Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

Chu Ba-Chie ayuda a derrotar al Rey Toro. Por tercera vez el Peregrino se ve obligado a ir en busca del Abanico de Hojas de Palma.


Decíamos que el Rey Toro salió en persecución del Gran Sabio, Cuando le vio con el abanico de hojas de palma a la espalda surcando alegremente los cielos, se dijo, impresionado:
- Ese mono es tan inteligente que ha conseguido, incluso, averiguar cómo funciona el abanico. Es claro que, si le exijo que me lo devuelva, se negará de plano a hacerlo.  Además,  si  se  le  ocurre  abanicarme  con  él,  puede  mandarme  a  más  de trescientos mil kilómetros de aquí. Eso le dejaría totalmente libre el camino. He oído decir que, aparte de él, viajan con el monje Tang el espíritu del Río de la Corriente de Arena y un Cerdo que, en su tiempo, alcanzó la perfección. Los conozco bien, porque coincidimos más de una vez en un banquete. Creo que lo mejor es que me haga pasar por ese cerdo y trate de engañar al mono. Parece tan satisfecho del triunfo obtenido, que estoy seguro de que habrá dejado a un lado la prudencia con la que normalmente se comporta.
El Rey Toro dominaba a la perfección el arte de las setenta y dos metamorfosis y sus habilidades marciales no tenían nada que envidiar a las del Gran Sabio, aunque su cuerpo era mucho más pesado y, por consiguiente, menos ágil. Puso a un lado las espadas, recitó un conjuro y, tras sacudir ligeramente el cuerpo, se convirtió en la copia exacta de Ba-Chie. Dando un rodeo, salió al camino principal. De esa forma, pudo encontrarse cara a cara con el Gran Sabio, al que saludó, agitando los brazos y gritando:
- ¡Eh, eh! ¡Estoy aquí!
El Gran Sabio se alegró mucho de verle. Con razón decían los antiguos que "el gato vencedor se cree que es un tigre". Tan embebido estaba en la facilidad de su triunfo, que no se fijó para nada en el aspecto que ofrecía la persona que se acercaba corriendo hacia él. Le bastó que se pareciera a Ba-Chie, para dar por sentado que se trataba de él.
- ¿Se puede saber adonde vas? - le preguntó, sonriendo.
- Al ver que tardabas tanto tiempo en volver - contestó el Rey Toro -, el maestro temió que no pudieras derrotar tú solo a ese demonio y me pidió que fuera a ayudarte. Ya sabes lo ansioso que está por obtener ese tesoro.
- No hay que preocuparse ya de nada - contestó el Peregrino, acentuando el brillo de su sonrisa -. Acabo de hacerme con él.
- ¡De verdad! - exclamó el Rey Toro, ilusionado -. ¿Cómo lo has conseguido?
- Más de cien veces cruzamos el Rey Toro y yo nuestras armas, pero ninguno de los dos conseguimos una diferencia apreciable - explicó el Peregrino, orgulloso -. Cuando más encarnizada era la lucha, me dejó plantado y se fue al Lago de la Ola Verdosa, en la Montaña de las Rocas Esparcidas, a asistir a un banquete en el palacio de los dragones. Le seguí hasta allí y, convirtíéndome en un cangrejo, conseguí robarle la criatura de ojos dorados que le sirve de cabalgadura. Con ella no me costó engañar a la Diablesa de la Caverna de la Hoja de Palma. Hice tan bien el papel de Rey Toro, que la mujer se empeñó en acostarse conmigo. Yo le seguí la corriente; pero, cuando logré hacerme con el abanico, la dejé plantada y me vine para acá.
- Después de tantas fatigas debes de estar muy cansado - dijo el Rey Toro -. Si quieres, te puedo llevar el abanico. Parece un poco grande, ¿no?
Ni siquiera entonces se preocupó el Gran Sabio de comprobar la identidad del que le hablaba. Estaba tan seguro de que ya nada podía salirle mal, que entregó de buena gana el abanico al Rey Toro. Éste, por supuesto, sabía hacerlo crecer o encoger, según quisiera. Recitó un conjuro y al instante se redujo hasta alcanzar el tamaño de una hoja diminuta de almendro. Recobró entonces el rey la figura que le era habitual y gritó con desprecio:
- ¡Maldito mono! ¿Es que no me reconoces?
- ¡Qué tonto he sido! - exclamó el Peregrino, al verle, dando patadas en el suelo -. Yo, que he estado cazando gansos toda mi vida, resulta que ahora soy víctima de uno.
Estaba tan furioso, que cogió la barra de hierro y la dejó caer con fuerza sobre la cabeza del Rey Toro, pero éste se hizo a un lado y le abanicó con el tesoro que acababa de recobrar. Afortunadamente, cuando el Gran Sabio se convirtió en un pequeño grillo y se metió en el estómago de la Diablesa, se tragó sin querer la píldora del elixir para detener el viento. De esa forma, su cuerpo adquirió una fuerza increíble y su piel y sus huesos se tornaron tan pesados como una montaña. Por mucho que le abanicó el Rey Toro, no pudo moverle del sitio. Asombrado, se metió el abanico en la boca y, echando mano de sus espadas, dejó caer sobre su adversario dos tajos formidables. De esa forma, dio comienzo una batalla como pocas se han dado a lo largo del tiempo. Tanto el Gran Sabio, Sosia del Cielo, como el Rey Toro, Devastador del Mundo, desplegaron toda la fuerza que escondían en sus músculos por la simple posesión de un abanico de hojas de palma. Si el Gran Sabio se hubiera mostrado más precavido, el Rey Toro no le habría arrebatado el preciado tesoro y no estarían ahora luchando. Tanto la barra de los extremos de oro como la espada de las hojas azuladas caían inmisericordes, una y otra vez,  sobre  el  cuerpo  de  su  adversario.  Los  dos  contendientes  se  movían  con  tal seguridad, que levantaban polvaredas de nubes de colores y rayos brillantes. Los resuellos y soplidos que arrancaba de sus cuerpos el esfuerzo se entremezclaban con el rechinar de dientes de su furia. Aquélla era una prueba de fuerza entre dos enemigos mortales. Las pocas veces que tocaban el suelo levantaban nubes de rocas y arena que oscurecían la Tierra y el Cielo y hacían temblar de espanto a los espíritus y a los dioses.
- ¿Cómo te has atrevido a arrebatarme el abanico? - preguntaba uno.
- ¿No tuviste tú acaso la osadía de yacer con mi esposa? - replicaba el otro, cada vez más furioso -. El que engaña a la mujer de otro debe morir. Ningún juez te declarará inocente, cuando le presente mi caso.
Pero las palabras no servían de nada. Tanto el inteligentísimo Sosia del Cielo como el irascible Rey Poderoso estaban decididos a acabar, como fuera, con su adversario. Por eso las espadas y la barra descargaban, sin cesar, golpe tras golpe. Un solo descuido podía conducir a cualquiera de los dos a la presencia del Rey Yama, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del monje Tang, que permanecía sentado junto al camino, acosado por la intranquilidad del calor y la sed. Su inquietud era tal, que se volvió, por fin, al espíritu de la Montaña de Fuego y le preguntó:
- ¿Es muy poderoso ese Rey Toro del que hablabais?
- Posee una fuerza increíble y su magia no tiene nada que envidiar a la del Gran Sabio - contestó el espíritu de la montaña -. Son, de hecho, dos rivales muy igualados.
- Wu-Kung es un caminante incansable - continuó diciendo el monje Tang, intranquilo -. Normalmente recorre cinco mil kilómetros en un abrir y cerrar de ojos. ¿Cómo es que lleva sin aparecer un día entero? ¡Por fuerza tiene que estar luchando con ese Rey Toro! ¿Quién de vosotros quiere ir a buscarle? - preguntó volviéndose hacia Wu-Neng y Wu- Ching -, Si está peleando, lo mejor es que le ayudéis, así podremos conseguir cuanto antes ese dichoso abanico. Me muero de ansias por cruzar, de una vez, esa montaña y proseguir nuestro camino.
- Se está haciendo tarde - contestó Ba-Chie -. Creo que voy a ir yo. El problema es que no sé cómo llegar a la Montaña de la Provisión de Truenos.
- No os preocupéis por eso - le tranquilizó el espíritu de la montaña -. Conozco bien el camino. Os acompañaré con mucho gusto, si el Capitán Encargado-de-levantar-la- cortina accede a quedarse con el maestro.
- No sé cómo agradeceros todas las molestias que os estáis tomando conmigo - dijo Tripitaka, más animado -. Os recompensaré convenientemente, cuando haya alcanzado el pago a mis méritos.
Antes de elevarse hacia las nubes y de dirigirse en dirección este, acompañado por el espíritu de la montaña, se ajustó bien la camisa de seda negra y se puso el rastrillo a la espalda. Apenas habían empezado a volar, cuando oyeron unos gritos terribles y el bramar de un viento extremadamente fuerte. Detuvieron al punto la nube en la que viajaban y vieron al Peregrino y al Rey Toro enzarzados en una formidable batalla.
- ¡Vamos, señor! - exclamó el espíritu de la montaña, muy excitado -. ¿A qué esperáis para ir a ayudarle?
El Idiota agarró con fuerza el rastrillo y gritó con todas sus fuerzas:
- ¡En, hermano, estoy aquí!
- Siempre me estropeas todo lo que hago - dijo el Peregrino con desprecio -. ¿Quieres decirme por qué has tenido que salir a mi encuentro?
- Me lo pidió el maestro - contestó Ba-Chie -, pero, como no sabía el camino, el espíritu de la montaña se ofreció a hacerme de guía. Por cierto, ¿por qué has dicho eso de que siempre te estropeo todo lo que haces?
- No lo he dicho por ti, sino por este maldito toro - contestó el Peregrino -. Después de arrebatar el abanico a la Diablesa, tuvo la desfachatez de hacerse pasar por ti, diciendo, como has hecho ahora, que venías a buscarme. Al verle, me puse tan contento, que hasta le entregué el abanico. Recobró, entonces, la forma que le es habitual y empezamos a luchar. Eso es lo que quería decir con eso de que siempre me estropeas todo lo que hago.
- ¡Maldita bestia! - bramó el Idiota, fuera de sí -. ¿Cómo te atreves a hacerte pasar por mí y a engañar a mi hermano, poniendo en peligro el cariño que nos une? - y se lanzó a la refriega, descargando una lluvia de golpes furiosos sobre el Rey Toro, que, al llevar luchando con el Peregrino casi un día entero, tenía ya muy mermadas las fuerzas.
Al ver la fiereza con que le atacaba Ba-Chie, comprendió que no podía seguir conservando su campo y se dio a la huida. El espíritu de la montaña le salió, entonces, al encuentro, tratando de cortarle la retirada con un destacamento de fantasmas.
- Es mejor que no huyáis - le gritó con voz marcial -. Ningún dios se opondría a que el monje Tang cruce su territorio camino del Paraíso Occidental en busca de las escrituras, porque todo el mundo sabe que goza de los favores del Cielo. Las Tres Regiones están al tanto de su empresa y eso le ha granjeado el apoyo de cuantos moran en cada uno de los puntos cardinales. ¿Por qué os empeñáis en no prestarle vuestro abanico para apagar las  llamas  y  permitirle  seguir  adelante?  ¿No  comprendéis  que  el  Cielo  puede encontraros culpable y decretar vuestro ajusticiamiento?
- No sabes lo que dices - contestó el Rey Toro -. Ese mono maldito ha deshonrado a mi hijo, ha insultado a mi esposa segunda y ha engañado miserablemente a mi mujer. Le odio con tal intensidad, que no dudaría en arrancarle la piel y tirar su carne a los perros. ¿Cómo quieres que le preste mi preciado tesoro? ¿Es que no te parecen suficientes las ofensas que ha lanzado contra mí?
No había acabado de decirlo, cuando Ba-Chie se le echó encima, gritando:
- ¡Toro embustero, saca inmediatamente el abanico, si no quieres que ahora mismo acabe con tu vida!
El Rey Toro no tuvo más remedio que volverse contra Ba-Chie, blandiendo sus dos espadas,  mientras  el Gran Sabio se aprestaba a dar toda la ayuda posible  a  su compañero. Dio, así, comienzo una batalla más terrible que la anterior. No en balde en ella se enfrentaron un cerdo-espíritu, un toro-demonio y un mono que sumió en un caos los Cielos. La razón de la lucha era, sin embargo, mucho más profunda, porque los cultivadores del Zen deben estar sometidos de continuo a un proceso de refinamiento en la gran retorta del mundo. Sólo con el esfuerzo es posible llegar a fundirse con la causa primera. Eso explica que las nueve puntas afiladas del rastrillo buscaran los rápidos tajos de las espadas de doble filo, ayudadas por la fortaleza de la barra de hierro y los gritos de ánimo del dios de la tierra. Todos ellos eran conscientes de que no existía otra manera de conseguir el elixir. Por eso guerreaban con tanto empeño, dando lo mejor de sí. Quien consiga poner el yugo al toro y arar con él los campos verá aumentar sus caudales de oro. El que, por el contrario, meta al cerdo en un horno sentirá cómo, poco a poco, va perdiendo fuerza la vitalidad de su respiración. ¿Cómo va a alcanzarse la perfección del Tao, cuando la mente se ha diluido en la nada? Para proteger el propio espíritu es preciso mantener al mono bajo control. Por estos principios ponían en peligro sus vidas los tres luchadores. El fragor de sus armas, al entrechocar, llegaba hasta los últimos rincones del cosmos, haciendo palidecer las estrellas y sumiendo la luna en una densa noche de tinieblas. Todo el universo aparecía envuelto en una neblina fría que no permitía el paso a la luz. Sacando fuerzas de flaqueza, el Rey Toro peleó con bravura, sin dejar de desplazarse hacia el sudeste. Toda la noche midió sus armas con sus adversarios, pero el resultado de la batalla permaneció tan incierto como al comienzo de la misma. Al amanecer, llegaron a las puertas de la Caverna que Toca las Nubes, en el corazón mismo de la Montaña de la Provisión de Truenos. El fragor de la batalla era tan ensordecedor, que alertó a la Princesa del Rostro de Jade, la cual ordenó a sus doncellas que salieran a ver lo que ocurría. Las muchachas regresaron a toda prisa a informarla, diciendo:
- Es el señor, que está peleando con ese tipo de la cara de dios del trueno que se presentó ayer por aquí. Lo malo es que tiene de su parte a un monje con las orejas muy grandes y un morro tan alargado como el de un cerdo. Lo sorprendente es que, a pesar de ser tan feo, pelean a su lado el espíritu de la Montaña de Fuego y todos sus secuaces. Al oír tan alarmantes noticias, la Princesa del Rostro de Jade llamó a todos sus soldados y guardianes y les ordenó que acudieran en ayuda de su esposo. Sin pérdida de tiempo, todos los espíritus capaces de empuñar las armas se dispusieron a entrar en combate. Su número superaba el centenar y, como un solo hombre, abandonaron en tropel la caverna, blandiendo sus espadas y lanzas y gritando, enfervorecidos:
- ¡La señora nos envía a ayudaros! ¡La victoria está de nuestro lado!
- ¡Bienvenidos seáis a la lucha! - exclamó el Rey Toro, visiblemente complacido.
Los espíritus no pararon en mientes y comenzaron a golpear a diestro y siniestro. La sorpresa produjo su efecto y Ba-Chie se hubo de dar a la fuga, incapaz de hacer frente a tantos adversarios a la vez. El Gran Sabio se vio obligado, igualmente, a dar su famosísimo salto para lograr escapar del cerco que habían montado a su alrededor los seguidores del Rey Toro. Los espíritus lograron una inesperada victoria y, dando gritos de júbilo, regresaron a la caverna y cerraron firmemente sus puertas, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del Peregrino, que, en  cuanto  hubo  recuperado  el  aliento,  se  volvió  hacia  Ba-Chie  y  el  espíritu  de  la montaña y les dijo:
- Ese toro es increíblemente fuerte. Ayer estuvimos luchando desde la hora de shen [1] hasta la caída de la noche y, sin embargo, no puedo decir que saliera mejor parado que él.  Es  más,  después  de  un  día  y  medio  de  batalla  sus  fuerzas  no  parecen  haber disminuido lo más mínimo, y eso que vosotros constituíais un auténtico contingente de refresco. Lo más desalentador, de todas formas, es que sus seguidores no parecen ser menos aguerridos que él. ¿Qué podemos hacer ahora que se han refugiado en la caverna y rehúsan salir?
- ¿Cómo es que, habiéndote despedido del maestro por la mañana, no empezaste a luchar contra ese monstruo hasta bien entrada la tarde? - preguntó Ba-Chie -. ¿Me quieres decir qué estuviste haciendo durante todo ese tiempo?
- Después de despedirme de vosotros - explicó el Peregrino -, vine directamente a esta montaña. Aquí me topé con una muchacha, a la que saludé y que luego resultó ser la Princesa del Rostro de Jade, su querida esposa segunda. Para descubrir dónde vivía, me vi obligado a asustarla con la barra de hierro. Su loca carrera me llevó, efectivamente, hasta la caverna en la que habitan. El Rey Toro no tardó en aparecer, fanfarrón y tan locuaz como un vendedor de remedios para el estómago. Después de luchar durante más de dos horas, se presentó alguien con una invitación para un banquete y abandonó inesperadamente  el  campo.  Le  seguí  hasta la  Montaña  de  las  Rocas  Esparcidas  y, aunque me costó cierto trabajo dar con su pista, descubrí que se había zambullido en el Lago de la Ola Verdosa. Ni corto ni perezoso, me convertí en un cangrejo, le robé la criatura de los ojos dorados y, adoptando su figura, regresé a la Caverna de la Hoja de Palma, en la Montaña de la Nube de Jade. No me costó trabajo engañar a la Diablesa, a la que logré arrebatar el abanico de hojas de palma. Es tan extraordinario que, valiéndome de ciertas fórmulas mágicas, lo hice crecer de una forma increíble. El problema fue que no supe cómo devolverlo a su tamaño natural y hube de cargar con él al hombro. Pero el Rey Toro no tardó en darme alcance, se hizo pasar por ti y me arrancó de las manos tan preciado tesoro. Eso explica que tardara tanto tiempo en volver.
- Eso es como hacer naufragar en pleno océano un barco lleno de "dou-fu" - contestó Ba-Chie -: lo que en agua viaja a la mar retorna [2]. ¿Cómo va a cruzar el maestro la montaña, si tan difícil es hacerse con ese abanico? Creo que lo mejor será regresar a su lado y tratar de encontrar otro camino.
- No os desaniméis tan pronto, por favor - les aconsejó el espíritu de la montaña -. Tratar de hallar otra ruta es tanto como renunciar a seguir la senda de la virtud que habéis iniciado. ¿Para qué abandonar esa vía de perfección después de las calamidades que habéis pasado? Como muy bien afirmaban los antiguos, "sólo existe un camino principal". ¿Cómo vais a dar, entonces, con otro? Recordad que vuestro maestro lo único que espera es que regreséis con la victoria en vuestras manos, no con otro plan en vuestros labios.
- Tienes razón - exclamó el Peregrino, animado -. ¿A qué viene esa forma de hablar, Idiota? - añadió, volviéndose hacia Ba-Chie -. El espíritu de la montaña ha dicho lo único razonable que se ha escuchado aquí en todo el día. Lo que tenemos que hacer es obligar a ese monstruo a entablar una nueva batalla con nosotros. ¿Para qué queremos todos esos poderes que poseemos? Hasta ahora apenas he hecho uso de mis habilidades metamórficas, porque no me había encontrado en todo el camino del Oeste con alguien que realmente se me pareciera. El Rey Toro y el Mono de la Mente procedemos del mismo principio  [3]. Es preciso llegar hasta él y luchar con una entrega total para recuperar ese abanico. Sólo él es capaz de apagar las llamas. Eso lanzará un puente entre las dos orillas del vacío y podremos proseguir nuestra marcha al encuentro de Buda. En cuando hayamos logrado ver su rostro cara a cara, alcanzaremos la felicidad suprema y nos sentaremos con él a la mesa. ¿Te imaginas las delicias que se servirán en ese banquete?
- ¡Venga! - exclamó Ba-Chie, enardecido por las palabras que acababa de escuchar -. ¡Vayamos cuanto antes a ver a ese Rey Toro! ¿Qué importa que se niegue a prestarnos el abanico? La madera surgió a la hora de hai [4] y está emparentada con el cerdo, el cual obligará al Toro a regresar a la tierra. El mono, por el contrario, nació a la hora de shen y por eso se muestra dócil e incapaz de hacer daño a nadie. El abanico de hojas de palma actúa como el agua, apagando el fuego y acabando con los rescoldos. Cuando eso haya ocurrido, la perfección se abrirá ante nuestros ojos. Es preciso que perseveremos en ella día y noche, si queremos alcanzar nuestro propósito y tomar parte en el banquete de Ullambana [5].
Los dos monjes se lanzaron, seguidos por el espíritu de la montaña y todos sus guerreros, contra las puertas de la Caverna que Toca las Nubes y las redujeron a añicos con el rastrillo y la barra de hierro. El soldado que montaba la guardia, corrió, aterrorizado, a informar a su señor de lo ocurrido, diciendo:
- ¡Sun Wu-Kung acaba de destrozar la puerta y se dirige hacia aquí al frente de todas sus fuerzas!
El Rey Toro estaba contando a la Princesa del Rostro de Jade cuanto había sucedido durante  su  ausencia,  cuando  se  presentó  el  soldado  con  tan  infaustas  nuevas. Enfurecido, se puso a toda prisa la armadura y salió al encuentro de los asaltantes, lanzando improperios contra el Peregrino.
- ¡Maldito mono! - gritó, cuando le tuvo delante -. ¿Quién te crees que eres, para llegarte hasta mi puerta y reducirla a añicos?
- ¡Cadáver sin ojos! - bramó, a su vez, Ba-Chie, lanzándose contra él -. ¿Quién te piensas que eres tú, para juzgar las acciones de los demás? ¡No huyas y prueba el sabor de mi rastrillo!
- ¡No creas que me meten miedo tus bravuconadas! - volvió a gritar en el mismo tono el Rey Toro -. Con quien quiero luchar es con ese mono.
- ¡Estúpido rumiante! - replicó el Gran Sabio con gesto altanero -. Ayer te consideraba mi  hermano;  hoy,  por  culpa  de  tu  obcecación,  te  has  convertido  en  mi  enemigo. ¡Prepárate, porque vas a tragarte mi barra!
Envalentonado, el Rey Toro se enfrentó a los dos a la vez. De esa forma, dio comienzo un encuentro más fiero que el del día anterior. Los tres se lanzaron al combate con la seguridad de obtener la victoria. El rastrillo y la barra desplegaron todo su poder, como generales que dirigieran la batalla desde sus sudorosos corceles. ¡Con qué arrojo les hizo frente la barra forjada del toro, cuyos poderes mágicos eran tan inabarcables como el mismo Cielo! Al entrechocar, las tres armas producían un ruido ensordecedor, que sobrecogía a todo el universo. Tan pronto desviaban golpes como los descargaban con envidiable maestría. De poco importaba el sudor, con tal de alcanzar la victoria y ver postrado a su oponente. Poco podían hacer los demás guerreros por separar a la tierra y a la madera, luchadores infatigables que avanzaban y retrocedían según el ritmo de los golpes.
- ¿Por qué te niegas a prestarnos el abanico de hojas de palma? - preguntaban unos.
- ¿Cómo tuviste la osadía de engañar a mi esposa? - replicaba el otro -. Es preciso que vengue a mi hijo, a mi segunda mujer y esta puerta de piedra, cuyas esquirlas ahora pisamos.
- Deja de hablar y cuídate del poder de mi barra - decía el primero de los monjes -. Al menor roce tu piel se hará trizas.
- No te olvides de los dientes de mi rastrillo - recalcaba el segundo -. Cada golpe es capaz de hacerte nueve heridas en la carne.,
Pero el Rey Toro no se sentía amedrentado ante tales razones. Blandía con una maestría total su barra de hierro forjado a la espera de asestar el golpe definitivo. Sus avances y retrocesos levantaban polvaredas de nubes y lluvia, acompañadas de un viento que todo lo barría. El odio espoleaba sus ansias de victoria, haciéndoles exponer, una y otra vez, sus vidas a la muerte. Su técnica guerrera no podía ser, sin embargo, más perfecta. Con increíble agilidad se cubrían tanto la espalda como el pecho y descargaban golpes capaces de hacer polvo al ser más fornido. La bravura era la misma en los dos monjes que en su único adversario. ¿Qué de extraño hay, entonces, que lucharan sin cesar desde la salida del sol hasta su ocaso? La suerte del Rey Toro estaba echada y, tarde o temprano, sería arrestado como un vulgar ladrón. Cuando llevaban peleados más de cien asaltos, Ba-Chie atacó con más encarnecimiento, seguro de que la magia del Peregrino iba a compensar su absoluta falta de prudencia. El Rey Toro sintió que las fuerzas le flaqueaban y huyó hacia el interior de la caverna. Afortunadamente, el espíritu de la montaña y sus soldados le cortaron la retirada, gritando, enfervorecidos por la cercanía de la victoria:
- ¿Adonde crees que vas, Rey Poderoso? ¿No ves que estamos nosotros aquí?
La situación del Rey Toro no podía ser más comprometida. Le estaba vedado el acceso al interior de su morada y Ba-Chie y el Peregrino le habían cerrado todas las vías que conducían al exterior. Desesperado, se despojó de la armadura y arrojó a un lado la barra de hierro forjado. Sacudió después ligeramente el cuerpo y, tras convertirse en un cisne, se elevó majestuoso por los aires. Al verlo, el Peregrino se volvió hacia Ba-Chie y le dijo:
- ¿Qué haces? ¿No ves que se escapa el Toro?
Ni el Idiota ni el espíritu de la montaña se habían percatado de lo ocurrido. Lo único que sabían era que le habían perdido de vista y estaban registrando de arriba abajo toda la Montaña de la Provisión de Truenos.
- ¿No le veis allí? - gritó el Peregrino, señalando con el dedo hacia arriba.
- ¿Te refieres a aquello? - preguntó Ba-Chie, desconcertado -. No es más que un cisne.
- ¡Qué va a ser un cisne! - exclamó el Peregrino -. ¡Es una de las metamorfosis del Rey Toro!
- ¿Qué podemos hacer? - preguntó, preocupado, el dios de la montaña.
- Entrar a en su palacio y acabar con todos sus servidores - contestó el Peregrino -. De esa forma, conseguiremos cortarle la retirada. Mientras tanto, yo trataré de capturarle, valiéndome de mis propios poderes metamórficos.
Ba-Chie y el espíritu de la montaña se dispusieron en seguida a poner en práctica su sugerencia, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, del Gran Sabio, quien, tras dejar a un lado la barra de los extremos de oro, sacudió ligeramente el cuerpo y se transformó en un buitre de Manchuria, que se elevó hacia lo alto como si fuera una flecha. Con sus poderosas alas dibujó varios círculos en el aire, antes de dejarse caer sobre el cisne con las garras apuntándole al cuello y el pico a los ojos. El Rey Toro comprendió que se trataba de una de las metamorfosis del Peregrino y, estirando cuanto pudo las alas, se convirtió en un águila de plumaje amarillento, que se volvió contra el buitre. Pero el Peregrino logró transformarse en seguida en un fénix negro, el mayor enemigo que pueda tener un águila. Sabedor de su inferioridad de condiciones, el Rey Toro tomó la figura de una garza blanca y, lanzando un graznido de triunfo, se dirigió volando hacia el sur. Durante unos segundos el Peregrino se quedó suspendido en el aire y, agitando levemente las plumas, adoptó la forma de un fénix rojizo, que dejó oír el largo lamento de su canto. Como el fénix es el rey y señor de las aves, la garza blanca no se atrevió a tocarle. Entonces extendió del todo las alas, se dejó caer en picado sobre un despeñadero y, con una ligera sacudida del cuerpo, se metamorfoseó en un ciervo, que se puso a pastar, desconfiado, entre la alta hierba que cubría la falda de la montaña. El Peregrino no tardó en reconocerle y, posándose sobre el suelo, se transformó en un tigre hambriento, que se lanzó en persecución del ciervo con el ánimo de devorarle. Asustado, el Rey Toro consiguió convertirse a tiempo en un enorme leopardo de pintas negras, que se volvió para atacar al tigre. El Peregrino giró en la dirección en la que soplaba el viento y, moviendo imperceptiblemente la cabeza, adoptó la forma de un león asiático de ojos dorados, un rugido tan sobrecogedor como el rolar de un trueno y una cabeza tan poderosa como el bronce, que se abalanzó valientemente sobre el leopardo. El Rey Toro tembló de miedo, al ver su sombra, pero logró metamorfosearse en un oso gigante, que trató de atrapar con sus enormes zarpas al león. Dejándose caer por tierra, el Peregrino tomó la figura de un elefante de piel rugosa con la trompa tan fuerte como una serpiente pitón y los colmillos tan gruesos y flexibles como un tronco de bambú. Sacudiendo con destreza la trompa, trató de agarrar al oso, pero el Rey Toro, soltando una carcajada estentórea, se manifestó tal cual era: un gigantesco toro blanco con la cabeza tan grande como una montaña escarpada y los ojos tan brillantes como rayos. Sus cuernos parecían dos alambicadas pagodas de acero y sus dientes eran como dagas extremadamente afiladas. De la testuz al rabo medía más de treinta metros y medio y su alzada superaba con mucho los tres metros.
- ¡Mono maldito! - gritó en tono triunfante -. ¿Quieres decirme cómo vas a hacerme frente ahora?
El Peregrino recobró, igualmente, la forma que le era habitual y, sacando la barra de los extremos de oro, gritó con potente voz:
- ¡Crece cuanto puedas!
Al tiempo que la barra adquiría unas proporciones increíbles, él mismo se transformó en una criatura de trescientos metros de alto, la cabeza tan grande con el Monte Tai, unos ojos tan brillantes como el sol y la luna, una boca que recordaba un estanque lleno de sangre y unos dientes que se parecían a los batientes de una puerta. Levantó la barra con fuerza y la dejó caer sobre la cabeza del toro, que esquivó el golpe con ayuda de sus acerados cuernos. La batalla que entonces dio comienzo sacudió las cordilleras y montañas y sumió en el espanto el Cielo y la Tierra. Sobre ella disponemos de un poema, que dice:

Aunque el monstruo al que debe enfrentarse el Mono de la Mente mida más de diez mil metros, el Tao sólo posee la altura de un centímetro. Quien desee apagar el fuego de la montaña debe hacerse primero con el valioso abanico del que brota el frescor de la pureza. Aunque la Bruja Amarilla se empeñe en obstaculizar los pasos del maestro, la Madera tiene el poder de hacer desaparecer a todos los monstruos. Cuando eso haya sucedido, las Cinco Fases volverán a hollar, pacíficas, la senda del bien y podrán proseguir, limpias de impurezas, el camino que conduce hacia el Oeste.

Haciendo uso de sus extraordinarios poderes mágicos, los dos monstruos se enzarzaron a media altura en una escalofriante batalla, que puso en guardia a los dioses que moran en el vacío: el Guardián de la Cabeza de Oro, los Seis Dioses de la Luz, los Seis Dioses de las Tinieblas y los Dieciocho Protectores de los Monasterios. Todos ellos acudieron, presurosos, a tomar parte en la batalla y se colocaron alrededor del Rey Toro, que no se sintió en absoluto intimidado por su presencia. Con una velocidad increíble, tan pronto miraba hacia el este como hacia el oeste, cargando una y otra vez con sus brillantes cuernos de acero. Sus pezuñas levantaban nubes de polvo que oscurecían el norte y el sur, mientras los férreos pelos de su rabo dibujaban, a derecha e izquierda, una escalofriante danza de terror.
El Gran Sabio le atacó por el frente, mientras que los demás dioses le hostigaron por los flancos. Comprendiendo que no podía resistir mucho aquella situación, el Rey Toro dio varias vueltas por el suelo y, tras tomar la forma que le era original, huyó hacia la Caverna de la Hoja de Palma. El Peregrino redujo al instante su tamaño y se lanzó tras él, seguido de cerca por los otros dioses. El Rey Toro consiguió entrar en la caverna y cerró firmemente las puertas, negándose obstinadamente a salir. Los dioses pusieron inmediatamente cerco a la Montaña de la Nube de Jade. Cuando se disponían a atacar, oyeron la ruidosa llegada de Ba-Chie, el espíritu de la montaña y sus huestes de diablillos. El Peregrino levantó la cabeza y les preguntó:
- ¿Qué ha sucedido en la Caverna que Toca las Nubes?
- He matado con mi rastrillo a la concubina de ese Rey Toro - contestó Ba-Chie, sonriendo -. Al despojarla de todos sus abalorios, vimos que se trataba, en realidad, de una zorra con el rostro blanco. Los diablillos que la servían eran burros, pollinos, vacas, percherones, tejones, zorros, ciervos, cabras, antílopes y animales por el estilo. Hemos acabado con todos ellos y después hemos prendido fuego a la caverna. El espíritu de la montaña me informó, entonces, que tenía otra morada en este lugar. Ése es el motivo de que hayamos venido a toda prisa a arrasarla y a acabar con todos los que moran dentro de ella.
- ¡Enhorabuena, hermano! - exclamó el Peregrino, satisfecho -. Lo que has hecho encierra un gran mérito. Yo, sin embargo, no he logrado todavía doblegar a ese monstruo, aunque ejercité con él todas mis artes metamórficas. Al final, se convirtió en un toro blanco de proporciones enormes y yo hube de tomar la forma que mejor refleja el poder del Cielo y la Tierra. Al enzarzarme con él en una formidable batalla, varios dioses tuvieron la amabilidad de acudir en mi ayuda y le rodearon por todos los lados. Comprendió en seguida que no podría hacer nada contra ellos y tomó refugio en el interior de esa cueva.
- ¿Es ésa la Caverna de la Hoja de Palma? - preguntó Ba-Chie.
- Exactamente - confirmó el Peregrino -. Ahí es donde habita la Diablesa.
-  Si  es  verdad  lo  que  dices  -  concluyó  Ba-Chie  con  impaciencia  -.  ¿Por  qué  no asaltamos esa cueva y le exigimos que nos entregue el abanico? Es contraproducente dejarle recobrar las fuerzas junto al calor de su esposa.
Poniendo en tensión todos los músculos, levantó el rastrillo por encima de la cabeza y lo dejó caer con todas sus fuerzas contra la puerta. El golpe fue tan brutal, que hasta el dintel se vino abajo. Una de las doncellas que montaba la guardia corrió a informar de lo sucedido, diciendo:
- ¡Alguien acaba de derribar las puertas!
El Rey Toro no se había recuperado todavía del esfuerzo realizado. De hecho, estaba contando a la Diablesa, con la respiración totalmente alterada, cómo había arrebatado el abanico al Peregrino, cuando llegaron a sus oídos tan alarmantes noticias. La furia volvió a apoderarse de él y, sacándose el abanico de la boca, se lo entregó a su esposa. Al tomarlo en sus manos, la Diablesa se echó a llorar y dijo:
- ¿No os parece que deberíamos entregar el abanico a ese mono? Así retiraría sus tropas y no correríamos ningún peligro.
- Olvidas lo principal - respondió el Rey Toro -, porque no es por el abanico por lo que ahora guerreo, sino por el odio que me consume. Siéntate aquí, mientras voy a enfrentarme a ellos una vez más.
Volvió a ponerse la armadura y salió al encuentro de los asaltantes, blandiendo sus dos espadas. Ba-Chie estaba limpiando con su rastrillo los cascotes que obstaculizaban la entrada. Cuando el Toro le vio, se lanzó contra él, sin mediar ninguna palabra de reto. Afortunadamente, Ba-Chie logró hacerse a un lado y paró el golpe levantando a tiempo el rastrillo. En cuanto se hallaron al aire libre, se les unió el Gran Sabio con su temible barra de hierro. El Rey Toro saltó por encima de la caverna montado en un remolino de viento e hizo frente a sus perseguidores encima mismo de la Montaña de la Nube de Jade. Los dioses, el espíritu de la montaña y sus seguidores le rodearon antes de que pudiera hacer un solo movimiento más. De esa forma, dio comienzo una batalla realmente extraordinaria. La fiereza del combate era tal, que el mundo se vio envuelto en una densa capa de nubes, el cosmos quedó sumido en una espesa niebla y un viento cargado de rocas y arena sembró el terror entre todos los habitantes de la tierra. La respiración de los contendientes hacía crecer las olas, hasta dejar Pequeñas las montañas más encumbradas. No podía ser de otra forma. El odio que guiaba la mano que blandía las espadas, afiladas como dientes de lobo, era más profundo que el mismo mar. La ira se había transformado definitivamente en sed de venganza. Por alcanzar la gloria, el Gran Sabio, Sosia del Cielo, se enfrentaba ahora a quien, durante siglos, había sido uno de sus mejores amigos. Ba-Chie, por su parte, ponía lo mejor de sí mismo por hacerse cuanto antes con el abanico, mientras que los dioses hacían frente al Rey Toro con el único propósito de ver restablecido el respeto a la Ley. ¡Qué extraordinaria bravura la suya, con cuánto vigor paraba y descargaba golpes a derecha e izquierda! Todos los contendientes estaban dispuestos a mantenerse en la lucha, hasta que las aves perdieran sus alas y no pudieran volar, hasta que los peces dejaran de zambullirse en las aguas y renunciaran a la protección de sus escamas, hasta que los espíritus pusieran fin a sus quejas y el Cielo y la Tierra se desprendieran de su inmarchitable vigor, hasta que los tigres y los dragones se convirtieran en cobardes y se apagara la luz del sol. Con una temeridad increíble, el Rey Toro hizo frente a sus adversarios durante más de cincuenta ataques seguidos. Pero a partir de entonces las fuerzas comenzaron a fallarle y hubo de retirarse derrotado. En su loca huida hacia el norte se topó con el Protector Diamantino de la Difusión del Dharma, dueño de extraordinarios poderes mágicos y Señor del Acantilado del Espíritu Misterioso, en la Montaña de los Cinco Estrados, que le gritó en tono autoritario:
- ¿Adonde crees que vas, Toro? He sido enviado por Sakyamuni, el Patriarca Budista, a capturarte con estas redes cósmicas.
Apenas había acabado de decirlo, aparecieron el Gran Sabio, Ba-Chie y los otros dioses surcando el espacio a increíble velocidad. Presa del pánico, el Rey Toro se dirigió a toda prisa hacia el sur, pero fue interceptado por el Protector Diamantino de la Victoria Final, dueño de un inconmensurable poder del dharma y Señor de la Caverna del Frío Puro, en la Montaña de O-Mei, que le gritó en tono severo:
- Buda en persona me ha encargado que te capture.
El Rey Toro sintió que las piernas se negaban a obedecerle y que las fuerzas le abandonaban a ojos vista, pero, haciendo un esfuerzo supremo, consiguió escabullirse en dirección este. No tardó en ser detenido por el Protector Diamantino de la Fuerza Insuperable, un asceta mendicante procedente de la Cordillera-que-toca-el-oído, en el Monte Sumeru, que le gritó en tono de reproche:
- ¿Adonde crees que vas, Toro? He venido a arrestarte por expreso deseo de Tathagata. Sin saber adonde huir, el Rey Toro se volvió, entonces, hacia el Oeste, pero le cortó el paso el Gran Protector Diamantino Sempiterno, un inmortal indestructible originario de las Cumbres del Rayo Dorado, en el Monte Kun-Lun, que le gritó en tono despectivo:
- ¿Hacia dónde te diriges? Estoy aquí por orden personal del Honorable Buda del Monasterio del Trueno, en el Paraíso Occidental, para impedirte la huida. ¿Cómo crees que vas a escapar?
El Rey Toro ni siquiera tuvo tiempo de arrepentirse. Volvió la cabeza y vio avanzar hacia él a los guerreros budistas y a los generales celestes con las redes cósmicas extendidas. Sabía que era prácticamente imposible escabullirse de ellas, pero, al oír las voces del Peregrino y de los soldados bajo sus órdenes, se montó en una nube y trató de huir hacia arriba. Para su sorpresa, le cortaron la retirada el Devaraja Li y el Príncipe Nata, que venían acompañados del Vajrayaksa del Vientre de Pez y el General del Espíritu Poderoso.
- ¿Adonde vas tan deprisa? - le gritaron en tono marcial -. ¡Detén, de una vez, tu loca carrera! Hemos venido a capturarte por orden del Emperador de Jade.
Desesperado, sacudió ligeramente el cuerpo y volvió a convertirse en un enorme toro blanco, que trató de cornear al devaraja con sus astas de acero. Afortunadamente, éste se hizo a un lado y desvió el golpe con ayuda de su cimitarra. Al ver aparecer al Peregrino, el Príncipe Nata levantó la voz y dijo:
- Perdonad que no os saludemos con el respeto que merecéis, pero nos lo impiden estas pesadas armaduras. Ayer mi padre y yo fuimos a visitar a Tathagata y nos pidió que informáramos al Emperador de Jade de que el viaje del monje Tang había sufrido un imperdonable retraso en la Montaña de Fuego, por culpa de la tozudez del Rey Toro.
Señaló, igualmente, que os habíais encontrado con más dificultades de las previstas para arrestarle y que precisabais de toda la ayuda que pudiéramos ofreceros. Al tener noticia de lo ocurrido, el Emperador de Jade nos ordenó que nos pusiéramos a vuestro servicio con todas nuestras tropas.
- ¿Habéis trazado un plan de acción? - preguntó el Gran Sabio -. Este tipo posee unos poderes mágicos francamente extraordinarios. Ya veis en qué clase de criatura más repugnante se ha transformado.
- No os preocupéis por eso - respondió el Príncipe, sonriendo -. Si tenéis la amabilidad de mirar con atención, veréis cómo le capturo en seguida. ¡Transfórmate! - gritó a continuación y se convirtió en un ser con tres cabezas y seis brazos.
Con una agilidad increíble, saltó sobre el lomo del Toro y le asestó un tremendo tajo en el cuello con su espada de degollar monstruos. La cabeza de la bestia rodó por el suelo, como si fuera una fruta madura. El devaraja se volvió, triunfante, hacia el Peregrino con la cimitarra en alto, pero en ese mismo momento le creció al Toro una nueva cabeza. Su aspecto no podía ser más aterrador. Su boca arrojaba un vaho de color negro y de sus ojos salían rayos de un tono dorado. Sin inmutarse, Nata levantó de nuevo su espada y la cortó con la misma limpieza que a la anterior. Pero, en cuanto hubo tocado el suelo, apareció otra aún más terrorífica. Diez veces hubo de repetir el Príncipe su hazaña. A la undécima, sacó una rueda de fuego y se la colgó al Toro de un cuerno. Pronto las llamas adquirieron una intensidad propia de un objeto mágico y empezaron a cebarse en la carne de su víctima. El Toro mugió, desesperado, y comenzó a sacudir la cabeza y el rabo, tratando de librarse de aquel tormento. Para escapar del dolor, recurrió a sus poderes metamórficos, pero el Devaraja Li volvió hacia él su espejo de reflejar monstruos y no pudo transformarse en nada. Comprendiendo que no tenía escapatoria, empezó a gritar:
- ¡No me matéis! ¡Prometo que, si me perdonáis la vida, aceptaré los principios del budismo!
-  Si tu arrepentimiento es sincero - replicó el Príncipe Nata -, entréganos inmediatamente el abanico y te creeremos.
- ¡No puedo hacerlo! ¡Lo tiene mi esposa! - gritó el Toro.
Nata sacó, entonces, una cuerda de atar monstruos, se la fijó firmemente al cuello y se la pasó después por el tabique de la nariz. De esa forma, pudo manejarle fácilmente con una sola mano. A una orden del Peregrino semreagruparon los Cuatro Protectores Diamantinos, los Seis Dioses de la Luz y los Seis Dioses de las Tinieblas, los Protectores de los Monasterios, el Devaraja Li, el General del Espíritu Poderoso, Ba- Chie, el espíritu de la montaña y todas sus huestes de soldados. Juntos se dirigieron a la Caverna de la Hoja de Palma, tirando del ronzal del toro blanco, que gritó con voz lastimera al llegar:
- Si quieres seguir viéndome vivo, entrégales el abanico, por favor.
La Diablesa se quitó en seguida todas sus joyas y sus vestidos de seda. Se peinó a continuación a la manera como lo hacían las sacerdotisas taoístas y, poniéndose la túnica de una monja budista, salió de la caverna con el abanico de tres metros y medio en las manos. Al ver a los Protectores Diamantinos, a los dos devarajas y a los otros sabios, se echó rostro en tierra y empezó a golpear el suelo con la frente, diciendo:
- ¡Por lo que más queráis, perdonadnos la vida, bodhisattvas! Estamos dispuestos a entregar de buena gana el abanico a nuestro hermano Sun, para que pueda conseguir el fin que se ha propuesto.
Sin pérdida de tiempo, el Peregrino cogió el abanico y todos se dirigieron hacia el este, montados en sus nubes. Mientras tanto, Tripitaka y el Bonzo Sha esperaban impacientes el regreso del Peregrino, ora sentados junto al camino, ora dando vueltas como animales enjaulados. No se explicaban cómo podía tardar tanto en volver. De pronto, vieron aparecer en el cielo una legión de nubes brillantes, que emitían una luz cegadora. El maestro se volvió hacia Wu-Ching y le preguntó, preocupado:
- ¿Por qué vienen hacia nosotros esos guerreros celestes?
- No os preocupéis, maestro - contestó el Bonzo Sha, reconociéndolos al instante -. Son los Cuatro Protectores Diamantinos, el Guardián de la Cabeza de Oro, los Seis Dioses de la Luz, los Seis Dioses de las Tinieblas, los Protectores de los Monasterios y otros dioses más. El que viene al frente de ellos es el Príncipe Nata y ese otro que lleva un espejo es el Devaraja Li, el Portador-de-la-Pagoda. También viene nuestro hermano mayor con el abanico de hojas de palma. Un poco más allá veo a nuestro segundo hermano y al espíritu de la montaña. Todos los demás son guerreros del ejército celeste. Al oír eso, Tripitaka se puso su túnica sacerdotal y su sombrero Vairocana y dio la bienvenida a tan inesperados huéspedes, inclinando la cabeza y diciendo, respetuoso:
- ¿A qué se debe el honor de que sabios tan respetables vengan a visitar a un ser tan insignificante como yo? ¿No es el vuestro el reino de la inmortalidad?
- Somos nosotros los que deberíamos sentirnos honrados de veros, porque estáis a punto  de  poner  término  a  vuestra  alta  misión  -  respondieron  a  coro  los  Cuatro Protectores Diamantinos -. Hemos venido por orden de Buda a prestaros cuanta ayuda preciséis y a deciros que es preciso que continuéis con ahínco por la senda de la perfección y que no desfallezcáis en ningún momento.
En señal de respeto y acatamiento, Tripitaka golpeó, una vez más, el suelo con la frente. El Gran Sabio, mientras tanto, cogió el abanico y se adentró en la Montaña de Fuego. Lo agitó con fuerza una sola vez y al punto se extinguieron las llamas, quedando sólo unos cuantos rescoldos. Lo sacudió por segunda vez y se extendió por toda la región una brisa muy suave cargada de una agradable frescura. Cuando volvió a hacerlo por tercera vez, el cielo se llenó de nubes grisáceas, que dejaron caer un aluvión de agua. De todo ello disponemos de un poema, que afirma:

La Montaña de Fuego posee una longitud de más de mil quinientos kilómetros y la fama de sus llamas se extiende hasta el último rincón del orbe. Con los sentidos chamuscados nadie puede ver madurar en su interior el elixir, de la misma forma que no es posible alcanzar la perfección del Tao, cuando las tres puertas de los oídos, los ojos y la boca han perecido pasto del fuego. Es necesario, por tanto, que el abanico de hojas de palma traiga, de vez en cuando, el frescor del rocío  y  la  lluvia.  ¡Qué  afortunada  fue  la  intervención  de  los  guerreros  celestes!  Ellos consiguieron atrapar al toro y lo condujeron después ante Buda, para que no vuelva a pecar más. La perfección sólo se alcanza, cuando el agua se funde con el fuego.

Al verse libre del calor, Tripitaka sintió desvanecerse todas sus cuitas; su mente se purificó y su voluntad se serenó. Agradecidos, los cuatro caminantes reiteraron sus votos de fidelidad a los Protectores Diamantinos, que regresaron a toda prisa al lugar del que habían partido. Los Seis Dioses de la Luz y los Seis Dioses de las Tinieblas, por su parte, se elevaron hacia lo alto y se dispusieron a prestar su continua protección a los peregrinos. Todos los demás dioses retornaron a su punto de origen, menos el devaraja y el príncipe, que fueron a llevar al toro a Buda. El espíritu de la montaña casi ni se despidió de ellos. Tenía los ojos clavados en la Diablesa, que permanecía de pie a un lado con la cabeza agachada.
- ¿Se puede saber qué haces ahí? - le preguntó el Peregrino -. ¿Piensas quedarte así toda la vida?
-  Devolvedme  el  abanico,  por  favor  -  suplicó  la  Diablesa  por  toda  respuesta, postrándose de hinojos.
- ¡Maldita puta! - gritó Ba-Chie, enfurecido -. ¡Se ve que no tienes sentido de la medida! ¿No es suficiente que te hayamos perdonado la vida? ¿Crees que vamos a renunciar, así como así, a ese abanico después de lo que nos ha costado hacernos con él? Es posible que lo cambiemos más adelante por algo de comida. Lo mejor que puedes hacer es marcharte. Ya no tienes nada que hacer aquí. La lluvia lo está inundando todo.
- ¡Pero vos dijisteis que ibais a devolvérmelo, tan pronto como hubierais apagado el fuego! - protestó la Diablesa, volviéndose hacia el Gran Sabio -. Al principio no os creí, aunque ahora reconozco que es un poco tarde para lamentarse de lo ocurrido después de las terribles batallas que aquí se han dado. De todas formas, quisiera que comprendierais que, aunque aún no hemos dado todos los frutos que se esperan de nosotros, hemos hollado ya los primeros metros del camino recto. Ahora que hemos contemplado la manifestación del auténtico cuerpo en su largo peregrinaje hacia el Oeste, no podemos echarnos atrás en nuestra decisión. Os suplico, pues, que me devolváis el abanico, para que pueda empezar cuanto antes una nueva vida de perfección.
- Creo, Gran Sabio - dijo, entonces, el espíritu de la montaña -, que, puesto que esta mujer conoce el secreto de cómo apagar para siempre el fuego de esta cordillera, deberíais exigirle que lo hiciera antes de devolverle el abanico. Yo me quedaría aquí cuidando de todos sus habitantes y viviendo de las ofrendas que quisieran presentarme. De esa forma, nos haríais a todos un inmenso favor.
- ¿Crees que es posible apagar este fuego para siempre? - preguntó el Peregrino -. Cuando hablé con las gentes de por aquí, me dijeron que, cuando el fuego se apagaba, sólo podían recolectar el arroz suficiente para un año.
- Si deseáis apagar para siempre estas llamas - contestó la Diablesa -, deberéis abanicar la montaña cuarenta y nueve veces seguidas. De esa forma, jamás volverá a brotar el fuego.
Sin pérdida de tiempo, el Peregrino cogió el abanico y lo sacudió con todas sus fuerzas cuarenta y nueve veces seguidas. Al punto se produjo una lluvia torrencial que anegó toda la montaña. El fenómeno fue más extraordinario de lo que a primera vista pudiera creerse,  porque  el  agua  sólo  caía  donde  había  fuego.  Donde  no  quedaba  ningún rescoldo, seguía tan seco como un palmo de desierto. Los discípulos y el maestro permanecieron en aquel lugar hasta que el fuego quedó totalmente extinguido. Ni una sola gota de agua cayó sobre ellos. Pasaron la noche en aquel lugar y, tras ordenar el equipaje y preparar el caballo, el Peregrino entregó el abanico a la Diablesa, diciendo:
- Si no te lo devolviera, empezaría a decirse por ahí que el Mono no es un hombre de palabra. Regresa a tu morada y no vuelvas a hacer nada malo. Te perdono la vida, porque, como tú misma dijiste, has empezado a hollar ya el camino del bien.
La Diablesa cogió el abanico y, después de recitar el correspondiente conjuro, se lo metió en la boca. Para entonces apenas sobrepasaba el tamaño de una hoja de almendro. La Diablesa se despidió de los peregrinos, inclinando, agradecida, la cabeza y se retiró a meditar a un lugar apartado. Con el tiempo, también ella consiguió los frutos de la perfección y llegó a ser muy versada en el conocimiento de los sutras. Tras despedirse del espíritu de la montaña, Tripitaka, el Peregrino, Ba-Chie y el Bonzo Sha continuaron su camino con el cuerpo purificado y los pies cubiertos de una fresca sensación de humedad. Esto es lo que quiere decirse, cuando se afirma que, una vez que el agua y el fuego han adquirido su equilibrio, los contrarios se funden y surge el Tao.
No sabemos, de momento, cuándo podrán regresar los peregrinos a las Tierras del Este. Quien desee averiguarlo deberá escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el siguiente capítulo.

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[1]La hora de «shen» abarcaba de las tres a las cinco de la tarde.

[2]Para que el «dou-fu», una especie de cuajada hecha con legumbres, se mantenga fresco, es preciso conservarlo metido en agua. Eso explica el comentario de Ba-Chie.

[3]Se aprecia un componente alegórico en todo el capítulo, ya que tanto el Rey Toro como el Peregrino y Ba-Chie aparecen relacionados en los procesos alquimistas con la acción de las Cinco Fases.

[4]Como ya indicamos en la nota 7 del capítulo V, «hai» es una de las divisiones
horarias, que abarca de las nueve a las once de la noche. Está relacionada con el Cerdo y le corresponde el elemento madera. El «shen», por su parte, que se extiende de las tres a las cinco de la tarde, guarda relación con el Mono y está emparentado con el elemento metal u oro.

[5]«Ullamabana» es la fiesta budista de los difuntos. Durante su celebración se presentan toda clase de ofrendas a los espíritus, particularmente a los «pretas» o espíritus hambrientos, que ocupan el último puesto del escalafón espiritual.