Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

El monstruo, levantando un viento gélido, hace caer una gran nevada. Movido por el afán de entrevistarse con Buda, el monje camina sobre el hielo.


Todo el pueblo se dirigió hacia el Templo del Poder Milagroso, llevando al Peregrino, a Ba-Chie y un gran número de ovejas y otros animales. El muchacho y la muchacha fueron colocados en lo alto de las ofrendas. El Peregrino movió ligeramente la cabeza y comprobó que no habían escatimado en gastos. El incienso, las flores y las velas se contaban por docenas. En el altar no había ninguna imagen, sino una simple lápida en la que habían escrito con letras de oro: «El dios y Gran Rey del Poder Milagroso».
Cuando sus supuestos adoradores hubieron colocado cada cosa en su sitio, se echaron rostro en tierra y, golpeando sin cesar el suelo con la frente, gritaron a una:
- A esta hora de este día de este mes de este año, el primero de los creyentes del pueblo de los Chen, Chen-Cheng, os ofrece, siguiendo la costumbre, un muchacho y una muchacha que responden, respectivamente, a los nombres de Chen Kwan-Bao y Carga de Oro. Junto a ellos nos cabe el honor de presentaros una gran cantidad de cerdos y ovejas para que disfrutéis a vuestras anchas de su carne. A cambio, os suplicamos que nos concedáis la lluvia a su tiempo y una cosecha abundante.
Concluida esa invocación, quemaron unos caballos de papel y una fortuna de dinero para los espíritus, y regresaron a sus casas. Al ver que todos se habían ido, Ba-Chie sugirió al Peregrino:
- También nosotros deberíamos marcharnos a casa.
- ¿Quieres decirme dónde está tu casa? - preguntó el Peregrino.
- Bueno - se disculpó Ba-Chie -. Quiero decir a casa del viejo Chen, a descansar un ratito.
- ¡No sabes más que decir tonterías! - le regañó el Peregrino -. Sólo un idiota puede comprometerse a hacer algo y no hacerlo.
- El idiota eres tú - se defendió Ba-Chie -. Se suponía que íbamos a divertirnos un poco con los Chen. No me irás a decir que estás dispuesto a dejarte sacrificar realmente por ellos, ¿verdad?
- Quien se compromete a ayudar a alguien, debe hacerlo hasta final - sentenció el Peregrino -. Debemos esperar a que aparezca el Gran Rey y trate de devorarnos. Si no lo hacemos, llenará de tribulaciones este pueblo, y eso no está nada bien, ¿no te parece?
No había terminado de decirlo, cuando oyeron en el exterior el bramido de un viento fortísimo.
- ¡Santo cielo! - exclamó Ba-Chie, asustado -. Un viento así sólo puede ser la prueba de que acaba de llegar quien estábamos esperando.
- Cállate y déjame hablar a mí - le urgió el Peregrino.
El monstruo no tardó en llegar a la puerta del templo. Lucía un yelmo y una coraza tan brillantes  que  parecían  recién  hechos.  Traía  ceñida  la  cintura  con  una  faja  de incalculable valor, adornada con un motivo de nubes rojas. Sus ojos, de un tamaño desmesurado, brillaban en la noche como si fueran estrellas, mientras que sus dientes recordaban una sierra bien afilada. Venía envuelto en una neblina cargada de misterio, que se hacía más densa en la parte de las piernas. Al andar, desplazaba un aire frío, que contrastaba con el aura que le rodeaba cuando se detenía. De alguna forma, su figura recordaba la del Capitán-encargado-de-levantar-la-cortina o la de esos dioses de gran tamaño que hay pintados a las puertas de los monasterios.
- ¿A qué familia le ha correspondido este año proveer de todo lo necesario para el sacrificio? - preguntó, quedándose de pie en el vano de la puerta.
- Gracias por preguntarlo - contestó el Peregrino, sonriendo candorosamente -. Este año ese honor ha recaído sobre los señores Chen-Cheng y Chen-Ching.
- Este muchacho no sólo es valiente - se dijo el monstruo, vivamente sorprendido -, sino que también posee una educación esmerada. Los otros chicos eran incapaces de responder a una sola a preguntas. El miedo les atenazaba la garganta y se olvidaban de hablar.  Cuando  caían  en  mis  manos,  estaban  ya  prácticamente  muertos.  ¿Cómo  es posible que éste se exprese de una forma tan inteligente?
El monstruo no se atrevió a acabar de inmediato con sus víctimas y volvió a preguntar:
- ¿Cómo os llamáis?
- Yo, Chen Kwan-Bao - contestó el Peregrino, sin dejar de sonreír -, y ésta, Carga de Oro.
- Como sabéis - explicó el monstruo -, este sacrificio se produce todos los años por estas fechas. Lamento que os haya tocado a vosotros, pero la verdad es que ahora mismo voy a devoraros.
- No os preocupéis - respondió el Peregrino -. No tenemos pensado oponeros la menor resistencia. Podéis comernos cuando deseéis.
Al oír eso, el monstruo no se atrevió a moverse del sitio. Sin apartarse del vano de la puerta, exclamó:
- No seas tan descarado, por favor. Otros años solía comerme primero al niño, pero creo que éste voy a empezar por la niña.
- ¡Hacedlo como todos los años, por favor, Gran Rey! - gritó Ba-Chie, aterrado -. ¿Para qué renunciar a una tradición como ésa?
El monstruo se negó a escucharle, alargando los brazos con el ánimo de agarrarle. Pero en ese mismo momento el Idiota saltó de la mesa y recobró la forma que le era habitual. Echó mano del tridente y descargó sobre los brazos de la bestia un golpe terrible. Ésta retrocedió a toda prisa, tratando de huir, pero Ba-Chie volvió a la carga, logrando desprenderle de algo, que cayó al suelo produciendo un sonido muy raro.
- ¡Creo que le he atravesado la coraza! - gritó Ba-Chie.
El Peregrino se desprendió del disfraz y corrió a ver de qué se trataba, comprobando que no eran más que dos escamas de pez del tamaño de un plato.
- ¡No le dejes escapar! - gritó, y los dos se elevaron casi al mismo tiempo por los aires. El monstruo tenía pensado asistir a un banquete y no trajo ningún arma consigo. Se quedó, pues, de pie entre una franja de nubes y preguntó a sus perseguidores:
- ¿De dónde sois, para atreveros a venir a disputarme mis ofrendas y poner en solfa mi bien conseguida fama?
- Se que sois un monstruo ignorante - replicó el Peregrino -. Nosotros somos discípulos del monje Tripitaka, un sabio procedente del Gran Imperio de los Tang, en las Tierras del  Este,  y  hemos  sido  comisionados  por  el  emperador  en  persona  para  ir  a  por escrituras al Paraíso Occidental. Anoche la familia Chen tuvo a bien hospedarnos en su casa, enterándonos de la existencia de un monstruo sin entrañas, que se hace pasar por un dios llamado Gran Rey del Poder Milagroso. Es tan sanguinario que exige cada año la entrega en sacrificio de un niño y una niña. Compadecidos del dolor de esa gente, decidimos salvar la vida a los muchachos de este año y pedirte cuentas de tan deplorable conducta. Si reconoces tu culpa y nos explicas los móviles que te han forzado a hacerte pasar por lo que no eres, quizás te perdonemos la vida. De lo contrario, perecerás como esos niños inocentes a los que has devorado sin la menor compasión. ¿Cuánto tiempo llevas dedicándote a esas prácticas tan inhumanas?
Por toda respuesta, el monstruo se dio media vuelta y huyó a toda prisa. Ba-Chie trató de alcanzarle con el tridente, pero falló el golpe, cosa nada extraña, teniendo en cuenta que se había convertido en un viento huracanado, que se perdió entre las aguas del Río-que-llega-hasta-el-cielo.
- No es necesario que le persigas - comentó el Peregrino -. Ese monstruo por fuerza tiene que ser una bestia de las aguas. Es mejor que esperemos a que amanezca para atraparle. Así podremos obligarle a que lleve al maestro a la otra orilla.
Ba-Chie aceptó al punto la idea. Volvieron al templo y, cargando con las ofrendas y el ganado, regresaron a la casa de los Chen. Los ancianos, el maestro y el Bonzo Sha estaban impacientes por su tardanza y, al verlos aparecer en el patio con todo lo del sacrificio, corrieron hacia ellos y les preguntaron:
- ¿Qué tal os ha ido con esa bestia?
El Peregrino contó entonces cómo el monstruo había huido, perdiéndose entre las aguas del río, en cuanto se enteró de sus nombres. Los ancianos se mostraron encantados y ordenaron a los criados que prepararan las habitaciones, para que pudieran descansar el maestro y los discípulos.
El monstruo, mientras tanto, había regresado a su palacio de agua en el corazón mismo del río, donde tomó asiento y permaneció en actitud taciturna durante tanto tiempo que todos sus feudos temieron que hubiera perdido el juicio. Se armaron, finalmente, de valor y, acercándose a él, le dijeron:
- Siempre que volvéis de ese sacrificio, venís loco de contento. ¿Cómo es que este año parecéis tan preocupado?
- Otras veces - contestó el monstruo -, después de hartarme hasta la saciedad os traía las sobras, para que también vosotros disfrutarais de la fiesta. Pero este año las cosas no me han ido bien y a punto he estado de perder la vida.
- ¿Cómo puede ser eso, Gran Rey? - exclamaron ellos, escandalizados -. ¿Quién ha osado oponerse a vuestros deseos?
- Un discípulo de cierto monje del Gran Imperio de los Tang, en las Tierras del Este, que se encuentra de camino hacia el Paraíso Occidental para hacerse con las escrituras sagradas. Ese desvergonzado se disfrazó de muchacho y se quedó aguardándome en el templo, acompañado de otro amigo suyo, que se hizo pasar por una joven. Cuando lo menos lo esperaba, recobraron su auténtica personalidad y a punto estuvieron de acabar conmigo. Hace cierto tiempo había oído comentar que ese tal Tripitaka Tang es, en realidad, un hombre de bien, que se ha dedicado a la práctica de la virtud durante más de diez reencarnaciones seguidas. Eso quiere decir que quien pruebe un solo trocito de su carne será capaz de vivir una vida sin fin. Lo que no había anticipado es que tuviera unos discípulos tan fieros. Los muy cerdos no sólo han echado por los suelos mi reputación, sino que se han apoderado de todas mis ofrendas. Me había hecho la ilusión de atrapar a ese monje Tang, pero ahora no estoy tan seguro de que pueda lograrlo.
De entre todos los feudos del monstruo se adelantó una perca rayada, entrada en años, que se inclinó ante él y dijo:
- Si lo que deseáis es atrapar al monje Tang, no hay cosa más fácil de conseguir. Ahora, no sé si estaréis dispuesto a pagarme mis servicios con un poco de licor y de carne.
- Si logras echar mano a ese monje Tang - afirmó el monstruo -, sellaré contigo un pacto de hermandad, permitiéndote sentarte a mi mesa, para que tú también puedas disfrutar de su carne.
Tras agradecerle tanta deferencia, la perca añadió:
- Para nadie es un misterio que tenéis el poder de levantar vientos, producir lluvia y hacer que los mares y ríos se encrespen. ¿Puedo preguntaros si sois también capaz de crear nevadas?
- Por supuesto que sí - contestó el monstruo.
- ¿Y de cubrir de hielo todo el paisaje, haciendo que caiga de los cielos la escarcha? - insistió la perca.
- Así es - asintió el monstruo.
- En ese caso - concluyó la perca, sacudiendo las manos de alegría -, podéis dar por cumplido vuestro deseo.
- No te comprendo - exclamó el monstruo, impaciente.
- Esta misma noche - explicó la perca, a eso de la tercera vigilia, deberéis dar buena muestra de esos poderes que decís poseer. Convocad a los vientos y haced que caiga una nevada tan copiosa que se hiele hasta el Río-que-llega-hasta-el-cielo. Los que gocemos de capacidad metamórfica tomaremos forma humana y nos dirigiremos hacia el  Oeste,  cargados  de  equipaje  y  tirando  de  pesadísimos  carros.  Nos  colocaremos encima del río y haremos cuanto esté de nuestra parte para que ese monje nos vea bien. No me cabe la menor duda de que está tan impaciente por hacerse con las escrituras que, en cuanto se percate de nuestra presencia, tratará de adelantarnos, siguiendo la ruta que nosotros mismos habremos trazado. Vos no tenéis más que sentaros en el centro del río y esperar tranquilamente su llegada. Cuando oigáis el leve sonido de sus pies, no tenéis más que quebrar el hielo para haceros tanto con el maestro como con sus discípulos. Caerán en vuestras manos como fruta madura.
-  ¡Fantástico! - exclamó el monstruo, visiblemente complacido  -. ¡Es un plan extraordinario en verdad! - y, abandonando su mansión de agua, se elevó por los aires. Allí comenzó a amontonar aire frío, que no tardó en congelarlo todo, produciendo una formidable nevada. Mientras esto sucedía, el monje Tang y sus tres discípulos dormían plácidamente en la casa de los Chen. Poco antes del amanecer, comenzaron a sentir un frío tan intenso que las mantas y sábanas parecían totalmente inservibles. Ba-Chie no dejaba de estornudar, incapaz de conciliar el sueño. Por fin, no pudo resistirlo más y, temblando de pies a cabeza, exclamó:
- ¡Hace un frío terrible! ¿No lo sentís vosotros también?
- ¡Cuidado que eres! - le regañó el Peregrino -. ¿Cuándo aprenderás que los que hemos renunciado a la familia no podemos ceder al frío ni al calor? Es increíble que un monje como tú pueda prestar tanta atención a la temperatura.
- La verdad es que hace un frío insoportable - terció Tripitaka -. Las mantas son gordas, pero no producen el menor calor. Aunque tengo las manos metidas entre las mangas, la verdad es que apenas las siento. No me extrañaría nada que todos los capullos se hayan marchitado y todas las hojas hayan sido víctimas de la escarcha. Hasta las copas de los pinos se habrán cubierto de hielo. Con un frío así la tierra se cuartea como la piel de un anciano y el agua de los estanques se torna tan sólida como una roca. Los pescadores han abandonado, de seguro, sus botes y en los templos de la montaña no queda ni un solo monje. ¡Qué amarga suerte la del leñador, que no puede salir a cortar madera, con la que hacer después carbón vegetal! La temperatura es tan baja que a los soldados se les ha helado la barba y la sienten como si fuera de acero. Lo mismo le ha ocurrido al pincel con el que escribía el poeta sus ensueños. Los abrigos de cuero se muestran impotentes contra la escarcha y hasta las pieles parecen demasiado livianas. Los monjes ancianos se sienten entumecidos, tumbados en sus esterillas de paja. ¡Qué mala fortuna la de los viajeros que se aventuren a salir a los caminos en una noche como ésta! Nadie está libre hoy del azote del frío. Aunque las mantas sean pesadas y gordas, el cuerpo no para de temblar.
Era verdad. A partir de aquel momento ninguno de los cuatro volvió a conciliar el sueño. Por fin, abandonaron los lechos, se pusieron cuantos harapos tenían a mano y abrieron la puerta. Todo estaba completamente blanco y sumido en una formidable nevada.
- No me extraña que os quejarais del frío - comentó el Peregrino, al verlo -. La nevada aún no ha parado.
Todos se quedaron mirándola, embobados. Era, en verdad, espléndida. En el cielo se agolpaban sin cesar oscuros nubarrones, que en seguida dispersaba un insoportable viento gélido. A ras de suelo todo aparecía sumido en una neblina gris, que apenas lograba traspasar el albor de la nieve, ubicua por doquier. La nieve era como una flor empeñada en florecer seis veces y cuyos pétalos fueran de jaspe blanco. A veces se tenía la impresión de que no era más que un bosque de tres mil árboles de jade albo. ¿Quién podía decirlo con seguridad? Tan pronto recordaba la flor de harina como a la sal. Una cosa era clara: el agua que aquella noche se tornó nieve era superior a la que corre por los cauces del Chu o el Wu, o a la que hace florecer cada año los incontables ciruelos del sudeste. A ratos la nevada recordaba millones de escamas de dragones de jade, que flotaran en el aire después de haber sido arrancadas a sus dueños en un duro y vergonzoso combate. ¡Cuántas memorias traía a la mente! ¿Cómo no acordarse de los zapatos de Dung-Kwo [1], del descanso de Yüan-An [2] y de la forma de estudiar de Sun-Kang [3]? De un momento a otro esperaba verse aparecer un barco de Tse-Yü [4], la túnica de Wang-Kung [5], o la manta de la que se alimentó Sz-Wu [6]. Sin embargo, no existían tales portentos en aquel paisaje, sino sólo una aldea de casas humildes construidas con ladrillos que parecían ser de plata. ¡Espléndida nevada la que revestía de tal dignidad lo cotidiano y hacía que todo pareciera esculpido en bloques de jade! Los capiteles de hielo colgaban de los ojos de los puentes, como si fueran ramas de sauce, y de los aleros de las casas, como si se trataran de peras transparentes puestas a secar al sol. A veces arreciaba el huracán de los copos y los bloques de hielo daban la impresión de ser abrigos de algas que los pescadores habían colgado de los puentes, o raíces suspendidas de los tejados que después iban a usar las mujeres en sus hogares. Nadie se aventuraba a transitar por los caminos. ¿Qué importaba que los invitados se hubieran quedado sin vino o los criados no tuvieran fruta que ofrecer a sus amos? La nieve recordaba a ratos el trémulo batir de alas de las mariposas, para ser, al momento siguiente, vuelo de gansos que se mecieran, confiados, en el seno del viento. A lomos de la brisa saltaba por encima de los riscos e iba a borrar de la faz de la tierra todos los caminos. Nada resistía la friura que albergaba tanta marchita belleza. Con increíble facilidad traspasaba las ventanas y horadaba los pesados cortinajes, que, supuestamente, habrían de detenerla. Pero, de por sí, la nevada era un augurio de prosperidad para todo un año, que descendía gratuitamente de lo alto.
Tanto el maestro como los discípulos se quedaron mirándola un largo rato, como si se tratara de hilos voladores de seda, o de trocitos de jade que se fundían poco a poco en una  piedra  de  mayor  tamaño.  Cuando  más  embelesados  estaban,  admirando  tanta belleza, vieron acercarse al mayor de los hermanos Chen, seguido de dos criados que trataban de abrir con escobas un camino entre la nieve. Un poco más atrás venían otros dos con un poco de agua caliente para que se lavaran, té hirviendo y tortitas de leche. Con inesperada rapidez avivaron el fuego e invitaron a los monjes a acercarse a la lumbre.
- ¿Puedo preguntaros - dijo entonces el maestro, dirigiéndose anciano - si en esta respetable región que habitáis se dan las cuatro estaciones de la primavera, el verano, el otoño y el invierno?
- Aunque reconozco que nuestra tierra esta un poco alejada de la que vos procedéis - contestó el anciano -, sólo se distingue de ella por sus costumbres. En lo demás son idénticas: no en balde los cereales y los ganados son los mismos, no existe ninguna diferencia con respecto a los beneficios que recibimos directamente del cielo, y nos vivifica el mismo calor del sol. ¿Cómo íbamos a tener unas estaciones diferentes?
- No me interpretéis mal - se disculpó Tripitaka -, pero, si lo que decís es verdad, ¿cómo es que ha caído una nevada tan copiosa en esta época del año y el frío es tan intenso?
- Aquí - explicó el anciano - tenemos escarchas y nieves durante todo el octavo mes. Ayer mismo, por cierto, traspusimos el Rocío Blanco, dando por terminado el mes séptimo. ¿Qué hay de extraño, pues, en que todavía nieve?
- Aunque no lo creáis - respondió Tripitaka -, en las Tierras del Este sólo nieva en el invierno.
Mientras hablaban, vinieron unos cuantos criados más y pusieron la mesa, para que pudieran probar una especie de sopa de arroz. Mientras comían, la nevada no sólo no amainó, sino que se hizo aún más intensa. Pronto adquirió una altura de más de medio metro. Al verlo, Tripitaka cedió a la desesperanza y se puso a llorar.
- No os preocupéis por esto, maestro - le aconsejó el anciano Chen -. En esta casa disponemos de comida para alimentarnos todos durante un tiempo considerable. Así que no deis tanta importancia a la nevada.
- Se ve que no entendéis el motivo de mi pena - repuso Tripitaka -. El año que partí de mi patria con el encargo de hacerme con las escrituras, el mismo emperador en persona salió a despedirme a las puertas de la capital. Tomó una copa en su mano y, tras brindar por el éxito de la empresa, me preguntó: «¿Cuándo piensas volver?». Como no estaba al tanto de la cantidad de montañas que tenía que trasponer y de los muchos peligros que debía arrostrar, le respondí con ingenuidad: «Dentro de tres años tendréis en vuestro poder las escrituras sagradas». Sin embargo, han transcurrido ya siete u ocho años  y todavía no hemos podido contemplar el rostro de Buda. Temo haber superado, con mucho, el límite que yo mismo me tracé, pues esos malditos monstruos se empeñan, una y otra vez, en poner obstáculos a mi camino. Hoy, sin embargo, me ha cabido la enorme fortuna de poder hospedarme en vuestra casa. Mi intención era pediros una barca para cruzar el río, en pago a los servicios que ayer os prestaron mis dos discípulos. ¿Cómo iba a sospechar, siquiera, que estaba a punto de caer una nevada tan copiosa que iba a borrar todos los caminos? Dudo, por tanto, que pueda lograr mi objetivo y regresar después a la ciudad de la que partí.
- Tranquilizaos - le aconsejó el mayor de los Chen -. Mirándose bien, habéis recorrido ya la mayor parte del viaje. ¿Qué os puede importar demoraros unos días en mi casa? En cuanto claree y el hielo se derrita, me encargaré de que crucéis ese río, aunque para ello tenga que emplear toda mi fortuna.
En ese momento apareció un criado y les invitó a desayunar. La conversación se hizo entonces más animada y, sin apenas darse cuenta de ello, llegó la hora de comer. Los platos que les sirvieron eran tan fuera de lo común que Tripitaka no pudo por menos que comentar:
- Deberíais tratarnos como un miembro más de vuestra familia, no como a príncipes.
- Os debemos tanto por haber salvado la vida de nuestros hijos - replicó el mayor de los Chen - que, aunque todos los días os ofreciéramos un banquete, jamás podríamos solventar nuestra deuda.
La nieve dejó, por fin, de caer y la gente pudo dedicarse a sus tareas habituales. Al ver el mayor de los Chen lo triste que parecía estar Tripitaka, ordenó a sus sirvientes que quitaran toda la nieve del jardín. No contento con eso, mandó buscar un enorme brasero, que colocó al aire libre, para que nadie tuviera frío.
- Este tipo anda mal de la cabeza - exclamó Ba-Chie, soltando la carcajada -. ¿A quién se le ocurre salir a gozar de la belleza de un jardín después de una nevada? Eso se hace en el segundo o tercer mes, cuando la primavera está en toda su pujanza. Ahora hace demasiado frío y no hay absolutamente nada que admirar.
- ¡Qué tonto eres! - le regañó el Peregrino -. Los parajes cubiertos de nieve poseen una calma realmente sosegadora. Eso ayudara a nuestro maestro a encontrar la serenidad que parece haber perdido.
- Exactamente - confirmó el anciano e, inclinando levemente la cabeza, condujo a sus huéspedes al corazón del jardín.
El otoño parecía estar tocando a su fin en aquel paisaje cubierto de nieve. Se presentía, incluso, la llegada del año nuevo. Pinos centenarios aparecían cubiertos de capullos de jade, y los sauces, de extraños hilos de plata. Pero no sólo en ellos era perceptible la presencia del hielo. Se apreciaba hasta en los musgos congelados que cubrían los escalones  que conducían al jardín. Los bambúes daban la impresión de poseer raíces de jaspe. Los chupiteles que se habían formado en el lago y las montañas artificiales recordaban imposibles brotes de jade. En los estanques de los peces el agua se había transformado en bandejas de hielo. En sus orillas los hibiscos habían perdido el color y la delicadeza de todas sus ramitas. El frío había agostado las begonias y había hecho que los ciruelos de invierno produjeran nuevos brotes. Era tal la nieve acumulada sobre las peonías, los granados y las casias que parecía como si se hubiera posado sobre ellos una bandada de ánsares. Todo daba la impresión de estar cubierto de mariposas de alas blancas. Los crisantemos, que crecían a ambos lados de la cerca, eran como trozos de jade blanco ribeteados en oro. Los arces, por el contrario, lucían su atractivo color rojo enmarcado en una delicada línea blanca. Era imposible recorrer todo el jardín, pues estaba cubierto de hielo y sus senderos resultaban impracticables. Los visitantes se refugiaron, pues, en una caverna, en cuyo centro colocaron los criados el brasero adornado con patas de elefante y rostros de bestias. En su interior el carbón vegetal lanzaba sus calurosos destellos rojizos, tiñendo de vida los sillones lacados que había a su alrededor. Sobre ellos descansaban pieles de tigre, suaves al tacto y cálidas en extremo. De las paredes colgaban viejas pinturas realizadas por renombrados artistas. Sus temas eran todos muy parecidos: los siete inmortales atravesando un desfiladero [7], un pescador solitario apostado a orillas de un río cubierto de hielo, montañas altísimas coronadas por la nieve, paisajes en los que la soledad era absoluta... Otro grupo de pinturas representaba a Sz-Wu comiéndose la manta, o saliendo al encuentro del mensajero, tras romper su rama de ciruelo. Adondequiera que se dirigiera la vista se repetían los motivos de la nieve y el hielo. Tal preferencia resultaba totalmente comprensible, teniendo en cuenta que la nieve borraba a menudo los caminos y aislaba a sus habitantes del resto del mundo. Pese a todo, aquél era un lugar ideal para morar.
¿Qué necesidad tenían sus habitantes de soñar con ir a vivir a Peng-Hu[8]?
Los Peregrinos estuvieron disfrutando un buen rato de la belleza del paisaje, tomaron asiento a continuación en la caverna y empezaron a hablar con sus anfitriones de las dificultades que entrañaba una empresa como la de ir en busca de las escrituras. Los criados sirvieron un té muy aromático y el mayor de los Chen aprovechó la ocasión para preguntar a sus invitados:
- ¿Queréis tomar un poco de vino?
- Perdonad, pero yo no bebo - se disculpó Tripitaka - Mis discípulos, sin embargo, pueden tomar unas copitas de vino vegetariano, si así lo desean.
- En ese caso - concluyó el anciano Chen, dirigiéndose a los criados -, calentad el vino y traed unas cuantas frutas y verduras. No está bien que nuestros invitados se mueran de frío.
Los sirvientes no tardaron en aparecer con pequeños hornillos para calentar el vino y volvieron a poner la mesa. Los Peregrinos y sus anfitriones tomaron unas cuantas copas y, de nuevo, fueron retirados todos los servicios. Para entonces había empezado a anochecer y decidieron regresar a la casa a cenar. No se habían sentado a la mesa cuando oyeron comentar a alguien en la calle:
- ¡Menudo tiempecito! ¡Hace tanto frío que incluso se ha helado el Río-que-llega-hasta-el-cielo!
- ¿Qué podemos hacer, si el río está totalmente congelado? - preguntó Tripitaka a Wu-Kung, visiblemente alterado.
- Este frío ha sido demasiado repentino para congelar, así como así, todo el río - comentó el mayor de los Chen -. Lo más seguro es que sólo se hayan helado las orillas. Pero en ese mismo momento volvió a decir la voz de la calle:
- Toda la superficie del río está cubierta de hielo. Los ochocientos kilómetros que separan una orilla de otra parecen, en realidad, un espejo. Su firmeza es, de hecho, tan extraordinaria que la gente puede andar sin ningún problema sobre ella.
Al oír que se podía caminar por encima del agua, Tripitaka quiso ir inmediatamente a verlo, pero le disuadió el anciano, diciendo:
- No seáis tan impaciente, por favor. ¿No os dais cuenta de que es ya muy tarde? Saldremos mañana a echar un vistazo.
Concluida la cena, los Peregrinos se despidieron de sus anfitriones y se retiraron a descansar a los mismos aposentos que habían ocupado la noche anterior. Al levantarse, Ba-Chie comentó a Wu-Kung:
- No sé si lo habrás notado, pero hoy hace todavía más frío que ayer: no me extrañaría que el río se haya solidificado del todo.
Tripitaka se volvió hacia la puerta, cayó de hinojos e, inclinándose respetuosamente ante el Cielo, dijo:
- Guardianes de la Fe, este humilde discípulo vuestro se ha propuesto llegar al Oeste y entrevistarse con Buda. Por eso, no he dudado en trasponer mil montañas, ni en vadear mil  ríos,  sin  quejarme  para  nada  de  las  dificultades  que  he  ido  encontrando.  Os agradezco que hayáis que acudido en mi auxilio congelando el río y haciéndolo transitable. Jamás olvidaré tan grande e inmerecido favor. Prometo que, cuando yo haya conseguido las escrituras y me halle de nuevo ante el Emperador de los Tang, le pediré que os recompense por cuanto hoy habéis hecho por mí.
Concluida la oración, ordenó a Wu-Ching que ensillara el caballo para cruzar el río, antes de que comenzara el deshielo.
- No seáis tan impaciente - volvió a aconsejarle el mayor de los Chen -. Es más seguro que esperéis unos días más. Para entonces se habrá derretido la nieve y podréis cruzar el río en mi barca.
- Creo que debemos  marcharnos - opinó el Bonzo Sha  -. Nadie nos asegura que vayamos  a  encontramos  con  otra  oportunidad  como  ésta.  De  todas  formas,  es aconsejable que, mientras yo ensillo el caballo, el maestro vaya a ver lo que ocurre y decida por sí mismo.
- Tenéis razón - contestó el mayor de los Chen. Se volvió hacia sus criados y les ordenó -: Ensillad inmediatamente seis caballos. El monje Tang puede esperar un poco más. Seguidos de los sirvientes, los ancianos y los Peregrinos se llegaron hasta las orillas del río  a  echar  un  vistazo.  La  nieve  había  formado  allí  auténticas  montañas,  que resplandecían bajo los tímidos rayos de un sol que pugnaba por abrirse camino entre las nubes. Todo aparecía congelado y uniforme: el hielo había allanado, de hecho, todas las diferencias. Los lagos y ríos poseían la misma estructura plana y especular. El viento continuaba siendo frío y cortante, y el suelo estaba recubierto de una dureza resbaladiza. En los estanques, los peces se abrazaban a la densa vegetación, mientras las aves salvajes  se  apretujaban,  buscando  calor,  en  las  ramas  muertas  de  los  árboles.  Los viajeros llegados de lejos habían perdido todos sus dedos, por la congelación y los barqueros habían visto, impotentes, cómo se les iban cayendo uno a uno, los dientes, de tanto castañetearlos por el frío. Las bajas temperaturas habían partido las serpientes en dos y destrozado los pies de las aves. Adondequiera que se dirigiera la vista podían verse auténticas montañas de nieve y hielo. En el fondo de los barrancos se veían trozos tan enormes de hielo que muy bien podían pasar por minas de plata recién descubiertas. Todo el río era como una enorme plancha de jade blanco. Si el Este es famoso por su seda, el Norte debería serlo por sus huras de rata. Aquel sitio podía muy bien pasar por el lugar en el que se tumbó Wang-Hsiang [9] y Kwanq-Wu [10] realizó la proeza de su famosa travesía. En una sola noche se había solidificado todo el río. Del fondo a la superficie todo era un enorme bloque de hielo, sin fisuras ni grietas. Más que un curso de agua, parecía un camino firmemente asentado sobre la tierra, aunque un poco más suave y más brillante.
Tripitaka y sus acompañantes detuvieron las cabalgaduras, al llegar al río, y otearon, ansiosos, la distancia. No tardaron en descubrir que, en efecto, varias personas caminaban a pie enjuto sobre el hielo.
- ¿Sabéis quién es esa gente? - preguntó Tripitaka al anciano Chen.
- Mercaderes, probablemente - contestó éste -. En la otra parte del río se encuentra el Reino Occidental de las Mujeres. Lo que aquí cuesta poco más de un centenar de monedas adquiere en el otro lado un valor mil veces mayor. Lo mismo les ocurre a sus productos. A la vista de unos beneficios tan pingües, es comprensible que no pocos se aventuren a cubrir la distancia que separa ambos reinos, sin pensar para nada en el peligro que puedan correr sus vidas. A veces seis o siete personas embarcan en un bote y se lanzan a las aguas, con la esperanza de llegar al otro lado. Hoy, al ver que el río se ha congelado, parecen haberse animado a cruzarlo a pie.
- En los asuntos mundanos - sentenció Tripitaka - la fama y el beneficio son considerados lo más importante. ¿Qué hay de extraño en que los hombres arriesguen por ellos sus vidas? Nosotros estamos tratando de cumplir un encargo imperial, cosa que, sin duda alguna, nos dará justa fama, y ¿vamos a ser diferentes de esos hombres que tenemos delante de las narices?
Se volvió, decidido, hacia Wu-Kung y le ordenó:
- Regresa inmediatamente al hogar de los Chen y dispón de todo lo necesario para proseguir el viaje. No te olvides de ensillar el caballo. El hielo nos brinda la oportunidad de seguir adelante con nuestros planes y no vamos a desaprovecharla.
El Peregrino sonrió y se dispuso a obedecer, de inmediato, sus órdenes. Sólo el Bonzo Sha se atrevió a sugerir algo en contra, diciendo:
- El proverbio afirma: «Al cabo de mil días, nadie puede comer más que unos pocos kilos de arroz». ¿Por qué no nos quedamos unos cuantos días más en casa del señor Chen y esperamos a que el tiempo sea mejor antes de que nos decidamos a cruzar el río en  barca?  Nunca  es  aconsejable  actuar  con  precipitación,  si  queremos  huir  de  los errores.
- ¿Cómo puedes ser tan poco reflexivo? - le regañó Tripitaka -. Si estuviéramos en el segundo mes del año, podríamos estar seguros de que iba a cambiar el tiempo, y de que, tarde o temprano, la nieve terminaría derritiéndose. Pero la verdad es que nos hallamos en el mes octavo y el frío no tardará en ir en aumento. ¿Cómo va a producirse, de pronto, un deshielo? Si nos quedamos aquí, lo más seguro es que nos tengamos que esperar medio año por lo menos.
- Dejad de discutir a lo tonto - sugirió Ba-Chie, saltando del caballo -. Si me lo permitís, voy a probar el grosor de este hielo.
- Recuerdo que ayer tiraste una piedra, para ver la profundidad del agua - comentó el Peregrino -. ¿Cómo vas a hacer para comprobar el grosor de una cosa tan sólida y pesada como el hielo?
- Olvidas que puedo propinarle un buen golpe con mi tridente - replicó Ba-Chie -. Si se rompe, quedará claro que no podrá con nuestro peso. Sin embargo, si resiste, no existirá ninguna razón para que renunciemos a caminar sobre él.
- Me parece una proposición razonable - concluyó Tripitaka.
El Idiota se arremangó la túnica y, en grandes zancadas, se llegó hasta la orilla del río. Levantó los brazos cuanto pudo y los dejó caer con todas sus fuerzas, descargando un golpe tremendo sobre el hielo. Se escuchó un ruido muy raro, pero el agua permaneció tan sólida como antes. Como testimonio del golpe, sólo quedaron nueve pequeñas marcas sobre el hielo y un inesperado entumecimiento en las manos de Ba-Chie, que anunció, riendo:
- ¡Podemos caminar sobre él sin ningún peligro! ¡Hasta el fondo está helado!
Nada pudo complacer más a Tripitaka que ese anuncio. Regresó a toda prisa a la mansión de los Chen y todo cuanto podía decir era que tenía que partir de inmediato. De nada valieron las súplicas de los dos ancianos, para que siguieran honrándolos con el placer de su compañía. Cuanto dijeron cayó en oídos sordos. Comprendiendo que su decisión  no  admitía  vuelta  atrás,  los  dos  hermanos  ordenaron  a  los  criados  que prepararan algo de comida y se la dieran a los Peregrinos. Toda la familia salió a despedirse de ellos, echándose rostro en tierra. Sólo los ancianos permanecieron en pie con dos bandejas llenas de plata y de oro. También ellos terminaron arrodillándose, al ofrecérselas a los Peregrinos, diciendo:
- Siempre estaremos en deuda con vos por haber salvado a nuestros hijos. Os rogamos que admitáis este humilde ejemplo de nuestra gratitud como ayuda para el viaje.
Sin dejar de sacudir la cabeza y las manos, Tripitaka rechazó el regalo, diciendo:
- Los que hemos renunciado a la familia no precisamos de dinero Aunque me decidiera a aceptarlo, no podría usarlo en ningún momento, porque vivimos únicamente de la limosna. Para nosotros es más que suficiente la comida que acabáis de entregarnos.
Los ancianos siguieron porfiando y el Peregrino no tuvo más remedio que coger una pieza, que apenas si pesaba cuatro o cinco dracmas, y entregársela al monje Tang, diciendo:
- Aceptad esto, al menos, para que no piensen que despreciamos su gratitud.
Sin más incidentes dignos de reseñar, se llegaron hasta el río. Pero, en cuanto puso los cascos en el hielo, el caballo empezó a resbalar de tal manera que por poco no tira a Tripitaka.
- ¿Lo veis? - gritó el Bonzo Sha -. No podemos partir.
- Esperad un momento - sugirió Ba-Chie -. Voy a ver sí el señor Chen me deja un poco de paja.
- ¿Para qué la quieres? - preguntó el Peregrino.
- Se ve que no tienes ni idea de esto - replicó Ba-Chie -. Con la paja ataremos los cascos al caballo y así podrá andar por el hielo sin ninguna dificultad.
Al oír desde la orilla lo que acababa de decir Ba-Chie, el mayor de los Chen ordenó a sus criados que trajeran un poco de paja. El monje Tang hubo de regresar nuevamente a la orilla. Ba-Chie envolvió en paja los cuatro cascos del caballo, que, en efecto, se mantuvo en pie sobre el hielo, sin resbalar ni una sola vez. Tras despedirse, una vez más, de la familia Chen, iniciaron su andadura por el hielo. Apenas llevaban recorridos tres o cuatro kilómetros, cuando Ba-Chie entregó al monje Tang su tridente, diciendo:
- Poned esto transversalmente sobre la silla de montar.
- ¡No seas tan listo, anda! - le regañó el Peregrino -. Eso es tuyo, ¿no? Pues carga con ello. ¿A qué viene eso de pedirle al maestro que lo lleve él?
- Se nota que no tienes ninguna experiencia de andar por el hielo - se defendió Ba-Chie
-. Hasta el más sólido está lleno de agujeros, que pueden hacerte caer de cabeza al agua, si tienes la mala fortuna de meter el pie en ellos. Si no llevas algo trasversal, te hundes rápidamente. Lo peor es que la parte de arriba se funde en seguida y no puedes salir de esa trampa, aunque hagas más esfuerzos que un héroe.
- Cualquiera que te oiga hablar - replicó el Peregrino - pensará que llevas años andando sobre el hielo.
Pero en seguida se hizo lo que Ba-Chie había ordenado. El maestro colocó transversalmente su tridente, mientras el Peregrino y el Bonzo Sha hacían otro tanto con el cayado y la barra de hierro. Ba-Chie no precisó de nada más, ya que iba cargado con la pértiga del equipaje. Todos se sintieron, de esta forma, más seguros.
La noche se les echó encima, pero no se atrevieron a detenerse ni para comer las viandas que les habían dado los Chen. Las estrellas y la luna parecieron llenar el hielo de luz propia. Resultaba, en verdad, fantasmagórico el fulgor que parecía emitir el cauce del río. Eso ayudó a mantener los ojos bien abiertos tanto al maestro como a los discípulos, no deteniéndose ni una sola vez en toda la noche. Al amanecer tomaron un desayuno en extremo frugal y prosiguieron su marcha hacia el Oeste. Al poco tiempo se escuchó un sonido muy extraño, que parecía proceder del corazón del hielo. El caballo sintió tal sobresalto que por poco no se cae.
- ¿Qué ha sido eso? - preguntó, asustado, Tripitaka a sus discípulos.
- Este río está tan congelado - explicó Ba-Chie - que su peso se ha centuplicado y, según parece, el lecho está teniendo ciertas dificultes para poder sostenerlo. Eso explica el extrañísimo ruido que acabamos de oír.
La explicación satisfizo al sorprendido y asustado Tripitaka, que espoleó el caballo y reanudó la marcha.
El monstruo, mientras tanto, se encontraba agazapado bajo el hielo a la espera de los Peregrinos. Pronto escuchó con toda claridad el ruido producido por los cascos de un caballo y, valiéndose de la magia, hizo una enorme fisura en la superficie helada. El Gran Sabio se las arregló para saltar por el aire, pero sus tres compañeros no tuvieron tan buena suerte y se hundieron en el agua. En cuanto se hubo apoderado de Tripitaka, el monstruo y los espíritus regresaron, albozados, a su mansión de agua.
- ¿Dónde te has metido, perca, hermana mía? - gritó el monstruo.
- No soy digna de que me llaméis así - contestó la perca, saliendo a su encuentro y saludándole con respeto.
- ¿Qué quieres decir? - replicó el monstruo -. «Ni siquiera una manada de caballos es capaz de destruir la palabra que ha salido de mi boca.» Prometí sellar un pacto de hermandad contigo, si salía bien el plan que tú misma pergeñaste para atrapar al monje Tang, y la empresa ha sido coronada por el éxito. ¿Cómo voy a volverme ahora atrás?
Se volvió a continuación a sus subalternos y les ordenó:
- Poned la mesa y traed los cuchillos más afilados que haya en este palacio. Es preciso abrir  en  canal  a  este  monje,  deshuesarle,  quitarle  la  piel  y  arrancarle  el  corazón. Mientras lo hacéis, decid a los músicos que empiecen a tocar. Quiero compartir su carne con mi nueva hermana, para que ambos podamos alcanzar una edad tan avanzada como la del mismo cielo.
- Es mejor que no le comamos todavía - repuso la perca -. No me extrañaría que se presentaran aquí sus discípulos, cuando menos lo esperáramos, y nos estropearan la fiesta. Esperad un par de días y, si en ese tiempo no aparece nadie, llevad a cabo vuestro propósito. Ocupad entonces el puesto de honor, rodeaos de todos vuestros familiares y deudos y haced que vuestros esclavos canten y bailen para vos. En un ambiente así los manjares saben mucho mejor y vos podréis disfrutar a vuestras anchas de ese monje.
El monstruo aceptó inmediatamente tan sibarítica sugerencia. El monje Tang fue confinado, pues, en una enorme caja de piedra a más de tres metros de altura, que los criados escondieron en la parte posterior del palacio.
Ba-Chie y el Bonzo Sha, por su parte, se las arreglaron para recobrar el equipaje. Lo colocaron encima del caballo y, abriendo un sendero en las gélidas aguas, lograron llegar sin mayores dificultades a la superficie. Al verlos desde lo alto, el Peregrino les preguntó con cierto nerviosismo:
- ¿Y el maestro?
- Me te temo que ha cambiado de nombre - respondió Ba-Chie -. Ahora se apellida «Hundido» y se llama «Hasta-el-fondo». La verdad es que no sabemos dónde empezar a buscarle. Lleguémonos hasta la orilla y decidamos allí lo que ha de hacerse.
Como se recordará, Ba-Chie era la reencarnación del Mariscal de los Juncales Celestes. Su poder había sido tan grande que había logrado tener bajo sus órdenes a más de ochocientos mil marineros, estacionados, todos ellos, en las mismas orillas del Río Celeste. El Bonzo Sha procedía, así mismo, del Río de la Corriente de Arena, y el caballo era descendiente directo del Rey Dragón del Océano Occidental. Eso explicaba la facilidad con que se movían los tres por las aguas. El Gran Sabio no gozaba, por su parte, de esas prerrogativas y permaneció en el aire. En cuanto llegaron a la margen oriental,  cepillaron  el  caballo  con  cuidado  y  se  despojaron  de  sus  ropas  mojadas. Mientras se preocupaban de esos menesteres, el Peregrino bajó de las nubes y se dirigió hacia el pueblo de los Chen. Uno de los criados le vio y corrió a informar a sus amos, diciendo:
- Partieron cuatro monjes en busca de las escrituras, pero sólo regresan tres.
Los dos ancianos salieron a darles la bienvenida y vieron, atemorizados, que las ropas de sus antiguos huéspedes goteaban como si fueran nubes.
- Os suplicamos que os quedarais con nosotros y no quisisteis escucharnos - dijeron en tono recriminatorio -. ¿Qué os habría costado hacernos caso? Si lo hubierais hecho, no os encontraríais ahora en esta situación ¿Puede saberse dónde está Tripitaka?
- Ya no se llama Tripitaka - contestó Ba-Chie -, sino Hundido Hasta-el-fondo.
- ¡Qué pena! - exclamaron los ancianos, llorando desconsoladamente -. Le dijimos que pondríamos más adelante un bote a su disposición y no quiso escucharnos. Su tozudez le ha costado la vida. ¡Qué lástima!
- Lamentarse por los muertos no conduce a ninguna parte - repuso el Peregrino -. Algo me dice que el maestro no sólo no ha fallecido, sino que todavía le queda mucho tiempo por vivir. Estoy convencido de que todo esto es obra del Gran Rey del Poder Milagroso, que planeó desde el principio hacerse con él. Si en algo queréis sernos útiles, lavadnos la ropa, secad nuestro permiso de viaje y dad de comer al caballo. Nosotros, mientras tanto, partiremos en busca de ese tipo. Cuando demos con él, no sólo pondremos en libertad a nuestro maestro, sino que liberaremos de sus garras a todo el pueblo y, así podréis vivir siempre en paz.
Esos planes devolvieron la serenidad y la alegría a los dos ancianos, que ordenaron al punto sacar algo de comer, para que los peregrinos pudieran recobrar sus fuerzas. Cuando lo hubieron hecho, confiaron el caballo y el equipaje a la familia Chen y, agarrando cada cual sus armas, se dirigieron a la orilla del río, dispuestos a encontrar al maestro y dar al monstruo su merecido. Cometieron un error, al poner el pie sobre el hielo. La naturaleza salió malparada de tal empeño pero ¿cómo puede seguir existiendo la perfección, cuando se escapa el gran elixir?
No sabemos, de momento, si lograron liberar al monje Tang, por lo que quien desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención lo que se dice en el próximo capítulo.

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[1]Según el Shr-Chi, antes de acceder al funcionariado, Dung-Kwo era tan pobre que siempre iba vestido de harapos y calzaba unos zapatos que carecían de suelo.

[2]Yüan-An fue un hombre de la dinastía Han Oriental famoso por su rectitud. De él se cuenta que, habiendo caído sobre Lo-Yang una nevada tan tremenda que la vida se paralizó, él prefirió morirse de hambre antes que salir a mendigar por las calles.

[3]De Sun-Kang, un literato de la dinastía Tsin, se contaba que era tan pobre que por la noche se veía obligado a leer a la luz que reflejaba la nieve.

[4]De Wang Tse-Yu, hijo del famoso calígrafo Wang Hsi-Chr, se decía que poseía un carácter tan variable que en una noche de ventisca decidió ir a visitar en barco a un amigo, pero, en cuanto llegó a su casa, cambió de opinión y se volvió sin verle.

[5]Wang-Kung, un funcionario de la dinastía Tsin, era un hombre tan atractivo que en cierta ocasión salió a pasear por la nieve con un abrigo de plumas de garza y un amigo le tomó por un inmortal.

[6]Sz-Wu, un mensajero imperial del siglo II a.C, vivió diecinueve años entre los hunos en unas condiciones tan extremas que, para no morir de hambre, se vio obligado a comerse la manta con la que se abrigaba y a alimentarse solamente con nieve derretida.

[7]«Los siete inmortales atravesando un desfiladero» es uno de los temas recurrentes de la pintura china. Aunque su identidad sigue siendo objeto de controversia, se les suele identificar con «Los Siete Sabios del Bosquecillo de Bambú».

[8]Peng-Hu es otro de los nombres dados a la isla de Peng-Lai, lugar en el que habitaban los inmortales.

[9]Wang-Hsiang es uno de los protagonistas de Veinticuatro ejemplos de piedad filial. De él se cuenta que, al ser su madre muy amante de las carpas, se tumbó a pecho descubierto sobre un estanque helado hasta que, finalmente, saltaron dos fuera del agua.

[10]De Kwang-Wu, primer emperador de la dinastía Han, se cuenta que en una de sus muchas expediciones se topó con un río que cruzó sobre los enormes bloques de hielo que arrastraban las aguas, al carecer de embarcaciones adecuadas para ello.