Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

La mente del Zen queda sumida en confusión, debido a los poderes metamórficos del muchacho. La madera, el mono y el caballo no pueden seguir adelante.


El Gran Sabio y sus dos hermanos no tardaron en regresar a la corte, donde fueron recibidos con grandes muestras de respeto por el rey, la reina y la totalidad de sus súbditos. El Peregrino relató su encuentro con la Bodhisattva y todos los funcionarios imperiales expresaron su reconocimiento, echándose rostro en tierra y golpeando sin cesar el suelo con la frente. Cuando más contentos parecían estar todos, se presentó el Guardián de la Puerta Amarilla y anunció con voz sonora:
- Acaban de llegar cuatro monjes que desean veros.
- ¿Es posible que ese monstruo se disfrazara de bodhisattva Manjusri para burlarse de nosotros y ahora haya tomado nuestra personalidad para confundir a cuantos aquí se encuentran? - preguntó Ba-Chie al Peregrino, vivamente preocupado.
- No creo - contestó el Peregrino -. Aunque en este mundo todo es posible, eso me parece altamente improbable.
Los funcionarios imperiales hicieron entrar a los visitantes y el Peregrino comprobó, con no poco alivio, que se trataba de cuatro religiosos procedentes del Monasterio de la Gruta Sagrada. Traían la corona del rey, su cinturón de jade verdoso, su túnica amarilla y sus espléndidas botas.
- ¡Menos mal que habéis venido! - exclamó el Peregrino, visiblemente satisfecho.
Hizo acercarse después al falso taoísta y le colocó la corona sobre la cabeza, obligándole, al mismo tiempo, a desprenderse de sus harapos de monje y a vestir los atributos  reales,  que  los  religiosos  del  monasterio  habían  limpiado  con  tantísimo esmero. El príncipe trajo entonces el disco de jade blanco y se lo entregó al rey, invitándoles a ocupar el trono que siempre había sido suyo. Como muy bien reza el proverbio, «no debe pasar un solo día sin que la corte preste homenaje a su señor». Sin embargo, el rey se negó a sentarse en el trono, rompiendo a llorar de pronto y dejándose caer ante la escalinata de jade, al tiempo que decía:
- He estado muerto tres años y me encuentro en deuda con este maestro, por haberme devuelto a la vida. No soy digno de asumir de nuevo los honores del mando. Opino que nuestros territorios serán infinitamente más prósperos, si son regidos por uno de estos sabios. Me conformo con vivir tranquilamente fuera de la ciudad en compañía de mi esposa y mi hijo.
Tripitaka se negó a aceptar un ofrecimiento tan generoso, pues estaba decidido a conseguir las escrituras y a presentar sus respetos a Buda. El rey no se desalentó por ello. Se volvió hacia el Peregrino y le hizo la misma oferta, que aquél rechazó, diciendo:
- Voy a seros sincero. Si quisiera ser rey, hace ya mucho tiempo que habría ocupado un trono de los  muchos  que  existen  en  este  mundo.  Pero  ni  mis  hermanos  ni  yo  lo deseamos. Nos gusta más llevar la vida sin complicaciones de un monje vulgar. Si aceptáramos vuestro ofrecimiento, tendríamos que dejarnos crecer el pelo, no podríamos retirarnos a descansar hasta que no fuera noche cerrada y deberíamos estar en pie antes de que diera la quinta vigilia. Eso sin contar el continuo estado de ansiedad en el que tendríamos que vivir, pensando en la seguridad de nuestras fronteras y en el bien de nuestros súbditos, presas siempre apetecibles para el hambre y las desgracias. ¡No podríamos vivir! Es mejor que vos continuéis siendo rey y nosotros sigamos cultivando la virtud. Cada cual a lo suyo.
El rey insistió con energía una y otra vez, pero al final comprendió que no le quedaba otra opción y ocupó el trono que siempre había sido suyo. Lo primero que hizo, tras reasumir el «nos», fue conceder una amnistía general que abarcó todo el imperio. Colmó después  de  incontables  riquezas  el  Monasterio  de  la  Gruta  Sagrada  y  ofreció  un banquete en honor de Tripitaka en el palacio oriental. No contento con eso, hizo llamar a los mejores pintores de su reino y les encargó la confección de los retratos de los cuatro Peregrinos para que figuraran a partir de entonces en el Salón de los Carillones de Oro.
Concluida su misión, el maestro y los discípulos se dispusieron a seguir su viaje hacia el Oeste. Agradecidos, el rey, la reina y todos sus súbditos les ofrecieron ingentes cantidades de oro, plata y seda, que Tripitaka, en nombre de los cuatro, rechazó con energía.  Lo único  que  deseaba  era  un  salvoconducto  que  les permitiera  ensillar  el caballo y partir cuanto antes. El rey estaba convencido, no obstante, de que no había expresado su gratitud como debiera e insistió en que el monje Tang se sentara en su carroza. Los funcionarios imperiales, tanto civiles como militares, se encargaron de abrir  el  cortejo,  mientras  el  rey  en  persona,  el  príncipe  y  todas  las  concubinas empujaban sumisamente de la carroza. De nada sirvieron las protestas del monje Tang. Sólo cuando hubieron dejado atrás las murallas de la ciudad, se le permitió bajar de la carroza de dragones y seguir adelante con el viaje. En el momento de la despedida le dijo el rey:
- Cuando hayáis llegado al Paraíso Occidental y os dispongáis a regresar a vuestro reino con las escrituras, no olvidéis pasar por aquí.
- Así lo haré - prometió Tripitaka y el rey regresó a la ciudad sede todos sus súbditos, que, como él mismo, no paraban de llorar.
El monje Tang y sus discípulos pudieron continuar, por fin, su complicado periplo. En sus mentes sólo tenían un propósito: llegar cuanto antes a la Montaña del Espíritu. El otoño estaba tocando a su fin y el invierno, aunque tímidamente, había dado ya muestras de su inmediata presencia. La escarcha había empezado a cebarse en los arces y el bosque aparecía desnudo y abandonado. Sólo el mijo parecía resistir los primeros ramalazos del frío, fortalecido por las últimas lluvias otoñales. Los ciruelos de la montaña ponían una nota de color en el tibio sol de la mañana, mientras los bambúes se mecían en las alas del frío viento.
Tras abandonar el Reino del Gallo Negro, los Peregrinos viajaban durante el día y descansaban por la noche. Había transcurrido aproximadamente medio mes, cuando se toparon con una montaña tan alta que tocaba, en verdad, las nubes y oscurecía el mismísimo  sol.  Tripitaka  se  sintió  tan  abatido  que  detuvo  su  camino  y  llamó  al Peregrino.
- ¿Quieres decirme algo? - le preguntó éste.
- ¿Has visto esa montaña enorme que se levanta ante nosotros? - replicó Tripitaka -. Es conveniente que extremes todas las precauciones, pues no me extrañaría nada que habitara en ella una criatura malvada, empeñada en impedirnos la marcha.
- Quizás sí - comentó el Peregrino -. Pero no os preocupéis y seguid caminando. Tengo preparado un plan de defensa.
Al oír eso, el maestro se tranquilizó y espoleó el caballo. La montaña era, en verdad, muy escarpada. Su cima tocaba el cielo y el más profundo de sus desfiladeros llegaba hasta  las  mismas  puertas  del  infierno.  Las  nubes  parecían  haber  hecho  de  ella  su morada. A veces formaban caprichosos anillos blanquecinos que ascendían libremente por las laderas, mientras que otras tomaban la forma de una oscura y amenazante neblina. Las nubes jugaban a sus anchas con los rojizos ciruelos, los bambúes de color de jade, los verdosos cedros y los azulados pinos. En el corazón de tan impresionante montaña se adivinaban desfiladeros de más de mil metros de profundidad y lóbregas cavernas en las que habitaban monstruos de extrañas y caprichosas formas. El agua penetraba en esas cuevas gota a gota, para formar más adelante arroyuelos de irregular trazado. En la superficie el paisaje era más tranquilizador. Familias enteras de simios comedores de fruta saltaban ruidosamente de rama en rama ante la mirada asustadiza de los antílopes y la orgullosa agitación de las cornamentas de los ciervos. A lo lejos se veía a los tigres regresar a sus guaridas a pasar la noche. Al amanecer, cuando tras los riscos se adivinaba la inmediata presencia de los primeros rayos del sol, los dragones abandonaban sus cubiles y partían, raudos, a sacudir las olas con sus zarpas. Al menor ruido  las  aves  salvajes  levantaban  el  vuelo  entre  un  alocado  batir  de  alas.  Toda prudencia en ellas era poca, porque en los bosques las bestias eran abundantes y no dejaban de afilar sus garras en las sufridas cortezas de los árboles. Su fiereza era tal que quien tuviera la mala fortuna de verlas caía en seguida presa del pánico. Habitaban en cavernas de difícil acceso, en las que también moraban monstruos. Por doquier las rocas ofrecían una tonalidad tan verdosa que daban la impresión de haber sido teñidas con incontables esquirlas de jade. Su color se compenetraba fácilmente con la tonalidad azulada de la neblina, que, como una gasa gigantesca, se extendía por todo el paisaje.
A pesar de belleza tan singular, tanto el maestro como sus discípulos fueron perdiendo la confianza. No era para menos. A los pocos pasos de donde se hallaban vieron levantarse una nube rojiza, que se condensó a media altura y tomó la forma de una bola de fuego. Alarmado, el Peregrino corrió hacia el monje Tang y, agarrándole de la pierna, le hizo bajar a toda prisa del caballo, al tiempo que gritaba:
- ¡Deteneos! ¡Se acerca un monstruo!
Ba-Chie y el Bonzo Sha sacaron sus armas y se pusieron junto a su maestro. En el interior de aquel enorme disco de luz roja había, en verdad, un monstruo. Hacía varios años que había oído comentar que el monje enviado por el Gran Emperador de los Tang al Paraíso Occidental en busca de escrituras era, en realidad, la reencarnación de la Cigarra de Oro, un hombre extremadamente virtuoso que se había dedicado a la práctica de las buenas obras durante más de diez vidas seguidas. Se decía que quien probara un poco de su carne vería alargados sus días hasta alcanzar la misma edad que el Cielo y la Tierra. El monstruo esperó hora tras hora la aparición del Peregrino y ahora sus deseos se veían, por fin, colmados. Pero, al mirar desde arriba, comprobó, desconcertado, que tanto el monje Tang como su caballo estaban protegidos por otros tres monjes de repulsiva apariencia y ademanes guerreros.
- ¡Mira tú por dónde! - exclamó el monstruo, sorprendido -. ¿Quién iba a decir que ese clérigo tan virtuoso gozara de la protección de unos matones como ésos? Se han arremangado la túnica y han estirado los brazos, como si fueran a entrar en combate.
¡Ahora caigo! Uno de ellos ha debido de reconocerme y ha ordenado a los demás que se pusieran en guardia. Vistas así las cosas, me va a resultar mucho más difícil de lo que había pensado probar la carne de ese monje.
Analizó la situación con más detenimiento y llegó a las siguientes conclusiones:
- Si saco mis armas, es probable que no pueda ni acercarme a ellos. Ahora bien, si recurro al engaño, con toda seguridad lograré los objetivos que me he propuesto. Puedo servirme incluso de la bondad, para desorientarlos más fácilmente. Cuando lo haya conseguido, no me costará mucho deshacerme de ellos. Voy a tomarles un poco el pelo a ver lo que pasa.
El Monstruo hizo que la luz roja se diluyera en el aire y se escondió tras un recodo rocoso que había un poco más adelante. Sacudió ligeramente el cuerpo y se convirtió en un niño de unos siete años, que colgaba, completamente desnudo, de lo alto de un pino.
- ¡Socorro! ¡Auxilio! - gritaba, angustiado, balanceando sin cesar la cuerda la que se hallaba suspendido.
En cuanto el Gran Sabio vio que la bola de fuego había desaparecido, dijo a su maestro:
- Levantaos y sigamos nuestro camino.
- Pero tú dijiste que se acercaba un monstruo - protestó el monje Tang -. ¿Cómo es que ahora nos mandas proseguir el viaje?
- Hace un rato - explicó el Peregrino - vi surgir de la tierra una nube rojiza, que se convirtió en una bola de fuego en cuanto hubo alcanzado una altura media. Eso me hizo sospechar que se trataba de algún monstruo desconocido. Pero la bola se ha disuelto, de pronto, en el aire y he llegado a la conclusión de que esa bestia no era de las que se alimentan de carne humana. De ahí que haya proseguido tranquilamente su camino y yo me haya atrevido a sugeriros que reanudemos el nuestro.
- ¡Cuidado que tienes una lengua ágil! - exclamó Ba-Chie, sonriendo, burlón -. ¿Desde cuándo los monstruos pasan de largo, sin hacer daño?
-  Muchas  veces  -  respondió  el  Peregrino  -.  ¿Es  que  no  lo  sabes?  Cuando  algún monstruo principal organiza alguna fiesta, a la que invita a todos los de su especie, acuden en seguida a ella, sin importarles si se encuentran por el camino con gente tan poco sabrosa como tú o tan jugosa como el maestro. Lo más seguro es que vaya a celebrarse por aquí cerca una de esas fiestas y que el monstruo de la bola de fuego sea uno de los invitados.
Tripitaka no parecía muy convencido, pero no le quedó otro remedio que encaramarse a lo alto de la cabalgadura y proseguir su camino. Cuanto más se adentraban en la montaña, más cerca oían los gritos de « ¡Auxilio! ¡Socorro!».
- ¿Quién puede gritar de esa forma en un lugar tan poco transitado como éste? - preguntó el maestro a sus discípulos, vivamente sorprendido.
- Continuad andando y no os preocupéis de nada - le urgió el Peregrino -. Es natural que en un paraje como éste se escuche toda clase de gritos. Sólo el Cielo conoce cuántas especies distintas de bestias habitan en estas montañas.
- No me refiero a los animales - se defendió Tripitaka -, sino a alguien como nosotros.
- Ya lo sé - contestó el Peregrino, sonriendo -, pero a nosotros nos va ni nos viene. Es mejor que continuemos andando.
El monje Tang hubo de reconocer que tenía razón. Pero apenas habían cubierto otro medio kilómetro, cuando, de nuevo, oyeron gritar a alguien:
- ¡Socorro! ¡Auxilio!
- No es posible que ésos sean los gritos de un monstruo - volvió a decir Tripitaka -. Tampoco se parece en nada a un eco. Escucha con atención y lo verás. Por fuerza tiene que tratarse de algún hombre en dificultades. Acudamos en seguida a socorrerle.
- Es mejor que, al menos por hoy, dejéis de lado vuestra compasión - le aconsejó el Peregrino -. Podéis recobrar vuestra piedad, en cuanto hayamos dejado atrás esta montaña. Me extraña que, después de haber leído tantas historias sobre plantas poseídas por espíritus, hayáis olvidado que todo cuanto existe puede convertirse en un monstruo. Es verdad que  muchos de ellos son totalmente inofensivos, pero si nos topamos, por poner sólo un ejemplo, con una serpiente enorme que haya alcanzado cierto grado de perfección, podemos correr un peligro tremendo. Un espíritu así es capaz de conocer hasta el apodo de una persona. Escondida entre la maleza o entre las rocas, puede gritarlo una y otra vez, y, si el infeliz de turno comete la imprudencia de responder, esa misma noche perderá la vida y su espíritu pasará a formar parte del de la bestia. Es mejor no hacer caso de esas cosas. Como muy bien decían los antiguos, «escapar es ya motivo de agradecimiento a los dioses». Así que, por lo que más queráis, no prestéis atención a esas voces.
De nuevo hubo de reconocer el maestro que tenía razón y espoleó el caballo. Sin embargo, el Peregrino continuó diciéndose:
- Esos gritos tienen que ser por fuerza del monstruo que nos salió al paso. Me pregunto dónde se habrá escondido. Voy a hacerle probar lo de «Cáncer contra Capricornio». Así me evitaré no pocas complicaciones.
Se llegó después hasta donde estaba el Bonzo Sha y le ordenó:
- Agarra de las riendas al caballo y no le dejes caminar muy deprisa, voy a echar por ahí una meada.
Dejo que el monje Tang se alejara unos cuantos pasos más y recitó un conjuro para acortar distancias y hacer que la montaña girara. Señaló para atrás una sola vez con la barra de hierro y al punto Tripitaka y sus discípulos traspusieron el pico de la montaña, dejando atrás al monstruo. El Gran Sabio no tardó en alcanzarlos. Pero en ese mismo momento Tripitaka volvió a oír los gritos de auxilio y comentó:
- Se ve que ese hombre no estaba predestinado a toparse con ninguno de nosotros, porque su voz se oye ahora hacia atrás. Eso decir que debemos de haber pasado a su lado sin verle.
- Lo más seguro es que haya cambiado el viento y todo no sea más que una ilusión acústica - trató de explicar Ba-Chie.
- ¿Qué importa que el viento haya cambiado o no de dirección? - replicó el Peregrino -. Nosotros a lo nuestro. Sigamos nuestro camino, sin importarnos nada más.
Nadie volvió a comentar nada, concentrándose únicamente en lo escarpado y difícil de la ruta. El monstruo, por su parte, continuó pidiendo auxilio, pero nadie corrió a socorrerle. Eso le hizo pensar:
- Hace un momento el monje Tang estaba a tres o cuatro kilómetros de aquí. ¿Cómo es posible que todavía no haya llegado, con el tiempo que llevo esperándole? ¿Habrán seguido otro camino?
Sacudió de nuevo el cuerpo y al punto se vio libre de la soga que le atenazaba. Montó después en la luz roja y se elevó, una vez más, por los aires. El Gran Sabio no se fiaba del éxito de su estratagema y no hacía más que mirar hacia atrás, mientras caminaba. Así, no tardó en verle acercarse y, corriendo hacia el monje Tang, le obligó a bajarse del caballo, diciendo:
- Extremad las precauciones, hermanos. Según parece, el monstruo de antes nos viene siguiendo los pasos.
Ba-Chie y el Bonzo Sha agarraron en seguida sus armas y rodearon a su maestro. Al ver lo que ocurría, el monstruo no pudo por menos que decirse, sorprendido:
- ¡Menudos monjes más avispados! Acabo de ver al de la cara blanca en el caballo y resulta que ahora está junto a la cabalgadura rodeado de los otros tres. Debo cambiar inmediatamente  de  táctica  y  deshacerme  del  que  tiene  poderes  para  detectar  de inmediato mi presencia. De lo contrario, jamás lograré mis objetivos. No es nada tranquilizador gastar en vano las pocas energías que uno posee.
En cuanto puso el pie en el suelo, se convirtió en el mismo muchacho de antes y volvió a colgarse de lo alto de un pino. Esta vez, sin embargo, lo hizo a medio kilómetro escaso de donde se encontraba el monje Tang. Al ver el Gran Sabio que la bola de fuego se había vuelto a disolver en el aire, pidió a su maestro que montara en su caballo y reanudara la marcha.
- Es la segunda vez que nos adviertes de la presencia de un monstruo - protestó, un tanto malhumorado, el monje Tang -. ¿Por qué quieres que sigamos adelante, si está tan cerca como dices?
- Es de esos monstruos viajeros, de los que os hablé antes - explicó el Peregrino -. No se atreverá, por tanto, a haceros el menor daño.
- ¿Sabes lo que pienso? - le regañó Tripitaka, perdiendo la paciencia -.Que te estás burlando descaradamente de mí. Cuando aparece un monstruo de verdad, jamás dices nada, pero basta que atravesemos una región tan pacífica como ésta, para que empieces a gritar que anda suelta por ahí una bestia. ¿Cómo quieres que te crea? Máxime cuando me agarras sin ningún respeto de las piernas y me obligas a bajar, para nada, del caballo. Después todo lo arreglas diciendo que se trata de un monstruo viajero. Pero las cosas no son tan sencillas como pretendes. Imagina, sin ir más lejos, que el sobresalto me hace caer del caballo y me parto una pierna. ¿Podrías seguir viviendo con esa responsabilidad sobre tu conciencia? ¡Di! ¿Podrías?
- Os ruego que no lo toméis así - suplicó el Peregrino -. Si os partierais un brazo o una pierna, al caeros del caballo, cuidaríamos de vos. Pero ¿quién podría hacerlo, si cayerais en poder de un monstruo?
Tripitaka se puso tan furioso que empezó a recitar el conjuro que le habia enseñado la Bodhisattva para dominar al Mono. Era tal el dolor de cabeza que atormentaba a Wu-Kung que el Bonzo Sha, compadecido, pidió al maestro que pusiera fin al castigo. Tripitaka tomó las riendas del caballo y continuó caminando. A los pocos pasos hizo ademán de montar en él, pero no había puesto el pie en el estribo, cuando oyó que alguien gritaba:
- ¡Por lo que más queráis, maestro, ayudadme!
Sorprendido, levantó los ojos y vio colgando de un árbol a un niño totalmente desnudo. Conmovido, se volvió hacia el Peregrino y le regaño diciendo:
- ¡Cuidado que eres desaprensivo! ¡En ti no existe la menor pizca  de bondad! Sólo piensas en buscarme problemas y en destruir cuanta vida encuentras a tu paso. Te dije que alguien solicitaba nuestra ayuda, pero tú te empeñaste en hacerme creer que se trataba de un monstruo. ¡Mira bien! ¿Qué es eso que cuelga de ahí? ¿Una bestia o una persona?
El Gran Sabio no se atrevió a replicar. Sabía  que,  si  abría  la  boca, el maestro empezaría a recitar otra vez el conjuro y prefirió ahorrarse ese tormento. Aparentó, pues, arrepentimiento y agachó, compungido, la cabeza. Poco podía hacer por evitar que el  monje  Tang  se  aproximara  al  árbol  y  le  preguntara  al  monstruo  con  la  fusta extendida:
- ¿A qué familia perteneces y por qué estás ahí colgado? Si no me lo dices, me temo que no podré ayudarte.
¡Qué lástima que el monje Tang sólo hiciera uso de sus ojos mortales! Hasta  el monstruo se extrañó que no le reconociera. Eso le movió a seguir adelante con su farsa. Arreció en su llanto y contestó con voz entrecortada:
- Al oeste de esta montaña discurre el Arroyo del Pino Seco a cuyas orillas se extiende un pueblo en el que habita mi familia. Mi abuelo se apellida Rojo, pero, como ha logrado amasar una enorme fortuna, todo el mundo le conoce como Rojo el Millonario. En realidad debería hablar de él en pasado, porque hace ya mucho tiempo que murió. Como era de esperarse, toda su fortuna pasó a mi padre. Su suerte, desgraciadamente, no ha estado regida por la misma estrella y cuantos negocios ha emprendido han terminado en un rotundo y sonoro fracaso. Tanto que ahora es conocido como Rojo el Milenario. Pensando en recuperar pronto lo perdido, se lanzó a hacer incontables préstamos de plata y oro a un grupo de aguerridos caballeros. Cuesta trabajo creer que no se diera cuenta de que se trataba de una banda de vulgares malhechores, cuyo único propósito era arrancarle cuanto poseyera. Cuando juró, finalmente, que no iba a prestarles una sola sapeca más, era demasiado tarde. Los bandidos se sintieron tan seguros que asaltaron nuestra casa a plena luz del día y arramplaron con todo lo que les vino en gana. No contentos con eso, asesinaron a mi padre y, al ver lo atractiva que aún era mi madre, la secuestraron con la clara intención de encerrarla para siempre en un burdel. Pese a tanta desgracia, tuvo la suficiente fortaleza de ánimo para esconderme entre  sus  faldas  y  llevarme  consigo  sin  que  nadie  se  diera  cuenta.  Pero  entre  los bandidos terminaron descubriendo su juego y, al llegar a esta montaña, quisieron asesinarme. Si logré escapar al cuchillo, fue porque mi madre les suplicó, una y otra vez,  que  me  perdonaran  la  vida.  Los  bandidos  no  estaban  para  tanta  floritura  y accedieron a colgarme de un árbol, para que el hambre acabara con mis días y las alimañas devoraran después mi cuerpo. Ha sido una suerte, por tanto, que acertarais vos a pasar por un sitio tan desolado como éste. Sin lugar a dudas tan buena fortuna obedece a ciertos méritos, que, sin yo saberlo acumulé en alguna existencia anterior. Si accedéis a salvarme la vida y a conducirme de vuelta a mi casa, os recompensaré con largueza, aunque para ello tenga que venderme como esclavo. Mi agradecimiento será tal que hasta después de muerto recordaré vuestro gesto.
Tripitaka creyó a ciegas cuanto dijo el muchacho y ordenó a Ba-Chie que le desatara. El  Idiota  se  dispuso  en  seguida  a  hacerlo,  pero  el  Peregrino  trató  de  impedírselo, diciendo directamente al monstruo:
- ¡Maldita bestia! ¡No pienses que no sé quién eres! ¡Para engañar a la gente se precisa más que lloriqueos y patrañas! Si, como dices, tu hacienda ha sido saqueada, tu padre ha muerto a manos de esos bandidos y tu madre se ha visto forzada a seguirlos, ¿quieres decirnos a quién vamos a confiarte, una vez que te hayamos liberado? Además, ¿cómo piensas agradecérnoslo, si no tienes dónde caerte muerto? Como ves, tu historia es incapaz de mantenerse en pie mucho tiempo por sí sola.
El monstruo se puso a temblar. Sabía que el Gran Sabio era su principal enemigo. Por eso, echó mano de nuevo de su inventiva y, llorando a lágrima viva, dijo al maestro:
- Es cierto que mis padres han muerto y que la fortuna de mi familia evaporado por completo. Pero aún dispongo de alguna que otra tierra y de unos cuantos familiares.
- ¿Qué familiares? - le interrogó el Peregrino.
- Todos los de mi madre - respondió el monstruo -. Son originarios de una región que hay al sur de esta montaña, aunque la mayoría de mis tías viven hacia el norte. Eso sin contar al Señor Li, esposo de una hermana de mi madre, que mora cerca del nacimiento del arroyuelo del que antes os hablé, y al Señor Rojo, un tío lejano, que tiene su morada en el interior del bosque. Por si esto os parece poco, sabed que en el pueblo del que procedo tengo varios primos y parientes. Ellos os recompensarán con largueza, cuando les diga lo que habéis hecho por mí. Estoy seguro de que venderán alguna tierra y os darán  cuanto preciséis.
Al oír eso, Ba-Chie apartó al Peregrino de un empujón, diciendo:
- ¿A qué viene interrogarle de esa manera? ¿No ves que no es más que un niño? Además, dijo claramente que los bandidos se habían llevado todo lo que había de valor en su casa. Me figuro que no podrían cargar con las tierras y las casas, ¿no? Nosotros, sin ir más lejos, comemos como bestias, pero no podemos terminar con la comida que producen diez simples acres de tierra. Bajémosle de ahí y disfrutemos de nuestra buena obra, cuando hable con sus parientes.
El Idiota no tenía ya más ojos que para la comida. Sin encomendarse a nadie, cogió la navaja que usaban para las ofrendas y desató al monstruo. Sin dejar de llorar, la bestia se volvió hacia monje Tang y empezó a golpear el suelo con la frente.
- Levántate y sube a mi caballo - le ordenó el maestro, enternecido -. De ahora en adelante yo me encargaré de cuidarte.
- No, no - se disculpó el monstruo -. De estar colgado en ese árbol tengo entumecidos los pies y las manos, y me duele mucho el cuerpo. Además, nunca he montado en caballo.
El monje Tang ordenó entonces a Ba-Chie que cargara con él, pero el monstruo se negó a hacerlo, diciendo:
- Mi piel es muy áspera y no me atrevo a abusar de esa forma de este digno maestro. Tenéis que reconocer, por otra parte, que sus orejas son muy grandes, su boca muy saliente, y sus cerdas demasiado recias. ¿Queréis que parezca que me he tumbado encima de un cardo?
- En ese caso - concluyó el monje Tang -, que te lleve el Bonzo Sha.
- Maestro - dijo el monstruo, después de echarle una mirada -, cuando esos bandidos arrasaron  mi  casa,  llevaban  la  cara  totalmente  pintada,  usaban  barbas  postizas  y blandían cuchillos y palos. No podéis suponeros la impresión que me causaron. Pese a todo, y con muchísimo respeto, este honorable maestro me produce más miedo todavía que ellos. Si no os importa, preferiría que él no cargara conmigo.
Al monje Tang no le quedó, pues, otro remedio que ordenárselo al Peregrino, que se apresuró a exclamar, soltando ruidosamente la carcajada:
- ¡De acuerdo, de acuerdo! ¡Le llevaré yo!
Sin poder esconder su alegría, el monstruo aceptó de buen grado ser llevado por el Peregrino. Con el fin de probar su peso, Wu-Kung se apartó un poco del camino y comprobó que pesaba poco más de quince kilos. Satisfecho, exclamó entre dientes:
- ¡Cuidado que eres imprudente! Merecías que te diera muerte ahora mismo. ¿Quién te dijo que podías burlarte, así como así, de mí? ¿Acaso creíste que no iba a descubrir ese algo especial que tú posees?
- Yo procedo de una buena familia y he tenido la mala fortuna de toparme con la más insufrible de las desgracias. ¿Qué queréis decir con eso de algo especial?
- Si es verdad que perteneces a una buena familia - replicó el Peregrino -, ¿cómo es que tienes un cuerpo tan ligero?
- Sólo tengo siete años - se defendió el monstruo.
- Aunque únicamente hubieras engordado cuatro kilos al año - calculó el Peregrino -, ahora deberías pesar veintiocho y la verdad es que apenas llegas a la mitad.
- ¿Yo qué sé? - exclamó el monstruo -. Posiblemente no tomara suficiente leche, cuando era pequeño.
- Está bien - concluyó el Peregrino -. Cargaré contigo hasta donde sea preciso, pero, por lo que más quieras, no me mees encima. Cuando desees orinar, me avisas, ¿de acuerdo? Tripitaka iba delante con Ba-Chie y el Bonzo Sha, cerrando la marcha Wu-Kung con el niño a las espaldas. De su marcha hacia el Oeste disponemos de un poema que dice:

La virtud siempre es sublime, pero las fuerzas del mal se valen también de su atractivo. De la misma forma, la causa del Zen es inmutable, pero de esa inmutabilidad se alimentan, igualmente, las bestias. La Mente siempre es justa y, por eso,  opta por un camino medio. La Madre Madera [1], por su parte, injusta e inclinada al mal, sigue otro sendero. El Caballo de la Voluntad permanece callado, tratando de dominar los deseos y pasiones. Quien alimenta la Falsedad suele hallar éxito en sus empresas, pero su felicidad se desvanece como la espuma, porque, tarde o temprano, la Verdad termina desenmascarándola.

Mientras el Gran Sabio caminaba con el monstruo a sus espaldas, empezó a criticar la conducta del monje Tang, diciéndose:
- Parece como si el maestro no supiera lo difícil que es trasponer montañas tan escabrosas como ésta. De por sí, es penosísimo transitar  por estos senderos. ¡Cuánto más con un monstruo a las espaldas! Aunque fuera una persona honrada, no tendría ningún sentido cargar con él, porque sus padres han muerto. ¿A quién vamos a confiar su custodia? En casos así lo mejor es romperle la cabeza y asunto terminado.
El monstruo se percató en seguida de lo que estaba pensando el Peregrino y decidió valerse de la magia. Aspiró cuatro bocanadas de aire, una de cada punto cardinal, y las expulsó sobre el cogote del Peregrino. Al punto éste sintió como si le hubieran puesto encima un peso superior a los diez mil kilos.
- ¡Vaya! - exclamó el Peregrino, sonriendo con malicia -. Así que tratando de aplastar a tu respetable padre con un poquitito de magia ¿eh?
El monstruo temió que el Gran Sabio pudiera hacerle daño y liberándose de aquel cuerpo, se elevó por los aires, al tiempo que el peso que soportaba el Peregrino se hacía cada vez más grande. Eso agravó aún más su mal humor. El Rey de los Monos no era hombre que soportara con facilidad los abusos y, agarrando al muchacho que llevaba a las espaldas, lo tiró junto a unas rocas que había al borde del camino. El golpe fue tan fuerte que el cuerpo quedó reducido a una masa informe de carne. No contento con eso, el Peregrino le arrancó las piernas y los brazos y los hizo añicos. Al verlo desde el aire, el monstruo no pudo por menos que lanzar un suspiro de alivio, al tiempo que pensaba:
- ¡Menudo monje! ¡Jamás pensé que fuera tan traidor! Aunque yo sea un monstruo empeñado en devorar a su maestro, tenía que haber esperado a que yo hubiera dado el primer paso. ¿A qué viene mostrarse tan agresivo? Menos mal que se me ocurrió apartarme de ese cuerpo; de lo contrario, ahora estaría muerto del todo. Lo que tengo que hacer es apoderarme cuanto antes del monje Tang. Creo que no podré encontrar una ocasión mejor que ésta, pues ese mono disfruta haciendo correr la sangre.
No había acabado de decirlo, cuando se levantó un viento huracanado, que arrastraba las rocas y lanzaba contra las nubes toneladas de arena y polvo. Era tan fuerte que las aguas se salieron de sus cauces y, al agitar el éter negro, el sol terminó perdiendo su luz. Fueron incontables los árboles que arrancó, poniendo al descubierto sus centenarias raíces. No hubo ciruelo que no perdiera todas sus ramas. La arena se cebaba en los ojos de los caminantes, que se veían en la necesidad de posponer sus viajes. Las rocas volaban  como  hojas  de  bambú,  yendo  a  caer  sobre  los  caminos  y  haciéndolos prácticamente intransitables. Todo el paisaje se vio sumido en una densa oscuridad, que enloquecía a las bestias y a las aves salvajes. Por doquier se oían sus gritos de angustia. Tripitaka apenas podía mantenerse a lomos del caballo. Ba-Chie lo vio tambalearse peligrosamente en lo alto de la grupa, pero hubo de cerrar los ojos casi inmediatamente, para defenderlos de los embates de la arena. Otro tanto hizo el Bonzo Sha. Sólo el Gran Sabio comprendió que se trataba de alguna artimaña del monstruo. Pero, cuando llegó al lado de su maestro, la bestia se lo había llevado ya montaña adelante. El monje Tang había desaparecido, sin dejar el menor rastro.
El viento comenzó entonces a amainar y no pasó mucho tiempo antes de que el sol comenzara a brillar de nuevo. El Peregrino vio al caballo - dragón relinchando y dando coces de espanto. El equipaje yacía, deshecho, junto al camino. Ba-Chie estaba acurrucado detrás de una roca, lo mismo que el Bonzo Sha, que no dejaba de gemir.
- ¡Ba-Chie! - gritó el Peregrino.
Al oír la voz de Wu-Kung, el Idiota levantó la cabeza y comprobó que la tormenta había remitido del todo. Aun así, se agarró nerviosamente al Peregrino y exclamó:
- ¡Qué viento tan huracanado! ¡Qué viento!
- Parecía un tornado - comentó el Bonzo Sha, acercándose a ellos.
- ¿Dónde está el maestro? - preguntó el Peregrino.
- El viento era tan fuerte que todos tuvimos que esconder la cabeza en el primer sitio que encontramos, para no quedarnos ciegos - respondió Ba-Chie -. Por lo poco que pude ver, el maestro recurrió a su silla de montar.
- Todo eso está muy bien - dijo el Peregrino -. Pero ¿dónde está ahora?
- ¡Es increíble! - exclamó el Bonzo Sha -. Ha desaparecido. Parece como si se hubiera convertido en una paja y se hubiera marchado a lomos del viento.
- Creo que ha llegado la hora de separarnos - concluyó el Peregrino.
- Tienes razón - concedió Ba-Chie -. Todavía estamos a tiempo de irnos cada cual por nuestro lado. El viaje hacia el Oeste parece interminable. ¿Queréis decirme cuándo vamos a llegar? A veces dudo que nuestro viaje vaya a tener fin algún día.
- ¿Cómo podéis decir eso? - les regañó el Bonzo Sha, tan sorprendido por los que oía que el cuerpo se negaba a obedecerle -. Todos cometimos graves ofensas contra el Cielo en nuestras vidas anteriores. Fue una suerte, por tanto, que la Bodhisattva Kwang Shr- Ing nos iluminara el corazón, nos hiciera entrega de los mandamientos, nos cambiara los nombres y nos invitara a abrazar la fe budista. Con el fin de acumular méritos y conseguir que nos fueran perdonadas totalmente nuestras antiguas culpas, aceptamos de buen grado proteger al monje Tang en su camino al Paraíso Occidental con el fin de presentar sus respetos a Buda y obtener las escrituras sagradas. ¿Cómo habláis ahora de darlo todo por terminado, regresando cada cual al lugar del que partió? Si lo hacemos, todo  habrá  resultado  inútil  y  los  esfuerzos  de  la  Bodhisattva  habrán  sido  tan innecesarios como una lluvia de arena sobre el desierto. Eso sin contar con que todo el mundo se reirá de nosotros. ¿Qué otra cosa merece, de hecho, quien comienza una cosa y es incapaz de terminarla?
- Todo eso es verdad - reconoció el Peregrino -. Pero ¿qué otra cosa podemos hacer con un maestro tan cabezota e incapaz de escuchar los consejos que se le dan? Como sabéis, poseo unos ojos de fuego y unas pupilas de diamante que me capacitan para distinguir con claridad el bien del mal. Desde un principio supe que el niño que estaba colgado del pino era, en realidad, un monstruo; ha sido él precisamente el que ha levantado ese viento que por poco nos mata. Os lo advertí antes de que sucediera, pero ni vosotros ni el maestro quisisteis creerme, alegando que pertenecía a una buena familia y obligándome a cargar con él. Eso, en el fondo, me alegró, porque me dio la oportunidad de controlarle más de cerca. Pero él trató de aplastarme, recurriendo a la magia del cuerpo superpesado. Cansado de sus argucias, le hice picadillo. Sin embargo, logró abandonar a tiempo su maltrecho cuerpo, arreglándoselas incluso para atrapar a nuestro maestro en el torbellino de ese huracán que acabamos de presenciar. ¡El monje Tang no escucha nunca a nadie! Son incontables las veces que se ha negado, no digo ya a aceptar, sino simplemente a considerar mis consejos. Eso me ha producido tal amargura que he creído que no valía la pena seguir sacrificándonos por un hombre que sólo se rige por sus propias ideas. Ahora, la verdad, no sé qué partido tomar. Tus palabras estaban cargadas de tal sentido de la lealtad que mis razones me parecen egoístas y carentes de todo fundamento. Pero la amargura sigue corroyendo mi corazón. ¿Qué te parece a ti, Ba-Chie, que hagamos?
- Ahora me doy cuenta de que lo que dije lo hice sin pensar - confesó Ba-Chie -. Mi opinión, por tanto, es que debemos continuar unidos. Además, no nos queda otra alternativa. Aun suponiendo que el Bonzo Sha no tuviera razón, nuestra obligación es dar con el monstruo y liberar a nuestro maestro. Sería indigno de nosotros abandonarle, cuando más nos necesita.
- Actuemos, entonces, como un solo hombre - sugirió el Peregrino con el rostro iluminado -. En cuanto hayamos recogido el equipaje y nos hayamos hecho cargo del caballo, escalaremos la montaña y descubriremos dónde se encuentran el monstruo y el maestro.
- Sin embargo, recorrieron cerca de setenta kilómetros de penosísimo camino y no encontraron el menor rastro. La montaña parecía estar desprovista de toda señal de vida. Sólo de vez en cuando se veía algún que otro cedro sin nidos o un pino solitario, al que no acudía  ninguna bestia a restregarse. La inquietud se iba haciendo más intensa en el corazón del Gran Sabio con cada paso que daba. Al final, no pudo aguantarlo más y, llegándose hasta la cumbre de un salto, gritó:
- ¡Transfórmate! - y al instante se convirtió en una criatura de tres cabezas y seis brazos, exactamente igual que cuando sumió el Cielo en aquella tremenda confusión. Agitó, al mismo tiempo, la barra de hierro y ésta se multiplicó inesperadamente por tres. Con ella comenzó a golpear como un loco en todas direcciones. Al verlo, Ba-Chie exclamó, preocupado:
- ¡Esto va de mal en peor, hermano Sha! Parece que la desaparición de nuestro maestro ha hecho perder el juicio a Wu-Kung. Ya ves, sin ton ni son se ha puesto a guerrear contra el viento.
Sin embargo, el alocado combate del Peregrino sirvió para que acudieran ante él los dioses que por allí habitaban. Todos parecían muy pobres. Tanto que no vestían más que andrajos.   Sus   calzones carecían   de   culera   y   tenían   las   perneras   totalmente deshilachadas. En seguida se echaron rostro en tierra y dijeron:
- Aquí tenéis, Gran Sabio, a todos los dioses y espíritus de esta montaña.
- ¿Cómo es que sois tantos? - preguntó el Peregrino, sorprendido.
- Para vuestra información, Gran Sabio - contestaron ellos, sacudiendo sin cesar el suelo con la frente -, este lugar es conocido como Montaña del Pico de Lezna de los Diez Mil Kilómetros. A cada millar le corresponde un dios y un espíritu local, así que, en total, somos veinte [2] las deidades que aquí residimos. Ayer mismo tuvimos noticias de vuestra llegada, pero hasta hoy no hemos podido reunimos todos. Eso explica nuestra tardanza en venir a daros la bienvenida. Esperamos que no nos lo toméis a mal y perdonéis nuestra mala educación.
- De momento, estáis perdonados - trató de tranquilizarlos el Peregrino -. Pero dejémonos de cumplidos. Deseo que me digáis el número exacto de monstruos que habitan en esta montaña.
- Sólo uno, Gran Sabio - respondieron los dioses -. A él precisamente le debemos que seamos tan pobres, porque, por su culpa nadie nos ofrece incienso ni papel moneda, amén de los sacrificios de los que gozan los dioses de otras regiones. Como veis, apenas disponemos de túnicas y a veces pasan meses enteros sin que podamos llevarnos a la boca ni un solo grano de arroz. ¿Os imagináis cómo serían nuestras vidas, si hubiera por aquí algún otro monstruo más?
- ¿Dónde habita esa bestia? - inquirió, una vez más, el Peregrino -. ¿En la parte posterior o anterior de esta montaña?
- En ninguna de ellas - volvieron a contestar los dioses -. Por esta montaña discurre un arroyuelo, conocido como el Arroyo del Pino Seco, a cuyas orillas se abre una cueva, que lleva el nombre de Caverna de la Nube de Fuego. En ella habita un monstruo que posee extraordinarios poderes mágicos, con los que nos esclaviza sin piedad, forzándonos a hacer fuego, a batir los tambores, a mantener protegida su puerta y a patrullar de noche el bosque. Por si eso fuera poco, los diablillos que moran con él abusan de nuestra mala fortuna, obligándonos a pagarles de vez en cuando elevadísimas sumas de dinero.
- ¿Cómo es posible? - exclamó el Peregrino, escandalizado -. ¿De dónde sacáis el dinero, si pertenecéis a la Región de las Tinieblas?
- Así es - confirmaron los dioses -. No disponemos de una triste sapeca. De ahí que nos veamos obligados a cazar algún ciervo que otro, con el fin de aplacar su codicia. Cuando nos olvidamos de hacerlo, arrasan nuestros monasterios y destruyen cuanto encuentran a su paso. Nuestra vida se ha convertido en un auténtico infierno y no disponemos de un solo segundo de tranquilidad. Por todo ello, nos atrevemos a suplicaros, Gran Sabio, que deis muerte a esa bestia y liberéis de su opresión a cuantas criaturas moran en esta bienhadada montaña.
- Si visitáis con tanta frecuencia como decís su caverna - concluyó el Peregrino -, me figuro que sabréis su nombre y su lugar de origen.
- Creemos que también vos estáis al tanto de esos extremos - contestaron los dioses con respeto -. Es hijo del Monstruo Toro, de cuya crianza se encargó el mismísimo Raksasi. Durante más de trescientos años se entregó a la práctica de la virtud en la Montaña del Fuego  Imperecedero,  donde  alcanzó  la  perfección  del  fuego  de  Samadhi  y  los extraordinarios  poderes  que  ahora  posee.  El  Toro  Monstruo  le  aconsejó  entonces afincarse en esta montaña y hacer de ella su feudo. Así, el que de niño fue conocido como el Muchacho Rojo ahora ostenta el pomposo título de Gran Rey del Santo Niño. Agradecido por tan valiosa información, el Peregrino despidió a los dioses y espíritus de la montaña, volviendo a adquirir casi inmediatamente la forma que le era habitual. De un salto se llegó hasta donde estaban Ba-Chie y el Bonzo Sha y les dijo:
- Podemos respirar tranquilos. Ese monstruo es amigo mío y estoy seguro de que no hará el menor daño a nuestro maestro.
- ¡Vamos, no digas tonterías! - exclamó Ba-Chie, soltando la carcajada -. Tú te criaste en el continente de Purvavideha y este lugar forma parte del de Aparagodaniya. Entre ambos existen por lo menos diez mil kilómetros, dos océanos e incontables ríos y cordilleras. ¿Cómo va a ser amigo tuyo?
- Acabo de entrevistarme con los dioses de esta región - explicó el Peregrino - y me han informado de sus orígenes. Me he enterado de que es hijo del Monstruo Toro que crió Raksasi, que de niño se llamaba el Muchacho Rojo y que ahora ostenta el pomposo título de Gran Rey del Santo Niño. Recuerdo que cuando, hace aproximadamente quinientos años, sumí el Cielo en una confusión total, me dediqué a recorrer los montes más renombrados del mundo en busca de los mayores héroes de la Tierra. Con ellos, entre los que, por cierto, se encontraba el Monstruo Toro, constituí una hermandad de siete miembros. Yo era el más pequeño de todos y él el más grande; de ahí que siempre le llamara hermano mayor. Dado que este monstruo es hijo suyo, deberá considerarme como tío o, al menos, amigo de su familia. ¿Cómo va a hacer daño a nuestro maestro, si descubre quién soy? No perdamos más tiempo y vayamos inmediatamente a hacerle una visita.
- ¡Cuidado que eres ingenuo! - exclamó, una vez más, Ba-Chie -. ¿Acaso has olvidado lo que dice el proverbio? «Con tres años que falte uno de casa hasta los hermanos terminan olvidándole.» Eso sin contar con que llevas sin verle, no digo ya tres, sino seiscientos años, y que en todo ese tiempo no habéis bebido juntos ni una sola vez. ¿Qué clase de amigos son los que nunca se visitan ni intercambian regalos en las fiestas?
- Haces mal en catalogar a la gente de esa manera - le reprendió el Peregrino -. No en balde otro proverbio afirma que «de la misma forma que una hoja de loto puede recorrer la inmensidad del océano, los seres humanos pueden encontrarse más de diez mil veces a lo largo de sus vidas». Además, aunque no me reconozca como amigo de su padre, estoy seguro de que no se atreverá a hacer el menor daño a nuestro maestro. Vamos, que banquetes no nos va a ofrecer ninguno, pero que va a devolvernos sano y salvo al monje Tang.
Esperanzados por estas palabras, los tres monjes cargaron con el equipaje y se dispusieron a buscar la ruta que habían perdido. Sin dejar de caminar día y noche, y tras recorrer no menos de cien kilómetros, llegaron a un impresionante bosque de pinos. En él fluía plácidamente un arroyuelo de aguas verdosas. Justamente en el punto de su nacimiento se veía un puente de piedra que conducía a la entrada de una caverna.
- Mirad aquellas rocas - dijo a sus dos acompañantes el Peregrino -. Estoy seguro de que es el lugar en el que vive el monstruo. Voy a llegarme hasta allí para discutir con él de todo el asunto. ¿Quién quiere quedarse aquí cuidando del caballo y del equipaje? Decididlo pronto, porque el otro tiene que venir conmigo.
- Te acompaño yo - se apresuró a decir Ba-Chie -. No me gusta quedarme sentado durante mucho tiempo en un sitio, ya lo sabes.
- De acuerdo. Tú, Bonzo Sha - añadió el Peregrino -, esconde el equipaje y el caballo en el interior del bosque y cuida bien de ellos. Mientras tanto, nosotros dos liberaremos al maestro.
El Bonzo Sha no puso el menor reparo. Ba-Chie y el Peregrino, por su parte, cogieron las  armas  y  se  dirigieron  hacia  la  cueva.  Por  muy  sagaz  y  maléfico  que  fuera  el monstruo de fuego, la Madera Madre y el Mono de la Mente formaban un tándem prácticamente invencible.
No sabemos cómo se las arreglaron para llegar hasta la caverna. Quien quiera averiguarlo deberá escuchar con atención las explicaciones que se brindan en el capítulo siguiente.

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[1]Aunque el texto dice «la madre original», por el contexto y el tono general de la obra hemos optado por mantener la expresión «Madre Madera».

[2]El cardinal diez mil tiene aquí, como en otras muchas ocasiones, el sentido de infinitud. Se significa, por tanto, la extremada longitud de la montaña, así como el elevado número de dioses y espíritus que cuidan de ella.