Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

Tras recorrer el mundo inferior, Tai-Chung vuelve a la vida. Una vez hecha la ofrenda de melones y otros frutos, Liou-Chüan contrae nuevas nupcias.


Cien años transcurren como las aguas de un arroyo. Todo lo que queda de una vida de esfuerzos es espuma y humo. El rostro poseía ayer la viveza de los melocotones y hoy las sienes aparecen cubiertas de copos de nieve. La vida, como el continuo afanarse de las termitas, no es más que pura ilusión [1]. Cuando el cuco empieza a cantar, se acerca la hora del regreso. A pesar de todo, la práctica del bien ayuda a prolongar la vida de una forma que nos es desconocida. Sólo sabemos que quien se entrega a la virtud encontrará la ayuda del Cielo.

En un abrir y cerrar de ojos el espíritu de Tai-Chung abandonó la Torre de los Cinco Fénix. Todo estaba borroso y oscuro. Por un momento tuvo la sensación de encontrarse rodeado de guardias imperiales, que le invitaban con insistencia a tomar parte en una partida de caza. Tai-Chung aceptó, complacido, y les siguió al galope. Cabalgaron juntos durante cierto tiempo y, de pronto, desaparecieron tanto los hombres como los caballos, dejándole solo. Desorientado, vagó por campos abandonados y llanuras desoladas. Trató de buscar inútilmente el camino de vuelta y entonces oyó que alguien le gritaba desde atrás:
- ¡Aquí, Emperador de los Tang! ¡Por aquí!
Tai-Chung volvió la cabeza y vio a un hombre con un gorro de seda blanca en la cabeza, del que colgaban unas tiras extrañas de seda negra, y a la cintura un cuerno de rinoceronte sujeto con atractivas hebillas de oro. Vestía una túnica, igualmente de seda, que expedía una luz santa, lo mismo que la tablilla de marfil que llevaba en las manos. Calzaba, además, un par de botas de suelas blancas, muy apropiadas para andar por las nubes y encaramarse en lo alto de la neblina. Junto al corazón portaba el libro de la muerte y la vida, donde está fijado el destino de cada uno. Su pelo, abundante y suelto, parecía formar un halo alrededor de la cabeza, mientras su barba flotaba con libertad al viento, marcando la línea del mentón. Aquel hombre había sido primer ministro de los Tang y ahora colaboraba estrechamente con el Rey del Hades. Tai-Chung se dirigió hacia él, y la aparición echándose rostro en tierra, dijo:
- Perdonadme, majestad, por haber tardado tanto en daros la bienvenida.
- ¿Se puede saber quién eres y por qué has tenido que salir a recibirme? - preguntó Tai- Chung.
- Hace aproximadamente medio mes - contestó el hombre - el espíritu del dragón del río Ching presentó contra vos una querella en el Salón de las Sombras, por haber permitido su ejecución, después de haber acordado que ibais a salvarle la vida. En consecuencia, el rey Chin-Kwang envió un destacamento de demonios con la orden de arrestaros y conduciros al Tribunal de los Tres Jueces. En cuanto me enteré, vine corriendo a recibiros. Os reitero mis excusas por llegar tan tarde, pero la verdad es que no os esperaba hoy.
- ¿Cómo te llamas y cuál es tu rango? - volvió a preguntar Tai-Chung.
- En vida - respondió el hombre - serví al emperador que os precedió como magistrado de Tsu-Chou, antes de ser nombrado vicepresidente del Consejo de Ritos. Mi nombre completo es Tswei-Chüe y desempeño el cargo de juez en la Ciudad de la Muerte.
Al oír eso, Tai-Chung se puso muy contento. Corrió hacia él con las manos extendidas y, ayudándole a levantarse del suelo, dijo:
- Lamento que hayas tenido que molestarte por culpa mía. Por cierto, Wei-Cheng, que actualmente es uno de mis principales colaboradores, me ha entregado una carta para ti, que ahora mismo me complazco en entregarte.
El juez le dio las gracias y le preguntó que dónde la tenía guardada. Tai-Chung la sacó de entre las mangas y se la entregó sin mayor dilación. Tswei-Chüe se inclinó, agradecido, y leyó con vivo interés:
- Vuestro indigno hermano Wei-Cheng os envía la presente con la frente baja por el respeto  que  se  debe  a  un  juez  tan  alto  como  vos,  el  Honorable  Tswei-Chüe  y amantísimo hermano nuestro. Cada vez que recuerdo nuestro pacto de hermandad, me vienen a la mente vuestro semblante y vuestra voz, que, por otra parte, siempre tengo presente en mi corazón. De todas formas, muchos son los años que han pasado desde la última vez que escuché vuestra equilibrada forma de hablar. Lo único que he podido hacer en todo este tiempo ha sido preparar unas cuantas frutas y verduras y ofrecéroslas como sacrificios en las múltiples festividades que jalonan nuestro calendario, aunque, si he de seros sincero, dudo mucho que hayan llegado hasta vos. Os estoy, no obstante, profundamente agradecido, ya que bastantes pruebas me habéis dado en sueños de no haberme olvidado. Si no me llegáis a haber tenido presente en vuestro corazón, ¿cómo me iba a haber enterado de la alegría de vuestro ascenso? Desgraciadamente entre los mundos de la luz y de las tinieblas media una distancia tan grande que nos es imposible trasponerla para poder vernos cara a cara, cosa que lamento de todo corazón. El motivo por el que ahora he decidido escribiros ha sido la repentina muerte de nuestro muy digno emperador, el nunca suficientemente encomiado Tai-Chung, a quien me cabe el honor de servir. Doy por supuesto que su caso será revisado por el Tribunal de los Tres Jueces, por lo que no le será difícil encontrarse con vos. A nuestra pasada amistad me remito para suplicaros encarecidamente que hagáis cuanto esté en vuestra mano para conseguir que su majestad vuelva de nuevo a la vida. Si así lo hacéis, aumentará mi cariño por vos y os estaré eternamente agradecido.
En cuanto hubo leído la carta, el juez exclamó, entusiasmado:
- No sabéis cuánto admiro al juez Wei-Cheng por haber ejecutado tan limpiamente el otro día al viejo dragón. No necesito deciros que le estoy muy agradecido por cuanto hizo por mis hijos después de mi muerte. Puesto que me ha escrito esta carta intercediendo en vuestro favor, tened por seguro que regresaréis a la vida y una vez más volveréis a ocupar el trono de jade.
Tai-Chung  se  lo  agradeció  con  la  cortesía  que  en  él  era  de  esperarse.  Mientras hablaban, vieron acercarse a dos jóvenes vestidos de azul portando estandartes y banderas. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca para ser oídos, levantaron la voz, diciendo:
- Traemos una invitación para vos de parte del Rey de este Mundo Inferior.
Tai-Chung y el juez Tswei se volvieron hacia los dos jóvenes y entonces aquél se percató de la cercanía de una inmensa ciudad. En una de sus puertas figuraba una inscripción, visible desde muy lejos y escrita en letras de oro, que decía: "La Región de las Sombras. Puerta de los Espíritus".
Sin dejar de agitar los estandartes, los de las túnicas azules condujeron a Tai-Chung al interior  de  la  ciudad.  Mientras  avanzaban  por  ella,  vieron  acercarse  al  anterior emperador, Li-Yüan, a su hermano mayor, Chien-Chang, y a otro de sus hermanos muertos, Yüan-Chr Sin dejar de gritar "¡Aquí llega Shr-Min! ¡Aquí llega Shr-Min!", se llegaron hasta él y empezaron a pegarle, exigiendo venganza [2]. Tai-Chung estaba tan desconcertado que no pudo hacer nada por escapar Afortunadamente el juez Tswei llamó a un demonio con la cara azul y los dientes retorcidos y alejó a los atacantes de mala manera. De esta forma, pudieron continuar el viaje.
No habían andado más de dos o tres millas, cuando llegaron a un edificio muy alto con las tejas verdes. Su apariencia era magnífica, en verdad. Una neblina de mil colores cubría su parte más alta, penetrando en cada uno de sus huecos y dotándolo de una atractiva coloración rojiza. De los aleros, brillantes como el mismo sol, salían cabezas de animales salvajes. Las puertas, con grandes bloques de jade blanco por dintel, aparecían adornadas con múltiples hileras de clavos de oro. De las ventanas salía una especie de humo brillante y las cortinas que cubrían sus vanos poseían un fulgor que las asemejaba a rayos de una tormenta sobrecogedora. Las torres eran tan altas que se adentraban, prácticamente invisibles sus remates, en el azul del cielo. Eso no era obstáculo para apreciar que una laberíntica red de pasillos enlazaba los diferentes salones. De enormes pebeteros de bronce de tres patas [3], profusamente decorados, salían fragantes nubes de incienso, que ascendían, en caprichosas volutas, hacia lo alto. Todos sus zaguanes estaban iluminados con llamativas lámparas de seda roja. A la izquierda hacían guardia fieros guerreros con cabeza de toro, mientras que de la defensa de la parte derecha se encargaban horripilantes guardianes con cara de caballo. Para guiar a los espíritus por semejantes laberintos, habían sido colgados de la pared incontables letreros de oro. En el más grande, colocado en un lugar prominente, podía leerse: "Puerta Central del Infierno. El Salón de la Oscuridad del Príncipe del Hades".
Mientras Tai-Chung observaba con detenimiento lugar tan peculiar, del interior llegó el tintineo de los cinturones de jade, seguido del aroma misterioso del incienso divino, y empezaron a bajar las escaleras, precedidos por dos pares de antorchas, los Diez Reyes del Mundo Inferior. Sus nombres eran: el Rey Chin-Kuang, el Rey del Río de los Orígenes, el Rey del Imperio de Sung, el Rey de los Espíritus Vengadores, el Rey Yama, el Rey de los Rasgos Idénticos, el Rey del Monte Tai, el Rey de los Mercados de la Ciudad, el Rey del Cambio Total, y el Rey de la Rueda-que-no-cesa-de-girar. Una vez que hubieron abandonado el Salón del Tesoro del Palacio de la Oscuridad, se inclinaron ante Tai-Chung, dándole, de esta forma, la bienvenida. Le invitaron a continuación a ocupar el puesto de honor, cosa a la que él se negó con encomiable modestia. Pero ellos insistieron una y otra vez, diciendo:
- Vos, majestad, sois emperador de hombres en el Mundo de la Luz, mientras que nosotros no somos más que meros reyes de espíritus en el de las Tinieblas. No hay razón alguna para que nos mostréis tanta deferencia.
- Me temo - replicó Tai-Chung - que con mi conducta os he ofendido a todos. No me es lícito escudarme en la etiqueta, sacando a relucir las diferencias existentes entre los hombres y los espíritus, y el Mundo de la Luz y el de las Tinieblas.
Una vez que sus protestas fueron atendidas, Tai-Chung se decidió, por fin, a entrar en el Salón de la Oscuridad. Los Diez Reyes tomaron asiento, según su rango, invitando a su ilustre huésped a hacer otro tanto. El Rey Chin-Kuang dobló entonces las manos a la altura del pecho y, acercándose a él, dijo:
- El dragón del río Ching os acusa, majestad, de no haberle salvado la vida, cuando prometisteis así hacerlo. ¿Tenéis algo que alegar en vuestra defensa?
- Es verdad que, como decís - contestó Tai-Chung -, le aseguré que nada le ocurriría, cuando acudió a mí en sueños en busca de ayuda. De todos es conocido que fue hallado culpable de los crímenes que se le imputaban, encargándose al juez Wei-Cheng de llevar a cabo la ejecución. Con el fin de evitar que ésta tuviera lugar, invité al juez a echar una partida de ajedrez, sin contar con que Wei-Cheng podía cumplir en sueños sus obligaciones. Fue una estratagema realmente ingeniosa y, así, aunque hice todo cuanto pude, me fue imposible evitar que el dragón fuera ajusticiado. Confieso que yo fui el primer sorprendido.
- Incluso antes de que el dragón naciera - dijeron los Diez Reyes, inclinándose -, quedó escrito en el Libro de la Muerte, que guarda celosamente la Estrella del Polo Sur, que había de ser ajusticiado por un juez mortal. Lo hemos sabido desde siempre, pero el dragón presentó sus cargos contra vos e insistió para que fuerais traído ante el Tribunal de los Tres Jueces e hicierais las alegaciones que considerarais oportunas. En realidad, su caso ha sido revisado y se encuentra ya de camino hacia su nueva reencarnación. Lamentamos haber tenido que obligaros a realizar este viaje y os pedimos nuestras más sinceras disculpas.
En cuanto hubieron terminado de hablar, ordenaron al juez encargado de los Libros de la Vida y la Muerte que trajera el expediente del emperador, con el fin de ver el tiempo que aún le quedaba de estancia entre los vivos. El juez Tswei se retiró a toda prisa a sus dependencias y examinó, una a una, la duración de todos los reinados de los reyes del mundo, que figuraban en sus libros. Sobresaltado, descubrió que la del Gran Emperador Tang Tai-Chung del Continente Austral de Jambudvipa estaba a punto de terminar, ya que debía morir el año decimotercero del período Chen-Kwan. Rápidamente cogió el pincel y añadió dos trazos más. Al ver los Diez Reyes que debajo del nombre de Tai- Chung figuraba el número treinta y tres, le preguntaron con manifiesta intranquilidad:
- ¿Cuánto tiempo hace que ocupáis el trono?
- Trece años - respondió Tai-Chung.
- En ese caso - concluyó el Rey Yama -, no tenéis por qué preocuparos. Aún os quedan veinte años de vida. Una vez que vuestro caso ha sido revisado, no nos queda más que enviaros de vuelta al Reino de la Luz.
En cuanto Tai-Chung lo oyó, se inclinó en señal de gratitud, mientras los Diez Reyes ordenaban al juez Tswei y al Mariscal Chou que le condujeran otra vez al mundo de los vivos.
Antes de abandonar el Salón de la Oscuridad, Tai-Chung se volvió hacia los Diez
Reyes y les preguntó:
- ¿Qué les va a pasar a los que habitan en mi palacio?
- Nada - respondieron los Diez Reyes -. Todos alcanzarán una edad muy avanzada, menos tu hermana pequeña, que, según parece, no vivirá mucho.
- Poco hay que pueda hacer para expresaros mi gratitud, una vez que haya llegado al Mundo de la Luz - dijo Tai-Chung, inclinándose de nuevo -. Si os apetece, puedo ofreceros unos cuantos melones y otras clases de fruta.
- No sabéis cuánto os lo agradeceríamos - respondieron, encántalos Diez Reyes -. Aquí tenemos melones del este y del oeste, pero nos faltan de los del sur.
- Nos preocupéis - les tranquilizó Tai-Chung -. En cuanto haya regresado, os enviaré los que pueda - e, inclinándose una vez más ante ellos con las manos dobladas a la altura del pecho, inició el camino de vuelta.
El mariscal iba delante con una bandera de guiar espíritus, mientras que el juez Tswei cerraba el cortejo, para poder proteger mejor a Tai-Chung. Cuando estaban a punto de abandonar la Región de las Sombras, éste se percató de que seguían otro camino distinto del empleado a la venida y preguntó, alarmado, al juez:
- ¿Qué pasa? ¿Es que nos hemos perdido?
- Por supuesto que no - respondió el juez, sacudiendo la cabeza -. El Mundo de las
Tinieblas está organizado así. Siguiendo la ruta que os trajo hasta aquí, os resultaría prácticamente imposible el regreso. Estamos tratando de apartaros de la zona de la Rueda de la Transmigración, para evitar que caigáis en la trampa de una nueva reencarnación. De ahí que estemos dando tantas vueltas.
Ante tales palabras, a Tai-Chung no le quedó más remedio que seguir la ruta que le trazaban. Pero volvió a sentirse preso de la duda, cuando a los pocos kilómetros se toparon con una montaña altísima, cubierta de nubes oscuras y de una neblina amenazadoramente negra. Tai-Chung se volvió hacia el juez Tswei y le preguntó, visiblemente preocupado:
- ¿Qué monte es ése?
- Es la Montaña de la Sombra Perpetua de la Región de la Oscuridad - contestó el juez.
- ¿Crees que podremos trasponerla sin ningún contratiempo? - insistió Tai-Chung, atemorizado.
- No debéis preocuparos - respondió el juez, tratando de tranquilizarle -. Estamos aquí precisamente para guiaros.
Temblando de miedo, Tai-Chung comenzó a ascender por sus laderas, siguiendo de cerca a los otros. Fatigado, levantó la cabeza y vio que era extremadamente escarpada y muy difícil de escalar. La rugosidad de las rocas que formaban su falda superaba con mucho a la de los Picos de Shu [4], pudiendo apreciarse que su altura aventajaba a la de las cumbres de Lu. No existía montaña como ella en el Mundo de la Luz, pues resultaba aterradora incluso para un lugar tan tenebroso como la Región de la Oscuridad. Por doquier se veían matorrales de espinas, bajo los que buscaban abrigo los demonios, y terrazas escalonadas de rocas retorcidas, en las que había fijado su residencia toda clase de monstruos. No se oía el menor sonido, como si estuviera totalmente deshabitada o no anidaran en ella las aves ni las bestias cuidaran allí de sus camadas. Sólo se sentía la presencia de un viento frío y de aquella persistente neblina de color negro. No cabía duda alguna de que eran emanaciones de seres diabólicos, que respiraban agazapados en cualquier parte. No existía la menor belleza en sus tétricos paisajes. Adondequiera que se dirigiera la vista, sólo se veía desolación y abandono. A su lado no había ninguna otra montaña, ni picos, ni cumbres, ni cuevas, ni arroyuelos, ni hierba, ni alturas que se perdieran en el cielo, ni atrevidos viajeros empeñados en escalar sus cimas, ni fuentes de agua que pronto se convertirían en torrentes. En los roquedales se amontonaban los espectros, como náufragos desesperados de un naufragio, al igual que los fantasmas en las inaccesibles cuevas. En lo que habían sido los lechos de los ríos, ahora secos, buscaban refugio las almas perdidas. A media altura se oía por doquier el salvaje griterío de seres con cabeza de toro y cara de caballo. Medio escondidos, gemían desconsoladamente los espíritus hambrientos [5] y las almas que pasaban necesidad. El juez pasaba entre ellos, repartiendo órdenes a derecha e izquierda, mientras el mariscal les gritaba, autoritario. Si no llega a ser por su ayuda protectora, Tai-Chung jamás habría cruzado la Montaña de la Sombra Perpetua.
Una vez que la hubieron dejado atrás, llegaron a un lugar, donde había infinidad de habitaciones y salas. Los gritos de tristeza se hacían insoportables y sumían el corazón en un auténtico mar de terror.
- ¿Cómo se llama este lugar? - preguntó, temblando, una vez más Tai-Chung.
- Éste - respondió el juez en seguida - es el Infierno de los Dieciocho Pliegues, que se halla exactamente detrás de la Montaña de la Sombra Perpetua.
- ¿Y eso qué quiere decir? - insistió Tai-Chung.
- Está bien - asintió el juez -. Si te empeñas, te lo voy a explicar. Éste es el infierno del tormento, de la culpa insoportable y del fuego que no se extingue. Todo el dolor y la desolación que en él reinan es producto de los miles de pecados que cometieron en vida los que ahora se encuentran inmersos en sus mazmorras. Todos ellos comenzaron su sufrimiento nada más morir. En el infierno de las lenguas arrancadas y de la piel desollada pagan su culpa, entre lamentos, sollozos y gritos, los traidores, los rebeldes, los que murmuran contra el cielo y los que hablan como Buda y poseen un corazón de serpiente. En el infierno de la trituración y la molienda sufren condena de descuartizamiento y dislocación de dientes y huesos los que, para obtener beneficios, engañan, mienten, lisonjean y halagan. En el infierno del hielo y la mutilación reciben castigo - la cara mugrienta, el cabello alborotado, el ceño fruncido y un aspecto repugnante - los que esquilman en el peso a los no precavidos y, así, atraen la ruina sobre sus cabezas. En el infierno del aceite hirviendo y la oscuridad total purgan sus culpas, sometidos a espantosas convulsiones, los que en vida oprimieron violentamente a la gente de bien. En el Infierno Avici [6], en el del estanque de sangre y en el de balanzas y pesos, son sometidos a atroces tormentos - la piel desgarrada, los huesos al aire, los miembros cortados y los tendones seccionados - los que, movidos por la avaricia, cometieron asesinatos o quitaron la vida a animales u hombres. Tan horrendos fueron sus delitos que en miles de años no podrán lavar sus culpas. Todos están atados fuertemente con cadenas y, en cuanto hacen el menor movimiento, se echan sobre ellos los demonios del pelo rojo, los que tienen cabeza de toro y los que poseen cara de caballo y les traspasan el cuerpo con lanzas larguísimas, espadas tan afiladas que no se sabe dónde termina su hoja, picas de acero y hachas de bronce. Se ceban en ellos, hasta que los rostros se les contorsionan de dolor y la sangre fluye en abundancia. Ellos gritan a la tierra y al cielo, pidiendo clemencia, pero no obtienen la menor respuesta. Se ve así que el hombre jamás debería traicionar su propia conciencia, ya que los dioses lo ven y lo conocen todo. Tarde o temprano, el vicio y la virtud terminan recibiendo el pago que merecen. Se trata, simplemente, de una mera cuestión de tiempo.
Al oír esas explicaciones, Tai-Chung se sintió profundamente afectado. Continuaron caminando y al poco rato se toparon con un destacamento de soldados-demonio, que portaban estandartes y banderas y que, extrañamente, se habían arrodillado a lo largo del camino. Sin atreverse a levantar la vista del suelo, dijeron, respetuosos:
La guardia del puente se siente muy orgullosa de daros la bienvenida.
El juez les ordenó que condujeran a Tai-Chung al otro lado del Puente de Oro. El emperador movió un poco la cabeza y vio que poco más allá, había otro de plata, por el que transitaban unos cuanto viajeros de aspecto justo y honesto. También ellos se dejaban guiar por una cohorte de banderas y estandartes. En el lado opuesto se veía otro puente, bajo el que bullían remolinos y olas de sangre. Un viento gélido lo sacudía de continuo, mientras se escuchaban alaridos y gemidos que ponían los pelos de punta. Tai-Chung se detuvo, impresionado, y preguntó:
- ¿Cómo se llama ese puente?
- Ése, majestad - contestó el juez -, es el Puente-sin-retorno [7]. Grabáoslo bien en la memoria, pues es preciso que habléis de él a vuestros súbditos, cuando hayáis llegado al Mundo de la Luz. Bajo sus arcos fluye una inmensa cantidad de agua, que nadie puede vadear, porque, a lo encrespado de sus olas, hay que añadir ese aire frío que cala hasta los huesos. Eso sin contar el insoportable hedor que surge de su lecho. Quizás por ello, no hay embarcación que se aventure a transportar hombres de una orilla a otra. Sólo se aventuran a acercarse a él espíritus condenados de pies descalzos y pelo enmarañado. Aunque mide varios kilómetros de largo, su anchura no es superior a tres palmos, elevándose a una altura que sobrepasa los trescientos metros. Se calcula que la profundidad de las aguas que fluyen bajo su destartalada estructura alcanza más de mil brazas. Pese a ello, carece de barandilla y lo más peligroso es que muy cerca de su plataforma hay una legión de demonios encadenados, que tratan de devorar a cuanto hombre se atreve a transitar por ella. Fíjate, además, en esos guardias de aspecto feroz que hay junto al puente y en esos espíritus condenados que luchan inútilmente contra las aguas.  No  hay  nada  que  pueda  mover  más  a  compasión.  Se  nota  que  han  sido despeñados desde muy alto, porque el precipicio que conduce al cauce del río está cubierto de ropas de todos los colores. ¡Qué suerte más amarga la suya! Están condenados por toda la eternidad a mantenerse en ese estado, luchando, al mismo tiempo, para evitar ser devorados por perros de hierro y serpientes de latón, que se alimentan exclusivamente de ellos. Con razón dice el poema que aquí se confunden los alaridos de los fantasmas y de los demonios, entremezclados con el fragor de olas de sangre de más de trescientos metros. En el Puente-sin-retorno montan guardia incontables legiones de aguerridos caras-de-caballo y cabezas-de-toro.
En cuanto el juez hubo terminado de hablar, los guardianes del puente volvieron a sus puestos. Tai-Chung no hizo el menor comentario. Se limitó a mirar, horrorizado, y a sacudir la cabeza en silencio. Estaba tan aterrado que siguió al juez y al mariscal a lo largo del puente-sin-retorno y el Reino del Estanque de Sangre como un auténtico autómata. Afortunadamente no tardaron en llegar a la Ciudad de la Muerte, donde poco a poco se fue elevando un clamor de voces, que decían:
- ¡Li Shr-Min se acerca! ¡Viene Li Shr-Min!
Al oír semejante griterío, Tai-Chung sintió que le abandonaban las fuerzas y no se veía con ánimos para seguir adelante. De pronto se interpuso en su camino un enjambre de espíritus, algunos sin cabeza, otros con los miembros arrancados y las espaldas destrozadas, que gritaban, amenazadores:
- ¡Devuélvenos la vida! ¡Devuélvenosla!
Preso del pánico, Tai-Chung trató de echarse a correr y de esconderse en el primer sitio que encontrara, pero se acordó del juez y, volviéndose hacia él, le suplicó, desesperado:
- ¡Sálvame, juez Tswei! ¡Sálvame!
- Éstos, majestad - le explicó el juez -, son los espíritus de príncipes, ladrones y bandidos de los más diferentes lugares, que murieron de una forma violenta y ahora no tienen quien se ocupe de ellos. Dado que carecen totalmente de posesiones o dinero están condenados a pasar hambre y frío por toda la eternidad. Si su majestad quisiera hacerles un pequeño donativo, se verían libres de sus angustias y se convertirían en aliados vuestros.
- ¿De dónde voy a sacar yo ahora dinero, si he venido totalmente con las manos vacías? - protestó Tai-Chung.
- Eso es fácil de solucionar - contestó el juez -. En el Mundo de los Vivos habita un hombre que tiene depositada en este Reino de la Oscuridad una gran cantidad de oro y plata. Si queréis, podéis solicitarle un préstamo, del que yo actuaré como garante y que vos distribuiréis, generoso, entre estos fantasmas hambrientos. De esta forma, aparte de otras ventajas futuras, os dejarán seguir adelante sin ningún contratiempo.
- ¿Quién es ese hombre del que habláis? - preguntó Tai-Chung.
- Es oriundo del distrito de Kai-Feng, en la provincia de Honan, y responde al nombre de Siang-Liang - respondió el juez -. Calculo que aquí abajo tiene alrededor de trece almacenes llenos de oro y plata. Una vez que os halléis en el Mundo de la Luz, no os será difícil devolverle lo que ahora toméis prestado.
Tai-Chung aceptó, complacido, esa sugerencia y, sin pérdida de tiempo, firmó un recibo que entregó al juez. En él se aceptaba como préstamo todo el oro y la plata que había en uno de los almacenes y que el gran mariscal distribuyó en seguida entre todos los espíritus. Mientras lo hacía, el juez levantó la voz y les dijo:
- Repartíos como mejor podáis estas monedas de plata y oro y usadlas de la forma que consideréis más oportuna. A cambio sólo os pido que dejéis seguir adelante al Gran Padre de los Tang, al que aún le quedan muchos años de vida. Precisamente le estoy acompañando al Reino de la Luz por orden expresa de los Diez Reyes. De toda formas, os garantizo que, en cuanto llegue al mundo de los vivos, celebrará por vosotros una ceremonia fúnebre [8] y, así, podréis alcanzar más pronto vuestro descanso. Así que, por lo que más queráis, no nos causéis más problemas.
Una vez recibidos el oro y la plata, los espíritus se hicieron a un lado y les dejaron continuar su camino. Satisfecho, el juez se volvió hacia el mariscal y le mandó ondear la bandera usada para guiar a las almas. De esta forma, pudo por fin Tai-Chung abandonar la  Ciudad  de  la  Muerte.  El  sendero  que  siguieron  era  ancho  y  de  un  firme  muy apropiado  para  caminar,  permitiéndoles  avanzar  con  más  rapidez  de  la  que  hasta entonces habían logrado.
Tras viajar durante mucho tiempo, llegaron al cruce de los Seis Senderos de la Transmigración. Levantando la vista, vieron una cantidad incontable de gente montada en nubes sagradas. Muchos vestían trajes y capas profusamente bordados y algunos llevaban colgando de la cintura peces de oro y otros amuletos taoístas. Entre ellos había monjas,  monjes,  personas  normales  y  toda  clase  de  animales,  aves,  espíritus  y fantasmas. Como si de un arroyo se tratara, pasaban por debajo de la Rueda de la Transmigración y cada cual iba a parar al sendero que le había sido designado de antemano.
- ¿Qué significa todo esto? - preguntó el Emperador de los Tang, sorprendido.
- Debéis tomar buena cuenta de todo esto y hacerlo público después en el Reino de los Vivos - contestó el juez -. Ahora que vuestra mente ha recibido la iluminación, estáis en una posición envidiable para comprender que la naturaleza de Buda es inmanente a todo cuanto existe. El lugar en el que nos encontramos se llama el cruce de los Seis Caminos de  la  Transmigración.  Mediante  ella,  los  que  obran  el  bien  son  promovidos  a  la categoría de inmortales, los que conservan hasta el final su espíritu patriótico obtienen como recompensa la nobleza, los que ponen en práctica los principios de la piedad filial vuelven a la vida como seres privilegiados, los que son justos y honrados se reencarnan de nuevo como seres humanos, los que se complacen en la práctica de la virtud consiguen riquezas incalculables, mientras que los que se rinden al vicio y se entregan a la violencia terminan convirtiéndose en auténticos demonios.
- ¡Qué recompensas tan maravillosas encierra el bien obrar! - exclamó el Emperador de los Tang, suspirando y sacudiendo la cabeza -. La vida virtuosa jamás abre las puertas a la enfermedad. Es preciso, pues, mostrarse amable con todos, practicar la caridad y no rendirse a los malos pensamientos. Poco será cuanto se haga por erradicar la maldad. Quien afirme que no existe la retribución es un ciego loco.
El juez le condujo entonces hasta la entrada del sendero que conducía a la nobleza y, tras postrarse de hinojos ante él, dijo:
- Es por aquí por donde debéis continuar. A mí no me está permitido acompañaros un solo paso más, pero sí puede hacerlo el Gran Mariscal Chou.
- Lamento que hayáis tenido que hacer un viaje tan largo por mi culpa - se disculpó el
Emperador de los Tang, agradecido.
- Cuando hayáis regresado al Mundo de la Luz - le recordó el juez -, no os olvidéis de celebrar la ceremonia por esas almas olvidadas que carecen de techo y hogar. Por lo que más queráis, no lo echéis en saco roto. Sabed que, si en la Región de la Oscuridad no se oye el más mínimo murmullo sobre lo erróneo de vuestra conducta, la porción del Mundo de la Luz que os ha tocado regir gozará de paz y prosperidad. Si en vuestra vida hay algo que no se ajusta a la virtud, debéis cambiarlo cuanto antes y enseñar a vuestros súbditos a obrar siempre con rectitud. De esta forma, podréis tener la seguridad de que vuestro imperio no se tambaleará jamás y vuestra fama se mantendrá viva durante generaciones y generaciones.
El Emperador de los Tang se comprometió a seguir cada una de sus recomendaciones y se despidió, emocionado, del juez Tswei. El Gran Mariscal Chou le tomó entonces del brazo y le hizo entrar por la puerta que marcaba el inicio del sendero que le había sido asignado A los pocos metros se toparon con un caballo de tintes parduzcos, ensillado y con las riendas a punto. Sin pérdida de tiempo, el mariscal ayudó al emperador a montar y el caballo salió disparado como una flecha hacia delante, alcanzando al poco rato las orillas  del  río  Wei.  Dos  carpas  doradas  estaban  jugueteando  entre  las  olas  y  el emperador, complacido de tan bucólico espectáculo, tiró de las riendas y se puso a observarlas.
- Daos prisa, majestad, y volved a vuestra ciudad ahora que todavía disponéis de tiempo - le urgió el mariscal.
Pero el emperador no le hizo el menor caso, negándose a seguir adelante. Desesperado, el mariscal le agarró de la pierna y gritó:
- ¿A qué estáis esperando? ¡Moveos, de una vez! - y le dio un empujón, que le hizo perder los estribos, cayendo cuan largo era en el cauce del río Wei. De esta forma, abandonó la Región de las Sombras y regresó al Mundo de la Luz.
Mientras tanto, Sü Mou-Kung, Chin Shu - Pao, Hu Ching - De, Duan Chr - Sien, Ma San - Pao, Cheng-Yao-Chin, Gao Shr-Lien, Li Shr-Chi, Fang Süan-Ling, Du Hu-Hwei, Siao Yü, Fu I, Chang Tao-Yüan, Chang Shr-Heng y Wang - Kwei, las mayores autoridades civiles y militares de la dinastía Tang, se habían reunido en el Palacio Oriental a llorar al emperador muerto, junto con el príncipe heredero, la reina, las damas de la corte y el maestro de ceremonias del Salón del Tigre Blanco. Discutieron, al mismo tiempo, sobre la conveniencia de hacer pública en todo el imperio la muerte del Hijo del Cielo y elevar cuanto antes al trono al príncipe heredero. Wei-Cheng tomó entonces la palabra y dijo:
- Es preciso que no obremos con precipitación. Si cunde la alarma en las diferentes ciudades y distritos, es posible que nos encontremos con reacciones desagradables que no habíamos previsto. Sugiero, por tanto, que esperemos un día más. Estoy convencido, por otra parte, de que nuestro señor no puede tardar ya mucho en regresar a la vida.
- ¿Se puede saber de qué estáis hablando, ministro Wei? - le preguntó, burlón, Sü Ching-Chung -. Como muy bien afirma el proverbio, "nadie puede recoger el agua derramada ni hacer volver a la vida a un hombre muerto". ¿Qué pretendéis conseguir, regalándonos los oídos con tonterías como las que acabamos de escuchar?
- Respetable señor Sü - contestó Wei-Cheng -. Desde muy joven me he dedicado al estudio de las ciencias de la inmortalidad y puedo aseguraros que, según mis cálculos, la hora de su majestad aún no ha llegado.
No había acabado de decirlo, cuando del interior del féretro salió una voz, que decía:
- ¡Me estás ahogando! ¿Para esto te has tomado tantas molestias conmigo?
Tan sobresaltados se sintieron los funcionarios y tan aterradas las damas, que sus rostros se tiñeron al punto de una extraña coloración amarillenta, que recordaba a la de las zarzamoras en el otoño. Sus cuerpos perdieron, al mismo tiempo, toda la energía y se quedaron tan flácidos e indefensos como los brotes nuevos del sauce al principio de la primavera. Al príncipe heredero le temblaban tanto las piernas que era incapaz de sostener en sus manos el cetro y seguir adelante con los ritos. Otro tanto le pasó al maestro de ceremonias, que perdió el sentido y cayó, desplomado, al suelo. Muchas de las  damas  perdieron  igualmente  el  conocimiento,  como  si  fueran  hibiscos  recién brotados sacudidos por un viento salvaje. Otras se dejaron caer contra las paredes, como margaritas aplastadas por una lluvia repentina. Los señores se quedaron petrificados, temblando de miedo y sin apenas fuerzas para seguir manteniéndose en pie. Todo el Salón del Tigre Blanco parecía un puente con las tablas rotas y el estrado sobre el que descansaba el catafalco, un templo recién arrasado.
Raro fue el que no se echó a correr en dirección contraria a la que se encontraba el ataúd. Sólo el recto Sü Mou-Kung, el cerebral primer ministro Wei, el valiente Ching- Chung y el sanguíneo Ching-De lograron armarse de valor y, llegándose hasta el féretro, gritaron:
- Si hay algo que os molesta, decídnoslo y trataremos de resolverlo de la mejor manera que podamos. Pero, por favor, dejad de aterrorizar a vuestros familiares, comportándoos como un fantasma.
- ¿Quién ha dicho que se está comportando como un fantasma? - protestó Wei-Cheng -. ¡Lo que ocurre es que su majestad acaba de regresar al mundo de los vivos! ¡Rápido! ¡Traed algunas herramientas para abrir esto!
Levantaron la parte de arriba del ataúd y vieron que Tai-Chung, en efecto, estaba gritando, preso de una profunda agitación:
- ¡Me estás ahogando! ¿Es que no hay nadie que me ayude?
- No temáis, majestad - dijeron Mou-Kung y los otros, levantándole con cuidado -. Es sólo un sueño. Además, aquí estamos nosotros para defenderos.
El Emperador de los Tang abrió entonces los ojos y exclamó, totalmente abatido:
- No podéis haceros ni idea de lo que he pasado. Por poco no me ahogo después de haber escapado por los pelos del ataque de unos demonios malévolos.
- No tengáis miedo, majestad - le aconsejaron los ministros -, si eso os hace sentir mejor, podéis contarnos lo que os pasó en el agua.
- Íbamos montados a caballo y, al llegar al río Wei, me detuve a contemplar dos carpas que estaban jugando en el agua - explicó Tai-Chung -. Aprovechando mi distracción, ese traidor de Chou me tiró del caballo de un empujón y fui a parar a la corriente, donde por poco no me ahogo.
- Me temo, majestad - dijo entonces Wei-Cheng -, que aún no os habéis librado del todo de la influencia de los muertos - y ordenó traer una medicina para calmar y a la vez fortalecer su espíritu.
Se le sirvió a continuación un preparado de arroz y, sólo cuando lo hubo tomado dos o tres veces, volvió a recobrar la consciencia y el pleno dominio de todos sus sentidos. El Emperador de los Tang permaneció tres días y tres noches en el Reino de la Muerte, antes de regresar otra vez al Mundo de los Vivos. Sobre tan extraordinario suceso existe un poema, que dice:

¡Cuánto ha cambiado el mundo desde la época antigua! Infinidad de reinos han surgido y después se han desplomado a lo largo de toda la historia, El paso del tiempo ha sido, incluso, testigo de las incontables maravillas de los Chou, los Han y los Tsin. Pero, por muy grandes que éstas hayan sido, no se pueden comparar con la vuelta a la vida del Emperador de los Tang.

Al caer la tarde, cuando el emperador se retiró a descansar, los ministros se decidieron, por fin, a volver a sus casas. A la mañana siguiente se despojaron de sus ropas de luto y acudieron a la corte, en cuanto hubo amanecido, luciendo sus espléndidas túnicas rojas, sus llamativos sombreros negros, sus atractivos fajines color púrpura y sus innumerables adornos de jade y oro. Tai-Chung, por su parte, durmió toda la noche de un tirón, de tal manera que, cuando se hizo de día, se sintió totalmente recuperado. Como si nada hubiera ocurrido, se puso la corona, una lujosa túnica de color rojo oscuro, un artístico cinturón de jade verde procedente de la Montaña Azul y unas botas de cuero de una sola pieza. La majestad de su porte superaba con mucho a la de todos los personajes de la corte  juntos,  pudiéndose  afirmar  que  su  figura  resumía  toda  la  grandeza  de  su espléndido reinado. ¡Qué extraordinariamente justo y recto era el Emperador de los Tang, el majestuoso Li Shr-Min, que volvió del Mundo de los Muertos!
En cuanto se hubo vestido, el emperador se dirigió en su palanquín de oro al Salón del Tesoro, donde convocó a todos sus ministros, que gritaron, entusiasmados, nada más verle:
- ¡Viva el emperador!
Los vítores se repitieron tres veces. Cuando se hubo restablecido el silencio, el emperador levantó la voz y dijo:
-  Si  alguien  tiene  algún  asunto  que  exponer,  que  se  acerque  y  me  entregue  el correspondiente informe. En caso contrario, la audiencia se da por terminada. Inmediatamente se adelantaron los funcionarios Sü Mou-Kung, Wei-Cheng, Wang- Kwei,  Du  Hu-Hwei,  Fang  Süan-Ling,  Yüan  Tien-Kan,  Li  Chuen-Feng,  Sü  Ching- Chung, Yin Kai-Shan, Liou Hung-Chr, Ma San - Pao, Duan Chr-Sien, Cheng-Yao- Chin, Chin Shu-Pao, Hu Ching-De y Süe Jen-Kwei. Se echaron rostro en tierra ante las escalinatas de jade blanco y preguntaron con sumo respeto:
- ¿Podéis explicarnos por qué habéis permanecido dormido durante tanto tiempo y qué es lo que os ha hecho despertar?
- El mismo día que Wei-Cheng me entregó la carta - contestó Tai - Ghung, condescendiente - sentí cómo mi espíritu abandonaba estos salones y corría al galope detrás de una partida de caza de guardias imperiales. Pero tanto los hombres como los caballos  desaparecieron  al  poco  rato  y  me  vi  rodeado  de  mi  padre,  el  anterior emperador, y de mis hermanos ya fallecidos. Si no llega a ser por la oportuna llegada de un personaje vestido totalmente de negro, seguro que no habría podido escapar de ellos. El hombre que me libró de la furia de mi hermano era el juez Tswei-Chüe, a quien hice en seguida entrega de la carta que me había dado Wei-Cheng para él. Mientras leía, aparecieron unos cuantos jóvenes vestidos de azul con varios estandartes en las manos, que nos condujeron al Salón de la Oscuridad, donde fuimos recibidos por los Diez Reyes del Mundo Inferior. Ellos me informaron de que la razón por la que había sido convocado a su presencia obedecía a que el dragón del río Ching había presentado contra mí una querella por haber permitido que fuera ejecutado después de haberle dado mi palabra de que no le iba a pasar nada. En cuanto les expliqué lo que, en realidad, había sucedido, me dieron garantías de que mi caso sería sobreseído por el Tribunal de los Tres Jueces. Pidieron después al juez Tswei que mirara en los libros de la Vida y la Muerte el tiempo que aún me quedaba de residir en la tierra, tras lo que el Rey Yama concluyó que mis días no habían finalizado todavía. De hecho, se ha asignado a mi reinado una duración de treinta y tres años, de los que solamente han transcurrido trece. En consecuencia, los Diez Reyes ordenaron al juez Tswei y al Gran Mariscal Chou que me trajeran de vuelta a este mundo. Tras despedirme de ellos, prometí hacerles una ofrenda de melones y otras frutas, en señal de agradecimiento. No nos habíamos alejado mucho del Palacio de las Tinieblas, cuando nos topamos con el infierno en el que habitan los que han traicionado a su patria, los que no se han mostrado respetuosos con sus padres, los que jamás se han preocupado de la práctica del bien, los que han esquilmado a sus semejantes, los que se han dedicado a engañar a los demás, los que han alterado en beneficio propio los pesos y las medidas y, en definitiva, todos los violadores, ladrones, embusteros, hipócritas, libertinos, gente de mal obrar y quebrantadores de la ley. Todos sufrían al mismo tiempo infinidad de torturas, entre las que cabe citar el fuego, el aceite hirviendo, el agua caliente, la soga, la cadena, la sierra y la piedra de moler. Su número ascendía a varias decenas de miles y, si he de seros sincero, no pude aguantar por mucho tiempo su horripilante visión. Un poco más adelante cruzamos la Ciudad de la Muerte, donde residen todos los bandidos y asaltadores que ha habido en la tierra. Haciendo honor a su pasado oficio, nos cortaron el paso y se negaron a dejarnos seguir adelante, si no les daba una considerable cantidad de dinero. Afortunadamente, el juez Tswei accedió a actuar de garante y, así, pude pedir prestado un almacén  entero  lleno de  oro  y  plata  a  un  tal  Siang,  que  habita  en  la provincia de Honan. Los espíritus parecieron satisfechos y nos permitieron proseguir nuestro camino. De todas formas, el juez Tswei me insistió que, cuando me encontrara en  el  Mundo  de  la  Luz,  debía  realizar  una  serie  de  ofrendas  a  esos  espíritus abandonados, para que obtengan cuanto antes la salvación. Así llegamos al punto en el que se entrecruzan los Seis Senderos de la Transmigración. Allí el mariscal Chou me hizo montar en caballo tan rápido que, más que galopar, parecía volar. No es extraño que no tardáramos casi nada en alcanzar las orillas del río Wei. En el agua había dos carpas jugueteando y me quedé mirándolas un momento. Aprovechando mi abstracción, el mariscal me agarró de la pierna y me arrojó al cauce, haciéndome regresar de esa forma a la vida.
Todos los ministros felicitaron al emperador por su buena estrella y enviaron noticia de lo ocurrido a todos los rincones del imperio, de donde se recibieron entusiásticas muestras de adhesión. Emocionado, Tai-Chung decretó una amnistía general para todos los presos de su reino. No contento con eso, pidió una lista de todos los condenados a muerte, cuyo número, según los datos suministrados por el Departamento de Justicia, ascendió exactamente a cuatrocientas personas. Antes de ser ajusticiados, Tai-Chung les concedió un año de libertad, para que volvieran junto a sus familias y pusieran en orden todas sus posesiones y asuntos. El agradecimiento de los reos fue tan sincero como el olor que se eleva de la tierra, al ser empapada por la lluvia. A tan acertada decisión siguió un nuevo decreto, por el que la corona se comprometía a cuidar y a velar por el bienestar de todos los huérfanos. Concedió, al mismo tiempo, la libertad a más de tres mil doncellas y concubinas del palacio, a las que desposó con dignos oficiales de sus ejércitos. A partir de entonces su reinado fue auténticamente virtuoso, como afirma el poema:

¡Grande es, en verdad, la virtud del Gran Soberano de los Tang! Bajo su férula el pueblo llano ha conocido más prosperidad que bajo la de los mismísimos Yao y Shun. Quinientos [9] condenados a muerte han salido de la prisión, mientras que han abandonado el palacio imperial más de tres mil doncellas. Todos los funcionarios le desean larga vida y los ministros alaban la rectitud de sus juicios. Tanta bondad de corazón por fuerza ha de contar con el beneplácito del cielo, haciendo que la prosperidad alcance hasta la decimoséptima generación.

Después de poner en libertad a los presos y a las doncellas de la corte, Tai-Chung hizo público un nuevo decreto, que mandó fijar en todo el imperio y en el que se decía:

A pesar de ser, ciertamente, vasto, el universo está regido por el sol y la luna. De la misma forma, el mundo, aunque inmenso, debe su orden a la virtud y al bien obrar. Si es el provecho personal lo que rige todos tus actos, ten por seguro que encontrarás tu castigo en esta misma vida. Si, por el contrario, cuanto das supera a cuanto recibes, la felicidad te aguarda no sólo en el cercano recodo de la vida futura, sino también en el de ésta. La máxima sabiduría consiste en seguir siempre los dictámenes de la conciencia. Diez mil hombres violentos no se pueden comparar con uno sencillo y bueno. ¿De qué te sirve estudiar aplicadamente los sutras, si no practicas la misericordia ni el bien? ¡Vano es aprender las enseñanzas de Buda si sólo pretendes hacer daño a los demás!

A partir de entonces no hubo en todo el imperio una sola persona que no se entregara a la práctica de la virtud. Al tiempo que se hacía público este decreto, salió a la luz otro nuevo en el que se pedía la cooperación de un voluntario para llevar las frutas y los melones prometidos a la Región de las Sombras. Días antes Tai-Chung había hecho llegar, por medio de Hu Ching-De, Duque de Koten, todo el oro y la plata contenidos en un almacén al distrito de Kai-Feng, provincia de Honan. De esta forma, quedó saldada la cuenta que había contraído con Siang-Liang.
A los pocos días de haber aparecido este último decreto, se presentó voluntario un hombre para llevar los melones al Reino de la Muerte. Era originario de la región de Chün-Chou, se llamaba Liou-Chüan y pertenecía a una familia extremadamente rica. La razón de ofrecerse para llevar a cabo una misión tan sacrificada fue que su esposa Li Chuei-Lien había dado una horquilla de oro como limosna a un monje justamente delante de su casa. Cuando Liou-Chüan le hizo ver lo indiscreto de su irresponsable conducta,  ella  se  sintió  tan  apenada  que  entró  corriendo  en  la  casa  y  se  ahorcó, dejándole con dos niños pequeños que no dejaban de llorar día y noche. Al verlos en ese estado, Liou-Chüan experimentaba unos remordimientos tan insoportables que había decidido abandonar la vida y cuanto poseía para llevar los melones al Reino Inferior. Contento de poder ayudarle, el emperador le mandó ir al Pabellón de Oro. Allí le colocaron dos melones en la cabeza, le metieron un poco de dinero por las mangas y le dieron a tomar una cantidad adecuada de veneno. Su alma no tardó en llegar con la fruta ante  la  Puerta  de  los  Espíritus,  donde  le  salieron  al  encuentro  unos  demonios guardianes, que le preguntaron:
- ¿Quién eres tú y por qué te has atrevido a llegar hasta aquí?
- Yo - respondió Liou-Chüan - vengo de parte del Emperador Tang Tai-Chung a entregar esta fruta y estos melones a los Diez Reyes del Mundo Inferior.
Al oírlo, los demonios cambiaron de actitud y le condujeron, con grandes muestras de reconocimiento, a la Sala del Tesoro del Palacio de la Oscuridad. Cuando, por fin, se halló en presencia del Rey Yama, le hizo entrega de la fruta, diciendo:
- He venido desde muy lejos, por orden del Emperador de los Tang, a traeros estos melones como prueba de agradecimiento por la hospitalidad con que los Diez le tratasteis.
- Ese emperador Tai-Chung es, ciertamente, un hombre de palabra - exclamó, visiblemente complacido, el Rey Yama, Tras aceptar los melones, preguntó al emisario su nombre y el lugar en el que había nacido, a lo que contestó:
- Vuestro humilde siervo es originario de la zona de Chün-Chou y se llama Liou- Chüan. Puesto que su esposa se ahorcó, dejándole al cuidado de un par de hijos, decidió sacrificar cuanto poseía por el bien de la patria, ayudando al emperador a traer estos melones en señal de gratitud.
Nada más oír esas palabras, los Diez Reyes mandaron llamar a la mujer de Liou-Chüan, que compareció al poco rato ante ellos escoltada por dos guardias-demonio. De esta forma, volvieron a reunirse los dos esposos en el mismísimo Palacio de la Muerte. Tras hablar de cuanto había sucedido, se volvieron hacia los Diez Reyes y les agradecieron la amabilidad que habían tenido con ellos. El Rey Yama hizo traer los libros de la Vida y la Muerte y comprobó que tanto el marido como la mujer debían alcanzar una edad muy avanzada. Se volvió rápidamente hacia uno de los guardias-demonio y le ordenó que les condujera de nuevo al Mundo de la Luz, pero el guardia protestó, diciendo:
- Eso es prácticamente imposible ya, señor. Li Chuei-Lien lleva vanos días en el Mundo de las Tinieblas y, por consiguiente, su cuerpo ha dejado de existir. ¿Queréis decirme cómo va a poder seguir viviendo en el mundo?
- Eso tiene fácil arreglo - respondió el Rey Yama, sonriendo -. Li-Yü-Ying, la hermana menor del emperador, está a punto de morir. Toma prestado su cuerpo y dáselo a esta mujer. Así no tendrá ningún problema.
El guardia-demonio obedeció sin rechistar y condujo a Liou-Chüan y a su esposa de vuelta al mundo de la vida. No sabemos cómo se produjo acontecimiento tan señalado ni lo que sucedió después. Quien desee, pues, seguir el hilo de la historia deberá escuchar con atención lo que se dice en el próximo capítulo.

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[1]Hace referencia a un cuento escrito por Li Kung-Tse durante la dinastía Tang, que se convirtió, con el paso del tiempo, en paradigma de la vanidad de todo lo humano: un hombre se quedó dormido en su jardín y soñó que viajaba a tierras lejanas, donde permaneció diez años, casándose, incluso, con la hija del hombre que las regía. Al despertarse, comprobó que había junto a él una termita enorme, que representaba simbólicamente todos los lugares que había visitado. Eso le hizo caer en la cuenta de la fugacidad de las empresas humanas, abrazando posteriormente el taoísmo.

[2]Antes de convertirse en emperador, Tang Tai-Chung, o Li Shr-Min, como también es conocido, hubo de dar muerte a sus hermanos.

[3]Pebeteros de bronce de tres patas y gran tamaño, llamados «ting», se usaron en las ceremonias de corte religioso durante las primeras dinastías, particularmente la Shang. Por su cercanía a los orígenes, estaban dotados de una fuerte carga mística.

[4]El monte Shu se levanta en la provincia de Szechuan, famosa en la literatura china por lo abrupto de su terreno. Por lo que respecta al monte Lu, es una de las elevaciones más conocidas de Kiang-Si.

[5]Los espíritus hambrientos, o «pretas», ocupaban la última posición dentro del mundo de los espíritus, estando sometidos a terribles tormentos, cuyo número oscilaba, según los diferentes autores, entre nueve y treinta y seis.

[6]El Infierno Avici era el último y más horroroso de los ocho que propugnaba el budismo.

[7]El «puente-sin-retorno» salvaba las dos orillas del Nei-He, en la provincia de
Shangdung. Antiguamente se creía que dicho río tenía su nacimiento en el propio infierno, arrastrando sus aguas la sangre de los demonios y condenados.

[8]El origen de una ceremonia por los difuntos, en la que el agua jugaba un papel muy importante, se atribuye al emperador Wu-Di, de la dinastía Liang, que favoreció el budismo durante los últimos años de su reinado.

[9]Tratándose de un poema de alabanza, no puede mantenerse el número cuatrocientos mencionado con anterioridad, ya que el cuatro y todos sus múltiplos poseen un sentido peyorativo, al ser su pronunciación igual que la de la palabra muerte: «sz».