Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

El Señor de la Mente prepara por la noche las medicinas. El rey habla del monstruo malvado a lo largo del banquete.


Decíamos que el Gran Sabio siguió al funcionario por los largos pasillos que conducían a las habitaciones privadas del monarca. Se detuvieron a las mismas puertas de los aposentos reales, donde el Peregrino le hizo entrega de los tres hilos de oro, diciéndole:
- Pide a una de las damas del palacio o a un eunuco que pase cada uno de estos hilos por los puntos de medida del pulso del brazo izquierdo de su majestad y entrégame los extremos, para que pueda sentir las pulsaciones [1].
El funcionario siguió al pie de la letra sus instrucciones. Con no pocas dificultades, se consiguió hacer sentar al rey en el lecho y se le pasaron los hilos de oro por los puntos exactos que había dicho el Peregrino, quien se hizo cargo en seguida de los tres extremos. Cogió uno de ellos entre el pulgar y el índice de la mano derecha y tomó el pulso del primer punto. El del segundo lo midió con los dedos medio y pulgar, y el del tercero, con el pulgar y el anular. Acomodó a continuación el ritmo de su respiración con el de los latidos del paciente [2] y trató de determinar cuáles de los cuatro "chi"[3] heteropáticos, de las cinco estasis [4], de las siete imágenes externas, de las ocho imágenes maternas [5] y de las nueve indicaciones [6] se hallaban presentes en el pulso del enfermo. Ejerció después sobre los hilos de oro una presión que osciló de débil a fuerte y de fuerte a débil, pasando por un lógico estadio intermedio, que le sirvió para fijar la cantidad de energía vital que aún latía en el cuerpo del paciente, así como las causas que determinaban su carencia o su abundancia. Cuando hubo concluido todas esas operaciones, pidió que retiraran los hilos de la mano izquierda de su majestad y se los pasaran a la derecha, para que pudiera llevar a cabo nuevas valoraciones de su estado general. Una vez concluido tan minucioso examen, sacudió ligeramente el cuerpo y, tras recobrar los pelos que él mismo se había arrancado, gritó en voz alta, para que pudiera oírle el rey:
- En el primer punto de vuestra mano izquierda el pulso se mantiene firme y fuerte; en el segundo se percibe alterado y mucho más débil; en el tercero se aprecia sin fuerza y hundido. Por lo que respecta a vuestra mano derecha, en el primer punto se muestra suave y liviano; en el segundo, lento y vacilante, y en el tercero, firme y acelerado. Que se mantenga firme y fuerte en el primer punto de vuestra mano izquierda da a entender que vuestras energías internas están al borde del agotamiento y eso os hace sentir un agudo dolor en la zona del corazón. Que se perciba alterado y débil en el segundo es expresión de que sudáis copiosamente y de que tenéis todo el cuerpo como entumecido. Que se aprecie sin fuerza y hundido en el tercero manifiesta que vuestra orina posee una coloración rosácea y que vuestras cavidades internas se hallan inundadas por la sangre. Que se muestre suave y liviano en el primer punto de vuestra mano derecha quiere decir que vuestros conductos se hallan bloqueados, dificultando, de esa forma, la circulación del "chi" y provocando la anulación de los flujos menstruales [7]. Que sea lento y vacilante en el segundo indica una retención en el estómago de los fluidos alimenticios, provocando una excesiva concentración de los mismos en esa zona. Que se sienta firme y acelerado en el tercero expresa claramente que os encontráis rígido y sufrís frecuentes escalofríos, producto, todo ello, de la disminución de energías que padecéis. Resumiendo, en mi opinión vuestra enfermedad ha sido producida por la intranquilidad y el temor, constituyendo una variante de la dolencia conocida como la pareja de aves rota.
- ¡Es verdad! ¡Eso es exactamente lo que me ocurre! - gritó el rey, muy excitado, al oírlo -. Salid fuera y recetadme las medicinas que estiméis necesarias.
El Gran Sabio, abandonó, entonces, las habitaciones interiores y se dirigió hacia la zona pública del palacio. Algunos eunucos habían corrido a comunicar al resto de los funcionarios el resultado de su examen. El monje Tang prefirió preguntárselo directamente al Peregrino, que respondió:
. - Acabo de tomarle el pulso y voy a recetarle ahora unas medicinas, para que se recupere del todo.
- ¿Qué queríais decir con eso de que la enfermedad de nuestro soberano es una variante de la dolencia conocida como la pareja de aves rota? - le preguntaron los funcionarios de mayor rango, acercándose a él.
- Suponed que van volando juntos dos pájaros, uno macho y otro hembra, y se ven separados de pronto por un viento huracanado - contestó el Peregrino -. La lluvia es tan fuerte que el macho no puede ver a la hembra, ni la hembra al macho. Es lógico suponer que se añorarán mutuamente y la nostalgia los hará sufrir más que nada en el mundo. Eso es exactamente lo que quise decir con eso de una dolencia conocida como la pareja de aves rota.
- ¡Extraordinario! - exclamaron los funcionarios, admirados -. En verdad, vuestros conocimientos médicos son algo fuera de lo común.
- ¿Qué remedio vais a recetarle, ahora que habéis diagnosticado certeramente su enfermedad? - preguntó, a su vez, el médico imperial.
- No es necesario que escriba ninguna receta - respondió el Peregrino -. De todas formas, precisaré de todas las medicinas que podáis ofrecerme.
- ¿Para qué las queréis? - protestó el médico -. Según los clásicos, existen ochocientos ocho tipos de medicinas para hacer frente a las cuatrocientas cuatro clases de enfermedades que puede padecer un ser humano. Es claro que una persona no puede tenerlas todas al mismo tiempo.
- También afirmaban los antiguos - replicó el Peregrino - que las medicinas no son tales por estar incluidas en una receta y que deben usarse según uno lo crea conveniente. Eso es, precisamente, lo que intento hacer yo, usando un poco de ésta, otro poco de aquélla y otro de la de más allá.
El médico imperial no se atrevió a seguir discutiendo y, saliendo del palacio, fue a ordenar a sus subalternos que recorrieran todas las farmacias de la ciudad y adquirieran en cada una de ellas cinco kilos de cuantas medicinas encontraran, tanto naturales como elaboradas. Tan enorme cantidad de remedios debía ser entregada al Peregrino sin la menor demora.
- Me temo que no es éste el lugar más apropiado para realizar las mezclas - dijo el Gran Sabio -. Si no os importa, me gustaría que las llevarais, junto con el resto del instrumental, al Pabellón de los Traductores. Mis hermanos se harán cargo de todo.
El médico imperial dio su conformidad para que así se hiciera. Al poco rato empezaron a llegar a la mansión de los dignatarios extranjeros cinco kilos de cada una de las ochocientas ocho clases de medicinas existentes, así como una gran cantidad de utensilios para moler, rodillos, morteros y otros artilugios semejantes. El Peregrino volvió a entrar, mientras tanto, al palacio imperial a pedir al maestro que regresara con él al pabellón a ayudarle a preparar la medicina. Apenas acababa de levantarse del asiento, cuando llegó una orden del emperador pidiendo al Maestro de la Ley que se quedara a pasar la noche en el Pabellón de la Cultura [8]. En el documento se afirmaba, igualmente, que, en cuanto su majestad hubiera tomado la medicina y hubiera recobrado la salud, todos serían recompensados con generosidad y les sería sellado el documento de viaje, para que pudieran proseguir tranquilamente su camino. Al leerlo, Tripitaka exclamó, vivamente preocupado:
- ¿Qué vamos a hacer? Esto quiere decir que me toma como rehén. Si sana, nos dejará partir colmados de honores, pero, si su salud no mejora, me arrastrará consigo a la muerte. Toma todas las precauciones que puedas y prepara una droga que sea efectiva. De lo contrario, ya sabes lo que me espera.
- No os preocupéis - le aconsejó el Peregrino, sonriendo -. Disfrutad todo lo que podáis. Os aseguro que tengo poder para arrancar al rey de las garras de la enfermedad - y, despidiéndose de Tripitaka y de los otros funcionarios, se dirigió directamente a la mansión de los dignatarios extranjeros. Al verle, Ba-Chie exclamó, sonriendo:
- ¡Ahora te conozco bien!
- ¿Qué quieres decir con eso? - preguntó el Peregrino.
- Que has comprendido a tiempo que ese asunto de ir en busca de las escrituras no va a llevarnos a ninguna parte y, al ver lo próspera que es esta comarca, has decidido abrir una farmacia - respondió Ba-Chie -. No está nada mal tu plan, teniendo en cuenta que careces totalmente de dinero para iniciar un negocio.
- ¡Deja de decir tonterías, por favor! - le reprendió el Peregrino -. Cuando hayamos curado al rey, con mucho gusto abandonaré esta ciudad y me lanzaré de nuevo a los caminos. ¿Qué te ha hecho pensar que estoy decidido a abrir una farmacia?
- ¿Para qué quieres, si no, todas estas medicinas? - replicó Ba-Chie -. Nadie compra, así como así, cinco kilos de cada una de las ochocientas ocho clases que existen. Has hecho traer un total de cuatro mil cuarenta kilos. ¡No me digas que necesitas tantos para curar a una sola persona! ¡Tardará años en asimilar todo esto!
- ¡¿De verdad crees que necesito tantos remedios?! - exclamó el Peregrino, divertido -. Si he hecho traer una cantidad tan abultada, ha sido con el fin de confundir a esos estúpidos médicos imperiales. No quiero que averigüen ni lo que he usado ni la cantidad de medicina que he echado.
No había acabado de decirlo, cuando se presentaron los dos funcionarios responsables del pabellón y, arrodillándose ante ellos, dijeron:
- Tened la amabilidad de pasar al comedor a cenar.
- ¿Cómo es que ahora nos tratáis con tanto respeto, cuando por la mañana apenas nos hicisteis caso? - les preguntó el Peregrino, burlón.
- Cuando llegasteis - contestaron los dos funcionarios, golpeando repetidamente el suelo con la frente -, éramos como quienes tienen ojos y no ven. Nos confundió vuestro aspecto salvaje y montaraz. Ahora sabemos que poseéis unos conocimientos tan profundos de las artes médicas, que habéis aceptado la dificilísima responsabilidad de curar a nuestro soberano. Para nadie es un secreto que, si lo conseguís, heredaréis la mitad de este imperio y nosotros seremos vuestros humildes súbditos. Consideradas así las cosas, la etiqueta nos exige que nos arrodillemos ante vos.
Satisfecho por lo que acababa de oír, el Peregrino se dirigió al salón principal y tomó el asiento del centro, mientras Ba-Chie y el Bonzo Sha se sentaban a cada uno de sus lados. Apenas acababan de servirles una comida vegetariana, cuando el Bonzo Sha preguntó:
- ¿Dónde está el maestro?
- Me temo que el rey le ha tomado como rehén - respondió el Peregrino, soltando la carcajada -. Le dejará en libertad, en cuanto haya recobrado la salud.
- ¿Disfruta de algún tipo de comodidades? - volvió a preguntar el Bonzo Sha.
- ¡Cómo no va a disfrutar de comodidades, si está con el rey! - exclamó el Peregrino -. Cuando le dejé, tres de los funcionarios de mayor rango partieron con él hacia el Pabellón de la Cultura.
- Por lo que has dicho, deduzco que al maestro le están tratando con más respeto que a nosotros - comentó Ba-Chie -. De hecho, él tiene a su servicio a tres de los funcionarios más respetables, mientras nosotros debemos conformarnos con dos servidores imperiales de ínfimo rango. De todas formas, ¿qué más nos da? Comamos cuanto podamos y asunto arreglado.
Los tres peregrinos comieron hasta que la alegría invadió por completo su corazón. Para entonces había empezado a hacerse de noche y, volviéndose hacia los funcionarios, el Peregrino les ordenó:
- Retirad todo esto y traednos todas las velas y el aceite que encontréis. Me temo que tendremos que pasar la noche en vela preparando la medicina.
Los funcionarios obedecieron sin rechistar. Era cerca de la medianoche, cuando dieron por terminado su cometido y se retiraron a descansar. El pabellón quedó, entonces, en silencio y Ba-Chie se aventuró a preguntar al Peregrino:
- ¿Te importaría decirnos qué clase de medicina es esa que piensas preparar? Te aseguro que, si esperas un poco más, me voy a quedar dormido.
- Coge una onza de "da-huang" [9] y muélela hasta que quede convertida en polvo - le ordenó el Peregrino.
- El "da-huang" - comentó el Bonzo Sha - posee un sabor amargo, una disposición fría, aunque no sea venenoso, y unas propiedades más relajantes que excitantes. Se usa, pues, no tanto para fortalecer como para producir el flujo normal de los humores. Hace desaparecer, de  hecho,  los  estados  depresivos  y  se  muestra  extremadamente  eficaz contra las congestiones, pues tiene la propiedad de introducir un rayo de orden en el caos. De ahí que se le aplique el nombre de "General". Teniendo en cuenta su carácter de laxante, opino que no deberíais utilizarlo para curar a su majestad, ya que una enfermedad tan larga como la que ha padecido por fuerza ha tenido que debilitar en demasía su cuerpo.
- Te olvidas de una cosa - contestó el Peregrino, sonriendo -. Este remedio le limpiará las vías respiratorias y podrá expectorar con más facilidad. Eso sin contar con que hará desaparecer el frío y el calor acumulados en su estómago. Tranquilízate. Sé bien lo que hago. Si no te importa, te agradecería que me trajeras otra onza de "ba-dou". Después de romperle la cáscara y de pelarlo, tira el aceitillo que tiene dentro y muélelo [10] hasta que se convierta en polvo.
- El "ba-dou" - se apresuró a decir Ba-Chie - posee un sabor acre y una disposición caliente y venenosa. Tiene, al mismo tiempo, propiedades reblandecedoras, que le permiten arrancar el frío corporal de las partes más inaccesibles del organismo y acabar con los coágulos que cierran el camino a los fluidos orgánicos. Se trata de una especie de guerrero, al que nada detiene y todo se rinde a su paso. En mi opinión no debería usarse con ligereza.
- Tampoco tú pareces comprender que no existe medicina más efectiva para poner fin a las congestiones y limpiar por completo las entrañas - replicó el Peregrino, sonriendo -. Desde siempre se ha usado para rebajar las hinchazones pectorales y hacer remitir las inflamaciones de vientre. Haz rápidamente lo que te he dicho y no pierdas más el tiempo. Para que el remedio alcance toda su potencialidad, es preciso que lo mezcle con algún otro sabor más.
- ¿Cuál piensas usar en concreto? - preguntaron a coro, en cuanto hubieron hecho lo que se les había encargado.
- Ninguno - contestó el Peregrino, retractándose de lo que acababa de decir momentos antes.
- ¿Cómo que ninguno? - repitió Ba-Chie, asombrado -. Existen más de ochocientos ocho sabores y ¿sólo piensas usar una onza de esos dos, cuando dispones de cinco kilos de todos los demás? ¿A quién piensas engañar con tus artimañas?
- Es mejor que no sigas hablando - le aconsejó el Peregrino, cogiendo un frasquito de porcelana cubierto de flores -. Toma. Raspa con cuidado el fondo de la sartén y llena la mitad de esta botellita con el hollín que desprenda.
- ¿Para qué lo quieres? - exclamó Ba-Chie.
- Para hacer la medicina, por supuesto - contestó el Peregrino.
- Parece como si nunca hubieras visto un remedio hecho con hollín - se burló el Bonzo Sha.
- Es posible que no lo sepas - añadió el Peregrino -, pero este tipo de hollín recibe el nombre de "escarcha de las cien hierbas" y es capaz de aliviar más de un centenar de dolencias.
El Idiota se encogió de hombros y llenó la mitad del frasco con el hollín de la sartén, que redujo a polvo en un abrir y cerrar de ojos. Después de vaciarlo, el Peregrino volvió a dárselo, diciendo:
- Ahora vete y llena la mitad de la botellita con el orín de nuestro caballo.
- ¿Se puede saber para qué lo quieres? - preguntó, una vez más, Ba-Chie.
- Para terminar de hacer las píldoras - contestó el Peregrino.
- ¡No hay quien pueda contigo! - exclamó el Bonzo Sha, soltando la carcajada -. El orín de caballo posee un olor acre y muy fuerte. ¿Cómo vas a usarlo en la medicina? A lo largo de mi vida he visto píldoras hechas de vinagre, de caldo de arroz fermentado, de miel rebajada y hasta de agua simple y llana, pero jamás de orín de caballo. Huele tan mal que, en cuanto lo perciba el enfermo, su estómago no podrá resistirlo y devolverá todo lo que tenga dentro. Si, encima, añades "ba-dou" y "da-huang", ten la seguridad de que se deshará por arriba y por abajo, como si fuera un trozo de hielo. A mí eso no me parece nada divertido.
- ¿No comprendéis que nuestro caballo es totalmente distinto de los que andan por ahí? - replicó el Peregrino -. No deberíais olvidar que, en realidad, se trata de un dragón originario del Océano Occidental. Si se apresta a orinar en ese frasco, tened la seguridad de que no habrá enfermedad humana que se le resista. El problema es que no sé si os atreveréis a recoger su meada.
Al oírlo, Ba-Chie corrió al establo, picado en su amor propio. El caballo estaba durmiendo, tumbado en el suelo panza arriba. El Idiota le despertó con unas cuantas patadas y le puso el frasco debajo de los genitales, esperando que meara de un momento a otro. Pero el tiempo fue pasando y, al ver que el caballo no dejaba escapar nada, corrió junto al Peregrino y le dijo, muy alterado:
- Opino que, antes de curar al rey, sería conveniente que sanáramos al caballo. Parece como si se hubiera secado. He estado junto a él yo qué sé la de tiempo y ¡no ha dejado escapar ni una sola gota de meada!
- Iré contigo a ver lo que pasa - dijo el Peregrino, sonriendo.
- Creo que también yo voy a echar un vistazo - anunció, por su parte, el Bonzo Sha. Al verlos, el caballo se puso inmediatamente de pie y dijo con voz sonora:
- Deberíais tener en cuenta que en tiempos fui un dragón del Océano Occidental. Tuve la mala fortuna de desobedecer las órdenes celestes, pero la Bodhisattva Kwang-Ing acudió en mi ayuda y me libró de la muerte. De hecho, si me serró los cuernos, me arrancó las escamas del cuerpo y me convirtió en un caballo para que el maestro pudiera hacer con más comodidad su viaje hacia el Paraíso Occidental, fue con el fin de que mis buenas acciones borraran los efectos de mi culpa. Eso no quiere decir, sin embargo, que haya perdido ninguno de mis antiguos poderes. Si, por ejemplo, al pasar junto a un curso de agua, dejo escapar una sola gota de mi orín, los peces que en él moran se convertirán al instante en dragones. Si lo hago en la montaña, los matorrales se transformarán en agárico, que los jóvenes inmortales arrancarán en seguida para hacer aún más longevas sus vidas. ¿Comprendéis ahora por qué soy tan reacio a dejar escapar una sola gota de mis humores internos?
- Se nota que no estás acostumbrado a hablar - replicó el Peregrino -. Para empezar, éste no es un lugar cualquiera, sino un reino enclavado en el Oeste. Además, nadie te pide que hagas uso en vano de tus fluidos vitales. Como muy bien afirma el dicho, "se necesitan  muchos  manojos  de  algodón  para  hacer  un  abrigo".  Es  preciso  que devolvamos la salud al señor de estas tierras. Si lo logramos, todos nos cubriremos de gloria y honores. Si no, me temo que no se nos permitirá partir con la misma tranquilidad con la que llegamos.
- En ese caso - concluyó el dragón -, esperad un momento - y, estirando las patas delanteras, empezó a hacer fuerza con las traseras, al tiempo que comprimía penosamente el vientre. Eran tales sus esfuerzos, que los dientes le rechinaban, como si hubiera perdido el control sobre ellos. De esa forma, consiguió dejar escapar unas cuantas gotitas de orín.
- ¡No he visto tipo más tacaño que éste! - exclamó Ba-Chie, irritado, al ver que el dragón adoptaba una postura normal -. Aunque lo que mea sea oro líquido, podía haber echado un poco más, ¿no os parece?
- Es más que suficiente - dijo el Peregrino, al comprobar que casi la mitad del frasco estaba lleno -. Volvamos cuanto antes a preparar la pócima.
El Bonzo Sha estaba encantado. Acompañado de sus dos hermanos, regresó al salón que les había sido asignado y mezclaron la orina del caballo con las otras medicinas. A continuación hicieron tres píldoras, que al Peregrino le parecieron demasiado grandes.
- ¿Cómo puedes decir eso? - replicó Ba-Chie -. No son mayores que una nuez medio madura. Si fuera yo el que tuviera que tragármelas, daría cuenta de las tres en un abrir y cerrar de ojos - y, guardándolas en una cajita pequeña, se retiraron a descansar. Era tan tarde que ni siquiera se desvistieron.
A pesar de lo avanzado de su enfermedad, a la mañana siguiente el rey volvió a presentarse en la corte. Tras conducir al monje Tang al salón de audiencias, ordenó a los oficiales de su guardia personal que se dirigieran al Pabellón de los Traductores y pidieran con la mayor cortesía al Honorable Sun que les hiciera entrega del remedio que había de poner fin a su mal. Sin pérdida de tiempo los soldados abandonaron la corte y se llegaron hasta el palacio en el que moraba el Peregrino.
- Nuestro señor - explicaron, echándose rostro en tierra - nos ha ordenado venir en busca de la maravillosa medicina que ha de curar su enfermedad.
El Peregrino pidió a Ba-Chie que sacara la cajita y, tras destaparla con cuidado, se la entregó a los oficiales que mandaban el destacamento.
- ¿Qué nombre recibe esta pócima? - preguntó uno de ellos -. Disculpadnos, pero hemos de decírselo a nuestro señor, antes de que se la lleve a los labios.
- Se llama el Elixir del Oro Negro - contestó el Peregrino.
- No podía ser de otra forma, llevando, como lleva, una gran proporción de hollín - comentaron entre sí Ba-Chie y el Bonzo Sha, conteniendo a duras penas la risa.
- ¿Con qué clase de bebida tendrá que tomarse esto? - volvió a preguntar el oficial.
- Para que sea realmente efectiva, existen dos tipos de líquidos, pero me temo que aquí sólo podremos conseguir uno - respondió el Peregrino -. Se logra hirviendo en agua seis cosas muy concretas.
- ¿De qué cosas se trata? - inquirió, una vez más, el oficial.
- El pedo de un gallo viejo en pleno vuelo, la meada de una carpa remontando un torrente, un poco de polvo del rostro de Wang-Mu-Niang-Niang, unas cuantas cenizas del brasero de Lao-Tse, tres hebras del sombrero que ciñe la cabeza del Emperador de Jade y cinco pelos de la barba de un dragón cansado - volvió a contestar el peregrino -. Tened la seguridad de que, si vuestro señor toma la medicina que os he dado con el jugo de estos seis componentes, su enfermedad se disipará como la neblina en una mañana de primavera.
- ¡Eso es imposible! - exclamó el oficial, alarmado -. ¿Cómo vamos a darle ese líquido que decís, si en este mundo no existen tales cosas?
- En ese caso - concluyó el Peregrino -, que tome la medicina con un poco de agua sin fuente ni origen.
- Eso es más fácil de conseguir - dijo otro de los oficiales, sonriendo.
- ¿Estás seguro? - objetó el Peregrino.
- Según la gente que mora en esta región - explicó el mismo oficial -, para conseguir un poco de agua sin fuente ni origen, es preciso coger un recipiente, llenarlo hasta el mismo borde y llevarlo hasta casa, sin dejar caer una gota ni mirar hacia el pozo o el río del que se ha sacado. Así, la persona que está enferma puede beberlo y verse libre de la enfermedad que la aqueja.
- No me parece muy buen método - objetó el Peregrino -. Al fin y al cabo, todos los pozos y ríos manan en última instancia de una fuente. Lo que yo entiendo por agua sin fuente ni origen es la que cae de los cielos y se recoge antes de que haya tocado el suelo.
- Bien - concluyó el oficial -, ésa es aún más fácil de conseguir. Todo lo que tenemos que hacer es esperar a que llueva - y, tras dar con sumo respeto las gracias al Peregrino, regresaron a presencia del rey, que les preguntó vivamente interesado:
- ¿Qué clase de píldoras son ésas?
- El respetable monje nos ha dicho - contestó el oficial de mayor rango - que esta medicina recibe el nombre de Elixir del Oro Negro y que ha de tomarse con agua sin fuente ni origen.
Excitado, el rey ordenó a uno de sus servidores que fuera inmediatamente a por un poco de esa agua, pero el oficial le aconsejó que no lo hiciera, diciendo:
- Según nuestro sabio benefactor, esa clase de agua no se encuentra ni en los ríos ni en los pozos, sino que es la que cae de los cielos antes de que llegue a tocar el suelo.
Al oír tan inesperada explicación, el rey se volvió hacia el funcionario encargado de las prácticas mágicas y le ordenó que hiciera llover sin pérdida de tiempo, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del Peregrino, que permaneció en el Pabellón de los Traductores y que, volviéndose hacia Chu Ba-Chie, dijo:
- Les he dicho que la medicina sólo podía tomarse con agua de lluvia, pero dudo que vaya a llover tan pronto como todos quisiéramos. Se nota que ese rey es una persona muy digna y de una virtud extraordinaria, por lo que no me parece acertado hacerle esperar en vano. ¿Qué te parece si entre tú y yo le ayudamos a conseguir un poco de lluvia?
- ¿Cómo podemos hacerlo? - preguntó Ba-Chie, sorprendido.
- Muy fácil - respondió el Peregrino -. Ponte a mi izquierda y que el Bonzo Sha se coloque a mi derecha, así haréis el papel de estrellas, mientras yo me encargo de traer la lluvia - y empezó a recitar un conjuro. Al poco rato apareció por el este una nube muy oscura, que vino a detenerse justamente encima de sus cabezas. En ese mismo instante se oyó una voz, que decía:
- Gran Sabio, acaba de venir a visitaros Ao-Kuang, el Rey Dragón del Océano Oriental.
- Tened la seguridad de que no os hubiera molestado, si no hubiera sido absolutamente necesario - contestó el Peregrino -. Si os he hecho venir, ha sido porque el señor de estas tierras precisa de un poco de agua sin fuente ni origen para poder tomar su medicina.
- Cuando me llamasteis - respondió el Rey Dragón -, no mencionasteis nada sobre agua, así que me temo que no he traído mis instrumentos para provocar lluvia. ¿Cómo voy a hacer llover sin la ayuda de las nubes, del viento, del relámpago y del trueno?
- No es necesario que el relámpago, el trueno, las nubes y el viento os echen una mano, porque no preciso de mucha lluvia - objetó el Peregrino -. De hecho, sólo necesito un poco de agua, para que el rey pueda tragar la medicina.
- En ese caso - concluyó el Rey Dragón -, lo mejor será que estornude un par de veces. Me figuro que le servirá un poco de mi saliva.
- Ningún remedio sería más eficaz - comentó el Peregrino, visiblemente satisfecho -. ¿A qué esperáis? Haced cuanto antes lo que acabáis de decir.
Sin pérdida de tiempo, el dragón hizo descender su nube sobre el palacio imperial. Protegido por su impenetrable oscuridad, escupió un poco de saliva, que se convirtió al instante en lluvia. Al verlo, todos los funcionarios reales gritaron, entusiasmados:
. - ¡Viva nuestro señor y que su felicidad sea eterna! ¡El cielo acaba de abrirse y la lluvia ha empezado a caer sobre nosotros!
- ¡Salid a recogerla cuanto antes! - ordenó el rey, entusiasmado -. Que todos los que habitan dentro y fuera de este palacio, sin distinción de posición ni edad, tomen lo primero que encuentren a mano y vayan a coger toda el agua que puedan.
Al instante todos los funcionarios, tanto civiles como militares, las damas que moraban en las seis cámaras y en los tres palacios, las tres mil doncellas que las atendían y las ochocientas sirvientas de corta edad salieron al patio del palacio, armados con frascos, botellas, tazas y cazuelas. Más de una hora estuvo el viejo dragón arrojando saliva, hasta que, finalmente, se despidió del Gran Sabio y regresó a su mansión del océano.
Los funcionarios volvieron, entusiasmados, al interior de la corte, pero pronto pudieron comprobar que algunos habían logrado reunir dos o tres gotas de aquella extraña lluvia, otros, cuatro o cinco, y la mayoría, ninguna. Las juntaron todas y vieron, aliviados, que habían conseguido llenar tres frascos, que colocaron sin pérdida de tiempo encima de la mesa imperial. Un aroma muy penetrante se extendió al instante por el Salón de los Carillones de Oro, antes de llenar todo el palacio. El rey se despidió del Maestro de la Ley y llevó al interior del palacio el Elixir del Oro Negro y los tres frascos llenos de lluvia. Se metió una de las píldoras en la boca y la tragó con la ayuda del agua que contenía uno de ellos. Lo mismo hizo con la segunda y con la tercera. No había terminado de dar buena cuenta de ellas, cuanto el estómago empezó a darle vueltas y a lanzar ruidos extraños, que le mantuvieron pegado al orinal durante mucho rato. Fueron cuatro o cinco las veces que tuvo que volver a sentarse, porque se deshacía como si fuera una fuente, en cuanto trataba de ponerse en pie. Pronto pudo, sin embargo, tumbarse en el lecho y pidió que le sirvieran un poco de sopa de arroz. Asombradas, las damas del palacio cogieron el orinal y vieron que estaba lleno de una masa viscosa que emitía un insoportable hedor. En medio se veía una especie de muñón que recordaba, por su color, una masa informe de fritangas hechas a base de harina de arroz. Aliviadas, las damas se lanzaron sobre el lecho del enfermo y le informaron:
- Ha desaparecido la fuente de vuestra enfermedad.
Animado por esas palabras, el rey tomó un poco más de sopa de arroz. Su pecho y su vientre no tardaron en sentir un alivio desconocido. Poco a poco fue recobrando las energías, su sangre recuperó el equilibrio perdido y su espíritu volvió a ser tan vivo y avisado como antes. Se levantó en seguida del lecho y, poniéndose todos sus atributos imperiales, se dirigió a toda prisa hacia el salón del trono. En cuanto vio al monje Tang se inclinó respetuosamente ante él. El maestro le devolvió el saludo, pero el rey le tomó de la mano y ordenó a sus sirvientes:
- Redactad a toda prisa una invitación que diga "con el rostro en tierra os suplicamos que acudáis a nuestra llamada" y hacédsela llegar a los tres distinguidos discípulos del Maestro de la Ley. Abrid a continuación las puertas del Salón Oriental y preparad un banquete de acción de gracias.
Los funcionarios se pusieron en seguida manos a la obra. Mientras unos redactaban la invitación, otros disponían de todo lo necesario para la fiesta. La palabra "imperial" posee, en verdad, la virtud de cambiar las montañas de sitio. En un abrir y cerrar de ojos todo estuvo, de hecho, preparado, como si fuera producto de un sueño. Al ver a los funcionarios con la invitación, Ba-Chie exclamó, loco de contento:
- ¡Tu medicina no ha podido ser más efectiva! Si no hubiera sido por ti, nadie habría venido a darnos las gracias.
- ¿Se puede saber qué forma de hablar es ésa? - le regañó el Bonzo Sha -. Como muy bien afirma el dicho, "cuando a alguien le sonríe la suerte, todo el mundo goza de su buena fortuna". Eso sin contar con que parte del mérito se debe a nosotros. Al fin y al cabo, hemos amasado el remedio con nuestras propias manos. Es justo que disfrutemos todo lo que podamos - y, locos de contento, se dirigieron hacia el palacio.
Los funcionarios en bloque salieron a darles la bienvenida y los condujeron al Salón Oriental, donde el rey, el monje Tang y los personajes más renombrados del reino habían tomado ya asiento. Todos se levantaron, al ver entrar al Peregrino, a Ba-Chie y al Bonzo Sha, seguidos de los funcionarios de mayor rango. En total había cuatro mesas llenas de tantos platos y bebidas vegetarianas, que era prácticamente imposible probar de todas. En la parte central de la sala había sido dispuesta una mesa muy larga, sobre la que descansaban los platos más deliciosos que pueda imaginarse. A ambos lados se habían distribuido varios centenares de mesitas individuales, que recordaban la férrea distribución de los soldados en un ejército. Como decían los antiguos, allí estaban representados cientos de viandas de la más variada naturaleza servidas en miles de platos de la porcelana más fina y realzadas por el dulce aroma de los vinos y el vino color rojo de los trocitos de ciruela que las adornaban. El gusto con el que habían sido preparadas era, en verdad, inigualable. El vistoso colorido de las frutas se mezclaba con el suave aroma que despedían para hacer aún más apetitosos los guisos. Llamaban la atención de manera especial dulces de gran tamaño con forma de leones e inmortales, así como tartas que representaban parejas de fénix entrelazados. No era menor el atractivo de las carnes, entre las que destacaban las de cerdo, las de cordero, las de ganso, las de pato y todas las demás que existen bajo las estrellas. Las verduras estaban representadas por cantidades ingentes de brotes de bambú, orejas de árbol, setas y toda clase  de  vegetales.  La  vista  se  embriagaba  ante  semejante  cantidad  de  pastelillos, dulces, tortitas de arroz de la más fina calidad y galletas amarillentas de mijo tiernísimo. Las sopas y los tallarines presentaban una variedad como jamás se había conocido y su número parecía competir con el de los platos más finos y sabrosos. No es extraño que tanto el señor como sus súbditos alzaran las copas sin cesar, brindando a la salud de los funcionarios de todos los escalafones. El mismo rey tomó en sus manos una copa de gran tamaño y quiso ser el primero en desear al monje Tang toda la felicidad del mundo, pero Tripitaka se disculpó, diciendo:
- Me temo que no estoy acostumbrado a tomar vino.
- Este que os ofrezco - dijo el rey con respeto - ha sido hecho especialmente para aquellos que siguen una dieta vegetariana. ¿Qué problema tenéis en llevaros a la boca una copa de un caldo tan saludable?
- El vino es la primera cosa que nos está vedada a los monjes - explicó Tripitaka.
- En ese caso - insistió el rey, sin saber cómo solucionar la cuestión -, ¿queréis explicarme con qué puedo brindar para expresaros mis respetos?
- Muy sencillo - respondió Tripitaka -. Mis tres discípulos beberán por mí.
Visiblemente satisfecho, el rey tomó una copa de oro y se la entregó al Peregrino, que la vació de un solo golpe, tras inclinarse respetuosamente ante todos los asistentes. Al ver la facilidad con la que había dado cuenta del vino, el rey volvió a llenarle la copa y él la bebió con la misma premura que antes. Sin poder contener la risa, el rey exclamó:
- ¿Por qué no tomáis una ronda de "las tres coronas"?
El Peregrino aceptó de buen grado y la bebió sin rechistar. Divertido, el rey pidió que le llenaran, una vez más, la copa y dijo:
- Tomad ahora una ronda de "las cuatro estaciones" [11], por favor.
Ba-Chie estaba sentado en un extremo de la mesa y veía pasar el vino con una fruición que le hacía tragar litros enteros de saliva. Lo malo era que la botella nunca se detenía ante él. El rey parecía decidido a brindar únicamente con el Peregrino y eso encendió en su corazón la hoguera de la envidia.
- También yo soy responsable de vuestra curación - gritó, sin poderse contener -. Por cierto, la medicina que tomasteis tenía una cosa de caballo, que...
El Peregrino comprendió que el Idiota estaba a punto de revelar el secreto del remedio que había devuelto la salud a su majestad y, sin pérdida de tiempo, le puso en las manos la copa de vino que sostenía en las suyas. Como había supuesto, Ba-Chie la bebió de un trago y no dijo nada más. Pero el rey preguntó, interesado:
- ¿Qué cosa de caballo es esa que, según vos, contenía la medicina?
- ¡No hay quien pueda con mi hermano! - exclamó el Peregrino, tratando de atraer la atención sobre sí -. Siempre hace lo mismo. Cuando prepara algún remedio eficaz, no se detiene, hasta no haber desvelado sus componentes a todo el mundo. La medicina que acabáis de tomar contenía, de hecho, "campanitas de silla de montar"[12].
- ¿Qué clase de planta medicinal es ésa y para qué sirve realmente? - volvió a preguntar el rey.
- Las "campanitas de silla de montar", señor - se apresuró a responder el médico imperial, que estaba sentado a un lado -, poseen un sabor amargo y una naturaleza fría y no venenosa, muy apta para estimular la respiración y hacer desaparecer las flemas, Por si eso fuera poco, limpia las vías respiratorias, libera a la sangre de sus elementos ponzoñosos, alivia la tos, da nuevas energías al cuerpo y produce una sensación general de bienestar.
- Eso explica que haya sido utilizada en la medicina que acabo de tomar - concluyó el rey, satisfecho -. ¿Por qué no tomáis una copa más, honorable Chu? - añadió, volviéndose a Ba-Chie.
Sin decir ni esta boca es mía, el Idiota bebió una ronda de "las tres joyas". El rey se volvió entonces hacia el Bonzo Sha y le ofreció otras tres copas, que él bebió con envidiable delectación. En cuanto las hubo concluido, todo el mundo volvió a sentarse. El banquete continuó su curso normal. Al cabo de un rato el rey volvió a tomar una copa de gran tamaño y se la ofreció al Peregrino, que dijo, respetuoso:
- No es necesario que os levantéis, majestad, pues he decidido aceptar todos vuestros brindis, sin rechazar ni uno solo.
- Nuestro agradecimiento hacia vos es mayor que una montaña - contestó el rey -. Jamás podré pagaros todo lo que habéis hecho por mí. Os ruego, pues, que aceptéis esta copa de vino, antes de que os diga algo que creo que debéis saber.
- Decídmelo primero - suplicó el Peregrino -. Después tomaré con sumo gusto todo lo que deseéis ofrecerme.
- Mi larguísima enfermedad - confesó el rey - ha sido producida por un continuo estado de desasosiego. Si ahora he recuperado la salud, ha sido debido al eficacísimo elixir que me habéis recetado.
- Al examinaros ayer, supe en seguida que se trataba de un profundo desasosiego - confirmó el Peregrino, sonriendo -. Lo que de momento desconozco es la causa que os lo produjo.
- Según los antiguos - contestó el rey -, no deben pregonarse las desgracias de la propia familia. Vos, sin embargo, sois nuestro benefactor y, si tenéis la delicadeza de no reíros, os diré claramente cuáles han sido los motivos de mi persistente congoja.
- ¿Cómo voy a reírme de vos? - exclamó el Peregrino -. No dudéis, por favor, en contarme lo que queráis.
- ¿Cuántos reinos habéis atravesado desde que iniciasteis vuestro viaje en el este? - preguntó el rey.
- No lo sé exactamente. Quizás cinco o seis - contestó el Peregrino.
- ¿Podéis decirme cómo llamaban a las esposas de los señores que los regían? - volvió a preguntar el rey.
- Normalmente aplicaban a la de mayor dignidad el título de Palacio Central, mientras que a las otras dos de rango menor se les daba respectivamente los nombres de Palacio Oriental y Palacio Occidental - explicó el Peregrino.
- Aquí es un poco distinto - respondió el rey -. A la que en otras tierras llaman Palacio Central nosotros le aplicamos el título de Palacio de la Sabiduría de Oro; a la que denominan Palacio Oriental le damos el apelativo de Palacio de la Sabiduría de Jade; y a la que responde al nombre de Palacio Occidental nosotros le llamamos Palacio de la Sabiduría de Plata. Actualmente sólo vive con nosotros esta última.
- ¿Cómo es que el Palacio de la Sabiduría de Oro no mora con vos? - dijo el Peregrino, sorprendido.
- Son ya tres los años que no está a nuestro lado - dijo el rey, sin poder evitar que las lágrimas fluyeran libremente por sus mejillas.
- ¿Sería mucho preguntaros adonde ha ido? - insistió el Peregrino.
- Hace tres años - explicó el rey -, durante la celebración del Doble Cinco, mis esposas y yo nos reunimos en el Pabellón de los Granados del jardín de palacio para tomar pastelillos de arroz, colgarnos flores de los vestidos, tomar licor de cálamo y realgar [13] y ver las regatas del dragón. Cuando más distraídos estábamos, se levantó un viento impetuoso y apareció por los aires un monstruo que se hacía llamar el Competidor del Señor de los Dioses y que decía morar en la Caverna de Xie-Tsai, ubicada en la Montaña del Unicornio. Según parece, deseaba contraer matrimonio y, al enterarse de que el Palacio de la Sabiduría de Oro era una mujer de gran belleza, vino a pedirme que se la entregara bajo la amenaza de devorarnos vivos a mis funcionarios, a los habitantes de esta ciudad y a mí mismo. Me lo exigió tres veces seguidas y, al final, abrumado por mis obligaciones para con mi pueblo y mi reino, no me quedó más remedio que hacer salir al Palacio de la Sabiduría de Oro del Pabellón de los Granados. La bestia la arrebató en seguida hacia lo alto y desapareció. Tan lamentable suceso me produjo tal impresión, que lo que comí aquella noche permaneció en el interior de mi cuerpo sin ser digerido. Es más, mi mente se vio asaltada por horribles presentimientos, que me sumieron durante estos tres años en la más profunda de las amarguras. No necesito deciros que el elixir que me habéis administrado me ha purgado con tanta eficacia, que ha arrastrado fuera de mi vientre la suciedad acumulada durante todo este tiempo. Eso explica que me encuentre ahora tan sano y animado como antes y que haya recuperado las fuerzas perdidas. Sólo a vos debo semejante portento. Es tan grande la gratitud que siento por lo que habéis hecho, que, si pudiera pesarse, superaría incluso a la enorme masa del Monte Tai.
Tras escuchar esas palabras, el Peregrino se vio invadido por un estado de total satisfacción, que le hizo beber de dos tragos la enorme copa que el rey le tendía. Después, sonriendo con la despreocupación de un príncipe, se volvió hacia su majestad y dijo:
- Ahora comprendo la causa de vuestra turbación. De momento habéis tenido la suerte de toparos conmigo y de recobrar la salud, pero ¿deseáis que el Palacio de la Sabiduría de Oro regrese a vuestro lado?
- Ni un solo día he dejado de llorar su desaparición - contestó el rey, mientras las lágrimas volvían a fluir, raudas, de sus ojos -. Sin embargo, ¿cómo voy a hacerla volver junto a mí, si no hay nadie capaz de detener a ese monstruo?
- ¿Qué os parecería, si me encargara yo de eso? - preguntó el Peregrino.
- Si lográis liberar a la reina - contestó el rey, postrándose de hinojos -, me comprometo a abandonar este palacio con todas mis concubinas y todos los míos y a llevar una vida tan sencilla como la del más humilde de mis súbditos. Pondré mi reino a vuestros pies y os honraré como a mi dueño y señor.
Al ver la extraña forma que el rey tenía de hablar y actuar, Ba-Chie no pudo por menos de soltar la carcajada y de exclamar ruidosamente:
- ¡Este rey ha perdido el juicio! ¿Cómo es posible que esté dispuesto a renunciar a su reino y a arrodillarse ante un pobre monje por una simple mujer? ¡Es, francamente, increíble!
El Peregrino hizo levantar inmediatamente al rey y volvió a preguntar:
- ¿Ha regresado otra vez ese monstruo después de secuestrar al Palacio de la Sabiduría de Oro?
- Como acabo de deciros - contestó el rey -, al Palacio de la Sabiduría se la llevó el mes quinto de hace aproximadamente tres años. Regresó el décimo mes exigiendo la entrega de dos doncellas que pudieran servir a la reina. Como era de esperar, accedimos en seguida a sus pretensiones. Volvió a pedir otras dos doncellas el mes tercero del año pasado, operación que repitió, una vez más, el séptimo mes de ese mismo año y el segundo del actual. No tengo ni idea de cuándo volverá a presentarse por aquí.
- ¿No tenéis miedo de él después de tantas visitas? - inquirió el Peregrino.
- Por supuesto que nos ha sumido en el terror - reconoció el rey -. Lo más desazonante, sin embargo, es que pueda hacernos más daño del que ya nos ha infligido. De hecho, el cuarto mes del año pasado ordenamos a nuestros ingenieros que construyeran un refugio contra los monstruos. De esta forma, cuando oigamos acercarse un viento huracanado, sabremos que se trata de esa bestia y buscaremos protección en él, junto con nuestras dos esposas y nuestras nueve concubinas.
- Si no os importa - dijo el Peregrino -, me gustaría ver ese refugio del que habláis.
Sin pérdida de tiempo el rey tomó de la mano al Peregrino y abandonó la sala del banquete, mientras todos los funcionarios se ponían respetuosamente de pie.
- ¡Qué poco comprensivo eres! - regañó Chu Ba-Chie al Peregrino -. Con la cantidad de comida y bebida que hay aquí y no se te ocurre otra cosa que dar por terminado un convite tan espléndido. ¿Quieres decirme qué se te ha perdido a ti en ese refugio?
El  rey  comprendió  en  seguida  que  Ba-Chie  estaba  interesado  únicamente  en  su estómago y ordenó a dos sirvientes que prepararan en el refugio dos mesas de comida vegetariana y que los esperaran allí. Sólo entonces cesaron las quejas del Idiota, que se volvió hacia el maestro y el Bonzo Sha para decirles, riendo sonoramente:
- ¡Vayamos a otro banquete!
Escoltado por una hilera incontable de funcionarios, tanto civiles como militares, el rey condujo al Peregrino a la parte posterior del jardín imperial, pero allí no se veía edificio alguno, por lo que el Peregrino exclamó, sorprendido:
- ¿Se puede saber dónde está el refugio contra los monstruos?
No había acabado de decirlo, cuando dos eunucos cogieron dos pértigas de laca roja y levantaron del suelo una enorme losa de piedra.
- Aquí tenéis el refugio del que os hablaba - explicó el rey -. Posee una profundidad de más de setenta metros y en su interior han sido excavadas no menos de nueve cámaras, junto con cuatro enormes depósitos llenos de aceite, que sirven para mantenerlo iluminado día y noche. Cuando oigamos el bramido del viento, nos esconderemos aquí y los de afuera cegarán la entrada con esa losa de piedra.
- Dais por supuesto que ese monstruo no desea haceros daño alguno - comentó el Peregrino, esbozando una sonrisa -. ¿Cómo creéis que podéis escapar de él, escondiéndoos en ese agujero?
No había acabado de decirlo, cuando, procedente del sur, se levantó un viento tan huracanado, que el aire se hacía irrespirable de tanto polvo como arrastraba. Los funcionarios se abandonaron en seguida al pánico y exclamaron, aterrados:
- ¡Está visto que este monje trae mala suerte! Apenas ha terminado de hablar de ese monstruo, cuando se presenta aquí con toda su fanfarria de viento.
El mismo rey parecía tan asustando, que, dejando al Peregrino a su suerte, se metió en el agujero que había abierto en el suelo, seguido del monje Tang y el resto de los funcionarios. Hasta Ba-Chie y el Bonzo Sha trataron de buscar refugio en él. Afortunadamente, el Peregrino los detuvo a tiempo, diciendo:
- ¿Se puede saber a qué tenéis miedo? Es preciso que me ayudéis a descubrir qué clase de monstruo es ése.
- ¡Debes de haber perdido el juicio! - replicó Ba-Chie -. ¿Para qué quieres saberlo? El rey, el maestro y los funcionarios han desaparecido, como barridos por este huracán. ¿Por qué no hemos de hacer nosotros lo mismo? ¿A quién le interesa averiguar la identidad de esa bestia?
El Idiota se revolvió, desesperado, a derecha e izquierda, pero el Peregrino le había agarrado con fuerza del brazo y no pudo soltarse. El monstruo no tardó en aparecer ante sus ojos. Poseía un cuerpo que superaba con mucho los diez metros de largo y ofrecía un aspecto fiero y salvaje a la vez, con unos ojos tan brillantes como lámparas encendidas. Sus orejas, descomunales y terminadas en punta, parecían abanicos de gran tamaño y hacían juego con los cuatro dientes, acerados como clavos, que le salían por los labios. Sus cejas y sus cabellos estaban teñidos de un color tan rojizo, que daban la impresión de ser llamas. Sus narices, voluminosas como cántaros, se movían amenazantes al respirar, sacudiendo las cerdas moradas que tenía por barbas. Sus mejillas, rugosas como rocas, poseían el mismo tono verdoso que su rostro, que se complementaba con el color azulado de sus manos, dos toscas zarpas que sostenían una lanza, y el bermellón de sus potentes brazos. Alrededor de la cintura vestía una falda de piel de leopardo, que resaltaba el aspecto fantasmal de sus pies desnudos.
- ¿No le reconoces? - preguntó el Peregrino al Bonzo Sha, nada más verle.
- Me temo que no es una de mis amistades - contestó el Bonzo Sha -. ¿Cómo quieres que le reconozca?
- ¿Te acuerdas tú de él? - volvió a preguntar el Peregrino, dirigiéndose a Ba-Chie.
- Creo que nunca he tomado el té ni me he contado jamás entre el número de sus amigos - respondió Ba-Chie -. Sintiéndolo mucho, no sé quién pueda ser.
- A juzgar por lo brillante de sus pupilas y lo arrugado de su rostro - explicó el Peregrino -, debe de tratarse de uno de los guardianes del palacio del Sosia del Cielo de la Montaña Oriental.
- ¡No, no! - se apresuró a contestar Ba-Chie.
- ¡Cómo sabes que no! - exclamó el Peregrino.
- De ser verdad lo que dices - respondió Ba-Chie -, tendría que tratarse de un espíritu de las tinieblas y sólo se dejaría ver a últimas horas de la tarde, más o menos entre la del Mono y la del Cerdo. Ningún demonio de esa clase se atrevería a salir a plena luz del día. Eso sin contar con que no pueden cabalgar sobre las nubes y, si se sirven del viento, únicamente pueden levantar algún que otro remolino, no un huracán tan fuerte como éste. Considerándolo en frío, quizás se trate realmente del Competidor del Señor de los Dioses.
- Creo que no te falta razón - contestó el Peregrino, sonriendo -. Vosotros quedaos aquí, mientras voy a preguntarle cómo se llama. Así nos será más fácil liberar al Palacio de la Sabiduría de Oro.
- Si quieres ir a verle, allá tú - dijo Ba-Chie -, pero, por favor, no le des a entender que estamos aquí.
Sin decir nada más, el Peregrino montó en una nube y se elevó hacia lo alto. Así se cumplió, una vez más, el principio de que, para asegurar el futuro de un reino, es preciso liberar primero a su señor de las enfermedades que le aquejan, de la misma forma que, para salvaguardar el Tao, es necesario purificar antes el corazón.
No sabemos si, tras elevarse hacia lo alto, el Peregrino logró derrotar a la bestia o si consiguió rescatar al Palacio de la Sabiduría de Oro. El que desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente.

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[1]Según la medicina tradicional china, en la muñeca se perciben tres clases diferentes de pulso: el «tsuen», el más cercano a la mano, el «chr», en el arranque mismo del brazo, y el «kuan», en una posición intermedia.

[2]El San-yin chr-i-bing-chengfang-luen aconseja al médico usar su propia respiración como referencia para la medida del pulso. Así, entre una inspiración y una expiración deben percibirse cuatro latidos para que el pulso sea normal.

[3]Los cuatro «chi» son «feng» (el viento), «shr» (la humedad), «han» (el frío) y «shu» (el calor), es decir, las características de las cuatro estaciones que más pueden afectar a la salud.

[4]Las cinco estasis («wu-yü») son obstrucciones que sufre la circulación normal de los «chi», que, como se deduce de su propio número, guardan relación con cada una de las Cinco Fases y de los grandes órganos internos. Se resalta, así, la idea de que el cuerpo humano es un trasunto del mismo universo.

[5]Tanto las siete imágenes externas («chi-bao») como las ocho imágenes internas («bali») son baremos de intensidad y frecuencia aplicados a la medición del pulso. Los siete del primer grupo son: «fu», «kou», «hua», «shr», «hsien», «chin» y «bung». Al segundo, por su parte, pertenecen las ocho siguientes: «chen», «wei», «chr», «fu», «he» y «sz».

[6]Las nueve indicaciones del pulso hacen referencia bien a una red de puntos extendidos por todo el cuerpo, en los que se toma el mismo, bien a la deducción del estado de la circulación «chi» obtenida a partir de dicha medición.

[7]Lógicamente el rey carecía de períodos menstruales. Su mención obedece, quizá, a un descuido del autor, que incluyó en la narración todos los datos que encontró en los textos médicos que supuestamente consultó.

[8]El Pabellón de la Cultura era uno de los cuatro que se alzaban dentro del recinto del palacio imperial. En él tenían establecida su residencia oficial los secretarios dependientes de la Academia Hanlin.

[9]El «da-huang» es un planta cuyo nombre científico es Rheum palmatum.

[10]El «ba-dou», por su parte, es conocido como Semen crotonis.

[11]Este tipo de rondas designan, en realidad, la decoración que adornaba las copas en las que se servía el vino.

[12]El nombre científico de «campanitas de sillas de montar» es Aristolochia debilis.

[13]Sustancia afrodisíaca muy apreciada por los alquimistas.