Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

El anciano Rey Dragón transgrede las órdenes del cielo. El primer ministro Wei envía una carta a un funcionario de la muerte.


No hablaremos, de momento, de Kwang-Jui en su nuevo puesto ni de la fuerte ascesis a la que se entregó Hsüan-Tsang. Sí lo haremos, sin embargo, de dos dignísimas personas, que habitaban a orillas del río Ching, a las afueras de la ciudad de Chang-An. Uno era un pescador llamado Chang-Shao, y el otro, un leñador conocido por el nombre de Li-Ting [1]. A pesar de la aparente humildad de sus oficios, ambos eran intelectuales sin titulación oficial, gentes de la montaña que habían llegado a dominar la técnica de la lectura. Un día, después de haber vendido el uno la leña que traía a la espalda y el otro las carpas que llevaba en su cesta de pescador, coincidieron en una pequeña taberna de Chang-An y bebieron hasta ponerse un poco alegres. Con una botella cada uno en la mano siguieron con paso indeciso las orillas del río Ching, camino de casa.
- Soy de la opinión, hermano Li - dijo Chang-Shao -, que los que se esfuerzan por conseguir la fama perderán su vida en tan loco empeño, los que se afanan por obtener fortuna perecerán a causa de las riquezas, los que se empeñan en amontonar títulos correrán los mismos riesgos que quien duerme abrazado a un tigre, y los que luchan por recibir favores oficiales serán como quien camina con serpientes dentro de las mangas. Cuando  uno  se  detiene  a  pensar  fríamente,  descubre  que  sus  vidas  no  pueden compararse con la tranquila existencia que llevamos nosotros en la altura azul de las montañas o junto a la serena pureza de las aguas. Nosotros nos regocijamos en nuestra propia pobreza y pasamos los días sin afanarnos por nuestro destino.
- Hay mucho de verdad en lo que acabas de decir, hermano Chang - replicó Li-Ting -. Pero la serena pureza de tus aguas no puede compararse con la altura azul de mis montañas.
- Es al revés, querido amigo - contestó, raudo, Chang-Shao -. No existe término de comparación entre tus altas montañas azules y mis puras aguas serenas. Como prueba, voy a citarte un poema "tsu", que constituye la letra de la canción "Tier-Lian-Hua" [2] y que dice así: "He cruzado más de diez mil millas de aguas cubiertas de neblina en mi pequeño bote de vela, oyendo solamente el murmullo del agua y el travieso chapotear de los peces. He purificado así mi corazón, privándole de todo deseo de fama o riqueza, complaciéndome únicamente en la estilizada belleza de las espadañas y los juncales.
¿Existe, acaso, placer mayor que ir contando las gaviotas que vuelan por encima de nosotros? Mi esposa y mis hijos unen sus risas despreocupadas a las mías, mientras van pasando ante nosotros orillas cubiertas de sauces y remansos repletos de juncos. Cuando el viento y las olas se amansan, me invade la dicha del sueño que no anhela la gloria ni se ve perturbado por la vergüenza o la miseria".
- Insisto en que la serenidad de tus puras aguas no es superior a la belleza de mis montañas azules - recalcó Li-Ting -. Yo también aporto como prueba otro poema "tsu", que es, igualmente, parte de la letra de la canción "Tier-Lian-Hua", que dice: "En una parte cubierta de pinos del bosque profundo escucho el canto sin letra de la oropéndola, vibrante como el lamento dulce de la flauta. Pálidos rojos y verdes brillantes anuncian la inminente eclosión de la primavera. No existe transición alguna entre el verano y ella, así de rápido pasa el tiempo entre las frondas. Después hace su entrada el otoño en el palacio del bosque con su fragancia de flores doradas y su perenne invitación a la alegría. El frío invierno hace acto de presencia con la misma rapidez con que uno chasca los dedos. Nadie le domina, no recibe órdenes de nadie. Es tan libre como yo mismo en el eterno fluir de las cuatro estaciones".
- Yo me ratifico - contestó el pescador - en que tus montañas azules no son nada comparadas con mis aguas puras. De ellas saco todo el gozo que una persona sabia pueda desear. Para que te convenzas, te cito este poema "tsu", letra del "Che-Ku-Tien": "Sólo me bastan el agua y las nubes del país de las hadas. El bote a la deriva Y los remos en descanso me hacen sentir en mi hogar. Con mi cuchillo parto el pescado fresco y cocino tortugas verdosas. En este universo, que es el mío, me alimento de cangrejos color púrpura, de gambas rojas, de brotes verdes de junco, de retoños de plantas acuáticas, aunque mis preferidas son las cabezas de pollo, las raíces de loto, las tiernas hojas del apio, las puntas de flecha y las flores del niao-ying".
- Me temo que tus aguas serenas en nada aventajan a mis montañas azules - volvió a repetir el leñador -. Sólo ellas son capaces de traer la alegría a mi corazón. Como prueba, yo también echo mano de un poema "tsu" del "Che-Ku-Tien", que dice: "En las cumbres escarpadas que rozan las orillas del cielo he construido mi hogar de ramas y hierba. El sabor de aves en salazón y patos ahumados supera al de tortugas y cangrejos; la carne de antílopes, liebres y ciervos es diez mil veces más fina que la de gambas y pescados. Nada hay comparable a las aromáticas hojas de chun [3], a los amarillentos brotes del lien [4], a los tallos tiernos del bambú, al té de la montaña, a las ciruelas color púrpura, a los rojos melocotones, a los albaricoques maduros, a los ácidos dátiles, a las peras dulces y a los frutos silvestres".
- Tus montañas azules - remachó el pescador - no aventajan en nada a mis aguas serenas. Puedo citarte otro poema "tsu" del "Tian-Sien-Tsu", que afirma textualmente: "A bordo de un bote cualquiera me desplazo adonde me apetece. No temo las ondulaciones de las olas ni la ceguera temporal de la niebla. Me sirvo de redes y anzuelos para conseguir pescado fresco, el manjar más sabroso que existe, sin necesidad de acudir a asados ni a salsas. Aparte del agua comparto mi hogar con un hijo joven y una esposa ya vieja. Cuando la pesca es abundante, voy a los mercados de Chang-An y la cambio por vino, que bebo hasta perder la razón. Con algas me abrigo, me tumbo en el agua y ronco al dormir. Ninguna preocupación me asalta. Yo no busco la pompa ni ansío la gloria".
- Estás muy equivocado - le corrigió el leñador -. Tus aguas serenas son inferiores a mis montañas azules. Yo también dispongo de un poema del "Tian-Sien-Tsu" como prueba. "Al pie de la colina - dicen los versos - tengo construida una casa de ramas de pino, de orquídeas, e bambú y de ciruelas. En busca de leña seca dejo atrás bosquecillos Y llego a las cumbres de las montañas. Sin nadie que me controle, vendo lo que deseo, los precios dependiendo de mi sola voluntad. Gasto el dinero en vino, que luego almaceno en vasijas de barro y jarros de arcilla. Con la mente adormecida, me tumbo después a la sombra de los pinos, Ningún pensamiento me abruma, los éxitos o los fracasos no me importan, nada de este mundo me turba."
- Tu vida en la montaña, hermano Li - volvió a decir el pescador - no es tan placentera como la que yo llevo junto a las aguas. Te cito como testimonio, un poema "tsu", que se canta con la música del "Sin-Chiang-Yüe": "Las flores tupidas de las zarzamoras brillan a la luz de la luna, mientras el viento sacude los amarillentos juncales. El río Chu, totalmente dormido, refleja el azul distante del cielo. Meto la mano en sus aguas y hago vibrar su encaje de estrellas. Peces de todo tamaño vienen a enredarse en mis redes; las percas pican en tropel mis anzuelos. No hay manjar más exquisito que ellas. ¿Qué hay de extraño en que la despreocupación de mi risa se extienda por ríos y lagos?".
- Tu vida junto a las aguas, hermano Chang - contestó el leñador -, no es tan placentera como la que yo llevo en la montaña. La prueba la tienes en este otro poema "tsu", que se acompaña con la música del "Sin-Chiang-Yüe": "Por caminos cubiertos de enredaderas y hojas voy cortando madera que cargo a la espalda. Formo hatillos de leña con troncos de sauce carcomidos por los insectos y ramas de pino desgajadas por el viento. Son promesa de calor en el invierno. Libre soy de cambiarlos por licor o dinero".
- Aunque he de reconocer que tu vida en las montañas no está mal del todo - admitió el pescador -, no es tan tranquila ni encantadora como la que yo llevo junto al agua. Al poema "tsu" de la canción "Lin-Chiang-Sian" te remito. "La marea llevará lejos de aquí mi bote - dicen los versos -. Dejo descansar los remos y mi canción, como un remedo de la luna, se eleva en el lienzo de la noche. ¡Con qué elegancia se mueve sobre las aguas el astro menguante! La gaviota duerme tranquila en su nido, ajena al manto de flores que se extienden por el cielo. Mi sueño crece como los juncales vírgenes de las islas en las cuales me acuesto. Nada lo quiebra. La altura del sol no ejerce sobre él la menor influencia. Trabajo cuando me apetece y descanso cuando quiero. Nadie tiene tanta libertad de espíritu ni tan envidiable regalo del cuerpo."
-  La tranquilidad y el encanto de tu vida - sentenció  el  leñador - no son nada comparados con los que rigen mis días en lo alto de la montaña. También yo aduzco como  prueba  la  parte  del  "Lin-Chiang-Sian"  que  dice:  "En  las  mañanas  de  otoño arrastro, despreocupado, mi hacha por los senderos cubiertos de escarcha. En el frío de la noche regreso a mi hogar, portando a la espalda el peso del haz, la frente orlada de flores salvajes. La oscuridad no me importa, cuando vuelvo a hollar los caminos que me llevan a casa. Cuando abro su puerta, la luna aparece en el cielo. Mi mujer y mi hijo salen a recibirme con amplias sonrisas de felicidad. Me reclino después sobre una cama de paja con un tronco por almohada. En cuanto abro los ojos, me espera ya una cena de peras cocidas y mijo estofado. La bebida recién escanciada en el cazo me ayudará a meditar sobre lo inalterable de mi felicidad".
- Todo lo que afirman estos poemas - comentó entonces el pescador tiene que ver con nuestro propio sustento, con lo que hacemos para ganarnos honradamente la vida. Pero mis momentos de ocio son mucho más abundantes que los tuyos. Si lo dudas, aquí tienes un poema "shr" que lo dice claramente: "Tumbado, miro con atención el azul del cielo y el majestuoso vuelo de las garzas blancas. Amarrada está mi barca en la orilla y entreabierta la puerta de mi hogar. A la sombra de la vela enseño a mi hijo a preparar los sedales y a arreglar los anzuelos. Cuando los remos descansan, mi esposa y yo ponemos las redes a secar al sol. Mi mente está en calma, porque veo la tranquilidad de las aguas; me siento seguro, porque contemplo la benignidad de los vientos. Mi abrigo de algas y mi sombrero de bambú son infinitamente mejores que los trajes cortesanos y sus delicados fajines teñidos de púrpura".
- Tus momentos de ocio - replicó el leñador - no pueden, de ninguna manera, compararse con los míos. También dispongo yo, como prueba de lo que afirmo, de un poema "shr" que dice: "Tumbado, miro con atención el vuelo de nubes blancas con forma de sauce. Cierro después la puerta de bambú de mi cabaña y, sentado en el frescor de la paja, me pongo a pensar en lo que quiero. Cuando me apetece, saco los libros y enseño a mi hijo a leer; cuando tengo invitados, charlo con ellos y jugamos después al ajedrez; cuando me encuentro excitado, recorro senderos cubiertos de flores y me pongo a cantar; cuando me entristezco, subo a las verdes montañas con el laúd y comienzo a tañer. Mis sandalias son de paja, de cáñamo mis fajas, y de tosco tejido el calor de mis mantas. Las prefiero, sin embargo, a la seda, porque mi corazón aquí está libre y yo soy mi único dueño".
- Li-Ting - concluyó, por fin, Chang-Shao -, "afortunados somos, en verdad, al poder divertirnos con canciones como éstas y al no preocuparnos por la urgencia del oro" [5]. Sin  embargo,  todo  lo  que  hemos  hecho  hasta  ahora  ha  sido  recitar fragmentos de poemas, que nos servían tanto al uno como al otro para defender nuestros puntos de vista. ¿Por qué no declamamos al alimón una poesía más larga y vemos cómo se desarrolla esta discusión entre un pescador y un leñador?
- ¡Me parece una idea excelente, hermano Chang! - exclamó Li-Ting -. ¿Por qué no comienzas tú?
- Mi bote descansa sobre verdes aguas, cubiertas de niebla y de olas rizadas.
- En las altas montañas e inaccesibles mesetas tengo yo establecida mi casa.
- Me encanta contemplar los arroyos y los puentes, mientras la marea primaveral por doquier se extiende.
- Yo saco placer de las altas cordilleras cubiertas de nubes al amanecer.
- Me alimento de carpas pescadas en la Lung-Men lejana [6].
- El fuego de mi hogar se alimenta con tacos de madera seca.
- El anzuelo y la red servirán para alimentarme en la vejez.
- Me serviré del hacha hasta que mi cabeza se vea cubierta de canas.
- Tumbado en mi barco, observo el frágil volar de los patos.
- Recostado en verdes parajes, escucho el canto de los cisnes salvajes.
- Jamás me he rendido a la tentación de la alevosa maledicencia,
- Nunca ha navegado mi barco por los procelosos mares del escándalo.
- Cuando mis redes se van secando, parecen estar hechas de brocados.
- En rugosas piedras afilada, como el sol brilla la hoja del hacha.
- Bajo la brillante nube de agosto a menudo pesco solo.
- En los solitarios arroyos de la montaña sólo el viento me acompaña.
- Cuando la pesca es exitosa, la cambio por vino que bebo con mi esposa.
- La madera que me sobra la cambio por una botella que con mis hijos comparto.
- Si canto, movido por mi propio deseo lo hago.
- La música de mis baladas sólo la dicta mi alma.
- Llamándoles hermanos mayores, a menudo invito a los otros pescadores.
- Hermanos míos son todos los hombres que habitan en los bosques.
- Pasamos el tiempo inventando juegos nuevos.
- Nosotros creamos palabras, que mezclamos con el vino de las jarras.
- A diario me alimento de gambas cocidas y de cangrejos.
- Cada día me regalo con el sabor de aves y patos.
- Mi esposa prepara té que ella misma me da a beber.
- Mi mujer cuece el arroz con las ramas que la tormenta desgajó.
- En cuanto amanece, cojo la caña y salgo a pescar peces.
- En cuanto el sol se eleva, tomo el hacha y voy a buscar leña.
- Vestido, tras la lluvia, con abrigo de algas, corro a atrapar carpas.
- Antes de que se levante el viento, intento derribar pinos secos.
- Ajeno a leyes y normas, llevo una vida de juegos y bromas.
- Ante las reglas del mundo, me comporto como si fuera sordomudo.
- Espera un momento, por favor, hermano Li - dijo entonces Chang-Shao -. Hace un momento empecé yo la primera línea del poema. Justo es que ahora tú hagas lo mismo.
¿Por qué no comenzamos de nuevo?
- El hombre del campo, aunque parezca locura, está enamorado del viento y de la luna.
- Un hombre sabio cede su orgullo a los arroyos y a los lagos.
- Mi heredad es el ocio y busco el esparcimiento ante todo.
- Desprecio la maledicencia y me gozo en la paz de la conciencia.
- En noches de luna soberana duermo tranquilo en mi cabaña de paja.
- Cuando el cielo oscurece y no se ve nada, yo me protejo con mi abrigo de algas.
- Libre de alegrías y penas, hallo compañía entre pinos y ciruelas.
- Mis mayores amistades son las gaviotas, las garcetas y las demás aves.
- Mi corazón no ampara ansias de fortuna ni de fama.
- Jamás he oído los sones de las armas y los tambores.
- Sin cesar escancio vino para librarme del frío.
- Tres veces al día me llevo a la boca la comida.
- Para mi propio sustento dependo de la madera que vendo.
- Vivo de lo que pesco con mis sedales y anzuelos.
- Con ayuda de mi hijo al hacha le saco filo.
- Tras vaciarla de peces, mi familia remienda las redes.
- Cuando la primavera renace, me gusta contemplar el verdor de los sauces.
- En el calor de la tarde me encanta mirar el frescor de los juncales.
- Los bambúes recién plantados me libran del bochorno del verano.
- Las flores nuevas del loto me refrescan en agosto.
- Cuando desciende la escarcha [7], la suerte de las aves ya está echada.
- En la Fiesta del Doble Nueve mi esposa cocina cangrejos que nadie vende.
- Cuando el invierno se aproxima, duermo hasta bien entrado el día.
- No me abruman los calores ni del frío los rigores.
- En el año no hay un día que no recorra las colinas.
- No existe estación en la que no are los lagos con mi timón.
- ¡Ay si los sabios conocieran el placer de cortar leña!
- Cuando tiro del sedal, imagino ser un inmortal.
- No hay fragancia igual a la de las flores que crecen en mi portal.
- La proa de mi barca va abriendo senderos de verde agua.
- De mi vida satisfecho, no busco de los ministros el asiento [8].
- Mi mente es tan fuerte y equilibrada como una ciudad amurallada.
- Contra el asedio deben protegerse las ciudades que más se enorgullecen.
- Por muy alto que esté un ministro, debe someterse a los mandatos del divino.
- ¡Qué raro placer es gozar de las montañas y del mar!
- Agradecidos estamos, por ello, a los dioses, a la Tierra y al Cielo.
Los dos hombres continuaron recitando al alimón infinidad de canciones y poemas. Cuando llegaron al punto en que sus caminos se separaban, se inclinaron con respeto y, así, se despidieron.
- Querido hermano Li - dijo Chang-Shao, al hacerlo -, cuídate y ten precaución con los tigres, cuando subas por las montañas. Lamentaría sobremanera que sufrieras un accidente, ya que, como reza el dicho, "nadie nos asegura que vayamos a encontrar mañana al amigo con el que hoy nos topamos en la calle".
- ¿Qué clase de amigo eres tú? - exclamó Li-Ting, enfadado, al escuchar esas palabras -
. Las personas que se aman de verdad ni siquiera sacan a relucir cosas tan desagradables como las que tú acabas de decir. ¿A quién se le ocurre pensar que pueda caer, sin más, en las garras de un tigre? ¿Te gustaría que te dijera que tu barco se va a hundir, cuando menos lo esperes, en el río?
- Eso nunca pasará - respondió Chang-Shao, riendo -. El cielo siempre anuncia cuándo va a haber tormenta.
- De acuerdo. Se ve que hoy no la va a haber - admitió Li-Ting -. Pero ¿quién te asegura que no se va a desatar sobre la tierra una epidemia? ¿Cómo estás tan seguro, por otra parte, de que no vas a sufrir un accidente?
- Dices eso - contestó Chang-Shao - porque no tienes ni idea de lo que puede ocurrirte cuando cortas leña. Yo, por el contrario, cuando pesco puedo predecir exactamente lo que va a suceder. Te aseguro que ningún accidente va a cebarse sobre mí.
- ¡No me hagas reír! - exclamó, burlón, Li-Ting -. Tu trabajo es uno de los más traicioneros que existen. Un pescador siempre se está jugando la vida. No comprendo cómo puedes tener esa seguridad con respecto al futuro.
- Mira - replicó Chang-Shao, condescendiente -. Voy a decirte algo que tú no sabes. En Chang-An hay un adivino, que suele sentarse en la calle de la Puerta Oeste a predecir el futuro a quien quiera pedírselo. Yo le regalo todos los días una carpa dorada y él, agradecido, consulta para mí los palillos que lleva guardados en la manga. Siguiendo sus consejos, no hay vez que lance las redes que no las saque repletas de pescado.
Precisamente fui a consultarle esta mañana y me dijo que las echara esta vez en la curva que hace el río Ching. Me aconsejó, igualmente, que echara el sedal en dirección oeste, si quería regresar a casa cargado de gambas y peces. Por cierto, cuando suba mañana a la ciudad, compraré vino y volveré a reunirme contigo - y se separaron, restablecidas las paces.
Sin embargo, como afirma el proverbio, "lo que se dice en el camino lo escucha quien se halla entre la hierba". Así, dio la casualidad que esta última parte de la conversación fuera oída por un yaksa que se encontraba de patrulla por el río Ching y corrió al Palacio de Cristal de Agua a informar a su señor, gritando:
- ¡Qué desgracia! ¡Qué tragedia tan inesperada!
- ¿Se puede saber de qué estás hablando? - le preguntó, sorprendido, el Rey Dragón.
- Vuestro siervo - contestó el yaksa, excitado - estaba patrullando el río, cuando oyó por casualidad la conversación que mantenían un pescador y un leñador. ¡Hablaban de algo realmente horrible! Según el pescador, en la calle de la Puerta Oeste de la ciudad de Chang-An hay un adivino que nunca falla en sus predicciones. Sabedor de sus poderes, el pescador le da todos los días una carpa. Él consulta entonces los palillos que lleva escondidos en la manga y le dice el lugar exacto en el que debe arrojar las redes.
¿Comprendéis el peligro que corremos? De continuar así, en poco tiempo terminará con todos nuestros hermanos del agua. ¿En dónde encontraréis vos entonces seres que quieran vivir en las regiones acuáticas? Nadie saltará por encima de las olas y vuestro poder se irá haciendo cada vez menor.
El Rey Dragón se puso tan furioso que quiso coger la espada e ir en aquel mismo momento a Chang-An a matar al adivino. Fue una suerte que sus hijos y nietos, los ministros - cangrejo y los consejeros - gamba, el juez - perca y el gobernador - carpa se encontraran a su lado y trataran de disuadirle, diciendo:
- Controlad vuestra justa ira, majestad. Razón tiene el proverbio cuando afirma: "No creas nada de cuanto oigas". Además, si marcháis así hacia Chang-An, os seguirán las nubes y la lluvia, y las gentes que allí viven gritarán horrorizadas. ¿Queréis ofender al Cielo con tan irreflexiva conducta? Puesto que poseéis el poder de aparecer y desaparecer, y de transformaros en lo que os dé la gana, nuestra sugerencia es que toméis la forma de un intelectual y que vayáis a esa ciudad a averiguar qué es lo que pasa. Si, en verdad, existe esa persona, lo mejor que podéis hacer es matarla cuanto antes. De no ser cierto, no hay necesidad alguna de sacrificar a gente inocente.
Tras pensarlo mejor, el Rey Dragón aceptó su sugerencia. Dejó la espada a un lado y despidió a las nubes y a la lluvia. Nadó con fuerza hasta la orilla del río y, con una simple sacudida del cuerpo, se transformó en un literato de blanca túnica y rasgos llamativamente viriles. Su altura era superior a la normal, su caminar, pausado y sereno, denotaba un espíritu reflexivo, y toda su figura exhalaba firmeza de ánimo y dominio del cuerpo. Su docto discurso constituía una alabanza continua a Confucio, a Mencio y a la virtuosa conducta del duque de Chou y del Rey Wen [9]. Con su túnica de seda y su gorro de personaje importante, salió del agua y se dirigió a pie hacia la calle de la Puerta Oeste de la ciudad de Chang-An, donde encontró a una gran muchedumbre rodeando a un hombre, que decía con suave y contenida voz:
- Los que pertenecen al signo del dragón tendrán buena suerte, mientras que los nacidos bajo el del tigre deberán hacer frente a incontables desgracias. Por otra parte, los que vieron la luz a la hora de Yin, Chen, Sz y Hai verán florecer todos sus asuntos y la fortuna no les dejará de la mano, cosa que no ocurrirá con los que, en el momento de su nacimiento, sufrieron la influencia del planeta Júpiter.
En cuanto el Rey Dragón lo oyó, supo que se encontraba en el lugar en el que solía sentarse el adivino. Se dirigió hacia él y, abriéndose, como pudo, paso entre la gente, vio que las cuatro paredes de la habitación estaban cubiertas de piezas maestras de caligrafía, entre las que se apreciaba alguna que otra pintura de excelente corte. Del pebetero salía un humo incesante, cuyas volutas contrastaban con la quietud del agua purificada que guardaba un recipiente de porcelana. Lugar destacado ocupaba un retrato de Kwei-Gu [10], colgado un poco más alto que dos dibujos de Wang-Wei. La piedra para diluir la tinta, traída directamente desde Tuan-Chr [11], no desdecía en absoluto del pincel de cerdas erizadas que se veía a su lado. Se apreciaba que aquel hombre dominaba gran número de técnicas adivinatorias, ya que, junto a bolas de cristal, podían descubrirse números de Kuo-Pu [12] y otros clásicos de la adivinación. Conocía, además, los hexagramas, dominaba los ocho triagramas, estaba al tanto de las leyes que rigen los Cielos  y  la  Tierra,  y  hasta  era  capaz  de  distinguir  el  modo  de  obrar  de  dioses  y demonios. Ante él tenía una bandeja, en la que aparecían reseñadas las horas cósmicas. Su mente les asignaba los planetas y astros que les correspondían con la rapidez propia de un genio. No cabía duda de que contemplaba, como en un espejo, las cosas pasadas y las que aún estaban por venir. No encerraba para él secreto alguno, como les ocurre a los dioses, saber qué casa iba a ser levantada y cuál derruida, quién iba a nacer y quién a morir, cuándo iba a llover y cuándo a hacer bueno... Los espíritus y los dioses tenían que sentirse, por fuerza, alarmados ante tanta omnisciencia. En letras claras aparecía escrito su nombre: Yüan Shou-Chang.
No era otro que el tío de Yüan Tien-Kang, el astrónomo oficial del imperio. Se trataba de un hombre de agradable presencia y muy versado en toda clase de artes. No en balde era conocido hasta el último rincón del reino y gozaba de gran favor en la ciudad de Chang-An. Sin vacilar, el Rey Dragón entró en su tienda. Tras el consabido intercambio de saludos, fue invitado a ocupar el asiento de honor. Mientras un criado servía el té, el maestro le preguntó:
- ¿Qué os gustaría saber?
- Predecidme, por favor, el tiempo que va a hacer - contestó el Rey Dragón. El maestro consultó sus palillos y, al fin, dijo:
- La niebla difuminará las copas de los árboles y un velo de nubes borrará las colinas. Si deseas lluvia, mañana verás satisfecho tu deseo.
- ¿A qué hora ocurrirá eso y cuánta agua caerá? - insistió el rey.
- A la hora del dragón empezarán a arremolinarse las nubes - volvió a contestar el maestro - y a la de la serpiente se escuchará el trueno. La lluvia comenzará a caer a la del caballo y a la de la oveja [13] habrá ya cesado. Caerán en total cuarenta y ocho gotas de lluvia por cada metro cuadrado.
- Te aconsejo que no bromees - exclamó el Rey Dragón -. Si mañana llueve a las horas que has dicho y la cantidad que tú mismo has fijado, te daré cincuenta bolsas de oro en señal de gratitud. Pero, si te equivocas en una sola gota, ten por seguro que echaré abajo la puerta y haré añicos el cartel que tienes pegado en el dintel. Además, te expulsaré de Chang-An por embaucador y no podrás seguir engañando a la gente.
- Me parece correcto que así lo hagáis - replicó el maestro con amabilidad -. Ahora, si lo deseáis, podéis marcharos. Regresad mañana después de la lluvia.
El Rey Dragón se despidió de él y regresó a su mansión de agua. En cuanto se enteraron  de  su  llegada,  acudieron  a  saludarle  sus  ministros  y  colaboradores  más directos y le preguntaron:
- ¿Cómo se desarrolló vuestro encuentro con el adivino?
- Es verdad que existe esa persona - contestó el Rey Dragón -, pero puedo aseguraros que se trata de un auténtico fanfarrón. Le pregunté que cuándo iba a llover y él me respondió que mañana. Volví a preguntarle sobre la hora y la cantidad de lluvia que caería y él contestó que a la hora del dragón empezarían a arremolinarse las nubes, a la de la serpiente se escucharía el trueno, a la del caballo comenzaría a caer la lluvia y cesaría a la de la oveja. Por lo que a la cantidad de agua respecta, precisó que caerían exactamente cuarenta y ocho gotas de lluvia por metro cuadrado. Así que le aposté que, si acertaba, le daría cincuenta bolsas de oro, pero que, si se equivocaba en algo, le echaría abajo la puerta y después le expulsaría de Chang-An, para que no pudiera seguir engañando a la gente.
- ¡Pero vos sois el jefe supremo de los ocho ríos, el Gran Rey Dragón encargado de la lluvia! - exclamaron sus subalternos, soltando la carcajada, divertidos -. Sólo depende de vos que llueva o deje de hacerlo. ¿Cómo ha podido ser tan tonto ese hombre? ¡Seguro que pierde!
Los hijos y los nietos del dragón estaban celebrando con los peces y cangrejos la victoria cierta de su señor, cuando se oyó en lo alto una voz que decía:
- ¡Llega un mensajero celeste con una orden para el Rey Dragón del río Ching!
Todos alzaron la cabeza y vieron al emisario, elegantemente vestido con una túnica de oro, dirigirse a la mansión de agua con la carta del Emperador de Jade en las manos. El Rey Dragón se enderezó las ropas lo mejor que pudo y quemó un poco de incienso. Tras hacer entrega del envío, el mensajero se elevó en el aire y desapareció. El Rey Dragón abrió la orden y leyó, atónito:
- Mandamos al Príncipe de los Ocho Ríos que prepare truenos y lluvia y los deje caer mañana sobre la ciudad de Chang-An.
Lo más asombroso era que las horas y la cantidad de agua que aparecían en el documento coincidían exactamente, hasta el más ínfimo detalle, con las predicciones hechas por el adivino. El Rey Dragón se sintió tan abatido que perdió el conocimiento, como si fuera una doncella mal alimentada. Cuando volvió a recobrar la consciencia, dijo, entristecido, a sus súbditos:
- ¿Quién iba a pensar que en ese mundo de polvo hubiera una persona dotada de una inteligencia  tan  portentosa?  ¡Cuesta  trabajo  creer  que  posea  un  conocimiento  tan perfecto de las leyes que rigen el cielo y la tierra! ¡Lamento confesar que me ha derrotado!
- Calmaos, por favor - le aconsejaron los ministros -. No es tan difícil como parece deshacerse de ese adivino. De hecho, acabamos de idear un plan que puede acallar para siempre a ese tipo.
Una vez que el Rey Dragón hubo preguntado de qué se trataba, el ministro que había hablado por todos respondió:
- Si la lluvia tarda en producirse mañana una décima de segundo o cae una gota menos de lo pronosticado, dejará de cumplirse la predicción y vos habréis ganado la apuesta. ¿No es así? ¿Quién os impedirá entonces derribar su puerta y echarle a la calle?
El  Rey  Dragón  aceptó,  complacido,  la  sugerencia  y  dejó  de  preocuparse.  Al  día siguiente llamó al Duque del Viento, al Señor del Rayo, al Joven de las Nubes y a la Madre del Rayo y les mandó acompañarle hasta la ciudad de Chang-An. Pero esperó a la hora de la serpiente para desplegar las nubes, a la del caballo para hacer resonar el trueno, a la de la oveja para dejar caer la lluvia, y a la del mono para dar por terminada la tormenta. Además, sólo permitió que cayeran cuarenta gotas de agua por metro cuadrado, exactamente ocho menos de las que le habían sido ordenadas.
Una vez acabada la lluvia, el Rey Dragón despidió a sus ayudantes, descendió de las nubes y, tras tomar otra vez la forma del literato vestido de blanco, se dirigió, furioso, a la calle de la Puerta Oeste. De un terrible empujón, echó abajo la puerta de la tienda de Yüan Shou - Chang y empezó a destrozar cuanto encontraba a su paso, incluidos los pinceles, la tinta y los cuadros. El maestro ni siquiera se movió; permaneció sentado, como si la cosa no fuera con él. Eso hizo que el Rey Dragón se sintiera más enfadado todavía y, volviéndose hacia el lugar donde se encontraba, bramó, despectivo:
- ¡Ya sabía yo que no eras más que un profeta de pacotilla, un impostor que anda engañando por ahí a las gentes sencillas! Tú mismo has visto que no se ha cumplido ni una sola de tus predicciones. ¿Qué más pruebas necesitamos para demostrar que eres un farsante? Me refiero, por supuesto, a lo que me dijiste ayer sobre la lluvia de esta tarde. No sólo has fallado en la hora, sino en la cantidad de agua caída. ¡Eres un auténtico embustero! No comprendo cómo sigues ahí sentado tan tranquilo. Deberías echar a correr, antes de que llame al alguacil y te haga ejecutar.
Yüan Shou-Chang no movió un solo dedo. Pese a la gravedad de la acusación, era claro que aquellas palabras no produjeron en él el menor signo de alarma. Al contrario, permaneció tranquilo y sonriente, sosteniendo la mirada a su acusador. Por fin, se aclaró la garganta y dijo:
- No tengo miedo, porque no he hecho nada que merezca la pena de muerte. El que debería estar temblando eres tú. ¿Crees que no sé quién eres? Puedes engañar a otros, pero no a mí. En cuanto te vi, supe que no eras un literato vestido de blanco, sino el mismísimo Rey Dragón del río Ching. ¿Te das cuenta de lo que has hecho? Al cambiar la hora y la cantidad de lluvia, has desobedecido la orden del Emperador de Jade y transgredido las leyes del cielo. Si hay alguien aquí digno de ser pasado a cuchillo eres tú, no yo. ¿Cómo te atreves a venir a echarme en cara algo de lo que únicamente tú eres culpable?
Al oír eso, el Rey Dragón sintió tal pánico que el corazón empezó a latirle con fuerza y todos los pelos se le pusieron de punta. Temblando, se dejó caer en el suelo y suplicó al maestro, diciendo:
- No toméis a mal lo que acabo de deciros, por favor. No sé en qué estaba pensando. Simplemente se trataba de una broma. Ahora veo, sin embargo, que lo que yo consideraba un juego inocente era, en realidad, un crimen horrendo. ¿Qué puedo hacer ahora que, como vos mismo habéis dicho, he transgredido las leyes del cielo? ¡Por lo que más queráis, salvadme la vida! De lo contrario, jamás me moveré de aquí.
- ¿Quién te ha dicho que yo puedo salvarte? - replicó Yüan Shou-Chang. Lo único que está en mi mano es indicarte una posible forma de solucionar tan serio problema. Eso es todo.
- Te prometo que haré cuanto digáis - contestó el Rey Dragón.
- En principio - dijo Yüan Shou-Chang -, deberás ser ejecutado, por orden del juez Wei-Cheng, a la una menos cuarto de la tarde. Si quieres salvar el pellejo, lo único que puedes hacer es acudir cuanto antes al Emperador Tang Tai-Chung y pedirle clemencia. Supongo que no desconoces que Wei-Cheng es ministro suyo y que, por lo tanto, le debe obediencia en todo.
El Rey Dragón salió a toda prisa de la tienda de Yüan Shou-Chang con los ojos anegados en lágrimas. En aquel mismo instante el sol, rojo como la misma felicidad, se estaba poniendo. Una neblina densa se iba extendiendo lentamente por las montañas, mientras los cuervos regresaban a sus nidos y los viajeros buscaban un sitio en el que pasar la noche. Los gansos salvajes habían encontrado ya cobijo en la arena y la vía láctea se hacía cada vez más visible. En la lejanía se apreciaban las luces mortecinas de una  aldea.  En  los  templos  el  viento  nocturno  iba  apagando,  una  a  una,  todas  las candelas, desperdigando después el olor a humo. Más cerca un hombre soñaba que se había convertido en una mariposa [14] y se marchaba volando. La luna iba moviendo de lugar la sombra de las flores de un jardín. En lo alto, mientras tanto, las estrellas se habían multiplicado por mil. Era medianoche y la oscuridad se había enseñoreado de todo.
El Rey Dragón del río Ching, sin embargo, no regresó a su mansión de agua. Esperó, suspendido en el aire, hasta la hora de la rata. Descendió entonces de las nubes y se dirigió a la puerta del palacio. En aquel mismo momento el Emperador Tang estaba soñando que se encontraba fuera del palacio paseando entre las sombras de flores que proyectaba sobre el suelo la luna. El Dragón tomó la forma de hombre y corrió hacia él. Tras echarse rostro en tierra, empezó a gritar:
- ¡Misericordia, majestad! ¡Sed clemente con mi vida!
- Si supiera quién eres - respondió Tai-Chung -, tal vez podría acceder a tu petición.
- Como vos, también yo soy un dragón - gimoteó el principal habitante del río Ching -. La maldición pesa ahora sobre mi cabeza, porque desobedecí la orden del cielo. En consecuencia, vuestro súbdito el juez Wei-Cheng ha recibido el mandato de ejecutarme, por haber atentado contra el orden cósmico. Ésa es la razón por la que ahora acudo a vos, pidiendo clemencia.
- Si, como dices, Wei-Cheng va a ser el encargado de hacer justicia - concluyó Tai- Chung -, ten por seguro que tu vida no correrá el menor peligro. Márchate y deja de preocuparte.
Encantado, el Rey Dragón se levantó a toda prisa del suelo y abandonó el palacio, profundamente agradecido. Tai-Chung se despertó al poco tiempo y no paró de darle vueltas a lo que acababa de soñar. Sin embargo, habían pasado ya tres quintos de la hora de la quinta vigilia y hubo de recibir en audiencia a todos sus ministros. El humo del incienso y otras plantas aromáticas formaba graciosas volutas entre los arcos de fénix y ascendía después hacia las cúpulas de dragón, mientras la luz nueva se reflejaba en los delicados biombos de seda. La neblina no se había levantado todavía de las banderas y estandartes, adornados con llamativas plumas. Por los pasillos avanzaban funcionarios tan virtuosos como los mismísimos Yao y Shuen [15]. Todos seguían el ritual de los Han y los Chou, cortes a las que también pertenecía la música que se escuchaba en un segundo plano. Legiones de criados iban encendiendo, de dos en dos, las lámparas, mientras grupos doncellas, vestidas con trajes de llamativos colores, preparaban abanicos. La luz llenaba los salones del unicornio y daba vida a los biombos decorados con pavos reales. Antes de aparecer el emperador, todos los presentes lanzaron hurras y vítores. Se oyó a continuación, tres veces seguidas, el restallar de un látigo y las cabezas se inclinaron al unísono hacia el lugar en el que se levantaba el trono. Un aroma a flores se extendió por todo el palacio, mientras los coros entonaban cánticos de alabanzas y hacía su entrada el cortejo, precedido de estandartes de perlas y jade. El palanquín real, adornado con los abanicos del dragón y el fénix, y la montaña y el río, avanzó entonces por entre las filas de cortesanos, nobles y refinados, y de generales, aguerridos y valientes. Todos ellos vestían de rojo. El espectáculo era tan magnífico que nadie dudaba de que el sello de oro y los fajines color púrpura con los emblemas del sol, la luna y las estrellas iban a durar millones de años, exactamente los mismos que la tierra y el cielo.
Una vez que los ministros hubieron presentado sus respetos al emperador, se retiraron a un lado y permanecieron de pie, cada cual ocupando el sitio que le correspondía según su rango. Tang Tai-Chung les fue escudriñando uno por uno con sus penetrantes ojos de dragón. Entre los funcionarios civiles figuraban Fang Süan-Ling, Du Hu-Hwei, Sü Shr - Chi, Sü Ching-Chung y Wang Kwei, y entre los militares Ma San-Pao, Duan Chr-Sien, Yin Kai - Shan, Cheng Yao-Chin, Liou Hung-Chr, Hu Ching-De y Chin Shu-Pao. Todos ellos permanecían en pie, en actitud reverente y sumisa. El emperador se extrañó de no ver a Wei-Cheng y, volviéndose hacia Sü Shu-Chi, le hizo una seña para que se acercara y le dijo:
- Esta noche he tenido un sueño muy raro. Se presentó ante mí un hombre que afirmó ser nada más y nada menos que el Rey Dragón del río Ching. Dijo, además, que había desobedecido las órdenes del cielo Y que, en castigo, iba a ser ejecutado por el juez Wei-Cheng. Me suplicó, por tanto, que le salvara la vida, cosa a la que accedí. ¿Cómo es que precisamente hoy no ha acudido a mi llamada Wei-Cheng?
- Es posible que vuestro sueño sea más cierto de lo que creéis - respondió Shu-Chi -. Así que, si deseáis cumplir lo prometido, lo mejor que podéis hacer es llamar a Wei-Cheng y mantenerle todo el día a vuestro lado. Si no le dejáis marchar, sin duda alguna el dragón de vuestros sueños logrará salvar la vida.
Encantado, el emperador de los Tang hizo llamar a la corte al juez Wei-Cheng. La noche anterior Wei-Cheng había estado estudiando los movimientos de las estrellas. Cuando se disponía a quemar un poco de incienso, oyó gritar a las garzas y, levantando la vista, vio a un mensajero celeste con una orden del Emperador de Jade en la mano. En ella se le conminaba a que ejecutara al viejo dragón del río Ching exactamente a la una menos cuarto de la tarde. Agradecido al cielo por tan alto honor, el primer ministro se preparó para cumplir tan trascendente misión, bañándose y no probando en todo el día  nada  de  comer.  Sacó,  además,  su  espada  mágica  y  la  afiló  una  y  otra  vez, purificando, de esta forma, su espíritu. Sabía que toda preparación era poca y decidió no asistir aquel día a la audiencia imperial. Por eso, le dio un vuelco el corazón, cuando vio llegar a un oficial de la corte con la orden de presentarse inmediatamente ante el emperador. No se atrevió a desobedecerla y, tras cambiarse de ropa a toda prisa, siguió al funcionario hasta el interior del palacio. Tras presentar sus respetos al Hijo del Cielo, se echó rostro en tierra y, sin dejar de golpear el suelo con la frente, pidió perdón por no haber acudido aquel día a su puesto.
- Te perdono - contestó el Emperador de los Tang -, porque eres, en verdad, uno de nuestros más dignos siervos.
Al poco rato se dieron por terminadas las audiencias y los ministros se fueron retirando, uno tras otro. Sólo a él le fue negada la venia para hacerlo. Es más, se le invitó a subir al palanquín de oro y, en compañía del emperador, entró en uno de los salones interiores, donde discutieron de las medidas a adoptar para la mejor defensa del imperio y otros asuntos de estado. A medio camino entre la hora de la serpiente y la del caballo, el emperador ordenó a sus sirvientes que trajeran un tablero de ajedrez, diciendo:
- Daos prisa, porque deseo echar una partida con el más digno de mis súbditos.
En cuanto los criados hubieron cumplido la orden, un grupo de concubinas sacaron las piezas y las fueron colocando sobre el tablero. Tras expresar su agradecimiento por el honor que se le hacía, Wei-Cheng tomó asiento y empezó el juego. Los dos movieron las piezas con precaución, siguiendo en todo momento las instrucciones del Clásico del Ajedrez, en el que se afirma:

El ajedrez ayuda a desarrollar la disciplina y la prudencia. En este sentido, las piezas más fuertes deberán colocarse en el centro, las más débiles a los lados, y las menos poderosas en los extremos. Existe una regla de oro, muy conocida por todo buen jugador que dice: "Es preferible perder una pieza que una ventaja ya adquirida. Cuando se ataca por el lado izquierdo, es preciso mantener bien protegido el derecho. Sólo podrá hablarse de retaguardia cuando se tenga una vanguardia realmente fuerte, para lo cual es necesario poseer, a su vez, una retaguardia segura. Los dos extremos están íntimamente unidos, pero se debe ser flexible en sus movimientos y, ante todo, se ha de tratar de evitar que ambos se estorben. Una formación desplegada no tiene por qué estar fuera de control, mientras que una concentración de filas no debe ser causa de una ausencia total de flexibilidad. Antes que concentrarse en la defensa de una pieza, es aconsejable, si se quiere ganar, renunciar a ella. De la misma manera, es preferible quedarse quieto a moverse sin propósito alguno. Cuando te halles en inferioridad numérica con respecto a tu contrincante, debes tratar, ante todo, de sobrevivir. Cuando, por el contrario, eres tú el que te encuentras en esa situación ventajosa, has de esforzarte por sacar el mejor partido que puedas de ella. Quien tenga a mano la victoria no prolongará inútilmente la lucha, de la misma forma que el que domine una posición evitará la confrontación directa, el que sepa luchar no sufrirá la derrota, y el que conozca que va a perder no se rendirá al pánico. No es raro que en el ajedrez se empiece obteniendo una ventaja considerable, para terminar totalmente derrotado. Si el enemigo reagrupa sus fuerzas, sin ser atacado, es señal clara de que tiene intención de lanzarse a la ofensiva; si abandona, por otra parte, la defensa de una pequeña porción de su territorio, es muy posible que esté buscando la anexión de otro mayor. Si hace sus movimientos sin pensar, con ello demuestra que es una persona irreflexiva; no hay mejor manera, pues, de buscar la derrota que ceder a su propio modo de obrar. Con razón afirma el Libro de las Odas: "Aproxímate con la máxima precaución, como si estuvieras acercándote a un barranco profundo".
"E1 tablero de ajedrez - dice el poema - es la tierra, y el cielo las piezas. En los colores blanco y negro está simbolizado todo el universo. Cuando el juego alcanza las cumbres de la sutileza, suelta la carcajada el Inmortal que nunca juega.

El emperador y su ministro estuvieron sentados ante el tablero hasta la una menos cuarto, sin que ninguno de los dos pudiera arrobarse una diferencia notable. Wei-Cheng dejó caer, de pronto, la cabeza sobre la mesa y se puso a dormir. Al verlo, Tai-Chung soltó la carcajada y dijo:
- Se nota que nuestro hombre de confianza se entrega con tal dedicación a las tareas de estado que hasta se olvida de descansar. No es extraño que el sueño haya terminado venciendo su resistencia y le dejó dormir cuanto quiso.
Al poco rato, sin embargo, Wei-Cheng abrió los ojos tan repentinamente como los había cerrado y, echándose rostro en tierra, exclamó alterado:
- ¡Soy merecedor de mil penas de muerte! No comprendo cómo he podido dormirme en vuestra presencia. Os pido perdón por el tremendo insulto que acabo de lanzar contra vos.
- ¿Insulto dices? - repitió Tai-Chung, sonriendo -. Levántate y continuemos jugando. Creo que debemos olvidarnos de la partida anterior y empezar otra nueva. ¿No te parece?
Wei-Cheng agradeció al emperador su benevolencia y volvió a ordenar las piezas sobre el tablero. Cuando se disponían a hacer el primer movimiento, se escucharon unos gritos terribles fuera de la gran sala en la que se encontraban. Antes de que pudieran preguntar qué pasaba, aparecieron los ministros Chin Shu-Pao y Sü Mou-Kung con una cabeza de dragón chorreando sangre. La arrojaron delante del emperador y dijeron:
- Hemos visto a los mares perder profundidad y a los ríos secarse, pero jamás habíamos contemplado hasta ahora una cosa tan rara como ésta.
- ¿En dónde la habéis encontrado? - preguntó Tai-Chung, poniéndose en seguida de pie.
- En el sur del pasillo de los Mil Pasos - respondieron a coro Shu-Pao y Mou-Kung -. Estábamos allí charlando, cuando, de pronto, cayó de las nubes esta cabeza de dragón. Hemos creído que deberíais verla, por eso la hemos traído hasta aquí.
- ¿Qué significa esto? - volvió a preguntar, severo, el Emperador de los Tang, volviéndose a Wei-Cheng,
- Este dragón - contestó Wei-Cheng, echándose rostro en tierra - acaba de ser ejecutado por vuestro humilde siervo, mientras dormía.
- ¿Mientras dormías? - repitió el Emperador de los Tang, entre temeroso y sorprendido
-. Mientras dormías no aprecié el menor movimiento de tu cuerpo. Ni siquiera te vi echar mano de la espada o la cimitarra. ¿Cómo pudiste ejecutar a ese dragón?
- Aunque mi cuerpo se encontraba junto a vos, con los ojos cerrados y volcado sobre el tablero de ajedrez, la verdad es que mi espíritu abandonó mi cuerpo. Una nube sagrada le estaba esperando y le llevó hacia el barracón de ejecución de dragones. Los soldados celestes le habían atado ya y mi espíritu no tuvo más que decir: "Se te ha condenado a muerte por haber desobedecido las órdenes del cielo. Por mandato del mismo voy ahora a poner fin a tu vulgar vida". El dragón escuchó la sentencia temblando. Encogió después las garras y así esperó la muerte. El espíritu de vuestro siervo se arremangó la túnica, echó un paso atrás y levantó la espada, que dejó caer al instante con fuerza sobre el cuello del acusado. Así se explica que haya descendido de los cielos esa cabeza de dragón que tenéis ahí delante.
En cuanto Tai-Chung hubo escuchado estas palabras, sintió a la vez satisfacción y tristeza. Satisfacción por tener como ministro a un hombre de la categoría de Wei- Cheng - ¿cómo iba a preocuparse de la seguridad del imperio, teniendo a su lado a colaboradores de tanta valía? -. Y tristeza, porque había prometido salvar al dragón y no había podido evitar que acabara sus días de una forma tan lamentable. Tuvo, pues, que forzarse a sí mismo para ordenar a Shu-Pao que colgara la cabeza en el mercado y que la viera todo el pueblo de Chang-An. Después, siguiendo la costumbre, recompensó a Wei-Cheng y despidió a los otros ministros.
Aquella noche se retiró a sus aposentos con una extraña sensación de derrota. No podía quitarse de la cabeza al dragón llorando y suplicando clemencia. Jamás había imaginado que los hechos fueran a desarrollarse de esa manera ni que, a la larga, el dragón fuera a terminar ajusticiado. Tras darle vueltas en la cabeza una y otra vez, el emperador se sintió física y mentalmente agotado. A eso de la hora de la segunda vigilia, se oyó el lamento de alguien que lloraba a las puertas mismas del palacio y Tai-Chung sintió un remordimiento aún mayor. En sueños vio al Rey Dragón del río Ching con la cabeza chorreando sangre en las manos y gritando lastimosamente:
- ¡Devuélveme la vida, Tang Tai-Chung! ¡Devuélvemela! Ayer me diste tu palabra de que ibas a salvarme. ¿Por qué ordenaste al juez que me ejecutara? Voy a llevarte conmigo al Reino Inferior, donde expondré mi caso y tú sufrirás el castigo que mereces. Agarró a Tai-Chung con tanta fuerza que éste no podía moverse, aunque lo intentó, desesperado, una y otra vez. Todo su cuerpo estaba cubierto de sudor por el esfuerzo. Cuando parecía estar todo perdido, apareció por el sur un enjambre de nubes olorosas, en las que viajaba una sacerdotisa taoísta. Con inesperada rapidez se llegó hasta ellos y empezó a agitar una delicada ramita de sauce. Al verla, el dragón sin cabeza huyó a toda prisa por el noroeste, sin dejar de llorar ni de lamentarse a voz en grito. La sacerdotisa no era otra que la Bodhisattva Kwang-Ing, que había acudido a las Tierras del Este en cumplimiento de la orden de Buda de encontrar a una persona dispuesta a ir por las escrituras. Acababa de acomodarse en el templo del espíritu protector de la ciudad de Chang-An, cuando oyó gritar a los demonios y llorar a los espíritus. Comprendiendo que el emperador estaba en peligro, acudió a toda prisa en su ayuda, logrando ahuyentar al dragón maldito. Pese a todo, el antiguo señor del río Ching se dirigió a la Corte del Reino Inferior a presentar su queja.
Tai-Chung se despertó tan excitado que sólo podía gritar:
- ¡Fantasmas! ¡Espíritus!
Sus gritos aterrorizaron de tal manera a las reinas de los tres palacios, a las concubinas de las seis cámaras y a los eunucos que las servían, que no volvieron a pegar ojo en toda la noche. No tardó mucho, afortunadamente, en sonar la quinta vigilia y todos los funcionarios de la corte, tanto civiles como militares, se reunieron en la sala de audiencias. Esperaron, impacientes, hasta el amanecer, pero el emperador no apareció. Eso hizo que todos se sintieran presos de una desazón y de un temor francamente indescriptibles. Por fin, cuando el sol estaba a punto de alcanzar su cenit, llegó la notificación imperial, en la que se decía:

Los ministros están excusados hoy de atender sus obligaciones de estado. Lamento haberles tenido tanto tiempo esperando, pero la verdad es que no me encuentro muy bien.

Así transcurrieron cinco o seis días. La inquietud de los funcionarios había llegado a tal punto que decidieron acudir a la corte, sin ser llamados, a indagar por sí mismos sobre lo que estaba ocurriendo. Cuando se disponían a entrar, apareció la Reina Madre y ordenó que fueran en busca del médico imperial. Todos se quedaron a la puerta en espera  de  nuevas  noticias.  Al  poco  rato  salió  el  doctor  y  se  lanzaron  hacia  él, inquiriendo sobre el estado de tan augusto enfermo.
- El pulso de su majestad - respondió el médico, visiblemente preocupado - es extremadamente irregular. Tan pronto aparece débil como se lanza a un ritmo francamente alocado. Lo más alarmante, sin embargo, es que musita no sé qué sobre fantasmas y no queda absolutamente nada de aliento en sus vísceras. Mi diagnóstico es que dentro de siete días, a lo sumo, morirá.
Los ministros palidecieron, al oír tan infaustas nuevas. Su alarma aumentó de grado, cuando tuvieron noticia de que Tai-Chung había mandado llamar a Sü Mou-Kung, Wu Kuo-Kung y Yü Chr-Kung. Los tres acudieron a toda prisa al palacio y el emperador les dijo en un tono casi inaudible, que denotaba su gran esfuerzo por hacerse entender:
-Desde los dieciocho años he conducido mis ejércitos hasta el último rincón de la tierra. Muchas han sido, pues, las calamidades a las que me he visto sometido. Sin embargo, puedo aseguraros que jamás me he topado con algo tan extraño como ahora me está ocurriendo.
Aunque no lo creáis, me he visto atacado por fantasmas y espíritus.
- Cuando asentasteis las bases de vuestro imperio - contestó Yü Chr-Kung -, hubisteis de dar muerte a infinidad de gente. ¿No os parece ridículo temer ahora a los espíritus?
- Sé que puede sonar descabellado - insistió Tai-Chung -, pero por la noche los fantasmas no dejan de aullar ni de tirarme ladrillos. Durante el día no se muestran tan agresivos. Pero os juro que, cuando oscurece, no puedo soportar sus locuras.
- Tranquilizaos, majestad - le aconsejó Shu-Pao -. Esta noche haremos guardia junto a vuestra puerta Ching-De [16] y yo y veremos de qué se trata todo esto.
Tai-Chung aceptó, agradecido, la sugerencia y los otros ministros se retiraron, sin hacer el menor ruido. Aquella noche los dos funcionarios imperiales se pusieron las corazas y los yelmos y, agarrando las mazas y las hachas, se colocaron a ambos lados de la puerta del dormitorio imperial. Su apariencia no podía ser más marcial. Sus yelmos de oro brillaban como si estuvieran hechos de fuego, lo mismo que las corazas, que parecían haber sido confeccionadas con escamas de dragón. Sus petos, incrustados de perlas y piedras preciosas, se asemejaban a las nubes en las que viajan los dioses, realzando la belleza de los fajines de seda, que llevaban ceñidos a la cintura. Uno poseía unos ojos de fénix, que, al mirar hacia lo alto, hacían llenar de temor a las estrellas. Los del otro eran oscuros, pero su fulgor recordaba al rayo y su brillo traía a la mente la blancura de la luna. Ambos eran excelentes guerreros. No es extraño que con el tiempo terminaran convirtiéndose en guardianes de las puertas y protectores del hogar.
Toda la noche la pasaron junto a la puerta de su señor, pero no vieron nada extraño. De esta forma, Tai-Chung pudo dormir tranquilamente desde la puesta a la salida del sol. Agradecido, les hizo entrar a sus aposentos privados y les dijo:
- Desde que caí enfermo no había vuelto a dormir como la pasada noche. Estoy en deuda  con  vosotros.  Ahora,  si  lo  deseáis,  podéis  retiraros  a  descansar.  Así  os encontraréis en disposición de hacer guardia a mi puerta, en cuanto anochezca.
Los dos generales obedecieron los deseos de su señor y durante dos o tres noches no se apartaron del dormitorio imperial. De esta forma, la paz se abatió sobre el palacio. Pero el apetito de Tai-Chung disminuyó alarmantemente y su enfermedad se agravó aún más. Consideró, por tanto, que el sacrificio de sus súbditos era innecesario y, llamándoles de nuevo a su presencia, junto con los ministros Du y Fang, les dijo:
- Aunque estos dos últimos días he descansado bien, me temo que no ha sido agradable para vosotros manteneros en vela toda la noche. Así que he decidido, para que también vosotros podáis dormir, que un artista pinte vuestro retrato y lo coloque en las jambas de mi puerta. Espero que no tengáis ninguna objeción que hacer.
Los ministros cumplieron inmediatamente su voluntad y llamaron a los dos mejores pintores del imperio, para que retrataran a los dos generales con sus atavíos de guerra. En  cuanto  las  pinturas  estuvieron  dispuestas,  las  colocaron  en  los  batientes  de  las puertas y durante las dos o tres noches siguientes no se produjo el menor incidente. A la cuarta, sin embargo, volvió a oírse en la parte de atrás del palacio un persistente ruido de tejas y ladrillos rotos, que terminaron minando la quebradiza salud del emperador. En cuanto hubo amanecido, llamó, una vez más, a sus ministros y les dijo:
- Para alivio de todos, durante los últimos días no se ha producido el menor incidente en la parte delantera del palacio. Pero anoche volvieron a escucharse en la de atrás unos ruidos tan espantosos que por poco no acabo perdiendo el juicio.
- Eso es porque Ching-De y Shu-Pao estaban haciendo guardia en la puerta principal - se aventuró a decir Mou - Kung, adelantándose -. Si queréis que cesen totalmente los ruidos, deberéis colocar a Wei-Cheng en la puerta de atrás.
Tai-Chung aceptó la sugerencia y ordenó a Wei-Cheng que no se moviera aquella noche de la puerta trasera. Fiel al mandato imperial Wei vistió sus ropas de guerrero y montó guardia en el lugar indicado, sosteniendo en sus manos la espada con la que había dado muerte al dragón. Difícilmente podía encontrarse otra figura más heroica que la suya. Un turbante de satén verde cubría su frente; su túnica, plagada de bordados, aparecía sujeta a la cintura por un llamativo cinturón de jade, y sus mangas, hechas de un tejido tan fino que parecía confeccionado con piel de garza, flotaban al viento como ingrávidos copos de nieve. Su aspecto era tan aguerrido que superaba en prestancia a los mismísimos Lü y Shu [17]. Sus pies iban embutidos en unas botas negras de piel muy suave y flexible, en sus manos portaba una espada tan afilada que no se sabía dónde terminaba su filo, y sus ojos, brillantes como la llama, escudriñaban una y otra vez la oscuridad. ¿Cómo iban a atreverse los demonios a acercarse a él?
La noche, de hecho, fue pasando y no hizo acto de presencia el menor fantasma. Aun así, la situación del emperador se fue haciendo cada vez más crítica. Su enfermedad empeoró tanto que la reina llamó a todos los ministros y ultimó con ellos los detalles del funeral. El mismo Tai-Chung hizo acudir a su cabecera a Sü Mou-Kung y le confió todos los asuntos de estado y la futura educación del príncipe heredero, como había hecho Liou-Pei con Chu Ke-Liang [18]. Una vez cumplido ese trámite, se bañó y se cambió de ropa, esperando resignado la llegada de su hora. Wei-Cheng se adelantó entonces y, tirándole del manto, le dijo:
- No os apenéis, majestad. Tengo conmigo algo que os garantizará una vida larga.
- Mi enfermedad - replicó Tai-Chung, totalmente entregado - ha alcanzado un punto crítico, del que jamás podré recuperarme. Mi vida está acabándose por momentos.
¿Cómo puedes aconsejarme que no me rinda al desaliento?
- Tengo aquí una carta - contestó Wei-Cheng - que quiero que entreguéis a Tswei- Chüe, uno de los jueces del Reino Inferior, en cuanto lleguéis a los infiernos.
- ¿Quién es ese Tswei-Chüe? - preguntó Tai-Chung, cada vez más débil.
Fue uno de los principales colaboradores de vuestro difunto padre - respondió Wei- Cheng -. Empezó su carrera como magistrado de Tsu-Chou, siendo después ascendido a vicepresidente del Consejo de Ritos. Cuando vivía, me cupo el alto honor de contarme entre sus amigos más íntimos. Sé que ahora desempeña el cargo de juez de la capital del Reino Inferior, siendo responsable del registro de los vivos y difuntos. Me lo ha dicho él personalmente, ya que nos vemos en sueños con cierta frecuencia. Entregadle esta carta y estoy seguro de que no echará en saco roto la amistad que nos une y os permitirá regresar al mundo de los vivos.
Al oír esas palabras, Tai-Chung tomó, esperanzado, la carta y se la guardó entre las mangas. No había acabado de hacerlo, cuando cerró los ojos y expiró. Las reinas y concubinas de los tres palacios y las tres cámaras, el príncipe heredero y las dos filas de funcionarios, tanto militares como civiles, se vistieron de luto y empezaron a llorarle. El féretro imperial fue colocado en el Salón del Tigre Blanco. Sin embargo, no hablaremos ahora de las ceremonias que siguieron ni de cómo se desarrollaron las exequias.
Quien quiera saber cómo se produjo la vuelta a la vida del Emperador Tang Tai-Chung debe escuchar con atención lo que se dice en el próximo capítulo.

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[1]Solía asociarse la vida de los pescadores y leñadores con una existencia plácida, apartada por completo de las preocupaciones mundanas y volcada sobre la meditación. Son, pues, muchas las resonancias literarias que evocan los diálogos entre miembros de
tan idílicas profesiones, ya que constituyeron algo común para poetas y filósofos de las dinastías Sung y Tang.

[2]La poesía «tsu» surgió a principios del siglo X, coincidiendo con los años finales de la dinastía Tang, como una evolución de las canciones que se cantaban en los burdeles y que mostraban una clara influencia de los modos musicales de Asia Central. Aunque tonalmente recuerdan el tono poético «lü-shr», su ritmo es más irregular, siguiendo las evoluciones de ciertas melodías, de las que el texto cita algunos ejemplos.

[3]Se trata de la Cedrela odorata.

[4]Esta planta es conocida en el estudio científico como Melia japónica.

[5]Varios de los poemas que mencionan tanto el leñador como el pescador son adaptaciones, más o menos fieles, de versos salidos de la mano de poetas de la dinastía Sung, como Lin He-Ching (967-1028) o Ching Kwang (1049-1100).

[6]Lung-Men, lugar de la provincia de Shanshi, es famoso porque en él inician las carpas su ascensión anual por los rápidos del Río Amarillo.

[7]«La aparición de la escarcha» es uno de los veinticuatro períodos solares, que tiene lugar en los últimos días del mes de octubre.

[8]Desde los tiempos de la dinastía Chou los grandes ministros fueron: el «Tai-Shr», o Gran Maestro, el «Tai-Fu», o Gran Consejero, el «Tai-Pao», o Gran Protector.

[9]El Rey Wen, a quien se atribuye la fundación de la dinastía Chou (1111-256 a.C), fue considerado por Confiado el inspirador de sus enseñanzas por su sabiduría, su gran virtud y la solicitud que siempre mostraba hacia sus súbditos.

[10]Kwei Gu-Tse, uno de los antiguos maestros taoístas, de quien se afirma que tuvo más de cien discípulos.

[11]Tuan-Chr es un río de la provincia de Kwangtung, famoso por la excelente calidad de sus cantos rodados para la fabricación de piedras para diluir la tinta.

[12]Kuo-Pu fue un famoso poeta de la dinastía Chin (265-419), que se dedicó con idéntico éxito a la práctica de las artes ocultas.

[13]Por lo que respecta a las horas del dragón, la serpiente, el caballo, la oveja, el mono y el ratón, ver la nota 7 del capítulo 05.

[14]Referencia al capítulo segundo de los escritos de Chuang-Tse, donde el autor describe un sueño en el que se metamorfoseó en mariposa.

[15]Yao y Shuen fueron dos emperadores de la antigüedad, famosos por su virtud y dedicación al pueblo.

[16]Ching-De es el nombre que se daba en los relatos populares a Yü Chr-Kung, famoso guerrero de la dinastía Tang, que, junto con Chin Shu-Pao, terminó convirtiéndose en espíritu protector del hogar. Por ese motivo se representaban sus efigies en las jambas de las puertas de las casas.

[17]Shen-Shu y Yü-Lü fueron otros dos espíritus protectores del hogar con idénticas prerrogativas que los anteriores.

[18]Al morir, el emperador Liou-Pei confió los asuntos de estado a Chu Ke-Liang, encargándole que se hiciera cargo del poder si su heredero se mostraba indigno de las responsabilidades del gobierno.