Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

El Mono de la Mente descubre la Fuente del Elixir. La muchacha recobra su auténtica naturaleza.


Decíamos que Tripitaka abandonó la caverna montado sobre la monstruo. Sorprendido, el Bonzo Sha se acercó a él y le preguntó:
- ¿Dónde está nuestro hermano mayor?
- Aunque no le vemos - respondió Ba-Chie -, tiene que encontrarse por aquí cerca. Es demasiado calculador para haberse quedado dentro.
- Por si queréis saberlo - dijo Tripitaka, señalando a la monstruo -, se encuentra dentro de la barriga de esta dama.
- ¡Qué tipo más sucio! - exclamó Ba-Chie -. ¿Se puede saber qué es lo que hace ahí?¡Que salga inmediatamente!
- Abre la boca y déjame salir - gritó el Peregrino desde dentro.
La monstruo así lo hizo y él, redujo cuanto pudo el tamaño de su cuerpo y llegó, gateando, hasta la garganta. Cuando se disponía a dar el último paso, sin embargo, pensó que, a lo mejor, se le ocurría morderle y, sacando la barra de hierro, exhaló sobre ella una bocanada de aire inmortal y gritó:
- ¡Transfórmate!
Al instante se convirtió en un clavo que apoyó oportunamente contra el paladar de la bestia. De esta forma, pudo abandonar su boca sin ningún peligro, arrastrando la barra consigo. Estiró después el pecho y recobró el tamaño que le era habitual, pero, para sorpresa de todos, se volvió contra la mujer y descargó sobre ella un golpe terrible. La bestia estaba alerta y detuvo el ataque con sus dos espadas. Dio, así, comienzo en la cumbre misma de la montaña un combate violentísimo, en el que el acero buscaba sin cesar el rostro de su oponente, mientras el hierro se cebaba sobre la cabeza de su adversario. Uno era un ser celestial encarnado en un cuerpo de mono y el otro, un espíritu terreno escondido en el interior de una mujer realmente bellísima. A los dos, sin embargo, los guiaba el mismo odio, pues era el rencor el que animaba todos sus esfuerzos. Luchaban, respectivamente, por copular con el yang y por conseguir la interna transformación del puro yin. Al elevarse la barra por los aires, el cielo se llenaba de una fría neblina, mientras que, al hacerlo las espadas, se extendía por la tierra una espesa nube negra. Tan extraordinaria manifestación de fuerza y buen hacer guerrero obedecía a los deseos del maestro por permanecer fiel a Buda. Cuando el agua y el fuego se encuentran, ninguno de los dos puede alcanzar la victoria, porque el yin y el yang no pueden fundirse y cada cual sigue un camino distinto [1]. No es de extrañar que los dos luchadores combatieran durante tanto tiempo, que la montaña se echó a temblar y el bosque se agitó como una cabeza desmelenada. Al ver la forma como luchaban, Ba- Chie empezó a murmurar contra el Peregrino, comentando con el Bonzo Sha:
- Nuestro hermano mayor no sabe detrás de lo que se anda. Cuando estaba dentro de esa monstruo, podía haber terminado con ella, destrozándole el estómago con sus patadas y puñetazos. ¡No comprendo por qué ha tenido que salir de su cuerpo y arriesgarse a sufrir una derrota innecesaria! ¿No se daba cuenta de que, al dejar de atormentarla, se iba a sentir más furiosa?
- Tienes razón - contestó el Bonzo Sha -, pero no podemos reprocharle lo que ha hecho por salvar al maestro. Hay que reconocer que ha trabajado muchísimo para sacarle del interior de esa cueva. Creo que deberíamos echarle una mano, ahora que la vida del maestro  no  corre  peligro.  No  estaría  mal  que  acabáramos  entre  los  tres  con  esa monstruo.
- ¡No, no! - replicó Ba-Chie, sacudiendo la mano -. Que se las arregle él solo. Para eso tiene tantos poderes mágicos, ¿no?
- ¿Cómo puedes decir eso? - le regañó el Bonzo Sha -. Si le ayudamos, todos saldremos ganando. Por muy pequeña que sea nuestra aportación, no debes olvidar que hasta los pedos son viento.
Incomprensiblemente esas razones terminaron convenciendo al Idiota, que cogió a toda prisa el rastrillo y dijo:
- ¡Venga, démonos prisa! - y, después de montar en una nube, se lanzaron a la lucha, descargando golpes a diestro y siniestro con el rastrillo y el báculo. Al verlos atacar con tanta fiereza, la monstruo, que estaba teniendo serios problemas con el Peregrino, comprendió que no podría resistir mucho más tiempo y, dándose la vuelta, huyó a toda prisa.
- ¡No la dejéis escapar! - gritó el Peregrino.
La monstruo cayó en la cuenta de que la huida no iba a resultarle tan fácil como había pensado y, quitándose la zapatilla de flores del pie derecho, lanzó sobre ella una bocanada de aire inmortal y exclamó:
- ¡Transfórmate!
Al instante se convirtió en una copia exacta de sí misma, que hizo frente a sus perseguidores con las dos espadas de finísimo acero. La auténtica monstruo, por su parte, se metamorfoseó en un viento huracanado y escapó a la velocidad del pensamiento. Pero, quien crea que su huida estuvo marcada por el simple deseo de escapar con vida de aquella situación tan embarazosa, está muy equivocado, porque la estrella de la desgracia continuaba ejerciendo su perniciosa influencia sobre Tripitaka. ¿De qué otra forma explicar, si no, lo que ocurrió a continuación? En efecto, cuando la monstruo se dirigía a toda velocidad hacia la entrada de la caverna, vio al maestro sentado junto a la puerta de los tejadillos y, arrebatándole, junto con el caballo y el equipaje, se perdió en el interior de la cueva sin fondo, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, de Ba-Chie, que logró finalmente asestar un golpe terrible a la falsa monstruo con la que estaban peleando. En vez de sangre, lo único que saltaron de las zapatillas fueron unas cuantas flores.
- ¡Malditos estúpidos! - gritó el Peregrino, malhumorado -. ¿No teníais bastante con proteger al maestro? ¿Quién os ha mandado venir a luchar?
- ¡No te lo dije! - exclamó Ba-Chie, volviéndose hacia el Bonzo Sha -. ¡Este mono está mal de la cabeza! Venimos a echarle una mano y, en vez de agradecérnoslo, lo único que se le ocurre es echarnos una bronca terrible.
- ¿Cómo que echarme una mano? - protestó el Peregrino -. ¡La monstruo sigue tan libre como antes! Ayer mismo usó conmigo ese truquito de las zapatillas. Me pregunto qué tal le habrá ido al maestro. Volvamos inmediatamente a ver si le ha ocurrido algo.
Como una exhalación regresaron al sitio en el que le habían dejado, pero no había ni rastro de él. Hasta el caballo y el equipaje habían desaparecido. Ba-Chie estaba tan desconcertado, que no hacía más que correr de un lado para otro sin rumbo fijo, mientras el Bonzo Sha buscaba, desolado, por entre las rocas. La desesperación se había apoderado también del Peregrino, que sólo pudo encontrar un trozo de riendas tirado junto al camino. Lo cogió y las lágrimas comenzaron a brotar, abundantes, de sus ojos, al tiempo que se lamentaba, diciendo:
- Cuando os dejé, el caballo os hacía compañía. Ahora sólo queda este trozo inservible de cuero.
El ramal le había hecho acordarse del caballo y las lágrimas le trajeron a la mente el recuerdo de aquel al que tanto amaba. Pero, en vez de sentirse impresionado por las lágrimas, Ba-Chie soltó la carcajada y levantó la vista hacia lo alto.
- ¡Maldito desagradecido! - bramó el Peregrino, furioso -. ¿Aún sigues pensando en repartir lo poco que tenemos y en ir cada cuál por nuestro lado?
- No te lo tomes tan a pecho - contestó Ba-Chie, sin preocuparse de contener la risa -. Lo más seguro es que esa monstruo le haya vuelto a raptar. Como muy bien afirma el proverbio, "a la tercera va la vencida". Ya has entrado por dos veces en la caverna. Hazlo una más y estoy seguro de que el maestro quedará libre para siempre.
- Está bien - concluyó el Peregrino, secándose las lágrimas -. Puesto que no queda otro remedio, me meteré ahí dentro y veré lo que puedo hacer. Vosotros vigilad bien la entrada, ya que ni siquiera tenéis que cuidar del equipaje ni del caballo - y, dándose media vuelta, saltó al interior de la caverna, sin preocuparse de sufrir ninguna transformación. Sus mejillas poseían un aspecto extraño, aunque era fácil percibir que su mente superaba en rapidez y recursos a la de todos los mortales. Él mismo había sido en su juventud un monstruo dotado de incalculables poderes mágicos. Su rostro estaba hundido y presentaba una curva que recordaba una silla de montar. Sus ojos brillaban con tal intensidad, que parecían dos bolas de fuego. Los pelos que cubrían todo su cuerpo poseían la dureza del acero y, si no fuera por su color grisáceo, se confundirían fácilmente con los de la piel de tigre que llevaba sujeta a la cintura con unas enredaderas. Tenía el poder de elevarse por encima de las nubes y de levantar montañas de olas en los mares con la simple ayuda de su temible barra de hierro. Con ella había derrotado en su día a los devarajas, contándose en más de ciento ocho mil el número de sus victorias. Eso explica que, además del título de Hermoso Rey de los Monos, ostentara el de Gran Sabio. Pero, a pesar de todos los desmanes que había cometido, había terminado aceptando el camino del bien y había puesto su barra de los extremos de oro al servicio de Tripitaka.
En cuanto llegó al palacio de la monstruo, bajó de la nube en la que había hecho todo el descenso y se dirigió hacia la puerta, que estaba firmemente cerrada. Sin parar en mientes, cogió la barra de hierro y, de un solo golpe, la redujo a añicos. En el interior reinaba un silencio absoluto y no se veía a ninguno de sus antiguos moradores. En la habitación que había al final del pasillo que miraba hacia el este tampoco había nadie, pero lo más desconcertante era que habían desaparecido todos los muebles y adornos. La sensación de abandono era total, porque el palacio medía alrededor de quinientos kilómetros cuadrados y no había ni una sola silla en todos sus innumerables aposentos. Estaba claro que la monstruo se había llevado al monje Tang a otra parte, temiendo, como así había ocurrido, que el Peregrino fuera a buscarle allí. Desesperado, el Gran Sabio se dio unos golpes en el pecho y exclamó, dando unas patadas de impotencia en el suelo:
- ¡Maldita sea! Está visto, Tripitaka Tang, que la estrella de la desgracia se posó sobre ti en el momento mismo en que decidiste ir en busca de las escrituras. Conozco bien estas pruebas a las que de continuo se te somete. ¿Dónde te has metido esta vez? ¿Por qué no me dices en qué lugar te han encerrado?
Cuando sus voces estaban a punto de convertirse en un grito desgarrador, creyó percibir una nota de perfume en el aire y se dijo, un tanto más calmado:
- Estoy seguro de que este aroma viene de la parte de atrás. Por fuerza tiene que ser allí donde le han escondido - y, agarrando la barra de hierro, se llegó hasta allí en unas cuantas zancadas.
En el lugar del que provenía el perfume sólo había tres habitaciones de muy reducido tamaño. Dentro de una de ellas descansaba una mesa de laca con un dragón con la boca abierta en cada uno de sus extremos. Pertenecía al tipo usado para realizar las ofrendas. De hecho, encima de ella había un pebetero de oro de enorme tamaño, del que salían volutas de incienso, que era precisamente el aroma que había percibido el Peregrino. De la pared colgaba una tabla relativamente grande en la que aparecían, grabadas en oro, las siguientes palabras: "En honor de mi respetable padre, el Devaraja Li". Un poco más abajo, en caracteres menores, podía leerse: "A la memoria de mi digno hermano Nata, el Tercer Príncipe".
El Peregrino abandonó de inmediato la búsqueda del monstruo y del monje Tang. Sacudió ligeramente la barra de hierro y, cuando hubo alcanzado el tamaño de una aguja de bordar, se la metió en la oreja. Con las manos totalmente libres, arrancó la tabla de la pared, cogió el pebetero y, montando en una nube, ascendió hacia la entrada de la caverna, riéndose como si hubiera perdido el juicio. Al oír sus carcajadas Ba-Chie y el Bonzo Sha se hicieron a un lado y le dijeron, muy animados:
- Supongo que tanta alegría es debida a que has conseguido liberar al maestro, ¿no es así?
- No hay necesidad de rescatarle - respondió el Peregrino, ahogándose en su propia risa
-. Esta tabla se va a encargar de hacerlo por nosotros.
- ¿Esta tabla? - repitió Ba-Chie, incrédulo -. No parece que sea ningún monstruo. ¿Cómo va a rescatar ella sólita al maestro, si ni siquiera sabe hablar?
- Miradla con atención y juzgad por vosotros mismos - dijo el Peregrino, poniéndola en el suelo.
El Bonzo Sha se acercó en seguida y vio que ponía: "En honor de mi respetable padre, el Devaraja Li". Y un poco más abajo: "A la memoria de mi digno hermano Nata, el Tercer Príncipe".
- ¿Qué quiere decir esto? - preguntó, sorprendido.
- La monstruo hace sus ofrendas a esos dos amigos nuestros - respondió el Peregrino -, Acabo de entrar en su palacio y sólo he podido encontrar esta tabla. Todo lo demás ha desaparecido. O mucho me equivoco o es la hija del Devaraja Li y la hermana menor del tercer príncipe, que ha descendido a la tierra, atraída por las seducciones de este mundo de sombras. Se ha hecho pasar por una monstruo y, así, ha secuestrado a nuestro maestro. ¿A quién otro que no sean los que aparecen en esta tabla voy a pedir responsabilidades por lo ocurrido? Quedaos aquí, mientras me dirijo a los cielos a presentar una queja formal al Emperador de Jade. Creo que con eso bastará para que el Devaraja Li y su hijo nos devuelvan al maestro.
- No puedes hacer una cosa así, a no ser que tu causa sea justa - objetó Ba-Chie -. Como muy bien afirma el proverbio, "no hay crimen mayor que acusar a un inocente". Además, presentar un pleito ante la Corte no es tan sencillo como piensas. ¿Has trazado ya algún plan?
- En cierta medida - respondió el Peregrino, sonriendo -. Dentro de lo que cabe, este pebetero y esta tabla son, en sí mismos, una prueba irrefutable. Eso sin contar con que voy a presentar la queja por escrito.
- ¿Por qué no nos dices qué es lo que vas a exponer en ella? - preguntó Ba-Chie.
- Poco más o menos lo siguiente - contestó el Peregrino -: "El demandante, Sun Wu- Kung, cuya edad y fecha de nacimiento se adjuntan en un documento aparte, es discípulo del monje Tripitaka Tang, que ha sido enviado por el emperador del mismo nombre, de las Tierras del Este, al Paraíso Occidental en busca de escrituras sagradas. La acusación que, con el debido respeto, tiene el honor de exponer ante vuestro muy digno tribunal está relacionada con un caso de secuestro por parte de una monstruo e implica directamente a Li-Ching, el Devaraja Portador de la Pagoda, y a su hijo, el Príncipe Nata, por no velar por la paz de su hogar como debieran y permitir que su hija y hermana se escapara del palacio en el que tendría que estar recluida. Ha tomado, de hecho, la forma de un monstruo maligno y se ha establecido en la Caverna sin Fondo, enclavada en el Monte Atrapador del Vacío, humillando de una forma cruel a cuantos seres humanos han tenido la desgracia de caer en sus manos. Entre ellos se encuentra mi propio maestro, a quien ha tenido la desvergüenza de secuestrar y al que ha hecho encerrar en una habitación a la que absolutamente nadie tiene acceso. Ante tan desagradable perspectiva, no me ha quedado más remedio que acusar a su padre y a su hermano de cuantas atrocidades ha venido cometiendo tan descarriada dama, pues no cabe duda alguna que la responsabilidad de que se haya convertido en una monstruo sin entrañas es exclusivamente suya. Suplico, pues, que prestéis oído a esta petición de justicia, haciendo detener a los culpables, para que sea erradicada la maldad, mi maestro obtenga la libertad y se determine el grado de culpabilidad de cada uno de los acusados, Es gracia que no dudo poder alcanzar de vuestra benevolencia".
- Nos parece una exposición absolutamente razonable y equilibrada - comentaron al unísono Ba-Chie y el Bonzo Sha, visiblemente complacidos -. No nos cabe la menor duda de que ganarás el caso De todas formas, conviene que te des prisa en presentarlo ante la Corte Celeste, porque la monstruo puede acabar con la vida de nuestro maestro en cualquier momento.
- No os preocupéis - contestó el Peregrino -. Estaré de vuelta antes del tiempo necesario para hervir una taza de té o, como máximo, para cocer un poco de arroz.
No había acabado de decirlo, cuando se montó de un salto en una nube y se dirigió directamente a la Puerta Sur de los Cielos con la tabla y el pebetero de oro. Aquel día les tocaba montar la guardia al Devaraja Poderoso y al Devaraja Dhrtarastra, que se inclinaron, respetuosos, ante él, sin atreverse a cortarle la entrada. De esa forma, pudo llegar antes de lo previsto al Palacio de la Luz Perfecta, donde fue saludado por los Consejeros Chang, Ke, Xü y Chiou, que le preguntaron a renglón seguido:
- ¿A qué se debe tan grata visita?
- Deseo presentar una queja formal ante el Emperador de Jade - contestó el Peregrino -. A él le corresponderá determinar si la admite como una acusación legal o no.
- ¡Cuidado que os gustan los pleitos! - exclamaron, asombrados, los Consejeros -. ¿A quién pensáis llevar esta vez ante los tribunales?
Antes de que pudiera responder, se vieron obligados a entrar en el Salón de la Niebla Divina a anunciar su llegada. El Emperador de Jade dio su visto bueno y el Gran Sabio fue conducido a él sin la menor dilación. Después de dejar a un lado la tabla y el pebetero y de presentar sus respetos al Trono, el Sosia del Cielo presentó formalmente su acusación, que el Consejero Ke extendió oportunamente ante la mesa imperial. En cuanto el Emperador de Jade hubo terminado de leerla, dictó una orden que entregó inmediatamente a la Estrella de Oro del Planeta Venus, Longevidad del Oeste, con el encargo de hacérsela llegar al Devaraja Li, al Palacio de la Torre de Nubes. En ella se pedía al Portador de la Pagoda que se presentara inmediatamente en la corte.
- Suplico encarecidamente al Señor de los Cielos - insistió el Peregrino - que no se deje sin castigo a los culpables. De lo contrario, es posible que siga cometiendo incluso un número mayor de atrocidades.
- Que el demandante acompañe, si así lo desea, a mi emisario - ordenó el Emperador de Jade.
- ¿De verdad me permitís ir con él? - preguntó el Peregrino, sorprendido.
- No hay razón para dudarlo - comentó uno de los Consejeros Celestes -. Podéis acompañar a la Estrella de Oro, puesto que su majestad así lo ha decidido.
Sin pérdida de tiempo el Peregrino se montó en una nube y partió con la Estrella de Oro hacia el Palacio de la Torre de Nubes, que era la residencia oficial del Devaraja. A la puerta había un joven que reconoció inmediatamente a la Estrella de Oro y corrió a anunciar su llegada a su señor, diciendo:
- La Honorable Estrella de Oro del Planeta Venus solicita ser recibido por vos.
El Devaraja se puso de pie y corrió a darle la bienvenida. Al ver que venía en misión oficial, ordenó que quemaran unas cuantas varillas de incienso, pero no pudo evitar que brotara en su corazón la llamarada del mal humor, cuando se percató, igualmente, de la presencia del Peregrino. La razón de tal enemistad se remontaba a los tiempos en que éste sumió el Palacio Celeste en un desorden total. En aquella época de turbulencias el Emperador de Jade nombró al Devaraja, Gran Mariscal Azote de los Demonios y al Príncipe Nata, Divinidad de la Gran Reunión de los Tres Principios. Como a tales, les correspondió comandar las tropas celestes que se enfrentaron al Peregrino, pero desgraciadamente no consiguieron doblegarle después de incontables encuentros. Aunque habían transcurrido ya más de quinientos años, el resentimiento aún seguía anidando en el corazón del Devaraja y eso explicaba la displicencia con la que le recibió.
- ¿Qué documento es ese que traéis? - preguntó a la Estrella de Oro.
- Me temo - contestó ésta - que se trata de un pliego de cargos presentado contra vos por el Gran Sabio.
Al oír semejante cosa, el Devaraja, que se sentía terriblemente herido en su amor propio, dio rienda suelta a su enfado y exclamó, furioso:
- ¡De qué me acusa!
- De estar relacionado con un caso de secuestro perpetrado por una monstruo, de la que vos sois el responsable - contestó la Estrella de Oro -. En cuanto hayáis encendido el incienso, vos mismo podréis leerlo.
Respirando pesadamente a causa de la agitación que le embargaba, el Devaraja se encargó personalmente de hacer todos los preparativos y, después de encender las varillas y de dar gracias al cielo extendió sobre la mesa el documento que acababan de entregarle. Tras leerlo detenidamente, se apoderó de él tal indignación, que hubo de agarrarse a la madera con las dos manos para no caer al suelo.
- ¡Maldito mono! - gritó, fuera de sí -. ¿Se puede saber por qué me acusas en falso?
- Os ruego que os comportéis con la dignidad que de vos se espera - le reconvino la Estrella de Oro -. En la corte hay una tabla y un pebetero que ha aportado como pruebas. Según dice, esos objetos pertenecen a vuestra hija.
- ¡Eso es imposible! - respondió el Devaraja -. Únicamente tengo tres hijos y una hija. El mayor se llama Suvarnata y se halla a las órdenes de Tathagata como Protector de la Ley. El segundo responde al nombre de Moksa y se encuentra en los Mares del Sur sirviendo a la Bodhisattva Kwang Shr-Ing. Por lo que respecta al tercero, Nata, reside conmigo y sirve al Emperador de Jade como guardia imperial. Mi única hija se llama Chen-Ing y solamente tiene siete años. ¿Cómo va a haberse convertido en una monstruo, si ni siquiera tiene capacidad para comprender los asuntos humanos? Si no me creéis, esperad a que la llame y os convenceréis de que cuanto digo es verdad. ¡Este mono no sabe con quién se está enfrentando! Soy un mariscal celeste, al que le está permitido ejecutar a quien sea, antes de informar de ello al mismísimo emperador. Tened, por tanto, la seguridad de que, si fuera uno de esos seres humildes del Reino Inferior, jamás osaría acusar en falso a nadie. Como establece claramente la ley, las acusaciones sin fundamento conllevan una de las penas más graves. Así que - concluyó con voz tonante, volviéndose a sus subordinados -, coged a ese mono y atadle con una cuerda de atar monstruos.
Sin pérdida de tiempo el Dios Espíritu Poderoso, el General de la Barriga de Pez y el Mariscal Vajrayaksa, que se hallaban presentes en el patio, se abalanzaron sobre el Peregrino y le ataron.
- Os aconsejo que no emprendáis nada de lo que después debáis arrepentiros, Devaraja Li - le advirtió la Estrella de Oro con actitud amenazante -. Estáis arrestando a una de las dos personas enviadas por el emperador con una orden personal suya. Reparad, además, en que esa cuerda es demasiado tosca y, si le hace alguna herida, por muy ligera que sea, se os aplicará un castigo cien mil veces mayor.
- ¿Cómo le habéis permitido presentar esos cargos contra mí, invitándole, incluso, a venir con vos a turbar la paz de este humilde palacio? - se quejó el Devaraja -. Sentaos, mientras hago decapitar a ese mono con la cimitarra de aniquilar monstruos. En cuanto haya acabado con él, prometo regresar con vos a la corte.
Al oír que se disponía a ajusticiarle, a la Estrella de Oro le dio un vuelco el corazón y, volviéndose hacia el Peregrino, le increpó, diciendo:
- ¡Has cometido una grave equivocación, al presentar en la corte una acusación tan sumamente grave con una ligereza tan desconcertante! ¿Por qué no trataste primero de esclarecer los hechos? Lo único que has conseguido con tanta precipitación es poner fin a tu vida de una forma francamente ridícula. ¿Quieres decirme qué vas a hacer ahora?
- Tranquilizaos, por favor - contestó el Peregrino, totalmente sereno y sin dejar de sonreír -. ¿A qué viene todo este alboroto? Siempre me ocurre lo mismo: es preciso que primero pierda para vencer después.
Apenas había acabado de decirlo, el Devaraja cogió la cimitarra y la dejó caer con todas sus fuerzas sobre la cabeza del Peregrino. En ese mismo instante apareció el Tercer Príncipe y, deteniendo el golpe de su padre con la espada de descuartizar monstruos, le urgió:
- ¡Dominad vuestra ira, por lo que más queráis!
El Devaraja cambió de color, alarmado. Al ver que desviaba la cimitarra con la espada, debería haberle ordenado que se hiciera a un lado. Si no lo hizo, fue por la siguiente razón: al nacer [2], el Príncipe tenía grabada en la palma de la mano izquierda la palabra "Na" y en la de la derecha, el vocablo "Ta". De ahí que le pusiera el nombre de Nata. Al tercer día de su nacimiento se empeñó en bañarse en el mar y a punto estuvo de provocar un grave incidente, pues no se le ocurrió otra cosa que arrasar el Palacio de Cristal de Agua y trató de arrancar los tendones a un dragón para hacer con ellos un cinturón. Cuando el Devaraja se enteró de lo ocurrido, temió que el Príncipe pudiera convertirse en un peligro para su vida y ordenó a sus subordinados que le dieran muerte. Nata se puso tan furioso, que cogió un cuchillo y se puso a cortarse la carne para devolvérsela a su madre. No contento con eso, se arrancó después los huesos y se los entregó a su padre. De esa forma, pagó a sus progenitores la deuda de sangre y esperma que había contraído con ellos. Su espíritu, sin embargo, se dirigió a la tierra de la suprema felicidad, en el oeste, y presentó ante Buda una demanda contra sus padres. El Gran  Patriarca  se  encontraba  adoctrinando  a  los  bodhisattvas,  cuando  oyó  gritar  a alguien justamente encima de los estandartes sagrados:
- ¡Salvadme, os lo suplico!
Con un solo movimiento de sus ojos de sabiduría Buda comprendió al instante que se trataba del espíritu de Nata y, tomando una raíz y unas cuantas hojas de loto, recitó unas palabras mágicas y al punto se convirtieron en unos huesos y en una carne nuevos. De esta forma, le devolvió la vida. La fuerza que entonces adquirió le permitió derrotar en muy poco tiempo a los demonios de noventa y seis cavernas. Con tan extraordinarios poderes mágicos, se volvió después con ánimo de venganza contra el Devaraja, que no tuvo más remedio que recurrir a Buda. Tathagata actuó de intermediario entre padre e hijo y restableció la paz. Para ello regaló al Devaraja una pagoda de oro puro, finamente labrada, en cuyo interior había unas cuantas reliquias. Tan espléndida obra de orfebrería estaba imbuida del espíritu de Buda, como atestiguaba la luz cegadora que la envolvía. Al verla, Nata recordaba inmediatamente la misericordia de Tathagata y se olvidaba del rencor que albergaba contra su padre. De esta forma, se restableció la paz entre ellos y Li-Ching comenzó a ser conocido como el Devaraja Portador de la Pagoda.
Como aquel día el Devaraja se encontraba solo en casa, no llevaba la pagoda y pensó que Nata había caído de nuevo en un arrebato de venganza. Por eso su rostro perdió el color y se apoderó de él el terror. Temblando de pies a cabeza, logró hacerse, por fin, con la pagoda de oro y, levantándola en alto, preguntó a Nata:
- ¿Se puede saber por qué has desviado mi cimitarra con tu espada?
- Porque, en verdad, tenéis una hija en las Regiones Inferiores - contestó Nata, echándose rostro en tierra y golpeando el suelo con la frente.
- ¡Yo solamente tengo cuatro hijos! - afirmó el Devaraja -. ¿Quien es esa otra hija de la que hablas?
- Quizás lo hayáis olvidado - respondió Nata -. Esa hermana mía en principio no era más que una vulgar monstruo. Hace aproximadamente trescientos años se comió las flores y las velas que Tathagata tenía en la Montaña del Espíritu. Alarmado, el Patriarca Budista nos hizo llamar y en seguida organizamos una campaña contra ella. Al capturarla, deberíamos haberla ejecutado, pero, cuando nos disponíamos a hacerlo, Buda nos dijo: "No pesquéis jamás los peces que nadan en los estanques ni os alimentéis de los ciervos que se crían en las montañas". No tuvimos, pues, más remedio que perdonarle la vida y ella, en agradecimiento, se ofreció a convertirse en hija vuestra y hermana mía, haciendo colgar en su palacio unas tablas con nuestros nombres, ante las que no deja de arder el incienso. ¿Quién iba a decirnos, entonces, que iba a volver a sus hábitos perversos y a conspirar contra la seguridad del monje Tang? Estoy seguro de que el Peregrino Sun ha encontrado esas tablas entre sus posesiones y eso le ha forzado a presentar su acusación ante el trono. Debéis recordar que es hija vuestra y hermana mía, no por los lazos de la sangre, sino por los de la gratitud.
- ¡Me había olvidado totalmente de ese asunto! - exclamó, asombrado, el Devaraja -. ¿Recuerdas cómo se llama?
- Se la conoce por tres nombres distintos - contestó el Príncipe -. Al nacer se la llamó el Espíritu Roedor del Pelaje Blanco y la Nariz de Oro. Después de robar las flores y las velas, empezó a ser conocida como la Doble de Kwang-Ing. Cuando obtuvo vuestro perdón y decidió establecerse en las Regiones Inferiores, volvió a cambiarse el nombre y ahora se llama la Dama que Corre por la Tierra.
El Devaraja comprendió entonces lo que había ocurrido y se lanzó sobre el Peregrino con ánimo de desatarle, pero éste se opuso a que lo hiciera, diciendo de mala manera:
- ¿Cómo te atreves a desatarme? ¡Es preciso que me presente ante el trono de esta forma! ¡Esto bastará para ganar el caso!
El temor entumeció las manos al Devaraja y dejó sin aliento al Príncipe. Los soldados que estaban a su cargo, agacharon la cabeza y retrocedieron, avergonzados. Pero el Gran Sabio no cedió e insistió en presentarse en la corte con las manos atadas. Al Devaraja no le quedó otro remedio que solicitar la ayuda de la Estrella de Oro, que le respondió, severo:
- Como muy bien decían los antiguos, "quien desee alcanzar la misericordia debe mostrarse misericordioso primero con los demás" La forma como os habéis comportado no ha podido ser más irreflexiva No sólo le habéis hecho atar de una manera totalmente indigna, sino que, incluso, habéis estado a punto de ajusticiarle. ¿Qué queréis que haga yo ahora, si este mono es, además, un acusador experimentado? Según acaba de dejar bien claro vuestro hijo, esa muchacha está atada a vos no con los lazos de la sangre, sino con los del agradecimiento, un lazo más fuerte, incluso, que el primero. Hagáis lo que hagáis, tened la seguridad de que nadie va a libraros de una condena de culpabilidad.
- Aun así - insistió el Devaraja -, si accedéis a interceder en mi favor, es posible que salga absuelto de los cargos que se me imputan.
- Nada sería más de mi agrado que, de mutuo acuerdo, pusierais fin a este pleito - replicó la Estrella de Oro -, pero, francamente, no sé cómo puedo interceder en favor vuestro.
- ¿Cómo que no? - protestó el Devaraja -. ¿Habéis olvidado ya vuestra última labor de mediación, cuando le comunicasteis el título celeste que le había sido concedido? Entonces, os acercasteis a él y le dijisteis: "Hacedlo por mí, Gran Sabio. Desataos y vayamos todos juntos a ver al Emperador".
- No es necesario que lo hagáis esta vez - replicó el Peregrino -. Aunque no pueda andar, sé rodar muy bien y os aseguro que voy a presentarme así en el Palacio Celeste.
- ¡Qué poco cariñoso sois! - exclamó la Estrella de Oro, sonriendo -. Después de todo, son muchos los favores que me debéis. No comprendo cómo ahora serías capaz de negarme un asuntillo de tan poca importancia como éste.
- ¿Se puede saber de qué estáis hablando? - preguntó el Peregrino.
- Cuando no erais más que un simple monstruo en la Montaña de las Flores y Frutos - respondió la Estrella de Oro - y os dedicabais a dominar tigres y a derrotar dragones, el Cielo determinó vuestra detención por haber alterado sin el consentimiento de nadie los archivos de la muerte y haberos rodeado de una banda de monstruos con el único propósito de delinquir. De entre todos los consejeros celestes yo fui el único que intercedió a vuestro favor en el Palacio Celeste, consiguiendo, al mismo tiempo, que os fuera concedido el título de Caballerizo de los Cielos. Pero eso no fue todo. Después de emborracharos con el vino inmortal del Emperador de Jade, de nuevo me tocó a mí interceder en favor vuestro, logrando que se os concediera el tratamiento de Gran Sabio, Sosia del Cielo. Pese a todo, vos seguisteis portándoos de una forma totalmente indigna y robasteis los melocotones, adulterasteis el licor de la inmortalidad y dispusisteis a vuestro antojo del elixir de Lao-Tse. Todo eso, no obstante, os ha permitido alcanzar un envidiable estado de ausencia de nacimiento y de muerte. ¿Creéis que hubierais podido llegar a él sin la ayuda que yo os presté?
- Los antiguos tenían razón, cuando afirmaban que ni incluso muertos deberíamos compartir la tumba con un anciano - contestó el Peregrino -. Querámoslo o no, las personas de edad siempre terminan convenciéndonos. ¿Qué fue, en definitiva, lo que hice yo entonces? Como Caballerizo Mayor, puse patas arriba el Palacio Celeste, eso fue todo. En fin, puesto que me lo pedís, acepto. Pero que me desate él con sus propias manos.
Sólo entonces se atrevió a acercarse a él el Devaraja. En cuanto se hubo encontrado libre, el Peregrino se limpió un poco las ropas y, a invitación del dueño de la casa, tomó el asiento reservado a la persona de mayor dignidad. Varios dioses se presentaron, entonces, ante él, y le ofrecieron sus respetos.
- ¿No os lo dije? - preguntó el Peregrino, volviéndose hacia la Estrella de Oro -. Siempre debo perder para ganar después. Es algo que me ocurre hasta en los asuntos de menor importancia. Démonos prisa y vayamos a ver al Emperador. Si seguimos retrasándonos de esta forma, me temo que la monstruo va a terminar perdiendo la paciencia con mi maestro.
- ¿A qué viene precipitarlo todo? - protestó la Estrella de Oro -. A pesar del tiempo que hemos perdido con esas discusiones inútiles, creo que todavía podemos tomar una taza de té, ¿no os parece?
- Si lo hacéis, daréis a entender que os ponéis de su parte - objetó el Peregrino -. Aceptar en estas condiciones una taza de té sería como meteros en el bolsillo un substancioso soborno. No debéis olvidar que sois el portador de una orden imperial.
- ¡Está bien! - protestó, malhumorado, la Estrella de Oro -. ¡No tomaré ese té! Según veo, también te has empeñado en llevarme a mí ante los tribunales. Vamos, Devaraja Li, démonos prisa.
El Devaraja no se atrevía a ir con el Peregrino a la corte, porque temía que pudiera perder la paciencia cuando menos se lo esperaran y eso podría colocarle en una situación muy difícil. ¿Cómo iba a refutar, en efecto, todas las acusaciones, una vez que se encontrara en presencia del Emperador de Jade? No le quedó, pues, más remedio que suplicar a la Estrella de Oro que de nuevo intercediera en su favor.
- Tengo algo más que pediros - dijo la Estrella de Oro, volviéndose hacia el Peregrino -. ¿Estáis dispuesto a concedérmelo o no?
- ¿De qué se trata? - contestó el Peregrino -. Venga, hablad, de una vez. Si es algo razonable, tened la seguridad de que no os lo negaré.
- Recordad que existe un proverbio que afirma: "Un día de acusaciones tarda diez en esclarecerse" - sentenció la Estrella de Oro -. Si, al presentar ante el Emperador vuestro pleito, el Devaraja insiste en que esa monstruo no es hija suya, podéis tiraros horas y horas discutiendo sin llegar a ninguna solución. Debéis tener presente, además, que un día en los Cielos equivale a más de un año en las Regiones Inferiores, tiempo más que suficiente para que esa bestia haga con vuestro maestro lo que le dé la gana. Eso sin tener en cuenta la cuestión del matrimonio, porque en todos esos meses puede muy bien darle un hijo y, al volver, en vez de encontraros con uno, tendréis dos monjes a quien cuidar. ¿No os hallaréis, entonces, en una situación francamente comprometida, por tanta pérdida innecesaria de tiempo?
- Tenéis razón - reconoció el Peregrino -. Al despedirme de Ba-Chie y el Bonzo Sha les dije que no tardaría más del tiempo necesario para hervir una taza de té o, como máximo, para cocer un poco de arroz. Me he retrasado mucho con todas estas discusiones.  ¿Hay  alguna  forma  de  acelerar  el  proceso  sin  que  por  ello  pierda efectividad la orden imperial?
- Sí - respondió la Estrella de Oro -, permitiendo al Devaraja Li que reúna sus tropas y baje con vos a derrotar a esa monstruo.
- ¿Qué informe daréis, entonces, a su majestad? - volvió a preguntar el Peregrino.
- Que el demandante se ha marchado y que el acusado ha quedado, por eso mismo, libre de toda sospecha - contestó la Estrella de Oro.
- ¡Qué bonito! - exclamó el Peregrino, soltando la carcajada -. Retiro los cargos, porque vos me lo habéis pedido y afirmáis en vuestro informe que me he marchado. En fin, allá vos, si es eso lo que pensáis escribir. Decid al Devaraja que reúna inmediatamente las tropas y que me espere en la Puerta Sur de los Cielos. Iré con vos a despedirme del Emperador.
- ¡No, no! - protestó el Devaraja, alarmado -. Si se pone a hablar en cuanto entre en el palacio, lo más seguro es que me acusen de traición.
- ¿Qué clase de persona crees que soy yo? - objetó el Peregrino -. Yo soy un hombre de palabra. Una vez que he prometido algo, no me vuelvo atrás jamás. ¿Cómo puedes creer que soy tan mezquino?
Más tranquilo, el Devaraja dio las gracias al Peregrino y, convocando a todas sus tropas, se dirigió a la Puerta Sur de los Cielos. Por su parte, en cuanto el Peregrino y la Estrella de Oro llegaron a la corte, dijeron al Emperador de Jade:
- La mujer que ha atrapado al monje Tang es un roedor de pelaje blanco y hocico de oro, que ha conseguido la inmortalidad. De ella son las tablas con los nombres del Devaraja Li y de su hijo que os han sido presentadas como pruebas. Al enterarse de eso, el Devaraja ha reunido a todas sus tropas y ha organizado una expedición contra ella. Os ruego, pues, que le concedáis vuestro magnánimo perdón.
El Emperador de Jade se hallaba al tanto de lo ocurrido e inmediatamente hizo redactar el decreto de gracia. El Peregrino montó, entonces en una nube y se dirigió a la Puerta Sur de los Cielos, donde encontró al Devaraja, al Príncipe y a los guerreros celestiales. Su formación era impecable y estallaron en gritos de entusiasmo, en cuanto vieron aparecer al Gran Sabio. Sin más, montaron en sus nubes y se dirigieron a la velocidad del viento hacia el Monte Atrapador del Vacío. Ba-Chie y el Bonzo Sha tenían ya los ojos irritados de tanto escudriñar la montaña. Al ver aparecer al Peregrino con todas las fuerzas celestes, se inclinaron ante el Devaraja y el Idiota se excusó, diciendo:
- Lamentamos sinceramente tener que molestaros.
- Hay algo que quisiéramos deciros, Mariscal de los Juncales Celestes - contestó el Devaraja -. Tanto mi hijo como yo, hemos disfrutado del aroma de sus varillas de incienso durante muchísimos años. Desconocíamos, por tanto, que había vuelto a las andadas, llegando a cometer la osadía de apoderarse de vuestro maestro. Os pedimos disculpas por tantas molestias y por el retraso en responder a vuestra justa llamada. Damos por supuesto que éste es el Monte Atrapador del Vacío. ¿Sabéis dónde se encuentra la entrada de su caverna?
- Exactamente - reconoció el Peregrino -. La cueva recibe el nombre de Caverna sin Fondo y posee un perímetro que supera los seiscientos kilómetros. Pese a todo, dispone de muchos recovecos. En un principio, tuvo encerrado a mi maestro en un pabellón al que se accedía a través de una puerta coronada por un triple tejadillo, pero ahora ha desaparecido de allí y no se ve a nadie por ningún lado. Desconozco, la verdad, dónde pueden haberse escondido.
- No os preocupéis por eso - respondió el Devaraja -. Por muchas tretas que emplee, jamás logrará escapar a la red del Cielo y la Tierra. Antes de tomar cualquier decisión, sería conveniente que nos condujerais a la entrada de la cueva.
Todos se pusieron inmediatamente en camino. Después de andar alrededor de veinte kilómetros, llegaron a la enorme roca tras la que se abría el universo de la monstruo y, señalando el agujero que había en el suelo, dijo el Peregrino:
- Ahí la tenéis.
- Sin entrar en la guarida del tigre, nadie es capaz de atrapar a sus crías - sentenció el Devaraja -. ¿Quién está dispuesto a abrir la marcha?
- Yo mismo - contestó el Peregrino.
- No - se opuso el Príncipe -. Puesto que todo esto está relacionado, de alguna manera, con nosotros, seré yo quien entre el primero.
- ¡De ninguna manera! - objetó el Idiota, envalentonándose -. ¡Lo haré yo!
- Dejémonos de discusiones sin sentido - concluyó el Devaraja -. Que el Gran Sabio y el Príncipe conduzcan las tropas al interior de ese agujero. Nosotros nos quedaremos aquí, cubriendo la retaguardia. Coordinaremos todos los movimientos para evitar que pueda escapar tanto por el Cielo como por la Tierra. Así sabrá, de una vez por todas, lo poderosos que somos.
- ¡Está bien, señor! - gritaron todos al unísono.
Al frente de tan formidable ejército, el Peregrino y el Príncipe se adentraron en la caverna, montados en sus nubes de buenos augurios. Pronto se percataron de que se trataba de un lugar francamente extraordinario. A pesar de hallarse en el interior de la tierra, la luna y el sol brillaban con la misma intensidad que en el exterior sobre las montañas y los ríos que lo surcaban. El paisaje no podía ser, en efecto, más encantador, con barrancos que brillaban como perlas y cauces de agua que recordaban la tersura del jade verdoso. Pero entre tanta belleza destacaba la elegancia de los edificios. El color rojo de las torres y muros contrastaba con el verdor de los campos y prados, que se perdían en la distancia. En aquel lugar tan extraordinario podían verse a la vez los lotos del otoño tardío y los sauces de la primavera temprana. Nada más bajar de las nubes, los guerreros se dirigieron al edificio principal del palacio de la monstruo. Lo registraron de arriba abajo, pero no encontraron ni rastro del maestro ni de la bestia. Todas las sirvientas habían desaparecido como por arte de magia.
- ¡Esta monstruo ha tenido que esconderse en otra caverna! - concluyeron los guerreros.
Lo que no sospechaban es que hubiera otra en la parte más oscura del pasillo orientado hacia el sudeste. Allí había una pequeña puerta que daba acceso a una pequeña construcción edificada debajo del nivel del suelo. Su acceso estaba camuflado entre macetas de flores y cañas de bambú, que emitían una fragancia realmente embriagadora. A ello había que añadir la oscuridad que reinaba en aquella parte del edificio. La monstruo había conducido allí a Tripitaka con la esperanza de que el Peregrino no pudiera encontrarla y, así, llevar a cabo sus perversos planes de matrimonio. No se había detenido a pensar, sin embargo, que el destino había determinado otra cosa y que su buena estrella estaba a punto de apagarse. Apelotonadas en un espacio tan reducido, una de las monstruos empezó a sentir claustrofobia y sacó un poco la cabeza para ver qué es lo que estaba ocurriendo fuera. Los guerreros celestes la vieron en seguida y gritaron:
- ¡Ahí están!
Esas palabras enardecieron de tal manera al Peregrino, que agarró la barra de los extremos de oro y arremetió contra aquel nido de bestias. Era tan reducido que ninguna pudo escapar y el desorden acabó por concluir lo que había iniciado el acero. ¿Cómo iban, además, a huir, si el Príncipe y sus tropas habían tomado todo el lugar? El Peregrino no tardó en encontrar al monje Tang, el equipaje y el caballo. Comprendiendo que no tenía ninguna escapatoria, la monstruo se arrojó a los pies de Nata y empezó a golpear repetidamente el suelo con la frente en petición de clemencia. Pero el Príncipe replicó:
- Esta expedición ha sido ordenada por el mismo Emperador de Jade en persona. No se trata, por lo tanto, de un asunto banal. Por disfrutar de una de tus varillas de incienso, a punto hemos estado, tanto mi padre como yo, de encontrar la ruina. - Se volvió a continuación hacia los soldados celestes y les ordenó -: ¡Atad a esta monstruo con la soga de las bestias!
A pesar de sus orígenes, era preciso que también ella sufriera un poco. Victoriosos, los guerreros celestes volvieron a montar en las nubes y se elevaron hacia la entrada de la caverna. El Peregrino abría la marcha, sin poder contener la risa de alegría. Al oír sus voces, el Devaraja corrió a darle la bienvenida, diciendo:
- Me alegro de que os hayáis reunido, por fin, con vuestro maestro.
- Gracias - contestó el Peregrino y se inclinó, junto con Tripitaka, ante el Devaraja y el Príncipe.
El Bonzo Sha y el Peregrino hubieran deseado hacer picadillo allí mismo a la monstruo, pero se opuso el Devaraja, diciendo:
- No podemos decidir nosotros su suerte. Ha sido detenida por orden del Emperador de Jade, así que sólo a él le compete determinar lo que ha de hacerse con ella. Es preciso, por tanto, que regresemos cuanto antes a los Cielos a informar de cuanto ha ocurrido. Tras ordenar a los guerreros que custodiaran con cuidado a la monstruo, el Devaraja y el Tercer Príncipe montaron en sus nubes respectivas y reemprendieron el camino de vuelta hacia la Corte Celeste, donde la bestia debía ser inmediatamente juzgada. Mientras tanto, el Peregrino y el Bonzo Sha ordenaron el equipaje y pidieron al monje Tang que se dispusiera a montar en el caballo. Ba-Chie le ayudó a hacerlo y, de esa forma, pudieron regresar al camino que conducía hacia el Oeste. Las ataduras de seda se habían roto y de nuevo volvieron a hollar el lecho seco del mar dorado. En cuanto hubieron saltado los candados de jade, abandonaron la jaula que los tenía encerrados.
No sabemos, de momento, qué fue lo que les ocurrió camino adelante. El que desee averiguarlo, tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente.

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[1]En esta descripción aparece con claridad el sentido de las épicas luchas que jalonan toda la obra: la consecución de la inmortalidad mediante una completa transformación interna que haga posible la recuperación del estado embrionario.

[2]En los capítulos XXXIV de La investidura de los dioses (Feng-shen yen-i), se habla del nacimiento de Nata y de su relación con sus padres.