Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

Tras probar la comida, el Maestro Zen queda embarazado por obra de los espíritus. La Bruja Amarilla pone fin al embarazo con ayuda del agua.


Ochocientas veces deben repetirse las obras virtuosas, hasta lograr amontonar tres mil méritos secretos. Es preciso aprender a tratar de la misma forma al amigo y al enemigo, lo que nos es propio y lo que nos es ajeno. Sólo entonces podremos pronunciar el primer voto [1] del Paraíso Occidental. Nada pueden contra el demonio con forma de toro las armas celestes, la pureza del agua y la inocencia del fuego. Únicamente Lao-Tse es capaz de dominarlo, conduciendo, sonriente, el carabao verde por los caminos que llevan directamente al Cielo.

Decíamos que, mientras caminaban, alguien llamó a los peregrinos. Más de uno se preguntará quién podría ser. Pues bien, no eran otros que el dios de la cordillera y el espíritu de la Montaña del Yelmo de Oro. Llevaban en las manos una escudilla para pedir limosnas de oro rojizo y no dejaban de gritar, mientras andaban:
- Maestro, éste es el cuenco de arroz que el Gran Sabio Sun mendigó para vos en un lugar lleno de corazones generosos. Si caísteis en manos de ese monstruo, fue porque no prestasteis oídos al consejo que os dio. Por ello, antes de lograr devolveros hoy mismo la libertad, el Gran Sabio hubo de soportar muchos trabajos y pasar un sinfín de penalidades. Comed, pues, de este arroz, antes de proseguir vuestro viaje, y no abuséis de la piedad filial que el Gran Sabio muestra hacia vos.
- Ahora comprendo lo mucho que te debo - dijo Tripitaka, volviéndose hacia el Peregrino -. Jamás podré agradecerte bastante lo que has hecho por nosotros. De haber sabido que iba a pasar lo que después ocurrió, no habría abandonado el círculo que trazaste y, así, no habría corrido el peligro que a punto ha estado de poner fin a mi empresa.
- A decir verdad, maestro - contestó el Peregrino -, si fuisteis a parar al círculo de otro, fue porque no creísteis en el mío. ¡Cuánto habéis tenido que sufrir por ello! Sólo de pensarlo, la tristeza se apodera de mi corazón.
- ¿Qué quieres decir con eso del círculo de otro? - preguntó Ba-Chie.
- Que el maestro haya padecido tanto ha sido debido únicamente a tu maldita bocaza y a esa lengua que tú tienes - contestó el Peregrino -. Todo cuanto tuve la desdicha de remover en Cielo y Tierra - el fuego, el agua, los soldados celestes y la arena de mercurio del propio Buda - fue tragado por esa escama tan blanquecina como el rostro de un fantasma. Tathagata tuvo, sin embargo, la delicadeza de revelarme, por medio de los arhats, cuáles eran los orígenes de ese monstruo y, así, pude acudir a Lao-Tse y pedirle que viniera a arrestarle. Suyo era, en efecto, el carabao verde que provocó tantos desastres.
- Mi querido discípulo - exclamó Tripitaka, al oír eso, invadido por una ola de profunda gratitud -, ten por seguro que, después de haber pasado por una experiencia tan terrible, no volveré a echar en saco roto tus consejos.
Seguidamente dividieron el arroz en cuatro partes iguales y comenzaron a comerlo. Tan caliente estaba que hasta echaba humo.
- ¡Qué raro que todavía esté quemando, cuando lleva aquí yo qué sé la de tiempo!
-  En  cuanto  me  enteré  de  que  el  Gran  Sabio  había  adquirido  un  mérito  tan extraordinario - confesó el espíritu local, echándose rostro en tierra -, decidí calentároslo yo mismo, antes de servíroslo.
En un abrir y cerrar de ojos dieron buena cuenta del arroz y volvieron a guardar la escudilla de pedir limosnas. Tras despedirse del dios de la cordillera y del espíritu de la montaña, el maestro montó en el caballo y siguió adelante con su viaje. Libre su mente de toda preocupación, ajustaron totalmente su modo de obrar a las exigencias de la sabiduría [2], descansando junto a los cursos de agua y saciando su hambre en los salones del viento que conducía al Oeste.
Caminaron sin detenerse durante mucho tiempo y, de nuevo, volvió a hacerse presente la primavera. Hasta sus oídos llegaron los murmullos de las rojizas golondrinas, tan tenaces en sus cantos que sólo los abandonaban cuando sus picos se negaban a seguirles obedeciendo, y los límpidos trinos de las oropéndolas, cuyas notas quedaban vibrando en el aire durante horas y horas. El suelo aparecía totalmente cubierto de pétalos, como si  fuera  un  inmenso  paño  lleno  de  bordados.  Toda  la  montaña  era  una  auténtica explosión de colores. En su cumbre los ciruelos mostraban, orgullosos, el tímido verdor De sus capullos, mientras a lo largo de los barrancos los cedros hacían gala de una vitalidad  aún  mayor,  deteniendo  entre  sus  ramas  las  nubes.  Los  pastos  aparecían difuminados, en la lejanía, por una tenue neblina azulada, los arenales, por su parte, brillaban  como  gemas  bajo  el  calor  sofocante  del  sol.  Por  doquier  se  llenaban  de capullos los árboles y los sauces se revestían de hojas nuevas. ¿Cómo podía ser de otra forma, si el sol volvía a acercarse, una vez más, a la tierra?
Cuando más embelesados estaban con tanta belleza, se toparon con un río, no muy ancho, de aguas claras y frías. El monje Tang tiró de las riendas del caballo y vio a lo lejos un grupo de chozas con los tejados de ramas, construidas a la sombra de unos sauces tan verdes que recordaban el jade.
- Por fuerza tiene que vivir en esas casas alguien que se encargue de pasar a los caminantes a la otra orilla - dijo el Peregrino, apuntándolas con el dedo.
- Es posible - contestó Tripitaka -, pero, dado que por ninguna se ve balsa alguna, no me atrevo a afirmarlo con toda seguridad.
- ¡Eh, barquero! - gritó Ba-Chie, dejando caer al suelo el equipaje que llevaba -. ¡Acerca aquí tu balsa!
Aunque no se veía a nadie, Ba-Chie no se arredró y continuó chillando. Al poco tiempo por entre los sauces apareció, en efecto, una balsa, que crujía lastimosamente al ritmo de la  batea.  Tanto  el  maestro  como  los  discípulos  se  quedaron  mirándola  fijamente, mientras se acercaba a la orilla. Dejaba tras de sí una cola de espuma, que las ligeras ondas del río se encargaban de disolver en seguida. Su cubierta estaba hecha de troncos tan uniformes que parecían, en realidad, tablas. Justamente en su centro se levantaba una pequeña construcción de madera pintada de verde y sujeta a la proa con un cable de hierro, que pasaba, igualmente, por unas argollas de la popa, muy cerca del timón. Aunque se trataba de una embarcación muy sencilla, se veía a las claras que estaba capacitada para surcar océanos y lagos. Llamaba la atención que sus remos fueran de cedro y de pino, cuando carecía hasta de mástil. Pese a que, con toda seguridad, no podría realizar los grandes trayectos de los barcos celestes, bastaba para atravesar la anchura de un río. Su misión era, de hecho, unir de continuo, sus dos márgenes por el punto más fácil de vadear. En cuanto hubo llegado a la orilla, el hombre que la bateaba levantó la voz y dijo:
- ¡Venid aquí, si queréis cruzar el río!
Tripitaka espoleó el caballo y vio que el batelero llevaba cubierta la cabeza con un turbante de lana y calzaba unos zapatos de seda negra. Vestía, igualmente, una chaqueta de lana y unos pantalones tan remendados, que no se sabía de qué estaban hechos. Lo mismo le ocurría a la camisa, que se le salía descuidadamente por la cintura. Aunque se apreciaba claramente que poseía unas muñecas firmes y una musculatura propia de un luchador, sus ojos carecían de brillo, poseía profundas arrugas y todos sus rasgos eran los de una persona entrada ya en años. Por contraste, su voz resultaba llamativamente suave y tan melodiosa como el canto de una oropéndola. Eso le hizo comprender al maestro que se trataba, en realidad, de una anciana.
- ¿Eres tú la encargada de batear esta balsa? - preguntó el Peregrino, acercándose a ella.
- Sí - respondió la mujer.
- ¿Cómo es que no hay bateleros por aquí? - volvió a preguntar el Peregrino -. ¿Por qué os dedicáis las mujeres a esos menesteres?
La anciana no contestó. Sólo sonrió y se puso a bajar la plancha. El Bonzo Sha saltó, entonces, a la balsa con la pértiga a la espalda. Lo hicieron después el maestro y el Peregrino, que hubieron de echarse a un lado para dejar pasar a Ba-Chie con el caballo. La anciana volvió a levantar la plancha y comenzó a batear con fuerza. Lo hizo con tal energía que en seguida llegaron a la orilla opuesta. Nada más poner el pie en tierra, el maestro pidió al Bonzo Sha que abriera la bolsa y entregara unas cuantas monedas a la mujer. Sin detenerse siquiera a discutir sobre el precio, la anciana ató la balsa a un tocón que había junto al agua y se dirigió hacia el pueblecillo de chozas, sin dejar de reírse, como si fuera una jovencita. Al ver Tripitaka lo clara que estaba el agua, sintió sed y dijo a Ba-Chie:
- Coge la escudilla de pedir limosnas y tráeme un poco de agua.
- Yo mismo estaba a punto de echar un trago - contestó el Idiota, sacando la escudilla y entregándosela al maestro, tras llenarla hasta arriba de agua.
El maestro apenas bebió la mitad. El Idiota, por su parte, lo apuró del todo y le ayudó a montar, otra vez, en el caballo. Apenas transcurrido medía hora desde que reanudaron el viaje, cuando el maestro empezó a quejarse de una forma francamente lastimosa.
- Me duele el estómago - dijo, sin bajar de la cabalgadura.
- A mí también - exclamó Ba-Chie.
- Debe de ser por el agua que bebisteis - confirmó el Bonzo Sha.
No había acabado de decirlo, cuando el maestro volvió a quejarse, diciendo:
- ¡No puedo soportar este dolor!
- ¡Yo tampoco! - repitió Ba-Chie, retorciéndose -. ¡El dolor es, francamente, tremendo! Mientras se quejaban de forma tan lastimera, el vientre empezó a hinchárseles, como si fuera una vejiga de cerdo. Dentro comenzó a formárseles una especie de coágulo de sangre que crecía y crecía, como un muñón de carne. Poniendo la mano sobre la barriga, podía sentírsele dar patadas y saltar, como un salvaje, de un lado para otro. Tripitaka se encontraba muy mal, cuando lograron, por fin, llegar a una aldea que se alzaba más adelante.  De  las  ramas  de  un  árbol  cercano  colgaban  dos  manojos  de  heno  y  el Peregrino dijo, al verlas:
- Estamos de suerte, maestro. La casa de ahí delante debe de ser una posada. Me acercaré a ella y le pediré a su dueño que me dé un poco de agua caliente. También le preguntaré si hay por aquí cerca alguna farmacia, así podrá aplicaros un ungüento con el que aplacar vuestro dolor.
Animado por esas palabras, Tripitaka espoleó su caballo y no tardaron en llegar a la aldea. Al desmontar, vio junto a las puertas del lugar a una anciana tejiendo cáñamo encima de un montón de hierba. El Peregrino se acercó a ella y, juntando las palmas de las manos a manera de saludo, se inclinó ante ella y dijo:
- Este humilde monje, señora, viene del Gran Reino de los Tang, que se haya situado en las Tierras del Este. El maestro al que sigo posee de hecho, la misma sangre que el señor que lo rige. Desgraciadamente se encuentra enfermo con un terrible dolor de estómago, que le entró al beber un poco de agua del río que vadeamos algo más arriba.
- ¿Dices que habéis bebido agua del río? - preguntó la anciana, tratando de contener a duras penas la risa.
- Así es - contestó el Peregrino -. Hemos tomado un poco de agua del río que corre al este de aquí.
- ¡Jamás había oído nada más divertido! - exclamó la mujer, soltando, finalmente, la carcajada -. ¡Qué risa! Entrad y os contaré algo.
El Peregrino agarró, entonces, al monje Tang del brazo, mientras el Bonzo Sha hacía otro tanto con Ba-Chie. A cada paso que daban, lanzaban un lastimero quejido. Con no poca dificultad, lograron entrar en la cabaña y se sentaron, sin dejar de gemir. El vientre les había crecido de una forma increíble y tenían el rostro amarillento de tanto como sufrían.
- Por favor, señor - repetía, una y otra vez, el Peregrino -. Traednos un poco de agua caliente. Ya os recompensaremos después por ello.
En vez de traer lo que se le pedía, la anciana se metió dentro y gritó, sin dejar de reír a carcajadas:
- ¡Venid a echar un vistazo! ¡Venga, rápido!
Se oyó un revuelo de pasos torpes y al punto apareció un grupo de mujeres, que clavaron la vista en el monje Tang, mientras se unían a las escandalosas carcajadas de la vieja. El Peregrino perdió los estribos y dio un grito tan fuerte que se movieron hasta los cimientos  de  la  choza;  tal  era  su  furia.  Las  mujeres  se  desperdigaron,  asustadas, chocando cómicamente unas contra otras. Rechinándole los dientes, el Peregrino se lanzó contra la anciana y, agarrándola con fuerza del brazo, volvió a gritar:
- ¡Te he dicho que traigas un poco de agua caliente! ¡Si quieres seguir con vida, ya sabes lo que tienes que hacer!
- El agua caliente no sirve para nada - contestó la anciana, temblando de pies a cabeza -. De hecho, no puede curar los dolores de estómago. Soltadme y os contaré algo. Éste - prosiguió diciendo, una vez que se hubo sentido libre - es el País de las Mujeres del Liang Occidental [3]. En esta tierra no hay un solo varón; todas somos hembras. Eso explica que nos pusiéramos tan contentas, al veros. El agua que ha tomado vuestro maestro no puede decirse que sea de las más puras, ya que pertenece al Río de la Madre y el Hijo. En las afueras de nuestra capital existe una posada para los varones, que está situada exactamente junto al Arroyo de los Embarazos. Hasta que no cumplimos los veinte años ninguna de nosotras se atreve a tomar agua de este río, porque quedaría embarazada tan pronto como tragara un sorbo. Caso de hacerlo, debería ir a los tres días a la Posada de los Varones a mirarse en el arroyo que corre por allí. Si su figura aparece reflejada en el agua dos veces, tendrá por seguro que dará a la luz a un hijo. Con ello quiero deciros, en definitiva, que, si, como afirmáis, vuestro maestro ha probado del agua del Río de la Madre y el Hijo ha quedado embarazado y, con el tiempo, dará a luz a un niño. ¿Qué puede hacer el agua caliente por aliviar sus males?
Al oírlo, Tripitaka se quedó tan pálido como la cera y exclamó, temblando de pies a cabeza:
- ¿Qué vamos a hacer?
- ¿Cómo vamos a dar a luz, si somos hombres? - se lamentó Ba-Chie, abriéndose cuanto pudo de piernas -. ¿Por dónde vamos a echar a la criatura, si no tenemos agujero para ello?
- Según los antiguos - dijo el Peregrino, soltando la carcajada -, “los melones maduros se caen por su propio peso». Cuando llegue la hora, lo más seguro es que te aparezca un agujero en el sobaco y el niño salga tranquilamente por allí.
Al oírlo, Ba-Chie se puso a temblar de miedo y eso acrecentó aún más el dolor que sentía.
- ¡Estoy acabado! ¡Acabado! - gritaba, desesperado -. ¡Prefiero irme!
- ¡No te muevas tanto, por favor! - le aconsejó el Bonzo Sha, soltando la carcajada -. A lo mejor estropeas el cordón umbilical y el niño nace con alguna deformación.
Eso alarmó aún más al Idiota, quien, con lágrimas en los ojos, agarró al Peregrino de la ropa y le suplicó, diciendo:
- Pide a esa mujer que vaya en seguida en busca de alguna comadrona que no haga mucho daño. Por fuerza tiene que haberlas en este lugar. Las contracciones se están haciendo cada vez más frecuentes. Eso quiere decir que la hora del parto está cerca. ¡Ya viene, ya viene!
- Si estás a punto de parir - volvió a decir el Bonzo Sha, sin poder tener la risa -, lo mejor que puedes hacer es quedarte quieto de vez. ¿No querrás romper la bolsa de aguas, verdad?
- ¿No hay por aquí cerca ningún médico? - preguntó Tripitaka a la mujer, sin parar de gemir -. Dales la dirección a mis discípulos y que vayan a buscarle en seguida. A lo mejor dispone de algún remedio para hacer abortar.
- Las medicinas no valen para nada - contestó la anciana -. De todas formas, al sur de aquí se encuentra la Montaña de la Supresión de los Machos, en la que se abre la Caverna de la Anulación de los niños. Dentro de ella corre, precisamente, el Arroyo de los Abortos. Para acabar con un embarazo, sólo es necesario tomar un sorbo de sus aguas. El problema es que actualmente no es nada fácil llegar hasta ellas. El año pasado apareció un taoísta llamado el Auténtico Inmortal Complaciente y cambio el nombre de Caverna de la Anulación de los Niños por el de Santuario de la Reunión de los Inmortales. No contento con eso, declaró que el agua del Arroyo de los Abortos era exclusivamente suya y desde entonces se ha negado a distribuir sin pagar nada. El que quiera un poco tiene que darle, a cambio, fuertes sumas de dinero, junto con una gran cantidad de carne, vino y toda clase de frutas. Además, debe inclinarse ante él con un respeto que únicamente se debe a los dioses. Sólo entonces se aviene a entregar una ridícula cantidad de esa agua. Según veo, todos vosotros vivís de la limosna. ¿De dónde vais a sacar tanto dinero como exige ese inmortal? Lo mejor que podéis hacer es quedaros aquí y esperar a que deis a luz.
- Señora - preguntó el Peregrino, aliviado, al oírlo -, ¿a qué distancia se encuentra de aquí la Montaña de la Supresión de los Machos?
- A tres mil kilómetros aproximadamente - respondió la anciana.
- ¡Estupendo! - exclamó el Peregrino -. No os preocupéis más, maestro. Ahora mismo voy a ir a por un poco de esa agua.
Se volvió después hacia el Bonzo Sha y le ordenó:
- Cuida del maestro. Si esta gente se porta mal con vosotros y trata de haceros el menor daño, asústala un poco con tu fiereza. Me voy a por el agua.
El Bonzo Sha sacudió la cabeza en señal de conformidad. La anciana sacó, entonces, una palangana grande de porcelana y dijo, entregándosela al Peregrino:
- Coge toda el agua que puedas. La guardaremos para algún imprevisto.
El Peregrino cogió la palangana, salió de la choza y se montó en una nube. Al verlo, la anciana cayó de hinojos e, inclinándose como si hubiera perdido el juicio, empezó a gritar:
- ¡Es increíble! ¡Este monje sabe cabalgar por las nubes!
Inmediatamente corrió a llamar a las otras mujeres y, todas a una, se arrodillaron ante el monje Tang, golpeando respetuosamente el suelo con la frente y llamándole arhat y bodhisattva. Sin pérdida de tiempo, hirvieron agua y prepararon un poco de arroz, con que agasajar a huéspedes tan distinguidos, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellas.
Si lo haremos, sin embargo, del Gran Sabio Sun. Con el fin de llegar cuanto antes a su destino, dio un salto tremendo, pero se encontró con que le cortaba el paso la cumbre de una montaña altísima. Descendió a toda prisa de su nube y, abriendo cuanto pudo los ojos, miró, sorprendido, a su alrededor. La montaña en la que se encontraba era, en verdad, extraordinaria. Por doquier se veían inmensas alfombras de flores exóticas, extensísimos paños de hierbas salvajes y una filigrana de arroyos, que parecían perseguirse unos a otros. De ese ambiente de ociosa relajación participaban también las nubes, que se precipitaban por los barrancos, numerosísimos y cubiertos totalmente de enredaderas y vides. Las cumbres de otras montañas gemelas se extendían hasta más allá de donde llegaba la vista, cubiertas de una espesa vegetación, en la que cantaban los pájaros, las ánades salvajes mostraban todo el esplendor de su plumaje, abrevaban los ciervos, los simios saltaban de árbol en árbol. Era tal la belleza de aquel paisaje, que, más que real, la montaña parecía sacada de un biombo de jade y sus ondulaciones recordaban los bucles de una espléndida cabellera. Con razón resultaba prácticamente inaccesible para los moradores de este mundo de sombras. Allí era posible ver a jóvenes inmortales recogiendo hierbas, el agua saltando, relajante y caprichosa, piedra en piedra y a leñadores portando pesados haces de leña. La belleza de su enclave igualaba a la del Tien-Tai, llegando incluso a superar a la de los tres picos del Monte Hwa.
Mientras el Gran Sabio contemplaba, embelesado, el paisaje, descubrió, en la porción sombreada de la montaña, una construcción con un patio trasero, en el que había un perro ladrando. El Gran Sabio se dirigió hacia ella y comprobó que se trataba de un lugar encantador. Un pequeño cauce de agua atravesaba, de parte a parte, un puente de ni muy grandes proporciones, junto al que se elevaba una casa con el tejado de ramas. Al lado de la cerca ladraba, hasta desgañitarse, un perro. Nada impedía ir adonde quisiesen a quienes habitaban en un lugar tan solitario. El Gran Sabio se acercó a la puerta y vio a un taoísta  sentado sobre la hierba con las piernas cruzadas. Se levantó ligeramente, cuando el Peregrino le saludó con una leve inclinación de cabeza y, dijo, al tiempo que le devolvía el saludo:
- ¿De dónde venís y cuál es el propósito que os trae hasta este humilde santuario?
- No soy más que un humilde monje enviado en busca de escrituras por el Gran Emperador de los Tang de las Tierras del Este. Al pasar por el Río de la Madre y el Hijo, mi maestro bebió inadvertidamente de sus aguas y tiene ahora el vientre hinchado, mientras el dolor no le deja vivir. Por las gentes que viven junto a su cauce supe que el embarazo que padece no tiene ninguna cura. También me dijeron, de todas formas, que sólo puede poner fin al mismo el agua del Arroyo de los Abortos, que se encuentra en el interior de la Caverna de la Anulación de los Niños, enclavada, a su vez, en la Montaña de la Supresión de los Machos. Ése es el motivo que me ha movido a venir en busca del Auténtico Inmortal Complaciente y suplicarle que me dé un poco de esa agua, con la que poner fin a los sufrimientos de mi maestro. ¿Tendríais la bondad de indicarme dónde vive ese respetable taoísta?
- Este lugar se llamaba antes la Caverna de la Anulación de los Niños - contestó el taoísta, haciendo todo lo posible por no soltar la carcajada -. Ahora se le conoce, sin embargo, por el nombre de Santuario de la Reunión de los Inmortales. Yo soy el discípulo primero del Auténtico Inmortal Complaciente. ¿Os importaría decirme cómo os llamáis? Así podré dar cuenta de vuestra llegada a mi maestro.
- Soy el primer discípulo de Tripitaka Tang, el Maestro de la Ley - respondió el Peregrino -, y se me conoce por el nombre de Sun Wu-Kung.
- ¿Dónde tenéis el dinero, el vino y las otras cosas? - volvió a preguntar el taoísta.
- Nosotros únicamente vivimos de las limosnas que nos dan durante el viaje - contestó el Peregrino -. No disponemos, por tanto, de nada propio.
- ¡Estáis mal de la cabeza! - contestó el taoísta, soltando la carcajada -. Mi maestro es ahora el dueño de ese arroyo y jamás ha dado a dado a nadie gratis ni una gota de sus aguas. Te aconsejo, por tanto, que vayas a por lo que te he dicho. De lo contrario, es mejor que te marches y te olvides para siempre del agua.
- La buena voluntad posee más poder que una orden del emperador - sentenció el Peregrino -. Si corres a decir a tu maestro que el Mono se encuentra aquí, estoy seguro de que no mostrará conmigo ninguna brusquedad. Hasta es posible que ponga a mi disposición todo el arroyo.
Ante semejantes razones, al taoísta no le quedó más remedio que entrar a anunciar la llegada del Peregrino. El Auténtico Inmortal estaba tañendo el laúd y el taoísta tuvo que esperar a que hubiera concluido la pieza para decirle:
- Maestro, ahí fuera hay un monje budista que afirma ser Sun Wu-Kung, el primer discípulo de Tripitaka Tang. Desea que le deis un poco de agua del Arroyo de los Abortos para curar a su maestro.
Hubiera sido mejor que el Auténtico Inmortal no hubiera escuchado esas palabras. En cuanto oyó el nombre de Wu-Kung, comenzó a arder la hoguera del odio en su corazón y la planta de la ira echó raíces en su hígado. A toda prisa dejó a un lado el laúd, se quitó la túnica que llevaba y se puso sus ropas de taoísta. Cogió un garfio y, saliendo a la puerta del santuario, gritó:
- ¿Dónde está Su Wu-Kung?
El Peregrino volvió la cabeza y quedó asombrado de la forma como iba vestido el Auténtico Inmortal. Llevaba en la cabeza un gorro de vivísimos colores con forma de estrella, vestía una túnica roja tejida con hilos de oro y calzaba unos zapatos cubiertos totalmente de bordados. Alrededor de la cintura lucía un valiosísimo cinturón, que en nada desdecía de medias de seda recamada y su faldón, apenas visible, de lana. Portaba en las manos un garfio dorado de afilada cuchilla y mango largo con forma de dragón. Sus ojos de fénix emitían un brillo extraño, que recalcaban sus desconcertantes cejas verticales. Su boca, roja como la sangre, dejaba entrever unos dientes tan afilados como el acero y, cada vez que se movían sus labios, hacían que danzara libremente en el viento  una  larga  barba,  que,  a  manera  de  llamas,  le  arrancaba  directamente  de  la barbilla. Junto a las sienes le nacían unos mechones de cabellos rojizos, que parecían juncos  salvajes.  Por  la  agresividad  que  transmitía,  su  apariencia  recordaba  la  del mariscal Wen [4], aunque, obviamente, sus vestimentas no fueran las mismas. En cuanto el Peregrino le vio, juntó las palmas de las manos e, inclinándose ante él, dijo:
- Sun Wu-Kung es este humilde monje.
- ¿Eres el auténtico Sun Wu-Kung o únicamente un impostor, que sea ha adueñado de su nombre y de su apellido? - volvió a preguntar el maestro, soltando la carcajada.
- ¿Os parece bien hablar así, maestro? - replicó el Peregrino -. Como muy bien afirma el dicho, «una persona virtuosa no cambia de nombre cuando se sienta, ni de apellido, cuando se pone de pie». ¿Qué razón habría de tener para hacerme pasar por otro?
- ¿No me reconoces? - preguntó, una vez más, el maestro
- Desde el momento mismo en que decidí cambiar de vida y abracé de todo corazón las enseñanzas budistas, sólo me he dedicado a escalar montañas y a vadear ríos - contestó el Peregrino -. No mantengo ya ningún contacto con mis amigos de la juventud. Por otra parte, es la primera vez que vengo a visitaros y juro que jamás hasta ahora había visto vuestro rostro. Los habitantes de la aldea que se encuentra al oeste del Río de la Madre y el Hijo me dijeron que os llamabais el Auténtico Inmortal Complaciente. Eso es todo cuanto sé de vos.
- Así que tú sigues tranquilamente tu camino y yo me dedico a mi prácticas de inmortalidad, ¿no es así? - respondió el maestro en tono burlón -. ¿Por qué has venido, realmente, a visitarme?
- Os lo he dicho ya - volvió a contestar el Peregrino -. Mi maestro bebió inadvertidamente del Río de la Madre y el Hijo y su dolor de estómago se convirtió en un auténtico embarazo. He venido, simplemente, hasta vuestra muy digna morada con el único deseo de obtener de vuestra generosidad un poco de agua del Arroyo de los Abortos y, así, librar a mi maestro del dolor que le domina.
- ¿Es Tripitaka Tang tu maestro? - inquirió, una vez más, el maestro con los ojos encendidos.
- Así es - reconoció el Peregrino.
- ¿No os habéis topado en vuestro deambular con el Santo Niño? - continuó indagando el maestro, al tiempo que hacía rechinar los dientes con visible desprecio.
- Ése es el sobrenombre de un monstruo - contestó el Peregrino -, el Muchacho Rojo, que habitaba en la Caverna de la Nube de Fuego, junto al Arroyo del Pino Seco de la Montaña Rugiente. ¿Por qué se interesa por él el Auténtico Inmortal?
- Porque da la casualidad de que es mi sobrino y el Rey Monstruo Toro, mi hermano - aclaró el maestro -. Hace cierto tiempo mi hermano mayor me dijo en una carta que Sun Wu-Kung, el discípulo primero de Tripitaka Tang, era un auténtico embustero, que había traído la desgracia sobre su hijo. Quise vengarle en seguida, pero no sabía adonde acudir. Ahora resulta que tú mismo vienes a llamar puerta. ¿Cómo quieres que te dé una gota tan siquiera de mi agua?
- Estáis muy equivocado, señor - dijo el Peregrino con una risa, tratando de apaciguarle -. Vuestro hermano fue uno de mis mejores amigos. De jóvenes los dos pertenecíamos a la misma hermandad. Si no he venido hasta ahora a visitaros, ha sido porque ni siquiera sabía que existíais. Vuestro sobrino salió, por otra parte, muy bien parado, ya que ahora es nada más y nada menos que el sirviente personal de la Bodhisattva Kwang-Ing. Se ha convertido en el Paje de la Riqueza de la Bondad y ni siquiera juntos podemos compararnos con él. ¿Es justo que ahora me culpéis de su buena suerte?
- ¡Maldito mono! - gritó el maestro -. ¿Cuándo aprenderás a dominar tu lengua? ¿Cómo crees que le irá mejor a mi sobrino, siendo rey o convirtiéndose en el criadillo de alguien? ¡Deja, pues, de proferir sandeces y prueba el sabor de mi garfio!
- No uséis, por favor, un lenguaje tan belicoso - suplicó el Gran Sabio, deteniendo el golpe con su barra de hierro -. Dadme un poco de agua y me marcharé para nunca volver.
- ¿Es que no se te ocurre nada mejor que decir, mono inútil? - exclamó el maestro con desprecio -. Si eres capaz de resistir tres asaltos seguidos, te daré el agua; en caso contrario, te haré picadillo y, así, vengaré a mi sobrino.
- ¡Qué rematadamente tonto sois! - replicó el Peregrino en el mismo tono -. Ni siquiera sabéis lo que os conviene. Si deseáis luchar, acercaos y medios con mi barra.
El maestro volvió a voltear su garfio y así dio comienzo, ante el Santuario de la Reunión de los Inmortales, una de las mejores batallas que han contemplado los siglos. Por haber bebido el monje venerable de las aguas de la procreación, el Peregrino hubo de ir en busca del Inmortal Complaciente. ¿Quién iba a haber sospechado que el Auténtico Inmortal, que se había apropiado por la fuerza del Arroyo de los Abortos, era, en realidad, un monstruo? Cuando se encontraron frente a frente, se hablaron como si fueran  enemigos,  no  cediendo  ninguno  ni  un  solo  ápice.  Así  se  confirmó  que  las palabras únicamente engendran desavenencias y que el odio y las malas intenciones conducen únicamente a la venganza. Uno, sabiendo que la vida de su maestro corría peligro, vino en busca de agua. El otro, pensando que había perdido para siempre a su sobrino, se negó a entregársela. ¡Qué formidables eran las armas que usaron! El garfio poseía la fiereza del escorpión, mientras que la barra de los extremos de oro se mostró digna heredera de la furia de los dragones. ¡Con qué fiereza buscaban ambas atravesar el pecho de su adversario! Los golpes sesgados del garfio amenazaban constantemente las piernas y la cabeza de su oponente, como si fuera una mantis lanzando su mortal abrazo. La barra, por su parte, trataba de cebarse en el vientre y en los genitales de su contrario, como un halcón abatiéndose sobre un pájaro. Los dos se  movían de un lado para otro, buscando inútilmente la victoria. De nada servían sus incontables pases y fintas. El triunfo se resistía a caer del lado de uno cualquiera de tan formidables guerreros.
Más de diez veces cruzaron sus armas el maestro y el Gran Sabio, sin que ninguno de los dos desfalleciera. A partir del undécimo encuentro, no obstante, el taoísta empezó a dar muestras de cansancio. Eso acrecentó aún más la fiereza del Peregrino, que levantó cuanto pudo la barra y la dejó caer sobre la cabeza de su adversario, como si fuera una lluvia de meteoritos. Al maestro no le quedó otro remedio que huir monte adentro, arrastrando tras él su espléndido garfio. En vez de perseguirle, el Gran Sabio se volvió hacia el santuario con la intención de coger el agua, pero se encontró con que el taoísta había cerrado las puertas. El Gran Sabio no se arredró. Agarró la palangana, tomó carrera y, de una tremenda patada, las echó abajo. Corrió hacia el interior y vio al taoísta inclinado sobre el brocal del pozo del que manaba el agua, tratando de protegerlo con su cuerpo. Bastó que el Gran Sabio levantara la barra de hierro por encima de su cabeza, para que el taoísta huyera a toda prisa a la parte de atrás. No le fue difícil encontrar un cubo, pero, cuando se disponía a arrojarlo dentro del pozo, el maestro apareció de improviso y le agarró de las piernas por detrás con el garfio. El Gran Sabio perdió el equilibrio y cayó de morros al suelo. Logró, sin embargo, reponerse en seguida y contraataco con su barra. El maestro esquivó el golpe, dando un paso hacia atrás, y gritó sonriendo enigmáticamente:
- Te apuesto lo que quieras a que no eres capaz de coger una sola gota de esa agua.
- ¡Acércate! - gritó el Peregrino -. ¡Acércate y acabaré contigo!
Pero el maestro se negó a seguir luchando. Se quedó de pie donde estaba, dispuesto a impedir que el Gran Sabio se apoderara del agua. Cuando éste comprendió sus intenciones, agarró con la mano izquierda la barra de hierro mientras que con la derecha tiraba de la cuerda que sostenía el cubo. Apenas había dado un tirón cuando el maestro volvió a la carga con el garfio. Incapaz de defenderse con una sola mano, el Gran Sabio no pudo impedir que el arma de su enemigo le enganchara de las piernas y le hiciera caer al suelo. El cubo y la cuerda se perdieron, al mismo tiempo, en el interior del pozo.
- ¡Este tipo es un bestia! - se dijo el Gran Sabio, poniéndose de pie y agarrando la barra con las dos manos, antes de dejar caer sobre la cabeza de su adversario una auténtica lluvia de golpes.
Pero el maestro no respondió a ninguno de ellos y huyó, como había hecho antes. De nuevo trató el Gran Sabio de sacar un poco de agua, sin embargo, no tenía con qué hacerlo y, además, estaba seguro de que el maestro volvería a impedírselo. Eso hizo que renunciara a su presa y se dijera:
- Es preciso que vaya en busca de ayuda; de lo contrario, nunca lo conseguiré. Se montó en la nube y regresó a toda prisa a la aldea, gritando a grandes voces:
- ¡Bonzo Sha!
Dentro de la choza Tripitaka no cesaba de gemir, mientras Ba-Chie hacía otro tanto, incapaces ambos de soportar el dolor. Al oír los gritos del Peregrino, se les iluminó el rostro y dijeron al Bonzo Sha:
- Wu-Kung está de vuelta, ¿no le oyes?
- ¿Has traído el agua? - preguntó el Bonzo Sha, saliendo a su encuentro.
El Gran Sabio entró en la choza y contó al monje Tang cuanto había ocurrido. Tripitaka se echó a llorar y exclamó, desesperado:
- ¿Cuándo va a terminar todo esto?
- No os preocupéis, maestro - contestó el Peregrino, tratando de tranquilizarle -. He venido a buscar al Bonzo Sha. Así, mientras yo me enfrento con este tipo, él cogerá el agua capaz de devolveros la salud.
- ¿Quién cuidará de nosotros, si los que estáis sanos os vais y dejáis abandonados a los que estamos enfermos? - se lamentó Tripitaka.
- Tranquilizaos, arhat - dijo la anciana, acercándose a ellos -. Ahora no necesitáis a vuestros discípulos. Nosotras nos encargaremos de cuidaros y serviros. Cuando llegasteis, todas quedamos prendadas de vos. Después, cuando vimos cómo ese bodhisattva  que  tenéis  por  discípulo  era  capaz  de  volar  a  lomos  de  una  nube, comprendimos que vos mismo erais un arhat. ¿Cómo vamos a osar haceros el menor daño?
- ¿A quién vais a hacer daños vosotras, si aquí todas sois mujeres? - se burló el Peregrino.
- Habéis tenido suerte de venir a mi casa - respondió la anciana riéndose -. Si llegáis a haber caído en cualquier otra, no estarías ahora todos juntos.
- ¿Qué quieres decir con eso de que no seguiríamos juntos? - preguntó Ba-Chie, sin dejar de quejarse.
- Las cuatro o cinco mujeres que vivimos aquí tenemos ya nuestros años y hace cierto tiempo que hemos renunciado a la práctica del amor - contestó la anciana, sonriendo -. ¿Creéis que, si llegáis a haber llamado a las puertas de otra familia, las jovencitas de la casa os habrían dejado marchar, así como así? ¡Ni soñando! Se habrían acostado con vosotros y, si os hubierais negado, os habrían matado, cortando vuestra carne en trocitos para hacer con ella bolsitas perfumadas.
- En ese caso - contestó Ba-Chie -, yo habría sido el único que me hubiera salvado, porque, como soy un cerdo, huelo mal hasta cuando se me corta por la mitad. Ellos, por el contrario, habrían servido muy bien para esas bolsitas. ¿No os parece que alguna ventaja debíamos tener los que somos tan guarros?
- ¡Cuidado que te gusta hablar! - le reprendió el Peregrino -. ¿Por qué no guardas toda esa fuerza para cuando te llegue la hora de dar a luz?
- No conviene que os retraséis más - dijo, entonces, la anciana -. Id cuanto antes a por esa dichosa agua.
- ¿Tienes algún cubo en casa? - le preguntó el Peregrino -. Necesitaremos uno.
La anciana se fue a la parte de atrás y sacó un cubo y una cuerda, que entregó al Bonzo Sha.
- Creo que es conveniente que nos prestes dos - dijo éste, tras calcular a ojo su longitud -. Si el pozo es muy profundo, no bastará con uno.
Con el cubo y las dos cuerdas en su poder, el Bonzo Sha no tuvo ningún inconveniente en acompañar al Gran Sabio. Montaron en una nube y abandonaron juntos la aldea. En menos de media hora llegaron a la Montaña de la Supresión de los Machos. Tras bajar de la nube, se dirigieron al santuario. El Gran Sabio ordenó, entonces, al Bonzo Sha:
- Coge el cubo y las cuerdas y escóndete. Yo iré, mientras tanto a retar a ese taoísta. Cuando más enfrascados estemos en la batalla, entra dentro, coge el agua y márchate en seguida, ¿de acuerdo?
El Bonzo Sha hizo un gesto afirmativo con la cabeza y él, agarrando con fuerza la barra de hierro, se llegó hasta el santuario y empezó a gritar:
- ¡Abrid las puertas inmediatamente!
El taoísta que montaba la guardia corrió a informar a su maestro, diciendo:
- Ahí fuera está otra vez ese tal Sun Wu-Kung.
- ¡Qué pesado es ese maldito mono! - exclamó el maestro, malhumorado -. Había oído decir que era un espléndido luchador y ahora puedo afirmar, por experiencia propia, que su bravura no le va a la saga a sus técnicas guerreras. Su barra de hierro es un arma francamente formidable.
- Es posible, maestro - contestó el taoísta -, que sus técnicas guerreras sean excelentes, pero las vuestras no tienen nada que envidiar a las suyas. Sólo vos sois capaz de mantenerle a raya.
- Sí, pero me ha hecho huir dos veces - objetó el maestro.
- En situaciones en las que únicamente contaba la fuerza bruta - matizó el taoísta -. De hecho, cuando trató de sacar el agua, por dos veces se lo impedisteis con vuestro garfio. Eso iguala el número de sus victorias. Ya visteis que tuvo que marcharse con su maldita barra entre las piernas. Si ha vuelto, ha sido porque el embarazo de Tripitaka debe de andar tan avanzado que las molestias no le dejan prácticamente vivir. ¡Cualquiera puede cambiar de opinión, al ver sufrir a su maestro! Estoy seguro de que esta vez acabaréis con él, porque el desprecio nunca ha sido buen consejero.
Al oír esas palabras, el Auténtico Inmortal cayó presa de una profunda alegría y el rostro se le iluminó de sonrisas. Cogió su garfio y, dirigiéndose hacia la puerta, gritó:
- ¿Qué te trae otra vez por aquí, mono estúpido?
- He venido a por un poco de agua - contestó el Gran Sabio.
- Muy bien - respondió el Auténtico Inmortal -, pero da la casualidad de que esa agua mana dentro de mi pozo. Para conseguirla, tendrías que ofrecerme grandes cantidades de carne y licor. De eso no se salva ni los príncipes ni los reyes. ¿Cómo te atreves a venir con las manos vacías, siendo así que eres enemigo mío?
- ¿Te niegas a dármelo? - preguntó el Gran Sabio.
- ¡Así es! - contestó el Auténtico Inmortal.
- ¡Qué estúpido eres! - le insultó el Gran Sabio -. Ya que no estás dispuesto a hacerme ese favor, prueba el sabor de mi barra.
Con una facilidad increíble, la levantó por encima de la cabeza y la dejó caer con todas sus fuerzas sobre el Auténtico Inmortal, que se hizo diestramente a un lado, mientras respondía con un golpe de su temible garfio. La lucha que dio, entonces, comienzo fue aún más feroz que la de la última vez. El odio de los hombres se traslucía en la velocidad con que el garfio y la barra intercambiaban sus golpes. Los contendientes levantaban tal cantidad de tierra y arena, que el sol y la luna se oscurecieron, quedando el universo sumido en las tinieblas más profundas. Tragedia tan desastrosa se originó cuando el Gran Sabio fue en busca de un poco de agua para salvar a su maestro y el monstruo se la negó, por vengar a su sobrino. Los dos dieron lo mejor que tenían para ver cumplidos sus propósitos. Por eso, les rechinaban los dientes y se decían a sí mismos frases de aliento, que los ayudaran a mantener despiertas todas sus energías. Las nubes de polvo que levantaban pusieron en alerta a los dioses y a los espíritus, mientras que el entrechocar de las armas y los gritos que proferían sus gargantas, ávidas de sangre, hacían temblar toda la cordillera. Sus golpes levantaron un viento huracanado que arrasó bosques enteros y llegó a alcanzar las estrellas. Cuanto más luchaban, más felices y seguros de sí mismos se sentían el Gran Sabio y el Auténtico Inmortal. No en balde se habían entregado en cuerpo y alma al combate, decididos a no darlo por terminado hasta que uno de ellos hubiera muerto.
Aunque habían empezado a pelear a la puerta misma del santuario, poco a poco se fueron desplazando ladera abajo. Dejaremos, por ahora, de hablar de su lucha, para contar lo que acaeció al Bonzo Sha. En cuanto vio que tenía el camino libre, cogió el cubo y corrió hacia el interior del santuario. Pero le salió al encuentro el taoísta y trato de cerrarle el camino, diciendo:
- ¿Quién eres tú, para atreverte a venir a robarnos el agua?
Sin decir nada, el Bonzo Sha dejó caer el cubo, sacó su báculo de matar monstruos y lo lanzó con todas sus fuerzas sobre la cabeza del taoísta. La sorpresa impidió a éste reaccionar con la suficiente rapidez y, aunque consiguió hacerse a un lado, no pudo evitar que el golpe le destrozara el hombro y el brazo izquierdos. El Bonzo Sha le vio caer al suelo, como si fuera una fruta madura, pero no le remató. Al pasar a su lado, se limitó simplemente a insultarle, diciendo:
- Tenía pensado aplastarte, pero, a pesar de todo, eres un humano y me das pena. Por esta vez, te perdonaré la vida. Ahora, si no te importa, déjame pasar para coger el agua. El taoísta se arrastró, con no poca dificultad, hacia la parte de atrás, pidiendo al Cielo y a la Tierra que acudieran en su ayuda. El Bonzo Sha, por su parte, tiró el cubo al pozo y lo llenó de agua hasta el borde. Abandonó después el santuario y, montándose en una nube, gritó al Peregrino:
- ¡No le mates, hermano! Acabo de hacerme con el agua y voy a llevársela ahora mismo al maestro.
Al oírlo, el Gran Sabio, detuvo con la barra de hierro un nuevo golpe del garfio y dijo, triunfante:
- Tenía pensado acabar contigo para siempre, pero, puesto que no has hecho nada malo, te perdonaré la vida, no en atención a tu propia virtud, sino a los sentimientos que aún abrigo por tu hermano, el Rey Toro. La primera vez me echaste la zancadilla dos veces con tu garfio y no pude conseguir el agua. La segunda no me quedó otro remedio que valerme del truco de «atraer al tigre para hacerle abandonar su escondite». Es decir, te obligué a medir tus armas conmigo, para dejar totalmente libre a uno de mis hermanos el camino del agua. Que conste, además, que no he querido usar contigo toda mi fuerza; de lo contrario,  aunque hubieras sido capaz de multiplicarte por diez, habría terminado contigo en un abrir y cerrar de ojos. Sé que es más valioso dejar vivir que matar. Por eso, te perdono la vida y te permito que sigas existiendo durante unos años más. A cambio te exijo que, si alguien te pide un poco de agua, no le extorsiones, como si fueras un funcionario sin escrúpulos.
Sin saber exactamente lo que hacía, el descarriado inmortal trató, una vez más, de agarrar al Peregrino por las piernas, pero el Gran Sabio esquivó a tiempo el golpe y se arrojó sobre él, gritando:
- ¡No huyas!
El Inmortal se llevó tal sorpresa, que cayó al suelo patas arriba. El Gran Sabio le arrancó de las manos el garfio y lo partió por la mitad. Después juntó otra vez los trozos y volvió a partirlos en cuatro cachos con la facilidad con que uno quiebra una rama.
- ¡Júntalos, si puedes, bestia maldita! - gritó el Peregrino, tirándolos al suelo -. ¡Espero que, de ahora en adelante, seas un poco más honesto!
Temblando de pies a cabeza, el inmortal descarriado no se atrevió a decir nada. El Gran Sabio, por su parte, soltó la carcajada y, tras montarse en una nube, se elevó hacia lo alto. De todo esto existe un poema, que afirma:

Para fundir plomo puro, es preciso disponer de agua límpida, porque ésta se mezcla bien con el mercurio seco. El mercurio y el plomo puros no tienen progenitores, por eso se elabora con ellos el elixir celeste. No sirve de nada concebir. Observar la facilidad con que la Madre Tierra acumula méritos sobre su cabeza En momento en el que desaparecen las falsas doctrinas surgen, victoriosas, las enseñanzas auténticas y el Señor de la Mente regresa con el rostro cubierto de sonrisas.

A lomos de su nube sagrada, el Gran Sabio no tardó en alcanzar al Bonzo Sha. Con el agua en su poder, no cabían en sí de contento y regresaron a toda prisa al lugar del que habían partido. Nada más bajar de la nube, se dirigieron a la cabaña. En la puerta, apoyado contra el marco, encontraron a Chu Ba-Chie, gimiendo y con el vientre más grande que antes. El Peregrino se llegó hasta él y le preguntó:
- ¿Has empezado ya el proceso del parto?
- No te burles de mí, por favor - exclamó el Idiota, muerto de miedo -. ¿Habéis conseguido el agua?
El Peregrino se disponía a gastarle una nueva broma, cuando el Bonzo Sha proclamó, triunfante, sonriendo como un héroe:
- ¡Aquí llega el agua!
- ¡Cuántos problemas os he causado! - exclamó Tripitaka, irguiéndose un poco y haciendo muecas de dolor.
La anciana estaba tan encantada, que hizo salir a todos sus familiares y, golpeando repetidamente el suelo con la frente, gritó, agradecida:
- ¡Qué suerte hemos tenido, bodhisattva! ¡Qué suerte!
Cogió una taza de porcelana con flores, la llenó hasta la mitad y la dio a beber a
Tripitaka, diciendo:
- Tomadla despacito, maestro. Para poner fin a vuestro embarazo, sólo necesitaréis un pequeño sorbito.
- ¡Yo no quiero una tacita! - protestó Ba-Chie -. ¡Yo necesito el cubo entero!
- ¿Sabéis bien lo que decís? - exclamó la anciana -. Si tomáis todo  el cubo, el agua disolverá hasta el estómago y los intestinos.
Al oír eso, el Idiota cogió tal miedo, que no se atrevió a decir nada más y tomó sólo media taza. En un abrir y cerrar de ojos, los dos sintieron un dolor insoportable en el vientre, junto con unos calambres, que los dejaron medio muertos. Siguieron cuatro o cinco borborigmos, que casi les destrozan las tripas. El Idiota no pudo aguantarlo y empezó a arrojar orín y suciedad, como si fuera una fuente. El monje Tang sintió también una urgencia irresistible de hacer sus necesidades y pidió que le llevaran a un lugar más reservado.
- Es mejor que no os mováis - le aconsejó el Peregrino -. Si salís,  cogeréis frío y eso puede acarrearos bastantes problemas post-parto.
Sin pérdida de tiempo, la anciana sacó dos orinales y así pudieron ellos aliviarse a gusto. Tras contraérseles las tripas varias veces seguidas, el dolor empezó a remitir y el vientre se les fue reduciendo poco a poco de tamaño, dando a entender, de esa forma, que el muñón de carne y sangre había quedado disuelto del todo. Las parientas de la anciana cocieron un poco de arroz y se lo dieron, para que recuperaran cuanto antes las fuerzas que habían perdido en el parto.
- Yo, señora - dijo Ba-Chie -, poseo una constitución fuerte y no necesito ningún tipo de alimentación extra. Lo que sí os agradecería es que me calentarais un poco de agua para poder bañarme.
- ¿Estás loco? - le increpó el Bonzo Sha -. ¡No puedes tomar ningún baño! Si te entra algo de agua después de un mes de haber dado a luz, puedes caer gravemente enfermo.
- Pero yo realmente no he parido nada - protestó Ba-Chie -. A lo sumo, he sufrido un aborto. ¿A qué vienen tantos temores? Ahora lo que yo necesito es lavarme y asearme un poco.
La anciana corrió, gustosa, a calentar un poco más de agua, para que se lavaran las manos y los pies. El monje Tang comió, entonces, dos escudillas de arroz, mientras que Ba-Chie devoró más de quince y aún seguía exigiendo más.
- No comas tanto, por favor - le aconsejó el Peregrino, riéndose de él -. Vas a estar muy feo con una barriga tan grande como un saco lleno de arena.
- No te preocupes - contestó Ba-Chie -. Afortunadamente no soy una cerda, así que no tengo por qué preocuparme del tipo que tenga.
Pese a todo, las mujeres fueron a preparar un poco más de arroz. La anciana se volvió, entonces, hacia Tripitaka y le dijo: s ¿Tendríais la bondad de darme el agua que ha sobrado?
- ¿No quieres beber más? - preguntó el Peregrino al Idiota.
- No - contestó Ba-Chie -. Se me ha quitado el dolor de estomago y el embarazo ha desaparecido totalmente. He de confesar que nunca me he encontrado mejor que ahora. ¿Para qué habría de bebe más agua?
- Puesto que estáis ya perfectamente - concluyó el Peregrino -, se la entregaré a la familia de esta mujer. ¿Para qué la queremos nosotros?
La anciana dio las gracias al Peregrino y, tras echar el agua que había sobrado en una jarra de porcelana, corrió a esconderla en el jardín de la parte de atrás, no sin antes advertir a los miembros de su familia:
- Esta agua servirá para pagar los gastos de mi funeral.
Todas las mujeres que vivían en aquella casa, tanto las jóvenes como las que no lo eran tanto, no cabían en sí de contento. A toda prisa prepararon una comida vegetariana y pusieron la mesa. De esa forma, el monje Tang y sus discípulos pudieron recuperar las fuerzas. Al amanecer del día siguiente dieron las gracias a la anciana y a su familia y abandonaron la aldea. El monje Tang montó, como siempre, en el caballo, el Bonzo Sha cargó con el equipaje y Ba-Chie se encargó de tirar de las riendas, mientras el Gran Sabio Sun abría tranquilamente la marcha. No podía ser de otra manera: una vez que la boca ha sido purificada de sus pecados y disuelto el embarazo de lo terreno, el espíritu queda purificado y el cuerpo recupera toda su energía.
Desconocemos a qué clase de peligros hubieron de hacer frente nada más llegar a la capital. Quien desee averiguarlo deberá escuchar las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente.

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[1]El primer voto, «ben-yüan», se refiere a la pureza esencial del estado búdico.

[2]El término sabiduría, o «sambhodi», hace referencia a la omnisciencia de Buda. En algunas ocasiones, como en este caso, designa a todo el cuerpo de doctrinas budistas.

[3]Según el historiador Hsüan-Tsang, al suroeste del reino de Fu-Lin había una isla en la que se había establecido el llamado País de las Mujeres del Oeste. Dado que entre ellas no vivía ningún varón, el señor de Fu-Lin les enviaba cada año un grupo de hombres, para que pudieran seguir teniendo descendencia.

[4]Wen era uno de los Cuatro Grandes Mariscales Celestes.