Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

Vuelta del Mono de la Mente al Camino de la Verdad y del Bien. La desaparición de los Seis Bandidos[1].


La Mente es Buda y Buda es la Mente; ambos poseen la misma importancia. Quien llega a comprender que no existen ni objetos ni mente está en posesión del dharmakaya de la auténtica inteligencia. El dharmakaya carece de forma y se manifiesta bajo la apariencia del brillo de una perla, en el que todo está contenido. El auténtico cuerpo es el que carece de él y la forma más real es la que no tiene ninguna. No existen ni la forma, ni el vacío, ni la nada, ni el ir, ni el volver, ni el darse la vuelta, ni la igualdad, ni lo contrario, ni el ser, ni el no-ser, ni el dar, ni el recibir, ni el desear. Todo el universo y el reino de Buda caben en un solo grano de arena; en la mente y el cuerpo se contiene todo el cosmos. Para llegar a conocer en profundidad todo esto, es preciso someterse a Sakyamuni y renunciar a todo obrar.

Decíamos que Tripitaka y Puo-Chin, desconcertados y muertos de miedo, oyeron una voz estruendosa, que decía: - ¡Mi maestro acaba de llegar! ¡Mi maestro acaba de llegar!
- Lo más seguro es que ése sea el mono que lleva varios siglos encerrado en el interior de la montaña - exclamaron, temblando, los criados.
- ¡Claro que sí! - confirmó el Guardián de la Montaña -. Por fuerza tiene que ser él.
- ¿De qué mono estáis hablando? - preguntó Tripitaka. - Antiguamente este lugar era conocido como la Montaña de las Cinco Fases - explicó el Guardián -, pero cambió a su nombre actual tras las heroicas campañas, que, con el fin de asegurar la parte occidental de su imperio, llevó a cabo el Emperador de los Tang. Hace años oí decir que esta montaña cayó de los cielos con un mono dentro. Tan extraño fenómeno sucedió en la época en que Wang-Mang [2] usurpó el trono de los Han. Según los ancianos, el animal sobrevivió al hambre, al frío y al calor, observado siempre por los espíritus de la tierra, que le alimentaron con bolas de hierro y apagaron su sed con bronce líquido. No me cabe la menor duda de que es él el que está gritando de esa forma. Pero no tengas miedo. Es totalmente inofensivo. ¿Por qué no bajamos al pie de la montaña a echar un vistazo?
A Tripitaka no le quedó más remedio que aceptar y, volviendo grupas, descendió por la empinada ladera a lomos de su caballo. Después de desandar unos cuantos kilómetros, se toparon con un habitáculo de piedra, en cuyo interior, efectivamente, había un mono que no paraba de agitar las manos ni de decir en un estado de extrema agitación:
- ¿Por qué habéis tardado tanto en llegar, maestro? Llevo esperándoos yo qué sé la de siglos. Sacadme de aquí y juro que os protegeré de cuantos peligros encontréis de aquí a las tierras del Paraíso Occidental.
El monje se acercó para verle mejor y comprobó que poseía una boca protuberante, un rostro totalmente plano y dos ojos tan penetrantes que parecían emitir fuego. Llevaba tanto tiempo encerrado que le habían crecido líquenes en la cabeza, hierbajos en las orejas, musgo en las sienes y cardos en la barbilla, justamente en el lugar que debía haber ocupado una espesa y poblada barba. Sus cejas y narices estaban, además, totalmente cubiertas de barro y eso le daba una apariencia de condenado que ha perdido toda la esperanza. Su cuerpo estaba tan sucio que era difícil distinguir sus manos y pies de las escarpadas rocas que le rodeaban. Afortunadamente sus ojos y su lengua no parecían haber sufrido el menor anquilosamiento, cosa que no podía afirmarse de otras partes menos favorecidas de su cuerpo. A estado tan lamentable había quedado reducido el que, quinientos años atrás, se había otorgado a sí mismo el título de Gran Sabio. Su castigo estaba, sin embargo, a punto de concluir.
El Guardián de la Montaña se armó de valor y, acercándose a tan repelente criatura, le arrancó unos cuantos cardos de la barbilla y un poco de musgo de las sienes y le preguntó:
- ¿Quieres decir algo?
- Sí, pero no a ti - contestó el mono -. Es con el monje con el que desearía hablar. Tengo que preguntarle algo.
- ¿Qué es lo que quieres saber? - replicó en seguida Tripitaka.
- ¿Te ha enviado el emperador de las Tierras del Este en busca de las escrituras sagradas? - inquirió el mono.
- Así es - admitió Tripitaka -. ¿Quieres decirme por qué lo preguntas?
- Yo - respondió el mono - soy el Gran Sabio, Sosia del Cielo, y hace aproximadamente quinientos años sembré de confusión el Palacio Celeste. Eso hizo que Buda me castigara encerrándome bajo esta mole de piedra. Hace cierto tiempo, sin embargo, acertó a pasar por aquí la Bodhisattva Kwang-Ing, la cual me informó que se dirigía a las Tierras del Este en busca de un hombre justo que estuviera dispuesto a ir por las escrituras. Yo le pedí entonces que me ayudara y ella me hizo prometerle que jamás me volvería a ver envuelto en desórdenes como los que en su día protagonicé. De esta forma, acepté las leyes de Buda, comprometiéndome, al mismo tiempo, a proteger al futuro Peregrino durante toda la duración de su viaje hacia el Oeste. No me cabe duda de  que  entonces  me  serán  perdonadas  mis  ofensas  y  recibiré  una  recompensa sustanciosa. Esto explica que haya estado esperándoos día y noche, pues sólo vos podéis sacarme de aquí. A cambio me convertiré en discípulo vuestro y os brindaré toda la protección que preciséis.
- ¿Cómo puedo liberarte? - exclamó Tripitaka, desconcertado -. A pesar de tus buenas intenciones  y  de  lo  que  te dijo  la  Bodhisattva,  no  tengo  a  mano  nada  para  hacer agujeros, ni siquiera una simple hacha.
- ¿Quién está hablando de instrumentos? - protestó el mono -. Para liberarme sólo necesitas quererlo de verdad.
-  ¡Por  supuesto  que  lo  quiero!  -  replicó  Tripitaka  -.  Pero  ¿puedes  decirme  cómo hacerlo?
- Muy sencillo - respondió el mono -. En la cima de esta montaña hay una losa de piedra con un texto que escribió el mismo Buda con letras de oro. Cógela y apártala de la cumbre. Eso bastará para que pueda abandonar esta mazmorra.
Tripitaka accedió a hacer inmediatamente lo que le pedía. Se volvió pues, hacia Puo- Chin y le suplicó, diciendo:
- Acompáñame hasta lo alto de esta montaña, por favor. - ¿Crees que está diciendo la verdad? - preguntó Puo-Chin, desconfiado.
- ¡Claro que sí! - protestó el mono con energía -. ¿Cómo iba a atreverme a mentiros en la situación en la que me encuentro?
A Puo-Chin no le quedó más remedio que llamar a sus criados y ordenarles que agarraran a los caballos de las bridas. De esta forma iniciaron su penosa ascensión a la cima de la montaña, a la que lograron llegar asiéndose a zarzas y a hierbas salvajes. La cumbre era el pico más alto de toda la cordillera, sobre el que confluían diez mil rayos de luz dorada. Como había dicho el mono, allí se levantaba una losa enorme, en la que habían sido escritas las siguientes palabras: "Om mani padme hum". Tripitaka se llegó hasta ella, se arrodilló y se quedó mirándola con detenimiento. Tocó después varias veces el suelo con la frente y, volviéndose hacia el oeste, oró, diciendo:
- Yo, vuestro indigno discípulo Chen Hsüan-Tsang, he sido elegido para ir en busca de los textos sagrados. Si, en verdad, ese mono ha sido predestinado para ser seguidor mío, permitidme que pueda arrancar esas letras de oro y así quedará libre para acompañarme hasta la Montaña del Espíritu. Por el contrario, si no es más que un monstruo cruel que sólo busca engañarme y arruinar la empresa a la que me he comprometido, haced que ni siquiera pueda moverlas del sitio.
Tras tocar nuevamente el suelo con la cabeza, se dirigió hacia la piedra y arrancó con increíble facilidad las letras de oro que había incrustadas en ella. Al instante se levantó un viento aromático, que arrancó la losa y la elevó hacia lo alto, mientras se oía una voz que decía:
- Yo soy el carcelero del Gran Sabio, cuya condena concluye hoy. Regreso, por tanto, al lado de Tathagata a entregarle el sello que en su día me confió.
Tripitaka, Puo-Chin y los criados se sintieron tan aterrados que se dejaron caer al suelo, sin atreverse a mirar hacia lo alto. Cuando descendieron, por fin, de la montaña, se llegaron hasta la mazmorra de piedra y dijeron al mono:
- La losa ha sido levantada, así que puedes salir cuando quieras.
- Si no os importa - replicó el mono, loco de contento -, me gustaría que os apartarais un poco. De esa forma, cuando salga, no os asustaréis tanto de mi aspecto.
Puo-Chin llevó a Tripitaka y a los criados a una distancia de tres o cuatro kilómetros hacia el este, pero el mono gritó:
- ¡Más lejos! ¡Un poco más lejos!
Tripitaka y sus acompañantes se vieron obligados a alejarse tanto que terminaron abandonando  la  montaña.  Se  produjo  entonces  un  temblor  tan  fuerte  que  por  un momento pareció como si la montaña se hubiera derrumbado o la tierra se hubiera partido en dos. Todos estaban sobrecogidos de temor. Pero, antes de que pudieran darse cuenta, el mono se había colocado ya delante del caballo de Tripitaka y, arrodillándose en el polvo, dijo, visiblemente emocionado:
- ¡Estoy libre, maestro! ¡Libre!
Se inclinó cuatro veces ante Tripitaka y, poniéndose de pie de un alto se dirigió respetuosamente a Puo-Chin, diciendo:
- Os agradezco las molestias que os habéis tomado al acompañar hasta aquí a mi maestro y el gesto que habéis tenido al arrancarme las hierbas de la cara.
Apenas hubo acabado de decirlo, fue a asegurar con una cuerda el equipaje de su maestro. Pero, al verle, el caballo se puso muy nervioso y a punto estuvo de encabriolarse. Como el mono había sido el encargado de los caballos-dragón en los establos celestes, su autoridad entre esos animales era tanta que se ponían a temblar en cuanto  le  veían.  Tripitaka  comprendió  que  se  trataba  de  alguien  con  intenciones honestas, un auténtico servidor de la causa budista, y, llamándole, le preguntó:
- ¿Cómo te llamas, discípulo?
- Yo - contestó el mono - me apellido Sun.
- Permíteme, en ese caso, que te busque un nombre religioso. Así me será más fácil dirigirme a ti.
- Semejante gesto os honra, maestro - replicó el mono - y yo os lo agradezco de todo corazón. Sin embargo, ya poseo un nombre religioso. De hecho, me llamo Sun Wu- Kung.
- He de admitir que te cae muy bien - afirmó Tripitaka, complacido -. Sin embargo, pareces un monje mendicante. ¿Qué te parece si a partir de hoy te llamo el Peregrinon Sun?
- ¡Excelente! - exclamó Wu-Kung.
Al ver que el Peregrino Sun había terminado los preparativos para continuar la marcha, Puo-Chin se volvió hacia Tripitaka y le dijo, respetuoso:
- Sois afortunado, al haber encontrado aquí a un discípulo como este. Enhorabuena. Parece una persona excelente y estoy seguro de que será un buen compañero de viaje. Por mi parte, me temo que he de regresar cuanto antes a casa.
Jamás podré agradeceros lo que habéis hecho por mí - replicó Tripitaka, inclinando la cabeza -. Pido disculpas a vuestra madre y a vuestra esposa por las molestias que se han tomado conmigo y decidles que para mí será un honor saludarlas a la vuelta.
Puo-Chin asintió y se alejó, seguido de sus criados. El Peregrino Sun pidió entonces a Tripitaka que montara en el caballo y reiniciaron la marcha. El mono iba delante con el equipaje a la espalda. Al poco tiempo de dejar atrás la Montaña de las Dos Fronteras, vieron a un tigre de aspecto feroz, que rugía, amenazante, - sus ojos parecían echar fuego. Nervioso, Tripitaka tiró de las riendas y se puso a temblar. El Peregrino, por su parte, se echó a un lado y dijo a su maestro, alegre como si acabara de encontrar un tesoro:
- No temáis. Éste es un regalo que el cielo ha puesto en mi camino, pues, como comprenderéis, no puedo ir por ahí totalmente desnudo.
Dejó el equipaje en el suelo y, llevándose la mano a la oreja, sacó una aguja pequeñita, la sacudió contra el viento y al punto se convirtió en una barra de hierro tan gruesa como un cuenco de arroz. La miró con satisfacción y exclamó, sonriendo:
- Durante más de quinientos años no he hecho uso de este tesoro. Ahora va a proporcionarme una vestimenta calentita y cómoda.
De dos zancadas se llegó hasta donde estaba el tigre y gritó:
- ¡Maldita bestia! ¿Adonde crees que vas?
El tigre se agachó, como si fuera un gatito, y permaneció agazapado contra el suelo, sin atreverse a moverse. El Peregrino Sun levantó la barra de hierro y la dejó caer con fuerza sobre la cabeza de la bestia. El cráneo se hizo añicos y el cerebro saltó como si fueran diez mil pétalos rojizos de flor de melocotón. Al mismo tiempo, los dientes volaron por el aire, como incontables esquirlas de jade blanco. Chen Hsüan-Tsang estaba tan asustado que se cayó del caballo y empezó a gritar, mordiéndose las uñas:
-  ¡Santo  cielo,  esto  es  francamente  increíble!  Para  reducir  el  otro  día  al  tigre,  el Guardián de la Montaña se vio obligado a luchar con él casi medio día. Sun Wu-Kung, por  el  contrario,  lo  ha  hecho  añicos  hoy  con  un  solo  golpe  de  su  barra.  Ahora comprendo el dicho que afirma: "Por muy fuerte que seas, siempre hay otro más fuerte que tú".
- Maestro - sugirió el Peregrino, trayendo a rastras al tigre -, ¿por qué no os sentáis un rato, mientras le quito la piel? No os preocupéis. Seguiremos el viaje en cuanto haya hecho con ella un vestido apropiado para mí.
- Pero te llevará mucho tiempo - protestó Tripitaka -. Además, no tienes utensilios a mano.
- Por eso no os preocupéis - le tranquilizó el Peregrino -. Dispongo de mis propios medios. Ya veréis.
Se arrancó unos cuantos pelos y soplando sobre ellos una bocanada de aire mágico, gritó:
- ¡Transformaos!
Al punto se convirtieron en un cuchillo curvo y sumamente afilado, con el que descuartizó el tigre. Su pericia era tan grande que consiguió la piel entera. Le quitó después las zarpas y la cabeza y, de esta forma, obtuvo una pieza rectangular. La levantó en alto y, tras calcular sus medidas a ojo, concluyó:
- Me parece que es un poco grande para mí. Lo mejor es que la parta por la mitad.
Cogió el cuchillo y la dividió en dos partes iguales. Guardó una y la otra se la ciñó a la cintura, sujetándola con una especie de juncos que crecían a la misma vera del camino.
- Ya está, maestro - dijo entonces, satisfecho -. Cuando nos topemos con alguna casa y dispongamos de tiempo suficiente, pediré prestado un poco de hilo y lo coseré mejor. Ahora podemos proseguir nuestro camino.
Volvió a sacudir la barra de hierro y al instante se transformó en una aguja pequeñita, que de nuevo se metió en la oreja. Tras cargar con el equipaje, ayudó al maestro a montar en el caballo y continuaron el viaje.
- ¿Dónde has metido la barra con la que acabas de matar al tigre? - preguntó, sorprendido, el monje -. No me irás a decir que ha desaparecido.
- No, no - respondió el Peregrino, sonriendo -. No tenéis ni idea de lo poderosa que es. La conseguí en el Palacio del Dragón del Océano Oriental. Se llama la Guardiana de la Vía Láctea, aunque también es conocida como la Barra Complaciente de los Extremos de Oro. Cuando me rebelé contra el cielo, me sirvió de gran ayuda, ya que puede convertirse en lo que yo quiera, sin importar la forma o el tamaño. Precisamente acabo de transformarla en una diminuta agua de bordar y, así, he podido metérmela en la oreja. La volveré a sacar cuando lo necesite.
- ¿Por qué se quedó quieto el tigre cuando te vio? - volvió a preguntar Tripitaka -. ¿Cómo explicas que no hiciera nada por defenderse?
- Hasta un dragón se hubiera comportado de la forma como lo hizo esa bestia - contestó Wu-Kung -. Aunque no lo creáis, tengo poder para dominar los dragones, domesticar a las fieras, hacer que los ríos se desborden y los océanos se piquen. Soy capaz, además, de descubrir el carácter de una persona con sólo mirarle a la cara y de averiguar si lo que está diciendo es verdad o no según sea el tono de su voz. Si quiero, puedo llegar a ser tan grande como el mismo universo o tan pequeño como el vello más insignificante. Tengo, en suma, poder para transformarme en lo que me dé la gana e incluso hasta para convertirme en invisible. ¿Qué hay de raro, pues, en que haya dominado al tigre con tanta facilidad? Esperad a que nos encontremos en auténticas dificultades y entonces comprobaréis con vuestros propios ojos lo que soy capaz de hacer.
Al oírlo, Tripitaka se sintió más tranquilo y espoleó a su caballo. No pararon de hablar ni un solo segundo y, así, el viaje se les hizo más llevadero. Al poco rato el sol comenzó a ponerse por el oeste, tiñendo las nubes lejanas de un rojo que por momentos iba perdiendo  intensidad.  Los  pájaros  buscaban  cobijo  en  los  bosques,  llenando  el crepúsculo con la nerviosa algarabía de sus cantos. Las bestias salvajes regresaban a sus guaridas en parejas, aunque también se veían, de vez en cuando, grupos mayores. La luna, garfio luminoso rodeado de un halo, había aparecido ya en el cielo, escoltada por los diez mil puntos luminosos de las estrellas.
- Debemos darnos prisa, maestro - dijo el Peregrino, levantando la vista -, porque se está haciendo muy tarde. Allí se ve un tupido grupo de árboles y me figuro que se levantará un pueblo o, cuando menos, una alquería. Tendremos que apresurarnos, si queremos encontrar alojamiento.
Tripitaka espoleó el caballo y no tardaron en llegar a una casa. Mientras el monje desmontaba, el Peregrino se dirigió hacia la puerta y empezó a aporrearla, gritando:
- ¡Abrid! ¡Abrid!
Al poco rato apareció un anciano, que se servía de un bastón para caminar. La puerta rechinó lastimosamente y el hombre casi se muere del susto, al ver al Peregrino con la piel de tigre arrollada a la cintura y un aspecto tan horripilante que parecía un dios del trueno. Preso del pánico, empezó a gritar:
- ¡Socorro! ¡Un fantasma! ¡Un fantasma! - y otras tonterías por el estilo. Tripitaka se acercó en seguida a él y, agarrándole del brazo, le dijo:
- No tengáis miedo. Éste no es ningún fantasma, sino mi discípulo.
El anciano levantó la vista y, al ver los atractivos y bien proporcionados rasgos de Tripitaka, se avino por fin a razones y preguntó:
- ¿A qué monasterio pertenecéis y por qué habéis osado llegaros hasta mi puerta con un personaje tan siniestro como éste?
- Yo, señor - contestó Tripitaka -, vengo de la corte de los Tang y me dirijo hacia el Paraíso Occidental en busca de las escrituras de Buda. Al pasar por aquí, se nos hizo de noche y decidimos llegarnos hasta vuestra casa en busca de cobijo. Os doy mi palabra de que no nos quedaremos mucho tiempo. De hecho, pensamos proseguir la marcha en cuanto haya amanecido. Por lo que más queráis, no nos dejéis pasar la noche a la intemperie.
- Es posible que tú seas un súbdito de los Tang - replicó el anciano -, pero dudo mucho de que también lo sea ese tipo tan siniestro que viene contigo.
- ¡No sé para qué tienes tú los ojos! - exclamó Wu-Kung, levantando la voz -. Hasta un ciego puede darse cuenta de que éste, un ciudadano del imperio Tang, es mi maestro y yo su discípulo. En cuanto a mí, te diré que me importan poco las distinciones que acabas de hacer. Al fin y al cabo, todavía sigo siendo el Gran Sabio, Sosia del Cielo. Por cierto, tu familia y tú mismo deberíais recordarme, pues no es la primera vez que nos vemos.
- ¿Se puede saber dónde nos hemos visto? - preguntó, despectivo, el anciano.
- ¿No te acuerdas de que, cuando eras joven, me tirabas verduras a la cara y me ponías leña delante de los ojos? - contesto Wu-Kung.
- ¡Tonterías! - exclamó el anciano -. ¿En dónde vivías tú y dónde estaba yo para tirarte verduras a la cara y ponerte leña delante de los ojos?
Aquí el único capaz de decir tonterías eres tú - afirmó Wu-Kung -. Eso demuestra que todavía no me has reconocido. Acércate y mírame detenidamente. Soy el Gran Sabio que se encontraba prisionero en la mazmorra de piedra de la Montaña de las Dos Fronteras.
- Ahora que lo dices, te pareces un poco a él - dijo el anciano, tratando de recordar -. Pero ¿cómo has logrado escapar de allí?
Wu-Kung le explicó entonces cómo la Bodhisattva le había convertido y le había pedido  que  esperara  la  llegada  del  monje  Tang,  que  le  liberaría,  como  así  había ocurrido,  de  su  encierro  y  después  le  haría  discípulo  suyo.  El  anciano  se  inclinó entonces ante ellos y les suplicó que entraran en su casa. Llamó a continuación a su mujer y a sus hijos y les pidió que trataran lo mejor que pudieran a huéspedes tan respetables. Cuando les contó lo ocurrido, todos se mostraron encantados. No pasó mucho tiempo antes de que se sirviera el té, momento que aprovechó el anciano para preguntar a Wu-Kung:
- ¿Cuántos años tienes, Gran Sabio?
- ¿Y tú? - replicó Wu-Kung.
- Así, como quien no quiere la cosa, llevo ciento treinta años viviendo en este mundo - contestó el anciano.
- En ese caso - concluyó el Peregrino -, eres mi tataranieto. Si he de ser sincero, no me acuerdo de cuándo nací. Lo único que sé es que he pasado más de quinientos años debajo de esa montaña.
- Sí, sí, - confirmó el anciano -. Recuerdo que mi tatarabuelo me contó una vez que la montaña esa cayó repentinamente del cielo y que dentro tenía encerrado a un mono de origen divino. ¡Pensar que has tenido que esperar tanto tiempo para volver a gozar de libertad! Me acuerdo de que, cuando te vi la primera vez, tenías hierbajos en la cabeza y la cara totalmente cubierta de barro. Sin embargo, no me asusté lo más mínimo. Por cierto, ahora que te los has arrancado, pareces un poco más delgado, aunque con esa piel de tigre a la cintura eres el vivo retrato de un demonio.
Todos se echaron a reír al oírlo. El anciano era, no obstante, un hombre decente y ordenó que les prepararan una comida vegetariana.
- ¿A qué familia perteneces tú? - preguntó Wu-Kung.
- A la de los Chen - contestó el anciano.
Tripitaka abandonó su asiento y corrió a presentarle sus respetos, diciendo:
- Según parece, tenemos los mismos antepasados.
- ¿Cómo puede ser eso, si vos os apellidáis Tang? - protestó Wu-Kung.
- No, no - negó Tripitaka -. Mi auténtico apellido es Chen y soy originario de la aldea de Chü-Sien, Hung-Nung, Distrito de Hai-Chou. Mi nombre religioso, de hecho, es Chen Hsüan-Tsang. Si ahora uso el apellido Tang, es porque nuestro Gran Emperador Tang  Tai-Chung  hizo  un  pacto  de  hermandad  conmigo.  De  ahí  que  algunos  me conozcan como Tripitaka o el monje Tang a secas.
El anciano se alegró mucho de que ambos tuvieran el mismo apellido.
- Perdona - dijo el Peregrino, dirigiéndose a él -, pero la verdad es que llevo sin lavarme quinientos años. ¿Te importaría pedir a tus criados que nos preparen un poco de agua caliente para bañarnos mi maestro y yo? Cuando nos marchemos, sabremos recompensártelo a nuestra manera.
Al instante el anciano mandó poner el agua al fuego e hizo traer unas tinajas y varios hachones. Después de bañarse, se sentaron junto al fuego y el Peregrino volvió a decir:
- Me temo, viejo Chen, que aún me queda un nuevo favor que pedirte. ¿Podrías prestarme una aguja y un poco de hilo?
- ¡Por supuesto! - exclamó el anciano y ordenó a uno de sus criados que fuera inmediatamente a por ellos.
El Peregrino tenía una vista muy aguda y pudo, así, percatarse de que Tripitaka se había quitado una camisa de sarga blanca y no había vuelto a ponérsela después del baño. Se la apropió con indescriptible alegría y empezó a coser pacientemente la piel de tigre. Cuando hubo concluido, volvió a enrollársela a la cintura y, paseando una y otra vez delante de su maestro, le preguntó:
- ¿Qué os parece el aspecto que tengo hoy comparado con el de ayer?
- Totalmente distinto - contestó Tripitaka -. Ahora pareces un autentico Peregrino. Si crees que esa camisa no está muy gastada, puedes quedarte con ella.
- Gracias por el regalo, maestro - replicó Wu-Kung con respeto y salió a por un poco de heno para los caballos. En cuanto los hubo alimentado, se retiraron todos a descansar.
A la mañana siguiente Wu-Kung se despertó muy temprano y preparó el equipaje, mientras Tripitaka terminaba de vestirse. Cuando se disponían a marcharse, el anciano les trajo agua para que se lavaran y un poco de comida vegetariana. Nada más terminar de desayunar, Tripitaka montó en su caballo y reanudaron el viaje. El Peregrino iba adelante, abriendo la marcha. A los pocos días de camino hizo su presencia el invierno. Por doquier se veían árboles desnudos y arces abrasados por la escarcha. Sólo de vez en cuando podía contemplarse el verdor inalterable de los pinos y los cipreses. A principios del undécimo mes, sin embargo, los días se tornaron momentáneamente tan calurosos como en primavera [3] y las flores del ciruelo esparcieron su aroma por todo el paisaje. Pero eso duró poco. Mientras pasaban por un puente hecho de ramas de árbol, que unía las  dos  orillas  de  una  torrentera,  vieron  flotar  sobre  sus  cabezas  nubes  grisáceas preñadas de nieve. El viento era tan frío y recio que hacía llorar. Por la noche las temperaturas bajaban tanto que resultaba imposible dormir al sereno.
Los  dos  caminantes  llevaban  cubierta  una  buena  parte  de  su  trayecto,  cuando  les salieron al encuentro seis hombres gritando como locos y armados con lanzas, espadas y arcos. Se pararon justamente en el centro del sendero y, levantando la voz, dijeron:
- Párate, monje, y bájate del caballo. Si quieres seguir adelante, tendrás que darnos todo lo que llevas.
Tripitaka  estaba  tan  aterrado  que  sintió  cómo  el  espíritu  se  le  salía  del  cuerpo, cayéndose del caballo, incapaz totalmente de articular palabra. El Peregrino corrió hacia él y, ayudándole a levantarse, le dijo:
- No os asustéis, maestro. Esta gente ha venido a ofrecernos ropa y un poco de dinero para el viaje.
- ¿Estás sordo o es que no has oído lo que han dicho? - exclamó Tripitaka -. ¡Quieren que les demos el caballo y cuanto llevamos encima! ¿Cómo puedes afirmar que han acudido a socorrernos?
- Vos quedaos aquí cuidando de nuestras cosas - le sugirió el Peregrino -. Yo voy a acercarme hasta ellos a ver lo que pasa.
- ¿A ver lo que pasa? - repitió Tripitaka -. Por muy bueno que sea un puñetazo, siempre será inferior en efectividad a dos puños, y éstos a cuatro manos. ¿No lo entiendes? Tenemos ante nosotros a seis tiarrones y tú posees una constitución más bien débil.¿Quieres decirme cómo vas a hacerles frente?
Valiente como era, el Peregrino no se avino a más razones. Se dirigió hacia ellos con los brazos cruzados y, tras saludarlos, les preguntó con inesperado desparpajo:
- ¿Se puede saber, caballeros, por qué habéis cerrado el paso a un monje tan pobre como éste?
- Somos los reyes del camino y los señores de la Montaña de la Relación Humana. Desde siempre hemos sido muy famosos, aunque tú parezcas desconocerlo. Entregadnos lo que lleváis y os dejaremos pasar. De lo contrario, os haremos picadillo.
- También yo he sido rey y señor de una montaña durante siglos replicó el Peregrino -. Sin embargo, he de admitir que en todo ese tiempo no he oído hablar de vosotros. Disculpadme, pero no sé cómo os llamáis.
- ¿Que no lo sabes? - repitió uno de ellos -. Está bien. Te voy a presentar a todos. Uno es el Ojo-que-ve-y-se-complace-en-ello, otro el Oído-que-oye-y-lo-graba-en-la-memoria, otro la Nariz-que-huele-y-se-deleita, otro la Lengua-que-saca-sabor-a-las-cosas-y-después-las-anhela, otro la Mente-que-percibe-y-codicia-la-posesión-de-lo-percibido y otro el Cuerpo-que-aguanta-y-sufre.
- Vosotros lo que sois - replicó Wu-Kung, soltando la carcajada - es unos bandidos que no sabéis reconocer a vuestro amo. ¿Cómo os atrevéis a cerrarme el paso? Sacad todo lo que habéis robado y divididlo en siete partes iguales, si queréis seguir con vida.
Al oírlo, algunos de los ladrones se echaron a reír, otros se pusieron furiosos y los menos se echaron a temblar. Todos, sin embargo, reaccionaron a la postre de la misma manera, ya que se lanzaron sobre él, gritando:
- ¡Maldito monje! No tienes nada que ofrecernos y encima nos exiges que repartamos contigo nuestro botín. ¿Quién te has pensado que eres?
Blandiendo sus lanzas y espadas, rodearon al Peregrino y descargaron sobre su cabeza no menos de setenta u ochenta golpes. Pero Wu-Kung se comportó como si no pasara nada.
- ¡Cuidado que tiene la cabeza dura este monje! - exclamó, asombrado, uno de los bandidos.
- No demasiado - le corrigió el Peregrino, riéndose -. Me parece que tanto ejercicio os está cansando un poco, ¿no es así? Es hora de que saque ya la aguja y me divierta un rato con vosotros.
- ¡No me digas que eres acupunturista! - se burló otro de los ladrones -. ¿Para qué vas a sacar la aguja, si ninguno de nosotros está enfermo?
El Peregrino se llevó entonces la mano a la oreja y cogió su pequeña aguja de bordar. La sacudió un poco cara al viento y al instante se convirtió en una barra de hierro del grosor de un cuenco de arroz. La agarró fuertemente con las dos manos y gritó con potente voz:
- ¡No corráis, cobardes! ¡Dadme la oportunidad de probar en vosotros mi barra!
Los seis ladrones se desperdigaron en todas las direcciones, pero él de dos zancadas les dio alcance, rodeándoles con felina destreza. Después los fue matando uno a uno, les quitó las ropas y les desposeyó de cuanto de valor llevaban consigo.
- Ya podéis continuar, maestro - dijo, volviéndose sonriente hacia Tripitaka -. Los bandidos han sido exterminados.
- Lo que has hecho ha sido algo terrible - le regañó Tripitaka -. Es posible que fueran unos salteadores, pero tú no tenías ningún derecho a juzgarlos y condenarlos a muerte de la forma en que lo has hecho. ¿Por qué les has matado a todos? Deberías haberte limitado a hacerles huir. ¿Cómo puedes considerarte un monje, cuando vas por ahí asesinando a la gente sin ton ni son? Quienes nos dedicamos a la vida del espíritu tenemos la obligación de "cerciorarnos de que no hay ninguna hormiga en el suelo, cuando barremos, para que no sufra daño alguno; incluso debemos rodear las velas con pequeñas pantallas, para evitar que las polillas mueran abrasadas". ¿Cómo puedes tú matar a quien te venga en gana, sin detenerte a distinguir lo blanco de lo negro? ¡Es increíble que te muestres tan poco compasivo con los demás! Menos mal que nos encontramos en un descampado y aquí está descartada toda investigación sobre los hechos. Imagina que esto hubiera sucedido en una ciudad. ¿Crees que ibas a seguir en libertad después de golpear con tu barra de hierro al que te apetezca?
- Pero, maestro - protestó Wu-Kung, desconcertado -, si no los hubiera matado, ellos habrían terminado con nosotros.
- Los monjes - sentenció Tripitaka - tenemos la obligación de morir antes que emplear la  violencia.  Además,  hay  una  gran  diferencia  entre  perder  la  vida  uno  y  morir asesinados seis. No existe ninguna justificación para lo que has hecho. Incluso si fueras el juez, tendrías que admitir que tu conducta ha sido del todo desacertada.
- Cuando era rey de la Montaña de las Flores y Frutos, hace aproximadamente quinientos años - trató de defenderse el Peregrino -, maté a yo qué sé la de gente; si no llega a ser por eso, jamás habría llegado a Gran Sabio, Sosia del Cielo.
- ¿Pero es que no comprendes - replicó Tripitaka - que sufriste ese tremendo castigo, precisamente porque, al actuar sin ningún tipo de escrúpulos ni control, atrajiste sobre ti la cólera de la Tierra y la condena del Cielo? Si, después de abrazar la fe budista, aún insistes en practicar la violencia y en seguir matando a la gente como antes, no eres digno de ser un monje ni de acompañarme al Paraíso Occidental, porque simplemente eres un malvado.
El  mono  no  estaba  acostumbrado  a  que  nadie  le  riñera.  Al  principio  trató  de controlarse,  pero,  como  Tripitaka  no  paraba  de  regañarle,  terminó  perdiendo  la paciencia y exclamó, malhumorado:
- ¡Está bien, está bien! Si consideras que no merezco ser un monje ni acompañarte hasta el Paraíso Occidental, ahora mismo me marcho y asunto concluido. ¡Basta ya de tanta reprimenda!
Antes de que Tripitaka tuviera tiempo de responder, el Peregrino dio un salto y se perdió en lo alto, después de gritar:
- ¡Allá voy!
Tripitaka levantó la cabeza, pero el mono había desaparecido ya. Sólo quedó flotando en el aire un sonido silbante, que se desplazó como una exhalación hacia el este. El monje sacudió entonces la cabeza y suspiró:
- ¡Qué hombre! ¡Qué poco le gusta ser adoctrinado! No comprendo cómo ha podido desaparecer tan pronto y todo porque le he dicho simplemente lo que pensaba. Está bien. Se ve que mi destino es no tener ningún compañero de viaje, porque a ése no le hago volver ni aunque le llame. ¿Cómo voy a poder hacerlo, si ni siquiera sé dónde está? No me queda más remedio que seguir adelante solo - y se dispuso a continuar el camino hacia el Oeste, aunque hubiera de perder la vida en el intento o no volver a hablar con nadie en mucho tiempo.
No le quedó, pues, más remedio que coger el equipaje y cargarlo sobre el caballo. El animal parecía tan derrengado por el peso que no se atrevió a montar en él. Con las riendas en una mano y el bastón en la otra siguió su triste camino hacia las Tierras del Oeste. No se había alejado mucho, cuando se topó con una anciana que lucía una túnica de seda y llevaba en la cabeza un tocado con muchas flores. En cuanto la vio, Tripitaka se hizo deferentemente a un lado para dejarla pasar.
- ¿De dónde venís y por qué viajáis solo? - preguntó la anciana.
- Yo, señora - contestó Tripitaka, respetuoso -, me dirijo hacia el Paraíso Occidental a buscar, de parte del gran rey de las Tierras del Este, las auténticas escrituras de Buda.
El Gran Buda del Oeste - comentó la anciana - vive en la India, en el Templo del Trueno, un lugar que se encuentra aproximadamente a cincuenta mil kilómetros de distancia. ¿Cómo piensas hacer tú solo un viaje tan largo sin nadie que te acompañe?
- Hace unos días - respondió Tripitaka - me agencié un discípulo, pero tenía un carácter muy fuerte y no le gustaba que nadie se metiera en su vida. Precisamente me ha dejado solo porque le reprendí un poco. Se ve que no tenía mucho interés en aprender.
- Una auténtica lástima - exclamó la mujer -. Traigo conmigo una túnica de seda y una corona con incrustaciones de oro, que pertenecieron a mi hijo. Fue monje solamente tres días, al cabo de los cuales murió de una repentina enfermedad. Precisamente ahora vengo del monasterio en el que buscó el camino de la perfección. El luto ha concluido y su maestro me ha entregado estas cosas para que me ayuden a guardar para siempre su recuerdo. ¡Como si no fuera a mantenerlo eternamente vivo en mi corazón! A mí, en realidad, no me sirven para nada. Puesto que vos tenéis un discípulo, os las regalo para él.
- Os lo agradezco mucho - replicó Tripitaka -, pero no me atrevo a aceptarlo. Como acabo de deciros, me abandonó un poco antes de que me encontrara con vos.
- ¿Adonde se fue? - insistió la anciana.
- No lo sé - contestó Tripitaka -. Lo único que puedo deciros es que oí como una especie de silbido que se desplazaba hacia el este.
- ¡Qué casualidad! - exclamó la anciana -. Mi casa se encuentra también en esa dirección. Lo más probable es que haya ido allí. Conozco, además, un conjuro para controlar la mente que podéis aprender sin ninguna dificultad. Memorizadlo y no se lo enseñéis jamás a nadie. Ahora voy a ver si le alcanzo y logro convencerle para que vuelva con vos. En cuanto regrese, entregadle la túnica y la corona. Si se obstina en no obedeceros, recitad el conjuro en voz baja y os aseguro que no se atreverá a dejaros solo nunca más ni a ceder a la tentación de la violencia.
En prueba de agradecimiento, Tripitaka agachó la cabeza. La anciana se transformó entonces en un rayo de luz que se desplazó a toda velocidad hacia el este. De esta forma, Tripitaka cayó en la cuenta de que se trataba de la Bodhisattva Kwang-Ing. Sin pérdida de tiempo cogió un poco de arena y lo espolvoreó como si fuera incienso, inclinado hacia el este. Tomó después la corona y la túnica y las metió en la bolsa. Se sentó a continuación a la vera del camino y repitió una y otra vez el conjuro para dominar la mente, hasta que terminó aprendiéndoselo de memoria.
Wu-Kung, mientras tanto, había viajado hasta el Océano Oriental, donde abrió un sendero en el agua que le llevó directamente al Palacio de Cristal de Agua. Al enterarse de su llegada, el Rey Dragón salió personalmente a darle la bienvenida, diciendo:
- Hasta mis oídos han llegado las nuevas de vuestra liberación, cosa de la que, ciertamente, me congratulo. Disculpadme, Gran Sabio, que no os haya felicitado todavía por ello. Supongo, de todas formas, que habréis estado muy ocupado poniendo en orden vuestra montaña y la caverna que un día habitasteis.
- Eso es lo que me hubiera gustado hacer - admitió Wu-Kung -. Sin embargo, me he convertido en un monje.
- ¿En un monje? - repitió el Rey Dragón, sorprendido -. ¿Qué clase de monje?
- Todo ha sido obra de la Bodhisattva de los Mares del Sur, que me convenció para que me dedicara a la práctica del bien y a la búsqueda de la verdad. Me comprometí, al mismo tiempo, a acompañar al monje Tang hasta las Tierras del Oeste en busca de las escrituras  de  Buda.  Como  prueba  de  ese  compromiso,  ahora  se  me  conoce  por  el nombre del Peregrino.
- ¡Eso es, francamente, encomiable! - exclamó el Rey Dragón -. No es nada fácil abandonar las sendas del mal para seguir el camino del bien. Sin embargo, si lo que acabas de decirme es verdad, ¿cómo es que ahora te diriges hacia el este?
- Ese monje Tang desconoce totalmente la naturaleza humana replicó el Peregrino, soltando  la  carcajada  -.  Nos  salieron  al  encuentro  unos  cuantos  bandidos  con  la intención de robarnos y yo acabé con ellos en un santiamén. Pero, en vez de darme las gracias, ese bonzo empezó a reñirme y a echarme en cara lo supuestamente equivocado de mi acción. No pude aguantarlo y le dejé con la palabra en la boca. Precisamente me dirigía hacia mi montaña, cuando me dije que por qué no te hacía una visita y tomaba contigo una taza de té.
- ¡No sabes cuánto te lo agradezco! - volvió a exclamar el Rey Dragón y al instante aparecieron sus hijos y nietos con vasos de un té  aromático.
En cuanto el Peregrino hubo apurado el suyo, se dio la vuelta y, al ver colgada de la pared una pintura que representaba el incidente de los zapatos del puente I, preguntó, interesado:
- ¿Qué es lo que quiere decir este dibujo?
- La escena que en él aparece - respondió el Rey Dragón - ocurrió cierto tiempo después de que tú nacieras. Es posible, por tanto que no lo recuerdes. De todas formas, es extraño que no hayas oído hablar de la triple entrega de los zapatos.
- ¿La triple entrega de los zapatos? - repitió el Peregrino.
- Eso es - asintió el Rey Dragón -. El inmortal de la pintura se llamaba Hwang Shr- Kung y el joven que hay arrodillado ante él, Chang-Liang [4]. Shr-Kung estaba sentado en el puente I, cuando de pronto se le cayó un zapato y pidió a Chang-Liang que fuera a recogérselo. El joven así lo hizo, viéndose obligado a arrodillarse para volver a ponérselo. Esto sucedió tres veces seguidas, pero Chang-Liang no dio la menor muestra de fastidio o impaciencia, cosa que le valió el cariño de Shr-Kung, el cual le enseñó en una sola noche el contenido del libro celeste y le pidió que apoyara a la casa de los Han. Chang-Liang "realizó después proyectos militares, sentado cómodamente en una tienda de campaña, que hicieron posible la obtención de victorias a varios miles de kilómetros de distancia" [5]. Cuando la dinastía Han estuvo firmemente asentada, renunció a su cargo y se retiró a las montañas, donde siguió las enseñanzas de la Semilla del Pino Rojo [6] Taoísta, llegando a alcanzar la luz de la inmortalidad. Si no acompañas ahora al monje Tang y no te sometes a sus consejos y enseñanzas, ten por seguro, Gran Sabio, que toda tu vida serás un inmortal revoltoso. No pienses que a tu edad ya has conseguido todos los Frutos de la Verdad, porque todavía te queda mucho por aprender.
Wu-Kung escuchó con atención esas palabras y reflexionó después sobre ellas en completo silencio. Eso dio ánimos al Rey Dragón para añadir:
- Esto es algo que sólo a ti te compete decidir, Gran Sabio, pero opino que es de tontos hipotecar el futuro por unos instantes de comodidad.
- No necesitas decir nada más - le atajó Wu-Kung con decisión - Ahora mismo voy a volver al lado de mi maestro.
- Si ése es tu deseo - concluyó el Rey Dragón -, no seré yo quien te detenga junto a mí ni un solo segundo. Es más, si no me lo tomas a mal, te pediría que no le hicieras esperar más tiempo y volvieras cuanto antes a su lado.
El Peregrino se dispuso en seguida a abandonar el océano y, tras despedirse del Rey Dragón, montó en una nube y se elevó por los aires. Al poco tiempo se topó con la Bodhisattva de los Mares del Sur, que le recriminó, severa:
- ¿Por qué no me hiciste caso y te negaste a acompañar al monje Tang? ¿Qué estás haciendo ahora aquí?
Desconcertado, el Peregrino la saludó desde lo alto de las nubes y respondió:
- No podéis figuraros lo agradecido que os estoy por cuanto habéis hecho por mí. Como dijisteis, se presentó en mi prisión un monje de la corte de los Tang, que rompió el hechizo y me salvó la vida. En prueba de gratitud, me convertí en seguida en discípulo suyo, pero me acusó después de ser demasiado agresivo y le abandoné. Pero sólo temporalmente. Puedes creerme. De hecho, ahora me dirijo otra vez a su lado.
- Más vale que te des prisa, antes de que cambies otra vez de opinión - se burló la Bodhisattva y continuaron su camino.
No tardó el Peregrino en ver al monje Tang sentado, muy abatido, a la vera del camino y, acercándose a él, le preguntó:
- ¿Se puede saber qué es lo que estáis haciendo aquí, maestro?¿Por qué habéis renunciado a seguir adelante?
- ¿Dónde has estado? - replicó Tripitaka, levantando la vista -. Al desaparecer tan de repente, no me quedó otro remedio que sentarme aquí a esperarte, sin osar moverme.
- Sólo fui al Océano Oriental a pedir un poco de té a mi viejo amigo el Rey Dragón - contestó el Peregrino.
- Los que se dedican a la práctica de la virtud no deberían mentir - sentenció Tripitaka -
. Has estado fuera aproximadamente media hora y ¿quieres hacerme creer que has estado tomando el té en la mansión del Rey Dragón? ¡Vamos! ¿Por quién me tomas?
- He de deciros - respondió el Peregrino, sonriendo - que soy capaz de andar por las nubes y que uno solo de mis saltos puede llevarme a una distancia de cuatrocientos o quinientos kilómetros. Ése es el motivo por el que he ido y he vuelto tan pronto.
- Te marchaste hecho una fiera, porque te regañé un poco más de lo debido - le echó en cara Tripitaka -. Está bien. Fuiste a pedir un poco de té. Una persona con tus poderes puede hacer prácticamente lo que le de la gana. Pero ¿te has detenido a pensar que a mí no me quedaba otra opción que sentarme y pasar hambre? ¿Te parece eso bonito?
- En absoluto - reconoció el Peregrino -. Si lo que tenéis es hambre, ahora mismo voy a pedir algo de comida para vos.
- No habrá necesidad de mendigar nada - informó Tripitaka - porque todavía me queda en la bolsa un poco de lo que me dio la madre del Guardián de la Montaña. Lo que sí te agradecería es que me alcanzaras un cuenco de agua. Podremos proseguir nuestro viaje en cuanto haya comido.
El Peregrino desató la bolsa y encontró unas cuantas galletas hechas con harina sin cribar. Las cogió y se las entregó en seguida al maestro. Pero vio también el pálido brillo  de  la  túnica  de  seda  y  la  corona  con  incrustaciones  de  oro  y  le  preguntó, interesado:
- ¿Habéis traído esto de las Tierras del Este?
- Esa corona y esa túnica siempre han sido mías - contestó Tripitaka sin pensarlo -. Las lucí en mi niñez y puedo asegurarte que quien se las ponga podrá recitar las escrituras, sin  haberlas  aprendido  jamás,  y  practicar  todo  tipo  de  ceremonias,  sin  haberlas estudiado nunca.
- Si es así - concluyó el Peregrino, entusiasmado -, permitid que me las ponga en seguida.
- Lo más seguro es que no te valgan - comentó Tripitaka -, pero, si quieres, puedes probártelas. A mí no me importa.
Loco de contento, el Peregrino se quitó la túnica de sarga blanca y se puso inmediatamente la de seda, que parecía haber sido hecha especialmente para él. Lo mismo le ocurrió con la corona. Cuando Tripitaka vio que la llevaba en la cabeza, dejó al punto de comer y empezó a recitar en voz baja un conjuro.
- ¡Oh, mi cabeza! - se quejó entonces el Peregrino - ¡Me duele muchísimo! ¡No sé si voy a poder soportarlo!
El monje siguió repitiéndolo una y otra vez y el dolor se hizo tan intenso que el Peregrino se tiró por el suelo, tratando inútilmente de arrancarse la corona con las manos. Temiendo que fuera a romperla, Tripitaka dejó de recitar el conjuro y el dolor cesó al instante. El Peregrino se llevó la mano a la cabeza y comprobó que la fina capa de  metal  se  había  incrustado  en  ella  como  si  hubiera  echado  raíces.  Trató  de arrancársela, pero todos sus esfuerzos resultaron en vano. Sacó entonces la aguja de la oreja, la metió entre el metal y la carne y empezó a apalancar como un loco. Temiendo, una vez más, que fuera a quebrarla, Tripitaka volvió a su recitación y el Peregrino comenzó a verse aquejado de nuevo por terribles dolores de cabeza. Eran tan insoportables que empezó a dar volteretas y saltos mortales, la cara y las orejas se le pusieron totalmente rojas, los ojos se le tornaron saltones y una extraña debilidad se apoderó de todo su cuerpo. Al verlo, el monje se sintió conmovido y dejó de recitar el conjuro. El dolor desapareció al instante y el Peregrino comentó, aliviado:
- Me habéis embrujado, maestro. No cabe la menor duda.
- ¿Embrujado? - repitió Tripitaka -. Yo sólo estaba repitiendo un sutra.
- Recitadlo otra vez, a ver lo que pasa - sugirió el Peregrino.
Tripitaka volvió a su cantinela y al instante se reanudaron los dolores.
- ¡Parad, por favor! ¡Parad! - suplicó el Peregrino -. ¿No os lo decía? En cuanto abrís la boca, siento como si me fuera a estallar la cabeza.
- ¿Prometes obedecerme siempre? - preguntó Tripitaka.
- ¡Sí, sí! - respondió el Peregrino -. ¡Lo prometo!
- ¿Y que nunca vas a hacer nada contrario a nuestras normas? - insistió Tripitaka.
- ¡Lo prometo, lo prometo! - volvió a decir el Peregrino, pero no estaba dispuesto a ceder con tanta facilidad.
Sacudió la aguja y al instante adquirió el grosor de un cuenco de arroz. Con ella en las manos se volvió contra el monje Tang, pero, antes de que pudiera descargar el golpe, éste recitó el conjuro dos o tres veces más y él cayó por tierra, presa de un insoportable dolor. Era tan intenso que ni siquiera podía levantar las manos. Sólo le quedó en el cuerpo la fuerza suplicante para decir:
- ¡He aprendido la lección, maestro! ¡Parad, por lo que más queráis!
- ¿Cómo puedes ser tan malvado? - bramó Tripitaka -. Jamás imaginé que fueras capaz de intentar abatirme con tu barra.
- ¿Quién os ha dicho que pensaba hacer semejante cosa? - replicó el Peregrino -. Por cierto, ¿os importaría decirme quién os ha enseñado ese conjuro?
- Una anciana - contestó Tripitaka.
- No necesitáis decirme más - comentó el Peregrino, gruñendo malhumorado -. Esa mujer era Kwang Shr-Ing, estoy seguro. Lo que no comprendo es por qué quiere que sufra de esta forma tan atroz. Ahora mismo voy a ir a los Mares del Sur a pedirle cuentas.
- Reflexiona un poco - le aconsejó Tripitaka -. Ella conoce los efectos del conjuro. ¿No comprendes que puedo hacerte morir, recitándolo unas cuantas veces seguidas?
El Peregrino hubo de admitir que tenía razón y no se atrevió a moverse del sitio. Arrepentido, se arrodilló a los píes de Tripitaka y dijo:
- No me queda más remedio que acompañaros hasta el Oeste. El método que la Bodhisattva ha ideado para controlarme es francamente extraordinario. Os prometo que no iré a molestarla, pero vos, por favor, no volváis a pronunciar el conjuro. Os seguiré de buena gana y jamás os abandonaré.
- En ese caso - concluyó Tripitaka, satisfecho -, ayúdame a montar en el caballo y prosigamos cuanto antes nuestro viaje.
El Peregrino desechó para siempre todo intento de rebeldía. Se arremangó la túnica, se cargó el equipaje a la espalda y continuaron su camino hacia las Tierras del Oeste.
No sabemos lo que les acaeció después, por lo que todo aquel que desee conocerlo deberá escuchar con atención las explicaciones que se ofrecen en el próximo capítulo.

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[1]Los seis sentidos, o «cauras», privan al cuerpo de la iluminación, de ahí que sean personificados en este capítulo como un grupo de vulgares bandidos.

[2]Wang-Mang (45 a.C-23 d.C.) fue un ministro de la dinastía Han que derrocó a Ping-Di, convirtiéndose en un auténtico reformador.

[3]Al período del calendario lunar al que se refiere el texto se le conoce precisamente por el nombre de «Pequeña Primavera».

[4]Chang-Liang fue, junto con Hsiao-He y Han-Hsin, uno de los tres estrategas que ayudaron a Liou-Pang a establecer la dinastía Han.

[5]Originariamente una alabanza que Liou-Pang dirigió a Chang-Liang, pasó posteriormente a significar los logros inigualables de un estratega victorioso.

[6]Semilla del Pino Rojo fue un legendario inmortal de la antigüedad, a quien se identificó con un dios de la lluvia en tiempos de Shen-Nung.