Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

La muchacha busca con empeño el yang. El espíritu protege el Tao.


Decíamos, que al lanzarse montaña abajo, Ba-Chie descubrió un sendero muy estrecho, que siguió durante diez u once kilómetros. No tardó en ver a dos muchachas sacando agua de un pozo y en seguida cayó en la cuenta de que se trataba de dos monstruos. Lo supo, al ver el extraño moño que llevaban, de más de un metro de altura y adornado con trocitos de hojas de bambú. El Idiota jamás había visto nada tan pasado de moda. Eso le hizo lanzarse contra ellas, gritando:
- ¡Fuera de aquí, monstruos malditos!
- ¡Habráse visto monje más maleducado! - exclamaron ellas, visiblemente enojadas -. Ni siquiera hemos hablado con él y ya nos está insultando. ¿Es que no puedes ser un poco más cortés? - y, agarrando las pértigas que habían traído para cargar cántaros, empezaron a descargar una lluvia de garrotazos sobre la cabeza de Ba-Chie.
Como no tenía ningún arma a mano, lo mejor que pudo hacer para defenderse de los golpes fue echarse a correr ladera arriba. Cuando llegó al lado del Peregrino, dijo, pasándose la mano por la cabeza:
- ¡Vamonos cuanto antes! ¡Jamás he visto a unos monstruos tan peligrosos!
- ¿Realmente son tan violentos como dices? - preguntó el Peregrino.
- Acabo de encontrarme en un valle con dos muchachas que estaban sacando agua - explicó Ba-Chie - y, nada más dirigirme a ellas, empezaron a darme unos golpes terribles con las pértigas.
- ¿Qué les dijiste? - inquirió el Peregrino.
- Nada - contestó Ba-Chie -. Sólo que eran unos monstruos malditos.
- ¿No te parece que te han dado pocos palos para lo mucho que las has ofendido? - exclamó el Peregrino, divertido, soltando la carcajada.
- ¡Qué amable de tu parte! - exclamó Ba-Chie, molesto -. Tengo la cabeza totalmente hinchada ¡y todavía dices que no me han pegado lo suficiente!
- ¿No sabes lo que dice el proverbio? - replicó el Peregrino -: "Con buenas maneras puedes llegar adonde te dé la gana; con malas, a ninguna parte". Es posible que esas muchachas sean monstruos, pero nosotros somos monjes llegados desde la otra punta del mundo. Aunque hubieras ido armado hasta los dientes, deberías haber obrado con más prudencia. ¿A quién se le ocurre acercarse a ellas y llamarlas, sin más, monstruos malditos? ¿No te parece lógico lo que hicieron contigo? Cuando una persona se encuentra con otra, lo primero que muestra es su lado bueno.
- Me temo que de eso yo no entiendo mucho - se disculpó Ba-Chie.
- Cuando te dedicabas a comer gente de joven - replicó el Peregrino -, ¿sabías cuáles son los dos tipos de madera más raros que crecen en las montañas?
- No - respondió Ba-Chie -. ¿Cuáles son?
- El chopo y el palo de rosa - explicó el Peregrino -. La madera del primero es muy suave. Por eso la usan los escultores para hacer imágenes y Tathagatas. Después las pintan, las recubren con láminas de oro y les incrustan trocitos de jade y otras piedras preciosas. Miles y miles de personas se postran posteriormente ante ellas y les ofrecen oraciones e incienso, confiriéndoles un valor que, en realidad, no poseen. El palo de rosa, por el contrario, es duro y muy difícil de labrar. Los artesanos lo usan para hacer cofres y arcones destinados a guardar las cosas de más valor. Pero el proceso al que lo someten no puede ser menos envidiable, porque lo golpean con mazos y le clavan larguísimas puntas de hierro. Todo por ser tan duro.
- Si me lo hubieras dicho antes, no me habrían apaleado - suspiró Ba-Chie.
- Lo que tienes que hacer ahora - le ordenó el Peregrino - es volver a su lado y tratar de averiguar algo más.
- No puedo hacerlo - protestó Ba-Chie -. ¿No ves que me reconocerán?
- Metamorfoséate en algo - sugirió el Peregrino.
- Sí, pero ¿cómo voy a interrogarlas? - protestó Ba-Chie.
- Cuando te hayas metamorfoseado - explicó el Peregrino -, acércate a ellas y salúdalas con corrección. Debes tener muy en cuenta su edad. Si son, aproximadamente, como nosotros, llámalas "señoras". De lo contrario, dirígete a ellas como "damas".
- ¡Vaya manera más cursi de hablar! - exclamó Ba-Chie, soltando la carcajada -. ¿Para qué ser tan remilgado, si nos encontramos a miles de kilómetros de un lugar civilizado?
- No se trata de remilgamientos, sino de conseguir la información que precisamos - le corrigió el Peregrino -. Si pertenecen al grupo que ha secuestrado al maestro, podemos caer sobre ellas sin ninguna consideración. De lo contrario, tendremos que seguir buscando. ¿No te parece un buen método para llegar al fondo de la cuestión?
- Tienes razón - admitió Ba-Chie -. Iré para allá en seguida - y, metiéndose el rastrillo por entre la faja, se dirigió, de nuevo, hacia el valle.
Antes de llegar a él, sacudió ligeramente el cuerpo y se convirtió en un monje moreno y de apariencia robusta. Llegándose hasta donde estaban las mujeres, se inclinó respetuosamente ante ellas y dijo:
- Nobles damas, recibid los saludos de este humilde monje.
- ¡Qué hombre más bien educado! - comentaron entre sí, visiblemente satisfechas -. No sólo sabe inclinarse con la debida corrección, sino que sus palabras son ajustadas en extremo. ¿De dónde sois? - preguntó una de ellas en alto.
- De dónde soy - repitió Ba-Chie.
- ¿Hacia dónde vais? - volvió a preguntar la mujer.
- Hacia dónde voy - repitió, una vez más, Ba-Chie.
- ¿Cómo os llamáis? - insistió la mujer, intrigada.
- Cómo me llamo - respondió Ba-Chie.
- Este monje posee unos ademanes muy correctos - exclamó la mujer, soltando la carcajada -, pero no sabe nada de nada, ni siquiera cómo se llama. ¡Únicamente repite lo que oye decir!
- ¿Para qué estáis sacando agua, nobles damas? - preguntó, pese a todo, Ba-Chie.
- Por lo que se ve - respondió la mujer -, no sabéis que anoche nuestra señora secuestró al monje Tang y se ha propuesto tratarle con toda la corrección posible. Dado que en la caverna el agua no está lo suficientemente limpia, nos ha ordenado venir a por la de este pozo que es, en realidad, producto de la cópula del yin y el yang. Piensa preparar con él un espléndido banquete vegetariano, pues es su deseo casarse esta misma noche con el monje ese.
El Idiota no esperó más. Se dio media vuelta y corrió montaña arriba, gritando:
- ¡Bonzo Sha, divide inmediatamente el equipaje!
- ¿Se puede saber para qué? - preguntó el Bonzo Sha, sorprendido.
- En cuanto lo hayas hecho - respondió Ba-Chie -, tú podrás regresar al Río de Arena a seguir devorando caminantes y yo volveré a la aldea de los Gao en busca de mi esposa. Por lo que respecta a nuestro hermano mayor, que vaya, si quiere, a la Montaña de las Flores y Frutos a seguir llevando su vida de sabio. El caballo blanco que se lance de cabeza al océano y se convierta en un dragón. Ya no hay nada que hacer. El maestro se ha casado con ese monstruo y lo mejor que podemos hacer los demás es seguir tranquilamente nuestro propio camino.
- ¡Otra vez hablando a lo tonto! - exclamó el Peregrino, malhumorado.
- Eso no es ninguna tontería - se defendió Ba-Chie -. Los dos monstruos que estaban sacando agua acaban de decirme que habían empezado a preparar un espléndido convite para el monje Tang, pues había quedado decidido que iba a casarse con el monstruo.
- No dudo que le tenga prisionero en el interior de la caverna - dijo el Peregrino -, pero estoy seguro de que tiene los ojos hinchados de tanto esperar que aparezcamos nosotros y le liberemos de su encierro. ¡No comprendo cómo puedes hablar con tan poca reflexión!
- ¿Quieres explicarnos cómo piensas liberarle? - inquirió Ba-Chie,
- Haceos cargo del caballo y del equipaje, mientras yo trato de seguir a esos monstruos. No me cabe la menor duda de que nos llevarán directamente hasta la puerta de la caverna. Llegado ese momento, atacaremos juntos.
Al Idiota no le quedó más remedio que agachar la cabeza y aceptar el plan. El Peregrino siguió desde lejos los movimientos de los dos monstruos, que se internaron en la montaña alrededor de cincuenta kilómetros y después desaparecieron de golpe.
- El maestro ha tenido que ser secuestrado por unos monstruos diurnos - afirmó Ba-Chie.
- ¿Cómo lo sabes? - preguntó el Peregrino -. Jamás sospeché que tuvieras unos poderes tan finos de observación.
- ¿No has visto cómo han desaparecido de golpe, a pesar de ir cargadas con el agua? - se defendió Ba-Chie -. ¡Son espíritus diurnos, sin lugar a dudas!
- Yo creo, más bien, que se han metido en alguna caverna - le corrigió el Peregrino -. Lo mejor será que vaya a echar un vistazo.
Abrió cuanto pudo sus ojos de fuego y escudriñó toda la montaña con sus pupilas de diamante, pero no percibió ningún movimiento de gente. En lo alto de un acantilado creyó ver, sin embargo, una pequeña terraza cubierta de relieves que representaban flores de cinco colores y, un poco más allá, una artística puerta con tres tejadillos, sobre los que ondeaban unos estandartes blancos. Al acercarse a echar un vistazo, seguido muy de cerca por Ba-Chie y el Bonzo Sha, vio que en un enorme bloque de piedra aparecían grabadas las siguientes palabras: "Monte Atrapador del Vacío. Caverna sin Fondo".
- Está claro que ese edificio forma parte de la morada del monstruo - concluyó el Peregrino -, pero me pregunto dónde habrá escondido la puerta.
- No puede estar muy lejos - opinó el Bonzo Sha -. Busquémosla con cuidado.
Al  darse  la  vuelta,  descubrieron  una  piedra  tan  enorme,  que  debía  medir  más  de cuarenta metros cuadrados de superficie. Estaba colocada a los pies de la montaña, justamente debajo de la puerta con los tres tejadillos. Precisamente en su centro había una apertura del tamaño de una tinaja de barro, que brillaba de una forma muy peculiar, de tanto entrar y salir por ella.
- ¡Ahí está! - exclamó Ba-Chie, muy excitado -. Por ahí es por donde entran y salen los monstruos.
- ¡Qué cosa más rara! - dijo el Peregrino, estudiándola con cuidado -. Sabéis que desde que sigo al monje Tang he derrotado a infinidad de monstruos, pero jamás había visto una caverna tan peculiar como ésta. Ba-Chie, baja a ver qué profundidad tiene. Eso me facilitará bastante entrar a liberar al maestro.
- Me va a resultar difícil en extremo - se quejó Ba-Chie, sacudiendo la cabeza -. Me temo que soy demasiado pesado. Además, estoy seguro de que, si me caigo por esa especie de tinaja, tardaré dos o tres años en llegar al fondo. ¿Qué quieres que te diga? ¡Esto es corno un pozo!
- ¿Tan profundo es? - preguntó el Peregrino.
- Míralo tú mismo - contestó Ba-Chie.
El Gran Sabio se arrodilló ante la boca de la tinaja y miró hacia dentro. ¡Era, realmente, muy profunda! Tanto que debía medir más de seiscientos kilómetros. Asombrado, exclamó:
- ¡Tenías razón! Es profundísima.
- Volvámonos en seguida - sugirió Ba-Chie -. Está claro que no hay manera de liberar al maestro.
- ¿Cómo puedes decir semejante cosa? - le regañó el Peregrino -. No seas vago y muévete. Para empezar, pon el equipaje en el suelo y ata al caballo en una de las columnas de esa puerta. Después coge el rastrillo y estáte atento. Que te eche una mano el Bonzo Sha con su báculo. Voy a ver lo que hay ahí dentro. En cuanto encuentre al maestro, atacaré al monstruo con mi barra y la obligaré a salir de su escondite. Estad prevenidos. Lo único que os pido es que le cortéis la retirada. Sólo cuando hayamos conseguido acabar con ella, podremos liberar realmente al maestro.
Los dos aceptaron en seguida el plan. De un salto, el Peregrino se metió, sin pensarlo dos veces, en el interior de la caverna. A sus pies surgieron unas nubes de mil colores, mientras el aire se iba llenando de una atmósfera de buenos augurios. En contra de lo que  había  supuesto,  no  tardó  en  alcanzar  el  fondo  de  la  caverna,  que, sorprendentemente, se encontraba muy bien iluminado, tanto que no existía ninguna diferencia entre él y el mundo exterior. Poseía, de hecho, su propio sol, el viento agitaba las hojas de los árboles y crecían por doquier flores, plantas y todo tipo de frutales.
- ¡Qué lugar más extraordinario! - se dijo el Peregrino, maravillado -. Su belleza me recuerda la Caverna de la Cortina de Agua, que el Cielo puso a mi servicio cuando nací. Por lo que veo, ésta también es una comarca que ha recibido las bendiciones de lo alto. Miró a su alrededor y vio una puerta coronada por un doble tejadillo, junto a la que crecían, frondosos, los pinos y los bambúes. Al otro lado se veían unos cuantos edificios y el Peregrino volvió a decirse:
- Ésos tienen que ser, por fuerza, los pabellones en los que habita el monstruo. Lo mejor será que entre a echar un vistazo. Pero, espera un momento, si me presento ante ella tal y como estoy ahora, me reconocerá y no podré liberar al maestro. Lo mejor será que me transforme en algo - y, sacudiendo ligeramente el cuerpo, se convirtió en una mosca, que voló directamente hacia una construcción de tejado curvo en cuyo interior se hallaba sentada la bestia.
Su aspecto era totalmente distinto del que tenía cuando la encontraron en el bosque de pinos o cuando tuvo la osadía de medir sus fuerzas con las del Peregrino. Su belleza era, en verdad, incomparable. Tenía anudado el cabello en un moño con forma de nido de urraca y vestía una túnica floreada hecha de lana verde. Sus pies eran tan pequeños como la corola de una azucena y sus diez dedos recordaban a los brotes nuevos de bambú durante la primavera. Su rostro, redondo y bien maquillado, hacía pensar en un disco de plata, mientras que el rojo intenso de sus labios traía a la mente la dulzura del cerezo. Su belleza poseía una delicadeza y una solemnidad que superaba incluso a la de la dama de la luna, Chang-Er. Su determinación no iba a la zaga de su hermosura. De hecho, en cuanto se apoderó del monje que había partido en busca de las escrituras, quiso compartir inmediatamente con él su lecho.
Sin hacer ningún ruido, el Peregrino se acercó lo más que pudo a ella y se puso a escuchar atentamente lo que decía. Acababa de separar sus hermosos labios de cereza y por ellos fluyó una voz extremadamente dulce, que ordenó a las muchachas que la atendían:
- Preparad inmediatamente el banquete vegetariano. En cuanto el monje Tang se haya saciado, me desposaré con él.
- Eso quiere decir que está dispuesta a llevárselo al lecho sin perder más tiempo - se dijo el Peregrino, sonriendo -. Al principio creí que todo era una invención de Ba-Chie, pero ahora veo que no es así. Es preciso que encuentre cuanto antes al maestro. Me preocupa el estado emocional en el que pueda encontrarse. Si ha decidido aceptar las proposiciones de este monstruo, no me quedará más remedio que abandonarle a su suerte - y, batiendo las alas, se elevó por los aires.
No tardó en hallar al monje Tang. Estaba sentado en el interior de una habitación que había al final de un largo pasillo orientado hacia el este. Su puerta estaba hecha con papeles de color rojo, traslúcidos los de la parte superior, opacos, los de la inferior. El Peregrino no tuvo ningún problema en atravesarlos con la limpieza que caracterizaba todo cuanto hacía. Se posó sobre la cabeza del monje Tang y preguntó:
- ¿Me oís bien, maestro?
- ¡Eres tú! - exclamó Tripitaka, reconociendo inmediatamente su voz -. ¡Sácame inmediatamente de aquí!
- No puedo hacerlo - contestó el Peregrino -. Ese monstruo está preparándoos un banquete vegetariano. En cuanto hayáis saciado el hambre, se desposará con vos. Si es capaz de daros un hijo o una hija, querrá decir que la descendencia monacal está totalmente asegurada. ¿Se puede saber por qué estáis tan triste?
- Después de abandonar Chang-An - respondió el maestro, hablando con los dientes fuertemente apretados -, me dirigí a la Montaña de las Dos Fronteras y allí te tomé por discípulo. ¿Quieres decirme cuántas veces me  has visto, durante todo este tiempo, comer carne o abandonarme a pensamientos inmorales? Según me dices, ese monstruo está ahora dispuesto a copular conmigo. Recuerda bien esto: si pierdo una sola gota de mi yang, que caiga sobre mí la Rueda de la Transmigración y que mi espíritu se pierda en la Montaña de las Sombras. ¡Que no vuelva jamás a pisar este mundo!
- ¡A qué vienen tantas maldiciones! - exclamó el Peregrino, sonriendo -. Si aún estáis dispuesto a llegar al Paraíso Occidental y conseguir las escrituras, no os preocupéis más. Yo os llevaré hasta allí.
- Lo malo es que he olvidado el camino por el que he venido - objetó Tripitaka.
- ¿Cómo podéis decir semejante cosa? - se burló el Peregrino -. Éste no es un lugar al que se llegue así como así. De hecho, hay que entrar en él gateando desde arriba. Cuando os libere, tendremos que hacer lo mismo para salir. Con un poco de suerte daremos con la salida rápidamente. Si nos retrasamos un poco, me temo que terminaremos asfixiados.
- ¿Qué vamos a hacer, si es tan difícil escapar como dices? - preguntó Tripitaka con los ojos anegados en lágrimas.
- No os preocupéis por eso - trató de animarle el Peregrino -. El monstruo está decidido a comer con vos y no podéis negaros a sus deseos. Cuando le sirváis una copa, procurad hacerlo rápido, para que se formen todas las burbujas que podáis. Yo me transformaré en un grillito diminuto y me meteré en una de ellas. Cuando me halle dentro del estómago de esa bestia, le estrujaré el corazón y le rasgaré, una por una, todas las tripas. Así podréis escapar sin ninguna dificultad.
- ¿No te parece eso un poco cruel? - objetó Tripitaka.
- No podemos detenernos a pensar en eso - replicó el Peregrino -. Mirándolo bien, los monstruos son los mayores enemigos de los hombres. ¿A qué viene compadecerse de éste?
- Está bien - concedió finalmente Tripitaka -, pero en ningún momento tienes que separarte de mí.
El Gran Sabio Sun protegió en todo momento a Tripitaka Tang y, así, éste terminó volcando toda su confianza en el Hermoso Rey de los Monos. Apenas habían acabado de hablar, cuando el monstruo se dirigió hacia la habitación en la que ellos estaban y, abriendo la puerta de rejilla, preguntó:
- ¿Estáis ahí, maestro?
El monje Tang no se atrevió a responder y ella hubo de formular, una vez más, la pregunta. Pero él se mantuvo en sus trece, recordando el proverbio que dice: "En cuanto se abre la boca, las fuerzas comienzan a perderse. No hay nada mejor que mover la lengua para empezar una discusión". Cayó, al mismo tiempo, en la cuenta de que, si se obstinaba en no hablar, la monstruo podía perder la paciencia y acabar con su vida de un manotazo. Cogido en tan grave dilema, se sirvió de la mente para interrogar a la boca y, tras larga reflexión, ésta terminó cediendo totalmente a aquélla. Mientras se producía esta lucha en su interior, la mujer volvió a preguntar:
- ¿Estáis ahí, maestro?
- Aquí estoy, en efecto, señora - hubo de responder el monje Tang. Al hacerlo, sintió como si la carne se le hubiera hundido en el fondo del infierno con varios miles de kilos encima.
¿Cómo pudo responder de esa forma a un monstruo, cuando todo el mundo afirmaba que era un monje completamente decidido a presentarse ante Buda en el Paraíso Occidental y obtener de él la entrega de las escrituras? Al que se le ocurra hacer una pregunta como ésta es que, en realidad, no comprende el gravísimo peligro en el que se encontraba el monje Tang. A pesar de la dulzura de semejante respuesta, la lujuria no había echado ni una sola raíz en lo profundo de su corazón. La monstruo, sin embargo, no lo entendió así y, abriendo del todo la puerta, se lanzó sobre el monje Tang y le tomó en brazos. Cogió después una de sus manos y le pasó el brazo por la espalda, haciéndole carantoñas con la cabeza y susurrándole al oído palabras tiernas. Su coquetería alcanzó unos límites irresistibles, sin darse cuenta de que semejantes artes no hacían mella alguna en la determinación de Tripitaka.
- Me pregunto si el maestro terminará dejándose seducir por esta dama - se dijo el Peregrino, sonriendo con malicia.
No cabía duda de que la belleza de la monstruo que se había apoderado del monje era, realmente, irresistible: las líneas de sus cejas, trazadas con singular esmero, parecían dos finísimas hojas de sauce y contrastaban con el delicado color rosáceo de sus mejillas, dulces como los melocotones que aún se encuentran en su rama. Al andar, dejaba entrever apenas dos lindos zapatitos profusamente bordados, que nada tenían que envidiar a la delicadeza de los dos moños con forma de nido de urraca, que coronaban su bien moldeada cabeza. Cada vez que sonreía, apretaba la mano del maestro, haciendo que la bolsita de perfumes que llevaba atada al pecho emitiera un aroma más intenso. Al llegar al pabellón del tejado convado, la monstruo dijo a Tripitaka:
- He mandado preparar un poco de licor, para que brindéis conmigo.
- Quizás olvidéis, señora - contestó Tripitaka -, que yo siempre sigo una dieta muy especial.
- Ya lo sé - confirmó la monstruo -, pero el agua de esta caverna es un poco sucia y he hecho traer un poco de la que brota en la misma cumbre de la montaña. Ésa, por el contrario, posee tal pureza, que no os digo más que es el resultado de la cópula del yin y el yang. Aparte de eso, he ordenado que os sirvan un banquete totalmente vegetariano.
Al entrar en el pabellón, el monje Tang se quedó maravillado del gusto con el que había sido preparado. Al lado mismo de la puerta colgaban unos cortinones de seda de vivos colores. El aire estaba cargado de nubes de incienso, cuyas volutas salían de las bocas de pebeteros con forma de animales. Todas las mesas estaban esmaltadas de color negro y sobre ellas descansaban bandejas de bambú lacadas del mismo color, que contenían toda clase de productos vegetarianos: manzanas, aceitunas, frutos de loto, uvas, zarzamoras, avellanas, lechíes, nueces, castañas, dátiles, brevas, almendras y naranjas. Todos los frutos que maduran en la montaña se encontraban allí reunidos, junto con una gran variedad de verduras del tiempo. No faltaba ninguna delicia vegetariana, tal como "dou-fu" [1], tortitas de trigo, maderas de árbol, brotes frescos de bambú, champiñones, setas, hierbas silvestres de la montaña, verduras rebozadas, alubias verdes con salsa dulce, pepinos, calabazas, zanahorias, nabos, berenjenas esculpidas en forma de perdiz, melones que representaban figuras extrañas, coliflores recubiertas de un baño de azúcar, repollo cocido con vinagre, pimientos y jengibre de la mejor calidad. Todas las frutas y verduras se encontraban, en definitiva, allí representadas, ofreciendo una amplia y bien equilibrada panoplia de sabores.
La monstruo estiró el brazo y dejó al descubierto sus finos dedos de jade, con los que tomó una copa de oro sumamente brillante. La llenó hasta el borde de un vino aromático y, ofreciéndosela al monje Tang, dijo:
- Tomad esta copa de amor, hombre maravilloso.
Sin saber qué hacer, Tripitaka agarró la copa, lanzó hacia lo alto unas cuantas gotitas del licor con los dedos y recitó en voz baja la siguiente oración:
- Prestad atención a mi súplica, Devas Protectoras, Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales, Centinelas. Desde que éste, vuestro indigno discípulo Chen Hsüan-Tsang, abandonó las Tierras del Este, no ha dejado de dar continuas gracias a la Bodhisattva Kwang Shr-Ing por haberos confiado a mi humilde persona, para que pueda alcanzar, sano y salvo, el Templo del Trueno y, así, conseguir las escrituras de Buda. Por mi determinación me encuentro ahora en poder de esta monstruo, que se ha propuesto desposarse conmigo. De hecho, ha puesto en mis manos esta copa de vino. Si se trata de un brebaje permitido para los que seguimos una estricta dieta vegetariana, lo tomaré sin ningún esfuerzo, con la certeza de que semejante sacrificio acrecentará mi mérito y apresurará mi encuentro con Buda. Si, por el contrario, este licor me hace quebrantar los votos que en su día emití, que la perdición caiga sobre mí y que nunca jamás abandone el infierno.
El Gran Sabio escuchó con atención cuanto el maestro acababa de decir y en seguida le tranquilizó, susurrándole al oído unas palabras que únicamente Tripitaka pudo oír. Se trataba,  le  dijo,  de  mosto  sin  fermentar  y  él  lo  tomó  sin  ningún  remordimiento. Siguiendo su consejo, cogió otra copa y la llenó rápidamente para que se formaran muchas burbujas. El Peregrino se transformó a toda prisa en un grillo diminuto y se metió dentro de una. Pero, en vez de llevarse inmediatamente el licor a los labios, la monstruo se inclinó un par de veces ante Tripitaka y le susurró unas cuantas palabras de amor. Eso hizo desaparecer las burbujas, dejando al Peregrino en una situación francamente comprometida. Afortunadamente, la monstruo no sabía que aquel diminuto insecto que flotaba en su copa era una metamorfosis del Gran Sabio y trató de tirarlo al suelo con las uñas. El Peregrino comprendió que iba a resultar muy difícil meterse en su estómago y, sacudiendo ligeramente el cuerpo, se convirtió en un halcón de garras de jade, ojos de fuego y plumas de hierro. No surcaba los cielos ave más aguerrida y valiente que ella. Al verla, la astuta zorra y la velocísima liebre buscaban a toda prisa un lugar en el que esconderse. No en balde, es capaz, cuando tiene hambre, de cazar pájaros en pleno vuelo, elevándose hasta las mismísimas puertas del Cielo, cuando se siente harta. Sus garras son más mortales y duras que el acero y hasta el firmamento le parece demasiado barro para sus arriesgados vuelos. Con sus uñas de acero totalmente estiradas, derribó todas las mesas del banquete. El ruido de las viandas, al caer, se mezcló con el de las copas y los platos. El desconcierto se apoderó de todas las sirvientas, mientras él se elevaba hacia lo alto, dejando al monje Tang a su suerte. La monstruo sentía que el corazón le iba a estallar de temor, mientras Tripitaka veía cómo se le entumecía todo el cuerpo.
- ¿De dónde ha salido esa extraña criatura? - preguntó la monstruo, abrazándose a él, asustada.
- No tengo ni idea - respondió Tripitaka.
- ¡Con la ilusión con que había preparado este convite para vos! - se quejó la monstruo -. ¿De dónde habrá salido esa maldita bestia con plumas? ¡Da pena ver tantos platos y cuencos rotos!
- Más pena produce contemplar todos esos manjares vegetarianos por el suelo - la corrigieron unas cuantas sirvientas -. ¿Quién va a probarlos, después de haber sido profanados de esta forma? ¡Nadie toma platos impuros!
Tripitaka sabía, por supuesto, que todo era obra del Peregrino, pero no se atrevió a manifestarlo. La monstruo parecía un tanto preocupada y, reuniendo a sus servidoras, les dijo:
- Estoy convencida de que a esa criatura la han enviado el Cielo y la Tierra, para manifestar su disconformidad por haber atrapado al monje Tang. Recoged todo esto y preparad algo más de comida. No importa que no sea vegetariana. Para que no tengan nada que objetar, pediré al Cielo que haga las veces de casamentera y a la Tierra que se encargue de ser el testigo de la ceremonia. Por ellos no voy a renunciar a casarme con este monje.
El maestro fue enviado de nuevo a la habitación que había al final del pasillo que miraba hacia el este, por lo que, de momento, no hablaremos más de él. Sí lo haremos, sin embargo, del Peregrino, que, una vez que hubo dejado el palacio, recobró la forma que le era habitual y se llegó sin ninguna dificultad hasta la entrada de la caverna. Al verle, Ba-Chie exclamó:
- ¡Abre la puerta, Bonzo Sha! Acaba de hacer su aparición nuestro hermano mayor.
En seguida pusieron a un lado las armas y, así, el Peregrino no tuvo ninguna dificultad en aparecer al aire libre.
- ¿Hay o no hay un monstruo ahí dentro? - preguntó Ba-Chie -, tirándole de la ropa.
- Sí - respondió el Peregrino.
- El maestro debe de estar sufriendo lo suyo, ¿no? - insistió Ba-Chie -. ¿Le tienen atado o colgado? ¿Cómo piensan comérselo, cocido o al vapor?
- Ninguna de las dos formas - explicó el Peregrino -. La monstruo se ha empeñado en ofrecerle un espléndido banquete, para después poder copular con él.
- ¡Menuda suerte! - exclamó Ba-Chie -. O mucho me equivoco o has tomado unas cuantas copas del banquete nupcial.
- ¡Qué idiota eres! - le regañó el Peregrino -. ¿Quién va a ponerse a beber tranquilamente, cuando la vida del maestro corre un terrible peligro?
- Entonces, ¿por qué has vuelto tan pronto? - volvió a preguntar Ba-Chie.
El Peregrino les contó cómo había dado con el maestro y cómo se había metamorfoseado, para terminar diciendo:
- Dejemos de pensar más en tonterías. El maestro se encuentra aquí y la próxima vez que entre en esta caverna voy a sacarle conmigo - y, sin decir nada más, se lanzó de cabeza en ella, convirtiéndose de nuevo en una pequeña mosca, que fue a posarse directamente en la puerta de los tejadillos. Desde allí oyó jadear a la monstruo, que en aquel mismo instante estaba ordenando a sus servidoras:
- Traed algo de comida para las ofrendas. No importa que sea vegetariana o no. Voy a pedir al Cielo y a la Tierra que sean respectivamente mi casamentera y mi testigo, porque estoy decidida a casarme con ese monje, cueste lo que cueste.
- ¡Está visto que este monstruo no tiene vergüenza! - se dijo el Peregrino, sonriendo -. ¡No os digo más que tiene escondido en sus aposentos a un monje! En fin, no conviene precipitar las cosas. Voy a ver qué es lo que hay por ahí dentro - y se dirigió volando a lo largo del pasillo orientado hacia el este. El maestro estaba sentado en la habitación del fondo, llorando como una muchacha. El Peregrino se posó directamente en su cabeza y le preguntó -: ¿Me oís bien, maestro?
- ¡Maldito mono! - exclamó él con cierto desprecio, al reconocer su voz -. ¡No eres más que un valiente de pacotilla! ¡A ti todas las energías se te van por la boca! ¿Qué has adelantado con destrozar todos los cuencos y platos con tus dichosas metamorfosis? Lejos de disminuir, la lascivia de la monstruo ha aumentado y ha ordenado preparar un banquete cualquiera para poder copular conmigo cuanto antes. ¿Quieres decirme qué es lo que voy a hacer ahora?
- No os enfadéis así, por favor - suplicó el Peregrino, tratando de tranquilizarle -. Sabéis que he venido a liberaros.
- ¿Cómo piensas hacerlo? - preguntó el monje Tang.
- Al venir para acá - respondió el Peregrino -, he visto que hay un jardín en la parte de atrás. Llevad allí a la monstruo y os pondré entonces en libertad.
- ¿Cómo piensas hacerlo? - repitió, insistente, el monje Tang.
- Cuando entréis allí con ella - respondió el Peregrino -, llevadla hasta los melocotoneros. Yo me habré posado previamente en una de las ramas y me habré transformado en el melocotón más rojo que podáis imaginar. Haced como si desearais refrescaros la boca y arrancadme con cuidado del árbol. Sin duda alguna, también ella querrá coger otro melocotón. Tratad de impedírselo, ofreciéndole el vuestro, En cuanto me muerda, entraré en su estómago y le destrozaré las entrañas, haciéndole incluso un agujero en la barriga. De esa forma quedaréis libre y no volverá a molestaros jamás.
- Si eres capaz de realizar semejantes proezas - objetó Tripitaka -, ¿por qué, en vez de meterte en su cuerpo, no luchas con ella?
- Me temo que habéis perdido el sentido de la realidad, maestro - replicó el Peregrino -. Si se pudiera entrar o salir con más facilidad de esta caverna, tened la seguridad de que mediría mis armas con las suyas. Desgraciadamente, no es ésa la situación. Además, en cuanto me vean mover un dedo contra ella, todas sus sirvientas se me echarán encima, haciendo peligrar el éxito de nuestra empresa. ¿No os parece que es mucho mejor que haga uso de la astucia?
- De acuerdo - reconoció Tripitaka, sacudiendo la cabeza -, pero no te apartes de mí ni un minuto.
- ¿Cómo voy a hacerlo, si estoy posado sobre vuestra cabeza? - contestó el Peregrino. Tripitaka se levantó entonces del asiento y, apoyándose contra las jambas de la puerta, gritó:
- Señora, ¿os importaría venir un momento?
- ¿Qué deseáis, hombre maravilloso? - preguntó la monstruo, presentándose en seguida con la más seductora de sus sonrisas.
- Desde que abandoné Chang-An y emprendí esta aventura camino del oeste, raro ha sido el día que no he escalado una montaña o vadeado un río - contestó Tripitaka -. No es extraño, por tanto, que el otro día, cuando dormí en el Monasterio Pacificador de los Mares, cogiera un catarro espantoso. Afortunadamente, hoy me encuentro mucho mejor. Quizás sea debido a que he sudado más que otros días. Debo agradeceros que me hayáis traído a esta espléndida mansión, aunque la verdad es que, después de llevar todo el día encerrado, vuelvo a sentirme un poco mareado. ¿Hay por aquí cerca algún lugar en el que pueda tomar un poco el aire?
- Si queréis tomar el fresco - respondió la monstruo, visiblemente complacida -, podéis dar  un  paseo  conmigo  en  el  jardín  del  palacio.  Abrid  las  puertas  -  ordenó  a  sus sirvientas, levantando la voz - y limpiad bien los senderos.
La monstruo tomó de la mano al monje Tang y le arrastró fuera de la habitación. Casi inmediatamente les salió al encuentro un grupo de diablesas con el rostro empolvado, el cabello empapado en aceite y el andar coqueto e insinuante. Picadas por la curiosidad, rodearon al monje Tang y se dirigieron directamente hacia el jardín. El maestro se sentía incómodo entre aquel tumulto de satenes y seda. Le abrumaban de tal forma los bordados, que prefirió hacerse el sordo y el mudo, esforzándose por pensar únicamente en Buda, a quien servía con toda la fuerza de su mente y su corazón. Resultaba fácil comprender que nadie que se abandonara a los placeres del vino y el sexo podría jamás conseguir las escrituras sagradas. Al llegar a la puerta del jardín, la monstruo se inclinó sobre el hombro del maestro y le susurró dulcemente al oído:
- Diviértete todo lo que puedas. Todo cuanto ves está pensado para tu descanso - y entraron de la mano.
El monje Tang levantó tímidamente la cabeza y descubrió que se trataba de un lugar francamente encantador. Los senderos que lo cruzaban, cubiertos todos ellos de una espesa alfombra de musgo, serpenteaban a placer entre los pabellones de ventanas de seda y paredes a base de biombos llenos de bordados. Cuando se levantaba la brisa, la seda se estremecía y los damascos vibraban, como queriendo lanzarse al vuelo. La lluvia había dado vida al manto de vegetación que se extendía a los pies del pabellón. El sol calentaba con tal fuerza los melocotones, que habían adquirido una coloración roja como la de las faldas de las inmortales. Parecían, de hecho, sayas colgadas a secar. La luna, por su parte, había pintado de verde toda la extensión del jardín, que, al ser mecido por el viento, hacía pensar en un enorme abanico sacudido por una diosa. A lo largo de los muros que lo delimitaban, se levantaban hileras interminables de sauces, desde los que lanzaban su canto las oropéndolas. Infinidad de mariposas revoloteaban entre el rojo encendido de los ciruelos. Colocadas estratégicamente se veían unas grutas artificiales a cual más bella. Llamaban particularmente la atención la de los aromas, la de las mariposas nocturnas, la de la resaca y la del amor, encima de la cual se levantaba un pequeño pabellón de cortinajes rojos recogidos con ganchos que recordaban los bigotes de las langostas. Dignos, igualmente, de mención eran los templetes, entre los que sobresalían el de la alegría, el de la pureza, el de las cuatro estaciones y el empleado para  maquillarse.  Todos  poseían  una  delicada  estructura  y  mostraban,  orgullosos, grandes placas con inscripciones y poemas. A los pies de cada uno de ellos se abría invariablemente el misterio de un estanque. Aunque su número era muy elevado, destacaban el que usaban las garzas para bañarse, el de lavar copas, el de contemplar la luna y el de alisar el cabello. En ellos los cuerpos de plata de los peces brillaban, como relámpagos reflejados sobre el mar, entre los juncos y las praderas de lotos. Todo el espacio estaba salpicado por una red de hornacinas, entre las que sobresalían la de la flor negra, la del bienestar, la de las nubes. En ninguna de ellas faltaban ofrendas de vinos dulzones, que dejaban escapar su aroma expuestos en copas y botellitas de jade. Delante de los estanques y los templetes se apreciaban rocas de todas las formas y tamaños, algunas tan peculiares como las procedentes del Lago Tai, otras de un intenso color morado, las que usaban los loros para posarse y las que habían pulido los ríos de Sechuan. Al pie de todas ellas crecían juncos tan férreos como los bigotes de los tigres. A derecha e izquierda de las grutas y hornacinas se elevaban colinas artificiales, tales como la de los biombos de martín pescador, la del viento, la de jade y la del agárico, en las que crecían espesos bosquecillos de bambúes tan frondosos como colas de fénix. Pero si delicada era su forma, no lo eran menos las de los trenzados que servían de soporte a las enredaderas y a las flores de azafrán. Vistas desde lejos, parecían cortinas de seda bordadas, cosa que también podía decirse del templete de los pinos y cipreses, del de las magnolias y del de las rosas, que estaban colocados uno enfrente del otro. La gruta de las peonías, por su parte, mostraba orgullosa el crepúsculo de sus hojas rojizas, marcando un claro contraste con el blanco luminoso de los jazmines, cuya belleza no decaía jamás. Era tal la delicadeza de las magnolias salpicadas por el rocío, que se tenía la impresión de que formaban parte de un cuadro, mientras que el rojo de los hibiscos parecía haber brotado con la única finalidad de ser cantado en un poema. Nada tenía que envidiar aquel paisaje al de Peng-Lai o al de Lang-Yüen. A tan espléndido jardín únicamente  le  faltaban  capullos  de  jade,  ya  que  el  color  amarillo  de  sus  peonías superaba al de las de los Yao y el rojo de sus magnolias al de las de los Wei [2].
A pesar de tan sin par belleza, el maestro apenas pudo disfrutar de tantas flores y plantas exóticas como se veían por doquier. Le molestaba el contacto de la mano de la monstruo, que no le soltó en ningún momento. Después de dejar atrás todos aquellos templetes y estanques, se fueron adentrando poco a poco en el huerto de los melocotoneros. El Peregrino le dio un picotazo al maestro en la cabeza y éste cayó en la cuenta de que había llegado el momento de actuar. Sin pérdida de tiempo, el Gran Sabio se posó en una rama y, sacudiendo ligeramente el cuerpo, se convirtió en un espléndido melocotón rojo. El maestro se volvió entonces hacia la monstruo y le dijo:
- El aroma de este huerto, señora, es tan intenso, que las abejas rivalizan por venir a libar en él y los pájaros se pelean por sus frutos. ¿Cómo es posible, además, que los melocotones de este árbol sean verdes y rojos a la vez?
- Cuando al Cielo le falta el yin y el yang - explicó la monstruo, sonriendo complacida -, el sol se apaga y la luna pierde su fulgor. Lo mismo le sucede a la Tierra: cuando el yin y el yang desaparecen, los principios masculinos se confunden con los femeninos y no hay forma de distinguirlos. Eso se aplica también a este árbol. La parte del melocotón a la que le da el sol madura primero y, por eso, está roja, mientras que la que se mantiene a la sombra no recibe la misma cantidad de calor y continúa verde durante mucho más tiempo. Todo se explica por la acción del yin y el yang.
- Gracias por decírmelo - contestó Tripitaka -. He de reconocer que los monjes no estamos muy versados en estas cosas - y, alargando la mano, arrancó un melocotón rojo. La monstruo imitó su gesto y cogió otro verde. Tripitaka inclinó levemente la cabeza y le ofreció el suyo, diciendo:
- Veo, señora, que sois muy amante de los colores. Os suplico, por tanto, que aceptéis este melocotón rojo. Si no os importa, yo me quedaré con el verde.
- ¡Qué hombre más extraordinario! - se dijo la monstruo, aceptando su proposición -. Aún no estamos casados y ya se muestra tan cariñoso conmigo.
Eso hizo que se portara más mimosa todavía con el monje Tang, que en seguida empezó a comer el melocotón verde. Para no desairarle, abrió sus labios de cereza y se dispuso a dar al suyo un mordisco con sus delicados dientes de plata. Desgraciadamente, el Peregrino poseía un natural muy inquieto y, antes de que le hubiera hincado el diente, dio un salto y se coló por su garganta, camino del estómago. La monstruo se puso a temblar y dijo a Tripitaka, muy asustada:
- ¡Este melocotón es muy extraño! ¿Cómo es posible que me lo haya tragado, sin haberlo mordido siquiera?
- Me figuro, señora - respondió Tripitaka -, que las frutas maduras se tragan con más facilidad que las que todavía no lo están.
- Sí, pero el caso es que me he comido también la pepita - objetó la monstruo -. Es algo que no había hecho jamás hasta hoy.
- Todo es producto de vuestro buen humor - dijo Tripitaka -. Estoy convencido de que la alegría os ha abierto el apetito. Eso explica que ni siquiera hayáis echado fuera la pepita.
- ¡No perdáis el tiempo con ella, maestro! - gritó el Peregrino desde el interior de su estómago -. ¡Acabo de cumplir mi objetivo!
- Por lo que más quieras - le suplicó Tripitaka -, no seas muy brusco con ella.
- ¿Se puede saber con quién estáis hablando? - preguntó la monstruo, sorprendida.
- Con mi discípulo Sun Wu-Kung - contestó Tripitaka.
- ¿Y dónde se encuentra ese tal Sun Wu-Kung? - volvió a preguntar la monstruo.
- En el interior de vuestro estómago, por supuesto - explicó Tripitaka -. Era ese melocotón rojo que os acabáis de comer.
- ¡Esto es el fin! - gritó, aterrada, la monstruo -. Si ese mono se ha metido dentro de mi barriga, quiere decir que no voy a tardar mucho en morir. ¿Qué es lo que pretendes al esconderte en el interior de mi cuerpo?
- No gran cosa - respondió el Peregrino con cierto desprecio -. Sólo devorarte las seis hojas del hígado y de los pulmones y los tres pelos y los siete agujeros del corazón [3]. Cuando haya acabado con tus cinco órganos, ya puedes prepararte para convertirte en un simple espíritu.
Al oír eso, la monstruo se puso a temblar de tal forma, que, sin saber lo que hacía, se abrazó al monje Tang y dijo:
- Yo pensé que desde siempre estábamos destinados el uno para el otro, poseyendo la misma unidad de sentimientos que el pez y el agua en la cual nada. ¿No fenecen, acaso, los pájaros, cuando los separan de su pareja? Nuestro amor se ha ahogado, apenas iniciado, como el sabio Wei en el Puente Azul, cuando creció la marea [4]. Nuestro encuentro ha resultado tan inútil como las volutas de incienso que se disipan en el interior de los templos [5]. A pesar de estar hechos el uno para el otro, se nos obliga ahora a separarnos para siempre. ¿Cuándo llegará el día en que vuelva a conversar con vos?
Al oírla hablar de esa forma, el Peregrino temió que el maestro pudiera dejarse llevar otra vez por la lástima y empezó a hacer travesuras dentro del estómago de la monstruo, saltando y dando terribles puñetazos a diestro y siniestro. El dolor se hizo tan insoportable, que la mujer terminó dejándose caer al suelo, incapaz por completo de seguir hablando. El Peregrino malinterpretó su silencio, creyendo que ya había muerto y dejó de golpearla. Pero ella se repuso en seguida y, tomando aliento, gritó:
- ¿Dónde os habéis metido, sirvientas mías?
Para no ser indiscretas, nada más entrar en el jardín, las muchachas se marcharon cada cual por su lado, unas a recoger flores, otras a jugar entre los árboles o a perseguirse entre las grutas. Sabían que su señora deseaba estar a solas con el monje Tang y no se atrevieron a molestarla. Cuando oyeron, sin embargo, sus gritos, corrieron en su ayuda y la encontraron revolcándose por el suelo de dolor, con el rostro pálido y gimiendo lastimosamente. Sin saber qué hacer, la rodearon, asustadas, y le preguntaron:
- ¿Qué os ocurre, señora? ¿Es que, acaso, estáis enferma del corazón?
- ¡No! - respondió la monstruo -. Lo único que puedo deciros es que tengo a alguien dentro del estómago. No preguntéis más y llevaos de aquí al monje Tang. Es la única forma de que pueda seguir con vida.
Las muchachas se abalanzaron sobre el maestro y trataron de llevárselo a la fuerza, pero el Peregrino gritó desde dentro de la barriga de la mujer:
- Como te atrevas a mover tu mano contra el maestro, te juro que acabaré contigo. Si deseas seguir viviendo, lo que tienes que hacer es sacarle de esta caverna y dejarle en libertad. Te prometo que, en cuanto lo hayas hecho, dejaré de atormentarte.
Lo que más preocupaba a la monstruo en aquellos momentos era, por supuesto, salvar la vida y, poniéndose de pie con no poco esfuerzo, cargó con el monje Tang a la espalda y se dirigió hacia la salida de la caverna. Las muchachas corrieron detrás de ella, gritando:
- ¿Adonde vais, señora?
- A sacar de aquí a este tipo - respondió la monstruo -. Si conseguimos detener el curso de la luna por encima de los lagos, podremos arrojar de nuevo las redes. Quiero decir que, si este monje se niega a casarse conmigo, ya encontraré por ahí a otro - y, montando en una nube luminosa, no tardó en llegar a la boca de la caverna.
- ¡Wu-Kung! - gritó el maestro al acercarse -. Creo distinguir un fragor de armas ahí fuera.
- Debe de ser Ba-Chie con su rastrillo - contestó el Peregrino ¦ Llamadle, para que no os dé con él en la cabeza.
- ¡Ba-Chie, soy yo! - gritó Tripitaka en seguida.
- ¡Bonzo Sha, ahí viene el maestro! - exclamó Ba-Chie, al oírle, y retiraron el báculo y el rastrillo, para que pudiera salir la monstruo con el monje Tang.
Fue así cómo, obrando desde dentro, el Mono de la Mente consiguió dominar a un monstruo, al tiempo que el Suelo y la Madera dieron la bienvenida al monje Sabio, guardando celosamente la entrada.
No sabemos si el monstruo consiguió salvar la vida o no. El que desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se brindan en el siguiente capítulo.

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[1]Especie de cuajada hecha con legumbres, particularmente soja, muy apreciada por los orientales por su alto contenido proteínico

[2]Según el tratado de las peonías escrito por Ou Yang-Hsiou, existen treinta y seis variedades de dicha flor. Los nombres que se les aplican dependen tanto del lugar donde crecen como de las familias que las cultivan.

[3]El Nan-Ching afirma que el corazón tiene en el centro siete agujeros y tres pelos.

[4]Referencia a una leyenda, según la cual un literato del reino de Wei concertó con su amada una cita debajo de un puente. La muchacha no se presentó, pero él no se movió del sitio y pereció ahogado cuando la marea subió.

[5]Alusión al hecho de que Tsuei Ying-Ying, personaje del Romance de la cámara occidental, conociera a su amante en un tiempo budista.