Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

Los monjes del monasterio de Kwang-Ing tratan de apoderarse del tesoro. Un monstruo roba la túnica en la Montaña del Viento Negro.


Tras espolear al caballo, no tardaron en llegar ante las puertas del edificio, que, en contra de lo que habían calculado, se trataba de un monasterio con torres y torreones. El silencio era absoluto. Encima de la puerta del templo podía verse una extraordinaria panoplia de nubes de mil colores, que parecían competir con las nieblas rojizas que giraban sin cesar alrededor del Salón de las Cinco Bendiciones. Todo el recinto estaba rodeado de bambúes y pinos, que, con su inalterable verdor, simbolizaban la firmeza de la virtud. En su interior podía verse un bosquecillo de cipreses y enebros, que hablaban de la belleza de lo puro con el lenguaje de sus débiles tonalidades. La armonía de la naturaleza no desdecía en nada de la torre de la campana, de la serenidad de la pagoda, de los monjes sumidos en callada meditación, ni del melifluo canto de los pájaros. Todo parecía pensado para un retiro absoluto, que es el auténtico, de la misma manera que la inactividad del Tao es la inactividad total. De aquel lugar afirmaba un poema:

El templo, como ocurre en Jetavana, está enclavado en un bosque dominado por el verdor del jade. La belleza de sus alrededores sobrepasa incluso a la de Sadvarsa. No podía esperarse menos de un lugar sagrado, en el que los monjes se dedican de continuo a la práctica de la perfección.

Asombrados ante tanta belleza, Tripitaka se bajó del caballo y el Peregrino dejó en el suelo todos los bultos. Cuando se disponían a trasponer la puerta, apareció un monje con un sombrero de paja y túnica llamativamente limpia. Llevaba en las orejas un par de dientes de latón, traía la cintura ceñida con una faja de seda y portaba en la mano un pez de  madera.  Sus  ademanes  eran  serenos  y  tranquilos,  como  el  movimiento  de  sus sandalias de paja, que parecían marcar el ritmo de las letanías que musitaba sin parar. No  cabía  la  menor  duda  de  que  se  trataba  de  un  humilde  buscador  de  sabiduría. Tripitaka le saludó juntando las manos y llevándoselas a la frente. El monje respondió de la misma manera y exclamó, sonriendo:
- Disculpadme, pero creo que no os he visto nunca. ¿Os importaría decirme de dónde venís? Entrad a tomar un poco de té.
- Procedemos de las Tierras del Este - contestó Tripitaka - y nos dirigimos hacia el Templo del Trueno en busca de las escrituras de Buda. Se está haciendo tarde y hemos pensado que, quizá, podáis permitirnos pasar la noche en vuestro templo.
- Contad con ello - replicó el monje -. Pasad y tomad asiento.
Tripitaka se volvió entonces hacia el Peregrino y le pidió que metiera el caballo. El monje no se había fijado en su cara hasta ese momento y exclamó, asustado:
- ¿Qué es eso que lleva de las riendas a vuestro caballo?
- Hablad más bajo - le sugirió Tripitaka -. Tiene un carácter muy irascible y, si os oye tratarle como una cosa, lo más seguro es que se ponga hecho una fiera. Ahí donde le veis, es mi discípulo.
- ¿Cómo habéis podido tomar un discípulo tan horripilante? - volvió a preguntar el monje, mordiéndose con nerviosismo las uñas.
- Ciertamente no es ninguna beldad - admitió Tripitaka -, pero es una de las personas más prácticas que he visto en mi vida.
Aunque temblando, al monje no le quedó más remedio que acompañar a Tripitaka y al Peregrino al interior del monasterio. En el dintel del edificio principal podía leerse en grandes caracteres: "Salón Zen de Kwang-Ing". Eso alegró sobremanera a Tripitaka, que dijo:
- Durante el viaje he recibido múltiples beneficios de la Bodhisattva, pero no he tenido oportunidad de agradecérselo como debiera. Es una suerte, por tanto, que haya venido a parar a un lugar como éste. Es como si me hubiera encontrado, de hecho, con la Bodhisattva en persona.
Al oír eso, el monje ordenó a uno de los sirvientes taoístas que abriera las puertas del recinto sagrado, para que Tripitaka rezara cuanto quisiera. El Peregrino ató el caballo, dejó el equipaje en el suelo y acompañó a su maestro al interior del templo. Cuando se hallaron ante la imagen dorada, Tripitaka se echó rostro en tierra y empezó a golpear el suelo con la frente, mientras el monje redoblaba el tambor y el Peregrino hacía sonar la campana. Tripitaka oró con fervor durante un largo rato. En cuanto hubo terminado, el monje dejó de tocar el tambor, pero el Peregrino continuó tañendo la campana, sin importarle que su maestro hubiera finalizado los rezos. A veces lo hacía a un ritmo llamativamente lento, para pasar a renglón seguido a otro sorprendentemente trepidante. Sin salir de su asombro, el monje le preguntó:
- ¿Por qué sigues tañendo la campana, cuando el oficio ha terminado hace ya bastante tiempo?
- ¿De verdad no lo sabes? - contestó el Peregrino -. Estoy obedeciendo el proverbio que dice: "Si eres monje de un día, toca la campana un día entero".
Para entonces todos los monjes del monasterio, sin importar la edad o el rango, estaban ya nerviosos por aquellos tañidos incontrolados y, abandonando al unísono sus aposentos, preguntaron, malhumorados:
- ¿Se puede saber quién es el loco que está castigando de esa forma la campana?
- ¡Vuestro abuelo Sun! - contestó el Peregrino, saliendo fuera del templo -. ¿Quién otro podía ser?
Al verle, todos los monjes sintieron tal pánico que se dejaron caer rostro en tierra y murmuraron, respetuosos:
- ¡Oh, venerable dios del trueno!
- Ese del que habláis es mi nieto - se burló el Peregrino -. Venga, venga. Levantaos y no tengáis miedo. Sólo somos dos monjes procedentes de la Gran Nación de los Tang. Los monjes no se atrevían a creerle, pero, en cuanto vieron a Tripitaka, hubieron de convencerse de que así era. El guardián del monasterio se destacó entonces de todos los demás y dijo:
- Tened  la  amabilidad  de  acompañarnos  a  la  parte  de  atrás,  para  que  podamos obsequiaros con té.
Tras desatar el caballo y coger el equipaje, se dirigieron al pabellón posterior del monasterio, donde tomaron asiento siguiendo un orden riguroso de dignidad. En cuanto hubieron concluido el té, el guardián del monasterio ordenó que les fueran servidos unos cuantos platos vegetarianos, aunque todavía era muy temprano para la hora de cena. Tripitaka le dio las gracias por tantas atenciones. Apenas había acabado de hacerlo, cuando apareció un monje de una edad tan avanzada que sólo podía caminar sostenido por otros más jóvenes. Llevaba puesto un sombrero Vairocana, coronado por un espléndido topacio, una túnica cubierta de bordados realizados con hilos de oro y plumas de martín pescador. Caminaba apoyándose en un bastón cubierto de piedras preciosas, que no desdecían en nada de la delicadeza de sus zapatos, en los que aparecían representados los Ocho Tesoros. Tenía la cara totalmente cubierta de arrugas, algunas tan profundas que le hacían parecer la Vieja Bruja de la Montaña Li. Sus ojos poseían una viveza tal que recordaban a los del Rey Dragón del Océano Oriental, aunque era claro que apenas podían ver ya. Su edad, como lo atestiguaban lo encorvado de su espalda y su absoluta carencia de dientes, era avanzada en extremo. Al verle aparecer, todos los monjes exclamaron con respeto:
- Acaba de llegar el patriarca.
- Venerable maestro - le saludó Tripitaka, inclinándose ante él.
El anciano le devolvió el gesto lo mejor que pudo y tomó asiento. Después dijo, volviéndose hacia sus invitados:
- En cuanto me he enterado de que acababan de llegar dos monjes procedentes de la corte de los Tang, me he apresurado para darles la bienvenida.
- Si hubiéramos sabido que íbamos a causaros tantas molestias - respondió Tripitaka -, no  habríamos  osado  poner  los  pies  en  vuestro  respetable  templo.  Os  ruego  nos disculpéis.
- ¡Por favor! - exclamó el monje anciano -. ¿Puedo preguntaros qué distancia hay entre la  Tierra  del  Este,  de  la  que,  según  tengo  entendido,  procedéis,  y  este  humilde santuario?
- Tras abandonar la ciudad de Chang-An - volvió a responder Tripitaka -, viajé aproximadamente dos mil kilómetros, alcanzando, así, la Montaña de las Dos Fronteras, donde me agencié el discípulo que ahora me acompaña. Continuamos después nuestro viaje por el reino Hamil de los bárbaros occidentales, llegando a cubrir en dos meses de camino otros dos mil quinientos o dos mil seiscientos kilómetros antes de alcanzar vuestra noble región.
- Eso quiere decir - concluyó el monje anciano - que habéis cubierto una distancia de, poco más o menos, cinco mil kilómetros. Puede decirse que yo jamás he hecho nada de tanto mérito en toda mi vida, pues nunca he llegado a trasponer la puerta de este monasterio. Me he limitado, como afirma el proverbio, a "sentarme en el interior de un pozo y a mirar desde allí el firmamento". No es extraño que ahora me haya convertido en un trozo de leña seca.
- ¿Cuántos años tenéis, si me permitís la curiosidad? – preguntó Tripitaka.
- Así, como quien no quiere la cosa - contestó el anciano -, he cumplido nada más y nada menos que doscientos setenta años.
- ¡Qué pocos! - exclamó el Peregrino -. Con esa edad podríais ser un descendiente mío de la diezmilésima generación.
- Ten cuidado con lo que dices - le amonestó Tripitaka -. No está bien ofender con insolencias a quien nos trata con respeto.
- Y vos - preguntó el monje anciano, dirigiéndose al Peregrino -, ¿cuántos años tenéis?
- No me atrevo a decíroslo - respondió el Peregrino.
El anciano pensó que se trataba de una baladronada y no le prestó más atención. En vez de seguir preguntando, prefirió tomar un poco de té y ordenó que le sirvieran un vaso. Al instante apareció un bonzo joven con una bandeja de jade tan blanco como la leche, sobre la que descansaban tres copas esmaltadas con el reborde de oro. Casi inmediatamente se presentó otro joven con una tetera de cobre y las fue llenando de un té aromático en extremo, de un color más fuerte que los capullos de camelia y más fragante que las flores de casia. Tripitaka, al ver semejante lujo, se deshizo en elogios, diciendo:
- ¡Qué maravilla! ¡Jamás había visto cosa más fina ni brebaje más aromático!
- Nada de esto merece vuestros elogios - replicó el monje anciano -. Como vos mismo habéis dicho, procedéis de la corte de una gran nación y estoy seguro de que habréis visto infinidad de tesoros realmente extraordinarios. Nuestras humildes posesiones no pueden ser dignas de vuestra respetable alabanza. Por cierto, ¿habéis traído con vos algo valioso que podáis enseñarnos?
- ¡Qué lástima! - exclamó Tripitaka, sacudiendo la cabeza -. En las Tierras del Este no poseo absolutamente nada de valor. Por otra parte, si lo hubiera tenido, tampoco podría haberlo traído en un viaje tan largo como éste.
- ¿Cómo que no? - replicó en seguida el Peregrino -. El otro día vi en vuestra bolsa una espléndida túnica, que no tiene que envidiar en nada al mejor de los tesoros. ¿Por qué no se la enseñáis a nuestro anfitrión?
Al oírlo, los otros monjes soltaron la carcajada y el Peregrino se enfrentó con ellos, diciendo, malhumorado:
- ¿Se puede saber de qué os reís?
- No podéis negar - contestó el guardián - que es gracioso comparar una túnica con un tesoro. Además, personas como nosotros tenemos veinte o treinta vestimentas como las que tú acabas de mencionar. Nuestro patriarca, sin ir más lejos, posee alrededor de setecientas, cosa nada rara teniendo en cuenta que ha sido monje durante más de doscientos cincuenta años - se volvió después hacia el anciano y le sugirió -: ¿Os importaría sacarlas para que las vean nuestros ilustres huéspedes?
Complacido, el anciano pidió a sus hermanos taoístas que abrieran los almacenes y sacaran los arcones. Así lo hicieron ellos, escogiendo doce y llevándolos directamente a uno de los patios. Los monjes abrieron los candados y empezaron a sacar ropas. Eran tantas que, para colgarlas, hubieron de tensarse cuerdas alrededor de todo el recinto. Querían que Tripitaka las viera bien y no se ahorraron esfuerzos. Los bordados eran, en verdad, magníficos. El Peregrino los fue examinando detenidamente uno por uno. Comprobó, de esta forma, que la seda era de primera calidad y que en los bordados no se había escatimado oro, pero, a pesar de ello, soltó la carcajada y exclamó, despectivo:
- ¡Muy bien, muy bien! ¡Ya están vistos todos! Podéis guardarlos, si queréis. Ahora nos toca a nosotros enseñaros lo nuestro.
- Por favor - le suplicó Tripitaka en voz baja, llevándole aparte -. No está bien competir con la riqueza de los demás. Tú y yo, por otra parte, no somos más que dos viajeros que se  hallan  a  mucha  distancia  de  su  hogar.  Es  posible,  por  tanto,  que  lo  que  estás sugiriendo sea algo que después tengamos que lamentar.
- ¿Qué vamos a tener que lamentar? - protestó el Peregrino -. Mirad vuestra túnica. No hay otra igual bajo las estrellas.
- Considéralo bajo otro punto de vista - insistió Tripitaka -. Los antiguos decían, y con mucha razón, por cierto, que "las cosas valiosas nunca deben ser mostradas a una persona avara, porque, en cuanto las vea, sufrirá la tentación de hacerse con ellas y, una vez tentada, cavilará la manera de poseerlas". En casos como éste conviene mostrarnos prudente, de lo contrario, lo más seguro es que uno pierda la vida, y eso es algo a lo que nadie debe exponerse jamás.
- Os estáis preocupando sin motivo alguno - trató de tranquilizarle el Peregrino -. Yo cargo con toda la responsabilidad - y cerró, de esta forma, la discusión.
Se lanzó sobre el equipaje y lo desató con increíble facilidad. Al instante se vio un resplandor   que   recordaba   los   primeros   rayos   del   sol   naciente.   Desenvolvió   a continuación la túnica y la sacudió delicadamente para quitarle las arrugas producidas por los dobleces. Una luz rojiza se abatió entonces sobre el patio, mientras todo el monasterio  parecía  sumirse  en  una  atmósfera  celeste.  Los  monjes  sintieron  tal admiración que sus labios eran incapaces de expresar lo que experimentaban sus corazones. La túnica era magnífica, en verdad. Las perlas que la adornaban, únicas en su especie, sólo podían proceder del mismo tesoro de Buda. La seda de la que estaba hecha era de primerísima calidad, lo mismo que el oro con el que habían sido realizados todos sus bordados. Lo más asombroso, sin embargo, eran los extraordinarios poderes de los que estaba dotada. Quien la vistiera era capaz de matar fantasmas y de arrojar a los demonios al infierno, como si fueran piedras en un estanque. No en balde había sido confeccionada por dioses para regalo de personas virtuosas y justas.
Cuando el monje anciano vio tanta perfección, quiso hacerla suya al instante y, arrodillándose ante Tripitaka, dijo con fingido abatimiento:
- ¡Qué mala suerte la mía, maestro!
- ¿Por qué decís eso? - preguntó Tripitaka, ayudándole a levantarse.
- Porque mis ojos son ya muy débiles y apenas pueden ver - contestó el monje anciano al borde de las lágrimas -. No me iréis a decir que eso no es mala suerte. Si fuera de día o hubiera un poco más de luz...
- Eso tiene fácil arreglo - replicó Tripitaka -. Que traigan unos cuantos hachones y así podréis apreciar mejor los detalles.
- Me temo que ésa tampoco será una solución aceptable - comentó el monje anciano -. Vuestra túnica está tan plagada de piedras preciosas que la luz de las antorchas se reflejará en ellas y no podré soportar tanta luminosidad. Haga lo que haga, nunca me será dado gozar de su belleza.
- ¿Es que no hay manera de que apreciéis la perfección de su hechura? - volvió a preguntar Tripitaka, conmovido.
- Sí, pero no me atrevo a sugerírosla - respondió el monje anciano, para añadir inmediatamente -: Si me permitierais llevarla a mis aposentos, podría pasarme la noche estudiándola con detenimiento Os la devolvería mañana, antes de que continuarais vuestro viaje hacia el Oeste. ¿Qué os parece?
Sin saber qué hacer, Tripitaka se volvió hacia el Peregrino y le regañó en voz baja, diciendo:
- ¡Todo esto es culpa tuya!
- ¿A qué tenéis miedo? - replicó el Peregrino -. Permitidme envolverla y prestársela al anciano. Ya me encargaré yo de llamarle al orden, si algo sale mal. No os preocupéis. Poco podía hacer Tripitaka, salvo entregársela al anciano.
- Está bien - concluyó bien a su pesar -. Os la presto. Pero debéis devolvérmela mañana por la mañana tal y como ahora os la confío. Por lo que más queráis, procurad que no sufra el menor desperfecto.
El monje anciano sonrió, complacido, y ordenó a uno de los bonzos que la llevara a sus aposentos.  Pidió  a  continuación  a  varios  monjes  que  barrieran  la  gran  sala  del monasterio y dejó encargado que al día siguiente, muy temprano, estuviera dispuesto el desayuno de los huéspedes, para que pudieran seguir el viaje cuando les apeteciera. Sin más, se retiraron todos a descansar.
El  anciano  volvió  a  la  parte  de  atrás  del  monasterio,  colocó  la  túnica  bajo  unas antorchas y, sentándose frente a ella, comenzó a llorar a voz en grito. El guardián, pensando que le ocurría algo, no se atrevió a tumbarse en el lecho. Uno de los bonzos jóvenes, por su parte, corrió, emocionado, a informar a los otros monjes.
- Nuestro venerable patriarca - dijo - no ha dejado de llorar desde que nos acostamos. Ya veis. Acaban de dar la segunda vigilia y todavía sigue sumido en llanto.
Dos de los discípulos preferidos del anciano se llegaron hasta él y le preguntaron con sumo respeto:
- ¿Se puede saber por qué no habéis parado de llorar en toda la noche?
- Porque no puedo mirar el tesoro del monje Tang - contestó el -. Sólo por eso.
- Nuestro respetable patriarca está empezando a desvariar - contó, apenado, uno de ellos. Se volvió después hacia su maestro y añadió -: No es necesario que lloréis de esa forma. ¿Acaso no tenéis la túnica ante vos? Todo lo que debéis hacer, pues, es sacarla de su envoltorio y mirarla cuanto deseéis.
- Sí, pero no podré hacerlo todo el tiempo que quiera - replicó el anciano -. No necesito recordaros que tengo ya doscientos setenta años. ¿De qué me ha servido coleccionar todas las túnicas que poseo, si ninguna supera en belleza a la del monje Tang? ¿Es que tendré que convertirme en él para adueñarme de semejante maravilla?
- No sabéis lo que decís - le regañaron los discípulos -. Tripitaka es un monje mendicante, que se pasa la vida yendo de un lugar a otro. Deberíais conformaros con vuestra suerte y gozar cuanto podáis de la paz de vuestros últimos años. ¿Para qué lanzaros, sin más, a las incomodidades del camino?
- No puedo negar que me sería imposible encontrar en otra parte la vida relajada que aquí llevo - admitió el anciano -. Pero ansío tanto llegar a poseer esa túnica que, si no lo logro, me parecerá que mi paso por este Mundo de la Luz no habrá tenido sentido alguno.
- ¡Tonterías! - exclamó uno de los discípulos -. Si lo que deseáis es vestir esa prenda, pediremos a nuestros huéspedes que se queden un día más y podréis ver satisfecho vuestro deseo. De todas formas, si no os parece suficiente, les haremos permanecer a nuestro lado durante un par de semanas y vos luciréis esa maravilla todo el tiempo que deseéis. Creo que no podemos hallar una solución más aceptable. Ahora, por lo que más queráis, dejad de llorar de una vez.
- Si les obligamos a quedarse aquí durante un año - replicó el anciano, apenado -, sólo podré disfrutar de esa belleza doce meses, un tiempo ciertamente ridículo. Además, en cuanto quieran marcharse, tendré que devolvérsela sin rechistar y todos nuestros esfuerzos habrán sido inútiles. ¿Qué podríamos hacer para alargar indefinidamente el tiempo del préstamo?
- Nada hay más fácil que eso - sentenció un monje llamado Sabiduría Perfecta.
¿Quieres explicarnos ese plan que acaba de ocurrírsete? - le pidieron los otros monjes, esperanzados.
- El monje Tang y su discípulo - respondió Sabiduría Perfecta bajando conspiratoriamente el tono de voz - han gastado no pocas energías a lo largo de su viaje. De hecho, ahora están durmiendo a pierna suelta en el gran salón. No nos será difícil, por tanto, acabar con ellos. Para más seguridad, podemos encargar el trabajo a los más fuertes de entre nosotros. Todos sellaremos después un pacto de silencio, de tal forma que nadie fuera de nuestro grupo sabrá jamás que están enterrados en el patio de atrás. Para mayor seguridad nos desharemos también del caballo y del equipaje. Por lo que respecta a la túnica, la guardaremos como si de una reliquia se tratara. ¿No os parece que este plan soluciona el problema de una forma definitiva?
- ¡Es perfecto! - exclamó el monje anciano, secándose, esperanzado, las lágrimas -. ¡La obra de un auténtico genio! - y al instante pidió que fueran a por las lanzas y los cuchillos.
- A pesar de lo que digáis, a mí no me parece un plan tan bueno - afirmó otro monje, llamado Grandes Designios, que era condiscípulo de Sabiduría Perfecta -. Si queréis deshaceros de ellos, es preciso analizar la situación con más detenimiento. Pienso que no será nada difícil acabar con el de la piel más clara, pero tengo mis reservas con respecto a su discípulo. Si, por un motivo u otro, no logramos darle muerte de un solo tajo, lo más seguro es que seamos nosotros los que terminemos en la fosa. Yo he ideado un plan en el que no será necesario el uso de espadas y lanzas.
- ¿Quieres explicarnos de qué se trata? - le pidió el monje anciano.
- Por supuesto que sí - contestó Grandes Designios -. Convocaremos a todos los monjes y les diremos que es conveniente, por el bien de toda la comunidad, purificar el ala este del monasterio. Consecuentemente, cada cual habrá de aportar un haz de leña, que servirá para prender fuego al salón Zen. Previamente habrán sido selladas todas sus puertas y ventanas y, de esta forma, arderá hasta el caballo. Quien no esté al tanto de nuestro propósito pensará que habrá sido un accidente y nosotros continuaremos con las manos totalmente limpias - ¿Qué más da que caiga alguno de nuestros hermanos? Lo importante es hacerse con la túnica. ¿No os parece?
- ¡Este plan es mucho mejor que el otro! - exclamaron, a coro, los demás monjes -. ¡Es prácticamente imposible superarlo! - e inmediatamente partieron en busca de la leña.
¡Qué irresponsabilidad la de aquellos hombres! Su pérfido plan provocó la muerte de un monje venerable y la total destrucción del Templo Zen de Kwang-Ing. El monasterio poseía un total de setenta apodos, en los que vivían alrededor de doscientos monjes. Muchos de se apresuraron a ir en busca de leña, que fueron amontonando alrededor del salón Zen, hasta que no hubo lugar para un solo haz más.
Ajenos al plan irracional de los monjes, Tripitaka y su discípulo descansaban tranquilamente en el interior. El Peregrino, sin embargo, era un mono entregado por completo a las prácticas espirituales y, aunque parecía estar profundamente dormido, se encontraba, en realidad, realizando ejercicios de respiración. Se percató en seguida del incansable trasiego de los monjes y del ruido que éstos hacían al partir la madera.
- ¡Qué raro! - se dijo, abandonando al punto su meditación -. Es su hora de descansar y, sin embargo, ahí fuera hay un increíble trasiego de gente. ¿Serán ladrones que planean algo contra nuestras personas?
De un salto abandonó el lecho y se dirigió hacia la ventana. Pero cayó en la cuenta de que podía despertar a su maestro y, de una sacudida, se convirtió en una abeja. Era tan idéntica a las reales que poseía una boca llena de dulzor, un aguijón cargado de veneno, una cintura mínima y un cuerpo llamativamente ligero. Era capaz de moverse entre las flores y los sauces a la velocidad de una flecha, buscando el preciado tesoro del polen. A pesar de lo débil de su cuerpo, podía transportar una gran cantidad de esencia de flores. No en balde sus alas conocían el secreto de la navegación sobre el viento.
Wu-Kung se elevó hacia el techo y se abrió camino entre las vigas para ver lo que pasaba. Para su asombro, descubrió que los monjes estaban amontonando heno y leña alrededor del salón en el que ellos se encontraban descansando, con el fin de prenderle fuego.
- ¡Así que se ha hecho realidad lo que temía mi maestro! - volvió a decirse con amargura -. Quieren acabar con nosotros para hacerse con la túnica. No cabe la menor duda al respecto. Debería sacar la barra y terminar con todos ellos en menos que canta un gallo. Pero, si lo hago, mi maestro se pondrá furioso conmigo y me acusará de haber cedido a tentación de la violencia. No, no. Es mejor que esta vez actúe con un poco más de astucia. Lo importante, de todas formas, es que a éstos les salga el tiro por la culata y tengan que marcharse a otro sitio.
De  un salto se llegó hasta la Puerta Sur de los Cielos. Los guardianes Pang, Liu, Kou y Pi se sintieron tan desconcertados ante tan inesperada aparición que se echaron rostro en tierra y los ilustres Ma Chao, Wen y Kwan inclinaron respetuosamente la cabeza.
- ¡El cielo nos proteja! - pensaron, atemorizados, para sus adentros -. ¡Otra vez está aquí el tipo que sembró de confusión el reino de lo alto!
- No es necesario que os mostréis tan ceremoniosos conmigo - dijo por su parte, el Peregrino -. Sólo he venido a ver a Virupaksa, el Devaraja de los Ojos Anchos. Así que no tengáis miedo.
No había terminado de decirlo, cuando se presentó el mismo Devaraja en persona y exclamó, tras saludar al Peregrino:
- ¡Cuánto tiempo hacía que no nos veíamos! Por cierto, no hace mucho oí comentar que la Bodhisattva Kwang-Ing había solicitado al Emperador de Jade que los Cuatro Centinelas, los Seis Dioses de la Luz y de las Tinieblas, y los Doce Guardianes pudieran encargarse de la protección del monje Tang, mientras iba al Paraíso Occidental en busca de las escrituras. Además, ella misma me dijo que os había tomado como discípulo. ¿Cómo os encontráis hoy aquí? ¿Es que vuestro maestro os ha dado vacaciones?
- Nada de eso - respondió el Peregrino -. El monje Tang se ha topado con unos malvados,  que  están  a  punto  de  quemarle  vivo.  Precisamente  he  venido  a  pedirte prestada tu manta contra el fuego. Así que, si no te importa, dámela cuanto antes. Prometo devolvértela cuando haya terminado todo.
- Estás equivocado - comentó el Devaraja -. Si esos malvados quieren quemar a tu maestro, deberías ir en busca de agua, en vez de venir aquí. ¿Para qué quieres una manta contra el fuego?
- No has captado mi idea - contestó el Peregrino -. Con agua podría, ciertamente, solucionarlo todo, pero eso beneficiaría a nuestros enemigos. Si quiero la manta es para que sólo el monje Tang resulte ileso. Los demás me traen absolutamente sin cuidado. Por mí, que se quemen todos. Vamos, date prisa. Si me demoro un poco más, será demasiado tarde.
- Seguro que no estás planeando nada bueno - replicó el Devaraja, soltando la carcajada
-. Es la primera vez, de hecho, que te veo preocuparte de los demás.
- Déjate de tonterías y date prisa - le urgió el Peregrino -. De lo contrario, echarás abajo todo mi plan.
El Devaraja no se atrevió a negárselo y le entregó la manta. El Peregrino descendió con ella a toda velocidad, entró en el salón Zen y cubrió al monje, el caballo y el equipaje. Después voló al tejado del aposento del monje anciano para proteger la túnica. Cuando vio que los otros bonzos prendían fuego a los haces de leña, hizo un signo mágico, cruzando los dedos, y recitó el oportuno conjuro. Se volvió a continuación hacia el suroeste y, llenando cuanto pudo el pecho de aire, sopló con todas sus fuerzas. Al punto se levantó un fortísimo viento que convirtió la hoguera en un fuego incontrolable. Las llamas se elevaron majestuosas, mientras el humo, negro y denso, borraba las estrellas del manto de la noche. El incendio adquirió tales proporciones que era visible a varios centenares de kilómetros. Al principio las lenguas de fuego parecían diminutas culebrillas de oro, pero pronto se transformaron en caballos henchidos de sangre. Las Tres Fuerzas y el Dios del Fuego desplegaron toda su irresistible potencia. Ni el mismísimo Sui-Ren [1] pudo sospechar jamás que su extraordinario hallazgo pudiera llegar a alcanzar un día tales proporciones. Las llamas eran tan intensas que parecían provenir del horno de Lao-Tse. Nadie podía detener la ira del fuego, acrecentada por los perversos designios de quienes lo originaron. El viento lo expandió en todas las direcciones, llegando a alcanzar una altura de ocho mil pies. Las cenizas ascendieron hasta el Noveno Cielo, como si fueran petardos de las celebraciones de año nuevo. Los chasquidos de cuanto iba devorando el fuego recordaban el rugido de los cañones en el campo de batalla. Incluso la imagen de Buda cayó presa de las llamas; los Guardianes del Templo fueron, igualmente, incapaces de encontrar un lugar en el que esconderse. Tal destructor y voraz incendio recordaba al que se produjo durante la Campaña del Acantilado Rojo [2], y superó con mucho al que terminó con el magnífico palacio de O-Pang [3].
Con razón afirma el dicho que "una pequeña chispa es capaz de destruir diez mil hectáreas de tierra". En un abrir y cerrar de ojos, el fuerte viento avivó de tal forma las llamas que el Templo de Kwang-Ing parecía una gema roja. Aterrorizados, los monjes empezaron a sacar armarios, baúles, mesas y utensilios de cocina. Los gritos de angustia llenaron en seguida todo el patio. El Peregrino observaba los esfuerzos, totalmente inútiles, de los bonzos por salvar lo que podían. A excepción del salón Zen, lo demás se había convertido en una hoguera gigantesca, que iluminaba el cielo y teñía todo el entorno de una horripilante tonalidad dorada. No es extraño que atrajera la atención de un monstruo de la montaña.
A siete kilómetros aproximadamente al sur del Templo de Kwanq-Ing se elevaba la Montaña del Viento Negro, donde se hallaba enclavada la caverna del mismo nombre. Al darse una vuelta en el lecho el monstruo que la habitaba, vio que entraba por las ventanas un extraño resplandor. Al principio pensó que había amanecido, pero, después de levantarse, comprobó que tan desconcertante claridad provenía de un incendio en el norte.
- ¡Santo cielo! - se dijo, alarmado -. Debe de haberse desatado un fuego en el Templo de Kwang-Ing. ¡Qué poco cuidado tienen esos monjes! Creo que lo mejor es que vaya a ver si puedo echarles una mano.
Montó en su nube y se dirigió inmediatamente al lugar del que parecía provenir el humo. Horrorizado, descubrió que el fuego estaba a punto de destruir el monasterio. En seguida se dispuso a ir en busca de agua, pero para su asombro constató que el pabellón de la parte posterior permanecía totalmente intacto. Además, encima del tejado había alguien azuzando las llamas. Se acercó a mirar con más detenimiento y vio que encima de una mesa de los aposentos del monje anciano había una túnica que emitía una luz multicolor, a pesar de estar envuelta en una manta azul. La desenvolvió con cuidado y descubrió  que  se  trataba  de  una  vestimenta  de  seda  profusamente  adornada  con bordados. No le cupo la menor duda de que ante sí tenía un valiosísimo tesoro budista. Comprendiendo la realidad de lo ocurrido - ¡con cuánta facilidad corrompe la riqueza la mente del hombre! -, no hizo el menor intento por apagar el fuego o ir en busca de agua. Agarró la túnica y, aprovechando la confusión reinante, volvió a montarse en la nube y regresó, sin ser visto, a la caverna de la montaña.
El fuego duró hasta la quinta vigilia. Sin dejar de llorar ni de ulular como lobos, comenzaron a hurgar entre las cenizas, tratando desesperadamente de salvar de la ruina algo valioso. Algunos intentaron erigir un abrigo temporal entre los muros que aún quedaban  en  pie,  mientras  otros  improvisaban  fogones  abiertos  para  poder  cocinar arroz. Raro era el que no se deshacía en llanto por lo ocurrido.
El Peregrino, mientras tanto, cogió la manta contra el fuego y de salto se presentó ante la Puerta Sur del Cielo. Sin ninguna ceremonia se la devolvió al Devaraja de los Ojos Anchos, diciendo simplemente:
- Gracias por habérmela prestado.
- Veo que sois más honrado de lo que en un principio pensé - contestó el Devaraja -. He de reconocer que me tenía preocupado la posibilidad de que no me devolvierais tan preciado tesoro. Me alegro de que hayáis cumplido vuestra palabra.
- Yo no acostumbro a robar - se defendió el Peregrino -. Además, como dice el proverbio, "quien devuelve lo prestado, tiene la posibilidad de volver a pedirlo de nuevo".
- Hacía mucho tiempo que no os veía y quisiera invitaros a pasar una temporada en mi palacio - dijo el Devaraja -. ¿Qué os parece la idea?
- No, no - respondió el Peregrino -. Si lo hiciera, volvería a las andadas, perdiendo el tiempo en charlas que no conducen a nada. Tengo, además, la obligación de proteger al monje Tang y no dispongo de tiempo libre. Para otra vez será.
Tras despedirse del Devaraja, montó en la nube e inició el camino de vuelta. Llegó al salón Zen cuando el sol apuntaba ya por el horizonte. Sacudió el cuerpo y se transformó nuevamente en una abeja. Eso le permitió meterse en el edificio sin ser notado. Cuando se halló en el interior, volvió a tomar su forma habitual, comprobando que su maestro estaba todavía dormido. Se llegó hasta él y le urgió:
- Levantaos. ¿No veis que ya es de día?
Tripitaka abrió los ojos y, dándose la vuelta, dijo:
- Tienes razón.
Después de vestirse a toda prisa, abrió la puerta y salió al aire libre. A su alrededor reinaba la desolación más absoluta. Sólo quedaban en pie algunas paredes aisladas; los torreones y el resto de las construcciones habían desaparecido del todo. Sorprendido ante tan desoladora visión, dio un salto y exclamó, aterrado:
- ¿Qué ha sucedido? ¿Cómo es que todo se ha venido abajo y sólo quedan muros ennegrecidos?
- No penséis que estáis soñando - le aconsejó el Peregrino -. Si todo se encuentra en tan lamentable estado, es porque anoche se declaró un incendio.
- ¿Cómo es posible que yo ni siquiera me haya enterado? - preguntó Tripitaka -. Es raro, por otra parte, que no haya sufrido el menor daño.
- Eso es porque yo me encargué de la protección del salón Zen - explicó el Peregrino -. Vi que dormíais profundamente y no me atreví a molestaros.
- Si tenías poder para proteger este salón - replicó Tripitaka - - ¿por qué no apagaste el fuego de los otros edificios?
- Para que descubrierais la verdad, que vos mismo predijisteis anoche - respondió el Peregrino -. Se encapricharon de vuestra túnica y planearon quitaros de en medio, valiéndose de un incendio. Si no hubiera permanecido alerta, ahora estaríamos los dos reducidos a cenizas.
- ¿Estás seguro de que fueron ellos los que provocaron el fuego? - inquirió Tripitaka, alarmado.
- ¿Quién otro podría haberlo hecho? - replicó el Peregrino.
- ¿No será que lo hiciste tú, para vengarte de lo mal que te trataron anoche? - insistió
Tripitaka.
- Yo no soy de los que se dedican a hacer atrocidades como ésta - se defendió el Peregrino -. Debéis aceptar de una vez que fueron ellos los que provocaron esta catástrofe. Cuando vi la malicia con la que obraban, desistí de ayudarles a apagar el fuego. Es más, lo avivé provocando un poco de viento.
- ¡Santo cielo! - exclamó Tripitaka, horrorizado -. Lo primero que hay que hacer, cuando se inicia un incendio, es ir en busca de agua. ¿Cómo se te ocurrió provocar viento?
- Por fuerza tenéis que haber oído lo que decían los antiguos - contestó el Peregrino -: "Si el hombre no hace ningún daño al tigre, el tigre tampoco se lo hará a él". Si ellos no hubieran jugado con fuego, tampoco lo habría hecho yo con el viento.
- ¿Dónde está la túnica? - exclamó Tripitaka, de pronto -. ¿Se ha quemado también?
- En absoluto - respondió el Peregrino -. No ha sufrido el menor daño. Yo mismo me encargué de que el fuego no llegara a los aposentos del monje anciano. Como sabéis, se encontraba allí.
- Más vale que sea así - replicó Tripitaka, cediendo al resentimiento -. Si ha sufrido algún daño, te aseguro que voy a recitar lo que tú bien sabes y no voy a parar hasta que hayas muerto.
- ¡No lo hagáis, por favor! - suplicó el Peregrino, preocupado -. Os devolveré la túnica inmediatamente. En cuanto la recupere, proseguiremos nuestro viaje.
Tripitaka agarró las riendas del caballo, mientras el Peregrino cargaba con el equipaje. Juntos abandonaron el salón Zen y se dirigieron a los aposentos de la parte posterior. Al verlos, los monjes, que continuaban lamentándose como plañideras, pensaron que se trataba de espíritus y gritaron, despavoridos:
- ¡Esos fantasmas han vuelto a vengarse de nosotros!
- ¿Quién ha dicho que seamos espíritus? - replicó el Peregrino -. Todavía estamos vivos y lo único que queremos es que nos devolváis nuestra túnica.
- Del obrar injusto nacen los enemigos, y de una deuda un acreedor - sentenciaron ellos, echándose rostro en tierra -. Nosotros no tenemos nada que ver con lo ocurrido. Fueron el monje anciano y Grandes Designios los que planearon todo esto. ¡Por lo que más queráis, permitidnos seguir viviendo! ¿Qué vais a ganar vengándoos de gente inocente?
- ¡Malditas bestias! - exclamó el Peregrino -. ¿De dónde habéis sacado que queramos vengarnos? Sólo exigimos la devolución de lo que es nuestro. ¿Dónde está la túnica?
- Se suponía que habíais muerto en el incendio del salón Zen - dijeron dos de los monjes más atrevidos -. ¿Cómo habéis logrado salir ilesos? ¿En qué quedamos: sois hombres o espíritus?
- ¡Maldito atajo de idiotas! - volvió a exclamar el Peregrino, soltando la carcajada -.¿Es que no sabéis dónde se declaró el incendio? Id a echar un vistazo al salón Zen y, así, os convenceréis de que aún continuamos vivos.
Los monjes así lo hicieron y comprobaron, asombrados, que el fuego no había tocado ni una pizca de la gran sala en la que habían pasado la noche. Eso les convenció de que Tripitaka era un monje venido del cielo y el Peregrino, su guardaespaldas. Inmediatamente se volvieron hacia ellos y, echándose nuevamente rostro en tierra, dijeron:
- Tenemos, ciertamente, ojos, pero parecemos ciegos. ¿Cómo es posible que no hayamos reconocido en vosotros a dos seres celestes? Vuestra túnica se encuentra en la parte de atrás, en la residencia del viejo Patriarca.
A Tripitaka se le cayó el alma a los pies, al ver el estado en el que había quedado todo. Pero, al acercarse a los aposentos del Patriarca, comprobó, aliviado, que también habían sido respetados por las llamas.
- Anciano venerable - gritaron los bonzos -, el monje Tang por fuerza tiene que ser un dios. El fuego ni siquiera le ha tocado, mientras que nosotros hemos perdido todo lo que teníamos. Devolvedle su túnica, por favor.
Desgraciadamente el monje anciano no pudo hallarla. Se encontraba en un estado tal de abatimiento que apenas sabía lo que decía. Se sentía culpable de lo ocurrido. Preso de remordimiento, se dobló hacia delante, tomó impulso y estrelló la cabeza contra la pared. El golpe fue tan fuerte que se le rompió el cráneo y la sangre fluyó abundantemente, cayendo muerto al suelo, como si fuera un saco de arena. ¡Qué final tan lamentable! De poco le sirvió vivir tanto tiempo. Se empeñó en poseer la túnica, sin percatarse de que era un regalo del mismísimo Buda. ¡Qué mal servicio le hicieron Grandes Designios y Sabiduría Perfecta! Quien piense que puede alcanzar con facilidad lo eterno está condenado al sufrimiento y al fracaso. Horrorizados, los monjes exclamaron:
- ¿Qué podemos hacer ahora que el Patriarca se ha suicidado y no podemos encontrar la túnica?
- Seguro que la habéis robado vosotros y después la habéis escondido - bramó el Peregrino -. Salid de aquí inmediatamente y dadme una lista completa de todos vuestros nombres. Voy a comprobarlos uno por uno.
Sin pérdida de tiempo los monjes de mayor autoridad confeccionaron una relación de cuantos habitaban en el monasterio, incluidos los bonzos, los dhutas, los aspirantes y los practicantes del taoísmo. En total fueron doscientos treinta nombres los que pusieron en manos del Peregrino. Tras obligar al guardián a sentarse en medio, Wu-Kung fue pasando lista, forzando a cada uno a despojarse de todas sus ropas, pero la túnica no apareció. Se registraron, incluso, todos los baúles que habían podido salvarse del incendio; sin embargo, no se obtuvieron resultados. Desesperado, Tripitaka volcó sobre el Peregrino toda la frustración que sentía y empezó a recitar el conjuro. El mono cayó al suelo y, agarrándose la cabeza con las manos, incapaz totalmente de aguantar el dolor, suplicó, gritando como un condenado:
- ¡Deteneos, por favor! ¡No pronunciéis más esa fórmula! ¡Os doy mi palabra de que encontraré la túnica!
Presa del pánico, los monjes se arrodillaron ante Tripitaka y le pidieron que parara aquel tormento, cosa a la que él accedió de buen grado. En cuanto se vio libre del dolor, el Peregrino se puso de pie de un salto y se sacó la barra de la oreja, con el ánimo de acabar de una vez con todos aquellos bonzos. Pero Tripitaka le detuvo a tiempo, gritando:
- ¿Quieres un poco más de mi remedio? No comprendo cómo puedes ser tan irresponsable. ¿Es que has olvidado que no hay cosa que más me repugne que la violencia? Déjame interrogarlos a mí.
-Perdonadnos la vida - le suplicaron los monjes, temblando -. Tenéis que creernos: nosotros ni siquiera hemos visto vuestra túnica. El culpable de todo esto es ese viejo demonio que acaba de morir. En cuanto se hizo anoche con vuestro tesoro, empezó a llorar, sin que ninguno encontrara medio de consolarle. Lo único que deseaba era arrebatárosla para siempre. Por eso decidió quemaros vivo. Sin embargo, se levantó un viento terrible y las llamas se volvieron contra nosotros. En aquellos momentos lo único que nos preocupaba era sofocar cuanto antes el incendio y salvar lo que pudiéramos. No tenemos ni idea de dónde puede encontrarse la túnica.
- El Peregrino entró, furioso, en los aposentos del Patriarca, agarró el cadáver y lo desnudó del todo. Pero no halló ni rastro del tesoro de su maestro. Era como si se lo hubiera tragado la tierra. El Peregrino, sin embargo, no se dio por vencido. Después de reflexionar durante unos minutos, preguntó:
- ¿Hay por aquí cerca algún monstruo que se haya convertido en espíritu?
- Al sureste de aquí - respondió el guardián del monasterio destruido - se levanta la Montaña del Viento Negro, en la que se halla enclavada la caverna del mismo nombre. En ella habita el Gran Rey Negro, con quien solía discutir de taoísmo uno de nuestros compañeros ya fallecido. Es el único monstruo que hay por aquí cerca.
- ¿A qué distancia está la montaña? - volvió a preguntar el Peregrino.
- A seis o siete kilómetros - contestó el guardián -. Su cumbre se ve desde aquí mismo.
- No os preocupéis más por vuestra túnica, maestro - aconsejó el Peregrino a Tripitaka -. Con toda seguridad ha sido robada por el monstruo negro.
- Ese lugar se encuentra a siete kilómetros, por lo menos - replicó Tripitaka -. ¿Cómo puedes estar tan seguro de que ha sido él?
- Vos no visteis el incendio de anoche - respondió el Peregrino -. Era tan enorme que, por fuerza, tuvo que verse desde muy lejos. Calculo que sería visible desde el Tercer Cielo. Siete kilómetros son una distancia muy corta. No me cabe la menor duda de que vio el resplandor y aprovechó la ocasión para llegarse en secreto hasta aquí. Cuando comprobó que vuestra túnica era un auténtico tesoro, se valió de la confusión para hacerse con ella y huir a toda prisa. Dejadme ir a buscarle.
- ¿Quién cuidará de mí, mientras tú te hallas fuera? - exclamó Tripitaka, preocupado.
- No os preocupéis por eso - le tranquilizó el Peregrino -. Gozáis de la protección de todos los dioses. Ya me encargaré yo, de todas formas, de que los monjes se preocupen de vuestra seguridad.
Tras reunirlos a todos, les ordenó:
- Que unos entierren a ese viejo demonio, mientras los demás se ocupan de mi maestro y del caballo - los monjes obedecieron sin rechistar y él agregó, amenazante -: Los que cuiden de mi maestro deben mostrarse simpáticos y agradables en todo momento. Los que se encarguen del caballo procurarán que no le falte agua ni comida. La más mínima negligencia os hará probar mi barra de hierro. Así que cuidado con lo que hacéis.
No había terminado de decirlo, cuando sacó la barra, la volvió contra un muro de ladrillo y, de un golpe, no sólo lo pulverizó, sino que echó abajo otras seis o siete paredes más. Cuando los monjes lo vieron, se quedaron aterrados. Se echaron rostro en tierra y, sin dejar de golpear el suelo con la frente, le suplicaron:
- No seáis tan severo con nosotros. Tened la seguridad de que no escatimaremos medios para tratar a vuestro maestro como se merece. Podéis marcharos con toda tranquilidad.
De un solo salto el Peregrino fue a parar a la Montaña del Viento Negro en busca de la túnica. De todos estos sucesos existe un poema, que dice:

La Cigarra de Oro abandonó Chang-An [4] en busca de la Verdad. Cargado de regalos se dirigió hacia el Oeste, dejando tras sí infinidad de montanas azul-verdosas. En su camino se topó con lobos y tigres y algún que otro comerciante. Solamente la envidia de un monje estúpido osó poner en peligro su vida. Afortunadamente, gozó de la protección del Gran Sabio, que le libró del terrible incendio que destrozó el Templo del Zen. Fue entonces cuando un oso negro robó la túnica de los bordados.

No sabemos si el Peregrino encontró la túnica o no, ni si el resulto de su búsqueda fue fructuoso o no. Es necesario, por tanto, oír la aplicación que se ofrece en el próximo capítulo.

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[1]Sui-Ren es el Prometeo chino, de quien se afirma que descubrió el fuego al frotar dos trozos de madera.

[2]La campaña del Acantilado Rojo hace referencia a la derrota sufrida por Tsao-Tsao a manos de Chu Ke-Liang y Chou-Yü, que se sirvieron de embarcaciones en llamas para romper sus defensas.

[3]E1 Palacio de O-Pang fue construido por Shr Hwang-Di (221-209 a.C.) en Hsien-Yang, Shensi, que fue la capital del imperio durante la dinastía Chin. Tras ser saqueado por Hsiang-Yü, sufrió un incendio tan voraz que pasaron cerca de tres meses antes de que se extinguiera del todo, como relata Du-Mu en su O-Pang Kung Fu.

[4]Aunque en el original se dice Peking, hemos traducido Chang-An, por ser ésta, y no aquélla, la capital del imperio en tiempos de los Tang.