Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

El Gran Sabio se persona a toda prisa en los mares del sur. La compasiva Kwang-Ing accede a someter al Muchacho Rojo.


Al  lanzarse en persecución de los comandantes invencibles, el Peregrino iba pensando:
- Estos diablillos acaban de recibir el encargo de hacer venir al Anciano Rey, para que pueda probar la carne de mi maestro. Sin embargo, ese rey no es otro que el Toro, al que me unió antaño una profunda amistad. He de reconocer que entonces nuestros puntos de vista  eran,  más  o  menos,  idénticos,  y  eso  facilitó  nuestra  relación.  Ahora,  por  el contrario, yo me he convertido en un buscador de la Verdad y él sigue siendo un monstruo sin escrúpulos. Dudo que podamos seguir entendiéndonos tan bien como antes. Sin embargo, me queda un último recurso para tratar de liberar a mi maestro. Aún recuerdo con bastante claridad los rasgos del Toro y creo que no me costará mucho engañar a estos engreídos comandantuchos.
No había acabado de decirlo, cuando imprimió a su vuelo una velocidad vertiginosa, que dejó diez kilómetros atrás a los mensajeros. Sin pérdida de tiempo, sacudió el cuerpo y al punto se convirtió en una copia exacta del Monstruo Toro. No contento con eso, se arrancó unos cuantos pelos, que se transformaron, tras una simple infusión de aliento mágico, en un grupo de diablillos. Con sus halcones y lebreles, sus arcos y sus flechas parecían una partida de caza.
Cuando los comandantes invencibles llegaron a aquel punto del camino, se toparon de narices con el Monstruo Toro. Tan sorprendidos quedaron Alboroto y Tumulto que se echaron rostro en tierra, gritando sin cesar:
- ¡El Respetable Anciano Rey! ¡Qué suerte poder presentarle nuestros respetos!
Nube de Niebla, Niebla de Nube, Rapidez de Fuego y Velocidad de Viento poseían unos ojos totalmente humanos y se mostraron incapaces de reconocerle. Como habían hecho ya sus compañeros, se echaron al punto rostro en tierra y, sin dejar de golpear el suelo con la frente, dijeron:
- Vuestros siervos, gran señor, están al servicio del Santo Niño de la Caverna de la Nube de Fuego, y han recibido el encargo de invitaros a probar un trozo de carne del monje Tang, para que vuestros días se hagan eternos y vuestra edad sea la misma que la del cielo.
- Levantaos, por favor - dijo el Peregrino, aparentando un júbilo desbordante -. Con mucho gusto acepto vuestra invitación. Sin embargo, ya veis que estoy de caza. Si no os importa, os agradecería que me acompañarais hasta mi palacio, para que pueda cambiarme de ropa.
- Os sugerimos que no lo hagáis - le urgieron ellos, arreciando en sus manifestaciones de respeto -. La distancia que hay de aquí hasta vuestra morada es grande y es muy posible que nuestro señor se enfade con nosotros por haber tardado tanto. Sería aconsejable que nos acompañarais tal como estáis.
- ¡Cuidado que sois! - exclamó el Peregrino, soltando, paternal, la carcajada -. Abrid la marcha y yo os seguiré.
Así lo hicieron ellos y no tardaron en llegar al lugar del que habían partido. Velocidad de Viento y Rapidez de Fuego, sin embargo, se adelantaron unos metros para anunciar a su señor:
- Acaba de llegar el Anciano Rey.
- ¡Qué efectividad la vuestra! - exclamó, encantado, el monstruo -. Jamás pensé que pudierais regresar tan pronto - y ordeno a sus capitanes que hicieran formar a la tropa y desplegaran las banderas y estandartes con el fin de darle la bienvenida.
Los diablillos cumplieron sus deseos en un abrir y cerrar de ojos entre el atronador sonar de los tambores. El Peregrino recupero los pelos que se habían hecho pasar por halcones y perros, y, de tres zancadas, entró en la caverna con ademán a la vez rápido y solemne. En cuanto hubo tomado asiento, mirando hacia el sur, el Muchacho se echó a sus pies, al tiempo que decía:
- Recibid, gran señor, mi más ferviente expresión de sometimiento.
- Mi hijo está libre de ceremonias como ésta - replicó el Peregrino -. Ponte inmediatamente de pie y siéntate a mi lado.
Pero el monstruo insistió y no accedió a la invitación de su supuesto padre, hasta que no hubo golpeado cuatro veces seguidas el suelo con la frente.
- ¿Por qué me has hecho llamar? - preguntó entonces el Peregrino.
- Mis cualidades no son, ciertamente, muchas - confesó el monstruo inclinando respetuosamente la cabeza -. Sin embargo, me las he arreglado para capturar a un monje originario del Gran Imperio de los Tang, que, como sabéis, se encuentra en las Tierras del Este. He de confesar que estaba ansioso por echarle el guante, pues más de una vez había oído comentar que se trataba de un hombre que se había dedicado a la práctica de la virtud durante más de diez reencarnaciones seguidas. Eso ha hecho de su carne algo tan especial que quien la pruebe puede alcanzar una edad tan larga como la de los inmortales de Peng - Lai o Ying - Chou. Precisamente por eso os he hecho llamar. No estaría  bien  reservar  para  mí  solo  un  tesoro  semejante,  siendo  vos  mi  padre  y debiéndoos tanto como os debo. Es mi deseo que también vos gocéis de la posibilidad de alargar indefinidamente vuestros días.
- ¿Puedes darme más detalles sobre ese monje Tang? - volvió a preguntar el Peregrino, sudando por lo que acababa de oír.
- Por lo que he podido averiguar, se dirige hacia el Paraíso Occidental en busca de escrituras.
- ¿No será, por casualidad, el maestro del Peregrino Sun? - inquirió el Peregrino.
- Así es - afirmó el monstruo.
- En ese caso, es mejor que no te metas con él - sugirió el Peregrino, agitando las manos y la cabeza -. No sabes la cantidad de poderes que tiene ese hombre. Espero que no te hayas enfrentado a él, porque a sus eximias artes marciales hay que añadir su profundo conocimiento de la dificilísima ciencia de las metamorfosis. No te digo que, tras sumir el Palacio Celeste en una confusión absoluta, el Emperador de Jade envió contra él a más de diez mil guerreros celestiales que se mostraron incapaces de capturarle, aunque extendieron las cósmicas sobre su cabeza. No comprendo cómo se te ha ocurrido tratar de devorar a su maestro. Ponle en seguida en libertad y olvida para siempre a ese mono. Si descubre que hemos devorado a su maestro, ten la seguridad de que se enfrentará a nosotros con esa barra de los extremos de oro, que blande, orgulloso, para allanar montañas, como si fueran hierbas de raíz débil. ¿Dónde podrás encontrar cobijo? ¿Has recapacitado que eso puede privarme de toda ayuda cuando la vejez se abalance sobre mí y no pueda defenderme por mismo?
- ¿Se puede saber de qué estáis hablando? - exclamó, sorprendido, el monstruo -. Me parece que estáis exagerando sus poderes y minimizando descaradamente los míos. Cuando ese Peregrino Sun y sus dos hermanos decidieron cruzar mis dominios, fueron tan imbéciles que se fiaron de mis poderes metamórficos y eso me facilitó la captura de su maestro. Tengo que reconocer que se las arreglaron extraordinariamente bien para descubrir la ubicación de esta caverna pero volvieron a dar muestras de su poco juicio, al pretender que eran parientes vuestros. Eso me hizo perder la paciencia y me enfrenté a ese Peregrino, sin que apreciara en él ninguna de las extraordinarias virtudes que vos le achacáis. Chu Ba-Chie cometió la imprudencia de sumar sus fuerzas a las de su hermano mayor, resultando ambos derrotados, cuando decidí hacer uso del fuego de Samadhi. Al comprobar su potencialidad destructora, se sintieron tan aterrados que acudieron a los Cuatro Reyes Dragón, pero, como vos bien sabéis, la lluvia se mostró incapaz de apagar mis extraordinarias llamaradas. Esta vez, sin embargo, no salieron tan bien parados, porque el Peregrino Sun sufrió unas quemaduras tremendas, que a punto estuvieron de mandarle a una nueva reencarnación. Incapaz de realizar él solo un viaje tan largo en las circunstancias en las que se encontraba, pidió a Chu Ba-Chie que se llegara hasta los Mares del Sur y solicitara la ayuda de la Bodhisattva Kwang-Ing. Enterado de sus planes, me convertí en una copia exacta de ella y logré engañar a ese Idiota, trayéndole prisionero a esta cueva. Está colgado de una viga a la espera de que mis súbditos se le coman de aperitivo. Esta mañana el Peregrino volvió a las andadas, pero se encuentra tan débil que, en cuanto oyó mis órdenes de que fuera apresado sin dilación, huyó como un cobarde. Eso precisamente me ha dado ánimos para invitaros a venir a probar la carne de ese monje. Tengo la esperanza de ver alargados infinitamente vuestros días, sin que la vejez o la muerte puedan nada contra vos.
- Tan generosos sentimientos me llenan de profundo orgullo - exclamó el Peregrino, impaciente por lo que acababa de oír -. Sin embargo, te pido que recapacites. Tú sólo dispones del fuego de Samadhi para hacer frente a ese Peregrino. Él, por el contrario, es un maestro en el arte de las metamorfosis. No te digo más que domina setenta y dos.
- Es posible que pueda transformarse en lo que le venga en gana - comentó el monstruo -, pero yo no soy tonto tampoco y soy capaz de reconocerle, en cuanto le vea aparecer por esa puerta.
- Todo eso está muy bien, si desea convertirse en algo de un tamaño más bien grande - admitió el Peregrino -. ¿Pero qué me dices si opta por transformarse en un insecto pequeñito, por ponerte sólo un ejemplo?
- ¡Que no lo intente! - bramó el monstruo -. Todas mis puertas están muy bien protegidas. Vos mismo lo habéis visto. En cada una de ellas hay cinco o seis diablillos. ¿Cómo va a poder entrar?
- Se ve que no estás al tanto de lo de las metamorfosis  - se atrevió criticarle el Peregrino -. Ese mono puede transformarse en una mosca, en un mosquito, en una pulga, en una abeja, en una mariposa, en un grillo, o en cualquier criatura que le venga en gana. No te digo que hasta tiene poderes para hacerse pasar por mí. ¿Cómo vas a poder desenmascararle, si se le ocurre hacer una locura semejante?
- No os preocupéis - repitió el monstruo -. Para eso tendría que tener unos riñones de acero y un corazón de bronce, y os aseguro que no hay nadie tan valiente para cometer una locura de ese cariz.
- De todo lo que acabas de decirme, hijo mío - respondió el Peregrino -, colijo que te vales tú solo para derrotar a ese mono. Es más, esa certeza te ha movido a invitarme a probar la carne de ese tal monje  Tang. Sin embargo, existe un pequeño problema y éste es que no puedo comer carne.
- ¿Por qué no? - exclamó el monstruo, sorprendido.
- Muy  sencillo - explicó el Peregrino -. Porque últimamente no me he encontrado muy bien y tu madre me ha sugerido que haga algunas buenas obras. Mirándolo bien, no hay mucho que pueda hacer a mi edad, salvo seguir una estricta dieta vegetariana.
- ¿Es permanente o sólo abarca un mes? - inquirió el monstruo.
- Ni lo uno ni lo otro - respondió el Peregrino -. La sigo cuatro veces al mes y recibe el nombre de «dieta vegetariana del trueno».
- ¿Qué cuatro días en concreto? - volvió a preguntar el monstruo.
- El sexto de cada mes y aquellos que corresponden al tronco «sin» de la representación sexagesimal [1]. Hoy precisamente es uno de esos días, con el agravante de que no me está permitido acepta ningún tipo de invitaciones. Creo que lo mejor será que esperemos hasta mañana. Yo mismo me encargaré de pelar al monje Tang y de meterle en la cazuela.
Pero esa confesión desconcertó tanto al monstruo que se dijo receloso:
- ¡Qué raro! Mi padre siempre se ha alimentado de carne humana. Lleva haciéndolo, de hecho,  durante  más  de  mil  años.  ¿Cómo  le  habrá  dado  por  hacerse,  de  pronto, vegetariano? Si, como dice, está inclinado a la práctica de la virtud, cuatro días al mes son muy pocos para la cantidad de crímenes que ha tenido que cometer a lo largo de toda su vida. Sus explicaciones no acaban de cuadrarme. Encuentro algo raro en ellas.
Sin pérdida de tiempo, se llegó hasta la segunda puerta y preguntó a los comandantes invencibles:
- ¿Dónde encontrasteis al Anciano Rey?
- Camino de su mansión - contestaron ellos.
- Os dije que os dierais prisa en volver, pero no tanta que no llegarais a pisar su palacio - les reconvino el monstruo -. Porque eso fue lo que hicisteis, ¿no?
- Así es - afirmaron ellos.
- ¡Eso lo explica todo! - exclamó el monstruo, preocupado -. Nos ha engañado con una facilidad pasmosa. ¡Ese de ahí dentro no es el Anciano Rey!
- No digáis eso ni en broma, señor - le aconsejaron los comandantes -. Conocemos bien a vuestro padre.
- Sus rasgos y gestos son, ciertamente, los suyos - explicó el monstruo -. Pero su forma de hablar es totalmente distinta. Me temo que hemos sido víctimas de un cruel engaño. Avisad a los demás y advertirles del gravísimo peligro que corren. Que todo el mundo esté alerta. Los que sepan usar la espada que la tengan desenvainada, los que se sirvan de la lanza que la mantengan a punto, y los que se consideren maestros con el lazo y la porra que se dispongan para la lucha. Voy a hacerle unas cuantas preguntas más a ver cómo responde. Si, como afirma, es el auténtico Anciano Rey, no me importa esperar un mes para probar la carne del monje Tang. Pero si sus respuestas no son correctas, lanzaré un grito y todos vosotros os abalanzaréis sobre él, ¿de acuerdo?
Los diablillos inclinaron la cabeza y se retiraron a sus puestos, mientras el monstruo volvía al lado del Peregrino, que le dijo:
- No hay necesidad de que vuelvas a arrodillarte. ¿Para qué mostrarte tan ceremonioso conmigo? Si tienes algo que decirme, hazlo con toda confianza.
Pese a tales consejos, el monstruo se echó rostro en tierra y afirmó:
- Si os he hecho llamar, ha sido por dos razones: una, para invitarte a probar la carne del monje Tang, y la otra, para haceros una pregunta, que no dudo tendréis la delicadeza de responder. Hace unos decidí tomarme un descanso y me dirigí al Noveno Cielo. Allí me topé con el maestro Chang Tao-Lin [2], ya sabéis, el patriarca taoísta.
- ¿El preceptor celeste? - le interrumpió el Peregrino.
- El mismo - ratificó el monstruo.
- ¿Qué te dijo? - preguntó el Peregrino.
- Al ver lo bien formado de mi rostro y comprobar la perfección de mi cuerpo - contestó el monstruo -, me preguntó sobre la hora, día, mes y año de mi nacimiento. Avergonzado, hube de reconocer que no lo sabía, cosa digna de lamentar, porque el patriarca es un auténtico maestro en el arte de la adivinación. Para sus cálculos se basa en la posición de los cinco planetas y sus predicciones son prácticamente infalibles. Por eso, estoy muy interesado en ellas y me he tomado la libertad de haceros llamar, para que me facilitéis los datos que preciso. Así la próxima vez que le vea no tendrá ningún inconveniente en leerme el futuro.
- ¡Qué monstruo más listo! - se dijo el Peregrino -. Desde que acepté la Verdad budista y me comprometí a proteger al monje Tang, me he topado con toda suerte de bestias y espíritus, pero ninguno supera a éste en cicatería. Si me hubiera preguntado sobre otra cosa, no habría tenido el menor empacho en responderle lo primero que me hubiera venido a la cabeza. Pero ¡preguntarme sobre la hora, día, mes de su nacimiento! ¿Cómo voy a saberlo yo?
El mono era, sin embargo, una persona de muchísimos recursos y, sin dejar traslucir lo más mínimo la inquietud que le embargaba, sonrío paternal y dijo:
- Levántate, por favor. Como acabo de confesarte, cada vez me siento más viejo y son muchas las cosas que no logro recordar. Entre ellas se encuentra, lo reconozco con pena, la fecha de tu nacimiento. Los viejos somos así. Si no te importa, se lo preguntaré a tu madre, tan pronto como llegue mañana a casa.
- ¡Menudo embustero! - se dijo, a su vez, el monstruo -. Mi auténtico padre no ha dejado de ufanarse jamás de los datos de mi nacimiento [3], pues, según él, me auguran un futuro tan luminoso como el del mismo cielo. ¡Es imposible que se haya olvidado, de pronto, de ellos! ¡Por fuerza tiene que ser un impostor! - y dio un tremendo grito.
Al punto se abalanzaron sobre el Peregrino incontables monstruos con porras, espadas y lanzas. Afortunadamente el Gran Sabio esquivó a tiempo sus golpes, repeliendo tan inesperado ataque con la barra invencible de los extremos de oro.
- ¡Qué poco piadoso eres! - exclamó el Peregrino, recobrando la forma que le era habitual -. ¿Cuándo se ha visto que un hijo ataque de esta forma a su padre? Avergonzado, el monstruo no se atrevió a levantar la vista del suelo. El Peregrino aprovechó  entonces  la  ocasión  para  convertirse  en  un  rayo  de  luz  y  abandonar  la caverna a toda prisa.
- ¡El Peregrino Sun se escapa! - gritaron, excitados, los diablillos.
- ¿Qué más da? Dejadle marchar. He de reconocer que esta vez se ha burlado de mí. Cerrad inmediatamente las puertas y preparad al monje Tang para que pueda ser cocinado.
El Peregrino se alejó de la cueva y corrió hacia el arroyo, riendo como un loco. Al oírlo, el Bonzo Sha acudió a su encuentro, diciendo:
- Llevas fuera más de medio día. ¿Qué ha pasado, para que vuelvas riéndote de esa forma? ¿Acaso has logrado liberar al maestro?
- Todavía no - contestó el Peregrino -, pero he logrado ganar una batalla.
- ¿Qué quieres decir? - volvió a preguntar el Bonzo Sha.
- Ese monstruo - explicó el Peregrino, sin dejar de reír - tomo forma de Kwang-Ing y logró engañar a Chu Ba-Chie, que se encuentra ahora en el interior de un saco de cuero colgado de una viga. Eso me hizo ver la necesidad de trazar un plan igual de ingenioso. Cuando más concentrado estaba pensando en ello, oí cómo mandaba a seis comandantes a la mansión del Anciano Rey a invitarle a venir a probar un poco de carne del monje Tang. En seguida caí en la cuenta de que ese tal rey no podía ser otro que mi viejo amigo el Monstruo Toro. Así que adopté su figura y engañé a los mensajeros sin ninguna dificultad. Disfrazado de esa guisa, el monstruo me abrió las puertas de su caverna y me hizo sentar en el sitio de honor, al tiempo que me presentaba sus respetos. No puedes figurarte la alegría que eso me produjo. ¿Te imaginas a un monstruo arrodillado ante mí? Fue un auténtico triunfo y por eso te he dicho que acabo de ganar una batalla.
- Todo eso me parece muy bien - admitió el Bonzo Sha -, pero me temo que eso, en vez de facilitarnos las cosas, va a hacer aún más difícil la liberación de nuestro maestro. Si he de serte sincero, cada vez temo más por su vida.
- No te preocupes - trató de consolarle el Peregrino -. Ahora mismo voy a ir a solicitar la ayuda de la Bodhisattva.
- No puedes hacer un viaje tan largo - objetó el Bonzo Sha -. Todavía tienes el cuerpo dolorido.
- Ya no - respondió el Peregrino -. Como muy bien afirmaban los antiguos, «un asunto feliz hace revivir el espíritu». Tú encárgate del caballo y el equipaje, mientras yo esté fuera.
- Date prisa en ir y volver - le aconsejó el Bonzo Sha -. Es muy posible que tu estratagema haya sacado de quicio al monstruo y haya optado por acabar cuanto antes con nuestro maestro.
- Cabe esa posibilidad - reconoció el Peregrino -. Estáte tranquilo. Volveré lo más pronto que pueda.
No había acabado de decirlo, cuando el Bonzo Sha dejó de verle, tal fue la velocidad con que se elevó por los aires y se lanzó en dirección a los Mares del Sur. No llevaba media hora volando, cuando descubrió en la distancia la Montaña Potalaka. Al cabo de un minuto escaso se hallaba ya en tierra firme, siendo recibido por un grupo de veinticuatro devas, que le preguntaron:
- ¿Adonde vais, Gran Sabio?
- A entrevistarme con la Bodhisattva - respondió él, devolviéndoles el saludo.
- Esperad  un  momento,  por  favor  -  dijeron  los  devas  -.  Ahora  mismo  vamos  a anunciarle vuestra llegada.
El deva Kwei Tse-Mu fue el encargado de llegarse hasta la Caverna el Sonido de las Mareas y decir a su señora:
- Me cabe el honor de anunciaros que acaba de llegar Sun Wu-Kung, que pide respetuosamente ser recibido por vos.
La Bodhissatva ordenó que le hicieran pasar, preguntándole en tono de reproche, en cuanto se hubo lanzado a sus pies:
- ¿Cómo es que no estás al lado de tu maestro, la Cigarra de Oro, camino del occidente? ¿Qué asunto te ha traído hasta aquí?
- Permitidme que os ponga al tanto de lo ocurrido - respondió el Peregrino -. Nuestro afán por hacernos con las escrituras nos llevó hasta la Caverna de la Nube de Fuego, junto al Arroyo del Pino Seco, donde reside un monstruo llamado el Muchacho Rojo, aunque él prefiere ser llamado Santo Niño, que secuestró a nuestro maestro. Chu Wu-Neng y vuestro humilde servidor tratamos de liberarle, enfrentándonos a la bestia en la puerta misma de su cueva, pero echó mano del fuego de Samadhi y no pudimos lograr nuestro propósito. Volé entonces hacia el Océano Oriental y solicité la ayuda de los Reyes Dragón de los Cuatro Océanos, que se avinieron de buen grado a prestármela. Sin embargo, la lluvia se mostró incapaz de apagar el fuego y yo sufrí unas quemaduras tan horrorosas que a punto estuve de perder la vida.
- Si ese fuego de Samadhi posee tantos poderes mágicos como dices - inquirió la Bodhisattva -, ¿por qué acudiste a los Reyes Dragón y no a mí?
- Iba a hacerlo - respondió el Peregrino -, pero el fuego y el humo me dejaron tan mal parado que me fue del todo imposible volar a lomos de una nube, encargando a Chu Ba-Chie que viniera él a solicitar vuestra ayuda.
- Wu-Neng no ha venido por aquí - comentó la Bodhisattva.
- Ciertamente que no - reconoció el Peregrino -. Se lo impidió ese monstruo, adoptando vuestra figura y haciéndole entrar, de esa forma, en su pútrida caverna. Ahora el pobre Wu-Neng espera la hora de ser cocido al vapor metido en una bolsa de cuero que cuelga de una de las vigas.
- ¡Cómo se ha atrevido esa bestia a adoptar mi personalidad! - bramó la Bodhisattva, muy enfadada.
Estaba tan furiosa que lanzó contra las olas el jarrón de porcelana que sostenía en sus manos. Al hacerse añicos, se transformó en miríadas de perlas, que se perdieron entre las aguas. El Peregrino se quedó tan desconcertado que de un salto se puso de pie y se le erizaron todos los pelos del cuerpo.
- ¡Qué carácter el de esta Bodhisattva! - se dijo, sorprendido -. Tenía que haber hablado con un poco más de prudencia. Es una lástima que, por mi culpa, haya destrozado un jarrón tan precioso como ése. Si hubiera sabido que iba a hacer una cosa así, le habría pedido que me lo hubiera regalado. Creo que en ningún otro sitio podría hallar un regalo mejor. Eso seguro.
No había acabado de pensarlo, cuando el jarrón surgió, de pronto, de entre un revoltijo de olas gigantescas. Lo llevaba en su lomo una extraña criatura, a la que el Peregrino se quedó mirando con desconcertada atención. Respondía al nombre de Ayudante del Lodo y sobre sus hombros descansaba la responsabilidad de dotar a las aguas de toda su fuerza. Aunque es muy tímida y poco sociable, conoce a la perfección las leyes del Cielo y la Tierra y la naturaleza de los dioses y espíritus. Su cabeza y su cola son retráctiles, pudiendo volar cuando extiende del todo sus patas. Su conocimiento del pasado y del porvenir es tan perfecto que, cuando el rey Wen diseñaba los triagramas y Chang-Yüan [4]  fijaba los cimientos del arte adivinatorio, ella estaba ya familiarizada con la ciencia de Fu-Shr [5]. Su felicidad estriba en retozar sobre las aguas y juguetear con la marea. Viste una armadura tejida con hilos de oro, que forman extraños diseños que recuerdan los de los caparazones de las tortugas. En su túnica, de un profundo color verdoso, figuran bordados los Ocho Triagramas y los Nueve Palacios. En vida se mostró tan valiente que mereció el respeto de los Reyes Dragón; ahora, una vez transpuesta la muerte, lleva escrito en la cabeza el nombre de Buda. Tan extraordinaria criatura no es otra que la terrible tortuga negra que ayuda a los vientos a sacudir las olas.
La tortuga se llegó, con el jarron sobre la espalda, hasta donde estaba la Bodhisattva e inclinó veinticuatro veces seguidas la cabeza, dando a entender con ello que eran otros tantos los votos que había hecho. El Peregrino sonrió y se dijo:
- ¡Así que esta tortuga es la encargada del jarrón! Si se pierde algún día, sólo ella será la responsable.
- ¿Se puede saber en qué estás pensando, Wu-Kung? - le interrogó la Bodhisattva.
- En nada, en nada - respondió el Peregrino a toda prisa.
- En ese caso - le ordenó la Bodhisattva -, baja a por el jarrón.
El Peregrino obedeció sin rechistar, pero, por mucho que lo intentó, fue incapaz de moverlo del sitio. Era como si una libélula hubiera tratado de derribar un montón de piedras. Desconcertado, el Peregrino regresó junto a la Bodhisattva y le informó, diciendo:
- Lo lamento, señora, pero no puedo moverlo.
- ¡Lo único que sabes hacer es dar problemas! - le regañó la Bodhisattva -. ¿Cómo vas a capturar monstruos y derrotar bestias, si eres incapaz de sostener en tus manos un simple jarrón?
- Si no os parece una baladronada - respondió el Peregrino -, os diré que lo he hecho infinidad de veces. Pero he de reconocer, al mismo tiempo, que no puedo con vuestro florero. Es claro que el castigo que me ha infligido ese monstruo me ha restado considerablemente las fuerzas.
- Todo esto tiene su explicación - confesó la Bodhisattva -. Normalmente este jarrón es muy liviano, pero, al ser arrojado a las aguas, se ha desplazado a través de los Tres Ríos, los Cinco Lagos, los Ocho Mares y los Cuatro Grandes Océanos, acumulando en su interior todo el potencial acuático de esos cuerpos. Es como si dentro de él se hubiera concentrado un océano inmenso que abarcara todos los demás. Por muy fuerte que seas, no puedes con toda el agua del mundo. De ahí que hayas sido incapaz de mover el jarrón.
- No lo sabía, señora - dijo el Peregrino, juntando respetuosamente las manos.
La Bodhisattva extendió su mano derecha y agarró el jarrón sin el menor esfuerzo, pasándoselo después a su palma izquierda. La tortuga sacudió ligeramente la cabeza y se retiró pesadamente a las aguas.
- ¡Así que ésa es la tortuga que cuida de vuestro jarrón! - exclamó el Peregrino.
La Bodhisattva no prestó la menor atención a su comentario. Volvió a tomar asiento y dijo:
- El dulce rocío de mi jarrón no se parece en nada a la lluvia de los dragones. De hecho, es  capaz  de  apagar  el  fuego  que  Samadhi  enseño  a  ese  monstruo.  Es  mi  deseo prestártelo, pero está la dificultad de su peso. He decidido, por tanto, que te acompañe la Dragona de la Felicidad Celeste y eso a sabiendas de que no eres una persona amable. Tú disfrutas burlándote de la gente. Además, estoy segura de que, en cuanto veas la belleza de mí dragona y comprendas lo valioso que es mi jarrón, tratarás a toda costa de hacerte con él. Si consigues robármelo, perderé muchísimo tiempo antes de que pueda dar contigo. Así que lo mejor que puedes hacer es dejarme algo en prenda.
- ¡Debería daros vergüenza pensar de esa forma! - exclamo el Peregrino -. Jamás sospeché que fuerais tan suspicaz. Vos sabéis que no he vuelto a robar nada después de abrazar voluntariamente la pobreza monacal. Pero, en fin, ya que os empeñáis en que os deje una prenda, no me queda más remedio que hacerlo. El problema es que no poseo nada de valor. Para empezar, la camisa que llevo es regalo vuestro. Esta piel de tigre, por otra parte, es tan valiosa como una hoja de bambú. He de reconocer que la barra de hierro es lo más preciado que tengo, pero sin ella me encuentro totalmente a merced de mis enemigos. Sólo me queda, pues, esta corona de oro que llevo en la cabeza. Vos misma me obligasteis a ponérmela, valiéndoos de mil y un engaños. Si deseáis una prenda, aceptad esta maldita corona. Podéis librarme de ella con el mismo conjuro que usasteis para ponerla. ¿No os parece una buena idea?
- ¡Cuidado que eres gracioso! - le regañó la Bodhisattva -. No estoy interesada ni en tus ropas, ni en tu barra de hierro, ni en tu corona de oro, sino en unos cuantos de esos pelos que te crecen en la zona de nuca. Según tengo entendido, protegen la vida.
- Deberías saberlo - replicó el Peregrino -. Vos misma me los regalasteis. De todas formas, es muy posible que, al intentar arrancarlos, se me rompan unos cuantos y no pueda seguir viviendo con la misma facilidad que hasta ahora.
- ¡Mono desconfiado! - volvió a regañarle la Bodhisattva -. Eres tan tacaño que no estás dispuesto a desprenderte ni de uno solo de esos pelos. Con una actitud así, ¿cómo crees que voy a confiarte a mi querida Felicidad Celeste?
- ¡En todo el mundo no hay nadie tan suspicaz como vos! - exclamó el Peregrino, soltando la carcajada -. Deberíais recordar el dicho que afirma: «Si no estáis dispuestos a hacerlo por un monje, hacedlo al menos por Buda». Os suplico de todo corazón que salvéis la vida a mi maestro.
La Bodhisattva abandonó su trono de loto y se dirigió montaña arriba, dejando detrás una estela de aroma. Habiéndose percatado, de pronto, del peligro que corría el monje santo, decidió ir ella misma en persona a liberarle de las garras del monstruo. Visiblemente complacido, el Gran Sabio la siguió al exterior de la Caverna del Sonido de las Mareas. Los diferentes devas le presentaron sus respetos desde el pico Potalaka.
- Crucemos el océano, Wu-Kung - sugirió la Bodhisattva.
- Vos primero, señora - dijo el Peregrino con inesperada delicadeza.
- No, no. Primero tú - replicó la Bodhisattva.
- Yo no soy más que vuestro discípulo y no está bien que despliegue mis poderes ante vos - insistió el Peregrino -. Además, si doy uno de los saltos que acostumbro, es muy posible que queden al descubierto los signos de mi masculinidad y eso puede ofenderos. Al oír eso, la Bodhisattva ordenó a la Dragona de la Felicidad Celeste que arrancara un pétalo de flor de loto y lo dejara caer al mar. Se volvió después hacia el Peregrino y le dijo:
- Móntate en ese pétalo y te mandaré en él al otro lado del océano.
- Ese pétalo es demasiado fino y ligero - protestó el Peregrino -. ¿Cómo va a poder conmigo? En cuanto ponga el pie sobre él, caeré al agua de cabeza y mi piel de tigre quedará arruinada. ¿Cómo voy a poder defenderme del frío sin ella?
- Móntate en esa flor y verás lo que ocurre - le ordenó la Bodhisattva.
El Peregrino no se atrevió esta vez a desobedecerla. Arriesgando su vida, dio un salto y fue  a  parar  justamente  en  el  centro  del  pétalo.  Tuvo  entonces  la  sensación  de encontrarse en una embarcación bastante más grande que un simple bote y exclamó, complacido:
- Bodhisattva, quepo perfectamente en esta flor.
- ¿Por qué no cruzas entonces el océano? - preguntó la Bodhisattva.
- Porque carece de timón, de mástil y hasta de remos - contestó el Peregrino -. ¿Cómo voy a aventurarme a cruzar el océano en estas circunstancias?
- No necesitas ninguna de esas cosas para hacerlo - replicó la Bodhisattva.
Sopló suavemente el pétalo de loto y éste se apartó al instante de la costa. Repitió de nuevo la operación y el Peregrino no tardó en cruzar el proceloso Océano Austral. En cuanto el Gran Sabio se halló en tierra firme, soltó la carcajada y exclamó:
- Esta Bodhisattva posee unos poderes francamente extraordinarios. Es capaz de llevarme de acá para allá sin el menor esfuerzo.
Tras ordenar a los devas que cuidaran del Palacio de Rocas y a la Dragona de la Felicidad Celeste que cerrara las puertas, la Bodhisattva montó en una nube y se alejó a toda prisa del pico Potalaka. Al llegar a la parte de atrás de la montaña, gritó con todas sus fuerzas:
- ¿Dónde te has metido, Huei-An?
Huei-An era el nombre religioso de Moksa, el hijo segundo del Devaraja Li. Era el discípulo predilecto de la Bodhisattva, y, en agradecimiento por sus enseñanzas, jamás volvió a separarse de ella. Semejante fidelidad le valió el título de Dharma Guardián. Huei-An juntó las manos y se inclinó, respetuoso, ante la Bodhisattva, que le dijo:
- Vete inmediatamente a las Regiones Superiores y pide prestadas a tu padre unas cuantas espadas de las constelaciones.
- ¿Cuántas queréis? - preguntó Huei-An.
- Todas las que tenga - respondió la Bodhisattva.
Huei-An montó en una nube y, tras dejar atrás la Puerta Sur de los cielos, se dirigió al Palacio de la Torre de Nubes. Allí se arrojó a los pies de su padre, que le preguntó, sorprendido:
- ¿Puedes decirme a qué debo el honor de tu visita?
- Sun Wu-Kung ha solicitado de mi preceptora ayuda para acabar con un monstruo y ésta ha acudido, a su vez, a mí para que os pida prestadas las espadas de las constelaciones.
El devaraja ordenó inmediatamente a Nata que fuera en busca de las treinta y seis espadas para dárselas a Moksa.
- Saluda a nuestra madre de mi parte - pidió éste a su hermano -. Ahora estoy muy ocupado. Cuando vuelva con las espadas, pasaré a transmitirle personalmente mis respetos.
Los dos hermanos se despidieron en seguida, porque, en cuanto tuvo las armas en su poder,  Moksa  volvió  a  montar  en  una  nube  y  regresó  a  los  Mares  del  Sur.  La Bodhisattva agradeció la rapidez con que había cumplido su encargo, cogió las espadas y las lanzó hacia lo alto, al tiempo que recitaba un conjuro. Sorprendentemente las dagas se transformaron en un loto de más de mil pétalos. La Bodhisattva se sentó a continuación sobre él y el Peregrino se dijo, al verlo:
- ¡Cuidado que es ahorradora esta Bodhisattva! En su estanque crecen infinidad de lotos, no de uno, sino de cinco colores, y ha preferido molestar a medio cielo para no tener que usar uno de los suyos. ¡Es francamente, increíble!
- ¿Se puede saber qué estás farfullando ahí tú solo? - le regañó la Bodhisattva -. Anda, deja de decir tonterías y vente conmigo.
Apenas había acabado de decirlo, cuando se encontraban ya al otro lado del océano. Aunque rápido, el viaje lo hicieron en un perfecto orden, ya que lo abría la Bodhisattva y lo cerraba Huei-An.
- Ése de ahí abajo - dijo el Gran Sabio Sun desde el aire - es el monte en el que habita el monstruo. Calculo que desde aquí a la puerta de su caverna hay aproximadamente quinientos kilómetros.
La Bodhisattva descendió entonces de su nube y recitó un conjuro que empezaba por la letra «OMM». En un abrir y cerrar de ojos se presentaron ante ella los dioses y espíritus que moraban en tan apartada región. Todos ellos se echaron rostro en tierra, temblando de pies a cabeza y sin atreverse a levantar la vista del suelo.
- No os asustéis - trató de tranquilizarles la Bodhisattva -. He venido a atrapar al monstruo que os esclaviza, pero para ello es preciso que dejéis totalmente limpia la zona. No debe quedar ni un solo bicho viviente en trescientos kilómetros a la redonda. Es conveniente, por tanto, que saquéis a las bestias de sus cubiles y a las aves de sus nidos y los llevéis al punto más alto de esta cordillera. Si no lo hacéis, morirán sin remedio. Así que daros prisa.
Los dioses se retiraron con la misma celeridad con la que habían acudido a su llamada, para regresar al poco tiempo a informar a la Bodhisattva que sus órdenes habían sido cumplidas al pie de la letra.
- En ese caso - concluyó la Bodhisattva -, podéis volver a vuestros santuarios. Ya no os necesito para nada.
Puso a continuación el jarrón boca abajo y al instante manó de él una arrolladora corriente de agua. Era tan caudalosa que anegó murallas altísimas y cubrió las cumbres de no pocas montañas. Era como si el mar hubiera abandonado su cauce y los océanos se hubieran empeñado en saltar por encima de las cordilleras. Al punto se levantó una especie de niebla negruzca, que sumió el firmamento en una oscuridad total. La luz solar se tornó tan fría que sólo era capaz de reflejarla el verdor de las olas. Todo el mar pareció llenarse de lotos de oro, cuando la Bodhisattva mostró su tremendo poder. Portaba en sus manos el dharmakaya [6] y eso hizo que el lugar en el que había posado los pies se transformara en un trasunto de Potalaka. Su semejanza con los Mares del Sur era, de hecho, tan marcada que por doquier brotaron capullos de udumbara y la hierba se vio cubierta por la sombra las palmeras. Las cacatúas venían a posarse sobre los bambúes, mientras las perdices lanzaban sus gritos entre el verdor de los pinos. Adonde quiera que se dirigiera la vista podían verse lotos y olas gigantes. El viento soplaba con tal fuerza que las aguas se elevaban, de hecho, hasta el mismísimo Cielo.
- ¡Qué extraordinaria es la misericordia de esta Bodhisattva! - se dijo, maravillado, el Gran Sabio -. Si yo tuviera estos poderes, habría vertido sin más, el jarrón sobre la montaña. De seguro no me habría preocupado para nada de las criaturas que la habitan. ¿Para qué perder el tiempo en esas menudencias?
- Estira la mano, Wu-Kung - le ordenó entonces la Bodhisattva.
El Peregrino se arremangó a toda prisa el brazo izquierdo y alargó la mano. La Bodhisattva sacó del jarrón la ramita de sauce y escribió en su mano con rocío la palabra «engaño», al tiempo que volvía a ordenarle:
- Cierra el puño y vete a enfrentarte, una vez más, con ese monstruo. Es preciso que te dejes vencer por él y que le arrastres en tu huida hasta aquí. Yo misma me encargaré de darle su merecido.
Sin dudarlo, el Peregrino se dirigió hacia la entrada de la caverna. Cerró en un puño la mano izquierda, mientras sostenía en la derecha la barra de hierro y gritaba como un loco:
- ¡Abrid inmediatamente esa puerta!
Los diablillos que la guardaban corrieron, asustados, a informar a señor:
- ¡Otra vez está ahí fuera el Peregrino Sun, exigiendo que le abramos la puerta!
- Cerradla a cal y canto y no os preocupéis por él - ordenó el monstruo.
- No seas así, hijo - continuó gritando el Peregrino -. No es justo que te niegues a abrir a tu padre, después de haberle expulsado tú mismo de su casa.
Tanta fue su insistencia que los diablillos volvieron al poco rato a armar a su señor:
- El Peregrino Sun no para de insultaros.
- No le hagáis caso - les sugirió, una vez más, el monstruo.
Al ver que nadie respondía a sus gritos, el Peregrino perdió la paciencia, levantó la barra de hierro por encima de su cabeza y la dejó caer sobre la puerta, rompiéndola en mil pedazos. Los diablillos, aterrorizados, corrieron a refugiarse en el interior, gritando:
- ¡El Peregrino Sun acaba de hacer añicos la puerta!
Eso colmo la paciencia del monstruo, que agarró la lanza y salió al encuentro de su contrincante, bramando:
- ¡Maldito mono! ¿Es que no te detienes jamás? ¿A qué viene eso de destrozar la puerta de mi mansión? ¿Quieres decirme qué clase de castigo andas buscando?
- Eso mismo es lo que deseo preguntarte yo a ti - replicó el Peregrino -, porque, si mal no recuerdo, sin ningún miramiento arrojaste a tu padre de su hogar.
El monstruo lanzó, enfurecido, un tremendo lanzazo contra el pecho del Peregrino, que logró esquivarlo con su barra de hierro. De forma dio comienzo una batalla, de la que el Gran Sabio pareció llevar la peor parte. Sin embargo, el monstruo no dio muestras de estar interesado en infligirle una nueva derrota. Al contrario, cuando más seguro parecía estar de su victoria, dejó de atacar y dijo:
- Ya he perdido bastante tiempo. Voy a volver a lavar al monje Tang.
- ¡Vamos, no seas tan cobarde! - gritó el Peregrino -. ¿No te das cuenta que el cielo te está observando? ¿A qué viene eso de renunciar al ataque?
Esas palabras enfurecieron al monstruo, que, dando un grito terrible se lanzó de nuevo a la carga con la lanza. El Peregrino aguantó sus embates con firmeza, pero pronto volvió a recular otra vez.
- ¿Qué te pasa, mono? - bramó el monstruo con desprecio, al verle retroceder -. ¿Es que eres incapaz de resistir tres golpes seguidos? ¿Qué clase de luchador eres tú, que prefieres la huida al enfrentamiento directo?
- Si he de serte sincero - confesó el Peregrino -, no me gustan nada esos fueguecitos que tú haces.
- Puedes estar tranquilo - contestó el monstruo -. Esta vez no pienso servirme del fuego.
- En ese caso - concluyó el Peregrino -, es mejor que te alejes un poco de la puerta de tu casa. Mirándolo bien, no es de gente educada apalear a alguien justamente delante de donde uno vive.
El monstruo no sabía, por supuesto, que se trataba de una trampa y se lanzó en persecución de su adversario. El Peregrino corrió arrastrando lastimosamente la barra de hierro. Pero en ese preciso momento abrió el puño izquierdo y se convirtió para el monstruo en una obsesión darle alcance. La persecución no podía ser más emocionante pues, si uno parecía un meteoro, el otro recordaba a una flecha en el instante mismo de abandonar el arco. No tardaron en avistar a la Bodhisattva y, volviendo la cabeza, el Peregrino le suplicó:
- Desiste de tu empeño, por favor, y déjame marchar. Reconozco que, una vez más, me has puesto en ridículo. ¿No te das cuenta de que tu persecución me ha traído hasta los Mares del Sur, donde tiene su residencia la Bodhisattva Kwang-Ing? Creo que los dos saldremos ganando, si volvemos sobre nuestros pasos.
El monstruo no estaba para discusiones. Rechinando los dientes de rabia, se negó a creer en las razones del Peregrino y aceleró el ritmo de la carrera. Wu-Kung sacudió ligeramente el cuerpo y desapareció tras la sagrada luminosidad que rodeaba el cuerpo de la Bodhisattva. Desconcertado, el monstruo se llegó hasta ella y le preguntó con ojos saltones por el asombro:
- ¿Eres tú el refuerzo que ha ido a buscar el Peregrino Sun?
La Bodhisattva no contestó. Eso animó al monstruo a agitar ante ella la lanza, al tiempo que gritaba con mayor impertinencia:
- Te he preguntado que si eres tú el refuerzo que ha ido a buscar el Peregrino Sun. ¿Es que no me has oído?
La Bodhisattva continuó sin abrir la boca. El monstruo levantó la lanza y descargó un golpe sobre su corazón. Afortunadamente en ese momento la Bodhisattva se convirtió en un rayo de luz y se elevó hacia lo alto, seguida del Peregrino, que no dejaba de increparla:
- ¿Se puede saber qué estáis haciendo? Ese monstruo os ha hecho una pregunta y vos habéis pretendido ser sordomuda. ¿Es que os habéis empeñado en dejarme en ridículo?¿Por qué huís vos también? No comprendo cómo abandonáis el campo al primer golpe, dejando ahí abajo vuestro trono de loto.
- Deja de hablar y sígueme - le aconsejó la Bodhisattva -. Veamos lo que hace esa bestia.
El Peregrino y Moksa miraron hacia abajo y vieron que el monstruo había soltado la carcajada, al tiempo que decía, divertido:
- ¡Qué iluso es ese mono! ¿Quién se habrá creído que soy? Se enfrenta a mí varias veces seguidas y, al ver que no puede derrotarme, solicitar la ayuda de una bodhisattva de tres al cuarto, que no vale para nada. Con un lanzazo ha bastado para que se desintegre con la rapidez de la niebla en presencia del sol. Lo más sorprendente es que ni tiempo ha tenido de llevarse su trono de loto. En fin, ahora es mío y creo que lo mejor será que tome posesión de él cuanto antes.
El monstruo subió al loto y se sentó en él con las piernas y las manos dobladas, como hacían las bodhisattvas. Al verlo, el Peregrino exclamó entre dolorido y burlón:
- ¡Fantástico! Ese loto ha pasado a manos de otra persona.
- ¿Se puede saber qué es lo que estás diciendo, Wu–Kun? - le preguntó la Bodhisattva.
- Que ese loto ha pasado a manos de otra persona - contestó el Peregrino -. ¿Es que no lo veis? Acaba de tomar posesión de él. Estáis loca, si pensáis que va a devolvéroslo sin más ni más.
- Ha hecho precisamente lo que yo quería que hiciera - se defendió la Bodhisattva.
- De todas formas - continuó diciendo el Peregrino -, como es un poco más pequeño de cuerpo que vos, cabe en ese trono de loto incluso mejor que vos.
- Deja de hablar, de una vez, y observa con atención el poder de mi dharma - le aconsejó la Bodhisattva.
Apenas hubo acabado de decirlo, dirigió hacia abajo su ramita de sauce y gritó:
- ¡Retiraos! - y al punto desaparecieron las hojas, los pétalos y el aura luminosa que envolvía el trono.
El monstruo descubrió, sobresaltado, que estaba sentado sobre las afiladas puntas de no menos de veinticuatro espadas. Pero, antes de que pudiera reaccionar, la Bodhisattva había ordenado ya a Moksa:
- Coge la porra de destrozar monstruos y da unos cuantos golpes a las empuñaduras de las espadas.
Moksa tomó la porra y se dejó caer desde lo alto. Después empezó a dar tales golpes que  parecía  como  si  estuviera  derribando  un  muro.  En  un  abrir  y  cerrar  de  ojos, descargó sobre las empuñaduras de las espadas no menos de cien golpes seguidos, que taladraron de parte a parte las piernas del monstruo. La sangre brotaba a borbotones, dejando entrever la carne y la piel desgarradas. Rechinando los dientes, para soportar mejor el dolor, la bestia dejó a un lado la lanza y trató de arrancarse las espadas del cuerpo con las dos manos. Eso hizo que el Peregrino exclamara, asombrado:
- ¿Habéis visto, Bodhisattva? El monstruo está tratando de arrancarse las espadas, aunque el dolor debe de ser, en verdad, insoportable.
Compadecida, la Bodhisattva ordenó a Moksa:
- No le mates.
De nuevo, volvió a apuntar a la bestia con su ramita de sauce y recitó un conjuro que comenzaba con la letra «Om». Las espadas las constelaciones se convirtieron al instante en unos garfios tan afilados como dientes de lobo y tan curvos que era prácticamente imposible arrancarlos. El monstruo comprendió que estaba perdido y dejó de forcejear. Abrumado por el dolor, levantó la voz y dijo:
- Aunque posee ojos, vuestro discípulo parece, en realidad, un ciego. ¿Cómo no ha podido darse cuenta del extraordinario poder de dharma, nada más veros? Os suplico que os mostréis benigna con mi ignorancia y me perdonéis la vida. Si lo hacéis, me comprometo a no volver a matar a nadie y a convertirme en discípulo vuestro.
La Bodhisattva descendió de su rayo de luz y, acercándose al monstruo en compañía de sus dos discípulos y la cacatúa blanca, le preguntó:
- ¿Estás dispuesto a aceptar los mandamientos?
- Sí, si me salváis la vida - contestó el monstruo con los ojos anegados en lágrimas.
- ¿Deseas hacerte discípulo mío? - volvió a preguntar la Bodhisattwa.
- Si me perdonáis la vida - repitió el monstruo -, tened la seguridad de que penetraré por las puertas del dharma.
- En ese caso - concluyó la Bodhisattva -, te tocaré la cabeza y te haré entrega de los mandamientos.
La Bodhisattva sacó de las mangas una cuchilla de oro y se acercó más aún a la bestia. Con asombrosa destreza le afeitó la cabeza en el estilo conocido como coronilla del monte  Tai.  Toda  la  cabeza  aparecía  calva,  a  excepción  de  un  cerquillo,  que,  en ocasiones, podía entretejerse. Al verle, el Peregrino exclamó con desaprobación:
- ¡Qué mala suerte la de este monstruo! ¡Ahora no se sabe ya si es chico o chica!
- Puesto que has aceptado los mandamientos - dijo la Bodhisattva en tono solemne -, te trataré con la benignidad que en mí es habitual. A partir de ahora te llamarás el Muchacho de la Riqueza Celeste, ¿te parece bien?
El monstruo expresó su conformidad moviendo ligeramente la cabeza, pues estaba dispuesto a salvar la vida costara lo que costase. Satisfecha, la Bodhisattva le apuntó con el dedo y gritó:
- ¡Retiraos! - y al instante cayeron al suelo las espadas de las constelaciones; el monstruo no presentaba en su cuerpo el menor rasguño.
La Bodhisattva se volvió hacia Huei-An y le ordenó:
- Coge las espadas y devuélveselas a tu padre. No es necesario que regreses aquí. Vuelve a la Montaña Potalaka y espérame allí con los otros devas.
Moksa se dirigió en seguida hacia los Cielos, donde se entrevistó con los suyos y cumplió al pie de la letra los deseos de su preceptora.
Sin embargo, los malos instintos del muchacho no desaparecieron del todo con la aceptación de los mandamientos. En cuanto sintió que el dolor le había abandonado y que nada le sujetaba ya a la tierra cogió la lanza y amenazó a la Bodhisattva, diciendo:
- ¡No tienes poder para dominarme! Todo lo que has demostrado hasta ahora no ha sido más que un poco de astucia. ¿Qué necesidad tengo de tus mandamientos? - y lanzó un terrible lanzazo contra el rostro de la Bodhisattva.
El Peregrino se puso tan furioso que echó en seguida mano de la barra de hierro. Pero la Bodhisattva le hizo desistir de sus afanes guerreros, ordenándole:
- No le pegues. Tengo pensado un castigo más refinado que ése. Sacó de la manga una corona de oro y añadió:
- Este tesoro perteneció a Buda. Él mismo me lo entregó, cuando me encargó buscar a alguien que se comprometiera a ir al Paraíso Occidental en busca de las escrituras sagradas. De hecho, me confió tres coronas muy parecidas, aunque sus nombres eran totalmente distintos: la Dorada, la Constrictiva y la Prohibitiva. La segunda la llevas puesta tú, Wu-Kung, mientras que la última descansa sobre la cabeza del guardián de mi montaña. La primera no tiene todavía dueño fijo y creo que voy a adjudicársela a este monstruo, para ver si se le bajan un poco los humos.
La Bodhisattva sacudió una sola vez la corona, volviéndose cara al viento, y gritó:
- ¡Transfórmate! - y se convirtió al instante en cinco coronas idénticas, que la Bodhisattva lanzó contra el cuerpo del muchacho. Una se fijó en su cabeza, mientras que las otras cuatro lo hicieron en sus pies y manos.
- Hazte a un lado, Wu-Kung - aconsejó la Bodhisattva al Peregrino -. Voy a recitar un conjuro, para que aprenda este monstruo a obedecer y a no rebelarse.
- Os pedí que vinierais aquí a dominar a este monstruo, no a castigarme a mí - protestó el Peregrino.
- No te preocupes - le tranquilizó la Bodhisattva -. Cada corona tiene su conjuro. El de este muchacho es absolutamente distinto del tuyo.
Más tranquilo, el Peregrino se hizo a un lado. La Bodhisattva hizo un gesto mágico con los dedos y recitó varias veces seguidas un mismo conjuro. El monstruo experimentó tal dolor que empezó a rascarse las orejas como un loco y a clavarse las uñas en el rostro. Después se dejó caer al suelo y comenzó a dar desesperadas vueltas, como si fuera una pelota tirada ladera abajo. De esta forma, aprendió el monstruo que la palabra es capaz de llegar hasta las regiones de arena y que el poder del dharma es profundo, extenso e inabarcable.
No sabemos si el muchacho aceptó o no someterse de buen grado. Quien desee averiguarlo tendrá que escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente.

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[1]Dentro de la cultura tradicional china el cómputo de los días se efectuaba combinando las diez secciones celestes, «tian-gan», con las doce divisiones terrestres, «di-chr», estableciéndose, de esa forma, un sistema cíclico de sesenta días cada uno.

[2]Chang Tao-Lin fue un alquimista de mediados del siglo II, que logró establecer un pequeño estado teocrático entre las actuales provincias de Sze-chuan y Shensi.

[3]Los datos correspondientes al nacimiento de una persona son esenciales a la hora de determinar el futuro de quien recurre a un especialista en técnicas adivinatorias. De ahí la sorpresa del monstruo.

[4]Chang-Yüan, o Chang Yüan-Chung, fue un funcionario de la dinastía Sung muy versado en el I Ching y en los cálculos del tiempo.

[5]Tanto Fu-Shr, uno de los Cinco Emperadores legendarios, como el rey Wen pasan por ser grandes adivinos. Al primero se le atribuye, de hecho, el descubrimiento de los ocho trigramas a partir del estudio del caparazón de una tortuga, debiéndose al segundo su desarrollo como técnica adivinatoria.

[6]El «dharmakaya del Zen», o de la meditación, es una de las cinco características del cuerpo espiritual o «panca-dharmakaya», de Tathagata, que enfatiza su quietismo y su superación de las falsas ideas.