Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

La liberación de la Estrella de Oro en la Guarida del Tigre. Puo-Chin detiene al monje en la Cordillera de la Doble Bifurcación.


El poderoso Emperador de los Tang hizo público un documento, por el que encargaba a Hsüan-Tsang ir en busca de las fuentes del Zen. Estaba dispuesto a llegar hasta el Habitáculo del Dragón y a escalar el Pico del Buitre. ¿Cuántas naciones debería cruzar para lograr tan alto objetivo? Nadie dudaba que habría de trasponer más de diez mil montañas. Guiado por un ideal tan sublime, abandonó la corte y se dirigió hacia el oeste, para alcanzar el Gran Vacío con la sola ayuda de su ley y de su fe.
El doce del noveno mes del decimotercer año del período Chen-Kwan Tripitaka fue despedido a las mismas puertas de la ciudad de Chang-An por el emperador y no pocos de sus funcionarios. Durante dos días los caballos galoparon sin cesar y no tardaron en llegar al Monasterio de la Puerta de la Ley, donde salieron a recibirles el guardián y los quinientos monjes que en él residían. Después de ofrecerle un vaso de té, se sentaron a la mesa y tomaron una cena vegetariana. Apenas la hubieron concluido, comenzó a caer la noche. Las sombras fueron tachonando poco a poco el cielo de estrellas, mientras hacía su aparición la luna, brillante como las aspiraciones de un hombre puro. A lo lejos una bandada de patos salvajes regresaba cansinamente a su nido. Todos los hogares se fueron quedando a oscuras, menos los monasterios de los monjes, que empezaron a recitar sus oraciones, sentados sobre esteras de bambú. Los rezos duraron hasta bien entrada la noche. Para entonces varios bonzos habían empezado ya a discutir sobre las doctrinas budistas y la conveniencia de desplazarse al Paraíso Occidental en busca de más escrituras. Algunos afirmaron que el viaje era largo en extremo, con amplios ríos que vadear y altísimas montañas que trasponer; otros dijeron que el camino estaba plagado de tigres, leopardos y otras bestias; un tercer grupo mantuvo que había cordilleras tan altas que ningún hombre las había escalado jamás; finalmente, los más imaginativos insistieron en que lo más peligroso eran unos monstruos a los que nadie había logrado dominar hasta la fecha. Mientras hablaban, Tripitaka mantuvo cerrada celosamente la boca, limitándose a sacudir la cabeza y a apuntar con el dedo a su corazón. Intrigados, muchos de los monjes doblaron las manos a la altura del pecho y le preguntaron, respetuosos:
- ¿Por qué señaláis sin cesar vuestro corazón y sacudís tanto la cabeza?
- Cuando la mente está en movimiento - respondió Tripitaka -, hace su aparición el reino de la destrucción y la muerte, mientras que, cuando permanece inactiva, la vida se hace más fuerte. En el Monasterio de la Metamorfosis, delante de la estatua de Buda, hice un juramente solemne y no me queda otra alternativa que hacer cuanto esté de mi mano por cumplirlo. No pararé, pues, hasta haber alcanzado el Paraíso Occidental, haberme entrevistado con Buda y haber conseguido las escrituras. De esta forma, la Rueda de la Ley [1] girará en nuestra dirección y el reinado de nuestro señor quedará asegurado para siempre.
Estas palabras hicieron nacer la admiración en todos los presentes, que exclamaron, respetuosos:
- ¡Qué maestro tan leal y valiente! - y, deshaciéndose en elogios, le acompañaron hasta el lecho.
Al poco tiempo los guardianes de la ciudad empezaron a hacer sonar las cañas de bambú, haciendo saber a todos sus habitantes que la luna acababa de ponerse. Los cantos de los gallos parecían querer forzar al sol a salir de su escondite nocturno. Muchos de los monjes abandonaron entonces el lecho y se pusieron a preparar el desayuno. Hsüan-Tsang vistió su túnica y se dirigió al templo a orar, diciendo:
- Yo, señor, soy vuestro discípulo Chen Hsüan-Tsang y me encuentro de camino hacia el Paraíso Occidental en busca de las escrituras. Sin embargo, mis ojos son demasiado débiles y les cuesta reconocer la auténtica figura del Buda viviente. Por eso, desearía haceros una promesa: quemaré incienso en cuanto monasterio encuentre a largo del camino, os prestaré adoración en dondequiera que me tope con vos, y barreré y adecentaré cuanta pagoda tenga el honor de vislumbrar. A cambio sólo os pido que seáis misericordiosos conmigo y me mostréis vuestro cuerpo de diamante de cinco metros de altura. Vos sabéis bien que mi único anhelo es conseguir las escrituras y traerlas a las Tierras del Este.
En cuanto hubo terminado la oración, regresó al monasterio y tomó un poco de comida. Para entonces sus dos acompañantes habían ensillado ya los caballos y preparado todo lo indispensable para el viaje. Tripitaka se despidió de los monjes a la puerta del monasterio, pero ellos se echaron a llorar y le acompañaron durante más de siete kilómetros. Tripitaka les vio partir con lágrimas en los ojos. Sin embargo, su meta era el Oeste y hacia allí se dirigió con decisión. Era a finales del otoño y los árboles aparecían totalmente desnudos. Sólo las altas columnas de los arces dejaban caer alguna que otra hoja roja. Muy pocos caminantes se aventuraban a lanzarse a los caminos, cubiertos de lluvia y lodo. Todo parecía conjurarse para llenar el corazón de pesadumbre y tristeza. No pasó mucho tiempo antes de que los juncales se vieran cubiertos de nieve. Desconcertados, los patos eran incapaces de encontrar el sitio exacto de sus nidos. Las nubes se extendían, amenazantes, sobre todo el paisaje cubierto de escarcha y hielo, mientras las golondrinas y los gansos salvajes se disponían a emigrar hacia otras tierras. Sus gritos sonaban urgentes y desesperados.
Después de viajar durante varios días, el maestro y sus acompañantes llegaron a la ciudad de Kung-Chou. Allí salieron a recibirles las autoridades en pleno, quienes insistieron en que se quedaran a pasar la noche. A la mañana siguiente continuaron su camino, no sin antes aprovisionarse de comida y bebida. Caminando de día y descansando de noche, llegaron a las dos o tres jornadas al distrito de He-Chou, que constituía el último baluarte del Gran Imperio Tang. Al enterarse el comandante en jefe de toda la frontera y los monjes del distrito que el Maestro de la Ley, un hermano del mismísimo emperador, se dirigía hacia el Paraíso Occidental en busca de escrituras, salieron  a  recibirles  con  todo  el  boato  que  se  esperaba  de  ellos.  Las  autoridades religiosas les invitaron a pasar la noche en el Monasterio de Fu-Yüan, donde fueron agasajados por todos los monjes que en él residían. Después de la cena sus dos acompañantes, conocedores de los deseos de su señor de proseguir el viaje cuanto antes, dieron de comer a los caballos para no perder ni un solo minuto a la mañana siguiente. Apenas hubo cantado el gallo, los monjes saltaron del lecho y prepararon el desayuno, para que tan ilustre visitante pudiera seguir su camino cuando le viniera en gana. En realidad, no era tan temprano, ya que a finales del otoño y durante todo el invierno los gallos suelen cantar un poco más tarde que en las otras estaciones. Aun así, cuando abandonaron  las  fronteras  del  imperio,  todo  estaba  cubierto  de  escarcha  y  la  luna brillaba como si fuera noche cerrada. A los veinte o treinta kilómetros se toparon con una cordillera tan alta que pronto comprendieron que les iba a ser extremadamente difícil atravesarla. En vano trataron de encontrar un paso, temiendo a cada momento equivocarse de rumbo. Cuando más nerviosos estaban, resbalaron los tres al tiempo y cayeron, caballo incluido, en el interior de una fosa muy profunda. Tripitaka estaba aterrorizado, lo mismo que sus compañeros, que no dejaban de temblar de miedo. Lo más alarmante de todo fue que empezaron a oír voces gritando:
- ¡Agarradlos! ¡Que no se escape ninguno!
Al punto se levantó un viento huracanado y apareció un grupo de cincuenta o sesenta ogros, que, tras echar mano de Tripitaka y de sus compañeros, les sacaron en volandas de la fosa. Sin dejar de temblar, el Maestro de la Ley miró a su alrededor y vio a un Rey Monstruo sentado en lo alto. Su figura era realmente aterradora y su cara poseía una fiereza fuera de lo común. Sus ojos brillaban como rayos y su voz hacía temblar a las montañas, como si se tratara del trueno. Poseía unos dientes protuberantes y tan desiguales  como  sierras,  que  emergían  de  la  comisura  de  los  labios,  como  si  de colmillos se tratara. Todo su cuerpo estaba cubierto de extrañas figuras, que en el espinazo adquirían la forma de espirales que ascendían por él como si fueran de humo. El vello que le cubría era acerado y las garras, sólidas e imponentes, parecían espadas recién afiladas. Incluso el bravo Hwang-Kung [2] de Tung-Hai se habría echado a temblar al ver al Rey de la Montaña del Sur con sus cejas blancas.
Tripitaka estaba tan aterrado que sintió cómo le abandonaba el espíritu, y los huesos y tendones se le entumecían de golpe. El Rey Monstruo ordenó que les ataran y, echando mano de gruesas cuerdas, los ogros obedecieron sin rechistar. Cuando se disponían a devorarlos, se oyó fuera un rumor de voces y alguien informó:
- Acaban de llegar el Oso Señor de la Montaña y el Buey Ermitaño.
Tripitaka levantó la cabeza y vio que el primero era un tipo atezado, de aspecto valiente y cuerpo fornido. Su fuerza era tanta que era capaz de separar el agua de los mares. Recorría sin cesar los bosques, sólo para mostrar lo irreductible de su poder. Aunque soñar con osos ha sido interpretado desde siempre como buen augurio [3], éste movía a la sumisión y al temor. Era, de hecho, tan fuerte que podía, según le viniera en gana, subirse o quebrar los árboles que quisiera. Poseía, además, una inteligencia tan profunda que era capaz de predecir la cercanía del invierno. No es extraño que fuera conocido como el Señor de la Montaña.
El otro estaba dotado de un impresionante par de cuernos y de una no menos llamativa joroba. Vestía una túnica verdosa y su modo de andar era cansino, denotando un modo de ser más bien tranquilo. Era hijo de un toro y una vaca y se mostraba muy servicial con los hombres, especialmente a la hora de arar. No en balde era conocido por doquier con el nombre de Buey Ermitaño.
Los dos entraron contoneándose con cierta jactancia y el Rey Monstruo se apresuró a darles la bienvenida.
- Debo felicitaros, general Yin - exclamó el Oso Señor de la Montaña -. Se nota que el tiempo no pasa por vos y que estáis en tan buena forma como siempre.
- Es algo ciertamente increíble - confirmó el Buey Ermitaño -. El general Yin cada vez parece más joven.
- Hacía muchísimo tiempo que no os veía, caballeros - dijo, a su vez, el Rey Monstruo, tratando de cambiar de conversación -. ¿Se puede saber dónde habéis estado?
- Haraganeando por ahí un poco - contestó el Señor de la Montaña.
- Haciendo lo que se puede - respondió casi al mismo tiempo el Buey Ermitaño, y todos tomaron asiento.
Uno de los acompañantes de Tripitaka había sido atado con tal rudeza que empezó a gemir de dolor. Sorprendido, el fortachón se volvió y preguntó:
- ¿Cómo han llegado esos tres hasta aquí?
- No lo sé - contestó el Rey Monstruo -. Ellos solitos se presentaron ante mi puerta, sin que nadie les llamara.
- ¿Podéis servírnoslos para cenar? - preguntó el Buey Ermitaño, soltando la carcajada.
- ¡Por supuesto que sí! - exclamó el Rey Monstruo, complacido.
- Creo que lo mejor es que no terminemos con todos - sugirió el Señor de la Montaña -. Comámonos dos y dejemos el otro para más adelante.
El Rey Monstruo aceptó la idea sin rechistar. Llamó a sus servidores y les ordenó que descuartizaran y sacaran las tripas a los acompañantes de Tripitaka. Las cabezas, corazones e hígados fueron para los invitados, el anfitrión dio buena cuenta de las extremidades y los otros ogros se encargaron de devorar la carne que sobraba. Parecían auténticos tigres. Mascaron con tanta rapidez que a los pocos segundos no quedaba ni la médula de los huesos. Tripitaka estaba tan aterrado que creía estar teniendo una pesadilla. Era la primera prueba a la que se veía sometido después de abandonar Chang- An, pero no dudó ni un solo segundo de la bondad de su empresa.
Poco a poco empezó a dibujarse por el este una tímida línea de luz. Los dos monstruos permanecieron sentados hasta que hubo amanecido del todo. Se pusieron entonces de pie y se despidieron de su anfitrión, diciendo:
- Estamos en deuda con vuestra generosa hospitalidad. Tened por seguro que, en cuanto dispongamos de la menor oportunidad, os pagaremos con la misma moneda - y se marcharon.
El sol estaba ya alto en el cielo. Tripitaka se encontraba sumido en tal sopor que era incapaz de distinguir el norte del sur y el este del oeste. En ese estado le pareció ver, de pronto, a un anciano con un bastón acercarse a él con paso cansino. Al llegar a su altura, sacudió las manos y todas sus ropas se pusieron en movimiento. Sopló después sobre Tripitaka y éste pareció recobrar el aliento. Se dejó caer sobre el suelo y dijo:
- Os agradezco que me hayáis salvado la vida.
- Levantaos - replicó el anciano, tras aceptar su gratitud -. ¿No os dejáis aquí nada?
- Mis dos acompañantes han sido devorados por los monstruos - contestó Tripitaka -. Por lo que respecta al caballo y al equipaje, no tengo ni idea de dónde pueden estar.
- ¿No es aquél vuestro caballo? - volvió a preguntar el anciano, al tiempo que señalaba con su bastón.
Tripitaka se dio la vuelta y vio que tanto el animal como las alforjas habían sufrido el menor desperfecto. Sorprendido, miró al anciano de frente y le preguntó:
- ¿En qué lugar estamos? ¿Cómo es posible que andéis solo por estos parajes?
- Ésta - respondió el anciano - es la Cordillera de la Doble Bifurcación, un lugar plagado de tigres y lobos. ¿Cómo te las has arreglado para llegar hasta aquí?
- Abandoné el Distrito de He - Chou con el primer canto del gallo - contestó Tripitaka - Me temo que mis compañeros y yo deberíamos haber esperado a que hubiera amanecido, porque nos perdimos y empezamos a dar trompicones entre la niebla. Fue así como fuimos a parar a manos del terrible Rey Monstruo. Al poco rato se presentaron el Oso Señor de la Montaña y el Buey Ermitaño, dos bestias de aspecto feroz que se empeñaron en llamar General Yin al Monstruo. Entre los tres se zamparon a mis dos acompañantes en una cena que duró justamente hasta el amanecer. No sé por qué me respetaron a mí.
- El Buey Ermitaño - explicó el anciano - es, en realidad, el espíritu de un toro salvaje; el Señor de la Montaña, el de un oso, y el General Yin, el de un tigre. En cuanto a los otros, os diré que se trata de demonios de árboles y montañas, y de espíritus de muy variada procedencia. No pudieron hacer nada contra vos, porque poseéis un natural piadoso y puro. Seguidme, si lo deseáis, y os enseñaré el camino que debéis seguir. Tripitaka no encontraba palabras para agradecérselo. Ajustó las cinchas al caballo y, tomándolo por las riendas, caminó con cuidado detrás del anciano. Así pudo abandonar la fosa en la que había caído y regresar al sendero principal. Estaba tan agradecido cuando se halló en terreno seguro, que quiso echarse rostro en tierra; pero, al darse la vuelta, tras atar el caballo a unos arbustos, comprobó que el anciano había desaparecido. En aquel mismo momento se levantó una suave brisa y le vio elevarse hacia lo alto montado en una garza blanca de cabeza sonrosada. Poco a poco fue amainando el viento y entonces cayó una hojita de papel en la que aparecía escrito con esmerada caligrafía lo siguiente:

Soy el Planeta Venus y he acudido en tu auxilio por expresa orden del Cielo. No desfallezcas y sigue adelante. Recuerda que, mientras dure tu noble misión, siempre gozarás de nuestra ayuda.

En cuanto Tripitaka lo hubo leído, se inclinó ante el cielo y dijo:
- Gracias, Estrella de Oro, por haberme liberado - y, agarrando las riendas del caballo, continuó su solitario y melancólico viaje.
Los parajes por los que ahora discurría eran fríos y batidos de continuo por la lluvia y el viento. A veces se oía el leve murmullo de las aguas de un arroyo y se percibía el tímido aroma de las flores silvestres. Las rocas se apilaban unas sobre otras, como inaccesibles murallones, a medida que ascendía. A lo lejos se escuchaban gritos de monos y berridos de ciervos entre esporádicos gorjeos de pájaros. La calma era absoluta; estaba claro que no había hombre alguno en varios kilómetros a la redonda. Eso hizo que el monje cayera  nuevamente  presa  de  la  ansiedad  y  que  el  mismo  caballo  se  sintiera  tan intranquilo que empezaron a fallarle las patas.
Descorazonado, pero dispuesto a sacrificar su vida por la misión a la que se había comprometido, Tripitaka continuó su penosa ascensión por la cordillera, que se hacía más escabrosa con cada paso que daba. Caminó durante medio día y en todo ese tiempo no se topó con un solo hombre o lugar habitado. La punzada del hambre se hacía cada vez más intensa y las fuerzas le iban fallando. Para colmo de males, se encontró con que dos tigres terribles le cortaban el paso, mientras a sus espaldas serpenteaban varias culebras enormes y a su derecha e izquierda se movían, amenazantes, infinidad de bestias de la más variada procedencia. A Tripitaka no le quedó más remedio que encomendarse a la decisión protectora de los Cielos. Poco podía hacer por escapar, pues el caballo estaba totalmente derrengado y parecía incapaz de dar un solo paso más. Tanta era su debilidad que dobló las patas delanteras y se quedó tumbado en el suelo. No había forma de moverle. Los palos no servían de nada y tirar de las riendas hubiera resultado completamente inútil. Lo peor era que al Maestro de la Ley apenas le quedaba espacio para poner los pies. Desesperado, se resignó a su suerte, dispuesto a ceder ante la muerte.
Sin embargo, aunque la situación era francamente peligrosa, la salvación estaba ya en camino. Cuando se disponían a saltar sobre él, algo hizo huir a las bestias, a los tigres dispersarse y a las serpientes esconderse. Tripitaka levantó la vista, desconcertado, y vio venir a un hombre con un tridente de acero en las manos y un arco sujeto a la cintura. No podía negarse que se trataba de un héroe. Llevaba cubierta la cabeza con una piel de leopardo salpicada de amatistas y vestía una túnica hecha de piel de cordero, sobre la que se habían estampado varios bordados de seda negra. Su cintura la ceñía una correa, en cuya hebilla se apreciaba la figura de un rey bárbaro con cabeza de león. Sus botas eran llamativamente altas y habían sido confeccionadas con arte. Tenía unos ojos tan saltones que parecían los de un ahorcado, mientras que lo descuidado de su barba le hacía parecer un dios guerrero. Así lo atestiguaban el arco y las flechas envenenadas que llevaba colgados a la cintura y el tridente de acero puro que sostenía en las manos. Su voz recordaba al bramido del trueno y era capaz de llenar de temor a todas las criaturas que habitaban en el bosque.
Cuando Tripitaka vio que se encontraba a una distancia suficiente para ser entendido, se echó rostro en tierra y gritó:
- ¡Tened compasión de mí! ¡Os lo suplico!
El hombre se llegó hasta donde estaba el monje, clavó el tridente en el suelo y, ayudándole a levantarse con inesperada dulzura, dijo:
- No tengáis miedo. Yo soy incapaz de hacer mal a nadie. Para vuestra información os diré que me gano la vida cazando por estos parajes. Me llamo Liou Puo-Chin, aunque todo el mundo me conoce por el nombre Guardián de la Montaña. He salido a buscar algo de comer. Lo que menos sospechaba era que fuera a tropezarme con vos. Espero no haberos asustado.
- Yo - explicó entonces Tripitaka - soy un pobre monje que se dirige hacia el Paraíso Occidental en busca de los escritos de Buda por expreso deseo de su majestad el Emperador de los Tang. Antes de que llegarais, me vi rodeado por un número incalculable de tigres, lobos y serpientes y no pude seguir adelante. Afortunadamente, en cuanto os vieron acercaros, huyeron despavoridos y así pude salvar la vida. Estoy, pues, en deuda con vos.
No ha sido nada - se disculpó, tímido, Puo-Chin -. Las bestias salvajes me temen, porque, como ya os he dicho antes, me gano la vida matando tigres, lobos y leopardos, y cazando las serpientes y reptiles que puedo. Si venís del imperio de los Tang, no tenéis nada que temer. Este territorio es, de hecho, parte de él y yo soy uno más de sus súbditos. Por lo que se ve, los dos reverenciamos al mismo Hijo del Cielo y somos ciudadanos de la misma nación. Si queréis, podéis descansar en mi choza y proseguir mañana el viaje.
Tripitaka se puso loco de contento, al escuchar esas palabras. Agarró al caballo de las bridas y siguió lentamente al cazador. Ascendieron por una pendiente muy pronunciada y a los pocos pasos volvió a escucharse el ulular del viento. Eso hizo que Puo-Chin se detuviera de pronto y dijera:
- Sentaos aquí y no os mováis. Algo me dice que anda cerca un leopardo. Voy a ver si lo cazo y así podré ofreceros algo de comer.
Al  oírlo,  Tripitaka  sintió  cómo  le  martilleaba  el  corazón  en  el  pecho.  De  nuevo volvieron a abandonarle las fuerzas y se quedó como clavado en el suelo. El Guardián de la Montaña, por su parte, tomó el tridente y avanzó con cuidado hacia delante. A los pocos pasos se topó de frente con un enorme tigre de piel estriada, que se dio a la fuga en cuanto le vio. Puo-Chin salió disparado tras él, gritando con su potente voz de trueno:
- ¡Maldita bestia! ¿Se puede saber adonde intentas huir?
Al darse cuenta de que la huida era inútil, el tigre se dio media vuelta, desplegó sus zarpas y se enfrentó con el temible tridente de su adversario. Tripitaka estaba tan aterrado que no podía moverse del sitio. Jamás había visto tanta violencia después de abandonar el vientre de su madre. El Guardián de la Montaña persiguió al tigre hasta el mismísimo pie de la montaña, donde hombre y bestia se enzarzaron en un formidable encuentro.
Los cabellos del Guardián se movían como remolinos de viento, mientras el animal levantaba nubes de polvo, que hablaban a las claras de su increíble fortaleza. Mostrando sus afilados dientes, lanzó un terrible zarpazo contra su adversario, que lo esquivó con un rápido movimiento de cintura. Después alzó el tridente y el sol se reflejó en su acero. El tigre levantó una nube de polvo con la cola y el golpe del cazador erró el pecho de la bestia.  Los  dos  eran  extremadamente  ágiles  y  se  esquivaban  con  la  maestría  de auténticos guerreros, de lo contrario uno de los dos hubiera ido a reunirse en seguida con el Rey Yama. Los rugidos del tigre se escuchaban en toda la montaña, sumiendo a las bestias y a los pájaros en un incontrolable temblor. Por su parte, los gritos del Guardián de la Montaña impresionaron de tal manera al firmamento que dejó ver al punto su tesoro de estrellas. La fiereza de uno hacía como si fueran a salírsele los ojos de sus órbitas, pero poco eco encontraban en el corazón del otro semejantes baladronadas. El Guardián de la Montaña era un luchador excelente, que no desmerecía en nada de la impecable técnica del rey de los animales salvajes. Hombre y bestia luchaban por su vida, sabedores de que quien se descuidara sería el primero en perderla. El encuentro duró aproximadamente una hora. Para entonces las garras del tigre comenzaron a hacerse cada vez más lentas y su cuerpo empezó a perder elasticidad. Eso terminó perdiéndole, porque al poco rato el Guardián de la Montaña acertó, por fin, a clavarle el tridente en el pecho. ¡Fue un espectáculo digno, en verdad, de lástima! El acero destrozó el corazón de la bestia y al punto se llenó de sangre todo el suelo. El Guardián de la Montaña lo agarró entonces por una oreja y lo arrastró ladera arriba.
¡Qué envidiable constitución la de aquel hombre! Apenas jadeaba, cuando llegó a la altura de Tripitaka; su rostro no había cambiado en absoluto de color.
- Hemos tenido suerte - dijo, feliz, al monje -. Este tigre nos proporcionará el sustento de un día por lo menos.
- En verdad sois un dios de la montaña - afirmó Tripitaka, celebrando su triunfo con entusiasmo.
- ¿Yo? - exclamó Puo-Chin, sorprendido -. ¿Qué he hecho, en definitiva, para merecer un título como ése? Todo ha sido producto de la buena suerte. Vamos. Hay que despellejarlo cuanto antes, para que podáis comer sin tardanza. Porque me figuro que tendréis hambre, ¿no es así?
Con el tridente en una mano y arrastrando al tigre con la otra, se dispuso a abrir la marcha, seguido de Tripitaka y su caballo. Una vez transpuesta la empinada ladera, llegaron a una aldea perdida en la montaña, en cuyas calles abundaban las enredaderas salvajes y se veían las raíces de árboles centenarios. El aire era allí muy fresco, aunque desaparecía toda sensación ante la belleza del paisaje en el que se hallaba enclavada. Los senderos que conducían a ella estaban cubiertos de flores silvestres de un aroma tan intenso que quedaba para siempre impregnado en el cuerpo. Los cañaverales no eran abundantes, pero el verdor de su bambú era muy superior al de cualquier otro lugar. Aquella aldea parecía arrancada de un cuadro con sus porches cubiertos de hierba, sus patios vallados, sus puentes de piedra y sus paredes blanqueadas. ¡Qué rara elegancia la de aquel lugar tan humilde! La presencia del otoño se hacía notar en el fresco enérgico del viento, en las hojas amarillentas que festoneaban los caminos, en las nubes blanquecinas que desdibujaban las cumbres de las montañas... En la lejanía del bosque se escuchaban los cantos de las aves silvestres, mientras más cerca, en el interior mismo del pueblo, sólo se oía el alborotador ladrido de los perros.
Al  llegar  a  la  puerta  de  su  casa,  Puo-Chin  dejó  caer  al  suelo  el  tigre  muerto  y, levantando la voz, preguntó:
- ¿Hay alguien en casa?
Al instante salieron a su encuentro tres o cuatro sirvientes, de aspecto mezquino y desagradable, que llevaron a la bestia al interior de la casa. Puo-Chin les ordenó que la descuartizaran e hicieran con ella un guiso para su ilustre invitado. Se volvió a continuación hacia Tripitaka y le invitó a hospedarse en su hogar. El Maestro de la Ley no sabía cómo corresponder a tantas atenciones. Sin saber exactamente lo que decía, le agradeció nuevamente que le hubiera salvado la vida, a lo que Puo-Chin replicó con presteza:
- No necesitáis agradecerme nada. Al fin y al cabo, pertenecemos a la misma nación, ¿no es así?
Tras sentarse a tomar una taza de té, acudieron a dar la bienvenida a Tripitaka una anciana y una mujer que tenía todas las trazas de ser su nuera.
- Ésta - dijo Puo-Chin, señalando a la anciana - es mi madre y esa otra mi esposa.
- Permitidme que ceda el puesto de honor a vuestra respetable progenitura - pidió Tripitaka -. No está bien que yo, una persona más joven, goce de más consideración que ella.
- ¡De ninguna manera! - protestó la anciana -. Vos sois nuestro invitado y, además, venís desde muy lejos. Permaneced sentado, por favor, y no seáis tan educado.
- Este monje, madre - explicó Puo-Chin -, se dirige hacia el Paraíso Occidental en busca  de  los  escritos  de  Buda  por  expreso  deseo  del  Emperador  de  los  Tang.  Le encontré en la cordillera y, puesto que ambos pertenecemos a la misma nación, le invité a venir a descansar a nuestra casa. Mañana, si quiere, podrá proseguir su camino.
- ¡Qué bien! - exclamó la anciana, visiblemente complacida - No se te podía haber ocurrido una idea mejor. Este monje nos viene que ni caído del cielo. Precisamente mañana es el aniversario de la muerte de tu padre y he pensado que no estaría de más que presidiera algún tipo de oficio por él. Me figuro que le dará igual marcharse pasado mañana.
A pesar de ser cazador, el Guardián de la Montaña tenía un alto sentido de la piedad filial y aceptó en seguida la sugerencia de su madre. En un abrir y cerrar de ojos, preparó el incienso y el papel moneda y expuso todo el plan a Tripitaka. Mientras discutían los detalles, empezó a oscurecer. Los criados trajeron entonces sillas y una mesa, y empezaron a servir diferentes platos confeccionados con carne de tigre, algunos de ellos al vapor. Puo-Chin invitó a Tripitaka a sentarse a la mesa, informándole oportunamente que el arroz no tardaría en llegar.
- ¡Santo cielo! - exclamó Tripitaka, juntando las manos -. Yo he sido monje toda mi vida y jamás he probado carne.
- Eso sí que es un problema - replicó Puo-Chin, apenado -, porque en esta casa jamás se ha seguido una dieta vegetariana. Me figuro que no nos sería muy difícil encontrar por ahí algo de bambú y alguna que otra verdura, pero por fuerza tendrían que ser cocinadas con grasa de tigre o de ciervo. Eso sin contar con que todas nuestras cazuelas están impregnadas de grasa animal hasta le médula. ¿Qué podríamos hacer? Perdonad que haya sido tan descuidado.
- No os preocupéis - trató de consolarle Tripitaka -. Disfrutad de la comida solo. Yo soy capaz de resistir el hambre tres o cuatro días seguidos. Si he de seros sincero, para mí todo es preferible a saltarme a la torera la dieta vegetariana.
- Suponed que os morís de hambre - protestó Puo-Chin -. ¿Qué va a pensar la gente de mi hospitalidad?
- Bastante amable habéis sido conmigo al salvarme de los tigres y los lobos - le tranquilizó Tripitaka -. Morir de hambre es mucho mejor que terminar siendo pasto de un tigre.
La madre de Puo-Chin oyó entonces la conversación y, dirigiéndose a su hijo, dijo:
- Deja de decir tonterías, por favor. Ahora mismo voy a prepararle un plato vegetariano.
- ¿Se puede saber de dónde vas a sacarlo? - exclamó Puo-Chin, sorprendido.
- Eso a ti no te importa - replicó la anciana -. Es asunto exclusivamente mío.
Pidió a su nuera que le bajara un puchero y lo calentó hasta que toda la grasa se hubo derretido. Después lo lavó con cuidado, restregándolo una y otra vez, y lo llenó de agua, que puso inmediatamente al fuego. Echó a continuación unas cuantas hojas de olmo y así preparó una sopa, a la que agregó un poco de arroz, unas cuantas mazorcas de maíz y dos o tres puñados de verduras secas.
- Tomad esto, maestro, y no os preocupéis - dijo a Tripitaka, a la hora de servírselo -. Os aseguro que ésta es la comida más pura y carente de inmundicias que mi nuera y yo hemos preparado en toda nuestra vida.
Tripitaka se sintió tan conmovido que se levantó para darle las gracias. Puo-Chin, por su parte, se cambió a otra mesa y al instante sus criados le sirvieron una cantidad increíble de platos de carne de tigre, de ciervo, de serpiente, de conejo y de venado curado. Cogió los palillos, pero, cuando se disponía a llevarse a la boca el primer trozo, vio que Tripitaka juntaba las manos y se ponía a recitar algo que no logró entender del todo. Corrido de vergüenza, volvió a dejar los palillos sobre la mesa y se puso respetuosamente de pie. Al verlo, Tripitaka dio por terminada su oración y dijo:
- Comed, antes de que se os quede frío.
- Se nota que os gusta recitar pequeños pasajes de las escrituras - comentó Puo-Chin, aliviado.
- ¿Quién os ha dicho que era un fragmento de las escrituras? - le corrigió Tripitaka -. Se trataba de una simple plegaria para antes de comer.
- ¡Cuidado que sois los monjes! - exclamó Puo-Chin -. Hasta para llevaros el alimento a la boca tenéis que rezar.
En cuanto hubieron terminado de cenar, los criados recogieron la mesa y Puo-Chin acompañó a Tripitaka a la parte de atrás de la casa. Era ya noche cerrada y se dirigieron hacia un cobertizo cubierto de paja. Entraron en él y encontraron unos cuantos arcos muy pesados con sus correspondientes carcajees colgados de la pared. De las vigas pendían dos espléndidas pieles de tigre, malolientes y llenas de sangre, que parecían dar sombra a un gran número de lanzas, cuchillos y tridentes que había clavados en la tierra en uno de los rincones. En medio podían verse dos asientos, en los que Puo-Chin invitó a Tripitaka a sentarse, pero éste fue incapaz de soportar el olor de la sangre y volvieron a salir al frescor de la noche. Justamente detrás del cobertizo había un inmenso jardín lleno de canteros de crisantemos dorados y de arces de llamativo color carmesí. Al punto se produjo entre el follaje una leve agitación y aparecieron unos cuantos ciervos, que no se asustaron en absoluto de su inesperada presencia. Sorprendido, Tripitaka dijo a su acompañante:
- Jamás sospeché que pudierais domesticar a tantos animales.
- En la ciudad de Chang-An - replicó Puo-Chin - la gente trata de hacer frente a un futuro incierto amontonando riquezas, arroz y cualquier otro tipo de grano. Aquí los cazadores hacemos lo mismo, pero con animales salvajes. Esto es todo.
Mientras hablaban, se hizo noche cerrada y decidieron volver al interior de la casa a descansar. A la mañana siguiente madrugaron todos mucho. Tras preparar un banquete vegetariano para un huésped de tanta importancia, le pidieron que diera comienzo a los oficios. Después de lavarse las manos, el monje se dirigió al salón de los antepasados, donde quemó incienso en compañía del Guardián de la Montaña. Se inclinó a continuación ante el altar familiar y, tras golpear su pez de madera, recitó las fórmulas para la purificación de la boca, a las que siguieron las de la mente y el cuerpo. En seguida se embarcó en el Sutra para la Salvación de los Muertos, suplicándole Puo- Chin, una vez concluido éste, que compusiera una oración particular para su padre, cosa a la que él accedió, complacido. Con voz sonora y acertado tono cantó seguidamente el Sutra del Diamante y el Sutra de Kwang-Ing. Después de un breve descanso para reponer fuerzas, leyó varios pasajes del Sutra del Loto y del Sutra de Amitaya, para terminar con el Sutra del Pavo Real y la narración de cómo Buda curó a un monje mendicante. Para entonces había vuelto a caer la noche, el momento ideal para quemar, junto con el incienso, las efigies de varios caballos de papel, los dibujos de diferentes deidades y la oración compuesta para tan solemne momento. Así se dio por terminada la ceremonia budista y todos se fueron retirando poco a poco a sus aposentos.
Las oraciones de Tripitaka resultaron tan efectivas que aquella noche el padre de Puo-Chin, un espíritu condenado que había vagado sin rumbo por el Reino Inferior desde el momento mismo de su muerte, se apareció en sueños a todos los miembros de su familia y les dijo:
- Durante mucho tiempo me he visto sometido a terribles tormentos en la Región de las Sombras, sin poder conseguir la salvación. Afortunadamente las súplicas de ese monje han contribuido eficazmente a la remisión de todas mis culpas y el Rey Yama ha decidido reencarnarme en una noble y rica familia de la respetable nación china. Deberíais, por tanto, agradecerle cuanto ha hecho por mí, mostrándoos generosos con él. Ahora me temo que debo abandonaros - y se retiró del sueño.
No existe, en verdad, fin más noble en la vida que la liberación de un muerto de todas sus penas y sufrimientos. Cuando la familia se despertó, había empezado ya a amanecer. Muy excitada, la esposa de Puo-Chin le agarró del hombro y le sacudió, diciendo:
- Anoche soñé que tu padre volvía a casa para decirnos que durante mucho tiempo se había visto sometido a terribles tormentos en la Región de las Sombras, sin poder conseguir la salvación. Afortunadamente las súplicas de ese monje habían contribuido eficazmente a la remisión de todas sus culpas. Tanto que el Rey Yama había decidido reencarnarle en una noble y rica familia de la respetable nación china. Me pidió después que  le  agradeciéramos  cumplidamente  cuanto  había  hecho  por  él  y,  aunque  yo  le supliqué que se quedara, se alejó a toda prisa de mi sueño. Apenada, me desperté en seguida y sólo te he visto a ti a mi lado.
- ¡Qué extraño! - exclamó Puo-Chin, sorprendido -. Yo también he tenido el mismo sueño. Vamos a contárselo a nuestra madre.
Pero, cuando se disponían a salir de la habitación, oyeron gritar a la anciana:
- Puo-Chin, ven en seguida. Tengo algo importante que decirte.
Alarmados, entraron en su habitación y la encontraron sentada en la cama.
- Hijo, mío - dijo, alborozada, al verles -. Ayer soñé que tu padre volvía a casa y me ordenaba que agradeciéramos al monje cuanto había hecho por él, ya que, gracias a su acción mediadora, había obtenido por fin la remisión de sus pecados. También me informó de que estaba a punto de reencarnarse en una rica familia de la noble nación china.
Al oírlo, tanto el hombre como la mujer se echaron a reír ante la sorpresa de la anciana.
- Mi esposa y yo también hemos tenido un sueño como ése - explicó Puo-Chin, cuando pudo, por fin, dominar la risa -. Precisamente veníamos a decírtelo. Lo que menos nos esperábamos es que tú también hubieras soñado lo mismo.
Llamaron a cuantas personas habitaban en la casa y acudieron a los aposentos del monje a darle las gracias. En cuanto éste les abrió la puerta se echaron rostro en tierra y dijeron:
- Nunca os recompensaremos lo suficiente por haber librado a nuestro padre de los tormentos del infierno.
- ¿Qué he hecho yo para merecer tantas atenciones? - protestó Tripitaka, sorprendido, Puo-Chin le contó entonces el sueño que habían tenido los tres y Tripitaka se sintió complacido. En seguida le prepararon una comida vegetariana y le regalaron una bolsa llena de monedas de plata, que él rechazó con firmeza ante la desesperada insistencia de toda la familia.
- Para mí el dinero no tiene valor alguno - trató de hacerles comprender -. Ahora bien, si deseáis acompañarme durante una parte del viaje, os estaré eternamente agradecido.
A Puo-Chin, a su esposa y a su madre no les quedó, pues, más remedio que guardar el dinero y preparar a toda prisa unas cuantas tortas de harina sin cribar, que Tripitaka aceptó con visible satisfacción. Puo-Chin se puso a continuación las botas y se dispuso a acompañarle durante todo el tiempo que le fuera posible. Siguiendo los consejos de su madre, ordenó a varios criados que cogieran las armas y les sirvieran de escolta. Pertrechados de esa forma, salieron a la carretera principal, contemplando, asombrados, la indescriptible belleza de las montañas y cumbres.
Así continuaron aproximadamente durante medio día. Cuando el sol parecía estar en su cenit, se toparon con una montaña tan alta y escabrosa que su cima se perdía en el infinito azul del firmamento. No tardaron en llegar a su pie. El Guardián se detuvo un momento, miró lo empinado de su falda y empezó a ascender por ella, como si estuviera andando por un terreno totalmente llano. A media ascensión, sin embargo, se detuvo de pronto, se dio media vuelta y dijo al monje:
- Me temo que sólo puedo acompañaros hasta aquí. A partir de ahora tendréis que proseguir solo el camino.
Al oírlo, Tripitaka desmontó de su cabalgadura y le suplicó con manifiesta ansiedad:
- Seguid un poco más, por favor.
- No puedo hacerlo - se disculpó Puo-Chin -. ¿No comprendéis que ésta es la Montaña de las Dos Fronteras? La parte oriental está bajo el dominio de los Tang, pero la occidental pertenece ya a los tártaros. Me temo que los tigres y lobos que allí habitan no me consideran su soberano y de poco puede valeros, por tanto, mi protección. Eso sin contar con que no me está permitido cruzar la frontera. Os lo repito. Es preciso que sigáis solo.
Un miedo mortal se abatió sobre Tripitaka. Sin saber lo que hacía agarró las mangas del cazador y se puso a llorar sin ningún pudor sobre ellas. La situación se hacía tensa por momentos, pero era claro que el momento de la separación había llegado. Fue entonces cuando del fondo de la montaña se oyó una voz que decía:
- ¡Mi maestro acaba de llegar! ¡Mi maestro acaba de llegar!
Tripitaka se quedó mudo y hasta el mismo Puo-Chin se puso a temblar.
No sabemos quién era el que gritaba de esa forma. El que desee averiguarlo tendrá que escuchar las explicaciones que se brindan en el próximo capítulo.

Free counter and web stats

Web Hosting

 Ф

[1]La Rueda de la Ley, o «dharmacakra» (la verdad de Buda), disipa el mal rodando sin cesar de hombre a hombre y de edad en edad.

[2]Hwang-Kung, personaje de la dinastía Han, provenía de Dunghai, provincia de Kiangsu, y tenía fama de ser un gran cazador de tigres.

[3]Tradicionalmente los sueños de osos han sido interpretados en China como anuncio del nacimiento de un varón.