Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

El monje Tang habla de épocas pasadas en el corazón del Reino Morado. El Peregrino Sun actúa como alguien que se hubiera partido el brazo por tres partes diferentes [1].


En cuanto hayas conseguido la virtud y hayas puesto fin a todas las causas, tu fama se extenderá hasta el último rincón de los cuatro continentes. Entonces, te convertirás en un sabio iluminado y ascenderás hacia el cielo, envuelto en un manto de nubes luminosas, que no lograrán arrancarte los huracanes más violentos. Todos los Budas saldrán a tu encuentro y habitarás en el Palacio de Jade por siempre jamás. ¡No prestes importancia a lo que no la tiene y deja de abrigar esos sueños tan frágiles como el cuerpo de una mariposa! Cuando se dominan las pasiones, la desgracia se disuelve en el mar de la nada.

Decíamos que, una vez que hubieron limpiado de impurezas el desfiladero, Tripitaka y sus discípulos prosiguieron su camino, libres como el vuelo de las aves. El tiempo transcurrió muy deprisa y de nuevo volvieron a hacerse presentes los insoportables calores del verano. Los granados mostraban, orgullosos, la solidez de sus frutos, mientras los lotos esparcían sus hojas, como si fueran parasoles verdes. Al ver pasar a los caminantes ahuyentando el calor con sus abanicos de seda, las golondrinas corrían a esconderse en parejas entre las copas de los sauces. Cuando más distraídos estaban contemplando la belleza de la naturaleza, vieron surgir en la distancia una ciudad amurallada y, tirando de las riendas, Tripitaka exclamó:
- ¡Mirad allí! ¿Qué clase de lugar será aquél?
- ¿Es que no lo veis? - contestó el Peregrino -. Cuesta trabajo creer que el Emperador Tang en persona os confiara esta misión. Os comportáis como un perfecto analfabeto.
- ¿Por qué dices eso? - se defendió Tripitaka -. Nadie capaz de aprender de memoria miles de sufras puede ser considerado analfabeto. Llevo muchos años de monje y puedo asegurarte que aprendí a leer, cuando era muy pequeño.
- No lo toméis a mal - replicó el Peregrino -, pero parece como si no supierais leer esos tres caracteres que ondean en todos los estandartes. De lo contrario, no hubierais preguntado que qué clase de lugar es.
- ¡Cuidado que te gusta enredar las cosas! - le regañó Tripitaka -. ¿Cómo voy a saber lo que dice ese estandarte, si el viento no deja de sacudirlo de un lado para otro? Hay mucha diferencia entre ver y no poder leer, ¿no te parece?
- Entonces, ¿cómo es que yo lo veo con toda claridad? - insistió el Peregrino.
- No le hagáis caso, maestro - dijeron casi a coro Ba-Chie y el Bonzo Sha -. Desde aquí apenas se distingue si es una ciudad o no. ¿Cómo va a poderse leer nada desde una distancia tan grande?
- Pues yo lo veo perfectamente - insistió el Peregrino -. En todos los estandartes está escrito: el Reino Morado.
- Ese reino debe de formar parte de la demarcación occidental - exclamó Tripitaka, entusiasmado -. Creo que lo mejor será que entremos en él, para que nos sellen nuestros permisos de viaje.
- Me parece muy bien - opinó el Peregrino.
No tardaron en llegar a las puertas de la ciudad. Tripitaka desmontó del caballo y traspusieron una artística entrada coronada por un triple tejadillo. Fue así como descubrieron que se trataba de una capital realmente magnífica. Sus cuatro puertas se hallaban protegidas por unas torres impresionantes unidas entre sí por altísimos paños de muralla. A pesar de estar fortificada, el agua corría libremente por toda la ciudad. En realidad, constituía uno de sus medios de defensa. El otro lo formaban las impresionantes montañas que se elevaban hacia el norte y el sur. A juzgar por las mercancías de la más variada procedencia que se exhibían en los mercados, debía de tratarse de un centro comercial muy pujante. En todas las casas se apreciaba un aire de prosperidad, que hablaba a las claras del carácter emprendedor de sus moradores. No cabía duda de que aquélla era la capital de un reino tan poderoso, que daba la impresión de estar habitado por seres celestes. Hasta ella llegaban barcos procedentes de tierras lejanas, cargados de jades y piedras preciosas. Eso la había hecho crecer de tal manera, que su perímetro se perdía en el horizonte. Sus palacios y edificios poseían una nobleza que ponía de manifiesto los largos períodos de paz de que había gozado una tierra tan privilegiada. El maestro y sus discípulos paseaban, asombrados, por sus calles, gozando de la elegancia de sus gentes, de la belleza de sus edificios y de la extraña resonancia de su lengua. De alguna forma, recordaba el lejano mundo de los Tang. Al darse cuenta de la ridícula fealdad de Ba-Chie, de la altura desmesurada del Bonzo Sha y del cuerpo totalmente cubierto de vello del Peregrino, las gentes que llenaban las calles dejaron a un lado lo que estaban haciendo y se apelotonaron, curiosas, alrededor de los recién llegados. Comprendiendo que la prudencia era la mejor manera de evitar problemas, Tripitaka urgió a sus discípulos que siguieran adelante, diciendo:
- Agachad la cabeza y no hagáis ningún comentario. Al fin y al cabo, estamos en una tierra que no es la nuestra.
Ba-Chie pegó en seguida el morro al pecho, tratando de esconder su enorme bocaza, que recordaba una raíz de loto. El Bonzo Sha, por su parte, agachó la vista y continuó caminando, como si no existiera en el mundo nadie más que él. Sólo el Peregrino miraba de frente a los grupos de curiosos, sin apartarse para nada del monje Tang. Pronto los que tenían algo que hacer volvieron a sus asuntos, mientras que los desocupados, particularmente jóvenes y maleantes, rodearon a Ba-Chie y empezaron a tirarle  piedras  y  trozos  de  tejas  entre  una  algarabía  de  risotadas  e  insultos.  El nerviosismo se apoderó del monje Tang, que comenzó a sudar, como si acabara de hacer un gran esfuerzo físico. Lo único que sabía decir era:
- ¡No respondáis a los insultos y continuad caminando!
Eso bastó para que el Idiota no se atreviera a levantar la cabeza. Al dar la vuelta a una esquina se toparon de pronto con una mansión de tal importancia, que estaba rodeada por una pequeña muralla. Encima de la puerta había una placa en la que podía leerse, escrito con grandes caracteres: "Pabellón de los Traductores [2]".
- Opino que deberíamos entrar en este palacio - dijo en seguida Tripitaka.
- ¿Se puede saber para qué? - preguntó el Peregrino.
- En todas las ciudades abiertas al mundo exterior - explicó Tripitaka - el Pabellón de los Traductores es el lugar en el que se reúnen las gentes llegadas de otros reinos. A esa categoría pertenecemos también nosotros. No estaría de más que entráramos a descansar un rato. En cuanto hayamos recobrado las fuerzas, iremos a ver al rey y le pediremos que nos selle nuestros documentos de viaje. De esa forma, podremos continuar nuestro viaje.
Sin preocuparse de las docenas de personas que le seguían, Ba-Chie estiró su enorme morro y dijo:
- Opino que el maestro tiene razón. Cuanto antes entremos, antes nos libraremos de estos moscardones, que nos siguen como si estuviéramos hechos de dulce.
Al verle, muchos de los que le rodeaban huyeron, despavoridos. Otros se quedaron a la puerta del pabellón, pero también ellos se fueron disgregando poco a poco. Los funcionarios encargados del buen funcionamiento de la mansión, un ministro y un viceministro, estaban esperando en el salón principal a una delegación extranjera, cuando vieron aparecer al monje Tang y a sus acompañantes. Su sorpresa fue tan grande, que sólo pudieron balbucir:
- ¿Quiénes sois vosotros? ¿Se puede saber adonde vais?
- Este humilde servidor vuestro - contestó Tripitaka, juntando las manos a la altura del pecho e inclinando ligeramente el cuerpo - es un enviado del Gran Emperador de los Tang, en las Tierras del Este, para conseguir las escrituras del Paraíso Occidental. Al llegar a vuestro respetable reino, no hemos querido atravesarlo sin el correspondiente permiso y eso nos ha movido a buscar alojamiento en esta distinguida mansión que vos parecéis regentar. En cuanto hayamos recobrado las fuerzas, solicitaremos que nos sea sellado el documento de viaje y, de esa forma, podremos continuar nuestro camino.
Al oírlo, los dos ministros ordenaron a los criados que formaran a ambos lados del salón y corrieron a dar la bienvenida a los recién llegados, no sin antes ajustarse sus sombreros y sus cinturones oficiales. Sin pérdida de tiempo dispusieron de unas cuantas habitaciones y encargaron a los cocineros del pabellón que prepararan una comida vegetariana. Cuando todo estuvo dispuesto, se despidieron de Tripitaka y sus acompañantes y abandonaron la mansión. Sólo dejaron en ella a un grupo de criados, para que atendieran a las necesidades de tan ilustres visitantes. Únicamente el Peregrino pareció descontento con el trato y exclamó, en cuanto se hubieron ido:
- ¡Menudos canallas están hechos esos dos! ¡No comprendo cómo no nos han ofrecido las mejores habitaciones!
- Debes tener en cuenta - dijo Tripitaka, tratando de calmarle - que su reino no está sometido a los designios del Gran Tang, con el que ni siquiera mantienen relaciones diplomáticas. Además, esta mansión es ocupada con frecuencia por altos dignatarios extranjeros y gentes de esa ralea. Eso explica que nos hayan tratado de la forma como lo han hecho.
- Puestas así las cosas - concluyó el Peregrino -, opino que deberían haberse mostrado más respetuosos con nosotros.
Mientras hablaban, se presentó un criado con un barreño de arroz blanco, un puchero grande de harina de trigo, dos manojos de verduras frescas, cuatro trozos de "dou-fu", un plato lleno de brotes de bambú secos y una bandeja de orejas de árbol. Tripitaka ordenó a sus discípulos que se hicieran cargo de todo, momento que aprovechó el criado para decir:
- Encontraréis cazuelas y sartenes limpias en el ala que mira hacia el poniente. Allí hay de todo. Si queréis comer algo, preparáoslo vosotros mismos.
- Si no os importa - se apresuró a decir Tripitaka -, me gustaría saber si el rey sigue todavía en el salón del trono.
- A decir verdad - contestó el criado -, hacía mucho tiempo que no se reunía con sus consejeros, pero hoy es un día favorable y los ha convocado a todos para discutir de los graves asuntos del estado. Si deseáis que os selle vuestro documento de viaje, deberéis daros prisa y no dejarlo para mañana, pues es muy probable que entonces no os reciba. Sólo el cielo conoce cuándo volverá a presentarse un día propicio.
- En ese caso - concluyó Tripitaka -, lo mejor será que vaya cuanto antes a verle. - Se volvió después hacia sus discípulos y añadió -: Vosotros quedaos aquí y preparad algo de comer. En cuanto vuelva, tomaremos algo y proseguiremos nuestro camino.
Sin pérdida de tiempo, Ba-Chie abrió una de las bolsas y sacó la túnica de los bordados y el documento de viaje. Tras vestirse con la solemnidad que la ocasión requería, Tripitaka ordenó a sus acompañantes que no salieran del pabellón ni causaran ningún problema y se dirigió hacia la corte. El palacio no estaba muy lejos y tardó en llegar a la Torre de los Cinco Fénix menos de lo esperado. El  lujo de los salones y la magnificencia  de  las  construcciones  eran  tales,  que  no  pueden  ser  descritas  con palabras. En cuanto hubo traspuesto la entrada principal, el monje Tang pidió ser recibido en la Corte Celeste con el fin de que le fuera sellado el documento de viaje. El Guardián de la Puerta Amarilla corrió a postrarse de hinojos ante los escalones de jade blanco e informó de su llegada, diciendo:
- A las puertas mismas del palacio se encuentra un monje procedente del gran imperio de los Tang, en las Tierras del Este, que se dirige hacia el Monasterio del Trueno, en el Paraíso Occidental, en busca de escrituras budistas por expreso deseo del emperador. Solicita que le sea sellado el documento de viaje y espera vuestra decisión con el rostro postrado en tierra.
- Llevaba mucho tiempo sin sentarme en el trono, a causa de la terrible enfermedad que me ha tenido encadenado al lecho - dijo el rey, encantado de recibir una nueva semejante -. No deja de ser una sorprendente coincidencia que, en el momento mismo en que me disponía a convocar a los mejores médicos del mundo, haga su aparición un monje de tanta nobleza como ése. Hacedle pasar inmediatamente.
En prueba de acatamiento y sumisión, Tripitaka se echó rostro en tierra. El rey le hizo tomar asiento en el salón dorado y ordenó que prepararan en su honor un espléndido banquete vegetariano. Tras agradecer a su majestad tantas atenciones, Tripitaka le hizo entrega del documento de viaje. En cuanto lo hubo leído, el rey le preguntó, curioso:
- ¿Podríais decirme, Maestro de la Ley, cuántos soberanos han ocupado el trono de los Gran Tang y cuál es el número exacto de sus ministros? Por lo que respecta a su actual emperador, ¿cómo volvió a la vida después de muerto y os pidió que vadearais tantos ríos y montañas con el fin de haceros con las escrituras?
El maestro juntó las manos a la altura del pecho e, inclinando ligeramente la cabeza, contestó:
- En la tierra de la que procedo hubo en un principio tres grandes reyes, a los que siguieron otros cinco que asentaron definitivamente el trono. Si Yao y Shun trajeron la prosperidad a su pueblo, Yü y Tang [3] inauguraron un largo período de paz, que sólo quebraron los descendientes de Chang y Chou [4]. Movidos por un desmedido afán de poder, se lanzaron a la conquista de los más débiles y subyugaron a infinidad de reinos. Alcanzaron un número total de dieciocho soberanos, cuyo único interés era la guerra y la continua supresión  de  fronteras. Los sucedieron otros doce reyes, que, en un principio, favorecieron el desarrollo de la paz, pronto, sin embargo, sucumbieron al fragor de los caballos y de los carros de combate, luchando sin cesar los unos contra los otros, como si fueran bestias hambrientas. De tan dura contienda lograron sobrevivir únicamente siete, que terminaron reconociendo la supremacía del más fuerte de ellos: el reino de Chin. El Cielo determinó, entonces, la ascensión del estado de Lu, en el distrito de Bei [5], que más tarde dio origen al imperio Han. Éste dictó una serie de leyes para todos los estados que lo componían, pero no pudo evitar su caída en manos de los Sz-Ma [6], que establecieron el dominio de los Tsin. Poco a poco el imperio se fue disgregando y, entre el norte y el sur, aparecieron un total de doce nuevos estados, entre los que podemos citar el de Sung, el de Chi, el de Liang y el de Chen. El poder fue pasando ininterrumpidamente de manos de unos a otros, hasta que hizo su aparición el gran Suei. Desgraciadamente uno de sus herederos dio muestras de ser un auténtico déspota y trajo la desgracia sobre el pueblo. La familia Li, a la que, por cierto, pertenece el señor que nos rige, se vio obligada a derrocarle, dando comienzo al gran imperio Tang. Tras la muerte de Gao-Tze subió al trono Shr-Min, nuestro actual soberano, al que el Cielo ha dotado de tan altas cualidades, que las aguas de nuestros ríos están límpidas y nuestros mares gozan de una paz absoluta. Su prudencia y su virtud son ensalzadas sin cesar por todos sus súbditos. Por lo que respecta al asunto de su muerte y su posterior vuelta a la vida, os diré que todo se inició con la negativa del dragón que moraba al norte de nuestra capital Chang-An, a proporcionar a la tierra la cantidad de agua convenida. Semejante desobediencia le acarreó una inmediata condena de muerte. Alarmado, solicitó en sueños la ayuda de nuestro soberano, que se comprometió a obtenerle el perdón celeste. El día fijado para la ejecución hizo acudir a palacio al funcionario encargado de llevarla a cabo. Su propósito era distraerle con una partida de ajedrez y conseguir que pasara la hora determinada para dar muerte al dragón. Sin embargo, a eso del mediodía se apoderó de él un profundo sopor y le ejecutó, mientras dormía.
- ¿De dónde era ese funcionario del que habláis? - preguntó el rey, frunciendo el ceño en señal de reprobación.
- De nuestro propio reino - contestó Tripitaka -. De hecho, ostentaba el cargo de primer ministro. Pertenecía a la familia Wei y su nombre era Cheng. Poseía tales conocimientos de astronomía y geografía, que sabía distinguir a la perfección el yin del yang. Aunque no lo creáis, se trataba de un ministro capaz, que en todo momento mantuvo unido el imperio y dirigió con rectitud los asuntos de estado. ¿Cómo iba a haber podido, si no, dar muerte mientras dormía al dragón del río ching? Éste se sintió burlado y, en cuanto llegó a la región de las sombras, acusó a nuestro emperador de haber faltado a su promesa de conservarle la vida. Eso fue lo que provocó la muerte del muy dignísimo señor que nos rige. Antes de partir para el mundo inferior, no obstante, Wei-Cheng escribió una carta para el juez Tswei-Chüe, que habita en la Ciudad de la Muerte. Gracias a esa recomendación, consiguió el Emperador Tang volver a la vida al cabo de tres días, pues, en atención a la amistad que le unía a Wei-Cheng, el juez Tswei tuvo la delicadeza de añadir veinte años más a su recién concluida edad. En agradecimiento, el emperador celebró una gran ceremonia por todos los difuntos y encargó a este humilde monje que cruzara cuantas naciones y tierras fuera preciso para obtener del Patriarca Budista las tres cestas de escrituras Mahayana. Como muy bien sabía él por experiencia, sólo ellas son capaces de librar del sufrimiento a los espíritus que moran en el Reino de las Sombras.
- ¡En verdad el reino del que procedes es un trasunto del que existe más allá de las nubes! - exclamó el rey, suspirando -. ¡Qué soberano más virtuoso y qué ministros más capaces! Entre ellos y nosotros no existe el menor punto de comparación. Ya lo veis. Llevo enfermo yo qué sé la de tiempo y ninguno de mis funcionarios ha sido capaz de hallar un remedio con el que poner fin a mis males.
El maestro lanzó una mirada furtiva al rey y comprobó que, en efecto, su rostro poseía una alarmante coloración amarillenta y su cuerpo parecía débil en extremo. Era la imagen viva de alguien que está a punto de trasponer las puertas de la muerte. El maestro se disponía a preguntarle sobre la naturaleza de su dolencia, cuando hizo su entrada el maestro de ceremonias de la corte y le invitó a sentarse a la mesa. El rey hizo un gesto con la mano y ordenó:
- Servid el banquete en el Salón de las Nubes Aromáticas, deseo comer con el Maestro de la Ley.
Con grandes muestras de respeto, Tripitaka le agradeció tamaña delicadeza y se retiró con su majestad, por lo que, de momento, no hablaremos más de él. Sí lo haremos, sin embargo, del Peregrino, que pidió al Bonzo Sha en su retiro del Pabellón de los Traductores que preparara el té y algunos platos vegetarianos con los que acompañar el arroz.
- No hay ningún problema en cocinar el arroz y el té - contestó el Bonzo Sha -, pero me temo que no tengo ni idea de cómo hacer una comida vegetariana con todo esto.
- ¿Cómo puedes decir eso? - le reprendió el Peregrino.
- Porque no tenemos nada de aceite, ni de sal, ni de vinagre, ni de jugo de soja - contestó el Bonzo Sha.
- Eso tiene fácil solución - replicó el Peregrino -. Coge unas monedas y dile a Ba-Chie que vaya a comprarlo.
- No, no - dijo en seguida el Idiota, más por no molestarse que por el peligro que ello pudiera entrañar -. Es mejor que no vaya yo. Soy demasiado feo para andar por ahí solo. Si pasa algo, el maestro me echará la culpa y no quiero que eso suceda.
- ¿No te parece que estás sacando las cosas un poco de quicio? - le reprendió el Peregrino -. ¿Por qué habría de pasar algo, si no vas ni a mendigar ni a robar?
- ¿Cómo que no? - protestó Ba-Chie -. ¿No viste lo que sucedió, cuando dejé suelto el morro? Todo el mundo huyó, despavorido. Si voy al mercado, ten la seguridad de que más de uno se morirá del susto.
- No es necesario que vayas al más concurrido - dijo el Peregrino -. ¿Por qué no pruebas en ese otro que hay por aquí cerca?
- Perdona, pero no lo he visto - respondió Ba-Chie -. Como el maestro nos pidió que no alborotáramos, he venido todo el rato con los ojos clavados en el suelo.
- Pues deberías haber visto la cantidad de bodegas, tiendas de arroz, molinos y telares que hay a lo largo de toda la calle - contestó el Peregrino -. Eso sin mencionar los establecimientos menores, como las tiendas de té, los tenderetes de tallarines y los puestos de tortas y de tallarines al vapor. Los restaurantes se cuentan también a centenares, todos ellos mostrando, orgullosos, sus espléndidas sopas de arroz, sus finísimas especies y sus verduras tiernísimas. Conté, igualmente, miles de bandejas con pasteles exóticos, platos cocinados al vapor, rollitos, empanadillas, fritangas y pastelitos de miel y otras golosinas. ¿Qué te parece si, a cambio de ese pequeño favor que te pedimos, te dejamos comer algunas de esas maravillas?
Al Idiota se le hizo la boca agua y empezó a babear, como si fuera una criatura. Sin poderse aguantar, dio un salto y contestó:
- De acuerdo, pero recuerda que la próxima vez que necesite algo tienes que ayudarme y no hacerte el remolón.
- Ten cuidado a la hora de cocinar el arroz - dijo el Peregrino, volviéndose hacia el Bonzo Sha, para que no le viera sonreír -. Ya sabes que hoy vamos a echarle muchas cosas.
- ¡Venga, dejad de hablar y poneos manos a la obra! - exclamó el Bonzo Sha, comprendiendo que se estaba burlando del Idiota -. Cuanto antes regreses, antes nos sentaremos a la mesa.
El Idiota cogió un recipiente y se dirigió hacia la puerta, acompañado por el Peregrino. Al verlos salir, les preguntaron los dos funcionarios:
- ¿Se puede saber adonde vais?
- A comprar algunas cosillas - contestó el Peregrino.
- En ese caso - les aconsejó uno de ellos -, dirigíos hacia la izquierda y torced, cuando lleguéis a una torre de vigilancia. Allí está la tienda de los Cheng, que tiene absolutamente de todo: aceite, sal, salsa de soja, vinagre, jengibre, pimienta, té...
Sin dejarles terminar, los dos hermanos se cogieron de la mano y siguieron las instrucciones que acababan de darles. Pasaron por delante de varios restaurantes y tiendas de té, pero el Peregrino no se detuvo en ninguno de ellos.
- ¿A qué viene tanto tiquismiquis? - protestó Ba-Chie -. ¿Se puede saber por qué no te parecen bien todos estos establecimientos? Sentémonos y comamos algo, de una vez.
- No está bien derrochar el dinero - contestó el Peregrino, dispuesto a hacerle caminar un poco más -. Además, estoy seguro de que un poco más adelante hay cosas mucho mejores que éstas.
Sin darse cuenta, se les fueron agregando grupos cada vez más numerosos de curiosos. Al torcer la torre de vigilancia, eran tantos, que apenas podían dar un paso. Es más, parecía como si les estuvieran cortando aposta el camino.
- Creo que no deberíamos seguir adelante - dijo Ba-Chie -. ¿No ves a todo ese gentío? A lo mejor no les gustan los monjes extranjeros y nos meten en la cárcel. ¿Qué sería de mí, si nos echaran mano?
- ¡No digas tonterías! - le reprendió el Peregrino -. Los monjes se muestran respetuosos con la ley en todos los sitios. ¿Por qué habrían de detenernos? Además, ya falta muy poco para llegar a la tienda de los Cheng. Vamos a pasar entre ellos y se acabó.
- Está bien - exclamó Ba-Chie -. Ya sabes que a mí no me gusta meterme en líos, pero tampoco me agrada que me vapuleen como a un tonto. Voy a meterme entre ellos y a sacudir las orejas unas cuantas veces. Estoy seguro de que, en cuanto lo vean, más de uno  se  caerá  al  suelo  y  morirá  aplastado  por  la  multitud.  Entonces  sí  que  no escaparemos de su furia, pero, por lo menos, habremos vendido caras nuestras vidas.
- Puestas así las cosas - concluyó el Peregrino -, lo mejor es que te vuelvas contra la pared y te quedes ahí quieto, mientras yo voy a comprar lo que necesitamos. A la vuelta cogeremos los tallarines y los panecillos, ¿de acuerdo?
Sin decir nada, Ba-Chie entregó el recipiente al Peregrino y pegó el morro contra el muro, quedándose más quieto que el tronco de un árbol centenario. El Peregrino se abrió paso entre la multitud lo mejor que pudo, comprobando que se había congregado al pie de la torre, no para cortarles el paso, sino para leer la proclama que alguien había pegado en la pared. Abriendo los ojos cuanto pudo, el Peregrino dirigió sus pupilas diamantinas hacia el documento y vio que decía:

Desde el momento mismo en que subió al trono el señor del Reino Morado, situado en el mismo corazón del Continente de Aparagodaniya, la paz se extendió hasta el último rincón del imperio y todos sus habitantes empezaron a gozar de una prosperidad como jamás se había conocido en estas tierras. Los asuntos de estado, no obstante, tomaron un giro inesperado, cuando el hombre que nos rige cayó gravemente enfermo, prolongándose su recuperación durante muchísimo más tiempo del inicialmente previsto. El consejo de médicos de nuestra muy digna nación se ha encargado en todo momento de su curación, pero los valiosísimos remedios que le ha administrado se han mostrado a la larga totalmente ineficaces. Nos hemos visto, por consiguiente, obligados a publicar este bando, convocando a cuantos tengan conocimientos médicos, sin importar su origen ni su condición social, para que pongan en práctica sus artes curativas y arranquen a nuestro señor de la postración en que tan extraña enfermedad le ha sumido. Promete, igualmente, nuestro soberano que entregará la mitad de su reino a quien consiga devolverle la salud. Éste es el motivo de hacer pública la presente proclama.

-  Como muy bien afirmaban los antiguos - se dijo en seguida el Peregrino, entusiasmado -, "sólo quien se mueve puede alcanzar la gloria". No hay razón para que sigamos en ese lúgubre Pabellón de Traductores. ¿A quién le importan, además, las comidas sabrosas? Hasta el mismo asunto de obtener las escrituras puede muy bien esperar un par de días o tres. Creo que ha llegado la hora de poner en práctica mis conocimientos médicos.
Tras dejar en el suelo el recipiente que llevaba en la mano, cogió un poco de polvo y lo tiró hacia arriba, al tiempo que recitaba un conjuro mágico relacionado con el ocultamiento del cuerpo. Al punto se tornó invisible y pudo arrancar con toda facilidad el papel del bando. Se volvió a continuación hacia el sudoeste, agachó la cabeza y, llenando los pulmones de aire, sopló con todas sus fuerzas. En un abrir y cerrar de ojos se levantó un viento huracanado, que dispersó a todos los grupos de curiosos. Sólo quedó Ba-Chie con el morro apoyado contra el muro. El Peregrino se acercó a él y vio que se había quedado dormido. Dobló con cuidado la proclama y se la pegó en el pecho, sin que se diera cuenta. Después se dio media vuelta y, en dos zancadas, se llegó hasta el Pabellón de Traductores, por lo que, de momento, no hablaremos más de él. Sí lo haremos,  sin embargo, del gentío que se había congregado al pie de la torre de vigilancia. Cuando el viento se cebó sobre ellos, se cubrieron la cabeza con los brazos y cerraron, desesperados, los ojos. A todos les extrañó mucho que la tormenta hubiera pasado tan deprisa, pero les sorprendió aún más que hubiera desaparecido el documento imperial. Estaban encargados de protegerlo los mismos doce eunucos y doce guardias reales que habían tenido el honor de recibirlo de manos del emperador en persona hacía poco menos de tres horas. Comprendiendo que podían recibir un terrible castigo por su negligencia, lo buscaron, nerviosos, por todas partes. Un sudor frío les bañaba todo el cuerpo, cuando, por fin, lo vieron pegado en el pecho de Ba-Chie. Como un solo hombre, se lanzaron sobre él y le preguntaron, furiosos:
- ¿Quieres decirnos por qué has arrancado esa proclama?
El Idiota levantó la cabeza, desconcertado. Al hacerlo, dejó suelto el morro y los guardias imperiales cayeron para atrás, temblando como si acabaran de encontrarse con un fantasma. Ba-Chie trató de aprovechar la confusión para echarse a correr, pero los más valientes le cortaron la retirada, diciendo:
- ¿En dónde crees que puedes esconderte, si no es en el mismísimo palacio real? ¿Has arrancado la proclama? Pues bien, vas a ser tu el que cure a su majestad.
- ¡Yo no he arrancado nada! - protestó Ba-Chie, cada vez más acalorado -. En todo caso, lo habrá hecho vuestro hijo, no yo. Además, yo no entiendo nada de curar a la gente. ¿Por qué no pedís a uno de vuestros nietos que lo haga él?
- ¡Déjate de cuentos! - le increpó uno de los guardas -. ¿Quieres decirnos qué es eso que llevas en el pecho?
El Idiota agachó la vista y vio que, en efecto, tenía pegado un trozo de papel. Lo estiró del todo y, al enterarse de su contenido, le rechinaron los dientes de rabia y exclamó furioso:
- ¡Esto sólo puede ser obra de ese maldito mono!
Era tal su ira que, sin darse cuenta de lo que hacía, cogió el documento y lo hizo trizas en presencia de toda la gente, que gritó, escandalizada:
- ¡Te puedes dar por muerto, amigo! Esa era una proclama de nuestro señor. ¿Cómo te has atrevido a romperla, sin más? Sólo existe, pues, una explicación: que seas, realmente, un médico famoso y que hayas dado por supuesto que tus conocimientos bastaban para devolver la salud a nuestro rey. ¡Venga, acompáñanos!
- ¡No tenéis ni idea de lo ocurrido! - gritó Ba-Chie, tratando de defenderse -. No he sido yo el que ha arrancado el documento, sino Sun Wu-Kung, que ha tenido, además, la ocurrencia de pegármelo en el pecho, sin que yo me diera cuenta. Si queréis llegar hasta el fondo de este lamentable asunto, por fuerza tendréis que interrogarle a él.
- ¿Se puede saber de qué estás hablando?  - gritó la gente, encarándose con él -. Nosotros no somos de esos que dejan una campana ya hecha, para ir a tañer otra a medio fundir. ¡Fuiste tú el que arrancó la proclama! ¿Por qué quieres que detengamos a ese otro, al que ni siquiera conocemos? Te guste o no, vas a venir con nosotros a ver a nuestro señor - y, sin detenerse a pensar en más, empezaron a empujarle y a tirar de él.
El Idiota no se movió del sitio. Parecía como si hubiera echado raíces en la tierra. Ni entre doce fornidos campesinos pudieron arrancarle de aquel lugar.
- ¿Es que no tenéis otra cosa mejor que hacer? - se burló Ba-Chie -. Os advierto que, si no dejáis de empujarme, vais a hacerme sacar el genio y entonces no respondo de lo que ocurra.
Lejos de aplacar a la multitud, esas palabras la enfurecieron aún más y redoblaron sus ataques contra el infortunado Ba-Chie. Entre los menos exaltados se encontraban dos eunucos entrados ya en años,  dijeron:
- Aunque te parezca extraño, tu cara y tu voz nos resultan muy conocidos. ¿Quieres decirnos de dónde eres y por qué tienes la cabeza tan dura?
- Todos procedemos de las Tierras del Este - contestó Ba-Chie y nos dirigimos hacia el Paraíso Occidental en busca de escrituras sagradas. Nuestro preceptor es Maestro de la Ley y ha efectuado un pacto de hermandad con el Emperador de los Tang. Ahora mismo se encuentra en el palacio del hombre que rige los destinos de este reino, solicitando que nos sea sellado nuestro documento de viaje. El hecho de que esté ahora aquí obedece a que nos faltaban algunas cosillas para la comida y salí a comprarlas, acompañado por mí hermano mayor. Al ver la cantidad de gente agolpada alrededor de la torre de vigilancia, mi hermano me aconsejó que me quedara aquí. No sé lo que pasó después, pero estoy seguro de que levantó un remolino de viento, arrancó la proclama y me la pegó en el pecho, sin que yo me diera cuenta.
- No hace ni una hora he visto entrar en el palacio a un monje de aspecto saludable y con la cara muy blanca - comentó uno de los eunucos -. Supongo que sería tu maestro.
- Así es - se apresuró a confirmar Ba-Chie.
- ¿Adonde ha ido tu hermano mayor? - volvió a preguntar el otro eunuco.
- En total somos cuatro - explicó Ba-Chie -. Como acabo de deciros, el maestro ha ido a sellar el documento de viaje. Los otros tres nos hemos quedado en el Pabellón de Traductores cuidando del caballo y el equipaje. Supongo que, después de haberme gastado esta broma, mi hermano habrá regresado a la mansión de la que salimos.
- ¡Dejad de molestarle! - ordenaron los eunucos a los guardias imperiales -. Vayamos con él a la mansión de los dignatarios extranjeros y descubramos si es verdad cuanto acaba de contarnos.
- ¡Vaya! - exclamó Ba-Chie, más aliviado -. Menos mal que estas dos señoras son más comprensivas que todos los demás.
- ¡Este monje no tiene respeto por nada! - exclamaron los guardias, furiosos -. ¿No te da vergüenza llamar señoras a dos personas tan respetables? Al fin y al cabo, podías haberlos llamado padres, ¿no?.
- Vosotros sois los que no sabéis detrás de qué os andáis - exclamó Ba-Chie en tono burlón -. ¿No os parece más apropiado llamarlos señoras que padres? Que yo sepa, los eunucos no tienen hijos.
- ¡Dejad de discutir a lo bobo e id a buscar cuanto antes a su hermano mayor! - gritó el gentío, que superaba con mucho las quinientas personas.
Juntos se dirigieron hacia el pabellón, entre una barahúnda de voces y gritos. Al llegar a su destino, Ba-Chie se detuvo en seco y les advirtió:
- Esperad aquí y no montéis tanto alboroto. Mi hermano no es tan tranquilo como yo. Tiene un carácter muy irascible. Así que, en cuanto le veáis, lo mejor que podéis hacer es saludarle con respeto y dirigiros a él con el nombre de Honorable Sun. Sólo entonces lograréis, no digo ya convencerle, sino simplemente hablar con él.
- Si tu hermano mayor es capaz de sanar a nuestro rey - dijeron los eunucos -, heredará la mitad del reino y entonces todo el mundo se mostrará respetuoso con él.
Sin hacer caso de lo que acababa de decir Ba-Chie, el gentío se quedó, alborotando, a la puerta, mientras los eunucos y los guardias reales entraban en silencio en el pabellón. En aquel momento el Peregrino estaba contando al Bonzo Sha la broma que acababa de gastar al Idiota y sus risotadas resonaban por todo el palacio. Ba-Chie se arrojó sobre él, furioso, y, agarrándole de la ropa, gritó:
- ¡Qué poca vergüenza la tuya! Primero me engañas con eso de los tallarines, las tortas y los panecillos y después levantas un huracán para arrancar la proclama real y pegármela sobre el pecho. ¿Te parece bonito lo que has hecho? ¡Ésa no es la forma de tratar a un hermano!
- ¡Creo que te perdiste y terminaste donde no querías! - contestó el Peregrino, sin poder contener la risa -. Después de comprar lo que necesitábamos, pasé por la torre y no te vi, así que regresé a toda prisa. ¿Cómo puedes acusarme de arrancar yo qué sé qué proclamas?
- No te hagas el tonto - le aconsejó Ba-Chie -. Los guardias encargados de protegerla están aquí.
No había acabado de decirlo, cuando se presentaron los militares y los eunucos, que dijeron, después de inclinarse respetuosamente ante él:
- Honorable Sun, no sabéis la suerte que tiene nuestro señor, al contar con vuestra presencia, pues está claro que es el Cielo el que os ha enviado. Tened, pues, la amabilidad de acompañarnos hasta el palacio, con el fin de aplicar a nuestro soberano vuestros profundos conocimientos médicos y devolverle la salud. Sabed que, si lo conseguís, recibiréis la mitad de todo este reino.
El Peregrino adoptó una actitud más seria y, tomando en sus manos el escrito real, preguntó:
- ¿Sois vosotros los encargados de custodiar esta proclama?
- En efecto - contestaron los eunucos, echándose rostro en tierra y golpeando repetidamente el suelo con la frente -. Vuestros humildes servidores pertenecen al Departamento de Protocolo, mientras que éstos que nos acompañan son miembros de la guardia personal del emperador.
-  Reconozco  que  fui  yo  quien  arrancó  esta  proclama  que  convoca  a  los  mejores médicos del mundo - admitió el Peregrino -. Lo hice con el propósito de que mi hermano os condujera hasta aquí. No niego que vuestro señor se encuentre enfermo, pero, como muy bien afirma el proverbio, "nadie estima las medicinas baratas ni estima a los médicos que no ha ido a buscar". Regresad al palacio y, si quiere que le cure, que venga a pedírmelo personalmente. Si lo hace, os garantizo que, con sólo extender la mano, quedará completamente sano.
Al oírlo, todos los eunucos se quedaron estupefactos.
- Una afirmación como ésa sólo puede ser realizada por quien realmente conoce lo que se trae entre manos - dijo uno de los guardias del palacio -. Mientras la mitad va a informar al rey de lo ocurrido, el resto nos quedaremos aquí, para que nadie se eche atrás sobre lo que acabamos de acordar.
Cuatro de los eunucos y seis de los guardias se dirigieron hacia el palacio. Sin esperar a ser anunciados, se echaron de hinojos ante las escaleras de jade y dijeron:
- ¡Os felicitamos, señor, por la enorme ventura que está a punto de descender sobre vos!
El rey había acabado de comer y se encontraba charlando con Tripitaka. Al oír tan inesperada felicitación, levantó la cabeza y les preguntó:
- ¿Se puede saber de qué estáis hablando?
- Esta misma mañana vuestros humildes servidores - contestó uno de los eunucos - corrimos a hacer pública vuestra convocatoria de médicos capaces y dignos. Cuando estábamos pegándola en la torre de vigilancia, tuvimos la enorme fortuna de toparnos con el Sabio Sun, un monje procedente de las lejanas Tierras del Este, que se encuentra de camino en busca de escrituras sagradas. Actualmente reside en e Pabellón de los Traductores y exige que, a cambio de devolveros la salud, vayáis a pedirle personalmente que os cure. Nos ha garantizado que, con sólo pasaros la mano por el cuerpo, os veréis libre de vuestra enfermedad.
El rey dio un salto de alegría y, volviéndose hacia el monje Tang, le preguntó:
- ¿Cuántos discípulos tenéis, Maestro de la Ley?
- Tres, señor - respondió Tripitaka, juntando respetuosamente las manos a la altura del pecho.
- ¿Cuál de ellos posee conocimientos médicos? - volvió a preguntar el rey.
- A decir verdad - contestó Tripitaka -, todos ellos son gente ordinaria sin ningún tipo de formación. Todo cuanto saben hacer es tirar de las riendas del caballo, cargar con el equipaje, vadear cursos de agua y conducir a este pobre monje a través de las montañas. A veces, cuando atravesamos alguna comarca peligrosa, consiguen dominar demonios y monstruos y hasta domar dragones y tigres. Eso es todo. Que yo sepa, ninguno de ellos tiene la menor idea sobre medicina.
- ¿Cómo podéis ser tan modesto, Maestro de la Ley? - exclamó el rey, admirado -. Ha sido un designio del Cielo que hayáis entrado en mis territorios el mismo día que he concedido audiencia pública. Si, como decís, ninguno de ellos posee conocimientos médicos, ¿cómo explicáis que hayan arrancado mi proclama y exijan que vaya a entrevistarme con ellos personalmente?
Sin esperar su respuesta, dictó la siguiente orden:
- Que los funcionarios, tanto civiles como militares, de mayor rango vayan a rogar en mi nombre al Sabio Sun que acuda a la corte y sane mi enfermedad. Bien me gustaría ir a  pedírselo  personalmente, pero mi cuerpo está tan debilitado y mis fuerzas tan agotadas, que no puedo salir del palacio. Es mi deseo que le tratéis con la mayor cortesía y en todo momento os dirijáis a él con el respetuoso nombre de Honorable Sun. Saludadle con el ceremonial que sólo se reserva para los monarcas.
Sin pérdida de tiempo todos los funcionarios imperiales se dirigieron al Pabellón de los Traductores,  acompañados  por  los  eunucos  y  los  guardias  del  palacio.  En  cuanto llegaron a la mansión de los dignatarios extranjeros, se pusieron en filas, siguiendo escrupulosamente el orden que les dictaba su rango, y presentaron sus respetos al Peregrino. Desconcertado, Ba-Chie corrió al interior del palacio, mientras el Bonzo Sha salía a uno de los patios y se pegaba literalmente a la pared. El Gran Sabio permaneció, impasible, en el centro del salón.
- ¡Maldito mono! - gritó Ba-Chie para sí, cuando hubo recuperado el aplomo -. ¿Cómo es posible que no devuelva el saludo a tan ilustres y tantos funcionarios? Está visto que los humos se le han subido a la cabeza, si no, ¿cómo se explica que ni siquiera se levante del sitio?
Una vez concluida la ceremonia, los funcionarios formaron en dos filas y presentaron al Peregrino el siguiente informe:
- Permitidnos comunicaros, Honorable Sun, que somos los funcionarios de mayor confianza del soberano del Reino Morado, el cual nos ha encargado que os presentemos sus respetos y os pidamos que vengáis con nosotros a la corte, con el fin de que podáis curarle.
- ¿Por qué no ha venido a hacerlo él  personalmente? - preguntó el Peregrino, poniéndose finalmente de pie.
- Porque se encuentra tan débil, que ni fuerzas tiene ya para cabalgar o montar en su carroza - contestó uno de los funcionarios -. Por eso, precisamente, nos ha pedido a sus más directos colaboradores que vengamos a rendiros los honores reservados a los monarcas.
- En ese caso - concluyó el Peregrino -, os seguiré con mucho gusto.
Los funcionarios se dividieron, entonces, en grupos, guardando escrupulosamente su rango y posición, e iniciaron su vuelta al palacio. El Peregrino los siguió con paso lento, no sin antes haberse arreglado las ropas.
- ¿En qué lío piensas meternos ahora? - preguntó Ba-Chie, preocupado.
- En ninguno - contestó el Peregrino -. Sólo quiero que os quedéis aquí y recibáis las medicinas.
- ¿Qué medicinas? - exclamó el Bonzo Sha.
- Las que van a enviarnos dentro de poco - respondió el Peregrino -. Cogedlas sin rechistar y guardadlas hasta que venga a por ellas.
Los dos hicieron un gesto con la mano y regresaron al interior del pabellón, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del Peregrino, que, en cuanto llegó a la corte, acompañado de todos aquellos soldados y funcionarios, fue conducido inmediatamente a presencia del rey. La cortina de perlas no tardó en levantarse y, abriendo sus ojos de fénix, su majestad escrutó a todos los recién llegados con sus pupilas de dragón y preguntó con su boca de oro:
- ¿Quién de vosotros es el Sabio Sun?
- El viejo Mono que tenéis ante vos - contestó el Peregrino, dando un paso hacia delante.
Al escuchar su voz, ronca como la de un espíritu, y ver su aspecto inconfundible de dios del trueno, el rey se llevó tal susto, que por poco no se cae de su trono. Afortunadamente sus esposas y concubinas lograron agarrarle a tiempo y le condujeron a toda prisa a las habitaciones interiores. Su majestad estaba tan alterado, que lo único que podía decir era:
- ¡Qué susto más horrible! ¡Qué susto!
- ¿Cómo ha podido este monje dar muestras de tan poco respeto? - comentaron entre sí los funcionarios, escandalizados -. Es inconcebible que, además de arrancar la proclama, haya asustado de tal forma a nuestro monarca.
- No sabéis ni lo que decís - los reconvino el Peregrino, volviendo hacia ellos su rostro sonriente -. Si es así como tratáis a la gente, os aseguro que vuestro rey seguirá enfermo otros mil años más por lo menos.
- ¡Está completamente loco! - exclamaron los funcionarios, a coro -. ¿Cómo va a continuar gozando de mala salud durante otros mil años, si la vida de un hombre no llega a tanto?
- Vuestro rey es ahora una persona enferma - contestó el Peregrino -, pero, cuando muera, se convertirá en un espíritu enfermizo y lo seguirá estando en la próxima reencarnación. ¿Os convencéis ahora de que es verdad lo que os decía?
- ¡Qué mono más maleducado! - volvieron a exclamar los funcionarios, más irritados todavía -. ¿Cómo te atreves a decir tantas tonterías sobre una persona de tanta importancia como nuestro señor?
- ¿Quién ha dicho que son tonterías? - repitió el Peregrino, soltando la carcajada -. Escuchad lo que voy a deciros: no existe arte más difícil que el del que practica la medicina. Debe poseer, en efecto, una mente rápida y un sentido muy fino de la valoración. Hay cuatro cualidades que le son imprescindibles para el desarrollo de su profesión: ha de saber calibrar, poseer un oído muy fino, conocer las preguntas adecuadas e interpretar los datos observados. Si le falta una sola de ellas, su actuación se verá condenada al fracaso. Los que nos dedicamos a la práctica de la medicina debemos, en efecto, comprender de un solo vistazo la complexión del paciente; si es gordo o delgado, si posee una piel seca o húmeda, si duerme bien o no. Se nos exige, igualmente, deducir su estado de ánimo, tanto por lo que dice como por el tono en el que lo dice. Es preciso también que averigüemos las causas y la duración exacta de la enfermedad, teniendo en cuenta lo que bebe, lo que come y la forma como lo elimina. Tenemos, por último, que calibrar el estado de sus conductos por el tipo de pulso que presente, bien sea superficial, profundo, interior o exterior [7]. Sin esas cuatro cualidades, pues, es prácticamente imposible librar a nadie de la enfermedad que le aqueje.
Entre los funcionarios se encontraba el médico imperial, el cual exclamó, admirado, al oír semejante disertación:
- Lo que acaba de decir ese monje es absolutamente verdad. Incluso los inmortales, cuando examinan a algún paciente, se ven obligados a calibrar, a escuchar con atención, a preguntar adecuadamente y a interpretar los datos observados. En la posesión de esas cuatro cualidades se basa precisamente la superioridad que los dioses y sabios tienen sobre el resto de los mortales.
Esas palabras bastaron para convencer al resto de los funcionarios de que el Peregrino no era un vulgar charlatán. Esperanzados, enviaron al rey el siguiente mensaje:
- Antes de determinar la naturaleza de la enfermedad y de recetar el remedio adecuado, el maestro desearía aplicar los principios de la calibración, la escucha, la pregunta y la interpretación.
El rey yacía en su lecho, tan agotado, que sólo pudo susurrar:
- Ordenadle que se vaya. No soporto ver a mí alrededor ninguna cara desconocida. Desalentado, el funcionario que le había llevado la noticia regreso con la cabeza gacha y anunció al Peregrino:
- Nuestro señor os ordena salir inmediatamente del palacio, ya que no aguanta ver cerca de él ningún rostro desconocido.
- En ese caso - concluyó el Peregrino -, tendré que recurrir a la técnica del hilo estirado para poder tomarle el pulso.
- Todos hemos oído hablar de esa técnica, pero nunca se la hemos visto practicar a nadie - comentaron, asombrados, entre sí los funcionarios -. Es preciso que se lo comuniquemos cuanto antes a su majestad.
El encargado de transmitir los mensajes volvió a entrar en las habitaciones interiores y dijo:
- Señor, puesto que no deseáis ver al maestro, éste solicita poder tomaros el pulso con unos hilos de oro.
- Llevo tres años enfermo y en todo este tiempo nadie ha usado una técnica tan sorprendente - se dijo el emperador -. Está bien - añadió en voz alta -, hacedle pasar.
El funcionario regresó junto al Peregrino y le comunicó:
- Nuestro soberano os concede permiso para que le toméis el pulso, aplicando la técnica del hilo estirado. Es preciso, pues, Honorable Sun, que paséis a los aposentos privados de su majestad.
El Peregrino se puso en seguida en camino. Al poco rato se encontró con el monje Tang, que le regañó, diciendo:
- ¡Maldito mono! ¿Te das cuenta de la situación tan comprometida en la que me has puesto?
- ¿Cómo podéis decir eso? - contestó el Peregrino, sonriendo -. Es ahora cuando todo el mundo está más pendiente de vos.
- ¿Quieres decirme a cuántos has curado durante todos estos años que llevas conmigo? - preguntó Tripitaka, cada vez más excitado -. Desconoces el nombre de las medicinas y,  que  yo  sepa,  jamás  te  he  visto  leyendo  un  libro  sobre  temas  curativos.  ¿No comprendes que con tu temeridad vas a terminar trayendo la desgracia sobre nuestras cabezas?
- Se ve que no estáis enterado de los conocimientos que poseo - respondió el Peregrino, sin dejar de sonreír -. Aunque no lo creáis, conozco ciertas hierbas que pueden curar las enfermedades más graves. Supongamos, de todas formas, que mi remedio no surte el menor efecto y el rey termina muriendo. De lo más que me pueden acusar es de incompetencia, no de asesinato. Hasta ahora a nadie se ha ejecutado por eso, ¿no? ¿A qué vienen, entonces, tantas preocupaciones? Tranquilizaos y sentaos, mientras pruebo mi tino a la hora de tomar el pulso a su majestad.
- ¿Pero es que realmente conoces el contenido de libros como Las preguntas sencillas, El clásico de los problemas médicos, Las farmacopeas y Los géneros del pulso? [8] ¿Has leído algunos de los comentarios que con respecto a ellos se han hecho? ¿Cómo te atreves, entonces, a hablar de técnicas tan complicadas como la del hilo estirado?
- No os preocupéis - insistió el Peregrino -. Siempre llevo conmigo unos cuantos hilos de oro. Ya veréis como todo saldrá bien.
Se arrancó tres pelos de la cola y exclamó:
- ¡Transformaos! - y al instante se convirtieron en tres hilos de veinticuatro nudos de largo, número que correspondía perfectamente al de los períodos solares. Sin dejar de sonreír, se los enseñó al maestro y le preguntó:
- ¿Qué os parecen mis hilos de oro?
- Si no les importa - dijo uno de los eunucos -, sería de desear que pusieran fin a su conversación y entraran a tomar el pulso a su majestad.
El Peregrino se despidió del monje Tang y entró en los aposentos reales, acompañado por el funcionario que había ido a buscarle. Se cumplió, así, el dicho de que "las fórmulas secretas de la mente son capaces de sanar a todo un reino, de la misma forma que los remedios interiores poseen la virtud de prolongar indefinidamente la vida". Desconocemos, de momento, si el Peregrino supo identificar la dolencia que aquejaba al rey o si encontró el remedio adecuado para la misma. El que desee enterarse de lo que sucedió tendrá que escuchar atentamente las explicaciones que se brindan en el capítulo siguiente.

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[1]Expresión usada para designar a los médicos que sobresalían en el ejercicio de su arte, cuyo origen, según recoge el Tsuo-chuan, se remonta a un comentario hecho por Kao-Chiang, señor de Chi.

[2]El Pabellón de Traductores, o «Huei-tung Kuan», dependía directamente del ministerio de la guerra y, como se deduce de la propia narración, se trataba de un lugar de residencia para los emisarios extranjeros.

[3]Yü, que empezó a reinar hacia el año 2205 a.C, fue el fundador de la dinastía Hsia, mientras que Cheng-Tang, que subió al trono alrededor del año 1766 a.C, fue el iniciador de la dinastía Shang.

[4]E1 rey Chang (1116-1080 a.C.) y su tío el duque de Chou, que vivieron en tiempos de la mítica dinastía del mismo nombre.

[5]Antiguamente el distrito de Bei, en la provincia de Kiangsu, formaba parte del reino de Lu, de donde era originario Liou-Pang, el hombre que se rebeló contra Chi y fundó la dinastía Han.

[6]Sz-Ma era el apellido de la familia que instauró la dinastía Tsin-wen el año 265.

[7]«Chen» (profundo), «fu» (superficial), «piao» (interior) y «li» (exterior) son cuatro de los muchos términos de los que se valía la medicina china para catalogar el pulso de una persona y, de esa forma, determinar su estado general de salud.

[8]Libros clásicos de la medicina tradicional china. El primero fue escrito durante la dinastía Han y se atribuye a Pien-Chiao (255 a.C). El segundo es probablemente una obra de Li Shr-Chen, de la dinastía Ming. Por lo que respecta al último, puede tratarse bien de un texto de la dinastía Sung, bien de una recopilación efectuada en el siglo IX por Wang Shu-He.