Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

Larga Vida informa de lo peligrosos que son los diablos. El Peregrino hace gala de todos sus poderes metamorficos.


Tanto los deseos como los sentimientos proceden de la misma fuente. Aunque es natural poseerlos, deben renunciar a ellos los que han abrazado la pobreza y han aceptado los principios del Zen. Es preciso que perseveren en ese camino de renuncia, si quieren mostrarse tan puros como la luna brillando en lo alto del cielo. Cuanto más abundantes son los méritos adquiridos, más cuidado debe ponerse en no cometer ningún error. Es necesario tener presente siempre que únicamente la perfección absoluta proporciona la iluminación inmarcesible.

Decíamos que, una vez que hubieron rasgado la tela de araña de los deseos y hubieron escapado de la prisión de los sentimientos, Tripitaka y sus discípulos prosiguieron su camino hacia el Oeste, espoleando despreocupadamente al caballo. Pronto tocó a su fin el verano y comenzó a sentirse la presencia del otoño. Un aire fresco hacía temblar a veces los cuerpos, mientras las lluvias ponían definitivamente fin a los días calurosos y las hojas de los árboles se iban tornando definitivamente pálidas. Por las noches las luciérnagas se mostraban como puntitos de luz que salpicaban el sendero, al tiempo que los grillos no dejaban de desgranar su monótono canto, enardecidos por la luminosidad de la luna. Por las mañanas los pastos aparecían cubiertos de rocío, aunque la hierba era cada vez más escasa y sólo resistían el rigor de los campos baldíos unos cuantos hierbajos de colores rojizos. Los juncos eran los primeros en secarse, mientras las cigarras lanzaban sus últimos cantos, preñados de una tristeza desoladora. Tripitaka vio delante  una  montaña  tan  alta,  que  su  cumbre  parecía  atravesar  el  vacío,  llegando, incluso, a tocar las estrellas y a detener la marcha del sol. Hondamente preocupado, se volvió hacia Wu-Kung y dijo:
- ¿Has visto esa montaña de ahí delante? Es tan alta, que me pregunto si habrá alguna forma de trasponerla.
- ¿Se puede saber de qué estáis hablando? - replicó el Peregrino -. Como muy bien afirma el proverbio, "hasta las montañas más escarpadas poseen pasos y las aguas más profundas, balsas que unen sus orillas". ¿Cómo no va a haber manera de cruzar esa mole de piedras? Seguid caminando y no os preocupéis de más.
El maestro sonrió tranquilo y, espoleando al caballo, arremetió contra las primeras estribaciones de obstáculo tan formidable. Llevaban recorridos unos cuantos kilómetros, cuando se toparon con un anciano de cabello completamente cano y tan alborotado, que parecía un puñado de hilos de plata sacudidos por el viento. Del cuello le colgaba una especie de amuleto hecho con cuentas y se ayudaba, al caminar, de un bastón terminado en una cabeza de dragón. Nada más ver a los peregrinos, levantó la voz y dijo:
- ¡Eh, el maestro que se dirige hacia el Oeste! ¡Es preciso que detengáis inmediatamente vuestra cabalgadura! ¡No podéis seguir adelante! ¡En esta montaña hay un grupo de diablos que devoran a todos los que osan pasar por ella!
Al oír eso, Tripitaka se puso pálido de miedo. Para entonces el camino se había tornado muy irregular y los gritos del anciano le hicieron sentirse más inseguro todavía sobre la silla. Tanto, que terminó cayéndose del caballo y se quedó tumbado sobre la hierba, sin poder moverse y quejándose de una forma que movía, francamente, a compasión. El Peregrino corrió hacia él y le dijo, al tiempo que le ayudaba a levantarse:
- No tengáis miedo. Aquí estoy yo para defenderos de lo que sea.
- ¿Es que no has oído lo que acaba de decir ese anciano? - replicó el maestro, alterado -. En esta montaña hay un grupo de diablos que devoran a todos los que osan pasar por ella. No me quedan fuerzas para ir a preguntarle algo más sobre tan espeluznante asunto.
- Quedaos aquí sentado y no os preocupéis de nada - insistió el Peregrino -. De lo demás me encargo yo.
- Pero tú tienes un aspecto horrible y tu forma de hablar es irrespetuosa en extremo - afirmó el maestro, más preocupado todavía - ¦ Si se siente ofendido, es posible que no te revele toda la verdad.
- Si es eso lo que os preocupa - contestó el Peregrino, soltando la carcajada -, me convertiré en alguien más atractivo. Así no se negará a dirigirme la palabra.
- Déjame ver en qué te metamorfoseas - dijo el maestro, más sereno.
El Gran Sabio hizo un gesto mágico con los dedos y al punto se transformó en un monje joven y de aspecto llamativamente cuidado. Poseía una cabeza bien torneada, un rostro con el mentón varonil, unos ojos serenos y unas cejas de un tono claro. Sus gestos no tenían nada que envidiar a los de un caballero refinado y su forma de hablar era esmerada en extremo. Después de aflojarse un poco la túnica de seda, se llegó hasta el monje Tang y le preguntó:
- ¿Os parece bien así, maestro?
- Perfectamente - contestó Tripitaka, entusiasmado.
- ¿Cómo no iba a parecemos bien, si, por mucho que lo intentáramos, jamás íbamos a convertirnos en alguien tan atractivo como tú? - opinó Ba-Chie.
Satisfecho, el Gran Sabio se llegó hasta donde estaba el anciano e, inclinándose con inesperado respeto, le saludó, diciendo:
- Os presento mis respetos, señor.
Al ver el anciano lo joven que era y lo agraciado que resultaba su rostro, el anciano se quedó tan desconcertado, que le devolvió el saludo de una forma totalmente maquinal. Después, dando al Peregrino unos golpecitos cariñosos en la cabeza, y sonriendo como lo haría una muchacha, preguntó:
- ¿De dónde venís?
- De los dominios del Gran Emperador de los Tang - contestó el Peregrino -, en las Tierras del Este, y vamos de camino hacia el Paraíso Occidental en busca de escrituras sagradas. Al oíros gritar eso de que por aquí cerca había monstruos, mi maestro se asustó y me ha encargado que viniera a preguntaros quiénes son realmente esos demonios que se dedican a devorar caminantes. Decídmelo sin tardanza, para que pueda expulsarlos cuanto antes de aquí.
- Eres tan joven, que no sabes ni lo que dices - exclamó el anciano, soltando la carcajada -. Eso explica que hables de una forma tan fanfarrona. Los poderes mágicos de esos diablos son extraordinarios. ¿Qué te hace afirmar tan a la ligera que puedes expulsarlos de este lugar?
- Por vuestra forma de hablar, deduzco que, lejos de temerlos, sois su protector - replicó el Peregrino, riéndose también -. Por fuerza tenéis que ser familia suya o, al menos, uno de sus vecinos más cercanos. De lo contrario, no me explico cómo alabáis su inteligencia, engrandecéis sus virtudes y os negáis a revelarme todo lo que sepáis sobre su pasado.
- Se nota que no os falta labia - respondió el anciano, sacudiendo la cabeza sin dejar de sonreír -. Está claro que habéis seguido a vuestro maestro a lo largo de muchos caminos y eso os ha hecho aprender algo de magia; lo suficiente para obligar a un fantasma a aparecer o para detener a algún que otro espíritu. Es posible que sepáis, incluso, arrojar de una casa a los diablos que la habitan, pero dudo que podáis hacer frente a unos demonios tan formidables.
- ¿Son realmente tan poderosos como parecéis indicar? - preguntó, una vez más, el
Peregrino.
- Juzgadlo por vos mismo - contestó el anciano -. No tienen nada más que escribir una carta al Espíritu de la Montaña, para que acudan en su ayuda los quinientos arhats. Por si eso no bastara, con unas cuantas líneas que hagan llegar al Palacio Celeste, inmediatamente se pondrán en movimiento los Once Grandes Planetas. Por algo se cuentan entre sus amigos los dragones de los Cuatro Océanos y los Inmortales de las Ocho Cavernas los honran con sus frecuentes visitas. Hasta los Diez Reyes del Mundo Inferior los consideran hermanos suyos, cosa que también hacen, aunque con un respeto mayor, los dioses de todos los monasterios y ciudades.
El Gran Sabio se las vio y se las deseó para no lanzar la carcajada. Sin poderlo resistir, tiró al anciano de la manga y dijo:
- Deja de contarme cosas raras, por favor. Si fueran mis sirvientes, o gozaran de mi amistad, o hubieran sellado conmigo un pacto de hermandad, a lo mejor valía la pena tomarlos en consideración. Con lo que me has dicho no es suficiente. Ten presente lo siguiente: en cuanto me vean aparecer, se marcharán de aquí esta misma noche. No esperarán a mañana, te lo aseguro.
- ¡Estás mal de la cabeza! - se burló el anciano -. ¿A qué viene, además, mostrarte tan poco respetuoso con los dioses y los inmortales? ¿Desde cuándo sirven a un mocoso como tú, como sí fueras su señor?
- A decir verdad - contestó el Peregrino, sonriendo -, soy originario de la Caverna de la Cortina de Agua, que se halla enclavada en la Montaña de las Flores y Frutos, en el continente de Ao-Lai. Me llamo Wu-Kung y pertenezco a la familia de los Sun. Hace algunos años yo mismo era un monstruo, que realizó ciertas hazañas que aún se recuerdan con estupor. Durante una de las muchas fiestas que celebré bebí más de la cuenta y terminé perdiendo el conocimiento. Soñé entonces que dos hombres me llevaban a la Región de las Sombras, cosa que me hizo perder los estribos de tal manera, que golpeé con mi barra de los extremos de oro a uno de los jueces de ultratumba. El mismo rey Yama no sabía dónde meterse, porque casi destruyo el Palacio de las Tinieblas. Temblando de pies a cabeza, los jueces ordenaron traer unos rollos de papel y los Diez Reyes del Mundo Inferior ratificaron con sus firmas su promesa de que, si renunciaba a golpearlos, se comprometían a servirme como criados.
- ¡Por Amitabha! - exclamó el anciano, escandalizado -. ¡Este monje jamás llegará a viejo! ¡Menuda forma de hablar la suya!
- Me temo que ya soy lo suficientemente viejo - contestó el Peregrino.
- ¿De verdad? - replicó, burlón, el anciano -. ¿Cuántos años tienes, si es que puede saberse?
- Calcula, a ver si aciertas - respondió el Peregrino.
- ¿Qué sé yo? - dijo el anciano -. Quizás no más de siete u ocho [1].
- Te has equivocado - exclamó el Peregrino -, porque, en realidad, tengo siete u ocho veces diez mil años. Si no te importa, puedo mostrarme tal cual soy. Lo único que te pido es que no te asustes ni lo tomes a mal.
- ¡No me digas que tienes otra cara! - exclamó, a su vez, el anciano.
- Me temo que no sólo una, sino setenta y dos - le corrigió el Peregrino.
El anciano era extremadamente impaciente y urgió al Gran Sabio, para que le dejara ver su auténtico rostro. Ni corto ni perezoso, el Peregrino se pasó la mano por la cara y, sacudiéndola ligeramente, recobró la forma que le era habitual. Con sus mejillas hundidas, sus protuberantes labios, sus nalgas peladas y a medio cubrir por una piel de tigre, y su espléndida barra de los extremos de oro en las manos parecía la imagen viviente de un dios del trueno dispuesto a descargar un golpe. Al verle, el anciano perdió el color de la cara y las piernas se negaron a obedecerle. Incapaz de seguir manteniéndose en pie, se dejó caer al suelo y, por mucho que lo intentó, no consiguió levantarse.
- No tengáis miedo, respetable anciano - trató de tranquilizarle el Gran Sabio, acercándose a él -. Es posible que sea muy feo, pero poseo un corazón realmente noble. Además, os estoy muy agradecido, Por habernos alertado sobre esos diablos. Si queréis que mi gratitud sea completa, debéis contarme todo lo que sepáis sobre ellos.
El anciano estaba tan asustado, que no podía articular palabra alguna. Por si eso fuera poco, se hizo pasar por sordo y se negó de plano a responder nada más. Al ver que no había manera de hacerle hablar, el Peregrino regresó por donde había venido.
- ¿Has vuelto ya? - le preguntó el maestro -. ¿Has conseguido averiguar lo que querías?
- En realidad, no es tan seria la cosa como parecía - contestó el Peregrino, sonriendo -. Es verdad que por aquí cerca hay un grupo de monstruos, pero las gentes de estos contornos son muy tímidas y se preocupan en exceso por ellos. Os digo que no hay por qué preocuparse. Además, estoy yo aquí, ¿no?
- ¿Has averiguado cómo se llama esta montaña, cuál es el nombre de la caverna, cuántos  monstruos  habitan  en  ella  y  qué  camino  es  el  más  corto  para  llegar  al Monasterio del Trueno?
- No os enfadéis por lo que voy a deciros - intervino, entonces, Ba-Chie -, pero ni siquiera nosotros somos capaces de aventajar a Wu-Kung en eso de las metamorfosis, o en jugar al escondite, o en engañar, simplemente, a la gente. Lo suyo es la burla y la falta absoluta de seriedad. Cuando se trata, sin embargo, de algo recto y sincero, no hay quien pueda compararse conmigo.
- Tienes razón - reconoció el monje Tang -. Tú eres mucho más honesto que él.
- No comprendo cómo se las arregla - añadió Ba-Chie, más animado -, el caso es que siempre se preocupa de la cabeza y se olvida por completo de la cola. Ya habéis visto lo que ha hecho con ese anciano. Le ha hecho unas pocas preguntas y se ha vuelto en seguida para acá. Creo que sería conveniente que fuera también yo a echar un vistazo.
- Está bien, Wu-Neng - concedió Tripitaka -, pero ten cuidado.
Loco de contento, el Idiota se metió el rastrillo por el cinturón y, arremangándose la túnica, comenzó a ascender por la ladera de la montaña, gritando a voz en grito:
- ¿Dónde os habéis metido, anciano? Deseo presentaros mis respetos.
Después de marcharse el Peregrino, el anciano se las arregló, por fin, para levantarse del suelo con ayuda del báculo, aunque seguía temblando como una hoja de bambú a merced del viento. Se disponía a marcharse, cuando oyó la voz de Ba-Chie y volvió inconscientemente la cabeza. Lo que vio terminó arrancándole del cuerpo las pocas fuerzas que aún le quedaban.
- ¡Santo cielo! - exclamó, desalentado -. ¿Qué he hecho yo para tener que soportar esta pesadilla de monstruos? El monje que acaba de irse era feo, pero, por lo menos, tenía algo en el rostro que recordaba a un hombre. Éste, por el contrario, posee una boca realmente horrible, unas orejas tan grandes como abanicos de palma, un rostro que recuerda una plancha de acero y un cuello cubierto totalmente de cerdas. ¿Quién puede afirmar que eso sea un hombre?
- Está visto que os encanta sacar defectos a la gente - dijo Ba-Chie, sonriendo -. De todas formas, deberíais mirarme con mejores ojos, porque, aunque soy un poco feo, poseo unas cualidades extraordinarias. Para que no os asustéis, voy a tomar un aspecto un poco más agradable.
Al oírle hablar de esa forma, el anciano se tranquilizó un poco y le preguntó por pura cortesía:
- ¿De dónde sois?
- Me llamo Wu-Neng Ba-Chie y soy el segundo discípulo del monje Tang - contestó el Idiota -. El monje con el que os habéis entrevistado hace un momento era mi hermano el Peregrino Wu-Kung. Por cierto, mi maestro se ha enfadado mucho con él por haberos asustado y no haber obtenido la información que había venido a buscar. Ése es el motivo de que me haya enviado a mí a haceros esas mismas preguntas. Mi maestro desearía saber en concreto cómo se llama esta montaña, cuál es el nombre de la caverna, cuántos monstruos habitan en ella y qué camino es el más corto para llegar al Oeste. Os estaríamos extremadamente agradecidos, si nos aclararais esos puntos.
- ¿De verdad no queréis nada más de mí? - replicó el anciano, sorprendido.
- Jamás en mi vida he hablado con mayor sinceridad - confesó Ba-Chie.
- ¿No te estás burlando de mí, como hizo el otro monje? - insistió el anciano.
- Os juro que él y yo no nos parecemos en nada - afirmó Ba-Chie. Más tranquilo, el anciano se apoyó sobre su cayado y manifestó:
- Ésta es la Cordillera del Camello-León y tiene una longitud que supera los mil seiscientos kilómetros. En ella se encuentra la caverna del mismo nombre, en la que habitan tres diablos con unos poderes realmente extraordinarios.
- Creo que os habéis precipitado un poco - opinó Ba-Chie -. Son sólo tres diablos y ¿os habéis tomado la molestia de venir a precavernos contra ellos?
- ¿No tienes miedo a los demonios? - inquirió el anciano, sorprendido.
- A decir verdad - contestó Ba-Chie con visible suficiencia -, mi hermano mayor matará a uno con su barra de hierro, yo haré otro tanto con mi rastrillo y el menor de entre nosotros dará cuenta del tercero con su báculo. En cuanto hayamos acabado con ellos, el maestro no tendrá ninguna dificultad en atravesar la cordillera. ¿No os parece?
- Se nota que no conocéis los poderes de esos tres demonios - replicó el anciano, sonriendo -. Además, tienen un destacamento de cinco mil diablillos apostados en las cumbres del sur y otros cinco mil en las del norte. Por si eso no bastara, disponen de diez mil soldados en el camino que conduce hacia el este y diez mil más en el que lleva directamente hacia el oeste. A ellos hay que añadir los cinco mil que se hallan constantemente de patrulla y los cinco mil que protegen la entrada de la caverna, los cuales suman un total de diez mil más. No cuento, por supuesto, a las fuerzas de apoyo, que se encargan de provocar incendios y de desmoralizar a la retaguardia enemiga. Todos sus efectivos totalizan, pues, un ejército de cuarenta y siete o cuarenta y ocho mil diablillos, provistos de una placa con su nombre y especializados en devorar a todos los hombres que cometen la osadía de pasar por aquí.
El Idiota no quiso escuchar más. Temblando de pies a cabeza, corrió por donde había venido. Al llegar a la altura del monje Tang, en vez de informarle de cuanto acababa de oír, tiró a un lado el rastrillo y se puso a mear.
- ¿Se puede saber por qué, en vez de contarnos lo que tengas que decirnos, te pones a hacer tus necesidades? - le regañó el Peregrino.
- Tengo tanto miedo, que creo que también voy a cagarme - contestó Ba-Chie -. ¿Para qué perder el tiempo en charlas inútiles? Lo mejor que podemos hacer es huir, ahora que aún estamos a tiempo.
- ¡Eres idiota en extremo! - le regañó el Peregrino -. Que yo sepa, nadie se asusta cuando va a preguntar algo. ¿Cómo es que tú te has puesto tan nervioso?
- ¿Qué es lo que has logrado averiguar? - inquirió el maestro.
- Ese anciano - explicó Ba-Chie - me ha dicho que ésta es la Cordillera del Camello-León, en la que se halla enclavada la caverna del mismo nombre. En ella moran tres demonios, que tienen a sus órdenes un ejército de más de cuarenta y ocho mil diablillos, todos ellos especializados en devorar carne humana. Eso quiere decir que, en cuanto pongamos un pie en sus dominios, nos convertiremos en alimento para ellos. Así que opino que lo mejor es que demos por terminado aquí nuestro viaje.
- ¿Qué podemos hacer, Wu-Kung? - preguntó el maestro, temblando de pies a cabeza y con los pelos totalmente de punta.
- Dejad de preocuparos, de una vez, maestro - le aconsejó el Peregrino -. Eso no es nada para nosotros. Es posible que más adelante haya unos cuantos monstruos, pero, como acabo de deciros, las gentes de esta región son bastante timoratas y se asustan con esos rumores que hablan de diablillos feroces y de ejércitos incontables de demonios. Además, me tenéis a mí a vuestro lado.
- No deberíais hablar así - le respondió Ba-Chie -. También yo poseo unos cuantos poderes mágicos y la verdad no deja de meterme miedo. Tú sabes bien que no se trata de un simple rumor. Tanto la montaña como el valle están infestados de diablillos. ¡Es inútil que sigamos adelante!
- ¡Ese rostro y esa forma de hablar sólo la tienen los idiotas! - se burló el Peregrino, soltando la carcajada -. Cuesta trabajo creer que te asustes de esa forma por nada. Si, como dices, la montaña y el valle están plagados de demonios, volveré contra ellos mi barra de hierro y los exterminaré antes de que haya transcurrido la mitad de la noche.
- ¡Debería darte vergüenza hablar así! - le regañó Ba-Chie -. ¿Cómo vas a terminar con ellos tan pronto, si se necesitarían siete u ocho días, por lo menos, para reunirlos a todos en un mismo lugar?
- ¿Cómo piensas que voy a exterminarlos? - replicó el Peregrino.
- Suponte, además - continuó diciendo Ba-Chie -, que logras agarrarlos a todos y, después de inmovilizarlos con tu magia, los vas matando poco a poco. ¡Ni aun entonces tendrás bastante con una noche!
- ¿De dónde has sacado que, para matarlos, necesito atraparlos primero? - objetó el Peregrino -. Sabes bien que, con que agite ligeramente la barra de hierro y grite "¡crece!", adquirirá una longitud de más de ochocientos metros. Lo mismo ocurrirá con su grosor. Me bastará con sacudirla una sola vez y con ordenarle que aumente de tamaño, para que su circunferencia alcance los dos metros y medio de diámetro. La giraré, entonces, hacia el sur y los cinco mi diablillos que se hallan apostados allí morirán aplastados. La moveré después hacia el norte y los cinco mil de esa zona correrán idéntica suerte. Lo mismo les ocurrirá a los del este y a los del oeste. ¿A quién puede preocuparle que sean cuarenta o cincuenta mil los que terminen convertidos en una masa sanguinolenta de carne informe?
- Cualquiera que te oiga hablar - se burló Ba-Chie -, pensará que estás preparando la masa para hacer tallarines. Eso sin contar con que habrás terminado con ellos antes de la segunda vigilia.
- ¿Cómo podéis tener miedo con los poderes tan maravillosos que posee nuestro hermano mayor? - concluyó el Bonzo Sha, volviéndose, sonriendo, hacia el maestro -. Volved a montar y prosigamos, cuanto antes, nuestro camino.
Al oírlos hablar de aquella forma, al monje Tang no le quedó más remedio que tranquilizarse y hacer lo que se le ordenaba. Cuando llegaron al punto en el que habían visto al anciano, comprobaron, sorprendidos, que había desaparecido. Eso hizo reflexionar al Bonzo Sha:
- Por fuerza tenía que tratarse de un monstruo, que exageró aposta el poder de esos diablos, para asustarnos más de lo que ya estábamos.
- ¿Qué te ha hecho llegar tan rápidamente a esa conclusión? - objetó el Peregrino -. Voy a echar un vistazo, a ver qué ocurre.
De un salto se llegó hasta la cumbre de la montaña, pero, aunque miró en todas las direcciones, no consiguió ver a nadie. No obstante, percibió en el aire ciertas vibraciones multicolores y, montando en una nube, se lanzó en la dirección en que parecían ser más intensas. No tardó en descubrir que se trataba de la Estrella de Oro del Planeta Venus. Inmediatamente se lanzó sobre él y, agarrándole con las dos manos, le regañó, usando el nombre con que solían llamarle los dioses:
- ¡Qué picarón estás hecho, Larga Vida Li! Si tenías algo que decirme, podías haberlo hecho con toda claridad. ¿A qué viene eso de hacerte pasar por un anciano para confundirme?
- Lamento no haber podido hablar con más claridad, Gran Sabio - se disculpó la Estrella de Oro, después de saludarle con el respeto que era en él habitual -. Perdonad mi falta de claridad, pero es preciso que tengáis en cuenta que los poderes de esos monstruos son, en verdad, extraordinarios. Sólo si empleáis a fondo vuestros poderes metamórficos y vuestra portentosa inteligencia, conseguiréis seguir adelante. Pero, si os descuidáis y bajáis la guardia, os resultará extremadamente difícil continuar el viaje.
- Os agradezco vuestro interés - contestó el Peregrino -. De todas formas, si tan difícil es atravesar estos parajes, lo mejor que podéis hacer es ir a las Regiones Superiores a pedir al Emperador de Jade que ponga a mi disposición algún destacamento de soldados celestes.
- Contad con ellos - respondió la Estrella de Oro -. En cuanto haya presentado vuestra petición, tendréis a vuestras enteras órdenes a cien mil guerreros de los cielos.
El Peregrino se despidió, entonces, de la Estrella de Oro y, dejándose caer de lo alto, informó a Tripitaka:
- Ese anciano que nos advirtió del peligro no es otro que la Estrella de Oro del Planeta Venus.
- Trata de darle alcance y pregúntale si existe algún otro camino - pidió Tripitaka, juntando las manos a la altura del pecho.
- Me temo que no hay ningún atajo - respondió el Peregrino -. Esta cordillera tiene, de hecho, una longitud de más de mil seiscientos kilómetros. ¿Cómo vamos a tomar un atajo, si ni siquiera sé lo que mide de ancho?
- ¡Qué difícil es alcanzar nuestro destino! - exclamó Tripitaka, abandonándose al llanto
-. ¿Cómo voy a conseguir así presentar mis respetos a Buda?
- Dejad de llorar, por favor - le urgió el Peregrino -. En cuanto cedéis a las lágrimas, os convertís en una persona sin decisión. Es probable que lo que nos ha dicho no sea auténtico del todo. A veces se suele hablar de ese modo para alertar a nuestro interlocutor. Como muy bien afirma el proverbio, "entre contar y exagerar no existe la menor diferencia". Desmontad del caballo y sentaos a descansar un momento.
- ¿Sobre qué vamos a discutir? - preguntó Ba-Chie.
- Sobre nada - contestó el Peregrino -. Tú quédate aquí cuidando del maestro. El Bonzo Sha que se haga cargo del caballo y el equipaje. Yo, por mi parte, voy a adentrarme en la cordillera a ver si consigo averiguar cuántos monstruos hay exactamente. Para ello, trataré de atrapar alguno. Si es preciso, le obligaré a hacer una confesión completa y a redactar una lista con los nombres de todos los que recuerde. No me será, así, difícil ordenarles que se replieguen sobre la caverna Y que no traten, bajo ningún concepto, de obstaculizar nuestro viaje. Es preciso que dejen expedito el camino y que el maestro transite por él con la tranquilidad que exige un hombre de su talla. Así sabréis lo poderoso que realmente soy.
- Ten cuidado - fue lo único que se le ocurrió decir al Bonzo Sha.
- ¡De poco valen las reconvenciones! - exclamó el Peregrino, soltando la carcajada -. En cuanto llegue allá arriba, abriré, si es preciso, un sendero tan ancho como el Gran Océano Oriental y horadaré un túnel en la montaña, aunque todas sus rocas sean de hierro puro.
No había acabado de decirlo, cuando, de un salto, se llegó hasta la cumbre. Para ver mejor, apartó con las manos unas cuantas enredaderas y parras silvestres, pero no logró descubrir el menor rastro de presencia humana. Eso le movió a decir en voz alta:
- Creo que he cometido un grave error, dejando marchar a ese vejestorio de la Estrella de Oro. Estoy seguro de que no le guiaba otra intención que asustarme. Si verdaderamente hubiera por aquí algún monstruo, ya habría salido de su escondite a domar el viento, o a arrojar su lanza, o a practicar un poco las artes marciales. ¿Cómo es que no se oye ni un solo...?
No pudo terminar la frase. En ese mismo momento escuchó al otro lado de la montaña el desagradable sonsonete de unas tablillas de madera. Se volvió a toda prisa y descubrió a un diablillo con un estandarte al hombro en el que aparecía escrita la palabra "mando". Llevaba ceñido el cuerpo con un cinturón de cuero y golpeaba sin cesar una especie de gong de madera, mientras se desplazaba a toda velocidad de norte a sur. El Peregrino le estudió con atención y calculó que debía de tener cerca de cuatro metros de altura. Sonriendo, se dijo, complacido:
- Debe de tratarse de un correo. Lo mejor será que me acerque a él y descubra qué es lo que va murmurando.
No había acabado de pensarlo, cuando hizo un signo mágico con los dedos y, después de sacudir ligeramente el cuerpo y de recitar el correspondiente conjuro, se transformó en una mosca. No le fue, así, difícil ponerse a la altura del diablillo y posarse suavemente sobre su gorro, para oír mejor lo que iba hablando. En cuanto hubo entrado en el camino principal, sin dejar en ningún momento de golpear los trozos de madera, murmuró mecánicamente, como si se tratara de una lección aprendida:
- Los que nos encontramos de patrulla por la montaña, debemos extremar todas las precauciones contra ese tal Peregrino Sun, pues es capaz de metamorfosearse en una simple mosca.
- Por fuerza tiene que haberme visto - se dijo el Peregrino, vivamente impresionado -. ¿Cómo iba a haber averiguado, si no, mi nombre y que tengo el poder de convertirme en un insecto?
Pero el diablillo no le había visto. Simplemente estaba repitiendo lo que había oído comentar a los monstruos. El Peregrino, por supuesto, no lo sabía. Sospechando que le había descubierto, se dispuso en seguida a acabar con él, pero, antes de asestar el golpe, se dijo:
- Si no recuerdo mal, la Estrella de Oro reveló a Ba-Chie que había tres demonios principales y alrededor de cuarenta y siete o cuarenta y ocho mil diablillos de menor importancia. Si todos son como éste, lo mismo da que sean cuarenta u ochenta mil. Lo que de verdad corre prisa ahora es averiguar la clase de poderes que poseen esos tres monstruos. Creo que, antes de que acabe con éste, debería hacerle unas cuantas preguntas.
En seguida abandonó el sombrero del mensajero y fue a posarse sobre un árbol, para que el diablillo se adelantara unos cuantos pasos. Tras convertirse en su copia exacta, empezó a correr tras él, haciendo sonar los mismos trozos de madera y musitando exactamente las mismas palabras. La única diferencia estribaba en que era unos cuantos centímetros más alto. Antes de llegar a su altura, levantó la voz y dijo:
- ¡Eh, tú, el de ahí delante! ¿Te importaría esperarme?
- ¿Se puede saber de dónde eres? - preguntó el diablillo, volviendo la cabeza.
- ¿Cómo que de dónde soy? - replicó el Peregrino, sonriendo -. ¿Es que ya no reconoces a los de tu propia familia?
- Lo siento mucho, pero tú no perteneces a mi familia - contestó el diablillo.
- ¿Te has vuelto loco? - le regañó el Peregrino -. Mírame bien.
- ¿Qué quieres que te diga? - insistió el diablillo -. Tu cara no me resulta conocida.
- Ya lo sé - confirmó el Peregrino -. Me has visto muy pocas veces, porque pertenezco al grupo de los que provocan incendios y tienden trampas.
- ¡No, no! ¡No es verdad! - respondió el diablillo, sacudiendo nerviosamente la cabeza -. Ninguno de los que se encargan de esos menesteres tiene la boca tan puntiaguda.
- ¡Así que es eso! - se dijo el Peregrino -. Tengo el morro demasiado picudo. Bien. Eso tiene fácil arreglo - y, agachando la cabeza, se frotó la boca, como quien no quiere la cosa, y añadió en voz alta -. Pero ¿qué dices? ¿Quién tiene la boca puntiaguda?
El defecto había desaparecido por completo, pero el diablillo insistió:
- Ahora está bien, pero hace un momento la tenías picuda. ¿Qué has hecho para cambiártela con tanta rapidez? ¡Ha sido un truco!, no me cabe la menor duda. ¡Tú no eres de los nuestros! Si lo fueras, te habría visto alguna vez. ¡Todo esto está resultando demasiado sospechoso! Además, nuestros señores no se andan con componendas: los que se encargan del fuego no hacen otra cosa, lo mismo que los que recorren la montaña de arriba abajo. ¡Es imposible que a uno que provoca incendios se le confíe otra misión!
Afortunadamente, el Peregrino poseía una lengua muy rápida y respondió:
- Se ve que todavía no te has enterado de que he ascendido de categoría, al ver nuestros amos lo bien que me ocupaba de las llamas. Han sido ellos precisamente los que me han pedido que salga a patrullar la montaña.
- De acuerdo - concedió el diablillo -. En total son diez los grupos encargados de recorrer de arriba abajo el territorio y cada uno de ellos está formado por cuarenta miembros de todas las edades. Para evitar confusiones de rango o identidad, nuestros señores nos han facilitado unas placas en las que figuran todos esos datos. ¿Te importaría enseñarme la tuya?
El Peregrino había logrado reproducir únicamente la parte del diablillo que aparecía visible, es decir, su forma de vestir, la manera de comportarse y de hablar, etc. Como no había visto ninguna de esas placas, no sabía exactamente cómo eran. Pero, en vez de reconocer que no la tenía, dio la vuelta a la pregunta y dijo:
- Oye, oye. ¿No te parece que estás desconfiando demasiado de mí? ¡Por supuesto que tengo una placa y, además, nuevecita! ¿Por qué no me enseñas tú la tuya y terminamos, de una vez, con el jueguecito?
Sin percatarse que se trataba de una trampa, el diablillo se metió la mano por el pecho y sacó una placa laqueada de color dorado, que llevaba sujeta con una cinta de algodón. En el anverso aparecía grabada una inscripción, que decía: "Al servicio de todos los diablos". En el reverso, por el contrario, podía leerse con claridad: "Pequeño Cortador de Viento". Eso le hizo pensar:
- Eso quiere decir que a todos los encargados de patrullar la montaña se les llama Cortadores de Viento. De acuerdo, de acuerdo - añadió en voz alta -. Abróchate la camisa y mira, si quieres, mi placa.
Mientras el diablillo se ajustaba las ropas, el Peregrino giró ligeramente la cabeza hacia un lado y, arrancándose un pelo de la punta del rabo, susurró sobre él, al tiempo que lo rociaba con una bocanada de aire sagrado:
- ¡Transfórmate! - y al instante se convirtió en una réplica de la placa que acababa de mostrarle el diablillo. Lo único que las diferenciaba era la inscripción. La del Peregrino, en efecto, rezaba: "Jefe de los Cortadores de Viento". En cuanto el demonio la vio, frunció el ceño, desconfiado, y preguntó:
- ¿Cómo puedes llamarte "Jefe de los Cortadores de Viento", cuando todos los exploradores recibimos, sin excepción, el nombre de "Cortadores de Viento"?
A pesar de la rapidez con la que actuaba, el Peregrino siempre calibraba las consecuencias de lo que decía, dejándose guiar en todo momento por la astucia. Por eso, añadió en tono burlón:
- ¡Qué memoria más pobre tienes! ¿No acabo de decirte que, al ver lo bien que provocaba incendios, nuestros señores me han nombrado comandante de todos los que recorren en patrullas la montaña? Eso explica que me hayan dado esta placa con mi nombre nuevo, que, como acabas de leer, no es otro que "Jefe de los Cortadores de Viento". Por cierto, soy responsable del grupo al que perteneces tú.
Al oírlo, el diablillo se inclinó a toda prisa y balbuceó, indeciso:
- Espero no haberos ofendido con mis dudas, capitán. Disculpad mi ignorancia, pero la verdad es que la tropa apenas tiene contacto con sus mandos. Eso explica que no os haya reconocido.
- No tiene importancia - le disculpó el Peregrino, devolviéndole el saludo -. Lo que sí quisiera es que cada uno de vosotros me hiciera, como gesto de buena voluntad, un regalo de cinco onzas de plata.
- ¿A qué viene tanta prisa, capitán? - replicó el diablillo -. Os las daré, cuando haya conectado con el resto del grupo, que, como sabéis, se halla destacado en la porción sur de la cordillera. Creo que sería aconsejable que os entregáramos el dinero todos a la vez.
- En ese caso - concluyó el Peregrino -, lo mejor será que vaya contigo.
Encogiéndose de hombros, el diablillo abrió la marcha, mientras el Gran Sabio le seguía unos pasos atrás. Al cabo de unos cuantos kilómetros se toparon con un pico "pincel de escribir", llamado así porque, a pesar de poseer una altura que oscilaba entre los ciento veinte y los ciento cincuenta metros, era totalmente recto y daba la impresión de ser el pincel de un calígrafo colgado de una punta. En cuanto hubo llegado a la cumbre, el Peregrino subió, con ayuda de su rabo, al punto más alto y ordenó a todos los diablillos:
- ¡Venid aquí, Cortadores de Viento!
- ¡A vuestras órdenes, capitán! - respondieron ellos, cumpliendo al instante sus órdenes e inclinando la cabeza con inesperado respeto.
- ¿Sabéis por qué nuestros soberanos me han enviado hasta aquí? - preguntó el Peregrino en el mismo tono marcial que antes.
- No - contestaron los diablillos.
- Como sabéis - explicó el Peregrino -, nuestros soberanos desean devorar al monje Tang, pero les intranquilizan los vastísimos poderes mágicos del Peregrino Sun. Según ellos, domina a la perfección el  arte de la metamorfosis y temen que pueda transformarse en un Pequeño Cortador de Viento, con el ánimo de infiltrarse en nuestras filas y poner al descubierto todos nuestros planes. Ésa es la razón por la que me han nombrado Jefe de los Cortadores de Viento, ordenándome, al mismo tiempo, que abra una investigación, para ver si hay algún elemento extraño entre vosotros.
- ¡Todos somos auténticos, capitán! - gritaron a coro los Cortadores de Viento allí reunidos.
- En ese caso - agregó el Peregrino -, ¿quién puede decirme qué clase de poderes poseen nuestros soberanos?
- ¡Yo, señor! - contestó uno de los Cortadores de Viento.
- Bien - concluyó el Peregrino -. Enuméralos inmediatamente. Si lo haces con la corrección debida, sabremos que eres auténtico. Si, por el contrario, cometes la más leve equivocación, te habrás delatado tú mismo y serás conducido ante los soberanos, para que te apliquen el castigo que consideren más oportuno.
Al verle sentado de aquella forma en el punto más alto de la cumbre, adornado con todos los símbolos de la autoridad, el Pequeño Cortador de Viento se sintió intimidado de pronto y balbuceó, indeciso:
- El mayor de nuestros soberanos posee unos poderes mágicos tan extensos y una capacidad tan extraordinaria, que en cierta ocasión se tragó de un solo golpe a más de cien mil soldados celestes.
. - ¡Eres un impostor! - bramó el Peregrino, al oírlo.
- ¡Soy auténtico, capitán! - protestó, aterrado, el Pequeño Cortador de Aire -. ¿Cómo podéis decir una cosa así?
- Si lo fueras - replicó el Peregrino -, no habrías afirmado una barbaridad como ésa.
¿Qué altura tiene el mayor de nuestros soberanos, para tragarse, como si nada, a más de cien mil soldados celestes?
- Me extraña que el capitán no sepa que nuestro soberano posee tales capacidades metamórficas, que lo mismo puede tocar el Palacio Celeste que convertirse en la más diminuta de las semillas - se defendió el Pequeño Cortador de Viento -. En cierta ocasión Wang-Mu-Niang-Niang se olvidó de enviarle la invitación para el Festival de los Melocotones Sagrados y eso le puso tan furioso, que terminó declarando la guerra a los Cielos. El Emperador de Jade envió contra él a cien mil soldados celestes, pero, lejos de amedrentarse, nuestro soberano echó mano de sus portentosos poderes metamórficos y consiguió que su boca adquiriera el tamaño de las puertas de una ciudad. Al verle cargar contra ellos, los guerreros celestes cayeron presa del pánico y cerraron fuertemente la Puerta Sur de los Cielos, sin atreverse a dar la batalla. Eso es lo que he querido decir con eso de que, de un solo golpe, se tragó en cierta ocasión a más de cien mil soldados de lo alto.
- Si es verdad eso - se dijo el Peregrino, sonriendo -, también yo soy capaz de hacer una hazaña semejante. ¡Eso está mejor! - añadió en voz alta, para alivio del que acababa de hablar -. ¿Quién puede decirme las capacidades que adornan a nuestro segundo soberano?
- Su altura alcanza casi los cien metros - contestó otro Pequeño Cortador de Viento -, posee unas cejas que recuerdan un gusano de seda, unos ojos de fénix, una armoniosa voz de mujer y unos dientes tan largos como remos. Su nariz, por el contrario, hace pensar, más bien, en un dragón. Cuando se enfrenta con alguien, lo único que tiene que hacer para derrotarle es enroscársela alrededor del cuerpo, como si fuera una serpiente. Es seguro que, aunque esté hecho de hierro o de acero, perecerá en un abrir y cerrar de ojos.
- Tampoco resultará muy difícil de capturar un monstruo con una trompa como ésa - volvió a decirse el Peregrino con cierta satisfacción. Levantó después la voz y preguntó, una vez más: - ¿De qué extraordinarios poderes se jacta nuestro tercer soberano?
- En realidad - contestó en seguida otro de los Pequeños Cortadores de Viento -, no se trata de un monstruo de este mundo mortal, como muy bien da a entender su propio nombre: Masa de Nubes de Treinta Mil Kilómetros. Al moverse, agita los vientos y embravece los mares. No en balde, domina el norte y rige el sur con puños de acero. Por si eso fuera poco, posee un arma terrible, llamado el jarrón de la doble fuerza del yin y el yang. El que tenga la desgracia de caer en su interior se transformará en una masa pastosa, antes de que hayan transcurrido tres cuartos de hora.
Al oír eso, el Peregrino sintió un escalofrío y se dijo, una vez más:
- Ese monstruo no me mete ningún miedo, pero es conveniente que tome ciertas precauciones contra ese jarrón. Por lo que veo - añadió, levantando la voz -, estáis tan bien informados de los poderes de nuestros soberanos como yo mismo. Sin embargo, ¿quién de ellos desea con más ardor devorar al monje Tang?
- ¡¿Queréis decir que no lo sabéis, capitán?! - exclamó, sorprendido, otro Pequeño Cortador de Viento.
- ¡Lo sé mejor que tú, inútil! - le regañó el Peregrino, perdiendo la paciencia -. Se supone que alguno de vosotros no está al tanto de ello. Ése es el motivo por el que se me ha enviado aquí, para llevar a cabo una investigación exhaustiva.
- El primero y el segundo de nuestros soberanos - explicó, entonces, el Pequeño Cortador de Viento - se establecieron en la Caverna del Camello-León hace muchísimos años. El tercero, por el contrario, es originario de un lugar situado a ochocientos kilómetros al oeste de aquí, concretamente de una ciudad conocida por el nombre de Reino del Camello-León. Hace aproximadamente quinientos años se levantó en armas y terminó devorando al rey, a todos sus funcionarios, tanto militares como civiles, y a los ciudadanos que se negaron a aceptar su autoridad, sin importarle la edad, el sexo o la posición social. Los que se sometieron a él de buen grado se convirtieron al punto en monstruos. No sé cuándo se enteró de que el Gran Emperador de los Tang, un reino situado en las Tierras del Este, había encargado a uno de los monjes más virtuosos que han existido ir al Paraíso Occidental en busca de escrituras sagradas. Sí puedo afirmar, sin embargo, que desde siempre ha estado enterado de que el monje Tang es una persona realmente extraordinaria, que se ha dedicado a la práctica de la virtud durante diez reencarnaciones seguidas. Eso ha dotado a su carne de un poder tan extraordinario, que quien la pruebe no envejecerá jamás y gozará de una vida sempiterna. El problema es que viaja acompañado de un tal Peregrino Sun, de quien se afirma que es un luchador realmente invencible y a quien, por eso mismo, nuestro tercer soberano teme de una forma particular. Eso es precisamente lo que le ha movido a hacer un pacto de hermandad con los otros dos, pues para nadie es un secreto que lo que uno no consigue, muy bien pueden alcanzarlo tres. ¿Cómo no van a lograr atrapar al monje Tang, colaborando de la forma en que lo hacen?
Al oír eso, el Peregrino se puso furioso y exclamó:
- ¡Malditos monstruos! ¿Cómo pueden ser tan osados? Jamás verán cumplidos sus planes, porque yo me encargo de la protección del monje Tang y he empeñado mi honor, para que su empresa toque a buen fin. ¡Sólo a las bestias se les ocurre devorar a un hombre!
La ira le hacía rechinar los dientes y, sin pensar lo que hacía, saltó de donde estaba sentado, blandiendo su temible barra de hierro. En un abrir y cerrar de ojos, aplastó las cabezas de todos aquellos desafortunados diablillos, reduciéndolas a una masa informe de carne sanguinolenta. Pronto se arrepintió, sin embargo, de haberlo hecho y exclamó, descontento de sí mismo:
- ¡Maldita sea! ¿Cómo he podido acabar con ellos, cuando de buena gana me revelaron todo lo que sabían sobre los señores a los que servían? En fin, ya no tiene ningún remedio lo que he hecho.
¡Pobre Gran Sabio! A veces, por defender el honor de su maestro, se veía obligado a hacer cosas como ésas. Comprendiendo que lamentarse no servía de nada, les arrancó las placas con los nombres y se las colgó del cuello. Cogió a continuación el estandarte y se lo cargó a la espalda. No le costó trabajo encontrar los dos trozos de madera que golpeaba el primer diablillo con el que se topó. Cuando los tuvo en la mano, se volvió cara  al  viento,  recitó  un  conjuro  y,  después  de  sacudir  ligeramente  el  cuerpo,  se convirtió en su réplica exacta. Nadie podía afirmar que no era un auténtico Cortador de Viento. Dando unas zancadas enormes, regresó por el camino por donde había venido, dispuesto a encontrar la caverna en la que moraban los tres monstruos y a averiguar algo más sobre ellos. No podía negarse que el Hermoso Rey de los Monos dominaba las mil clases de metamorfosis que existen y que para él no encerraban secreto alguno los diez mil tipos diferentes de permutaciones. ¡Qué extraordinarias eran, en verdad, sus capacidades!
Sin pérdida de tiempo se adentró en la montaña, siguiendo continuamente el camino que había visto transitar al diablillo. No tardó en oír una gran algarabía, en la que se entremezclaban los gritos de la gente con los relinchos de los caballos. Levantó la vista y comprobó que semejante batahola provenía de la esplanada que había delante de la entrada de la Caverna del Camello-León, donde se hallaba congregada  una  gran multitud de diablillos armados con cimitarras, lanzas, arcos y hachas de doble filo, entre un continuo flamear de banderas y estandartes. Al verlo, el Peregrino se dijo, satisfecho:
- ¡Así que no era ninguna baladronada lo que dijo Larga Vida Li!
La  forma  como  estaban  distribuidos  los  diablillos  correspondía,  en  efecto,  con  la descrita por el anciano. Las fuerzas habían sido repartidas en columnas de doscientos cincuenta soldados cada una, a las que se había asignado un estandarte de un color diferente. Como el Peregrino contó un total de cuarenta estandartes, dedujo en seguida que el ejército allí congregado estaba compuesto exactamente por diez mil soldados.
- No tengo nada que temer - se dijo el Peregrino, reflexionando sobre los pasos que debía seguir -. Me he convertido en un Pequeño Cortador de Viento y nadie se atreverá a cortarme el paso. Supongo, de todas formas, que, en cuando me vean, los demonios querrán saber qué tal nos ha ido la patrulla. Espero no cometer ninguna equivocación, porque eso puede costarme la vida. ¿Cómo voy a lograr escapar con todas esas fuerzas desplegadas ante la puerta? Está claro que, si deseo atrapar a esos monstruos dentro de la caverna, lo primero que tengo que hacer es quitarme de en medio este batallón de diablillos. Pero ¿cómo conseguirlo?
Tras pensarlo seriamente, llegó a la siguiente conclusión:
- Aunque esos demonios no me han visto la cara jamás, no cabe duda que están al tanto de todas mis hazañas. Eso me da una cierta ventaja sobre ellos. No estaría de más, por tanto, que alardeara de mis muchos poderes, para hacerles perder la confianza y lograr meterles un poco de miedo en el cuerpo. Debo tener presente, de todas formas, que, si las gentes por las que hemos emprendido un viaje tan arriesgado son dignas de recibir las escrituras sagradas, no me costará gran cosa asustar de tal manera a estos monstruos, que ellos mismos se dispersen como la neblina en presencia del sol. Si no lo son, por mucho que me esfuerce y no pare de hablar hasta que broten por doquier flores de loto, jamás conseguiré que esos espíritus se marchen cada cual por su lado.
De esta forma, sirviéndose de la mente para interrogar a los labios y haciendo uso de la boca para cuestionar la razón, el Peregrino empezó a golpear los dos trozos de madera y se dirigió con paso decidido hacia la entrada de la Caverna del Camello-León. Al verle, los diablillos que se encontraban allí reunidos le preguntaron:
- ¿Has vuelto ya, Pequeño Cortador de Viento?
Pero, en vez de contestar, el Peregrino agachó la cabeza y continuó tranquilamente su camino. Al llegar a la segunda puerta, le salió al encuentro otro grupo de diablillos, que volvió a preguntarle:
- ¿Ya has regresado, Pequeño Cortador de Viento?
- Así es - contestó el Peregrino.
- ¿Te encontraste con el Peregrino Sun, cuando saliste de patrulla esta mañana? - insistieron los diablillos.
- Efectivamente - reconoció el Peregrino -. En estos mismos instantes está limpiando su temible barra de hierro.
- ¿Cómo es y qué clase de barra es esa que dices que estaba limpiando? - quisieron saber en seguida los diablillos, temblando de la cabeza a los pies.
- Cuando le vi - contestó el Peregrino -, estaba agachado junto a un arroyo, pero aun así me fue posible apreciar que era la imagen viva de un dios del trueno. Después se puso de pie y comprobé, asombrado, que medía más de trescientos metros de alto y que sostenía en las manos una barra de hierro del grosor de un cuenco de arroz. De pronto empezó a jugar con el agua y le oí comentar, al tiempo que acariciaba tan mortífera arma: "¡Mi querida barra de hierro, cuánto tiempo hace que no me valgo de ti, a pesar de que tus poderes mágicos son inigualables! Pero no te preocupes. Ha llegado ya el momento de acabar con todos esos diablillos. ¿Qué importa que sean cien mil, cuando tú eres capaz de acabar de un solo golpe con una cantidad cien veces mayor? Estoy dispuesto, además, a reservarte esos tres monstruos que los dirigen y a ofrendártelos a manera de sacrificio". Estoy seguro de que, en cuanto acabe de limpiar su valiosísima arma, vendrá y acabará en primer lugar con los diez mil diablillos que hay apostados a la puerta.
Al oírlo, todos se echaron a temblar. Era como si sus corazones hubieran dejado de latir, el valor les hubiera abandonado y su espíritu se hubiera derretido como un trozo de hielo expuesto al sol.
- Hay, además, otra cosa que debemos tener muy en cuenta - prosiguió el Peregrino -. La carne de ese monje Tang no es muy abundante que digamos y me temo que, aunque la dividamos en trocitos casi invisibles, no llegará para todos. ¿Para qué exponerse, entonces, a los golpes de esa terrible barra? ¿No sería más prudente que nos dispersáramos cada uno por nuestro lado?
- Tienes razón - concluyeron los diablillos -. Lo mejor que podemos hacer es huir antes de que sea demasiado tarde.
En realidad, todos aquellos diablillos no eran más que lobos, tigres, leopardos y animales por el estilo. Les bastó con lanzar un rugido, para que cada cual recobrara la forma que le era habitual y se dispersara por donde buenamente podía. De esta forma, unas cuantas palabras del Gran Sabio Sun obtuvieron los mismos resultados que las canciones de Zhu [2], que consiguieron disgregar a un ejército compuesto por más de ocho mil guerreros. Ante tan espléndidos resultados el Peregrino se dijo:
- ¡Francamente extraordinario! Esos diablillos valen lo mismo que un cadáver. Si las palabras son capaces de hacerlos huir, no me imagino lo que habrían hecho, de encontrarse cara a cara conmigo. Ahora es cuando más cuidado debo tener, porque, si no empleo ahí dentro las mismas palabras que aquí, los dos o tres que han huido hacia el interior pueden desenmascararme con toda facilidad - y se dirigió hacia la tercera puerta de la caverna con la valentía y la temeridad que siempre le habían caracterizado.
De momento, no sabemos si salió triunfador o no de su encuentro con los demonios. El que desee descubrir lo que ocurrió cuando le vieron los monstruos, tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el siguiente capítulo.

Free counter and web stats

Web Hosting

 Ф

[1]Aunque era corriente encontrarse con monjes que no habían traspuesto los ámbitos de la niñez, no han de tomarse estas afirmaciones al pie de la letra. Solamente tratan de resaltar, en un tono burlón, la extremada juventud del supuesto mendicante.

[2]«Las canciones de Zhu» hacen referencia al episodio del Shr-Chi en el que Liou-Pang se puso a cantar las melodías de esa región, siendo consciente de que la mayor parte de los soldados de Hsiang-Yü eran nativos de ella. Al oírlas, les entró tal nostalgia de su hogar que abandonaron las armas y regresaron a toda prisa al lugar en el que habían nacido.