Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

Libre del peligro que le acechaba, El-que-flota-en-el-río llega al reino. Una vez obtenido permiso, Ba-Chie invade el bosque.


Incapaz es la fuerza de destruir los pensamientos insubstanciales. ¿Para qué afanarse, entonces, en usarla? La única forma de conseguirlo es ejercitando la mente en presencia de Buda. ¿Acaso no son la misma cosa la iluminación y la ilusión? El iluminado alcanza la perfección en un abrir y cerrar de ojos, mientras que el que permanece en la oscuridad se ve sumergido en más de diez mil kalpas. Quien se muestra incapaz de conectar sus pensamientos con la Verdad comete un pecado tan grande como los vastos arenales del Ganges.

Decíamos que, aunque Ba-Chie y el Bonzo Sha midieron sus armas más de treinta veces con el monstruo, el combate permaneció tan indeciso como en el momento mismo de iniciarse. La fuerza del monstruo era increíble y, si no llega a ser porque la hora del monje Tang aún no había llegado, la bestia hubiera dado buena cuenta de ellos en un abrir y cerrar de ojos. Ni siquiera veinte monjes hubieran bastado para hacerle frente. Si Ba-Chie y el Bonzo Sha se mostraron tan efectivos, fue porque gozaron en secreto de la ayuda de los Seis Dioses de la Luz y los Seis Dioses de las Tinieblas, los Guardianes de los  Cinco  Puntos  Cardinales,  los  Cuatro  Centinelas  y  los  Dieciocho  Espíritus Protectores de los Monasterios.
Mientras el combate alcanzaba su punto más álgido de virulencia y fiereza, el monje Tang lloraba amargamente en la caverna, al acordarse de sus discípulos. Las lágrimas corrían libremente por sus mejillas y se decía, presa de una terrible turbación:
- ¿En que aldehuela te has topado, Wu-Neng, con un amigo de la Verdad, que se ha empeñado en llenar de comida tu zurrón? Y tú, Wu-Ching, ¿dónde has ido a buscarle, para que todavía no le hayas encontrado? ¿No sabéis que he sido víctima de las asechanzas  de  un  demonio  y  ahora  me  encuentro  penando  en  este  horrible  lugar? ¿Cuándo volveré a veros? ¿Cuándo podré escapar de este tormento para proseguir mi viaje hacia la Montaña del Espíritu?
Mientras se lamentaba de forma tan conmovedora, vio salir del interior de la caverna a una mujer, que le preguntó, llegándose hasta lugar en el que se encontraba atado:
- ¿De dónde sois y por qué os han amarrado aquí?
Tripitaka volvió hacia ella sus ojos anegados en lágrimas y comprobó que tenía alrededor de treinta años.
- No es necesario que me preguntéis nada más, bodhisattva – contestó, hondamente apenado -. En cuanto entré por esa puerta, el destino determinó que no había de abandonarla jamás. Si deseáis devorarme, podéis hacerlo con toda tranquilidad. ¿Para qué molestaros en interrogarme?
- Yo no acostumbro comer a la gente - respondió la mujer -. Mi hogar se encuentra a trescientos kilómetros al oeste de aquí, en una ciudad conocida por el nombre de Reino del Elefante Sagrado. Soy, de hecho, la hija tercera del señor que la rige y desde niña todos me han llamado Vergüenza de las Cien Flores. Hace aproximadamente trece años estaba contemplando la belleza de la luna, cuando ese monstruo me raptó y me trajo aquí a lomos de un viento huracanado. Tan triste suceso ocurrió concretamente la noche del quince del octavo mes. Desde entonces me he visto obligada a compartir su lecho y a traer al mundo a todos sus hijos, sin poder comunicar a la corte mi paradero ni volver a ver a mis padres una sola vez, aunque, como comprenderéis, he pensado en ellos de continuo. Pero, en fin, ésa es otra historia. ¿De dónde sois y cómo os echó mano?
- He sido enviado al Paraíso Occidental en busca de las escrituras sagradas - dijo el monje Tang -. Al cruzar estas montañas, decidí dar un paseo y vine a parar aquí. Si aún no me ha devorado, ha sido porque ha determinado cazar también a mis discípulos y cocernos a todos juntos al vapor.
- No os preocupéis por vuestra suerte - le aconsejó la princesa, sonriendo -. Puesto que sois un buscador de escrituras, voy a hacer cuanto pueda por ayudaros a escapar. El Reino del Elefante Sagrado no está muy lejos de aquí y, además, os pilla de camino. Lo único que os pido a cambio es que entreguéis una carta a mis padres. A pesar de ser una bestia, mi marido me quiere de verdad y os dejará marchar, si yo se lo digo.
- En ese caso - concluyó el monje Tang -, con mucho gusto haré de mensajero vuestro. Todo pago es poco con tal de salvar la vida.
La princesa regresó corriendo a sus aposentos y escribió a toda prisa una carta, que ella misma se encargó de sellar. Volvió después al poste de las ejecuciones y se la entregó al monje Tang, no sin antes desatarle. En cuanto el maestro se sintió libre, se inclinó ante la mujer y dijo:
- Gracias por salvarme la vida, señora. En cuanto llegue a vuestro reino, tened la seguridad de que haré entrega de esta carta al señor que lo rige. Me temo, de todas formas, que, tratándose de una separación tan larga, vuestros padres se hayan olvidado ya de vos. ¿Qué haré yo entonces? ¿No es justo que me tilden de mentiroso?
- No ocurrirá eso - afirmó la princesa -. Mis padres no tienen ningún hijo varón y estoy segura de que, en cuanto vean la carta, se acordarán de mí y os facilitarán todo lo que preciséis.
Tripitaka dobló el escrito y se lo metió por la manga. Volvió a dar las gracias a la princesa y se dirigió con decisión hacia la puerta.
- No salgáis por ahí - le sugirió, asustada, la princesa -. Los monstruos y diablillos que aquí moran están ahí afuera animando al Gran Rey con sus tambores, estandartes y gongs. Vuestros discípulos le han desafiado a un duelo y están batiéndose valientemente con él. Es mejor que utilices la puerta de atrás. De todas formas, creo que deberías esperar un poco, porque lo más que puede ocurrirte, si te encuentra mi marido, es que te interrogue de nuevo. Pero, si te echan mano los diablillos, acabarán contigo en un abrir y cerrar de ojos, sin preguntarte siquiera quién te ha liberado. Lo más aconsejable, por cierto, es que salga yo primero e interceda en tu favor ante el Gran Rey. Si accede a mi petición, vuestros discípulos lo considerarán un gran favor y depondrán las armas.
Al oír esas razones, Tripitaka se echó rostro en tierra y empezó a golpear el suelo con la frente. Cuando la mujer hubo desaparecido, salió por la puerta de atrás, pero no se aventuró a alejarse mucho, prefiriendo esconderse entre los arbustos y esperar a ver qué pasaba.
La princesa maduró aún más su plan, mientras trataba de abrirse camino entre los monstruos que se habían congregado delante de la puerta principal. Sólo podía oír el fragor de las armas, pero levantó la vista y gritó con todas sus fuerzas:
- ¡Señor de la Túnica Amarilla!
El monstruo estaba enfrascado en un duro combate con Ba-Chie y Bonzo Sha, pero, en cuanto  oyó  los  gritos  de  la  princesa,  abandonó  a  los  contrincantes  a  su  suerte  y descendió a toda prisa de las nube. Sin dejar de sostener la cimitarra en una mano, agarró con la otra la princesa y le preguntó:
- ¿Se puede saber qué es lo que quieres?
- Hace un momento, mientras dormía en mi lecho de cortinillas de seda, vi en sueños a un dios con una armadura de oro - contestó la mujer.
- ¿Qué quería ese dios de la armadura de oro? - volvió a preguntar el monstruo.
- Cuando era joven y aún residía en el palacio - respondió la princesa -, prometí a los dioses que, si encontraba un buen marido, subiría a las montañas sagradas, visitaría las moradas de los inmortales y daría de comer a todos los monjes con los que me topara a lo largo de mis días. He de reconocer que he encontrado tanta felicidad a vuestro lado que me he olvidado por completo de esa promesa. Si no llega a ser por ese dios que ha venido a recordármela en sueños, jamás la hubiera cumplido. Se mostraba tan duro y daba tales voces por mi inesperado olvido que terminó despertándome. Aunque sabía que se trataba de un simple sueño, me sentí tan intranquila que decidí venir inmediatamente a relatároslo. Al hacerlo, me topé con un monje atado al poste de las ejecuciones, con lo que mi sobresalto se hizo aún mayor. Os ruego que os mostréis clemente con él y le dejéis marchar por donde ha venido. Hacedlo por mí, os lo suplico, ya  que  difícilmente  puede  dar  de  comer  a  los  monjes  quien  se  alimenta  de  ellos. ¡Recordad la promesa que hice, señor!
- ¡Cuidado que eres alarmista! - exclamó el monstruo, más tranquilo -. Pensé que se trataba de algo más serio. Está bien. Le dejaré marchar. Mirándolo bien, este monje no tiene nada de especial. Cuando quiera comer hombres, puedo encontrar en otra parte a los que me dé la gana.
- Es mejor que se vaya por la puerta de atrás - sugirió la princesa.
- Que se marche y ya está - replicó el monstruo -. ¿Qué más da que sea por la puerta de delante o la de atrás?
Agarró después la cimitarra con las dos manos y gritó:
- ¡Eh, tú, Chu Ba-Chie, baja aquí un momento! Aunque no te tengo el menor miedo, no voy a seguir luchando contigo. Es más, acabo de poner en libertad a tu maestro, porque mi esposa me lo ha pedido. Así que, si quieres verle, vete a la puerta de atrás y continua tranquilamente tu viaje hacia el Oeste. Pero recuerda que, si vuelves a pasar por mis dominios, no te perdonaré más la vida.
Al oírlo Ba-Chie y el Bonzo Sha sintieron tal alivio que por un momento les pareció que acababan de dejar atrás las puertas del infierno. Agarraron a toda prisa el equipaje y el caballo y se dirigieron, corriendo como ratones, a la parte de atrás de la Caverna de la Corriente Lunar. Cuando llegaron allí, levantaron la voz y gritaron con sus fuerzas:
- ¡Maestro!, ¿dónde estáis?
El monje Tang los reconoció en seguida y les respondió, aliviado, desde su escondite de zarzas. El Bonzo Sha fue el primero en verle y, llevándole de la mano hasta donde estaba el caballo, le ayudó a montar, Fue una suerte que, estando a punto de convertirse en bocado del monstruo del rostro azulado, se topara con la dulce y piadosa Vergüenza de las Cien Flores. Tripitaka se sentía como un salmón que hubiera escapado del engañoso fulgor de un anzuelo de oro: sin dejar de agitarse en el agua, nadaba, feliz, en la dirección que le marcaban las olas.
Ba-Chie abría la marcha y la cerraba, con el equipaje a las espaldas, el Bonzo Sha. No tardaron  en  abandonar  el  bosque  y  en  hallar  el  camino  principal.  Pero,  lejos  de alegrarse, empezaron a discutir, culpándose el uno al otro de lo ocurrido. La discusión llegó a tal extremo que Tripitaka tuvo que emplear toda su autoridad para apaciguarles. A la caída de la tarde buscaron un lugar en el que pasar la noche, pero el canto del gallo los sorprendió bajo cielo abierto. Esto se repitió un día tras otro y, de esta forma, recorrieron no menos de doscientos noventa y nueve kilómetros. Un día levantaron la vista y vieron, por fin, a lo lejos una hermosa ciudad. No cabía la menor duda de que se trataba del Reino del Elefante Sagrado. Valía la pena haber hecho un viaje tan largo, porque su belleza era, en verdad, inigualable y pocas tierras conocían la prosperidad de que ella gozaba. Como  si fuera morada de inmortales, se hallaba envuelta en una neblina multicolor, con la que la luna competía de continuo en luminosidad. A lo lejos se la veía una franja de verdes montañas, desplegada como si fuera una pintura interminable. Se presentía la presencia de un arroyuelo de aguas serenas, cuya espuma por fuerza habría de recordar al jade blanco. La campiña estaba cubierta de campos unidos entre sí por una tupida red de caminos y senderos. El arroz se mostraba granado y en sazón. Pero aquélla no era exclusivamente tierra de campesinos. En algunas de las casas se secaban al sol redes de pescador, mientras que en otras se veían grandes montones de leña, hacinados por la experta mano de un leñador. Tanta riqueza estaba protegida por altos murallones, que hacían posible que todos los hogares compitieran entre sí en felicidad y despreocupación. A ellos estaban adosadas nueve torres tan hermosas que parecían la antesala de otros tantos palacios. Sus tejas de porcelana, auténticas teselas, las hacían brillar como si fueran faros. En su interior se alzaban el Pabellón del Gran Último, el de la Cobertura Brillante, el Salón para Quemar Incienso, la Sala para Revisar los Textos, el Palacio para Hacer-públicas-las-decisiones-de- gobierno y el Gran Salón de los Sabios. Todos estos edificios habían sido construidos uno detrás de otro y poseían entradas de jade y escaleras de oro, por las que no dejaban de circular auténticos enjambres de funcionarios civiles y militares. Pese a su innegable magnificencia, no podían compararse con el Pabellón de la Luz Cegadora, el del Sol Brillante, el del Eterno Placer, el de la Claridad Inmarcesible, el de la Memoria Sempiterna y el del Final Inalcanzable. De todos ellos manaba una auténtica sinfonía de quejas femeninas y añoranza primaveral, acompañadas por el estridente sonido de carillones, tambores, gaitas y flautas. Pero su triste y lánguida belleza era inferior a la del jardín que se adivinaba al final de tan serenos e impresionantes palacios. En él, más que verse, se presentía la presencia de rostros tan frescos como flores cubiertas de rocío y talles tan delgados como ramitas de sauce danzando libremente en alas del viento. Tanta dulzura estaba reservada exclusivamente para alguien que vestía magníficamente y montaba en una carroza tirada por cinco caballos. Tal era su importancia que siempre le protegían arqueros tan diestros que eran capaces de lanzar sus dardos contra la niebla y recobrarlos con el cuerpo muerto de unos halcones [1]. Aquel jardín tan espléndido estaba lleno de parterres, sauces y pabellones, en los que la música no dejaba de sonar y la brisa  traía  recuerdos  del  Puente  de  Luoyang.  La  sugerencia  era  tan  fuerte  que  el buscador de escrituras no pudo por menos de traer a la mente la corte de los Tang y la añoranza le desgarró las entrañas. Lo mismo les ocurrió a sus discípulos, que pronto se abandonaron a su propios sueños. Irremediablemente la vista del Reino del Elefante Sagrado los transportaba a otro lugar más familiar. Poco a poco, no obstante, se fueron recobrando y se llegaron hasta una casa de postas, donde descansaron un poco. El monje Tang se dirigió después a una puerta del palacio real y dijo al oficial que lo guardaba:
- Informad a vuestro señor que acaba de llegar un monje de la de los Tang y solicita ser recibido en audiencia, para obtener de su generosidad permiso para cruzar sus tierras.
El Guardián de la Puerta Amarilla corrió al interior del palacio y, echándose rostro en tierra ante los peldaños de jade blanco, dijo con sumo respeto:
- Ahí fuera, majestad, hay un monje de la Corte de los Tang, que solicita audiencia para poder cruzar vuestros dominios.
El rey se mostró muy complacido ante semejante anuncio y ordenó:
- Hacedle pasar inmediatamente.
Tripitaka se llegó hasta los escalones dorados y saludó con tal respeto al señor de aquel reino que todos los funcionarios, civiles y militares que se hallaban allí reunidos comentaron entre sí, gratamente impresionados:
- En verdad este hombre proviene de una nación noble en extremo. No hace falta más que ver lo exquisito de sus modales.
- ¿Se puede saber por qué habéis decidido venir a nuestro reino? preguntó el rey.
- Vuestro humilde siervo - respondió Tripitaka, agachando ligeramente la cabeza - es un monje budista de la corte de los Tang, que se dirige hacia el Oeste en busca de escrituras por orden expresa de su majestad imperial. Al iniciar el viaje, se me dijo que debería solicitar de vos un permiso especial para cruzar vuestras tierras, y ése es el motivo por el que he osado molestaros. Traigo, por otra parte, un escrito para vos de mi dueño y señor.
- Si lo que dices es cierto - concluyó el rey -, me gustaría echarle vistazo.
Tripitaka alargó las dos manos y, sin atreverse a levantar la vista del suelo, colocó el documento sobre la mesa real. En él se decía lo siguiente:

Escrito de puño y letra del Hijo del Cielo de los Tang, que rige con ayuda de lo alto los destinos del Gran Imperio situado en el Continente Austral de Jambudvipa. Conscientes de nuestra indignidad y falta de acendrada virtud, nos declaramos descendientes de una tradición imperecedera. Atentos al servicio de los dioses y al gobierno de los hombres, luchamos por mantenernos alerta día y noche, como si estuviéramos acercándonos a una sima profunda o camináramos sobre hielo. Hace cierto tiempo fuimos incapaces de salvar la vida al Respetable Dragón del Río Ching, siendo consecuentemente castigados por el Augustísimo Emperador de los Cielos. Nuestro espíritu se adentró en la Región de las Sombras, pero nuestros días no se habían cumplido y el Señor de la Tiniebla, a quien nunca ponderaremos lo suficiente, nos permitió regresar al mundo de los vivos. En prueba de agradecimiento, celebramos una gran ceremonia por los difuntos, ofreciendo sacrificios sin cuento por las almas de los que nos precedieron en este mundo de luz. Fue entonces cuando la que salva de sus desdichas al género humano la Bodhisattva Kwang Shr-Ing, se mostró a nosotros tal cual es y nos reveló que en el Oeste existe un cuerpo de escrituras budistas capaz de redimir a los muertos y dar sosiego a los espíritus que andan errantes. Por eso hemos encargado a Hsüan Tsang, respetable y muy digno Maestro de la Ley, que trasponga las miles de montañas que separan nuestro imperio de las bienaventuradas tierras del Oeste y consiga dichas escrituras. Esperamos que los señores de las incontables naciones que ha de cruzar se muestren comprensivos con nuestros deseos y le permitan pasar libremente por sus dominios. Documento otorgado un día favorable del otoño del año decimotercero del período Chen-Kwan de los Gran Tang. Escrito imperial. (En él aparecían estampados los nueve sellos sagrados.)

En cuanto el rey hubo concluido su lectura, tomó el sello de jade de sus propios dominios y lo añadió a los que ya figuraban en documento de tanto valor. Sin más, se lo devolvió a Tripitaka, que, tras agradecer su gesto, dijo:
- Existe un segundo motivo que me ha forzado a venir a presentaros mis respetos y no es otro que el de entregaros una carta de un familiar vuestro,
- ¿De un familiar? - repitió el rey, sorprendido.
- Así es - confirmó el monje -. De vuestra hija, la princesa tercera, que fue raptada en su día por el Monstruo de la Túnica Amarilla y que actualmente mora en la Caverna de la Corriente Lunar de la Montaña de la Cacerola.
- Son trece ya los años que llevamos sin verla - exclamó el rey con los ojos anegados en lágrimas -. A causa de su desaparición hemos castigado a incontables funcionarios, tanto civiles como militares, y condenado a muerte a no pocos eunucos y damas de compañía. En un principio pensamos que se había alejado del palacio y no había sabido regresar. Locos por el dolor de su ausencia, interrogamos a todos los habitantes de la ciudad, pero nadie supo darnos razón de su paradero. Simplemente había desaparecido sin dejar rastro alguno. ¿Cómo íbamos a sospechar que un monstruo la había raptado? Perdonadme, pero al oíros hablar de ella, no he podido controlar la emoción y la tristeza ha sembrado mis ojos de lágrimas.
Emocionado,  Tripitaka  metió  las  manos  por  la  manga  y  sacó  la  carta.  Al  ver  la dirección que figuraba en el sobre, el rey se puso a temblar y, aunque lo intentó repetidas veces, no pudo abrir el sobre. Hubo de hacerlo el Gran Secretario de la Academia Han-Lin [2], que se encargó, igualmente, de su lectura. Todos los funcionarios de la corte, tanto civiles como militares, escucharon su contenido con mal disimulada emoción, lo mismo que las concubinas y damas del palacio, que se apostaron discretamente tras unos artísticos biombos. El Gran Secretario extendió el escrito y leyó con voz clara:

Vergüenza de las Cien Flores, hija poco piadosa, toca el suelo con su frente más de cien veces seguidas ante su padre rey, hombre adornado con las más sublimes virtudes, en el Palacio del Dragón y el Fénix. Que el Cielo conserve sus días hasta el final de los tiempos. Me inclino, igualmente, ante mi madre reina, señora de los Tres Palacios, en el Pabellón del Sol Brillante, y ante todos los dignos ministros, tanto civiles como militares, que prestan sus inestimables servicios a la corte. Desde que mi buena fortuna determinó que naciera en el palacio de tan altos soberanos, no he hecho más que daros quebraderos de cabeza y proporcionaros incontables momentos  de  insoportable  tristeza.  Lamento  no  haber  contribuido  más  activamente  al incremento de vuestra felicidad, entregándome de lleno al cumplimiento de mis obligaciones filiales. Hace trece años la noche del día quince del octavo mes mi augusto padre ordenó, con el fin de celebrar como se exigía festividad tan señalada, que en todos los palacios se prepararan espléndidos banquetes, de forma que cuantos se encontraban a su servicio pudieran disfrutar de la belleza de la luna en el maravilloso Festival de los Cielos Puros. Desgraciadamente, en el momento más señalado de la celebración, se levantó de pronto un golpe de viento muy aromático [3], a lomos del cual viajaba un demonio de pupilas de oro, rostro azulado y pelo verdoso, que se llegó hasta mí y me arrebató hacia lo alto. A bordo de una nube luminosa me llevó a una región deshabitada situada a media altura de la montaña que constituye su morada, prohibiéndome abandonarla bajo concepto alguno. Valiéndose de sus poderes mágicos, me obligó a aceptarle por esposo, sufriendo durante todos estos años tan vergonzosa ignominia. Dos veces fructificó en mí su simiente de bestia, dándole otros tantos hijos monstruos. Sacar a relucir hechos tan luctuosos  es,  en  realidad,  una  forma  de  corromper  las  relaciones  humanas  y  socavar  los principios mismos de nuestra moralidad. No debería, por tanto, hacer llegar a vuestras manos una carta tan insultante para vos, pero me temo que, si dejo escapar esta ocasión, jamás podré daros oportuna noticia de las aberraciones a las que me he visto sometida. Mientras meditaba sobre todo esto, reconfortada, de alguna forma, por la dulzura de vuestro recuerdo, llegó a mis oídos que el monstruo había tomado igualmente cautivo a un digno monje procedente de la ilustre nación de los Tang. Fue entonces cuando me decidí a escribiros esta carta con los ojos anegados en lágrimas, armándome, al mismo tiempo, de valor para solicitar de mi demoníaco esposo la liberación del religioso, que se ofreció de buen grado a hacer de mensajero. Suplico a mi ilustre padre que no cierre sus oídos a la llamada de la compasión y envíe a sus más dignos generales a la Caverna de la Corriente Lunar en la Montaña de la Cacerola, para que capturen a la Bestia de la Túnica Amarilla y faciliten mi vuelta a la corte que siempre constituyó mi hogar. Éste será para mí el más valioso favor que jamás haya recibido. Perdonad, os suplico, mi falta de respeto, al escribiros una carta cuyo contenido no he meditado en ningún momento. Espero poder  deciros  cara  a  cara  lo  que  ahora  me  es  imposible  expresar.  Vuestra  indigna  hija, Vergüenza de las Cien Flores, se inclina respetuosamente ante vos una y otra vez.

En cuanto el Gran Secretario hubo terminado de leer la carta, el rey dejó escapar unos gritos tan desgarradores de dolor que los moradores de los tres palacios no pudieron contener  las  lágrimas  y  todos  los  funcionarios  experimentaron  el  peso  de  un insoportable dolor. Cuando por fin pudo sobreponerse a tan profunda pena, se volvió hacia sus oficiales, tanto militares como civiles, y les preguntó:
- ¿Quién de entre vosotros está dispuesto a hacerse cargo de la tropa que ha de capturar al monstruo y liberar a la princesa Cien Flores?
Varias veces repitió la pregunta, pero nadie se atrevió a responderla. Al parecer no había en toda la corte una persona con la valentía suficiente para emprender una misión tan arriesgada. Todos se quedaron completamente mudos, como si fueran generales esculpidos en madera o ministros moldeados en arcilla. Desesperado, el rey empezó a llorar con insoportable amargura. Las lágrimas fluyeron por sus mejillas, como si fueran torrentes. Muchos oficiales se echaron entonces rostro en tierra y dijeron:
- Renunciad a tanto sufrimiento y aceptad de una vez por todas que habéis perdido para siempre a la princesa. Son mucho trece años para borrarlos de un solo plumazo. Aunque, por otra parte, parece cierto que vuestra hija se ha topado con este digno monje de la corte de los Tang y se ha valido por su medio para haceros llegar una carta, no estamos suficientemente informados de su situación actual. Eso sin contar con que vuestros humildes servidores no somos más que criaturas mortales. Hemos estudiado a lo  largo  de  nuestras  vidas  gran  número  de  manuales  y  tácticas  militares,  pero  los conocimientos  que  de  ellos  hemos  adquirido  se  circunscriben  a  la  defensa  de  las fronteras  de  nuestra  nación  de  cualquier  ataque  de  hombres  como  nosotros.  Ese monstruo, sin embargo, es alguien que se vale de la niebla para avanzar y viaja a lomos de una nube. ¿Cómo vamos a poder capturarle y liberar a la princesa, si nunca da la cara y nos supera en astucia y poder? Pensamos, por otra parte, que este digno Peregrino de las Tierras del Este es un monje santo, que, además, procede de una muy noble nación. No dudamos, pues, que sea capaz de dominar a tigres y dragones y de ahuyentar a espíritus y demonios. Por fuerza tiene que estar versado en el arte de atrapar monstruos. Por si esto fuera poco, como muy bien afirma el proverbio, "quien se encarga de comunicar una noticia no puede desentenderse después de ella". Pidámosle, por tanto, que se encargue él de dominar al monstruo y rescatar a la princesa. ¿No opináis que es la solución más aceptable?
Al oír eso, el rey se volvió inmediatamente hacia Tripitaka y le dijo:
- Si, en verdad, conocéis la forma de liberar la energía de vuestro dharma, para capturar al monstruo y, así, permitir la vuelta de mi hija, tened por seguro que no necesitaréis proseguir vuestro viaje hacia las Tierras del Oeste. Podéis dejaros crecer de nuevo el pelo y estableceré con vos un pacto de hermandad. Todas mis riquezas serán vuestras, incluidos este palacio y el trono del dragón, desde el que rijo los destinos de este pueblo. ¿Cuál es vuestra respuesta?
- Yo, gran señor - se apresuró a decir Tripitaka -, apenas sé recitar los nombres de Buda. ¿Cómo voy a poder dominar monstruos?
- Si no fueras capaz de hacerlo - le rebatió el rey -, no te habrías atrevido a iniciar un viaje tan largo con el único propósito de buscar los escritos de Buda.
Tripitaka  no  pudo  seguir  ocultando  por  más  tiempo  la  verdad  y  hubo  de  sacar  a colación a sus dos discípulos, diciendo:
- Tenéis razón. Para mí solo hubiera sido una empresa totalmente inalcanzable. Pero traigo conmigo a dos discípulos tan capaces que ni las más altas montañas ni los ríos más caudalosos son obstáculos insalvables para su ingenio. Si no llega a ser por su ayuda, jamás habría llegado hasta aquí.
- ¿Cómo podéis ser tan insensible? - exclamó el rey, reprendiéndole -. Sí, como decís, tenéis dos discípulos, ¿por qué no les habéis traído a verme? Aunque, quizás, no les hubiera recompensado, les habría ofrecido por lo menos algo de comer.
- Mis discípulos, señor - explicó Tripitaka -, son bastante feos y ellos mismos no se han atrevido a entrar sin permiso en vuestro palacio. Temían que pudieran daros un susto de muerte.
- ¿Habéis oído cómo habla este monje? - preguntó el rey, soltando la carcajada -. ¿Crees realmente que iba a asustarme de ellos?
- ¡Quién sabe! - contestó Tripitaka -. El mayor de ellos se apellida Chu y tiene dos nombres: Wu-Neng y Ba-Chie. No puede ser más feo. Posee un morro llamativamente largo, unos dientes tan afilados como colmillos, unas cerdas, que recuerdan al acero, en la nuca y unas enormes orejas que parecen abanicos. Por si esto fuera poco, es tan tosco y rudo que, cuando camina, levanta oleadas de viento. Por lo que respecta a mi segundo discípulo, os diré que se apellida Sha, siendo sus nombres los de Wu-Ching y Bonzo. Mide doce pies de altura y posee unos hombros llamativamente anchos. Su cara es azulada, su boca recuerda el barreño de un carnicero, sus ojos brillan como el fuego y sus dientes parecen una fila de clavos. Con físicos así, ¿cómo van a atreverse a comparecer ante vos, sin ser invitados de antemano?
- Dado que nos habéis ofrecido una descripción tan acertada de ellos - concluyó el rey -
, creo que estamos preparados para conocerlos sin sufrir el menor sobresalto. Hacedlos llamar en seguida.
La orden fue redactada en una placa de oro, que fue enviada inmediatamente a la casa de postas. En cuanto el Idiota la vio, comentó con el Bonzo Sha:
- Decías que, a pesar de todo, quizás no hubiera sido buena idea de entregar la carta de la princesa. Esto demuestra que estaba completamente equivocado. Lo más seguro es que, una vez cumplida su misión, nuestro maestro haya sido invitado a un espléndido banquete por el rey (ya conoces la alta estima que los monarcas suelen de los mensajeros) y, al ser incapaz de terminar con toda la comida él solo, ha mencionado a su graciosa majestad nuestros nombres. De ahí que hayamos recibido esta placa de oro. Vamos, démonos prisa. No está bien hacer esperar una buena comida. Con el estómago lleno reanudaremos mañana mismo el viaje.
- No te precipites - le aconsejó el Bonzo Sha -. Mirándolo bien, desconocemos aún el motivo de esta repentina invitación. De todas formas, creo que no nos queda más remedio que ir a averiguarlo.
Pidieron al posadero que se hiciera cargo del caballo y el equipaje y, agarrando sus armas, se dirigieron hacia el palacio real. Cuando llegaron a los escalones de jade blanco, hicieron una leve reverencia y se quedaron tranquilamente de pie. Eso provocó la ira de todos los funcionarios, tanto civiles como militares, que comentaron indignados Entre sí:
- ¿Quiénes se habrán creído que son estos monjes? Aparte de feos, no tienen la menor idea de la etiqueta. ¿Cómo es posible que no se echen rostro en tierra, al comparecer ante nuestro señor? ¡Es indignante que sólo se hayan inclinado! ¡Jamás se había visto cosa tan vergonzosa!
Para colmo, Ba-Chie oyó sus quejas y exclamó:
- No sé a qué viene tanto cuchicheo. Nosotros somos así y asunto concluido. A primera vista parecemos un poco feos, pero, en cuanto os acostumbréis, comprobaréis que hasta nuestros modales son bastante distinguidos.
El rey parecía muy alterado, sobre todo después de oír lo que el Idiota acababa de decir. Temblaba de tal manera que por poco no se cae del trono del dragón. Afortunadamente le agarraron a tiempo dos de sus subalternos y se mantuvo firme en su sitio. Comprendiendo lo delicado de la situación, el monje Tang se echó rostro en tierra y, sin dejar de golpear el suelo con la frente, suplicó a su majestad:
- ¡Soy digno de diez mil condenas de muerte! Ya os advertí que mis discípulos eran tan feos que bajo ningún concepto debían ser admitidos a entrar en palacio. Por mi culpa vuestro cuerpo de dragón se ha puesto a temblar y toda la corte ha caído presa del pánico.
Sin dejar de temblar, el rey se dirigió hacia donde yacía tumbado Tripitaka y, ayudándole a levantar, dijo:
- Os agradezco que me lo hayáis advertido. Si no lo hubierais hecho a buen seguro que me hubiera muerto del susto.
Pareció entonces dominar el nerviosismo que le embargaba y volviéndose hacia Ba- Chie y el Bonzo Sha, les preguntó:
- ¿Quién de vosotros está especializado en atrapar monstruos?
- Yo - respondió el Idiota, sin pensarlo.
- Soy el Mariscal de los Juncales Celestes - contestó Ba-Chie, orgulloso -. Como no obedecí en una ocasión las órdenes del Señor del Cielo, fui confinado en esta región de sombras, donde me cupo la enorme fortuna de aceptar la verdad y hacerme monje. No es de extrañar, por tanto, que a lo largo de este viaje haya dominado toda clase de monstruos.
- Dado que eres un guerrero celestial que ahora vive en la tierra - comentó el rey -, debes de dominar a la perfección las técnicas de la transformación mágica. ¿No es así?
- No es que quiera dármelas de grande - respondió Ba-Chie -, pero es cierto cuanto acabáis de decir. Conozco, en efecto, unos cuantos truquitos.
- ¿Por qué no te transformas en algo para que pueda verlo? - sugirió el rey.
- Elegid vos mismo lo que deseéis - contestó, una vez más, Ba-Chie.
- En ese caso - concluyó el rey, complacido -, transfórmate en algo realmente grande.
Ba-Chie conocía treinta y seis formas de metamorfosis, por lo que no le costó mucho satisfacer a su anfitrión. Se puso enfrente de los escalones, hizo un gesto mágico con los dedos y, tras recitar el oportuno conjuro, gritó:
- ¡Crece!
El pecho se le estiró de una forma increíble y en un abrir y cerrar de ojos alcanzó una altura de ochenta a noventa pies, como si fuera un dios encargado de otear el horizonte. Al ver semejante prodigio las dos filas de funcionarios, tanto civiles como militares, se pusieron a temblar de miedo, mientras el rey castañeteaba los dientes de espanto. Uno de los generales encargados de la guardia del palacio se las arregló, sin embargo, para armarse de valor y preguntar con voz insegura:
- ¿Podéis crecer más? ¿Tiene algún límite vuestra capacidad?
- Eso depende del viento - comentó el Idiota, sin poder resistir su ansias de lucimiento -. Puedo aumentar de tamaño tanto como quiera, si soplan los aires del este o del oeste. Pero, si se levanta el viento del sur, mis poderes se disparan y soy capaz de hacer con la cabeza un agujero grandísimo en el cielo.
- ¡Basta, basta! - exclamó el rey, horrorizado -. Ya veo que para ti las metamorfosis no encierran el menor secreto. Adopta tu tamaño normal, por favor.
Ba  Chie  así  lo  hizo,  permaneciendo  orgulloso  de  pie  frente  a  la  escalinata.  Más aliviado,  el  rey  se  atrevió  a  preguntarle: 
-  ¿Qué  clase  de  armas  vas  a  usar  para enfrentarte a ese monstruo?
- Lo único que preciso es esto - contestó Ba-Chie, enseñándole el tridente.
- ¿Sólo eso? - volvió a exclamar el rey, un tanto burlón -. Aquí tenemos látigos, mazas, cimitarras, lanzas, hachas de guerra, espadas y toda la clase de ingenios para la lucha. Nuestro arsenal es muy amplio y puedes servirte de él a tu antojo. ¿Cómo es posible que consideres ese tridente como un arma?
- Se ve que desconocéis sus poderes - respondió Ba-Chie -. Aunque parece tosco, me he servido de él en más de mil batallas. Cuando estaba al mando de los ochenta mil marineros que componían la fuerza naval del Río Celeste, me valía exclusivamente de su acero para imponer la disciplina. Posteriormente, habitante ya de este mundo mortal, lo puse al servicio de mi maestro, allanando con él guaridas de tigres y lobos de montaña y arrasando con su fuerza moradas de dragones y serpientes.
- El rey se sintió muy satisfecho de cuanto oía y no quiso seguir importunando a guerrero tan indomable. Se volvió hacia las damas de la corte y les ordenó:
- Sacad algo de ese vino especial que guardo en mis bodegas. Traed una botella entera para que pueda brindar, como se merece, a la salud de este héroe.
En cuanto las damas hubieron cumplido su encargo, llenó él mismo una copa y dijo, ofreciéndosela a Ba-Chie:
- Este brindis, respetable maestro, es por el éxito de la empresa que estáis a punto de emprender. Cuando hayáis capturado al monstruo y puesto en libertad a mi hija, os ofreceré un opíparo banquete y no menos de mil piezas de oro. Mi agradecimiento será tal que hasta los dioses desearán encontrarse en vuestro lugar.
El Idiota tomó en seguida en sus manos la copa que se le ofrecía. Aunque era rudo y maleducado, sabía ser cortés cuando se lo proponía e, inclinándose ante Tripitaka, dijo:
-  A  vos  os  compete,  maestro,  probar  primero  este  vino.  Sin  embargo,  no  puedo rechazar, así como así, el ofrecimiento del rey. Permitidme, por tanto, que beba antes que vos esta copa. No dudo que el vino me ayudará a capturar más fácilmente al monstruo.
El Idiota vació la copa de un trago, para volverla a llenar al instante y ofrecérsela respetuosamente a Tripitaka. Pero éste la rechazó diciendo:
- Sabes bien que yo no bebo. ¿Por qué no se la ofreces a tu hermano?
El Bonzo Sha aceptó, complacido, la copa. No había acabado de tomarla, cuando a los pies del Idiota se formó una especie de alfombra de nubes, que le catapultaron hacia lo alto. Asombrado, el rey exclamó:
- ¡Cuántos poderes posee el sabio Chu! ¡Hasta por las nubes es capaz de andar!
El Bonzo Sha no le prestó ninguna atención. En cuanto hubo vaciado la copa de un solo trago, se volvió hacia su maestro y le dijo:
- Mientras os hallabais en poder del Demonio de la Túnica Amarilla, Ba-Chie y yo fuimos incapaces de dominarle, aunque éramos dos contra uno. Me temo que, si ahora nuestro hermano se enfrenta solo a él, va a terminar siendo aplastado como una flor diminuta frente a una manada de caballos.
- Tienes razón - admitió Tripitaka -. Lo mejor que puedes hacer es ir detrás de él y tratar de prestarle toda la ayuda que puedas.
El Bonzo Sha no lo pensó dos veces. De un salto se elevó hacia lo alto, desapareciendo al poco rato entre las nubes. El rey se sintió tan sobrecogido que, agarrando al monje Tang de la túnica, le suplicó, diciendo:
- Sentaos, por favor, un momento y no tratéis también vos de caminar por las nubes.
- ¿Caminar yo por las nubes? - repitió el monje Tang -. ¡Ojalá pudiera hacerlo! Os aseguro que soy incapaz de dar un solo paso por ahí arriba.
El Bonzo Sha no tardó en alcanzar a Ba-Chie. Cuando se encontró a su altura, le saludó con la mano y le dijo:
- Aquí me tienes otra vez.
- ¿Por qué me has seguido? - le preguntó Ba-Chie.
- El maestro me ha pedido que te preste toda la ayuda que pueda - explicó el Bonzo Sha.
- No esperaba de él otra reacción - contestó Ba-Chie, complacido -. Bienvenido a mi bando. No me cabe la menor duda de que, si unimos nuestras fuerzas, el monstruo no tendrá absolutamente nada hacer. En cuanto le hayamos capturado, nuestra fama se extenderá como el humo por todo el reino y hasta el mismísimo rey se inclinará ante nosotros.
Hablando  de  sus  sueños,  no  tardaron  en  abandonar  los  dominios  del  padre  de  la princesa cautiva. Iban dejando una estela de luz, mientras volaban por el cielo. Su obsesión era llegar cuanto antes a la caverna de la montaña y capturar a la bestia que la habitaba, dando, así, cumplimiento a los deseos reales. No tardaron, en efecto, en llegar a la boca de la cueva. Saltaron inmediatamente de las nubes y, levantando el tridente, Ba-Chie lo dejó caer con tal fuerza sobre la puerta de piedra que hizo en ella un agujero del tamaño de un barril. Desconcertados, los demonios encargados de su vigilancia corrieron a informar a su señor, diciendo:
- ¡Qué terrible desgracia, Gran Rey! Acaban de volver el monje del hocico largo y las orejas grandes y el bonzo de aspecto tétrico. Están tan furiosos que, de un golpe, han hecho añicos la puerta.
- Por fuerza tienen que ser Chu Ba-Chie y el Bonzo Sha – exclamó, sorprendido, el monstruo -. No comprendo cómo se han atrevido a volver en busca de camorra, después de haber dejado en libertad a su maestro.
- A lo mejor se han olvidado de algo y han vuelto a por ello - dijeron, temblando, algunos de los diablillos.
- ¡Tonterías! - volvió a exclamar el monstruo -. El que se olvida de algo no regresa haciendo añicos las puertas. Tiene que existir alguna otra razón.
A pesar de no dar con ella, se puso la armadura a toda prisa, agarró la cimitarra y, saliendo fuera de la cueva, gritó:
- ¿Queréis explicarme por qué habéis vuelto a destrozar la puerta de mi morada? ¿Acaso no le he perdonado la vida a vuestro maestro?
- Por supuesto que sí - admitió Ba-Chie -. Sin embargo, has hecho algo peor que eso.
- ¿Se puede saber qué? - inquirió el monstruo.
- Raptar a la tercera princesa del Reino del Elefante Sagrado y forzarla a convertirse en tu esposa - contestó Ba-Chie -. Han pasado trece años desde entonces y pensamos que ha llegado ya el momento de que la dejes en libertad. De hecho, si estamos aquí ahora, es por orden expresa del rey, que nos ha encargado que te capturemos y te conduzcamos ante él. Así que ríndete y déjate apresar. Si lo haces, nos evitarás a todos molestias innecesarias.
El monstruo se puso furioso, al oír tales razones. Se sentía tan humillado que los dientes le rechinaban y los ojos le daban vueltas en sus órbitas, como si fueran a abandonarlas de un momento a otro. Levantó la cimitarra por encima de la cabeza y la dejó caer con fuerza sobre Ba-Chie. Afortunadamente, éste se hizo a un lado y el golpe se perdió en el vacío. El Bonzo Sha no tardó en sumarse a la lucha, blandiendo a izquierda y derecha su pesado báculo. El combate tuvo lugar en la cumbre misma de la montaña y fue totalmente distinto del que se había desarrollado horas antes. Los contendientes lanzaban sin cesar insultos, que avivaban el fuego del odio y hacían que la lucha fuera más encarnizada. Los golpes de la cimitarra iban dirigidos contra las cabezas de sus adversarios, mientras los del tridente buscaban sin cesar el rostro de su oponente. El báculo de Sha Wu-Ching era menos selectivo, por lo que el monstruo encontraba más difícil desviar su carga mortal. Ninguna de las dos partes cedía terreno, atacando y retrocediendo sin apenas moverse del sitio. No podía ser de otra forma el enfrentamiento entre un monstruo espiritual y dos monjes con pretensiones de dioses. Sin embargo, era en el terreno de los insultos donde más virulencia alcanzaba su furia:
- Mereces la muerte por haberte burlado de todo un reino - decía uno.
- Eso no es asunto tuyo y harías muy bien en no enfadarte por lo que de ninguna manera te atañe - replicaba el otro.
- Has violado a una princesa, condenándola a una existencia de oprobio y vergüenza - acusaba un tercero.
- ¡Eso a ti ni te va ni te viene! - se defendía, una vez más, el segundo -. Lo mejor que puedes hacer, por tanto, es no meterte donde no te llaman.
Tal intercambio de sinrazones había tenido su origen en el desafortunado envío de una carta. Por su culpa los monjes y el demonio habían visto rota la paz de su existencia. Ocho o nueve veces llevaban medidas sus fuerzas, cuando Ba-Chie comenzó a caer presa de la fatiga. Se sentía tan débil que apenas podía levantar el tridente. Las energías le iban abandonando a ojos vistas ¿Cómo explicar ese cambio? La verdad era que la vez anterior había logrado resistir sus embates, porque, sin él saberlo, había gozado de la ayuda de los dioses protectores del dharma, que no se apartaban ni un solo momento del monje Tang. Al estar prisionero en la caverna, habían apoyado con indecible tesón a sus discípulos, pero, ahora que se había quedado en el Reino del Elefante Sagrado, les habían retirado del todo su apoyo. Bien lo comprendió el Idiota, al ordenar al Bonzo Sha:
- Continúa luchando tú con él, mientras yo voy a hacer mis necesidades.
Sin preocuparse lo más mínimo del Bonzo Sha, se dejó caer desde lo alto, yendo a parar a un enmarañado grupo de zarzas. Las espinas se cebaron en su carne, llenándole la cara de arañazos y produciéndole profundas heridas. Pero no pareció importarle, porque se escondió entre ellas, negándose a reincorporarse a la lucha. Sólo dejó fuera media oreja para ver qué tal iba la batalla [4], una causa perdida ya totalmente.
Al ver, en efecto, que Ba-Chie abandonaba el campo, el monstruo descargó toda su furia sobre el Bonzo Sha, que ni siquiera tuvo tiempo de escapar. La bestia se apoderó de él en un abrir y cerrar de ojos, conduciéndole al interior de la caverna, donde fue atado de pies y manos por los regocijados diablillos que en ella moraban.
No sabemos de momento si su vida corrió o no algún peligro. Quien desee averiguarlo deberá, por tanto, prestar atención a las explicaciones que se ofrecen en el capítulo siguiente.

Free counter and web stats

Web Hosting

 Ф

[1]Alusión al poema «Canción triste junto al río» del poeta Du-Fu (712-770) de la dinastía Tang.

[2]La Academia Han-Lin era el centro de estudios literarios de la capital. Como tal, asesoraba a la corte en materia de letras, redactaba y corregía los documentos imperiales, seleccionaba el material histórico, explicaba al emperador el contenido de los clásicos y participaba activamente en las ceremonias oficiales.

[3]Puede sorprender que este monstruo se halle envuelto en un halo de luz propicia y viaje a lomos de un viento aromático, cuando lo corriente es justamente lo contrario. La razón estriba en sus orígenes celestes, como se apreciará en el capítulo 31.

[4]Los vigías se servían de unas piezas de madera llamadas «pang» para marcar el paso de las vigilias o como señales de alarma o notificación del final de una batalla. Eso explica que Ba-Chie mantuviera fuera una oreja, a pesar de su vergonzosa cobardía.