer es seguirlos, a ver si logro averiguar de qué van hablando - y, haciendo un signo mágico con los dedos, se convirtió en una pequeña mariposa, no sin antes recitar un conjuro y sacudir ligeramente el cuerpo.
Sin ninguna dificultad se elevó por los aires y se puso en seguida a su altura. La metamorfosis que había experimentado no podía ser más perfecta con sus alas escamosas y sus dos diminutas antenas, que parecían estar hechas de plata. Su cuerpo era tan ligero, que lo mismo se lanzaba como una flecha en alas del viento que danzaba grácilmente en el seno de la brisa. No le costaba, así, ningún trabajo atravesar los cursos de agua y cruzar por encima de los muros en busca del aroma de las flores, que tanto placer le proporcionaban. Costaba trabajo creer que criatura tan delicada pudiera hacer frente a la imponente furia de los vendavales. El Peregrino no tuvo, pues, ningún problema en posarse sobre la cabeza de uno de los monstruos, que iba diciendo en aquel preciso momento:
- Hay que reconocer que suerte no le falta a nuestro soberano. No hace ni siquiera un mes que se apoderó de esa bellísima muchacha, que tantos placeres le ha proporcionado, y ayer precisamente consiguió esas armas tan extraordinarias, que no existen otras iguales en el mundo. A ello se debe precisamente que vaya a dar mañana la que ha dado en llamar "Fiesta del Rapto", a la que estamos invitados todos sus súbditos.
- No puede decirse que nuestra suerte sea mala tampoco - comentó el otro -. Encima llevamos veinte libras de plata para comprar todos los cerdos y corderos que estimemos oportuno. En cuanto lleguemos al mercado del noroeste, tenemos que comprar también unas cuantas botellas de vino. Además, si no te importa, podemos sisarle algunas monedas y adquirir a buen precio algo de ropa de abrigo para el invierno.
Los dos monstruos estaban tan embebidos en sus planes, que no se dieron cuenta de la pequeña mariposa que llevaban encima. El Peregrino a punto estuvo de recobrar la forma que le era habitual, al oír hablar de la Fiesta del Rapto; tal era su alegría. Si hubiera tenido su arma, los habría matado allí mismo, pero, pensándolo bien, no eran responsables de las andanzas de su soberano. Remontó, por lo tanto, el vuelo y se dirigió hacia un recodo que el camino formaba un poco más adelante. Allí recobró su imagen típica de mono y se quedó completamente quieto, como si fuera un elemento más del paisaje. Cuando los monstruos llegaron a su altura, les lanzó un escupitajo y gritó:
- ¡Om Hum Da Li!
El conjuro surtió en seguida su efecto, dejando a los dos monstruos con cabeza de lobo clavados literalmente en el suelo. Su inmovilidad era tal, que ni siquiera pestañeaban. Se quedaron, de hecho, con la boca abierta, el cuerpo inclinado hacia delante y las piernas congeladas en el acto de dar un paso. De esta forma, el Peregrino no tuvo ninguna dificultad en registrarles cómodamente las ropas. No tardó en encontrar las veinte libras de plata. Las llevaban en una pequeña bolsa que traían atada a la cintura, de donde también les colgaba una placa de laca blanca. La de uno decía: "Rápido-y-Extraño". Y la del otro: "Extraño-y-Rápido". Ni corto ni perezoso, el Peregrino se las arrancó y regresó tranquilamente a la ciudad con el dinero. Al llegar al palacio, contó al príncipe, a Tripitaka y a todos los demás cuanto había ocurrido, sin omitir el más mínimo detalle.
- ¡Así que, porque nuestras armas emiten toda esa luz, esos monstruos se van a dar un banquetazo a base de cerditos y ovejas! - exclamó Ba-Chie -. ¿Quieres decirme cómo vamos a recobrarlas?
- Creo - contestó el Peregrino - que lo mejor será que vayamos a por ellas nosotros mismos. El dinero se lo daremos a los herreros como compensación por el mal rato que les hemos hecho pasar con nuestras dudas. Me figuro que el príncipe no tendrá ningún inconveniente en entregarnos unos cuantos cerdos y ovejas. Tú, Ba-Chie, te harás pasar por Rápido-y-Extraño, mientras que yo tomaré la forma de Extraño-y-Rápido. Por lo que a ti respecta, Bonzo Sha, te disfrazarás de vendedor de cerdos y ovejas, así no nos costará ningún trabajo entrar en la Caverna de las Fauces del Tigre. A la menor ocasión que se nos presente robaremos las armas y acabaremos con todas esas bestias. ¿Quién nos impedirá, entonces, regresar aquí triunfantes?
- ¡Es un plan realmente fantástico! - exclamó el Bonzo Sha, soltando la carcajada -. ¿A qué estamos esperando para ponerlo en práctica?
El príncipe otorgó su beneplácito a la empresa y ordenó a uno de sus administradores que les hiciera entrega de siete cerdos y cuatro o cinco ovejas. Después de despedirse del maestro, los tres hermanos abandonaron la ciudad, dispuestos a ejercitar sus inigualables poderes mágicos. Pronto empezaron, sin embargo, los problemas. Ba-Chie se volvió hacia el Peregrino y le preguntó, preocupado:
- ¿Cómo voy a metamorfosearme en Rápido-y-Extraño, si no le he visto jamás?
- No te preocupes por eso - le tranquilizó el Peregrino -. Recuerdo bien cómo era. Tuve tiempo suficiente para estudiar su cara, porque le inmovilicé con uno de mis conjuros y no volverá en sí hasta mañana a esta misma hora. Si te quedas un poco quieto, te enseñaré cómo era - y, pasándole la mano por la cara un par de veces, le convirtió en la imagen exacta de Rápido-y-Extraño. Para que no faltara nada, le colgó de la cintura la placa con el nombre, al tiempo que él adoptaba la figura de Extraño-y-Rápido.
Para no ser menos, el Bonzo Sha se convirtió en un tratante de ganado, que se dirigió hacia el interior de la montaña con su ruidosa mercancía de cerdos y ovejas. En las primeras estribaciones se toparon, de pronto, con un diablillo de aspecto realmente feroz. Tenía unos ojos tan brillantes como lámparas, un pelo tan rojizo como el fuego y una nariz llamativamente carnosa. Su boca dejaba entrever unos dientes tan afilados como puñales, que hacían juego con sus puntiagudas orejas, sus pobladísimas cejas y el tinte verdoso de su rostro. Vestía una túnica de color amarillo y calzaba unas sandalias de esparto. Visto de lejos, parecía un dios de porte robusto y ademanes briosos. Sin embargo, había en él algo que denotaba a un demonio de la peor y más cruel catadura. En el brazo izquierdo llevaba una caja lacada llena, presumiblemente, de invitaciones. Al ver al Peregrino, levantó la voz y le preguntó:
- ¿Cómo has vuelto tan pronto, Extraño-y-Rápido? ¿Habéis comprado muchos animales?
- Juzga por ti mismo - contestó el Peregrino, enseñándole las ovejas y los cerdos.
- ¿Quién es éste? - volvió a preguntar el diablillo, señalando al Bonzo Sha.
- ¿Es que no lo ves? - respondió el Peregrino -. Un vendedor de animales. Le hemos dejado a deber unas cuantas libras de plata y ha insistido en venir con nosotros. ¿Se puede saber adonde vas por aquí?
- A la Montaña del Nudo de Bambú - explicó el diablillo -, a invitar al soberano de allí a la fiesta de mañana.
- ¿Cuántos van a ser, por fin, los invitados? - inquirió el Peregrino como quien no quiere la cosa.
- Calculo que en total seremos alrededor de cuarenta, contando a los dos reyes y a los capitanes de nuestra montaña.
- No perdamos más el tiempo - sugirió Ba-Chie después de un rato de charla -. ¿No veis que los animales se están marchando cada cual por su parte?
- Recógelos, mientras trato de sacarle a éste una de esas invitaciones - respondió el Peregrino en voz baja.
El diablillo pensó que era uno de los suyos y no tuvo ningún inconveniente en abrir la caja y en sacar lo que le pedía. El Peregrino desenrolló el documento y leyó:

He hecho preparar un opíparo banquete, para que disfrutéis con nosotros de la espléndida Fiesta del  Rapto.  Es nuestro deseo que la honréis con vuestra presencia y la de todos vuestros sirvientes. Nos sentiremos sumamente agradecidos, si no rehusáis a presentaros en nuestros dominios con vuestra carroza. Invitación dirigida al Gran Maestro Sabio de los Nueve Númenes Originarios. Vuestro indigno discípulo, el León Amarillo, golpea humildemente el suelo ante vos con la frente.

Después de leerlo, el Peregrino se lo devolvió al diablillo, que lo guardó, una vez más, en la caja y prosiguió su camino hacia el sudeste.
- ¿Qué decía la invitación? - preguntó el Bonzo Sha, curioso.
- Se trataba de una simple invitación - respondió el Peregrino -. Su estilo era tan respetuoso, que concluía con estas palabras: "Vuestro indigno discípulo, el León Amarillo, golpea humildemente ante vos el suelo con la frente", iba dirigida a un tal Sabio de los Nueve Númenes Originarios.
- ¡Acabaré con él en menos que canta un gallo! - exclamó Ba-Chie, satisfecho, soltando la carcajada.
- ¿Cómo puedes decir semejante cosa? - objetó el Peregrino.
- ¿Acaso has olvidado lo que afirmaban los antiguos? - replicó Ba-Chie -: "El león de la melena dorada no tiene mayor enemigo que un cerdo de aspecto desastrado".
Mientras hablaban y se reían a sus anchas, reunieron las ovejas y los cerdos y prosiguieron su camino. No tardaron en avistar la Caverna de las Fauces del Tigre. Estaba rodeada por unas montañas, verdes como esmeraldas, que parecían una cadena inexpugnable. Las enredaderas y las lianas formaban tupidas redes que ocultaban los fondos oscuros de los barrancos. Por doquier se escuchaban los cantos de los pájaros, que iban a posarse, delicados, sobre las matas de flores que daban sombra a la entrada de la cueva. De alguna forma, la belleza del paisaje recordaba la de la Caverna de los Melocotoneros en Flor, en las que habitaba la comunidad de eremitas [2]. Al acercarse, vieron un grupo de diablillos de todas las edades, charlando tranquilamente a la sombra de los árboles. Al oír los gritos con los que Ba-Chie trataba de conducir el ganado, se volvieron hacia los recién llegados y corrieron a darles la bienvenida. Era tal el alboroto que producían las ovejas y los cerdos, que hasta el monstruo salió a ver lo que pasaba con su escolta particular de doce diablillos.
- ¿Así que sois vosotros? - preguntó, más tranquilo, al verlos -. ¿Cuántos animales habéis comprado?
- Quince en total - contestó el Peregrino -: ocho cerdos y siete ovejas. El precio de los primeros asciende a dieciséis libras de plata y el de los segundos, a nueve. Eso quiere decir que hemos dejado a deber cinco libras, ya que solamente se nos confiaron veinte. Como se trata de una cantidad respetable, el hombre que nos los ha vendido ha decidido venir con nosotros.
- Pagadle en seguida lo que se le adeuda y que se marche cuanto antes - ordenó el monstruo.
- Lo malo es que no está interesado sólo en su dinero, sino también en ver la fiesta - respondió el Peregrino.
- ¡Qué bocazas estás hecho! - le regañó el monstruo, enfadado -. Te encargué que compraras unos animales. ¿Por qué has tenido que mencionar lo de la fiesta?
- ¿Qué hay de malo en dejarle ver los maravillosos tesoros que conseguisteis anoche? - preguntó Ba-Chie en tono conciliador -. Está claro que no existen otros iguales en el mundo.
- ¡Eres tan tonto como tu hermano! - replicó, furioso, el monstruo -. ¿No comprendes que me hice con ellos en la sede de la Prefectura de la Flor de Jade? Si este tratante los ve, dirá por ahí que se hallan en mi poder y el príncipe puede montar en cólera. ¿Quieres decirme qué vamos a contarle, cuando se presente aquí reclamando lo que es suyo?
- ¿Cómo va a hacer semejante cosa, si ni siquiera vive en la ciudad? - objetó el Peregrino -. ¿No comprendéis que pertenece al mercado del noroeste? Además, como no hemos comido nada durante el camino, tiene un hambre de perros. ¿Por qué no le dais algo de comida y un poco de vino antes de que se marche?
No había acabado de decirlo, cuando un diablillo puso en sus manos las cinco libras de plata que faltaban.
- Toma lo que es tuyo - dijo el Peregrino, volviéndose hacia el Bonzo Sha -. Si quieres comer algo, acompáñanos a la parte de atrás y te daremos un poco de vino.
El Bonzo Sha se mostró cohibido en extremo, pero, al final, siguió a Ba-Chie y al Peregrino al interior de la caverna. Después de trasponer una segunda puerta, llegaron a un salón en el que se había levantado un altar sobre el que descansaba, radiante y luminoso, el rastrillo de las nueve puntas. La barra de los extremos de oro se encontraba apoyada contra la pared oriental, mientras que el báculo descansaba en la pared opuesta. El monstruo, que no se había apartado de ellos en ningún momento, se volvió hacia el falso tratante de ganado y le explicó orgulloso:
- Eso del medio que reluce tanto es el rastrillo. Puedes mirarlo cuanto quieras, pero te prohíbo que hables con nadie de esto.
El Bonzo Sha movió la cabeza en señal de asentimiento, pero, como suele ocurrir, cuando alguien ve algo que le pertenece, con toda seguridad va directamente a por ello. Ba-Chie siempre había sido una persona impetuosa y, al ver su rastrillo, se desentendió totalmente de la charla y corrió hacia el altar. Loco de contento, tomó su preciada arma con las dos manos y, recobrando la forma que le era habitual, descargó un golpe terrible contra la cara del monstruo. El Peregrino y el Bonzo Sha siguieron su ejemplo y, con una rapidez pasmosa, recobraron lo que era suyo. Envalentonados, empezaron a descargar golpes a diestro y siniestro. El monstruo se retiró a toda prisa hacia la parte de atrás de la caverna, donde tomó un arma que recordaba una pala sumamente brillante de largo mango y afiladísima hoja.
- ¿Quiénes sois vosotros para atreveros a venir a robarme mis tesoros? - preguntó, saliéndoles valientemente al encuentro.
- ¡Maldita bestia peluda! - exclamó el Peregrino, despectivo -. ¿Es que no nos reconoces? Somos los discípulos de Tripitaka Tang, un monje virtuoso procedente de las Tierras del Este. Al llegar a la Prefectura de la Flor de Jade, nos presentamos ante el príncipe, para que nos sellara los documentos de viaje, pero él insistió en que transmitiéramos a sus tres hijos los conocimientos militares que poseemos. Incapaces de negarnos a sus deseos, le entregamos nuestras armas con el fin de que hicieran una copia exacta de las mismas. Lo que menos esperábamos es que fueran a ser robadas por un monstruo sin conciencia como tú. ¿Cómo dices que te estamos despojando de lo que es tuyo? ¡No huyas y prueba el sabor de nuestras tres armas!
El monstruo levantó la pala e hizo frente al ataque de sus tres oponentes con una valentía realmente digna de encomio, dando, así, comienzo a una espléndida batalla en el patio mismo de la caverna. La barra silbaba como el viento, el rastrillo caía como la lluvia y el báculo recordaba la neblina que se eleva hacia el cielo. Parecían tres dioses refinando el elixir. El brillo que emitían y los colores que los envolvían hubieran sumido a los dioses y espíritus en un reverente silencio. El Peregrino era el que más potencia desplegaba contra aquel monstruo que había cometido la insolencia de robar sus preciadas armas. No le iban a la zaga en fortaleza y fiereza ni Ba-Chie, Mariscal de los Juncales Celestes, ni el Bonzo Sha, espléndido guerrero. Juntos, desplegaron su formidable arsenal de conocimientos marciales, sumiendo en el desorden la Caverna de las Fauces del Tigre, Su adversario poseía, sin embargo, una gran resistencia y, así, el encuentro resultó de una fiereza inusitada. De todas formas, cuando el sol comenzó a declinar por el oeste, las fuerzas empezaron a flaquearle al monstruo, que gritó, de pronto, revolviéndose contra el Bonzo Sha:
- ¡Guárdate de mi golpe!
El Bonzo Sha esquivó el ataque, haciéndose a un lado, momento que aprovechó la bestia para huir a toda prisa hacia el sudeste, montado en un viento huracanado. Ba-Chie trató de cortarle la retirada, pero se lo impidió el Peregrino, diciendo:
- Déjale. Como muy bien afirmaba un antiguo proverbio, "no debe perseguirse a los bandidos desesperados". Lo mejor que podemos hacer es destruir su base de operaciones.
Ba-Chie dio al punto su consentimiento y, entrando en la caverna, acabaron con todos los monstruos que la habitaban, sin importarles la edad o condición. En realidad, no eran más que un grupo heterogéneo de tigres, lobos, leopardos, caballos, ciervos y cabras montesas. Valiéndose de la magia, el Gran Sabio recogió cuanto de valor había en la cueva y lo amontonó fuera, junto con las pieles de los diablillos muertos, los cerdos  y  las  ovejas.  El  Bonzo  Sha,  mientras  tanto,  había  logrado  reunir  una  gran cantidad de madera seca, que esparció oportunamente por la antigua morada de la bestia y a la que en seguida prendió fuego. Ba-Chie utilizó entonces sus enormes orejas para avivar las llamas, que, en un abrir y cerrar de ojos, adquirieron unas proporciones realmente gigantescas. Al poco tiempo, de la caverna no quedaba más que un triste montón de cenizas. Los monjes tomaron lo que había quedado y se dirigieron a la ciudad.
Sus habitantes no se habían retirado a descansar y las puertas permanecían abiertas de par en par. El príncipe y sus hijos se encontraban charlando amigablemente con el monje Tang en el Pabellón de Secado de la Seda, cuando, de pronto, empezó a caer en el patio una auténtica lluvia de bestias muertas, cerdos y ovejas vivos y una gran cantidad de joyas y vestimentas de la mejor calidad. Al mismo tiempo, oyeron una voz, que decía:
- ¡Ya estamos de vuelta! ¡La suerte nos ha favorecido con una gran victoria!
El monje Tang no cabía en sí de contento. El príncipe se puso inmediatamente de pie, mientras los tres jóvenes se postraban de hinojos en señal de agradecimiento.
- Aún no es tiempo para eso - dijo el Bonzo Sha, levantándolos del suelo -. Vamos a ver primero qué es todo esto que traemos.
- ¿De dónde lo habéis sacado? - preguntó el príncipe, sorprendido.
- Todos esos tigres, lobos, leopardos, caballos, ciervos y cabras montesas - explicó el Peregrino, sonriendo - eran los espíritus que habitaban en la caverna. Tras recobrar nuestras armas y medirnos con el señor que los mandaba, descubrimos que él mismo no era más que un león con la melena dorada. A pesar de todo, blandía magistralmente una especie de pala luminosa, con la que nos hizo frente hasta poco antes de la caída del sol, cuando huyó, derrotado, hacia el sureste. En vez de perseguirle, optamos por destruir su inmundo habitáculo, acabando con toda su corte de bestias y trayendo como botín cuanto contenía de valor.
El príncipe se mostró encantado con la victoria conseguida, pero, al mismo tiempo, manifestó sus temores por las posibles represalias que podía tomar contra la ciudad que con tanta dedicación regía.
- No os preocupéis por eso - trató de tranquilizarle el Peregrino -. Tomaremos las medidas oportunas, para que sus esfuerzos se vean condenados al fracaso. De una cosa podéis estar seguro: no nos marcharemos hasta no haber quedado zanjado todo este asunto, ya que, como muy bien habéis previsto, es probable que recurra a la venganza. De hecho, esta mañana nos topamos con un diablillo con la cara azulada y el pelo rojizo, que iba a entregar una invitación que decía textualmente: "He hecho preparar un opíparo banquete, para que disfrutéis con nosotros de la espléndida Fiesta del Rapto. Es nuestro deseo que la honréis con vuestra presencia y la de todos vuestros sirvientes. Nos sentiremos sumamente agradecidos, si no rehusáis a presentaros en nuestros dominios con vuestra carroza. Invitación dirigida al Gran Maestro Sabio de los Nueve Númenes Originarios. Vuestro indigno discípulo, el León Amarillo, golpea humildemente el suelo ante vos con la frente". Estoy seguro de que, al huir, ha ido en busca de ese maestro, al que tanto parece respetar. Mañana mismo se presentará aquí exigiendo venganza, pero no temáis, porque en ese momento os libraremos para siempre de ellos.
El príncipe le dio anticipadamente las gracias y ordenó servir la cena. En cuanto el maestro y sus discípulos hubieron dado buena cuenta de ella, se retiraron a descansar, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del monstruo, que se dirigió, en efecto, hacia la Montaña del Nudo de Bambú, donde se abría una caverna que respondía al nombre de las Nueve Curvas. Allí habitaba el Sabio de los Nueve Númenes Originarios, que era, en realidad, el abuelo del monstruo al que los peregrinos acaban de derrotar. Con las piernas entumecidas de tanto cabalgar a lomos del viento, consiguió, por fin, llamar a la puerta de la cueva a eso de la quinta vigilia.
- Anoche llegó Cara Azulada con vuestra invitación - dijo el diablillo que le abrió - y nuestro soberano le pidió que se quedara hasta mañana, para regresar juntos a vuestra morada a celebrar la Fiesta del Rapto. ¿Cómo se os ha ocurrido venir a estas horas con otra invitación?
- No sé cómo explicarlo - contestó el monstruo, muy cansado -. Lo único cierto es que no va a haber ninguna fiesta.
No había acabado de decirlo, cuando apareció Cara Azulada, que le preguntó, sorprendido:
- ¿Cuándo habéis venido? El soberano anciano y yo pensábamos volver a la fiesta, tan pronto como se hubiera despertado.
El monstruo estaba tan abatido, que sólo podía agitar nerviosamente la mano. Al poco rato  se  levantó  del  lecho  el  demonio anciano y ordenó que fuera conducido a su presencia el recién llegado. Al verle, el monstruo se dejó caer al suelo y empezó a llorar desconsoladamente.
- Vamos, vamos - dijo el anciano, sorprendido -. ¿A qué vienen esas lágrimas? Ayer me hiciste llegar una invitación y ahora, que me disponía a ir a tu mansión, te presentas tú de improviso. ¿Quieres explicarme qué es lo que ha ocurrido?
- Ayer por la noche - contestó el monstruo, golpeando repetidamente el suelo con la frente - salí a dar un paseo a la luz de la luna y vi un extraño resplandor que se elevaba hacia lo alto desde la Prefectura de la Flor de Jade. Al acercarme, vi que se trataba de tres espléndidas armas que descansaban en el interior de una tienda que se levantaba en el patio del palacio del príncipe. Una era un rastrillo de nueve puntas, otra, una barra con los extremos de oro, y la tercera, un báculo magnífico. Valiéndome de la magia, las trasladé hasta mi mansión y me dispuse en seguida a celebrar una Fiesta del Rapto. Mientras unos se ocupaban de adquirir ovejas y cerdos, otros partían en busca de frutas y Cara Azulada venía a entregaros la invitación, pues no quería que vos os quedarais sin disfrutar de nuestra común alegría. Extraño-y-Rápido no tardó en regresar con un pequeño rebaño de ovejas y cerdos. Venía con él un tratante, al que, decía, le debíamos cierta cantidad de dinero y que insistía en ver las armas objeto de nuestra fiesta. Al principio me negué en redondo a sus deseos, pero después empezó a decir que tenía mucha hambre y le permití entrar. Rápido-y-Extraño iba también con nosotros. Al pasar por el lugar en el que estaban colocadas las armas, se abalanzaron sobre ellas y recobraron la forma que les era habitual. Se trataba de tres monjes a cual más feo. Uno tenía la cara totalmente cubierta de pelo y parecía la imagen viva de un dios del trueno, el segundo poseía un morro muy largo y unas orejas grandísimas y el tercero presentaba un aspecto tan sombrío que hasta yo mismo me asusté. Sin reparar en daños, se pusieron a gritar y a exigir que me batiera con ellos. No me quedó más remedio que coger mi pala luminosa y enfrentarme con los tres a la vez, al tiempo que trataba de averiguar quiénes eran y por qué se habían atrevido a turbar la paz de mi morada. Afirmaron ser los discípulos de un tal monje Tang, que había sido enviado al Paraíso Occidental por el emperador de las Tierras del Este. Al pasar por la Prefectura de la Flor de Jade, habían acudido al príncipe, para que les sellara el documento de viaje, pero sus jóvenes hijos habían insistido en que les enseñaran las artes marciales y no les quedó más remedio que prestarles sus armas, para que hicieran unas réplicas exactas de las mismas. Eso explicaba que estuvieran en la tienda de donde yo las tomé. Desconozco los nombres de esos tres monjes. Lo que sí puedo afirmar es que se trata de luchadores sumamente experimentados, a los que no he podido mantener a raya. Me he visto obligado, de hecho, a acudir a vos, con la esperanza de que me ayudéis a vengar la derrota que acabo de sufrir de sus manos. No necesito deciros que ésa sería para mí una inconfundible muestra del cariño que decís profesarme.
- ¡Así que son ellos! - exclamó el anciano después de un largo momento de reflexión -. Creo que has cometido una grave equivocación enfrentándote a ellos.
- ¿Queréis decir que los conocéis? - preguntó el monstruo, sorprendido.
- El del morro largo y las orejas grandes - respondió el anciano - es Chu Ba-Chie y el del aspecto siniestro responde al nombre de Bonzo Sha. Son individuos a los que podríamos derrotar con cierta facilidad, pero no así al de la cara cubierta de vello y la figura de un dios del trueno. Su poderío mágico es, francamente, inigualable. No te digo más que hace aproximadamente quinientos años sumió el Palacio Celeste en una confusión total y hasta los cien mil soldados que lo defienden se mostraron incapaces de capturarle. Es más, le encanta sembrar la destrucción por donde pasa. No existe montaña que no haya allanado, ni océano que no haya secado, ni caverna o ciudad que no haya arrasado. ¿Cómo quieres que me enfrente a él? En fin - añadió con cierta pesadumbre -, puesto que me lo pides, haré cuanto esté de mi mano para capturarle, junto con los príncipes de esa malhadada ciudad.
El monstruo intensificó sus golpes contra el suelo en señal de agradecimiento. Sin pérdida de tiempo el anciano llamó a todos sus nietos y al instante se presentaron ante él el León con Aspecto Humano [3], el León de las Nieves, el León Poderoso [4], el León Blanquecino [5], el León de las Montañas y el León Devorador de Elefantes. Guiados por el León Amarillo, cogieron sus armas y se dirigieron hacia la Montaña de la Cabeza del Leopardo a lomos de un viento huracanado. Pronto sintieron un fuerte olor a quemado y oyeron los lamentos desesperados de alguien entregado al duelo. No tardaron en descubrir que se trataba de Extraño-y-Rápido y de Rápido-y-Extraño, que estaban llorando la muerte de su señor.
- ¿Sois realmente vosotros? - preguntó el monstruo, acercándose a ellos.
Los dos diablillos se echaron rostro en tierra y empezaron a golpear el suelo con la frente, al tiempo que decían, llorosos:
- ¿Quiénes otros podíamos ser? Ayer, cuando nos dirigíamos al mercado a comprar los cerdos y las ovejas, nos encontramos en la ladera occidental de la montaña con un monje que tenía la cara cubierta de pelo y el aspecto inconfundible de un dios del trueno. Sin darnos tiempo a reaccionar, nos escupió y al punto nos quedamos totalmente inmóviles. De esa forma, consiguió quitarnos el dinero y las placas con nuestros nombres. Hasta hace un rato no hemos podido librarnos de la fuerza de su embrujo. Al regresar a vuestra mansión, nos encontramos con que todo había desaparecido, víctima de las llamas, y que lo que antes había sido esplendor ahora había quedado reducido a un montón de cenizas y a una densa columna de humo. Al no veros por ninguna parte, pensamos que habíais perecido, junto con todos vuestros capitanes y sirvientes. ¿Qué es, en definitiva, lo que ha ocurrido aquí?
El monstruo no pudo evitar que las lágrimas corrieran, copiosas, por sus mejillas. Desesperado, empezó a golpear el suelo con los dos pies, al tiempo que gritaba:
- ¡Malditas bestias! ¿Cómo habéis podido hacer semejante cosa? ¿Por qué habéis tenido que arrasar mi caverna, quemar viva a mi esposa y arrebatarme todo lo que me pertenecía? ¿Para qué seguir viviendo? ¡Me habéis metido la muerte en el cuerpo con vuestra crueldad!
- Cuando las cosas han llegado a este extremo, la locura no conduce a nada - dijo el León con Aspecto Humano, tratando de mantenerle en pie -. Es preciso que guardemos todas las energías que podamos para atrapar a esos monjes y arrasar la ciudad que los ha acogido.
- ¿De qué me sirve la venganza? - gritó el monstruo, negándose a dejar de lamentarse -. Me llevó muchísimo tiempo levantar esta caverna y ahora está totalmente destruida. ¿Para qué quiero seguir viviendo? - y empezó a dar golpes con la cabeza contra una roca.
Si no llega a ser por el León de las Nieves y el León con Aspecto Humano, hubiera logrado su loco propósito. Al poco rato abandonaron la montaña y se dirigieron hacia la ciudad. Al ver el tremendo huracán que se les venía encima, las gentes de la capital de la prefectura, tanto los hombres como las mujeres, corrieron a esconderse, sin preocuparse para nada de sus posesiones. Las puertas se cerraron a cal y canto, mientras alguien corrió al palacio a informar al príncipe, diciendo:
- ¡Qué desgracia, señor! ¡Qué gran desastre!
El príncipe y sus hijos se encontraban tomando el desayuno en el Pabellón de Secado de la Seda con el monje Tang, cuando oyeron los gritos y las voces.
- ¡Se está acercando a la ciudad un ejército de monstruos! - dijeron los informadores, cada vez más alarmados -. Es tal su furia, que vienen arrancando rocas y arrasándolo todo con el viento que despiden por la boca.
- ¿Qué podemos hacer? - preguntó el príncipe, aterrado.
- Tranquilizaos - respondió el Peregrino, sonriendo -. Por fuerza tiene que tratarse del monstruo de la Caverna de las Fauces del Tigre, al que derrotamos ayer y huyó hacia el sudeste. Seguro que ha unido sus fuerzas con las del Sabio de los Nueve Númenes Originarios  y  viene  en  busca  de  venganza. Lo que podemos hacer es salir a su encuentro. Ordenad que cierren las cuatro puertas de la ciudad y que todos sus habitantes se apresten para la lucha.
El príncipe siguió sus consejos y apostó a sus hombres más valientes en lo alto de la muralla. Él mismo subió al bastión más elevado para dirigir las operaciones en compañía de sus tres hijos y del monje Tang. Entre el ondear de los estandartes, tantos que casi llegaban a oscurecer el sol, y el fuego de los cañones, que iluminaban de continuo los cielos, el Peregrino y sus dos hermanos abandonaron la ciudad, dispuestos a hacer frente a sus enemigos. El robo de las armas condujo, de esta forma, al desastre del culpable y al odio de los demonios con los que estaba emparentado.
No sabemos, de momento, cómo se desarrolló la terrible batalla que se avecinaba. El que  quiera  averiguarlo  tendrá  que  escuchar  con  atención  las  explicaciones  que  se ofrecen en el capítulo siguiente.

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[1]El original dice «pulso de dragón», pero al tratarse de las corrientes de tipo magnético que los practicantes de la geomancia atribuyen a ciertos lugares, hemos optado por traducirlo por el nombre general de pulso magnético.

[2]Alusión al poema El arroyo de los melocotoneros en flor, de Tao-Chien (367-427). En él se narra cómo un pescador encontró, a la orilla de un río cubierta de melocotoneros, una comunidad de eremitas de varios siglos de existencia.

[3]Extraña criatura, mezcla, en realidad, de simio de pelo largo («nao») y león («shr»). Por su modo de actuar, más humano que simiesco, hemos preferido traducirlo como «León con Aspecto Humano».

[4]Se trata del «shuan-i», otro tipo de león o bestia mitológica, capaz de devorar tigres y leopardos, y de correr más de quinientos «li» en un solo día.

[5]Ésta es una nueva clase de león fabuloso llamado «bai-tse», mejor conocida que las anteriores, porque los altos funcionarios de la dinastía Ming llevaban bordada su efigie tanto en la parte anterior como en la posterior de sus túnicas.