Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

Al ir a tomar posesión de su cargo, Chen Kwang-Jui se topa con la desgracia. Al ser vengados, los padres reciben el premio debido a sus desvelos.


La ciudad de Chang-An, situada en la Provincia de Shen-Si, era el lugar en el que, generación tras generación, los emperadores habían establecido su capital. Desde los tiempos de los Chou, los Chin y los Han había sido embellecida sin parar. Ocho ríos [1] confluían en ella, dándole un aire de incomparable belleza. En aquel entonces ocupaba el trono el Emperador Tai-Chung [2], de la Gran Dinastía de los Tang, otorgándose a su reinado el nombre de Chen-Kwan. Llevaba trece años gobernando, siendo aquél el conocido como Chi-Sz. Su reino gozaba de paz y de todas las regiones venían gentes a ofrecerle tributos. No había ni un solo habitante de la tierra que no se considerara súbdito suyo.
Un día Tai-Chung se sentó en el trono e hizo llamar a su presencia a todos sus colaboradores.  Tras  presentarle  sus  respetos,  el  primer  ministro  Wei-Cheng  [3] se adelantó y dijo:
- Puesto que el mundo goza por doquier de paz y tranquilidad, sería conveniente restablecer la antigua costumbre de los exámenes y fijar fechas concretas para su celebración. A ellos serían invitados los intelectuales más distinguidos, para, una vez seleccionados los de conducta más recta y profunda inteligencia, confiarles las altas responsabilidades de la administración y el gobierno.
- Vuestro punto de vista es totalmente acertado - comentó Tai-Chung e inmediatamente hizo público un documento en el que se invitaba a acudir a Chang-An, a examinarse, a todos los versados en los escritos confucianos, a cuantos fueran capaces de escribir con elegancia y estilo, y a los que hubieran aprobado los tres grados [4], sin distinción de edad, profesión o punto de origen. La orden alcanzó hasta el último rincón del imperio, fijándose en todas las prefecturas, ciudades y pueblos.
Así, llegó también a un pequeño lugar llamado Hai-Chou, donde habitaba cierto joven llamado Chen-Er, conocido igualmente como Kwang-Jui, quien, tras leer el documento imperial, corrió a casa de su madre, apellidada Chang, y le dijo:
- De la corte ha llegado un anuncio [5] convocando exámenes en todas las provincias del sur para la selección de las personas más inteligentes y virtuosas. Con tu permiso, he decidido presentarme a esas pruebas tan importantes. Si consigo obtener un puesto de cierta relevancia, todos os sentiréis orgullosos de mí, nuestro apellido adquirirá un lustre que jamás tuvo, mi esposa recibirá el título de dama, mi hijo no tendrá que temer nada en el futuro, y nuestra casa será respetada como si fuera un templo. Todo esto resume las aspiraciones que siempre he tenido. Deseaba que lo supieras antes de marcharme.
- Sé bien, hijo mío - respondió la madre -, que una persona educada "estudia cuando es joven, y se busca la vida cuando ha madurado". Creo que deberías seguir tú también las enseñanzas de este proverbio. Procura tener cuidado durante el viaje y vuelve a casa en cuanto hayas conseguido la posición que ansias.
Kwang-Jui ordenó al criado que empaquetara todas sus cosas y, tras despedirse de su madre, emprendió el viaje, ilusionado. Al llegar a Chang-An, vio que los exámenes habían comenzado ya y sin pérdida de tiempo se dirigió al gran salón en el que tenían lugar. Aprobó las primeras pruebas, pasando directamente a las que se celebraban en la corte. Éstas versaban sobre política administrativa y, tras reñidísima competición con otros candidatos tan inteligentes como él, obtuvo el primer puesto. De esta forma, consiguió el título de "chuang-yüen" [6], firmado por el propio Emperador de los Tang en persona. Después, siguiendo la costumbre, recorrió la ciudad durante tres días a lomos de un caballo.
El cortejo pasó junto a la casa del primer ministro Yin Kai-Shan [7], que tenía una hija llamada Wen-Chiao, aunque era conocida por todos como Man Tang-Chiao. Aún no se había casado. Precisamente en aquel mismo momento se disponía a escoger marido, arrojando desde lo alto de una torre engalanada de flores y guirnaldas una pequeña pelotita profusamente bordada. Al ver la prestancia viril de Kwang-Jui y enterarse de que se trataba del nuevo "chuang-yüen", se sintió atraída por él y arrojó la bolita de los bordados, con tan buena suerte que fue a parar sobre el sombrero de seda negra de Kwang-Jui. Al instante se extendió por toda la zona una alegre música de laudes y flautas, festiva como cíclico renacer de la primavera, mientras decenas de sirvientas y doncellas se lanzaban torre abajo, tomaban por las bridas el caballo de Kwang-Jui y le conducían al interior de la residencia del primer ministro, donde iba a tener lugar la celebración de la boda. Al punto abandonaron sus aposentos el alto funcionario imperial y su esposa, reunieron al maestro de ceremonias y a todos los invitados, y entregaron a la muchacha a Kwang-Jui como esposa. Los contrayentes se inclinaron ante el Cielo y la Tierra, se saludaron con respeto y se arrodillaron ante los padres de la novia. Visiblemente satisfecho, el primer ministro dio un fastuoso banquete y todos los invitados celebraron tan feliz evento hasta bien entrada la noche. Para entonces los dos novios habían abandonado ya la sala del convite y se habían retirado, agarrados de la mano, a la cámara nupcial.
A la mañana siguiente muy temprano el emperador tomó asiento en la Sala del Tesoro de las Chimeneas de Oro y, tras convocar a todos los consejeros, tanto militares como civiles, preguntó:
- ¿Adonde debemos enviar al nuevo "chuang-yüen"?
- Hemos descubierto que existe una vacante en Chiang-Chou - respondió el ministro Wei-Cheng -. Os suplico que le concedáis a él ese puesto.
Tai-Chung le nombró gobernador de Chiang-Chou, ordenándole que partiera hacia allí con la mayor brevedad posible. Tras agradecer al emperador tan alto honor, Kwang-Jui abandonó la corte y se dirigió a toda prisa a la casa del primer ministro a informar de todo a su esposa. No tardó en despedirse de sus suegros y no pasó mucho tiempo antes de que se dirigiera, acompañado de su mujer, hacia su nuevo destino.
Cuando iniciaron el viaje, la primavera estaba tocando ya a su fin. Una leve brisa sacudía el delicado verdor de los sauces, mientras el rojo de fuego de las flores se veía salpicado por diminutas gotas de lluvia. Puesto que su hogar les pillaba de camino, Kwang-Jui hizo un alto en su casa, con el fin de saludar a su madre. Los nuevos esposos se inclinaron ante ella con respeto y, loca de alegría, la madre exclamó:
- Enhorabuena, hijo mío. Partiste solo y vuelves acompañado de una esposa bellísima.
- Confiando únicamente en el poder de tu bendición - replicó Kwang-Jui, emocionado -, conseguí el inmerecido título de "chuang-yüen". Cuando recorría por orden imperial las calles de la ciudad, acerté a pasar junto a la mansión del ministro Yin, con tan buena suerte que me cayó en la cabeza una pequeña bolita llena de bordados. El ministro en persona salió a recibirme y me entregó a su hija por esposa. Posteriormente Su Majestad me nombró gobernador de Chiang-Chou y hacía allí me dirijo a tomar posesión de mi cargo. Para nosotros sería un gran honor poder contar con tu compañía.
La señora Chang sintió en su corazón el fulgor de la alegría y en seguida se puso a empaquetar sus cosas. El viaje no se demoró mucho. A los pocos días de camino llegaron a la Posada de las Diez Mil Flores [8], cuyo dueño era un tal Liou Siao-Er. La señora Chang se sintió indispuesta de repente y dijo a su hijo:
- No me encuentro bien. ¿Por qué no descansamos aquí un par de días o tres, antes de seguir adelante?
Kwang-Jui aceptó su sugerencia sin rechistar. A la mañana siguiente se encontró fuera de  la  posada  con  un  hombre  que  vendía  una  carpa  de  un  atractivo  color  dorado. Pensando en su esposa, se la compró por una ristra de monedas. Cuando se disponía a cocinarla, se percató de que la carpa pestañeaba como si estuviera viva. Asombrado, pensó:
- He oído decir que, cuando un pez o una serpiente pestañean de esta forma, es una señal inequívoca de que no se trata de un animal común.
Fue, pues, de nuevo en busca del pescador y le preguntó:
- ¿Te importaría decirme dónde has pescado este pez?
- De ninguna manera - respondió el pescador con sencillez -. Lo he cogido en el río Hung, que se encuentra aproximadamente a quince kilómetros de aquí.
Kwang-Jui corrió hacia el lugar indicado y dejó en libertad al pez. En cuanto regresó a la posada, se lo contó todo a su madre, que comentó, satisfecha:
- Estoy francamente orgullosa de lo que has hecho. Es una obra buena dejar en libertad a los seres vivos.
- Tienes razón - respondió Kwang-Jui, para añadir en un tono diferente -: Llevamos tres días en esta posada y estoy francamente preocupado, porque la orden del emperador era urgente. No me queda más remedio que reemprender el camino mañana. Me gustaría saber si estás recuperada del todo.
- Aún no me encuentro bien - respondió la señora Chang -. Además el calor ha empezado a apretar de firme y me temo que eso agravará mi enfermedad durante el viaje. ¿Por qué no alquilas una casa y me dejas aquí con un poco de  dinero  hasta  que  recobre  totalmente  las  fuerzas?  Vosotros  podéis  continuar  el camino. Puedes venir a buscarme, si quieres, para el otoño, cuando haga un poco más de fresco.
Kwang-Jui discutió del asunto con su esposa y, según lo convenido, alquiló una casa, en la que alojó a su madre. Tras entregarle algo de dinero, se despidieron de ella y continuaron su camino. La fatiga del viaje volvió pronto a apoderarse de sus cuerpos, aunque no tardaron en llegar a las orillas del río Hung. Para cruzarlo solicitaron los servicios de dos barqueros, llamados Liou-Hung y Li-Piao, que se ofrecieron, gustosos, a llevarlos en su barca. Sucedió que Kwang-Jui había sido predestinado en su anterior reencarnación a toparse con la desgracia, concretada en estos dos malhechores. Tras ordenar a su criado que montara todo el equipaje en la barca, Kwang-Jui y su esposa se dispusieron a montar en ella. Liou-Hung se percató en seguida de la extraordinaria belleza de la señora Yin. Su rostro recordaba, en efecto, a la luna llena, sus ojos poseían el sereno atractivo del agua de otoño, su boca se asemejaba por su color y tamaño a las ciruelas, y su cintura, delicada y estrecha, era como un sauce joven. Sus rasgos eran tan atractivos que, por verlos, los peces eran capaces de dejarse hundir y los patos salvajes de plegar las alas y caer, como piedras, sobre el suelo. Su belleza era tan perfecta que la luna se escondía al verla, y las flores más hermosas se sentían avergonzadas. Liou-Hung se puso de acuerdo con Li-Piao y dirigieron la barca hacia una zona apartada, donde esperaron con impaciencia la caída de la noche. Mataron entonces al criado y asesinaron a golpes a Kwang-Jui, arrojando a continuación sus cuerpos al agua. Cuando la mujer vio que habían matado a su marido, trató de zambullirse en el río, pero Liou-Hung actuó con rapidez y logró retenerla a su lado.
- Si accedes a mis deseos, no te ocurrirá nada - le dijo, pasándole el brazo por la cintura
-. De lo contrario, te partiré en dos con este cuchillo que tengo en las manos.
A falta de un plan mejor, la mujer consintió y se entregó a Liou-Hung. El ladrón llevó entonces la barca a la orilla sur y se la entregó a Li-Piao. Vistió después las ropas de Kwang-Jui, cogió sus credenciales y continuó el camino hacia Chiang-Chou, acompañado de la señora.
El cuerpo del criado asesinado fue arrastrado río abajo por la corriente, mientras que el de Chen Kwang-Jui se hundió y fue a parar al fondo, donde fue avistado al poco rato por un yaksa que estaba de patrulla. Sin pérdida de tiempo corrió al palacio del dragón e informó de lo ocurrido a su rey, que estaba precisamente en aquellos momentos celebrando audiencia pública, diciendo con voz entrecortada:
- Un literato acaba de ser molido a palos cerca de la desembocadura del río Hung por alguien no identificado y su cuerpo yace en el fondo totalmente inerte.
El Rey Dragón ordenó que le fuera traído el cadáver y, tras examinarlo con cuidado, exclamó, furioso:
- ¡Este hombre es mi benefactor! ¿Cómo ha podido ser asesinado? Como suele decirse, "la amabilidad hay que recompensarla con la misma moneda". Debo devolverle a la vida y, así, pagarle el inestimable beneficio que me hizo él ayer.
Sin pérdida de tiempo, redactó una carta para el espíritu local y el dios protector de Hung-Chou, en la que les suplicaba encarecidamente que le entregaran el alma del literato, para devolverle, así, a la vida. Éstos ordenaron, a su vez, a los demonios que dieran el espíritu de Chen Kwang-Jui al yaksa que les había llevado la carta y que, feliz por el éxito de su gestión, condujo a la desconcertada alma al Palacio del Cristal de Agua. Allí tuvo lugar una audiencia con el Rey Dragón.
- ¿Cómo te llamas y de dónde venías? - le preguntó -. ¿Por qué has llegado hasta aquí y cuáles son las causas por las que has sido apaleado con tanta brutalidad?
- Mi nombre - contestó Kwang-Jui, después de saludar respetuosamente a su anfitrión - es Chen-Er, aunque todo el mundo me conoce por Kwang-Jui. Procedo de la villa de Hung-Nun, en Hai-Chou. En los últimos exámenes imperiales he obtenido el título de "chuang-yüen"  y,  en  consecuencia,  el  emperador  me  ha  nombrado  gobernador  de Chiang-Chou, hacia donde me dirigía en compañía de mi esposa a tomar posesión de mi cargo. Lo que menos me sospechaba, al coger la barca para cruzar el río, es que ese malvado barquero llamado Liou-Hung se prendara de mi esposa y tramara quitarme la vida. Cuando más descuidado estaba, me molió a golpes y arrojó después mi cuerpo a las aguas. Os suplico, señor, que os apiadéis de mí.
- Así que eso es lo sucedido - exclamó, indignado, el Rey Dragón. Aunque no lo creáis, soy la carpa dorada que salvasteis ayer. Sois, por tanto, mi benefactor. Os encontráis, ciertamente, en una situación muy difícil, pero no existe razón alguna que me impida acudir en ayuda vuestra.
Apartó a un lado el cuerpo de Kwang-Jui y le puso en la boca una perla mágica para evitar que se descompusiera y facilitar, así, el reencuentro con su alma. De esta forma, podría vengarse más adelante.
- Mientras tanto - añadió el Rey Dragón -, tu espíritu puede quedarse de oficial en mi palacio.
Agradecido, Kwang-Jui se echó rostro en tierra y golpeó repetidamente el suelo con la frente. El Rey Dragón, por su parte, preparó un espléndido banquete de bienvenida, al que invitó a sus más directos colaboradores.
Mientras esto sucedía en el reino de las aguas, la señora Yin empezó a sentir tal odio por el bandido Liou que su único deseo era poder comer su carne y dormir sobre su piel. Sin embargo, como estaba encinta y no sabía aún si se trataba de un varón o de una hembra, no le quedó otro remedio que someterse contra su voluntad a su despreciable raptor. Su llegada a Chiang-Chou se produjo a los pocos días. Todos los funcionarios salieron a recibirlos, ofreciéndoles a continuación un opíparo convite en la mansión del gobernador. A los brindis Liou-Hung dijo con falsa modestia:
- Como bien sabéis, no soy más que un simple hombre de letras. Dependo, pues, de vuestra ayuda y de vuestras sugerencias para llevar adelante mis responsabilidades de gobierno.
- Semejante humildad os honra, señor - contestaron los funcionarios -. Nadie desconoce que habéis sido el primero en los exámenes y que poseéis una de las cabezas más privilegiadas de todo el reino. No dudamos, por tanto, que consideraréis al pueblo como hijo propio vuestro y, de esta forma, vuestras decisiones serán acertadas y vuestros pronunciamientos  totalmente  justos.  Todos  dependemos  de  vuestra  capacidad  de mando. ¿A qué viene, pues, mostrarse tan humilde?
El banquete duró hasta bien entrada la noche.
El tiempo fue transcurriendo veloz. Un día los deberes oficiales de Liou-Hung le llevaron hasta un lugar muy remoto de su circunscripción. Como siempre, la señora Yin se quedó en la mansión. Se sentó en uno de los templetes que había en el jardín y empezó a pensar con tristeza en su marido y en su suegra. De pronto, se sintió presa de una fatiga tremenda y comenzó a experimentar un dolor tan fuerte en el vientre que perdió la consciencia y cayó al suelo. De esa forma, dio a luz a un hijo. En ese momento le pareció oír que alguien le susurraba al oído:
- Man Tang-Chiao, escucha con cuidado lo que voy a decirte. Soy el Espíritu de la Estrella Polar y he venido a entregarte este hijo por orden expresa de la Bodhisattva Kwang-Ing. Un día su nombre será conocido en toda la tierra, ya que no habrá término de comparación entre él y un mortal ordinario. Cuando regrese el bandido Liou, lo más seguro es que quiera hacer daño al niño. Tienes que hacer todo lo que puedas por impedirlo. Sé valiente y no tengas miedo. Tu marido ha sido salvado por el Rey Dragón. Dentro de poco volveréis a reuniros, - de eso puedes estar segura. Llegará el día en el que todo lo torcido será enderezado y todos los crímenes castigados. ¡No olvides jamás mis palabras! Ahora despiértate, ¡despiértate cuanto antes!
La voz se hizo lejana y dejó de oírse. La señora se despertó y guardó lo que había oído en el cofre de su corazón. Tomó al niño en sus brazos y lo apretó con fuerza contra su pecho, sin saber exactamente qué hacer para protegerle. En cuanto regresó Liou-Hung, quiso ahogarle, pero la mujer se lo impidió, diciéndole con estudiada astucia
- Hoy es muy tarde ya. Déjale vivir hasta mañana. Al fin y al cabo, para tirarle al río siempre hay tiempo.
Fue una suerte que a la mañana siguiente Liou-Hung fuera de nuevo solicitado por unos asuntos urgentes, que le mantuvieron alejado del palacio todo el día. Entre desesperada y aliviada, la mujer se dijo:
- Si sigue aquí el niño, cuando vuelva el bandido, su vida correrá un gravísimo peligro. Lo mejor que puedo hacer es abandonarle en el río y dejar a la muerte o a la vida que sigan su propio curso. Quizás el cielo se apiade de su suerte y envíe en su auxilio a alguien que le cuide y se ocupe de él. ¡Quién sabe si en el futuro volveremos a encontrarnos de nuevo! Pero es la única solución.
Temiendo no poder reconocerle después, se mordió un dedo y con su propia sangre escribió una carta, en la que constaban con claridad el nombre de los padres, la lamentable historia de su familia y las trágicas razones por las que había sido abandonado. Para mayor seguridad, le arrancó con los dientes un dedito del pie izquierdo. Cogió después una túnica, envolvió con ella a la criatura y la sacó de la mansión, sin que nadie los viera. Afortunadamente el palacio no estaba muy lejos del río. Al llegar a la orilla, no pudo contener el llanto y las lágrimas fluyeron, veloces, por sus mejillas. Cuando se disponía a arrojar al niño a las aguas, vio una tabla junto a la ribera. La cogió, ató en ella al niño, poniéndole en el pecho la carta escrita con sangre, y, tras encomendarle a los cielos, dejó que la corriente le arrastrara río abajo. Se sentía tan abatida que durante mucho tiempo no pudo moverse del sitio. Poco a poco fue, no obstante, recobrando las fuerzas y regresó a la mansión con paso lento y los ojos anegados en lágrimas.
La tabla se deslizó, segura, aguas abajo, hasta venir a detenerse por sí sola junto al Templo de la Montaña de Oro. El guardián de ese monasterio era un monje llamado Fa-Ming. Había llegado a cultivar con tal constancia la virtud y a comprender con tal perfección el sentido de los libros sagrados que para él no encerraba secreto alguno el misterio de la inmortalidad. Estaba sentado en actitud meditativa, cuando de pronto oyó el llanto de un niño. Se levantó a toda prisa y corrió hacia el río para ver lo que pasaba. Fue así como descubrió junto a la orilla al bebé atado a la tabla. Sin pérdida de tiempo le sacó del agua e inmediatamente se percató de la carta escrita con sangre que llevaba en el pecho. Tras leerla con inusitada avidez, dio a la criatura el nombre de "El-que-flota-en-el-río" y se lo entregó a una piadosa mujer para que le alimentara y cuidara de él. La carta quedó en su poder, celosamente guardada. El tiempo fue pasando tan rápido como el vuelo de una flecha y las estaciones se sucedieron con la rapidez con que la lanzadera se desplaza por el telar. "El-que-flota-en-el-río" llegó, así, a cumplir dieciocho años. El guardián del monasterio le rapó entonces la cabeza y le invitó a entregarse a una vida de ascesis y meditación, dándole el nombre religioso de Hsüan-Tsang. En cuanto hubo recibido la bendición y aceptado los mandamientos, Hsüan-Tsang se lanzó con entusiasmo por las sendas del Camino recto.
Un día, cuando la primavera estaba tocando ya a su fin, varios monjes se reunieron a la sombra de los pinos a discutir sobre los principios del Zen y a debatir acerca de los misterios que constituían el tema constante de sus meditaciones. Uno de ellos, sintiéndose incapaz de resolver los enigmas que Hsüan-Tsang le fue magistralmente presentando, perdió la paciencia y exclamó, malhumorado:
- ¿Quién te crees que eres? Ni siquiera sabes cómo te llamas ni conoces el nombre de tus padres. ¿Cómo te atreves a venir aquí a dártelas de grande? Eres un don nadie. ¿Te enteras? ¡Un don nadie!
Desolado, Hsüan-Tsang corrió al interior del templo y, arrodillándose ante su maestro, dijo con los ojos anegados en lágrimas:
- Aunque todo ser humano debe su existencia y cuanto es a las Cinco Fases y a las fuerzas del yin y el yang, tiene que ser después educado por sus padres. ¿Cómo es posible que haya en el mundo una persona que carezca de padre y madre, como yo? Esgrimiendo  estos  argumentos,  insistió  con  tanta  firmeza  a  su  mentor  para  que  le revelara el nombre de sus progenitores que éste terminó diciéndole:
- Si, en verdad, deseas saber quiénes son tus padres, vente conmigo a mi celda.
Hsüang-Tsang le siguió hasta su cuarto. El anciano monje se encaramó entonces a una viga y bajó una caja pequeñita. La abrió y sacó una carta escrita con sangre y un vestido, que entregó a Hsüang-Tsang, sin decir palabra alguna. Éste desdobló la carta y la leyó con cuidado. De esta forma, descubrió los nombres de sus padres y la inesperada tragedia que se había abatido sobre sus vidas. Sin dejar de llorar, se dejó caer en el suelo y exclamó:
- ¿Cómo puede llamarse hombre quien es incapaz de vengar a sus propios padres? Durante dieciocho años he ignorado sus nombres y hoy, por fin, he descubierto que mi madre todavía vive. De todas formas, jamás habría alcanzado esta edad, de no haber sido salvado y cuidado por vos. Permitidme, pues, ir en busca de mi madre. Os prometo reconstruir después este monasterio con las limosnas que saque pidiendo [9] y, así, os devolveré en parte cuanto habéis hecho por mí.
- Si deseas conocer a tu madre - contestó el viejo maestro -, coge la carta y el vestido y vete a pedir a la mansión del gobernador de Chiang-Chou. Allí encontrarás a la mujer que te dio el ser.
Hsüan-Tsang aceptó el consejo de su maestro y fue a mendigar a Chiang-Chou. Quiso el cielo que Liou-Hung estuviera fuera del palacio cuando él llegó y, de esta forma, madre e hijo pudieron reencontrarse con la ternura que el momento requería. Precisamente la noche anterior a su llegada la señora Yin había tenido un sueño en el que vio la luna menguante hacerse llena otra vez y se dijo, esperanzada:
- ¡Qué raro! Hace muchísimo tiempo que no recibo noticias de mi suegra, mi marido ha sido asesinado y mi hijo arrojado a las aguas. ¿Querrá decir eso que alguien le salvó de morir ahogado y ha cuidado de él durante todo este tiempo? Si es así, ahora tendrá alrededor de dieciocho años. ¿Quién sabe? Quizás ha decidido el Cielo que nos encontremos de nuevo dentro de poco.
Mientras pensaba en eso, oyó, de pronto, a alguien recitando sin parar fragmentos de las escrituras a la puerta de sus aposentos, al tiempo que gritaba:
- ¡Una limosna para este monje mendicante! ¡Una limosna, por favor! En cuanto pudo, la señora se llegó hasta él y le preguntó:
- ¿De dónde vienes?
- Yo, señora - respondió Hsüan-Tsang, humilde -, soy uno de los muchos discípulos de Fa-Ming, guardián del Monasterio de la Montaña de Oro.
- ¿Así que eres discípulo del guardián de ese templo? - repitió ella y le invitó a entrar en la mansión, donde le dio de comer algunas verduras y un poco de arroz.
Mirándole con atención, descubrió que en sus ademanes y en su forma de hablar había un algo que le recordaba a su marido. Intrigada, ordenó a las criadas que se retiraran y volvió a preguntarle:
- ¿Cuándo abandonasteis a vuestra familia para convertiros en servidor de la verdad: de niño o de mayor? ¿Cómo os llamabais antes de entrar en religión? ¿Viven aún vuestros padres?
- Jamás dejé a los míos, ni de mayor, ni de joven - contestó Hsüan-Tsang -. A decir verdad, tengo una ofensa que vengar tan grande como el cielo y tan profunda como el mar. Aunque no lo creáis, mi padre fue asesinado y mi madre raptada. Si he venido aquí, ha sido porque mi maestro, el guardián Fa-Ming, me dijo que podría encontrarla precisamente en la mansión del gobernador de Chiang-Chou.
¿Sabes cómo se llama tu madre? - indagó, una vez más, la señora.
- Yin Wen-Chiao - contestó Hsüan-Tsang -. Mi padre pertenecía a la familia de los Chen y se llamaba Kwang-Jui. A mí todo el mundo me conoce por "El-que-flota-en-el- río", aunque mi nombre religioso es Hsüan-Tsang.
- Yo soy Wen-Chiao - afirmó la señora, emocionada -. Pero permíteme que insista. ¿Qué prueba puedes darme de tu identidad?
Al oír que era su madre, Hsüan-Tsang dio un salto y, echándose rostro en tierra, lloró, diciendo:
- ¿Cómo es posible que ni mi propia madre me crea? Si deseáis una prueba, aquí tenéis este vestido y esta carta escrita con sangre.
Wen-Chiao los cogió con mano temblorosa y en seguida comprendió que eran auténticos. Llorando de alegría, se abrazó a él y gritó:
- ¡Mi hijo ha vuelto! ¡Mi hijo ha vuelto! - sin embargo, su gozo se tornó pronto en ansiedad y le urgió, diciendo -: ¡Vete de aquí en cuanto puedas, hijo! ¡Aléjate de este lugar!
- Durante dieciocho años he estado buscando a mis padres - replicó Hsüan-Tsang, sorprendido -, y ¿ahora, que te encontrado, quieres apartarme de tu lado? ¡No podría soportar una nueva separación! ¿Es que no lo comprendes?
-  ¡Márchate  en  seguida!  -  insistió  ella  -.  ¡Huye  de  aquí,  como  si  todo  tu  cuerpo estuviera en llamas! Si vuelve el bandido Liou, seguro que te matará. Te diré lo que vamos a hacer. Mañana fingiré estar enferma y le diré que debo acudir sin tardanza a tu monasterio a entregar cien pares de zapatos a los monjes, fruto de una promesa que hice hace cierto tiempo. Así podremos hablar con más tranquilidad.
Hsüan-Tsang aceptó el plan y, despidiéndose respetuosamente de su madre, regresó al templo en el que vivía. La señora Yin le vio marcharse con una mezcla de ansiedad y gozo. A la mañana siguiente, con el pretexto de estar enferma, se quedó en la cama, negándose a tomar nada de comer. Liou-Hung entró en sus aposentos y le preguntó por la causa de tan inesperada dolencia.
- De joven - respondió ella - prometí hacer entrega de cien pares de zapatos a un monasterio, pero no llegué a cumplir esa promesa. Hace aproximadamente cinco días soñé que un monje venía a exigirme lo prometido con un cuchillo en la mano y desde entonces no me he sentido muy bien.
- ¿Es eso todo? - exclamó Liou-Hung -. ¿Por qué no me lo dijiste antes?
Se dirigió al salón de audiencias y ordenó a los superintendentes Wang y Li que en el plazo de cinco días cien familias de la ciudad deberían hacerles entrega de un par de zapatos cada una. Cuando estuvieron dispuestos, la señora Yin dijo a Liou-Hung:
- Muy bien. Ya tengo los zapatos. Ahora sólo me queda llevarlos a un monasterio.
¿Sabes si por aquí cerca hay alguno en el que pueda cumplir mi promesa?
- En Chiang-Chou hay dos - contestó Liou-Hung -: el de la Montaña de Oro y el de la Montaña Quemada. Puedes ir al que quieras.
- Hace tiempo oí decir que el de la Montaña de Oro era muy bueno. Así que creo que iré a ése - concluyó la señora.
Sin pérdida de tiempo, Liou-Hung ordenó a los superintendentes Wang y Li que prepararan un bote. La señora Yin escogió a la criada de más confianza y subió a bordo del pequeño barco. Los remeros palearon con fuerza y la embarcación abandonó la orilla, camino del Monasterio de la Montaña de Oro.
El día del encuentro con su madre Hsüan-Tsang regresó al templo a toda prisa y contó al maestro Fa-Ming cuanto había sucedido. A la mañana siguiente llegó una doncella de la casa del gobernador anunciando el arribo de su señora al monasterio a cumplir una promesa. Todos los monjes salieron, alborozados, a darle la bienvenida. La señora entró en  el  templo  y,  tras  presentar  sus  respetos  al  bodhisattva,  ofreció  un  espléndido banquete vegetariano. Ordenó después a la doncella que pusiera las medias y los zapatos en bandejas y los llevara al salón principal del monasterio. Allí volvió a rezar con edificante devoción y, antes de que los monjes se retiraran a sus quehaceres, pidió al maestro Fa-Ming que distribuyera entre ellos los regalos. En cuanto Hsüan-Tsang vio que todos se habían marchado y que no quedaba ninguno en el salón, se acercó a su madre y se arrodillo ante ella. La señora le pidió entonces que se quitara los zapatos Y las medias y comprobó que, en efecto, le faltaba el dedo meñique del pie izquierdo. Una vez más, madre e hijo se abrazaron y lloraron durante largo rato de alegría. Llamaron después  a  Fa-Ming  y  le  dieron  las  gracias  por  haber  cuidado  de  él  durante  todos aquellos años.
- Me temo - dijo entonces el maestro - que este encuentro puede llegar a oídos del bandido. Conviene, por tanto, obrar con rapidez para evitar represalias.
La señora se volvió entonces a su hijo y le dijo:
- Toma este anillo y vete a Hung-Chou, un lugar que se encuentra aproximadamente a mil quinientas millas al noroeste de aquí. En la Posada de las Diez Mil Flores hallarás a una anciana llamada Chang, que es tu abuela paterna. Espero que no haya muerto todavía. He escrito también una carta que quiero que lleves a la capital de los Tang. Su destinatario es el primer ministro Yin, mi padre y, por lo tanto, abuelo tuyo. No te será difícil dar con él. Su mansión se encuentra a la izquierda del Palacio de Oro. Entrégale la carta y pídele que consiga del Emperador Tang que envíe caballos y hombres a arrestar al bandido que trajo la desgracia sobre nuestra familia. De esta forma, será vengado tu padre y tu vieja madre recobrará su perdida libertad. No puedo entretenerme más ahora. Si lo hago, ese bribón puede sospechar algo y ponerse conmigo como una fiera.
Una vez dicho esto, salió del templó, montó en la barca y regresó a su mansión. Hsüan- Tsang la vio partir con lágrimas en los ojos. Corrió en busca de su maestro y le pidió permiso para poner cuanto antes en marcha el plan de su madre. Una vez obtenido su beneplácito, se dirigió a Hung-Chou, donde, tras buscar la Posada de las Diez Mil Flores, interrogó a Liou Siao - Er, la persona que la atendía, diciendo:
- Hace bastante tiempo se hospedó aquí un caballero llamado Chen, cuya madre, según tengo entendido, se quedó en vuestro establecimiento. ¿Podéis decirme qué ha sido de ella?
- Como bien afirmáis - respondió Liou Siao-Er -, la mujer a la que os referís fue huésped mía durante cierto tiempo. Después se volvió ciega y durante tres o cuatro años no me pagó absolutamente nada por el hospedaje. Ahora vive en un alfar derruido que hay cerca de la Puerta Sur y se gana la vida mendigando por las calles. Lo que no comprendo es cómo el caballero pudo dejarla abandonada, sin dar señales de vida ni mandar a nadie a por ella.
Hsüan-Tsang no esperó ni un solo segundo para dirigirse a todo correr hacia el viejo alfar de la Puerta Sur. Al oírle, la anciana dijo, sorprendida:
- Tu voz se parece muchísimo a la de mi hijo Chen Kwang-Jui.
- Eso no es nada extraño - respondió Hsüan-Tsang -, ya que soy el hijo único de Chen
Kwang-Jui, esposo de la señora Wen-Chiao.
- ¿Por qué tu padre y tu madre no regresaron a por mí? - pregunto la anciana con amargura.
- Mi padre fue molido a palos por unos bandidos, uno de los cuales obligó a mi madre a aceptarlo por esposo - contestó Hsüan-Tsang, apenado.
- ¿Cómo has averiguado mi paradero? - volvió a preguntar la anciana.
- Mi madre me dijo dónde encontraros - respondió Hsüan-Tsanq -. Me entregó, además, una carta y un anillo para vos.
La anciana lo cogió con mano temblorosa y, sin poder contener las lágrimas, dijo:
- Mi hijo era una persona de mucha inteligencia y exquisita sensibilidad. Al principio pensé que había abandonado el camino del bien, dejando de lado sus obligaciones filiales. ¿Cómo iba a sospechar que había sido brutalmente asesinado? ¡Bendito sea el Cielo, que no se ha olvidado de mi infortunio y ha permitido a mi nieto venir en mi auxilio!
- ¿Cómo os quedasteis ciega? - inquirió Hsüan-Tsang, emocionado.
- ¡Pensaba tan a menudo en tu padre! - exclamó la anciana -. Día y noche le estuve esperando, pero él no apareció. Al comprender que nunca jamás regresaría, lloré tanto que los ojos se me quedaron, finalmente, secos.
Hsüan-Tsang cayó entonces de hinojos y, elevando los ojos al cielo, exclamó:
- Tened compasión de Hsüan-Tsang, que, a pesar de haber cumplido ya los dieciocho años, aún no ha vengado la infamia caída sobre sus padres. Siguiendo el plan de mi madre, me he llegado hoy hasta aquí y, así, he encontrado a mi abuela. Compadeceos de tanto sufrimiento y haced que sus ojos recobren la vista.
En cuanto hubo terminado la plegaria, tocó los ojos de su abuela con la punta de la lengua y al punto se tornaron tan vivos y brillantes como antes. Al ver la prestancia del joven monje que tenía delante, la anciana exclamó:
- ¡En verdad eres nieto mío! ¡Eres exactamente igual que mi hijo Kwang-Jui!
De esta forma, su alegría se vio teñida de la pesada tristeza del recuerdo. Hsüan-Tsang la sacó del viejo alfar y la llevó a la posada de Liou-Er, donde alquiló una habitación para ella. Al despedirse, le hizo entrega de una cierta cantidad de dinero, diciendo:
- No preocupes por nada. Estaré de vuelta en menos de un mes - y continuó su camino hacia la corte.
No le fue difícil encontrar la casa del primer ministro Yin, en la parte oriental de la ciudad imperial. Se llegó hasta el funcionario que guardaba la puerta y le dijo:
- Soy pariente del primer ministro y he venido a hacerle una visita
El funcionario corrió a avisar a su señor, que exclamó, sorprendido:
- ¿Un monje? ¡Yo no estoy emparentado con monje alguno! Pero su esposa le informó en seguida, visiblemente excitada:
- Anoche soñé que nuestra hija Man Tang-Chiao regresaba a casa. ¿No querrá eso decir que nuestro yerno nos envía una carta por medio de ese monje?
Al primer ministro no le quedó más remedio que hacerle entrar. En cuanto Hsüan-Tsang se halló en su presencia, se echó en tierra llorando, al tiempo que sacaba la carta de entre su túnica y se la entregaba al primer servidor del emperador. El ministro empezó a leerla y, a medida que progresaba en su lectura, los ojos se le iban anegando en lágrimas, hasta romper finalmente en un irrefrenable llanto.
- ¿Puede saberse qué es lo que pasa, excelencia? - preguntó su esposa, sorprendida.
- Este monje que ves aquí - respondió el primer ministro, emocionado - es nuestro nieto. Chen Kwang-Jui, nuestro yerno, fue asesinado por unos bandidos y nuestra hija Man Tang-Chiao forzada a desposarse con su asesino.
Al oír tan escalofriantes nuevas, la mujer se echó también a llorar y él hubo de consolarla, diciendo:
- Sé fuerte y trata de consolarte. Mañana por la mañana presentaré un informe a nuestro señor y yo mismo iré a la cabeza de las tropas que han de vengar ultraje tan imperdonable.
Al día siguiente el primer ministro redactó un documento, que presentó al Emperador y en el cual se leía:
- El yerno de vuestro humilde servidor, el "chuang-yüen" Chen Kwang-Jui, fue asesinado a palos por el barquero Liou-Hung, cuando se dirigía a tomar posesión de su nuevo cargo en Chiang-Chou, acompañado de su familia. No contento con semejante felonía, forzó a mi hija a acostarse con él, haciéndose pasar por mi yerno y usurpando su puesto durante muchísimos años. A la vista de tan trágico y conmovedor suceso, suplico de vuestra Majestad permiso para partir cuanto antes con caballos y hombres hacia esa provincia, con el fin de castigar, como se merecen, a los culpables.
En cuanto el Emperador de los Tang hubo leído el informe, montó en cólera, convocó a sesenta mil soldados imperiales y ordenó al ministro Yin que se dirigiera a Chiang-Chou al frente de tan abultada fuerza de castigo. El ministro obedeció la orden sin dilación, partiendo aquel mismo día hacia tan alejada provincia. Viajando de día y descansando de noche, no tardaron en llegar a ella. Acamparon en la vertiente norte del río y aquella misma noche el primer ministro hizo llamar a su campamento al Juez y al Jefe Militar de Chiang-Chou. Tras explicarles las causas de la expedición, les pidió su ayuda, cruzando a continuación el río y rodeando la mansión de Liou-Hung antes de que se hubiera hecho de día. Liou-Hung estaba todavía dormido, cuando los soldados irrumpieron en sus dependencias privadas entre el batir de tambores y el tronar de las armas de fuego. Liou-Hung fue detenido, antes de que pudiera oponer la menor resistencia.  Sin  pérdida  de  tiempo  el  primer  ministro  le  condujo  al  campo  de ejecuciones, mientras el ejército acampaba en las afueras de la ciudad.
El colaborador del emperador se dirigió después al salón principal de la casa, donde tomó asiento a la espera de que apareciera su hija. Ella corrió, entusiasmada, a su encuentro, pero, antes de llegar a la sala, se sintió invadida por la vergüenza y trató de ahorcarse allí mismo. En cuanto Hsüan-Tsang se enteró, corrió al lado de su madre y, arrodillándose ante ella, le dijo:
- Tu padre y tu hijo hemos traído las tropas hasta aquí con el único fin de vengar a tu marido. El bandido ha sido, de hecho, capturado ya. ¿Por qué quieres morir ahora? Si lo haces, no podré seguir viviendo yo tampoco.
Al poco rato apareció también el primer ministro y, al tratar de consolarla, afirmó ella:
- Una mujer debe seguir a su marido a la tumba. Mi marido fue asesinado por ese bandido y, sin embargo, yo me entregué vergonzosamente a él. He de reconocer, no obstante, que sólo me ataba a la vida el niño que llevaba en mi seno y que en aquellos momentos me ayudó a soportar mi tremenda humillación. Ahora que se ha hecho ya hombre y mi anciano padre ha vengado mi humillación al frente de s tropas, no me queda otra ilusión que terminar con mi vida, cumpliendo, así, el deber que para con mi marido tengo.
¡Hija mía! - exclamó el primer ministro, conmovido -. ¿Cómo puedes hablar de vergüenza? No tenías elección. ¿Es que no lo comprendes? A pesar de lo ocurrido, tu virtud permaneció intacta, ya que en ningún momento alteraste tus pensamientos ni te rendiste al oportunismo.
Padre e hija se abrazaron llorando, mientras Hsüan-Tsang era incapaz de contener la emoción. Secándose las lágrimas, el primer ministro dijo:
- No debéis preocuparos más. Tengo en mi poder al culpable y ahora mismo voy a disponer, con vuestro permiso, de él.
Levantándose, se dirigió con paso decidido al lugar de las ejecuciones. Para regocijo suyo, el Jefe Militar de Chiang-Chou había hecho detener también al pirata Li-Piao, que aparecía custodiado por un nutrido grupo de centinelas. Complacido, el primer ministro ordenó dar a Liou-Hung y a Li-Piao cien latigazos con una vara larga. Los acusados firmaron entonces una confesión, en la que relataron hasta en sus más mínimos pormenores la forma como habían dado muerte a Kwang-Jui. A continuación Li-Piao fue clavado en un potro de madera y, tras ser expuesto en la plaza pública a la mofa de todos los viandantes, fue descuartizado y su cabeza colocada en lo alto de una pica para escarnio de todos los malhechores. Liou-Hung, por su parte, fue conducido al sitio exacto donde había dado muerte a Chen Kwang-Jui y se le arrancó el corazón y el hígado, que fueron ofrecidos allí mismo en libación. Seguidamente se quemó un escrito en el que se ensalzaban las altas cualidades de Chen Kwang-Jui y sus cenizas fueron arrojadas a las aguas.
Incapaces de apartar los ojos del río, los tres se rindieron al llanto, resonando sus sollozos varios kilómetros corriente abajo. Eso alertó a un yaksa que se hallaba patrullando las aguas. Se llegó hasta allí, cogió el espíritu del escrito y se lo llevó al Rey Dragón. En cuanto lo hubo leído, llamó a una tortuga mariscal y le ordenó que fuera a buscar a Kwang-Jui.
- ¡Enhorabuena, excelencia! - exclamó el rey, al verle -. En este preciso instante vuestra esposa, vuestro hijo y vuestro suegro están ofreciéndoos sacrificios en la orilla misma del río. Voy a dejar en libertad a tu espíritu y, así, recobrarás la vida. No quiero, de todas formas, que te marches con las manos vacías, por lo que te suplico que aceptes, como prueba de amistad y agradecimiento, esta perla que concede todos los deseos [10], dos perlas ordinarias, diez piezas de seda o sirena [11], y un cinturón de jade con incrustaciones de nácar. Hoy será para ti un gran día, pues volverás a reunirte con tu esposa, tu madre y tu hijo.
Kwang-Jui le dio las gracias, vivamente emocionado, y el Rey Dragón ordenó a un yaksa que acompañara a su cuerpo hasta la desembocadura del río, donde habría de reunirse con su espíritu. El yaksa cumplió inmediatamente la orden y abandonó el palacio de las aguas.
En aquel mismo momento, tras llorar durante interminables horas a su marido, la señora Yin trató de suicidarse de nuevo, arrojándose a las aguas. Su intento habría resultado exitoso, de no mediar la intervención de Hsüan-Tsang, que la agarró oportunamente del talle. Cuando estaban forcejeando, vieron un cuerpo muerto venir flotando hacia la orilla. La señora se inclinó a toda prisa para echar un vistazo. Al comprender que se trataba del cadáver de su marido, intensificó sus aullidos de dolor. Cuantos estaban a su alrededor se volvieron, compungidos, hacia ella y entonces comprobaron, asombrados, que Kwang-Jui abría lentamente los puños y estiraba las piernas. Al poco rato todo el cuerpo comenzó a moverse y no pasó mucho tiempo antes de que se sentara tranquilamente en la orilla, para asombro y consternación de todos los presentes. Kwang-Jui abrió los ojos y, al ver llorando a la señora Yin, a su suegro, el primer ministro, y a un monje joven al que no conocía, preguntó:
- ¿Por qué habéis venido aquí?
- Todo esto tiene su origen en el momento mismo en que los bandidos os asesinaron a palos. Al poco tiempo di a luz a este hijo nuestro, que tuvo la enorme fortuna de ser educado por el guardián del Monasterio de la Montaña de Oro. Fue él precisamente el que me lo presentó y yo le envié en busca de su abuelo. Cuando mi padre se enteró de lo ocurrido, acudió a la corte y consiguió que le fuera asignado un destacamento de tropas para venir a arrestar a los bandidos. No hace ni cinco minutos que hemos arrancado el hígado y el corazón al Principal culpable y os lo hemos ofrecido en libación. ¿Queréis explicarnos vos ahora cómo os las habéis arreglado para volver de nuevo a la vida?
- Está relacionado con la carpa dorada que compré, cuando nos hospedamos en la Posada de las Diez Mil Flores. Como recordarás, la puse en libertad. Lo que menos me sospechaba yo es que aquel pez fuera, nada más y nada menos, que el Rey Dragón. En cuanto los bandidos me arrojaron al río, acudió, agradecido, a mi rescate y ahora me ha devuelto el espíritu, cargándome de regalos valiosísimos, que traigo aquí conmigo. Desconocía totalmente que hubieras dado a luz. por lo que a mi suegro respecta, le agradezco de todo corazón haberme vengado. Es, francamente, inexpresable la alegría que ahora me embarga. Los tiempos de sufrimiento parecen haber pasado, por fin. Cuando se enteraron de lo ocurrido los funcionarios de la provincia, acudieron en tropel a  darle  la  enhorabuena.  Agradecido,  el  primer  ministro  les  ofreció  un  espléndido banquete, tras lo cual inició aquel mismo día la marcha de vuelta, acompañado de todas sus tropas. Al pasar por la Posada de las Diez Mil Flores, el colaborador del emperador ordenó detener el ejército, para que Kwang-Jui y Hsüan-Tsang fueran a buscar a su anciana madre. Precisamente la noche anterior la mujer había soñado que volvía a florecer un árbol totalmente seco y aquella misma mañana oyó cuchichear sin cesar a las urracas detrás de su casa. Eso la hizo preguntarse, ilusionada:
- ¿Querrá decir que mi nieto viene a buscarme?
No había acabado de pensarlo, cuando se presentaron el caballero y el muchacho. El joven monje señaló a la anciana y dijo con una mezcla de orgullo y respeto:
- Aquí tienes a mi abuela.
En cuanto Kwang-Jui vio a su madre, se inclinó ante ella y después la abrazó con indecible ternura. Madre e hijo estuvieron llorando de alegría durante un buen rato. Tras contarse lo que había sucedido, pagaron al posadero lo que se le adeudaba y continuaron el viaje hacia la capital. Lo primero que hicieron Kwang-Jui, su esposa y su madre, al llegar a la mansión del primer ministro, fue ir a saludar a su respetable señora. La mujer estaba fuera de sí de alegría. Llamó a los criados y les ordenó preparar un banquete como no se había visto jamás en toda la ciudad.
- Es mi deseo - dijo el primer ministro a la hora de los brindis - que este convite reciba el nombre de Fiesta de la Reunión, porque ciertamente lo es y toda nuestra familia participa de tan indescriptible alegría.
A la mañana siguiente muy temprano el Emperador de los Tang celebró su habitual audiencia y el ministro Yin se adelantó para informar oportunamente de cuanto había sucedido en el curso de su misión. Recomendó, igualmente, que le fuera concedido a Kwang-Jui un puesto acorde con sus muchas cualidades, cosa a la que accedió emperador, nombrándole Vicecanciller de la Secretaría de Estado. De esta forma, seguiría a la corte adondequiera que se desplazara y se encargaría de llevar a la práctica todas sus decisiones.
Hsüan-Tsang, decidido a caminar por los puros senderos del Zen, fue enviado al Monasterio de la Bendición Infinita para continuar con su vida de meditaciones y ascesis. Al poco tiempo, sin embargo, la señora Yin consiguió, por fin, consumar sus intentos de suicidio, y él regreso al Monasterio de la Montaña de Oro a dar las gracias al maestro Fa-Ming  por cuanto había hecho por él.
No sabemos cómo se desarrollaron las cosas a partir de entonces. Quien quiera averiguarlo deberá escuchar con atención las explicaciones que se brindan en el capítulo siguiente.

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[1]1La provincia de Shensi, en la que se hallaba enclavada la antigua capital de Chang-An, está regada por los ríos Wei, Ching, Pa, Liao, Chü, Hao, Li y Chan, que componen un total de ocho.

[2]Tai-Chung fue el segundo emperador de la dinastía Tang, extendiéndose su reinado desde el año 627 al 649.

[3]Wei-Cheng fue uno de los grandes estadistas de comienzos de la dinastía Tang, famoso por mostrar abiertamente su desacuerdo con algunas de las decisiones
imperiales, lo cual no le restó la confianza de Tai-Chung. Fue, igualmente, el editor de la historia de las dinastías Chou, Suei y Chi del Norte.

[4]Para conseguir el título de «ming-ching», o entendido en clásicos, era preciso someterse a tres pruebas diferentes. En la primera el aspirante debía completar de memoria diez textos seleccionados de los clásicos. En la segunda tenía que explicar oralmente el contenido de otros diez textos de origen confuciano. En la tercera debía realizar una exposición de temas candentes en aquel entonces o relacionados, de alguna forma, con la administración.

[5]Todos los documentos imperiales se escribían en papel de color amarillo, por lo que este color pasó a designar a la misma corte.

[6]Representante imperial. Para la elección de tal cargo se tenían en cuenta tanto los conocimientos legales y administrativos como los literarios.

[7]En la corte Tang existían dos primeros ministros, colocándose uno a la derecha y otro la izquierda del emperador.

[8]A1 número diez mil se le asignaba un sentido de totalidad.

[9]Cuando los monjes salían a pedir limosna, solían sentarse a la puerta de los posibles donantes con un cuenco de arroz en la cabeza.

[10]El Rey Dragón del Océano poseía una perla mágica capaz de satisfacer todos los deseos.

[11]Según la leyenda, no existe seda de mayor calidad que la tejida por las sirenas.