Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

El monje santo encuentra un tremendo obstáculo por la noche en el Río-que-llega-hasta-el-cielo. El metal y la madera, movidos a compasión, liberan a los que penaban.


El rey continuó llorando sin cesar hasta la caída de la noche. El continuo fluir de sus lágrimas recordaba el de un arroyo. Al anochecer, el Peregrino no pudo aguantarlo más y, llegándose a él, gritó:
- ¿Cómo podéis tener un carácter tan débil? ¿Acaso no habéis visto lo cadáveres de esos taoístas? Uno era un tigre; el otro, un ciervo, y el último, aunque vos no lo habéis visto, era una simple cabra. Si no me creéis, pedid a vuestros soldados que os enseñen los huesos. Ningún hombre posee un esqueleto de esa clase. Esos protegidos vuestros eran en realidad, bestias de la montaña que lograron transformarse en espíritus y que vinieron aquí con el único propósito de acabar con vos. Todavía no se habían atrevido a haceros el menor daño, porque vuestro cuerpo es aún fuerte y gozáis de cierto prestigio entre vuestros súbditos. Pero, después de dos o tres años, cuando vuestras fuerzas hubieran comenzado a declinar, os habrían asesinado y se habrían apoderado de todo el reino. Ha sido una suerte que llegáramos a tiempo de salvar vuestra vida y la de todos vuestros servidores. ¿Cómo es posible que lloréis de esa forma por ellos? En fin, allá vos. Entregadnos, de una vez, nuestro permiso de viaje y dejadnos partir cuanto antes. Solamente cuando hubo terminado de escuchar este discurso del Peregrino, pareció el rey recobrar su aplomo. Con el ánimo de consolarle, se llegaron hasta él todos los oficiales, tanto civiles como militares, y le informaron:
-  Es  verdad  cuanto  acaba  de  decir  este  monje.  Los  Grandes  Inmortales  eran,  en realidad, un tigre, un ciervo y una cabra, como ha quedado bien patente por los huesos que todavía flotan en el aceite. No es de sabios desoír las palabras de un monje santo.
- Si lo que afirmáis es verdad - concluyó el rey -, demos las gracias a estos monjes. Es ya un poco tarde para que reanuden el viaje. Que el primero de mis consejeros se encargue de acompañarlos personalmente hasta el Monasterio de la Profunda Sabiduría, para que pasen allí la noche. Mañana por la mañana, a lo largo de mi primera audiencia matutina, mandaré abrir el ala oriental del palacio y les ofreceré un magnífico banquete vegetariano de agradecimiento.
Sus órdenes fueron cumplidas al pie de la letra. A la mañana siguiente, en efecto, a la hora de la quinta vigilia, el rey celebró su primera audiencia matinal. En ella dictó una orden en la que se permitía a todos los monjes budistas regresar a la ciudad. Tan benéfica proclama fue hecha pública en todos los caminos, mercados y lugares más concurridos de todo el reino. Como había prometido la noche anterior, en aquella misma sesión mandó preparar un espléndido banquete vegetariano, enviando, al mismo tiempo, la carroza imperial al Monasterio de la Profunda Sabiduría, para que Tripitaka y los suyos pudieran acudir a la cita.
Al oír los monjes que habían logrado escapar con vida que se había promulgado un decreto por el que se les permitía regresar a la ciudad, volvieron a toda prisa sobre sus pasos, con el ánimo de buscar al Gran Sabio Sun, darle las gracias y devolverle los pelos que les había prestado.
Una vez terminado el banquete, el maestro tomó el permiso de viaje directamente de las manos del rey, que, acompañado de la reina, las concubinas y todos los funcionarios, salió a despedirle a las puertas de la ciudad. Allí precisamente se toparon con los monjes que volvían a ella. Emocionados, se echaron rostro en tierra a ambos lados del camino, diciendo:
- Nosotros, Gran Sabio, Sosia del Cielo, somos los monjes que escapamos el otro día del tormento de la carreta. Al oír que habíais terminado con todos los demonios y que el rey había promulgado un edicto permitiéndonos volver a nuestros abandonados monasterios, decidimos regresar a devolveros vuestros pelos y a agradeceros cuanto habéis hecho por nosotros.
- ¿Cuántos habéis vuelto? - preguntó el Peregrino, haciendo auténticos esfuerzos por no soltar la carcajada.
- Quinientos - respondieron ellos -. No falta ni uno solo de los que visteis el otro día.
El Peregrino sacudió ligeramente el cuerpo y recuperó todos los pelos que había prestado. Se volvió a continuación al rey y a cuantos le seguían y afirmó:
- Yo liberé a todos estos monjes, hice añicos la carreta y maté a dos de esos taoístas malvados. Es preciso que comprendáis, después de haber contemplado con vuestros propios ojos lo que aquí ha sucedido, que no hay camino más auténtico que el del Zen. Es preciso que de hoy en adelante no volváis a prestar oídos a falsas doctrinas. Espero, por tanto, que respetéis por igual las tres religiones, porque es de sabios reverenciar a los monjes, estimar a los taoístas y considerar a los hombres de estudio. De esta forma, vuestro reino gozará siempre de paz y su futuro quedará firmemente asegurado.
El rey prometió que así lo haría y, tras dar nuevamente las gracias, escoltó al monje Tang hasta las afueras de la ciudad. En él se había vuelto a cumplir, una vez más, el propósito de tan largo viaje: la incansable búsqueda de los tres cánones, que es una, en realidad, con la de la luz que brilló en este mundo al principio del tiempo.
A partir de aquel momento los Peregrinos reanudaron su rutinaria vida de caminantes, andando de día, descansando de noche, bebiendo cuando los asaltaba la sed, y comiendo cuando caían presa del hambre. Pasó la primavera, el verano llegó a su fin y, de nuevo, hizo aparición el otoño en el palacio de las estaciones. Un día, ya atardecido, el monje Tang tiró de las riendas a su caballo y preguntó a los que le acompañaban:
- ¿Dónde vamos a pasar esta noche?
- Un hombre que ha abandonado la familia no debe hablar como el que no lo ha hecho - le regañó el Peregrino.
- ¿Quieres explicarme de qué manera hablan el uno y el otro? - preguntó Tripitaka.
- En esta época del año - contestó el Peregrino - el que no ha renunciado a la familia disfruta de los placeres de una cama calentita y unas sábanas limpias. Sus hijos se acomodan en su regazo y su esposa se coloca a sus pies. ¿Cómo no va a dormir bien así? Los que hemos renunciado a la familia no podemos, por el contrario, abandonarnos a esos placeres. A nosotros nos arropan la luna y las estrellas, nos alimentamos de los vientos y descansamos junto a los cursos de agua. Nuestro sino es caminar, si existe un camino, y detenernos, cuando éste llega a su fin.
- ¡Cuidado que eres! - le regañó Ba-Chie -. No he conocido a nadie con las ideas tan fijas e inamovibles como las tuyas. ¿Es que no te das cuenta de lo difícil que es transitar por el camino que ahora seguimos? Deberías comprender que llevo encima un fardo muy pesado y que me cuesta muchísimo dar un solo paso. Sería de agradecer tanto, que buscaras algún sitio en el que pasar la noche y recobrar las fuerzas, para poder proseguir mañana el camino. Si no lo haces, ten por seguro que moriré de cansancio.
- Está bien - concluyó el Peregrino -. Si os parece, vamos a andar un poco más, hasta que lleguemos a algún lugar en el que haya casas
Al maestro y a los discípulos no les quedó otro remedio que seguir los pasos del Peregrino. El camino, sin embargo, no les llevó muy lejos, porque al poco tiempo oyeron el ensordecedor ruido de una formidable corriente de agua.
- ¡Se acabó! - exclamó Ba-Chie -. Hemos llegado justamente al final del camino.
- Un torrente nos cierra el paso - comentó el Bonzo Sha.
- ¿Cómo vamos a cruzarlo? - preguntó, preocupado, el monje Tang.
- Primero voy a ver qué profundidad tiene - contestó Ba-Chie.
- No digas tonterías, por favor, Wu-Neng - le regañó Tripitaka -. ¿Cómo vas a averiguarlo?
- Muy sencillo - contestó Ba-Chie -. Cojo una piedra en forma de huevo y la tiro al agua. Si sale espuma, es poco profundo, pero si, al hundirse, hace una especie de sonido burbujeante, es hondo.
- ¿A qué esperas para probar cómo es este torrente? - le increpo el Peregrino.
El Idiota palpó el suelo hasta que dio con una piedra adecuada, tiró al agua y lo único que se escuchó fue un sonido extraño y largo, como el que hacen los peces al respirar, señal inequívoca de que su profundidad era mucha.
- ¡Demasiado profundo! - exclamó, desanimado -. Me temo que no podremos cruzarlo.
- ¿Ese método que has usado es bueno también para averiguar su anchura? - inquirió el monje Tang.
- Me temo que no - contestó Ba-Chie.
- Eso me corresponde a mí - anunció el Peregrino y, dando un salto, se elevó por encima del agua. La luna se reflejaba en el cauce, mientras el firmamento parecía querer hundirse en su extraordinaria profundidad. Era tanto su caudal de agua que en él podían ahogarse cordilleras enteras. Se explicaba, así, que fuera el padre de más de cien ríos. Su impetuosidad sembraba de espuma las márgenes y de altísimas olas el centro de la corriente. Ningún pescador se atrevía a cruzarla. Sólo las garzas osaban abrevar en ella, sabedoras de que su anchura era superior a la de un océano. Así se explicaba que no pudiera verse la orilla opuesta. El Peregrino comprendió inmediatamente que se trataba de una masa de agua realmente formidable y, bajando de las nubes, informó a su maestro:
- Es anchísimo. Tanto que me temo que no vamos a poder cruzarlo. No he podido ver, de hecho, la otra orilla, y eso que, como sabéis poseo unos ojos de fuego y unas pupilas de diamante, que me permiten distinguir el bien del mal a una distancia de más de mil kilómetros durante el día, y de cuatrocientos a quinientos durante la noche. Pese a todo, no puedo deciros con certeza la anchura real de este río.
Durante un rato bastante largo Tripitaka fue absolutamente incapaz de decir una sola palabra. Sacó, finalmente, fuerzas de flaqueza y suspiró:
- ¿Qué podemos hacer? - y las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas.
- No lloréis, por favor - le aconsejó el Bonzo Sha -. Mirad hacia aquella parte. ¿No es un hombre aquello que se ve allí?
- Es imposible que sea un pescador - comentó el Peregrino -. Lo mejor es que me acerque a él y le haga unas cuantas preguntas.
Cogió la barra de hierro y se lanzó hacia donde estaba lo que parecía ser un hombre. Cuando estuvo cerca, comprobó que los tres se habían equivocado. Lo que creían pescador no era más que una laja de piedra en la que se aparecían escritas tres letras enormes y, bajo ellas, dos filas de escritura más pequeña. Aquéllas decían: «El Río-que-llega-hasta-el-Cielo», y éstas: «Posee una anchura de más de ochocientos kilómetros, que muy pocos han logrado cruzar».
- ¡Acercaos, maestro! - gritó el Peregrino.
- ¡No! - exclamó Tripitaka, al leerlo, rindiéndose al llanto -. Cuando salí de Chang-An, pensé que el camino hacia el Paraíso Occidental era fácil. Ahora sé que no es así. ¿Cómo iba a haber anticipado yo entonces la cantidad de obstáculos que habría de vencer, el número de monstruos a los que habría de enfrentarme, la interminable secuencia de ríos y cordilleras que habría de cruzar?
- Escuchad con atención - sugirió Ba-Chie -. ¿No oís batir de tambores y resonar de címbalos? Por fuerza tiene que haber por aquí cerca una familia piadosa, que haya ofrecido  un  banquete  a  los  monjes  que  moran  por  los  alrededores.  Opino  que deberíamos llegarnos hasta su puerta y preguntarles si existe alguna manera de vadear este río. Lo haremos mañana mismo, en cuanto hayamos dado cuenta de media docena de platos vegetarianos.
Tripitaka aguzó cuanto pudo el oído y escuchó, de hecho, los sonidos que Ba-Chie le había anunciado.
- Tienes razón - comentó, más animado -. Ésos no son instrumentos taoístas. Muy cerca de aquí debe de estar celebrándose un oficio budista. Soy de la misma opinión que tú. Acerquémonos a echar un vistazo.
El Peregrino tomó de las riendas el caballo y se dirigieron todos hacia el lugar de donde parecía provenir la música. No existía camino alguno, sino una sucesión interminable de arenales. Pese a todo, no tardaron en ver un grupo de casas bien construidas. Edificadas entre el río y las colinas cercanas, su número oscilaba entre cuatrocientas o quinientas. Tanto las puertas de las cercas como de los huertos parecían estar firmemente cerradas. Nadie turbaba el sueño de las garzas, que descansaban en parejas entre las dunas, mientras los pájaros que anidaban en los sauces dejaban escapar sus tristes trinos. Los instrumentos  musicales  habían  enmudecido  de  pronto  y  ni  siquiera  se  oía  el característico ruido de las mujeres realizando las tareas caseras. A la luz de la luna se estremecían las plumas de las oropéndolas, mientras el viento batía los juncales. Un perro ladraba a lo lejos, escondido entre las cercas que separaban los campos. Un viejo pescador dormía en su barca, mecido por la oscuridad, casi absoluta en aquel punto, y el plácido silencio de la noche. La luminosidad de la luna la hacia parecerse a un enorme espejo colgado del cielo. Desde el oeste el viento traía el aroma de mil flores acuáticas recién florecidas.
Al desmontar, Tripitaka vio una casa junto a un camino, ante la que se levantaba un mástil con un estandarte. Su interior estaba profusamente iluminado con velas y lámparas, y se percibía un fuerte olor a incienso.
- Lo que tenemos ante nosotros - dijo Tripitaka, dirigiéndose a Wu-Kung - es, ciertamente, mucho mejor para descansar que el abrigo de una montaña o el recodo de un río. Hasta debajo de los aleros podemos encotrar cobijo contra el frío de la noche y el temor de las bestias. Quedaos aquí, mientras yo voy a pedir alojamiento al dueño de casa. Si nos lo concede, os llamaré, pero, si se niega, os ruego no hagáis contra él ningún desaguisado. En cualquiera de los dos casos, es preciso que no os dejéis ver hasta que yo os lo diga. Sois bastante feos y me temo que puedan asustarse mucho al veros. Recordad que, si no nos portamos bien con esta gente, no tenemos ninguna otra puerta a la que llamar y deberemos pasar la noche al sereno.
- Tenéis razón - reconoció el Peregrino -. Id, maestro. Nosotros nos quedaremos aquí, esperándoos.
Tras quitarse el sombrero de bambú y sacudirse un poco el polvo, el maestro se llegó hasta la puerta de la casa con el báculo monacal en las manos. Encontró la puerta entornada, pero no se atrevió a trasponerla sin permiso. Se quedó, pues, esperando, indeciso. Afortunadamente, al poco tiempo apareció un anciano. Llevaba al cuello un collar de cuentas y no paraba de repetir el nombre de Buda, mientras caminaba. Al ver que el anciano se disponía a cerrar la puerta, el maestro juntó a toda prisa las manos a la altura del pecho y dijo, a manera de saludo:
- Esperad, anciano. Me gustaría presentaros mis respetos.
- Llegas tarde - afirmó el anciano, devolviéndole el saludo.
- ¿Qué queréis decir? - inquirió, sorprendido, Tripitaka.
- Que no conseguirás nada, porque llegas tarde - explicó el anciano -. Si hubieras llegado antes, habrías participado en el convite que teníamos preparado para los monjes. Además, después de saciarte, te habríamos entregado tres onzas más de arroz, una pieza de paño blanco y diez sartas de monedas de cobre. ¿Cómo se te ha ocurrido venir tan tarde?
- Este humilde monje, señor, no ha venido aquí a comer - confesó Tripitaka, inclinándose con respeto.
- ¿Entonces a qué has venido? - inquirió el anciano.
- Soy un enviado del Gran Emperador de los Tang, Señor de las Tierras del Este, y me dirijo hacia el Paraíso Occidental en busca de escrituras - contestó Tripitaka -. Al pasar por aquí, se hizo de noche y creímos oír ruido de tambores y de címbalos. Al llegar aquí, comprobamos que provenían de vuestra casa y decidimos acercarnos a pedir alojamiento. Proseguiremos nuestro camino mañana por la mañana, nada más amanecer.
- Un hombre que ha renunciado a la familia no debería mentir - le regañó el anciano, sacudiendo la mano -. Hay alrededor de cincuenta cuatro mil kilómetros entre este lugar y el Reino de los Gran Tang, en las Tierras del Este. ¿Cómo ha podido cubrirlos una persona sola?
- Se nota que sois perspicaz y buen observador - comentó Tripitaka -. Pero no he hecho el viaje solo. Conmigo viajan tres discípulos tan bien dispuestos y apañados que no han dudado en abrir caminos a través de las montañas ni en construir puentes sobre los ríos, para que yo pudiera proseguir mi camino. A ellos les debo, en realidad, que hoy me encuentre aquí.
- ¿Por qué no se han acercado tus discípulos? - volvió a preguntar el anciano -. Invítalos a entrar, anda. Mi casa es lo suficientemente espaciosa para cobijaros a todos.
Tripitaka se dio la vuelta y gritó:
- ¡Acercaos!
Como el Peregrino poseía una naturaleza muy impulsiva, Ba-Chie no entendía de educación y el Bonzo Sha era muy impetuoso, en cuanto oyeron la voz del maestro, se lanzaron como un tifón hacia la casa, arrastrando el caballo y el equipaje. Al verlos, el anciano sintió tal pánico que se cayó al suelo de susto, gritando como un loco:
- ¡Monstruos! ¡Acaban de llegar unos monstruos!
- No tengáis miedo, señor - se apresuró a decir Tripitaka, ayudándole a levantar -. No son monstruos, sino mis discípulos.
- ¿Cómo puede tener un maestro tan guapo como tú unos discípulos tan feos como ésos? - replicó el anciano, temblando de pies a cabeza.
- Es posible que no sean muy agraciados - reconoció Tripitaka -, pero os aseguro que son auténticos maestros a la hora de domar tigres, dominar dragones, atrapar monstruos y capturar demonios.
Sin creer del todo lo que oía, el anciano se apoyó en el monje Tang y se dirigió con paso lento hacia la casa. Los tres acompañantes, mientras tanto, habían llegado al salón principal de la casa, tirando el equipaje donde buenamente pudieron y atando el caballo de mala manera. Varios monjes se encontraban en aquel mismo momento recitando sutras. Ba-Chie alargó el hocico y les gritó sin ningún respeto:
- ¡Eh monjes! ¿Se puede saber qué sutras estáis recitando?
Los religiosos levantaron la cabeza al mismo tiempo y vieron que uno de los recién llegados tenía un morro muy saliente, unas orejas enormes, una constitución más bien fuerte, unos hombros llamativamente anchos y una voz que recordaba a un trueno. Los otros dos eran aún más feos que él. Pese a todo, ninguno de los monjes allí presentes cedió al pánico. Al contrario, continuaron sus recitados, como si nada hubiera pasado, hasta que hubieron concluido los rezos y el que los dirigía dio la orden de parar. Sucedió entonces algo inesperado. Se levantaron a toda prisa, dejando los tambores, los címbalos y las imágenes de Buda a su suerte, y corrieron, como locos, hacia las puertas. Su prisa por salir era tal que tropezaban unos con otros, haciendo más difícil todavía la huida. Para colmo de males, se apagaron de pronto las antorchas y muchos cayeron al suelo, golpeándose la cabeza como calabazas que hubieran perdido su soporte. Se pasó, así, de una situación de profundo recogimiento a otra de gran alboroto y confusión. Al ver los Peregrinos aquel caos inesperado, empezaron a aplaudir, soltando unas carcajadas tan sonoras que los monjes creyeron llegada su hora. Aterrorizados, huyeron en todas las direcciones, desapareciendo todos en un abrir y cerrar de ojos. Cuando Tripitaka y el anciano llegaron al salón, lo encontraron totalmente vacío y a oscuras, aunque todavía resonaban en él los salvajes gritos de los tres hermanos en religión.
- ¡Maleducados! - los regañó el monje Tang -. No comprendo cómo podéis ser tan inconscientes. ¿No os recuerdo, acaso, todos los días que es preciso respetar las normas de educación y los dictados de etiqueta? Con razón decían los antiguos: «¿No es de sabios ser virtuosos, aunque se carezca de instrucción? ¿No es de nobles alcanzar la virtud, después de haber dominado las enseñanzas? ¿No es de estúpidos comportarse de espaldas a la virtud, después incluso de haber sido doctrinado?». La forma en que os habéis portado pone de manifiesta vuestra estupidez y vuestra total carencia de principios. ¿Qué es eso de meterse a saco en casa ajena? ¿Por qué habéis asustado a esos monjes, obligándolos a abandonar sus recitados de sutras y a huir despavoridos, como si se hubieran topado con un demonio? ¿No os dais cuenta de que habéis echado a perder una buena acción, poniéndome a mí en una situación muy difícil?
El maestro habló con tanta vehemencia que ninguno se atrevió a pronunciar una sola palabra. Eso terminó convenciendo al anciano de que aquellos seres tan repugnantes eran, realmente, sus discípulos. Se volvió, pues, hacia Tripitaka y le dijo inclinando levemente la cabeza:
- No importa. La ceremonia había concluido ya y es natural que las antorchas estén apagadas.
- En ese caso - concluyó Ba-Chie -, ¿a qué esperáis para sacarnos algo de comer? Cuanto antes lo hagáis, antes nos iremos a dormir.
- ¡Luces! - ordenó el anciano -. ¡Traed luces al salón!
Al poco rato aparecieron unos cuantos familiares, que le regañaron, diciendo:
- ¿A qué viene pedir luces, cuando el salón está lleno de velas? Nosotros mismos las sacamos, para que pudiera celebrarse el servicio religioso.
Pero, al llegar al salón algunos de los criados, lo encontraron sumido en la más absoluta oscuridad. Eso los hizo volver a toda prisa en busca de hachones y teas. Al ver a Ba-Chie y al Bonzo Sha, sintieron tal terror que los dejaron caer al suelo, huyendo, despavoridos, al tiempo que gritaban:
- ¡Monstruos! ¡Ahí dentro hay monstruos!
El Peregrino cogió una de las antorchas y encendió las lámparas y velas. Tomó después una silla y, colocándola justamente en el centro del salón, invitó a Tripitaka a tomar asiento. Él y los otros se sentaron a su lado, mientras el anciano lo hacía justamente enfrente. Apenas habían tomado asiento, cuando oyeron abrirse una puerta interior y vieron aparecer a otro anciano con un bastón. Muy furioso, pregunto a los recién llegados:
- ¿Qué clase de monstruos sois vosotros, para atreveros a entrar, sin más ni más, en la casa de una familia virtuosa?
El anciano que estaba sentado se levantó a toda prisa y, dirigiéndose hacia él, le llevó detrás de unos biombos y le dijo:
- No es necesario mostrarse tan enfadado. Ésos no son monstruos sino arhats enviados por el Gran  Emperador de los Tang al Paraíso Occidental en busca de escrituras. Aunque su aspecto es, ciertamente horroroso, su corazón es de lo más sensible que imaginarse pueda.
Sólo entonces el otro anciano bajó el bastón y saludó con respeto a los recién llegados, tomando asiento, también él, en la parte delantera del salón.
- Sacad algo de té y preparadnos una comida vegetariana - ordenó con la cabeza vuelta hacia el interior de la casa.
Hubo de repetir varias veces la orden, antes de que aparecieran, temblando de pies a cabeza, los criados. Estaban tan asustados que no se atrevían a acercarse a los caminantes. Ba-Chie se volvió entonces al anciano y le preguntó:
- ¿Qué andan trajinando por ahí vuestros criados?
- Les he ordenado que preparen algo de comer - contestó el anciano.
- ¿Cuántos van a encargarse de servirnos? - volvió a preguntar Ba-Chie.
- Ocho - respondió el anciano.
- ¿A cuántos van a servir esos ocho? - inquirió Ba-Chie, una vez más.
- ¿Cómo que a cuántos? - exclamó el anciano -. A ustedes cuatro.
- Permitidme deciros algo realmente importante - susurró Ba-Chie -. El maestro sólo necesita una persona; ese otro con la cara cubierta de pelos y el aspecto de un dios del trueno, dos; aquel de allí de aspecto raro, ocho; y, en lo que a mí respecta, no menos de veinte.
- Si no os he entendido mal - concluyó el anciano -, estáis tratando de decirme que poseéis un apetito extraordinario.
- Sí, sí, algo así - reconoció Ba-Chie.
- No os preocupéis por eso - le tranquilizó el anciano -. En esta casa hay gente más que suficiente - de hecho, salieron a servirlos más de treinta personas de todas las edades. Todos parecían sentirse más tranquilos, ahora que veían a los dos ancianos hablar tranquilamente con aquellos a los que acababan de considerar peligrosísimos monstruos. La mesa fue colocada justamente en el centro del salón, correspondiéndole al monje Tang  el  lugar  de  honor. A ambos lados se dispusieron otras dos mesas  para  sus discípulos, mientras que los ancianos ocuparon otra frente a ellos. Lo primero que se sirvió fueron frutas y verduras, a las que siguieron varios platos condimentados a base de arroz, sopa y fideos. En cuanto todo estuvo distribuido por las mesas, el monje Tang cogió los palillos y recitó el «Sutra para romper el ayuno». El Idiota era un engullidor formidable y, antes de que el maestro hubiera concluido sus rezos, cogió un cuenco de madera lacada, lo llenó de arroz hasta el mismo borde y lo engulló de un solo bocado. Lo hizo con tal fruición que no quedó ni un solo grano.
- ¡Cuidado que sois fino! - exclamó uno de los criados -. ¿Por qué no habéis cogido unos bollos al vapor, si tanto deseabais meteros algo por la manga? Un cuenco de arroz es mucho más difícil. Eso sin contar con que os pondrá perdida la ropa.
- Yo no me he metido nada por la manga - confesó Ba-Chie riéndose -. Me lo he comido.
- No lo creo - comentó el criado -. ¿Cómo vais a habéroslo comido, si ni siquiera habéis movido la boca?
- Yo jamás miento, muchacho - afirmó Ba-Chie -. Si digo que me lo he comido, es que así ha sido. Si no me crees, voy a hacerte otra de demostración.
El criado cogió de nuevo el cuenco, lo llenó de arroz y se lo entregó a Ba-Chie. El Idiota movió ligeramente la mano y se tragó el arroz de un golpe. Al verlo, los criados gritaron, entusiasmados:
- ¡Por fuerza vuestra garganta debe de estar hecha de baldosines y ser extremadamente suave! De lo contrario, no podríais hacer semejantes portentos.
Antes de que el monje Tang hubiera terminado de recitar un nuevo sutra, el Idiota había ya dado buena cuenta de cinco o seis cuencos de arroz. Los otros dos se portaron un poco  mejor  y  esperaron  al  maestro  para  empezar a comer. Al Idiota no parecía importarle que fueran frutas, arroz o verduras lo que se llevaba a la boca. Lo engullía a una velocidad portentosa y exigía con ademán autoritario:
- ¡Dadme más arroz! ¿Se puede saber dónde os habéis metido?
- No comas tanto - le aconsejó el Peregrino -. Lo que nos hemos llevado a la boca es mucho más de lo que hubiéramos comido, de habernos quedado a descansar en algún recodo  de  la  montaña.  Es  aconsejable,  además,  quedarse  siempre  con  un  poco  de hambre.
- A mí eso no me preocupa - contestó Ba-Chie -. Con razón dice el proverbio: «Un monje mal alimentado es mucho peor que muerto».
- Llevaos esta comida y no os preocupéis de él - pidió el Peregrino a los criados.
- A decir verdad - comentaron los dos ancianos -, si fuera de día, no nos importaría dar de comer a cien monjes tan gordos y glotones como vuestro hermano. Pero es ya un poco tarde y sólo hemos preparado una hornada de pastelitos, cinco toneles de arroz cocido y unas docenas de platos vegetarianos. Cuando llegasteis, nos disponíamos a invitar a unos cuantos vecinos a que compartieran todo eso con los monjes, pero estos huyeron, presa del pánico, y no nos atrevimos a pedir a nadie que viniera, por temor a que ocurriera lo mismo. Os hemos servido, pues, todo lo que teníamos preparado. Si aún tenéis hambre, podemos ordenar que saquen algo más.
- Sí, sí. ¡Hacedlo! - se apresuró a decir Ba-Chie.
En cuanto hubieron terminado de comer, retiraron todas las mesas y las sillas. Tripitaka se levantó entonces de su asiento, se inclinó ante los dos ancianos en señal de gratitud, y les preguntó:
- ¿Podéis decirnos cómo os llamáis?
- Yo me apellido Chen - contestó uno de ellos.
- Poseemos los mismos antepasados - dijo Tripitaka, juntando las manos a la altura del pecho.
- ¿Así que vos también os apellidáis Chen? - exclamó el anciano.
- Exactamente - respondió Tripitaka -. Ése es el apellido que llevaba cuando pertenecía al siglo. ¿Puedo preguntaros qué clase de servicio religioso acabáis de celebrar?
- ¿Por qué preguntáis eso? - le echó en cara Ba-Chie -. ¿Es que sois incapaz de colegirlo vos mismo? Por fuerza ha tenido que ser algún oficio por una buena cosecha, o por la paz, o por la pronta y feliz conclusión de un edificio cualquiera. ¿Qué otra cosa puede impetrar un hombre del cielo?
- Me temo que no habéis acertado - dijo el anciano.
- ¿De verdad no ha sido por nada de eso? - inquirió Tripitaka.
- No, no - contestó el anciano -. Se ha tratado, simplemente, de un oficio previo de difuntos.
- ¡Cuidado que sois ingenuo, abuelo! - exclamó Ba-Chie, riendo con tanta fuerza que apenas podía estarse quieto en el sitio -. ¿Acaso desconocéis que somos auténticos maestros en el arte de las mentiras a medias y los embustes descarados? ¿Cómo creéis que ibais a engañarnos con ese nombre que habéis usado? Somos monjes y conocemos a la perfección toda clase de oficios religiosos. Eso nos faculta para afirmar con una seguridad  plena  y  absoluta  que  existen  servicios  previos  a  la  presentación  de  una ofrenda votiva, pero no a una defunción. Eso sin contar con que últimamente no ha muerto nadie en vuestra casa. ¿Cómo podéis haber celebrado un oficio de difuntos?
- ¡Vaya! - se dijo el Peregrino, satisfecho -. Se ve que este Idiota va aprendiendo a sacar conclusiones a pasos agigantados.
Se volvió después hacia el anciano y le dijo:
- Debéis de estar confundido, abuelo. ¿Queréis explicarnos qué es eso de un oficio previo de difuntos?
En vez de responder directamente, los dos ancianos se inclinaron con respeto y preguntaron, a su vez:
- ¿Por qué os desviasteis del camino principal, para llegar hasta nuestra casa?
- Porque nos topamos con un gran curso de agua que nos impidió seguir adelante - contestó el  Peregrino  -. Cuando estábamos cavilando sobre cómo cruzarlo oímos sonidos de tambores y de  címbalos y dejándonos  guiar  por  ellos,  llegamos  hasta vuestra puerta.
- ¿Visteis algo, al acercaros al agua? - insistió el anciano.
- Sí - reconoció el Peregrino -, un monumento de piedra, en el que se decía, grabado en letras muy grandes: «El-Río-que-llega-hasta-el-cielo»; y en otras un poco más pequeñas: «Posee una anchura de más de ochocientos kilómetros, que muy pocos han logrado cruzar». Eso es todo.
- Si os hubierais alejado del monumento un kilómetro, más o menos - aclaró el anciano-, os habríais topado con el Templo del Gran Rey del Poder Milagroso. No lo visteis, ¿verdad?
- No - contestó el Peregrino -. ¿Podéis explicarnos qué es eso del Poder Milagroso?
- ¡Oh, respetables monjes! - exclamaron a la vez los dos ancianos con el rostro cubierto de lágrimas -. Ese Gran Rey del que os hemos hablado disponía del suficiente poder para forzar a toda la región a construir ese santuario, y era lo bastante milagroso para hacer llegar sus bendiciones a todo tipo de gentes, tanto a las que habitan por aquí como a las que moran más lejos. De hecho, a todos nos hacía llegar la lluvia mes tras mes, y las bendiciones celestes año tras año.
- Todo eso está muy bien - admitió el Peregrino -. Pero ¿por que parecéis tan abatidos, cuando habláis de ello?
- A pesar de todos los favores que nos hace - contestaron los ancianos, suspirando y golpeándose el pecho -, es también demasiado cruel con nosotros. Incluso cuando está de buenas, mata a la gente. Le encanta, de hecho, devorar jovencitos y jovencitas. Se ve que no es un dios alcanzado por la iluminación, y que posee una mente un tanto extraña.
- ¿Así que decís que le gusta devorar jovencitos y jovencitas? - repitió el Peregrino.
- Exactamente - asintieron los ancianos.
- Me figuro que ahora le toca a vuestra familia hacerle esa ofrenda tan monstruosa, ¿no es así? - preguntó el Peregrino.
Habéis  acertado  de  lleno - contestaron  los ancianos -. Alrededor  de  cien  familias vivimos en este pueblo, perteneciente al condado de Yüan-Hwei del Reino de la Carreta Lenta, y que es conocido como Pueblo de los Chen. Cada año el Gran Rey nos exige el sacrificio de un joven y una joven que no hayan contraído matrimonio, junto con una gran cantidad de ganado y ovejas. Cuando se ha hartado a su gusto, podemos estar seguros de que tendremos la lluvia a su debido tiempo. Pero, si nos negamos a presentarle el sacrificio que acabamos de deciros, vuelve sobre nosotros todo su furor, cubriéndonos de desgracias y calamidades.
- ¿Cuántos hijos tenéis? - volvió a preguntar el Peregrino.
- ¡Vaya, hombre! - exclamó el más anciano de los dos, golpeándose el pecho -. Hablar de hijos nos hace enrojecer de vergüenza. Mi hermano, aquí presente, se llama Chen-Ching, y yo, Chen-Cheng. Aunque él tiene cincuenta y ocho años y  yo sesenta y tres, la suerte no nos ha favorecido en el campo de los hijos. Como no tenía ninguno, al cumplir los cincuenta tanto mis parientes como mis amigos me urgieron que tomara en mi  casa  una  concubina.  Yo  no  era  muy  partidario  de  eso,  pero,  al  final,  terminé cediendo y tuve una niña, a la que puse el nombre de Carga de Oro. No hace mucho acaba de cumplir los ocho años.
- ¡Vaya nombre más caro! - exclamó Ba-Chie -. ¿Por qué se lo pusisteis?
- Dado que durante muchísimos años no tuve ningún hijo - explicó el anciano -, me dediqué a la reparación de puentes y caminos, a la construcción de pagodas y templos, y al cuidado de los monjes. De todo ello llevé una cuenta detallada, comprobando, en el momento de nacer mi hija, que había gastado exactamente treinta kilos de oro. Ahora, treinta kilos constituyen, en realidad, una carga, de ahí que le pusiera ese nombre.
- ¿Vuestro hermano no tiene ningún hijo? - preguntó, una vez más, el Peregrino.
- Sí, tiene uno, que le dio también una concubina - respondió el anciano -. Se llama Chen Kwan-Bao y acaba de cumplir los siete años.
- ¿Por qué le pusisteis ese nombre? - inquirió el Peregrino
- Nuestra familia - explicó el anciano - siempre ha reverenciado al gran protector Kwan y, como estamos convencidos de que es niño lo obtuvimos por su mediación, quisimos que llevara su mismo nombre. Es triste comprobar que, aunque entre mi hermano y yo sumamos más de ciento veinte años, sólo tenemos dos niños para perpetuar el nombre de nuestra familia. Lo malo es que este año nos ha tocado a nosotros hacer el sacrificio al Gran Rey. Por supuesto, no nos atrevemos a negarnos, pero, al mismo tiempo, nos duele sobremanera renunciar a esos niños, que tanto trabajo nos ha costado conseguir. A ellos precisamente iba dedicado el oficio que hemos celebrado hoy y que, por obvias razones, hemos dado en llamar servicio previo de difuntos.
Tripitaka no pudo evitar que las lágrimas fluyeran, abundantes por sus mejillas, al tiempo que decía:
- Vuestra situación es como la que describe el proverbio que afirma: «En vez de las ciruelas maduras, son las verdes las que se caen del árbol. ¡Cuan oneroso es el peso que el Cielo coloca sobre los hombros de un hombre sin hijos!».
- Permitidme hacerle unas cuantas preguntas más - dijo el Peregrino, sonriendo -. ¿Qué tal son las propiedades que tenéis, abuelo?
-  Bastante  grandes  -  contestaron  los  dos  ancianos  al  tiempo  -.  Poseemos  más  de setecientos cincuenta acres de tierra de regadío y más de mil de secano. Eso sin contar los terrenos dedicados a pastos, que superan los noventa, trescientos carabaos, alrededor de treinta caballos y mulas, e incontables ovejas, cerdos, patos y gansos. En nuestros almacenes guardamos más grano del que podemos comer y más tela de la que podemos vestir. Como veis, nuestras propiedades, sin ser excesivas, son considerables, lo mismo que nuestra riqueza.
- ¡No comprendo cómo, teniendo tanto, podéis ser tan tacaños! - exclamó el Peregrino.
- ¿Qué os hace pensar eso? - le increpó uno de los ancianos.
- ¿Cómo permitís, con tantas riquezas, que sean sacrificados vuestros hijos? - insistió el Peregrino -. ¿Por qué no os desprendéis de cien libras de plata y adquirís un muchacho y una muchacha, que ocupen el lugar de los niños? Por menos de doscientas libras de plata, incluidos todos los gastos, podéis asegurar tranquilamente el futuro de vuestra familia.
- Desconocéis una cosa - replicaron los ancianos, arreciando en su llanto -: ese Gran Rey está al tanto de todo cuanto ocurre. Por otra parte, es normal, teniendo en cuenta que viene con frecuencia a visitarnos.
- Eso es, francamente, interesante - comentó el Peregrino -. ¿Podéis decirme cómo es?
- Nunca le hemos visto la cara - contestaron los dos ancianos -. Sabemos que está entre nosotros, porque siempre le precede una brisa aromática. Ésa es la señal que nos brinda, para quemar a toda prisa enormes cantidades de incienso e inclinarnos de cara al viento. Es tan sagaz que conoce a todas las familias de este lugar, recordando, incluso, el día y la hora de nuestros nacimientos. ¿Cómo vamos a engañarle, si sabe sobre nosotros más que nosotros mismos? ¡Ojalá pudiéramos desprendernos de doscientas o trescientas libras y vernos, así, libres de su perspicacia! ¿Comprendéis ahora por qué nos es imposible adquirir, al precio que sea, sustitutos para nuestros hijos?
- Vuestra situación es, ciertamente, complicada - comentó el Peregrino -. ¿Podrías sacar a vuestro hijo? Me gustaría conocerle.
Chen-Ching se retiró al interior de la casa y regresó al poco rato, acompañado de Kwan-Bao. Era un niño normal, absolutamente ignorante de la terrible desgracia que estaba a punto de abatirse sobre su cabeza. Traía las mangas llenas de caramelos y frutas escarchadas, masticaba sin cesar con manifiesta delectación. Al verle, el Peregrino le llevó al punto más luminoso que había en el salón, le miró con detenimiento y, tras recitar un conjuro y sacudir ligeramente el cuerpo, se convirtió en su copia exacta. El anciano estaba tan desconcertado que cayó al suelo de hinojos, exigiendo al monje Tang a grandes voces:
- ¡Decidme cuál de estos dos es mi hijo! ¡Es increíble! ¿Cómo ha podido ese discípulo vuestro transformarse en mi hijo, si estaba hablando tranquilamente con nosotros? Si hablo a uno, los dos me responden lo mismo. ¡Somos indignos de contemplar tales portentos! Ordenad a vuestro discípulo que vuelva a manifestarse tal cual es. ¡Os lo pide un padre desconcertado y a punto de perder el juicio!
El Peregrino satisfizo al punto los deseos del anciano, pasándose simplemente la mano por la cara. Eso hizo que el viejo exclamara, maravillado:
- ¡Sois realmente asombroso!
- ¿Me parecía a vuestro hijo? - preguntó el Peregrino, sonriendo.
- Erais clavado a él - respondió el anciano -. Poseíais sus mismos rasgos, su misma voz, sus mismas ropas y hasta su misma altura.
- Así es - confirmó el Peregrino -. Pero vuestras observaciones se han mantenido en el campo de la mera superficialidad. Sacad un peso y veréis que no nos diferenciamos en un solo gramo.
- ¡Extraordinario! - volvió a exclamar el anciano, comprobando que era verdad -. ¡Vuestro peso es idéntico!
- ¿Creéis que podría servir para el sacrificio? - inquirió, una vez más, el Peregrino.
- Sin lugar a dudas - contestó el anciano -. Nadie se daría cuenta del cambio, eso seguro.
- En ese caso - concluyó el Peregrino -, cambiaré de buena gana mi vida por la de vuestro hijo. Eso os permitirá conservar vuestro apellido durante generaciones y generaciones. Estoy dispuesto a ser ofrecido a ese Gran Rey del que me habéis hablado.
- Si hacéis eso - dijo el anciano, golpeando repetidamente el suelo con la frente -, donaré al monje Tang más de mil libras de plata pura, para que pueda llegar sin ningún contratiempo al Paraíso Occidental.
- ¡Eh, eh, un momento! - replicó el Peregrino -. ¿Es que no pensáis agradecérmelo a mí?
- ¿Para qué? - contestó el anciano -. Si vais a ocupar el lugar de mi hijo, estaréis totalmente acabado.
- ¿Qué queréis decir con eso de acabado? - inquirió el Peregrino.
- Que el Gran Rey os devorará, como si fuerais un pollo - contestó el anciano.
- Sí se atreve a hacerlo, ya veréis lo que le ocurre - amenazo el Peregrino.
- ¿Queréis decir que no va a comeros, porque sois un poco duro? - preguntó el anciano, sin comprender.
- En fin, dejémoslo - aconsejó el Peregrino -. Si logra devorarme, moriré mucho antes de lo que tenía pensado. Pero no os preocupéis. He prometido ocupar el lugar de vuestro hijo y así pienso hacerlo.
Desconcertado, Chen-Ching no sólo arreció en sus saludos, sino que además prometió dar otras quinientas libras de plata extra a cada uno de los monjes, si la cosa salía como se esperaba. Chen-Cheng, por su parte, se retiró detrás del biombo y comenzó a llorar, desconsolado.
Comprendiendo el motivo de su pena, el Peregrino se llegó hasta él y, tirándole de la manga, dijo:
- Veo que no participáis de la alegría de vuestro hermano, de lo que deduzco que estáis preocupadísimo por la suerte que va a correr vuestra hija. ¿No es así?
Chen-Cheng asintió con la cabeza y cayendo de hinojos, respondió:
- No puedo renunciar a ella, maestro. Debería estaros agradecido por cuanto vais a hacer por mi sobrino, pero la verdad es que sólo tengo a esa niña y me moriré de pena, cuando la haya perdido. ¿Comprendéis ahora mi dolor? Renunciar a ella es renunciar a mí mismo.
- Id a toda prisa y preparad cinco toneles de arroz - le urgió el Peregrino -. Añadid unos cuantos platos vegetarianos y ofrecédselo todo a ese hermano mío del morro saliente. En cuanto haya dado buena cuenta de ello, pedidle que se transforme en vuestra hija. De esa forma, los dos niños continuarán viviendo y nosotros veremos ampliada nuestra fama, ¿qué os parece?
- Tú puedes hacer con tu vida lo que te dé la gana - replicó Ba-Chie, dirigiéndose al Peregrino -. Pero no tienes ningún derecho a arrastrarme a mí en tu loca aventura.
- ¡Vamos, vamos! - contestó el Peregrino -. El proverbio dice que «hasta los pollos sólo comen lo que valen». Desde que has puesto los pies en esta casa, no has hecho otra cosa que zampar. ¿Cómo puedes negarte ahora a echar una mano al que te ha alimentado sin reparar en gastos?
- Comprendo tu punto de vista - reconoció Ba-Chie -. Pero yo no soy ningún maestro en el arte de las transformaciones.
- ¿Qué quieres decir? - exclamó el Peregrino -. Yo sé bien que dominas treinta y seis metamorfosis.
- Wu-Kung tiene razón - dijo Tripitaka, terciando en la conversación -. No hay causa más justa que la que acaba de proponerte. Es cierto lo que afirma el proverbio, cuando dice: «Salvar una sola vida es más valioso que erigir una pagoda de más de siete pisos». En primer lugar, deberíamos agradecer a estos ancianos cuanto han hecho por nosotros, y, en segundo, es obligación nuestra acumular cuantos méritos nos sea posible. La noche es fría y no tenéis nada que hacer. Opino que lo que mejor podéis hacer es divertiros un rato.
- ¡¿Cómo podéis decir eso, maestro?! - protestó Ba-Chie -. No niego que puedo convertirme en una montaña, en una roca, en un árbol, en un elefante, en un carabao, y hasta en un tipo fornido. Pero me es imposible metamorfosearme en una niña.
- No le creáis - dijo el Peregrino a Chen-Cheng - y sacad a vuestra hija.
El anciano corrió al interior de la casa y al poco rato regresó con Carga de Oro, su esposa, sus concubinas y toda la familia. Antes de que los monjes pudieran decir algo, las mujeres se echaron a sus pies suplicándoles, entre gritos y sollozos, que salvaran la vida de la niña La muchacha lucía en la cabeza una diadema de perlas, esmeraldas y otras  piedras  preciosas,  vestía  una  túnica  de  seda  roja  ribeteada  de  amarillo,  y  se protegía contra el frío con una capa de raso verde con el cuello blanco y negro. Su falda era de seda, con flores rojas estampadas, y sus pantalones había sido tejidos con hilos de oro. Calzaba unas zapatillas de esparto de color rosa y, como hiciera su primo, venía masticando caramelos y fruta.
- Aquí tienes a la niña - dijo el Peregrino, dirigiéndose a Ba-Chie -. Mírala bien y transfórmate inmediatamente en ella, para que podamos ser sacrificados.
- ¡No puedo hacerlo! - protestó Ba-Chie -. Es demasiado fina y delicada para mí.
- ¡Vamos, date prisa! - le urgió el Peregrino -. No querrás que te pegue una paliza, ¿verdad?
- No me pegues, por favor - le suplicó Ba-Chie, temblando de pies a cabeza -. Voy a probar a ver lo que pasa.
El Idiota recitó un conjuro y sacudió varias veces la cabeza,     gritando sin cesar «¡transfórmate!», pero, aunque consiguió reproducir el rostro de la muchacha, no logró repetir la delicadeza y la gracia de su cuerpo. Parecía imposible dominar su terrible barrigón.
- ¡Inténtalo otra vez! - le urgió el Peregrino, soltando la carcajada.
- No puedo hacerlo - se defendió Ba-Chie -. ¿Es que no lo ves? Pégame, si quieres. ¡Esto supera, simplemente, mis fuerzas!
- ¡No puedes ir por ahí con el rostro de una muchacha y el cuerpo de un monje! - exclamó el Peregrino -. ¡Todo el mundo se reiría de ti¡ ¿No lo comprendes? ¡Así no serías ni hombre ni mujer! Anda, adopta la postura de la estrella y veré qué puedo hacer por ti.
Sopló una bocanada de aire mágico sobre Ba-Chie y su cuerpo adquirió la delicada frescura del de una niña. Solventado ese problema, el Peregrino dijo a los dos ancianos:
- Llevaos adentro a vuestros hijos, para que no nos confundamos. Si no lo hacéis, este hermano mío es capaz de escabullirse hasta su habitación y hacerse pasar por quien no es. Para evitar problemas, os aconsejo que deis a los niños todos los caramelos y frutas que quieran y, sobre todo, procurad que no lloren. No quiero que ese Gran Rey sospeche nada. Sería funesto para nuestros planes y no podríamos divertirnos como deseamos.
El Gran Sabio ordenó después al Bonzo Sha que cuidara del monje Tang, mientras Ba-Chie y él usurpaban la personalidad de Chen Kwan-Bao y de Carga de Oro. Cuando todo estuvo a punto, el Peregrino preguntó:
- ¿Cómo habréis de ofrecernos a esa bestia? ¿Atados, cocidos o hechos picadillo?
- No bromees más a costa mía, por favor - le suplicó Ba-Chie -. Yo no podría resistir una prueba de ese tipo, tú lo sabes bien.
- No, no - contestó uno de los ancianos -. Os sentaréis en dos dejas de laca roja y los criados se encargarán de llevaros al templo Gran Rey.
- Excelente - comentó el Peregrino -. Traed esas bandejas de las que habláis. Cuanto antes nos sentemos en ellas, mejor.
Los ancianos así lo hicieron y el Peregrino y Ba-Chie se acomodaron en ellas lo mejor que pudieron - Cuatro criados jóvenes se encargaron después de sacarlas al patio, donde las colocaron sobre dos mesas, que habían sido preparadas al efecto.
- Otra como ésta - comentó el Peregrino a Ba-Chie, visiblemente complacido -, y nos veneran como a dioses.
- No me importaría viajar siempre así - replicó Ba-Chie -. Lo malo es que esto va a durar poco y, en cuanto nos lleven al templo, vamos a tener los minutos contados.
- No tengas miedo y haz lo que yo haga - le aconsejó el Peregrino -. O, si no, no. Es mejor que escapes, en cuanto veas que quiere comerme.
- Todo eso está muy bien - replicó Ba-Chie -. Pero ¿qué hago, si decide devorarme a mí primero? Es probable que le gusten más las niñas que los niños, ¿quién sabe?
- Hace algunos años - explicó uno de los ancianos - unos cuantos moradores de este pueblo se escondieron debajo de las mesas durante el sacrificio y vieron que primero devoraba al niño y después a la niña.
- ¡Menos mal! - exclamó Ba-Chie, aliviado.
Cuando más animados estaban, hablando de estas cosas, oyeron tras la puerta un gran alboroto de voces, entreveradas de batir de tambores y gongs. Todo el pueblo se había reunido ante la casa, portando las antorchas y lámparas y exigiendo con insistencia:
- ¡Sacad al muchacho y a la muchacha, de una vez!
Mientras los ancianos se abandonaron al llanto, los cuatro criados cargaron con las mesas y salieron de la casa.
No sabemos si Ba-Chie y el Peregrino lograron salvar la vida o no Quien desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente.

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