Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

En la Montaña de la Serpiente Enroscada muchos dioses aportan su ayuda secreta. El Caballo de la Voluntad es domado en el Torrente del Águila Afligida.


Durante varios días el Peregrino y el monje caminaron bajo un cielo helado propio de mediados de invierno. Soplaba sin cesar un viento gélido, viéndose por doquier las agujas de los carámbanos. Siguiendo un tortuoso sendero trazado entre precipicios y desfiladeros, fueron escalando, una tras otra, las altísimas cumbres de una cordillera. Tripitaka, que iba montado a caballo, pareció oír de pronto el lejano sonido de un torrente. Se volvió hacia el Peregrino y le preguntó:
- ¿De dónde procede ese ruido, Wu-Kung?
- Si mal no recuerdo - contestó el Peregrino -, este lugar se llama la Montaña de la Serpiente Enroscada. En ella se encuentra el Torrente del Águila Afligida y me figuro que es de sus aguas el murmullo que estamos oyendo.
No había acabado de decirlo, cuando llegaron a la orilla de una corriente de agua. Tripitaka detuvo el caballo y se puso a disfrutar de la espléndida belleza de la torrentera. Las aguas que por ella fluían parecían surgir de las nubes. Su murmullo era tan intenso que durante la noche podía escucharse en los valles más distantes. El sol pintaba la corriente de rojo al ponerse y la hacía parecer de jade a la hora del amanecer.
El monje y el mono estaban mirando atentamente a las aguas, cuando de pronto surgió de ellas un dragón, que se lanzó como una flecha contra Tripitaka; afortunadamente el Peregrino actuó con rapidez y, tirando al suelo el equipaje, se abalanzó sobre su maestro y le arrastró pendiente arriba. El dragón no pudo alcanzarlos, pero se tragó el caballo, arneses incluidos, y regresó tranquilamente a las aguas. El Peregrino dejó al monje en un lugar seguro y volvió en busca del caballo y del equipaje. Los paquetes yacían desperdigados por el suelo, pero no había ni rastro del animal.
- No hay ni huella de ese maldito dragón - dijo, cuando regresó al lado de su maestro -. Lo malo es que ha espantado al caballo y no lo veo por ninguna parte.
- ¿Al caballo dices? - exclamó Tripitaka, alarmado -. Tenemos que encontrarlo en seguida.
- Tranquilizaos, por favor - replicó el Peregrino -. No puede andar muy lejos. Voy a ver si lo encuentro - y se elevó por el aire de un formidable salto.
Haciendo pantalla con la mano, escudriñó con sus ojos de fuego todo el paisaje, pero no halló el menor rastro del animal. Descendió de las nubes e informó a su maestro, diciendo:
- No he podido ver a nuestro caballo por ninguna parte, de lo que deduzco que ha debido de ser devorado por ese dragón.
- ¿Tan grande tienen esas bestias la boca? - preguntó, incrédulo, Tripitaka -. Es imposible que pueda habérselo tragado con arneses y todo. ¡No, no! Lo más seguro es que se haya asustado y esté ahora corriendo como un loco por el valle. ¿Por qué no echas otro vistazo?
- No tenéis ni idea de mis poderes - contestó el Peregrino -. Mis ojos son capaces de distinguir el bien del mal en un radio de mil kilómetros. A esa distancia puedo incluso ver a una libélula extender las alas. Que yo sepa, un caballo es muchísimo más grande y os aseguro que no está por ningún valle.
- ¿Cómo voy a continuar el viaje sin caballo? - se lamentó Tripitaka -. Hay miles de colinas y de corrientes de agua entre estas montañas y las Tierras del Oeste. ¡Jamás podré llegar a pie! - y se echó a llorar.
Al ver sus lágrimas, el Peregrino se puso furioso y le regañó, diciendo:
- ¡Dejad de llorar como si fuerais un crío! ¡Sentaos aquí y no os mováis! Voy a ver si encuentro a esa bestia y le pido que nos devuelva el caballo. Así dejaréis de preocuparos de una vez y os comportareis como lo que en realidad sois.
- ¿Dónde vas a ir a buscarlo? - exclamó Tripitaka, agarrándose nervioso a él -. Imagina que aparece por cualquier parte, cuando tú te hayas ido. Me devoraría sin ninguna piedad y yo, aparte del caballo, perdería también la vida.
Al oír eso, el Peregrino se puso más furioso todavía.
- ¡Sois un cobarde! ¡Un auténtico cobarde! - bramó con voz de trueno. Queréis viajar en caballo, pero, al mismo tiempo, no me dejáis partir en su busca. ¿No desearíais, más bien, sentaros aquí y haceros viejo cuidando de nuestro equipaje?
Cuando más voceaba, oyó que alguien le decía desde lo alto:
- No te pongas tan furioso, Gran Sabio, y deja de gritar de esa forma al hermano del Emperador de los Tang. Somos un grupo de dioses enviados por la Bodhisattva Kwang- Ing para protegeros en vuestro empeño de ir en busca de las escrituras.
- Al oírlo, el monje se echó rostro en tierra, mientras el Peregrino preguntaba, sin moverse del sitio:
- ¿Os importaría decirme cómo os llamáis, para que sepamos a qué atenernos?
- Nosotros - contestaron al instante - somos los Seis Dioses de la Luz y los Seis Dioses de las Tinieblas, los Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales, los Cuatro Centinelas y los Dieciocho Protectores de los Monasterios. Nos vamos turnando para que no sufráis ningún mal.
- ¿A quién le toca hoy? - volvió a preguntar el Peregrino.
- A los Dioses de la Luz y de las Tinieblas - respondieron ellos -. Después les corresponderá a los Centinelas y a los Protectores. Los Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales están siempre de servicio, excepción hecha del Guardián de la Cabeza de Oro.
- En ese caso - concluyó el Peregrino -, que se queden protegiendo a mi maestro los Seis Dioses de las Tinieblas, el Centinela del Día y los Guardianes. Los demás pueden retirarse. Yo, por mi parte, voy a buscar a ese maldito dragón y a pedirle que nos devuelva el caballo.
Los dioses aceptaron la sugerencia y Tripitaka pareció tranquilizarse por fin. Se sentó sobre una roca y suplicó al Peregrino que tuviera cuidado.
- No os preocupéis - replicó el Rey de los Monos y, arremangándose la túnica de seda y la piel de tigre, se dirigió hacia la torrentera con la barra de hierro en las manos.
En cuanto llegó a la orilla, montó en una nube y empezó a gritar, suspendido encima del agua:
- ¡Lagarto sin fe ni principios, devuélveme cuanto antes el caballo!
El dragón estaba tumbado en el fondo del torrente cultivando su espíritu, pero, cuando oyó que alguien le exigía con semejante lenguaje la devolución del caballo, no pudo dominar su amor propio y se puso en seguida de pie. Como una flecha, abandonó su refugio de agua y preguntó, malhumorado:
- ¿Quién osa insultarme de esa forma?
- ¡Devuélveme inmediatamente el caballo! - exigió el Peregrino furioso, y descargó sobre la cabeza de la bestia un terrible mandoble de su barra de hierro. El dragón se hizo a un lado y replicó con un golpe no menos feroz de sus garras y mandíbulas.
Jamás  habían  contemplado  los  siglos  una  batalla  más  sangrienta  que  la  que  se desarrolló a orillas del torrente. El dragón manejaba sus zarpas con una maestría que encontraba su justa réplica en la forma como el mono hacía uso de la barra de hierro. Ambos eran criaturas formidables. Lo atestiguaban en uno sus enormes bigotes, férreos y hermosos como hilos de jade, y en el otro sus vivos ojos, brillantes como lámparas o el reflejo del oro. El dragón echaba por las narices una especie de humo de mil colores, que dispersaba en seguida el viento que levantaba el mono con su barra. A pesar de todo, se parecían como dos gotas de agua, porque éste era un monstruo que había desafiado a los dioses y aquél un ser maldito que había traído la deshonra sobre sus padres. Por eso, ambos habían sufrido su castigo y ahora se empeñaban en obtener la victoria, dando rienda suelta a su indescriptible poderío.
Atacando y reculando, midieron una y otra vez sus armas, hasta que finalmente el dragón se rindió al cansancio y no pudo seguir luchando. Comprendiendo que no tenía nada que hacer, se dio media vuelta y se lanzó como una flecha al agua, refugiándose en el fondo del torrente. De nada sirvieron los insultos del Rey de los Monos. El dragón estaba decidido a no volver a salir e hizo como sí estuviera sordo. Al Peregrino no le quedó, pues, más remedio que regresar al lado de Tripitaka, diciendo:
- He hecho lo que he podido, maestro. A fuerza de insultos arranqué a ese monstruo de su   escondite,   pero,   después   de   luchar   conmigo   durante   mucho   tiempo,   huyó despavorido, refugiándose en el torrente. Dudo que vuelva a salir, porque sabe que, si lo hace, hallará una muerte cierta.
- ¿Estás seguro de que ha devorado el caballo? - inquirió Tripitaka.
- ¡Por supuesto que sí! - afirmó el Peregrino con decisión -. Si no lo hubiera hecho, no habría medido sus armas conmigo.
- Cuando mataste el tigre - comentó Tripitaka, burlón -, dijiste que eras capaz de domar a los dragones y a las bestias. ¿Por qué te está costando tanto dominar a éste?
El mono no estaba acostumbrado a que se dudara de sus poderes y, poniéndose de pie, exclamó, ofendido:
- ¡No digáis ni una sola palabra más! Ahora mismo voy a enseñaros lo que soy capaz de hacer.
De dos zancadas se llegó hasta la orilla del torrente y, haciendo uso su magia para trastornar los ríos y los mares, transformó las límpidas aguas del Torrente del Águila Afligida en la turbia corriente del Río Amarillo durante la marea alta. Eso incomodó tanto al dragón que no podía ni sentarse ni tumbarse en el cieno del fondo. Descorazonado, suspiró:
- ¡Cuánta verdad encierra eso de que "aunque la buena fortuna jamás se repite, las desgracias nunca vienen solas"!. Hace apenas un año que me refugié aquí, escapando de la ejecución decretada contra mí por el Cielo, y ahora me veo obligado a hacer frente a un maldito monstruo que lo único que busca es mi ruina.
Cuanto más lo pensaba, más nervioso se ponía. Al fin no pudo aguantarlo más y, rechinando amenazadoramente los dientes, saltó fuera del agua y preguntó, malhumorado:
- ¿Qué clase de monstruo eres tú y de dónde procedes, para que estés empeñado en buscarme, sin más, la ruina?
- Eso a ti no te importa - contestó el Peregrino -. Yo lo único que deseo es que me devuelvas el caballo. Si lo haces, juro que te perdonaré la Vida.
- ¡Eso es imposible! - replicó el dragón -. Me lo he tragado y está ya en mi estómago. ¿Cómo voy a devolvértelo? Aunque quisiera, no podría hacerlo.
- Si no me devuelves el caballo - repitió el mono -, tendrás que habértelas con esta barra de hierro. Me figuro que serás capaz de encontrar una solución, ya que es tu vida la que está en juego.
De nuevo volvieron a medir sus armas, pero a los pocos asaltos el dragón no pudo aguantar el ataque. Sacudió el cuerpo y al instante se convirtió en una pequeña culebra de agua, que se perdió entre la vegetación de la orilla. El Rey de los Monos separó la hierba con la barra de hierro, pero no pudo encontrar ni rastro del animal. Eso le enfureció tanto que se le reventaron los Tres Gusanos [1] del cuerpo y al punto empezó a salirle una especie de humo por las siete aperturas. Recitó a continuación un conjuro que empezaba con la letra "om" y al instante aparecieron el espíritu local y el dios de la montaña. Tras saludarle respetuosamente, dijeron:
- En cuanto nos ha sido posible, hemos acudido a tu llamada.
- Eso es cierto - admitió el Peregrino -, pero estoy tan furioso que desearía golpearos cinco veces en las palmas con mi barra.
- Puesto que no hemos hecho nada - le suplicaron -, deberíais mostraros más benigno con nosotros. Además, Gran Sabio, tenemos algo que deciros.
- ¿De qué se trata? - preguntó el Peregrino.
- De nada realmente importante - contestaron ellos -. Sólo que no sabíamos que hubierais sido puesto en libertad y que por eso precisamente no hemos venido antes a daros la bienvenida. Os suplicamos, por tanto, que perdonéis tamaña descortesía.
- Está bien, está bien. Por esta vez no os castigaré - concluyó el Peregrino -. Pero quisiera preguntaros algo. ¿Sabéis de dónde procede el dragón del Torrente del Águila Afligida y por qué se tragó el caballo de mi maestro?
- ¿Qué queréis decir con eso del caballo de vuestro maestro? - preguntaron los dos dioses, sorprendidos -. Vos siempre habéis sido un inmortal de envidiable posición y jamás os habéis sometido a nadie del cielo o de la tierra. ¿Cómo es que ahora sacáis a relucir a un maestro?
- Por lo que se ve, no estáis al tanto de lo ocurrido - respondió el Peregrino -. Durante estos últimos quinientos años he tenido que sufrir el castigo del cielo por mi modo de ser orgulloso y altanero. Afortunadamente la Bodhisattva Kwang-Ing me hizo volver al buen camino Y prometió liberarme por mediación de un monje procedente de la corte de los Tang, a quien debía acompañar, como discípulo, hasta el Paraíso Occidental para hacerse  con las  auténticas  escrituras  de  Buda.  Precisamente,  al  pasar  por  aquí, mí maestro se quedó sin caballo.
- Eso lo explica todo - exclamaron a una los dos dioses -. De todas formas, es raro que vuestro maestro haya perdido aquí la cabalgadura, porqué este torrente no está embrujado. Lo único que tiene de malo es que es muy ancho y profundo, y posee unas aguas tan claras que puede verse su fondo sin ninguna dificultad. Tanto que las águilas y otras aves de considerable tamaño no se atreven a volar sobre él, ya que al verse reflejadas en el agua, piensan que son otros animales de su misma especie y se lanzan contra el torrente. De ahí precisamente le viene el nombre, pues suponemos que no ignoráis que ésta es la torrentera del Águila Afligida. Hace algunos años, sin embargo, Bodhisattva Kwang-Ing pasó por aquí en busca de un Peregrino y, tras salvar de la muerte a un dragón, le ordenó que esperara su llegada, prohibiéndole, al mismo tiempo, hacer daño a nadie. Sólo se le permitió llegar hasta la orilla y cazar algún que otro pájaro o antílope, cuando tuviera hambre. El resto del tiempo debía pasarlo meditando y haciendo penitencia. Nos extraña que se haya mostrado descortés con vos, Gran Sabio.
- Al principio - comentó el Peregrino - midió sus armas conmigo, pero sólo pudo resistir un par de asaltos o tres. Después, al comprender que estaba en clara desventaja, se escondió en el torrente y no se atrevió a salir. Para arrancarle del fondo, tuve que hacer uso de la magia para trastornar los ríos y los mares, pero después de una pequeña lucha, de la que, por supuesto, volví a salir vencedor, se convirtió en una serpiente de agua y se perdió entre la hierba. Inmediatamente traté de echarle mano, pero no pude encontrar ni rastro de él.
- Deberíais saber, Gran Sabio - le informó el espíritu local -, que a lo largo de estas orillas hay infinidad de agujeros y pequeños desagües, por los que el torrente se comunica con no pocos de sus afluentes. Lo más probable es que el dragón se haya metido en uno de ellos. Si queréis capturarle, lo mejor que podéis hacer, en vez de enfadaros inútilmente, es pedir a Kwang Shr-Ing que venga y os aseguro que la bestia se rendirá sin necesidad de luchar más.
Al oírlo, el Peregrino les condujo ante Tripitaka y contó al monje lo que le habían dicho.
- Pero, si vas en busca de la Bodhisattva - replicó Tripitaka, temblando de inquietud -, lo más seguro es que me muera de hambre o de frío. Porque me imagino que tardarás bastante en volver, ¿no es así?
No había acabado de decirlo, cuando el Guardián de la Cabeza de Oro levantó la voz y dijo desde lo alto:
- No hay necesidad de que te marches, Gran Sabio. Iré yo a buscar a la Bodhisattva.
- Gracias por tomarte esa molestia - gritó el Peregrino, complacido -. De todas formas, te agradecería que te dieras un poco de prisa.
Sin pérdida de tiempo, el Guardián montó en una nube y se dirigió directamente hacia los Mares del Sur. El Peregrino pidió entonces al dios de la montaña y al espíritu local que protegieran a su maestro mientras el Centinela del Día buscaba algo de comida vegetariana y él vigilaba la orilla del torrente.
El Guardián de la Cabeza de Oro no tardó en llegar a los Mares del Sur. Tras bajar de la nube, fue directamente a la gruta de bambú rojo que se abría en la Montaña Potalaka y pidió a Moksa y a los centinelas que anunciaran inmediatamente su llegada.
- ¿Se puede saber a qué has venido? - le preguntó la Bodhisattva.
- El monje Tang perdió el caballo en el Torrente del Águila Afligida, que, como bien sabéis, se halla en la Montaña de la Serpiente Enroscada, y al Gran Sabio se le ha presentado un problema de muy difícil solución - contestó el Guardián -. Por una parte, debería castigar al culpable. Pero los dioses del lugar le han informado de que el dragón que devoró la cabalgadura es un enviado vuestro y no se atreve a darle su merecido. Solicita, por tanto, vuestra colaboración para poder seguir adelante con el viaje.
- Ese dragón - comentó la Bodhisattva - es uno de los hijos de Ao-Jun, el señor del Océano Occidental. Su propio padre le acusó de traición por haber prendido fuego al palacio en el que vivían y haber destruido todas las perlas que en él había. Un tribunal celestial le condenó a muerte, pero conseguí que el Emperador de Jade le indultara, para que ayudara al monje Tang en su largo viaje hacia el oeste. No comprendo cómo, en vez de eso, se ha comido su caballo. Creo que lo mejor será que vaya a ver qué es lo que ha ocurrido.
La Bodhisattva descendió de su estrado de loto y salió de la gruta. Montó después en la misma nube que el Guardián y cruzó con él los Mares del Sur. De tan extraordinaria hazaña nos ha quedado un poema, que dice:

Buda predicó la Verdad Suprema, que la Diosa proclamó después en la venturosa ciudad de Chang-An. Su contenido era tan maravilloso que el Cielo y la Tierra se pusieron a temblar de contento. ¿Qué otra doctrina podía, en efecto, salvar los espíritus de los condenados? La Cigarra de Oro cayó en la Rueda de la Transmigración, pero Hsüan-Tsang enmendó con creces sus pasados errores. Al pasar por el Torrente del Águila Afligida, el hijo de un dragón le cerró el paso. Sin embargo, la bestia se convirtió en caballo y halló el perdón de sus pasadas culpas.

La Bodhisattva y el Guardián no tardaron en llegar a la Montaña de la Serpiente Enroscada. Desde la nube vieron al Peregrino lanzando improperios contra el torrente. La Bodhisattva pidió al Guardián que fuera a buscarle y él obedeció sin rechistar. Descendió de la nube y, poniéndose justamente encima de él, anunció:
- ¡La Bodhisattva acaba de llegar!
El Peregrino se elevó de un salto por los aires y se encaró con ella, diciendo:
- No comprendo cómo te llaman la Maestra de los Siete Budas y la fuente de la Misericordia. Si lo fueras, no habrías tratado de buscarme la ruina, valiéndote de engaños.
- ¡Cuidado que eres ignorante y desagradecido! - exclamó la Bodhisattva -. Desde luego no vales más que para ser un vulgar mozo de cuadra. Con no poco esfuerzo seleccioné al hombre ideal para ir en busca de las escrituras, al que pedí que te salvara la vida, y tú, en vez de agradecérmelo, me lo echas en cara, como si no te hubiera hecho favor alguno.
- Me salvaste la vida. Lo reconozco - admitió el Peregrino -. Pero, si de verdad hubieras querido liberarme, me habrías dejado divertirme a mi gusto sin necesidad de torturarme como a un criminal. El otro día, sin ir más lejos, cuando nos encontramos encima del océano, podías haberme aconsejado que sirviera al monje Tang con más dedicación, y eso hubiera bastado. ¿Por qué tuviste que entregarle esta corona de oro y obligarle a ponérmela con el único propósito de hacerme sufrir? Tú sabías que iba a echar raíces en mi cabeza. Pero eso no te pareció suficiente, ¡no! Enseñaste a mi maestro un conjuro, para que me atormentara cuando le diera la gana. Si esto no es buscarme la ruina, dime tú qué es.
- ¡Cuidado que eres! - exclamó la Bodhisattva, soltando la carcajada -. Ni haces caso a nadie ni te interesan los frutos de la verdad. Si no hubiera ideado esa forma de controlarte, seguro que a estas horas ya te habrías rebelado otra vez contra el Cielo y nadie habría podido dominarte. Además, el dolor te será de gran ayuda para entrar en el templo del Yoga.
- Vistas así las cosas... - replicó el Peregrino -. No cabe duda de que todo tiene su aspecto positivo. Sin embargo, ¿por qué tuviste que traer aquí a ese condenado dragón?¿No sabías que podía tragarse el caballo de mi maestro? Es culpa tuya todo lo que ha ocurrido. Al fin y al cabo, el que colabora con un malhechor es tan digno de castigo como él.
- Yo misma le pedí al Emperador de Jade que indultara a ese dragón con el único fin de que ayudara al monje - se defendió la Bodhisattva -. Hasta ahora, que yo sepa, ningún caballo mortal ha sido capaz de vadear diez mil cursos de agua y escalar un millar de cordilleras. ¿Cómo pensabais llegar a la Montaña del Espíritu, a las mismísimas tierras de Buda, con un jamelgo vulgar y corriente? ¡Es absolutamente imposible! Sólo puede hacerlo un dragón convertido en caballo. ¿Comprendes ahora por qué le traje aquí?
- Todo eso está muy bien - admitió el Peregrino -. Pero me ha cogido tal pánico que no se atreve a abandonar el escondite en el que se ha refugiado. ¿Quieres decirme qué podemos hacer para que salga?
La Bodhisattva se volvió hacia el Guardián y le ordenó;
- Ve a la orilla del torrente y di simplemente esto: "Sal, hijo del Dragón Ao-Jun. Está aquí la Bodhisattva de los Mares del Sur y quiere verte".
El Guardián así lo hizo y al instante parecieron cobrar vida las aguas del torrente. De un salto el dragón se llegó hasta la orilla y tomó la forma de hombre. Montó a continuación en una nube y, llegándose junto a la Bodhisattva, la saludó, diciendo:
- Os reitero las gracias por haberme salvado la vida. Sin embargo, todavía no ha pasado por aquí el personaje que me anunciasteis.
-  Estás  equivocado,  dragón  -  le  corrigió  la  Bodhisattva  -.  Ese  que  ves  ahí  es  su discípulo, así que no puede andar muy lejos.
- ¿Ése? - exclamó el dragón, incrédulo -. Ése es enemigo mío. Ayer tenía mucha hambre y me comí su caballo. Al verlo, se puso tan furioso que se empeñó en matarme. Yo me defendí lo mejor que pude, pero su fuerza es extraordinaria y terminó derrotándome. ¿Qué otra cosa podía hacer para salvar la vida que esconderme? No sabía que estuviera relacionado con vos. Jamás mencionó nada sobre las escrituras.
- Como iba a hacerlo, si ni siquiera me preguntaste ¿cómo me llamó? - le echó en cara el Peregrino.
- ¡Eso no es verdad! - se defendió el Dragón -. Lo hice, pero tú me respondiste que no era asunto mío, que lo único que querías era que te devolviera el caballo. Que yo recuerde, ni una sola vez pronunciaste la palabra Tang.
- ¡Este mono sólo se fía de sí mismo! - exclamó la Bodhisattva -. ¿Cuando llegará la hora en que empiece a confiar un poco en los demás? Recuerda - agregó, volviéndose hacia el Peregrino - que a lo largo del camino se os unirán dos o tres personas más. Así que, si quieres evitar problemas, lo mejor es que saques a relucir lo de las escrituras, en cuanto te pregunten el nombre. ¿De acuerdo?
El Peregrino recibió de buen talante el consejo. La Bodhisattva se acercó entonces al dragón y le arrancó el collar de perlas brillantes que llevaba al cuello. Metió después la ramita de sauce que siempre portaba en la mano en su florero de rocío, dulce como la ambrosia, y aspergió el cuerpo de la bestia. Sopló a continuación sobre ella y le ordenó:
- ¡Transfórmate!
El dragón se convirtió al instante en un caballo exactamente igual al que se había tragado y le ordenó, severa:
- Debes hacer cuanto esté de tu parte para superar todos los obstáculos con los que vas a toparte. Recuerda que, si no escatimas sacrificio alguno, dejarás de ser un dragón ordinario y tu cuerpo se convertirá en oro, como los frutos de la Verdad.
En prueba de asentimiento, el dragón sacudió la cabeza y mordió la brida. La Bodhisattva pidió entonces a Wu-Kung que le llevara ante Tripitaka y se despidió de él, diciendo:
- Me parece que es hora ya de que vuelva a mi océano. Pero el Peregrino se agarró a ella y exclamó, agobiado:
- ¡No puedo seguir adelante! ¡No puedo hacerlo! El camino que Conduce al Oeste está lleno de grandes peligros y ese monje es tan lento que no sé cuándo llegaremos. Son tantas, por otra parte, las desgracias que nos aguardan que lo más seguro es que pierda la vida en el intento. ¿Y todo para qué? ¡No! ¡No quiero continuar!
Hace muchos años - contestó la Bodhisattva -, cuando aún no habías adquirido la forma humana,  estabas  ansioso  por  recibir  la  iluminación.  No  comprendo  cómo  puedes mostrar tan poco interés por la verdad ahora que, por fin, has escapado al castigo divino. Deberías saber que el nirvana que proclamamos en nuestras enseñanzas no puede ser obtenido sin fe ni perseverancia. Si en un momento dado del viaje tu vida se encuentra en peligro, no dudes en acudir al paraíso y te aseguro que él te liberará. No olvides que hasta la Tierra acudirá en tu ayuda y, por si esto no te bastara, yo misma correré a rescatarte. Acércate, que voy a otorgarte poderes mayores de los que ya tienes.
Arrancó tres hojas de su ramita de sauce y, tras colocarlas en el cogote del Peregrino, gritó:
- ¡Transformaos! - y al instante se convirtieron en tres pelos dotados del poder de proteger la vida.
- Cuando te encuentres en una situación desesperada - agregó, compasiva -, haz uso de ellos y te aseguro que al instante te verás libre.
El Peregrino agradeció, emocionado, tan valioso regalo, pero, antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, se levantó un remolino de viento aromático que transportó a la Bodhisattva hasta Potalaka.
Cuando el Peregrino se hubo repuesto de su sorpresa, agarró el caballo de las riendas y se lo entregó a Tripitaka, diciendo:
- Aquí tenéis vuestra cabalgadura, maestro.
- ¿Dónde la has encontrado? - preguntó Tripitaka -. Además, ¿cómo es posible que esté más gordo y más fuerte que antes?
- ¡Desde luego, no estáis al tanto de cuanto ocurre a vuestro alrededor! - exclamó el Peregrino -. ¿Es que no tenéis ojos? ¡Por supuesto que éste es otro caballo! El Guardián de la Cabeza de Oro fue en busca de la Bodhisattva, la cual convirtió al dragón en este animal, en todo igual al que teníais antes con excepción de los arneses, que se han perdido para siempre.
- ¿Dónde está la Bodhisattva? - volvió a preguntar Tripitaka -. Lo menos que puedo hacer es darle las gracias.
- No os preocupéis por eso - le aconsejó el Peregrino -. Lo mas seguro es que la Bodhisattva ya haya llegado a estas horas a los Mares del Sur.
Decepcionado, Tripitaka cogió un puñado de tierra e, inclinándose hacia el sur, lo esparció por el suelo como si se tratara de incienso. El Peregrino, mientras tanto, despidió al dios de la montaña y al espíritu local y dio a los Guardianes y Centinelas las oportunas órdenes para proseguir el viaje. Trató después de ayudar al maestro a montar, pero Tripitaka protestó, diciendo:
- ¿Cómo voy a cabalgar en un caballo sin arneses? Creo que lo más aconsejable es que crucemos el torrente y decidamos después lo que debemos hacer.
- ¡Sois el tipo menos práctico que he visto en mi vida, maestro! - exclamó el Peregrino, burlón -. ¿Queréis decirme cómo vais a encontrar un bote en un sitio como éste? Si deseáis cruzar el torrente, lo más normal es que lo hagáis a lomos de vuestro caballo. Ha vivido aquí durante mucho tiempo y conoce a la perfección estas aguas. ¿No os parece? Tripitaka hubo de admitir que tenía razón, no quedándole, por tanto, más remedio que montar en la cabalgadura a pelo seco. Mientras lo hacía, el Peregrino cogió el equipaje y se  dirigió  hacia  la  orilla  del  torrente,  donde  vieron  a  un  viejo  pescador  bateando corriente abajo en una balsa de troncos. Wu-Kung sacudió las manos y gritó:
- ¡Eh, pescador, venid aquí! Somos de las Tierras del Este y nos dirigimos en busca de las escrituras sagradas. Mi maestro no se atreve a cruzar el torrente, por lo que te agradecería que nos llevaras a la otra orilla en tu balsa.
El pescador condujo la embarcación hacia la ribera y el Peregrino ayudó a su maestro a subir en ella, tras lo cual embarcó el equipaje y el caballo. El viejo pescador bateó entonces con fuerza y la balsa se lanzó, como una flecha, a través del Torrente del Águila Afligida, atracando al poco tiempo en la otra orilla. Agradecido, Tripitaka pidió al Peregrino que sacara unas cuantas monedas de uno de los paquetes y se las diera al pescador, pero éste las rechazó, diciendo, al tiempo que volvía a meter la pértiga en el agua:
- Yo no quiero dinero. En realidad, no lo necesito - y se perdió corriente abajo. Pese a ello, Tripitaka continuó con las manos cruzadas en señal de gratitud. El Peregrino le miró, sorprendido, y le dijo:
- No hay necesidad de mostraros tan ceremonioso, maestro. ¿O es que acaso, no le habéis reconocido? Es el dios de este torrente y estaba nervioso por no haber venido antes a darnos la bienvenida. El muy pícaro temía que fuera a darle una paliza; por eso no ha aceptado el dinero. Es lamentable, pero en este mundo nadie hace nada desinteresadamente.
Tripitaka no sabía si creerle o no. Volvió a montar a pelo en el caballo y continuó su camino, dispuesto a llegar cuanto antes a la montaña del Espíritu. El sol no tardó en ponerse y poco a poco las sombras fueron cubriendo todo el paisaje. La luna empezó a abrirse camino por el velo de las nubes, descubriendo un cielo preñado de escarcha y frío. El ulular del viento se aliaba con las bajas temperaturas, haciendo temblar los cuerpos. Los pájaros regresaban a sus nidos, tiritando como si fueran hojas secas. A lo lejos el crepúsculo teñía de rojo las montañas, mientras la fuerza del viento arrancaba gemidos de ramas en los bosques cercanos. De vez en cuando se oían los gritos de un mono  solitario.  La  soledad  parecía  haberse  adueñado,  de  hecho,  de  toda  la  tierra. Ningún viajero se aventuraba a transitar a aquellas horas por los caminos y en la mar no quedaba ya bote alguno.
Montado en el caballo, Tripitaka escudriñó la distancia y logró atisbar en lontananza la inconfundible silueta de un caserío.
- Wu-Kung - dijo, entusiasmado -, un poco más adelante hay un grupo de casas. Podemos llegarnos hasta ellas y pedir posada para esta noche.
- Ésas no son casas ordinarias - comentó el Peregrino, levantando la vista.
- ¿Qué te hace pensar semejante cosa? - preguntó Tripitaka.
-  Si  lo  fueran  -  contestó  el  Peregrino  -,  no  tendrían  esas  decoraciones  de  peces voladores y bestias recostadas. Deduzco, por tanto, que se trata de un templo o de un monasterio.
Hablando de esta forma, no tardaron en llegar a la puerta principal de aquel armonioso conjunto. Al desmontar, Tripitaka vio que en el dintel habían escrito con letras grandes: "Santuario de Li-She". Entraron en él y no tardaron en toparse con un anciano que llevaba un rosario colgado al cuello. El monje cruzó las manos a la altura del pecho y les dio la bienvenida, diciendo:
- Pasad, maestro, y tomad asiento.
Tras devolverle el saludo, Tripitaka se dirigió al salón principal a presentar sus respetos a los dioses. El anciano, mientras tanto, ordeno a un joven que sirviera el té.
- ¿Por qué se llama este lugar el Santuario de Li-She? - pregunto Tripitaka, una vez concluidas sus oraciones.
- Esta región - contestó el anciano - es parte del Reino Hamil, que, como bien sabéis, está regido por los bárbaros occidentales. Detrás del santuario hay un pequeño pueblo, al que debe su existencia, ya que sus habitantes son tan piadosos que vendieron todo lo que tenían para poder construirlo. El carácter Li hace referencia precisamente a la tierra en  la  que  se  halla  enclavado  el  pueblo,  y  She  es  el  nombre  del  dios  local.  Los campesinos siembran en primavera, aran en verano, recolectan en otoño y almacenan en invierno, pero al principio de cada estación todas las familias traen una vaca, una oveja, un cerdo [2] e incontables flores y frutas y se los ofrecen a los dioses. De esta forma, consiguen atesorar buena suerte y obtienen abundantes cosechas, junto con espléndidos ejemplares de animales domésticos [3].
Tripitaka movió la cabeza en señal de aprobación y dijo:
- Razón tiene el proverbio, al afirmar: "A tres kilómetros de tu hogar las costumbres son totalmente diferentes". En la región de la que nosotros procedemos las familias no son tan piadosas como aquí.
- ¿De dónde sois, maestro? - inquirió el anciano.
- Hemos sido enviados por el Gran Emperador de los Tang al Paraíso Occidental en busca de las escrituras de Buda - respondió Tripitaka -. Al pasar por vuestro santuario, se nos hizo de noche y decidimos pedir alojamiento en un lugar tan sagrado como éste. En cuanto se haga de día, continuaremos nuestro viaje.
- ¡Sed bienvenidos a este humilde recinto! - exclamó el anciano, encantado. Llamó después al joven y le ordenó que preparara algo de comer, cosa que Tripitaka agradeció sobremanera.
El Peregrino, práctico en extremo, vio una cuerda de colgar ropa junto al alero. La cogió sin encomendarse a nadie, la partió por la mitad y usó uno de los cabos para atar el caballo.
- ¿En dónde habéis robado ese jamelgo? - volvió a preguntar el anciano, soltando la carcajada.
- Ten mucho cuidado con lo que dices, anciano - le reconvino el Peregrino -. Nosotros somos monjes de camino hacia las tierras de Buda y no acostumbramos a robar nada.
- Si no lo habéis robado - insistió el anciano -, ¿cómo es que no tiene arneses? Además, no puedes negar que acabas de apropiarte de mi cuerda de tender la ropa.
- Este discípulo mío siempre es igual de impulsivo - trató de disculparle Tripitaka -. Si querías atar el caballo - agregó, volviéndose hacia Wu-Kung -, ¿por qué no pediste una soga a este caballero? ¿Qué necesidad tenías de tomar la cuerda que usaba para colgar la ropa?
Tras regañar al Peregrino, pidió disculpas al anciano, diciendo:
- Espero que no se lo toméis a mal. Ayer, al llegar al Torrente de Águila Afligida procedentes del este, disponía de un caballo totalmente pertrechado, pero apareció un dragón y se lo tragó con riendas y todo. Afortunadamente mi discípulo posee poderes especiales y se las arregló para traer a la Bodhisattva Kwang-Ing y dominar a la bestia. Fue ella precisamente la que le hizo tomar la forma que había tenido mi caballo, de lo contrario me hubiera resultado prácticamente imposible poder continuar el viaje hacia el Paraíso Occidental. Como el torrente del que os hablo está a menos de un día de vuestro santuario, aún no hemos tenido tiempo de encontrar otros arneses.
- No os preocupéis - contestó el anciano -. A los viejos como yo nos gusta tomar el pelo a la gente. De todas formas, no tenía ni idea de que vuestro discípulo se tomara todo en serio. De joven dispuse de cierto dinero y gocé cuanto pude del placer de cabalgar. Después me salió al encuentro la desgracia y, entre muertes y fuegos, me fui quedando sin nada. Menos mal que ahora estoy a cargo de este santuario y vivo de lo que buenamente me da la gente del pueblo, cuando viene a quemar incienso. Por cierto, todavía conservo unos arneses, que tengo en mucha estima y de los que no he querido desprenderme jamás, a pesar de la pobreza. No los vendería por nada del mundo. Sin embargo, una vez oído cómo la Bodhisattva os libró de las asechanzas de ese dragón y le convirtió después en un caballo para que pudierais continuar vuestro viaje, creo que lo mejor que puedo hacer es regalároslos. Espero que me hagáis el honor de aceptarlos. Mañana os los sacaré, porque ahora ya es un poco tarde.
Tripitaka no sabía cómo agradecérselo. El muchacho trajo al poco rato la cena y todos se sentaron a la mesa. Mientras daban buena cuenta de las viandas, el joven encendió hachones y preparó las camas. Los viajeros estaban tan cansados que no tardaron en acostarse. A la mañana siguiente el Peregrino dijo a su maestro en cuanto se levantó:
- No os olvidéis de pedir al guardián los arneses que os prometió ayer. Sería una pena renunciar a ellos.
No había terminado de decirlo, cuando se presentó el anciano con una silla de montar, unas riendas y todo lo necesario para cabalgad. Con no poco cuidado lo puso en el suelo y dijo:
- Maestro, aquí tenéis lo que os prometí. Es todo vuestro.
Tripitaka aceptó, complacido, el regalo y pidió al Peregrino que ensillara el animal. Wu-Kung cogió los arreos y los examinó uno a uno detenidamente. Eran magníficos en verdad. La silla había sido cuidadosamente labrada y estaba tachonada de estrellas de plata.  Su  porción  superior  brillaba  de  una  forma  muy  peculiar,  ya  que  había  sido confeccionada con hilos de oro. Las mantas eran de lana finísima y las riendas estaban hechas de tres cordones gruesos de seda color púrpura. El cuero de las bridas, por otra parte, poseía la forma de flores, de las que colgaban pequeñas figuritas de oro que representaban bestias bailando. El acero de las anillas y el freno eran de primerísima calidad y aparecía adornado con borlas de un tejido tan especial que jamás se mojaban. Aunque no dijo nada, el Peregrino se sintió profundamente satisfecho de regalo tan espléndido. Comenzó a ensillar el animal y comprobó que los arneses parecían haber sido hechos a su medida. Tripitaka se había inclinado mientras tanto en prueba de gratitud ante el anciano, que se apresuró a obligarle a levantar la cabeza, diciendo:
- No necesitáis agradecerme nada. Al fin y al cabo, ¿qué es esto para una persona como vos?
El anciano, de todas formas, no insistió para que se quedaran en el monasterio. Al contrario, urgió a Tripitaka para que montara cuanto antes. No queriendo parecer descortés, el monje se llegó hasta la puerta y se encaramó en la silla. El Peregrino le siguió con el equipaje a las espaldas. Inesperadamente el anciano sacó de la manga una fusta con la empuñadura forrada de cuero y la correa hecha con ligamentos de tigre, y, corriendo hacia el sendero, se lo ofreció a Tripitaka, diciendo:
- Me había olvidado de la fusta. Espero que no la rechacéis.
- Gracias por vuestro regalo - replicó Tripitaka, aceptándolo -. Muchas gracias.
No había acabado de decirlo, cuando el anciano desapareció. Sorprendido, el monje se volvió hacia el Santuario de Li-She y sólo vio un terreno llano y totalmente vacío.
- Monje santo - se oyó decir entonces desde el cielo -, lamento no haber podido daros un recibimiento mejor. Soy el espíritu local de la Montaña Potalaka y he sido enviado por la Bodhisattva para regalaros los arneses. Sed diligentes en vuestro empeño y proseguid vuestro viaje hacia el Oeste.
Tripitaka se sintió tan desconcertado que se bajó inmediatamente del caballo e, inclinándose hacia el cielo, se disculpó, diciendo:
- Perdonadme por no haber reconocido en vos el semblante de la divinidad, pero no debéis olvidar que mis ojos y mi cuerpo son mortales. Disculpad mi ceguera y dad las gracias a la Bodhisattva de mi parte - y empezó a golpear repetidamente el suelo con la frente.
Al poco rato el Gran Sabio soltó la carcajada y, llegándose hasta su maestro, le ayudó a levantarse, diciendo:
- ¿Se puede saber qué es lo que estáis haciendo? El dios ese se ha marchado hace ya mucho tiempo. ¿Para qué seguir golpeando la tierra con la cabeza? Ni siquiera puede oíros, así que dejad de lado tanta reverencia.
- Tienes razón - admitió Tripitaka, cuando se hubo repuesto de su sorpresa -. Sin embargo, quisiera que me explicaras por qué no has inclinado ni una sola vez la cabeza, mientras yo me partía la frente contra las piedras.
- ¿Estáis seguro de que no sabéis la razón? - replicó el Peregrino -. Ese diosecillo merecía una paliza por jugar con nosotros de la forma en que lo ha hecho. Si no le he apaleado, ha sido por la Bodhisattva. Así que deberíais darme las gracias, en vez de quejaros de si me he inclinado o he dejado de inclinarme ante él. Además, desde joven yo he sido siempre un héroe y no me he inclinado jamás ante nadie. Incluso cuando vi a Lao-Tse y al Emperador de Jade, me limité a saludarlos y asunto concluido.
- ¡Deja de decir tonterías, por favor! - le regañó Tripitaka -. Tenemos una misión que cumplir y no podemos permitirnos el lujo de perder más tiempo - volvió a montar en el caballo y continuó el viaje hacia el Oeste.
Durante dos meses aproximadamente gozaron de un camino apacible, ya que sólo se toparon con bárbaros, tigres, lobos y leopardos. El tiempo transcurrió veloz y, sin apenas darse cuenta, se echó encima la primavera. La montaña se revistió de un verde que recordaba al jade y empezó a brotar la hierba. Hacía tiempo que el ciruelo había perdido sus flores y los sauces comenzaron a llenarse de frágiles capullos de hojas verdes. Mientras maestro y discípulo admiraban el maravilloso resurgir de la primavera, el sol terminó de ponerse. Tripitaka echó las riendas al caballo y, aguzando la vista, logró vislumbrar en la distancia la oscura silueta de unos cuantos edificios y torres.
- Mira aquellas construcciones de allí, Wu-Kung - dijo al mono -. ¿Qué lugar será ése?
- No es ni un templo ni un monasterio. De eso estoy seguro - contestó el Peregrino, estirando el cuello cuanto pudo para ver mejor -. Vamos a llegarnos hasta allí a pedir alojamiento.
Tripitaka aceptó, complacido, la sugerencia y espoleó al dragón-caballo. No sabemos la clase de lugar al que llegaron. Quien quiera descubrirlo tendrá que escuchar las explicaciones que se ofrecen en el próximo capítulo.

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[1]Según el taoísmo, en el estómago, la cabeza y la frente de los hombres habitan unos espíritus que reciben el nombre de los «Tres Gusanos».

[2]La vaca, la oveja y el cerdo, a pesar de pertenecer a la categoría de animales domésticos, constituían un grupo aparte llamado las «tres bestias». Por eso se singularizan en el texto.

[3]Los chinos distinguen seis clases de animales domésticos: la vaca, la oveja, el cerdo, el perro, el pollo y el caballo.