Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

Tratando de hallar la caverna del monstruo, se encuentra con Vida Perdurable. El auténtico soberano contempla a los niños [1].


Decíamos que el capitán imperial agarró al falso monje Tang y le obligó a salir de mala manera del palacio en el que estaba alojado. En cuanto puso el pie en la calle, los soldados le rodearon como si fuera un vulgar asesino y se dirigieron a toda prisa hacia la corte. Nada más llegar, dijeron al Guardián de la Puerta Amarilla:
- Id a informar al soberano que el monje Tang acaba de llegar.
El guardián no se demoró ni un segundo y el rey ordenó que le condujeran inmediatamente a su presencia. Todos los soldados se echaron rostro en tierra en señal de acatamiento. El falso monje Tang, por el contrario, permaneció de pie justamente en el centro de los escalones que conducían hasta el trono y preguntó con insolencia:
- ¿Por qué has hecho venir a un monje tan humilde como yo, rey Bhiksu?
- Durante muchos años - respondió el rey, sonriendo - he estado aquejado por una extraña enfermedad para la que nadie ha sido capaz de encontrar remedio. Afortunadamente mi querido suegro ha descubierto una medicina capaz de devolverme la salud, pero, para que surta pleno efecto, es preciso mezclarla con algo que sólo vos poseéis. Os prometo que, si accedéis a prestármelo, erigiré en vuestro honor un monasterio, en el que se ofrecerán de continuo sacrificios y libaciones que harán perdurable vuestro nombre.
- Como sabes - respondió el falso monje Tang -, los que hemos renunciado a la familia no tenemos como nuestro absolutamente nada. ¿Te importaría preguntar a tu querido suegro qué es lo que puedo ofrecerle yo para que dé por terminada su medicina?
- Lo único que necesitamos es vuestro corazón - contestó el rey.
- A decir verdad - alardeó el falso monje Tang -, poseo unos cuantos corazones. ¿De qué forma y de qué color lo quiere?
- Monje - contestó el suegro imperial con visible desprecio -, sólo necesitamos tu negro corazón.
- En ese caso - concluyó el falso monje Tang, sin alterarse -, dadme un cuchillo, para que pueda abrirme el pecho, de una vez. Si tengo uno negro, te lo daré con muchísimo gusto.
Loco de contento, el rey le agradeció su desinterés y pidió a uno de sus ayudantes que le entregara un puñal curvo, muy apto para descuartizar animales. El falso monje Tang lo  tomó  en  sus  manos,  se  desabrochó  la  túnica  y  abombó  cuanto  pudo  el  pecho. Después, poniendo la mano izquierda sobre la barriga, levantó con la derecha el puñal y se lo clavó con la fiereza propia de un guerrero. Se oyó claramente cómo el acero penetraba en la carne y el pecho se abrió de par en par, dejando escapar una gran cantidad de corazones. Los funcionarios civiles perdieron el color del rostro, mientras los militares sentían cómo les flaqueaban las piernas. Hasta el mismo suegro imperial exclamó:
- ¡Este monje está lleno de corazones! [2]
El falso monje Tang los fue cogiendo uno a uno, para que todos pudieran verlos bien. Había uno rojo, otro amarillo, otro blanco, otro avaricioso, otro tragón, otro envidioso, otro tacaño, otro agresivo, otro ambicioso, otro engreído, otro cruel, otro rijoso, otro timorato, otro precavido, otro malvado, otro sin unas características bien definidas...
¡Todos los tipos de corazones estaban allí representados, pero no había ni uno solo de color negro! El rey estaba tan sorprendido, que era incapaz de decir nada. Cuando, finalmente, se hubo repuesto un poco, lo único que pudo articular fue un débil:
- ¡Sacadlo de aquí!
El falso monje Tang dio por concluida su demostración de magia y, recobrando la forma que le era habitual, dijo:
- Está claro que habéis perdido toda vuestra capacidad de observación, porque los monjes poseemos unos corazones honrados, mientras que vuestro suegro es el único que tiene uno negro, totalmente apto para tomar la medicina que os ha preparado. Si no me creéis, dejadme sacárselo, para que lo veáis.
El suegro imperial abrió cuanto pudo los ojos y comprobó, estupefacto, que el rostro del monje había cambiado totalmente de aspecto. No cabía duda. ¡Aquél era el Gran Sabio Sun, que se había labrado una triste fama hacía unos quinientos años! Sin pérdida de tiempo se dio media vuelta y trató de elevarse por las nubes, pero el Peregrino le cortó la retirada, elevándose por los aires y gritando:
- ¿Adonde crees que vas? ¡Detente y prueba el sabor de mi barra!
El suegro imperial tomó su báculo con forma de dragón enroscado y se volvió contra su adversario, dando comienzo a una extraordinaria batalla. El báculo y la barra se movían a tal velocidad, que el aire que levantaban arrastraba a las nubes hasta más allá del gran vacío. Quedó, así, demostrado que el suegro imperial era, en realidad, un monstruo que había recubierto de engañosa belleza a su hija, con el fin de atraer la enfermedad sobre el soberano y acabar con la vida de los niños. Afortunadamente el Gran Sabio mostró la potencia de su magia y salvó a todo el reino de las argucias de la bestia. La barra de hierro buscó con insistencia la cabeza de su adversario, pero se encontró, una y otra vez, con la oposición del báculo. La lucha continuó hasta que el cielo se cubrió de una espesa niebla y toda la ciudad quedó sumida en la más completa oscuridad. Sus habitantes palidecieron de pánico y hasta los funcionarios buscaron el refugio de sus hogares. El temor demudó el rostro de las concubinas imperiales y de todas las doncellas que las atendían. El mismo rey de Bhiksu buscó un lugar donde esconderse, temblando de miedo y sin saber exactamente qué decisión tomar. La barra de hierro se elevaba y caía con una machacona insistencia, que recordaba la fiereza con que los tigres caen sobre sus víctimas. El báculo, por su parte, se comportaba como un dragón que emergiera, de pronto, del fondo del mar. Pero tan sobrecogedora violencia sirvió para que en el reino de Bhiksu se distinguiera por fin de qué parte estaba el bien y de cuál  el  mal.  Durante  más  de  veinte  asaltos  resistió  el  monstruo  los  ataques  del Peregrino; pero no tardó en quedar claramente demostrado que el báculo no era digno rival de la barra de los extremos de oro. Tras asestar un último golpe, el suegro imperial se transformó en un rayo de luz y se lanzó a las habitaciones interiores en busca de la mujer que en su día había regalado, en prueba de acatamiento, al rey. La falsa muchacha se convirtió en otro rayo de luz y huyó a toda prisa, siguiendo los pasos de su padre. El Peregrino bajó entonces de las nubes y, entrando en el palacio, regañó a los funcionarios allí reunidos, diciendo:
- ¡Menudo suegro imperial os habíais echado a la cara! - Todos los cortesanos se echaron rostro en tierra, pero él los hizo levantar en seguida, añadiendo -: Dejaos ahora de inclinaciones. Lo que tenéis que hacer es encontrar cuanto antes al rey.
- Al ver la fiereza con la que luchabais - contó uno de los funcionarios -, sintió pánico y corrió a esconderse. No tengo ni idea de dónde puede haberse metido.
- Es preciso que deis con él cuanto antes - les urgió el Peregrino -. Hay que evitar a toda costa que la Reina de la Belleza se lo lleve consigo.
Ante semejantes razones, los funcionarios se dirigieron a toda prisa hacia las habitaciones interiores. La Reina de la Belleza había desaparecido, pero lo más preocupante era que no había tampoco ni rastro del rey. Mientras intensificaban la búsqueda, la reina, las concubinas del Palacio Oriental, las del Palacio Occidental y las de las Seis Mansiones acudieron en tropel a dar las gracias al Gran Sabio.
- Levantaos en seguida - les urgió el Peregrino, restando importancia a lo que acababa de hacer -. No es hora de agradecimientos. No hasta que, por lo menos, no hayamos dado con el rey.
Cuando más desesperada parecía ser la situación, vieron salir del Salón de la Conducta Cuidadosa [3] a cuatro o cinco eunucos con el rey. Al verle, todos los funcionarios se echaron rostro en tierra y dijeron al unísono:
- Señor, no sabemos cómo agradecer a este monje lo que ha hecho por nosotros, pues, gracias a su intervención, hemos aprendido a distinguir lo auténtico de lo falso. Ahora sabemos que el suegro imperial era, en realidad, un monstruo. Eso explica que la Reina de la Belleza haya seguido rápidamente sus pasos.
El rey pidió al Peregrino que le acompañara al salón del trono. Antes de llegar a él, no obstante, le preguntó, intrigado:
- ¿Cómo es que, cuando llegasteis esta mañana teníais un rostro tan hermoso y ahora parecéis una persona totalmente distinta?
- A decir verdad, majestad - contestó el Peregrino, sonriendo -, el primero que vino a veros era mi maestro, el honorable Tripitaka, hermano del Gran Emperador de los Tang. Yo no soy más que su discípulo Wu-Kung. Con nosotros viajan otros dos hermanos, Chu Wu-Neng y Sha Wu-Ching, que actualmente se encuentran en el Pabellón del Departamento de Envíos. Estábamos al tanto de que el monstruo os había convencido para que arrancarais el corazón a mi maestro. Eso me movió a hacerme pasar por él y a venir a enfrentarme contra esa bestia.
Al oír eso, el rey se volvió hacia el más importante de sus ministros, el Gran Secretario Imperial,  y  le  ordenó  que  fuera  al  pabellón  en  busca  del  maestro  y  de  los  otros discípulos a los que aún no tenía el honor de conocer. Para entonces Tripitaka estaba ya al tanto de que el Peregrino había recobrado la forma que le era habitual y que estaba tratando de dominar a la bestia. La incertidumbre del combate le sumió en un estado tal de nerviosismo, que Ba-Chie y el Bonzo Sha tuvieron que agarrarle, uno por cada lado, para evitar que se cayera al suelo. Por si eso fuera poco, le molestaba terriblemente la máscara de barro maloliente que llevaba sobre el rostro. Fue precisamente en tan crítico momento, cuando se presentó alguien a anunciarle:
- Maestro de la Ley, somos los servidores del Gran Secretario Imperial, que viene personalmente a invitaros, de parte del rey de Bhiksu, a que acudáis sin demora a palacio a recibir su agradecimiento y su más respetuosa consideración.
- No os asustéis, maestro - trató de animarle Ba-Chie -. Está claro que esta vez no vienen a por vuestro corazón. Lo más probable es que Wu-Kung haya ganado la batalla y quieran agradeceros lo que habéis hecho por ellos.
- Creo que tienes razón - reconoció Tripitaka -. Pero ¿quieres decirme cómo me presento ante el rey, oliendo de una forma tan repugnante?
- Me temo que no os queda otro remedio - contestó Ba-Chie -. De todas formas, no estaría de más que lo consultáramos con Wu-Kung. A lo mejor tiene algún remedio para esto.
El maestro, en efecto, no tuvo otra opción que salir al patio, acompañado por Ba-Chie y el Bonzo Sha, que iba tirando de las riendas del caballo. Al verlos aparecer tan de improviso, el primero de los ministros del reino no pudo por menos de exclamar:
- ¡Santo cielo! ¡Menuda banda de monstruos y demonios nos hemos echado a la cara!
- No os asustéis ni prestéis atención a la fealdad de nuestros rostros, señor - le aconsejó el Bonzo Sha -. Nacimos así y no hay quien nos cambie. De todas formas, esperad a que nos entrevistemos con nuestro hermano mayor y veréis lo hermoso que es nuestro maestro.
Cuando llegaron a palacio, no esperaron a ser anunciados, sino que se dirigieron directamente al salón del trono. En cuanto el Peregrino los vio, corrió escaleras abajo y arrancó al maestro la máscara de barro, al tiempo que decía con su voz de inmortal:
- ¡Transfórmate!
El monje Tang recobró al instante la forma que le era habitual y empezó a sentirse más animado y satisfecho que nunca. El rey había acudido, mientras tanto, a darles la bienvenida, llamando en todo momento al monje Tang Maestro de la Ley y Buda Venerable. Después de atar al caballo, tanto el maestro como los discípulos ascendieron por las escaleras que conducían hacia el trono y continuaron intercambiando palabras amables.
- ¿Sabéis de dónde provenía ese monstruo, majestad? - preguntó el Peregrino -. Me gustaría ir a atraparle, así no podría continuar haciendo el mal.
Al oírle hablar de esa forma, las concubinas y las damas del palacio, que se encontraban detrás del biombo, hicieron caso omiso de las normas que prohibían a los hombres y a las mujeres hablar cara a cara en el salón del trono y, postrándose ante él, dijeron:
- Por lo que más queráis, haced uso de vuestros poderes mágicos y arrancad de raíz esa hierba que tanto mal nos ha hecho, así no podrá reproducirse. Sabed que, si lo hacéis, os recompensaremos con la debida largueza.
Tras devolverles el saludo, el Peregrino siguió insistiendo al rey, para que le revelara el lugar exacto en el que habitaba el taoísta. Un tanto desconcertado ante tanta insistencia, el rey contestó finalmente:
- Hace tres años, cuando llegó aquí por primera vez, le hice esa misma pregunta y me respondió que vivía en un lugar no muy lejos de aquí, concretamente en la aldea de la Perfecta Floración, que se halla enclavada en la Ladera del Sauce, a unos ciento cincuenta kilómetros al sur de esta ciudad. A pesar de su avanzada edad, me manifestó que no había tenido ningún hijo, sino únicamente la hija que tuvo a bien presentarme. Según él, acababa de cumplir dieciséis años y, puesto que no había sido prometida a nadie por ser fruto de su segunda esposa, tuvo la delicadeza de ofrecérmela a mí como prueba de reconocimiento. No necesito deciros que me enamoré perdidamente de ella y la tomé como concubina. Después se me presentó esta terrible enfermedad, a la que los médicos más afamados fueron incapaces de poner freno. El suegro imperial me confió entonces que poseía un remedio infalible, que requería, para que su efecto fuera inmediato, ser tomado con un caldo preparado con corazones de niño. Reconozco que fui lo suficientemente tonto como para creer en sus palabras. Hice escoger, pues, a mil ciento once niños y esperé, impaciente, a que llegara el mediodía de hoy para arrancarles el corazón. Lo que menos me esperaba es que fuerais a aparecer vos. Cuando nos enteramos de que los niños habían desaparecido, me dijo que vuestro maestro se había dedicado a las prácticas ascéticas durante más de diez reencarnaciones y que no había malgastado jamás ni una sola gota de su yang original. Eso le convertía en un ser tan excepcional, que su corazón era diez mil veces más efectivo para alargar la vida que el de todos los niños juntos. A eso se debe que os hiciera una proposición tan descabellada. Menos mal que vos reconocisteis y desenmascarasteis a tiempo a ese monstruo. Por eso, os suplico ahora que llevéis a término vuestra misión, acabando para siempre con ese monstruo que tanto mal nos ha hecho. Si accedéis a hacer uso en nuestro favor de vuestros extraordinarios poderes mágicos, sabed que las riquezas de todo el reino estarán para siempre a vuestra entera disposición.
- Si he de seros sincero - respondió el Peregrino, sonriendo -, fui yo quien, siguiendo los deseos de mi maestro, saqué a los niños de la ciudad. Lo hice por pura compasión, así que no habléis, por favor, de recompensas y riqueza. Me doy por contento con capturar al monstruo. - Se volvió a continuación hacia Ba-Chie y le ordenó -: Ven conmigo, rápido.
- ¿Cómo quieres que lo haga con el estómago vacío? - protestó Ba-Chie -. Ya sabes que sin comer no valgo para nada.
El rey llamó al encargado de las celebraciones y fiestas imperiales y le ordenó que preparara un convite vegetariano. En cuanto se hubo saciado, Ba-Chie se elevó por los aires y desapareció a toda prisa, montado en la misma nube que el Peregrino. Al verlo, el rey, la reina, las concubinas y todos los funcionarios, tanto civiles como militares, se dejaron caer, sobrecogidos, rostro en tierra y, golpeando repetidamente el suelo con la frente, exclamaron:
- ¡En verdad han descendido a la tierra los inmortales y los budas!
El Gran Sabio condujo a Ba-Chie a un lugar situado a unos ciento cincuenta kilómetros al sur de la ciudad, donde sin pérdida de tiempo empezaron a buscar la morada del monstruo. No había ni rastro de la aldea de la Perfecta Floración. Un arroyuelo de aguas limpísimas corría entre un bosquecillo de miles de sauces. La niebla desdibujaba las formas de sus copas, impidiendo la visión de los interminables prados que se extendían más allá del bosque. Pero no había ni rastro de presencia humana. Los esfuerzos del Gran Sabio por encontrar al monstruo resultaron totalmente infructuosos. No le quedó más remedio que hacer un signo mágico con los dedos y pronunciar el conjuro que empezaba por la letra Om. Inmediatamente se presentó el espíritu de aquel lugar. Temblando de pies a cabeza, se postró de hinojos y dijo:
- El dios protector de la Ladera del Sauce os presenta sus respetos, Gran Sabio.
- No tengas miedo - le tranquilizó el Peregrino -. Te he hecho venir, no para castigarte, sino para preguntarte dónde se encuentra la aldea de la Perfecta Floración.
- Lo que hay aquí - le corrigió el dios protector de aquel lugar - no es la aldea, sino la Caverna de la Perfecta Floración. Eso me hace pensar que venís directamente del Reino de Bhiksu.
- Así es - reconoció el Peregrino -. El soberano que rige sus destinos había sido embaucado por un monstruo, al que desenmascaré nada más poner el pie en la capital. Cuando estaba a punto de derrotarle, se convirtió en un rayo de luz y desapareció de mi vista. Eso me obligó a preguntar al rey sobre sus orígenes. Según parece, hace tres años, cuando le ofreció una muchacha hermosísima en prueba de reconocimiento, el monstruo le manifestó que era originario de la aldea de la Perfecta Floración, enclavada en la Ladera del Sauce, a unos ciento cincuenta kilómetros al sur de la ciudad. Como no me cabía ninguna duda de que se trataba de este lugar, basta para ello con ver los sauces, decidí llamarte para preguntarte dónde se encuentra esa condenada aldea.
- Os ruego, Gran Sabio, que perdonéis el olvido de mis obligaciones en el que he incurrido - suplicó el dios protector de aquel lugar, intensificando sus golpes de frente contra el suelo -. El rey de Bhiksu es también el señor de estas tierras y sé que debía haber expuesto al Emperador de Jade lo delicado de su situación. Pero temí que, si lo hacía, el monstruo se volvería contra mí y acabaría con mi buena fortuna, pues sus poderes mágicos son francamente extraordinarios. Esa es la razón por la que aún no ha sido juzgado por sus fechorías. Si queréis dar con él, tenéis que descubrir un sauce de nueve ramas que hay al sur del arroyo, dar tres vueltas alrededor del tronco, primero de izquierda a derecha y después de derecha a izquierda, apoyaros en el tronco con las dos manos y gritar tres veces seguidas "¡Abrid la puerta!" y aparecerá ante vuestros ojos la Caverna de la Perfecta Floración.
El Gran Sabio despidió entonces al dios protector de aquel lugar y, saltando el arroyo, empezó a buscar, en compañía de Ba-Chie, el sauce que acababa de indicarle. No tardaron en dar con él. Aunque su tronco era recto en extremo, poseía únicamente nueve ramas.
- Quédate aquí, mientras yo llamo a la puerta - dijo el Peregrino a Ba-Chie -. Me será de mucha utilidad, cuando logre arrancar a ese monstruo de su guarida y salga corriendo detrás de él.
Ba-Chie  escogió  un  punto,  sumamente  estratégico,  que  se  encontraba  a  medio kilómetro de distancia. El Gran Sabio, mientras tanto, siguió al pie de la letra las instrucciones del dios protector del lugar, dando primero tres vueltas hacia la izquierda, después otras tres hacia la derecha y colocando con fuerza las dos manos sobre el tronco, antes de gritar tres veces seguidas: "¡Abrid la puerta!". Al instante aparecieron dos portones enormes, que lanzaron un desagradable quejido al girar sobre sus goznes. Del sauce no quedaba ni rastro. Dentro se veía una luz tan fuerte como la que reinaba en el exterior, pero tampoco allí se apreciaba rastro alguno de presencia humana. El Gran Sabio se adentró en la caverna y descubrió que se trataba de un lugar realmente encantador. Los rayos del sol y la luna caían oblicuos sobre bancos de niebla que parecían surgir directamente del suelo. El cielo, aunque límpido, se veía a veces surcado por masas caprichosas de nubes blancas. El verdor de los líquenes destacaba entre el tono grisáceo de los troncos de los árboles. A cada paso que daba surgían especies nuevas de plantas que mostraban, orgullosas, la exuberancia de sus flores y capullos. El aire poseía una dulzura que hacía pensar en el goce de una primavera eterna. De alguna forma, aquel lugar recordaba a Lang-Yüan, aunque su belleza superaba, sin lugar a dudas, a la de Peng y Ying [4]. Larguísimas enredaderas cubrían la dureza de unos bancos de piedra, mientras caprichosos zarcillos de parra cegaban el espacio que delimitaba un puente plano. Las abejas entraban y salían sin cesar de la caverna, cargadas de polen de color dorado, al tiempo que las mariposas revoloteaban entre un macizo de orquídeas que crecían alrededor de un enorme bloque de piedra. En dos zancadas el Peregrino se llegó hasta él y vio que tenía grabados cuatro caracteres, que decían: "Morada del Inmortal de la Perfecta Floración" Incapaz de dominar su entusiasmo, el Peregrino saltó por encima del bloque de piedra. El monstruo se encontraba al otro lado. Tenía entre sus brazos a una muchacha realmente hermosísima, - su respiración se mostraba muy alterada, mientras hablaban, al parecer, de algo relacionado con el Reino de Bhiksu.
- ¡Qué ocasión más extraordinaria hemos dejado escapar! - se lamentaban los dos al mismo tiempo -. Tres años planeándolo y hoy precisamente, que estábamos a punto de concluir nuestra empresa, se presenta ese maldito mono y lo echa todo a perder.
- ¡Los malditos sois vosotros! - gritó el Peregrino, lanzándose contra ellos con la barra de hierro en las manos -. ¿Qué ocasión es esa de la que estáis hablando? ¡Dejad de lamentaros y preparaos a probar el sabor de mi barra!
El monstruo dejó a un lado a la bella y, echando mano a toda prisa del báculo con forma de dragón enroscado, se volvió contra su enemigo. De esa forma, dio comienzo, en el mismo interior de la caverna, una batalla tan cruel como la primera, aunque bastante diferente en otros muchos aspectos, La barra de los extremos de oro parecía emitir rayos de luz, mientras que el báculo se hallaba envuelto en una espesa niebla de maldad.
- ¿Cómo te has atrevido a presentarte de esta manera en mí morada? - bramó el monstruo furioso.
- Lo he hecho con el fin de atrapar a un monstruo - contestó el Peregrino.
- Mis relaciones con el rey a ti ni te van ni te vienen - replicó el monstruo -. ¿Quieres explicarme por qué te empeñas en medir tus armas con las mías?
- Los actos de los monjes están dictados por la misericordia - explicó el Peregrino -. No podíamos permanecer impasibles, mientras tú acababas con esos niños.
Continuaron hablando, hasta que su odio alcanzó las cotas de los picos más encumbrados. Tanto el báculo como la barra buscaban, una y otra vez, el corazón de sus respectivos adversarios. Siempre pendientes de los movimientos del enemigo, arrancaban de raíz con los pies flores exóticas que iban a mezclarse con los resbaladizos líquenes. Pelearon hasta que la luminosidad que reinaba en la caverna fue palideciendo poco a poco y los capullos que crecían alrededor del bloque de piedra yacieron, tronchados, sobre el suelo. El fragor de la batalla obligó a huir, aterradas, a las aves, mientras la bella buscaba refugio contra la cascada de insultos que se lanzaban el uno al otro. La violencia con la que el monstruo y el Rey Mono intercambiaban sus golpes levantó un viento huracanado que arrasó toda la tierra. Pronto la caverna les resultó demasiado pequeña y abandonaron, más feroces y enardecidos que nunca, su recinto. Ése era el momento que había estado esperando Ba-Chie. Los gritos y el entrechocar de las armas le habían enardecido de tal manera, que se moría de ganas por entrar en acción. Finalmente, echó mano del rastrillo y, de un solo golpe, derribó el sauce de las nueve ramas. No contento con eso, arremetió contra la raíz, descargando sobre ella una lluvia de violentísimos golpes. Al partirla, saltó un chorro de sangre y se oyó una especie de quejido, que hizo exclamar a Ba-Chie:
- ¡Este árbol se ha convertido en un espíritu!
Precisamente  se  disponía  a  asestar  un  golpe  definitivo,  cuando  vio  aparecer  al Peregrino y al monstruo. Sin decir una sola palabra, el Idiota levantó el rastrillo y se metió de lleno en la pelea. El monstruo estaba empezando a perder terreno en favor del Peregrino. Cuando vio a Ba-Chie con el rastrillo, perdió la poca confianza que aún le quedaba y huyó, despavorido. En su loca carrera sacudió ligeramente el cuerpo y al instante se convirtió en un rayo de luz, que se dirigió hacia el este. Los dos monjes no renunciaron a darle caza. Al contrario, montaron en una nube y salieron en su persecución. Cuando estaban a punto de darle alcance, oyeron el canto de un fénix y de una garza, al tiempo que se cernía sobre ellos una luz cegadora. No tardaron en ver a la Anciana Estrella del Polo Sur con un rayo de luz en la mano.
- Detened vuestra loca carrera, Gran Sabio - gritó -. Y vos, Mariscal de los Juncales Celestes, renunciad a vuestra persecución. Es mi deseo que aceptéis los humildes saludos de este viejo taoísta.
- ¿De dónde venís? - le preguntó el Peregrino, después de devolverle los cumplidos.
- ¡Viejo bribón! - exclamó Ba-Chie, sonriendo malicioso -. A juzgar por ese rayo de luz que tenéis en la mano, acabáis de atrapar a ese monstruo. ¿No es así?
- Así es, efectivamente - reconoció la Estrella, sonriendo -. Espero que os mostréis compasivos con él y renunciéis a acabar con su vida.
- Que yo sepa - contestó el Peregrino -, ese monstruo no es ninguno de vuestros parientes. ¿Por qué os interesáis tanto por él?
- Porque da la casualidad de que se trata de mi bestia de carga - respondió la Estrella, sin perder la sonrisa de los labios -. Lamento tener que admitir que se me escapó y que ha terminado convirtiéndose en un monstruo.
- Si, como decís, es vuestro - replicó el Peregrino -, me gustaría que nos dejarais ver la forma que le es habitual.
La Estrella soltó, entonces, el rayo de luz y gritó:
- ¡Bestia maldita, muéstrate tal cual eres y te levantaré el castigo que tenía pensado ponerte por tu falta!
El monstruo se revolvió de una forma extraña y se convirtió en un ciervo de pelaje blanco.
- ¡Maldita bestia! - repitió la Estrella, recogiendo el báculo -. ¡Me había robado hasta el bastón!
Incapaz de pronunciar una sola palabra, el ciervo blanco se echó rostro en tierra y empezó a golpear el suelo con la frente, al tiempo que discurría por sus mejillas un auténtico aluvión de lágrimas. Su cuerpo poseía la tersura del jade y su cornamenta parecía estar compuesta por siete cuchillos sumamente afilados. Cuando sentía hambre, buscaba los pastos de hierba fresca y abrevaba en las nubes, cuando le atacaba la sed. Su sed era muy avanzada, pero había aprendido el arte de las metamorfosis y eso le había movido a escapar de los lazos de su amo. Le bastó, sin embargo, con oír su voz, para que se arrepintiera de todo y se mostrara tal como siempre había sido. Tras agradecer al Peregrino todo lo que había hecho por él, la Estrella montó en el ciervo y se dispuso a partir. El Gran Sabio se lo impidió, diciendo:
- No os marchéis, por favor. Hay dos asuntos que todavía no hemos resuelto.
- ¿De qué se trata? - preguntó la Estrella.
-  Aún  nos  queda  por  capturar  a  una  muchacha  de  extraordinaria  belleza,  que suponemos que también es un monstruo - respondió el Peregrino -. Después debemos informar de todo lo ocurrido al rey de Bhiksu.
- No me importará esperar un poco más - concluyó la Estrella -. Por mí no hay ningún inconveniente en que vayáis a capturar a esa muchacha de la que habéis hablado. Cuando lo hayáis conseguido, iremos todos juntos a ver al rey y le enseñaremos la forma que realmente tienen sus antiguos protegidos.
- No tardaremos mucho - repitió el Peregrino y, haciendo un gesto a Ba-Chie con la mano, regresaron a la Mansión del Inmortal de la Perfecta Floración.
- ¡Hay que atrapar al monstruo! - gritaron los dos con fuerza -. ¡No hay que dejarle escapar!
Al oírlos, la bella se puso a temblar de tal manera, que ni siquiera pensó en huir. Lo único que hizo fue refugiarse detrás del bloque de piedra. Aunque sabía que no podía escapar, porque no había puerta trasera, Ba-Chie le preguntó con fuerte voz:
- ¿Adonde crees que vas? Date la vuelta y disponte a probar el sabor de mi rastrillo.
La bella ni siquiera tenía un arma. Lo único que pudo hacer fue esquivar el golpe y transformarse en un rayo de luz. El Gran Sabio le cortó la retirada, levantando oportunamente la barra de hierro. Después de estrellarse contra ella, la bella cayó al suelo y se convirtió en lo que realmente era: una zorra de rostro blanco. Incapaz de contener la furia de sus manos, el Idiota levantó el rastrillo y le descargó un golpe terrible en la cabeza. La belleza que había hecho tambalearse a todo un reino quedó convertida, de esa forma, en un trozo de piel cubierto de sangre.
- ¡No destroces su cuerpo! - le aconsejó el Peregrino -. Es preciso que el rey lo vea.
Sin preocuparse del rastro de sangre que iba dejando, el Idiota la agarró por el rabo y abandonó la caverna, siguiendo los pasos del Peregrino. En aquel mismo momento la Estrella se encontraba acariciando la cabeza a su ciervo y regañándole, diciendo:
- ¿Cómo has podido abandonar a tu dueño para convertirte en un monstruo? ¿No comprendes que, si me llego a haber retrasado un poco, el Gran Sabio Sun habría acabado contigo?
- ¿Se puede saber qué estáis haciendo? - preguntó el Peregrino, sorprendido.
- Aleccionando a mi ciervo, por supuesto - contestó la Estrella.
- ¿Es ésta tu hija? - interrogó Ba-Chie al ciervo, poniéndole delante el cuerpo de la zorra.
El animal sacudió varias veces la cabeza. Después alargó el hocico y empezó a olfatearla, como queriendo dar a entender que le partía el corazón tener que separarse de ella. La Estrella le pegó con la mano en la cabeza y exclamó:
- ¡Maldita bestia! ¿A qué viene olerla de esa forma? ¿Es que no te parece suficiente haber escapado con vida? - y, quitándose la faja, se la pasó por el cuello y tiró de él, como si se tratara de un ramal -. ¿A qué esperamos para ir a ver al rey de Bhiksu? - añadió, dirigiéndose al Gran Sabio.
- Esperad un momento - contestó el Peregrino -. Es conveniente que limpiemos esto un poco, para que no vuelva a convertirse en el refugio de ningún monstruo.
No había acabado de decirlo, cuando Ba-Chie levantó el rastrillo y empezó a descargar una serie de golpes sobre el tronco del sauce. El Peregrino volvió a recitar el conjuro que empieza por la letra Om y al punto se presentó el dios protector de aquel lugar.
- Coge toda la madera seca que puedas encontrar y haz con ella una gran hoguera - le ordenó -. Es preciso que acabe para siempre con este nido de maldad, para que no tengas que volver a sufrir la ignominia que hasta ahora has padecido.
El dios protector reunió a todos sus subalternos y, montándose en un viento frío reunieron una gran cantidad de plantas marchitas por la escarcha, hierbajos secos del otoño, ramas tan secas como la yesca, trozos de troncos carcomidos, juncos amarillentos, huesos de dragón y todo tipo de restos vegetales que llevaban más de un año arrancados de su raíz, por lo que eran tan combustibles como el aceite o la grasa.
- No es necesario que te cebes tanto con ese árbol - gritó el Peregrino a Ba-Chie -. Mete todo eso en la caverna y préndelo. El fuego se encargará de destruirlo todo.
Las llamas acabaron, en efecto, con todo, convirtiendo la Caverna de la Perfecta Floración en un auténtico horno. El Peregrino se despidió a continuación del dios protector de aquel lugar y se dirigió hacia el palacio real, acompañado por la Estrella, el ciervo y Ba-Chie, que llevaba arrastrando a la zorra.
- Aquí tenéis a vuestra Reina de la Belleza - dijo el Peregrino, enseñándosela con visible desprecio -. ¿Estáis dispuesto a renunciar a vuestras obligaciones por ella?
El rey temblaba de miedo, incapaz de controlar los locos latidos de su corazón. La reina y las concubinas, por su parte, no se atrevían a levantar la cabeza, asustadas por la presencia de la Estrella con el ciervo blanco. Comprendiendo que el rey se disponía a postrarse de hinojos ante él, se apresuró a levantarle del suelo y dijo:
- ¿A qué viene inclinaros ante mí? Si tanto lo deseáis, hacedlo ante vuestro suegro. Es ése de ahí.
Profundamente avergonzado, únicamente podía susurrar en voz muy baja:
- Os agradezco sinceramente que hayáis salvado a los niños de esta tierra.
Seguidamente ordenó al encargado de las celebraciones y las fiestas imperiales que preparara un banquete vegetariano en el Salón Oriental del Palacio, para agradecer a la Estrella del Polo Sur, al monje Tang y a sus tres discípulos todo cuanto habían hecho por el bien del reino. Tras saludar a la Estrella, Tripitaka y el Bonzo Sha le preguntaron a la vez:
- ¿Cómo es posible que siendo vuestro este ciervo blanco se haya dedicado a hacer daño a la gente?
- Hace cierto tiempo - respondió la Estrella, sonriendo - pasó por la montaña en la que habito el Supremo Señor del Este [5] y le pedí que accediera a echar conmigo una partida de ajedrez. Estábamos a punto de terminar el primer juego, cuando esta bestia se aprovechó de mi concentración y se escapó corriendo. Tan pronto como se hubo marchado mi huésped le busqué por todos los sitios, sin poder dar con él. Doblé, entonces, los dedos y, después de hacer unos cuantos cálculos, comprendí que se había refugiado en este lugar. Partí inmediatamente en su busca, cupiéndome el gran honor de encontrarme con el Gran Sabio, que se disponía en ese mismo momento a darle caza. Si llego a haberme retrasado un poco, habría terminado con él y ahora no tendría quien me llevara sobre su lomo.
No había acabado de decirlo, cuando se presentaron unos sirvientes y les informaron que el convite estaba dispuesto. Jamás se había visto un banquete tan espléndido. Los pasillos que conducían a la sala se hallaban engalanados con adornos y cintas de cinco colores. Los asientos estaban perfumados y los paños que cubrían las mesas mostraban intrincados bordados que recordaban los tejidos de damasco. Espléndidas alfombras de color rojo tapizaban hasta la última porción del suelo, mientras nubes de sándalo e incienso aromatizaban el ambiente, saliendo, en forma de caprichosas volutas, de artísticos pebeteros con forma de pato. Ante la mesa imperial se amontonaban las frutas, colocadas con una maestría y un gusto realmente exquisitos. Las tartas tenían la forma de dragones y otras bestias. Hasta los pastelitos y los dulces representaban patos y leones realizados con tal lujo de detalles que parecían auténticos. Lo mismo les ocurría a las copas con forma de loro y a las asas que reproducían la esbeltez de las grullas, tan reales que daban la impresión de estar vivas. Por si eso fuera poco, la manera como se presentaban  los  diferentes  platos  era  a  la  vez  atractiva  y  sumamente  refinada.  No faltaban nueces llamativamente redondeadas, ni lechíes [6] ni melocotones frescos, ni dátiles ni brevas de un dulzor extraordinario, ni piñones ni uvas aromáticos en extremo. A ello había que añadir las viandas recubiertas de azúcar o de miel, que recordaban, por su delicadeza, los capullos o los bordados. Algunas se servían en bandejas de oro, aderezadas en forma de pirámide. No podía ser de otra forma, cuando hasta el arroz era servido en cuencos de plata. En ellos se tomaban también los tallarines con caldo picante u otros sabores exóticos. Los platos, a cual más exquisitos y sabrosos, se sucedían a una velocidad increíble. Resultaba imposible detallar las clases diferentes de setas, orejas de árbol, brotes de bambú, espárragos que fueron llenando, poco a poco, las mesas. ¡Todas las verduras, tanto las más humildes como las más raras, estaban representadas en aquel banquete!
Los comensales tomaron asiento, siguiendo escrupulosamente su grado o dignidad. A la mesa principal se sentaron la Estrella y el monje Tang. El rey ocupó otra colocada justamente enfrente, mientras que el Peregrino, Ba-Chie y el Bonzo Sha se situaron en una de las alas. En la otra tomaron asiento los ministros y los dignatarios de mayor rango. En el mismo momento en que empezó a sonar la música, el rey agarró una copa que semejaba una nube de color rojizo y brindó, uno por uno, a la salud de todos los presentes. Sólo el monje Tang permaneció sin probar el licor. Antes de empezar a comer, Ba-Chie se volvió hacia el Peregrino y le dijo:
- Las frutas las dejamos para ti. Nosotros nos conformamos con el arroz, la sopa y todo lo demás.
Sin hacer caso de las normas, el Idiota se abalanzó sobre las viandas y empezó a tragar, como si no hubiera probado nada en toda su vida. Ni un minuto dejó de engullir lo que llenaba, hasta rebosar, cada una de las mesas. Cuando hubo concluido el banquete, la Estrella se levantó, dispuesto a partir cuanto antes hacia su palacio. El rey se arrojó entonces a sus pies y le suplicó que le recetara algún remedio para acabar con su enfermedad y, así, alargar considerablemente sus días.
- Me temo - contestó la Estrella, sonriendo - que estaba demasiado preocupado con encontrar a mi ciervo y no he traído ningún elixir. Por supuesto que me gustaría recetaros algo realmente efectivo; sin embargo, está claro que vuestros tendones y vuestro espíritu han sufrido un deterioro de tal magnitud, que dudo mucho que los remedios normales [7] puedan serviros de alguna utilidad. De todas formas, dentro de la manga tengo tres dátiles que acaba de darme el Supremo Señor del Este, para que los tome con el té. Con mucho gusto os los regalo. Nada me alegraría más que saber que os han servido de ayuda.
En cuanto los hubo tragado, el rey sintió como si, poco a poco, le fueran levantando un peso terrible del cuerpo, hasta que la enfermedad desapareció totalmente y le pareció que volvía a ser un hombre joven. Las avanzadas edades que alcanzaron todos sus descendientes tienen su origen precisamente en este episodio.
- ¿No podéis darme a mí algún dátil? - preguntó Ba-Chie, al ver el maravilloso efecto que habían tenido sobre el rey.
- Me temo que no he traído ninguno más - contestó la Estrella -. Pero no os preocupéis. Un día de éstos pienso enviaros unos cuantos kilos.
Después de despedirse, una vez más, del soberano, abandonó el Salón Oriental, ordenó al ciervo blanco que se mantuviera erguido y, con una agilidad asombrosa, saltó sobre su lomo. Inmediatamente se elevaron por los aires y se perdieron entre las nubes. El soberano, sus esposas y todos los habitantes de la ciudad se postraron de hinojos y quemaron varillas de incienso.
- Creo que ha llegado el momento de recoger todas nuestras cosas y de despedirnos del rey - dijo Tripitaka, dirigiéndose a sus discípulos.
Pero el soberano insistió en que se quedaran con él algún tiempo y le enseñaran los principios del buen gobierno. Eso hizo que el Peregrino le aconsejara:
- De ahora en adelante debéis controlar más vuestra concupiscencia y realizar acciones virtuosas de las que nadie más que vos tenga noticia. En todo cuanto emprendáis procurad que vuestra fuerza compense ampliamente todas vuestras debilidades. Tened siempre presente que no hay forma más efectiva de alargar la vida que poniendo coto a la enfermedad. Eso es todo lo que podemos enseñaros.
Agradecido, el rey les regaló dos bandejas de oro y unas cuantas piezas de plata como ayuda a los gastos de viaje, pero el monje Tang se negó a aceptar tan valiosísimos regalos. Al soberano no le quedó, pues, más opción que hacer traer la carroza del fénix y el dragón v pedir al maestro que tomara asiento en ella. Él mismo se encargó de sacarla de la corte, empujando, junto con las concubinas, con sus propios brazos, como si fuera un vulgar esclavo. Las calles aparecían abarrotadas de gentes que iban echando agua purificada e incienso, a medida que ellos pasaban. Antes de que los peregrinos llegaran a las puertas de la ciudad, se levantó un viento huracanado, que fue depositando a lo largo de toda la calle los mil ciento once niños que habían desaparecido la noche anterior. El dios del reino, el de la ciudad, el del suelo, los inmortales, los Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales, los Cuatro Centinelas, los Seis Dioses de la Luz, los Seis Dioses de las Tinieblas y los Protectores de los Monasterios, que habían cuidado durante todo ese tiempo de los niños, se llegaron, respetuosos, hasta donde se encontraba el Gran Sabio y le dijeron:
- Siguiendo vuestros deseos, escondimos en el interior de los bosques todas estas cercas para gansos con un niño dentro. Ahora, que habéis concluido una más de vuestras hazañas, nos cabe el honor de devolvéroslos, más sanos y salvos, incluso, que cuando nos los llevamos.
El rey, las concubinas y todos los habitantes de la ciudad se echaron en seguida rostro en tierra. El Peregrino, por su parte, levantó la vista hacia el cielo y contestó:
- Os doy las gracias por las molestias que os habéis tomado. Regresad a vuestros santuarios y disponeos a recibir los sacrificios que, en prueba de agradecimiento, van a ofreceros las gentes de este lugar.
Se oyó un murmullo de satisfacción y el huracán reemprendió su marcha, desvaneciéndose con la misma rapidez con la que se había presentado. El Peregrino pidió, entonces, a los padres de los niños que se hicieran cargo de ellos. Como locos, se lanzaron sobre las cercas, tratando de encontrar cada cual a su hijo. Cuando lo conseguían, se abrazaban a ellos y, entre lágrimas de alegría, los llamaban "tesoro" y "cariño". La alegría alcanzó tales cumbres, que todo el mundo empezó a gritar:
- ¡Llevemos al monje Tang y a sus discípulos a nuestros hogares y agradezcámosles cuanto han hecho por nosotros!
Como si fueran un solo hombre, se abalanzaron sobre los peregrinos y, sin preocuparse de la repelente fealdad de sus rostros, los cogieron en volandas y los llevaron a sus casas. Ni siquiera el rey pudo hacer nada por evitar que cargaran con Chu Ba-Chie, cogieran al Bonzo Sha a hombros, transportaran al Peregrino Sun por encima de sus cabezas y condujeran triunfalmente a Tripitaka hacia el centro de la ciudad. Mientras una familia daba un banquete, otra preparaba una fiesta y las que comprendían que no iban a poder resistir con tanta comida se ponían a hacer sandalias, gorras, túnicas y toda clase de prendas de vestir. Más de un mes se vieron los peregrinos obligados a permanecer en aquella capital. Cuando llegó el momento de la partida, todos los habitantes disponían de retratos de los monjes con sus nombres, a los que ofrecían de continuo sacrificios y varillas  de  incienso. Parecía como si la buena acción que acababan de realizar fuera más enorme que la masa de una montaña. No en balde habían logrado salvar la vida de más de mil niños.
No sabemos, de momento, qué es lo que sucedió después. El que quiera averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente.

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[1]El término no hace referencia al contenido del capítulo, sino a los procesos de la alquimia interna conducentes a la inmortalidad. Se subraya, así, el carácter simbólico de cuanto está a punto de narrarse.

[2]Esta exclamación va más allá de la mera sorpresa, pues suele decirse de las personas que no son de fiar que poseen muchos corazones.

[3]Alusión jocosa al Hsiao-Ching, que afirma que la gente ordinaria tiene mucho cuidado con lo que gasta, para poder después dar de comer a sus padres ancianos. Semejante actitud se halla aquí plasmada nada menos que en un salón del palacio, resaltando, así, la relación del rey con su suegro.

[4]Tanto Lang-Yüan como las islas de Peng-Lai y Ying-Chou son lugares en los que habitan los inmortales. Dada la homogeneidad de su carácter, a veces aparecen identificados como un solo lugar, siendo comúnmente conocidas por el nombre de Peng-Ying.

[5]El Supremo Señor del Este es una divinidad que mora en la isla de Fang-Chang.

[6]Los lechíes («li-chr») son una fruta de cubierta coriácea y pulpa carnosa y dulce que crece en las zonas tropicales de Oriente. De un tamaño un poco más pequeño que el de una ciruela, a veces se han comercializado en España con el nombre de «uvas chinas».

[7]«Huan-dan» es el término general para los elixires de inmortalidad, tanto los obtenidos por medio de la alquimia interna como los obtenidos con ayuda de la alquimia externa.