Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

Al interrogar a su madre, el muchacho descubre la verdad que desenmascara al malvado. Al alcanzar las profundidades, el metal y la madera distinguen lo falso de lo verdadero.


"Cuando  nos  volvamos  a  ver,  hablaré  con  vos  únicamente  de  las  causas  de  la generación. Así llegaréis a ser miembro de la asamblea de Ru-Lai [1]. Sólo una mente en calma es capaz de contemplar a Buda en este reino de polvo y sombras. No podemos ver más que a los dioses que logramos dominar. Si deseáis conocer, respetable príncipe, la verdad del hoy, deberéis interrogar a vuestra madre sobre lo que tuvo lugar en el pasado. Existe otro mundo que vos jamás habéis visto y hacia el que os dirigís irremediablemente con cada paso dais."
El príncipe no tardó en regresar al Reino del Gallo Negro. Siguiendo los consejos del Gran Sabio, no anunció su llegada ni hizo su entrada por la puerta principal del palacio, sino por la reservada a los criados. Estaba protegida por un destacamento de eunucos, que no se atrevieron a echarle el alto. El príncipe espoleó el caballo y entró al galope en la corte. Sin pérdida de tiempo se dirigió al Pabellón de la Fragancia de los Bordados, donde se encontraba la reina madre atendida por una cohorte de doncellas, que no cesaban de agitar sus abanicos. La reina no parecía muy feliz. Al contrario, estaba reclinada sobre la balaustrada del pabellón, mientras las lágrimas fluían incesantemente de sus ojos. El motivo era que a eso de la cuarta vigilia había tenido un sueño, del que sólo recordaba la mitad. Estaba tratando de descifrar el resto, cuando de pronto vio desmontar al príncipe. El joven se arrodilló ante el pabellón y dijo:
- Madre.
- ¡Qué alegría, hijo mío! ¡Qué alegría! - exclamó ella, luchando por parecer más contenta de lo que, en realidad, estaba -. Durante estos últimos dos o tres años habéis permanecido todo el tiempo junto a vuestro padre y no he podido veros ni una sola vez. ¡Si supierais cuánto os he echado de menos! ¿Cómo es que hoy habéis hecho un alto en vuestros estudios y habéis decidido venir, por fin, a visitarme? ¡Qué alegría más grande! Sin embargo, ¿por qué parecéis tan triste, hijo mío? Vuestro padre se está haciendo viejo y no tardará en llegar el día en que el dragón regrese a los Mares de Jade y el fénix vuelva a los Cielos de Color Escarlata. Entonces heredaréis vos el trono. ¿Qué es lo que perturba vuestro ánimo?
- Desearía preguntaros algo, madre - dijo el príncipe, echándose rostro en tierra -.
¿Quién es la persona que se sienta en el trono y usa el mayestático "nos"?
- ¡Este chico está perdiendo el juicio! - exclamó, apenada, la madre -. Vuestro padre, por supuesto. ¿Por qué hacéis esas preguntas!
- Os suplico que disculpéis mi atrevimiento - contestó el príncipe -. Sólo entonces tendré las fuerzas suficientes para haceros una nueva pregunta. De lo contrario, jamás me atreveré a hacerlo.
- Entre madre e hijo no puede interponerse el rencor – afirmó la reina, sonriendo -. Daos, pues, por disculpado. Sabéis que podéis hablar conmigo con toda confianza.
- Permitidme preguntaros entonces esto - concluyó el príncipe, más animado -. ¿Son vuestras relaciones con mi padre tan cariñosas y tiernas como hace tres años?
Al oírlo, la reina sintió cómo la abandonaba el espíritu y las fuerzas le fallaban. Pese a todo, salió corriendo del pabellón y, abrazando fuertemente al príncipe, dijo, sin dejar de llorar:
- Llevo sin veros yo qué sé la de tiempo. ¿Cómo es que, de pronto se os ocurre venir al palacio a hacerme una pregunta así?
- Si tenéis algo que decirme, hacedlo inmediatamente - la urgió el príncipe -. Si os negáis a colaborar, sabed que con vuestro silencio podéis poner en grave peligro un asunto de vital importancia.
La reina despidió a todas sus sirvientas y declaró, llorando con inesperada serenidad:
- Si no me lo hubieras preguntado, ese secreto se habría venido conmigo a la tumba y jamás lo habría sabido persona alguna. Pero ya que lo habéis hecho, permitidme que os diga lo siguiente: hace tres años vuestro padre era cariñoso y amable, pero desde entonces se ha tornado tan frío como el hielo. Cuando nos encontramos en el lecho y le exijo una prueba más de amor, él me rechaza, diciendo: "Lo siento, pero me encuentro muy débil, las fuerzas me van flaqueando y me estoy haciendo viejo".
Al oír eso el príncipe se libró de su madre y montó en el caballo. La mujer se agarró a él con desesperación y le preguntó:
-  ¿Podéis  explicarme  qué  os  pasa?  ¿Por  qué  queréis  marcharos  antes  de  haber terminado de hablar?
El príncipe volvió a arrojarse rostro en tierra y respondió:
- No me atrevo a hacerlo, aunque sé que os debo una explicación. Esta mañana, mientras mi padre celebraba las primeras audiencias, salí de caza con su permiso, rodeado de halcones y monteros. Por pura casualidad me topé con un monje enviado por el Señor de las Tierras del Este al Paraíso Occidental en busca de escrituras sagradas. Lleva con él a un discípulo que responde al nombre de Peregrino Sun y dice ser un auténtico especialista en el arte de dominar monstruos. Fue él quien me confió que mi auténtico padre había sido asesinado en el jardín imperial, reposando su cuerpo en el pozo octogonal de paredes de mármol. Tras cometer tan incalificable felonía, el taoísta tomó la personalidad de mi padre y usurpó impunemente el trono del dragón. Anoche, sin embargo, mi augusto padre se apareció en sueños al monje y le pidió que enviara a la ciudad a su discípulo, para que pudiera vengarle. En un principio me negué a creerle, pero después lo pensé mejor y decidí venir a preguntaros personalmente. Ahora que me habéis hablado con toda sinceridad sé que habita con nosotros un espíritu maligno.
- ¿Cómo podéis creer con tanta facilidad las palabras de un extraño? - le echó en cara la reina.
- No lo hice - se defendió el príncipe -. Sin embargo, mi padre les dejó una prueba.
Al preguntarle la reina de qué se trataba, el príncipe sacó el disco de jade con incrustaciones de oro y se lo entregó. La reina lo reconoció al punto y, sin poder contener las lágrimas, exclamó:
- Si lleváis muerto más de tres años, ¿por qué no habéis venido a decírmelo primero a mí? ¿Por qué me habéis pospuesto a un monje y a vuestro propio hijo?
- ¿Se puede saber de qué estáis hablando? - la interrogó el príncipe.
- Ayer por la noche, a eso de la cuarta vigilia, también yo tuve sueño. Calado hasta los huesos, tu padre se colocó junto a mí y me confesó que estaba muerto. También me dijo que había ido a pedir al monje Tang que dominara al monstruo y rescatara su cuerpo. Recuerdo con claridad estas palabras, pero hay una parte que no logro descifrar del todo. Precisamente estaba cavilando sobre ello, cuando a aparecistéis vos y me empezasteis a hacer esas preguntas. Si no os importa, me gustaría quedarme con ese disco de jade. Vos id a decir a ese monje que haga cuanto antes lo que debe hacer, para que nos veamos libres de la influencia demoníaca de ese impostor y la verdad salga a la luz. Creo que no hay forma mejor de pagar a vuestro padre las molestias que se tomó a la hora de educaros.
El príncipe volvió a montar en el caballo, salió del palacio por la puerta de los criados y abandonó la ciudad, Las lágrimas pugnaban por fluir de sus ojos, mientras se dirigía, como una flecha, al encuentro del monje Tang. No tardó en avistar el monasterio. Al verlo, los soldados acudieron en seguida a ayudarle a desmontar. Para entonces el sol estaba  empezando  ya  a  ponerse.  El  príncipe  les  ordenó  que  permanecieran  en  sus puestos  y  corrió  al  encuentro  del  Peregrino  a  pedirle  su  ayuda.  En  aquel  mismo momento el Rey de los Monos salía del salón principal. Al verle, el príncipe se dejó caer de rodillas y dijo:
- Acabo de regresar, maestro.
- Levantaos, por favor - le pidió el Peregrino, acercándose a él -. ¿Habéis hecho en la ciudad las gestiones que os encomendé?
- Así es - contestó el príncipe y le relató con todo detalle la conversación que había mantenido con su madre.
- Si es tan frío como decís - concluyó el Peregrino -, debe de ser la reencarnación de algún tipo de criatura de sangre fría. Pero no os preocupéis. Yo me encargaré de darle su merecido. Se está haciendo ya tarde y me temo que hoy no podré hacer nada. Es mejor que regreséis a la ciudad. Yo lo haré mañana por la mañana.
- Prefiero quedarme a vuestro lado - replicó el príncipe, golpeando sin cesar el suelo con la frente [2] -. Así haremos el viaje juntos.
- Opino que eso no es muy acertado - dijo el Peregrino -. Si nos ven entrar juntos en la ciudad, el monstruo sospechará algo y pensará que has venido a buscarme exprofeso. Eso le sacará aún más de quicio y te echará a ti la culpa de todo lo ocurrido.
- Eso mismo ocurrirá, si regreso ahora - comentó el príncipe.
- ¿Por qué? – preguntó el Peregrino.
La respuesta está clara, ¿no os parece? - contestó el príncipe -. Esta mañana me dio permiso para abandonar la ciudad con mis halcones y perros. Si regreso al palacio sin ninguna pieza, puede acusarme de incompetencia y hacerme encerrar en Yu-Li [3]. ¿En quién vais a confiar entonces para poder entrar en la ciudad por la mañana? Salvo yo y mi madre, nadie más está enterado de lo que ocurre.
- ¿Por qué no me lo habéis dicho antes? - exclamó el Peregrino -. Eso tiene fácil arreglo. Ahora mismo voy a traeros unas cuantas piezas.
De un salto se elevó por encima de las nubes, hizo un gesto mágico y recitó un conjuro, que decía: "Que Om y Ram purifiquen el reino del dharma".
Al instante aparecieron el espíritu local y el dios de la montaña, que se inclinaron respetuosamente ante él y le preguntaron:
-  ¿Qué  deseáis  de  nosotros,  Gran  Sabio?  ¿Por  qué  habéis  hecho  venir  a  vuestra presencia a deidades tan insignificantes como nosotros?
- He llegado hasta aquí acompañando al monje Tang y tengo ahora intención de atrapar a un espíritu maligno - explicó el Peregrino. Desgraciadamente durante la cacería el príncipe no ha logrado atrapar ninguna pieza y no se atreve a regresar al palacio con las manos  vacías.  Ése  es  el  motivo  de  que  haya  decidido  pediros  un  pequeño  favor. Traedme unos cuantos ciervos, algunos antílopes y liebres, y unas pocas aves salvajes. Creo que con esas piezas quedará a salvo su honor.
El espíritu local y el dios de la montaña no se atrevieron a contravenir sus deseos. Al contrario, preguntaron que cuántas cabezas serían precisas, a lo que respondió el Gran Sabio:
- Es lo mismo. Con unas pocas será más que suficiente.
Los dos dioses hicieron venir en seguida a su presencia a los soldados-espíritu que tenían bajo sus órdenes y les ordenaron acorralar a los animales salvajes con un denso viento huracanado. De esta forma lograron atrapar incontables urogallos, faisanes, ciervos, zorros, tejones, tigres, leopardos y lobos. Al ver tantos animales juntos, el Peregrino aclaró, satisfecho:
- Como os he dicho, estos animales no son para mí, sino para el príncipe. Rompedles los tendones de las patas y esparcidlos a lo largo del camino de cincuenta kilómetros que conduce a la ciudad, así no tendrán que valerse de los halcones y los perros. No preciso deciros que estoy plenamente satisfecho de vuestra efectividad.
Los  dioses  inclinaron  la  cabeza,  agradecidos,  y  cumplieron  cuanto  se  les  había ordenado, haciendo que amainara el viento y esparciendo las piezas a lo largo del camino. El Peregrino descendió entonces de lo alto e informó al príncipe:
- Regresad a la capital y no os preocupéis de nada. A lo largo del camino que a ella conduce encontraréis una gran cantidad de piezas.
Al ver los extraordinarios poderes de que estaba dotado el Peregrino, al príncipe se le despejaron todas las dudas. Antes de salir al patio del monasterio a ordenar a sus soldados que iniciaran el camino de vuelta, se echó una vez más rostro en tierra, despidiéndose así de su benefactor. Los monteros se quedaron asombrados de ver a lo largo del camino tanta cantidad de piezas salvajes. Para hacerse con ellas no tuvieron necesidad de soltar a los perros ni a los halcones. Les bastó con alargar simplemente la mano. Todos estaban tan entusiasmados que no dejaban de gritar hurras al príncipe, felicitándole por la gran cantidad de caza con la que aquel día se topaban. Por supuesto, desconocían que todo aquello fuera obra del Rey de los Monos. Su estado de ánimo era tal que no dejaban de entonar himnos de victoria, mientras se dirigían a la capital con la cabeza bien alta.
El Peregrino, por su parte, regresó al lado de Tripitaka. Aquella noche los monjes del monasterio se mostraron con ellos más respetuosos incluso que la anterior. No en balde habían sido testigos de la inesperada amistad que les unía con el príncipe heredero. No pusieron ningún inconveniente a que les fuera servida una cena vegetariana. En cuanto hubieron concluido tan frugal colación, el monje Tang se retiró a descansar al salón del Zen. Cuando sonó la primera vigilia, el Peregrino no se había dormido todavía, sumido, como estaba, en sus reflexiones. A esa hora saltó, por fin, de la cama y se dirigió hacia donde yacía el monje Tang.
- Maestro - le susurró al oído.
Tripitaka tampoco había conciliado todavía el sueño, pero sabía lo inquieto que era el Peregrino y no le contestó, haciendo como si estuviera dormido. El Peregrino le agarró de la cabeza y empezó a agitársela al tiempo que gritaba:
- ¿Cómo es posible que estéis dormido ya?
- ¡Maldito mono! - exclamó el monje Tang, perdiendo la paciencia-. ¿Es que, acaso, no es hora de descansar? ¿Por qué tienes que montar todo este alboroto?
- Hay algo que quisiera discutir con vos - aclaró el Peregrino.
- ¿De qué se trata? - preguntó el maestro.
- Hoy no he hecho otra cosa que alardear ante el príncipe de mis poderes, induciéndole a creer que son tan altos como una montaña y tan amplios como el mismísimo océano - respondió el Peregrino -. Llegué a decirle, incluso, que capturar a ese monstruo sería tan fácil como sacar algo del bolso. Todo lo que tenía que hacer era alargar la mano y hacerme con eso. Llevo recapacitando sobre eso cierto tiempo y he llegado a la conclusión de que va a ser un poco más complicado. De ahí que no pueda dormir.
- Si piensas que va a resultar tan difícil - trató de tranquilizarle Tripitaka -, es mejor que desistas de tu empeño.
- No puedo hacerlo - replicó el Peregrino -. Tengo que atraparle cueste lo que cueste, aunque, a decir verdad, no sé cómo voy a justificar una acción así.
- ¡Cuidado que eres! - exclamó el monje Tang -. Ese monstruo ha dado muerte a un príncipe y ha usurpado su trono. ¿Qué quieres decir con eso de que no sabes cómo vas a justificar una acción semejante?
- Vos sólo sabéis meditar, recitar sutras y celebrar las grandezas de buda - contestó el Peregrino -. ¿Conocéis, acaso, los principios legales que dejó establecidos Hsiao-He [4]? El proverbio afirma que "quien arreste a un ladrón debe capturar antes lo que haya robado". Ese monstruo ha ocupado el trono durante más de tres años, pero nadie se ha percatado de su auténtica naturaleza. De hecho, ha dormido con las damas de los tres palacios y ha regido con prudencia los destinos de su pueblo, buscando el apoyo de sus ministros,  tanto  civiles como  militares.  Caso de  que  logre  echarle  mano,  me  va  a resultar  extremadamente  difícil  aportar  pruebas  de  su  crimen.  Jamás  podrá condenársele.
- ¿Por qué no? - preguntó el monje Tang.
- Aunque su modo de hablar sea tan pobre como el de una calabaza -contestó el Peregrino -, seguro que dirá algo para defenderse. ¿No imagináis lo que va a decir? Me parece estar oyéndole ya: "Soy el Señor del Reino del Gallo Negro. ¿Queréis decirme qué crimen he cometido contra los Cielos para que vengáis a arrestarme, como si fuera un vulgar ladrón?". ¿De qué pruebas dispongo yo para echar por tierra todos sus argumentos?
- ¿Tienes trazado ya algún plan? - volvió a preguntar el monje Tang.
- Sí - reconoció el Peregrino, mirándole a los ojos -, pero existe un obstáculo muy serio para su realización y es que vos, con el debido respeto, tenéis la costumbre de ser excesivamente parcial.
- ¿Qué quieres decir con eso? - protestó el monje Tang.
- Por poneros sólo un ejemplo - explicó el Peregrino -, Ba-Chie tiene el cerebro de un mosquito; sin embargo, vos siempre estáis de su parte.
- ¿Cómo que siempre estoy de su parte? - volvió a protestar con más energía el monje Tang.
- Si no lo estáis - concluyó el Peregrino -, no os importará quedaros aquí con el Bonzo Sha, mientras Ba-Chie y yo vamos al Reino del Gallo Negro y registramos los jardines imperiales. Abriremos el pozo de mármol y sacaremos el cadáver del auténtico rey. De esta forma, cuando mañana por la mañana regresemos a la ciudad, no tendremos que preocuparnos de otra cosa que de atacar a la bestia. Si nos dice algo, le enseñaremos el esqueleto y le acusaremos de su crimen, gritando con todas nuestras fuerzas: "¡Tú mataste  a  este  hombre!".  Eso  tiene  además  la  ventaja  de  que,  en  cuanto  hayan reconocido al muerto, el príncipe, la reina y todos los demás oficiales se pondrán de nuestra parte. De esta forma, me sentiré con las manos totalmente libres para luchar como yo sé hacerlo. Esto es lo que yo llamo una causa digna de nuestra colaboración, porque disponemos de algo sólido en que sustentarnos.
El monje Tang quedó complacido de su argumentación, pero sacudió ligeramente la cabeza y dijo:
- Todo eso está muy bien, pero me temo que Ba-Chie no quiera contigo.
- ¿Lo veis? - replicó el Peregrino, soltando la carcajada -. ¡Para que después digáis que no es vuestro preferido! ¿De dónde habéis sacado que no quiere acompañarme? Si me permitís explicarle todo este asunto, estoy seguro de que lograré convencerle con esta lengua tan sana y flexible que yo tengo. Me trae sin cuidado que sea Chu Ba-Chie. Aunque fuera Chu Chiou-Chie [5], le haría venir conmigo. Os lo aseguro.
- Esta bien - reconoció el monje Tang -. Vete a despertarle.
El Peregrino se llegó hasta el lecho de Ba-Chie y le gritó al oído:
- ¡Despiértate, de una vez!
El Idiota estaba rendido de fatiga. Era, además, de esos hombres que en cuanto colocan la cabeza sobre la almohada, no hay quien los despierte. Al Peregrino no le quedó, pues, otro remedio que agarrarle de las orejas y tirarle de los pelos sin ninguna consideración. Lo hizo con tanta dedicación que Ba-Chie dejó por fin de roncar y, abriendo los ojos, se quejó a gritos:
- ¡Déjate de juegos y vete a dormir de una vez! ¿No te das cuenta de que mañana tenemos que proseguir nuestro viaje?
- Nadie está jugando - replicó el Peregrino -. Es preciso que te levantes. Hay un asunto que debemos solucionar sin pérdida de tiempo.
- ¿De qué se trata? - preguntó Ba-Chie.
- No oíste lo que dijo el príncipe? - inquirió, a su vez, el Peregrino.
- ¿Cómo voy a oírlo, si ni siquiera le he visto? - se quejó Ba-Chie.
- Es lo mismo. Te lo voy a decir yo - mintió el Peregrino -. Simplemente me confió que el monstruo posee un tesoro capaz de derrotar él solo a diez mil soldados. Cuando mañana entremos en la ciudad, por fuerza tendremos que medir nuestras armas con las de esa bestia. Pero, si se le ocurre sacar el tesoro ese, no podremos hacer absolutamente nada y sufriremos una ignominiosa derrota. He pensado, por tanto que sería conveniente que hiciéramos algo antes del combate. Ya me entiendes. No estaría de más que esa maravilla pasara a nuestro poder.
- ¿Estás sugiriendo que me convierta en un ladrón? - se quejó Ba-Chie -. En fin, tú ganas. Sin embargo, quiero dejar bien clara una cosa. Después de habernos hecho con el tesoro y haber derrotado a la bestia no quiero que empecemos a discutir sobre quién se queda con él. Exijo que sea para mí solo. ¿De acuerdo?
- ¿Para que lo quieres? - preguntó el Peregrino.
- Mira - respondió Ba-Chie -, yo no hablo tan bien como tú y me cuesta muchísimo ir por ahí a mendigar. ¿Qué quieres que haga? Soy demasiado torpe y mis palabras no convencen a nadie. Soy tan tonto que ni siquiera puedo recitar sutras. Pero con ese tesoro todo sería distinto. Los campesinos temblarían al verme y no se atreverían a negarme lo que les pida. Eso sin contar con que podría cambiarlo por comida en un momento de apuro.
- De acuerdo - convino el Peregrino -. Por mí no hay inconveniente en que te quedes con él. A mí sólo me interesa la fama, no los tesoros.
El Idiota se puso tan contento que no dudó en lanzarse de la cama. Se vistió a toda prisa y salió detrás del Peregrino. Como muy bien afirma el dicho, "de la misma forma que el vino pinta de rojo la cara del hombre, el oro mueve la mente del Tao".
Ba-Chie y el Peregrino abrieron con cuidado la puerta y se alejaron de donde yacía Tripitaka. Montaron a continuación en una nube y se dirigieron hacia la ciudad. No tardaron mucho en llegar a ella. Era justamente la hora de la segunda vigilia, cuando pusieron sus pies en las calles. El Peregrino levantó la cabeza y dijo:
- ¿Has oído? Acaban de dar la segunda.
- Así es - confirmó Ba-Chie -. Todo el mundo duerme a pierna suelta.
En vez de dirigirse hacia la puerta del sol, dieron un rodeo y se encaminaron hacia la de atrás. Antes de llegar a ella oyeron, reverberando en la noche, los pasos de los soldados que la guardaban.
- ¡Qué mala suerte! - exclamó el Peregrino -. También esta puerta está protegida. ¿Cómo vamos a entrar?
- ¿Qué clase de ladrón eres tú? - le incriminó Ba-Chie -. ¿Cuándo has visto que los rateros entren tranquilamente por la puerta? Es mejor que saltemos la muralla.
El Peregrino aceptó la sugerencia y, de un salto, se encontró en el interior del palacio. Ba-Chie no tardó en seguirle. Buscaron con cuidado el camino que conducía a los jardines imperiales y no pasó mucho tiempo antes de que dieran con él. La puerta estaba rematada por una pequeña espadaña, en la que aparecían escritos tres caracteres, brillantes a la luz de las estrellas y la luna, que decían: "El Jardín Imperial".
El Peregrino se acercó a ella, movido por la curiosidad, y comprobó que estaba cerrada y sellada con unas franjas anchas de papel. Se volvió hacia Ba-Chie y le pidió que hiciera algo. El Idiota levanto el rastrillo y lo dejó caer sobre la puerta con todas sus fuerzas, reduciéndola a añicos. El Peregrino no tuvo ninguna dificultad en proseguir su camino. Pero tan pronto como puso el pie en el jardín, empezó a saltar y a lamentarse de una forma tan extraña que Ba-Chie cayó presa del pánico agarrándole del brazo, exclamó:
- ¡Menudo susto me has dado! ¡Jamás he visto a un ladrón que se comporte como tú lo haces! ¿Qué pretendes, despertar a todo el mundo, para que nos echen mano y nos conduzcan ante el juez? Aquí son tan severos con los extranjeros que, caso de que logremos salvar la vida, tendremos que pasar el resto de nuestros días en el ejército.
- Es natural que te preguntes a qué viene todo este alboroto - reconoció el Peregrino -. Pero no he podido evitarlo, al ver la ruina que se ha abatido sobre esas barandas cubiertas de relieves, esos templetes y torrecillas a medio hundir, esos canteros de flores abandonados y cubiertos de lodo, y esas peonías totalmente secas. ¿No has visto acaso, que las rosas y jazmines han perdido su fragancia, los lirios y las orquídeas han dejado de florecer, los hibiscos han dado paso a los espinos y zarzales, y todas las flores extrañas se han marchitado? Los montículos se han desplomado, los estanques se han secado y los peces que en ellos bullían se pudren en el cieno. Los pinos verdosos y los rojizos bambúes, que antaño fueron el orgullo de este privilegiado lugar, sólo sirven para ser pasto de las llamas. Los senderos han sido invadidos por plantas salvajes que no emiten ningún aroma. Las ramas de los melocotoneros están quebradas y las raíces de los ciruelos y perales han quedado al descubierto. Hasta el laberinto de puentes está cubierto de musgo verdoso. ¡Te juro que jamás había visto un jardín tan abandonado!
- Comprendo tus sentimientos - dijo Ba-Chie, tratando de consolarle -, pero ¿qué vas a adelantar, lamentándote de esa manera? No vale la pena malgastar en esto el aliento. Lo que tenemos que hacer es terminar cuanto antes nuestro trabajo.
Aunque la visión de aquel jardín sumió al Peregrino en una profunda tristeza, no olvidó en ningún momento el sueño del monje Tang y, así, recordó que el pozo se encontraba bajo un llantén. No tardó en hallarlo. Su exuberancia era tal que parecía pertenecer a otro jardín, dada la desolación que crecía a su alrededor. Por fuerza sus raíces debían de poseer una naturaleza espiritual. No en balde es tenido como el símbolo de la vacuidad absoluta. Sus ramas poseen la finura del papel y sus hojas recuerdan a los pétalos. Pero semejante fragilidad es, en realidad, engañosa, porque en su interior late un corazón de mercurio. La lluvia nocturna es capaz de sumirlo en la tristeza. Su sensibilidad es tan pronunciada que los vientos otoñales lo hacen temblar de espanto Sin embargo, su crecimiento viene regido por los mismos Cielos y se alimenta directamente de la fuerza que dio origen a todo cuanto vemos. No es extraño que sus usos sean tantos y tan variados. No hay nada que lo iguale para fabricar parasoles y abanicos. Ni siquiera las plumas del fénix pueden compararse con él. Las gotas de rocío resbalan por su tallo con el cuidado con que pudieran hacerlo sobre una columna de humo. Es tal su delicadeza que los patos salvajes no se atreven a posarse en él ni nadie osa atar un caballo bajo su sombra. El frío le hace perder sus fuerzas y la luz de la luna sus colores, pero es capaz de hacer frente al calor y al poder canicular del sol. Avergonzado de no poseer la gracia de los perales y melocotoneros, se elevaba solitario a la izquierda del muro blanco.
- Pongámonos manos a la obra - urgió el Peregrino a Ba-Chie - El tesoro está enterrado justamente debajo de este llantén.
El Idiota levantó el tridente con las dos manos y, de un solo golpe, arrancó el solitario llantén. Después hundió su morro en la tierra y comenzó a hozar en busca del tesoro. Cuando llevaba removido aproximadamente un metro de arena, se topó con una losa de piedra y exclamó, entusiasmado:
- ¡Qué suerte la nuestra! Creo que he dado con el tesoro. ¿Qué otra cosa puede haber bajo esta enorme laja? Me pregunto si estará metido en una caja o en un cuenco de barro.
- ¿Por qué no levantas la piedra y lo ves? - sugirió el Peregrino.
Así lo hizo el Idiota con ayuda de sus colmillos. En cuanto hubo removido la losa, surgieron del interior unos rayos extraordinariamente luminosos, que le hicieron exclamar, de nuevo:
- ¡Menuda suerte! ¡Este tesoro brilla como si fuera de oro!
Pero miró más detenidamente y comprobó que lo que él creía brillar era el reflejo de las estrellas y la luna en el agua de un pozo.
- Si quieres hacerte con el tesoro - dijo, visiblemente desanimado -, tendrás que bajar tú mismo a por él.
- ¿Qué quieres decir? - preguntó el Peregrino.
- Que es un pozo - contestó Ba-Chie -. Si me lo hubieras dicho en el monasterio, habría traído las cuerdas que usamos para atar el equipaje y no me habría costado ningún trabajo bajar por ahí. ¿Cómo voy a hacerlo con las manos vacías? Es prácticamente imposible descender por un muro como éste.
- ¿Estás dispuesto a bajar? - volvió a preguntar el Peregrino.
- Por supuesto que sí - respondió Ba-Chie -, pero, como acabo de decirte, no dispongo de cuerdas.
- Eso se arregla fácilmente - afirmó el Peregrino -. Quítate la ropa, anda.
- Me temo que mis vestidos no son muy buenos - dijo Ba-Chie -. Si exceptuamos esta camisa, lo demás no vale para nada.
El Gran Sabio cogió la barra de los extremos dorados y, agarrándola por las puntas, exclamó:
- ¡Alárgate! - y al instante adquirió una longitud de nueve o diez metros. El Peregrino se volvió a Ba-Chie y añadió:
- Agárrate a uno de los extremos y te iré bajando poco a poco.
- De acuerdo - convino Ba-Chie -, pero detente cuando llegue a la altura del agua.
- Estáte tranquilo - dijo el Peregrino.
El Idiota agarró un extremo de la barra, mientras el Peregrino le iba bajando con cuidado al interior del pozo. Ba-Chie no tardó en alcanzar el agua y gritó, levantando la cabeza hacia arriba:
- Estoy tocando ya el agua.
Pero en vez de detenerse, el Peregrino hundió la barra en el pozo con todas sus fuerzas. Sorprendido, el Idiota cayó de cabeza, soltó la barra y, sin dejar de tragar agua, se dijo:
- ¡Maldito Peregrino! Le advertí que se detuviera en cuanto llegara a la altura del agua, pero, en vez de hacerlo, me ha hundido en ella cuando menos lo esperaba.
- ¿Has encontrado ya el tesoro? - gritó el Peregrino desde arriba, soltando la carcajada.
- ¿De qué tesoro estás hablando? - preguntó, a su vez, Ba-Chie -. Aquí sólo hay agua.
- Debe de haberse hundido - explicó el Peregrino -. ¿Por qué no buceas un poco y miras a ver si lo encuentras?
El Idiota estaba familiarizado con la naturaleza del agua e inmediatamente hizo lo que se le aconsejaba. Sin embargo, aquel pozo era extremadamente profundo. Volvió a sumergirse una segunda vez y, al abrir los ojos, vio un edificio tan alto como una torre, en el que aparecían escritas estas tres palabras: "Palacio de Cristal de Agua".
- ¡Vaya! - se dijo Ba-Chie, desalentado -. Me he equivocado de camino y, sin darme cuenta, he venido a parar nada menos que al océano. ¿En qué otro lugar puede existir un Palacio de Cristal de Agua? A no ser, claro está, que haya uno en este pozo, lo cual me parece bastante improbable.
Lo que Ba-Chie no sabía era que se encontraba en la residencia del Rey Dragón de los Pozos. En aquel mismo momento abrió la puerta del palacio un yaksa que se encontraba de guardia y, al ver lo que vio, corrió a informar a su señor, diciendo:
- ¡Qué terrible desgracia se ha abatido sobre nosotros, gran señor! Hay afuera hay un monje con una nariz muy larga y unas orejas enormes. Además está totalmente desnudo y no parece muerto, porque no para de hablar.
- Debe de ser el Mariscal de los Juncales Celestes - concluyó, vivamente sorprendido, el Rey Dragón de los Pozos -. El Dios-que-pa-trulla-la-noche vino aquí ayer con una orden imperial de lo alto en la que se me instaba a dejar en libertad el espíritu del Señor del Reino del Gallo Negro, para que pudiera entrevistarse con el monje Tang. Todos estaban interesados en pedir al Gran Sabio, Sosia del Cielo, que capturara al monstruo que le dio muerte. Eso explica la presencia del Mariscal de los Juncales Celestes. Procurad tratarle bien y dadle una bienvenida acorde con su rango.
Tras cambiarse de ropa, el mismo Rey Dragón salió a la puerta del palacio seguido de todos los suyos y, levantando la voz, dijo:
- Hacednos el honor de aceptar nuestra hospitalidad, Mariscal de los Juncales Celestes.
- ¡Menos mal! - exclamó Ba-Chie para sí -. Por lo que se ve, los de aquí son amigos.
Sin preocuparse para nada de las normas de la etiqueta, el Idiota entró totalmente desnudo en el Palacio de Cristal de Agua y ocupo el asiento principal.
-  He  oído  comentar,  mi  querido  mariscal  -  dijo  entonces  el  Rey  Dragón  -  que escapasteis a la sentencia de muerte gracias a vuestra decisión de abrazar la fe budista y a vuestro compromiso de acompañar al monje Tang al Paraíso Occidental con el fin de obtener las escrituras sagradas. ¿Puedo preguntaros qué os ha traído hasta aquí?
- Estaba a punto de decíroslo - contestó Ba-Chie -. Sun Kung, mi hermano en religión, deseaba, en primer lugar, transmitiros su más respetuoso saludo, y, en segundo, pediros que le hicierais entrega de cierto tesoro que tenéis aquí escondido.
- Lo lamento mucho - se disculpó el Rey Dragón -, pero la verdad es que aquí no tengo ningún tesoro. Yo no soy tan rico como los Reyes Dragón de ríos tan importantes como el  Yang-Tse,  el  Amarillo,  el  Hwai  y  el  Chr.  Pueden  volar  por  los  aires  y metamorfosearse en la criatura que les venga en gana. No en balde son dueños de tesoros cuyos orígenes se remontan al principio mismo de los tiempos. Yo, por el contrario, llevo aquí encerrado yo qué sé la de siglos, tantos que he olvidado la apariencia que tenían el sol y la luna. Comprenderéis que mis finanzas no sean todo lo boyantes que yo mismo desearía.
- No os andéis con excusas y sacad inmediatamente lo que os he pedido - le urgió Ba- Chie.
- Os aseguro que yo no tengo ningún tesoro - insistió el Rey Dragón. ¿Cómo queréis que os entregue lo que no poseo? Si queréis, podéis comprobarlo vos mismo.
- De acuerdo - concluyó Ba-Chie -. No esperaba menos de vos.
El Rey Dragón se dirigió hacia el interior del palacio, seguido del Idiota. Después de dejar atrás el Palacio de Cristal de Agua, se adentraron en un pasillo larguísimo, en el que yacía un cadáver que debía medir alrededor de seis pies.
- Éste - dijo el Rey Dragón, señalándole con la mano - es el único tesoro que tenemos aquí.
Ba-Chie se acercó a él y comprobó que se trataba de un rey muerto. De hecho, todavía llevaba  puesta  la  corona  y  vestía  una  inconfundible  túnica  roja,  unas  botas  de inmejorable calidad y un cinturón de jade. Debía de llevar muerto muchísimo tiempo, porque estaba tan rígido como una losa. El Idiota se pasó la mano por la nariz y dijo:
- Esto no es ningún tesoro. Recuerdo que en mis tiempos de monstruo me alimentaba precisamente de cadáveres como éste. No me preguntéis cuántos he devorado a lo largo de mi vida, porque no lo recuerdo. Lo que sí puedo decir es que han sido muchísimos. Insisto en que me extraña sobremanera que consideréis como un tesoro algo que carece absolutamente de valor.
- Se ve que no estáis al tanto de lo que aquí ha ocurrido - afirmó el Rey dragón -. Éste, de hecho, es el cadáver del Señor del Reino del Gallo Negro. En cuanto llegó al fondo de este pozo, me tomé la molestia de momificarle con una perla conservadora de rasgos, para que el agua no terminara descomponiéndole. Estoy seguro de que, si se lo lleváis al Gran Sabio, Sosia del Cielo, que, por cierto, está muy interesado en su vuelta a la vida, conseguiréis algo más que un tesoro, pues, en cuanto resucite, os colmará de riquezas y honores.
- En ese caso - concluyó Ba-Chie, más animado -, cargaré con él. Pero ¿quién va a pagarme los portes?
- Me temo que yo no - respondió el Rey Dragón -. Como ya os he dicho antes, no tengo dinero.
- ¡Ésta sí que es buena! - se quejó Ba-Chie -. Aquí todo el mundo quiere que haga las cosas gratis. ¡Sabed que estoy cansado ya de trabajar por la cara!
- Si no estáis dispuesto a cargar con él - concluyó el Rey Dragón -, lo mejor que podéis hacer es marcharos de aquí.
Ba-Chie así lo hizo, sin despedirse de él ni darle las gracias. Pese a todo, el Rey Dragón ordenó a dos yaksas fornidos que cogieran el cadáver y lo arrojaran fuera del Palacio de Cristal de Agua. Al llegar a la puerta, le arrancaron la perla repulsora de líquidos y al instante las aguas se abalanzaron sobre él, como si fueran un torrente. Al oír el estrépito, Ba-Chie miró para atrás, pero le fue imposible ver la puerta del Palacio de Cristal de Agua. La presión del agua era asfixiante y, desesperado, estiró los brazos, logrando asirse al cadáver del rey. Ba-Chie sentía una profunda repulsión por los muertos, pero aquélla era la única forma que tenía de escapar de morir ahogado. El cadáver ascendía, de hecho, hacia la superficie con la velocidad de una flecha. En cuanto sacó la cabeza del agua, Ba-Chie luchó con todas sus fuerzas para asirse a las resbaladizas paredes del pozo, al tiempo que gritaba:
- ¡Baja la barra de hierro y sálvame!
- ¿Has dado con el tesoro? - preguntó el Peregrino.
- No hay ninguno aquí abajo - contestó Ba-Chie -. El Rey Dragón que habita en este pozo me pidió que sacara a un muerto de las aguas, cosa a la que me negué de plano. Sin embargo, las agua lo invadieron todo y hube de agarrarme a él para poder llegar hasta aquí. No necesito decirte que las piernas me temblaban y los brazos se negaban a obedecerme, pero ¿qué otra cosa podía hacer, si no quería morir ahogado? Por lo que más quieras, sácame de aquí cuanto antes.
- Ese muerto del que hablas es, precisamente, el tesoro en el que yo estaba interesado - confesó el Peregrino -. ¿Por qué no lo subes aquí?
- ¡Cómo que por qué! - protestó Ba-Chie -. Este hombre debe de llevar muerto muchísimo tiempo. ¡No me atrevo a cargar con él!
- En fin allá tú - concluyó el Peregrino -. Yo me voy.
- Se puede saber adónde? - gritó, alarmado, Ba-Chie.
- Al monasterio a descansar un poco - respondió el Peregrino.
- ¿Quieres decir que no vas a esperarme? - volvió a gritar Ba-Chie.
- Si subes, sí - contestó el Peregrino -, pero, por lo que se ve, eres incapaz de hacerlo.
- ¡Espera un minuto! - bramó Ba-Chie, aterrado ante la perspectiva de tener que escalar él solo las paredes del pozo -. ¿Es que no lo comprendes? Esto es mucho peor que subir por las murallas de la ciudad. Para empezar, es más largo, termina en una pequeña boca y es totalmente redondo. Por si esto fuera poco, hace muchísimo tiempo que nadie saca agua de este pozo y sus paredes están cubiertas de musgo, lo cual las torna aún más resbaladizas. ¿Cómo voy a poder salir de aquí, si tú no me ayudas? Apelo a tus sentimientos fraternos. Por mi parte, estoy dispuesto a cargar con este muerto.
- Eso parece mejor - dijo el Peregrino -. Hazlo en seguida, para que pueda retirarme a descansar de una vez.
El cadáver había vuelto a hundirse y Ba-Chie tuvo que meter de nuevo la cabeza bajo el agua. No tardó en dar con él. Lo cargó sobre sus espaldas y nadó con fuerza hacia la superficie. Allí volvió a apoyarse en las resbaladizas paredes y gritó:
- Ya lo tengo.
El Peregrino miró dentro del pozo y vio que, en efecto, el cadáver del rey descansaba sobre sus espaldas. Sólo entonces se avino a meter la barra en el agua. El Idiota estaba al borde de sus fuerzas. Al ver acercarse la barra, abrió la boca y se asió con los dientes a uno de sus extremos. De esta forma, pudo, por fin, ser elevado hasta el mismo brocal. En cuanto se sintió en tierra firme, dejó caer el cadáver y se vistió con los harapos, que se hallaban en el mismo lugar en que los había tirado. Mientras se ponía la ropa, el Peregrino se acercó al  rey. Para su sorpresa, comprobó que estaba intacto y, más que muerto, parecía totalmente vivo.
- ¿Cómo no se habrá podrido, si lleva muerto más de tres años? – se preguntó el Peregrino, sorprendido.
- Se ve que no estás al tanto de lo ocurrido - replicó Ba-Chie -. El dragón del pozo me informó que le había momificado con ayuda de una perla. De ahí que sus rasgos no hayan cambiado lo más mínimo.
- ¡Qué suerte! - exclamó el Peregrino -. Eso quiere decir que su venganza ha de cumplirse y que, por lo tanto, nosotros saldremos vencedores. Vuelve a cargar con él y vamonos.
- ¿Adonde quieres que le lleve? - protestó Ba-Chie.
- A que le vea el maestro - explicó el Peregrino.
- ¡Qué clase de vida es ésta! - se quejó, una vez más, Ba-Chie. Estaba durmiendo tan tranquilamente, cuando este maldito mono me embaucó con su palabrería para que le hiciera un trabajo tan ingrato como éste. ¿A quién se le ocurre hacer cargar a uno con un muerto? ¡Es asqueroso! Por fuerza tiene que escapársele algún líquido maloliente y sanguinolento que terminará empapando todas mis ropas. Ni aunque las lave diez mil veces, lograré liberarlas de ese olor pútrido Tendré que tirarlas. No me queda otro remedio. ¿Cómo voy a volver a ponérmelas, para que todos me miren con asco?
- Deja de protestar, de una vez - le aconsejó el Peregrino -. Tú llévale con cuidado y, cuando lleguemos al monasterio, te cambio la túnica y asunto concluido. ¿De acuerdo?
- ¡Debería darte vergüenza! - le reconvino Ba-Chie -. Tus vestidos son aún peores que los míos. ¿Cómo se te ocurre hacerme una proposición semejante?
- ¡Cuidado que te gusta hablar! - se quejó el Peregrino -. ¿Vas a cargar con él, de una vez, o no?
- ¡No! - contestó Ba-Chie, gritando.
- En ese caso - ordenó el Peregrino, malhumorado -, bájate los calzones, para que pueda darte veinte o treinta golpes con mi barra de hierro.
- ¡Tu barra es demasiado pesada! - exclamó Ba-Chie, temblando de pies a cabeza -. Si me das todos esos azotes, voy a terminar como este rey.
- Lo mejor que puedes hacer, si tanto miedo tienes al castigo - le  aconsejó el Peregrino -, es cargar con el cadáver y seguirme sin chistar.
Ba-Chie tenía, en efecto, un miedo horrible a ser azotado. Disimuló como mejor pudo su repugnancia y se echó el muerto a la espalda. En cuanto hubieron salido del jardín, el Gran Sabio hizo con los dedos un gesto mágico, recitó un conjuro y, volviéndose hacia el sudoeste, hinchó los pulmones de aire. Al expelerlo con todas sus fuerzas, se levantó un viento huracanado, que transportó a Ba-Chie fuera del palacio. No tardaron tampoco en dejar atrás la ciudad. Poco a poco fue, sin embargo amainando el huracán y hubieron de seguir el camino a pie. Aunque no decía nada, el Idiota estaba furioso y no hacía más que pensar la forma de vengarse del Peregrino.
- Este mono se ha burlado de mí todo lo que ha querido - iba pensando mientras andaba -, pero ya me las arreglaré para pagarle con la misma moneda, cuando lleguemos al monasterio. Le diré al maestro que es indispensable que el rey vuelva a la vida y, cuando este mono maldito se muestre incapaz de hacerlo, le convenceré para que recite ese conjuro que tan fuertes dolores de cabeza le produce. Entonces me reiré a mis anchas y me olvidaré del mal rato que me ha hecho pasar.
Pero a los pocos pasos cambió de idea y volvió a decirse:
- No, no. Eso no dará resultado. Es capaz de ir a ver al Rey Yama y conseguir que este hombre vuelva a la vida. No es la primera vez que lo hace. Debo prepararlo todo de tal manera que no pueda llegar al Mundo de las Sombras. Es preciso que el rey recobre la vida, sin acudir a los señores de ultratumba.
No había acabado su discurso, cuando llegaron a las puertas del monasterio. Ba-Chie se dirigió directamente al salón del Zen y, dejando caer el cadáver en el suelo, grito:
- Maestro, levantaos y venid a echar un vistazo a esto.
Tripitaka no había podido conciliar el sueño en toda la noche. Estaba precisamente comentando con el Bonzo Sha cómo se las había arreglado el Peregrino para arrastrar consigo al perezoso Ba-Chie. Se sentía intranquilo por su tardanza, pero, al oír sus voces, se levantó a toda prisa y preguntó:
- ¿Qué quieres que mire?
- A este antepasado del Peregrino, que he tenido que traer a mis espaldas - contestó Ba- Chie.
- ¡Maldito Idiota! - exclamó el Peregrino -. ¿Desde cuándo tengo yo antepasados?
- Si este tipo no es familia tuya - respondió Ba-Chie -, no comprendo cómo te has tomado la molestia de obligarme a cargar con él. ¡No puedes hacerte ni idea de lo que me ha costado!
El monje Tang y el Bonzo Sha comprobaron, asombrados que los rasgos del rey se mantenían tan lozanos como cuando estaba vivo. Sin embargo, eso mismo hizo que la tristeza se abatiera sobre el maestro y exclamara, visiblemente apenado:
- ¿En qué vida anterior os granjeasteis, majestad, un enemigo tan terrible que ha terminado asesinándoos en ésta? ¡Qué mala fortuna la vuestra, al ser privado de vuestro hijo y de vuestra esposa! Nadie está enterado de vuestro aciago destino, ni siquiera la mujer que compartió durante tantos años con vos su vida. ¿Cómo iban a ofreceros vuestros súbditos incienso y libaciones?
Estaba tan emocionado que no pudo seguir hablando. Las lágrimas fluían a raudales por sus mejillas.
- ¿Se puede saber qué tiene que ver su muerte con vos, maestro? - preguntó Ba-Chie, sonriendo -. Que yo sepa, no pertenece a vuestra familia. ¿A qué viene llorar de esa manera por él?
- Para los que hemos abandonado la familia - explicó el monje Tang - el primer principio que rige nuestras vidas es la compasión. No comprendo cómo puedes ser tan insensible.
- ¿Insensible yo? - se defendió Ba-Chie -. Si estoy tranquilo es porque el Peregrino me dijo que era capaz de devolverle a la vida. De lo contrario, no hubiera cargado con él. Eso tenedlo por seguro.
El maestro era tan crédulo que parecía tener una cabeza llena de agua. Al oír tan desconcertante confesión, levantó la voz y dijo:
- Si en verdad tienes, Wu-Kung, el poder de devolverle a la vida, tus méritos son mucho mayores que los de quienes mandan construir un templo de siete pisos. Eso sin contar las ventajas que a todos nos reportaría. Sería como si ya hubiéramos presentado nuestros respetos a Buda en la Montaña del Espíritu.
- ¡No sé cómo podéis creer las tonterías que se le ocurren a un Idiota! - exclamó el Peregrino, malhumorado -. Sabed que, cuando un hombre muere, pasa por períodos de tres o cinco veces siete. Antes de que pueda reencarnarse de nuevo, tiene que pasar setecientos días por lo menos purgando los pecados que cometió en este mundo de luz.
¿Cómo voy a devolverle a él, si lleva muerto más de tres años?
- Lo entiendo - dijo Tripitaka, desalentado.
- No le creáis, maestro - insistió Ba-Chie con manifiesto resentimiento -. Yo sé que puede hacerlo. Para probarlo, no tenéis más que el conjuro que vos y yo sabemos. Es tan efectivo que hará cuanto esté de su mano para devolver a ese hombre a la vida.
Así lo hizo el monje Tang. El mono empezó a sentir un dolor tan insoportable que los ojos se le salían de las órbitas.
No sabemos cómo se las arregló para sanar al rey muerto. Quien desee averiguarlo deberá prestar atención a las explicaciones que se ofrecen en el siguiente capítulo.

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[1]Ru-Lai designa a Buda como Tathagata, o «el que viene a transformar en budas a todos los hombres».

[2]Como expresión de respeto y reconocimiento, los chinos practicaban la ceremonia del «ke-tou», consistente en arrojarse tres veces seguidas rostro en tierra y golpear repetidamente el suelo con la frente.

[3]Yu-Li es un lugar cercano a Tang-Ying, Henan, donde Wen, Señor de Chou, fue hecho prisionero.

[4]Hsiao-He fue primer ministro del primer emperador Han, a quien ayudó eficazmente a mantener unido el reino. Se le atribuye una rica actividad legisladora.

[5]Dado que Ba-Chie suena igual que «ocho mandamientos», aquí se usa Chiou-Chie en un sentido jocoso, ya que, en realidad, significa «nueve mandamientos».