Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

El auténtico Peregrino expone sus quejas en la Montaña Potalaka. El falso Rey de los Monos copia documentos en la Caverna de la Cortina de Agua.


Decíamos que el Gran Sabio Sun se elevó hacia lo alto con el corazón abatido y el espíritu sumido en la tristeza. Pensó dirigirse a la Caverna de la Cortina de Agua de la Montaña de las Flores y Frutos, pero temió que los monos pudieran burlarse de él. Los héroes auténticos jamás faltaban a su palabra. Decidió después buscar refugio en el Palacio Celeste, pero comprendió que no le permitirían quedarse allí mucho tiempo. Escogió, como tercera opción, las islas del mar, pero le dio vergüenza mirar de frente a los inmortales que allí vivían. Pensó, finalmente, en el palacio de los dragones, pero le repugnaba la idea de pedir algo al rey de las aguas. Cayó en la cuenta de que no tenía lugar al que ir y se dijo, apenado:
- En fin, no me queda otro remedio que regresar junto a mi maestro. Mirándolo bien, es lo único razonable que puedo hacer.
Bajó de la nube y, dejándose caer a los pies del caballo de Tripitaka, dijo:
- Perdonadme, maestro, os lo suplico. Nunca más volveré a matar a nadie. Prometo que cumpliré sin rechistar todas vuestras órdenes. Sólo os pido que me dejéis acompañaros hasta el Paraíso Occidental.
Pero el monje Tang se negó a dirigirle la palabra. Es más, en cuanto detuvo al caballo, comenzó a recitar el conjuro que tanto sufrimiento traía al Peregrino. Lo hizo más de veinte veces. El Gran Sabio se sacudía como si fuera un muñeco de trapo. Sólo cuando vio que la arandela que le ceñía la cabeza se le había incrustado unos cuantos en la carne, decidió el maestro poner fin al recitado.
- ¿Por qué no te marchas de una vez y dejas de molestarme? - preguntó, malhumorado -. ¿No te dije que no quería volverte a verte?
- ¡No digáis más ese conjuro, por lo que más queráis! - suplicó el Peregrino -. Tengo muchos sitios a los que ir, pero temí que, sin mi ayuda, no pudierais llegar al Paraíso Occidental.
- ¡No eres más que un mono asesino y pendenciero! - exclamó Tripitaka, fuera de sí -. Sólo el Cielo recuerda la cantidad de quebraderos de cabeza que me has dado. ¡Estoy harto de ti! Además, no es asunto tuyo que llegue o deje de llegar al final de mi viaje. Márchate de mi vista, si no quieres que empiece de nuevo con el recitado. Te aseguro que esta vez no voy a parar, hasta que no te salgan los sesos por las orejas. Comprendiendo que no había nada que hacer y sabiendo que el dolor podía dejarle reducido a un puro guiñapo, el Gran Sabio dio uno de sus saltos mortales y al punto se perdió entre las nubes. Fue entonces cuando se dijo, resentido:
- ¡Qué desagradecido es ese monje! Iré a la Montaña Potalaka y le contaré todo a la Bodhisattva Kwang-Ing.
Dio un giro a su vuelo y en menos de media hora llegó al Gran Océano Austral. Se posó en la Montaña Potalaka y corrió hacia la gruta de bambú morado. Allí fue recibido por Moksa, que preguntó, tras saludarle con el debido respeto:
- ¿Podéis decirme adonde vais, Gran Sabio?
- Deseo entrevistarme con la Bodhisattva - contestó el Peregrino.
Moksa le condujo hasta la entrada de la Caverna del Sonido de las Mareas, donde fueron recibidos por el Joven de la Riqueza de la Bondad, que preguntó, sonriendo:
- ¿A qué debemos el honor de ver por aquí al Gran Sabio?
- He venido a presentar una queja a la Bodhisattva - contesto e Peregrino.
- ¡Qué desparpajo el vuestro! - exclamó el Joven de la Riqueza la Bondad, soltando la carcajada -. ¿Creéis que podéis hacer lo queráis con la gente y que nadie os lo eche en cara? La Bodhisattva es una diosa santa y justa, lenta a la ira y rica en perdón, cuyo ilimitado poder libera del sufrimiento a todo viviente. ¿Podéis decirnos qué mal ha hecho para que presentéis una queja contra ella? No necesito recordaros que quien acusa a uno de sus servidores levanta su dedo contra ella misma.
El Peregrino estaba tan abatido, que, al oír eso, lanzó un bufido, que hizo retroceder, espantado, al Joven de la Riqueza de la Bondad.
- ¡Maldita bestia desagradecida! - gritó, furioso -. ¡Tienes el carácter de un gusano ciego! Deberías recordar que antes no eras más que un monstruo y que, si la Bodhisattva te tomó a su servicio, fue porque yo se lo pedí. Desde entonces has gozado de una libertad absoluta y de una vida tan larga como la del mismo Cielo. ¿Es ésta la forma de agradecérmelo? En vez de insultarme, deberías arrodillarte mí, por haberte ayudado a abrazar la Verdad. Lo único que he dicho es que venía a presentar una queja a la Bodhisattva. ¿Es eso expresarse con un desparpajo irrespetuoso?
- ¡Qué poco sentido del humor tenéis! - exclamó el Joven de la Riqueza de la Bondad, tratando de calmarle con una sonrisa -. ¿No comprendéis que estaba bromeando? ¿A qué se debe ese cambio repentino de color de vuestro rostro?
No había acabado de decirlo, cuando apareció volando una cacatúa blanca. Dio dos vueltas por encima de sus cabezas y al punto cayeron en la cuenta de que la Bodhisattva deseaba verlos. Moksa y el Joven de la Riqueza de la Bondad corrieron, sin pérdida de tiempo,  hacia  el  estrado  de  loto.  El  Peregrino  se  dejó  caer  de  hinojos  ante  la Bodhisattva. Las lágrimas acudieron prestas a sus ojos, hasta convertirse en un llanto tan desesperado que toda la caverna se llenó de sus lamentos.
-  ¿Quieres  decirme  qué  es  lo  que  te  causa  tanta  pena,  Wu-Kung?  preguntó  la Bodhisattva después de pedir a Moksa que le ayudara a levantarse del suelo -. Deja de llorar. Yo aliviaré tus sufrimientos y haré desaparecer tu pena.
Incapaz de contener las lágrimas, el Peregrino volvió a inclinarse con respeto y dijo:
- Hasta ahora jamás he permitido que nadie se burlara de mí. Cuanto he hecho ha sido siempre por decisión propia. Fue así como, tras ser liberado por vos del justo castigo que el Cielo envió sobre mi cabeza, me comprometí a acompañar al monje Tang en su viaje hacia Paraíso Occidental en busca de las escrituras sagradas. Por lograr tan alto fin, arriesgué varias veces la vida, llegando a arrancar huesecillos tiernos de la boca del tigre y a escalar por las rugosas espaldas de un dragón. Únicamente me guiaba el deseo de ver condonada la pena que me fue impuesta por mis propios errores y alcanzar, así, el reino de lo auténtico. ¿Cómo iba a sospechar yo entonces que, en pago a tanto sacrificio, el maestro iba a lanzarme a la cara las monedas de la ingratitud? Su ceguera ha llegado a tal punto, que se muestra incapaz de distinguir entre el bien y el mal, lo blanco y lo negro.
- Explícame qué quieres decir con eso de lo blanco y lo negro - pidió la Bodhisattva.
El Peregrino relató, entonces, cómo, al dar muerte a los bandidos, el monje Tang había cedido a la ira, cómo, incapaz de distinguir lo blanco de lo negro, había recitado el conjuro, hasta dejarle sin fuerzas y al borde mismo de la muerte, cómo habían resultado inútiles todos sus intentos de reconciliación y cómo, finalmente, al no tener adonde acudir, había decidido buscar consuelo en el misericordioso reino de la Bodhisattva.
- Cuando Tripitaka Tang recibió el encargo de dirigirse hacia el Oeste - contestó la Bodhisattva -, se comprometió a seguir en todo momento el camino de la perfección. ¿Cómo iba a aceptar de buen grado esas muertes de las que me has hablado? Le estaba expresamente prohibido valerse de tus extraordinarios poderes mágicos para librarse de esos  bandidos.  Por  supuesto  que  se  trataba  de  una  banda  de  desalmados,  pero, mirándolo bien, no eran más que simples seres humanos y no merecían un castigo semejante. No tenían absolutamente nada que ver con esos monstruos, diablos y demonios a los que fuiste dando muerte a lo largo del viaje. Mientras que eso te supuso un mérito incalculable, acabar con los bandidos fue un acto ciertamente reprobable. Debías haberte limitado a asustarlos y, así, salvar la vida del maestro. Opino, por tanto, que tu conducta no fue todo lo virtuosa que hubiera sido de desear.
- Reconozco que no obré bien - dijo el Peregrino, echándose rostro en tierra con los ojos anegados totalmente en lágrimas -. Pero debía habérseme dado la oportunidad de lavar mis culpas con mis actos de virtud. No es justo despedirme de la forma como el maestro lo ha hecho. Os suplico que os apiadéis de mí y recitéis un conjuro que contrarreste los efectos del que usa el monje Tang conmigo. Liberadme, además, de este aro de oro que me ciñe las sienes y así podré regresar a la Caverna de la Cortina de Agua.
- Ese conjuro del que hablas - contestó la Bodhisattva, riendo - me fue enseñado por el propio Tathagata en el momento mismo de encargarme que encontrara un peregrino en las Tierra del Este. En ese instante me confió, de hecho, tres tesoros: la casulla bordada, el  báculo  de  nueve  nudos  y  los  tres  aros  de  oro  con  su  correspondiente  conjuro. Lamento tener que decirte que no me transmitió ninguna fórmula para contrarrestar su efecto.
- En ese caso - concluyó el Peregrino -, no me resta más que despedirme de vos.
- ¿Adónde piensas ir? - preguntó la Bodhisattva.
- Al Paraíso Occidental a pedir a Tathagata que me quite este aro de la cabeza - contestó el Peregrino.
- Si esperas un momento - replicó la Bodhisattva -, te leeré el futuro.
- ¿Para qué? - replicó el Peregrino -. Tengo bastante con esta desgracia que se ha abatido sobre mí.
- No me refería a tu futuro, sino al del monje Tang - respondió la Bodhisattva y se sentó, solemne, en el estrado de loto.
Su mente recorrió los Tres Reinos y la sabiduría de su visión atisbó hasta el último rincón del universo, antes de abrir los ojos y de decir con la serenidad que la caracterizaba:
- Tu maestro va a tener que pasar muy pronto por una prueba muy dura, Wu - Kun. Buscará, desesperado, tu ayuda y yo le diré, entonces, que no tengo ningún reparo en readmitirte en su compañía. Sólo de esa forma, podréis conseguir las escrituras y acumular todo el mérito para mirar de frente a Tathagata.
El Gran Sabio no se movió del sitio. Permaneció de pie junto al estrado de loto, sin atreverse a decir nada, por lo que, de momento, no hablaremos más de él. Sí lo haremos, sin embargo, del monje Tang, quien, tras la desaparición del Peregrino, siguió adelante con su viaje, acompañado de Ba-Chie, que llevaba el caballo de las riendas, y del Bonzo Sha, que portaba con el equipaje. Apenas habían recorrido cincuenta kilómetros, cuando Tripitaka detuvo el caballo y dijo:
- Salimos de la aldea alrededor de la quinta vigilia. Al poco rato se produjo mi enfrentamiento con ese díscolo y desde entonces no hemos parado. Es casi mediodía. Creo que no estaría de más que tomáramos algo. ¿Quién de vosotros está dispuesto a ir a mendigar algo de comer?
- Desmontad maestro - dijo Ba-Chie -, mientras yo voy a algún pueblo por aquí cerca en busca de alimento.
Tripitaka bajó del caballo y el Idiota se elevó hacia lo alto. Miró en todas las direcciones, pero lo único que vio fue una interminable sucesión de cordilleras y montañas. No había rastro de una sola casa. Bajó de la nube a toda prisa y dijo a Tripitaka:
- Es imposible mendigar comida. No hay ninguna aldea por aquí cerca.
- En ese caso - concluyó Tripitaka -, tomaremos algo de agua para aplacar la sed.
- Precisamente he visto un arroyuelo hacia el sur de la montaña - explicó Ba-Chie -. Voy a traer de allí el agua.
El Bonzo Sha le entregó la escudilla de las limosnas y al punto volvió a perderse entre las nubes. El maestro se sentó a esperarle junto al camino, pero el tiempo pasaba y Ba-Chie no daba señales de vida La sed atormentaba cada vez más a Tripitaka y la espera se hacía angustiosa por momentos. Sobre ese instante disponemos de un poema, que afirma:

No existe cosa mas importante que dominar el aliento, puesto que no hay diferencia real entre la naturaleza y los sentimientos. Cuando la mente y el espíritu pierden el equilibrio, surge la enfermedad, de la misma manera que el Tao se desvanece, cuando el esperma y la forma ven mermarse sus fuerzas. En vano nos afanamos, cuando se marchitan las Tres Flores [1] o pierden su vigor los Cuatro Grandes [2]. De nada valen entonces la tierra y la madera, el metal y las aguas. ¿Cuándo alcanzará la perfección el cuerpo que ha sido despojado de toda su energía?

Al ver lo mucho que hacían sufrir al maestro el hambre y la sed y que Ba-Chie no volvía con el agua, el Bonzo Sha ató el caballo y dijo:
- Sentaos aquí un momento. Voy a ver si consigo traeros un poco de agua.
Las lágrimas acudieron con tal fuerza a los ojos del maestro, que para expresar su conformidad, sólo pudo sacudir ligeramente la cabeza. El Bonzo Sha no esperó más. Montó en una nube y se dirigió a toda prisa hacia el sur de la montaña. La soledad acentuó aún más la angustia del maestro. Oyó, de pronto, un ruido a sus espaldas y volvió la cabeza. La sorpresa le hizo ponerse de pie de un salto. Junto al camino vio arrodillado al Peregrino. Tenía en las manos un cuenco de porcelana, que ofrecía al maestro con inesperado respeto.
- Ya veis, maestro - dijo, sin levantar la vista del suelo -. Cuando no me tenéis a vuestro lado, no podéis ni llevaros agua a los labios. Bebed de ésta, mientras voy a mendigar algo de comida. Está tan fresquita que recobraréis las fuerzas en seguida.
- ¡No beberé de esa agua ni aunque me muera de sed! - exclamó el maestro -. ¡Prefiero renunciar a la vida antes que tener que ver algo contigo! ¡Márchate y déjame en paz!
- Sin mí jamás alcanzaréis el Paraíso Occidental - insistió el Peregrino.
- ¿Y eso a ti qué te importa? - volvió a exclamar Tripitaka -. ¡Eres u mono sin principios, que no tiene ningún derecho a venir a importunarme!
El Peregrino perdió la paciencia y gritó, rojo de ira:
- ¿Por qué os complacéis tanto en humillarme? ¡Con vuestra conducta estáis demostrando que no sois más que un bonzo sin sentimientos! - y arrojó al suelo el cuenco de porcelana.
Incapaz de controlar la furia que le embargaba, cogió la barra de hierro y propinó al maestro un golpe tremendo en la espalda, que le hizo perder el conocimiento. Cogió después las dos bolsas de lana azul y, montando en una nube, se marchó a otra parte.
Ba-Chie, mientras tanto, había logrado aterrizar en la vertiente sur de la montaña. Subió un pequeño repecho y vio una cabaña escondida entre unas rocas. Sin soltar el cuenco de las limosnas, se llegó hasta ella y comprobó que, a pesar de su tosquedad, se trataba de una  fracción hecha por mano humana.
- Soy tan feo - se dijo, avergonzado -, que lo más seguro es que me nieguen la ayuda que he venido a pedir. Lo mejor será que metamorfosee en algo más atractivo.
Sin pensarlo dos veces, hizo un gesto mágico con los dedos, recitó el correspondiente conjuro, sacudió siete u ocho veces el cuerpo y al instante se convirtió en un monje de carnes magras y tez amarillenta. Gimiendo como si tuviera una enfermedad incurable, se llegó hasta la puerta de la cabaña y levantó la voz, diciendo:
- Si en vuestra cocina sobra arroz, justo es que se lo deis a los caminantes atormentados por el hambre. Yo no soy más que un pobre monje procedente de las Tierras del Este, que se dirige al Paraíso Occidental en busca de escrituras. Si disponéis de algo de arroz, no importa que esté frío o quemado, os suplico me lo deis en limosna, pues mi maestro se muere de necesidad, sentado junto al camino.
Los hombres que habitaban en aquella choza se habían ido al campo y sólo quedaban en ella dos mujeres. Precisamente acababan de hacer la comida y se disponían a llevársela a sus maridos, cuando Ba-Chie llamó a la puerta. En el fogón sólo quedaba un puchero con un poco de arroz quemado en el fondo. Al ver lo enfermizo de su aspecto y oír aquella historia increíble de que se dirigía al Paraíso Occidental procedente de las lejanas Tierras del Este, pensaron que la edad le hacía delirar. Temían, de todas formas, que pudiera caer muerto a su puerta y le llenaron a toda prisa el cuenco de las limosnas con lo que había sobrado. El Idiota aceptó hasta las costras de arroz quemado. Loco de contento, regresó sobre sus pasos y, cuando comprendió que nadie le veía, recobró la forma que le era habitual. Continuó andando y entonces oyó que alguien le llamaba:
- ¡Ba-Chie!
Levantó la cabeza y vio al Bonzo Sha sobre una roca.
- ¡Ven por aquí! - gritó desde arriba. Dio después un salto y se puso a la altura de Ba-Chie -. ¿Se puede saber adonde has ido? - añadió -. Aquí mismo hay un arroyo de agua clarísima. ¿Por qué no has cogido un poco para el maestro?
- Al llegar aquí - explicó Ba-Chie, sonriendo de satisfacción -, vi una casa y me acerqué a pedir un poco de arroz. Me han dado un cuenco lleno, ¿lo ves?
- Me parece muy bien - replicó el Bonzo Sha -, pero el maestro se está muriendo de sed. ¿Quieres decirme dónde vamos a llevarle el agua?
- Nada más sencillo - contestó Ba-Chie -. Dobla un poco la túnica y echaremos en ella el arroz. El agua va mejor en el cuenco de las limosnas.
Locos de contento, continuaron el camino de vuelta. No tardaron en ver a Tripitaka caído en el suelo y con el rostro escondido entre polvo. Alguien había desatado el caballo, que estaba un poco más adelante relinchando y paciendo a sus anchas. Del equipaje no había ni rastro. Ba-Chie cedió a la desesperación y, dando una patada en el suelo, gritó con rabia:
- ¡Han debido de ser esos bandidos a los que apaleó el Peregrino! ¡No han podido ser otros! Mientras estábamos fuera, han matado al maestro y se han llevado el equipaje.
- Vamos a atar primero el caballo - dijo el Bonzo Sha -. ¿Qué podemos hacer? - exclamó después en el mismo tono -. ¡Ésta es la clase de desgracia que se abate sobre los hombres a la hora del mediodía! ¡Pobre maestro! - gritó, abatido, y las lágrimas corrieron copiosas por sus mejillas.
- Deja de llorar, por favor - le aconsejó Ba-Chie -. Es inútil que sigamos adelante con ese asunto de las escrituras. Tú cuida del cadáver del maestro, mientras yo voy a ver si encuentro un ataúd en alguna aldea que haya por aquí cerca. En cuanto le hayamos enterrado, cada cual, volveremos al sitio del que hemos partido.
Pero el Bonzo Sha se resistía a separarse del lado del maestro. Con cuidado dio la vuelta al cuerpo y colocó sus mejillas junto a las del monje Tang, al tiempo que gritaba con más desesperación que antes:
- ¡Pobre maestro! ¡Pobre maestro!
Pero entonces comprobó que, aunque débilmente, el maestro seguía respirando y que en su pecho aún latía un hilo de vida.
- ¡Ba-Chie! - exclamó a toda prisa, esperanzado -. Ven aquí en seguida. ¡El maestro no está muerto!
Sin pérdida de tiempo el Idiota se acercó a ellos e incorporó con cuidado al maestro, que empezó a recobrar poco a poco la consciencia entre lamentos y quejidos.
- ¡Maldito mono! - se quejó con voz muy débil -. ¡Casi acabas conmigo!
- ¿De qué mono estáis hablando? - preguntaron a la vez Ba-Chie y el Bonzo Sha, pero el maestro no pudo hacer otra cosa que gemir. Sólo cuando hubo probado el agua, pudo decir:
- Al poco de marcharos se presentó Wu-Kung otra vez. Cuando me negué a readmitirle en nuestro grupo, se puso furioso, me arreó un golpe tremendo con la barra de hierro y se llevó nuestras dos bolsas de la lana azul.
- ¡Maldito mono! - exclamó Ba-Chie, tan furioso que le rechinaban los dientes y el corazón le golpeaba en el pecho, como si fuera un volcán en erupción -. ¿Cómo ha podido ser tan desalmado? Bonzo Sha, cuida del maestro, mientras voy a exigirle que nos devuelva nuestras bolsas.
- ¿A qué viene tanta precipitación? - protestó el Bonzo Sha -. Lo que tenemos que hacer ahora es llevar al maestro a la casa que hay junto a las rocas y pedir a esas mujeres que calienten el arroz que acaban de darte. Antes de tomar cualquier decisión, es preciso que el maestro se recupere del todo.
Ba-Chie no tuvo nada que objetar. Tras ayudar al maestro a montar en el caballo, cogieron el cuenco de las limosnas y se dirigieron con el arroz a la puerta de la choza. Dentro sólo había una anciana, que trató de huir, aterrada, en cuanto los vio. Afortunadamente el Bonzo Sha logró retenerla, juntando las palmas de las manos y diciendo con humilde voz:
- Nosotros, señora, somos tres monjes procedentes de la corte de los Tang, en las Tierras del Este, que nos dirigimos hacia el Paraíso Occidental en busca de escrituras. Si nuestro maestro no se hubiera sentido indispuesto, tened la seguridad de que no habríamos venido a importunaros para que nos deis un poco de agua caliente.
- Hace un momento - contestó la anciana - se presentó por aquí otro monje de aspecto enfermizo  que  también  decía  provenir  de  las  Tierras  del  Este.  ¿Cómo  es  que últimamente todo el mundo es de allí? Si no os importa, os agradecería que fuerais a pedir a otra casa, porque estoy sola y no tengo nada que ofreceros. Además, al otro le di toda la comida que me había sobrado.
Al oír eso, el maestro desmontó del caballo con la ayuda de Ba-Chie e, inclinándose respetuoso ante la anciana, dijo:
- Cuando iniciamos el viaje, tenía tres discípulos. A todos nos unía el deseo de llegar al Monasterio del Trueno en la India y conseguir las escrituras sagradas, pero desgraciadamente el más antiguo de mis seguidores, que responde al nombre de Sun Wu-Kung, renunció a practicar la senda del bien, prefiriendo entregarse a una orgía de violencia. Por eso le expulsé de mi lado. Lo que menos me esperaba es que fuera a presentarse de improviso ante mí y a darme un golpe tremendo con su barra. No contento con eso, nos robó el equipaje y se marchó con todas nuestras vestimentas. Es preciso que uno de mis discípulos vaya en su búsqueda y recupere nuestras humildes posesiones, pero antes debemos descansar un poco. Comprenderéis que no podemos hacerlo al aire libre. Os prometo que, en cuanto hayamos recobrado el equipaje, nos lanzaremos al camino y no os molestaremos más.
- Pero es que ya hemos dado cuanto teníamos a ese monje de aspecto enfermizo - repitió la anciana -. También él dijo que era oriundo de las Tierras del Este e iba de camino hacia el Paraíso Occidental. ¡No comprendo cómo a todos les ha dado por ir al mismo sitio! ¿Es que no tienen otra cosa que hacer?
- Por supuesto que sí - contestó Ba-Chie, echándose a reír -. Lo que ocurre es que ese hombre del que habláis era yo. Como tengo un morro tan largo y unas orejas tan salientes, temí que fuerais a asustaros y negarme lo que vine a pediros. De ahí que me hiciera pasar por un monje enfermizo. Si no queréis creerme, podéis mirar en la túnica de mi hermano. Ahí está todo lo que me disteis. ¿Es que no reconocéis vuestro propio arroz?
Tras comprobar que era verdad lo que decía, la anciana les dejó el libre y los invitó a sentarse a la mesa. Preparó después un caldero de agua caliente y se lo dio al Bonzo Sha, para que lo mezclara con el arroz, que se había quedado un poco seco. El maestro sólo tomó unos cuantos bocados, pero bastaron para que recuperara las fuerzas y viera la situación con más optimismo.
- ¿Habéis decidido ya quién va a ir en busca del equipaje? - preguntó a sus discípulos.
- Iré yo - respondió Ba-Chie en seguida -. Conozco bien el camino de la Montaña de las Flores y Frutos, donde tiene su guarida. La última vez que riñó con vos se refugió en la Caverna de la Cortina de de Agua. Fue allí precisamente donde le encontré.
- Es mejor que no vayas tú - opinó el maestro -. Nunca te has llevado bien con el Peregrino y tienes una forma muy hiriente de hablar. La más ligera insinuación puede ponerle furioso. ¿Quién te garantiza que no vaya a golpearte con su barra? No, no, opino que debe ir Wu-Ching.
- Estoy totalmente de acuerdo con el maestro - dijo el Bonzo Sha en seguida.
- Debes obrar con suma prudencia - le aconsejó el maestro -. Si se aviene a devolverte las bolsas, muéstrate agradecido y regresa cuanto antes. Si, por el contrario, se niega a hacerlo, no discutas con él y vete a los Mares del Sur y cuéntale todo a la Bodhisattva. Ella se encargará de devolvernos nuestras cosas.
- Procura mostrarte cortés con esta familia y cuida bien del maestro - dijo el Bonzo Sha a Ba-Chie en el momento de despedirse -. Recuerda que quien se porta con respeto con el que le acoge en su casa tiene asegurada la comida durante muchos días. Volveré lo antes que pueda.
- De acuerdo - contestó Ba-Chie, sacudiendo la cabeza -, pero no olvides que te estamos esperando. Tanto si consigues recuperar nuestras cosas, como si no, procura regresar pronto. No quiero que suceda lo del que se pone a atizar el fuego con una vara y termina quemando sus dos extremos.
Tras hacer un gesto mágico con las manos, el Bonzo Sha montó en una nube y se dirigió hacia el continente de Purvavideha. Sobre ese instante disponemos de un poema, que afirma:

El espíritu ha abandonado su hogar, aunque el cuerpo parece no haber cambiado. ¿Cómo va a fundirse el elixir, cuando el fuego no alimenta los braseros? La Bruja Amarilla abandona a su amo y va en busca del Señor del Metal, mientras la Madre Madera [3] se esfuerza por atraer la atención de su maestro, aunque parece abatido y enfermo. Nadie sabe si volverá ni cuándo se producirá su retorno. Las Cinco Fases mantienen entre sí una pelea constante. Nada en ellas es sereno, ni siquiera su interdependiente crecimiento. Únicamente parece unirlas su deseo de volver a ser las carceleras del Mono de la Mente.

Tras viajar durante tres días y tres noches a lomos de una nube, el Bonzo Sha avistó, por fin, el Gran Océano Oriental. El murmullo del oleaje llegaba con nitidez hasta sus oídos. Picados por la curiosidad, miró hacia abajo y vio que estaba amaneciendo. La oscuridad de la noche cedía a la fría luz del alba, como si fuera una especie de neblina negra absorbida por el creciente añil del cielo. Por doquier se veían, no obstante, retazos de un aire denso de sombras y sueños, pero cada vez era más palpable el triunfo de la luz. El Bonzo Sha estaba demasiado preocupado para poder gozar de la belleza que, poco a poco, se desplegaba ante sus ojos. Tras dejar atrás la isla inmortal de Ying-Chou, se dirigió, a lomos de la marea y de la brisa del océano, hacia la Montaña de las Flores y Frutos. No tardó en avistar unas cumbres tan altas, que se perdían en los cielos, y tan escarpadas, que sus paños parecían grandes biombos suspendidos de las nubes. Se posó en el pico más alto y oteó el horizonte, tratando de descubrir el camino que conducía a la Caverna de la Cortina de Agua. Al acercarse a ella, comenzó a oír los gritos chillones de los incontables monos que habitaban en la montaña. El Bonzo Sha se aproximó aún más y vio al Peregrino sentado en un estrado de rocas. Sostenía en las mano un trozo de papel, que leía una y otra vez a sus súbditos, diciendo:

Li, Emperador de los Gran Tang de las Tierras del Este, por la presente encarga al sabio Chen Hsüan-Tsang, monje hermanado con el trono y Maestro de la Ley, que parta hacia el Monasterio del Trueno, enclavado en la Montaña del Espíritu de las Tierras del Oeste, y solicite del Muy Respetable Tathagata, Patriarca Budista, la entrega de las escrituras sagradas. Tras sufrir una grave enfermedad, que debilitó seriamente su cuerpo, tuvo la desgracia de ser llamado al Reino Inferior a dar cuenta de sus actos. Afortunadamente los Reyes de la Oscuridad tuvieron la delicadeza de alargar sus días en la tierra, haciéndole volver al poco tiempo a la vida. En agradecimiento, convocó a todos los monjes del imperio, para que oraran ininterrumpidamente por la suerte de todos los difuntos. Particularmente agradecido se mostró con la Misericordiosa Bodhisattva Kwang-Ing, que tuvo la delicadeza de aparecerse a él bajo la forma de una luz cegadora y de manifestarle que en el Oeste residía un Buda, cuyas escrituras tenían el poder de liberar de sus sufrimientos a los espíritus de los muertos. Eso explica que ahora encargue al Maestro de la Ley y muy dilecto hermano del trono, Hsüan-Tsang, que trasponga las diez mil montañas que nos separan del Paraíso Occidental y obtenga las escrituras antedichas. Es deseo del Emperador de los Gran Tang que se le preste cuanta ayuda sea precisa para llevar a buen término tan alta misión. Pide, igualmente, a los señores de los reinos del Oeste por los que ha de cruzar que, en prueba de buena voluntad, permitan pasar libremente por su territorio a esta delegación  que  tan  dignamente  nos  representa.  El  presente  es  un  documento  imperial promulgado en un día favorable de otoño del decimotercer año de reinado de Chen - Kuan, Gran Emperador de los Tang.
Tras abandonar mi noble nación - se decía a continuación -, he cruzado infinidad de países, tomando como discípulos a los siguientes monjes: Sun Wu-Kung, conocido también como el Peregrino, Chu Wu-Neng, que responde, igualmente, al nombre de Ba-Chie, y Sha Wu-Ching, el Bonzo [4].

Una vez leído el documento, el Rey de los Monos comenzó otra vez por él principio, como si se hubiera empeñado en que todos sus súbditos aprendieran de memoria. El Bonzo Sha comprendió en seguida que se trataba del documento de viaje y, sin poder contener más su impaciencia, abandonó su escondite y dijo:
- No puedes tratar con tan poco respeto un escrito como ése. ¿No comprendes que fue redactado por el propio emperador en persona y ahora pertenece a nuestro maestro? Además, ¿por qué lo lees tantas veces?
El Peregrino levantó la cabeza, pero, sorprendentemente, no reconoció al Bonzo Sha y ordenó con aire autoritario:
- ¡Agarradle!
En un abrir y cerrar de ojos los monos rodearon al Bonzo Sha y lo condujeron, entre empujones y golpes, ante el Peregrino, que gritó furioso:
- ¿Quién eres tú para osar meterte en la morada de un inmortal sin ser invitado?
El Bonzo Sha comprobó, entonces, lo mucho que había cambiado. Su color era distinto y, aunque durante muchísimo tiempo habían sido compañeros de viaje, nada en su actitud denotaba que le conociera. Comprendiendo lo desesperado de la situación, el Bonzo Sha se inclinó respetuosamente y dijo:
- Permitidme poneros al tanto de cuanto ha sucedido. No debéis olvidar que nuestro maestro posee un carácter muy impulsivo, que le llevó a culparos de lo ocurrido y a recitar  el  conjuro  que  tanto  dolor  os  produce,  con  el  fin  de  apartaros  de  su  lado. Confieso que tampoco nosotros hicimos mucho por aplacarle, quizás debido al hambre y a la sed que le atormentaban y a nuestro natural deseo por ver satisfechas cuanto antes sus necesidades. Lo que menos esperábamos, cuando nos apartamos de él, es que vos fuerais a regresar tan pronto y a dejarle medio muerto en el suelo, tras enfureceros por lo que os dijo, y cargar con todas nuestras pertenencias. En cuanto recobró el conocimiento, me encargó que viniera a visitaros y a pediros que, si aún no habéis dominado vuestra ira, accedáis a devolverle lo que es suyo en nombre de la amistad que os unió y del agradecimiento que le debéis por haberos concedido la libertad. Está dispuesto a readmitiros en su grupo, para que juntos alcancemos el Paraíso Occidental y gocemos de los mismos frutos de la virtud. Si, por el contrario, vuestro odio os impide reconocerle una vez más como maestro, os agradecería que le devolvierais, por lo menos, las dos bolsas. De esta forma, podréis disfrutar de una larga vejez entre estas plácidas montañas y nos habréis hecho a nosotros un inmenso favor.
Al oír eso, el Peregrino soltó una carcajada cargada de soberbia y dijo con desprecio:
- Creo que habéis interpretado mal mi conducta. Si descargue mi furia sobre el monje Tang y huí después con su equipaje, no fue porque hubiera decidido venir a retirarme a estas montañas, poniendo así, fin a mis intentos de llegar al Oeste. Al contrario. Si ahora estoy memorizando este documento de viaje, es porque abrigo la intención de llegar yo solo hasta allí y pedir a Buda que me entregue las escrituras. Cuando vuelva con ellas a las Tierras del Este, todo el mundo reconocerá que el mérito ha sido exclusivamente mío y los habitantes del continente de Jambudvipa me aclamarán como patriarca y protector. De esa forma, mi fama estará asegurada para toda la eternidad.
- Está claro que no habéis pensado bien lo que acabáis de decir - contestó el Bonzo Sha, sonriendo -. Que yo sepa, jamás ha mencionado nadie vuestro nombre en relación con esta ardua empresa de conseguir las escrituras. Una vez que Tathagata hubo establecido los tres Canones, encargó a la Bodhisattva Kwang-Ing que hallara un buscador de textos sagrados en las Tierras del Este. Ella recurrió a nosotros, para que cuidáramos de él y le ayudáramos a trasponer las diez mil cumbres que se elevan entre el principio y el fin de su viaje. Es más, nos comunicó que el elegido para llevar a cabo tan alta misión había sido discípulo del propio Tathagata, siendo conocido por doquier por el nombre de Cigarra de Oro. En cierta ocasión se distrajo, mientras Buda estaba predicando, y eso le valió la inmediata expulsión de la Montaña del Espíritu. Se le permitió, no obstante, reencarnarse  en  las  Tierras  del  Este  con  la  advertencia  de  que  debía  regresar  al Occidente tras un largo periplo de dedicación absoluta a la práctica del bien. Dado que en su deambular había de encontrarse con innumerables obstáculos, se nos liberó de nuestras  condenas  y,  así,  nos  convertimos  en  protectores  suyos.  Si  os  negáis  a acompañar al monje Tang, tened por seguro que el Patriarca Budista jamás os confiará las escrituras sagradas, y todos vuestros sueños de grandeza quedarán reducidos a polvo.
- Siempre has sido tan corto de miras que nunca has llegado a comprender nada - replicó el Peregrino -. Según acabas de decir, tienes contigo a un monje Tang que precisa de todo nuestro apoyo. ¿Quién te asegura que yo no tengo otro a mi lado? De hecho, acabo de escoger a un monje realmente virtuoso, que irá en busca de esas escrituras y que contará en todo momento con mi ayuda. ¿Qué hay de malo en ello? Mañana mismo nos pondremos en camino. Si no me crees, te lo enseñaré, para que veas que es verdad.
Se volvió después hacia sus legiones de monos y gritó:
- ¡Sacad al maestro en seguida!
Los monos no tardaron en aparecer con un caballo blanco, un Tripitaka Tang, un Ba-Chie con el equipaje y un Bonzo Sha con el báculo del maestro. Eran tan idénticos al original, que el propio Wu-Ching se quedó mudo de asombro. Veía su propia imagen reduplicada y las palabras huían de su boca como hojas de bambú a merced del viento. Por fin, pudo más la ira que su temor y exclamó, furioso:
- ¡Es imposible que exista otro Bonzo Sha! ¡Nadie puede copiar su forma de andar, ni su manera de sentarse, ni su modo de ser! ¡No basta con apropiarse de su nombre! Para que aprendas a ser más respetuoso, ¡prueba el sabor de mi báculo! - y descargó sobre la cabeza del impostor un golpe tan certero, que al instante quedó reducido a polvo.
Se vio, entonces, que no era más que un mono disfrazado de monje. Enfurecido, el Peregrino echó mano de la barra de los extremos de oro y se lanzó contra su antiguo compañero de viaje. Los otros monos trataron de rodearle, pero él logró abrirse camino con ayuda del báculo de matar monstruos y se elevó hacia lo alto.
- ¡Qué poco escrupuloso es ese maldito mono! - se dijo, mientras huía a toda prisa a lomos de una nube -. Tengo que ir a comunicar en seguida a la Bodhisattva lo que ha ocurrido.
El Peregrino ni siquiera se molestó en perseguirle. Al ver que abandonaba el campo, regresó a la caverna y ordenó que desollaran al mono muerto. Una vez frita, su carne fue servida entre todos los presentes junto con unos vasos de licor de coco. Tras degustar tan espléndidos manjares, el Peregrino escogió a otro mono que dominaba el arte de las metamorfosis y al instante se convirtió en una copia exacta del Bonzo Sha. Aunque conocía todos los senderos que llevaban al Occidente, escuchó de buena gana las instrucciones que le dio su señor, por lo que, de momento, no hablaremos más de esos impostores. Sí lo haremos, sin embargo, del Bonzo Sha, quien, tras abandonar los límites del Océano Oriental y viajar sin detenerse durante un día y una noche, logró avistar, por fin, la Montaña Potalaka. Picado por la curiosidad, detuvo la nube en la que viajaba y miró a su alrededor. Jamás había visto un lugar tan extraordinario como aquél. Aunque escondido a los ojos de los mortales, pertenecía a la vez a la Tierra y al Cielo. En él confluían cientos de arroyos, como si quisieran purificar de sus imperfecciones las estrellas y el sol. Allí el viento poseía una dulzura especial y los rayos de la luna parecían   más   vivos   y   luminosos.   Cuando   la   marea   crecía,   los   leviatanes   se transformaban en aves y los monstruos marinos nadaban a placer entre las olas [5]. Aquél era el punto en el que confluían las aguas del Océano Oriental y del Mar del Noroeste. Los cuatro mares recibían, de hecho, en aquellos parajes, su fuerza vital, aunque en todos ellos existieran islas habitadas por inmortales. ¿Para qué hablar de la belleza de Peng-Lai, cuando la de la Montaña Potalaka era infinitamente mayor? Las cumbres de la montaña en la que se hallaba excavada brillaban como gemas. A su alrededor flotaba una neblina tan luminosa, que parecía haberse apoderado de todos los rayos de la luna. Su vaporosidad contrastaba con el fino verdor de los bosquecillos de bambú, sobre los que revoloteaban bandadas de pavos reales con las colas extendidas. A su lado, posado en la rama de un sauce, un loro de vivos colores mantenía una conversación ininteligible con la hierba de jade y con las flores que nunca se marchitan. Los lotos de oro las miraban con envidia, porque árboles centenarios retorcían penosamente sus troncos por no privarlas de la caricia directa del sol. Garzas de color blanco revoloteaban por encima de las cumbres, punteando con su sombra los nidos de los fénix que escondían los  rugosos  árboles  de  las  laderas.  Aquel  lugar  estaba  impregnado  de  tal  aura  de santidad, que hasta los peces saltaban por encima de las olas, ansiosos por escuchar la lectura las escrituras y los principios que conducen a la inmortalidad. Aunque le hubiera gustado contemplar aquella belleza durante cientos de años, el Bonzo Sha posó su nube en la Montaña Potalaka. En seguida le salió al encuentro el discípulo Moksa, que le preguntó:
- ¿Cómo es que no estás acompañando al monje Tang? ¿Quieres decirme para qué has venido aquí?
- Para hablar de un asunto de vital importancia con la Bodhisattva - contestó el Bonzo Sha, tras devolverle el saludo con una inclinación de cabeza -. Si no te importa, me gustaría que me condujeras cuanto antes a su presencia.
Moksa sabía que se trataba de algo relacionado con el Peregrino, pero no dijo nada. Se dirigió inmediatamente al interior de la caverna y dijo a la Bodhisattva:
- Acaba de llegar Sha Wu-Ching, el menor de los discípulos del monje Tang, y desea entrevistarse con vos.
Al oírlo, el Peregrino Sun, que se encontraba justamente debajo del estrado en el que se hallaba sentada la Bodhisattva, se dijo, esperanzado:
- Por fuerza el monje Tang ha tenido que encontrarse con una tremenda dificultad y ha enviado al Bonzo Sha para solicitar la ayuda de la Bodhisattva.
Kwang-Ing ordenó a Moksa que hiciera pasar a Wu-Ching. El Bonzo se echó rostro en tierra y empezó a golpear el suelo con la frente. Cuando levantó la cabeza para relatar a la Bodhisattva todo lo que había ocurrido, vio, de pronto, al Peregrino sentado a un lado y sin decir una sola palabra, le lanzó un golpe tremendo a la cara con su báculo de matar monstruos. El Peregrino se hizo a un lado, pero no respondió a la incitación.
- ¡Maldito mono! - exclamó el Bonzo Sha, furioso -. Eres culpable de diez mil muertes y todavía te atreves a venir a engatusar a la Bodhisattva? ¿Qué clase de ser depravado eres tú?
- ¡No incites a nadie a la lucha en mi presencia, Wu-Ching! - gritó la Bodhisattva -. Si tienes alguna queja que hacer, exponla y déjame a mí decidir.
El Bonzo Sha puso a un lado el báculo y, arrodillándose otra vez ante la Bodhisattva, dijo, sin poder contener la ira:
- Este mono maldito es un auténtico esclavo de la violencia. Hace un par de días dejó muertos junto al camino a dos salteadores que nos salieron al paso. Como podéis comprender, el maestro le riñó con la severidad que era de esperarse, pero él no le hizo el menor caso. Aquella misma noche, de hecho, arrasó el campamento de los bandidos y acabó con todos ellos. Tuvo incluso la osadía de cortarle a uno la cabeza y llevársela al maestro, que cayó del caballo a consecuencia del susto. Tanta crueldad le valió una nueva regañina y la prohibición de seguir adelante con nosotros. En cuanto se hubo marchado, el maestro comenzó a sentir un hambre y una sed insoportables y encargó a Ba-Chie que fuera en busca de agua. Como tardaba en volver, decidí ir en su busca, sin sospechar que eso era, precisamente, lo que estaba esperando el Peregrino Sun. En cuanto vio que el maestro se encontraba solo, le atizó un golpe tremendo en la espalda con la barra de hierro y se llevó nuestras dos bolsas de lana azul. Hallamos al maestro al borde de la muerte, pero conseguimos reanimarle y me encargó que fuera a la Caverna de la Cortina de Agua a recuperar lo que era nuestro. Lo que menos me esperaba es que hubiera cambiado de rostro y se negara repetidamente a reconocerme. Esta sentado en su trono y repetía, una y otra vez, el contenido del documento de viaje que entregó al maestro el Emperador de los Tang. Cuando le pregunté por qué lo hacía, me respondió que ya no deseaba seguir al monje Tang, que pensaba conseguir él solo las escrituras en el Paraíso Occidental y que tenía pensado regresar con ellas a Las Tierras del Este. De esa forma, el mérito sería exclusivamente suyo, la gente le aclamaría como patriarca y su fama duraría tanto como el tiempo. «¿Cómo crees que van a darte las escrituras, si no va contigo el monje Tang?», le pregunté yo entonces. Él contestó que había elegido a otro monje tan sabio y virtuoso como el que pudiera tener yo a mi lado. Para demostrarme que era verdad lo que decía, hizo salir a un grupo de fantasmas en el que figurábamos el monje Tang, un caballo blanco, Ba-Chie y yo mismo. Al verme, grité, irritado: « ¡Yo soy el único Bonzo Sha que existe! ¿Cómo puede haber otro, aparte de mí?». Y arreé un tremendo golpe al impostor con mi báculo de destruir monstruos. Se vio, entonces, que no era más que un mono disfrazado, pero ese simio sin sentimientos montó en cólera y trató de capturarme con ayuda de sus súbditos. Afortunadamente logré escapar y decidí venir en seguida a informaros de cuanto había ocurrido. En cuanto a él, debe de haberse servido de su famoso salto para llegar antes que yo y embaucaros con sus historias de falso arrepentimiento.
- Procura no acusar al que es inocente, Wu-Ching - le aconsejó la Bodhisattva -. Wu- Kung lleva, de hecho, a mi lado cuatro días y no se ha movido para nada de donde le ves. ¿De dónde iba a haber sacado otro monje Tang para tratar de hacerse él solo con las escrituras?
- ¡Pero yo vi al Peregrino Sun en la Caverna de la Cortina de Agua! - insistió el Bonzo Sha -. ¿Pensáis que os estoy mintiendo?
- No sigas dando vueltas a eso en la cabeza - contestó la Bodhisattva -. Pediré a Wu-Kung que vaya contigo a la Montaña de las Flores y Frutos a ver qué es lo que ocurre exactamente. La Verdad es indestructible, mientras que la mentira es fácil eliminarla. Lo descubriréis en cuanto lleguéis allí.
El Gran Sabio y el Bonzo Sha no demoraron la marcha. Partieron, nada más despedirse de la Bodhisattva, al encuentro con la Verdad. Como consecuencia de su viaje, ante la Montaña de las Flores y Frutos quedó claramente separado lo blanco de lo negro y la bondad desenmascaró a la maldad en la puerta misma de la Caverna de la Cortina de Agua.
Desconocemos, de momento, cómo lo consiguieron. Quien desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el siguiente capítulo.

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[1]Las Tres Flores hacen referencia al proceso por el que el «ching» («la esencia», el «chi» («energía vital») y el «shen» («espíritu») confluyen en la parte superior de la cabeza, produciendo un elixir sumamente efectivo.

[2]Para el taoísmo los Cuatro Grandes, o «sz-da», son el Tao, el Cielo, la Tierra y el Gobernante, aunque en un sentido más social se admiten como tales los grandes méritos, el reconocimiento universal, las virtudes fuera de lo común y el poder sin límites. Para el budismo, sin embargo, son los elementos tierra, agua, fuego y viento, o «tanmatra», los que componen el cuerpo humano. La enfermedad, por tanto, no es más que una manifestación de la pérdida de su equilibrio esencial.

[3]A nuestro entender, este poema es de capital importancia, ya que no sólo enfatiza la identificación de cada uno de los protagonistas con las Cinco Fases, sino que explicita la enorme tensión que existe entre ellos. Ésta, lejos de basarse de lógicas diferencias de carácter, tiene, en realidad, un origen cósmico.

[4]Se supone que esta parte ha sido añadida por la soberana del País de las Mujeres (cfr. capítulo 54), por lo que su tono y estilo cambian substancial-mente en relación con los del resto del documento.

[5]Alusión a Chuang-Tse, que al comienzo de sus escritos narra cómo el pez Kuen es capaz de metamorfosearse en el ave Peng, ambos de proporciones francamente extraordinarias.