Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

El hallazgo en los cielos de una píldora de elixir de mercurio. La vuelta a la vida en la tierra de un rey que llevaba muerto tres años.


Incapaz de soportar el dolor, el Gran Sabio no dejaba de gritar, desesperado:
- ¡Por lo que más queráis, no sigáis recitando ese conjuro! ¡Haré lo que me pedís! ¡Devolveré la vida a ese hombre!
- ¿Cómo vas a hacerlo? - inquirió el maestro.
- Yendo al Mundo de las Sombras y enterándome en qué aposento de los Diez Reyes está encerrado su espíritu - respondió el Peregrino -. En cuanto lo haya logrado, no me costará mucho traerlo hasta aquí
-  No le  creáis,  maestro -  insistió Ba-Chie  -.  Él  mismo  me  confesó  que  no  había necesidad de realizar ese viaje, que sus poderes eran tales que hasta en el mismísimo Mundo de la Luz era capaz de encontrar una solución.
El maestro dio crédito a las palabras de Ba-Chie y recitó, una vez más el conjuro. El Peregrino sentía tal dolor que no le quedó más remedio que decir:
- ¡Acudiré al Mundo de la Luz! ¡Acudiré al Mundo de la Luz!
- No os detengáis, maestro - urgía, por su parte, Ba-Chie al monje Tang -. Seguid recitando ese conjuro.
- ¡Maldita bestia! - bramó el Peregrino -. ¿Qué ganas con mi sufrimiento?
- ¿Crees que eres el único que puedes burlarte de los demás? – replicó Ba-Chie riendo a carcajada limpia -. Pues ya ves que no. También yo puedo hacerlo.
- ¡Por favor, maestro! - suplicó el Peregrino al límite de sus fuerzas -. Haré lo que me digáis. Acudiré al Mundo de la Luz y hallaré algún remedio para el rey.
- ¿Cómo vas a llegar hasta allí? - preguntó Tripitaka.
- Con uno de mis saltos mortales - contestó el Peregrino -. No es la primera vez que traspongo con su ayuda la Puerta Sur de los Cielos. Para no perder tiempo, no me dirigiré al Salón de la Niebla Divina, sino que iré directamente al Trigésimo tercer Cielo, el de la Suprema Felicidad, donde se levanta el Palacio Tushita. Allí me entrevistaré con Lao-Tse y le pediré una píldora del Elixir de los Nueve Cambios, que, como sabéis, es capaz de devolver un espíritu a su antiguo cuerpo, y, de esta forma, el rey recobrará la vida.
- Vete inmediatamente y no tardes en volver - le urgió Tripitaka encantado de tan espléndido plan.
- Ahora es aproximadamente la hora de la tercera vigilia - dijo el Peregrino -, así que calculo que estaré de vuelta hacia el amanecer. De todas formas, es conveniente que alguien se lamente y llore por este hombre. No puede continuar ahí tumbado, como si fuera un simple trozo de madera. Como muerto que es, debería ofrecérsele algún tipo de exequias.
- No, no - exclamó Ba-Chie, sacudiendo la cabeza -. Tú lo que quieres es que me encargue yo de todo eso, ¿no?
- Exactamente - respondió el Peregrino -. Pero sé que no lo harás y, si no lo haces, jamás conseguiré que vuelva a la vida.
- En ese caso, oraré por él - concluyó Ba-Chie -. Estáte tranquilo. Nadie se habrá lamentado tanto por un muerto como yo. Ya lo veras.
- Hay muchas clases de lamentos - afirmó el Peregrino -. Cuando están desconectados totalmente del corazón, son simple griterío; cuando van acompañados de lágrimas, reciben el calificativo de llanto respetuoso; pero, cuando a las lágrimas y a los gritos va unido el sentimiento auténtico, se llaman lamento.
- Si me permites - dijo Ba-Chie, animado -, voy a darte un ejemplo de cómo lo hago.
En seguida sacó un trozo de papel, lo partió en pequeñas tiras y empezó a hacerse cosquillas en las narices. No tardó en ponerse a estornudar como un loco. Los ojos se le llenaron de lágrimas, momento que aprovechó para lamentarse, como si, en verdad, hubiera muerto algún miembro de su familia. Lo hizo tan bien que hasta el monje Tang perdió la compostura y terminó abandonándose al llanto.
- Así es como quiero que lo hagáis - dijo el Peregrino, soltando la carcajada -. Pero recordad que no debéis parar en ningún momento. Si piensas Ba-Chie, que, en cuanto me haya ido, puedes tumbarte tranquilamente a descansar, estás muy equivocado. Ya sabes que tengo un oído excelente y que puedo castigarte cuando quiera. Por cierto, mi barra de hierro está ansiosa por golpear a alguien.
- Vete tranquilo - respondió Ba-Chie, sollozando lastimosamente -. Te aseguro que, una vez que haya empezado a lamentarme, no habrá quien me detenga en dos días por lo menos.
El  Bonzo  Sha  comprendió  que  los  gritos  no  eran  suficientes  para  complacer  al Peregrino. Cogió, pues, unas cuantas varillas de incienso y se las ofreció al difunto.
-  Eso  está  mejor  -  comentó  el  Peregrino,  sin  dejar  de  reírse  -.  Creo  que  puedo marcharme tranquilo. Cuando una familia se dedica a algo, el éxito está asegurado.
Era aproximadamente medianoche, cuando el Gran Sabio se despidió del maestro y de sus otros dos hermanos. De un salto, se coló por la Puerta Sur de los Cielos, pero, como había prometido, no se detuvo, en el Salón de la Niebla Divina, sino que se dirigió directamente hacia el Trigésimo tercer Cielo, el de la Suprema Felicidad, donde se levantaba el Palacio Tushita. En cuanto puso en él el pie, vio a Lao-Tse sentado en el Salón del Elixir. Su concentración era absoluta, porque en aquel preciso instante estaba elaborando  tan  extraordinario  remedio,  ayudado  por  unos  cuantos  jóvenes,  que  no dejaban  de  avivar  el  fuego  con  unos  espléndidos  abanicos  de  llantén.  Eso  no  fue obstáculo para que se percatara en seguida de su presencia. Al verle, aconsejó a sus jóvenes ayudantes:
- Tened mucho cuidado. Acaba de llegar el desalmado que un día osó robarnos el elixir.
- No seas tan precavido, por favor - exclamó el Peregrino, saludándole y sonriendo maliciosamente -. ¿A qué viene tomar conmigo tantas precauciones? Deberíais saber que ya no me dedico a esas cosas.
- Hace aproximadamente quinientos años - replicó Lao-Tse - sumiste el Cielo en una terrible confusión, robaste nuestro elixir y bebiste cuanto quisiste de él. Posteriormente, después de que el Sabio Er-Lang lograra arrestarte y traerte prisionero a este Reino de Luz, fuiste refinado en el interior de mi brasero durante más de cuarenta y nueve días, esfuerzo inútil que me hizo malgastar yo qué sé la cantidad de carbón. Tuviste suerte al aceptar la fe budista y al comprometerte a acompañar al monje Tang en su esfuerzo por alcanzar el Paraíso Occidental en busca de las escrituras sagradas. La verdad es que no has cambiado gran cosa. Trabajo me costó, sin ir más lejos, que me devolvieras los tesoros que arrebataste a los monstruos de la Montaña Altísima. ¿Cómo quieres que confíe en ti? Ahora, si no te importa, me gustaría que me dijeras cuál es el motivo de tu visita.
- Que yo recuerde, jamás he sido descortés con vos - se disculpó el Peregrino -. De hecho, os devolví los tesoros de los que habláis, en cuanto me los pedisteis. ¿A qué viene tanta suspicacia?
- ¿Por qué no estás en los caminos, en vez de venir a meter las narices en mi palacio? - replicó Lao-Tse.
- Tras despedirnos de vos - explicó el Peregrino -, continuamos nuestro viaje sin ninguna novedad hasta que llegamos al Reino del Gallo Negro. Allí nos enteramos de que el auténtico rey había sido asesinado por un monstruo, que en su día se había hecho pasar por un taoísta con poderes para dominar la lluvia y el viento. La bestia adoptó la personalidad del rey y lleva años ocupando el trono del Salón de los Carillones de Oro [1]. La noche de nuestra llegada mi maestro la pasó leyendo sutras, que, por cierto, no pudo concluir, ya que el espíritu del rey asesinado se le apareció en sueños y le suplicó que me permitiera acabar con la bestia que le había dado muerte. Tras sopesar cuidadosamente todas las posibilidades, decidí registrar el jardín imperial en compañía de Ba-Chie con el fin de reunir pruebas. Encontramos su cadáver, en perfecto estado de conservación, en el interior de un pozo de mármol de paredes octogonales. Cargamos con él y se lo enseñamos a nuestro maestro, que se emocionó tanto al verle que me exigió que le devolviera a la vida. Puso, sin embargo, unas cuantas condiciones, entre las que destacaba que en ningún momento habría de acudir al Reino de las Sombras en busca de su espíritu, sino que habría de llevar a cabo tan difícil empresa con la sola ayuda del de la Luz. El único camino disponible, por tanto, era venir a veros y pediros mil píldoras del Elixir de los Nueve Cambios, para que ese rey pueda recobrar, por fin, la vida.
- ¡No sabes ni lo que dices! - exclamó Lao-Tse -. Abres la boca y, ¡venga! allá van mil o dos mil píldoras. ¿Se puede saber para qué quieres tantas? ¡Ni que te las comieras con arroz! Además, son extremadamente difíciles de hacer. Como si crecieran en el barro y no tuvieras más que alargar la mano para hacerte con ellas. ¡Venga, rápido, quiero todas las que pueda encontrar! Pues, para tu información, te diré no tengo ninguna.
- De acuerdo. Mil píldoras son muchas - admitió el Peregrino -. ¿Qué te parecen cien, entonces?
- No tengo ninguna - repitió Lao-Tse.
- ¿Y diez? - insistió el Peregrino.
- ¡Cuidado que es pesado este mono! - exclamó, enfadado, Lao-Tse -. Te he dicho que no me queda ninguna, así que lo mejor que puedes hacer es marcharte.
- ¿De verdad no tiene ni una sola? - preguntó el Peregrino, sonriendo con intención -. En ese caso, tendré que acudir a otra puerta en busca de ayuda.
- ¡Márchate! - bramó Lao-Tse.
Sin decir nada más, el Gran Sabio se dio la vuelta y abandonó el palacio. Pero, lejos de tranquilizar a Lao-Tse, tan inesperado gesto le hizo ponerse aún más nervioso.
- ¡No me fío de ese mono! - se dijo, intranquilo -. Es raro que me haya obedecido con tanta rapidez. Lo más seguro es que ha ido a la parte de atrás a ver qué puede robarme. Para  evitar  males  mayores,  mandó  a  uno  de  sus  asistentes  que  hiciera  volver  al Peregrino, y le dijo:
- Parece como si te dieran calambres en los pies o en las manos. ¿Es que no sabes esperar? De acuerdo. Te daré una píldora de mi elixir.
- Sabiendo, como sabéis, las habilidades que poseo - contestó el Peregrino -, deberíais ser más generoso y dividir conmigo a partes iguales todo el elixir de oro que tengáis por ahí. De lo contrario, os dejaré tan mondo y lirondo como la cabeza de un bonzo.
El Patriarca cogió su calabaza, la puso boca abajo y sacó de ella una única píldora de oro. Se la entregó a continuación al Peregrino e insistió.
- Es la única que tengo. Cógela. Cuando el rey recupere su espíritu, el mérito será absolutamente tuyo, no mío.
- No tan deprisa, por favor - sugirió el Peregrino -. Voy a probarla yo primero, porque, como comprenderéis, no me gustaría nada cargar con una píldora falsa.
No había acabado de decirlo, cuando se la metió en la boca. El patriarca se quedó tan desconcertado que en un principio no supo qué hacer. Se abalanzó después sobre el Peregrino y, agarrándole de la cabeza, le amenazó con el puño en alto:
- ¡Maldito mono! Si la tragas, te mato.
- ¡Vergüenza debería daros! - replicó el Peregrino, soltando la carcajada -. ¡Cuidado que sois tacaño y remilgado! ¿Quién os ha dicho que iba a comerme vuestros potingues? Mirándolo bien, no valen gran cosa, pero me he tomado la molestia de proteger vuestra píldora como si fuera un tesoro. ¿Os parece bien aquí?
El mono tenía una especie de bolsa debajo de la mandíbula y allí fue precisamente donde había guardado el elixir de oro. Aun así, el patriarca se cercioró de que no se trataba de ninguna de sus estratagemas, palpándola con los dedos. Cuando hubo comprobado que, en efecto, era la misma píldora que acababa de entregarle, gritó, malhumorado:
- ¡Márchate y no me molestes más, anda!
El Gran Sabio le dio las gracias y abandonó el Palacio Tushita. No tardó en dejar atrás las arcadas de jade, que despedían incontables rayos de luz bienaventurada. Volvió a montar en una nube y en un abrir y cerrar de ojos regresó a este mundo de sombra y polvo. El sol estaba apuntando por el oriente, cuando llegó, por fin, a la puerta del Monasterio de la Gruta Sagrada. Los lamentos de Ba-Chie se oían desde muy lejos, pero estaba pendiente de todo y, al ver acercarse al Peregrino, dijo al maestro:
- Acaba de llegar Wu-Kung.
- ¿Has traído el elixir que prometiste? - le preguntó, esperanzado, Tripitaka.
- Así es - contestó el Peregrino -. ¿Cómo iba a atreverme a regresar sin él?
- Era de esperarse - comentó Ba-Chie -. Aquí todos estábamos convencidos de que lo obtendrías, aunque tuvieras que robarlo.
- Es mejor que no te metas en esto - le aconsejó el Peregrino -. Ya no te necesito para nada. Así que sécate los ojos y vete a llorar a otra parte, si quieres - se volvió a continuación hacia el Bonzo Sha y añadió -: Tráeme un poco de agua.
El Bonzo Sha corrió hacia el pozo que había en la parte de atrás. Con ayuda de un cubo sacó poco más de medio cuenco de agua y se lo entregó al Peregrino, que disolvió en él el elixir y se lo acercó a los labios del rey. Con no poco esfuerzo logró separarle las mandíbulas vertiendo poco a poco en su boca tan maravilloso líquido. Al cabo de media hora su estómago comenzó a emitir una serie de ruidos extraños, pero su cuerpo permaneció tan inmóvil como hasta entonces.
- ¡Qué extraño! - exclamó el Peregrino -. Ese elixir debería haberle vuelto ya a la vida. ¿Se habrá propuesto el rey buscarme la ruina?
- ¡Tonterías! - trató de tranquilizarle Tripitaka -. No existe razón alguna que le impida regresar a este mundo. De hecho, está volviendo a él a pasos agigantados. ¿Cómo iba a poder, si no, tragar esa agua después de llevar muerto tanto tiempo? ¿No oyes, además, esos borborigmos? Eso quiere decir que entre el pulso y la circulación se ha establecido, una vez más, una relación armónica. Su respiración se mantiene, no obstante, bloqueada todavía y no puede funcionar como antes ¿Qué otra cosa podía esperarse de un hombre que ha permanecido en el interior de un pozo durante más de tres años? En un tiempo tan largo hasta el hierro más resistente termina cubierto de hollín. Debemos hacerle la respiración  boca  a  boca,  pues  es  claro  que  su  aliento  primigenio  está  totalmente agotado.
Ba-Chie se aprestó en seguida a hacerlo, pero se lo impidió Tripitaka diciendo:
- Déjaselo hacer a Wu-Kung. Es nuestro hermano mayor y a él le compete cargar con toda la responsabilidad.
La verdad era, sin embargo, que desde su juventud Chu Ba-Chie había sido devorador de hombres y su aliento era impuro. El Peregrino, por su parte, se había dedicado a la práctica de la virtud desde su nacimiento y no había probado otra cosa que no fuera frutas y verduras. De ahí que su aliento no poseyera impureza alguna. El Gran Sabio se inclinó, pues, sobre el rey, colocó sobre sus labios su protuberante jeta de dios del trueno y sopló con todas sus fuerzas. La potencia de su aliento descendió por la garganta del muerto, hasta alcanzar la Torre del Palacio de la Respiración, donde invadió los Campos de Mercurio. Allí cambió de dirección y regresó a gran velocidad hacia la glotis. El rey tosió sonoramente y su respiración y su espíritu se hicieron una misma cosa. En seguida se dio la vuelta y, arrodillándose ante Tripitaka, exclamó con voz agradecida:
- ¡Qué poco esperaba yo, cuando vine en sueños a solicitaros vuestra ayuda, que en sólo una noche iba a pasar del Mundo de los espíritus al de la Luz!
- Majestad - replicó Tripitaka, tratando de hacerle levantar del suelo -, yo no he hecho absolutamente nada. Todo el mérito es de mi discípulo. A él solo debéis agradecer vuestra buena fortuna.
- ¿Se puede saber qué estáis diciendo? - replicó el Peregrino, soltando la carcajada -. Con razón afirma el proverbio: "Para que una casa funcione bien, sólo precisa de una cabeza rectora". Es justo, por tanto, que aceptéis su reconocimiento.
Tripitaka no sabía, de todas formas, qué camino seguir. Extendió las dos manos y, tras hacerle levantar del suelo, condujo al rey al interior del salón del Zen. Antes de tomar asiento, su majestad insistió en dar las gracias personalmente al Peregrino, a Ba-Chie y al Bonzo Sha. En aquel mismo momento los monjes del monasterio entraron con el desayuno en la habitación y, al ver al rey con las ropas mojadas de pies a cabeza, empezaron  a  temblar  y  a  hacerse  toda  clase  de  descabelladas  preguntas.  Pero  el Peregrino trató de tranquilizarlos, diciendo:
- No os asustéis, Este que veis aquí no es otro que el Señor del Reino del Gallo Negro, vuestro auténtico dueño. Hace tres años fue asesinado por un monstruo, pero me las he arreglado para devolverle a la vida. Nuestra intención es acompañarle a la ciudad, para desenmascarar al impostor. Así que, si habéis preparado algo de comer, traédnoslo para que podamos dar cumplida cuenta de nuestros planes.
Sin pérdida de tiempo los monjes trajeron un poco de agua caliente para que el rey pudiera lavarse y cambiarse de ropa. La túnica rojiza de rey fue descartada al instante, siéndole sustituida por unos ropajes que le regaló el mismo guardián del monasterio. Fue, igualmente, despojado de sus botas y de su cinturón de jade, vistiendo a cambio una faja y unas sandalias totalmente monacales.
Antes de ensillar el caballo, se sentaron a la mesa y el Peregrino y preguntó a Ba-Chie:
- ¿Cuánto pesa el equipaje?
- Llevo cargándolo a las espaldas yo qué sé la de tiempo - contestó Ba-Chie -, pero desconozco su peso exacto.
- No importa - respondió el Peregrino -. Divídelo en dos partes y dale una al rey - Es preciso que lleguemos cuanto antes a la ciudad.
- ¡Esto sí que es buena suerte! - exclamó Ba-Chie, complacido -. Cargué con él hasta aquí, creí que todo iba a ser en vano. Pero ahora veo que fue una buena idea cargar con su cuerpo. ¿Quién iba a decirme que iba a ser mi salvación a las pocas horas?
El Idiota hizo de buen grado lo que le había ordenado el Peregrino, pero el cargó con la parte más ligera y dio la más pesada al rey.
- Espero que no os parezca mal la familiaridad con que os tratamos - dijo el Peregrino, volviéndose al rey -. No es corriente vestir de monje a un Hijo del Cielo y hacerle cargar después con una pértiga, como si fuera un vulgar porteador.
-Para mí sois como mis padres - contestó el rey, postrándose de hinojos -. No en balde acabáis de traerme de nuevo a la vida. Para mí ha sido como si hubiera vuelto a nacer. ¿Qué puede importarme cargar la mitad del equipaje? Es más, estoy dispuesto a renunciar a todo y a seguir al maestro hasta el Paraíso Occidental.
- No hay necesidad de que lo hagáis - explicó el Peregrino -. Sin embargo, es preciso que ahora colaboréis con nosotros de esta forma. En cuanto hayamos entrado en la ciudad y capturado al monstruo, podréis ser de nuevo rey y nosotros continuaremos con nuestro empeño de hacernos con las escrituras.
- ¿Quieres decir que sólo va a cargar con esto unos cincuenta kilómetros - preguntó Ba-Chie, desilusionado -. Yo pensaba que iba a acompañarnos hasta el final de nuestro viaje.
- Deja de decir tonterías y abre la marcha - le aconsejó el Peregrino.
Mientras lo hacía, el Bonzo Sha ayudó a montar al maestro. Precavido como siempre, el Peregrino ocupó la retaguardia. Los quinientos monjes que habitaban en aquel monasterio los acompañaron hasta la puerta en un orden riguroso y haciendo sonar sin cesar sus instrumentos musicales.
- No es necesario que vengáis con nosotros - les dijo el Peregrino, sonriendo -. Si os ven los funcionarios reales, sospecharán algo y nuestra empresa se verá abocada al más completo de los fracasos. Si queréis colaborar, lo mejor que podéis hacer es arreglar las ropas del rey y esperar pacientemente nuestra vuelta. En cuanto al cinturón de jade, esta noche o, a más tardar, mañana por la mañana enviadlo al palacio y seréis ampliamente recompensados por vuestra prudencia.
Los monjes regresaron a sus aposentos, mientras el Peregrino se llegaba con grandes zancadas adonde estaba el maestro.
La búsqueda de la Verdad en el misterioso occidente es siempre digna de loa. Cuando el metal y la madera se encuentran en armonía, el espíritu inicia su camino de purificación. En vano recuerda la madre, una y otra vez, un sueño sin sentido, mientras el hijo se queja impotente, de su falta de fuerza. Es preciso buscar al gran rey en el fondo del pozo y solicitar después la ayuda de Lao-Tse en el Palacio Celeste. Cuanto se contempla en este mundo es puro vacío [2], del que sólo se salva el mismo Buda.
Apenas llevaban medio día caminando, cuando el maestro y los discípulos vieron a lo lejos una ciudad.
- ¿No es ése el Reino del Gallo Negro? - preguntó Tripitaka a Wu-Kung.
- Sí - respondió el Peregrino -. Ése es exactamente. Es preciso que entremos cuanto antes en la ciudad, para concluir el asunto que hasta aquí nos ha traído.
La capital estaba en plena efervescencia y su población parecía extremadamente cortés. Pronto descubrieron los peregrinos las Torres del Dragón y las Atalayas del Fénix. Sobre su grandeza y belleza disponemos de un poema, que afirma:

Su arquitectura eran tan espléndida como la de los Tang. En su interior se adivinaba el continuo trajín de gentes selectas. Los signos de riqueza eran manifiestos hasta en la forma de ondear de las banderas y estandartes. El conjunto ofrecía una sensación de paz absoluta, que no rompían las constantes hileras de nobles que entraban y salían del palacio.

- Creo que deberíamos renovar nuestros salvoconductos – dijo Tripitaka, al bajar del caballo -. De esa forma, nos evitaríamos yo qué sé la de problemas burocráticos.
- Me parece acertado - opinó el Peregrino -. Si no tenéis inconveniente, entraremos con vos. He podido constatar que os expresáis mejor cuando os sentís respaldado por nuestra presencia.
- Como queráis - respondió Tripitaka -. De todas formas, no estaría de más que os mostrarais corteses. Antes de hablar, debéis presentar vuestros respetos al señor de estas tierras.
- ¿Queréis decir que habremos de postrarnos en tierra? – preguntó el Peregrino.
- Así es -contestó Tripitaka -. La etiqueta dicta que nos inclinemos cinco veces seguidas y golpeemos otras tres el suelo con nuestras frentes.
- ¡No sabéis lo que decís! - exclamó el Peregrino -. ¿Cómo vais a mostraros tan respetuoso con un monstruo como ése? Permitidme entrar a mí primero para echar un vistazo y decidir lo que hay que hacer. Si nos dirige la palabra, dejadme contestar a mí. Si me inclino, hacedlo vos también y, si me siento, ocupad la silla que encontréis más a mano.
Sin encomendarse a nadie, el Rey de los Monos se dirigió a la puerta del palacio y dijo al oficial que la guardaba:
- Hemos sido enviados al Occidente por el Gran Emperador de los Tang, con el fin de presentar nuestros respetos a Buda y obtener las escrituras sagradas. Deseamos, por tanto, que nos hagáis entrega de un salvoconducto, para que podamos cruzar vuestras tierras sin ningún contratiempo. Eso es lo que queremos que informéis a vuestro rey. Hacedlo pronto. De lo contrario, sufriremos un retraso innecesario y el éxito de nuestra empresa correrá un grave peligro.
El oficial encargado de la guardia de la Puerta Amarilla corrió hacia el salón principal y, arrojándose rostro en tierra ante los escalones rojos, dijo:
-Acaban de llegar cinco monjes que afirmar dirigirse hacia el Paraíso Occidental, por orden  del  Emperador  de  los  Tang,  en  busca  de  escrituras  sagradas  de  Buda. Humildemente solicitan de vos un salvoconducto para poder proseguir su viaje. Si no han entrado a pedíroslo personalmente, ha sido porque esperan vuestro consentimiento. El Rey Monstruo ordenó que fueran conducidos a su presencia. El primero en entrar fue el monje Tang, seguido por el rey que acababa de volver a la vida. Sus ojos estaban totalmente anegados en lágrimas y no paraba de decirse:
-  ¡Qué  pena¡  ¡Jamás  pensé  que  me  fuera  arrebatado  un  imperio  tan  guardado  y defendido como éste!
- Tratad de controlar vuestra tristeza, majestad - le urgió el Peregrino en voz baja -. Si no lo hacéis, nuestra personalidad quedará al descubierto y no podremos seguir adelante con nuestro plan. Tranquilizaos y tened presente que la barra que guardo en mi oreja es prácticamente invencible. Con ella derrotaré a ese monstruo y podréis recuperar vuestro perdido reino.
El rey hizo en seguida suyo ese consejo. Se limpió las lágrimas con la orla de su túnica y siguió al maestro con paso decidido en dirección hacia el Salón de los Carillones de Oro. Todos los funcionarios, tanto civiles como militares, estaban allí reunidos. Eran cuatrocientos en total y sus actitudes no podían ser más nobles y dignas. El Peregrino pasó entre ellos, como si no existieran, y continuó andando hasta toparse con los escalones de jade blanco. Allí se detuvo, pero no hizo ninguna inclinación. Desconcertados, los funcionarios murmuraron entre sí:
- ¿Cómo puede ser tan estúpido y maleducado este monje? ¿Por qué no se postra ante nuestro rey y ensalza sus incomparables virtudes? ¡Ni siquiera ha inclinado la cabeza! ¡Es el colmo de la audacia y la grosería!
- ¿De dónde viene este monje?
- De la Gran Nación de los Tang - contestó el Peregrino con valentía -, que se halla ubicada en las Tierras del Este del continente de Jambudvipa. He sido enviado por orden expresa del emperador al Monasterio del Trueno, en los Territorios Occidentales, en busca de las escrituras sagradas. Al pasar por aquí, comprendí que necesitaba un salvoconducto y decidí venir en seguida a solicitároslo.
-  ¡Así  que  eres  originario  de  las  Tierras  del  Este!  -  bramó  el  rey  monstruo, malhumorado -. ¿Cómo es que no te inclinas ante mí, si mi reino no es vasallo del que tú procedes y no mantiene con él relación alguna?
- No comprendo cómo se os ocurre decir semejante cosa - replicó el Peregrino, soltando la carcajada -. El Reino de las Tierras del Este ha durado desde el principio de los tiempos, motivo por el cual ha sido tenido por el más respetable de cuantos han existido, existen y existirán. El vuestro, por el contrario, no goza de ningún predicamento y apenas  es  conocido  más  allá  de  sus  propias  fronteras.  ¿Acaso  no  habéis  oído  el proverbio que afirma que "el señor de un reino poderoso es padre y legislador, mientras que el de uno sin poder es hijo y, por lo tanto, está sujeto a la obediencia"? ¿Cómo os atrevéis a echarme en cara que no me he inclinado ante vos, cuando no me habéis ofrecido el recibimiento que merezco?
- ¡Apresad a este mono tan maleducado y protestón! - gritó el Rey Monstruo dirigiéndose a sus funcionarios.
Al punto todos hicieron ademán de abalanzarse sobre el Peregrino, que los detuvo, agitando contra ellos un dedo, al tiempo que les advertía:
- Renunciad a vuestro empeño.
Todos se quedaron clavados en el sitio, incapaces de dar un solo paso al frente. Los aguerridos capitanes de los ejércitos imperiales parecían simples estatuas de madera, mientras que los mariscales recordaban a figuras modeladas en la arcilla. Al comprobar la facilidad con que el Peregrino había inmovilizado a sus más inmediatos servidores, el rey monstruo saltó del trono, dispuesto, al parecer, a cumplir él mismo la orden que acababa de dar.
- ¡Esto va bien! - se dijo el Rey de los Monos, satisfecho -. Va a hacer exactamente lo que yo quería. En cuanto se acerque un poco más, le voy a hacer un agujero en la cabeza con mi barra, aunque sea de acero puro.
Pero en el mismo instante en que se disponía a descargar el golpe, apareció el príncipe y desbarató todos sus planes. Raudo como una flecha agarró al Rey Monstruo de la manga y, arrodillándose ante él, dijo:
- No os abandonéis a la ira, os lo suplico.
- ¡Qué queréis decir con eso?
- Permitidme contaros algo - contestó el príncipe -. Hace tres años oí comentar que el Emperador de los Tang, Señor de las Tierras del Este, había enviado a un monje muy virtuoso al Paraíso Occidental en busca de escrituras sagradas. Ahora veo que aquellos rumores eran ciertos. Y que tenemos el honor de contar entre nosotros con personajes tan ilustres. Sé que poseéis un carácter fuerte y no dado a las componendas. Pero, si apresáis a este monje y le mandáis ejecutar, el Señor de los Tang se sentirá muy ofendido y volverá sus ejércitos contra los nuestros. Recordad que, no contento con reunificar el imperio, Li Shr-Min conquistó no pocos reinos con ayuda de su astucia y su portentosa inteligencia. ¿Qué creéis que hará, cuando se entere de que habéis dado muerte al monje que él envió y que es, al mismo tiempo, su hermano? Con toda certeza reunirá un gran ejército y se lanzará sobre nuestras fronteras. No habrá entonces lugar para las lamentaciones, pues a la vista de todos está que nuestros ejércitos son reducidos y a nuestros generales les falta la confianza y el arrojo que a los suyos les sobra. Os suplico que permitáis interrogar personalmente a estos monjes, para aclarar por qué no se han arrodillado ante vos.
El príncipe era una persona muy prudente y pensó que, si no intervenía a tiempo, el monje Tang podía salir malparado. De ahí que decidiera hacer cuanto estuviera en su mano para aplacar la ira del monstruo. Lo que menos pensaba él es que el Peregrino estuviera a punto de atacar. El Rey Monstruo aceptó su consejo y volvió a sentarse en el trono, al tiempo que preguntaba en voz alta:
- ¿Cuándo salió este monje de las Tierras del Este y por qué le pidió el Emperador de los Tang que fuera en busca de las escrituras?
- Mi maestro - contestó el Peregrino con la misma arrogancia que antes - estableció con él un pacto de hermandad, recibiendo el nombre honorífico de Tripitaka. Uno de los principales consejeros del señor Tang, Wei-Cheng, tuvo que ejecutar por orden del Cielo al dragón del río Ching, motivo por el que se vio obligado a recorrer en sueños el Mundo de las Tinieblas. En cuanto volvió a la vida, celebró una ceremonia en favor de los espíritus de todos los fallecidos, que presidió mi maestro. Fue él quien dirigió las plegarias  y  recitó  los  sutras  que  habían  de  mover  el  compasivo  corazón  de  la Bodhisattva Kwang Shr-Ing de los Mares del Sur. Su labor intercesora alcanzó tales grados de perfección que la misma Madre de la Misericordia le manifestó que debería emprender cuanto antes un largo viaje hacia el Oeste, el maestro aceptó sin dilación su sugerencia, ofreciéndose de buena gana a sacrificar su bienestar personal por el de todo el pueblo y poniéndose en seguida en camino. El emperador en persona se encargó de organizar una empresa que dio comienzo el día decimosegundo del noveno mes del año decimotercero del período Chen-Kwan de los Grandes Tang. Tras varias jornadas de marcha el maestro llegó a la Montaña de las Dos Fronteras, donde me aceptó como discípulo. Mi nombre es Sun Wu-Kung, aunque todo el mundo me conoce por el Peregrino. Juntos hicimos el camino que nos separaba del Tíbet, reino al que pertenece el pueblo de la Familia Gao. Allí el maestro tomó el segundo discípulo, perteneciente a la familia de los Chu, a quien otorgó el nombre religioso de Wu-Neng, aunque también es conocido como Ba-Chie. En el Río de la Corriente de Arena se nos unió un tercer discípulo llamado Sha Wu-Ching, aunque siempre nos referimos a él como el Bonzo Sha. Finalmente, al pasar ayer por el Monasterio de la Gruta Sagrada se ofreció a seguirnos uno de los taoístas mendicantes que allí viven. Su ofrecimiento no podía llegarnos en mejor momento, ya que el camino es cada vez más duro y precisábamos de alguien que cargara con el equipaje.
Tras  escuchar  una  relación  tan  detallada,  el  Rey  Monstruo  no  encontró  nada  que pudiera incriminar al monje Tang y mucho menos aún al Peregrino. Se volvió, pues, hacia el rey que acababa de volver a la vida y dijo:
- He de reconocer que vosotros tres formáis un grupo homogéneo, cosa que no puede decirse de ese taoísta. Hay algo en él que desentona abiertamente con vosotros. No sé por qué, tengo la impresión de que ha sido arrancado a la fuerza de algún lugar que por el momento desconozco. ¿Os importaría decirme cómo se llama y si dispone de algunos papeles que demuestren su condición de monje? Obligadle a acercarse, para que pueda interrogarle.
- ¿Qué voy a hacer? - preguntó el rey a Wu-Kung, temblando de pies a cabeza -. Yo no tengo una imaginación como la vuestra y jamás he sido sometido a un interrogatorio como el que me aguarda.
- No tengáis ningún miedo - le aconsejó el Peregrino, dándole un pellizco -. Yo responderé por vos.
Antes de que nadie pudiera detenerle, dio un paso al frente y dijo en voz alta al monstruo:
- Debéis disculpadle, majestad. Este taoísta no sólo es mudo, sino también es un poco sordo. Si le hemos admitido en nuestra compañía, ha sido porque conoce el camino que conduce al Paraíso Occidental, pues él mismo lo transitó cuando era joven. Puedo aseguraros, de todas formas, que conozco hasta el último detalle de su vida, el nombre de sus antepasados y progenitores, sus altibajos de fortuna... En fin, todo. Si me lo permitís, puedo responder por él a todas las preguntas que penséis formularle.
- Está bien - asintió el Rey Monstruo -. Pero hacedlo escuetamente y sin faltar para nada a la Verdad. De lo contrario, podéis ser juzgado y condenado a severísimas penas.
- Este taoísta - explicó el Peregrino - posee una edad muy avanzada, lo cual explica en parte que sea sordomudo y posea un carácter bastante apocado. Es originario de estas tierras y la desgracia se abatió sobre él hace aproximadamente cinco años. En aquellos tiempos el cielo se negó a dejar caer una sola gota de lluvia, adueñándose la sequía tanto de los campos como del ánimo de los hombres. En vano ayunaron y presentaron al Cielo sus plegarias el rey y todos sus súbditos. En diez mil kilómetros a la redonda no se veía un sola nube. La gente se moría de hambre, como si estuviera colgada patas arriba y no supiera llevarse la comida a la boca. Cuando más desesperada parecía su situación, apareció, procedente de Chung-Nan, un truhán de la Verdad Absoluta, que convocó a los vientos e hizo que la lluvia cayera por fin. Sin embargo, acabó asesinando al rey y arrojando su cadáver al fondo de un pozo que se abría en el centro del jardín imperial. No contento con eso, usurpó, sin que nadie se percatara de ello, el trono, haciéndose pasar por un descendiente directo del dragón. Ha sido una suerte que nuestro viaje nos haya traído hasta aquí, porque eso nos brinda la oportunidad de aumentar nuestros, ya de por sí, abultados méritos. Como prueba de que no miento, hicimos que el muerto volviera a la vida. Su agradecimiento fue tal que no dudó en ofrecerse a seguirnos hasta el Oeste, como si de un monje mendicante se tratara. Este taoísta es, en fin, el auténtico y justo señor de estas tierras.
El Rey Monstruo se sintió tan asustado por lo que oía que el corazón comenzó a latirle como si fuera un ciervo desbocado y la vergüenza tiñó su rostro de rojo. Hubiera querido huir, pero no tenía ninguna arma a mano. Desesperado, se dio la vuelta y vio que uno de los capitanes de su guardia tenía una espléndida cimitarra de acero. El oficial había sido víctima de la magia inmovilizadora del Peregrino y, más que una persona, parecía un vulgar muñeco. En un abrir y cerrar de ojos, el monstruo le arrebató el arma y se elevó por los aires, tratando de escapar a lomos de una nube. Ante el cariz que iban tomando los acontecimientos, Chu Ba-Chie y el Bonzo Sha gritaron al Peregrino:
- ¿Cómo puedes ser tan imprudente? ¡Es incomprensible que le hayas desenmascarado de la forma en que lo has hecho. Debería haberte valido de la astucia, tendiéndole una trampa de la que no pudiera escapar. Ahora es ya demasiado tarde. ¿Cómo vamos a dar con él, si se ha remontado con tanta facilidad por los aires?
- ¿A qué viene gritar de esa forma? - les increpó el Peregrino, soltando la carcajada -. Hay tiempo para todo. Antes de salir en persecución de ese monstruo, es conveniente que el príncipe rinda pleitesía a su padre y la reina presente sus respetos a su auténtico marido. Recitaré a continuación un conjuro y todos estos oficiales se verán libres de la magia que los atenaza, para que también ellos puedan estar al tanto de lo ocurrido y reconozcan las virtudes de su auténtico señor. Sólo entonces partiré en busca de esa bestia.
En cuanto hubo cumplido lo que acababa de decir, volvió a llamar a Ba-Chie y al Bonzo Sha y les dijo:
- Cuidad del rey, de sus súbditos, de su familia y del maestro, mientras yo esté fuera - y, antes de que alguien pudiera abrir la boca, desapareció de su vista.
El Peregrino se elevó por encima del Noveno Cielo y, abriendo los ojos cuanto pudo, miró en todas las direcciones. No tardó en descubrir que el monstruo huía en dirección noreste. Hacia allá se lanzó, como si fuera un dardo. Cuando estuvo a su altura, gritó en tono triunfal:
- ¿Se puede saber adonde vas tan deprisa? Por mucho que corras no lograrás burlarme.
- ¡Cuidado que eres fanfarrón, Peregrino Sun! - respondió, a su vez, el monstruo, desenfundando la cimitarra -. Es cierto que usurpé el trono a un mortal, pero no comprendo por qué has hecho de ello un asunto de honor personal. Mirándolo bien, ¿a ti qué más te daba? Se ve que te gusta meterte donde nadie te llama.
- ¿Así que piensas que debería haberte permitido seguir siendo rey - preguntó el Peregrino, soltando la carcajada -. ¡Menudas pretensiones las tuyas! Eres tan engreído que no comprendiste a tiempo que había llegado la hora de la huida. Es incomprensible que, habiéndome reconocido, optaras por interrogar a mi maestro, solicitando de él una confesión completa. ¿Cómo has podido ser tan ciego? La confesión te la voy a dar yo ahora mismo. Así que no trates de huir, porque es preciso que pruebes mi barra de hierro.
El monstruo se hizo a un lado y, con la ayuda de la cimitarra, esquivó el terrible golpe del Peregrino. De esta forma, dio comienzo una batalla francamente espléndida. A la fiereza del Rey de los Monos el monstruo oponía su fuerza, haciendo que la cimitarra y la barra de hierro se encontraran una vez tras otra. El polvo que levantaban los dos contendientes pronto oscureció las Tres Regiones, pero a nadie pareció importarle, porque aquel día un rey depuesto volvió a ocupar su antiguo trono.
Al cabo de varios encuentros las fuerzas del monstruo empezaron a flaquear y no pudo seguir resistiendo los ataques del Rey de los Monos. Pero, lejos de continuar huyendo, decidió regresar a la ciudad de la que había sido señor. Se metió entre las apretadas filas de funcionarios reales que se hallaban de pie ante las escalinatas de jade blanco y, tras sacudir ligeramente el cuerpo, se convirtió en la imagen exacta del monje Tang. Eran tan idénticos que nadie sabía decir cuál era el auténtico. Para colmo de confusiones, los dos se colocaron en el mismo sitio. El Gran Sabio trató de descargar su barra sobre el impostor, pero el monstruo le dijo:
- ¿Por qué quieres golpearme? ¿Es que no ves que soy yo? - y no supo qué hacer. Desconcertado, se volvió hacia el auténtico monje Tang, que también le preguntó:
- ¿Por qué quieres golpearme? ¿Es que no ves que soy yo?
- Si acabo con el monstruo - comentó, indeciso, el Peregrino -, todo el mundo alabará mi hazaña. Pero, si me equivoco y doy muerte al maestro, mi mérito se transformará en una imborrable vergüenza.
Se volvió hacia Ba-Chie y el Bonzo Sha y les preguntó:
- ¿Podéis decirme quién es el monstruo y quién el maestro? Señaladme al falso y le daré muerte al instante.
- Me temo que no podemos ayudarte - contestó Ba-Chie -. También a nosotros nos cuesta distinguirlos. Estabais ahí arriba gritando y luchando, y, de pronto, aparecieron dos maestros. ¡Averigua tú cuál es el verdadero!
El Peregrino recitó un conjuro e hizo una serie de gestos mágicos con las manos. Al instante acudieron a su llamada los Seis Dioses de las Tinieblas y los Seis Dioses de la Luz, los Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales, los Cuatro Centinelas, los Dieciocho Protectores de la Fe, el espíritu local y el dios de aquella región montañosa.
- Estoy tratando de dar muerte a un monstruo, pero se ha convertido en la copia exacta de mi maestro y no puedo distinguirlos - explicó el Peregrino -. Sé que para vosotros esto no entraña la menor dificultad, por lo que os agradecería que hicierais avanzar a mi maestro unos cuantos pasos, para que cuanto antes pueda dar su merecido al impostor.
El monstruo era un consumado maestro en el arte de la magia y no tuvo la menor dificultad en escuchar lo que decía. Así, no había acabado de hablar con los dioses, cuando él se adelantó en dirección al Salón de los Carillones de Oro. El Peregrino levantó la barra de hierro por encima de su cabeza y la dejó caer con inusitada fuerza sobre la del desprevenido monje Tang. Si no llega a ser por los dioses que él mismo había mandado llamar, el golpe hubiera reducido a picadillo no a uno, sino a veinte monjes Tang. Fue una suerte, por tanto, que entre todos ellos lograran contrarrestar el poder destructor de la barra.
- Ese monstruo conoce más magia de la que suponíais, Gran Sabio – le dijeron a manera de explicación -. De hecho, es el que se ha movido.
El Peregrino corrió tras él, pero el monstruo se las arregló, una vez más, para volver junto al auténtico monje Tang y la situación continuó tan confusa como al principio. El Peregrino no sabía qué camino tomar. Se sentía tan poco contento de sí mismo que, cuando vio a Ba-Chie sonriendo como un tonto, se enfadó con él y le preguntó:
- ¿Se puede saber qué es lo que te pasa?
- Ahora estás mucho peor que antes, porque, en vez de un maestro, tienes dos a los que obedecer y servir.
- ¿Tanta gracia te hace eso?
- Dices que soy tonto - replicó Ba-Chie -, pero, por lo que veo, tú eres muchísimo más tonto que yo. ¿A qué viene malgastar energía, sólo porque no sabes distinguir al auténtico maestro del falso? Yo tengo la solución, pero, como siempre sueles hacer, no me  has  preguntado  mi  opinión.  Ahora  todo  depende  de  si  estás  o  no  dispuesto  a aguantar un pequeño dolor de cabeza. Si lo estás, pide al maestro que recite ese conjuro que  tú  y  yo  sabemos,  y  el  Bonzo  Sha  y yo nos  encargamos  de  desenmascarar  al impostor. El que no recite el conjuro será el monstruo. Bueno, ¿qué te parece la idea?
- Excelente - confesó el Peregrino -. He de reconocer que no te falta astucia. Ese conjuro sólo lo conocen tres personas: el Buda Tathagata, que lo ideó, la Bodhisattva Kwang-Ing, que se lo transmitió al maestro, y Tripitaka, que era su único destinatario. Adelante, maestro, no tengas miedo. Estoy dispuesto por vos a soportar todo el dolor que sea preciso.
Aunque a regañadientes, el monje Tang empezó su recitado. El monstruo por su parte, no tuvo más remedio que recurrir a la farsa, mascullando palabras que no querían decir, en realidad, nada. Pero el engaño no pasó desapercibido a Ba-Chie, que dijo en seguida:
- ¡Este que está murmurando tonterías es el monstruo!
Sin encomendarse a nadie levantó el tridente y lo dejó caer con todas sus fuerzas sobre el monstruo, que se elevó de inmediato hacia lo alto y trató de huir, escondiéndose por entre las nubes. Ba-Chie no perdió el tiempo. Dando un sonoro grito, se encaramó en una nube e inició la persecución. El Bonzo Sha le siguió a toda prisa, dejando a su suerte al monje Tang y blandiendo su báculo, ansioso por entrar en combate. Sólo entonces se decidió Tripitaka a poner fin a la recitación del conjuro. El Gran Sabio se repuso pronto del terrible dolor de cabeza y se lanzó hacia lo alto, arrastrando su maravillosa barra de hierro. La batalla se prometía, en verdad, espléndida. Los tres monjes, fieros como el mejor de los guerreros, rodearon al monstruo y no dejaron de descargar golpes sobre él. Ba-Chie se encargó de hacerlo por la derecha, mientras que el Bonzo Sha lo hacía por la izquierda. El Peregrino, por su parte, les dijo:
- Si le ataco de frente, hará cuanto esté en su mano por escapar, pues está familiarizado con mi forma de luchar y sabe que no tiene nada que hacer conmigo. Es mejor, por tanto, que me coloque en una posición más elevada y descargue sobre él uno de esos golpes conocidos como machacadores de ajo. Creo que eso acabará con él.
El Gran Sabio montó en una nube sagrada y no tardó en alcanzar el Noveno Cielo. Pero, cuando se disponía a descargar su golpe definitivo, oyó que alguien le gritaba desde una nube de colores que se veía hacia el noreste:
- ¡No hagas eso, Sun Wu-Kung!
El Peregrino miró con más detenimiento y comprobó que se trataba de la bodhisattva Manjusri. Dejó a un lado la barra de hierro e, inclinando respetuosamente la cabeza, preguntó:
- ¿Adónde vais, bodhisattva?
- A atrapar a ese monstruo por vos - respondió Manjusri.
- Muchas gracias por las molestias que os habéis tomado – dijo el Peregrino.
La Bodhisattva sacó de las mangas un espejo para reflejar monstruos y lo dirigió hacia la bestia. Al punto se vio en él la forma que le era habitual. El Peregrino ordenó a Ba-Chie y al Bonzo que fueran a presentar sus respetos a la Bodhisattva y a echar una mirada a lo que reflejaba el espejo. Su apariencia no podía ser, en efecto, más feroz. Poseía unos ojos tan grandes como una copa de cristal, una cabeza que recordaba una tinaja, un cuerpo tan verde como las praderas en el verano, unas garras que traían a la mente  las  escarchas  otoñales,  unas  orejas  que  le  caían  sobre  los  hombros,  como cascadas, de voluminosas que eran, un rabo tan largo como una escoba, un cabello verdoso que exudaba ganas de guerrear, unos ojos tan rojizos que parecían emitir rayos de oro, unas hileras de dientes tan planos y bien formados que  daban la sensación de ser lascas de jade, y, por último, un vello tan tosco y fuerte que hacía recordar las lanzas. Tal era la terrorífica imagen que se reflejaba en el espejo y que no era otra que la del león de la mismísima Bodhisattva Manjusri.
-¡Con que ése es vuestro león de pelo verdoso! - exclamó, desconcertado el Peregrino -. ¿Podéis decirme cuándo se os escapó y vino a refugiarse a este lugar? Me figuro que le atraparéis ahora mismo.
- No se escapó - aclaró la Bodhisattva -. Si se encuentra aquí, es por expreso deseo de Buda.
- ¿Queréis decir que se hizo monstruo y arrebató un reino a su legítimo señor por orden del mismo Buda? - volvió a exclamar el Peregrino -. Debería habérseme informado de esa situación, así nos habríamos librado todos de las pruebas que hemos tenido que pasar aquí ninguna razón aparente.
- Se ve que desconoces la mitad de la historia - comentó la Bodhisattva -. El Señor del Reino del Gallo Negro era una persona virtuosa, dedicada de lleno al cultivo de las buenas obras y al cuidado de los monjes. Su corazón era tan sincero que Buda me encargó que le llevará al Oeste para que le fuera concedido el cuerpo de oro de un arhat. Por supuesto, no me aparecí a él tal como soy, sino bajo la forma de un monje vulgar y corriente que se hallaba en la necesidad de llevarse algo a la boca. Intercambié con él unas palabras un tanto arrogantes y eso le confundió. Incapaz de reconocer en mí a una persona entregada a la práctica del bien, me cargó de cadenas y me arrojó a uno de sus fosos. Allí estuve tres días y tres noches, hasta que, finalmente, los Seis Dioses de las Tinieblas acudieron en mi ayuda y me volvieron a llevar al Oeste. Informado de su inesperada conducta, Tathagata hizo venir aquí a esta bestia con la orden de arrojarle al interior de un pozo, donde había de pasar tres años, tantos como días me tuvo a mí encerrada en la lobreguez de sus fosos. Así se ve que nada de cuanto sucede escapa a la predestinación, ni siquiera un sorbo o un leve mordisco. Por eso, precisamente, hemos tenido  que  esperar  tu  llegada,  brindándote,  al  mismo  tiempo,  la  oportunidad  de aumentar tus, ya de por sí, abundantes méritos.
- Todo eso está muy bien - comentó el Peregrino -. Pero no parece muy justo que por un sorbo o un leve mordisco, como vos misma habéis dicho, haya salido perjudicada tanta gente como la que se ha visto obligada a satisfacer los deseos de esta bestia.
- Os aseguro que no ha hecho daño a nadie - afirmó la Bodhisattva -. En estos tres años que ha ocupado el trono los vientos han sido favorables, las lluvias han caído en el momento más oportuno y la prosperidad se ha extendido por todo el reino. ¿Podéis facilitarme el nombre de alguien al que haya dañado?
- De momento, no - respondió el Peregrino -. Admitamos que lo que decís es verdad. Pero no podemos tampoco olvidar que ese monstruo se ha acostado con todas las damas que moran en los tres palacios. Y no una vez, sino muchas. No me digáis que eso es hacer el bien, porque con su lascivia esa bestia se ha burlado abiertamente del respeto que merecen las más íntimas de las relaciones humanas.
- ¿No os parece que exageráis un poco? - replicó la Bodhisattva, sonriendo con cierta malicia -. Por si acaso no lo sabíais, os diré que ese león está castrado.
Al oír tan inesperada confesión, Ba-Chie se llegó hasta la bestia y, dándole unas palmaditas en el lomo, dijo en tono burlón:
- ¡Cualquiera lo hubiera dicho! Este monstruo es como esos hombres que tienen la nariz roja, sin haber probado una sola gota de alcohol. ¡Lo que hace la fama!
- Está bien - concluyó el Peregrino -. Podéis llevároslo. Pero tened clara una cosa: si le perdono la vida, es porque vos me lo habéis pedido.
Agradecida, la Bodhisattva recitó un conjuro. Después, levantando la voz, preguntó a la bestia:
- ¿A qué esperas para volver al camino recto?
El monstruo recobró entonces la forma que le era habitual y la Bodhisattva colocó sobre su lomo el trono de flor de loto. En cuanto el león sintió su peso, se elevó por los aires y los peregrinos no volvieron a verle más. Se dirigió directamente al monte Wu-Tai [3] a escuchar la explicaciones de los sutras, que tenían lugar a los pies del trono de loto.
No sabemos si el monje Tang y sus discípulos pudieron abandonar por fin, la ciudad. Quien desee averiguarlo deberá escuchar con atención lo que se dice en el próximo capítulo.

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[1]A partir de la dinastía Han se aplicaron a los salones del palacio imperial nombres que se repitieron en las construcciones del mismo tipo de épocas posteriores. Al suponerse que eran idénticos a los del Palacio Celeste, lo que en realidad se enfatizaba era la conexión entre el Cielo y el emperador.

[2]Clarísima alusión al Sutra del Corazón, que precisamente comienza con la célebre frase: «La forma es vacío, y el vacío es forma».

[3]El monte Wu-Tai, que se alza en el extremo nororiental de la provincia de Shansi, es la morada de Manjusri.