Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

El demonio retorna al buen camino, en cuanto la mente ocupa el lugar que le corresponde. La Madre Madera ayuda a dominar al demonio.


Decíamos que, después de pasárselo en grande en el estómago del demonio de mayor edad, el Gran Sabio le hizo retorcerse por los suelos, hasta que, finalmente, dejó de hablar y de respirar. Pensando que había muerto, dejó de saltar de una a otra de sus vísceras y se dispuso a salir de su cuerpo. Pero el demonio recobró sorprendentemente el aliento y gritó, haciendo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban:
- ¡Tened compasión de mí, Bodhisattva Gran Sabio, Sosia del Cielo!
- ¡Te aconsejo que no malgastes tus fuerzas, hijito! - contestó el Peregrino -. Con que me llames abuelito Sun me doy por contento.
Consciente de que su vida dependía de ello, el demonio añadió en el mismo tono que antes:
- Todo ha sido culpa mía, abuelito Sun. Cometí una gran equivocación al tragarte, porque eso te colocó en una posición inmejorable para hacerme todo el mal que quisieras. Os suplico, Gran Sabio, que os mostréis misericordioso conmigo. Consideradme como una simple hormiga que lo único que desea es seguir viviendo. Si accedéis a mis ruegos, os prometo que yo mismo transportaré a vuestro maestro a la otra parte de la cordillera.
Aunque el Gran Sabio poseía la mentalidad de un guerrero, su único deseo era ver cumplida cuanto antes la misión del monje Tang Y decidió acceder a las súplicas del monstruo. Por otra parte, aunque las alabanzas eran incapaces de hacer mella en él, se sintió conmovido por las sinceras peticiones de clemencia del demonio y, levantando la voz, dijo:
- Está bien. Te perdono la vida. Pero ¿quieres explicarme de qué manera vas a recompensar a mi maestro?
- Aquí - respondió el demonio, azorado - no tenemos plata, ni oro, ni perlas, ni jade, ni cornalina, ni coral, ni ámbar, ni caparazones de tortuga, ni piedras preciosas que ofreceros. Pero tanto yo como mis hermanos nos comprometemos formalmente a llevar a vuestro maestro por las montañas sentado en una silla de mano hecha de madera de vid aromática.
- Si estáis dispuestos a hacer eso - respondió el Peregrino -, no exijo nada más. Ahora, si no os importa, abrid la boca, para que pueda salir.
El demonio así lo hizo, pero el menor de sus hermanos se acercó a él y le susurró con cuidado al oído:
- Cuando esté a punto de abandonar tu cuerpo, muérdele con todas tus fuerzas. Después mastícale bien y vuélvetelo a tragar. Así no podrá hacerte sufrir más.
El Peregrino lo oyó todo y, en vez de asomar la cabeza, lo que hizo fue poner por delante la barra de los extremos de oro. El monstruo pensó que se trataba de una parte de su cuerpo y le arreó un terrible mordisco. Se oyó un ruido desagradable en extremo y el mejor de sus incisivos quedó reducido a polvo. El Peregrino retiró, entonces, la barra de hierro y dijo:
- ¡No hay quien pueda contigo! Acabo de perdonarte la vida y, en vez de agradecérmelo, lo único que se te ocurre es matarme a mordiscos. Tú lo has querido. Ahora no pienso salir. Voy a torturarte, hasta que caigas muerto.
- ¿Ves lo que has hecho? - se quejó el demonio a su tercer hermano -. Hubiera sido mejor dejarle salir, como yo quería. Si no te hubiera echo caso, ahora no me dolerían los dientes y estaría totalmente a salvo.
Cuando vio que todas las culpas recaían sobre él, el tercer demonio decidió recurrir al método conocido como "hacer saltar al general" y, levantando la voz, dijo:
- Peregrino Sun, hemos oído hablar tanto de tus hazañas, que me resuenan ya en el oído como el eco de un trueno. Todo el mundo habla de cómo hicisteis alarde de vuestros poderes delante mismo de la Puerta Sur de los Cielos, de cómo sembrasteis la confusión en el Salón de la Niebla Divina y de cómo no habéis dejado de dominar monstruos y derrotar demonios a lo largo del camino que conduce al Paraíso Occidental. Pero yo más bien creo que no sois más que un mono vulgar y corriente, un luchador de pequeña monta.
- ¿Qué quieres decir con eso? - inquirió el Peregrino.
- Como muy bien afirma el proverbio - contestó el tercer demonio -, "los valientes no se esconden y, así, su fama llega hasta el último rincón de la tierra". Tú, por el contrario, te has escondido en el estómago de una persona y te niegas a salir a pelear contra mí. Dime tú a ver si no es eso propio de un luchador de poca altura.
- Si a éste le parto las tripas y le deshago la vejiga - reflexionó el Peregrino -, habrá un monstruo menos, pero eso pondrá en entredicho mi fama. ¡Está bien! - añadió en voz alta -. Abre la boca y saldré a pelear con tu hermano. Opino, de todas formas, que vuestra caverna es demasiado pequeña para batirnos. Si no te importa, me gustaría hacerlo en un espacio más amplio.
Al oírlo, el tercer demonio convocó a todos los diablillos disponibles y consiguió reunir un ejército de más de treinta mil guerreros armados hasta los dientes. Los condujo a la explanada que había delante de la puerta de la caverna y los dispuso en orden de batalla, ordenándoles que se lanzaran sobre el Peregrino, tan pronto como le vieran aparecer por la puerta. El segundo demonio, por su parte, ayudó al de más edad a salir a campo abierto, porque aún se sentía débil en extremo.
- Si eres un auténtico héroe - dijo, tan pronto como se encontraron al aire libre -, abandona tu escondite, de una vez, y lucha. Hay un espléndido campo de batalla a escasos metros de aquí.
No hacía falta que se lo dijeran. Al Gran Sabio le bastó con escuchar los gritos y las voces para saber que se encontraba fuera de la caverna.
- La situación no puede ser más complicada - se dijo -. Si me niego a salir, no cumpliré lo prometido y eso es algo que jamás he hecho. Si, por otra parte, lo hago, lo más probable es que caiga en una trampa de ese monstruo con cara de hombre y corazón de bestia. No es la primera vez, de hecho, que trata de engañarme. Sin ir más lejos, no hace ni diez minutos se comprometió a transportar a mi maestro en un palanquín a través de las montañas, cuando, en realidad, lo único que pretendía era morderme, Ahora, incluso, ha desplegado ante mí todas sus tropas... En fin, creo que lo mejor será que salga a luchar con él, pero, al mismo tiempo, haré sentir mi presencia en su estómago. Rápidamente se arrancó un pelo de la cola y, tras exhalar sobre él una bocanada de aire sagrado, gritó:
- ¡Transfórmate!
Al instante se convirtió en una cuerda del grosor de un pelo, pero con una longitud que rondaba los doce metros. Lo asombroso, de todas formas, era que podía hacerse aún mayor, en cuanto entrara en contacto con el aire. Ató uno de los extremos al corazón del demonio, pero dejó el nudo lo suficientemente flojo como para no hacerle daño de momento. Tomó en una mano el otro extremo y se dijo, sonriendo:
- Aunque no quiera, tendrá que llevar al maestro al otro lado de la montaña. Si se niega a hacerlo o se levanta en armas contra mí, ni siquiera me molestaré en responder a sus ataques. Todo lo que tengo que hacer es tirar un poco de la cuerda, para que lo pase peor que cuando estaba dentro de su estómago.
Redujo a continuación el tamaño del cuerpo y empezó a ascender por las vías respiratorias del monstruo. Al llegar a la garganta, vio que había abierto de par en par su enorme boca cuadrada. Desde allí sus interminables filas de dientes parecían espadas sumamente afiladas.
- Esto no me gusta nada - se dijo, preocupado -. Si salgo por ahí y se me ocurre después tirar de la cuerda, en cuanto sienta el dolor, la corta con esas sierras que tiene y asunto terminado. Lo mejor será que lo haga por otro sitio menos peligroso.
Se ajustó la cuerda alrededor de la muñeca y continuó ascendiendo por la garganta, hasta que llegó a las fosas nasales. Le hizo unas cuantas cosquillas y el monstruo lanzó un  tremendo  estornudo,  que  arrojó  al  Peregrino  fuera  de  su  cuerpo.  En  cuanto  se encontró al aire libre, giró ligeramente la cintura y al instante adquirió una altura de más de diez metros, sosteniendo en una mano la cuerda y en la otra la barra de hierro. Al demonio de mayor edad no se le ocurrió otra cosa que tomar su cimitarra y lanzar un tremendo mandoble contra el rostro de su adversario. El Peregrino paró el golpe con la barra de hierro en el instante mismo en que los otros dos demonios, blandiendo respectivamente una lanza y un hacha de doble filo, se lanzaron contra él, dispuestos a hacerle picadillo. El Gran Sabio guardó en seguida la barra y soltando cuerda, se elevó por encima de las nubes. En un principio no tenía pensado hacerlo, pero después cayó en la cuenta de que, si los diablillos conseguían rodearle, no podría seguir adelante con su plan. No le quedó, pues, más remedio que abandonar el campo e ir a posarse en un punto relativamente ancho de la cumbre. Cuando se hubo encontrado en terreno firme, agarró la cuerda con las dos manos y tiró de ella con fuerza. El demonio cayó fulminado por un insoportable dolor en el corazón. Para aliviar su malestar, el monstruo se elevó también por los aires, pero el Gran Sabio volvió a tirar de la cuerda. Al ver lo que estaba sucediendo, los diablillos gritaron, alarmados:
- ¡No le acoséis más, señor! ¡Dejadle marchar, de una vez! Este mono no tiene ni idea de las fiestas. Aún no ha llegado la de la Claridad Luminosa [1] y ya está jugando con una cometa.
El Peregrino volvió a tirar de la cuerda. El tirón fue tan fuerte, que el hilo se terminó rompiendo y el demonio cayó dando vueltas, como si fuera una rueda fuera de control. El desdichado fue a parar contra los durísimos loess que marcaban el inicio de la ladera, formando un agujero de más de medio metro de profundidad. Los otros dos monstruos estaban tan aterrados, que saltaron de las nubes y corrieron a agarrar la cuerda.
- Creíamos que erais un inmortal compasivo y magnánimo, Gran Sabio - dijeron, postrándose de hinojos -. Ahora sabemos que no sois más que un escurridizo truhán. Estábamos dispuestos a medirnos con vos en justa lid. ¿Cómo habéis podido atar esta cuerda alrededor del corazón de nuestro hermano?
- ¡Maldita banda de monstruos! - gritó el Peregrino, soltando la carcajada -. ¿Cómo podéis ser tan embusteros? La primera vez tratasteis de morderme, cuando me pedisteis que saliera. Ésta habéis desplegado a todo vuestro ejército, lanzando contra mí a esos miles de soldados experimentados. ¿Os parece justo lanzar todos vuestros batallones contra  una  sola  persona?  ¡No  tenéis  ningún  derecho  a  invocar  la  magnanimidad! Aunque no os guste, voy a arrastraros hasta donde se encuentra mi maestro.
- ¡Tened piedad de mí, Gran Sabio! - suplicó el demonio de mayor edad, echándose rostro en tierra y empezando a golpear el suelo con la frente, cosa que hicieron también sus otros hermanos -. Si me Perdonáis la vida, prometo llevar a vuestro maestro al otro lado de la cordillera.
- ¡A qué viene todo esto! - exclamó el Peregrino, sonriendo -. Sabes que, si quieres seguir viviendo, lo único que tienes que hacer es cortar la cuerda con un cuchillo.
- Si lo hago - replicó el demonio -, todavía me quedará un cabo atado alrededor del corazón. Además, me roza la garganta y me produce unas ganas tremendas de devolver.
- En ese caso - concluyó el Peregrino -, abre la boca y me meteré en seguida a desatártela.
- ¡No, no! - gritó el demonio, asustado -. Lo más probable es que te niegues a salir y eso será todavía peor.
- Puedo desatar esa cuerda sin necesidad de entrar en tu cuerpo - reconoció el Peregrino
-. Si lo hago, ¿estás dispuesto a cumplir tu promesa y a transportar a mi maestro al otro lado de la cordillera?
- Prometo que lo haré sin la menor dilación - contestó el demonio -. Esta vez no trataré de engañaros. ¡Os lo juro!
En cuanto estuvo seguro de que el demonio decía la verdad, el Gran Sabio sacudió ligeramente el cuerpo y recuperó el pelo de la cola. El dolor de corazón remitió al instante. En realidad, se trataba de un simple truco, pues es imposible atar el corazón con un pelo. Cuando éste fue a parar al lugar que le correspondía, es lógico que el malestar se disipara. Los tres demonios se llegaron entonces hasta donde estaba el Gran Sabio y, después de darle las gracias, dijeron:
- Mientras vamos a por la silla para transportar a vuestro maestro, vos deberíais adelantaros a decirle que vaya recogiendo sus cosas.
Los diablillos depusieron al punto sus armas y regresaron a la caverna. El Gran Sabio, por su parte, guardó la barra de hierro y se dirigió a la ladera oriental de la montaña. Antes de llegar a ella, empezó a oír con claridad los gritos y los lamentos del monje Tang, que estaba dando vueltas, como un loco, por el suelo. Chu Ba-Chie y el Bonzo Sha parecían muy entretenidos, dividiendo el equipaje en dos partes iguales.
- No necesito pensar mucho para saber lo que ha ocurrido - se dijo el Peregrino, suspirando -. Ba-Chie ha debido de decir al maestro que he ido a parar al estómago de un demonio y eso le ha hecho ponerse a llorar mi muerte. El Idiota está repartiendo el equipaje, porque ha decidido regresar por donde ha venido, renunciando a poner fin a nuestro viaje. ¡Maldita sea! Estoy seguro de que es eso lo que ha ocurrido. Voy a preguntárselo, de todas formas, al maestro. - Se bajó inmediatamente de la nube y añadió en voz alta -: ¡Maestro!
- ¡Maldito embustero! - exclamó el Bonzo Sha, furioso contra Ba-Chie, al oírlo -. ¡Te gusta hacer féretros más que a un encargado de pompas fúnebres! Sun Wu-Kung sigue vivo y tú afirmaste que estaba muerto, para hacerte con la mitad de lo poco que poseemos. ¿Es que no le oyes hablar?
- ¡Pero yo vi con toda claridad cómo se lo tragaba el monstruo! - se defendió Ba-Chie, sorprendido -. ¡Qué mala suerte la nuestra! ¡Está claro que su espíritu ha regresado, para hacernos todo el mal que pueda!
- ¡Maldito tonto! - exclamó el Peregrino, dirigiéndose hacia Ba-Chie y propinándole un golpe en la cara que le hizo caer patas arriba -. ¿Es éste todo el daño que puede hacerte un espíritu?
- ¡Pero aquel demonio te devoró! - repitió Ba-Chie, sin entender nada -. ¿Cómo es posible que aún sigas vivo?
- No soy tan inútil como tú - respondió el Peregrino -. Es cierto que me tragó, pero, en vez de digerirme, fui yo el que le tiró de las tripas y le hizo algún que otro agujerito en los pulmones. Por si eso fuera poco, le até una cuerda en el corazón y tiré de ella hasta que el dolor se volvió insoportable. Eso hizo que los demonios se echaran rostro en tierra y empezaran a golpear el suelo con la frente, Sólo entonces accedí a perdonarles la vida. Por cierto, han ido a preparar una silla para transportar al maestro al otro lado de la cordillera.
Al oír eso, Tripitaka dio un salto de alegría e, inclinándose ante el Peregrino, exclamó, agradecido:
- ¡Cuántos problemas te he causado! Si llego a haber prestado atención a las palabras de Wu-Neng, nuestra aventura habría concluido de mala manera.
El Peregrino levantó el puño con ánimo de descargar un golpe sobre el rostro de Ba- Chie, pero en el último momento se arrepintió y le regañó, diciendo:
- ¡Maldito vago! ¡En toda mi vida no he conocido a nadie más inútil ni más egoísta! No deis más vueltas a lo ocurrido, maestro. Esos demonios llegarán de un momento a otro, para conduciros al otro lado de la cordillera.
El Bonzo Sha se sintió avergonzado por haberse dejado convencer con tanta facilidad. Pero, aun así, tuvo la delicadeza de interceder en favor de Ba-Chie. Una vez restablecida la calma, recogieron el equipaje y lo volvieron a colocar a lomos del caballo, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, de los tres demonios, que regresaron a la caverna, seguidos de todo su ejército de diablillos.
- Al principio - dijo el segundo monstruo - pensé que el Peregrino Sun era alguien con nueve cabezas y ocho rabos, pero ahora sé que no es más que un mono de baja estatura. A pesar de  todo - añadió, dirigiéndose al demonio de mayor edad -, no deberías habértelo tragado. Estoy seguro de que si tú y yo nos hubiéramos enfrentado con él, le habríamos derrotado sin ninguna dificultad. Tenemos  tantos miles de diablillos a nuestro servicio, que habría bastado con que todos hubieran escupido a la vez para ahogarle. En vez de eso, le dejaste entrar en tu estómago, haciéndote sufrir todo lo que le dio la gana con sus increíbles artes mágicas. En esas circunstancias hubiera sido totalmente descabellado intentar algo en su contra. Ahora mismo se supone que estamos disponiendo de todo lo necesario para llevar al monje Tang al otro lado de la cordillera. Por supuesto, semejante promesa no era más que una estratagema para hacerle salir de tu cuerpo y salvarte la vida. Yo, por lo menos, no estoy dispuesto a servir de escolta a ningún monje.
- ¿Quieres decirme qué es lo que te ha movido a echarte atrás? - le preguntó el demonio de más edad.
- Pon a mi disposición un destacamento de tres mil diablillos y te prometo que ese mono caerá en mis manos - respondió el segundo monstruo.
- Tienes permiso para llevarte, no a tres mil, sino a todo el ejército - respondió el demonio de mayor edad -. Captúrale y todo el mundo te aclamará como a un valiente general.
Sin pérdida de tiempo el segundo monstruo reunió a tres mil diablillos y los distribuyó a lo largo del camino principal. Envió a continuación por delante a un mensajero con un estandarte azul, que iba gritando a grandes voces:
- ¡Sal a guerrear inmediatamente con nuestro segundo soberano, Peregrino Sun! Al oírlo, Ba-Chie soltó la carcajada y se burló del Peregrino, diciendo:
- Como muy bien afirma el proverbio, "ningún mentiroso puede engañar a los de su propia familia". ¿Quieres explicarnos qué clase de cuento era todo eso de que habías derrotado a los demonios y que estaban preparando todo lo necesario para transportar al maestro a la otra parte de la cordillera? ¿Es que no oyes que te están retando? ¿A qué viene semejante cambio de planes?
- Te aseguro que el mayor de esos monstruos probó el sabor de la derrota. Dudo mucho que quiera levantarse en armas contra mí, porque el simple nombre del Peregrino le produce un insoportable dolor de cabeza. Por fuerza tiene que tratarse del de mediana edad, que no logra hacerse a la idea de ser nuestro subalterno. Eso explica la llegada de ese emisario. Es preciso que tengas presente una cosa: esos tres demonios son hermanos y se tratan entre sí con una cortesía exquisita. Yo ya he derrotado al mayor. Ahora que está aquí el segundo, lo menos que podías hacer es enfrentarte con él. ¿Es eso mucho pedirte?
- Que conste que no le tengo ningún miedo - bravuconeó Ba-Chie -. Estoy dispuesto a enfrentarme con él cuando sea.
- Entonces no sé a qué esperas - replicó el Peregrino, burlón.
- Está bien - respondió Ba-Chie, sonriendo -. Iré. Pero ¿te importaría prestarme una de tus famosas cuerdas?
- ¿Para qué la quieres? - replicó el Peregrino -. Tú no tienes poder para meterte en su estómago y llegar sin problemas hasta el corazón. ¿De qué sirve una cuerda, si no se la puede atar a nada?
- Lo que quiero es atármela a la cintura para estar más seguro - explicó Ba-Chie -. El Bonzo Sha y tú podéis haceros cargo de uno de los extremos, mientras yo estoy peleando. Si veis que voy ganando, la dejáis suelta y así podré atrapar a esa bestia. Si, por el contrario, comprendéis que voy perdiendo, tiráis rápidamente con todas vuestras fuerzas y eso evitará que me eche mano.
-  Creo  que  vamos  a  pasárnoslo  en  grande  con  este  Idiota  -  se  dijo  el  Peregrino, divertido, y le ató una cuerda alrededor de la cintura, como él quería.
Envalentonado, Ba-Chie cogió el rastrillo y corrió montaña arriba, gritando:
- ¡Ven en seguida a pelear con tu querido abuelito Chu!
- ¡Acaba de llegar un monje con el hocico muy largo y unas orejas enormes! - anunció sin pérdida de tiempo a su señor el diablillo del estandarte azul.
El segundo demonio levantó el campo a toda prisa. No dijo ni una sola palabra, al ver a Ba-Chie, pero agarró la lanza con fuerza y asestó un golpe tremendo contra el rostro de su adversario. El Idiota no retrocedió ni un palmo y, levantando el rastrillo por encima de su cabeza, se lanzó de lleno a la refriega. Apenas llevaban luchados siete u ocho asaltos, cuando el Idiota empezó a sentir que le flaqueaban las fuerzas. Comprendiendo que no podía resistir mucho más tiempo, se volvió hacia el Peregrino y gritó:
- ¡Las cosas se están poniendo mal! ¡Tirad de la cuerda en seguida!
Al oírlo, en vez de tirar de la cuerda, el Gran Sabio la dejó aún más suelta. Para entonces el Idiota había iniciado ya la huida y, más que ayudarle, la soga se le enredaba de continuo entre las piernas. Al principio no hizo más que tropezar, pero no pasó mucho tiempo antes de que diera con el morro en el suelo. En cuanto llegó a su altura, el demonio estiró su trompa de dragón y atrapó sin ninguna dificultad al infortunado Ba- Chie. Cargado con él, el monstruo regresó, triunfante, a la caverna, seguido de todos los diablillos, que no dejaban de entonar canciones de triunfo.
Al ver lo ocurrido, Tripitaka se volvió hacia el Peregrino y le regañó, diciendo:
- No me extrañaría que Wu-Neng quisiera aplastarte después la cabeza. No comprendo cómo, en vez de amistad y cariño, sólo existe entre vosotros resentimientos y odio. ¿Cómo has podido soltar la cuerda, cuando te estaba pidiendo que tiraras de ella? ¿Quieres decirme qué vamos a hacer ahora? Su situación no es muy halagüeña que digamos.
- ¡No entiendo por qué siempre os ponéis de su parte! - protestó el Peregrino, soltando la carcajada -. Cuando caí en manos de esas bestias, no os preocupasteis tanto como ahora. ¡Claro! Podíais prescindir totalmente de mí. Pero, en cuanto habéis visto al Idiota correr mi misma suerte, habéis puesto el grito en el cielo, echándome la culpa de todo lo ocurrido. Si no me he apresurado a ayudarle, ha sido para que sufra un poco y sepa que conseguir las escrituras no es una empresa tan fácil como había supuesto.
- ¿Cómo se te ha ocurrido pensar que no estaba preocupado, cuando esos monstruos te atraparon? - se defendió Tripitaka -. Si entonces me mostré más sereno, fue porque sé que puedes metamorfosearte en lo que te dé la gana y estaba seguro de que no te pasaría nada malo. El Idiota, por el contrario, es muy pesado y encuentra grandes dificultades en moverse con cierta soltura. No me cabe la menor duda de que de su cautiverio no puede surgir absolutamente nada bueno. ¿Por qué no vas a liberarle?
- No os preocupéis más, maestro - concluyó el Peregrino -. Ahora mismo voy a ponerle en libertad - y se dirigió a toda prisa montaña arriba. Pronto se arrepintió, sin embargo, de su decisión y se dijo en tono despectivo -: En lo único que piensa ese Idiota es en hacerme  todo  el  mal  que  pueda.  Le  voy  a  dejar  un  poco  más  en  poder  de  esos monstruos, para que sepa lo que es bueno. Voy a seguirlos, para ver qué es lo que tienen pensado hacer con él. Que sufra un poco, antes de saborear la libertad.
Nada más acabar de decirlo, recitó un conjuro, sacudió ligeramente el cuerpo y al instante se convirtió en un grillo muy pequeño. Se lanzó como una flecha hacia delante y fue a posarse exactamente en el arranque de una de las orejas de Ba-Chie. De esa forma  hizo  todo  el  camino  de  regreso  a  la  caverna  de  los  demonios.  El  segundo monstruo ordenó a su destacamento de tres mil diablillos, entre el batir de los tambores y el sonar de los clarines, que permanecieran a la entrada de la caverna, mientras él iba a informar personalmente a sus hermanos de todo lo ocurrido.
- Acabo de capturar a uno de esos monjes - anunció en tono orgulloso.
- Tráelo aquí, para que pueda echarle un vistazo - dijo el demonio de mayor edad.
El segundo monstruo estiró, entonces, la trompa y Ba-Chie cayó al suelo medio mareado -.
¿Es éste el monje del que hablabas? - añadió con cierto desprecio.
- Efectivamente - confirmó el segundo demonio -. Éste es.
- Pues no vale para nada - comentó el de mayor edad.
- En ese caso - se apresuró a decir Ba-Chie -, no tendréis ningún inconveniente en dejarme partir. ¿Por qué no vais a capturar a alguien de más provecho que yo?
- Por muy inútil que sea - objetó el tercer demonio -, se trata de Chu Ba-Chie, otro de los discípulos del monje Tang. Creo que lo mejor será que le atemos y le echemos a remojo en el pozo de atrás. Cuando esté bien empapado, le abriremos en canal, le salaremos y le dejaremos curar al sol. Tiene que estar exquisito con un poco de vino.
- ¡Qué mala suerte! - exclamó Ba-Chie, aterrado -. ¡He ido a topar con un monstruo que, en realidad, es un comerciante de conservas!
Los diablillos ataron al Idiota a una pértiga y le descolgaron con cuidado dentro del pozo.  Después  de  colocarle  en  el  punto  oportuno,  se  dieron  media  vuelta  y  se marcharon. El Gran Sabio se elevó entonces por los aires y, echando un vistazo a su alrededor, vio al Idiota con la mitad del cuerpo metida en el agua. Tenía los pies y las manos vueltos hacia arriba y el morro hacia abajo, lo que le obligaba a soplar y a dar bufidos, para que el agua no se le metiera por las narices. La estampa que ofrecía no podía ser más ridícula. Parecía una de esas enormes raíces ennegrecidas de loto que se empeñan en florecer a finales del otoño, cuando se han producido ya las primeras heladas. Al verle colgado de aquella forma, lejos de reírse, el Gran Sabio se puso furioso y se dijo en tono compasivo:
- ¿Qué puedo hacer? Después de todo, es uno de los invitados al festín del cumpleaños de Buda. Hizo mal en querer dividir el equipaje y dar por terminada nuestra empresa. Además, siempre está picando al maestro para que recite el conjuro que me produce esos horrorosos dolores de cabeza. Por si eso fuera poco, el otro día oí comentar al Bonzo Sha que dispone de ahorros propios. No sé, de todas formas, si será verdad o no. En fin, no está de más que, de vez en cuando, se lleve un buen susto.
Llegándose hasta el oído de Ba-Chie, cambió de voz y llamó en tono lúgubre:
- ¡Chu Wu-Neng!
- ¡Qué mala suerte! - exclamó Ba-Chie en un tono de voz apenas audible -. Ése es exactamente el nombre que me dio la Bodhisattva Kwang Shr-Ing, cuando abracé los principios de la fe, aunque, desde que sigo al monje Tang, todo el mundo me llama Ba-Chie. ¿Cómo es posible que en un lugar como éste haya alguien enterado de que, en realidad, me llamo Wu-Neng? - Extrañado, levantó la voz y preguntó -: ¿Quién osa dirigirse a mí con ese nombre?
- Yo - contestó el Peregrino.
- ¿Y quién eres tú? - insistió Ba-Chie.
- Alguien que viene con una orden, para que te presentes cuanto antes en cierto lugar - respondió el Peregrino.
- ¿Quién te envía? - volvió a preguntar Ba-Chie, cada vez mas preocupado.
- El Rey Yama - explicó el Peregrino -. ¿Quién otro podría ser?
- Regresad, por favor, a vuestro reino - suplicó Ba-Chie, temblando - y pedid al Rey Yama que, en virtud de la amistad que le une a mi hermano Sun Wu-Kung, me conceda un día más de vida. Mañana mismo acudiré a su llamada.
- ¿Cómo puedes decir semejantes tonterías? - le regañó el Peregrino -. Como muy bien afirma el proverbio, "¿cómo va a demorarse hasta la cuarta vigilia aquel a quien el Rey Yama ha ordenado morir a la tercera?". Date prisa y sígueme cuanto antes. Si no lo haces, me veré obligado a pasarte una cuerda por el cuello y a llevarte a rastras.
- No os estoy pidiendo un gran favor - replicó Ba-Chie -. Miradme bien a la cara. ¿Creéis que voy a vivir mucho tiempo en la situación en la que me encuentro? Si quiero vivir un día más, no es porque tenga miedo a la muerte, sino porque, antes de expirar, desearía volver a reunirme con mi maestro y con mis hermanos, que no tardarán en ser atrapados por esos demonios y traídos hasta aquí como piezas de caza.
- De acuerdo - accedió el Peregrino, sonriendo, divertido, para sí -. Hay por aquí otras treinta personas que debo llevar conmigo. Aunque sea saltarme las normas, te concederé un día más. Pero con una condición: que me entregues todo el dinero que tengas.
- ¡Eso sí que es mala suerte! - exclamó Ba-Chie -. Los que hemos renunciado a la familia jamás llevamos dinero con nosotros.
- Lo siento mucho - concluyó el Peregrino -, pero tendré que atarte y llevarte arrastrando.
- ¡No lo hagáis, por favor! - suplicó Ba-Chie, desesperado -. Sé que esa cuerda de la que habláis se llama "la soga que acaba con la vida" y que, en cuanto se la pasáis a alguien por el cuello, exhala su último aliento. ¡Esperad... esperad un momento! Sí, sí. Es cierto. Tengo algo de dinero, pero me temo que no es mucho.
- ¿Dónde lo tienes guardado? ¡Sácalo inmediatamente! - exigió el Peregrino.
- ¡Tened compasión de mí y no os mostréis tan impaciente! - suplicó, una vez más, Ba- Chie -. Desde que decidí hacerme monje, me he topado con infinidad de familias, que se han ofrecido gustosas a darme de comer no sólo a mí, sino también a mis hermanos. Al ver que mi apetito es prácticamente insaciable, me han ido dando un poco más de dinero que a mis compañeros. De esa forma, he logrado reunir alrededor de media onza de plata [2]. Pero, como resulta muy difícil llevar encima tanta calderilla sin que se note, al pasar por la última ciudad que visitamos, pedí a un platero que me fundiera toda esa calderilla. El tipo resultó menos escrupuloso de lo que yo había pensado, robándome unos cuantos céntimos de onza. Cuarenta en concreto. Podéis quedaros con todo, si queréis. Como veis, no es mi intención engañaros.
- ¿Dónde lo tendrá escondido? - se preguntó el Peregrino, cada vez más divertido -. Este Idiota ni siquiera usa calzones. ¡Eh, tú! - añadió, levantando la voz -. ¿En dónde tienes esa plata de la que hablas?
- Pegada dentro de mi oreja izquierda - confesó Ba-Chie -. No puedo entregárosla, porque estoy atado, pero podéis cogerla vos mismo.
El Peregrino encontró, en efecto, la plata en el sitio que le había indicado. Tenía la forma de una silla de montar y debía de pesar un poco menos de media onza. En cuanto la tuvo en la mano, el Peregrino no pudo aguantarse más y explotó de risa. El Idiota reconoció en seguida la voz del Peregrino y, aunque estaba con la cabeza casi metida en el agua, empezó a lanzar contra él una sarta de insultos.
- ¡Maldito caballerizo! - gritó, enfurecido -. ¿Es que no te parece suficiente lo que estoy pasando, para que, encima, vengas a sacarme todo el dinero que tengo?
- ¡Estúpido cebón! - replicó el Peregrino, sin poder contener la risa -. Yo qué sé la de penalidades que he pasado por proteger al maestro y puedo asegurarte que jamás le he sisado ni una sola moneda.
- ¡Debería darte vergüenza hablar de sisas! - contraatacó Ba-Chie -. Se puede decir que he ahorrado todo ese dinero, quitándomelo de la boca, y no para darme un banquetazo, como me has obligado a decir, sino para comprarme una túnica digna. Devuélveme ese dinero, anda.
- No pienso hacerlo - respondió el Peregrino.
- En ese caso - concluyó Ba-Chie -, tómalo como un rescate, pero no te olvides que tienes que liberarme.
- ¿A qué viene tanta prisa? - contestó el Peregrino -. Cada cosa a su tiempo. Sabes bien que yo siempre cumplo lo que prometo.
Después de guardar el dinero y de recobrar la forma que le era habitual, el Peregrino cogió la barra de hierro y descolgó con ella al Idiota, que se puso en seguida de pie. En cuanto sintió que tenía libres las manos, se quitó la camisa y la escurrió un par de veces. La sacudió después con fuerza y, aunque todavía estaba mojada, volvió a ponérsela.
- Venga - urgió al Peregrino -, abre esa puerta de atrás y salgarnos de aquí cuanto antes.
- ¡Qué manera de comportarse es ésa! - exclamó el Peregrino -. Los hombres suelen abrirse camino a golpes y abandonar su encierro por la puerta de delante.
- Tienes razón - reconoció Ba-Chie -, pero tengo las piernas entumecidas de estar tanto tiempo colgado y casi no puedo moverme.
- En ese caso - concluyó el Peregrino -, sígueme - y, cogiendo la barra de hierro, se abrió camino a golpes.
Aunque andaba con cierta dificultad, a Ba-Chie no le quedó más remedio que seguirle como pudo. Al llegar a la segunda puerta, vieron el rastrillo apoyado contra la pared. De un empellón Ba-Chie apartó a los diablillos que lo custodiaban y empezó a repartir golpes a derecha e izquierda. De esa forma, lograron dejar atrás las tres o cuatro puertas que los separaban del exterior, dejando tras sí una escalofriante hilera de diablillos muertos. Al enterarse el demonio de mayor edad de lo ocurrido, dijo a su segundo hermano:
- ¿Ves lo que has conseguido atrapando a ese monje? El Peregrino Sun no sólo ha conseguido liberar a Chu Ba-Chie, sino que, encima, ha acabado con los soldados que guardaban nuestra puerta.
El demonio de mediana edad agarró a toda prisa la lanza y se arrojó hacia el exterior de la caverna, gritando como un loco:
- ¡Maldito mono sin principios! ¿Cómo te atreves a deshonrarnos de esta forma?
Al oírlo, el Gran Sabio se detuvo en seco. El monstruo, por su parte, se lanzó sobre él lanza en ristre. Afortunadamente, el Peregrino era un luchador experto e hizo frente a su adversario con la barra de hierro. De esa forma, dio comienzo un combate realmente extraordinario a las Puertas mismas de la caverna. Uno de los contendientes era un elefante de colmillos amarillentos, que había logrado convertirse en hombre y había establecido un pacto de hermandad con el Rey León. Fue el precisamente el que le convenció para que atrapara al monje Tang y comiera un poco de su carne. El otro luchador no era ni más ni menos que el Gran Sabio, Sosia del Cielo, profundo conocedor de las artes mágicas, que se había puesto del lado de la Virtud para hacer frente a las fuerzas del mal. Ante ellas sucumbió el inepto Ba-Chie, siendo liberado por su hermano Wu-Kung. El monstruo se aprestó a darles caza, en cuanto llegó a sus oídos que habían logrado trasponer las puertas de la caverna. La barra y la lanza midieron sus fuerzas en la explanada que se abría delante mismo de sus jambas. Ambas eran armas realmente extraordinarias. La lanza se comportaba, de hecho, como una enorme pitón que se hubiera propuesto rebanar todos los árboles del bosque, protegida por un espeso manto de niebla. La barra, por el contrario, se revolvía como si fuera un dragón saliendo del mar, envuelto en una densa capa de nubes. El origen de tan escalofriante contienda no era otro que la seguridad del monje Tang.
Aunque Ba-Chie comprendió en seguida que las fuerzas del demonio y las del Gran Sabio  estaban  muy  equilibradas,  no  hizo  el  menor  movimiento  para  ayudar  a  su hermano. Permaneció de pie en la ladera, apoyado cómodamente sobre el rastrillo, viendo cómo luchaban. El monstruo comprendió en seguida que la barra del Peregrino era extremadamente pesada, aunque realizaba todos sus movimientos de ataque y de defensa con una precisión absoluta, y trató de detener sus golpes con la lanza, al tiempo que inmovilizaba al Peregrino con la trompa. Afortunadamente, el Gran Sabio comprendió en seguida sus intenciones y, levantando la barra por encima de la cabeza con las dos manos, dejó que el demonio le asiera por la cintura, pero sin perder para nada su capacidad de movimientos. La trompa le agitó con fuerza, sin embargo no consiguió hacerle soltar la barra. Ba-Chie se golpeó entonces el pecho y exclamó, alarmado:
- ¡Maldita sea, qué mala suerte tiene ese monstruo! Cuando atrapó a un tipejo como yo, ni  siquiera  me  dejó  sueltas  las  manos,  pero  ahora,  que  ha  echado  el  guante  a  un individuo tan escurridizo como el mono, no se preocupa ni de atárselas. Mal le va a ir, porque lo único que tiene que hacer su víctima para liberarse es atizarle con la barra en la trompa. ¿Cómo va a seguir apretándole, cuando sienta un dolor horroroso en las narices?
Al principio el Peregrino no había pensado hacerlo, pero en esta ocasión aceptó la idea de Ba-Chie. Sacudió a toda prisa la barra y al instante adquirió una longitud de treinta metros y el grosor de un huevo de gallina, con lo que no tuvo ninguna dificultad en atizar al monstruo un golpe tremendo en la trompa. Aterrado, el demonio lanzó un grito estentóreo y soltó inmediatamente a su víctima. El Peregrino le agarró entonces de la trompa y tiró con fuerza de ella. El dolor era tan insoportable, que el demonio no tuvo más remedio que ceder. Al verle derrotado, Ba-Chie se armó de valor y se acercó a ellos con ánimo de descargar sobre el monstruo una lluvia de golpes.
- ¡No lo hagas! - le disuadió el Peregrino, gritando -. Los dientes de tu rastrillo están demasiado afilados. Si le haces alguna herida, empezará a sangrar y el maestro nos regañará por poner en peligro su vida. Lo mejor es que le pegues con el mango.
El Idiota así lo hizo. Cada vez que el demonio daba un paso, él le atizaba un palo con el asta del rastrillo, mientras el Peregrino no dejaba de tirar con todas sus fuerzas de la trompa. Vistos de lejos, parecían dos cuidadores de elefantes. Tanto que, cuando Tripitaka los avistó descendiendo a toda prisa por la ladera de la montaña, no pudo dar crédito a lo que veía y preguntó, sorprendido, al Bonzo Sha:
- ¿Sabes qué es eso que viene arrastrando Wu-Kung?
- No estoy muy seguro - respondió el Bonzo Sha -, pero me parece que es un monstruo con trompa. ¡Vaya vista más encantadora!
- ¡Santo cielo! - exclamó Tripitaka, por su parte -. ¡Es enorme! ¡Y qué nariz más larga tiene! Vete a decirle que, si se compromete a llevarnos sanos y salvos al otro lado de la montaña, le perdonaremos la vida. En realidad, opino que no deberíamos hacerle daño alguno.
El Bonzo Sha corrió a su encuentro, gritando:
- ¡Eh! El maestro dice que, si accede a conducirnos a través de la cordillera, le tratéis con un poco más de benevolencia.
Al oírlo, el demonio se postró inmediatamente de hinojos y habló con un fuerte acento nasal. No podía ser de otra forma, ya que, al tenerle agarrada el Peregrino la trompa, parecía como si tuviera un terrible resfriado.
- Honorable monje Tang - dijo con inesperado respeto -, si me perdonáis la vida, nos comprometemos a transportaros en una silla de mano.
- Somos los vencedores - anunció el Peregrino - y te concedemos el honor de creer en tus palabras. Vete a preparar inmediatamente la silla esa que dices. Recuerda que, si no cumples tu promesa, no habrá perdón para ti, cuando volvamos a capturarte.
Apenas se sintió libre, el demonio se echó rostro en tierra y empezó a golpear el suelo con la frente. El Peregrino y Ba-Chie se desentendieron de él y corrieron a informar al monje Tang de todo lo ocurrido. Muerto de vergüenza, Ba-Chie se apartó un poco de ellos y puso a secar las ropas a lo largo de la línea que marcaba la misma pendiente de la montaña, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del segundo demonio, que regresó a la caverna temblando de pies a cabeza. Antes de llegar, sus hermanos estaban ya al tanto de que había sido capturado y de que se lo habían llevado, tirando sin ninguna consideración de la trompa. Precisamente estaban disponiendo las tropas para acudir en su auxilio, cuando le vieron regresar completamente solo. Tras darle la bienvenida, le condujeron al interior y le preguntaron qué había sucedido. El segundo demonio repitió entonces las palabras del monje Tang, que le convertían en un auténtico héroe de la misericordia. Asombrados, los tres monstruos se quedaron mirando unos a otros durante cierto tiempo, sin saber qué contestar. El segundo demonio se armó, finalmente, de valor y preguntó:
- ¿Qué hacemos? ¿Llevamos al monje Tang a la otra parte de la cordillera o no?
- Por supuesto que sí - respondió en seguida el demonio de mayor edad -. Mirándolo bien, el Peregrino Sun es un mono compasivo y benevolente. Cuando estaba dentro de mi barriga, pudo haber terminado conmigo infinidad de veces, pero no lo hizo. Ahora mismo, sin ir más lejos, podría haberte estropeado la trompa para siempre, retorciéndotela o negándose a dejarte marchar libremente. Terminemos, de una vez, los preparativos y conduzcámoslos a la otra parte de la cordillera.
- ¡Eso, eso!¡Sirvámosles de escolta! - exclamó, por su parte, el tercer demonio, soltando la carcajada.
- ¿Qué te pasa? - le preguntó el demonio de mayor edad -. No pareces muy convencido. De todas formas, si no quieres acompañarnos, allá tú. Nadie va a obligarte a hacerlo.
- ¿Por qué no escucháis primero lo que tengo que deciros? - replicó el tercer demonio -. No tendría ningún inconveniente en dejar marchar a esos monjes, pero, puesto que insisten en que los acompañemos a lo largo de toda la cordillera, creo que deberíamos emplear con ellos la táctica de "hacer salir al tigre de su madriguera".
- ¿Qué quieres decir con eso de "hacer salir al tigre de su madriguera"? - preguntó el demonio de mayor edad.
. - Reunid a todos los diablillos de la caverna - sugirió el tercer demonio - y de cada diez mil escoged a mil. Seleccionad después a los cien mejores y elegid sólo a dieciséis, a los que añadiréis un pequeño grupo de treinta.
- ¿A qué viene todo ese lío de primero dieciséis y luego treinta? - volvió a preguntar el demonio de mayor edad.
- Esos treinta últimos - explicó el tercer demonio - serán seleccionados teniendo en cuenta sus capacidades culinarias. A su disposición tendrán una gran cantidad de arroz de la mejor calidad, tallarines escogidos, brotes de bambú, manojos de té aromático, setas de todas las clases, "dou-fu" y pasta de harina de trigo. Se les ordenará que cada cincuenta o sesenta kilómetros detengan la marcha y preparen un banquete para el monje Tang.
- ¿Para qué quieres a los otros dieciséis diablillos? - insistió el demonio de mayor edad.
- Ocho de ellos se encargarán de transportar la silla - respondió el tercer demonio -, mientras que los ocho restantes irán abriendo el camino. Nosotros los seguiremos a cierta distancia. Como sabéis, a ochocientos kilómetros al oeste de aquí, se encuentra mi ciudad, donde dispondremos de hombres y caballos de refresco. Cuando nos encontremos cerca de ella, todo lo que tenemos que hacer es... bueno, eso ya os lo diré después, y los tres peregrinos quedarán separados, sin poder ayudarse unos a otros. Así que, si queremos atrapar al monje Tang, tendremos que confiar sobre todo en esos dieciséis hombres.
Al oír eso, al demonio de mayor edad sólo le faltó ponerse a saltar de contento. Era como si acabara de salir de una resaca o de despertar de un mal sueño.
- ¡Fantástico! - exclamó, entusiasmado -. ¡Realmente fantástico! - e hizo venir a todos los diablillos de la caverna.
Escogió primero a los treinta más hábiles con las cazuelas y les confió la preparación de todos los banquetes que pensaba dar. Eligió a continuación a otros dieciséis y les ordenó que cargaran con la silla hecha con madera de vid. Al salir por la puerta, les rogó encarecidamente:
- No os apartéis en ningún momento del camino, porque el Peregrino Sun es sospechoso en extremo. Si ve algo extraño, empezará a pensar y no parará hasta que no haya descubierto nuestro plan.
Cuando llegaron cerca de donde se encontraban los peregrinos, levantó la voz y dijo con inesperado respeto:
- Venerable monje Tang, hoy es un día propicio [3] para iniciar un viaje. Os ruego, pues, que aceptéis nuestra invitación y accedáis a que os transportemos a la otra parte de la cordillera.
- ¿Quiénes son todos ésos? - preguntó el maestro, volviéndose hacia Wu-Kung.
- Ése de ahí - respondió el Peregrino, señalándole con el dedo - es el monstruo al que derroté esta mañana. Según parece, se ha decidido, por fin, a traer la silla.
- ¡Santo cielo! - exclamó Tripitaka, juntando las manos e inclinándose hacia lo alto -. Si no llega a ser por ti, todo habría concluido de una forma francamente lamentable.
Salió después al encuentro de los demonios y los saludó, diciendo:
- Estoy en deuda con vuestra generosidad. Cuando regrese con las escrituras a las Tierras del Este, hablaré de vuestras inimitables virtudes a las gentes de Chang-An.
- ¿Tenéis la amabilidad de subir al palanquín? - le suplicaron los demonios, una vez concluidos los saludos.
Tripitaka poseía unos ojos mortales y no comprendió que se trataba de una trampa. El Gran Sabio, por otra parte, aunque era un Inmortal de la Gran Mónada, poseía un natural recto y confiado y pensó que los demonios, después de la terrible experiencia por la que habían pasado, se habían avenido de buena gana a cumplir los deseos del maestro. Sin detenerse a sopesar la situación con cuidado, ordenó a Ba-Chie que cargara el equipaje sobre el caballo, mientras él se encargaba de abrir la marcha, con la barra cruzada sobre los hombros, y el Bonzo Sha se ocupaba de la retaguardia. Los diablillos se dividieron, entonces, en dos grupos. Ocho cargaron con la silla de mano y los ocho restantes  corrieron  por  delante,  proclamando  las  excelencias  del  personaje  que  los seguía. Los demonios se colocaron respetuosamente a ambos lados de la silla. De esta forma, dio comienzo la ascensión a la montaña. ¡Qué poco sospechaban los peregrinos que la desgracia estaba presta a lanzarse sobre ellos, cuando más confiados y alegres se sintieran! Como afirma un clásico, "la pobreza siempre acecha al final de los corredores de la riqueza". El dios de la guerra había estrechado su cerco sobre ellos, dispuesto a convertirlos en espíritus ajusticiados. Para que no sospecharan nada, los demonios redoblaron sus esfuerzos por mostrarse obsequiosos día y noche con Tripitaka. Apenas llevaban recorridos cincuenta kilómetros, le ofrecieron un banquete vegetariano, cosa que volvió a repetirse a los noventa y tantos kilómetros de marcha. Incluso, cuando estaba a punto de anochecer, tuvieron la delicadeza de detenerse, para que el maestro pudiera descansar. A lo largo de todo el viaje los demonios se comportaron con una corrección extraordinaria, lo que, unido a la abundancia de la comida, terminó llenando de alegría el corazón de los peregrinos. Normalmente elegían para pernoctar lugares apacibles y retirados, en los que dormían a pierna suelta. De esta forma, recorrieron, siempre en dirección oeste, alrededor de ochocientos kilómetros.
Siguiendo su costumbre, el Peregrino iba un kilómetro por delante, con la barra cruzada sobre los hombros, cuando vio ante sí una ciudad, que le metió tal susto en el cuerpo, que cayó inmediatamente al suelo. ¿Cómo  es posible que, siendo tan valiente, se asustara de aquella forma? La razón estaba en que aquella ciudad estaba rodeada de un aura de perversión y maldad. La habitaban monstruos y demonios de la peor ralea y sus cuatro puertas se encontraban protegidas por espíritus extremadamente violentos. La defensa de la plaza estaba encomendada a un enorme tigre listado, al que asistía, como capitán, un gato con la cara blanca. Ciervos con una cornamenta fantástica hacían las veces de mensajeros, mientras las calles se veían atestadas de zorros salvajes. Alrededor de  las  murallas  daban  vueltas  sin  cesar  culebras  de  más  de  trescientos  metros  de longitud, ayudadas por enormes serpientes tan largas como ellas, que vigilaban los caminos de acceso. A la sombra de las torres lobos de pelaje gris impartían sin descanso órdenes a leopardos que se comportaban como hombres. Tanto los encargados de agitar los estandartes, como de batir los tambores, realizar las guardias y patrullar las calles eran monstruos y espíritus de la montaña. El cuidado de las puertas estaba encomendado a liebres desconfiadas, que registraban celosamente todas las mercancías, que jabalíes corpulentos trataban de hacer entrar en la ciudad. Se apreciaba que hacía años aquélla había sido la sede de una próspera corte, mientras que ahora se había transformado en una auténtica guarida de tigres y lobos.
El Gran Sabio se hallaba tumbado, muerto de miedo, en el suelo, cuando de pronto oyó un sonido como de viento justamente detrás de las orejas. Se dio la vuelta a toda prisa y vio que el tercer demonio se disponía a descargar sobre su cabeza un golpe terrible con un hacha cuadrada de doble filo. De un salto, echó mano de la barra de los extremos de oro e hizo frente a su adversario. Los dos contendientes lucharon con tal concentración, que no intercambiaron ninguna palabra, mientras descargaban tajos terribles con los dientes apretados y la baba cayéndoles, abundante, por la comisura de los labios. No tardó en presentarse el demonio de mayor edad. Dando órdenes a diestro y siniestro, trató de rebanar la cabeza a Ba-Chie, que dejó a toda prisa al caballo y repelió el ataque con ayuda de su rastrillo. El segundo demonio, por su parte, intentó atravesar con su lanza al Bonzo Sha, que detuvo a tiempo el golpe con su báculo de destrozar monstruos. De esta forma, los tres demonios y los tres monjes se enzarzaron en una batalla en la cumbre misma de la montaña. Siguiendo al pie de la letra las instrucciones que habían recibido, los diablillos cogieron de las riendas al caballo blanco y, después de reducir a Tripitaka, corrieron con la silla hasta los límites de la ciudad, donde dijeron a voz en grito:
- ¡Traemos al monje Tang por orden de nuestros soberanos!
Todos los monstruos que habitaban entre sus murallas se apelotonaron ante las puertas. En ese mismo momento dejaron de sonar los tambores, los estandartes dejaron de ondear y enmudecieron los gongs y los gritos de batalla.
- Nuestros soberanos nos han ordenado que hagamos todo lo posible por no asustar al monje Tang - explicaron -. Si se sobresalta o se pone a temblar, su carne perderá todo su sabor y no se la podrá comer.
Eso  hizo  que  los  monstruos  adoptaran  una  actitud  respetuosa,  inclinándose  ante Tripitaka y dándole la bienvenida con inesperadas muestras de reconocimiento. Sin permitirle bajar de la silla de mano, le llevaron directamente al Salón de los Carillones de Oro, donde le hicieron sentar en el sitio de honor y le dieron de comer un poco de arroz con té. Pero, pese a sus esfuerzos, el maestro temblaba de pies a cabeza, porque no veía ninguna cara conocida a su alrededor.
Desconocemos de momento si logró salvar o no la vida. El que desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente.

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[1]Claridad Luminosa: el quinto período solar, que viene a coincidir con los primeros días del mes de abril. Es la época para limpiar las tumbas, hacer ofrendas a los antepasados, tomar comidas frías y practicar el vuelo de las cometas, actividades, todas ellas, al aire libre, no tanto por la bonanza del tiempo como por el hecho de que las tumbas se encuentran en lugares apartados y elevados.

[2]Las monedas tradicionales chinas eran el «liang» (una onza de plata), el «chien» (la décima parte de la anterior) y el «fen» (un céntimo de la onza). A media onza le corresponderían, por tanto, cinco «chien».

[3]Literalmente se dice que «no es un día de arena roja». La arena roja («hung-sha») era el componente esencial de todos los días desfavorables, «chi», particularmente de los contraindicados para las celebraciones matrimoniales.