Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

El Mono de la Mente recurre sin éxito a mil trucos. El fuego y el agua han perdido su poder, poco puede hacerse para dominar a los demonios.


Decíamos que el Gran Sabio, Sosia del Cielo, se vio obligado a huir con las manos vacías y el sabor de la derrota en el corazón. En cuanto hubo regresado a la Montaña del Yelmo de oro, se dejó caer en el suelo y comenzó a llorar, desconsolado.
- ¡Oh, maestro! - exclamó, mientras las lágrimas fluían de sus ojos -. Desde siempre había abrigado la esperanza de encontrar con vos la vida y el camino que conduce a la Verdad. ¿No propugnan, acaso las enseñanzas de Buda la benevolencia y la paz? Ése ha sido mi único deseo a lo largo de mis días: poder vivir y trabajar a vuestro lado, descansar cuando vos lo hicierais, poner por obra vuestros actos de virtud y mostrar, así, que nuestros frutos proceden del mismo árbol del espíritu, pensar y meditar lo mismo que vos, haciendo que nuestras mentes parezcan, en realidad, una sola, hollar el sendero que marcaban vuestros pasos y seguirlo, sin desfallecer, hasta el final. Jamás imaginé que pudiera perder el báculo de mi determinación. ¿Cómo voy a poder seguir adelante sin él?
El Gran Sabio se estuvo lamentando de esta forma durante muchas horas. Después se le abrieron, de pronto, los ojos y se dijo:
- ¡Es extraño que ese monstruo me haya reconocido! Ahora recuerdo que, cuando estábamos luchando, exclamó, sorprendido de mi forma de guerrear: «¡Sólo quien ha sumido los Cielos en el desorden es capaz de manejar las armas con tanta maestría!». Eso demuestra que esa bestia no pertenece a este mundo mortal. Por fuerza tiene que tratarse de alguna estrella maligna de los Cielos, que ha descendido a la Tierra, atraída por el falso brillo de sus seducciones. Me pregunto a qué clase de demonios pertenecerá y cuál será su lugar de origen. Creo que lo mejor que puedo hacer es dirigirme a las Regiones Superiores y tratar de resolver ese misterio.
Fue así como, valiéndose de la mente para hacer frente a la mente, el Peregrino recobró la seguridad que había perdido. Tras ponerse de pie de un salto, montó en una nube y se dirigió directamente hacia la Puerta Sur de los Cielos. Levantó la cabeza y en seguida reconoció al Devaraja Virupaksa, que le preguntó, después de inclinarse respetuosamente:
- ¿Puede saberse adonde va el Gran Sabio?
- Deseo entrevistarme con el Emperador de Jade - contestó el Peregrino -. Por cierto, ¿qué estás haciendo tú aquí?
- Hoy me toca a mí patrullar la Puerta Sur de los Cielos - contestó Virupaksa.
Apenas había acabado de decirlo, cuando aparecieron los grandes mariscales Ma, Chao, Wen y Kwang y saludaron respetuosamente al Peregrino, diciendo:
- Sentimos mucho no haber estado aquí para daros la bienvenida, Gran Sabio. Si no os importa, sería para nosotros un gran honor compartir con vos una taza de té.
- Lamento defraudaros - respondió el Peregrino -, pero la verdad es que tengo mucha prisa - y, tras despedirse de ellos y de Virupaksa, se metió corriendo por la Puerta Sur. En la entrada misma del Salón de la Niebla Divina se topó con Chang Tao-Ling, el inmortal Ke, Xü Ching-Yang, Chiou Hong-Chr, los Seis Oficiales del Mirlo Austral y los Siete Jefes del Mirlo Septentrional. Todos ellos corrieron al encuentro del Peregrino, preguntándole, tras inclinar respetuosamente la cabeza:
- ¿Puede saberse qué asunto trae por aquí al Gran Sabio? ¿Habéis concluido vuestra misión de conducir sano y salvo al monje hasta las Tierras del Oeste?
- Aún no - respondió el Peregrino -. Es tan larga la distancia y tantos los demonios a los que hemos debido hacer frente, que sólo llevamos recorrida la mitad del viaje. Ahora mismo, sin ir más lejos, nos encontramos detenidos en la Caverna del Yelmo de Oro, que se halla enclavada en la montaña del mismo nombre y en donde habita un monstruo de aspecto vacuno que ha logrado capturar al maestro Tang. Me he enfrentado a él delante de su misma cueva, pero posee una fuerza mágica tan extraordinaria, que ha conseguido hacerse con mi barra de los extremos de oro. Eso me ha impedido hasta el momento darle el castigo que se merece y me ha hecho pensar que quizás esa bestia sea alguna estrella malvada de las Regiones Superiores, que ha descendido a la Tierra, atraída por el falso brillo de sus seducciones. En realidad, desconozco qué clase de diablo pueda ser y cuál sea su lugar de origen, pero estoy decidido a entrevistarme con el Emperador de Jade y echarle en cara su total incapacidad para mantener en su lugar a quien le debe una sumisión absoluta.
- ¡Qué cabezota es este mono! - musitó Xü Ching - Yang -. Si no arma jaleo, no está contento.
- ¡Yo no soy ningún alborotador! - se defendió el Peregrino -. Lo que ocurre es que siempre he poseído un natural reflexivo y me gusta investigar las cosas.
- ¿Para qué seguir discutiendo? - concluyó Chang Tao - Ling -. Anunciemos cuanto antes su llegada y asunto concluido.
- Gracias por tu comprensión - respondió el Peregrino.
Sin pérdida de tiempo los Cuatro Consejeros Celestes se adentraron en la Neblina Divina y comunicaron la llegada del Peregrino, que no tardó en ser conducido ante el Emperador de Jade.
- ¡No sabéis cuánto lamento tener que molestaros, respetable señor! - dijo, mientras se inclinaba respetuosamente ante el trono celeste -. Desde el momento mismo en el que acepté acompañar al monje Tang en su viaje hacia el Paraíso Occidental en busca de escrituras sagradas, han sido más los instantes de sufrimiento que he experimentado que los de auténtica felicidad. No me quejo de ello, porque desde el principio sabía que eso era lo que iba a suceder. Ahora mismo, sin ir más lejos, el monje Tang se halla en poder de un monstruo de aspecto vacuno que habita en la Caverna del Yelmo de Oro, que se halla enclavada en la montaña del mismo nombre. Desconozco si habrá sido ya cocido, cocinado al vapor o, simplemente, secado al sol. Lo que sí puedo afirmar es que me llegué hasta la puerta de esa bestia y me enfrenté a ella con la desazonadora sensación de que, de alguna forma, me conocía. Sus poderes mágicos eran tan extraordinarios que consiguió arrebatarme la barra de los extremos de oro, dejándome prácticamente indefenso ante cualquier otro monstruo que desee pelear conmigo. Tamaña habilidad me ha hecho pensar que ese monstruo pueda ser, en realidad, una estrella malvada de los Cielos, que ha descendido a la Tierra, atraída por el falso brillo de sus seducciones. Ello me  ha  movido  a  solicitar  una  audiencia  con  vos  y  a  suplicar  de  vuestra  celeste compasión que prestéis oídos a la petición que ahora os hago y que no es otra que ordenéis desenmascarar a esa estrella malvada y la hagáis traer encadenada ante vuestra presencia. Os presento esta súplica con el corazón henchido de respeto y rebosante de temor. ¡No echéis mi petición en saco roto! - añadió inclinándose aún más.
- ¡Esto es, francamente, desconcertante! - musitó el inmortal Ke -. ¿Cómo explicar que nuestro  querido  mono  se  comporte  al  principio  con  tanta  arrogancia  y  se  exprese después con semejante humildad?
- ¿Por qué no habría de hacerlo? - se defendió el Peregrino -, Si es cierto que al principio actué con arrogancia y después me expresé con humildad, ahora no soy más que un pobre simio que ha perdido su barra [1].
En cuanto el Emperador de Jade hubo escuchado esas palabras, ordenó lo siguiente al Departamento de Ke - Han [2]:

Realícese, según los deseos manifestados por Wu-Kung, una investigación entre las estrellas y planetas  de  los  diferentes  cielos  y  entre  los  reyes  de  las  diversas  galaxias,  con  el  fin  de determinar si alguno de ellos ha abandonado las Regiones Superiores, atraído por el falso brillo de las seducciones terrestres. Infórmese del resultado de dichas pesquisas, tan pronto como se hayan llevado a cabo. Tal es nuestro deseo.

Nada más llegar esa orden a manos del respetable Ke-Han, él mismo se encargó de iniciar la investigación solicitada, asistido por el Gran Sabio. Los primeros sometidos a escrutinio fueron los diferentes oficiales a las órdenes de los devarajas de las cuatro puertas celestes; los siguieron los diversos inmortales, tanto jóvenes como entrados en años, que moran en los Tres Recintos Sagrados [3]; les tocó el turno después a los dioses del trueno Tao, Chang Hsin, Tang Kou, Pi, Pang y Liou; finalmente fueron los Treinta y Tres Cielos los que sufrieron el peso terrible de la sospecha, pero no se encontró en ellos nada que denotara algo anormal. Fueron examinadas a continuación las Veintiocho Mansiones Lunares: las siete orientales, que abarcan las constelaciones de Citra, Nistia, Visakha, Anuradha, Bahu [4], Mulabarhani y Purva - Asadha; las siete occidentales [5], compuestas por las de Uttara-Asadha, Abhijit, Sravana, Sravistha, Stabhisa, Purva-Prosthapada y Uttara-Prosthapada. En todas ellas, incluidas las siete septentrionales y las siete australes, reinaban el orden y la tranquilidad más absolutos. Correspondió seguidamente el turno al Sol, a la Luna, a Venus, a Júpiter, a Mercurio, a Marte, a Saturno, a los Siete Reguladores, así como a las Cuatro Estrellas de los Excesos, Rahu, Ketu, Chi y Po. Entre todas las estrellas y planetas de los cielos no había ninguna que hubiera descendido a las Regiones Inferiores, atraída por el falso brillo de su seducción.
- No es preciso que vuelva contigo al Salón de la Niebla Divina - concluyó el Peregrino
-. ¿Para qué molestar de nuevo al Emperador de Jade? Me quedaré aquí esperando, por si hubiera alguna orden para mí.
El respetable Ke-Han asintió en silencio con la cabeza. Mientras esperaba su vuelta, el Peregrino Sun compuso un poema, reflejo de sus sentimientos, que decía:

La felicidad flota en la suavidad del viento y en la pureza de las nubes, mientras las rutilantes estrellas y los planetas emiten, sin cesar, signos propicios. Cuando el universo se abandona en los brazos de la paz, el Cielo y la Tierra aspiran el aroma de la prosperidad y en cada uno de los Cinco Puntos Cardinales enmudecen las armas y los estandartes se desvanecen.

Una vez finalizada su exhaustiva investigación, el respetable Ke-Han corrió a informar al Emperador de Jade, manifestándole con suma reverencia:
- No falta ninguna de las estrellas ni de las mansiones celestes y todos los guerreros celestiales se encuentran en sus puestos respectivos. Ni uno solo se ha dirigido a las Regiones Inferiores, atraído por el falso brillo de sus seducciones.
Al oírlo, el Emperador de Jade ordenó:
- Que Wu-Kung escoja a los guerreros que estime oportunos para capturar a esa bestia de la que nos ha hablado.
Los Cuatro Consejeros Celestes abandonaron entonces el Salón de la Niebla Divina y dijeron al Peregrino:
- Puesto que, según parece, no hay nadie en todo el Palacio Celeste que se haya sentido atraído por las falsas seducciones del mundo el Emperador de Jade ha determinado, en su gran misericordia, que escojáis a los guerreros que estiméis oportunos para capturar a ese demonio del que habéis hablado.
El Peregrino inclinó respetuosamente la cabeza, pero pensó preocupado:
- Luchadores peores que yo existen muchos en el Cielo; sin embargo, son muy pocos los que pueden compararse conmigo. Aún recuerdo que, cuando sumí el Palacio Celeste en una terrible confusión, el Emperador de Jade envió contra mí a más de cien mil soldados celestes provistos de redes cósmicas, pero ni uno solo fue capaz de hacerme frente. Únicamente lograron dominarme cuando contaron entre sus filas con el Pequeño Sabio Er-Lang. ¿Cómo van a ayudarme ahora a capturar a esa bestia, si su técnica guerrera es tan perfecta como la mía?
Xü Ching-Yang se percató en seguida de lo que significaba su silencio y se apresuró a decir:
- ¿Quién os asegura que esta vez va a ocurrir lo mismo que la última? Como muy bien reza el proverbio, «no existe nada que suceda dos veces». Además, no estáis en disposición  de  desobedecer  al  Emperador.  Reflexionad  con  tranquilidad  y comprenderéis que lo mejor que podéis hacer es escoger a los guerreros celestes que os han ofrecido. La duda sólo puede conduciros a cometer equivocaciones irreparables.
- Vistas así las cosas - concluyó el Peregrino -, agradeced al Emperador el favor que me ha hecho. Por supuesto que no es mi deseo desobedecer sus órdenes; además, sería ridículo haber realizado en balde un viaje tan largo. Os suplico, pues, honorable Ching-Yang, que informéis al Emperador de Jade que me gustaría que me acompañaran el Devaraja  Li  y  el  Príncipe  Nata.  Sé  que  poseen  unas  cuantas  armas  diseñadas especialmente para capturar monstruos. Con ellas volveremos a enfrentarnos contra esa bestia, a ver qué tal se nos dan las cosas. Si conseguimos capturarla, será una gran suerte para mí; si no lo logramos, ya decidiremos después qué podemos hacer.
El Consejero Celeste informó inmediatamente de su decisión al Emperador de Jade, el cual ordenó a los Devaraja Li, padre e hijo, que convocaran un ejército de guerreros celestes y partieran en ayuda del Peregrino. El devaraja cumplió la orden sin pérdida de tiempo y acudió a saludar al Peregrino, que volvió a decir al Consejero Celeste:
-  No sé, francamente, cómo agradecer al Emperador de Jade que haya puesto al devaraja a mi disposición. Desearía, sin embargo, que hicierais llegar en mi nombre una nueva petición al Máximo Honorable: que me permita disponer de dos señores del trueno. Así, cuando los desvarajas se enfrenten a esa bestia, ellos se apostarán en las nubes y lanzarán su arsenal de rayos contra su cabeza. ¿No opináis que es un plan fantástico para acabar con ella?
- ¡Extraordinario, francamente extraordinario! - exclamó el Consejero Celeste, echándose a reír, y corrió a presentar esa nueva petición al Emperador de Jade.
Éste hizo llegar al Palacio del Cielo de los Nueve Pliegues una orden conminando a Tang-Hua y a Chang-Fan, los dos señores del trueno, a que prestaran cuanta ayuda pudieran al devaraja a la hora de capturar al monstruo. No les quedó, pues, más remedio que abandonar los Cielos por la Puerta Sur, acompañados del devaraja y del Gran Sabio Sun. No tardaron en llegar a su destino y el Peregrino les dijo muy excitado:
- Ésa es la Montaña del Yelmo de Oro. La caverna en la que habita la bestia se encuentra justamente en su centro. Ahora os toca decidir a vosotros quién va a ser el primero en enfrentarse a ella.
El Devaraja Li hizo descender la nube en la que viajaba y ordenó a los guerreros celestes que montaran el campamento en la ladera sur. Se volvió después al Gran Sabio y dijo:
- Como bien sabéis, en cierta ocasión mi hijo Nata derrotó él solo a los demonios de noventa y seis cavernas. No en balde domina a la perfección el arte de las metamorfosis y siempre lleva consigo infinidad de armas con las que dominar a las bestias. Es justo, por tanto, que sea él quien inicie el combate.
- En ese caso - concluyó el Peregrino -, le serviré de guía.
Sirviéndose de sus extraordinarios poderes, el Príncipe y el Gran Sabio dieron un salto tremendo que los condujo directamente al corazón de la montaña. En un abrir y cerrar de ojos se encontraron ante la puerta de la caverna. La hallaron firmemente cerrada y extrañamente desguarnecida. En dos pasos el Peregrino se llegó hasta ella y gritó:
- ¡Abre la puerta inmediatamente, demonio estúpido, y devuélveme a mi maestro!
Los diablillos que hacían guardia en el interior de la caverna corrieron a informar a su señor, diciendo:
- Ante vuestra puerta se encuentra, gran soberano, el Peregrino Sun acompañado de un joven que no deja de retaros.
- Tengo en mi poder la barra de hierro de ese maldito mono - reflexionó el demonio -. Puesto que no puede luchar con las manos vacías, ha debido de ir en busca de ayuda. ¡Traedme inmediata las armas!
Tras tomar la lanza en sus manos, se dirigió hacia la puerta de la caverna a echar un vistazo. Fue así como descubrió a un joven de rasgos llamativamente finos y hercúlea constitución. Su rostro, a la vez tímido y tan consistente como el jade, recordaba la luna llena. Poseía unos labios rojizos y una boca cuadrada que dejaba entrever unos dientes tan blancos como la plata. La viveza de sus ojos era tal, que recordaba el resplandor del rayo. El flequillo le caía libremente por la frente, como si fuera un banco de niebla, mientras que su faja se bamboleaba en el seno del viento, como si, en vez de tela, estuviera hecha de diminutas partículas de fuego. Sus vestiduras, cubiertas totalmente de bordados, emitían destellos dorados bajo la acción directa del sol, compitiendo en brillo con la coraza que protegía su cuerpo y las botas de combate que calzaban sus pies. Aunque su cuerpo no parecía distinguirse del de cualquier otro joven de su edad, su voz era a la vez firme y sonora, como correspondía a un defensor de la fe tan fiero como el Príncipe Nata de los Tres Cielos. Pese a todo, el monstruo soltó la carcajada y dijo:
- Sé que eres el hijo tercero del Devaraja Li y que respondes al nombre de Príncipe Nata. ¿Quieres explicarme por qué has acudido ante mi puerta con semejante fanfarria?
- ¡Todo obedece al desorden que has provocado con tu conducta, bestia maldita! - contestó el Príncipe -. De hecho, he llegado hasta aquí con orden de arrestarte, por haber capturado y tratar de devorar al monje santo procedente de las Tierras del Este. Eso ha movido al Emperador de Jade a enviarme con la misión que acabo de comunicarte.
- ¡Ha sido Sun Wu-Kung el que te ha pedido que vinieras! - contestó el demonio, cada vez más enfadado -. Reconozco que soy la estrella desfavorable de ese tal monje Tang, pero ¿puedes explicarme qué clase de artes marciales domina un jovencito tan inexperto como tú para osar expresarse con semejante arrogancia? ¡No huyas y prueba el sabor de mi lanza!
Blandiendo su espada de descuartizar monstruos, el Príncipe se lanzó de lleno a la refriega. En el momento mismo en que los dos contendientes daban comienzo al combate, el Gran Sabio se elevó por encima de la montaña y gritó con todas sus fuerzas:
- ¿Se puede saber dónde os habéis metido, señores del trueno? Bajad aquí inmediatamente y lanzad vuestros rayos contra ese demonio. Es preciso que ayudéis al Príncipe a dominarlo.
Cuando Tang y Chang, los dos señores del trueno, se disponían a atacar, montados en la luminosidad de sus nubes respectivas, vieron que el Príncipe echaba mano de la magia. Tras sacudir ligeramente el cuerpo, se convirtió en un ser con tres cabezas y seis brazos que blandían otras tantas clases de armas diferentes para hacer frente e la bestia. Ésta, por su parte, se transformó igualmente en alguien con tres cabezas y seis brazos, que se valía de tres larguísimas lanzas para defenderse. Poniendo en juego todos sus poderes para dominar a las bestias, el Príncipe lanzó a lo alto sus seis armas. «¿Cuáles eran?», podrá preguntarse alguien. No eran ni más ni menos que una espada de descuartizar monstruos, una cimitarra de trinchar bestias, una cuerda de atar diablos, un garrote para domar demonios, una bola cubierta de bordados y una rueda de fuego.
- ¡Transformaos! - gritó con todas sus fuerzas y al punto se multiplicaron por cientos y por miles. Como si de una ventisca o de una lluvia de relámpagos se tratara, las armas cayeron, todas a una, sobre la cabeza del demonio. Pero éste ni siquiera se arredró. Con una de sus muchas manos sacó una escama blanca, la lanzó al aire y gritó:
- ¡Ataca!
Al punto se escuchó un sonido tan silbante como el de una culebra y la escama se tragó, sin más, las seis armas. Desesperado, el Príncipe Nata hubo de huir derrotado con las manos totalmente vacías, mientras el demonio regresaba triunfante a su caverna.
A media altura Tang y Chang, los dos señores del trueno, sonrieron aliviados, y se dijeron:
- Menos mal que, antes de lanzar nuestros rayos, decidimos analizar la situación. De lo contrario, los hubiéramos perdido todos y nos hubiéramos muerto de vergüenza, cuando el Honorable Celeste nos hubiera llamado a su presencia.
Tras reducir la altura de las nubes en las que viajaban, los dos señores del trueno se dirigieron hacia la ladera sur y dijeron al Devaraja Li:
- Ese demonio realmente posee poderes extraordinarios
- Sus poderes no son una cosa del otro mundo - comentó Wu-Kung, sonriendo -. Lo que es extraordinario es su escama. Me pregunto qué clase de arma será para tragarse las cosas tan tranquilamente.
- ¡No hay quien pueda con este Gran Sabio! - se quejó Nata, furioso -. Si he perdido mis armas y he huido derrotado, ha sido precisamente por ti. Me siento totalmente descorazonado y lo único que se te ocurre es echarte a reír como una doncella. ¿Se puede saber por qué eres tan irresponsable?
- Hablas de descorazonamientos - contestó el Peregrino -. ¿Crees que no me encuentro tan descorazonado o más que tú? La verdad es que, de momento, no disponemos de ningún otro plan. ¿Qué quiere que haga, que me eche a llorar? Como soy incapaz de gimotear, me río. Eso es todo.
- ¿Cómo podremos poner fin a este asunto? - se lamentó el devaraja.
- Podéis reflexionar cuanto queráis sobre ello - contestó el Peregrino -. Una cosa es clara: sólo será capaz de acabar con esa escama lo que no pueda ser absorbido por ella.
- Únicamente el fuego y el agua poseen la capacidad de no ser absorbidos por nada - contestó el devaraja -. De hecho, existe un dicho que afirma que «no hay nada más despiadado que el fuego y el agua».
- Es posible que tengas razón - exclamó el Peregrino, al oírlo -. Siéntate y espérame aquí. Creo que voy a hacer otro viaje a los Cielos.
- ¿Puede saberse para qué? - preguntaron Tang y Chang, los dos señores del trueno.
- En cuanto llegue, no presentaré ningún informe al Emperador Jade - respondió el Peregrino -, sino que me dirigiré al Palacio Aura Rojiza, que se encuentra en el interior de la Puerta Sur, y pediré a Marte, la Estrella de la Virtud de Fuego, que se llegue hasta aquí y provoque un incendio que acabe con esa bestia. Es posible que hasta la misma escama quede reducida a cenizas y así podamos detener al demonio. De todas formas, primero tenemos que recobrar tus armas y liberar a mi maestro de los sufrimientos que está pasando.
- ¿Para qué perder más tiempo? - contestó el Príncipe, encantado, tras escuchar esas palabras -. Id y regresad cuanto antes. Todos nos quedaremos aquí esperándoos.
El Peregrino montó en su nube y se dirigió de nuevo hacia la Puerta Sur de los Cielos. En seguida salieron a darle la bienvenida Virupaksa y los cuatro mariscales, diciendo:
- ¿Cómo es que estáis otra vez por aquí?
- El Devaraja Li ordenó al Príncipe que iniciara la batalla, pero apenas había cruzado sus armas con el demonio, cuando éste se las arrebató de una manera limpísima - explicó el Peregrino -. Deseo, por tanto, visitar el Palacio del Aura Rojiza y solicitar la ayuda de la Estrella de la Virtud de Fuego.
Ninguno de los cuatro se atrevió a impedirle la entrada y le dejaron trasponer tranquilamente la puerta. En cuanto hubo llegado al Palacio del Aura Rojiza, los dioses de la Sección del Fuego corrieron a informar:
- Sun Wu-Kung desea entrevistarse con nuestro señor.
El Tercer Espíritu del Sur, la Estrella de la Virtud de Fuego, se puso sus mejores ropas y salió a dar la bienvenida a tan ilustre visitante, diciendo:
- Ayer mismo registraron este indigno palacio ciertos miembros del Departamento de Ke-Han y no hallaron a nadie que hubiera sido seducido por el falso brillo del mundo.
- Ya lo sé - contestó el Peregrino -, pero el Devaraja Li y el Príncipe han perdido su primera batalla y, con ella, todas sus armas. Eso me ha movido a venir a solicitar vuestra ayuda.
- Nata es el presidente del Gran Festival de las Tres Generosidades [6] - comentó la estrella, sorprendida -. Cuando comenzó, por otra parte, su carrera como funcionario celeste, él solo derrotó a todos los demonios de noventa y seis cavernas. ¿Cómo va a poder un dios tan humilde como yo prestaros su ayuda, cuando él, que posee una extraordinaria panoplia de poderes mágicos, ha sido incapaz de llevar a buen término esa misión?
- He hablado de ello con el Devaraja Li y los dos hemos llegado a la conclusión de que ni en los Cielos ni en la Tierra existen elementos más poderosos que el fuego y el agua - explicó el Peregrino -. Ese monstruo posee una escama capaz de absorber todo cuanto existe. De momento desconocemos su naturaleza, pero, dado que el fuego tiene la capacidad de destruir prácticamente todo, he decidido venir a pediros descendáis a las Regiones Inferiores y provoquéis un incendio que termine con ese demonio y salve a mi maestro de sus sufrimientos.
No había acabado de oírlo, cuando la Estrella de la Virtud de Fuego convocó a los guerreros celestes bajo sus órdenes y se dirigió en compañía del Peregrino, hacia la ladera sur de la Montaña del Yelmo de Oro. Tras saludar al devaraja y a los señores del trueno, aquél dijo:
-  Debéis retar de nuevo a ese tipo y obligarle a salir, Gran Sabio. Esta vez me enfrentaré yo con él. Cuando saque la escama, me retiraré a toda prisa y la Virtud de Fuego se encargará de achicharrarle.
- De acuerdo - contestó el Peregrino, echándose a reír -. Vayamos cuanto antes para allá.
Y se dirigieron a retar a la bestia mientras la Virtud de Fuego permanecía en lo alto de la montaña en compañía del Príncipe y de los dos señores del trueno. Al llegar a la entrada de la caverna, el Gran Sabio gritó:
- ¡Abre la puerta, de una vez, y devuélveme a mi maestro! Los diablillos corrieron a informar a su señor, diciendo:
- ¡Otra vez está ahí fuera Sun Wu-Kung!
- ¡Mono maldito! - insultó el demonio al Peregrino, saliendo de la caverna al frente de sus tropas -. ¿Quieres explicarme qué clase de ayuda has ido a buscar esta vez?
- ¡Eres un demonio que no respeta la ley! - gritó el Devaraja Portador-de-la-Pagoda, dando un paso hacia delante -. ¿Acaso no me reconoces?
- Me figuro, Devaraja Li - contestó el demonio, soltando la carcajada -, que queréis vengar la derrota de vuestro hijo y recuperar sus armas. ¿No es así?
- Por una parte, busco, en efecto, venganza - contestó el devaraja -, pero, por otra, deseo detenerte y obtener así la liberación de monje Tang. ¡No huyas y prueba el sabor de mi cimitarra!
El monstruo esquivó el golpe, haciéndose a un lado. Levantó a continuación su larguísima lanza y se volvió diestramente contra su adversario. De esta forma, dio comienzo a uno de los combates mas terribles que jamás se hayan producido. Ante la puerta misma de la caverna la cimitarra del Devaraja pugnaba por sajar la carne de su oponente, emitiendo un brillo gélido y fogoso a la vez. La lanza del monstruo, por su parte, se elevaba, una y otra vez, hacia lo alto, como si estuviera empeñada en herir la masa blanquecina de las nubes. No en balde uno de los contendientes era el demoníaco Señor de la Montaña del Yelmo de Oro, y el otro, un dios venido directamente del Salón de la Niebla Divina. Aquél desplegaba todo su valor, empeñado en poner en ridículo la esencia del Zen, mientras que éste daba gustoso lo mejor de sí mismo por poner fin a los sufrimientos del maestro. Haciendo uso de la magia, el devaraja levantó una enorme polvareda de tierra y arena. Decidido a obtener la victoria, la bestia respondió con una nube inmensa de barro y suciedad. Era tan espesa, que el Cielo y la Tierra quedaron sumidos en una oscuridad absoluta. El polvo que levantaban los dos contendientes a punto estuvo de desecar los océanos y los ríos. Ambos estaban empeñados en revestirse de la gloria del triunfo, porque no ignoraban que el monje Tang había consagrado su existencia a la causa del Más Respetable del Mundo.
En cuanto el Gran Sabio se hubo percatado de que la lucha había dado comienzo, se llegó hasta la cumbre de un salto y dijo a la Estrella de la Virtud de Fuego:
- ¡Prepárate, Espíritu Tercero!
El demonio y el devaraja estuvieron luchando durante cierto tiempo. Cuando más enardecida parecía estar la batalla, la bestia volvió a sacar la escama. Al verlo, el devaraja se dio media vuelta y, saltando sobre su nube, huyó a toda prisa. Apostada en el  punto  más  alto  de  la  montaña,  la  Estrella  de  la  Virtud  de  Fuego  ordenó  a  las diferentes deidades de su departamento que comenzaran el ataque. El incendio entonces se produjo fue, en verdad, extraordinario. Con razón afirman los clásicos que «el Sur es el espíritu del fuego». Unas cuantas chispas apenas visibles son capaces de calcinar diez mil hectáreas de campo, porque el poder del Tercer Espíritu puede adoptar la forma de mil dardos de fuego. El cielo se llenó, de hecho, de lanzas, cimitarras, arcos y flechas de fuego de todas las clases y tamaños, que recordaban las que suelen usar los dioses. Por si eso no fuera suficiente, a media altura aparecieron volando bandadas de cuervos de fuego, que no paraban de graznar, mientras retumbaban a lo largo y ancho de toda la montaña los relinchos de corceles de fuego, que galopaban a la misma velocidad que el viento.  Por  doquier  surgían  parejas  de  ratas  rojizas,  que  arrojaban  llamas  por  los hocicos, provocando un pavoroso incendio de más de diez mil millas cuadradas, así como incontables pares de dragones de fuego, que vomitaban densas columnas de humo, tiñendo de negro hasta el último rincón de la tierra. Dondequiera que se fijara la vista se veían carretas cargadas de fuego, se abrían calabazas llenas de semillas de llamas, se sentía el ondear de estandartes de un fuego tan denso como bancos de niebla suspendidos del cielo, y surgían del suelo plantas de fuego que devoraban cuanto se encontraba a su alrededor. ¿Para qué mencionar a Ning-Chi [7]  azotando despiadadamente a su buey? El incendio que entonces brotó superaba en fiereza al que provocó Chou en el Acantilado Rojo [8]. Con razón se trataba de un fuego celeste, no terrenal, tan temible que todo lo terminaba reduciendo a cenizas.
Sin embargo, el demonio no dio ninguna muestra de temor, al ver avanzar hacia él un incendio tan pavoroso. Lanzó hacia lo alto su escama y al punto se escuchó un sonido silbante, que absorbió a todos los dragones, los caballos, los cuervos, las ratas, los arcos y las flechas de fuego. Se dio después la vuelta y entró en su caverna tan triunfante como había salido. De toda la terrible panoplia de la Estrella de la Virtud de Fuego sólo quedó un estandarte, que sirvió para concentrar a las fuerzas dispersas alrededor del devaraja y sus esforzados capitanes. Desalentados, volvieron a sentarse en la ladera sur de la montaña y la Estrella se quejó al Peregrino, diciendo:
- ¡Qué pocos monstruos pueden compararse con ése, Gran Sabio! ¿Qué voy a hacer ahora que he perdido todo el poder de mi fuego?
- ¿A qué viene lamentarse de esa forma? - le reconvino el Peregrino -. Quedaos ahí sentados, mientras hago un nuevo viajecito.
- ¿Se puede saber adonde pensáis ir esta vez? - preguntó el devaraja.
- Si ese monstruo no tiene miedo al fuego, por fuerza tiene que tenerlo al agua - contestó el Peregrino -. Como muy bien afirma el dicho, «sólo el agua es capaz de derrotar al fuego». Creo, por tanto, que lo mejor será que vaya a la Puerta Norte del Cielo y pida a la Estrella de la Virtud de Agua que abra sus compuertas e inunde la caverna de ese monstruo. En cuanto se ahogue, recuperaremos lo que con tan habilidad nos ha arrebatado.
- Aunque, ciertamente, se trata de un plan espléndido - objetó el devaraja -, me temo que también perecerá vuestro maestro.
- No os preocupéis - respondió el Peregrino -. Si mi maestro se ahoga, sé cómo hacerle volver a la vida. De todas formas, si no os parece adecuado, no solicitaré la ayuda de la Estrella de Agua.
- ¡Hacedlo, por favor! - suplicó la Virtud de Fuego - ¡Id a buscarla cuanto antes!
De un salto el Gran Sabio montó en su nube y se dirigió hacia la Puerta Norte del Cielo, donde se topó con el Devaraja Vaisravana, que le preguntó tras inclinarse respetuosamente:
- ¿Puede saberse adonde va el Gran Sabio Sun?
- Tengo que ir al Palacio de la Oscura Inmensidad a entrevistarme con la Estrella de la Virtud de Agua. Es preciso que trate cuanto antes con ella de cierto asunto. Por cierto, ¿qué estás haciendo tú aquí?
- Me toca hoy estar de guardia - contestó Vaisravana.
No había acabado de decirlo, cuando aparecieron los cuatro mariscales Pang, Liu, Kou y Pi e invitaron al Peregrino a tomar el té en su compañía.
- No os molestéis - se disculpó el Peregrino -. El asunto que hasta aquí me ha traído es de la mayor importancia y no puedo demorarlo ni un segundo.
- Tras despedirse de ellos, se dirigió al Palacio de la Oscura Inmensidad y pidió a los dioses de la Sección del Agua que anunciaran su llegada a su señor. En cuanto la Estrella de la Virtud de Agua se hubo enterado de que el Gran Sabio Sun Wu-Kung deseaba entrevistarse con ella, ordenó que fueran investigadas las actividades de los cuatro mares, los cinco lagos, los ocho ríos pequeños, los cuatro ríos grandes, las tres corrientes caudalosas y los nueve afluentes. Se instó, así mismo, a los Reyes Dragón de todos esos lugares a que se retiraran inmediatamente a sus feudos y redactaran un informe exhaustivo de todos sus súbditos. La Estrella de Agua se cambió entonces de ropa y salió a dar la bienvenida a tan ilustre visitante. Al entrar en el palacio Estrella:
- Ayer mismo esta humilde morada fue sometida a cuidadoso escrutinio por parte de ciertos miembros del Departamento de Ke-Han. Según parece, se cree que algún dios de esta sección ha sucumbido a  las falsas seducciones de la tierra. Es mi deber informaros que aún no he concluido la investigación que se está realizando entre los dioses de los mares y los ríos.
- Ese demonio no es una simple deidad fluvial - contestó el Peregrino -, sino un espíritu mucho más poderoso. El Emperador de Jade tuvo en un principio la amabilidad de enviar al Mundo Inferior al Devaraja Li, a su hijo y a dos señores del trueno, pero todos sus esfuerzos por capturar a esa bestia resultaron inútiles. Valiéndose de una escama mágica arrebató sus seis armas sagradas y no me quedó más remedio que acudir al Palacio del Aura Rojiza y solicitar a la Estrella de la Virtud de Fuego que provocara un incendio pavoroso. Sin embargo, la escama volvió a absorber a los dragones, a los caballos y a las otras criaturas de fuego que lanzaron contra ella las deidades ígneas. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que, si ese demonio no tenía miedo del fuego, por fuerza habría de tenerlo del agua. Eso es, precisamente, lo que me ha movido a venir a pediros que abráis vuestras compuertas y nos ayudéis a capturar a ese monstruo. Así los guerreros celestes recuperarán sus armas y mi maestro podrá poner fin a su sufrimiento. Sin pérdida de tiempo la Virtud de Agua se volvió hacia el Señor Acuático del Río Amarillo y le ordenó:
- Poneos a disposición del Gran Sabio y prestadle, gustoso, cuanta ayuda precise.
El Señor Acuático sacó una pequeña copa de jade blanco de una de sus mangas y dijo:
- Aquí tengo algo que puede serviros de gran ayuda. Sirve, de hecho, para contener agua.
- ¡Qué cosa más extraordinaria! - exclamó el Peregrino -. ¿Qué cantidad de agua puede contener concretamente? ¿Bastará para ahogar a ese monstruo?
- Si he de seros sinceros, Gran Sabio - contestó el Señor Acuático -, esta copa es capaz de contener toda el agua del Río Amarillo. La mitad corresponde exactamente a la mitad de su cauce, y lleno, a su totalidad.
- ¡Medio vaso será más que suficiente! - respondió el Peregrino, encantado, y, tras despedirse de la Virtud de Agua, abandonó los arcos celestes en compañía del Dios del Río Amarillo.
El Señor Acuático llenó la copa hasta la mitad y siguió al Gran Sabio hasta la Montaña del Yelmo de Oro, donde fueron recibidos por el devaraja, el Príncipe, los señores del trueno y la Virtud de Fuego.
- Me vais a permitir que no entre en detalles sobre las gestiones que he realizado - dijo el Peregrino -. Ahora, si no os importa, Señor Acuático, os conduciré hasta la mansión de la bestia y le conminaré a que abra las puertas. No esperéis a que salga. Verted toda vuestra agua en el interior de la caverna y no la dejéis salir hasta que no se hayan ahogado todos cuantos moran en ella. Yo me encargaré entonces de buscar el cadáver de mi maestro y de hacerle volver a la vida. Mirándolo bien, dispongo de suficiente tiempo para reanimarle.
El Señor Acuático sacudió la cabeza en señal de conformidad y siguió al Peregrino ladera arriba hasta la entrada misma de la caverna.
- ¡Abre las puertas, monstruo! - gritó éste, una vez más.
Los diablillos que hacían guardia en la puerta no tardaron en reconocer la voz del Gran
Sabio Sun y corrieron al interior a informar a su señor:
- Sun Wu-Kung está ahí otra vez.
Al oírlo el demonio cogió su escama y su larguísima lanza y se dirigió hacia la salida. La puerta emitió un extraño chirrido al abrirse y el Señor Acuático lanzó a toda prisa el contenido de su copa al interior de la caverna. Al ver la avalancha de agua que se le echaba encima, el monstruo dejó caer la lanza y sacó la escama, manteniéndola en alto al nivel de la segunda puerta. El agua no sólo encontró allí un punto infranqueable, sino que cambió repentinamente de curso y abandonó a borbotones el acceso a la caverna. Desconcertado, el Gran Sabio dio un salto tan alto que fue a parar a la cumbre más elevada de toda la región, seguido por el Señor Acuático. Los otros dioses montaron a toda prisa en sus nubes y salieron disparados tras ellos. Desde la cima contemplaron, atónitos, cómo el agua iba creciendo en altura y fortaleza. Una simple cucharada adquiría,  en  un  abrir  y  cerrar  de  ojos,  una  profundidad  realmente  insondable. Contrastaba su afán destructor con la influencia benéfica que ejerce sobre todo cuanto existe, cuando es dirigida por los designios celestes. Su caudal superaba con creces al de cien ríos de gran tamaño. El fragor de la corriente hacía temblar el valle, produciendo olas tan enormes que llegaban a tocar el cielo. El rugido de las aguas era tan formidable que recordaba el rolar de una tormenta. La furia de la inundación rompía, violenta, contra las rocas, levantando montañas de espuma que hacían pensar en ventiscas o en esquirlas de jade arrojadas hacia lo alto. La crecida borraba sin piedad los caminos y reducía a la nada las cumbres más altas. Cuanto arrastraba producía un sonido a veces gorgojeante, que recordaba el que produce el jade al chocar contra el suelo [9], y a veces metálico,  que  traía  a  la  mente  el  lánguido  tañer  de  un  instrumento  musical.  Los remolinos se multiplicaban por doquier como el eco, mientras la avalancha proseguía su inexorable camino hacia las tierras más bajas, rellenando los espacios vacíos y haciendo desaparecer   hasta   el   mismo   trazado   de   los   arroyos.   Alarmado   por   semejante espectáculo, el Peregrino exclamó:
- ¡Esto va de mal en peor! El agua está arrasando por doquier los arrozales, pero ni siquiera ha rozado el interior de la caverna. ¿Qué podemos hacer para poner fin a tanta destrucción? - y ordenó al Señor Acuático que recogiera al instante toda el agua vertida.
- Lo siento mucho - se disculpó el dios -, pero no sé cómo hacerlo. Mis poderes no llegan a tanto. Como muy bien afirma el proverbio, «nadie puede recuperar el agua que ha sido vertida».
Afortunadamente la montaña en la que se encontraban era relativamente alta y bastante escarpada, por lo que el agua fluyó a toda prisa hacia regiones más bajas. No tardó, pues, en seguir el camino que le marcaban torrenteras y cárcavas, hasta que terminó desapareciendo totalmente. Poco después salió de la caverna un grupo de diablillos y, al comprobar que había descendido totalmente el nivel de las aguas, comenzaron a hacer trastadas, gritando como locos, golpeándose unos a otros con los puños y entrechocando las lanzas y escudos que sostenían en las manos.
- Así que el agua ni siquiera ha llegado a tocar el interior de la cueva - suplicó, desesperanzado, el devaraja -. Resulta duro reconocer que todos nuestros esfuerzos han resultado en vano.
El Peregrino no pudo soportar por más tiempo la furia que le consumía el corazón y, apretando rabiosamente los puños, se lanzó contra la puerta de la caverna, gritando:
- ¡No huyáis y disponeos a recibir una buena paliza!
Al verle aparecer tan de improviso, los diablillos cayeron presa del pánico y, abandonando sus escudos y lanzas, buscaron refugio en el interior de la caverna. Temblando de pies a cabeza, informaron a su señor de lo sucedido, diciendo:
- ¡Ha sido, francamente, terrible! ¡Esa bestia a punto ha estado de acabar con nosotros! El demonio volvió a coger su larguísima lanza y abandonó la caverna, dispuesto a enfrentarse, de una vez por todas, con su enemigo.
- ¡Cuidado que eres cabezota, mono estúpido! - exclamo, en cuanto le tuvo delante -. Varias veces has intentado derrotarme y ni una sola lo has conseguido. ¿No comprendes que ni el fuego, ni el agua pueden nada contra mí? ¿Por qué te empeñas en morir inútilmente?
- Creo que estás confundiendo la realidad, hijito - contesto el Peregrino -. Aún no se sabe si voy a ser yo el que va a estirar la pata o va a corresponderte a ti semejante honor. Acércate un poco más y te qué enseñaré que sabor tienen los puños de tu abuelito.
- ¡Este mono no sabe ni lo que dice! - se burló el demonio, soltando la carcajada -. Pretende enfrentarse a mi lanza con las manos totalmente vacías. Mirándolo bien, los puños no son más que un montón de huesos y piel un poco más grandes que una cáscara de nuez. En fin, allá tú. Si tan dispuesto estás a batirte conmigo, dejaré a un lado la lanza y mediré contigo mis puños.
- ¡Así se habla! - contestó el Peregrino, echándose a reír -. ¡Acércate aquí, anda!
El monstruo se arremangó la ropa y dio unos cuantos pasos hacia el frente, al tiempo que adoptaba una postura idónea para la lucha. Sus puños parecían, en efecto, dos enormes mazos de hierro. El Gran Sabio, por su parte, flexionó las piernas e inclinó el cuerpo hacia delante, disponiéndose para el ataque. Así dio comienzo, ante la puerta misma de la Caverna, una lucha como no ha vuelto a verse jamás otra igual. Fue, en verdad, extraordinaria. Los dos contendientes estiraban, una y otra vez, los brazos, mientras sus piernas se elevaban como pájaros, hacia arriba, buscando las costillas, el pecho, el hígado y el corazón de su adversario. Sus golpes no podían ser más certeros y peligrosos. Si uno adoptaba la postura del «inmortal señalando el camino», el otro le respondía con la de «Lao-Tse a lomos de una grulla», o la del «tigre hambriento cayendo sobre su presa», o la del «dragón jugando con agua». Cuando el demonio echaba mano de «la serpiente que se da la vuelta», el Gran Sabio recurría al «ciervo que cambia de cornamenta». Todas las figuras encontraban eco en aquel combate: la del dragón que se deja caer en tierra con las garras hacia arriba, la de la muñeca que se retuerce para atrapar la bolsa celeste, la del león verde que se lanza con la boca abierta, la de la carpa que salta hacia atrás, la del que arroja flores por encima de la cabeza, la del que se ata una cuerda alrededor de la cintura, la del abanico que se mueve al ritmo del viento, la de la lluvia que troncha las flores. Si el monstruo aplicaba «la palma de Kuan-Ying», el Peregrino replicaba con «los pies de Arhat» [10]. Por supuesto que los puñetazos largos no podían compararse en efectividad con los golpes secos y en corto. Sin embargo, los dos contendientes poseían una técnica tan pareja que, tras luchar incontables asaltos, aún seguía sin definirse un claro vencedor.
Mientras los dos púgiles se batían ferozmente delante mismo de la puerta de puerta de la caverna, los que se encontraban en lo alto de la montaña vivían con tal entusiasmo las evoluciones del combate, que Devaraja Li no dejaba de gritar frases de aliento y la Estrella de la Virtud de Fuego no cesaba de aplaudir, entusiasmada. Los dos señores del trueno y el Príncipe Nata, por su parte, se habían acercado a los luchadores y trataban de ayudar, de alguna manera, a su paladín. Otro tanto hacían los diablillos. En cuanto dio comienzo la lucha, salieron todos en tropel de la caverna y empezaron a animar a su señor,  agitando  estandartes,  batiendo  sus  tambores  y  entrechocando  sonoramente espadas y cimitarras.
Al comprender el Gran Sabio que la suerte se estaba volviendo en su contra, se arrancó un puñado de pelos del cuerpo, los lanzó hacia arriba y gritó:
- ¡Transformaos! - y al punto se convirtieron en más de cincuenta monos de reducido tamaño, que se lanzaron a una sobre el demonio, agarrándole de las piernas, colgándose del pecho, cegándole los ojos y tirándole despiadadamente de la cabellera. El monstruo se puso tan nervioso que inmediatamente decidió hacer uso de la escama. Cuando vieron el Gran Sabio y sus acompañantes que la había sacado, montaron a toda prisa en sus nubes y huyeron, despavoridos, a lo alto de la montaña. El monstruo lanzó, una vez más, la escama al aire y los cincuenta monos, tras recobrar la forma que les era habitual, fueron absorbidos por ella sin ninguna piedad, haciendo un ruido que recordaba el silbido de una serpiente. Victoriosos una vez más, el demonio y todos sus súbditos se retiraron al interior de la caverna a celebrar su nueva hazaña.
- A pesar de todo, sois un púgil realmente extraordinario, Sabio Sun - exclamó el Príncipe -. La forma que tenéis de golpear recuerda la habilidad con que las doncellas van agregando flores a la filigrana de un brocado, y vuestro modo de practicar la división corpórea es una auténtica muestra de nobleza espiritual.
-  ¿Qué os ha parecido mi técnica pugilística comparada con la de ese monstruo? - preguntó, halagado, el Mono -. Desde lejos habéis tenido que apreciarlo con toda claridad.
- Sus golpes resultaban un tanto desmañados y su forma de mover las piernas era, francamente, lenta - contestó el Devaraja Li -. Por supuesto que no existe punto de comparación entre vuestra precisión, vuestra rapidez y las suyas. Se puso, además, muy nervioso, cuando se percató de nuestra presencia, y, cuando recurristeis a la magia de la división corpórea... ¡bueno!, ¿qué puedo añadir que no hayáis visto vos?, sintió tal desesperación que hubo de echar mano en seguida de su maldita escama.
- Lo difícil no es poner en evidencia a ese demonio, sino hacer frente al poder de esa escama - reflexionó el Peregrino.
- Si queremos obtener una victoria definitiva - dijeron a la vez la Estrella de la Virtud de Fuego y el Señor Acuático -, es preciso hacernos primero con esa escama. De lo contrario, jamás lograremos detenerlo.
- Sí, pero ¿cómo podemos conseguirlo? - objetó el Peregrino -. A no ser, claro está, que le robemos tan preciado tesoro.
- Hablando de robar - dijo uno de los dioses del trueno, sonriendo -,  no existe nadie más  diestro  que  vos en esas artes, Gran Sabio. Recordad, si no, cómo os las agenciasteis, cuando sumisteis el Cielo en una confusión total, para apropiaros del vino imperial, de los melocotones de la inmortalidad, del hígado del dragón, de la médula del fénix y del elixir de Lao-Tse. ¡Qué extraordinario talento el vuestro! Es hora ya de que volváis a practicar tan noble arte.
- Te agradezco el alto concepto que tienes de mí - respondió el Peregrino -. Si pensáis que eso es lo mejor que puede hacerse en estos momentos, quedaos aquí sentados, mientras yo voy a tantear un poco el terreno.
Dando un salto tremendo, el Gran Sabio abandonó la cumbre de la montaña y se acercó sigilosamente a la entrada de la caverna. Sacudió ligeramente el cuerpo y al instante se convirtió en una mosca diminuta de alas tan finas como el barniz que protege los bambúes y de cuerpo tan grácil como la corola del capullo de una flor. El grosor de sus patas apenas superaba el de un cabello y sus ojos, brillantes como diamantes, emitían una luz propia de astros. Pese a lo reducido de su tamaño, era capaz de identificar los olores a una distancia increíble y de hacer frente al viento con más pericia que un marinero al mar. Poseía un peso tan reducido, que no existía balanza que apreciara su presencia ni ojo que siguiera el jeroglífico de su vuelo. Pese a todo, superaba en utilidad a muchos animales más grandes que ella.
A pesar de ser tan ligera, se llegó volando hasta la puerta y se coló en el interior por una pequeña hendidura que había en la madera. Fue así como descubrió que la caverna estaba llena a rebosar de diablillos de todas las edades. Algunos cantaban y bailaban despreocupadamente, mientras otros permanecían alineados en filas junto a las paredes. En un lugar bien visible destacaba el trono del monstruo, ante el que humeaban platos tan exóticos como carne de serpiente, asado de venado, zarpas de oso, jorobas de camello y toda clase de verduras y frutos silvestres. No faltaban tampoco atractivas copas de vino de porcelana azul, en las que el aroma embriagador del licor de coco se mezclaba con la fragancia dulzona de la leche de cabra. El monstruo y sus oficiales bebían sin cesar de ellas, adoptando posturas escandalosamente relajadas. El Peregrino se dejó caer entre semejante enjambre de diablillos y cambió su forma de mosca por la de un espíritu con cabeza de tejón. De esta forma pudo llegar, sin ser molestado, hasta el mismo trono del monstruo. Husmeó por todos los rincones durante mucho tiempo, pero no encontró ni rastro de la valiosísima escama. Desalentado, miró detrás del trono y vio que se abría allí un pequeño salón, de cuyo techo colgaban los dragones y los caballos de  fuego,  relinchando  lastimosamente  y  quejándose  sin  cesar.  Levantó  aún  más  la cabeza y, con un sobresalto de alegría, descubrió su preciada barra de los extremos de oro apoyada contra la pared que daba al oriente. Tan contento estaba, que se olvidó de adoptar la forma que le era habitual, mientras corría, dichoso, hacia su valiosa arma. Sólo cuando la tuvo en sus manos, reveló su auténtica personalidad a los diablillos, que huyeron, despavoridos, en todas las direcciones, mientras él se abría paso hacia el exterior de la caverna. Todos sus moradores, incluido el demonio, estaban aterrorizados. El Peregrino pudo, de esa forma, derribar a cuantas bestias quiso, dejando tras él un sendero de sangre. El camino hacia fuera estaba totalmente libre.
Con razón afirman los versos que, cuando el demonio, presa de su propia arrogancia, bajó despreocupadamente la guardia, el báculo volvió a las manos de su auténtico dueño.
Desconocemos, de momento, si fue el bien o el mal lo que se abatió sobre su cabeza. Quien desee descubrirlo deberá escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente.

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[1]Durante el período medieval fueron muy populares en toda China las representaciones de los monos luchadores. En ellas se han querido ver ciertos antecedentes de las aventuras de Sun Wu-Kung. De lo que no cabe duda es que el texto ofrece clarísimas alusiones a este tipo de espectáculos.

[2]El departamento Ke-Han estaba encargado de la vigilancia de los funcionarios de las diferentes secciones gubernamentales, a fin de que se mantuvieran en sus puestos y no abandonaran las responsabilidades que les habían sido encomendadas.

[3]Los Tres Recintos Prohibidos se refieren a tres grupos de estrellas llamados el Recinto Prohibido Rojo, el Supremo Recinto Prohibido y el Recinto del Mercado Celestial.

[4]En vez de Bahu, debería decir Hsin, que es una de las constelaciones pertenecientes a las mansiones orientales.

[5]Las constelaciones que menciona como pertenecientes a las mansiones occidentales forman parte, en realidad, de las septentrionales.

[6]Las Tres Generosidades, o «daña», abarcan el desprendimiento de las propias riquezas, el abandono a la ley, o «dharma», y las expresiones de valentía, o «abhaya». Se trata, consecuentemente, de tres formas diferentes de entrega.

[7]Ning-Chi, personaje del período de la primavera y el otoño, atrajo la atención de Yüan, Señor de Chi, a quien deseaba fervientemente servir, cantando a voz en grito y golpeando los cuernos del carabao que montaba.

[8]En la famosa batalla del Acantilado Rojo, Chou-Yü derrotó a Tsao-Tsao, atacándole con auténticos rosarios de barcos en llamas.

[9]Referencia a un poema de Lu-Chi conservado en el Lu Shr-hang Chi.

[10]Todos éstos son nombres de posturas adoptadas en la práctica de las artes marciales.