Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

El Gran Sabio deja constancia de su nombre en el Templo de los Tres Puros. El Rey de los Monos revela todo su poder en el Reino de la Carreta Lenta.


Comprendiendo lo que sucedía, el Gran Sabio Sun dio al Bonzo Sha un pellizco con la mano izquierda, y otro a Ba-Chie con la derecha. Los dos captaron en seguida lo que quería decirles y se callaron al punto, sentándose en los tronos con ademanes solemnes. Los taoístas los examinaron por detrás y por delante con ayuda de sus antorchas y lámparas, pero no vieron en ellos otra cosa que ídolos de barro pintados en oro.
- No se ve por aquí ningún ladrón - comentó el Inmortal Fuerza de Tigre -. ¿Quién ha podido comerse, entonces, todas las ofrendas?
- Por fuerza han tenido que ser seres humanos los que han acabado con ellas - sentenció el Inmortal Fuerza de Ciervo -. ¿No veis cómo han pelado las frutas y tirado después las pepitas? Eso sólo pueden hacerlo hombres de carne y hueso.
- No seáis tan suspicaces, hermanos - les aconsejó el Inmortal Fuerza de Cabra -. Yo, por mi parte, opino que, debido a nuestra incuestionable piedad y al hecho de que día y noche recitamos de continuo oraciones y textos sagrados por el bien del Emperador, los Inmortales Celestes se han conmovido y han decidido  hacernos  una  visita.  Es  mi opinión, por tanto, que han bajado de buenas a primeras a la tierra y han comido estas ofrendas. Sugiero que, puesto que sus carrozas de garzas todavía se encuentran en este lugar, les supliquemos respetuosamente que nos concedan un poco de elixir de oro y de agua sagrada para que podamos regalárselos después a su majestad. De esa forma su vida se vería alargada considerablemente y jamás envejecería. ¿No nos estaría eternamente agradecido por tan extraordinario favor?
- Tienes razón - concluyó el Inmortal Fuerza de Tigre -. Discípulos - ordenó a continuación, volviéndose a sus seguidores -, empezad a tocar y a recitar escrituras, y traednos las vestimentas rituales. Es preciso que nos elevemos hasta las estrellas para presentar nuestras súplicas.
Los taoístas obedecieron al instante, colocándose en dos filas contrapuestas. No pasó mucho tiempo, antes de que empezaran a recitar al ritmo de los golpes de gong, el texto conocido como Las Auténticas Escrituras de la Corte Amarilla.
En cuanto se hubo puesto la túnica ritual, el Inmortal Fuerza de Tigre cogió la tablilla de jade y se puso a bailar. A ratos detenía su danza y, echándose rostro en tierra, elevaba hacia lo alto la siguiente petición:

Ante vos nos inclinamos con respeto y temor. Nuestra fe está presta para lanzarnos a la búsqueda de la Pureza. Si lanzamos estos gritos, es porque deseamos presentar nuestros respetos al Tao en este sagrado templo que construimos por mandato real. En él desplegamos los estandartes del dragón, presentamos nuestras ofrendas y hacemos quemar incienso día y noche. Somos conscientes de que un solo pensamiento sincero es capaz de mover la voluntad de los Cielos. Por eso, vuestras carrozas sagradas han hollado el suelo de este humilde lugar. Os suplicamos, por tanto, tengáis a bien concedernos un poco de vuestro elixir y vuestra agua sagrada, para que podamos entregársela al Emperador y, de esta forma, vea alargados sus días por años sin fin.

- Todo esto es culpa nuestra - murmuró Ba-Chie, arrepentido de lo que había hecho -. No teníamos que haber tocado esas ofrendas. ¿Qué respuesta vamos a dar a una súplica tan sincera como ésa?
El Peregrino le dio inmediatamente un pellizco para que se callara. Sin embargo, lo más sorprendente fue que él mismo abrió la boca y dijo en voz alta:
- Dejad vuestras oraciones, inmortales de la nueva generación. Aunque nos gustaría complacer vuestros deseos, nos tememos que no podremos hacerlo de momento, porque venimos del Festival de los Melocotones Inmortales y no hemos traído nada de elixir de oro. Si no os importa, volveremos otro día y os lo daremos.
Todos los taoístas se echaron a temblar, al ver que era la estatua la que hablaba. Sin poderse contener, gritaron, entusiasmados:
- ¡Han bajado a la tierra los Respetables Inmortales! ¡Debemos hacer cuanto esté de nuestra  parte  para  hacerlos  quedarse  con  nosotros  para  siempre!  ¿Cómo vamos a dejarlos marchar, sin que nos transmitan la fórmula mágica de la eterna juventud? ¡Sería, francamente, de tontos!
Sin pérdida de tiempo, el Inmortal Fuerza de Ciervo se destacó de demás y, echándose rostro en tierra, entonó la siguiente oración:

A vos dirigimos nuestras súplicas con el rostro escondido en el polvo. Somos vuestros siervos, Tres Puros, y siempre hemos hecho cuanto ha estado de nuestra mano por mantenernos fieles a vuestras doctrinas. Desde nuestra llegada a este lugar el Tao ha gozado de una libertad absoluta. No hay cosa que más complacería al Emperador que la consecución de la longevidad. Por ese fin os dirigimos de continuo oraciones y súplicas, que, como vuestra misma presencia atestigua, jamás habéis echado en saco roto. ¡Prestadles atención una vez más, ya que es vuestra gloria y no la nuestra la que de continuo buscamos, y dadnos un poco de agua sagrada, para que nuestra vida sea, en verdad, eterna!

El Bonzo Sha dio al Peregrino un pellizco, al tiempo que le susurraba, muy nervioso:
- Aquí están otra vez con sus oraciones. ¿Qué podemos hacer?   Creo que debemos darles lo que piden - opinó el Peregrino.
- Me parece muy bien - reconoció Ba-Chie -. Pero ¿de dónde vamos a sacarlo?
- Mira con atención y verás qué pronto lo soluciono - respondió el Peregrino.
En cuanto los taoístas hubieron terminado sus recitados, el Peregrino volvió a levantar la voz, diciendo:
- No es necesario que sigáis rezando más, inmortales de la nueva generación. He de reconocer que soy un poco reacio a regalaros agua sagrada, pero, al mismo tiempo, soy consciente de que, si no lo hago, podéis morir en cualquier momento. Eso me plantea un dilema prácticamente insoluble, porque podéis pensar que su valor no es tan alto como habíais pensado. Sé muy bien que lo que gratis se da no se valora como debiera.
Todos los taoístas se echaron rostro en tierra, al oír eso, y dijeron con voz suplicante:
- Concedednos un poco de ese tesoro. Al fin y al cabo, somos discípulos vuestros y sabremos valorarlo como merece. Eso acercará aún más el Tao al poder, y el Hijo del Cielo colmará de mayores honores a la Puerta del Misterio.
- Está bien - concluyó el Peregrino -. Traednos unos recipientes.
Los taoístas tocaron repetidamente el suelo con la frente en señal de gratitud. Fuerza de Tigre era una persona egoísta en extremo y ordenó meter en el salón de las ofrendas un tonel enorme. Fuerza de Ciervo se conformó con una tinaja del jardín, y Fuerza de Cabra con un florero, que colocó justamente entre los otros dos recipientes. Al ver la diligencia con la que habían actuado, el Peregrino les dijo con voz solemne:
- Ahora, si no os importa, nos gustaría que salierais un momento cerrarais bien las puertas, pues no es correcto que ojos profanos contemplen directamente los misterios celestes. Cuando regreséis, estos recipientes estarán llenos de agua sagrada.
Los taoístas obedecieron al instante, retirándose del salón y cerrando con cuidado las puertas. Mientras esperaban, se hincaron de hinojos ante las escalinatas de color rojo. Sin pérdida de tiempo el Peregrino se levantó la túnica de piel de tigre y llenó de orín el jarrón. Ba-Chie exclamó, satisfecho, al verlo:
- Llevamos juntos yo qué sé la de años, pero te juro que jamás me había divertido contigo tanto como hoy. Como he comido muchísimo tengo unas ganas locas de orinar. Ni corto ni perezoso, el Idiota se levantó la ropa y dejó escapar un torrente más caudaloso que el de las cataratas de Lü-Liang [1]. Su fuerza era tan increíble que rompió algunas de las tablas de madera que componían el suelo. No es extraño que llenara él solo la tinaja de barro. El Bonzo Sha se las apañó, igualmente, para llenar la mitad del tonel. En cuanto hubieron hecho sus necesidades, se bajaron la ropa, ocuparon solemnes los tronos y gritaron:
- Ya podéis entrar a por el agua sagrada, si queréis.
Los taoístas abrieron al instante las puertas y golpearon, agradecidos, varias veces el suelo con la frente. Sacaron primero el tonel, después el jarrón y la tinaja, y, por último, lo  mezclaron  todo  con  envidiable  esmero.  El  Inmortal  Fuerza  de  Tigre  estaba  tan ansioso por probarlo que en seguida ordenó a uno de sus discípulos:
- Tráeme una copa para que pueda probarlo.
Sin pérdida de tiempo, el taoísta tomó una taza de té y se la entregó al maestro, que la vació de un solo trago. Pero su sabor era tan fuerte que en los labios se le dibujó un rictus de asco, como si acabara de masticar un limón.
- ¿Sabe bueno? - le preguntó el Inmortal Fuerza de Ciervo.
No muy bueno - contestó el otro con la boca todavía fruncida -. Tiene un sabor muy fuerte.
- Déjame probarlo a mí - exigió el Inmortal Fuerza de Cabra y se tomó otra taza. Tras paladearlo con cuidado, añadió -: ¡Qué raro! A mi me huele a orín de cerdo.
Al oír ese comentario, el Peregrino supo en seguida que no podían seguir manteniendo el engaño durante mucho más tiempo y se dijo:
- Ha llegado la hora de actuar, para que éstos no se olviden jamás de nosotros. Levantó al punto la voz y proclamó, entre solemne y burlón:
- ¡Qué tontos sois, taoístas, qué ridículamente estúpidos! ¿Cómo van a ser los Tres Puros tan humanos como hemos dejado entrever nosotros? No somos quienes creéis, sino unos simples monjes oriundos de la Gran Nación de los Tang, que nos dirigimos hacia el oeste por orden imperial. Como no teníamos nada que hacer esta noche, decidimos divertirnos un poco, sentándonos en los puestos de honor y comiendo todas vuestras ofrendas. Como podéis ver, vuestros rezos y reverencias no han servido de mucho. Eso que acabáis de llevaros a la boca, sin ir más lejos, no es agua sagrada, sino orín puro, que acabamos de orinar.- Los taoístas cerraron las puertas y, armándose de palos, rastrillos, piedras, ladrillos y de cuanto encontraban a mano, se lanzaron contra el altar, con el ánimo de apalear a tan sacrílegos impostores. El Peregrino agarró entonces al Bonzo Sha con la mano izquierda y a Ba-Chie con la derecha y voló hacia la puerta, haciéndola añicos. Después no tuvo más que montar en una nube y escapar sin ninguna dificultad en dirección al Monasterio de la Profunda Sabiduría. Cuando llegaron a los aposentos  del  abad,  pusieron  especial  cuidado  en  no  despertar  a  su  maestro  y  se retiraron cada cual a su lecho. Estuvieron durmiendo hasta el tercer cuarto de la quinta vigilia, momento en que el rey celebraba la primera audiencia del día, rodeado de todos sus funcionarios, alrededor de cuatrocientos entre civiles y militares. En el amplio salón del trono las lámparas y antorchas emitían su luz entre una neblina aromática que salía de los pebeteros y quemadores de incienso.
Tripitaka se despertó en ese mismo momento y dijo a sus discípulos:
- Es preciso que obtengamos el consentimiento real para poder proseguir el viaje.
El Peregrino, el Bonzo Sha y Ba-Chie se vistieron a toda prisa y, acercándose a su maestro, le informaron:
- No debéis olvidar que el señor de estas tierras sólo cree en el Tao y se ha propuesto eliminar el budismo de la faz de la tierra. Es posible, por tanto, que no quiera concedernos el salvoconducto del que habláis. Lo más aconsejable es que vayamos con vos a la corte.
Satisfecho, el monje Tang vistió la túnica de los bordados, mientras el Peregrino preparaba  el  documento  de  viaje,  Wu-Ching  echaba  mano  del  cuenco  para  pedir limosnas y Wu - Neng cogía su bastón. El caballo y el equipaje quedaron al cuidado de los monjes del Monasterio de la Profunda Sabiduría.
Al llegar a la Torre de los Cinco Fénix, saludaron al Guardián de la Puerta Amarilla y le explicaron el motivo de su visita, identificándose como hombres de bien, que se dirigían al Paraíso Occidental por orden expresa del Emperador de los Tang. El oficial responsable de la defensa de la puerta corrió a informar a su señor de la llegada de los Peregrinos. Se dejó caer rostro en tierra ante los escalones de oro y dijo:
- Ahí fuera hay cuatro monjes budistas que dicen dirigirse hacia las Tierras del Oeste en busca de escrituras por expreso deseo del Emperador de los Tang. Solicitan un permiso de paso, esperando humildemente ser recibidos por vos a las puertas de la Torre de los Cinco Fénix.
- ¡Esos monjes no saben en dónde han caído! - exclamó el rey - ¿Es que no han encontrado un sitio mejor para morir? Arrestadlos al punto y traedlos a mi presencia.
Asustado, el Gran Preceptor dio un paso al frente e informo a majestad:
- El Gran Imperio de los Tang se encuentra ubicado en las Tierras del Este, en pleno corazón del continente de Jambudvipa. Diez mil millas lo separan de nosotros y constituye el centro de la gran nación China. Estos monjes deben de tener, por otra parte, poderes muy especiales, ya que el trayecto está lleno de obstáculos prácticamente insalvables y de incontables manadas de monstruos. Sólo quien posee un perfecto dominio de la magia se arriesga a emprender un viaje tan plagado de dificultades como ése. Os suplico, por tanto, que accedáis a sus peticiones y les permitáis pasar tranquilamente por vuestras tierras. No es aconsejable que, por unos simples monjes, os enemistéis con un tan poderoso como el suyo.
El rey consideró acertado el consejo y accedió a recibir al monje Tang y a sus discípulos en el Salón de los Carillones de Oro. Cuando se hallaron ante tan augusta presencia, los viajeros entregaron sus documentos de viaje, junto con una carta escrita, de su puño y letra, por emperador. El rey la abrió con parsimoniosa majestad, pero, cuando se disponía a leerla, se presentó el Guardián de la Puerta Amarilla y anunció, solemne:
- Acaban de llegar los tres preceptores.
El rey dejó a un lado el escrito y se levantó a toda prisa del trono del dragón. No contento con eso, ordenó a sus criados que trajeran unos cojines profusamente bordados y se inclinó respetuosamente ante los recién llegados. Sorprendidos, Tripitaka y sus discípulos volvieron la cabeza y vieron entrar a los tres inmortales, seguido de un joven que llevaba dos rabos despellejados de cerdo. A medida que avanzaba por entre las filas de funcionarios, éstos agachaban, con respeto la cabeza y fijaban humildemente la vista en el suelo. De esta forma, llegaron al punto donde se levantaba el trono y se sentaron en él sin preocuparse de saludar al rey, que les preguntó en tono servil:
- ¿A qué se debe el honor de vuestra visita? Que yo sepa, no os hecho llegar ninguna invitación.
- Hemos venido porque tenemos algo importante que deciros, ni más ni menos - contestó uno de los taoístas -. ¿De dónde han salido esos cuatro monjes que hay ahí?
- Han sido enviados al Paraíso Occidental por el Gran Emperador de los Tang en busca de escrituras sagradas, y han venido a solicitar permiso para cruzar nuestras tierras - respondió el rey.
- ¡Menos mal! - exclamaron los tres taoístas, aplaudiendo como locos - Creíamos que se habían escapado. Ha sido una suerte encontrarlos aquí.
- ¿Qué queréis decir? - preguntó el rey, sorprendido -. En cuanto me enteré de su llegada, quise arrestarlos, pero el Gran Consejero me hizo ver lo inoportuno de tan precipitada decisión. Han viajado, de hecho, años enteros y no es aconsejable enemistarnos con su país de origen. Por ese motivo, he accedido a su justa petición. ¿Cómo iba a sospechar que teníais alguna queja contra ellos? ¿Os importaría decir qué os han hecho?
- Se nota que no estáis al tanto de lo ocurrido - dijo uno de los taoístas -. Nada más llegar, ayer por la tarde, mataron a dos de nuestros discípulos en las afueras de la Puerta Oriental, liberaron a los quinientos prisioneros budistas y redujeron a añicos la carreta. Por si eso fuera poco, ayer por la noche penetraron a escondidas en nuestro templo, se mofaron de las imágenes de los Tres Puros y se comieron tranquilamente las ofrendas imperiales.  En  un  principio  lograron  engañarnos,  haciéndonos  creer  que  eran  los Respetables Inmortales que habían bajado a la tierra. Les pedimos que nos dieran un poco de agua sagrada, con el fin de regalárosla y hacer que siempre permanezcáis joven, pero estos desalmados nos ofrecieron, en realidad orina. Lo descubrimos después de probar cada uno de nosotros un buen trago. Fue una suerte que escaparan, porque, si los llegamos  a  coger,  les  hubiéramos  hecho  trizas.  Lo que menos esperábamos era encontrarlos precisamente aquí, en la corte. Como muy bien afirma el proverbio, «el camino de los enemigos tocados por la mano del destino es extremadamente estrecho». El rey se puso tan furioso que quería ejecutarlos allí mismo. Afortunadamente el Gran Sabio juntó las manos a la altura del pecho y gritó con estertórea voz:
- Amainad vuestra ira, majestad, y permitidme daros mi visión de lo ocurrido.
- ¿Cómo te atreves a afirmar que no es correcto lo que acaban de decir estos respetables preceptores? - bramó el rey.
- Han afirmado que ayer dimos muerte a dos de sus discípulos en las afueras de la ciudad. Pero ¿quién nos vio hacerlo? - replicó el Peregrino -. Aunque fuera verdad y admitiéramos haber cometido un crimen tan espantoso, sería una gran injusticia condenarnos a muerte a los cuatro, ya que dos serían culpables, y los otros dos, inocentes. ¿Cómo no permitir a estos últimos proseguir su viaje en busca de las escrituras? Afirman, además, que fuimos nosotros quienes destruimos la carreta y liberamos a los prisioneros budistas. De nuevo nos encontramos con que no disponen de testigo alguno. ¿Quién pudo hacerlo además? ¿Los cuatro a la vez? ¡Lo dudo! Con uno sería más que suficiente. ¿Para qué castigar, entonces, a los otros tres? Finalmente nos acusan de no respetar las imágenes de los Tres Puros y sumir su templo en un caos total. Con todos los respetos tengo que decir que se trata de una burda trampa.
- ¿De una trampa? - repitió el rey.
- Como bien sabéis, nosotros procedemos de las Tierras del Este y, prácticamente, acabamos de llegar a esta región - contestó el Peregrino -. Esta ciudad nos es, por tanto, totalmente  desconocida  y  no  sabemos  dónde  se  encuentran  sus  monumentos  más señeros. ¿Cómo íbamos a haber dado precisamente con su templo y, encima, de noche? Por otra parte, si les hubiéramos regalado nuestra orina, nos hubieran arrestado antes de terminar de mear. Al fin y al cabo, no es tan difícil agarrar a quien está haciendo sus necesidades. ¿Para qué han esperado hasta hoy para presentar contra nosotros unas acusaciones monstruosas? En el mundo hay infinidad de personas que asumen la identidad de otros para hacerles cargar con los crímenes más inverosímiles. ¿Cómo saben que somos nosotros los culpables de todo eso? Aplacad, majestad, vuestra ira y ordenad que se lleve a cabo una investigación exhaustiva sobre lo ocurrido.
El rey siempre había sido una persona muy voluble e indecisa y, al oí un discurso tan largo como el que acababa de pronunciar el Peregrino, cayó presa del más desazonador de los dilemas. En ese preciso instante volvió a aparecer el Guardián de la Puerta Amarilla y anunció:
- Ahí fuera, majestad, hay un grupo de ciudadanos que desean ser  recibidos por vos.
- ¿Con qué propósitos? - inquirió el rey, pero, antes de que alguien le respondiera, ordenó que fueran conducidos a su presencia.
Eran un total de treinta o cuarenta y, tras golpear repetidamente el suelo con la frente en señal de respeto, dijeron:
- Durante la primavera de este año no ha caído ni una sola gota de agua y mucho nos tememos que, si se mantiene esta sequía hasta el final del verano, el hambre terminará apoderándose de todos vuestros territorios. Hemos venido, pues, con la intención de pedir a los santos padres, aquí presentes, que eleven sus oraciones, para que caiga la lluvia y todo el pueblo se vea libre de las angustias que ahora le corroen.
- Podéis retiraros - concluyó el rey -. La lluvia caerá cuando deseéis. Los ciudadanos dieron las gracias y se marcharon.
- ¿Sabéis por qué favorezco el Tao y persigo el budismo? - preguntó el rey a los peregrinos -. Porque hace ya cierto tiempo los monjes de este reino oraron por la lluvia y  no  consiguieron  arrancar  del  cielo  ni  una  sola  gota.  Afortunadamente  estos preceptores descendieron de lo alto y nos salvaron de una situación tan desesperada. Eso explica la afición y la estima que todos les tenemos. ¿Qué hay de extraño en que os hagamos pagar por haberlos ofendido, nada más llegar a estas tierras? De todas formas, quiero ser magnánimo con vosotros. Si lográis que llueva antes de que lo consigan ellos, os concederá mi perdón, permitiéndoos proseguir vuestro viaje hacia el Oeste. De lo contrario, seréis arrestados y decapitados públicamente.
- De acuerdo - se apresuró a decir el Peregrino, sonriendo -. ¿Qué pensáis? ¿Que no sabemos producir lluvia? Para vuestra información, os diré que no hay cosa en el mundo más fácil que ésa.
El rey ordenó al instante que prepararan un altar y trajeran su carroza.
- Quiero ir a la Torre de los Cinco Fénix a ver lo que pasa - explicó, visiblemente excitado.
Todos los oficiales le siguieron hasta ese lugar. Los taoístas se sentaron con él en lo alto de la torre, mientras el monje Tang, el Peregrino, el Bonzo Sha y Ba-Chie se quedaron al pie de la misma. No pasó mucho tiempo antes de que apareciera un funcionario que informó a los tres taoístas:
- El altar está ya preparado. Cuando queráis podéis hacer uso de él.
El Inmortal Fuerza de Tigre dobló las manos a la altura del pecho y comenzó a bajar de la torre, pero el Peregrino le impidió abandonarla, preguntándole:
- ¿Se puede saber adonde vais?
- A impetrar un poco de lluvia en el altar que acaban de preparar.
- ¡Cuidado que sois maleducado! - le recriminó el Peregrino -. Deberíais permitirnos probar a nosotros primero, ya que venimos desde tan lejos. Pero, en fin, como bien dice el proverbio, «hay veces en las que un dragón no puede derrotar a un gusano». Si queréis probar vos primero, no tengo nada que objetar. Sin embargo, es preciso que nos pongamos antes de acuerdo.
- ¿De acuerdo? - repitió el taoísta -. ¿De acuerdo en qué?
- Se supone que los dos vamos a impetrar la lluvia - contestó el Peregrino -. Pero existe un pequeño problema. ¿Cómo vamos a saber si es vuestra o mía? Es claro que los dos trataremos de arrogarnos el mérito de haberlo conseguido primero. ¿No os parece?
- ¡Qué astuto es este monje! - se dijo el rey, visiblemente complacido.
- ¡No lo sabes tú bien! - pensó, a su vez, el Bonzo Sha -. No ha hecho más que empezar. Tú aguarda y verás.
- Yo no preciso de ningún tipo de acuerdo previo - afirmó el Gran Inmortal -. Su majestad conoce bien mi forma de actuar.
- Es posible - reconoció el Peregrino -, pero yo no. Vengo desde muy lejos, es la primera vez que os veo y no estoy familiarizado con vuestra manera de obrar. No me gustaría terminar discutiendo con vos. Eso de discutir es algo que, simplemente, no va con mi manera de ser. Antes de actuar, me gusta tener bien atados todos los cabos.
- Está bien - admitió el Gran Inmortal -. Cuando me halle ante el altar, me serviré de mi tablilla ritual como prueba irrefutable de que todo el mérito es mío. En cuanto la sacuda una vez, se levantará el viento; a la segunda, se arremolinarán las nubes; a la tercera, se oirá el fragor del trueno y el rayo rasgará el firmamento; a la cuarta, comenzará a caer la lluvia; y a la quinta, dejará de llover y las nubes se dispensarán con la misma velocidad con que se juntaron.
-  Me  parece  muy  bien  -  dijo  el  Peregrino,  sonriendo  -.  Anda,  vete.  Jamás  he presenciado tanta efectividad.
El inmortal abandonó la torre a grandes zancadas, seguido de Tripitaka y los demás. Al acercarse al altar, comprobaron que se trataba de una plataforma de unos diez metros de alto. A ambos lados podía verse un bosque de estandartes con los nombres de las veintiocho constelaciones, que parecían dar sombra a un pebetero lleno de incienso, que había sobre una mesa colocada en lo alto del altar. Dos candelabros con las velas encendidas hacían escolta al pebetero, contra el que descansaba una tablilla de oro, en la que aparecían escritos los nombres de los dioses del trueno. Justamente debajo de la tablilla habían sido colocados cinco recipientes llenos hasta el borde de agua pura, en la que flotaban unas cuantas ramitas de sauce. A ellas se habían atado unas finísimas plaquitas de hierro con los conjuros para obligar a actuar en favor propio a los espíritus que sirven en el departamento de los truenos. Alrededor de la mesa se elevaban cinco columnas de enorme tamaño, en las que habían sido escritos los nombres de los señores del trueno de los cinco puntos cardinales. Dos taoístas de pie junto a cada una de las columnas, golpeaban sin cesar sus fustas con una especie de porras de hierro, mientras otros redactaban oraciones y plegarias, que quemaban en braseros que había detrás del altar. A ellos iban a parar, igualmente, representaciones en papel de los espíritus y deidades locales.
El Gran Inmortal se dirigió, con ademán solemne, hacia el altar. Un joven taoísta le hizo entonces entrega de varios conjuros escritos en papeles amarillos, así como de una espada cubierta profusamente de adornos. El Gran Inmortal la cogió en sus manos con sumo cuidado y quemó los papeles en uno de los candelabros. En ese mismo momento otros taoístas lanzaron a las llamas una oración sagrada y una imagen que sostenía en sus manos un amuleto. El Inmortal cogió a continuación la tablilla ritual y la golpeó con fuerza contra la mesa. Al punto se levantó una suave brisa, que fue volviéndose cada vez más fuerte a cada segundo que pasaba.
- ¡Santo cielo! - exclamó Ba-Chie, sorprendido -. Se ve que este taoísta sabe bien lo que hace. Prometió que al primer golpe se levantaría el viento y así ha sucedido.
- No hables más y vete junto al maestro - le aconsejó el Peregrino -. Déjame a mí solucionar esto a mi manera.
Se arrancó un pelo y le insufló su aliento inmortal, al tiempo que le ordenaba:
- ¡Transfórmate! - y al instante se convirtió en una imagen de si mismo, que fue a colocarse al lado del monje Tang, mientras su auténtico yo se elevaba por los aires y preguntaba con ademán soberbio:
- ¿Quién es el responsable del viento aquí?
Sus gritos alarmaron tanto a la Anciana del Viento que cerró al instante la bolsa de los huracanes, mientras su hijo la ataba fuertemente con una cuerda. Sin pérdida de tiempo presentaron sus respetos al Peregrino, que les explicó, antes de que pudieran preguntarle algo:
- Voy de camino hacia el Paraíso Occidental en busca de escrituras sagradas, como discípulo y protector del monje Tang. Al llegar a este Reino de la Carreta Lenta, me he visto obligado a participar en una prueba de a ver quién produce antes la lluvia con un taoísta maleducado y engreído. ¿Cómo os habéis puesto de su parte, perjudicándome con tanto descaro? Mereceríais que os diera aquí mismo una paliza. De todas formas, estoy dispuesto a perdonaros, si recogéis ahora mismo el viento. Os advierto que un simple soplo de brisa bastará para propinaros veinte golpes con esta barra de hierro, ¿enterados?
- Sí, señor, por supuesto que sí - respondió con voz entrecortada la Anciana del Viento y al instante cesó de soplar.
A Ba-Chie se le iluminó el rostro y gritó, burlón, al Gran Inmortal:
- ¡Eh, bajad de ahí arriba! Habéis golpeado vuestra tablilla una vez y el viento ha dejado de soplar. ¿Por qué no nos dejáis intentarlo a nosotros?
Lejos de hacerle caso, el taoísta quemó una nueva tira de papel con su correspondiente conjuro y golpeó una vez más la mesa con la tablilla. Las nubes comenzaron a arremolinarse al instante y el Gran Sabio hubo de gritar, enfurecido:
- ¿Quién está al cargo de las nubes?
- El Joven-que-empuja-las-nubes y el Muchacho-que-esparce-la-niebla corrieron a saludarle y a pedirle disculpas. Cuando el Peregrino les explicó lo que sucedía, hicieron desaparecer de tal forma las nubes que el sol brilló con más fuerza que de costumbre y los cielos permanecieron despejados en un radio de diez mil kilómetros a la redonda.
- Este falso inmortal ha logrado engañar una vez al rey y a sus súbditos, pero es claro que  no  posee  poderes  especiales  de  ningún  tipo  -  exclamó  Ba-Chie,  soltando  la carcajada -. ¿Cómo es que no se ve ni una sola nube después de haber golpeado dos veces la tablilla? ¡Jamás he visto a nadie más embustero que él!
E1 taoísta parecía nervioso y no dejaba de pasarse la mano por el pelo. Finalmente, echó mano de la espada y volvió a quemar otro papel amarillo, al tiempo que golpeaba la mesa con la tablilla. Al punto hicieron su aparición, procedentes de la Puerta Sur de los Cielos, el Señor Celeste Teng, el Conde del Trueno y la Madre del Rayo. Al ver al Peregrino, le saludaron respetuosamente.
- ¿Qué os ha hecho venir tan rápidamente? - les preguntó el Gran Sabio.
La magia de ese taoísta es auténtica - contestó el Señor Celeste -. Sus órdenes han llegado a oídos del Emperador de Jade, que ha enviado inmediatamente su visto bueno a la residencia del Inmortal del Trueno, que, como sabéis, se halla ubicada en el Noveno Cielo. Él, a su vez, nos ha transmitido la orden de venir aquí a colaborar con la lluvia y a sembrar todo el firmamento de rayos y truenos.
- ¿Os importaría, en ese caso, esperar un momento y facilitarme a mí ese servicio? - les preguntó el Peregrino.
Ellos accedieron y al instante cesó el rolar del trueno y resplandor del rayo. Desesperado, el taoísta ofreció incienso, quemó nuevas tiras de papel, recitó más conjuros y golpeó con más fuerza que antes la tablilla de oro. Al instante aparecieron los Reyes Dragón de los Cuatro Océanos. Tras saludarlos, el Peregrino les preguntó:
- ¿Se puede saber adonde vais?
Ao-Kuang, Ao-Shun, Ao-Jun y Ao-Chin le devolvieron el saludo y escucharon, respetuosos, sus explicaciones.
- Me temo - concluyó diciendo - que, una vez más, he de abusar de vuestra confianza.
- No os preocupéis por eso - respondieron los dragones -. Para nosotros es un placer poder ayudaros.
- Todavía no os he dado las gracias por enviar a vuestro hijo a capturar al monstruo que tenía prisionero a mi maestro - dijo el Peregrino, dirigiéndose a Ao-Jun.
- Está encadenado en el fondo del océano, aunque aún no sé qué hacer con él - contestó el dragón -. Precisamente quería preguntaros qué dispondríais vos, si estuvierais en mi lugar.
- Haced con él lo que os plazca - respondió el Peregrino -. Lo que ahora me tiene preocupado es derrotar a ese taoísta. Cuatro veces seguidas ha golpeado su tablilla de oro y creo que ha llegado ya el momento de demostrar lo que soy capaz de hacer. El problema es que no conozco ningún conjuro para producir lluvia, así que dependo enteramente de vosotros.
- ¿Quién va a oponerse a obedecer vuestras órdenes? - replicó el Señor del Cielo -. Es preciso, de todas formas, que nos deis una señal clara, para que podamos actuar todos de una forma ordenada. De lo contrario, se entremezclarán el trueno y el rayo y nadie dará crédito a vuestras palabras.
- Está bien - reconoció el Peregrino -. Me serviré de la barra de hierro.
- ¿De la barra de hierro? - repitió, aterrado, el Conde del Trueno -. No podremos soportar su fuerza.
- No pienso pegar a nadie - afirmó el Peregrino, tratando de tranquilizarle -. Lo único que quiero es que estéis pendiente de ella. Si la levanto una vez hacia arriba, debéis producir un viento huracanado.
- De acuerdo - dijeron a coro la Anciana del Viento y su hijo -. Cuando os veamos levantarla una vez, desataremos nuestra bolsa.
- Si lo hago dos veces - continuó el Peregrino -, vosotros esparcís las nubes.
- Dos veces - repitieron el Joven-que-empuja-las-nubes y el Muchacho-que-esparce-la-niebla-y actuamos nosotros.
- A la tercera se oirá el trueno y se verá el latigazo de luz del rayo - prosiguió el Peregrino.
- Podéis contar con nosotros - se apresuraron a decir el Conde del Trueno y la Madre del Rayo -. Tened la seguridad de que no os fallaremos.
- Y por último - concluyó el Peregrino -, a la cuarta vez se desatará la lluvia.
- Así lo haremos - afirmaron a coro los Reyes Dragón.
- Otra cosa - agregó el Peregrino -. En cuanto vuelva a levantar la barra, quiero que luzca el sol y el tiempo sea tan bueno como antes. Procurad no equivocaros. Ya sabéis lo que os espera, si me falláis.
En cuanto hubo impartido esas órdenes, el Peregrino saltó de lo alto y recuperó el pelo que se había arrancado. Ninguno se dio cuenta cambio, porque todos le miraban con ojos mortales. Al ver que habían fallado todos los intentos del taoísta, el Gran Sabio gritó:
- Renunciad de una vez. Cuatro veces seguidas habéis golpeado vuestra tablilla y lo único que habéis conseguido ha sido un poquitito de viento, unas cuantas nubes escuálidas, algún que otro trueno y nada de lluvia. Creo que ha llegado el momento de dejarme actuar a mí.
El taoísta no tuvo más remedio que cederle el puesto y abandonar el altar. Con ademán abatido regresó a la torre.
- Creo que voy a seguirle a ver qué le cuenta al rey - pensó el Peregrino, y le siguió hasta allá. Al llegar, oyó que éste decía:
- Todos hemos estado esperando en suspenso los golpes de tu tablilla. ¿Cómo explicas que la hayamos escuchado cuatro veces y no caído ni una sola gota de lluvia?
- Lo siento majestad - respondió el taoísta -, pero los dragones no estaban hoy en casa.
- ¿Cómo que no estaban? - replicó el Peregrino con voz potente -. ¡Claro que estaban en sus palacios! Lo que ocurre es que vuestra magia no es lo suficientemente eficaz para hacerlos venir hasta aquí. Si nos permitís probar a nosotros, veréis cómo es verdad lo que acabo de deciros.
- De acuerdo - concluyó el rey -. Sube al altar y demuestra de lo que eres capaz.
El Peregrino se dirigió a la parte de atrás del estrado y, empujando suavemente al monje Tang, le dijo:
- Subid al altar.
- ¿Para qué? - protestó el monje Tang -. Yo soy incapaz de producir lluvia.
- Está tratando de escudarse en vos, maestro - comentó Ba-Chie soltando la carcajada -. ¿No os dais cuenta de que, si falláis, será a vos a quien primero coloquen sobre la pira de los sacrificios?
- Aunque desconozcáis todo lo relativo a la magia - replicó el Peregrino, dirigiéndose al monje  Tang  -,  sí  que  sabéis  recitar  escrituras  ¿no?  Hacedlo,  mientras  yo  trato  de prestaros toda la ayuda de que dispongo.
El maestro subió al altar con ademán solemne y tomó asiento, cayendo al instante en un estado de profunda concentración, que le permitió recitar con indescriptible piedad el Sutra del Corazón. Al poco rato se presentó al galope un soldado enviado por el rey, que preguntó:
- ¿Por qué no quemáis conjuros ni hacéis sonar vuestras tablillas?
- Porque no es necesario meter ruido para conseguir lo que se desea - contestó el Peregrino -. Nosotros confiamos en el silencio y en la concentración de la oración.
El soldado transmitió fielmente al rey esa respuesta. En cuanto el Peregrino se percató de que el maestro había terminado la recitación del sutra, se sacó la barra de la oreja y la agitó  una sola vez en la dirección en que soplaba el viento. Al punto adquirió una longitud de doce metros y el grosor de un cuenco de arroz. Con increíble pericia la elevó hacia lo alto y la sacudió una sola vez. Al verlo, la Anciana del Viento abrió la bolsa de los huracanes, mientras su hijo se hacia cargo de la cuerda con que solían atarla. El bramido del viento sumió a todos los habitantes de la ciudad en un estado de profundo temor. Las  tejas y las piedras volaban por encima de los tejados, como si fueran hojas de sauce. Jamás se había visto por aquellas latitudes un huracán tan potente. Tronchó flores, derribó árboles e hizo impracticables los bosques. Hasta los salones imperiales se vieron afectados. Las paredes de muchos de ellos presentaron grietas que anunciaban una ruina inminente y la misma Torre de los Cinco Fénix se vio sacudida en sus cimientos. Era tanta la arena que arrastraba el viento que el sol perdió toda su brillantez, adquiriendo una extraña tonalidad rojiza. Los guerreros del imperio temblaban de miedo en sus cuarteles, lo mismo que los ministros más capacitados y las doncellas que prestaban sus servicios en los Tres Palacios. Era tal su terror que ellas mismas se encargaron de cerrar las puertas. Las beldades que moraban en las Seis Cámaras perdieron la delicadeza de sus tocados y sus cabellos se tornaron tan lacios como los de una campesina. Los personajes más importantes del reino perdían sus bonetes dorados y los más afortunados contemplaban, impotentes, cómo la fuerza del viento les arrancaba sus adornos de jade. La túnica del primer ministro parecía una nube negra que hubiera desplegado sus alas por el horizonte. Nadie se atrevía a hablar. Por los pasillos del palacio volaban libremente los papeles oficiales, los peces de oro, los cinturones de jade, las tablillas de marfil y las túnicas de seda. Los biombos de turquesa sufrieron daños irreparables y miles de puertas y ventanas fueron destruidas. La violencia del viento arrancaba del Salón de los Carillones de Oro tejas y ladrillos, mientras caían derribadas al suelo las puertas llenas de bellísimos relieves del Salón de las Nubes Bordadas. Desde el rey hasta el último de sus súbditos buscaron refugio donde buenamente pudieron. Las calles y mercados quedaron totalmente vacíos. La ciudad entera se había encerrado en la seguridad de sus hogares.
El Peregrino demostró, de esta forma, la potencia de su magia. No contento con eso, puso vertical la barra de los extremos de oro y la elevó hacia lo alto por segunda vez. El Joven-que-empuja-las-nubes y el Muchacho-que-esparce-la-niebla dieron muestra de sus extraordinarios poderes, haciendo descender de los cielos una enorme masa  nubosa,   que   sumió   la   tierra   en   una  oscuridad   casi   absoluta.   Resultaba prácticamente imposible abrirse paso por los tres mercados y las seis grandes avenidas que cruzaban la ciudad. Las nubes se originaban en el mar y eran arrastradas después mar adentro por el viento, oscureciendo todos los lugares por los que pasaban. Era como si se hubiera reproducido el caos que en otro tiempo asoló el universo. La nubosidad era tan espesa que ni siquiera podía verse la puerta de la Torre de los Cinco Fénix.
Las  nubes  no  habían  adquirido  su  mayor  densidad,  cuando  el  Peregrino  volvió  a levantar la barra de los extremos de oro y al instante entraron en acción el Conde del Trueno y la Madre del Rayo con una fiereza que sacudió todo el universo. Parecía como si el conde cabalgara furioso, a lomos de una bestia salvaje y la dama sacudiera, como una loca, un manojo de serpientes de oro. Venía haciéndolo desde antes de salir del Palacio del Mirlo. El trueno rolaba, majestuoso, por lo alto, haciendo temblar las raíces mismas de la Montaña del Tridente de Hierro. Las sacudidas del rayo, por su parte, daban la impresión de surgir directamente del fondo del Océano Oriental. Era como si por el firmamento se desplazaran de continuo pesadísimas carrozas que levantaban piedras de fuego y llamas. El fragor de la tormenta sacudía con tal fuerza el universo que los espíritus volvían a la vida, las semillas germinaban antes de tiempo y los insectos se veían forzados a despertar de su sueño invernal [2]. Un pánico terrible se apoderó del rey y de todos sus súbditos, mientras los mercaderes y comerciantes creían volverse locos por el sonido de los truenos. Era como si la tierra se hubiera abierto y las montañas se estuvieran arrojando al interior de tan tórridas simas. Los habitantes de la ciudad estaban tan atemorizados que raro fue el que no ofreció incienso o quemó papel moneda.
- ¡Viejo Teng! [3]  - gritó el Peregrino -. ¡No te olvides de los oficiales avariciosos y corruptos, ni de los hijos desobedientes que faltan a sus responsabilidades! ¡Acaba con unos cuantos, para que después pueda yo hablar contra esos vicios!
Para hacer más creíbles sus palabras, el señor del trueno intensifico sus bramidos. Visiblemente satisfecho, el Peregrino levantó, una vez más, la barra de hierro y los dragones dieron la orden de soltar la lluvia. Fue tan torrencial que cubrió el mundo entero. Su fuerza era tal que derribó diques y muros de contención, e hizo crecer de tal forma los ríos que la crecida arrastró puentes e inundó mesetas altísimas. Era como si se hubieran abierto las compuertas celestes y hubiera caído sobre la tierra el Río de Plata, erosionando las torres y anegando las terrazas de los palacios más altos. Las calles parecían canales por los que fluía el contenido de enormes toneles vueltos boca abajo. No  es  extraño  que  las  casas  estuvieran  totalmente  anegadas  y  que  los  puentes  se hubieran quedado ciegos. Los campos de labranza quedaron convertidos en inmensos océanos, por los que avanzaban las olas. Otros dragones de menor importancia prestaron su colaboración, elevando al Yang-Tse y volcándole, sin ninguna consideración, sobre la tierra. La lluvia comenzó por la mañana y no paró hasta después del mediodía. Tan grande fue la precipitación que todas las callejuelas y calles del Reino de la Carreta Lenta se vieron anegadas. Aterrado, el rey ordenó:
-  ¡Que  pare  inmediatamente  esa  lluvia!  De  lo  contrario,  las  cosechas  quedarán destruidas y el remedio habrá resultado ser mucho peor que la enfermedad.
Al instante partió un soldado de la Torre de los Cinco Fénix a decir a los monjes:
- Nuestro monarca opina que ha caído ya suficiente lluvia.
El Peregrino levantó, una vez más, la barra hacia lo alto y al punto cesaron los truenos, el viento amainó, la lluvia dejó de caer y las nubes se dispersaron. El rey estaba encantado y tanto él como todos sus subalternos no dejaban de decir, maravillados:
- ¡Qué monje más extraordinario! Hoy se ha hecho, ciertamente, realidad lo que afirma el proverbio: «Por muy fuerte que sea uno, siempre hay otro que le supera». Es cierto que nuestros respetables preceptores tienen el poder de producir lluvia, pero la suya es mucho más débil que ésta y, antes de que amaine del todo, pasa, por lo menos, medio día. Lo que ahora estamos contemplando, por el contrario, es francamente increíble. ¡Esos monjes pueden hacer que el tiempo sea bueno o malo a voluntad! ¿Es que no lo estamos viendo todos? El sol acaba de salir y no se ve ni una sola nube. ¡Se han dispersado en un abrir y cerrar de ojos!
El rey montó en la carroza y ordenó la inmediata vuelta al palacio de todo su séquito, para otorgar al monje Tang el permiso de viaje que había solicitado. Cuando estaba a punto de estampar en él el sello imperial, se presentaron los taoístas y dijeron:
- La lluvia de hoy no es obra de los monjes, sino de la invencible superioridad del taoísmo.
- No tratéis de dorar ahora la píldora - les regañó el rey -. Vosotros mismos afirmasteis que, si no llovía, era porque los Reyes Dragón no estaban en casa, cuando vos los conjurasteis. Él, sin embargo, se llegó a lo alto del altar, recitó en silencio unas cuantas oraciones y al instante comenzó a caer la lluvia. ¿Cómo podéis afirmar que el mérito no es suyo?
- Pero olvidáis una cosa muy importante - replicó el Inmortal Fuerza de Tigre -: las órdenes estaban ya dadas. Yo mismo las envié a la mansión de los dragones por medio de conjuros, ensalmos y el rítmico golpear de mis tablillas de oro. Si los Reyes Dragón no acudieron en un principio a mi llamada, fue porque, sin duda alguna, se encontraban en otro lugar realizando los mismos servicios que yo les había solicitado. Lo mismo les ocurrió a los encargados del viento, las nubes, el rayo y el trueno. Al fin y al cabo, siempre trabajan en equipo. Pero, en cuanto mi orden llegó a sus oídos, se apresuraron a venir aquí, llegando en el preciso instante en que yo bajaba del altar y ese monje subía. El budista no desaprovechó la oportunidad y la lluvia cayó en abundancia. Pero fui yo el que trajo a los dragones y les pidió que lloviera. ¿Cómo podéis afirmar, entonces, que todo el mérito es de esos monjes?
El rey era una persona con un carácter muy voluble y, al oír esas explicaciones, las creyó a pie juntillas. El Peregrino se percató en seguida de su cambio de actitud y, juntando las manos a la altura del pecho, dio un paso hacia delante y dijo:
- Olvidémonos de lo pasado y dejemos de discutir sobre quién ha de atribuirse el mérito de lo ocurrido. Con el fin de fijar para siempre la superioridad de nuestra doctrina, propongo lo siguiente: los Reyes Dragón de los Cuatro Océanos están todavía volando por los aires de vuestro reino, a la espera de que les conceda la venia para retirarse. Si el Inmortal Preceptor es capaz de hacerlos presentarse en este palacio, para que todo el mundo pueda verlos, admitiré que el mérito ha sido exclusivamente suyo.
- Llevo veintitrés años ocupando este trono y jamás he visto a un dragón - afirmó el rey, entusiasmado -. Acepto tu proposición. Haced uso de vuestros poderes mágicos y aquel que lo consiga podrá arrogarse el mérito de haber producido la lluvia.
Los taoístas no disponían de tanta autoridad, pero, aun en el caso de que la hubieran tenido, los Reyes Dragón no los hubieran obedecido, porque respetaban más al Gran Sabio. Así que agacharon la cabeza y confesaron:
- Nosotros no podemos hacer una cosa tan disparatada. ¿Por qué no prueba él?
El Gran Sabio levantó la cabeza y gritó con todas sus fuerzas:
- ¡Eh, Ao-Kuang!, ¿dónde estás? ¡Llama a tus hermanos y dejaros ver!
Los Reyes Dragón obedecieron al instante y se manifestaron ante cuantos en aquel mismo momento se hallaban en el Salón de los Carillones de Oro, moviéndose entre una nube de incienso y neblinas. Sus movimientos eran circulares y trazaban complicadísimos dibujos en el aire. Sus garras parecían anzuelos de jade blanco, sus escamas de plata brillaban como espejos, sus pelos recordaban la seda y eran totalmente distintos unos de otros, sus cuernos poseían una perfección propia de alhajas, sus frentes aparecían tan rugosas como una montaña, y sus ojos redondos emitían la luz de diez mil hogueras. Su naturaleza estaba cargada de tanto misterio que ni siquiera en aquella epifanía podía ser plenamente comprendida. Hasta su vuelo resultaba imposible de describir. Así eran los seres que conceden la lluvia a quien se lo pide con humildad y siembran los cielos de luz a instancias de quien se lo suplica con devoción. La forma en la que aquel día se manifestaron era la más apropiada para criaturas tan poderosas y santas como ellos. Todo el palacio imperial quedó sumido en un aura de luz sagrada. El rey se apresuró a quemar un poco de incienso, mientras los demás funcionarios corrían a inclinarse enfrente de los escalones de jade.
- Habéis sido muy amables, al mostrarnos vuestro auténtico rostro - exclamó el rey -, pero os agradecería que regresarais a vuestros palacios tan pronto como podáis. Prometo celebrar una gran ceremonia de padecimiento por este gesto que habéis tenido hoy con nosotros.
- Podéis retiraros - repitió el Peregrino -. Ya habéis oído lo que os ha prometido el rey. Los  dragones  volvieron  a  los  océanos  y  los  otros  dioses  siguieron  su  ejemplo, dirigiéndose directamente a los cielos. Así quedó demostrado que el auténtico poder mágico es ilimitado y que nada pueden contra la verdad los excesos de la herejía.
De momento desconocemos si fue esto suficiente para hacer doblegar a los taoístas. Quien desee averiguarlo tendrá que escuchar las explicaciones que se brindan en el capítulo siguiente.

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[1]Las Lü-Liang son dos cascadas gemelas que se hallan en Dung-Shan, provincia de Kiangsu.

[2]Alusión clara al tercero de los veinticuatro períodos solares, «el revivir de los insectos», que solía coincidir con la primera quincena de marzo.

[3]Teng es el apellido del Dios del Trueno.