Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

Las dos mentes sumen el universo en un desorden total. Enormemente difícil para una substancia cualquiera alcanzar el reposo absoluto.


Tras despedirse de la Bodhisattva, el Peregrino y el Bonzo Sha montaron en dos rayos luminosos y abandonaron a toda prisa los Mares del Sur. Al Peregrino le corroía la impaciencia de dejar atrás al Bonzo Sha con ayuda de su velocísimo salto, pero éste se lo impidió, diciendo:
- Opino que es mejor que sigamos juntos. No me fío absolutamente nada de ti. Si llegas antes a tu cueva, lo más seguro es que montes alguna de las tuyas para hacerme creer lo que no es.
Estaba claro que, mientras que el Gran Sabio obraba con la mejor de sus intenciones, al Bonzo Sha aún le quedaban restos de una duda corrosiva. Hicieron, pues, el viaje juntos y no tardaron en avistar la Montaña de las Flores y Frutos. En seguida bajaron de las nubes y echaron una mirada a su alrededor. Delante mismo de la puerta de la caverna vieron a otro Peregrino sentado sobre un estrado de piedra y bebiendo despreocupadamente con un auténtico enjambre de monos. No se distinguía en nada del Gran Sabio. Llevaba ceñida la cabeza con un arco de oro, sus ojos poseían el ardor del fuego y se manifestaba en sus pupilas la dureza del diamante. Vestía una túnica de seda y una piel de tigre le ceñía la cintura. Las botas que calzaba estaban hechas sin embargo, de piel curtida de ciervo. Para completar su retrato, en una de las manos llevaba una barra de hierro con los extremos de oro. Sin embargo, donde más se acentuaba su parecido era en el rostro. Poseía, en efecto, el mismo rostro cubierto de vello, la misma boca de dios del trueno, la misma barbilla rebajada, las mismas orejas terminadas en punta, la misma cabeza de frente amplia y los mismos colmillos, que le crecían, amenazantes, hacia fuera. Ante semejante visión, el Gran Sabio perdió la paciencia y, abandonando a su suerte al Bonzo Sha, dio un salto hacia delante, sin soltar la barra de hierro ni dejar de gritar:
- ¡Qué clase de monstruo eres tú para atreverte a suplantarme, tomar prisioneros a mis súbditos, apoderarte de mi caverna y darte semejantes aires de grandeza!
Cuando el otro le vio, no dijo ni una palabra. Agarró su barra de hierro y se lanzó contra él. Los dos Peregrinos se enzarzaron en una batalla terrible, aunque lo más sobrecogedor era que no podía decirse quién era el auténtico y quién el falso. ¡Jamás se había visto una lucha como aquélla! ¿Cómo podía ser de otra forma, si eran dos las barras de hierro que se medían y dos los monos que las blandían? Ambos pretendían ser el protector del monje Tang y pugnaban por alcanzar la gloria y la fama. Existían, sin embargo,  profundas  diferencias  entre  ellos,  ya  que  el  auténtico  había  aceptado  de corazón los principios de la auténtica fe y el falso se limitaba simplemente a proclamarlos. Pese a todo, sus poderes mágicos poseían la misma amplitud. Recordaban la imagen que se refleja en un espejo. Uno era el Sosia del Cielo, Sabio que había logrado dominar a la perfección los ritmos respiratorios del principio del tiempo; el otro, un espíritu que había cultivado durante muchos lustros los principios del Tao, adquiriendo vastos poderes que nadie más poseía. Sus armas no tenían nada que envidiarles, pues, si una era conocida como la complaciente barra de los extremos de oro, la otra ostentaba el nombre de condescendiente báculo de hierro. Los dos contendientes lanzaron golpes terribles y pararon otros que no lo eran menos, pero ninguno de ellos consiguió adquirir una ventaja apreciable. Comenzaron la lucha a las puertas mismas de la caverna, pero pronto la continuaron por los aires, levantando un polvo espeso de nubes. El Bonzo Sha no se atrevía a meterse en la refriega, porque le resultaba extremadamente difícil distinguir a uno del otro. Estaba ansioso por prestar toda la ayuda que pudiera; sin embargo, tenía miedo de emprenderla a golpes con el auténtico Peregrino. Durante mucho tiempo estuvo sin saber qué partido tomar. Finalmente optó por abandonar su escondite y dirigirse hacia la Caverna de la Cortina de Agua. Con ayuda de su báculo no le costó abrirse camino entre las legiones de monos que trataban de cerrarle el paso. Furioso derribó los bancos de piedra, haciendo añicos los cuencos y los vasos, pero no halló ni rastro de las dos bolsas de lana azul. No sabía que la auténtica caverna estaba situada detrás de la cascada, que tapaba su entrada como si fuera una enorme cortina blanca. Por ello, precisamente, recibía el nombre de Caverna de la Cortina de Agua. El Bonzo Sha lo desconocía por completo; de ahí que su búsqueda resultara totalmente infructuosa. Sin saber qué hacer, volvió a montarse en una y se quedó mirando, a media altura, el desarrollo del combate. Comprendiendo que no se atrevía a entrar en la lucha por temor a hacerle daño, el Gran Sabio le dijo:
- Puesto que no puedes hacer nada por ayudarme, corre junto al maestro y cuéntale lo que ha ocurrido. Voy a tratar de llevar a este monstruo hasta la Montaña Potalaka, en los Mares del Sur, a ver si la Bodhisattva es capaz de distinguir al auténtico del falso.
No  había  acabado  de  decirlo,  cuando  el  otro  Peregrino  repitió  exactamente  sus mismas palabras. El Bonzo Sha se quedó atónito, porque no sólo eran idénticos en su aspecto exterior, sino hasta en el mismo timbre de sus voces. De todas formas, le pareció acertado el consejo y se dirigió a toda prisa hacia el lugar en el que había dejado al monje Tang, por lo que, de momento, no hablaremos más de él. Sí lo haremos sin embargo, de los dos Peregrinos, que no dejaron de luchar, mientras viajaban a toda velocidad hacia los Mares del Sur. No tardaron en avistar la Montaña Potalaka, pero ni siquiera la visión de un lugar tan sagrado como aquél fue capaz de poner fin a su interminable  intercambio  de  golpes  e  insultos.  Al  oír  el  clamor  de  la  lucha,  los discípulos encargados de montar la guardia corrieron al interior de la Caverna del Sonido de las Mareas y dijeron a la Bodhisattva:
- Acaban de llegar, luchando, dos Sun Wu-Kung tan idénticos, que es imposible distinguir al auténtico del falso.
La  Bodhisattva bajó a toda prisa de su estrado de loto y salió de la caverna, acompañada de Moksa, el Muchacho de la Riqueza de la Bondad y la Joven Dragona.
- ¡Malditas bestias! - gritó, enfurecida -. ¿En dónde creéis que estáis?
- Este tipo es la copia exacta de vuestro discípulo - contestó uno de los contendientes, sin abandonar la lucha -. Empezamos a pelear a las puertas mismas de la Caverna de la Cortina de Agua, pero ninguno ha obtenido una ventaja apreciable. Somos tan idénticos, que ni siquiera Sha Wu-Ching pudo distinguirnos, eliminando así toda posibilidad de inclinar la balanza a favor del uno o del otro. ¿A quién iba a prestar su ayuda, si no sabía quién era el auténtico? No me quedó pues, más remedio que ordenarle que regresara junto al maestro y le pusiera al tanto de todo lo ocurrido. Si he traído a este impostor hasta esta montaña sagrada, ha sido con la única intención de que haciendo uso de vuestros misericordiosos ojos, distingáis al auténtico del falso y al malvado del bueno.
No había acabado de decirlo, cuando el otro Peregrino repitió exactamente lo mismo. Los discípulos y la Bodhisattva los estuviere mirando durante mucho tiempo, pero nadie parecía capaz de decir quién era quién.
- Dejad de luchar, de una vez, y poneos uno en frente del otro - ordenó la Bodhisattva -. Es preciso que os mire con más detenimiento.
Así lo hicieron ellos, pero empezaron a protestar casi al mismo tiempo.
- ¡Yo soy el auténtico! - afirmó el de una parte.
- ¡El falso es él! - repitió el de la otra.
La Bodhisattva pidió a Moksa y al Muchacho de la Riqueza de la Bondad que se acercaran y les susurró al oído:
- Agarrad uno a cada uno, mientras yo recito el conjuro que me enseñó Tathagata. El que se queje del dolor será el auténtico.
Los discípulos agarraron por detrás a los dos Peregrinos y la Bodhisattva empezó a recitar las palabras mágicas, pero para sorpresa de todos ambos se llevaron al mismo tiempo las manos a la cabeza y, dejándose caer al suelo, suplicaron con voz lastimera:
- ¡Dejad de decir esas palabras, por lo que más queráis!
La Bodhisattva así lo hizo y al instante comenzaron otra vez a luchar y a intercambiar insultos, que resonaban en toda la amplitud de aquel sagrado lugar. Sin saber qué partido tomar, la Bodhisattva pidió a Moksa y a los otros discípulos que prestaran su ayuda al auténtico Peregrino, pero no se atrevieron a entrar en combate, porque no se decidían a poner sus armas del lado de ninguno.
- ¡Sun Wu-Kung! - gritó la Bodhisattva y los dos respondieron al unísono -. Cuando fuiste nombrado caballerizo de los establos celestes y sumiste los Cielos en un terrible desorden - continuó diciendo -, los guerreros celestiales no tuvieron ninguna dificultad en reconocerte. Opino, por tanto, que lo mejor que puedes hacer es dirigirte a las Regiones Superiores y pedir a sus moradores que identifiquen al impostor.
El Gran Sabio agradeció la sugerencia a la Bodhisattva, cosa que también hizo el otro Peregrino. Sin dejar de intercambiar golpes ni de lanzar denuestos e insultos, los dos se dirigieron hacia la Puerta Sur de los Cielos. Al verlos, el Devaraja Virupaksa se quedó tan desconcertado que solicitó inmediatamente la ayuda de los Cuatro Grandes Mariscales Ma, Chao, Wen y Kwang, quienes les cerraron el paso con armas, diciendo:
- ¿En dónde creéis que estáis? ¿Acaso es éste un lugar para combatir?
- Ciertamente no - contestó el Gran Sabio -, pero es preciso que os ponga al tanto de algo importante. Camino del Paraíso Occidental, acompañando al monje Tang en su búsqueda de las escrituras, tuve la mala fortuna de dar muerte a unos salteadores que nos salieron al paso. Eso enfureció de tal forma a Tripitaka, que me expulsó de su lado y no me quedó otro remedio que acudir a la Montaña Potalaka a presentar mis quejas a la Bodhisattva Kwang-Ing. No tengo ni idea de cuando este monstruo decidió hacerse pasar por mí. Lo que sí puedo asegurar es que, en mi ausencia, tuvo la desfachatez de dejar medio muerto a mi maestro y huir con todo su equipaje. Con ánimo de recobrarlo, el Bonzo Sha se dirigió a la Montaña de las Flores y Frutos, pero este monstruo trató de capturarle con ayuda de mis engañados súbditos y tuvo que ir a solicitar la ayuda de la Bodhisattva. Cuando me vio sentado bajo el estrado de loto, me acusó de haberme valido de mis artes mágicas para llegar antes que él y embaucar a la Bodhisattva. Afortunadamente  ésta  posee  un  natural  compasivo  y  misericordioso  y  se  negó  a escuchar las acusaciones del Bonzo Sha, ordenándonos a ambos que fuéramos a la Montaña de las Flores y Frutos y tratáramos de averiguar lo que allí sucedía. Fue así como descubrí a este monstruo, que se parece a mí hasta en la forma de luchar. Tanto es así, que no paramos de medir nuestras armas desde la Caverna de la Cortina de Agua hasta el lugar en el que mora la Bodhisattva, pero ni ella misma fue capaz de decir quién era el auténtico y quién el impostor. De todas formas, tuvo la feliz ocurrencia de sugerirnos que viniéramos hasta aquí y os pidiéramos que, valiéndoos de vuestro profundo discernimiento, nos ayudéis a descubrir qué es lo que distingue al uno del otro. Nada más acabar de decirlo, el otro Peregrino volvió a repetir exactamente lo mismo. Los dioses se los quedaron mirando durante mucho tiempo, pero no supieron decir que era exactamente lo que los distinguía.
- ¡Está claro que no podéis diferenciar al uno del otro! - gritaron los dos a la vez -. Haceos a un lado y dejadnos ir a ver al Emperador de Jade.
A los dioses no les quedó más remedio que dejarlos trasponer las puertas del Cielo. Ellos ni siquiera les dieron las gracias. Con el ceño fruncido se dirigieron directamente al  Salón  de  la  Niebla  Divina.  Al  verlos,  el  Mariscal  Ma  y  los  Cuatro  Consejeros Celestes, Chang, Ke, Xü y Chiou, corrieron al interior del palacio e informaron al Emperador de Jade, diciendo:
- Ahí fuera hay dos Sun Wu-Kung, que han venido peleando desde las Regiones Inferiores hasta las mismas puertas celestes y desean mantener una entrevista con vos. Apenas habían acabado de decirlo, cuando entraron los dos monos discutiendo a voz en grito. El Emperador de Jade se mostró tan sorprendido que se puso inmediatamente de pie y les preguntó, saliendo a su encuentro:
- ¿Puede saberse por qué habéis entrado en el palacio imperial sin permiso? ¿Deseáis, además, que os haga ajusticiar por acudir ante mí, discutiendo como bandoleros?
- Vos sabéis bien, majestad - contestó el Gran Sabio -, que, desde que abracé la auténtica fe y me convertí en monje, nunca he vuelto a cuestionar vuestra autoridad o a burlarme de la dignidad que representáis. Tened por seguro que, si este monstruo no se hubiera adueñado de mi personalidad, jamás habría osado venir a molestaros - y relató punto por punto cuanto había sucedido -. Os suplico, pues - terminó diciendo -, que determinéis qué es lo que realmente nos distingue.
En cuanto hubo terminado esa exposición, el otro Peregrino volvió a repetirla con las mismas palabras. Sin perder la compostura, el Emperador de Jade hizo venir al Devaraja Li y le ordenó:
- Traed inmediatamente el espejo de reflejar monstruos y obligar a estos dos a mirarse en él. De esa forma, podrá distinguirse al impostor del auténtico y el culpable sufrirá el castigo del que se ha hecho merecedor.
El varaja hizo al punto lo que acababa de ordenársele y el Emperador de Jade y los otros dioses se lanzaron, curiosos, sobre el espejo. Para su sorpresa, vieron que reflejaba dos imágenes exactas de Sun Wu-Kung. No existía la menor diferencia entre ellos. Hasta el aro las ropas y el número de sus cabellos era exactamente el mismo. Comprendiendo que no había manera de determinar qué era lo que los distinguía, el Emperador de Jade ordenó que los hicieran salir del palacio. El Gran Sabio soltó una carcajada despectiva, que inmediatamente coreó el Peregrino. Se agarraron después por el cuello y comenzaron a luchar otra vez, mientras se dirigían al encuentro del monje Tang, gritándose cada vez con más saña:
- ¡El maestro determinará quién es el auténtico! ¡Él no puede fallar!
Mientras tanto el Bonzo Sha, tras un viaje extenuante de tres días con sus correspondientes noches, cubrió la larguísima distancia que separaba la Montaña de las Flores y Frutos de la cabaña en la que se encontraba descansando el maestro. Tras oír lo que había ocurrido, el monje Tang cayó presa de la tristeza y dijo:
- Creí sinceramente que era Sun Wu-Kung el que me golpeó con la barra y huyó con nuestras cosas. ¿Cómo iba a saber que se trataba de un monstruo que había tomado la forma del Peregrino?
- No sólo fue capaz de hacer eso - explicó el Bonzo Sha -, sino que tuvo además la desfachatez de convertir a un grupo de monos en nosotros mismos. Con mis propios ojos os vi a vos, a Ba-Chie cargando con nuestras cosas y hasta al caballo blanco. No pude reprimir la ira, cuando me encontré ante mi doble, y le asesté un golpe mortal con el báculo. Fue así como descubrí que se trataba de un mono. Corrí a toda prisa a informar  a  la  Bodhisattva  de  cuanto  había  ocurrido;  me  sugirió  que  regresara  con nuestro hermano mayor a la Caverna de la Cortina de Agua y tratáramos de averiguar lo que realmente había sucedido. Al llegar, comprobamos que el monstruo era una copia exacta del Peregrino. Ni siquiera yo fui capaz de distinguirlos y no pude, por eso mismo, prestarle ninguna ayuda. Ése es el motivo de que haya vuelto a poneros al tanto de todo.
Al oírlo, Tripitaka perdió el color del rostro y empezó a temblar de miedo. Ba-Chie, por su parte, soltó la carcajada y exclamó:
- ¡Esto es realmente fantástico! Sin saberlo, la dueña de esta casa ha estado diciendo todo el tiempo la verdad. ¿No os acordáis que habló de varios grupos de Peregrinos que se dirigían hacia el o busca de escrituras? ¡Pues ahora hay uno más!
Al ver al Bonzo Sha, los miembros de la casa en la que estaban alojados salieron a darle la bienvenida y a preguntarle:
- ¿Dónde habéis estado estos últimos días? ¿Habéis ido en busca de dinero para poder continuar el viaje?
- No, no - contestó el Bonzo Sha, sonriendo -. Fui a hacer una visita a nuestro hermano mayor a la Montaña de las Flores y Frutos, que se alza en el continente de Purvavideha, y a pedirle que nos devolviera el equipaje. Después tuve una entrevista con la Bodhisattva Kwan - Ing en la Montaña Potalaka de los Mares del Sur. Regresé, a continuación, a la Montaña de las Flores y Frutos y, por último, volví aquí.
- ¿Cuánta distancia habéis recorrido en total? - volvió a preguntar un anciano.
- Alrededor de trescientos mil kilómetros, entre ida y vuelta - respondió el Bonzo Sha.
- ¿Y habéis hecho ese recorrido en tan poco tiempo? - exclamó el anciano, incrédulo -. Para conseguirlo, habréis tenido que viajar por encima de las nubes, ¿no?
- ¡Por supuesto! - confirmó Ba-Chie -. ¿Cómo iba a haber cruzado el mar si no?
- Esto no es nada, comparado con lo que es capaz de hacer nuestro hermano mayor - dijo el Bonzo Sha -. Él hubiera invertido menos de dos días en ir y volver.
Al oírlos hablar de esa forma, todos los que habitaban en la casa hubieron de concluir que sus desarrapados huéspedes no podían ser otra cosa que inmortales.
- ¡Qué decís! - exclamó Ba-Chie, ofendido -. Comparados con nosotros, los inmortales son unos muchachos.
Cuando más animados estaban con la conversación, oyeron un ruido tremendo en el cielo y salieron a ver qué era. Los dos Peregrinos se acercaban a la cabaña, intercambiando golpes e insultos. Al verlos, Ba-Chie empezó a frotarse las manos y dijo:
-  Voy  a  ver  si  puedo  distinguirlos  -  y,  dando  un  salto,  se  elevó  hacia  lo  alto  -. ¡Hermano! - gritó, cuando se hubo acercado a los contendientes -, he venido a ayudarte.
- En ese caso - replicaron los dos Peregrinos a coro -, ayúdame a acabar con este monstruo.
-  ¡Así  que  nuestros  huéspedes  son  realmente  unos  arhats  capaces  de  elevarse  por encima de las nubes y de viajar a lomos de la niebla! - exclamó el anciano, asombrado ante lo que veía -. Si hubiera hecho la promesa de dar de comer a todos los monjes, jamás me habría encontrado con gente como ésta.
Sin reparar en gastos, se dispuso a sacar un poco más de té y arroz, pero lo pensó mejor y se dijo:
- Nada bueno va a salir de la lucha que están manteniendo esos dos peregrinos. Seguro que van a poner patas arriba el Cielo y la Tierra y las desgracias se extenderán por doquier, como las nevadas del invierno.
Tripitaka se percató en seguida de los sentimientos encontrados que bullían en la cabeza del anciano y, acercándose a él, le dijo con cariño:
- No tengáis ningún miedo. Cuando haya conseguido convencer a ese discípulo para que abandone las sendas del mal, os recompensaré cumplidamente por las molestias que ahora os estamos ocasionando.
- ¡No quiero ni hablar de ello! - replicó el anciano, sacudiendo la cabeza.
- En ese caso, es mejor que permanezcáis callado - concluyó el Bonzo Sha -. Sentaos aquí, maestro, mientras voy a echar una mano a Ba-Chie. Os traeremos a esos dos por separado  y  vos  recitaréis  ese  conjuro  que  conocéis.  El  que  sienta  el  dolor  será  el auténtico Peregrino, ¿no os parece?
- Estoy totalmente de acuerdo contigo - contestó Tripitaka.
El Bonzo Sha se elevó hacia lo alto y gritó a los dos contendientes:
- ¡Dejad de luchar! El maestro quiere veros uno por uno, a ver si es capaz de distinguir al auténtico del falso.
El Gran Sabio abandonó al punto la lucha, cosa que hizo, igualmente, el otro Peregrino. El Bonzo Sha cogió, entonces, a uno y, volviéndose hacia Ba-Chie, le dijo:
- Encárgate tú de ese otro.
Inmediatamente bajaron de la nube y se dirigieron hacia la cabaña en la que se encontraba el maestro. Nada más verlos, Tripitaka comenzó a recitar el conjuro, pero ellos empezaron a gritar al mismo tiempo:
- ¿Es que no os parece suficiente la lucha terrible que estamos manteniendo? ¿Por qué cebáis vuestra ira con nosotros? ¡Dejad de recitar ese conjuro, por lo que más queráis!
El maestro poseía un natural bondadoso y de buena gana puso fin a su suplicio, pero se entristeció, al no poder distinguir al falso del auténtico. Además, los dos contendientes lograron desasirse del Bonzo Sha y de Ba-Chie y comenzaron a pelear con la misma saña que antes.
- Cuidad del maestro - dijo, a pesar de todo, el Gran Sabio -, mientras voy a ver si el Rey Yama es capaz de determinar qué es lo que nos distingue.
El otro Peregrino repitió exactamente lo mismo, antes de desaparecer entre las nubes, batallando sin cesar con su oponente.
- ¿Por qué no destruiste a ese falso Ba-Chie con el equipaje, cuando estuviste en la Caverna de la Cortina de Agua? - preguntó el Idiota al Bonzo Sha -. Me habrías ahorrado un montón de problemas.
- No me dio tiempo - contestó el Bonzo Sha -. Cuando el monstruo y sus secuaces vieron cómo me deshacía de mi doble con ayuda de este báculo, se lanzaron sobre mí, tratando de atraparme. Afortunadamente logré escapar a tiempo. De vuelta del reino de la Bodhisattva, mientras los dos Peregrinos luchaban entre las nubes, desperdigué a todos los monos y derribé cuantos bancos de piedra encontré en mi camino, pero no hallé ni rastro de vuestros dobles. Lo único que vi fue una enorme cascada que rompía contra unas rocas, pero no sé si había alguna cueva detrás de ella. A lo mejor el equipaje estaba allí escondido, ¿quién sabe? Lo único cierto es que hube de regresar con las manos totalmente vacías.
- ¡Claro que había una cueva detrás! - exclamó Ba-Chie -. Cuando fui a pedirle el año pasado que se reintegrara a nuestro grupo, me recibió a la puerta de la caverna, pero después dijo que tenía que cambiarse de ropas y desapareció detrás de la masa de agua. Como habías supuesto, esa cascada no es otra cosa que la entrada de la caverna. Lo más seguro es que el monstruo haya escondido allí nuestras cosas [1].
- Si es verdad lo que dices - concluyó Tripitaka -, deberías aprovechar la ausencia del monstruo para recuperar el equipaje. Así podremos continuar nuestro viaje hacia el Paraíso Occidental, No volveré a aceptar al Peregrino en nuestra compañía, ni aunque me lo pida.
- Está bien. Haré lo que pedís - contestó Ba-Chie.
- ¿Sabes bien lo que dices? - replicó el Bonzo Sha -. Hay más de mil monos en esa caverna. ¿Crees que vas a poder hacerles frente tú solo?
- No te preocupes por eso - respondió Ba-Chie, sonriendo y, montando a toda prisa en una nube, se dirigió directamente a la Montaña de las Flores y Frutos en busca del equipaje.
Mientras tanto, los dos Peregrinos llegaron, sin dejar de luchar ni un solo segundo, a la Montaña de la Sombra Perpetua. Los espíritus que montaban la guardia comenzaron a temblar de espanto, al verlos guerrear con tanta fiereza. Algunos trataron de esconderse, mientras otros se colaron por el estrecho pasadizo que conducía a los infiernos y fueron a informar de cuanto ocurría al Salón de la Oscuridad.
- Ahí fuera - dijeron a sus señores -, en las estribaciones de la Montaña de la Sombra Perpetua, hay dos Grandes Sabios, Sosias del Cielo, peleando entre sí, como si se hubieran vuelto locos.
Asustado, el Rey Chin-Kuang de la Primera Cámara hizo llegar la noticia al Rey del Río de los Orígenes, de la Segunda Cámara, que la pasó, a su vez, al Rey del Imperio de los Sung, de la Tercera Cámara. Éste la transmitió sin pérdida de tiempo al Rey del Cambio Total de la Cuarta Cámara, que se la dio a conocer al Rey Yama de la Quinta Cámara, el cual se la comunicó en seguida al Rey de las Posiciones Idénticas, de la Sexta Cámara. De su boca llegó a oídos del Rey del Monte Tai, de la Séptima Cámara, que se la envió al Rey de la Ciudad de los Mercados, de la Octava Cámara. De allí pasó al Rey Vengador de los Ministros, de la Novena Cámara, que, finalmente, la puso en conocimiento del Rey de la Rueda de las Transmigraciones, de la Décima Cámara. En cuanto  hubo  recorrido  todas  las  cámaras,  los  Diez  Reyes  celebraron  consejo  y decidieron hacer llegar al Rey Ksitigarbha una petición para que se reuniera con ellos en el Salón de la Oscuridad. Convocaron, al mismo tiempo, a todos los guerreros del reino y les ordenaron que apresaran a los dos Peregrinos. No fue preciso que cumplieran la orden, porque en ese momento se levantó un viento huracanado, en cuyo seno, rodeados de una espesa nube de tierra y polvo, los dos Peregrinos no dejaban de intercambiar ferocísimos golpes. Indignados, los Reyes de las Tinieblas se llegaron hasta ellos y los instaron a poner fin a la lucha, diciendo:
- ¿Podéis explicarnos por qué habéis venido a sumir nuestro reino en semejante confusión?
- Tras dejar atrás el reino del Liang Occidental - explicó el Gran Sabio -, llegamos, camino de la Montaña del Espíritu, hacia donde nos dirigimos en busca de escrituras, a una región dominada por bandoleros. Una de esas bandas de desalmados trató de despojar a mi maestro de todas sus pertenencias y tuve que matar a unos cuantos. En vez de agradecérmelo, mi maestro me expulsó de su lado y yo me vi en la necesidad de acudir a la Bodhisattva de los Mares del Sur en busca de apoyo. Lo que menos sospechaba yo entonces es que este monstruo fuera a tomar mi personalidad, atacar a traición al monje Tang y hacerse con todo su equipaje. El Bonzo Sha, el menor de mis hermanos, no tuvo más remedio que dirigirse a la montaña de la cual soy originario a exigir la devolución de lo que era suyo. Pero tuvo la mala fortuna de encontrarse con este monstruo, que le hizo saber su intención de conseguir él solo las escrituras, valiéndose de un maestro tan falso como él mismo. Ante eso, el Bonzo Sha corrió a informar de todo a la Bodhisattva, la cual sugirió que fuéramos a la Montaña de las Flores y Frutos y tratáramos de aclarar lo que pasaba. Fue así como descubrí que este impostor había ocupado mi lugar. Sin dejar de intercambiar golpes, le forcé a ir hasta el lugar en el que habita la Bodhisattva, pero es en todo tan idéntico a mí, que ni ella misma pudo distinguir al auténtico del falso. Recurrimos, entonces, a los Cielos, pero la perspicacia de los dioses tampoco sirvió de nada. Lo mismo ocurrió con el conjuro del que se vale mi maestro para castigarme cuando me muestro irrespetuoso con él. El terrible dolor de cabeza que me produce su recitado se repitió, incomprensiblemente, también en su cuerpo. Por eso, precisamente, hemos venido a molestaros. Es preciso, Reyes de las Tinieblas, que echéis una mirada al Libro de la Vida y la Muerte y determinéis quién de nosotros dos es el impostor. No necesito recordaros que, para que las dos Mentes no sometan a todo cuanto existe a una terrible confusión, deberéis encerrar en vuestras mazmorras al espíritu del Peregrino impostor.
Los Reyes de las Tinieblas hicieron venir al juez encargado del Registro de la Vida y la Muerte, pero, tras examinar detenidamente el libro, no hallaron a nadie con el nombre de Peregrino impostor. Miraron a continuación el tomo de las criaturas con pelo, sin embargo los resultados no fueron mejores. Como se recordará, cuando el Gran Sabio, tras asimilar los principios del Tao, sumió la Región de las Tinieblas en un absoluto desorden, tachó con su propia mano los nombres de ciento treinta especies de monos. Eso explica que ninguna de ellas figurara en el Libro de la Vida y la Muerte. En cuanto hubieron recibido el informe del encargado del registro, los Reyes de las Tinieblas se revistieron de los símbolos de su poder, con el fin de recalcar la solemnidad de aquel momento, y dijeron a los dos Peregrinos:
- Nos tememos, Grandes Sabios que en estas regiones de sombras no hay forma de dar con el nombre del impostor. Si deseáis averiguarlo, tendréis que ir al Reino de la Luz.
- ¡Esperad un momento! - dijo el Bodhisattva Ksitigarbha -. Antes de que os vayáis, desearía consultar vuestro caso con el Oído Investigador.
El tal Oído Investigador era una bestia que se pasaba el día tumbada a los pies de Ksitigarbha. Acurrucada contra el suelo, era capaz de distinguir lo auténtico de lo falso entre todas las clases de criaturas. No escapaban a su perspicacia ni los seres sin pelo, ni los que están recubiertos de escamas, ni los que se protegen del frío con espléndidas pieles, ni los que surcan los aires, ni los que reptan por el suelo, ni los inmortales celestes, ni los que moran en la tierra, ni los que tienen un origen humano, ni los que poseen una naturaleza espiritual y habitan en cavernas benditas, lugares sagrados, santuarios, ríos y montañas de los Cuatro Grandes Continentes. Accediendo a los deseos de Ksitigarbha, la bestia se arrastró hasta el Salón de la Oscuridad y, alzando la cabeza, dijo a su señor:
- Acabo de descubrir cómo se llama ese monstruo, pero no puedo decíroslo delante de él ni prestaros ninguna ayuda a la hora de intentar capturarle.
- ¿Qué pasaría, si desvelaras su nombre estando él presente? - preguntó Ksitigarbha.
- Si lo hiciera - respondió el Oído Investigador -, ese monstruo sumiría en la confusión este recinto sagrado y acabaría con la tranquilidad que reina en este Mundo de Sombras.
- ¿Quieres decirme por qué no puedes prestarme ninguna ayuda a la hora de intentar capturarle? - volvió a preguntar Ksitigarbha.
- Los poderes mágicos de ese monstruo no se diferencian en nada de los del Gran Sabio - explicó el Oído Investigador -. Los dioses del infierno no pueden absolutamente nada contra él. De ahí que sea tan difícil echarle mano.
-  ¿Qué  podemos  hacer,  entonces,  para  acabar  con  él?  -  insistió  Ksitigarbha, preocupado.
- Únicamente el poder de Buda carece de límites - sentenció el Oído Investigador. Ksitigarbha se acercó, entonces, a los Peregrinos y les dijo:
- Sois tan iguales y poseéis unos poderes tan idénticos, que parecéis, en realidad, la misma  persona. Si  deseáis averiguar qué es lo que os distingue, deberéis ir al Monasterio del Trueno, donde Sakyamuni ha establecido su morada.
- Tenéis razón - contestaron los Peregrinos a coro -. Nos llegaremos hasta ese santo lugar y pediremos al Patriarca del Paraíso Occidental que resuelva, de una vez por todas, este enigma.
Los Reyes de las Tinieblas de las Diez Cámaras salieron a despedirlos hasta las mismas puertas del infierno, mientras Ksitigarbha regresaba a toda prisa al Palacio de la Nube de Jade y los espíritus que montaban la guardia cerraban firmemente los accesos que conducían al Mundo de Sombras, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos. Sí lo haremos, sin embargo, de los dos Peregrinos, que se dirigieron hacia el Paraíso Occidental,   luchando   como   si   fueran   encarnizados   enemigos.   Sobre   todo   ello disponemos de un poema, que afirma:

La desgracia se abatirá sobre el que posea dos mentes. Él mismo la llamará con urgencia, ya que tratará de comprender a la vez lo cercano y lo lejano. Buscará, al mismo tiempo, ocupar el puesto de Gran Consejero y de Señor de los Carillones de Oro. Hará la guerra a la vez en el norte y en el sur y pugnará por asolar en el mismo momento el este y el oeste. El que desee trasponer las puertas del Zen debe desprenderse de la mente y dejar que el embrión sagrado [2] vaya creciendo poco a poco en su interior.

Sin dejar de pelear un solo instante, no tardaron en avistar el Monasterio del Trueno, que se elevaba, majestuoso, en la Montaña del Espíritu del Paraíso Occidental. En aquel mismo momento los Cuatro Grandes Bodhisattvas, los Ochos Grandes Reyes Diamantinos, los Quinientos Arhats, los Tres Mil Protectores de la Fe, los monjes y monjas mendicantes, los upasakas y los upasikas se hallaban reunidos junto al trono de loto de las siete piedras preciosas, con el fin de escuchar las enseñanzas de Tathagata. Explicaba que lo que existe se halla contenido en lo que no existe; lo que no existe, en lo que no puede existir; lo que posee forma, en lo que no la tiene; y lo que está vacío, en lo que no lo está. Esto es así porque lo que no existe es lo que existe, y lo que no puede existir, lo que no existe. Lo que carece de forma es, por otra parte, lo que posee forma, y lo que está vacío, lo que, en realidad, no lo está. Lo vacío, sin embargo, está de verdad vacío, y lo que posee forma no carece de ella. Pero la forma no tiene una forma fija, de ahí que sea vacío. Lo vacío, por su parte, no posee una vacuidad fija, de ahí que sea también forma. El conocimiento de lo vacío es lo no vacío, del mismo modo que el conocimiento de la forma es la no forma. Cuando los nombres y la acción se complementan, se alcanza la comprensión total y absoluta.
Tras escuchar tan maravillosas doctrinas, todos los presentes inclinaron la cabeza y repitieron al unísono lo que Buda acababa de enseñarles. Agradecido, Tathagata hizo descender sobre ellos una lluvia de pétalos celestes, antes de decir con un cierto deje de satisfacción:
- Todos vosotros poseéis una sola mente. Contemplad a qué lamentable situación puede conducir el hecho de poseer dos.
Todos los presentes levantaron la cabeza y vieron a los dos Peregrinos enzarzados en una escalofriante batalla, al tiempo que posaban sus pies en las sagradas tierras del Trueno. Los Ocho Reyes Diamantinos experimentaron tal indignación, al contemplar semejante espectáculo, que trataron de impedirles la entrada, diciendo:
- ¿Se puede saber adonde vais?
- Un monstruo se ha adueñado de mi personalidad y deseo que Tathagata determine qué es lo que nos distingue desde la inalcanzable altura de su trono de loto.
A pesar de sus esfuerzos, los Ocho Reyes Diamantinos no pudieron detenerlos y los dos monos continuaron guerreando, hasta que se encontraron delante mismo del estrado de las siete piedras preciosas.
- Como sabéis - dijo el Gran Sabio, arrodillándose ante el Gran Patriarca Budista -, he dedicado mi vida a proteger al monje Tang en su largo viaje hasta estas tierras en busca de las escrituras sagradas. Por alcanzar causa tan noble, no he dudado en agotar mis fuerzas,  destruyendo  monstruos  y  dominando  demonios.  Hace  cierto  tiempo,  no obstante, nos salieron al encuentro unos bandidos y me vi obligado a matar a unos cuantos. Eso provocó la ira de mi maestro, que me apartó de su lado, privándome del consuelo de venir a presentar mis respetos ante vuestra dorada figura. No me quedó más remedio que acudir a la Bodhisattva Kwang-Ing de los Mares del Sur en busca de consuelo. Poco me figuraba yo entonces que un monstruo había asumido fraudulentamente mi personalidad y hasta mi forma de hablar y se había presentado ante el maestro, dejándole medio muerto y llevándose todo su equipaje. Wu-Ching, el menor de mis hermanos, le siguió hasta la montaña de la que soy originario y allí se enteró, con horror, de que esta bestia pensaba valerse de un monje falso para hacerse con las escrituras. Afortunadamente, Wu-Ching logró escapar y corrió a informar de todo a la Bodhisattva de los Mares del Sur, que sugirió que condujéramos al impostor ante su presencia. Pero ni ella, ni los moradores celestes, ni el propio monje Tang, ni los Reyes de las Tinieblas han podido determinar qué es lo que realmente nos distingue. Por eso me he atrevido, finalmente, a acudir ante vos y suplicaros que abráis de par en par las puertas de vuestra insondable comprensión misericordiosa y me ayudéis a discernir el bien del mal. De esa forma, podré reintegrarme a la compañía del monje Tang, llegar hasta aquí a presentaros nuestros humildes respetos, hacernos con las escrituras y regresar con ellas a las Tierras del Este, para que todos conozcan la bondad de vuestras doctrinas.
Todos los presentes oyeron, asombrados, cómo los dos Peregrinos pronunciaban las mismas palabras al mismo tiempo y con el mismo tono de voz, sin poder distinguir al auténtico del falso. Únicamente Tathagata poseía el poder de discernirlos. Abrió la boca para emitir su juicio, pero en ese mismo momento surgió, procedente del sur, una nube de color rosáceo que traía a la Bodhisattva Kwang-Ing. Se inclinó respetuosamente ante Buda con las palmas de las manos unidas, pero, antes de que pudiera decir algo, le preguntó el propio Tathagata:
- ¿Podéis distinguir al auténtico Peregrino del falso?
- Hace unos días - respondió la Bodhisattva - acudieron a mí con ese mismo dilema, pero fui incapaz de determinar qué era lo que distinguía a uno del otro. Les sugerí que acudieran al Palacio Celeste y a la Mansión de las Tinieblas en busca de una solución, pero tampoco allí pudieron ofrecérsela. He venido, pues, a suplicaros, en nombre del auténtico Peregrino, que se la facilitéis vos.
- Aunque el poder de tu dharma es inmenso y tienes capacidad para ver cuanto ocurre en el universo - contestó Tathagata, sonriendo -, no te está permitido penetrar en la naturaleza de las cosas ni posees el conocimiento total de las clases de seres.
La Bodhisattva le pidió que explicara tan profundos pensamientos y Tathagata añadió:
- Existen cinco clases de inmortales en el universo: los celestes, los terrestres, los que participan de la naturaleza divina, los que poseen un substrato humano y los que pertenecen al mundo del espíritu. Hay, así mismo, cuatro clases de seres: los de pelo corto, los que tienen su cuerpo recubierto de escamas, los que se protegen de las inclemencias del tiempo con pieles, los que surcan los aires y los que se arrastran por el polvo. Extrañamente, este impostor no pertenece a ninguna de ellas. Ello se explica porque existen cuatro tipos de simios que no caen dentro de las categorías que acabo de mencionar.
- ¿Podríais explicarme cuáles son esos tipos de simios a los que os referís? - volvió a preguntar la Bodhisattva.
- Al primero - respondió Tripitaka - pertenece el mono de piedra, con una inteligencia tan desarrollada que ha llegado a dominar el arte de las metamorfosis, posee capacidad para observar el cambio de las estaciones, conoce los tesoros que encierra la tierra y es capaz de alterar las órbitas de las estrellas y los planetas. Al segundo pertenece el mandril de nalgas rojizas, que conoce los misterios del yin y el yang, comprende los asuntos humanos, se muestra responsable en todo cuanto emprende y lucha con todas sus fuerzas por evitar la muerte y alargar indefinidamente su vida. Al tercero pertenece el gibón, de brazos tan largos que es capaz de agarrar la luna y el sol, reducir la altura de mil montañas, interpretar los signos propicios y distinguirlos de los que no lo son, jugando a sus anchas con el universo. A la cuarta pertenece el macaco de seis oídos, tan exquisito en sus apreciaciones, que puede comprender los principios fundamentales, conocer el pasado y el futuro y penetrar en el misterio de todo cuanto existe. Estos cuatro tipos de monos no están contenidos en las diez clases de seres ni en la infinidad de especies que llenan los cielos y la tierra. Bajo mi punto de vista ese falso Sun Wu- Kung por fuerza tiene que ser un macaco con seis oídos [3], pues es capaz de conocer lo que está ocurriendo a diez mil kilómetros de distancia y escuchar con toda claridad lo que se dice en un lugar más apartado incluso que ése. Por eso me he referido a él como un ser tan exquisito en sus apreciaciones que puede comprender los principios fundamentales, conocer el pasado y el futuro y penetrar en el misterio de todo cuanto existe. Debe concluirse, pues, que ese simio con el mismo cuerpo y la misma voz que Wu-Kung es un macaco de seis oídos.
Al  escuchar  de  labios  de  Tathagata  tan  acertado  veredicto,  el  macaco  comenzó  a temblar de miedo. Dio, después, un salto tremendo y trató de huir por los aires, pero Tathagata ordenó a los Cuatro Bodhisattvas, a los Ocho Reyes Diamantinos, a los Quinientos Arhats, a los Tres Mil Protectores de la Fe, a los monjes y monjas mendicantes, a los upasakas, a los upasikas, a Kwang-Ing y a Moksa que le rodearan y no le dejaran escapar. El Gran Sabio quiso unirse también a la caza, pero se lo impidió Tathagata, diciendo:
- No te muevas de donde estás, Wu-Kung. Ya me encargaré yo de capturarle.
Tan seguro estaba el macaco de que no iba a poder escapar, que los pelos se le pusieron de punta de puro terror. Pese a todo, sacudió ligeramente el cuerpo y al instante se convirtió en una abeja, que se elevó tranquilamente hacia lo alto. Sin pérdida de tiempo Tathagata arrojó hacia arriba un cuenco de pedir limosnas, de oro, que, tras atrapar a la abeja, la depositó con suavidad en el suelo. Ninguno de los presentes se dio cuenta de ello. Todos pensaron que el macaco había logrado escapar. Dándose cuenta de su tristeza, Tathagata los llamó a su lado y les dijo, sonriendo:
- Dejad de lamentaros. El monstruo no ha conseguido huir. Se encuentra debajo de mi cuenco de pedir limosnas.
Todos los presentes rodearon el cuenco y lo levantaron con cuidado. El macaco de seis oídos apareció ante su vista con la forma que le era habitual. Incapaz de contener la furia, el Gran Sabio levantó la barra de hierro por encima de su cabeza y, de un solo golpe, lo redujo a polvo. Desde entonces no ha vuelto a verse ni un solo ejemplar de ese tipo de simios.
-  ¿Qué  has  hecho,  Wu-Kung,  qué  has  hecho?  -  exclamó  Tathagata,  movido  a compasión.
- No deberíais mostraros tan triste por su suerte - contestó el Gran Sabio -. Trató de dar muerte a mi maestro y le robó todo su equipaje. Según la ley, era culpable de asalto y robo a plena luz del día y esos cargos están penados con la muerte.
- Regresa junto al monje Tang y ayúdale a llegar a este lugar lo más rápidamente posible. Es preciso que no se demore más la obtención de las escrituras.
El Gran Sabio se echó rostro en tierra y, golpeando repetidamente el suelo con la frente en señal de agradecimiento, dijo a Buda:
- Hay una cosa que debéis saber: el maestro se niega a aceptarme en su compañía. De nada servirá hacer un viaje tan largo. Os suplico, pues, que recitéis un conjuro, para que se me desprenda de la cabeza este aro de oro, y, así, podré volver a mi anterior vida de laico.
- ¡Deja de decir tonterías, por favor, y no te muestres tan poco respetuoso! - le aconsejó Tathagata -. Si pido a Kwang-Ing que se encargue de llevarte junto al maestro, ten la seguridad de que esta vez no te apartará de su lado. Procura prestarle cuanta ayuda precise, y cuando hayáis alcanzado el final del viaje y hayáis entrado en la patria del nirvana, tú mismo te sentarás en un trono de loto.
Al oír esas palabras, Kwang-Ing juntó las palmas de las manos y, de esa forma, agradeció a Tathagata la gracia que le había concedido. Acompañada por Wu-Kung, montó en una nube y abandonó la Montaña del Espíritu, seguida por Moksa y la cacatúa blanca. No tardaron en llegar a la cabaña en la que se encontraba descansando el monje Tang. Al verlos, el Bonzo Sha se lanzó al interior de la choza y pidió, muy excitado, al maestro que saliera a darles la bienvenida.
- El que te golpeó el otro día - explicó la Bodhisattva con su dulzura habitual - no fue el Peregrino, sino un macaco de seis oídos que se hizo pasar por él. Afortunadamente Tathagata ha podido desenmascararle y Wu-Kung le ha dado muerte. Es preciso que le readmitas de nuevo en tu compañía, pues son aún muchos los obstáculos a los que has de hacer frente antes de llegar al final de tu viaje. Sin él jamás lograrás alcanzar la Montaña del Espíritu ni pedir a Buda que te haga entrega de las escrituras. ¿A qué viene, entonces, seguir enfadado con él?
- Está bien - contestó Tripitaka, golpeando el suelo con la frente -. Haré lo que me pedís.
No había acabado de decirlo cuando se levantó un viento fortísimo procedente del este y apareció Chu Ba-Chie montado sobre una nube y con las dos bolsas de lana azul a la espalda. En cuanto vio a la Bodhisattva, se echó rostro en tierra y dijo:
- Acabo de regresar de la Caverna de la Cortina de Agua, en la Montaña de las Flores y Frutos, adonde fui, por orden expresa del maestro, en busca de nuestras cosas. Lo más sorprendente fue que allí me encontré con un monje Tang falso y un Ba-Chie que nada tenía que ver conmigo. No necesito deciros que acabé con ellos de un solo golpe. En realidad, no eran más que dos monos. Entré después en la caverna y, al ver que no faltaba ni una sola de las pertenencias del maestro, volví a montarme en una nube y me vine para acá a toda prisa. Por cierto, ¿qué ha sido de los dos Peregrinos?
La Bodhisattva volvió a relatar cómo Tathagata había descubierto la naturaleza del falso y cómo el Gran Sabio había terminado con él. El Idiota no podía estar más contento, tras escuchar tales nuevas. La alegría se había apoderado, de hecho, de todos los peregrinos, que se echaron rostro en tierra y agradecieron a la Bodhisattva cuanto había hecho por ellos. Kwang-Ing se dirigió, entonces, a los Mares del Sur, mientras los monjes, unidos hasta el punto de poseer una sola mente y un solo corazón, se despedían de la familia que con tanto cariño los había acogido en su cabaña. No quedaba ni rastro de su antigua animadversión cuando reanudaron, por fin, el camino que conducía hacia el Oeste. Sobre ese momento disponemos de un poema, que afirma:

Cada vez que se ponían en marcha, las Cinco Fases experimentaban un cambio profundo y los monstruos  que  acababan  de  derrotar  se  fundían  con  la  luz  primigenia.  El  espíritu  volvía, entonces, a su hogar y el Zen adquiría su quietud absoluta. Sólo cuando se hallan bajo control los seis sentidos, es posible destilar el elixir.

Desconocemos aún si Tripitaka consiguió ver a Buda frente a frente o si logró hacerse con las escrituras. Quien desee averiguarlo deberá escuchar con atención las explicaciones que se dan en el capítulo siguiente.

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[1]Para una mejor comprensión de lo que aquí dice Ba-Chie, véanse los capítulos 30 y 31.

[2]La literatura alquimista llamaba «embrión sagrado» o «niño recién nacido» al último estadio de la consecución de la inmortalidad. En él se recupera la respiración fetal y el cuerpo alcanza un estado de continua regeneración.

[3]Como se desprende de la explicación que sigue, «el macaco con seis oídos» no se refiere a una especie desconocida de simios, sino a individuos dotados de una capacidad auditiva tan extraordinaria que para ellos no existían los condicionamientos del tiempo y el espacio.