Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

Fuera de sí, el espíritu acaba con los bandidos. Sumido en la confusión, el Tao termina expulsando al Mono de la Mente.


Cuando la mente se encuentra totalmente vacía y ningún pensamiento viene a turbar su paz, alcanza las cumbres de la perfección. Para conseguir tan alto fin, se debe controlar con firmeza al mono y al caballo, el espíritu y el esperma deben guardar un equilibrio perfecto y los Seis Ladrones [1] deben ser totalmente destruidos. De esta forma, surgen, pujantes, los Tres Vehículos [2], porque la Iluminación sólo se produce cuando han sido abolidos todos los nidanas. Una vez destruidas las formas, puede alcanzarse el auténtico Reino del Oeste, donde la felicidad y el gozo son absolutos.

Decíamos  que  Tripitaka  Tang  había  logrado  mantener  intactas  las  energías  de  su cuerpo, gracias a la determinación de su carácter. Era, en efecto, tan inamovible, que no habría cedido a las pretensiones de la diablesa, ni aunque hubiera sido despedazado con garfios de hierro. Tuvo la suerte, además, de contar con la ayuda del Peregrino y sus otros discípulos, que acabaron con el Espíritu Escorpión y le libraron de la Caverna del Laúd. Cuando reanudaron el viaje, el tiempo no podía ser más claro y benigno. Una brisa  suave  esparcía  por  doquier  el  cálido  aroma  de  las  orquídeas  silvestres.  Los bambúes nuevos conservaban intacto, como si fuera un tesoro, el frescor que habían dejado las últimas lluvias. Nadie transitaba por aquellos parajes, ni siquiera los recogedores de hierbas medicinales. Los arroyos bajaban llenos de flores de todos los colores, que contrastaban con el tono pardo de los pájaros que buscaban la protección de los sauces. Enjambres de abejas revoloteaban alrededor de los granados, ajenas a la belleza que las rodeaba. Aunque las barcas del dragón seguían haciendo luto en las aguas del río Mi-Le, los caminantes de tan largo viaje no se detenían a envolver en hojas de bambú las delicias de arroz [3].  Era el paisaje típico que ofrece la naturaleza por la Fiesta del Doble Cinco. Tanto el maestro como los discípulos contemplaron, embelesados, la pujanza de la vida. Cuando más alto estaba el sol, se toparon, una vez más, con una montaña altísima que les cerraba el paso. El maestro detuvo el caballo y, volviendo la cabeza, dijo:
- Wu-Kung, ahí delante hay una montaña, que, por sus características, debe de estar poblada de monstruos. Es conveniente que extrememos todas las precauciones.
- No tengáis miedo, maestro - contestó el Peregrino -. Los que hemos abrazado la fe con el desinterés con que lo hemos hecho nosotros no debemos preocuparnos por las bestias.
Tranquilizado por esas palabras, el maestro espoleó el caballo y siguieron adelante. Al poco tiempo llegaron a una alta plataforma desde la que se contemplaba un paisaje que dejaba al espíritu en suspenso. Cumbres cubiertas de pinos y cedros se perdían en el azul del cielo. Una tupida red de enredaderas y rosas silvestres colgaba de los acantilados, a los que hacían sombra picos escarpados de más de diez mil metros de altura  y  crestas  que  superaban  los  mil.  Rocas  de  tonalidades  oscuras  aparecían revestidas del jade vivaz de musgos y líquenes. Su verdor se repetía en las grandes masas de bosques de enebros y olmos que se extendían hasta donde abarcaba la vista. En ellos se escuchaba de continuo el canto melodioso de las aves, que parecían querer competir con el murmullo, auténtico tintineo de jade, de las aguas de los arroyos. Los senderos estaban festoneados de flores que recordaban montones de piedras preciosas.
¡Qué difíciles resultaban, sin embargo, de transitar!, ¡qué penosa ascensión! Los pies no encontraban un solo punto llano en el que apoyarse, resbalando de continuo y amenazando al caminante con dar con todos sus huesos por tierra. Pero tanto esfuerzo quedaba compensado por la visión fugaz de parejas de ciervos y zorros. Llamaba la atención el contraste que marcaban las negras pelambres de los monos y el color blanquecino de los cervatillos. Cuando menos se esperaba, se oía el temible rugido del tigre o los cantos de las grullas, que llegaban hasta el mismo Cielo. Había tal abundancia de ciruelas y albaricoques, que sólo con alargar la mano podría cualquiera alimentarse durante años. Adondequiera que se dirigiera la vista se veían plantas desconocidas y flores exóticas que mostraban, orgullosas, el tierno milagro de sus capullos.
El  terreno  era  tan  abrupto,  que  durante  mucho  tiempo  los  peregrinos  se  vieron obligados a caminar con una lentitud exasperante. Después de trasponer la cima, acometieron el descenso por la vertiente occidental, llegando al poco rato a una porción de terreno llano. Deseoso de mostrar su fuerza, Chu Ba-Chie pidió al Bonzo Sha que cargara con el equipaje y corrió hacia el caballo con el rastrillo por encima de la cabeza, como si fuera a atacarle. Era claro que trataba de asustarle, pero el animal ni siquiera le hizo caso. A pesar de los gritos y los gestos de Ba-Chie, siguió cabalgando con la misma parsimonia de siempre.
- ¿Para qué quieres asustarle? - le regañó el Peregrino -. Déjale que camine a su aire.
- Se está haciendo tarde y no hemos parado de andar en todo el día - dijo Ba-Chie, abandonando su juego -. Esto de escalar montaña tras montaña da mucha hambre. ¿Por qué no vamos a ver si por aquí cerca hay alguna casa y pedimos algo de comer?
- Si no os importa, lo haré yo - contestó el Peregrino y agitó la barra de los extremos de oro, al tiempo que lanzaba su grito.
Aterrado, el caballo salió disparado como si fuera una flecha. Alguno se preguntará por qué tenía miedo del Peregrino y no de Ba-Chie. La razón es que el Peregrino había sido nombrado, hacía ya más de quinientos años, caballerizo de los establos celestes por el propio Emperador de Jade en persona. Eso explica por qué los caballos siempre han tenido miedo a los monos. El maestro tiró de las riendas, pero no pudo controlar al animal. No le quedó, pues, más remedio que agarrarse con fuerza a la silla y dejarle galopar a sus anchas. Así recorrieron alrededor de veinte kilómetros. El paisaje había cambiado por completo. Ante ellos se abría una gran extensión de campos de labor, el maestro no tuvo tiempo de gozar de su placidez. De pronto, se oyó un entrechocar de objetos metálicos y apareció un grupo de más treinta hombres armados con lanzas, cimitarras, garrotes y barras, que le cerraron el camino, gritando:
- ¿Se puede saber adonde vas, monje?
El monje Tang se llevó tal susto que perdió el control del caballo y cayó al suelo. Se arrastró como pudo hasta unos arbustos y contestó, temblando de pies a cabeza:
- ¡No me hagáis ningún daño, grandes señores! ¡Perdonadme la vida, por favor!
- Está bien - contestaron dos hombres de una corpulencia extraordinaria, que parecían capitanear el grupo -. Pero tienes que entregarnos todo el dinero que lleves.
Sólo entonces comprendió el maestro que se trataba de bandidos. Levantó lentamente la cabeza y vio que uno de ellos tenía el rostro verde y una mandíbula tan protuberante como la de un espíritu maligno. El otro poseía unos ojos tan redondos y saltones como los de la misma muerte. De las sienes les salían unos mechones de pelos rojizos que parecían llamas devorando una cabaña. Sus barbas, de un extraño color amarillento, eran tan fuertes que daban la impresión estar claveteadas en sus mentones. Los dos llevaban cubierta la cabeza con gorros hechos de piel de tigre y ceñían la cintura con pieles de bellinas. Uno llevaba en las manos un garrote con dientes de lobo incrustados en la madera, mientras que el otro traía apoyado en la espalda un báculo extremadamente rugoso. El de la izquierda recordaba a un tigre de la montaña. El de la derecha no le iba a la zaga, pues era la imagen viva de un dragón surgiendo, veloz, de las aguas. Comprendiendo que no iban a atenerse a razones, Tripitaka no tuvo más remedio que ponerse de pie. Juntó a continuación las palmas de las manos y dijo:
- Este humilde monje, grandes señores, no es más que un enviado del Emperador de los Tang, cuyo reino se encuentra en las Tierras del Este, al Paraíso Occidental en busca de escrituras sagradas. Han pasado muchos años desde que abandoné la ciudad de Chang- An. Eso explica que, aun en el caso de que hubiera partido con las bolsas llenas, ahora no me quede ni una sola moneda. La verdad es que los que hemos renunciado a la familia vivimos de las limosnas que nos dan por el camino. ¿De dónde voy a sacar el dinero que me pedís? Sed indulgentes con este pobre monje y dejadle pasar.
- ¿Qué quieres decir con eso de que seamos indulgentes? - preguntaron los dos jefes de los bandidos, acercándose a él -. Este es nuestro territorio. Aquí estamos siempre al acecho, como si fuéramos tigres, con el único fin de despojar a los caminantes de todo lo que lleven de valor. Si no llevas nada de dinero, nos quedaremos con tus ropas y con el caballo. Sólo entonces te permitiremos seguir adelante.
- ¡Amitabha! - exclamó Tripitaka, escandalizado -. La túnica que llevo ha sido confeccionada con el algodón que me dio en limosna una familia y con las agujas que me regaló otra. Está, además, tan llena de remiendos, que ni para mendigar vale ya. Si me despojo de ella, no tendré nada con que cubrirme y me quedaré completamente a merced de los elementos. Debéis tener en cuenta que, aunque en esta reencarnación seáis hombres aguerridos, es muy posible que seáis unas bestias.
Enfurecido por esa observación, uno de los bandidos cogió un palo y se volvió contra el maestro con ánimos de darle una paliza. El monje no dijo ni una palabra, pero pensó:
- Mucho te pavoneas tú de tu palo. Espera a que aparezca mi discípulo con su barra y ya verás.
El  bandido  no  era  hombre  que  se  dejara  convencer  por  las  razones  y  empezó  a descargar sobre el maestro una auténtica lluvia de golpes. El monje Tang jamás había dicho una sola mentira en toda su vida, ante una situación tan desesperada, no le quedó más remedio que decir:
- ¡No me peguéis más, por favor! Detrás de mí viene un discípulo cargado de onzas de plata. Cuando llegue, os las daré con muchísimo gusto.
Este monje no vale ni para aguantar el dolor - se burló uno de los bandidos -. Atadle.
Sin pérdida de tiempo, dos de los hombres que le seguían amarraron al maestro con una cuerda y le colgaron de un árbol. Los otros tres peregrinos habían salido en persecución del caballo, pero las carcajadas no les permitieron correr a la velocidad que hubieran deseado. Sin poder contener la risa, Ba-Chie dijo, por fin:
- ¿Dónde nos estará esperando el maestro? Salió tan disparado, que posiblemente se encuentre muy lejos de aquí.
- No había acabado de decirlo, cuando le vio a lo lejos colgado de un árbol.
- ¡Mirad, allí está! - exclamó, divertido -. Como la espera se le hizo un poco larga, se ha subido a un árbol y ha empezado a columpiarse. ¡Qué humor el suyo!
- ¡Deja de decir tonterías, de una vez, Idiota! - le regañó el Peregrino -. A mí me parece, más bien, que está colgado de una rama. Quedaos aquí, mientras yo voy a echar un vistazo.
De un salto, subió a un montículo que había por allí cerca y vio con claridad al grupo de bandidos.
- ¡Qué suerte! - se dijo frotándose las manos de alegría -. Estaba empezando a echar de menos un poco de diversión.
Bajo a toda prisa del montículo y, sacudiendo ligeramente el cuerpo, se convirtió en un monje joven de aproximadamente dieciséis años y con una bolsa de color azul al hombro. Se llegó corriendo hasta donde estaba el maestro y le preguntó a grandes voces:
- ¿Quiénes son esos hombres malvados? ¿Por qué no me contáis lo que ha sucedido?
- ¿A qué vienen tantas preguntas? - replicó el maestro -. ¿Es que no piensas liberarme?
- ¿A qué se dedican esos tipos? - insistió el Peregrino.
- Son asaltantes de caminos - contestó Tripitaka -. Detienen viajeros y les roban todo el dinero que lleven encima. Como yo no tengo nada, me han atado y me han colgado de este  árbol,  esperando  a  que  aparecieras  tú,  para  dejar  definitivamente  zanjada  la cuestión. Si no logramos convencerlos, tendremos que entregarles el caballo.
- ¡Qué poca valentía la vuestra! - exclamó el Peregrino, sonriendo al oírlo -. Existen muchos monjes en el mundo, pero ninguno tan cobarde como vos. Tai-Chung, el Gran Emperador de los Tang, os envió al Paraíso Occidental a entrevistaros con Buda. Además, vuestro caballo es, en realidad, un dragón. ¿Quién va a poder arrebatároslo a la fuerza?
- Ya ves cómo me han atado - replicó Tripitaka -. ¿Qué puedo hacer, si deciden darme una paliza?
- En fin - concluyó el Peregrino -. ¿Qué les habéis contado?
- No tuve más remedio que hablarles de ti - contestó Tripitaka -. ¿Qué otra cosa podía hacer? Me estaban amenazando con darme una paliza.
- ¡Qué poca resistencia poseéis! - exclamó el Peregrino -. ¿Que les contasteis en concreto de mí?
- Les dije que eras tú el que llevaba el dinero - respondió Tripitaka -. Tuve que hacerlo, para que dejaran de golpearme. Fue sólo para salir del paso.
- Me parece muy bien - opinó el Peregrino -. Gracias por hacerme un favor tan grande.
Es el tipo de confesión que esperaba. Si hicierais al mes otras setenta u ochenta, no me faltaría trabajo. Os aseguro.
Al verle hablar con el maestro, los bandidos lo rodearon y dijeron:
- Tu maestro acaba de confesarnos que eres tú el que lleva dinero. Si nos lo entregas de buena gana, os perdonaremos la vida. De lo contrario, os mataremos antes de que podáis decir esta boca es mía.
- ¿A qué viene tanto alboroto? - exclamó el Peregrino, quitándose la bolsa de trapo que llevaba al hombro -. Todo el dinero que llevamos está aquí, aunque os advierto que no es mucho: alrededor de veinte libras de oro y cerca de treinta lingotes de plata. No llevo la cuenta del resto de las monedas. Quedaos con toda la bolsa, si queréis. Lo único que os pido es que no maltratéis a mi maestro. Como muy bien afirma un libro antiguo, «aunque las riquezas sean importantes, sólo la virtud es realmente necesaria». Lo que me exigís es una cosa que carece totalmente de importancia. Para los que hemos renunciado  a  la  familia  siempre  existen  lugares  en  los  que  mendigar.  Ya  nos proveeremos de todo lo necesario, cuando nos encontremos con alguna persona entrada en  años  que  desee  hacer  un  buen  acopio  de  méritos.  ¿Cuánto  pueden  gastar  unas personas como nosotros? Lo único que quiero es que pongáis en libertad a mi maestro. Con eso me doy por satisfecho.
- El monje viejo es un tanto quisquilloso - comentaron satisfechos los bandidos al oír esas palabras -. Afortunadamente, al joven le sobro generosidad.
- ¡Soltadle inmediatamente! - ordenó uno de los jefes de los bandidos.
En cuanto se sintió libre, el maestro montó en el caballo y, sin preocuparse para nada del Peregrino, se volvió, fusta en mano, por el camino por donde había venido.
- ¡Vais en dirección contraria! - gritó el Peregrino, Cogió a continuación la bolsa y trató de seguirle, pero le detuvo uno de los bandidos.
- ¿Adónde crees que vas? - le preguntó el jefe de la banda -. Entréganos el dinero, si no quieres que acabe con tu vida.
- Como iba diciendo - contestó el Peregrino, sonriendo -, dividiremos el dinero en tres partes.
- ¡Este monje es más astuto de lo que creíamos! - exclamó el jefe de los bandidos, malhumorado -. Ahora que su maestro se encuentra sano y salvo, quiere quedarse con algo para él. De acuerdo. Enséñanos todo lo que llevas. Si es mucho, te dejaremos coger un poco, para que puedas comprar alguna cosilla de comer.
- No me refería precisamente a eso - contestó el Peregrino -. ¿Crees de verdad, que yo llevo dinero encima? Lo que quería decir es que vosotros tenéis que repartir conmigo todo el oro y la plata que habéis robado.
- ¿Habéis oído? - gritó el jefe de los bandidos, fuera de sí -. ¡Este monje no sabe lo que es bueno! No sólo se niega a darnos lo que lleva, sino que, encima, exige que le entreguemos lo que es nuestro. ¡Ya está bien de cuentos! ¡Lo que tú necesitas es una buena paliza! - y, levantando su báculo de nudos rugosos, dejó caer sobre la cabeza del Peregrino siete u ocho golpes, pero éste siguió como si no hubiera pasado nada.
- Si es así como pegas a la gente - dijo Wu-Kung, sonriendo -, tendré que esperar hasta la primavera siguiente para que me hagas un poco de daño.
- ¡Qué cabeza más dura tiene este monje! - exclamó el bandido, asombrado.
- Sólo un poco - respondió el Peregrino, sonriendo -. De todas formas, te agradezco el cumplido.
Cansados de tanta palabrería, otros dos bandidos se unieron a su jefe y empezaron a descargar una lluvia de golpes sobre el Peregrino que dijo, sin inmutarse:
- Tratad de dominar vuestro enfado, mientras saco algo que quiero enseñaros - se frotó la oreja y les enseñó una pequeña aguja de bordar -. Yo - añadió, sin dejar de sonreír -, un humilde monje que ha renunciado a la familia, jamás llevo conmigo nada de dinero. Sólo poseo esta pequeña aguja, que estoy dispuesto a regalaros con mucho gusto.
- ¡Qué suerte más perra la nuestra! - exclamó el bandido -. Dejamos escapar a un monje rico y nos quedamos con otro que no tiene ni donde caerse muerto. ¡Éste es un auténtico burro sin pelo! Por lo que se ve, coser se te da muy bien. ¿Quieres explicarme para qué quiero yo una aguja?
Al oír que no la quería, el Peregrino la agitó solamente una vez y se convirtió en una barra del grosor de un cuenco de arroz. Asombrado, el bandido comentó:
- Aunque joven, se nota que este monje es un mago. El Peregrino dejó caer la barra en el suelo y dijo:
- Se la daré al que sea capaz de levantarla.
Los dos jefes de los bandidos dieron inmediatamente un paso hacia delante y trataron de  moverla,  pero  sus  esfuerzos  resultaron  tan  inútiles  como  los  de  una  libélula empeñada en cambiar de lugar un columna de piedra. La barra permaneció firmemente anclada en el suelo. ¿Cómo podía ser de otra forma, si se trataba de la barra de los extremos de oro, que había arrojado, en las balanzas celestes, un peso que superaba los tres mil quinientos kilos? Los bandidos, por supuesto, no lo sabían. El Gran Sabio los apartó suavemente de su camino y cogió la barra sin ningún esfuerzo. Adoptó después la postura de serpiente que se enrosca y dijo, apuntando a los bandidos con su extraordinaria arma:
- Lo mejor que podéis hacer es echar a correr, porque os habéis topado con el Mono.
Uno de los jefes de los bandidos se acercó a él y le propinó otros cincuenta o sesenta porrazos.
- Debes de tener las manos muy cansadas - se burló el Peregrino -. Creo que ahora me toca a mí darte un golpecito con mi barra. De todas formas, no te preocupes. No voy a emplear toda la fuerza de que soy capaz.
Volvió a sacudir ligeramente la barra y alcanzó una longitud de unos ciento cincuenta metros y un grosor que superaba el de la boca de un pozo. Con ella atizó un pequeño golpe al bandido, que quedó tumbado en el suelo boca abajo. El otro jefe de la banda gritó, fuera si:
- ¡Es increíble la audacia de este calvete! No sólo se niega a entregarnos su dinero, sino que, encima, mata a uno de los nuestros.
- No os preocupéis - contestó el Peregrino, echándose a reír -. Hay para todos. Si no os he barrido todavía, es porque quiero estar seguro de que no quedáis ni uno solo - y, dejando caer la barra sobre el otro jefe, le desintegró, como si jamás hubiera existido.
Al verlo, los otros bandidos arrojaron las armas y huyeron, despavoridos en todas las direcciones. El monje Tang, mientras tanto, cabalgó a toda prisa hacia el este y no tardó en toparse con Ba-Chie y el Bonzo Sha, que le preguntaron, sorprendidos:
-  ¿Adónde  vais,  maestro?  ¿No  os  dais  cuenta  que  estáis  siguiendo  la  dirección contraria?
- Daos prisa y decid a vuestro hermano mayor que no abuse del poder de su barra - les urgió el maestro, tirando de las riendas de su cabalgadura -. Sería lamentable que acabara con todos esos bandidos.
- Quedaos aquí, mientras yo voy a hablar con él - dijo Ba-Chie lanzándose a una loca carrera -. ¡No los mates a todos! - iba gritando con toda la fuerza de sus pulmones -. ¡El maestro desea que te muestres tolerante con ellos!
- ¿Desde cuándo me dedico yo a matar gente? - se defendió el Peregrino.
- ¿En dónde se han metido los bandidos? - preguntó Ba-Chie
- Se han ido - contestó el Peregrino -. Sólo se han quedado durmiendo esos dos de ahí.
- ¡Malditos vagos! - exclamó Ba-Chie, soltando la carcajada -. Debéis de haber pasado toda la noche en vela. ¿Por qué no vais a descansar a otra parte? ¡Es ridículo que hayáis escogido un lugar como éste!
El Idiota se acercó a ellos y los miró con cuidado.
- Son como yo - continuó diciendo -. Duermen con la boca abierta y hasta roncan un poquito.
- Lo dudo - replicó el Peregrino -, porque con la barra les he sacado hasta el «doufu».
- ¡No me digas que tenían «doufu» en la cabeza! - exclamó Ba-Chie.
- ¡Qué tonto eres! - se burló el Peregrino -. ¿No comprendes que me refería a los sesos?
Al oír eso, Ba-Chie corrió hacia donde estaba el monje Tang y le informó, diciendo:
- Los bandidos han dejado el campo libre.
-  ¡No  me  digas!  -  exclamó  Tripitaka,  todavía  preocupado  -.  ¿Qué  dirección  han tomado?
- ¿Cómo creéis que se han ido corriendo, si tienen las piernas tan rígidas que ni siquiera pueden andar? - replicó Ba-Chie.
- ¿En qué quedamos? - volvió a preguntar Tripitaka -. ¿No decías que han dejado el campo libre?
- Están muertos - respondió Ba-Chie -. ¿Qué más campo libre que ése queréis?
- ¿Qué aspecto presentan? - inquirió, una vez más, Tripitaka.
- Tienen dos agujeros en la cabeza - contestó Ba-Chie.
- Abrid la bolsa y sacad unas cuantas monedas - ordenó Tripitaka -. Es necesario ir cuanto antes a por alguna medicina para tapárselos.
- ¿Estáis bromeando? - exclamó Ba-Chie -. Las medicinas valen sólo para los vivos. ¿Para qué pueden quererlas los muertos?
- ¿De verdad están muertos? - insistió el maestro, desalentado.
Se sentía tan abatido que empezó a lanzar insultos contra el Peregrino, llamándole mono maldito y simio sin principios. Reanudaron la marcha y no tardaron en llegar al punto donde yacían los dos cadáveres, cubiertos totalmente de sangre. Incapaz de aguantar tan macabro espectáculo, el maestro ordenó a Ba-Chie:
- Haz un hoyo con tu rastrillo y entiérralos. Mientras tanto, rezaré una oración por ellos.
- Os estáis equivocando de persona, maestro - contestó Ba-Chie -. No fui yo el que los mató, sino el Peregrino. Es a él al que corresponde enterrarlos, no a mí. ¡Yo no soy ningún sepulturero!
Cansado de los continuos castigos del maestro, el Peregrino se enfrentó con Ba-Chie, diciendo:
- ¡Entiérralos, de una vez, so vago! ¡Como sigas haciéndote el remolón, te voy a enseñar a qué sabe mi barra de hierro!
Asustado, el Idiota empezó a hacer a toda prisa un hoyo junto a la ladera. En cuanto hubo alcanzado una profundidad de dos metros y medio, se topó con un suelo extremadamente rocoso, que se resistía a los envites del rastrillo. El Idiota tiró la herramienta y empezó a quitar las rocas con el morro. Pronto volvió a encontrar terreno suave. La pericia del Idiota era tal, que en cada intento lograba profundizar más de quince centímetros. El agujero no tardó en alcanzar los cuatro metros y se decidió a meter en él los cuerpos de los dos bandidos. Un pequeño montículo de piedras marcó el lugar en el que quedaron enterrados. Tripitaka levantó, entonces, la voz y dijo:
- Wu-Kung, trae velas y un poco de incienso. Quiero leer las escrituras y rezar un poco por ellos.
- ¡Qué tonterías se os ocurren! - exclamó el Peregrino -. ¿De dónde voy a sacar el incienso y las velas, si nos encontramos a media ladera de una de las montañas más altas que existen y no hay por aquí cerca ninguna aldea? ¡Es imposible adquirir nada por estos parajes! Ni aun disponiendo de dinero, podríamos conseguir lo que pedís.
- ¡Quítate de en medio, cabezota! - le ordenó el monje Tang con desprecio -. En vez de incienso, usaré un poco de hierbas secas. Así podré realizar los rezos.
Tripitaka  desmontó  del  caballo  y  empezó  a  orar  junto  al  túmulo  de  piedras  que marcaban la presencia de una tumba tosca. Entristecido como si los que yacían en ella fueran familiares suyos, el maestro oró de esta forma:

Inclinado ante vuestros nobles espíritus, os suplico que no echéis en saco roto mis súplicas. No soy más que un humilde monje procedente de las Tierra del Este, que se dirige hacia el Oeste en busca de escrituras por expreso deseo del Emperador de los Tang. Fue así como llegué a este lugar y me encontré con vosotros, fieles súbditos de una digna prefectura enclavada en estas montañas y cuyo nombre no me cabe el honor de conocer. Con palabras cargadas de amabilidad os supliqué que me dejarais proseguir mi camino, pero os negasteis a escucharme y, poco a poco, os fuisteis hundiendo en las simas del enfado. Por eso, perdisteis vuestras vidas a manos del Peregrino. Ahora lloro yo vuestras muertes ante estos despojos que yacen bajo un túmulo de tierra. A falta de velas, os ofrezco trozos de bambú. Sé bien que no pueden dar luz, pero vos conocéis la bondad de mi intención. Por no disponer de ofrendas, os presento cantos rodados y piedras. No desconozco que no poseen sabor, pero vuestros ojos de espíritus pueden ver la sinceridad con que ahora los coloco sobre la tierra. Cuando lleguéis al Salón de la Oscuridad y os pregunten por el nombre de la mano homicida que os ha dado muerte, recordad que ha sido Sun, y no Chen, el que lo ha hecho. Quien obra el mal merece castigo y quien adeuda debe pagar. No acuséis, pues, de vuestro crimen a este humilde buscador de escrituras.

- Una vez que os habéis lavado las manos - dijo Ba-Chie -, no estaría de más que intercedierais un poco en nuestro favor. Al fin y al cabo, no estábamos presentes, cuando él los mató.
Ni corto ni perezoso, esparció por el suelo otro puñadito de hierbas secas y añadió:

Cuando presentéis vuestro pleito, nobles espíritus, inculpad únicamente al Peregrino. Ni Ba-Chie ni el Bonzo Sha tienen que ver nada con lo ocurrido.

- No se puede decir que seáis muy amable, ¿no os parece, maestro? - dijo finalmente el Gran Sabio, sin poderse aguantar -. Ni yo mismo sé cuánta energía he gastado en esta empresa vuestra de ir en busca de las escrituras. Si he acabado con estos dos bandidos sin escrúpulos, no ha sido por mi propio gusto, sino por defenderos a vos y vuestros principios. Sin embargo, en vez de agradecérmelo, sugerís a sus espíritus que presenten una queja contra mí. Si no hubierais decidido ir al Paraíso Occidental, jamás me habría convertido en discípulo vuestro ni habría terminado viniendo a un lugar como éste. ¿Qué necesidad tenía de acabar con las vidas de estos dos si me hubiera quedado en mi casa? Pero, en fin, puesto que así lo habéis dispuesto, también yo voy a decir una pequeña oración por ellos.
Golpeó tres veces seguidas con la barra de hierro en el túmulo de piedras y añadió:

¡Eh vosotros, bandidos asquerosos, escuchadme! Siete golpes me disteis con vuestros garrotes en esta parte y otros ocho en esta otra. Lo único que conseguisteis fue ponerme furioso, porque vuestros golpes ni siquiera me hicieron cosquillas. Reconozco que se me fue la mano y acabé matándoos. Podéis presentar contra mí todas las quejas que queráis. Os advierto que no me quita el sueño, porque el Emperador de Jade me conoce bien y los devarajas obedecen mis órdenes; las Veintiocho Constelaciones tiemblan ante mí y los Nueve Planetas se esconden al verme; hasta los dioses protectores de ciudades, prefecturas y distritos se inclinan ante mí. No en balde soy conocido como Sosia del Cielo. El guardián del Monte Tai me teme, los Diez Reyes del Infierno fueron en cierta ocasión mis servidores y los Cinco Grandes Dioses[4] mis sirvientes. Hasta los Cinco Ministros de los Tres Reinos [5] y los Dioses de los Diez Puntos Cardinales [6] me consideran sus amigos. Así que ya estáis advertidos. Id a presentar vuestra queja adonde queráis.

Al oír esa forma de hablar, Tripitaka exclamó, sorprendido:
-  ¡Qué  poco  respetuoso  eres!  Con  la  oración  que  he  recitado  deseaba  hacerte comprender el valor de la vida y, de esa forma, ayudarte a ser una persona virtuosa. ¿Por qué te lo tomas siempre todo tan a pecho?
- Os agradezco vuestras buenas intenciones - contestó el Peregrino -. En fin, se está haciendo tarde y sería conveniente buscar un lugar donde pasar la noche.
Aunque no dijo nada, era claro que el maestro seguía enfadado. El Gran Sabio tampoco había logrado apagar el incendio de su ira, tan violento que sus llamas habían alcanzado incluso a Ba-Chie y al Bonzo Sha. Ninguno de ellos se atrevió, sin embargo, a traslucir su mal humor. Al contrario, mientras proseguían su camino hacia el Oeste, aparecían más risueños y comprensivos que de costumbre. No tardaron en ver, hacia el norte del camino que seguían, una pequeña aldea. Tripitaka señaló hacia ella con la fusta y dijo:
- Vayamos a pedir alojamiento.
- Está bien - contestó el Peregrino.
Cuando hubieron llegado a la aldea, Tripitaka desmontó de su cabalgadura. Comprobaron, entonces, que se trataba de un lugar francamente encantador. El sendero que lo surcaba aparecía festoneado de flores y todas sus casas se encontraban al abrigo de una variedad increíble de árboles. Se oía un plácido murmullo de aguas que debían de nacer montaña arriba. Los prados se entremezclaban con los campos de trigo. En un sauce, mecido dulcemente por la brisa, dormía un pájaro cansado, mientras que una pequeña gaviota descansaba en los juncales cubiertos de rocío. Los cedros competían en verdad con los pinos; otro tanto hacían las espadañas con los brillantes tonos rojizos de las hojas de los arces. A la hora del crepúsculo los perros ladraban como si quisieran retar a los gallos, que se despedían del día, dejando escapar el estruendo de su canto. Los rebaños de vacas regresaban lentamente a sus establos, donde los campesinos estaban terminando de dar de comer al resto de su ganado. De las chimeneas salían densas columnas de humo, dando a entender que el mijo se cocía en el fuego de cada hogar. El sol acababa de ponerse y los habitantes de la montaña se encontraban ya al abrigo de sus casas. De una de ellas salió un anciano, que preguntó al maestro, después de devolverle el saludo que éste le había hecho:
- ¿De dónde venís?
- De la corte de los Tang - contestó Tripitaka -. Por deseo expreso de su emperador me dirijo hacia el Paraíso Occidental con el fin de conseguir escrituras sagradas. Al pasar por estos hermosísimos parajes, empezó a hacerse de noche y decidimos acercarnos a esta respetable aldea a pedir cobijo.
- Hay una enorme distancia desde ese lugar que dices hasta aquí - comentó el anciano, sonriente -. ¿Cómo os las habéis arreglado para escalar todas esas montañas que os separan de vuestro reino? Habréis tenido que vadear, además, infinidad de ríos.
- No viajo solo - respondió Tripitaka -. Me acompañan tres discípulos.
- ¿Dónde se han metido? - volvió a preguntar el anciano.
- Son aquellos que están de pie junto al camino - contesto Tripitaka señalando con el dedo.
El anciano volvió hacia allá la cabeza, pero, al ver lo feos que eran, se dio media vuelta y corrió a refugiarse en su casa. Afortunadamente el maestro le agarró de la ropa y dijo:
- Dadnos cobijo por esta noche, por favor. En cuanto haya amanecido reanudaremos el viaje, os lo prometo.
El anciano estaba tan asustado que apenas podía hablar. El cuerpo le temblaba como si fuera la copa de un arce sacudida por una tormenta. Haciendo acopio de una fuerza de voluntad increíble, consiguió por fin, sacudir la cabeza y las manos, al tiempo que decía:
- ¡No, no! ¡Es imposible! ¡Esos de ahí no son seres humanos, sino monstruos!
- No les tengáis miedo - trató de tranquilizarle Tripitaka con una sonrisa -. No son monstruos, como suponéis. Son así de feos desde que nacieron.
- ¡No podéis engañarme! - gritó el anciano -. Está claro que uno es un yaksa, otro un espíritu con cara de caballo y el último, un señor del trueno.
Al oír eso, el Peregrino gritó:
- ¡El señor del trueno es mi nieto, el yaksa mi biznieto y el espíritu con cara de caballo mi tataranieto!
El anciano cambió totalmente de color. Era como si le hubiera abandonado su espíritu. Lo único que deseaba era refugiarse cuanto antes en su casa. Sin soltarle del brazo, Tripitaka le siguió hasta el porche y volvió a decirle, sonriente:
- No les tengáis miedo. Son un poco maleducados y no saben hablar con la debida corrección. Aunque lo he intentado, se niegan a adquirir buenos modales.
Mientras trataba de calmar al anciano, apareció una mujer no más joven que él con un niño de unos seis años. Se hizo a un lado para dejarlos entrar y preguntó:
- ¿A qué viene tanto alboroto?
- Tráenos un poco de té, anda - contestó el anciano, un poco más dueño de sí mismo.
La mujer no volvió a preguntar más. Soltó al niño y no tardó en regresar con dos tazas de té. Tras tomar unos sorbos, Tripitaka se volvió hacia la mujer y dijo:
- Yo, señora, soy un humilde monje enviado por el Gran Emperador de los Tang al Paraíso Occidental en busca de escrituras sagradas. Al pasar por aquí, se nos hizo tarde y decidimos quedarnos a pedir cobijo para pasar la noche. El honorable cabeza de vuestra familia se ha asustado mucho, al ver a mis discípulos, pues sus modales no son todo lo correctos que hubiera de desearse y poseen una cara bastante fea.
- Si te asustas de los feos - dijo la mujer, dirigiéndose al anciano -, ¿qué harás, cuando te topes con un lobo o con un tigre?
- Lo peor no es que sean feos - se defendió el anciano -, sino que poseen unas voces capaces de asustar al más templado. Cuando comenté que uno parecía un yaksa, otro un espíritu con cara de caballo y el último un señor del trueno, uno de ellos contestó, dando un alarido terrible, que el señor del trueno era su nieto, el yaksa su biznieto y el espíritu con cara de caballo su tataranieto. ¿Quién no va a asustarse, al oír cosas como ésas?
- El que parece un dios del trueno - explicó Tripitaka, sacudiendo la cabeza - es Sun Wu-Kung, mi discípulo más antiguo. El que decís que tiene la cara de un espíritu con rostro de caballo responde al nombre de Chu Wu-Neng y es mi segundo discípulo. Por lo que respecta al último, el que os recuerda a un yaksa, es mi discípulo tercero y se llama Sha Wu-Ching. A pesar de su indiscutible fealdad, han abrazado la fe con total dedicación, llevando una vida de pobreza absoluta y de búsqueda incansable de la virtud. ¿Cómo van a ser monstruos o demonios? Os aseguro que no hay razón alguna para tenerles miedo.
- En ese caso - concluyeron los dos ancianos, más tranquilos -, hacedlos pasar. No está bien que pasen la noche a la intemperie.
El maestro salió a llamarlos y les advirtió:
- Procurad portaros como es debido con esa familia. Ya visteis lo mucho que se asustó el anciano, al veros. Hay que mostrarse corteses con quienes nos dan techo y cobijo.
-  ¿Quién  ha  dicho  que  yo  sea  feo  y  maleducado?  -  replicó  Ba-Chie,  ofendido  -. Además, no poseo ni la cuarta parte de la cara dura de nuestro querido hermano mayor.
- Tienes razón - admitió el Peregrino, sin dejar de reír -. Si no fuera por esa cara, ese morro y esas orejas, serías un hombre hermosísimo.
- Dejad de discutir, de una vez - los urgió el Bonzo Sha -. No es éste lugar para vuestras trifulcas. Entremos en esa cabaña y asunto concluido.
Sin más preámbulos, dejaron el caballo y el equipaje a la puerta, saludaron con respeto a los que estaban dentro de la casa y tomaron asiento al lado de su maestro. Al ver lo impecable de sus modales, la mujer metió al niño en una de las habitaciones de atrás y se puso a preparar una cena vegetariana a huéspedes tan distinguidos. Para cuando hubieron dado cuenta de ella, era ya noche cerrada. Para que los peregrinos pudieran seguir charlando, la mujer trajo unas velas y se puso detrás del anciano.
- ¿Cómo os apellidáis, señor? - preguntó, entonces, el maestro.
- Yang - respondió el anciano, para añadir a continuación que acababa de cumplir setenta y cuatro años.
- ¿Cuántos hijos tenéis? - volvió a preguntar Tripitaka.
- Sólo uno - contestó el anciano -. El niño que sigue a todas partes a mi mujer es nuestro nieto.
- Si no es mucha molestia - dijo el maestro -, me gustaría saludar a vuestro hijo.
- Tipos como él no son dignos de vuestro saludo - comentó el anciano con amargura -. La vida ha sido muy dura conmigo y a veces tengo la impresión de que no he sabido educarle como debiera. Mi hijo ya no vive con nosotros.
- ¿En dónde tiene ahora su residencia y a qué se dedica? - inquirió una vez más, el maestro.
- ¡Qué pena me da hablar de eso! - suspiró el anciano, sacudiendo la cabeza -. ¡Qué más quisiera yo que se dedicara a algo digno! Desgraciadamente no tiene respeto por nada y todos sus planes están preñados de maldad. De lo único que se preocupa es de robar, matar y prender fuego a todo cuanto encuentra. Hace cinco años que se ha unido a una banda de malhechores y rufianes y desde entonces no hemos vuelto a verle.
- ¿Será uno de esos a los que mató Wu-Kung? - se dijo Tripitaka,  sin atreverse a contestar. Sentía una profunda intranquilidad, que le hizo levantarse del asiento que ocupaba -. ¡Qué dramas encierra la vida! - exclamó, por fin -. ¿Cómo es posible que de padres tan virtuosos puedan nacer hijos tan malvados?
- Hijos como ésos - dijo el Peregrino, acercándose a los ancianos - sólo pueden dar quebraderos de cabeza a sus padres. ¿Para qué preocuparse de él? Si queréis, puedo ir en su busca y darle muerte. Personas así deshonran a toda una familia. ¿Para qué cargar con semejante baldón?
- También yo soy de esa opinión - respondió el anciano -, pero no tengo más hijo que él. Todos necesitamos a alguien que nos entierre y cuide nuestra tumba.
- Es mejor que no te entrometas en los asuntos de esta familia - aconsejaron Ba-Chie y el Bonzo Sha al Peregrino -. Nosotros no somos defensores de la ley. Si su propia familia se niega a entregarle a la justicia, ¿por qué habremos de hacerlo nosotros? Lo único que podemos hacer es pedir un poco de paja y tumbarnos en cualquier sitio a descansar. Reanudaremos el viaje en cuanto haya amanecido.
El anciano se levantó y llevó al Bonzo Sha a la parte de atrás, para que cogiera toda la paja que quisiera. Les indicó, después, que podían pasar la noche en un granero que había junto al corral. Agradecidos, Ba-Chie cogió el caballo de las riendas, el Bonzo Sha cargó con el equipaje y se retiraron todos a descansar. No hablaremos, de momento, más de ellos. Sí lo haremos del hijo del anciano Yang, que pertenecía, en efecto, a la banda de malhechores que habían tratado de robar al maestro. Después de que el Peregrino hubiera dado muerte a sus jefes, cada cual huyó por donde pudo, pero a eso de la cuarta vigilia volvieron a reagruparse y tomaron refugio en la casa del señor Yang. Al oír los golpes de la puerta, el anciano se vistió a toda prisa y dijo a su mujer:
- ¡Es él! ¡Ha vuelto!
- Si es él - replicó la mujer -, ¿por qué no vas, de una vez, a abrir la puerta? Los bandidos entraron en tropel en la casa, gritando:
- ¡Tenemos un hambre canina! ¡Sácanos algo de comer, anda!
El hijo de los Yang corrió a despertar a su esposa, para que preparara algo de arroz. Como no quedaba leña en la cocina, fue al corral de la parte de atrás y vio el caballo. Al volver junto a su esposa, le preguntó:
- ¿De quién es ese caballo blanco que hay en el corral?
- De unos monjes procedentes de las Tierras del Este, que van en busca de escrituras - respondió la mujer -. Llegaron anoche pidiendo cobijo y los ancianos los han dejado dormir en el granero de atrás.
Al oír eso, el hijo de los Yang corrió al encuentro de los otros diablillos, riéndose y aplaudiendo de gozo.
- ¡No sabéis la suerte que tenemos! - dijo, sin poder contener la carcajada -. Los monjes que mataron a nuestros jefes se encuentran aquí. Están en el granero de atrás, durmiendo tranquilamente.
- ¿Es verdad eso? - exclamaron los demás bandidos a coro -. Vayamos a por esos burros  sin  pelo  y  hagámosles  picadillo.  Aparte  de  vengar  a  nuestros  jefes,  les quitaremos el caballo y todo lo que llevan encima.
- ¿A qué viene tanta prisa? - replicó el hijo de los Yang -. Mientras se cuece el arroz, afilemos bien nuestros cuchillos. Ya iremos a por esos desgraciados, cuando hayamos llenado la panza.
Cuando el anciano los oyó hablar de esa forma, corrió al granero en el que dormían el monje Tang y sus discípulos y les dijo:
- Acaba de presentarse mi hijo con un grupo de bandidos. Al descubrir que os encontrabais aquí, han decidido acabar con vosotros. Sé lo mucho que os ha costado llegar hasta este lugar, así que no me parece justo que vuelvan contra vosotros su ira. Recoged vuestras cosas a toda aprisa y escapad por la puerta de atrás.
Al oírlo, Tripitaka se echó rostro en tierra y empezó a golpear el suelo con la frente, en señal de gratitud. Ba-Chie cogió las riendas del caballo, el Bonzo Sha cargó con la pértiga del equipaje y el Peregrino tomó el báculo de nueve nudos de su maestro. El anciano los llevó hasta la puerta de atrás y después regresó a la cama, sin hacer el menor ruido. Ninguno de los bandidos se dio cuenta de su estratagema. Cuando terminaron de comer y de afilar sus cuchillos y sus lanzas, era ya cerca de la quinta vigilia. Como un solo hombre, se lanzaron sobre el granero, pero lo encontraron totalmente vacío. A toda prisa encendieron antorchas y lámparas, aunque, por mucho que buscaron, no hallaron ni rastro de los monjes. Finalmente vieron que la puerta de atrás estaba abierta y exclamaron al mismo tiempo:
- ¡Se han escapado por aquí!
Gritando como salvajes, se lanzaron a una persecución brutal. Cada uno parecía una flecha lanzada por un arco distinto. No es extraño, pues, que, a eso de la salida del sol, avistaran, por fin, al monje Tang. Al oír a sus espaldas un lejano rumor de voces y gritos, el maestro se dio media vuelta y vio acercarse a una jauría de más de treinta hombres armados con cuchillos y lanzas.
- ¡Esos hombres nos están dando alcance! - exclamó, desalentado -. ¿Qué podemos hacer?
- Tranquilizaos - dijo el Peregrino -. Ahora mismo voy a acabar con ellos.
- No les hagas ningún daño, Wu-Kung - ordenó Tripitaka, deteniendo al caballo -. Limítate a asustarlos.
El Peregrino no estaba, por supuesto, dispuesto a escucharle. Se dio a toda prisa la vuelta y se encaró con sus perseguidores diciendo:
- ¿Se puede saber adonde van los señores tan rápidamente?
- ¡Maldito calvo! - gritaron los bandidos -. ¡Devuélvenos la vida de nuestros jefes, si no quieres que acabemos contigo!
Mientras rodeaban al Peregrino, no dejaban de lanzarle cuchilladas y lanzazos tan certeros como la picadura de un escorpión El Gran Sabio sacudió ligeramente la barra de hierro y al instante adquirió el grosor de un cuenco de arroz. Con ella se enfrentó a los que le cerraban el paso. Sus golpes eran tan efectivos, que algunos de los bandidos cayeron como estrellas fugaces, mientras los demás se dispersaban como la neblina en un día de sol. Los que recibían de lleno los golpes morían al instante. A los que agarraba de lado tardaban un poco más en expirar, pero no pasaba mucho tiempo antes de que siguieran la suerte de los primeros. Podían darse por contentos los que terminaban con los huesos rotos y la carne tan macerada como si padecieran una enfermedad incurable. Sólo  unos  pocos  afortunados  lograron  escapar.  Los  demás  tuvieron  que  ir  a entrevistarse, quisiéranlo o no con el Rey Yama. Cuando Tripitaka vio la cantidad de hombres que habían caído, se sintió tan asqueado que se dio media vuelta y continuó cabalgando hacia el Oeste. Ba-Chie y el Bonzo Sha le siguieron pisándole los talones. El Peregrino no se molestó en seguirlos. Empezó a revolver sin ninguna consideración entre los heridos y preguntó:
- ¿Quién es el hijo del anciano Yang?
- Ése de amarillo - gimió uno de los heridos.
El Peregrino cogió un cuchillo y cortó la cabeza al que vestía del color que le habían dicho. Sólo entonces decidió seguir a sus hermanos. Tomó la sanguinolenta cabeza del bandido y, en dos zancadas, puso a la altura del monje Tang.
- Éste es el hijo del anciano Yang, maestro - dijo, enseñándole la cabeza con orgullo -. Le he decapitado con mis propias manos.
Tripitaka se llevó tal impresión, que se cayó del caballo, como si fuera una fruta madura.
- ¡Maldito mono! - gritó, enfurecido -. ¡Quita eso de mi vista¡ ¡Llévatelo! ¡Me das asco!
De un empellón, Ba-Chie le arrancó la cabeza de las manos. Le dió una patada y la enterró con el rastrillo en el sitio exacto en el que fue a detenerse. El Bonzo Sha, por su parte, dejó a un lado el equipaje y corrió a asistir al monje Tang, diciendo:
- Levantaos, maestro.
El monje Tang se arregló las ropas lo mejor que pudo, permaneció pensativo unos segundos  y  empezó  a  recitar  el  conjuro  que  Wu-Kung  tanto  temía.  El  Peregrino comenzó a sentir unos dolores tan insoportables de cabeza, que el rostro se le puso morado, se le salieron los ojos de las órbitas y perdió en parte la consciencia. Revolcándose por el suelo como si fuera un animal herido, no dejaba de gritar:
- ¡Dejad de recitar ese conjuro, por lo que más queráis!
Pero el maestro lo repitió más de diez veces seguidas y no daba muestras de querer parar. Incapaz de soportar tanto dolor, el Peregrino daba un salto de campana tras otro, como si fuera un mono loco.
- ¡Perdonadme, si os he ofendido en algo! - gritaba, cada vez más desesperado -. ¡Reprendedme, cuanto queráis, pero dejad de recitar ese conjuro! ¡Os lo suplico!
Tripitaka accedió, finalmente, a sus ruegos y dijo:
- No quiero reprenderte, porque desde este momento has dejado de ser mi discípulo. Regresa al lugar del que has venido.
-  ¿Por  qué  me  echáis  de  vuestro  lado,  maestro?  -  preguntó  el  Peregrino,  dando cabezazos contra el suelo, a pesar del dolor que le atenazaba.
- En tu corazón no hay lugar para la compasión, mono maldito - contestó el monje Tang
-. Tú no eres un Peregrino, sino un asesino. Cuando ayer acabaste con los jefes de los bandidos, sentí asco de tu falta de respeto por la vida. ¡Pero esto ha colmado el vaso de mi paciencia! El padre de ese hombre al que acabas de cortar la cabeza no sólo nos recibió con los brazos abiertos en su casa, nos dio de comer y de beber y nos alojó en su granero, sino que nos advirtió del peligro que corríamos y nos ayudó a escapar por la puerta de atrás. ¿Qué importa que su hijo fuera un salteador de caminos? No nos había hecho nada para que acabaras con él de esa forma. Pero no queda ahí la cosa. Has destruido tantas vidas humanas, que ya no queda en el mundo un sentimiento auténtico de paz. Infinidad de veces he tratado de hacerte ver lo erróneo de tu conducta, pero mis palabras no han encontrado en ti eco alguno. ¿Por qué habría de querer mantenerte a mi lado? ¡Apártate cuanto antes de mi vista, si no quieres que empiece a recitar otra vez el conjuro!
- ¡No lo hagáis, por favor! - exclamó en seguida el Peregrino -. ¡Ahora mismo me voy! No había acabado de decirlo, cuando dio un salto extraordinario y se perdió entre las nubes.  Sucede,  pues,  que  cuando  la  mente  se  encuentra  a  merced  de  los  instintos agresivos, el elixir pierde todas sus propiedades, y no puede alcanzarse la perfección del Tao, cuando el espíritu anda desorientado y sin rumbo.
Desconocemos, de momento, hacia dónde se dirigió el Gran Sabio. Quien desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el siguiente capítulo.

Free counter and web stats

Web Hosting

 Ф

[1]Para comprender las implicaciones morales del presente capítulo hay que tener en cuenta, como ya dijimos en la nota 1 del capítulo 14, que para el budismo los sentidos son auténticos ladrones de la virtud.

[2]Los Tres Vehículos, «san-chang», transportan los seres vivos a través de los ciclos reencarnatorios hasta alcanzar el estado nirvánico. Su identificación varía según las diferentes escuelas budistas.

[3]Con motivo de la festividad del Doble Cinco, «duan-wu jie», se toman una especie de pirámides de arroz envueltas en hojas de bambú o de loto, llamadas «chung-tse», en memoria del poeta Chü-Yüan, que se suicidó a mediados del siglo III a.C. en las aguas del río Mi-Le como protesta por las medidas adoptadas por el nuevo emperador. Como recuerdo de tan triste ocasión se celebran, igualmente, las famosas regatas del dragón.

[4]Los Cinco Grandes Dioses son divinidades muy estimadas por el pueblo llano por tratarse de celebrados dispensadores de riquezas, como se desprende claramente de sus nombres: Chao Hsüan-Tan, Chao-Tsai, Chao-Bao, Li-Shr y Nan-Chen.

[5]Los Cinco Ministros de los Tres Reinos son personificaciones de los elementos básicos, por lo que su imperio se extiende por todo el universo.

[6]Por su carácter de vectores espaciales, los chinos consideran «arriba» y «abajo» como puntos cardinales. De las combinaciones de todos ellos se obtiene un total de diez, aunque el taoísmo popular suele personificar únicamente a los cinco más importantes: norte, sur, este, oeste y centro.