Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

Los sentimientos se tornan cada vez mas confusos y la naturaleza cede a los deseos. El espíritu cae en un mar de confusiones y la mente se ve obligada a enfrentarse a los demonios.


Es conveniente barrer con frecuencia los suelos de la mente y hacer desaparecer de ella el polvo de los sentimientos. Hay que evitar, ante todo, que desaparezca de nosotros la imagen de Buda. Sólo a quien es puro le es dado hablar de las fuentes primeras. Para poder respirar con libertad en Chao - Chr, es necesario apagar la vela de la naturaleza y mantener a raya la fogosidad del caballo y el mono. Únicamente quien se dedica a ello día y noche puede alcanzar la perfección.

Estos versos forman parte de un poema «tsu» titulado Nan-Kou-Tse, que describe cómo escapó el monje Tang de la trampa de hielo del Río-que-llega-hasta-el-cielo y cómo logró atravesarlo a lomos de una tortuga blanca. Una vez conseguido su propósito, los cuatro monjes salieron, como ya queda dicho, al camino principal y prosiguieron su marcha hacia el Oeste. Era bien entrado el invierno y vieron, veladas por  la  neblina,  las  siluetas  de  los  bosques  y  las  moles  de  las  cordilleras,  que  se asomaban a una red de arroyos y torrentes. No tardaron, de esa forma, en toparse con una montaña enorme, que les cerraba el paso. El camino se había tornado para entonces extremadamente estrecho. Era claro, por lo abrupto de los riscos que se veían un poco más adelante, que ningún caballo podría trasponer jamás aquella empinada montaña. Tripitaka tiró al punto de las riendas y llamó a sus discípulos.
- ¿Qué queréis decirnos, maestro? - preguntó el Peregrino, seguido a la carrera por Ba-Chie y el Bonzo Sha.
- ¿Habéis visto la altura de esa montaña que se alza ante nosotros? - volvió a preguntar el monje Tang -. Debe de estar infectada de tigres, lobos y toda clase de bestias dispuestas a caer sobre nosotros. Os aconsejo, por tanto, que extreméis cuanto podáis la precaución.
- No os preocupéis, maestro - trató de tranquilizarle el Peregrino -. Estamos unidos, como  si  fuéramos  un  solo  hombre,  para  luchar  por  lo  justo  y  lo  auténtico.  Os prometemos hacer cuanto esté de nuestra parte para destruir a todos los monstruos con los que no topemos. De los tigres y lobos no hay por qué tener miedo.
Tripitaka se sintió más tranquilo, al oír eso, y espoleó el caballo para que iniciara la ascensión. No tardaron en comprobar que el maestro no se había equivocado. La marcha se hizo en extremo penosa. La altura de la montaña era tal que alcanzaba el mismísimo cielo, bloqueando, como una torre inmensa, el libre deambular de las nubes. Los riscos eran, igualmente, imponentes, pareciéndose a veces a feroces tigres sentados. De vez en cuando se veían pinos centenarios que recordaban dragones volando. Escondido entre las peñas, un pájaro cantaba una bellísima canción. Los ciruelos que crecían entre la rocalla dejaban escapar aromas cargados de dulzor. El tronar de los torrentes se oía lejano, como un eco del asalto que las nubes efectuaban contra la cumbre. En ella reinaba la nieve, señora tiránica que lanzaba órdenes de viento gélido, que hacían rugir de hambre a los tigres. En las zonas cubiertas por la nieve y el hielo las urracas eran incapaces de encontrar sus nidos y los ciervos no hallaban un lugar para descansar. Los viajeros que por allí pasaban apenas sí podían dar un paso, agachando la cabeza para protegerse mejor del frío. Sin hacer caso de tantas adversidades, los cuatro monjes se lanzaron a la conquista del pico, temblando de pies a cabeza. Una vez traspuesto, vieron a lo lejos una especie de torre y unas cuantas casas de aspecto muy peculiar. El monje Tang detuvo la cabalgadura y dijo a sus discípulos:
- Siento tanta hambre y tanto frío que no podéis figuraros la alegría que me produce ver esas construcciones ahí delante. Por fuerza tiene que tratarse de un pueblo, de un templo o de un monasterio. Acerquémonos a mendigar algo de comer. Proseguiremos el viaje, en cuanto nos hayamos llevado algo a la boca.
El Peregrino abrió cuanto pudo los ojos y comprobó que tan peculiar lugar estaba cubierto por un aire de origen diabólico y una neblina que sólo presagiaba desdichas.
- Ése no es un buen lugar, maestro - afirmó, volviéndose hacia monje Tang.
- ¿Por qué no? - preguntó Tripitaka -. ¿Acaso no hay gente viviendo ahí?
- ¿Cómo podría explicároslo? - contestó el Peregrino, sonriendo. A lo largo del camino que  conduce  hacia  el  Oeste  hay  infinidad  de  diablos  y  monstruos  con  poderes suficientes como para levantar de las casas y pueblos: meras trampas para atraer a los viajeros incautos. Supongo que habréis oído decir que «un dragón es capaz de engendrar nueve clases distintas de hijos». Una de ellas es una almeja gigante [1], cuya respiración brilla como los rayos y a veces toma la forma de casas y edificios. Si pasan por allí volando algunos pájaros o cuervos y deciden detenerse en esos falsos pueblos a recobrar las fuerzas, la almeja se los traga en seguida. Se trata, en realidad, de una trampa ingeniosa en extremo. Si os he aconsejado no acercaros a ese pueblo ha sido porque se encuentra sumido en una atmósfera cargada de malos presagios.
- Está bien - concluyó Tripitaka -. No entraremos ahí. Sin embargo, insisto en que tengo un hambre terrible.
- En ese caso - respondió el Peregrino -, bajad del caballo y sentaos en el suelo, mientras voy en busca de algo que os podáis llevar a la boca.
- Tripitaka dio el visto bueno a la idea y desmontó de la cabalgadura. Mientras Ba-Chie se hacía cargo del caballo, el Bonzo Sha puso en el suelo el equipaje, sacó la escudilla de las limosnas y se la entregó al Peregrino:
- Por lo que más queráis, no deis un solo paso más - aconsejó Wu-Kung al Bonzo Sha -. Cuidad bien del maestro y esperad a que yo vuelva para  proseguir el camino.
El Bonzo Sha se comprometió a cumplir al pie de la letra el encargo, pero el Peregrino no se sintió tranquilo e insistió, diciendo a Tripitaka:
- Ese lugar de ahí enfrente presagia más malo que bueno. Os pido que no os mováis de aquí, mientras voy a mendigar algo de comida, ¿de acuerdo?
- No es necesario que lo repitas tantas veces - le regañó Tripitaka -. Procura no tardar mucho.
El Peregrino se despidió de sus tres compañeros, pero, antes de iniciar el vuelo, volvió, una vez más, sobre sus pasos y dijo al maestro:
- Soy consciente de que os cuesta muchísimo quedaros sentado sin moveros de acá para allá. Si me lo permitís, voy a ofreceros cierta protección.
Se sacó de la oreja la barra de los extremos de oro y trazó en el suelo un gran círculo. A continuación pidió al monje Tang que se sentara en el centro, mientras Ba-Chie y el Bonzo Sha permanecían de pie a su lado. También el caballo y el equipaje fueron colocados en el interior del círculo, a dos pasos de ellos. El Peregrino juntó las manos a la altura del pecho e, inclinándose ante el monje Tang, dijo:
- Este círculo que acabo de dibujar es tan fuerte como un muro de acero. Los habitantes de ese villorrio, sean tigres, lobos, espíritus o demonios, no se atreverán a acercarse a vos. Pero, para que su poder sea realmente efectivo, debéis permanecer todo el rato en su interior Si os quedáis ahí sentado, no os sobrevendrá mal alguno. Pero, si no prestáis atención a mis palabras y abandonáis su protección, con toda probabilidad correréis un grave e irremediable peligro. ¡Por lo que más queráis, hacedme caso!
Tripitaka y los otros dos discípulos prometieron seguir sus consejos al pie de la letra y se sentaron, solemnes, dentro del círculo. Más tranquilo, el Peregrino montó entonces en una nube y se dirigió hacia el sur en busca de un lugar en el que mendigar algo de comida. No tardó en descubrir un pueblo cerca de unos altísimos y centenarios árboles. Descendió de la nube y, aguzando la vista, vio que la nieve había agostado los sauces y el hielo había petrificado los estanques. Los escasos bambúes que habían logrado hacer frente al frío se mecían suavemente en el viento, mientras las densas copas de los pinos conservaban su primitivo verdor. A su sombra se levantaban unas cuantas chozas con el tejado hecho de ramas y totalmente cubierto de escarcha. Cerca de ellas se veía un puente medio derruido y de aspecto abandonado. Las vallas que separaban las casas estaban llenas de narcisos a medio florecer. De todos los aleros colgaban graciosos chupiteles de hielo. El frío viento penetraba hasta los huesos, pero estaba cargado, al mismo tiempo, de un aroma muy extraño. A pesar de la densa nevada que cubría aquel lugar, los ciruelos estaban totalmente cubiertos de flores. La belleza de aquel paisaje atrajo la atención del Peregrino. Cuando más concentrado estaba en su contemplación, se abrió, crujiendo, una de las puertas de madera y apareció un anciano. Llevaba un gorro de lana, una túnica raída y un par de sandalias de hierba. Caminaba apoyado en un bastón y, levantando la vista hacia el cielo, exclamó:
- ¡Vaya, se está levantando el viento del noroeste! Eso quiere decir que mañana hará bueno.
No había acabado de decirlo, cuando detrás de él surgió un perro pequinés, que corrió hacia donde estaba el Peregrino, ladrando furioso. El anciano se dio la vuelta y se topó con el Peregrino, que estaba justamente a sus espaldas con el cuenco de las limosnas en la mano. Wu-Kung se inclinó y dijo, respetuoso:
- Este humilde monje, señor, ha sido enviado por el Gran Emperador de los Tang, de las Tierras del Este, al Paraíso Occidental en busca de las escrituras de Buda. Al pasar por esta región, mi maestro sintió hambre y eso me ha movido a acercarme hasta vuestra respetable morada, para mendigar un poco de comida vegetariana.
El anciano sacudió la cabeza y, tras golpear varias veces el suelo con un bastón, contestó:
- Me parece que os habéis equivocado de camino.
- No lo creo yo así - repuso el Peregrino.
- El camino que conduce al Paraíso Occidental pasa a más de tres mil kilómetros al norte de aquí - explicó el viejo -. Opino que, antes de mendigar nada, deberíais tratar de encontrar ese camino.
- Tenéis razón - contestó el Peregrino, sonriendo -. Pasa al norte de aquí. Pero no os preocupéis. Mi maestro está sentado a su vera, esperando impaciente a que aparezca yo con la comida.
- ¡No sabéis lo que decís! - le regañó el anciano -. Si es verdad que vuestro maestro está esperándoos para comer, muy bien se puede morir de hambre, porque para recorrer una distancia de mil kilómetros se precisan seis o siete días de continuo caminar. Y eso siendo un viajero experimentado. La vuelta os llevará otro tanto por lo menos. ¿Pensáis sinceramente que vuestro maestro puede aguantar quince días sin probar bocado?
- A decir verdad - explicó el Peregrino, soltando la carcajada -, no hace ni media hora que me he despedido de mi maestro. De hecho, llegar hasta aquí me ha llevado el tiempo justo para tomar una taza de té. En cuanto consiga la comida, regresaré a su lado a la misma velocidad y podrá comer tranquilamente lo que le dé.
Al oír eso, el anciano se asustó mucho y se dijo, temblando:
- ¡Por fuerza, este monstruo tiene que ser un fantasma! - y, dándose la vuelta, corrió hacia la casa. Pero el Peregrino logró agarrarle y le preguntó:
- ¿Se puede saber adónde vais? Si tenéis algo de comer, os suplico que me lo deis cuanto antes en limosna.
- No, no - replicó el anciano, sacudiendo la cabeza -. No puedo daros nada. Id a mendigar a otra familia.
- No sois muy considerado que digamos - repuso el Peregrino -. Vos mismo acabáis de decir que de aquí al camino que conduce hacia el Oeste hay más de mil kilómetros. Si me obligáis a acudir a otra puerta, me veré obligado a recorrer otros mil kilómetros y entonces es muy posible que mi maestro se muera de verdad de hambre.
- Mi familia - explicó el anciano - está compuesta por seis o siete miembros y acabamos de poner a cocer alrededor de tres kilos de arroz. No debe de estar todavía cocido, pero, aun así, os suplico que vayáis a otra parte a mendigar algo de comer.
- Los antiguos solían decir - afirmó el Peregrino - que «no es lo mismo sentarse en una casa que ir a visitar tres». Así que me quedaré aquí descansando hasta que el arroz esté listo.
Al ver lo persistente que era el Peregrino, el anciano se puso furioso. Cogió el bastón y empezó a golpear con él al Peregrino. Sin alterarse lo más mínimo, éste dejó que el anciano le golpeara en la cabeza siete u ocho veces seguidas. Mirándolo bien, para él eso era como si alguien le estuviera rascando la calva.
- ¡Qué dura tiene la cabeza este monje! - exclamó el anciano, sorprendido -. En verdad, es a prueba de golpes.
- Podéis pegarme cuanto queráis - dijo el Peregrino, sonriendo -. Pero haríais bien en recordar el número de golpes, porque cada uno os va a costar una medida de arroz. Así que tomaos vuestro tiempo y contad bien.
En anciano dejó caer el bastón y se metió en casa corriendo y gritando como un loco:
- ¡Un fantasma, un fantasma!
Los que vivían en aquella casa se pusieron a temblar de miedo y cerraron a toda prisa las puertas y ventanas. Al ver la rapidez con que habían obrado, el Peregrino se dijo:
- Ese vejestorio confesó que acababan de lavar el arroz y que lo habían puesto a cocer en una cazuela. Me pregunto si será verdad. Como bien afirma el proverbio, «los taoístas mendigan a los ricos y los budistas, a los tontos». Creo que voy a entrar a echar un vistazo.
Hizo un gesto mágico con los dedos y al instante se tornó invisible. No le costó, de esa forma, llegarse hasta la cocina. Había, en efecto, un caldero al fuego lleno de arroz hasta la mitad. Metió en él el cuenco de las limosnas y lo sacó repleto de comida. Cumplido el propósito que hasta allí le había llevado, volvió a montarse en una nube y regresó al lado de su maestro.
Mientras ocurría lo que acabamos de relatar, el monje Tang se mostraba cada vez más impaciente por la tardanza del Peregrino. Al ver que no aparecía, preguntó con cierto desprecio:
- ¿Dónde habrá ido a mendigar arroz ese mono?
- ¿Quién puede saberlo? - exclamó Ba-Chie en el mismo tono -. Seguro que se lo está pasando en grande en el lugar al que ha ido a mendigar la comida, mientras que nosotros tenemos que estar aquí encerrados, como si fuéramos vulgares prisioneros.
- ¿Qué quieres decir? - le increpó Tripitaka.
- ¿Acaso no sabéis que los antiguos trazaban un círculo en la tierra para trazar los límites de la cárcel? Eso mismo ha hecho él con la barra de hierro y ha tenido, además, la osadía de decir que era más fuerte que un muro de acero. Pero yo os pregunto: ¿de qué forma nos va a proteger este círculo, cuando se presenten por aquí los tigres y las bestias que habitan en esta montaña? Les serviremos de comida y asunto concluido.
- ¿Qué sugieres que hagamos, Wu-Neng? - preguntó, una vez más, Tripitaka.
- Como podéis apreciar - contestó Ba-Chie -, este lugar es incapaz de protegernos contra el viento o el frío. Si os parece bien, podríamos reanudar nuestro viaje y seguir adelante  por  el  camino  del  Oeste. Caso de  que  Wu-Kung  logre  encontrar algo de comida, regresará a toda prisa a lomos de una nube, alcanzándonos en un abrir y cerrar de ojos. Entonces nos detendremos y comeremos lo que le hayan dado. Si seguimos aquí sentados, se nos congelarán los pies.
La mala fortuna de Tripitaka quiso que prestara atención a aquellas palabras. Se puso de parte del Idiota y abandonaron el círculo casi al mismo tiempo. Ba-Chie tomó de las riendas al caballo, mientras el Bonzo Sha se hacía cargo del equipaje. El maestro ni siquiera se preocupó de montar en su cabalgadura. Siguiendo el camino, llegaron a la a la torre y comprobaron que estaba orientada hacia el sur. Frente a la puerta había un muro de ladrillos pintados, que enlazaba con otra entrada más pequeña adornada con esculturas de periquitos boca abajo pintados en cinco colores. La puerta estaba medio abierta. Ba-Chie ató el caballo a un cilindro de piedra y el Bonzo Sha dejó caer el equipaje en el suelo. Tripitaka, como era muy sensible al viento frío, se sentó en el umbral.
- Ésta tiene que ser, por fuerza, la mansión de algún general o de algún noble - comentó Ba-Chie, dirigiéndose al maestro -. Si no vemos a nadie por aquí, es porque todos deben de estar calentándose dentro. Quedaos aquí, mientras yo voy a echar un vistazo.
- Ten cuidado y pórtate con cortesía - le aconsejó el monje Tang.
- Podéis estar tranquilo - contestó Ba-Chie -. Después de mi conversión y de haber abrazado el Zen me he vuelto bastante educado. No soy como esos estúpidos que viven en los pueblos.
Dicho eso, el Idiota se ató el tridente a la cintura, se estiró la túnica de seda azul lo mejor que pudo y entró en la torre con andares distinguidos en extremo. Ante él se abrían tres salones amplísimos con las cortinas levantadas. Todo estaba sumido en un silencio total y no se veía ningún rastro de presencia humana. Los muebles y los enseres propios de una casa se habían desvanecido como por encanto. Una vez traspuestos los biombos, se adentró por un largo pasillo, que conducía a una construcción de dos pisos. Las ventanas del de arriba estaban medio abiertas y permitían entrever unas cortinas de seda amarilla.
- La gente que aquí mora - se dijo el Idiota - debe de tener tal miedo al frío que se pasa la mayor parte del día durmiendo.
Sin pensar para nada en los buenos modales, el Idiota subió en dos zancadas al piso de arriba. Descorrió las cortinas, para ver mejor, y casi no se cae al suelo del susto. Encima de una cama de marfil descansaba un esqueleto de un blanco pálido. La calavera era tan grande como una jarra y los huesos de las piernas, rectos como pértigas, medían más de metro y medio de largo. En cuanto se hubo calmado, el Idiota no pudo evitar que las lágrimas le corrieran libremente por las mejillas. Sin dejar de suspirar ni de sacudir la cabeza, dijo al esqueleto:
- Me pregunto si eres lo que queda de un mariscal de una nación antaño poderosa o un general de un reino ya olvidado. Fuiste un héroe al que sólo guiaban las ansias de victoria y ahora te has convertido en un simple montón de huesos. Tus mujeres y tus hijos se han alejado de ti. Nadie ha quedado para servirte. Tus antiguos soldados ya no queman incienso en tu honor. ¡Qué pena da verte abandonado hasta por tu propia carne!¡A esto han conducido tus ansias de poder!
Mientras Ba-Chie se lamentaba de esta forma, creyó ver detrás de las cortinas el tímido palpitar de una luz y pensó:
-  Creo  que  me  he  equivocado.  A  pesar  de  las  apariencias,  alguien  ha  debido  de quedarse para quemar incienso de vez en cuando.
Se dirigió a toda prisa hacia las cortinas y descubrió que los rayos de luz provenían, en realidad, de detrás de unos biombos que había en una habitación adyacente. Tras los biombos se escondía una mesa lacada, sobre la que descansaban varios ornamentos de seda profusamente bordados. El Idiota los cogió uno a uno y vio que en total habían tres. Sin encomendarse a nadie, los cogió y los bajó al piso de abajo. Recorrió con rápidos pasos los salones y volvió a salir al aire libre, donde informó a su maestro:
- Ahí dentro no hay ni rastro de alguien vivo. Por lo que he podido averiguar, se trata, en realidad, de la mansión de un muerto. He llegado hasta lo alto de la torre y sólo he visto un esqueleto y unas cuantas cortinas amarillas. En una habitación contigua he hallado estos tres ornamentos de seda y los he cogido para que los veáis. Estoy convencido de que van a traernos suerte. Por lo menos, ya que está refrescando, nos servirán para abrigarnos. Quitaos, maestro, ese abrigo raído que tenéis y poneos uno de estos ornamentos, así no pasaréis tanto frío.
- No, no - exclamó Tripitaka, rechazándolos -. El Libro de la Ley dice claramente que «coger cosas que no nos pertenecen, bien sea a escondidas o a las claras, es propio de ladrones». Si alguien descubriera lo que acabas de hacer, podríamos muy bien ser denunciados a las autoridades como bandidos. Así que coge esos ornamentos y vuelve a colocarlos donde los encontraste. Nos quedaremos aquí sentados, resguardándonos del frío. Cuando vuelva Wu-Kung reanudaremos la marcha. Los que hemos renunciado a la familia no deberíamos dar tanta importancia a las cosas que no la tienen.
- Os prometo que por aquí cerca no hay ni una sola persona - insistió Ba-Chie -. Hasta los perros y las  gallinas desconocen que estamos aquí.  ¿Quién va a atreverse a acusarnos de nada, si sólo nosotros estamos al tanto de lo que acabamos de hacer? No hay ningún testigo. Es como si hubiéramos encontrado estos ornamentos a lo largo del camino. ¿A qué viene eso de «coger cosas a escondidas o a las claras»?
- ¡Qué estúpida es tu manera de razonar! - sentenció Tripitaka -. Aunque los hombres no estén al tanto de tus actos, ¿crees que van a pasar desapercibidos para el cielo? Yüan-Di dejó escrito: «Aunque alguien actúe en contra de su conciencia en un lugar secreto, Dios se entera de todo, porque sus ojos son tan luminosos como el rayo». ¡Devuelve inmediatamente esos ornamentos! No está bien ansiar lo que no nos pertenece.
El Idiota no quiso dejarse convencer. Soltó la carcajada y el monje Tang con cierto desprecio:
- Desde que he tomado la condición humana, me he puesto muchos vestidos, pero ninguno de tanto valor como éstos. Si vos no queréis probároslos, dejádmelo hacer, por lo menos, a mí. Voy a probarme éste a ver si me calienta un poco la espalda. Cuando llegue Wu-Kung, me lo quitaré y lo devolveré a su sitio, antes de reanudar la marcha.
- Vistas así las cosas - concluyó el Bonzo Sha -, creo que también yo voy a probarme uno.
Los dos se quitaron las túnicas y se pusieron los ornamentos. Cuando trataron de abrochárselos,  perdieron  el  equilibrio  y  cayeron  al  suelo  como  muñecos.  Los ornamentos se habían convertido, de pronto, en una especie de camisas de fuerza. Los dos monjes sintieron, de hecho, cómo una fuerza irresistible les retorcía hacia atrás los brazos, atándoselos fuertemente a la espalda. Tripitaka los regañó con dureza, pero, comprendiendo que estaban en peligro, se acercó a ayudarlos. De nada sirvieron sus esfuerzos. No había manera de arrancarles aquellos ornamentos. El alboroto que produjeron era tan intenso que terminaron alertando a un monstruo.
La torre era, en realidad, un invento suyo para atraer y atrapar gente. Al oír desde la caverna las voces de angustia que proferían los monjes, salió a ver lo que pasaba y comprobó, satisfecho, que había atrapado a dos nuevas víctimas. Llamó a continuación a los diablillos que le asistían y éstos cargaron con la torre y las demás construcciones, como si fueran un simple decorado. También el monje Tang, el caballo y el equipaje fueron atrapados y conducidos al interior de la caverna, en compañía de Ba-Chie y el Bonzo Sha. El monstruo había tomado asiento en un lugar destacado, hacia el que fue conducido monje Tang.
- ¿De qué lugar eres para atreverte a robar, sin más, mis ornamentos? - le preguntó el monstruo, una vez que se hubo encontrado de hinojos ante él.
- Este humilde monje - confesó el monje Tang, sollozando - es un enviado del Gran Emperador de los Tang, de las Tierras del Este, para hacerse con las escrituras del Paraíso Occidental. Al pasar por aquí empecé a sentir hambre y ordené al más antiguo de mis discípulos que fuera en busca de un poco de comida. Antes de partir, nos sugirió que nos quedáramos sentados en la montaña, y he de confesar que, si le hubiéramos hecho caso, jamás habríamos puesto el pie en vuestra corte de inmortales, tratando de encontrar abrigo contra el viento. Estos dos discípulos míos cedieron a la avaricia y trataron de quedarse con vuestras prendas. De nada sirvieron mis consejos instándoles a volver a ponerlas en el lugar del que las habían tomado. Querían calentarse un poco el cuerpo y su desobediencia les hizo caer en las garras del Gran Rey. Os suplico que tengáis compasión de nosotros y nos permitáis proseguir nuestro camino, de forma que podamos obtener las escrituras. Si accedéis a mi ruego, os estaremos eternamente agradecidos y hablaremos a nuestro señor de vuestra amabilidad, en cuanto hayamos regresado a las Tierras del Este.
- He oído decir - comentó el monstruo, sonriendo con picardía - que, si alguien toma un pequeño trocito de carne del monje Tang, las canas se le tornarán negras y le saldrán todos los dientes que haya perdido. Me ha cabido hoy la enorme fortuna de recibiros en mi casa, sin haberos invitado de antemano. ¿Cómo queréis que os perdone la vida? Me gustaría, sin embargo, que me dijeras el nombre de tu discípulo más antiguo y el del lugar al que ha ido a mendigar algo de comida.
- Nuestro hermano mayor - respondió Ba-Chie, en tono altanero - no es otro que Sun Wu-Kung, el Gran Sabio, Sosia del Cielo, que sumió las alturas, hace aproximadamente quinientos años, en una terrible confusión.
Aunque el monstruo no replicó ni una sola palabra, se sintió sacudido por el miedo y se dijo:
- He oído decir durante muchísimo tiempo que ese tipo posee unos poderes mágicos realmente extraordinarios. Lo que menos me esperaba es que fuera a enfrentarme a él en una situación como ésta. Levantó la voz y ordenó a sus subalternos:
- Atadlos con cuerdas nuevas y llevadlos a la parte de atrás. En cuanto nos hayamos apoderado de ese otro discípulo que dicen, los coceremos a todos y nos los comeremos. Los diablillos obedecieron al instante, atándolos concienzudamente, antes de llevarlos a la parte posterior de la caverna. El caballo, por su parte, fue encerrado en los establos, y el equipaje, metido en una especie de almacén. Después todos los moradores de la caverna afilaron sus armas y se dispusieron a esperar la aparición del Peregrino.
Cuando, por fin, regresó Wu-Kung al punto de la montaña en que había dejado al monje Tang y a los demás, se encontró con que no había nadie; todos se habían ido. El círculo que había trazado con la barra de hierro continuaba siendo visible, pero dentro de él no se encontraba ni el caballo. Preocupado, volvió la vista hacia la torre y las otras construcciones y comprobó que también ellas habían desaparecido. En el lugar que antes ocupaban sólo había unas rocas de formas muy raras.
- ¡Eso es! - exclamó el Peregrino, descorazonado -. Por fuerza han tenido que caer en el peligro que les auguré.
Siguiendo las huellas del caballo, recorrió cinco o seis kilómetros del camino que conducía hacia el Oeste, sin encontrar ninguna señal más de sus hermanos. Cuando más desanimado parecía estar, oyó de pronto hablar a alguien hacia la parte norte de la pendiente. Se acercó para echar un vistazo y vio que se trataba de un anciano vestido con una túnica de lana y un gorro, al parecer, muy caliente. Calzaba unas botas casi nuevas de cuero y se apoyaba en un bastón con una empuñadura que semejaba la cabeza de un dragón. Le seguía un criado muy joven. El anciano portaba también una ramita de ciruelo cubierta de capullos y, mientras caminaba, musitaba una especie de canción. El Peregrino dejó en el suelo el cuenco de las limosnas e, inclinándose ante el viejo, dijo, respetuoso:
- Este humilde clérigo tiene el placer de saludaros.
- ¿De dónde venís? - preguntó el anciano, devolviéndole el saludo.
- De la Tierra del Este - contestó el Peregrino - y nos dirigimos al Paraíso Occidental en busca  de  las  escrituras  de  Buda.  Somos  en  total  cuatro  los  monjes  que  hemos emprendido tan alta empresa. Puesto que mi maestro llevaba varios días sin comer, partí en busca de un poco de comida vegetariana. Le aconsejé que se sentara en un recodo de la montaña y me esperara allí sin moverse, pero, cuando regresé, tanto él como mis otros dos hermanos habían desaparecido. No sé, pues, qué camino han podido tomar. ¿Puedo preguntaros si los habéis visto?
- ¿Tenía uno de ellos un hocico muy largo y unas orejas grandes? - inquirió, a su vez, el anciano.
- Sí, sí - contestó el Peregrino a toda prisa.
- ¿Poseía otro un aspecto sombrío e iba tirando de un caballo, a cuyos lomos viajaba un monje de rostro pálido y aspecto fornido? - volvió a preguntar el anciano.
- Sí, sí - repitió el Peregrino.
- Os habéis equivocado de camino - sentenció entonces el anciano -. Te aconsejo que no pierdas el tiempo buscándolos y huyas en seguida, si quieres salvar la vida.
- El del rostro pálido es mi maestro - explicó el Peregrino -, y los otros dos, mis hermanos. A todos nos une nuestro afán por llegar al Oeste y conseguir las escrituras. ¿Cómo voy a renunciar a encontrarlos?
- Hace algunos años - relató el anciano - pasé por esta región y sé el camino que han tomado los ha llevado directamente a las fauces de un monstruo terrible.
- Decidme de qué monstruo se trata y dónde vive, para que pueda ir a buscarlos allí - suplicó el Peregrino.
- Ésta - contestó el anciano - es la Montaña del Yelmo de Oro y en ella se halla enclavada la caverna del mismo nombre, propiedad del Gran Rey Búfalo Unicornio. Posee infinidad de poderes mágicos y es un maestro consumado de las artes marciales. Es muy posible que tus compañeros hayan perdido ya la vida, por lo que opino que debes renunciar a encontrarlos, si quieres escapar a la muerte. ¡No vayas, por favor! No es que quiera decidir por ti, entiéndeme. Lo único que ocurre es que no me gustaría verte muerto. Ahora bien, la última palabra la tienes tú.
- Os agradezco vuestro interés - replicó el Peregrino, inclinándose una vez tras otra -, pero no puedo renunciar a esa búsqueda.
Se dispuso entonces a repartir con el anciano el arroz que acababa de tomar del pueblo del sur, pero éste echó a un lado el cuenco de las limosnas con su bastón. Después tanto él como el criado se echaron rostro en tierra y, tras revelar su auténtica identidad, comenzaron a golpear el suelo con la frente, al tiempo que decían:
- No nos atrevemos a ocultaros nada, Gran Sabio. En realidad no somos más que el dios de  la  montaña  y  el  espíritu  local  de  esta  región,  que  hemos  corrido  a  daros  la bienvenida, en cuanto nos hemos enterado de vuestra llegada. Permitid que cuidemos de vuestro cuenco de arroz,   mientras desplegáis vuestro extraordinario poder. Se lo ofreceremos al monje Tang, cuando lo hayáis liberado, y así comprenderá el cariño y el respeto que le profesáis.
- ¡Debería moleros a palos, espíritus ignorantes! - bramó enfurecido, el Peregrino -. ¿Por qué no acudisteis antes a darme la bienvenida, si sabíais que llevaba aquí yo qué sé la de tiempo? ¿Queréis explicarme, además, por qué habéis echado mano de unos disfraces tan vulgares?
- Sabiendo que poseéis un carácter muy fuerte - confesó el espíritu local -, no nos hemos atrevido a enfrentarnos con vos directamente, prefiriendo informaros tras este disfraz protector, que, como muy bien habéis afirmado, carece enteramente de gusto.
- Está bien - concluyó el Peregrino, dominando su ira -. Por esta vez no os apalearé. Pero debéis cuidar bien de ese cuenco de limosna y tenéis que prestarme vuestra colaboración a la hora de atrapar a ese monstruo.
El espíritu local y el dios de la montaña no tuvieron nada que objetar. El Gran Sabio se levantó la túnica de piel de tigre, ajustándosela a la cintura con la faja. Levantó después en alto la barra de los extremos de oro y corrió hacia el interior de la montaña en busca de la caverna del monstruo. Al pasar por un despeñadero, se percató de que las rocas tenían formas más extrañas que en otras partes y de que, justamente debajo de un antepecho verdoso, había dos puertas de piedra. Delante de ellas se encontraba apostada una gran cantidad de diablillos con lanzas y espadas. En aquel paraje la neblina poseía un aura amenazadora, el musgo tenía un tinte demasiado azulenco, las rocas resultaban demasiado abruptas y escarpadas, y los senderos que lo cruzaban se retorcían como si fueran colas de algún reptil. Pese a todo los simios no dejaban de gritar, los pájaros cantaban sin interrupción y los fénix bailaban en parejas, como si se encontraran en Peng-Ymg [2]. Un grupo de ciruelos, orientados hacia el este, habían comenzado a florecer, mientras los bambúes, calentados por la acción directa del sol, desplegaban todo  el  magnífico  verdor  de  sus  hojas.  La  nieve  se  apilaba  en  el  fondo  de  los desfiladeros, como si fuera polvo, helando el agua de los arroyos. A lo lejos se veían dos bosquecillos de pinos y cedros de más de mil años, apreciándose en la cercanía la presencia de varios ramilletes de té rojizo. Sin prestar mayor atención a la belleza del paisaje, el Gran Sabio se llegó hasta las puertas de la caverna y, levantando la voz, gritó, furioso:
- ¡Diablillos! Entrad inmediatamente en la caverna e informad a vuestro señor que acaba de llegar Sun Wu-Kung, el Gran Sabio, Sosia del Cielo y discípulo del monje santo procedente de la corte de los Tang. Decidle, además, que, si quiere que todos vosotros continuéis con vida, debe poner inmediatamente en libertad a mi maestro.
Los diablillos entraron en tropel en la caverna y dijeron a su señor:
- Ahí afuera, Gran Rey, hay un monje con el rostro cubierto de pelos y la boca muy grande. Se hace llamar Sun Wu-Kung, el Gran Sabio, Sosia del Cielo, y exige la inmediata puesta en libertad de su maestro.
- ¡Ya está, por fin, aquí! - exclamó el monstruo visiblemente satisfecho. Tras abandonar mi antiguo palacio y descender a la tierra, nunca he tenido la menor oportunidad de practicar las artes marciales. He aquí que, por fin, puedo enfrentarme a alguien digno de mi pericia.
Ordenó que le trajeran sus armas y al punto todos los diablillos se pusieron a gritar, enardecidos. Casi de inmediato sacaron una lanza de más de cuatro metros de largo y se la entregaron a su señor. El monstruo levantó la voz y gritó:
- Todos debéis seguir mis órdenes. El que avance será recompensado y el que retroceda será, por el contrario, ajusticiado.
Todos los diablillos prometieron someterse de buen grado a sus órdenes. Satisfecho de su bravura, la bestia salió a la puerta de su mansión y preguntó en tono arrogante:
- ¿Quién es ese tal Sun Wu-Kung?
El Peregrino estudió con atención al monstruo y vio que era feroz en extremo. Su fealdad no le iba a la zaga. Poseía un único cuerno muy mellado, un par de ojos brillantes en extremo, una piel rugosa y áspera que formaba un pliegue horroroso en la zona de la cabeza, y una masa de carne oscura brillante debajo de las orejas. Por si esto fuera poco, su lengua era tan larga que podía muy bien lamerse con ella las narices, en su enorme boca albergaba unos dientes excesivamente amarillentos, su piel estaba cubierta de una extraña tonalidad azul, y sus tendones poseían la dureza y resistencia del acero. Parecía un rinoceronte o un buey, aunque ni podía iluminar las aguas [3] ni arar los campos.  A  pesar  de  ser  capaz  de  sacudir  el  Cielo  y  la  Tierra  con  su  fuerza,  era totalmente inservible para la agricultura. En sus manos, azuladas y surcadas por una tupida red de tendones oscuros, sostenía con firmeza la lanza de acero. Con sólo verle y percatarse de su fiereza, se comprendía por qué era llamado el Gran Búfalo Unicornio.
- Aquí está tu antepasado Sun - dijo el Peregrino, acercándose a él -. Si dejas en libertad a mi maestro, no te ocurrirá nada; de lo contrario, caerás muerto antes de que puedas escoger el lugar de tu tumba.
- ¡Cuidado que eres bocazas! - bramó, a su vez, la bestia. ¿Quieres explicarme qué clase de poderes tienes tú, para atreverte hablarme así?
- ¡Bestia maldita! ¡Eres tú, al parecer, el único que desconoce lo poderes del Rey de los Monos! - replicó el Peregrino con arrogancia
- Si tu maestro se encuentra en mí poder - explicó el monstruo -, es porque me robó unos cuantos ornamentos y tuvo la mala fortuna de ser apresado. Para tu información, te diré que pienso comérmelo cocido al vapor. ¿Qué clase de guerrero eres tú para venir a mi propia puerta a exigir la liberación de una persona como ésa?
- Mi maestro es un monje justo y honesto - exclamó con convicción el Peregrino -. Es imposible que haya robado nada a nadie y menos aún a un monstruo como tú.
- Con mi propio poder levanté una ciudad inmortal en un recodo de la montaña - explicó el monstruo - y tu maestro tuvo la osadía de entrar en ella a husmear, sin ser invitado. Se encaprichó de cuanto vio, pero al final se decidió por tres ornamentos de seda cubiertos totalmente de brocados. Si no quieres creerlo, pregunta a quien le vio hacerlo, porque los testigos son muchos. Si fueras una persona justa, te pondrías de mi lado y le reprenderías como se merece. Pero, puesto que estás empeñado en medir tus armas conmigo, te haré una proposición: si eres capaz de resistirme tres asaltos, perdonaré a tu maestro. De lo contrario, también tú conocerás la Región de las Sombras.
- ¡Bestia maldita! - gritó el Peregrino -, ¡no es necesario que te muestres tan bravucón! Eres tú quien debes irte despidiendo de esta vida. Si quieres saber lo que es bueno, ven a probar el sabor de mi barra.
El monstruo no tenía ningún miedo al combate y, levantando la lanza, trató de asestarle al Peregrino un terrible golpe en el rostro. Dio, así, comienzo a un extraordinario combate. Cuando la barra de los extremos de oro se elevaba por los aires, su brillo recordaba el de las serpientes de luz de los rayos. Los movimientos de la lanza estriada, por otra parte, traían a la mente los de un dragón a punto de abandonar la negrura del océano. Los diablillos enardecían a los luchadores con el batir de sus tambores, desplegados en orden de batalla frente a las puertas de la caverna. El Gran Sabio sólo confiaba en su poder para hacer frente a tan aguerridos enemigos, avanzando y retrocediendo  con  inigualable  pericia.  Frente  a  él  tenía  una  lanza  siempre  alerta  y cargada de la fuerza de la espiritualidad, pero la barra de hierro no le iba a la zaga. Eran dos héroes los que se enfrentaban en un combate singular. El monstruo vomitaba una especie de vapor rojizo que ascendía en volutas con amenazas de tormenta. Los ojos del Gran Sabio, por su parte, lanzaban rayos que recordaban bordados imposibles realizados en las nubes. Tan terrible combate jamás se hubiera producido, si el gran monje Tang no hubiera sido sometido a una prueba, en verdad, insoportable.
Más de treinta veces midieron los dos contendientes sus armas, sin que se alcanzara una decisión definitiva. Al comprobar el monstruo la perfección de Wu-Kung en el manejo de la barra - a lo largo de todo el combate no había cometido, de hecho, la menor equivocación -, exclamó, saltando de alegría:
- ¡Qué mono más extraordinario! En verdad no le faltan cualidades para sumir los cielos en una confusión total.
El Gran Sabio estaba, igualmente, sorprendido de la forma como blandía la lanza, esquivando todos los golpes con una pericia que no había visto en nadie más.
- ¡Qué espíritu más fantástico! - exclamó también él -. Este monstruo tiene poderes hasta para robar el elixir - y continuaron luchando durante más de veinte asaltos seguidos.
El monstruo volvió entonces la punta de su lanza al suelo y ordenó a los diablillos que entraran en acción. Blandiendo cimitarras, espadas, porras y lanzas, se lanzaron al ataque, no tardando en rodear completamente al Gran Sabio. Sin alterarse lo más mínimo, el Peregrino no dejaba de gritar:
- ¡Bienvenidos! Esto es precisamente lo que estaba deseando.
- Con inimitable pericia detuvo cuantos golpes le llovían por delante, por detrás, por el este y por el oeste, pero los diablillos no cejaron en su empeño. Cansado de tanto guerrear, el Peregrino lanzó la barra al aire, al tiempo que gritaba:
- ¡Transfórmate! - y al instante se convirtió en cientos y miles de otras barras idénticas, que se volvieron contra los diablillos como si de culebras voladoras se tratara.
Al verlo, los monstruos se pusieron a temblar de espanto y, cubriéndose el cuello y la cabeza lo mejor que pudieron, huyeron al interior de la caverna. Sólo el Gran Rey permaneció firme en su puesto.
- Se nota que eres demasiado atrevido - dijo la bestia, sonriendo despectiva -. Pero te aconsejo que prestes atención a este pequeño truco.
Sacó de la manga una especie de escama blanca y brillante, y lanzándola hacia lo alto, gritó:
- ¡Ataca!
Todas las barras de hierro se convirtieron en una sola, que, a su vez, fue absorbida por la corona. De esta forma, el Gran Sabio se quedó con las manos totalmente vacías, viéndose obligado a dar un salto desesperado para poder salvar la vida. El monstruo regresó, victorioso a su caverna, mientras que el Peregrino, avergonzado, no sabía qué camino tomar.
Es claro que el Tao puede alcanzar un metro de altura, pero los monstruos le aventajan por diez. Quien pierde el rumbo de su naturaleza se ve sumido en una confusión absoluta y es incapaz de llevar a término sus propósitos. ¡Apiadaos del dharma que no tiene donde asentarse! Todas sus decisiones están marcadas por el error.
No sabemos de momento en qué terminó todo este asunto. El que desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente.

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[1]La almeja gigante es la legendaria Shen, cuyo aliento era capaz de producir espejismos de inmensas ciudades en la vasta soledad de los océanos.

[2]Peng-Ying, junto con Ying-Chou y Peng-Lai, es una de las tres islas en las que los inmortales tienen establecida su morada.

[3]Se cuenta que, durante una de sus campañas, Wen-Chiao, de la dinastía Tsin, se topó con un río tan profundo que nadie era capaz de medir a qué distancia se encontraba su fondo. Sus acompañantes le advirtieron, no obstante, que estaba poblado de seres muy extraños, circunstancia que él mismo comprobó al iluminar sus aguas con cuernos de rinoceronte encendidos.