Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

La doncella busca pareja para alimentar su yang. Al proteger al maestro, el Mono de la Mente se topa con un monstruo.


Decíamos que el rey Bhiksu, acompañado por todos sus súbditos, salió a despedir al monje Tang y a sus discípulos mucho más allá de los límites de la ciudad. Entre cantos y música recorrieron más de cincuenta kilómetros, pero el soberano se negaba obstinadamente a regresar a la capital. Por último, Tripitaka insistió con tal determinación en bajarse de la carroza imperial, que nadie se atrevió a contravenir sus deseos de montar en su propio caballo, Pese a todo, el cortejo esperó a que los peregrinos hubieran desaparecido detrás de la línea del horizonte para regresar finalmente a la ciudad. De esta forma, los monjes pudieron proseguir tranquilamente su viaje.
El invierno dio pronto paso a la primavera y, poco a poco, también ésta fue tocando a su fin. Adondequiera que se dirigiera la vista se veían macizos de flores silvestres y grupos de fornidos árboles de las montañas, que componían un paisaje francamente embelesador.  No  tardaron,  sin  embargo,  en  divisar  una  formación  tan  rugosa  y escarpada, que Tripitaka exclamó, vivamente preocupado:
- ¿Creéis que habrá algún camino en aquella montaña? Opino que deberíamos extremar las precauciones.
- Cualquiera que os oiga hablar - contestó el Peregrino, soltando la carcajada -, pensaría que no sois un viajero experimentado. Lo que decís parece salido de la boca de un príncipe o de un gran señor, que se pasa la vida sentado junto a un pozo mirando las estrellas. Como muy bien afirma el proverbio, "no hay montaña capaz de poner freno a un camino". Por muy difícil que resulte, los senderos siempre trasponen las cordilleras. ¿A qué viene, entonces, esa pregunta que acabáis de hacer?
- Es muy posible que, en efecto, haya un camino - reconoció Tripitaka -, pero nadie nos asegura que esa montaña no sea la cuna de algún monstruo horrible, dispuesto a acabar con todo lo que ose atravesar sus dominios.
- Tranquilizaos - le aconsejó Ba-Chie -. Si no me equivoco mucho, no debemos de estar lejos del reino de la suprema felicidad. Por fuerza este lugar tiene que ser seguro y pacífico.
Hablando, el camino se les hizo más corto y no tardaron en llegar a la base de la montaña. El Peregrino cogió la barra de los extremos de oro y subió sin ninguna dificultad por un sendero muy estrecho que discurría entre las rocas.
- ¡Eh, maestro! - gritó -. ¡Por aquí se puede subir!
Tripitaka no tuvo más remedio que armarse de valor y espoleó al caballo.
- ¿Por qué no llevas un poco el equipaje? - preguntó el Bonzo Sha a Ba-Chie.
El Idiota no puso ninguna objeción, El Bonzo Sha se hizo, entonces, cargo de las riendas del caballo, para que el maestro pudiera agarrarse con las dos manos a la silla, mientras seguía al Peregrino por el escarpado sendero que ascendía por la montaña. Era tan alta que su cumbre parecía velada por una espesa capa de nubes. A cierta distancia se veía un torrente que se lanzaba contra un lecho de rocas. A lo largo del camino crecían toda clase de flores exóticas, protegidas de los rayos del sol por más de diez mil árboles de tronco robusto y copa espesa. Aunque su variedad era enorme, podían apreciarse ciruelos azulados, perales blanquecinos, melocotoneros rojizos y sauces verdes. El cuclillo parecía llorar, con sus cantos, la inminente marcha de la primavera. Las golondrinas parecían lamentar, igualmente, el fin de las ceremonias que marcan la recogida de las cosechas [1]. Lo que más llamaba, de todas formas, la atención de aquel soberbio paisaje eran la extremada rugosidad de las rocas, la tonalidad jade de los pinos, la penosa irregularidad del camino y los acantilados y precipicios cubiertos de enredaderas y plantas trepadoras. Las cumbres de aquella interminable cordillera hacían pensar en hileras de hachas de doble filo, aunque el número de sus ríos y torrenteras fuera mucho mayor que el de las crestas. Cuando más embelesado estaba contemplando la belleza del paisaje, cantó un pájaro y eso le hizo añorar a Tripitaka el país en el que había crecido. Tiró inmediatamente de las riendas y exclamó:
- ¡Cuánto tiempo ha pasado desde que, inspirado por los cielos, el emperador me hiciera entrega del documento de viaje al lado mismo de los biombos bordados! El día decimoquinto del año [2], el mismo día de la fiesta de las linternas, abandoné el Este y me separé del señor de los Tang con la misma tristeza con que el Cielo se despidió de la Tierra. Con vosotros como discípulos he cruzado infinidad de tierras barridas por los vientos y veladas por las nubes, como si se tratara de madrigueras de dragones y tigres. He llegado, incluso, a trasponer las doce cumbres del Monte Wu. ¿Para qué tanto sacrificio? ¿Cuándo volveré a ver el rostro de mi señor y mi rey?
- ¿Por qué siempre estáis añorando el lugar del que partisteis? Esa actitud es totalmente impropia de alguien que ha renunciado a la familia. Tranquilizaos y continuad caminando. ¿A qué viene tanta preocupación? Los antiguos decían que quien desee alcanzar algo en la vida debe luchar, sin desfallecer, por ello.
- Es verdad lo que dices - reconoció Tripitaka -, pero me pregunto cuánto camino nos queda todavía por recorrer para llegar al Paraíso Occidental.
- A lo mejor - comentó Ba-Chie, preocupado -, al enterarse de que veníamos en busca de esas tres cestas de escrituras, Tathagata se ha marchado a otra parte para no dárnoslas. No me explico, si no, cómo no hemos llegado todavía a nuestro destino.
- ¿Por qué no dejas de decir tonterías, de una vez, y sigues hacia delante? - le regañó el Bonzo Sha -. Contrólate y sufre todo con paciencia. Ya llegará el día en el que alcancemos nuestro destino.
Mientras hablaban, se fueron internando, poco a poco, en un oscuro bosque de pinos. Asustado, el monje Tang llamó a Wu-Kung, diciendo:
- ¿Cómo es que en una montaña tan escarpada como ésta hay un bosque tan espeso de pinos? Deberíamos movernos con cuidado.
- ¿A qué vienen tantas precauciones? - replicó el Peregrino.
- Como muy bien afirma el proverbio - respondió Tripitaka -, "no solemos creer en la honradez del hombre honrado y siempre andamos protegiéndonos contra las malas maneras del que es educado en extremo". Tienes que reconocer que, a pesar de la enorme cantidad de bosques que hemos atravesado, jamás habíamos visto ninguno tan inmenso y sombrío como éste. ¿No lo ves tú mismo? Se extiende de este a oeste y sus troncos son tan abundantes, que hacen pensar en un gran ejército que se desplazara de norte a sur. Es como si ya se hubiera adentrado en las nubes y se aprestara a invadir, de un momento a otro, los cielos. Lo más desazonante, de todas formas, es que las zarzas crecen por doquier y entre los troncos de los árboles se extiende una tupida red de enredaderas y lianas cubiertas de espinos. Parece como si estos árboles estuvieran empeñados en impedir el paso tanto a los viajeros que se desplazan del este hacia el oeste, como a los que se dirigen hacia el norte, procedentes del sur. Aquí dentro podría pasarse medio año sin saber la estación en la que se está o caminar durante kilómetros y kilómetros sin ver el resplandor de las estrellas. La vegetación que cubre el suelo es, si cabe, aún más espesa. He de reconocer que jamás había visto juntos tal cantidad de olmos, enebros centenarios, pinos capaces de hacer frente a las heladas, melocotoneros silvestres, peonías e hibiscos. Crecen tan cerca unos de otros y en tan perfecto desorden, que hasta los mismos dioses encontrarían dificultad en orientarse entre ellos. Por si esto no fuera suficiente, están los cantos de todos esos pájaros: los chillidos de los loros, los graznidos de las picazas y los cuervos, que se lanzan entre las ramas de los árboles para dar de comer a sus retoños, los trinos melodiosos de las oropéndolas, los cantos de los petirrojos y los lamentos de las rojizas golondrinas. Se tiene la impresión de que aquí hasta los grajos serían capaces de hablar y las cornejas, de recitar sufras. ¿Es que no ves aquel tigre [3] moviendo el rabo y ese otro haciendo ruidos extraños con los dientes? Allí mismo, sin ir más lejos, hay una zorra disfrazada de mujer y, un poco más allá, un lobo de pelaje gris lanzando aullidos a los árboles. Aquí hasta el Devaraja Li-Ching se echaría a temblar, aunque tiene poder para dominar a los monstruos.
A pesar de esas palabras, el Gran Sabio Sun no perdió la compostura. Agarró con fuerza la barra de hierro y abrió entre la maleza un ancho sendero, para que pudiera pasar tranquilamente el monje Tang. De esa forma, continuaron caminando sin ninguna preocupación, durante medio día. El bosque, sin embargo, no parecía tener fin.
- A lo largo de nuestro peregrinar hacia el Oeste - comentó Tripitaka - hemos cruzado montañas y bosques a cual más peligrosos y traicioneros, pero ninguno tanto como éste. He de reconocer, de todas formas, que este punto concreto por el que ahora estamos pasando posee un encanto especial. No parece, de hecho, muy peligroso con todas esas flores y plantas tan agradables a la vista. Me gustaría sentarme un poco a descansar. El caballo podría pastar a sus anchas y, si sois capaces de encontrar algo de comer, trataríamos de aliviar el hambre.
- Bajad del caballo, maestro - le pidió el Peregrino -. Voy a ver si encuentro algún sitio en el que mendigar algo de arroz.
Tripitaka así lo hizo y Ba-Chie fue a atar al animal a un árbol, mientras el Bonzo Sha buscaba entre el equipaje el cuenco de las limosnas. En cuanto el Peregrino lo tuvo en sus manos, se volvió hacia el maestro y dijo:
- Creo que aquí estáis seguro, así que no tengáis miedo. En seguida vuelvo.
Con gesto solemne Tripitaka fue a sentarse a la sombra de un pino. Ba-Chie y el Bonzo Sha empezaron a buscar flores y frutos silvestres, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del Gran Sabio, que se elevó inmediatamente por los aires. Al mirar hacia lo lejos, vio que el bosque estaba envuelto en una neblina de santidad y buenos augurios. Su resplandor le emocionó de tal manera, que no pudo por menos de exclamar:
- ¡Extraordinario! ¡Realmente extraordinario!
Sin embargo, no lo dijo por el paisaje que se extendía ante sus ojos, sino por las inalcanzables cualidades del monje Tang que le trajo a la mente la belleza de cuanto veía. Se trataba, en efecto, de la reencarnación de la Cigarra de Oro, un hombre virtuoso en extremo que se había dedicado a las prácticas ascéticas durante diez reencarnaciones seguidas. Eso explicaba que su cabeza estuviera rodeada de un halo tal de santidad, que sus efectos se dejaban sentir en todo el bosque.
- Yo, por el contrario - reflexionó el Peregrino -, cuando, hace aproximadamente quinientos años, sumí el Palacio Celeste en una confusión total, recorrí a lomos de las nubes hasta el último rincón de los cuatro mares y visité los lugares más inalcanzables de los Cielos. No contento con eso, reuní a todos los dioses y los obligué a que me concedieran el título de Gran Sabio, Sosia del Cielo. Después de dominar tigres y derrotar dragones, borré mi nombre y el de todos los míos de los archivos del Reino de la Muerte. Entonces lucía sobre la cabeza una triple corona de oro, protegía mi cuerpo con una coraza de oro puro, calzaba unos zapatos de andar por las nubes y sostenía en las manos una barra de hierro con los extremos de oro. A mis órdenes tenía nada menos que a setenta y siete monstruos, que me llamaban Respetable Gran Sabio. ¡Qué vida llevaba yo entonces! Ahora, sin embargo, que he conseguido escapar del tremendo castigo al que me sometieron los Cielos, debo someterme a ese hombre y considerarme su discípulo. Pero, mirándolo bien, si su cabeza está envuelta en una neblina tan potente de santidad y buenos augurios, no me cabe la menor duda de que, cuando regresemos a las Tierras del Este, recibiremos la recompensa debida a tantos esfuerzos.
Cuando más concentrado estaba recordando su pasado y el de su maestro, vio una espesa masa de humo negruzco surgiendo de la tierra hacia el sur del bosque. Sorprendido ante tan repentina aparición, se dijo:
- O mucho me equivoco o detrás de ese humo se esconde algo realmente malvado. Ni Ba-Chie ni el Bonzo Sha son capaces de producir una humareda de ese tipo.
El Gran Sabio trató de determinar a toda prisa cuál era el origen de tan extraño fenómeno, por lo que, de momento, no hablaremos más de él. Sí lo haremos, sin embargo, de Tripitaka, que continuaba sentado en el corazón mismo del bosque, meditando sobre la presencia iluminadora de Buda en todo cuanto existe. Cuando más concentrado estaba recitando sutras, oyó gritar a alguien con voz muy débil:
- ¡Auxilio! ¡Socorro!
- ¡Cielo santo! - exclamó Tripitaka, sorprendido -. ¿Cómo es posible que haya alguien en este bosque gritando de esa manera? Por fuerza tiene que tratarse de alguien al que le aterra pensar en los lobos y tigres que debe de haber por aquí cerca. Lo mejor será que vaya a echar un vistazo.
Inmediatamente se puso en pie y se dirigió, entre los cedros milenarios y los pinos inmortales, en la dirección de la que provenían los gritos. Tuvo que meterse entre una maraña de enredaderas y lianas, pero al final logró ver a una muchacha atada al tronco de un árbol realmente gigantesco. Tenía la parte superior del cuerpo sujeta al pino con una  auténtica  red  de  ramas  de  parra,  mientras  que,  de  cintura  para  abajo,  estaba enterrada en el suelo.
- ¿Se puede saber por qué os han atado de esta forma, joven Bodhisattva? - preguntó el maestro, deteniéndose ante ella.
Se trataba, obviamente, de un monstruo, pero él, como sólo poseía ojos mortales, fue incapaz de verlo así. Al oír la pregunta, el monstruo empezó a llorar y las lágrimas fluyeron copiosas por sus sonrosadas mejillas, que recordaban un melocotón. Su hermosura era tan extraordinaria, que, por contemplarla, los peces se habrían olvidado de nadar y los gansos se habrían hundido en los estanques. El brillo de sus ojos recordaba las estrellas y su cuerpo poseía tal perfección, que ante su belleza la luna palidecía y las flores se cubrían de vergüenza. Sin atreverse a acercarse, el maestro volvió a preguntar:
- ¿Qué crimen habéis cometido, para que os traten con tanto rigor? Hablad, de una vez, para que este humilde monje pueda salvaros de vuestro tormento.
- Mi hogar - mintió el monstruo con una voz capaz de hacer enloquecer al hombre más sensato - se encuentra en el Reino de Bin-Be, a unos quinientos kilómetros de aquí. Mis padres, unas personas piadosas y virtuosas en extremo, siempre han sido amables con todos sus amigos y jamás han tenido una sola discusión con sus parientes. Puesto que estamos en la época de la Clara Luminosidad, se les ocurrió invitar a varios familiares a ir a limpiar las tumbas de nuestros antepasados y a presentar ofrendas a los espíritus de los muertos. Toda la familia partió hacia la montaña cargada con toda clase de viandas. Apenas habíamos colocado las ofrendas y prendido fuego al papel moneda para los difuntos, cuando oímos una gran algarabía de tambores y gongs. Antes de que pudiéramos reaccionar, cayeron sobre nosotros unos bandidos armados hasta los dientes con cuchillos y palos. El terror se apoderó de nosotros. A pesar de todo, mis padres y el resto de mis familiares consiguieron montar en los carros y caballos y escaparon lo más deprisa que pudieron. Como soy tan joven y no puedo correr, caí al suelo y esos bandidos terminaron atrapándome. El primero de sus jefes quiso tomarme como concubina, pero también lo deseaban el segundo, el tercero y el cuarto y empezaron a pelear a causa de mi belleza. Los setenta u ochenta hombres que componían la banda tomaron partido por uno u otro y lucharon entre sí con un ensañamiento propio de mortales enemigos. Al final, comprendiendo que así no iban a llegar a ningún acuerdo, decidieron atarme a este árbol y se marcharon a otra parte a cometer fechorías. Yo llevo aquí cinco días con sus cinco noches, esperando morir de un momento a otro. Gracias al cielo, habéis aparecido vos y atribuyo tan grande fortuna a algún mérito de particular valor que en su día adquirieron mis antepasados. Os suplico, por tanto, que os apiadéis de mí y me salvéis la vida. Si lo hacéis, tened la seguridad de que jamás olvidaré vuestra amabilidad ni aunque me encuentre en la otra parte de los Nueve Arroyuelos del Reino de la Muerte.
Apenas hubo acabado de decirlo, volvió a abandonarse al llanto. Movido a compasión, el propio Tripitaka se puso a llorar y gritó con la voz anegada por el llanto:
- ¡Venid aquí en seguida, discípulos! ¡Daos prisa!
Ba-Chie y el Bonzo Sha estaban recogiendo flores y frutas en el interior del bosque, cuando oyeron la voz angustiada del maestro.
- O mucho me equivoco - dijo el Idiota - o nuestro preceptor acaba de encontrar a uno de sus parientes.
- Estás mal de la cabeza - replicó el Bonzo Sha, soltando la carcajada -. ¿De dónde iba a haber salido ese pariente, si no nos hemos cruzado con nadie en todo el camino?
- ¿Con quien crees que estará llorando si no es con alguien muy allegado a él? - insistió Ba-Chie -. Lo mejor será que vayamos a ver.
El Bonzo Sha se mostró totalmente de acuerdo y regresaron a toda prisa al lugar en el que se habían separado.
- ¿Qué ocurre, maestro? - preguntaron, agarrando el equipaje y tirando de las riendas del caballo.
- Desatad a aquella muchacha que hay allí - contestó el monje Tang, señalando con el dedo -. No podemos renunciar a salvarle la vida.
Sin pensarlo dos veces, el Idiota se dispuso a hacer lo que le había ordenado el maestro. El Gran Sabio, mientras tanto, había visto cómo la humareda negra iba oscureciendo poco a poco el aura de luz y exclamó, preocupado:
- ¡La cosa se está poniendo realmente fea! Eso sólo puede significar que el maestro está a punto de correr un grave peligro. Lo mejor será que vuelva a ver qué es lo que pasa. Ya habrá tiempo después para pedir limosnas.
Inmediatamente dio media vuelta a la nube en la que viajaba y fue a parar al centro mismo del bosque. Ba-Chie estaba muy ocupado desatando a la muchacha. El Peregrinó se llegó hasta él y le dio un empujón que le lanzó dando tumbos contra el suelo. Desconcertado, el Idiota levantó la cabeza y dijo:
- ¿A qué viene tratarme con tan poca consideración? Si me he puesto a desatar a esta mujer, ha sido porque así me lo ha ordenado el maestro.
- Te aconsejo que no sigas haciéndolo - respondió el Peregrino, soltando la carcajada -. No es más que un monstruo, que está tratando de engañarnos.
- ¡Maldito mono! - exclamó Tripitaka, perdiendo la paciencia -. ¿Cómo puedes decir semejantes locuras? ¿A quién se le ocurre confundir a una muchacha en apuros con un monstruo?
- Comprendo que os cueste trabajo creerlo - se defendió el Peregrino -, pero éste es, precisamente, el método más burdo del que se valen los monstruos para conseguir carne humana. ¡No lo sabré yo bien!
- No le creáis, maestro - dijo, entonces, Ba-Chie, alargando el hocico -. Está claro que esta muchacha pertenece a alguna familia de por aquí. ¿Cómo puede afirmar que sea un monstruo, si ni siquiera la conoce y prácticamente acaba de llegar, procedente de las Tierras del Este? Lo único que pretende es que la dejemos aquí, para volver después de un salto y pasar un buen rato con ella. ¡Siempre le ha encantado hacer todo a escondidas!
- ¿Cómo puedes decir semejantes barbaridades? - le regañó el Peregrino -. ¿Cuándo me has visto, en todo este tiempo que llevamos juntos, hacer las barbaridades que acabas de sugerir? No soy tan estúpido como tú, que valoras más el sexo que la vida y que eres capaz de vender a tus amigos por un simple grano de arroz. ¿Acaso has olvidado cuando aceptaste casarte con aquella muchacha y terminaste atado a un árbol? [4].
- Está bien. De acuerdo - reconoció Tripitaka -. Wu-Kung siempre ha tenido buena vista para estas cosas. Si insiste en que no le hagamos caso, por algo será. Cojamos nuestras cosas y continuemos nuestro camino.
- Eso está mejor - contestó el Peregrino, aliviado -. Esa decisión os ha salvado la vida. Montad en el caballo y salgamos, de una vez, de este bosque de pinos. En cuanto lo hayamos hecho, buscaré una aldea Y pediré algo de comer.
Sin hablar más del asunto, los cuatro monjes recogieron su equipaje y siguieron caminando. Al verlo, al monstruo le rechinaron los dientes de rabia y se dijo:
- Había oído comentar que ese tal Sun Wu-Kung poseía unos poderes mágicos realmente extraordinarios. La decisión que acaba de tomar confirma ampliamente esos rumores. De todas formas, tengo un tanto a mi favor: desde su más tierna infancia el monje Tang se ha dedicado a la ascesis y no ha permitido jamás que una sola gota de yang escapara de su cuerpo. Si deseaba atraparle, era precisamente con el fin de copular con él y, así, convertirme en una inmortal de la Gran Mónada. Lo que menos me esperaba es que fuera a aparecer ese maldito mono y arrebatármelo delante de mis narices, cuando estaba a punto de echarle mano. Si me hubiera desatado, me habría abrazado a él y no habría habido manera de arrancarle de mis brazos. Pero no estoy dispuesta a dejarle escapar así como así, después de lo mucho que he anhelado este momento. Voy a llamarle de nuevo un par de veces a ver qué pasa.
Sin liberarse de sus ataduras, el monstruo lanzó hasta los oídos del monje Tang una brisa cargada de falsa virtud, que decía:
- ¿Cómo esperáis ver a Buda y conseguir sus escrituras, si pasáis ante un ser humano sin aliviar sus penas?
Al escuchar tan convincentes razones, el monje Tang tiró inmediatamente de las riendas del caballo y dijo:
- ¡Wu-Kung, vuelve inmediatamente a liberar a esa muchacha!
- ¿Por qué no seguís adelante? - protestó el Peregrino -. ¿Qué os ha hecho cambiar tan pronto de parecer?
- Me sigue suplicando que la salve - respondió Tripitaka.
- ¿Has oído tú algo, Ba-Chie? - preguntó el Peregrino.
- Debo de tener las orejas taponadas, porque tampoco yo he oído nada - contestó el Idiota.
- ¿Y tú, Bonzo Sha? - insistió el Peregrino -. ¿Has oído algo?
- Yo iba delante con el equipaje y no estaba prestando atención - se disculpó el Bonzo Sha -. De todas formas, creo que no. No he oído absolutamente nada.
- Ni yo tampoco - concluyó, triunfante, el Peregrino -. ¿Qué ha sido exactamente lo que os ha dicho esa mujer, maestro? ¿Cómo es posible que sólo vos la hayáis oído?
- Lo que decía tenía mucho sentido - aclaró el monje Tang -. De hecho, me preguntó: "¿Cómo esperáis ver a Buda y conseguir sus escrituras, si pasáis ante un ser humano si aliviar sus penas?". Como afirma el proverbio, "salvar una vida es mucho más virtuoso que construir una pagoda de siete plantas". Es preciso que la liberemos en seguida, de lo contrario, no nos servirá de nada presentar nuestros respetos a Buda y conseguir las escrituras.
- Cuando os empeñáis en hacer algo bueno, no hay nadie en el mundo capaz de haceros cambiar de idea - replicó el Peregrino, sonriendo -. Recapacitad en la cantidad de montañas que habéis traspuesto desde el comienzo del viaje y en el elevado número de monstruos con los que os habéis enfrentado desde que abandonasteis las Tierras del Este. Son miles y miles los que he tenido que machacar con mi barra de los extremos de oro, después de haberos llevado prisionero a sus respectivas cavernas. Hoy os topáis con uno solo y os negáis a perderle de vista para siempre. ¿Por qué os empeñáis en liberarla?
- Los antiguos decían - sentenció el monje Tang -: "Por muy pequeño que sea el bien, nunca dejes de hacerlo; evita, además, obrar el mal, por muy insignificante que parezca".
- Vistas desde ese ángulo las cosas - concluyó el Peregrino -, lo único que puedo deciros es que la responsabilidad es exclusivamente vuestra, no mía. Si estáis decidido a ponerla en libertad, poco puedo decir yo para haceros cambiar de idea. Si tratara de convenceros de lo contrario, os pondrías furioso conmigo. Corred a liberarla, si es eso lo que queréis.
- Deja de hablar, de una vez - le ordenó el monje Tang -. Siéntate aquí, mientras Ba- Chie y yo nos encargamos de todo.
El monje Tang regresó al interior del bosque y pidió a Ba-Chie que desatara las cuerdas que tenían a la muchacha sujeta al árbol de la cintura para arriba. Cuando hubo concluido, cogió el rastrillo y le desenterró la cintura y las piernas. En cuanto se sintió libre, el monstruo se sacudió la falda y siguió al monje Tang más allá de los lindes del bosque con el recato propio de una esclava. Al verlos, el Peregrino se echó a reír tan descontroladamente, que el maestro perdió la paciencia y le regañó, diciendo:
- ¡Maldito mono! ¿Se puede saber por qué te ríes de esa forma?
- Porque - respondió el Peregrino conteniendo a duras penas la risa -, cuando os sonría la  fortuna, vuestros amigos os colmarán de alabanzas, mientras que una dama se ocupará de consolaros, cuando todos os vuelvan la espalda.
- ¡Maldito mono! - repitió el monje Tang -. ¿Qué tonterías son ésas? Soy monje desde el momento mismo en que abandoné el seno de mi madre. Si ahora me encuentro de camino, es con el fin de presentar mis respetos a Buda y conseguir las escrituras por expreso deseo del emperador. ¿A qué viene hablar de buena o mala fortuna cuando no he tratado en ningún momento de conseguir el más pequeño beneficio?
- Precisamente porque lleváis siendo monje desde que nacisteis - contestó el Peregrino con la sonrisa en los labios -, lo único que realmente sabéis hacer bien es leer sutras y recitar el nombre de Buda. No estáis al tanto de las leyes que rigen fuera de los muros de los monasterios. Ésta es una muchacha joven y hermosa y nosotros, un grupo de desarrapados que han renunciado a la familia. Si la aceptamos como compañera de viaje, siempre habrá gentes sin escrúpulos que nos acusarán de habernos acostado con ella, sin prestar ninguna atención a nuestros deseos de presentarnos ante Buda y pedirle las escrituras. Incluso, si logramos salir bien parados de esos cargos, pueden acusarnos muy bien de haberla raptado. Sabéis que eso os supondrá la expulsión de todos los monasterios y una paliza que os dejará medio muerto. A Ba-Chie le enviarán a galeras y el Bonzo Sha tendrá que hacer trabajos forzados durante algún tiempo. Yo mismo me veré obligado a servirme de mis poderes mágicos para salir indemne de un asunto tan complicado. Es posible que siempre hable demasiado, pero os aseguro que no me gustaría verme metido en un tema tan deshonroso como ése.
- ¿Por qué no dejas de decir tonterías, de una vez? - le regañó, enfadado, el monje Tang
-. He decidido salvarle la vida y asunto concluido. ¿Cómo va a meternos en todos esos líos que acabas de mencionar? Si surge algún problema, yo solo cargaré con la responsabilidad.
- No lo dudo - respondió el Peregrino -. Pero deberíais pensar que, más que salvarla, lo que estáis haciendo es condenarla.
- ¿Cómo puedes decir eso, si la estoy sacando del bosque precisamente para que viva? - objetó el monje Tang.
- Atada a ese árbol - explicó el Peregrino -, podría haber durado cinco o siete días, o quizás incluso hasta medio mes, ya que no tenía a mano nada de comida y eso la hubiera conducido irremediablemente a la muerte. De todas formas, hubiera conservado intacto su  cuerpo.  Ahora,  sin  embargo,  que  la  habéis  librado,  tendrá  que  seguiros  a  pie, mientras  que  el  caballo  que  vos  montáis  es  tan  rápido  como  el  mismo  viento.  A nosotros, por supuesto, no nos importa seguiros, pero esta muchacha tiene unos pies tan delicados y pequeños, que le costará Dios y ayuda mantener el ritmo que vos marcáis. Si se queda detrás, es muy posible que caiga en poder de un tigre o de un leopardo, que acabarán con ella en un abrir y cerrar de ojos. ¿No es ésa, precisamente, una forma de condenarla a muerte?
- Ciertamente - reconoció Tripitaka -. Es una suerte que hayas reparado en eso. ¿Qué podemos hacer para remediarlo?
- Podéis montarla en el caballo junto a vos - se apresuró a contestar el Peregrino.
- ¿Cómo va a cabalgar conmigo? - protestó el monje Tang y se abandonó a un silencio culpable.
- ¿Cómo va a seguir el ritmo de nuestros pasos? - insistió el Peregrino.
- Que cargue Ba-Chie con ella - respondió Tripitaka.
- ¡Qué suerte la del Idiota! - exclamó el Peregrino, soltando la carcajada.
- No hay peso ligero que no haga terriblemente pesada la distancia - replicó Ba-Chie -. ¿Cómo puedes decir que la suerte me acompaña por tener que cargar con alguien a las espaldas?
- Pero tienes un morro tan largo - bromeó el Peregrino -, que no te costará mucho darte la vuelta y divertirte un poco con ella. ¿No te parece ésa una idea francamente extraordinaria?
- ¡No, no y no! - protestó Ba-Chie, saltando como un loco y dándose terribles golpes en el pecho -. Si el maestro desea azotarme, estoy dispuesto a aguantar el dolor todo lo que sea necesario. Pero jamás podré soportar llevar a una mujer como ella a las espaldas. A ti siempre te ha gustado burlarte de los demás, pero esta vez no vas a salirte con la tuya.
¡Simplemente no estoy dispuesto a cargar con ella!
- Está bien - concluyó Tripitaka -. Me bajaré del caballo y caminaré a su ritmo. Ba-Chie puede encargarse de tirar de las riendas.
- ¡Qué suerte la del Idiota! - volvió a exclamar el Peregrino, ahogándose en sus propias carcajadas -. ¡Hasta el maestro le pide que tire del caballo! [5].
- ¡Este estúpido mono no sabe nada más que decir tonterías! - le regañó una vez más, Tripitaka -. Como muy bien decían los antiguos, "aunque un caballo es capaz de recorrer miles y miles de kilómetros, es imposible que llegue más allá de cien metros, si no le guía un jinete". No veo ningún problema en que se ajuste al ritmo de mis pasos. Así lograremos sacar a esta joven bodhisattva de la montaña. En cuanto lleguemos a algún lugar habitado, la dejaremos allí y daremos por concluida nuestra misión de liberarla.
- No tengo nada que objetar a ese plan - concluyó el Peregrino -. ¿A qué esperáis para ponerlo en práctica?
Desde aquel momento se encargó de abrir el camino. Le seguían el Bonzo Sha con el equipaje, Ba-Chie con el caballo y la muchacha y el Peregrino con su terrible barra de hierro. Al cabo de unos cuarenta o cincuenta kilómetros empezó a oscurecer, pero afortunadamente descubrieron en la distancia un edificio impresionante con los techos cubiertos de adornos y esculturas.
- Por fuerza tiene que tratarse de un templo o de un monasterio - comentó Tripitaka -. No estaría de más que nos acercáramos a pedir alojamiento para esta noche. Nos volveremos a poner en camino tan pronto como haya amanecido.
- De acuerdo - contestó el Peregrino -. Vayamos hacia allá.
- Es mejor que os mantengáis a un lado, mientras yo voy a pedir alojamiento - dijo Tripitaka a sus discípulos, al llegar a la puerta -. Os llamaré en cuanto pueda.
Todos se quedaron a la sombra de unos sauces. El Peregrino no quitaba el ojo a la muchacha, siempre dispuesto a actuar con su barra de hierro. Al acercarse, el maestro comprobó, sorprendido, que las puertas del santuario se encontraban en un estado realmente lamentable. Estaban arqueadas y medio podridas y lanzaron un quejumbroso chirrido, cuando las hizo girar sobre sus goznes. Dentro el ambiente no era más alentador. Los pasillos yacían en un silencio sobrecogedor y la sensación de abandono era total. Alfombras de musgo medio seco cubrían todo el suelo, mientras que los hierbajos se habían apoderado de todos los senderos. No había más luces encendidas que las que lanzaban las luciérnagas. Los conductos de agua estaban secos e invadidos por los sapos. Ante semejante espectáculo el maestro no pudo evitar que las lágrimas fluyeran, copiosas, por sus mejillas. Las paredes presentaban horrorosos desconchones y amenazaban una ruina inminente. Todas las habitaciones se encontraban vacías y en un desorden escalofriante. Los escombros formaban patéticos montones al lado mismo de columnas a punto de derrumbarse, sobre las que descansaban unas vigas totalmente combadas. Los hierbajos crecían por todas partes. Los pebeteros habían dejado de lanzar nubes de incienso y ahora sólo contenían polvo y cenizas. La torre se hallaba a punto de derrumbarse y hasta el tambor había perdido su cuero. Todos los cristales yacían rotos por el suelo, permitiendo el paso a la lluvia y al viento. No era extraño que la estatua de Buda hubiera perdido el dorado y las imágenes de los arhats estuvieran tiradas encima del pavimento. La escultura de Kwang-Ing se había convertido en barro a causa de la lluvia; el florero con la ramita de sauce se había desprendido de su mano y se encontraba un poco más allá. Estaba claro que durante el día no ponía el pie en aquel lugar ningún monje, mientras que por la noche se convertía en la guarida de zorras y otras bestias. Sólo el viento se atrevía a recorrer, ululando, aquella cueva en la que buscaban refugio los leopardos y los tigres. En muchas partes las paredes se habían caído, arrastrando consigo los portones y las tapias. Sobre ese lugar, en el que reinaba el más escalofriante de los abandonos, disponemos de un poema, que dice:

A pesar de su antigüedad, nadie se preocupaba de aquel templo, abandonado hasta el punto de ser confundido con un simple montón de polvo. El viento desfiguraba los rostros de los protectores, mientras la lluvia erosionaba los rasgos amables de los Budas. Los arhats yacían, rotos, por los cuatro rincones de aquel templo sin dueños, en el que hasta los espíritus se veían obligados a dormir al aire libre. Lo que más conmovía, sin embargo, era ver las campanas tiradas por el suelo y el campanario a punto de fundirse con la tierra.

Armándose de valor, Tripitaka traspuso la segunda puerta y vio que la torre del tambor se había derrumbado. Lo único que quedaba del, antaño, orgulloso campanario era una enorme campana de bronce con la porción superior tan blanca como la nieve y la inferior de un color azul verdoso. Llevaba tantos años tirada en aquel sitio, que la lluvia había emblanquecido la parte de arriba, mientras que la humedad del suelo había terminado por cubrir la de abajo de una pátina de hollín y herrumbre. Tripitaka se abrazó a ella y, acariciándola con cariño, exclamó:
- ¡Con qué orgullo colgabas de lo alto, cuando la torre se erguía por encima de los árboles, como si fuera una montaña! Tu tañido hacía temblar las artísticas vigas que te sostenían y llegaba hasta el mismo límite de los Cielos. Tu primera llamada de bronce se confundía con el canto de los gallos al amanecer y la última coincidía con el crepúsculo, cuando el sol se ponía, cansado, tras la línea del horizonte ¿Dónde estarán el fundidor que te formó y el herrero que te forjó? Han pasado tantos años desde entonces, que por fuerza tienen que hallarse ya en el Reino de la Muerte. ¡De ellos no queda ni el recuerdo y a ti te faltan hasta las ganas de tañer!
Sin pretenderlo, al lamentarse de aquella manera, el maestro llamó la atención del encargado de mantener vivo el fuego para quemar el incienso. Al oír hablar a alguien, pensó que se trataba de algún espíritu y, cogiendo un trozo de ladrillo, lo lanzó con todas sus fuerzas contra la campana. El bronce lanzó un profundo gemido que hizo caer al maestro por tierra. A duras penas logró ponerse en pie y trató de huir a toda prisa, pero, con tan mala suerte que tropezó con la raíz de un árbol y de nuevo volvió a dar con las narices en el suelo. Sin apenas fuerzas para moverse, se quejó, diciendo:
- ¿Por qué has tenido que aturdirme con ese tañido, cuando este humilde monje estaba llorando tu suerte? Comprendo que llevas tantos años sin ver a nadie a lo largo de este camino que conduce al Paraíso Occidental, que te has convertido en un espíritu.
El encargado del fuego corrió, entonces, a levantarle del suelo, explicándole, avergonzado:
- No tengáis miedo, maestro. La campana no ha sufrido ninguna transformación. Si ha emitido ese tañido, ha sido porque yo la aticé con un ladrillo.
El maestro volvió la cara, pero, al ver lo cetrino y feo que era el encargado, se puso a temblar aún más y exclamó:
- ¿No seréis vos, por casualidad, algún monstruo? Si es así, os aseguro que no soy una persona ordinaria, sino un emisario del Gran Emperador de los Tang. Traigo conmigo a tres discípulos que son auténticos maestros en el arte de dominar tigres y derrotar dragones. Si te atreves a hacerme algún daño, ten por seguro que acabarán contigo en un abrir y cerrar de ojos.
- Por lo que más queráis, maestro, no tengáis miedo - le suplicó el encargado, postrándose de hinojos -. Yo no soy ningún monstruo, sino el encargado de mantener vivo el fuego de este monasterio. Al oír vuestros lamentos, me levanté para daros la bienvenida, pero entonces caí en la cuenta de que, quizás, erais algún demonio y arrojé un ladrillo contra la campana, para alejarle de este santo lugar. ¿Qué queréis que os diga? Su sonido me da fuerzas para abandonar, de vez en cuando, mi escondite. Levantaos, por favor. ¡Os lo suplico!
- ¡Menudo susto me has dado! - exclamó el monje Tang, casi repuesto del todo -. Llévame al interior del monasterio, si no te importa.
El encargado le condujo a través de una tercera puerta, cuyo interior no tenía que ver absolutamente nada con el abandono que reinaba en la parte que acababan de dejar. Las paredes se hallaban cubiertas de unos baldosines azulados que hacían pensar en la vaporosidad de las nubes. Su delicada tonalidad hacía juego con el color verdoso de las tejas del edificio principal, dentro del cual se veían las imágenes de los inmortales, ribeteadas en oro. Se llegaba hasta ellas subiendo por unas escaleras construidas con bloques de jade blanco. Una luz de tonalidades verdosas reverberaba en el Salón del Gran Héroe, mientras que en la Cámara de los Puros adquiría una coloración más bien rojiza. En la Sala de Manjusri, por su parte, abundaban motivos más coloristas y tan evanescentes como nubes, que contrastaban con la elegancia de las flores que aparecían pintadas en el Salón de las Transmigraciones. Enfrente de la Torre de los Cinco Bienaventurados había un pebetero que repetía las formas arqueadas de los tejados y hacía pensar, con el vuelo caprichoso de las volutas del incienso, en bordados de intrincado e irrepetible diseño. Junto a la torre las cañas de los bambúes se mecían al viento, poniendo un contrapunto de delicadeza a los robustos troncos de los pinos que daban sombra a la entrada del Salón Budista. En el interior del Palacio de la Nube de Jade brillaba una luz dorada, al tiempo que se veían flotar por doquier retazos rojizos de neblinas de buena fortuna. Al amanecer se levantaba una brisa cargada de aromas que llegaba hasta el último rincón del templo. Al anochecer, por el contrario, cuando se acallaban todos los rumores de la montaña, el batir de los tambores que acompañan el rezo escalaban las cumbres y se perdían en la distancia. En aquel lugar se trabajaba a la luz del sol y se meditaba bajo los resplandores de la luna. En aquel mismo instante la luz de una lámpara parpadeaba en el centro mismo de una de las paredes que daban al patio, mientras avanzaba por la alameda una brisa cargada de suaves aromas. Al ver todo aquello, Tripitaka no se atrevía a entrar y terminó preguntando al encargado:
- ¿A qué se debe que la parte delantera esté tan abandonada y ésta, por el contrario, se encuentre cuidada con tanto esmero?
- Hay demasiados monstruos y bandidos en esta montaña, para protegerlo todo con la misma constancia - explicó el encargado, soltando la carcajada -. De hecho, cuando hacía bueno, asolaban toda la región con sus correrías y se refugiaban en el monasterio, cuando los cielos se encapotaban o se ponían grises. Fueron ellos los que derribaron las imágenes sagradas y las usaron como asiento, al tiempo que arrancaban todo lo que pudiera arder y hacían hogueras con ello. Los monjes del monasterio eran demasiado débiles para luchar contra esos desalmados y decidieron entregarles la parte de delante, para que descansaran, cuando les diera la gana. Así ha quedado separado claramente el mundo de los justos del de los malvados. En el Oeste organizamos las cosas de esta manera.
- Ahora comprendo - contestó Tripitaka.
Al entrar en el monasterio, vio que, encima de la puerta principal, había una placa de piedra de gran tamaño, en la que aparecían inscritas las siguientes palabras: "Monasterio del Zen Pacificador de los Mares". Apenas la hubieron dejado atrás, vieron acercarse a un monje con un gorro de lana sesgado hacia la izquierda, pendientes de cobre en las orejas y una túnica de lana persa. Sus ojos eran tan claros, que parecían estar hechos de plata. En las manos llevaba una carraca de extraño diseño, con la que se acompañaba para salmodiar ciertas escrituras de corte bárbaro. Por mucho que lo intentó, Tripitaka no consiguió recordar textos tan singulares. Estaba claro que aquel monje era un lama perteneciente de lleno al mundo del Occidente. En seguida se quedó prendado de la atractiva apariencia del maestro: frente despejada, cráneo bien moldeado, orejas cuyos lóbulos le llegaban hasta los hombros, manos tan largas que le llegaban hasta las rodillas... Eran, en fin, tan perfectos todos sus rasgos, que parecía la reencarnación viva de un arhat. Sin dejar de sonreír, el lama se llegó hasta él, le dio un par de pellizcos en la mano y en la pierna, frotó su nariz contra la del maestro y le tiró, finalmente, de la oreja. De esta forma tan complicada se valió para darle la bienvenida. Sin pérdida de tiempo, Tripitaka fue conducido a los aposentos del guardián del monasterio, que le preguntó, después de saludarle:
- ¿De dónde sois, maestro?
- Vuestro humilde discípulo - respondió Tripitaka con el respeto que de él se esperaba - es originario de las Tierras del Este y ha sido enviado por el Gran Emperador de los Tang al Monasterio del Trueno con el encargo de solicitar de Buda la entrega de las escrituras sagradas. Al pasar por este dignísimo lugar, empezó a hacerse de noche y decidimos solicitar de vuestra reverencia permiso para pasar la noche en vuestro honorable monasterio. Es nuestra intención reemprender la marcha tan pronto como haya amanecido.
- ¿Qué manera de hablar es ésa? - exclamó el guardián, soltando la carcajada -. Los que, como vos y yo, hemos renunciado a la familia no lo hemos hecho con tan altas intenciones como las que vos manifestáis, sino movidos por otros motivos, que, al nacer, dejaron bien claras las Constelaciones Celestes. Nuestros padres eran, de hecho, demasiado pobres para cuidar de nosotros, circunstancia que explica que renunciáramos para siempre a la familia. Pienso que, dado que los dos somos seguidores escrupulosos de Buda, deberíamos hablar entre nosotros con un poco más de sinceridad.
- Pero lo que acabo de deciros es verdad - se defendió Tripitaka.
- Es mucha la distancia que separa las Tierras del Este del Paraíso Occidental - señaló el guardián, sonriendo con malicia -. Son incontables las montañas que atraviesa el camino y en cada una de ellas hay cavernas en las que habitan toda clase de monstruos y demonios. Perdonad que dude de vuestras palabras, pero debéis reconocer que viajáis solo y que poseéis un porte noble y gentil a la vez. Vamos... que no presentáis la imagen típica del buscador de escrituras.
- He de reconocer que poseéis un sentido muy fino de la observación - admitió Tripitaka -. Como muy bien acabáis de decir, un viaje tan largo y peligroso habría resultado imposible de realizar para un monje tan humilde y sin recursos como yo. Lo he realizado, de hecho, en compañía de tres discípulos, capaces tanto de abrir nuevos caminos a través de las montañas, como de construir puentes a lo ancho de los cauces de agua. Gracias a ellos, he podido llegar hasta vuestro muy dignísimo monasterio.
- ¿Dónde se encuentran ahora esos tres discípulos de los que habláis? - volvió a preguntar el guardián.
- Esperando ahí fuera - contestó Tripitaka.
- ¿Fuera? - repitió el guardián, vivamente alarmado -. ¿Acaso ignoráis que por esta zona merodean tigres, lobos, monstruos y todo tipo de extrañas criaturas empeñadas en devorar a los viajeros? Incluso nosotros no nos atrevemos a alejarnos de día del monasterio. ¡Cuánto menos de noche! En cuanto anochece, cerramos las puertas y no dejamos entrar absolutamente a nadie. Salid inmediatamente a ordenad a vuestros discípulos que entren.
Dos jóvenes lamas se encargaron de cumplir los deseos del guardián, pero, cuando vieron al Peregrino, casi se caen al suelo del susto, cosa que volvió a ocurrir, cuando se toparon con Ba-Chie. Dando tumbos, regresaron al monasterio, gritando como locos:
- ¡Qué mala suerte, reverencia! ¡Vuestros discípulos han desaparecido! ¡Ahí fuera no hay más que tres monstruos horribles!
- ¿Tenéis la amabilidad de describirlos? - les pidió Tripitaka, muy tranquilo.
- Uno parece un dios del trueno - explicó el más joven de los lamas -, otro posee un morro increíblemente largo y el tercero tiene la cara de color azul verdoso y unos colmillos espantosos. Lo desconcertante es que con ellos se encuentra una muchacha bastante atractiva, por cierto.
- Ésos son precisamente mis discípulos - contestó Tripitaka, sonriendo -. La muchacha es una desconocida a la que salvamos la vida en el mismo corazón del bosque de pinos.
- ¿Cómo es que, siendo vos tan bien parecido - objetó el joven lama -, tengáis unos discípulos tan feos?
- Es posible que no sean muy agraciados - reconoció Tripitaka -, pero puedo aseguraros que no existe nadie más provechoso que ellos. Lo mejor que podéis hacer es salir otra vez  a  pedirles  que  pasen,  porque  ése  con  la  cara  de  dios  del  trueno  es  un  poco impaciente y no me extrañaría que se le ocurriera entrar dando golpes. Al fin y al cabo, sus orígenes son un tanto distintos de los del hombre.
Temblando de pies a cabeza, los jóvenes lamas volvieron a dirigirse a donde estaban los peregrinos y, echándose rostro en tierra, dijeron:
- Vuestro maestro, el venerable Tang, os pide que tengáis la bondad de pasar.
- ¿Qué les pasa a éstos? - preguntó Ba-Chie, soltando la carcajada -. ¿Por qué temblarán tanto, si han venido a invitarnos a entrar?
- Es por lo feos que somos - respondió el Peregrino.
- ¡Menuda tontería! - exclamó Ba-Chie -. Si somos feos, es porque nacimos así, no porque nos guste serlo.
- De todas formas - concluyó el Peregrino -, será mejor que escondamos un poco nuestra fealdad.
Sin pérdida de tiempo, el Idiota agachó cuanto pudo la cabeza y escondió el morro entre el pecho. Parecía otro, mientras tiraba de las riendas del caballo. El Bonzo Sha cargó con el equipaje y pasó al monasterio delante del Peregrino, que no se apartaba ni un minuto de la barra de hierro, pendiente siempre de la muchacha. Tras dejar atrás las tres puertas ruinosas, llegaron al templo propiamente dicho. Después de atar al caballo y deshacerse del equipaje, entraron en los aposentos del guardián a presentar sus respetos al lama de mayor dignidad, quien, tras pedirles que tomaran asiento, les fue presentando a los setenta lamas que componían la comunidad. Una vez terminadas las presentaciones, se sirvió una espléndida cena vegetariana.
De esta forma, quedó demostrado que en la base de todo mérito siempre se encuentra la compasión ajena y que, cuando el budismo prospera, no existen barreras para el entendimiento entre las gentes de bien.
No sabemos, de momento, cómo consiguieron abandonar el monasterio. Quien desee averiguarlo, tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente.

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[1]Sacrificios ofrecidos a los diferentes espíritus locales al principio del otoño y la primavera con el fin de obtener una cosecha abundante. Su ritual ha variado muy poco a lo largo de los siglos.

[2]Aunque en la primera parte de la obra se afirma que el comienzo del viaje tuvo lugar el día duodécimo del año, aquí se da un sentido festivo a dicho acontecimiento, al hacerlo coincidir con la fiesta de las linternas, que tiene lugar, efectivamente, el día 15 del primer mes del año lunar.

[3]En el original se dice «da-chung», expresión que hace referencia a un animal dañino de gran alzada. Por el contexto se deduce que, en este caso, se trata de un tigre y por tal lo hemos traducido.

[4]Referencia a lo acaecido a los peregrinos en el capítulo 23.

[5]«Tirar del caballo» o «tirar de las riendas» son expresiones usadas en el lenguaje popular para designar la labor de las casamenteras.