Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

El Mono de la Mente desenmascara al monstruo en el Monasterio Pacificador de los Mares. Los tres discípulos buscan al maestro en el Bosque de Pinos.


Decíamos que Tripitaka y sus discípulos llegaron al Monasterio del Zen Pacificador de los Mares, donde tomaron una espléndida cena vegetariana preparada por los lamas que habitaban en él. Después de que hubieron comido, sirvieron también a la muchacha unas cuantas viandas. Para entonces era ya noche cerrada y se habían encendido las lámparas en los aposentos del guardián. Los lamas se apelotonaban en filas en su interior, deseosos tanto de averiguar las razones que habían movido al monje Tang a ir en busca de las escrituras como de echar alguna que otra mirada furtiva a la muchacha. Tripitaka se volvió hacia el lama de mayor dignidad y le preguntó:
- ¿Tendríais algún inconveniente en explicarnos cómo es el viaje que aún nos queda por recorrer, una vez que hayamos abandonado vuestro muy dignísimo monasterio?
El lama se echó en seguida rostro en tierra y el maestro se apresuró a levantarle del suelo, diciendo, sorprendido:
- ¿A qué viene tanto ceremonial? Os he preguntado simplemente por el camino que todavía nos resta por andar. Levantaos, por favor.
- El sendero que habréis de seguir mañana - respondió el lama - es bastante llano y regular y, si yo fuera vos, no me preocuparía en absoluto por él. Existe, sin embargo, un asunto bastante embarazoso del que quisiera hablar con vos antes de nada. En realidad, quise hacerlo tan pronto como entrasteis por esa puerta, pero temí que pudierais tomarlo a mal y decidí dejarlo para más adelante. Ahora, sin embargo, que habéis participado de nuestra mesa, creo que ha llegado el momento de abordarlo directamente. Teniendo en cuenta el larguísimo camino que lleváis recorrido, doy por sentado que estaréis muy cansado. Lo justo sería que pasarais la noche en estos aposentos, pero existe el problema de la joven bodhisattva que viaja con vos pues, francamente, no sé dónde alojarla.
- Os ruego que no penséis mal de nosotros - contestó Tripitaka -. A esta muchacha la hemos encontrado hoy mismo en el bosque de pinos atada a un árbol. Sun Wu-Kung, el mayor de mis discípulos, se negó obstinadamente a salvarle la vida, pero yo me dejé llevar de la compasión y decidí llevarla con nosotros, hasta que encontremos algún lugar en el que pueda quedarse. No tengo ningún inconveniente en que duerma donde buenamente queráis vos.
- Puesto que os mostráis tan amable y generoso - replicó el lama -, me gustaría que pasara la noche en el Salón del Devaraja. Le prepararemos un lecho de pajas justamente detrás de la imagen y así podrá dormir con toda tranquilidad.
- Me parece muy bien - asintió Tripitaka y los lamas más jóvenes llevaron a la muchacha a la parte de atrás del monasterio. Todos los demás se marcharon, tan pronto como el maestro les dio las buenas noches -. Es conveniente que también tú descanses un poco - dijo Tripitaka a Wu-Kung -. Cuanto antes nos acostemos, antes nos levantaremos.
Los cuatro se tumbaron en el mismo sitio. Estaban dispuestos a proteger al maestro costara lo que costara y no se aventuraron a apartarse de su lado. La noche se fue haciendo cada vez más cerrada. La luna se elevó, majestuosa, por encima del horizonte y el silencio se fue apoderando, poco a poco, del monasterio [1]. Ni uno solo de los monjes osó turbar la paz que florecía por doquier. Mientras los tambores de la torre marcaban, con su estridencia, el paso de las vigías, las constelaciones brillaban cada vez con más intensidad, como si estuvieran hechas de plata. De momento, no hablaremos más de los monjes ni de cómo fue transcurriendo la noche.
Sí lo haremos, sin embargo, del Peregrino, que, tan pronto como empezó a clarear, despertó a Ba-Chie y al Bonzo Sha, para que prepararan el equipaje y el caballo. El maestro estaba todavía dormido y el Peregrino tuvo que despertarle, diciendo:
- Levantaos. Es hora ya de partir.
El maestro levantó un poco la cabeza, pero no respondió.
- ¿Qué os pasa? - preguntó el Peregrino, alarmado.
- No lo sé - contestó el maestro -. Tengo la cabeza pesada, no puedo abrir los ojos y me duele todo el cuerpo.
Ba-Chie se apresuró a tocarle la frente y descubrió que tenía fiebre.
- Ya sé lo que os pasa - afirmó el Idiota -. Ayer, al ver que el arroz era gratis, comisteis más de la cuenta y dormisteis con una manta por encima de la cabeza. No hay cosa mejor para agarrar una indigestión.
- ¡Tonterías! - exclamó el Peregrino -. Dejemos al maestro que nos explique qué es lo que realmente ha ocurrido.
- He debido de coger frío - dijo Tripitaka -. Ayer por la noche me levanté a hacer mis necesidades y me olvidé de ponerme el gorro.
- Es probable - admitió el Peregrino -. ¿Creéis que podréis viajar?
- ¿Cómo voy a montar en el caballo, si ni siquiera puedo sentarme? - protestó Tripitaka -. De todas formas, tampoco me gustaría demorar el viaje por una cosa tan tonta.
- No deberíais decir eso - le regañó el Peregrino -. Como muy bien afirma el proverbio, "entre un maestro y un padre no existe la menor diferencia". Eso ni más ni menos quiere decir que ahora somos vuestros hijos. Ya sabéis lo que afirma otro dicho: "No es necesario criar a tus hijos en la abundancia para que te traten con cariño y consideración". Si no os sentís bien, no se hable más. Nos quedaremos aquí los días que sean necesarios. ¿Qué hay de malo en ello?
Los tres se volcaron sobre el maestro con tal dedicación, que apenas se dieron cuenta de que, por fin, había terminado de amanecer, había caído la tarde y, de nuevo, había vuelto a hacerse de noche, para clarear con la misma rapidez que el día anterior. De esta forma, pasaron dos días. Al tercero el maestro se sentó, por fin, en el lecho y dijo a Wu- Kung:
- Me he sentido tan mal estos días atrás, que ni siquiera te he preguntado por esa joven bodhisattva que rescatamos en el bosque. ¿Se ha preocupado alguien de darle de comer?
- ¿A qué viene preocuparse ahora por ella? - replicó el Peregrino, soltando la carcajada -. De lo único que debierais ocuparos es de recuperar cuanto antes la salud.
- Tienes razón - reconoció Tripitaka -. Ayúdame a incorporarme y tráeme un pincel, papel y tinta. Si no lo encuentras por ahí, vete a pedírselo a los lamas del monasterio.
- ¿Puede saberse para qué lo queréis? - preguntó el Peregrino.
- Deseo escribir una carta, en la que pienso incluir nuestro documento de viaje - contestó el maestro -. La llevarás personalmente a Chang-An y solicitarás una entrevista con el Emperador Tai-Chung.
- No hay cosa más fácil - se apresuró a decir el Peregrino -. Es posible que en otros asuntos haya mucha gente que me aventaje, pero en eso de llevar cartas os aseguro que no hay nadie mejor que yo. De un salto, me presentaré en Chang-An y se la entregaré al señor de los Tang. Pero no os preocupéis, porque estaré de vuelta antes de que se os haya secado el pincel. De todas formas, ¿cómo se os ha ocurrido, así, de repente, escribir una carta? Si no os importa, me gustaría saber qué es lo que pensáis decir en ella.
- Lo que quiero decir - respondió el maestro con lágrimas en los ojos - es lo siguiente: "Vuestro súbdito inclina tres veces seguidas su cabeza ante vos y os hace llegar sus más vivos deseos de prosperidad y larga vida. Es mi deseo que esta carta sea leída en presencia de todos los dignatarios, tanto civiles como militares, y que no se quede ni uno solo de los nobles sin conocer su contenido. Abandoné las Tierras del Este, por mandato expreso del emperador, con la esperanza de entrevistarme con Buda en la Montaña del Espíritu. No podía imaginar entonces las innumerables pruebas por las que había de pasar ni la interminable lista de sufrimientos a los que había de estar sometido. La enfermedad se ha abatido ahora sobre mí con tal saña, que me resulta imposible seguir adelante. Las puertas del Palacio de Buda se me antojan en este momento tan lejanas como las de los Cielos. Todos mis esfuerzos han resultado en vano, ya que he agotado mi vida en ese loco empeño de ir en busca de las escrituras. Os suplico, pues, que busquéis a otra persona más digna que yo y carguéis sobre sus hombros una responsabilidad tan pesada".
Al oírle hablar de esa forma, el Peregrino rompió a reír como un loco y, al final, concluyó:
- Eso es todo producto de la debilidad. ¿A qué viene llevar hasta esos extremos una enfermedad que no reviste la menor gravedad? Aun en el caso de que se convierta en un asunto de vida o muerte, lo único que tenéis que hacer es decírmelo e inmediatamente descenderé al Reino de las Sombras a preguntar, enfurecido: ¿A qué Rey de las Tinieblas se le ha ocurrido tomar una decisión tan equivocada? ¿Quién, entre el número de los Jueces Infernales, ha osado emitir una orden tan intempestiva? ¿A cuál de los mensajeros de la muerte le ha cabido el deshonor de venir a comunicar tan nefasta proclama? Si se niegan a ofrecerme una respuesta satisfactoria, soy capaz de perder la paciencia y de arrasar el Reino de las Sombras con la misma facilidad con que en su día sumí el Palacio Celeste en una confusión total y absoluta. Os prometo que, en cuanto eche mano a esos Diez Reyes de la Muerte, les arrancaré uno a uno los tendones y no pararé hasta que no haya acabado con todos ellos.
- No hables de esa forma tan grandilocuente, por favor - le pidió Tripitaka -. ¿Por qué no admites, de una vez, que estoy enfermo de gravedad?
- No te entiendo - regañó Ba-Chie al Peregrino, acercándose a ellos -. El maestro dice que se encuentra muy mal y tú te empeñas en negarlo. Esto se está volviendo cada vez más complicado. Creo que deberíamos vender el caballo y repartirnos el equipaje. Así dispondríamos de dinero para el funeral y no tendríamos que separarnos muertos de vergüenza por no haber cumplido, como debíamos, con nuestras obligaciones.
- ¡Otra vez diciendo esas tonterías! - se quejó el Peregrino -. ¿Por qué te empeñas en no creer que el maestro sea el segundo discípulo de Tathagata, el Venerable Cigarra de Oro, que fue castigado a sufrir todas estas calamidades, por no atender debidamente a las explicaciones de la Ley?
- ¿No te parece que ya ha sufrido bastante por ello? - replicó Ba-Chie -. No sólo se ha reencarnado en las Tierras del Este, un lugar donde reina la calumnia y domina la difamación, sino que, después de prometer que iría a visitar a Buda y a conseguir las escrituras sagradas, se ha visto sometido a toda clase de afrentas por parte de los monstruos y demonios con los que se ha encontrado. ¿Es que no es suficiente que le hayan atado y colgado de las vigas? ¿Por qué tiene que estar sujeto también a la tiranía de la enfermedad?
- Quizás no lo sepas - contestó el Peregrino -, pero el maestro se quedó dormido, mientras Buda explicaba la Ley. Eso le hizo balancearse hacia un lado y, con el pie izquierdo, machacó un grano de arroz. A eso precisamente obedece que haya pasado tres días enfermo en esta Región Inferior.
- ¡Pues estamos frescos! - exclamó Ba-Chie, asustado -. Con la cantidad de comida que tiro cuando como, ¡sólo el Cielo sabe cuántos años de cama me aguardan a mí!
- Pareces olvidar - le recordó el Peregrino - que a Buda no se le escapa absolutamente nada. Como suele decirse, el arroz se planta cuando el calor es más intenso y crece con el sudor de quien lo cuida. ¿Por qué olvida, entonces, quien lo come el sufrimiento que se esconde detrás de cada grano? Al maestro le queda aún un día de cama. Te aseguro que mañana se encontrará mejor. Ya lo verás.
- He de reconocer que hoy me siento bastante más aliviado que ayer - admitió Tripitaka -, pero tengo una sed devoradora. ¿Os importaría traerme un poco de agua?
- ¡Eso está mejor! - exclamó el Peregrino -. Eso es señal de que la mejoría no tardará en llegar. Si no os importa, me gustaría ir a por el agua - y, cogiendo la escudilla de las limosnas, se dirigió a la parte de atrás del monasterio.
Allí se encontró con unos lamas con los ojos totalmente rojos, aunque, según parecía, les deba vergüenza llorar a lágrima viva y sólo se contentaban con sollozar.
- ¿Se puede saber por qué estáis tan tristes? - les preguntó el Peregrino -. Es verdad que llevamos con vosotros más tiempo del que habíamos previsto, pero os aseguro que, cuando nos vayamos, os pagaremos todo el arroz y la leña que habéis gastado con nosotros. No comprendo cómo podéis comportaros de una forma tan poco hospitalaria.
- ¡El cielo nos libre! - exclamaron los lamas, echándose en tierra y más turbados, incluso, que antes.
- ¿Qué queréis decir con eso? - volvió a preguntar el Peregrino -. No, no. Mejor es que no me lo digáis. Comprendo que el monje del morro alargado tiene un apetito feroz y no me extrañaría nada que hubiera acabado con todas vuestras reservas.
- En este monasterio - explicó uno de los lamas - somos más de cien religiosos de todas las edades y puedo aseguraros que con lo que come uno de nosotros en un solo día podríamos alimentaros a todos vosotros durante más de tres meses. ¿Cómo vamos a negaros lo poco que hasta ahora nos habéis gastado?
- Entonces - insistió el Peregrino -, ¿se puede saber por qué estáis llorando?
- Porque estamos seguros de que se nos ha colado en el monasterio un monstruo terrible - respondió otro de los lamas -. Hace dos noches dos de los más jóvenes subieron a la torre a tocar el tambor y la campana y no volvieron a bajar. Por la mañana encontramos en el jardín de atrás sus sombreros y sus sandalias, pero de ellos no había ni rastro. Mejor, de todas formas, hubiera sido no haberlos encontrado, porque, cuando hallamos sus esqueletos, no tenían encima ni un pedacito de carne. Cuesta trabajo admitirlo, pero en los tres días que lleváis en nuestro monasterio hemos perdido a seis hermanos. Por ellos precisamente estamos llorando aquí escondidos. Quizás deberíamos habéroslo dicho, pero no nos atrevíamos a molestaros con nuestros problemas, sabiendo, además, que vuestro maestro se encuentra muy enfermo.
Al oír tan desconcertantes nuevas, el Peregrino no supo qué responder. Pronto cayó, sin embargo, en la cuenta de lo que pasaba y dijo:
- No es necesario que me contéis nada más. Está claro que hay un demonio entre nosotros. Si no os importa, me gustaría realizar ciertas investigaciones.
- Hay dos clases de monstruos - replicó otro de los lamas -: los que carecen de poderes espirituales y los que se elevan por encima de las nubes, llegando, incluso, a entrar y salir a su antojo del Reino de las Tinieblas. Los antiguos lo decían con toda claridad: "No creas en la honradez del que se tiene por honrado y desconfía de las malas maneras del que siempre obra con corrección". Perdonadme por lo que voy a deciros, pero, si conseguís liberar a este monasterio del azote de ese monstruo, nos sentiremos los hombres más felices del mundo. Si, por el contrario, fracasáis, todo habrá terminado para nosotros.
- ¡Qué quieres decir con eso! - exclamó el Peregrino, sorprendido.
- Aunque en este monasterio somos más de cien monjes - explicó el lama -, todos lo llevamos siendo desde que éramos niños. Eso explica que nos cortemos nosotros mismos el pelo y confeccionemos las túnicas que vestimos con nuestras propias manos. En cuanto amanece, abandonamos el lecho, nos lavamos la cara y nos dedicamos a nuestros rezos con las cabezas inclinadas y las palmas de las manos juntas. Al declinar el día, no escatimamos esfuerzos para quemar varillas de incienso y salmodiar una y otra vez el nombre de Buda. Con sumo respeto dirigimos nuestros cansados ojos hacia su imagen, sentada en lo más alto del loto de los nueve estrados, con la esperanza de ver aparecer,  en  su  espléndido  barco  de  la  misericordia,  al  incomparable  y  por  todos honrado Sakya de Jetavana [2]. Después inclinamos, una vez más, la cabeza y escudriñamos nuestros propios corazones. Nos esforzamos por no hacer ninguna de las cinco cosas prohibidas y tratamos de trascender el mundo que nos rodea, conscientes de que detrás de la infinita variedad de las formas y los fenómenos se esconden el vacío y la nada. Cuando nuestros benefactores vienen a visitarnos, tanto los viejos como los jóvenes, los altos como los bajos, los gordos como los flacos, hacemos sonar nuestros peces de madera y nuestras tablillas doradas y nos ponemos a recitar el Sutra del Loto o un fragmento del Cántico del Rey Liang [3]. Cuando no se hallan entre nosotros las personas que nos sustentan, lo mismo los nuevos que los antiguos, los conocidos que los que no se tratan, los iletrados que los sabios, juntamos las palmas de las manos, cerramos los ojos y nos sentamos a meditar en silencio sobre unas esterillas que extendemos a los pies de la luna [4]. No nos arrancan de nuestra concentración ni los cantos de las oropéndolas ni el trinar insistente de los pájaros. Simplemente carecen de lugar en el interior de nuestro misericordioso Mahayana. Con prácticas como éstas se comprende que no seamos capaces de atrapar tigres, doblegar dragones, derrotar monstruos o, incluso, reconocer a los demonios. Si vos no podéis hacerlo, mucho nos tememos que ese diablo se sienta enojado por vuestras pesquisas y acabe con todos nosotros de una sola vez, pues no es un secreto para nadie que ese tipo de bestias poseen un apetito insaciable. De esa forma, todos caeremos en la Rueda de la Transmigración, nuestro monasterio quedará totalmente destruido y no gozaremos de la gloria de Tathagata, cuando se siente en su trono de misericordia. ¿No os parecen suficientes desgracias para unos humildes lamas como nosotros?
Al oírles hablar de esa forma, la furia se encendió en el corazón del Peregrino y la ira brotó del centro mismo de sus riñones. Eso hizo que terminara perdiendo la paciencia y gritando:
- ¿Cómo podéis ser tan estúpidos? ¿Es que no sabéis más que hablar de ese monstruo?¿Acaso desconocéis las hazañas del Mono?
- Nos tememos que así es - reconocieron los lamas sin alterarse.
- En ese caso - concluyó el Peregrino -, dejadme que os las resuma y escuchad con atención. En la Montaña de las Flores y Frutos aprendí a domar tigres y a doblegar dragones. No contento con eso, ascendí al Palacio Celeste y lo sumí en una confusión total y absoluta. Acuciado por el hambre, tomé unas pastillas del elixir de Lao-Tse, no muchas, sólo dos o tres, y me las tragué tranquilamente. Lo mismo hice con el vino del Emperador de Jade, cuando me vi asaltado por la sed. Como quien no quiere la cosa, bebí seis o siete copas de tan preciado licor. Cuando abro mis ojos de pupilas de fuego, sale de ellos tal luminosidad, que el cielo se oscurece y hasta la luna pierde parte de su fulgor. Cargado con mi barra de los extremos de oro, una maravilla ni demasiado larga ni demasiado corta, voy donde buenamente me apetece, sin importarme que haya monstruos o que sus poderes sean tan altos como los cielos. Cuando me ven con ella, se echan a correr, temblando de miedo, en busca de un sitio donde esconderse. Saben que, en cuanto les dé alcance, van a terminar con el cuerpo partido por la mitad, o convertido en polvo o transformado en cenizas. No en balde posee los poderes mágicos de los Ocho Inmortales que cruzaron el mar. No os preocupéis, hermanos. Atraparé a ese monstruo, para que dejéis de preocuparos y comprendáis quién es el Mono.
Al oír semejante confesión, los lamas empezaron a sacudir la cabeza y a comentar entre sí:
- Aunque está claro que a este monje le gusta fanfarronear y hacer uso de expresiones grandilocuentes, por fuerza tiene que haber algo de cierto en eso que acaba de contarnos.
Todos empezaron a tratarle con gran respeto y dieron el visto bueno a su plan, menos el lama de mayor dignidad, que se opuso a que lo llevara a efecto, diciendo:
- Esperad un momento. Vuestro maestro aún no se ha recuperado del todo y opino que, antes de dedicaros a atrapar a esa bestia, deberíais volcar todos vuestros esfuerzos en lograr cuanto antes su curación. Como muy bien afirma el proverbio, "en los banquetes los príncipes comen o se emborrachan, mientras que en el campo de batalla los guerreros son heridos o mueren". Si os enfrentáis a ese monstruo, es posible que vuestro maestro se vea comprometido, de alguna manera, en la refriega, cosa nada aconsejable, habida cuenta de su estado.
- Tenéis razón - contestó el Peregrino -. Voy a llevarle un poco de agua. Pero no os preocupéis, que en seguida vuelvo.
Con el cuenco de las limosnas lleno hasta el borde, se despidió de los lamas y regresó a toda prisa a los aposentos del guardián.
- Maestro - dijo en tono jovial -, aquí tenéis el agua que he ido a buscar.
Tripitaka levantó la cabeza, se llevó el cuenco a la boca y tomó un trago muy largo. Se confirmó, así, que cuando uno está realmente sediento, una simple gota de agua supera en dulzura al mismo rocío y, cuando se aplica la medicina correcta, la enfermedad se desvanece como por arte de magia.
Al ver que el maestro iba recobrando las fuerzas y que su rostro se cubría del tinte sonrosado que siempre había tenido, el Peregrino le preguntó:
- ¿Queréis tomar un poco de caldo de arroz?
-  Esta  agua  fresquita  es  un  auténtico  elixir  -  afirmó  Tripitaka  -.  De  hecho, prácticamente ha hecho desaparecer la mitad de mi enfermedad. Creo que tomaré un poco de esa sopa que dices, si es que la hay, por supuesto.
- ¡El maestro se ha recuperado! - gritó el Peregrino, loco de contento -. ¿Cómo iba a querer tomar, si no, un poco de sopa de arroz?
Sus  gritos  alertaron  a  los  lamas,  que  a  toda  prisa  lavaron  el  arroz,  lo  cocieron, prepararon unos pocos tallarines, amasaron unos cuantos panecillos e hirvieron el caldo. Con esas viandas llenaron cuatro o cinco mesas, aunque el monje Tang sólo tomó medio cuenco de sopa de arroz. El Peregrino y el Bonzo Sha dieron cuenta de una de las mesas, mientras Ba-Chie engullía, una tras otra, las cuatro restantes. Después de recoger los palillos y de encender las lámparas, los lamas se retiraron a descansar.
- ¿Cuántos días llevamos aquí? - preguntó Tripitaka.
- Tres días enteros - respondió el Peregrino -. Mañana al anochecer se cumplirá el cuarto día.
- Eso quiere decir que nos hemos retrasado muchísimo - concluyó, preocupado, Tripitaka.
- No hay forma de saberlo - contestó el Peregrino -. Proseguiremos el viaje mañana mismo.
- Me parece muy bien - afirmó Tripitaka con decisión -. Aunque no me encuentre recuperado del todo, nos pondremos en camino al amanecer.
- En ese caso - concluyó el Peregrino -, tendré que capturar al monstruo esta misma noche.
- ¿Qué clase de monstruo te has propuesto atrapar esta vez? - exclamó Tripitaka, sobresaltado.
- Hay uno en este monasterio - afirmó el Peregrino -. Lo mejor será que le eche mano, antes de que prosigamos el viaje.
- Aún no he acabado de recuperarme y ¿ya estás otra vez tú con ésas? - se quejó Tripitaka -. Suponte que ese monstruo tiene unos poderes realmente extraordinarios y te cuesta atraparle más de lo que en un principio habías calculado. ¿No pondrás con eso en peligro nuestra empresa?
- ¡Cuidado que os gusta dejarme en mal lugar! - protestó el Peregrino -. ¿Cuándo me habéis visto fracasar a la hora de dominar monstruos? Reconozco que con algunos tardo más tiempo que con otros, pero la verdad es que siempre termino venciendo.
- El proverbio lo dice claramente - afirmó Tripitaka, agarrándole del brazo -: "Haz un favor, cuando puedas hacerlo; perdona a quien te ofende, siempre que te sea posible". ¿Puede compararse, acaso, la premura con la efectividad, o es más noble la tolerancia que la agresividad?
Al ver la pasión con la que el maestro se oponía a que terminara con el monstruo, el Gran Sabio Sun no tuvo más remedio que confesarle la verdad diciendo:
- No quería alarmaros, pero la verdad es que la bestia de que os hablo ha devorado ya a varios lamas.
- ¡¿A cuántos se ha comido?! - exclamó el monje Tang, aterrado.
- En los tres días que llevamos en este monasterio - respondió el Peregrino - ha acabado con seis de los lamas más jóvenes.
- Cuando muere una liebre - sentenció el maestro -, el zorro la llora, porque cada animal se lamenta por los de su misma especie. Si un monstruo ha devorado a varios lamas de este monasterio, no me queda más remedio que pedirte que lo atrapes, porque, para bien o para mal, también yo soy un monje. Eso sí: te aconsejo que tengas mucho cuidado.
- No será necesario - contestó el Peregrino -. Acabaré con él en un abrir y cerrar de ojos.
A la luz de las lámparas ordenó a Ba-Chie y al Bonzo Sha que cuidaran del maestro y, de un salto, abandonó los aposentos privados del guardián. Antes de llegar al edificio principal, levantó la vista y vio que el cielo estaba cuajado de estrellas, aunque la luna no había salido todavía. El edificio yacía en una oscuridad absoluta y tuvo que arrojar una bocanada de fuego inmortal que almacenaba en el interior de su cuerpo para encender el pebetero de cristal. Después hizo sonar la campana orientada hacia el este y, al cabo de unos segundos, la que miraba hacia el oeste. Todavía no se habían acallado las vibraciones del bronce, cuando sacudió ligeramente el cuerpo y se transformó en un joven lama de no más de doce o trece años. Vestido con una camisa de paño blanco y una túnica de seda amarilla, se puso a salmodiar escrituras, al tiempo que golpeaba sin cesar los dos trocitos de madera con forma de pez. Permaneció en el interior del edificio hasta la hora de la primera vigilia, pero no sucedió nada extraño a su alrededor. A la hora de la segunda vigilia, sin embargo, cuando la luna empezaba a elevarse por el horizonte, oyó el impresionante ulular de un viento huracanado. En su seno viajaba una niebla negruzca, que oscureció el cielo y pintó una mancha de tinieblas sobre la tierra. Era como si alguien hubiera vertido distraídamente sobre los cinco puntos cardinales un tintero o un cubo de pintura azul oscuro. Al principio se limitó a levantar remolinos de suciedad y polvo, pero pronto empezó a derribar tal cantidad de árboles, que la luna se puso a temblar de espanto. Soplaba con tanta violencia, que hasta la misma Chang-Er se tuvo que agarrar a su árbol y el conejo de jade se vio obligado a esconder su plato de hierbas. Los Nueve Planetas cerraron a toda prisa las puertas de sus palacios, cosa que también se vieron precisados a hacer los Reyes Dragón de los Cuatro Océanos, los dioses protectores de las ciudades y los espíritus que moran en los santuarios. Las divinidades que habitan en el aire fueron incapaces de mantenerse a flote por encima de las nubes y hasta los Reyes de Ultratumba buscaron el consuelo de sus servidores con cara de caballo, al tiempo que sus magistrados corrían, como locos, detrás de sus túnicas arrebatadas por el vendaval. Algunas de las piedras y rocas que arrastraba llegaron hasta la misma cumbre del Monte Kun-Lun, mientras los lagos y los ríos hervían con el tumulto de sus olas encrespadas. De pronto el viento amainó y se extendió por doquier un penetrante aroma de orquídeas. El Peregrino no tardó en percibir el tintineo que produce el jade al chocar entre sí. Intrigado, levantó la cabeza y vio acercarse a una muchacha realmente hermosísima.
- ¡E-li, e-la! - salmodió el Peregrino, haciendo como si estuviera repitiendo textos sagrados.
La muchacha se llegó hasta él y, abrazándole con cariño, le preguntó:
- ¿Qué clase de escrituras estáis salmodiando, pequeño maestro?
- Las que he prometido recitar toda mi vida - contestó el Peregrino.
- ¿Cómo es que estáis cantando, cuando todo el mundo se encuentra descansando? - volvió a preguntar la muchacha.
- ¿Por qué no habría de hacerlo, si he hecho un voto? - respondió el Peregrino. La muchacha le abrazó con más ternura que antes y, dándole un beso, sugirió:
- ¿Qué te parece, si vamos a la parte de atrás a divertirnos un poco? El Peregrino volvió la cara hacia un lado y dijo:
- Lo siento mucho, pero pareces un poco falta de luces.
- ¡¿Es que no sabes interpretar los rasgos de la cara?! - exclamó la muchacha.
- Un poco - reconoció el Peregrino.
- Entonces, léeme el rostro - suplicó la muchacha -. Desearía que me dijeras qué clase de persona soy yo.
- Puedo ver con toda claridad - mintió el Peregrino - que la familia de tu marido te ha echado de casa por ser coqueta y casquivana.
- ¡Es imposible que hayas visto semejante cosa! - protestó la muchacha -. Te has equivocado de medio a medio. Yo no soy ninguna casquivana a la que los suyos hayan expulsado de su hogar. Lo que ha ocurrido ha sido que, debido a las faltas cometidas durante una reencarnación anterior, fui entregada en matrimonio a un joven que no sabía nada de las cosas del amor y eso me ha movido a abandonarle esta misma noche. Pero, afortunadamente, la luz de la luna y de las estrellas me ha traído hasta vuestro lado, dando a entender que desde siempre hemos estado predestinados el uno para el otro. Vayamos al jardín de atrás y hagamos allí el amor.
- Así que esos estúpidos lamas - se dijo el Peregrino, sacudiendo la cabeza - se dejaron llevar por la lujuria y perdieron la vida como tontos. ¡Qué mujer! ¡Hasta a mí se ha propuesto seducirme! Perdonad, señora - añadió en voz alta -, pero soy todavía muy joven y no entiendo mucho sobre eso de hacer el amor.
- No importa - replicó la muchacha -. Sígueme y yo te enseñaré.
- Está bien - volvió a decirse el Peregrino, sonriendo -. La seguiré y veré qué es lo que realmente desea de mí.
Agarrados de la mano y con el brazo por encima del hombro, salieron del edificio principal y se dirigieron hacia el jardín de la parte de atrás. Cuando más distraído estaba, la muchacha le echó la zancadilla y el Peregrino cayó de bruces al suelo.
- ¡Cariño! - suspiró la muchacha, tratando como loca de agarrarle del pene.
- ¡¿Es que te has propuesto devorarme?! - exclamó el Peregrino, valiéndose de sus artes para hacerla caer también al suelo. A pesar de la violencia con que lo había hecho, la muchacha volvió a suspirar:
- Se nota que sabes tumbar a una dama.
- Si no la ataco ahora - se dijo el Peregrino -, jamás lograré doblegarla. Como muy bien afirma el dicho, "el que golpea el primero tiene más probabilidades de vencer; el que se retrasa en hacerlo, se expone a perder la vida".
Con las manos en las caderas, sacó el pecho cuanto pudo y, dando un salto, recobró la forma que le era original. Sin pérdida de tiempo, agarró la barra de los extremos de oro y descargó un golpe terrible sobre la cabeza de la muchacha. Hasta el monstruo se dijo, sorprendido ante semejante cambio:
- ¡Este joven lama es realmente extraordinario!
Abrió cuanto pudo los ojos y descubrió que su oponente era, en realidad, el mayor de los discípulos del monje Tang, en concreto ese que decía apellidarse Sun. Pese a todo, se repuso en seguida y se aprestó a hacerle frente. La muchacha poseía un rostro dorado y el cuerpo cubierto de una pelambre tan blanca como la nieve. Su palacio estaba situado en el interior de la tierra, donde hallaba todo el silencio y toda la seguridad que necesitaba. Durante trescientos años se había dedicado a las prácticas ascéticas, cosa que le había brindado la posibilidad de visitar en varias ocasiones la Montaña del Espíritu. Hubo un tiempo, pues, en el que sólo se alimentaba de flores y cera, hasta que fue expulsada del Reino de la Mente por el propio Tathagata. El Devaraja Li-Ching la adoptó, sin embargo, como hija y, así, se convirtió en hermana del Príncipe Nata. Nada tenía que ver, pese a todo, con el pájaro sagrado que se empeñó en llenar de cascotes los mares [5], ni con la tortuga que transporta sobre su concha la montaña de los inmortales [6]. Su valor era tal, que no tenía miedo a enfrentarse con la espada mágica de Lei-Huan [7] ni con la cimitarra de Lü-Chian [8]. Poseía, de hecho, energía suficiente para recorrer una distancia superior a la longitud de los ríos Han o Yang-Tse e, incluso, para saltar por encima de los montes Tai y Hang. ¿Quién podía pensar, al contemplar la dulzura y la belleza de su rostro, que se trataba simplemente del espíritu de un vulgar roedor? Consciente de sus extraordinarios poderes mágicos, tomó dos espadas y empezó a descargar golpes a derecha e izquierda. El fragor del acero al entrechocar con el hierro se extendió, como el resplandor de un rayo, tanto por el este como por el oeste. Aunque no cabía la menor duda de que el Peregrino era un luchador mucho más experimentado que la muchacha, le costó bastante trabajo dominarla. Se levantó, de golpe, un viento frío y pareció como si la luna menguante hubiera perdido todo su esplendor. Ése fue el momento en que la batalla adquirió su punto más álgido. El monasterio yacía en un silencio absoluto y los edificios ofrecían un aspecto triste y desolado, como si temieran la suerte que pudiera correr su paladín en la batalla que se estaba librando en el jardín de la parte de atrás. Tanto el Gran Sabio Sun, un inmortal de intachable moralidad, como la muchacha del pelaje blanco, una auténtica reina de la belleza, desplegaron toda la panoplia de sus extraordinarios poderes. Mientras la mujer trataba de dejar en mal lugar al bonzo, éste se esforzaba por deslumbrarla con la sola fuerza de su sabiduría. ¿Quién podía afirmar que aquélla fuera una joven bodhisattva, al verla blandir con tanta maestría sus dos temibles espadas? Afortunadamente, los ataques de la barra de los extremos de oro eran más feroces que el rostro de los espíritus que guardan las puertas de los infiernos. Al entrechocar, el acero lanzaba una auténtica lluvia de estrellas, mientras que el hierro emitía un fragor que recordaba el rolar del trueno. La violencia de la batalla alcanzó tales extremos, que los martines pescadores caían al suelo,atolondrados, los patos chocaban, desorientados, contra los muros de las casas y los palacios, los monos chillaban, espantados, al ver palidecer la luna de Sechuan, y los gansos gritaban, aterrados, bajo el inabarcable firmamento de Chou. A pesar de todo, los  dos  luchadores  exhibían  una  técnica  tan  perfecta,  que  los  dieciocho  arhats  no pudieron por menos de lanzar gritos de asombro, al tiempo que los treinta y dos devas se mostraban cada vez más preocupados. Lejos de perder vitalidad, los golpes del Gran Sabio iban ganando vigor por momentos. El monstruo comprendió que no iba a poder seguir resistiendo, pero no por eso dejó de combatir. Pronto ideó un plan y empezó a retroceder, cosa que hizo exclamar al Peregrino, furioso:
- ¿Se puede saber a dónde vas, puta maldita? ¡Ríndete de una vez y deja de recular!
Sin decir una sola palabra, el monstruo continuó cediendo terreno. Cuando el Peregrino estaba a punto de echarle mano, se quitó de un tirón la zapatilla de flores del pie izquierdo y, echando sobre ella una bocanada de aire mágico, gritó, al tiempo que recitaba un conjuro:
- ¡Transfórmate! - y al punto se convirtió en una copia tan perfecta de sí misma, que no le faltaban ni las espadas. De esa forma, pudo montar en el viento y escapar a toda prisa. La estrella de la desgracia no había dejado de brillar sobre la cabeza de Tripitaka y, al pasar por los aposentos del guardián del monasterio, la muchacha tuvo la feliz idea de arrebatarle en el torbellino en el que viajaba. Como una exhalación, se elevaron hacia las nubes y, en un abrir y cerrar de ojos, llegaron al Monte Atrapador del Vacío. Nada más entrar en la Caverna sin Fondo, la muchacha ordenó a sus sirvientas que prepararan un convite nupcial totalmente vegetariano, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos.
Sí lo haremos, sin embargo, del Peregrino, que continuó luchando contra el falso monstruo, hasta que logró asestarle un golpe, que le lanzó, dando tumbos, al suelo. Entonces fue cuando descubrió que había estado batiéndose con una vulgar zapatilla de flores. Comprendiendo en seguida lo que había ocurrido, corrió al lado de su maestro, pero, como había supuesto, no pudo encontrarle por ningún sitio. El Idiota y el Bonzo Sha estaban charlando tranquilamente, ajenos por completo a lo que había pasado. Sin pensar lo que hacía, el Peregrino levantó la barra de hierro y gritó, enloquecido:
- ¡Voy a acabar con vosotros dos, inútiles!
El Idiota estaba tan aterrado, que no sabía por dónde escapar. El Bonzo Sha, por su parte, dando muestras de una serenidad propia de un general de la Montaña del Espíritu, cargo que realmente ostentaba, se volvió hacia el Peregrino y, postrándose de hinojos, dijo:
- Ahora comprendo qué es lo que ocurre. Quieres acabar con nosotros, para volver tranquilamente al sitio del que partiste y no tener que liberar al maestro.
- Lo que voy a hacer - le corrigió el Peregrino - es mataros primero a los dos y después ir en su busca yo solo.
- ¿Cómo puedes decir una cosa así? - le echó en cara el Bonzo Sha, sonriendo -. Sin nosotros te encontrarás en la situación que describe el proverbio. Ya sabes a cuál me refiero. A ese que afirma: "Con una mano no se puede aplaudir, de la misma forma que sin hebras no hay ovillo". ¿Quieres decirme quién va a cuidar del caballo y del equipaje, cuando tú tengas que pelear? Es mejor que hagamos como Kwan y Bao [9], cuando dividieron las riquezas, o como Sun y Pang [10], cuando se enfrentaron a muerte. Como afirmaban los antiguos, "para atrapar un tigre se requiere la ayuda de gente de tu propia sangre, de la misma forma que, si quieres guerrear, lo que debes hacer es buscar tropas leales". ¿Qué vas a conseguir acabando con nosotros? Mañana por la mañana uniremos nuestros esfuerzos a los tuyos y, así, lograremos liberar antes al maestro.
Aunque el maestro poseía unos poderes mágicos realmente extraordinarios, tenía también un corazón muy sensible y, al ver al Bonzo Sha postrado a sus pies, dominó su enfado y dijo:
- Está bien. Levantaos. Mañana buscaremos la forma de dar con el maestro.
Al ver que, por esta vez, no iba a castigarle, el Idiota prometió al Peregrino, loco de contento:
- Yo me ocuparé de todo. Ya lo verás.
Con tanta excitación, apenas pudieron pegar ojo en toda la noche. Parecía como si con cada movimiento de cabeza que hacían pudieran adelantar la salida del sol o fueran capaces de barrer las estrellas del cielo con el ritmo impaciente de su respiración. Sin poderlo resistir, se levantaron del lecho y permanecieron sentados hasta que empezó a clarear por el oriente. Cuando se disponían a partir en busca del maestro, se presentaron varios de los lamas del monasterio y les preguntaron:
- ¿Adonde van vuestras paternidades?
- Es difícil decirlo - respondió el Peregrino, sonriendo -. Ayer alardeé ante vosotros de que no iba a costarme gran cosa acabar con ese monstruo. La realidad ha sido que, no sólo no lo he conseguido, sino que se ha llevado a mi maestro. Precisamente nos disponíamos a ir en su busca, cuando habéis entrado.
- ¡La cantidad de problemas que os ha causado nuestro llanto! - exclamaron los lamas, cada vez más asustados -. ¿Hacia dónde pensáis dirigir vuestras pesquisas?
- Conocemos un lugar que ofrece ciertas posibilidades de éxito - respondió el Peregrino.
- En ese caso - concluyó uno de los lamas -, no es menester que os deis tanta prisa. Comed algo, antes de partir.
Inmediatamente trajeron unos cuantos cuencos de sopa de arroz, de los que Ba-Chie dio buena cuenta en un abrir y cerrar de ojos.
- ¡Buenos lamas! - exclamó, cuando hubo llenado el estómago
En cuanto hayamos liberado a nuestro maestro, volveremos a divertirnos un poco más con vosotros.
- ¿Todavía quieres comer más? - le regañó el Peregrino -. ¿Por qué no vas al Salón del Devaraja a ver si todavía sigue allí la muchacha?
- No es necesario que lo hagas - se apresuró a contestar uno de los lamas -. Se quedó allí una noche, pero al día siguiente no había ni rastro de ella.
El Peregrino se despidió, entonces, de los lamas y pidió a Ba-Chie y al Bonzo Sha que cogieran el equipaje y el caballo y se dirigieran hacia el este.
- Creo que te has equivocado - comentó Ba-Chie -. ¿Para qué quieres que vayamos en esa dirección?
- ¿No lo adivinas? - replicó el Peregrino -. La muchacha a la que liberamos el otro día estaba atada en el bosque de pinos. Con ayuda de mis pupilas de fuego en seguida supe que se trataba de un monstruo, pero vosotros insististeis en que era una persona francamente encantadora y la llevamos con nosotros. Por si aún lo dudáis, fue ella la que se comió a esos lamas y secuestró después al maestro. ¡A menuda bodhisattva se os ocurrió poner en libertad! En fin, lo lógico es que vayamos a buscar al maestro al lugar en el que nos encontramos con ella.
- ¡Tienes razón! - exclamaron, admirados, los dos al tiempo -. A pesar de tu tosco aspecto, pocas personas hay tan inteligentes como tú. Venga. ¿A qué esperamos para ponernos en camino?
Al adentrarse en el bosque, vieron una espesa masa de nubes y una persistente neblina que iba desdibujando, poco a poco, todos los contornos. El paisaje se tornaba más abrupto a cada paso que daban y el camino serpenteaba entre las rocas, cruzándose a trechos con senderos de zorros y liebres. No cabía duda de que aquél era un lugar habitado únicamente por tigres, leopardos y lobos. De todas formas, no hallaron entre los árboles ni rastro del monstruo ni del infortunado Tripitaka. Incapaz de dominar por más tiempo la impaciencia, el Peregrino agarró con fuerza la barra de hierro y, sacudiendo ligeramente el cuerpo, adoptó la forma con la que había sumido el Palacio Celeste en una confusión absoluta. Le salieron tres cabezas y le crecieron seis brazos, cada uno de los cuales sostenía una barra de los extremos de oro, con las que empezó a destrozar el bosque. Al verlo, Ba-Chie se volvió hacia el Bonzo Sha y le dijo:
- Está furioso, porque no puede dar con el maestro.
Pero la furia del Peregrino consiguió arrancar de su plácida existencia a dos ancianos, el dios de la montaña y el espíritu de aquel lugar, que se echaron inmediatamente rostro en tierra y dijeron:
- Os damos nuestra más respetuosa bienvenida, Gran Sabio.
- ¡Qué barra más extraordinaria! - exclamó Ba-Chie -. Apenas se ha puesto a derribar árboles con ella, se han presentado el dios de la montaña y el espíritu de este lugar. Si sigue descargando golpes, estoy seguro de que viene a saludarnos hasta el mismísimo Emperador de Jade.
- ¡Qué falta de principios habéis demostrado con vuestra vergonzosa conducta! - regañó el Peregrino a los dos ancianos -. Habéis hecho de los malhechores que pueblan esta montaña vuestros amigos más íntimos, cerrando vuestros ojos al mal y vuestros oídos a la voz de la justicia. Con tal de que os ofrezcan sacrificios, sois capaces de vender a vuestros propios padres. Lo malo es que también os habéis aliado con un monstruo que acaba de secuestrar a mi maestro. ¿En dónde le ha escondido? ¡Responded, si no queréis que acabe con vosotros a golpes!
- El Gran Sabio no está bien informado de lo que ocurre - respondieron los dos dioses, temblando de pies a cabeza -. De hecho, ese monstruo del que habláis no pertenece a esta montaña y no está, por lo tanto, sujeto a nuestra jurisdicción. De todas formas, nos cabe el honor de poder informaros de dónde brotó el huracán que se levantó ayer por la noche.
- Si es así - bramó el Peregrino -, decídmelo, de una vez, para que pueda aplacar mi ira.
- El lugar al que ese monstruo ha llevado a vuestro maestro - explicó el espíritu - se encuentra a dos mil kilómetros al sur de aquí. Se le conoce por el nombre de Monte Atrapador del Vacío y su punto más renombrado es la Caverna sin Fondo. En ella habita, como una gran señora, la bestia a la que andáis buscando.
Sorprendido ante semejante confesión, el Peregrino despidió a los dos dioses y recobró la forma que le era habitual. Se volvió a continuación hacia Ba-Chie y el Bonzo Sha y les dijo:
- Me temo que el maestro se encuentra muy lejos de aquí.
- Si es así - concluyó Ba-Chie -, lo mejor que podemos hacer es elevarnos por encima de las nubes y dirigirnos hacia allí sin tardanza.
El Idiota se montó en un huracán y partió hacia el punto indicado, seguido del Bonzo Sha. Como el caballo blanco era, en realidad, un dragón, no tuvo ninguna dificultad en volar a su lado con el equipaje sobre el lomo. El Gran Sabio, por su parte, dio uno de sus famosos saltos y partió hacia el sur, tras la estela que le habían dejado sus hermanos. No tardaron en toparse con una montaña de una altura realmente extraordinaria. El caballo fue el primero en detener su loca carrera. La cumbre de la montaña atravesaba el azul del firmamento para adentrarse de lleno en el vacío. Por doquier se veían miles y miles de árboles, en cuyas copas anidaban toda clase de pájaros y aves, que sembraban el aire con la monotonía de sus trinos. Los leopardos y los tigres eran tan numerosos, que atacaban en manadas a los rebaños de ciervos, que se movían de un lado a otro sin cesar. En la porción soleada de la montaña crecía una infinita variedad de plantas y flores exóticas, que exhalaban un aroma dulce y muy penetrante. En las partes en las que, por el contrario, la sombra era continua la nieve duraba sin derretirse todo el año y el hielo iba aumentando de grosor cada día que pasaba. Por el fondo de una garganta discurría, encajonado entre paredes tan escarpadas como las de la costa de la muerte, un arroyuelo en el que se miraba la altísima aguja de la cumbre. Las rocas y los pinos presentaban un aspecto tan rugoso, que el temor se apoderaba del corazón de los caminantes con sólo verlo. De aquellos parajes estaba ausente la figura familiar del leñador o la del joven que recoge pacientemente hierbas. Tras la cortina de la niebla se adivinaba la presencia de infinidad de bestias salvajes, mientras el viento arrastraba los gruñidos de los zorros.
- ¡La de monstruos que tiene que albergar una montaña como ésta! - exclamó Ba-Chie.
- No te quepa la menor duda de que así es - contestó el Peregrino -. Como muy bien afirma el proverbio, "en todas las montañas altas habitan bestias". ¿Cómo va a haber una cumbre sin espíritus? Tú y yo - añadió, volviéndose hacia el Bonzo Sha - nos quedaremos aquí, mientras Ba-Chie va a averiguar cuál es el mejor camino para llegar hasta esa caverna. Me figuro que no le costará dar con ella. Es preciso que se fije bien hacia qué parte está orientada y si tiene las puertas abiertas o no. De esa forma, podremos rescatar al maestro lo más rápidamente posible.
- ¡Qué mala suerte tengo! - protestó Ba-Chie -. Siempre he de ir yo el primero a todos los sitios.
- Ayer por la noche dijiste que tú te encargarías de todo - le corrigió el Peregrino -. ¿Quieres decirme por qué has cambiado tan pronto de opinión?
- No vale la pena discutir - concluyó Ba-Chie -. Si es necesario ir, iré - y, dejando a un lado el rastrillo, se dirigió montaña abajo con las manos totalmente vacías.
De momento, desconocemos la suerte que corrió, por lo que el que desee averiguar lo que  realmente  sucedió  tendrá  que  escuchar  con  atención  las  explicaciones  que  se ofrecen en el capítulo siguiente.

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[1]Literalmente «tian-chie», o «calle celeste». Puede designar tanto a la Vía Láctea como a la calle principal de la capital imperial. En un sentido religioso, no obstante, hace referencia a los monasterios, lugar de encuentro de los que caminan por la senda de la perfección.

[2]Se refiere a Buda, el histórico Sakyamuni, que explicó muchas de sus doctrinas en el parque de Jetavana, lugar ideal para exponer unas enseñanzas que son consideradas como una nube que todo lo vivifica.

[3]Canto o letanía de más de diez rollos que el emperador Liang Wu-Di (502-549) ofreció por la salvación del espíritu de su esposa, una mujer sumamente envidiosa que después de muerta se le apareció en sueños en forma de una serpiente descomunal.

[4]Alusión a un poema de Xiao-Tao, de la dinastía Tang.

[5]Referencia a la leyenda de Ching-Wei, hija de Yen-Di, uno de los cinco míticos emperadores de la antigüedad. Según la leyenda, se puso un día a nadar en las aguas del Océano Oriental y tuvo la mala fortuna de ahogarse. Su espíritu se transformó entonces en un pájaro que vuela de continuo a la Montaña Occidental en busca de ramas y piedras con las que rellenar el mar.

[6]«Tai-Shan-ao» es la mítica tortuga de la que se afirma que sostiene sobre su concha la enorme masa del monte Peng-Lai del Océano Oriental.

[7]Lei-Huan fue un famoso astrónomo de la dinastía Tsin, que, según la leyenda, descubrió dos espadas mágicas.

[8]Lü-Chian, personaje mítico del período de los Tres Reinos, que manejaba con una maestría increíble una cimitarra de enorme tamaño.

[9]Kwan-Chung y Bao Shu-Ya eran tan buenos amigos que el segundo no dudaba en hacer partícipe de sus riquezas al primero.

[10]Sun Pin fue un estratega del reino de Chi que, valiéndose de la astucia, consiguió derrotar al general Pang Chüan, del reino de Wei, durante la época de los Estados Guerreros. Semejante descalabro forzó a este último al suicidio.