Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

Haciéndose pasar por quien no es, el Peregrino consigue dominar al Lobo. Kwang-Ing derrota, al aparecerse, a la bestia.


Desde tiempos antiguos se ha afirmado, con verdad, que la forma es vacío y, de esta manera, éste ha llegado a ser identificado con aquélla. Quien ha logrado comprender en toda su profundidad este misterio no tiene necesidad de seguir refinando el mercurio. Para ello hay que trabajar con dureza y no dejar en ningún momento de practicar la virtud. Sólo entonces podrá mirarse de frente a los Cielos con ojos inalterables de dioses.

Decíamos que el Competidor del Señor de los Dioses ordenó cerrar todas las puertas de la caverna, para evitar que el Peregrino pudiera escapar. Sus huestes de diablillos la revolvieron de arriba abajo hasta la hora misma del crepúsculo, pero no pudieron encontrar ni rastro de él. Desalentado, el monstruo tomó asiento en el Pabellón de Descuartizar y ordenó a sus generales que apostaran en las puertas grupos de soldados, armados hasta los dientes, con campanas, tambores y sonajas, para comunicarse en cuanto vieran algo extraño. Decidió, asimismo, que las patrullas habían de llevar en todo momento desenvainadas las espadas y las flechas dispuestas sobre las cuerdas de los arcos. El Gran Sabio, sin embargo, se había transformado en una mosca muy pequeñita y se había posado en las mismas jambas de la puerta. Al ver que la parte anterior de la caverna estaba firmemente protegida, voló hacia la de atrás, donde encontró a la mujer con la cabeza apoyada sobre una mesa y llorando desconsoladamente, al tiempo que murmuraba sobrecogedoras palabras de dolor. El Peregrino se posó con suavidad sobre sus alborotados cabellos y se puso a escuchar sus lamentos, que decían:
- ¡Grandes han tenido que ser nuestras faltas en anteriores reencarnaciones, para tener que toparnos con un monstruo tan sin entrañas como éste! ¿Es que no va a tener nunca fin esta horrible separación que dura ya tres años? Nuestro dolor más profundo es habitar en lugares tan separados el uno del otro. El maestro que me enviasteis con vuestras noticias llenó de alivio mi corazón, pero perdió al poco tiempo la vida. Ahora comprendo cuan difícil es arrebatarle las campanas de oro y eso hace aún más dolorosa mi añoranza por vos.
- Señora - susurró entonces el Peregrino, llegándose hasta su oído -, soy el respetable Sun, el monje llegado aquí por encargo de vuestro esposo. A pesar de lo ocurrido, no he perdido la vida. Lo que ha sucedido ha sido culpa de mi impaciencia. Mientras vos bebíais con el monstruo, me llegué hasta vuestra alcoba y me hice con las campanas de oro. No me fue difícil llegar hasta el pabellón que hay en la parte delantera de la caverna, pero no pude resistir la curiosidad y las desenvolví. Lo que menos me esperaba es que fuera a desprenderse el algodón y que el fuego, el humo y la ceniza amarilla fueran a salir con tanta violencia. Desconcertado, dejé caer las campanas y, recobrando la forma que me es habitual, saqué mi barra de hierro y traté de abrirme camino entre los enemigos que me rodeaban. Eran tantos, que temí salir malparado y me convertí en una mosca muy pequeñita, que me ha permitido hasta ahora pasar inadvertido. El monstruo ha puesto patrulla por todas partes y se niega a abrir las puertas. Creo que ha llegado el momento de que le hagáis venir y yazcáis con él en el lecho. De esa forma, podré escapar e idearé otro plan para haceros salir a vos de este infierno.
Al oírlo, la mujer empezó a sacudirse con tal violencia, que parecía como si estuvieran arrancándole los cabellos. Poco a poco se fue apoderando de ella una extraña debilidad, aunque el corazón le latía con fuerza y aún tuvo la energía suficiente para exclamar, ofendida:
- ¿Qué eres tú, un monstruo o un ser humano?
- Ni lo uno ni lo otro - contestó el Peregrino -. Como veis, de momento no soy más que una pequeña mosca. No tengáis miedo e id en busca del monstruo.
Pero la mujer se resistía a creerle y, arreciando en su llanto, dijo en tono casi inaudible:
- ¿Estás tratando de hechizarme?
- ¿Por qué habría de hacerlo? - se defendió el Peregrino -. Si no me creéis, extended la palma de la mano, para que me pose sobre ella y podáis verme sin dificultad.
Así lo hizo ella y el Peregrino voló hacia la delicada palma de la dama. Era como una lentejuela sobre un capullo de loto, o un abeja descansando sobre una peonía, o una uva arrojada sobre una pieza de seda cubierta de bordados, o una mancha de tinta lanzada contra un manojo de lirios. El Palacio de la Sabiduría de Oro levantó su mano de jade y exclamó:
- ¡Qué monje tan extraordinario!
- En realidad soy su metamorfosis - confirmó el Peregrino con un leve zumbido. Sólo entonces le creyó la dama y añadió en el mismo tono recatado de antes;
- ¿Qué haréis, cuando consiga atraer aquí al monstruo?
- Como afirmaban los antiguos - contestó el Peregrino -, "sólo el vino es capaz de arruinar la vida de los más fuertes" [1]. O, dicho de otra manera, no hay nada como el vino para acabar con las penas. Con el vino puede conseguirse cualquier cosa, así que lo mejor será que le hagáis beber cuanto podáis. Haced venir a vuestras sirvientas e indicadme cuál es la que más goza de vuestra confianza. No temáis. Me transformaré en ella y, de esa forma, podré estar todo el rato a vuestro lado. Actuaré, en cuanto se presente el momento oportuno.
- ¿Dónde te has metido, Gracia de la Primavera? - preguntó la mujer, levantando la voz. Al  instante  surgió  de  detrás  de  un  biombo  una  zorra  con  el  rostro  totalmente empolvado, que, postrándose de hinojos, respondió con respeto:
- ¿Qué deseáis de mí, señora?
-  Ordenad  a  las  otras  doncellas  que  enciendan  las  lámparas,  quemen  un  poco  de almizcle y me acompañen después a la parte delantera de la caverna a pedirle al señor que se acueste conmigo.
Sin pérdida de tiempo Gracia de la Primavera reunió a las otras siete u ocho zorras y, cogiendo dos lámparas y un par de pebeteros, se dirigieron a los aposentos de su señora. Con sumo respeto formaron dos filas y la mujer dobló coquetamente las manos. El Gran Sabio levantó el vuelo y fue a posarse sobre la cabeza de la zorra con el rostro empolvado. Tras arrancarse un pelo e insuflarle una bocanada de aire inmortal, gritó:
- ¡Transfórmate! - y al instante se convirtió en un insecto del sueño, que se deslizó con cuidado por la cara de la muchacha. Ese tipo de bichitos es tan temible, que, cuando se le  mete  a  alguien  por  la  nariz,  inmediatamente  cae  presa  del  sueño.  Eso  fue precisamente lo que le ocurrió a Gracia de la Primavera. Empezó a sentirse de pronto tan cansada, que apenas podía mantenerse en pie. Dando tumbos, como si estuviera borracha, regresó a toda prisa a sus aposentos y, antes de poner la cabeza sobre la almohada, empezó a roncar sonoramente. El Peregrino sacudió ligeramente el cuerpo y al instante se convirtió en una copia exacta de Gracia de la Primavera. No tuvo más que salir de detrás del biombo para juntarse al grupo de las otras doncellas, por lo que, de momento, no hablaremos más de él.
Sí lo haremos, sin embargo, del Palacio de la Sabiduría de Oro, la cual continuó, como si nada, su camino hacia la parte anterior de la caverna. Al verla, los diablillos corrieron a informar al Competidor del Señor de los Dioses, diciendo, sorprendidos:
- ¡Acaba de llegar la señora!
El monstruo corrió a darle la bienvenida a la puerta del Pabellón de Descuartizar. Sonriendo con inesperada dulzura, la mujer comentó:
- El fuego ha sido apagado, el humo ha remitido y no hay ni rastro del ladrón. La noche es, por otra parte, muy oscura. ¿Por qué no venís conmigo a mi lecho?
- Deberíais tomar más precauciones - contestó el monstruo, visiblemente complacido -. Ese ladrón del que habláis no es otro que Sun Wu-Kung, el mismo desalmado que derrotó a mi enviado, acabó con la vida de mi hombre de confianza y, valiéndose de sus poderes metamórficos, entró en esta mansión con el ánimo de burlarse de nosotros. Le hemos buscado por todos los sitios, pero no hemos encontrado ni rastro de él. Ése es el motivo de que estemos tan intranquilos.
- Lo más seguro es que haya escapado - dijo la mujer -. En mi opinión, deberíais dejar de preocuparos y retiraros conmigo a descansar.
Al ver la insistencia de la dama, el monstruo no se atrevió a desairarla. Tras ordenar a los diablillos que tuvieran cuidado con los hachones y las antorchas y se mostraran alerta contra los rateros y los ladrones, se retiró a la parte posterior de la caverna, acompañado por la dama. El Peregrino, que era la copia exacta de Gracia de la Primavera, entró en los aposentos privados de la señora, junto con las dos hileras de doncellas.
- Preparadnos algo de vino - ordenó, entonces, la mujer -. Es preciso que hagamos olvidar al señor todas sus cuitas.
- Tenéis razón - exclamó el monstruo, soltando la carcajada -. Traed el vino y prometo liberar a vuestra reina de todas las ansiedades que la atormentan.
Gracia de la Primavera y las otras doncellas sacaron unas cuantas fuentes llenas de frutas y varios platos confeccionados con carne de venado, al tiempo que ordenaban las mesas y las sillas. La mujer tomó en las manos una copa y el monstruo la imitó en seguida. Tras brindar el uno a la salud del otro, Gracia de la Primavera tomó la botella de vino y, colocándose al lado de los señores, dijo:
- Puesto que hasta esta noche no habéis intercambiado los brindis de rigor, sugiero que apuréis cuanto antes vuestras copas, para que podáis  tomar  la  ronda  de  la  doble felicidad.
Ellos así lo hicieron y la doncella volvió a llenarles las copas, cosa que repitió unas cuantas veces seguidas. Gracia de la Primavera exclamó, entonces, alborozada:
- ¡Qué felicidad me produce veros, por fin, juntos! ¿Por qué no ordenáis cantar y bailar a las doncellas que sepan hacerlo?
No había acabado de decirlo, cuando todo el palacio se llenó de una armonía francamente embelesadora. Mientras los señores bebían y bebían, las muchachas que sabían cantar cantaban y las que dominaban el dificilísimo arte de la danza bailaban. Llegó un momento, sin embargo, en que la mujer ordenó detener las canciones y el baile y ordenó a las muchachas que continuaran desgranando melodías desde detrás del biombo. Sólo Gracia de la Primavera permaneció en el salón, sirviendo vino y licores sin parar. La mujer comprendió que había llegado el momento de excitar la pasión del monstruo y empezó a poner en juego todos sus encantos. Lo hizo con tal coquetería, que la bestia enloqueció de deseo, pero, por mucho que lo intentaba, no conseguía atrapar a la dama. ¡Qué pena! Era como un gato masticando una pompa de orina: un placer totalmente vacío. A pesar de todo, la mujer continuó coqueteando y riendo durante un buen rato. Después le preguntó de improviso:
- ¿Han sufrido algún daño vuestros preciados objetos?
- ¿Cómo iban a sufrir daño alguno, si han sido fundidos con los elementos más primarios de la naturaleza? - contestó el monstruo. Lo único que pasó fue que, al quitarles el algodón, se quemó la piel de leopardo. Eso es todo.
- ¿Cómo habéis vuelto a envolverlos? - insistió la mujer.
- No lo he hecho - respondió el monstruo -. Me los he colgado otra vez de la cintura.
Al oír eso, Gracia de la Primavera se arrancó un puñado de pelos, que trituró a toda prisa con los dientes. Se acercó después al monstruo y, dejándoselos caer por el cuerpo, susurró, tras lanzarles tres bocanadas de aire inmortal:
- ¡Transformaos! - y al instante se convirtieron en tres clases diferentes de los insectos más molestos que existen, es decir, piojos, pulgas y chinches. En un abrir y cerrar de ojos se metieron por las ropas del monstruo y empezaron a picarle como locos. Incapaz de soportar el picor, la bestia se metió la mano por el cuello y empezó a rascarse como si hubiera perdido el juicio. De esa forma, consiguió atrapar unos cuantos piojos y los puso a la luz para ver de qué se trataba. La mujer arrugó el ceño y exclamó con cierto desdén:
- Perdonadme, pero creo que deberíais lavar con más frecuencia vuestras ropas. Tienen que llevar mucho tiempo sin ver el agua. Si no, no me explico cómo lleváis tantos piojos encima.
- Os juro que hasta ahora no había tenido estos bichejos - se disculpó el monstruo, muerto de vergüenza -. ¡No me explico cómo ha caído de pronto sobre mí semejante desgracia!
- Eso no es ninguna desgracia - replicó la mujer, soltando la carcajada -. Como muy bien afirma el dicho, "hasta en el cuerpo de un emperador hay, por lo menos, tres piojos". Si os quitáis las ropas, trataré de cazar todos esos bichejos.
El  monstruo  no  esperó  a  que  se  lo  dijeran  dos  veces.  En  seguida  empezó  a desabrocharse el cinturón y la túnica. Gracia de la Primavera no le quitaba el ojo de encima. En cada pieza de vestir había cientos y cientos de pulgas y chinches. Los piojos, por su parte, alcanzaban tal número, que parecían hormigas tratando de entrar en el hormiguero. Pero donde resultaba prácticamente imposible contarlos era sobre la misma carne. Formaban allí tal enjambre, que no se veían las campanas de oro. Gracia de la Primavera aprovechó la ocasión para decir:
- Si queréis, podéis dejarme las campanas. Así podréis cazar los piojos con más facilidad.
El monstruo estaba tan asustado y corrido de vergüenza, que no podía distinguir lo auténtico de lo falso y le entregó, sin rechistar, sus preciados tesoros. Gracia de la Primavera los tomó en su mano y estuvo jugueteando con ellos durante un buen rato. Al ver que el monstruo estaba demasiado ocupado con sus ropas para preocuparse de algo más, el Peregrino escondió a toda prisa las campanas y, arrancándose tres pelos, los metamorfoseó en una réplica exacta de tan valiosos objetos. No contento con eso, los examinó cuidadosamente a la luz de una lámpara y comprobó que no existía, en efecto, ninguna diferencia entre ellas. Satisfecho, sacudió ligeramente el cuerpo y recuperó aquella legión incontable de piojos, pulgas y chinches, que tanto habían atormentado a la bestia. El monstruo se sintió tan aliviado, que, al volver a tomar las campanas en sus manos, no se fijó en ellas para nada. Es más, se las entregó en seguida a la mujer y dijo:
- Guardadlas con cuidado, no sea que vuelva a suceder lo de la última vez.
La mujer abrió un baúl de ropa y metió dentro las campanas falsas. Para tranquilizar al monstruo lo cerró con un candado de oro y se sentó a beber unas cuantas copas más. Se volvió después hacia las doncellas y les ordenó:
- Limpiad bien el lecho de marfil y sacad las sábanas de seda, pues deseo pasar la noche con el señor.
- ¡No merezco tanta suerte! - repitió varias veces el monstruo -. Me considero indigno de unirme con vos. Creo que lo mejor será que tome una doncella del palacio y me retire al ala occidental. Vos podéis dormir sola.
Y se retiraron a descansar, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, de Gracia de la Primavera, que, tras hacerse con los tesoros auténticos, se los ató a la cintura y recuperó la forma que le era habitual. Sacudió, una vez más, el cuerpo y recuperó el pelo que se había convertido en el insecto productor de sueño. No había dado tres pasos, cuando oyó con toda claridad el sonido de los gongs y las sonajas que marcaban la hora de la tercera vigilia. Recurrió entonces a la magia de la invisibilidad del cuerpo y, haciendo con los dedos el signo correspondiente, no tardó en llegar, sin ser visto, a la puerta delantera. Como estaba firmemente cerrada, volvió hacia ella la barra de los extremos de oro y al punto se abrió de par en par. En cuanto la hubo traspuesto, levantó la voz y dijo en tono autoritario:
- ¡Competidor del Señor de los Dioses, deja inmediatamente en libertad a la Sabiduría de Oro!
Volvió a gritarlo con tal fuerza, que no tardaron e despertarse todos los diablillos. Como locos, se lanzaron hacia la puerta y, al verla totalmente abierta, unos trataron de cerrarla lo más rápidamente posible, mientras otros corrían a informar a su señor, diciendo:
- Ahí fuera hay alguien que conoce vuestro nombre completo y exige la inmediata liberación de Sabiduría de Oro.
Las doncellas abrieron con cuidado las puertas de los aposentos y regañaron a los recién llegados, susurrándoles, muy quedo:
- ¿Se puede saber por qué gritáis tanto? El señor acaba de quedarse dormido.
El Peregrino volvió a lanzar su reto varias veces más, pero los diablillos no se atrevieron a despertar a su dueño. El Gran Sabio no se arredró y continuó dando gritos hasta el amanecer. Llegado ese momento, no pudo dominar por más tiempo la impaciencia y, agarrando con dos manos su terrible barra de hierro, empezó a golpear la puerta. Los diablillos estaban aterrados. Mientras unos empujaban, desesperados, los batientes, otros corrían al interior a informar de lo ocurrido. El alboroto terminó despertando al monstruo, que se vistió a toda prisa y, asomando la cabeza por entre las cortinas de seda, preguntó:
- ¿A qué se debe todo ese ruido?
- No lo sabemos - contestaron las doncellas, echándose rostro en tierra -, pero, según parece, ahí fuera hay alguien que se ha pasado la mitad de la noche lanzando insultos contra vos. No contento con eso, acaba de echar la puerta abajo.
Sin pérdida de tiempo el monstruo abandonó sus aposentos privados, topándose en seguida con un grupo de diablillos, que le dijeron, golpeando el suelo con la frente:
- Ha llegado alguien insultándoos y exigiendo que pongáis inmediatamente en libertad al Palacio de la Sabiduría de Oro. Al contestarle que no estábamos dispuestos a hacerlo, arreció en sus insultos, demasiado malsonantes para repetíroslos, y empezó a golpear la puerta como un loco.
- No la abráis todavía - les ordenó el monstruo -. Id a preguntarle cómo se llama y de dónde es originario. En cuanto lo hayáis averiguado, regresad a decírmelo.
Los diablillos se llegaron hasta la puerta y preguntaron, obedientes:
- ¡Eh, el que está dando esos golpes! ¿Tendrías la bondad de decirnos cómo te llamas?
- Respondo al nombre de Abuelito Materno - contestó el Peregrino - y he venido de parte del Reino Morado a llevarme al Palacio de la Sabiduría de Oro. Todo el mundo tiene que vivir en el sitio en el que nació.
Los diablillos corrieron a informar de ello al monstruo, quien, a su vez, se dirigió a toda prisa a la parte posterior del palacio a indagar algo más sobre tan molesto visitante. La mujer acababa de levantarse y aún no se había peinado ni lavado. Cuando se disponía a hacerlo, se presentó una doncella y le dijo:
- Acaba de llegar el señor.
La mujer acabó de vestirse a toda prisa y, sin preocuparse para nada del peinado, salió corriendo a darle la bienvenida. Apenas habían tomado asiento, y antes de que el monstruo hubiera explicado el motivo de su visita, se presentó otro diablillo, que informó, muy alterado:
- ¡Ese tal Abuelito Materno acaba de hacer añicos las puertas!
- ¿Sabéis cuántos generales y comandantes tiene el ejército de vuestro anterior esposo?
- preguntó el monstruo, dirigiéndose a la mujer.
- Recuerdo que el reino poseía un total de cuarenta y ocho brigadas [2] - contestó la mujer -, lo cual arroja un número de mil generales de primera categoría. En tal cantidad no están incluidos los comandantes y mariscales que guardan las diferentes fronteras.
- ¿Había alguno que se apellidara Materno? - volvió a preguntar el monstruo.
- Los únicos asuntos palaciegos de los que yo estaba enterada - explicó la mujer - tenían que ver exclusivamente con la buena marcha de los temas domésticos y el control de  las  criadas  y  sirvientas  de  la  corte.  De  lo  demás  jamás  se  me  informó  con puntualidad. ¿Cómo queréis que recuerde ahora apellidos y nombres?
- Ese entrometido se hace llamar el Abuelito Materno - comentó el monstruo -, pero estoy convencido de que un apellido como ése no aparece en Los nombres de las cien familias. Puesto que vos procedéis de una familia noble y poseéis una inteligencia muy despierta, no me cabe duda alguna de que habréis leído toda clase de libros y crónicas a lo largo de los años que pasasteis en el palacio imperial. ¿Recordáis haberos topado con un apellido semejante en alguno de esos textos antiguos?
- Únicamente en El libro de los mil caracteres [3] - contestó la mujer - existe una frase que afirma: "Todo cuanto aprendemos es obra de un maestro". Me figuro que ese nombre debe de estar relacionado con ese principio.
- ¡Por supuesto que sí! - exclamó el monstruo, encantado, y, tras despedirse de la dama, se dirigió al Pabellón de Descuartizar.
Inmediatamente se puso la armadura y, convocando a todas sus huestes de diablillos, marchó con paso marcial hacia la puerta principal, llevando en las manos un hacha con forma de flor recién abierta.
- ¿Dónde está ese Abuelito Materno, que dice provenir del Reino Morado? - preguntó con voz autoritaria.
El Peregrino tomó en su mano derecha la barra de los extremos de oro y, señalando acusadoramente al monstruo con la izquierda, contestó:
- Mi querido sobrinito, ¿cómo te atreves a dirigirte a mí de esa forma? Deberías mostrarte un poco más respetuoso. ¿No te parece?
- ¡Mira quién fue a hablar! - exclamó el monstruo, furioso -. Tienes el aspecto de un simio, el rostro de un mono y algo así como el siete por ciento de espíritu. ¿Cómo te atreves a burlarte de mí?
- ¡Maldito monstruo! - gritó el rey, soltando la carcajada -. ¡Aquí el único que se está burlando de los Cielos y del Señor que los rige eres tú! Parece, además, que estás completamente ciego. Cuando, hace aproximadamente quinientos años, sumí el Palacio Celeste en una total confusión, todos los guerreros de los Nueve Paraísos no se atrevían a dirigirme la palabra, sin anteponer el título de "Respetable". Ahora tú me llamas, simplemente, abuelito. ¿No te parece que eso es degradarme demasiado?
- ¡Dime, de una vez, tu nombre y tu apellido auténticos, así como el tipo de artes marciales que dominas! - bramó el monstruo -. A juzgar por el desparpajo con el que te diriges a mí, deben ser, en verdad, inigualables.
- Es mejor que no me lo preguntes - replicó el Peregrino -, porque, en cuanto lo conozcas,  estoy  seguro  de  que  no  sabrás  dónde  meterte.  Acércate  y  escucha  con atención lo que voy a decirte: el Cielo y la Tierra fueron mis progenitores, concibiéndome con las esencias del sol y la luna y formándome durante larguísimos años en el interior de una roca. Me alimenté de las raíces del espíritu y fui dado a luz, ¡oh, misterio incomprensible!, cuando la primavera aceleraba los latidos vitales de la naturaleza. No es extraño que ahora sea un inmortal. Yo mismo fui una vez señor de incontables diablillos, prestándome sumisión monstruos que parecían mucho más poderosos que yo. Mi fama llegó a oídos del Emperador de Jade, que encargó a la Estrella de Oro del Planeta Venus que me ofreciera un puesto oficial en la Corte Celeste. Pero no me agradó el nombramiento de "pi-ma" y conspiré contra los Cielos, sumiendo su orden eterno en una confusión total. Tras luchar contra mí, el Devaraja y su hijo hubieron de abandonar el campo derrotados. El Emperador Cósmico se vio obligado a enviarme de nuevo a la Estrella de Oro con el ofrecimiento de nombrarme Gran Sabio, Sosia del Cielo, un título que yo consideré totalmente apropiado con mi talento y mis cualidades. Pero volví a hacerme acreedor a la furia divina, cuando, durante el Festival de los Melocotones, tuve la desfachatez de robar las píldoras de la inmortalidad y de medio emborracharme con el licor de la larga vida. Lao-Tse presentó inmediatamente sus quejas ante la corte, cosa que también hizo Wang-Mu-Niang-Niang, presentándose personalmente en la Terraza de Jade. Al tener noticia de que me había burlado de las leyes imperantes en los cielos, el emperador convocó a sus mejores luchadores y lanzó contra mí a más de cien mil experimentados planetas, armados hasta los dientes con hachas de doble filo, lanzas y espadas. No contento con eso, extendieron alrededor de mi montaña sus terribles redes cósmicas, pero yo me las arreglé para hacer frente a todos. La lucha fue feroz en extremo y tan equilibrada, que ninguna de las partes obtuvo una ventaja significativa hasta que no hicieron su aparición Er-Lang y la Bodhisattva Kwang-Ing. A pesar de que el príncipe gozaba de la ayuda de los miembros de la Hermandad de la Montaña de los Ciruelos, los dos desplegamos nuestras mejores artes mágicas. Nuestras metamorfosis fueron constantes y tan hilvanadas como los engarces de un collar, pero de pronto se abrieron las nubes y se asomaron por encima de ellas tres sabios celestes. Lao-Tse lanzó contra mí una trampa diamantina y, de esta forma, los dioses no tuvieron ningún problema en capturarme y conducirme hasta los mismísimos peldaños de oro. No tuve necesidad de hacer confesión alguna, siendo condenado  a  morir  descuartizado,  pero  los  mazos,  las  hachas,  las  cimitarras  y  las espadas fueron incapaces de hacerme el menor daño. Lo mismo les sucedió al trueno, al rayo Y a todos los elementos que participan de la inmortalidad. Se decidió, Pues, enviarme al Palacio Tushita, para que se me refinara de todas las formas que pudiera imaginarse. Cuando llegó el momento oportuno, se levantó la tapa al brasero, pero el fuego no había podido nada contra mí y salté de entre las brasas, blandiendo mi barra de hierro y dispuesto a llegar como fuera a la Terraza del Dragón de Jade. Los planetas y las estrellas huyeron, aterrorizados, dejando a mis anchas todos los salones del palacio celestial. El Emperador solicitó a toda prisa la ayuda de Buda y yo tuve la desfachatez de aceptar un enfrentamiento directo con Sakyamuni. Me comprometí a saltar sobre la palma de su mano y a regresar a ella después de recorrer todos los Cielos, pero Buda tenía un conocimiento anticipado de mis intenciones y me engañó. Durante más de quinientos años he permanecido prisionero, purgando mis antiguos desmanes, hasta que se me ha liberado con la condición de proteger al monje Tang en su largo peregrinaje hacia el Oeste. Eso es algo que yo, el Peregrino Wu-Kung, he cumplido con absoluta dedicación, enfrentándome a todos los monstruos que trataban de cerrarme el camino que conduce hacia el poniente. ¿Quién puede ser tan loco como para impedírmelo?
Al oír el nombre del Peregrino Wu-Kung, el monstruo exclamó:
- ¡Así que tú eres el tipo que sumió el Palacio Celeste en una confusión total! Si es verdad que se te liberó con la condición de que acompañaras al monje Tang en su largo peregrinaje hacia el Oeste, ¿quieres explicarme qué es lo que te ha apartado de tus propósitos? ¿No te parece que, en vez de convertirte en un simple esclavo del Reino Morado y venir aquí en busca de la muerte, sería más conveniente que te dedicaras a tus propios asuntos?
- ¡Por tus palabras se ve que eres tan ignorante como malvado! - replicó el Peregrino -. Si he venido hasta tu caverna, ha sido porque así me lo ha pedido el Señor del Reino Morado y yo he aceptado en prueba de agradecimiento por la hospitalidad que nos ha dispensado. Has de saber, además, que allí se me respeta más que al mismo rey, que, por otra parte, me considera como a un dios. Ante tales muestras de agradecimiento, ¿cómo te atreves a mencionar la palabra esclavo? ¡Tú eres el que te burlas de los principios del cielo, no yo! ¡No huyas y prueba el sabor de la barra de tu abuelito!
Un tanto desconcertado, el monstruo se hizo a un lado y, de esta manera, logró desviar el golpe que se le venía encima, antes de contraatacar con su hacha con forma de flor recién abierta. Dio así comienzo una batalla realmente extraordinaria, en la que la barra de los extremos de oro se midió con la afiladísima hacha de contorno floral. Mientras la violencia se iba apoderando de sus músculos, los contendientes apretaban los dientes y los hacían rechinar para mostrar lo sobrecogedor de su fuerza. No en balde uno era el Gran Sabio, Sosia del Cielo, y el otro, un monstruo malvado de inigualables poderes. Los dos arrojaban por la boca tal cantidad de vapores y nubes, que el Cielo se vio sumido en una oscuridad absoluta. La fiereza con la que peleaban lanzaba hacia lo alto tantas rocas y tierra, que parecía como si todos los astros hubieran perdido, de pronto, su fulgor. Recurrieron a todos los estilos de lucha que dominaban, arrojando por los ojos rayos de un color dorado cada vez que descargaban uno de sus golpes. Ambos desplegaron la impresionante panoplia de sus conocimientos mágicos, tratando uno de llevar a la dama al reino del que era soberana y pugnando el otro por hacerla quedarse en los impresionantes parajes de aquella montaña. A tan simple propósito obedecía un combate, cuyos participantes se habían olvidado por completo de la vida y la muerte. Más de cincuenta veces seguidas midieron sus armas, pero ninguno consiguió una diferencia apreciable. Al ver la fuerza desplegada por el Peregrino, el monstruo comprendió que no iba a poder derrotarle y, parando con su hacha uno de los golpes de la barra de hierro, dijo:
- Creo que deberíamos detener la lucha un momento, Peregrino Sun. Todavía no he desayunado y es preciso que, antes de continuar, tome un poco de carne. En cuanto lo haya hecho. Volveré y acabaré contigo.
El Peregrino comprendió que quería ir a por las campanas y, poniendo a un lado la barra de hierro, contestó:
- Un buen cazador nunca persigue a una liebre cansada. Vete y come todo lo que quieras. Cuanto antes regreses, antes te daré muerte.
El monstruo regresó al interior de la caverna y ordenó a la mujer:
- Saca inmediatamente los objetos que te confié.
- ¿Puede saberse para qué? - preguntó ella.
- El que estuvo toda la noche retándome - contestó el monstruo - es discípulo de un monje que se encuentra de camino en busca de escrituras sagradas. Según ha confesado, su auténtico nombre no es Abuelito Materno, sino Sun Wu-Kung, el Peregrino. He pasado muchas horas luchando con él, pero me ha sido imposible derrotarle. Entrégame mis tesoros y le achicharraré con el fuego que despiden.
El abatimiento se apoderó de la mujer, al oírlo. No estaba dispuesta a entregarle las campanas, pero temía provocar su mal humor. Sabía que, si se las devolvía, el Peregrino podía morir, asado como un animal de caza. Sus dudas terminaron provocando la ira del monstruo, que volvió a ordenarle:
- ¿Es que no me has oído? ¡Saca esos tesoros, de una vez!
La mujer no tuvo más remedio que abrir el baúl y entregárselos a la bestia, que corrió, satisfecha, al exterior de la caverna. La mujer se sintió tan abatida, que se dejó caer sobre un asiento y lloró desconsoladamente, preguntándose, desesperada, si el Peregrino iba a ser capaz de escapar con vida. Ni ella ni el monstruo sabían que las campanas que acababa de darle eran falsas. En cuanto se encontró en campo abierto, el monstruo se colocó de cara al viento y gritó:
- ¡No huyas, Peregrino Sun, y mira cómo sacudo un poco las campanas!
- ¿Crees que yo no tengo otras iguales? - replicó el Peregrino, soltando la carcajada -. ¿Qué te hace pensar que, si tú las agitas, no voy a hacer lo mismo con las mías?
- ¿Qué clase de campanas tienes tú? - preguntó el monstruo -. ¿Por qué no las sacas, para que pueda echarles un vistazo?
El Peregrino sacudió ligeramente la barra de hierro y, tras reducirla al tamaño de una pequeña aguja de bordar, se la metió tranquilamente en la oreja. Se desató a continuación las tres campanas de la cintura y dijo al monstruo:
- Míralas bien, ¿no son estas tres campanas de oro rojizo?
- ¡Qué raro! - pensó el monstruo, visiblemente sorprendido -. ¿Cómo pueden ser esas campanas exactamente iguales que las mías? Aunque hubieran empleado el mismo molde para hacerlas, deberían tener algo distinto. ¿Qué sé yo? Una marquita aquí..., una imperfección allá... ¿Cómo es posible que sean iguales? ¿Te importaría decirme de dónde las has sacado? - añadió, levantando la voz.
- ¿Tendrías inconveniente en contarme de dónde han salido las tuyas? - repitió el Peregrino.
- En un principio - confesó el monstruo con una ingenuidad sorprendente - las mías pertenecieron al Señor de la Gran Pureza, el ser más versado en el Tao de cuantos existen. Su oro fue refinado, de hecho, durante muchísimo tiempo en el Brasero de los Ocho Triagramas. Eso explica que sean unos tesoros tan perfectos, que ni el mismísimo Lao-Tse ha podido volver a fundir nada semejante.
- Bueno, las mías proceden también de esa época - explicó el Peregrino, soltando la carcajada.
- ¿Cuál es exactamente su origen? - insistió el monstruo, intrigado.
- El padre del Tao - mintió el Peregrino - refino el oro de estas campanas en el mismo brasero que el elixir. Dado que dos veces tres son seis, éstos son tesoros auténticamente cíclicos. Aunque no quieras creerlo, mis campanas son hembra y las tuyas, macho. De ahí que sean tan iguales.
- ¿Cómo puedes hablar de su sexo, si fueron fundidas en el proceso mismo del que surgió el elixir y no pertenecen al mundo de los animales? - replicó el monstruo -. En todo caso, estoy dispuesto a admitir que las tuyas sean auténticas, si son capaces de arrojar algo estremecedor, al sacudirlas.
- Tienes razón - reconoció el Peregrino -. Todo lo demás son palabras huecas. Para que veas que no te tengo miedo, te voy a dejar hacerlo a ti primero.
Ni corto ni perezoso, el monstruo sacudió la primera campana tres veces seguidas, pero no salió por su boca fuego alguno. Lo mismo hizo con la segunda, pero no vomitó tampoco nada de humo. La tercera siguió el ejemplo de las otras dos y no dejó escapar ni una sola motita de ceniza. Desconcertado, el monstruo exclamó:
- ¡Qué cosa más rara! Está visto que el mundo se ha vuelto del revés. ¡Estas campanas son tan inútiles como una piedra para cruzar un río! Estoy convencido de que, como son macho, al ver a la hembra se han trastornado por completo.
- Deja de sacudirlas, querido sobrinito - se burló el Peregrino -, y déjame hacerlo a mí con las mías a ver qué pasa.
No había acabado de decirlo, cuando cogió las tres campanas con una mano y las sacudió al mismo tiempo. Al instante salió de ellas una gran masa de fuego rojizo, humo verdoso y ceniza amarilla, que envolvió toda la montaña y los árboles que crecían sobre ella. Por si eso fuera poco, el Gran Sabio recitó un conjuro y, volviéndose hacia el sudoeste, gritó con fuerte voz:
- ¡Que se levante el viento!
El huracán avivó el fuego, que pareció tomar prestada toda la incontenible fuerza del aire.  De  entre  las  llamas  rojizas  surgió  una  masa  de  humo  negro  que  oscureció totalmente los cielos, al tiempo que la tierra se veía cubierta por una espesa lluvia de cenizas amarillas. Sobrecogido ante semejante espectáculo, el Competidor del Señor de los Dioses trató de huir, pero no halló camino por donde hacerlo. ¿Cómo iba a escapar con vida, si cuanto le rodeaba era un auténtico mar de fuego? Cuando más voraces parecían las llamas, se oyó una voz en lo alto, que decía:
- ¡Aquí me tienes, Sun Wu-Kung!
El Peregrino miró hacia arriba y vio que era la Bodhisattva Kwang-Ing. En la mano izquierda sostenía su inmaculado florero de porcelana, mientras sacudía con la derecha su ramita de sauce, tratando de apagar el incendio con el rocío sagrado que siempre llevaba consigo. El Peregrino se metió a toda prisa las campanas por la cintura y, juntando las manos a la altura del pecho, inclinó la cabeza, respetuoso. A la Bodhisattva le bastaron unas cuantas gotas de rocío para apagar el fuego y hacer desaparecer totalmente el humo y las cenizas amarillentas.
- No sabía que la Gran Misericordiosa había decidido descender a este mundo de muerte - dijo el Peregrino, golpeando repetidamente el suelo con la frente -. De haber tenido noticia de ello, habría dejado todo para daros la bienvenida. ¿Puedo preguntaros hacia dónde os dirigís?
- He venido simplemente a detener a este monstruo - contestó la Bodhisattva.
- ¿Cuál es el origen de esta bestia, para que os hayáis molestado en venir a dominarla? - volvió a preguntar el Peregrino.
- Se trata, en realidad, del lobo de pelaje rojizo, en el que solía cabalgar - explicó la Bodhisattva -. Un día el muchacho que cuidaba de él se durmió y esta fiera aprovechó la ocasión para romper la cadena que le tenía sujeto y venir aquí a librar de la desgracia al Señor del Reino Morado.
- Perdonadme, pero creo que estáis distorsionando un tanto la verdad - replicó el Peregrino, intensificando sus muestras de respeto -. Este monstruo no sólo se ha burlado de ese rey, secuestrando a su esposa y cometiendo toda clase de tropelías, sino que ha corrompido  las  buenas  costumbres  y  ha  quebrantado  los  principios  que  rigen  por doquier. Ha arruinado, de hecho, la vida del soberano que acabáis de mencionar. ¿Cómo podéis afirmar que le ha ayudado, en realidad, a poner fin a la desgracia?
- Está visto que no sabes lo que ocurrió en tiempos del padre del actual rey - contestó la Bodhisattva -. Entonces era un príncipe al que sólo le preocupaba la caza. En cierta ocasión salió del palacio al frente de sus monteros y se dirigió hacia la Ladera del Fénix Derribado con sus jaurías de mastines y sus bandadas de halcones. Allí, posadas sobre las ramas de un árbol, vio a un par de aves, macho y hembra, que eran, en realidad, los hijos del Bodhisattva Pavo Real [4]. El príncipe tensó el arco e hirió al macho. La hembra, por su parte, logró regresar al Oeste con una flecha clavada en el pecho. Aunque la Madre Buda le perdonó, decidió castigarle apartándole de su esposa durante tres años y haciendo  enfermar  su  cuerpo  como  consecuencia  de  la  nostalgia.  Cuando  se  hizo pública esa decisión, me encontraba a lomos de este lobo, por lo que la oyó con la misma claridad que yo. Lo que menos me sospechaba es que fuera a escaparse y a venir aquí a secuestrar a la reina, para hacer efectivo el castigo acordado por los Cielos. Desde entonces han transcurrido ya tres años y la pena ha tocado, consiguientemente, a su fin. Eso explica que hayas podido curar al rey y que ahora me encuentre yo aquí para llevarme a esta bestia.
- Lo que acabáis de contarme me parece muy bien - respondió el Peregrino -, pero esta fiera ha deshonrado a la reina, ha corrompido las buenas costumbres, ha puesto en peligro el equilibrio cósmico y se ha burlado de la ley. Todo eso le hace acreedor a una pena de muerte. Por vos estoy dispuesto a dejarle vivir, pero no me parece justo permitirle marchar sin haber recibido un castigo ejemplar. Si no tenéis nada que objetar, antes de que os lo llevéis, voy a propinarle veinte golpes con mi barra de hierro.
- Si en algo estimas mi aparición, Wu-Kung - replicó la Bodhisattva con su dulzura habitual -, te agradecería que, por el honor de mi nombre, le perdonaras totalmente. Si lo haces, el mérito de su captura será exclusivamente tuyo. Considera, además, que, en cuanto levantes tu barra contra él, su vida se disipará irremediablemente.
El Peregrino no se atrevió a desairarla e, inclinándose con respeto, contestó:
- De acuerdo, pero debéis tener presente que, en cuanto haya regresado con vos a los Mares del Sur, no se le ha de permitir jamás salir de allí, pues podría provocar daños irreparables en el mundo de los humanos.
Sólo entonces se volvió la Bodhisattva hacia el monstruo y le regañó, severa:
- ¡Maldita bestia! Si no recobras ahora la forma que te es habitual ¿cuándo piensas hacerlo?
El monstruo se dejó caer al suelo y, revolcándose una sola vez por el polvo, se mostró tal cual era. El animal sacudió su piel y la Bodhisattva montó sobre su lomo. Pero le faltaban las tres campanitas que llevaba colgadas del cuello.
- Devuélveme las campanas, Wu-Kung.
- ¿Campanas? - repitió el Peregrino -. ¿Qué me contáis a mí de campanas? Yo no tengo ninguna.
- ¡Qué mono más ladrón! - exclamó la Bodhisattva, perdiendo la paciencia -. Si no se las hubieras robado, ni siquiera habrías podido acercarte a él. ¡Entrégamelas inmediatamente!
- Os aseguro que yo no las he visto - dijo el Peregrino, riendo.
- En ese caso - concluyó la Bodhisattva -, voy a recitar ese conjuro que tú y yo sabemos.
Asustado, el Peregrino musitó, temblando de pies a cabeza:
- ¡No lo hagáis, por favor! ¡Aquí tenéis las campanas!
Una vez más se cumplió el dicho que afirma: "¿Quién podrá quitarle las campanas al lobo?, preguntó el que se las desató a la que le mantiene siempre bajo control".
En cuanto la Bodhisattva terminó de ajustar las campanas al cuello del lobo, volvió a montarse con indescriptible gracia sobre su lomo. Parecía como si entre la pelambre de la bestia hubiera crecido, de pronto, un loto y sus cerdas hubieran adquirido una suave luminosidad. La Gran Misericordiosa inició entonces el camino de regreso a los Mares del Sur, por lo que, de momento, no hablaremos más de ella. Sí lo haremos, sin embargo, del Gran Sabio Sun, el cual, tras arremangarse la piel de tigre y agarrar con fuerza la barra de hierro, entró en la Caverna de Xie-Tsai y, en un abrir y cerrar de ojos, acabó con todos los diablillos. Se dirigió después a la parte posterior del palacio y pidió al Palacio de la Sabiduria que se dispusiera a regresar con él a su patria. La mujer no pudo mostrarse más agradecida. Para no apropiarse totalmente del mérito de lo ocurrido, el Peregrino le contó cómo había dominado la Bodhisattva al monstruo y por qué había sido forzada a separarse de su esposo durante tanto tiempo. Una vez concluido su relato, arrancó un manojo de hierba y, formando con él la tosca imagen de un dragón, dijo a la mujer:
- Montaos en esto y cerrad los ojos. No tenéis nada que temer. Si lo hacéis, no tardaréis en llegar al lado de vuestro esposo.
Ella se mostró obediente en todo. El Peregrino recurrió a su magia y todo cuanto pudo oír la dama fue el sonido huracanado del viento. Al cabo de media hora llegaron a las inmediaciones de la capital del reino. En cuanto hubieron tomado tierra, el Peregrino se volvió hacia su acompañante y le dijo.
- Podéis abrir ya los ojos, si queréis.
La reina así lo hizo y al instante reconoció las torres del dragón y los cenadores del fénix. Loca de alegría, bajó del tosco animal de hierbas en el que había hecho todo el viaje y se dirigió en compañía del Peregrino hacia el salón del trono. Al verla, el rey se levantó de su asiento y corrió, emocionado, hacia ella. Pero, al tomarla de la mano para expresarle cuánto la había echado de menos, se la soltó a toda prisa y exclamó, presa de un dolor que le hizo retorcerse por el suelo:
- ¡Qué horrible! ¡Es imposible soportar tanto dolor!
- ¡Qué mala suerte! - exclamó Ba-Chie, dando rienda suelta a la risotada -. Está visto que no podrá disfrutar nunca de su cuerpo. Nada más verla se ha caído, medio muerto, al suelo.
- No la toques, Idiota - le aconsejó el Peregrino.
- ¿Qué pasará, si lo hago? - replicó Ba-Chie.
- Todo su cuerpo está cubierto de unas espinas venenosas, que se hacen más abundantes precisamente en sus manos - explicó el Peregrino - A ello se debe que durante estos tres años que ha pasado en la Montaña del Unicornio el monstruo no haya podido ni tocarla. En cuanto trataba de hacerlo, el dolor se cebaba en él.
Al oírlo, todos los funcionarios exclamaron, alarmados:
- ¡Qué podemos hacer! - y abandonaron, apenados, la corte, mientras la alarma se extendía por todo el palacio. Sabiduría de Jade y Sabiduría de Plata corrieron, por su parte, a levantar al soberano del suelo. Cuando más completa parecía la confusión, se oyó una voz de lo alto, que decía:
- Aquí me tienes, Gran Sabio. Acabo de llegar ahora mismo.
El Peregrino levantó, sorprendido, la cabeza y escuchó el impresionante canto de las garzas celestes, como si alguien realmente importante hubiera decidido bajar a esta tierra. Al mismo tiempo, vio acercarse un gran círculo de luz, que hacía tremolar el aire por encima de sus cabezas. Poco a poco fue apreciando dentro de él a una figura, velada por la neblina, que vestía una túnica de hierbas y calzaba una sandalias de paja, tan raras que jamás había visto nadie cosa igual Llevaba en la mano un matamoscas hecho de juncos, que desentonaba abiertamente con la faja de seda que le rodeaba la cintura. Tan extraño personaje había establecido lazos con gentes de todo el mundo y, puesto que sus obligaciones no eran muchas, se dedicaba a recorrer de continuo la tierra. Como habréis supuesto ya, se trataba del Gran Inmortal de la Nube Morada, que no deja de extender la salvación por todas partes. El Peregrino corrió a darle la bienvenida y le preguntó:
- ¿Se puede saber hacia dónde os dirigís, Chang Tse-Yang? [5]
- Chang Po-Duan, el más humilde de todos los inmortales, os saluda con todo el respeto de que es capaz, Gran Sabio - dijo Tse-Yang, inclinando la cabeza.
- ¿De dónde venís? - insistió el Peregrino, tras devolverle el saludo.
- Hace aproximadamente tres años - explicó el inmortal - pasaba por este mismo lugar, camino del festival de Buda, cuando oí comentar que su rey había sido castigado a no ver a su esposa durante todo ese tiempo. Temiendo que el monstruo que la había raptado pudiera deshonrarla, rompiendo así el equilibrio que debe reinar en todo tipo de relaciones, decidí convertir una de mis viejas vestimentas en una espléndida túnica de cinco colores, que regalé a la bestia, para que la añadiera al ajuar de la reina. En cuanto se la puso, le crecieron por todo el cuerpo infinidad de espinitas ponzoñosas, que la ayudaron a conservar intacta su virtud. Ahora que vos habéis puesto punto final a su separación, creo que ha llegado el momento de recuperar lo que es mío.
- Ha sido muy amable de vuestra parte recorrer tan larga distancia para eso - repitió el
Peregrino con respeto.
El inmortal se llegó hasta donde estaba la reina, la señaló con uno de sus rugosos dedos y al instante se le desprendió del cuerpo el abrigo de hierbas, dejándole tan fina la piel como la de un niño. Sin dar ninguna importancia a tan extraordinario portento, el inmortal volvió a ponerse lo que era suyo y, volviéndose hacia el Peregrino, dijo -
- Disculpadme, Gran Sabio, pero me temo que debo marcharme.
- Esperad un momento, por favor - le suplicó el Peregrino -. Es preciso que el rey os dé las gracias por lo que habéis hecho.
- No hay necesidad de semejante cosa - replicó el inmortal, sonriendo -. Creedme - e, inclinándose, una vez más, se elevó hacia lo alto.
El rey, la reina y todos los demás funcionarios se quedaron tan atónitos ante lo que acababa de suceder, que se echaron rostro en tierra y presentaron sus respetos al cielo. Concluida esa ceremonia, el soberano ordenó abrir el Ala Oriental del Palacio y ofreció a los cuatro monjes un espléndido banquete de agradecimiento. Todos los cortesanos se inclinaron ante ellos en prueba de reconocimiento por haber devuelto su esposa al rey. Cuando la fiesta había alcanzado su punto culminante, el Peregrino se volvió hacia el maestro y le sugirió:
- Si queréis, podéis enseñar ya la declaración de guerra.
El monje Tang sacó de entre las mangas el documento y se lo entregó al Peregrino, quien se lo hizo llegar, a su vez, al rey, diciendo:
- Este escrito estaba destinado a llegar a vuestras manos por medio de un emisario, al que tuve la fortuna de dar muerte y hacerme pasar después por él. Fue precisamente aquel desgraciado que traje ensartado en mi barra de hierro. Nada más regresar a la caverna, tomé su personalidad y, así, me fue posible entrevistarme por primera vez con vuestra esposa. Juntos, urdimos un plan para robar al monstruo las campanas de oro, pero no salió tan bien como habíamos planeado y por poco no caigo en manos de la bestia. La segunda vez tuve más éxito y pude, por fin, medir mis armas con las suyas. Afortunadamente, no tardó en presentarse la Bodhisattva Kwang-Ing, la cual dominó sin ninguna dificultad a la fiera y me explicó el motivo por el cual la reina y vos habéis estado separados tanto tiempo.
Tras escuchar su relato, tanto el rey como todos sus súbditos se deshicieron en muestras de gratitud y reconocimiento. El monje Tang tomó entonces la palabra y dijo:
- Tan feliz resultado ha sido debido, en primer lugar, a la virtud a toda prueba del soberano y, después, a las hazañas de mi humilde discípulo. Por ello, nos sentimos pagados por el convite que habéis dado en honor nuestro, así como por las pruebas de amistad  que  nos  habéis  ofrecido.  No  nos  resta  más  que  despedirnos  de  vos  y reemprender nuestro viaje. ¡No retraséis, por favor, nuestra marcha hacia el Oeste!
El rey comprendió que no había manera de retener a los monjes y firmó el permiso de viaje. Pidió a continuación al monje Tang que tomara asiento en la carroza imperial y tanto él como sus esposas se encargaron de llevarla hasta las afueras de la ciudad. De esa forma, los peregrinos pudieron continuar tranquilamente su camino. Se confirmó una vez más que únicamente la amistad es capaz de curar la nostalgia y que la mente sólo halla la paz, cuando se encuentra vacía de todo pensamiento o deseo.
Desconocemos de momento qué suerte aguardaba a los caminantes. Quien desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente.

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[1]Cita de un poema de Han-Yü (768-824), de la dinastía Tang.

[2]Según el «Ming-Shr», a partir del año 1374 cada brigada («wei») estaba compuesta por un total de cinco mil seiscientos hombres divididos en cinco batallones.

[3]El libro de los mil caracteres, Chien-tse-wen, composición rimada de doscientos cincuenta versos cuadrisílabos, atribuida a Chou Hsing-Sz, de la dinastía Liang.

[4]Se creía que en una reencarnación anterior Sakyamuni había sido un pavo real.

[5]Chang Tse-Yang fue un famoso taoísta del siglo XI a quien se atribuye el Wu-chen-pien, una importante obra alquimista de la dinastía Sung Septentrional.