Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

Kwang-Ing, invitada de honor al banquete, se interesa por lo sucedido. Haciendo uso de su poder, el Pequeño Sabio domina al Gran Sabio.


No hablaremos, de momento, del asedio al que los dioses tenían sometido al Gran Sabio. Sí lo haremos, sin embargo, de la Compasiva Dispensadora, la Eficiente Bodhisattva Kwang-Ing de la Montaña Potalaka de los Mares del Sur [1]. Era una de los invitados de honor de la Reina Madre al Gran Festival de los Melocotones Inmortales y, al entrar en la cámara del tesoro acompañada de su fiel discípulo Huei-An, comprobó, estupefacta, que la sala yacía en el más absoluto desorden y que las mesas habían sido volteadas a placer. De hecho, ninguno de los invitados allí presentes parecía atreverse a tomar asiento, prefiriendo enfrascarse en una movida y acalorada discusión. Al ver entrar a la Bodhisattva, la saludaron con cortesía y la pusieron al tanto de lo ocurrido con la mayor brevedad que les fue posible.
- Puesto que, según parece, este año no va a haber ni brindis ni festival, creo que lo mejor que podemos hacer es ir a visitar al Emperador de Jade - sugirió Kwang-Ing.
Los dioses no pusieron ningún reparo en seguirla y, sin mediar ninguna palabra más, se dirigieron a la Sala de la Luz Perfecta, donde la Bodhisattva se encontró con los Cuatro Preceptores  Celestes  y  el  Inmortal  de  los  Pies  Descalzos.  A  grandes  rasgos  la informaron de la expedición enviada por el Emperador de Jade contra el monstruo y de la intranquilidad que su tardanza estaba provocando en las dependencias imperiales.
- Me gustaría entrevistarme con el Emperador de Jade - dijo entonces la Bodhisattva -. ¿Seríais tan amable de anunciarle mi llegada?
Sin pérdida de tiempo, el Preceptor Chiou-Hung-Chr se dirigió a la Sala del Tesoro de la Niebla Divina, de donde volvió a salir a los pocos segundos para informar a Kwang- Ing que el Señor del Cielo la estaba esperando. Al recibir el anuncio de su visita, Lao- Tse  se  sentó  al  lado  del  emperador,  mientras  la  Reina  Madre  fue  a  ocupar deferentemente un asiento que había detrás del trono. Kwang-Ing no tardó en entrar, seguida de los otros dioses, y, tras presentar sus respetos al Emperador de Jade y saludar a Lao-Tse y a la Reina Madre, preguntó con la llaneza que le era habitual:
- ¿Queréis explicarme por qué ha sido suspendido el Gran Festival de los Melocotones Inmortales?
- Siempre que lo hemos celebrado, todos lo hemos pasado maravillosamente - contestó el Emperador de Jade -. Pero este año un mono engreído ha destrozado todos los preparativos, no dejándonos otra cosa que una insoportable frustración.
- ¿Podéis decirme de dónde procedía ese mono? - volvió a preguntar la Bodhisattva.
- Surgió de un huevo de piedra colocado en la cumbre de la Montaña de las Flores y Frutos, ubicada en el país de Ao-Lai en el Continente de Purvavideha - respondió el Emperador de Jade -. En el momento mismo de su nacimiento surgieron de sus ojos dos rayos de luz dorada que llegaron hasta el Palacio de la Estrella Polar. A pesar de todo, no le prestamos mucha atención y nos olvidamos de él. Más tarde, sin embargo, se convirtió en un monstruo capaz de derrotar al Dragón y de domar al Tigre, y tan osado que hizo borrar su nombre del Libro de la Muerte. Posteriormente, cuando los Reyes Dragón y los Príncipes del Mundo Inferior acudieron a mí a quejarse de su vergonzosa conducta, tomé la decisión de apresarle sin dilación alguna, pero la Estrella de la Vida Perdurable nos hizo ver que todos los seres de las Tres Regiones que poseen nueve aperturas son capaces de obtener la inmortalidad y decidí ayudarle a conseguirla, trayéndole  a  las  Regiones  Superiores.  Para  empezar,  le  nombré  encargado  de  los establos imperiales, pero él opinó que ese puesto era demasiado bajo para sus muchas capacidades y abandonó por su cuenta el Cielo. Ante rebelión tan descarada, envié contra él  a  Li-Ching  y  al  Príncipe  Nata  con  la  orden  de  arrestarle  y  traerle  a  mi presencia.  Sin  embargo,  lo  pensé  después  mejor  y  le  hice  llegar  un  acta  de reconciliación, invitándole nuevamente a venir a las Regiones Superiores y concediéndole el título de Gran Sabio, Sosia del Cielo, un nombramiento totalmente honorífico que no llevaba aparejado ningún tipo de responsabilidad. Eso fue una grave equivocación, porque se pasaba todo el día vagueando y llegamos a temer que tanta ociosidad pudiera excitar su natural pendenciero y violento. Para evitarlo, le confiamos el cuidado del Jardín de los Melocotones Inmortales, pero, una vez más, hizo caso omiso de las normas celestes, comiéndose todos los melocotones de los árboles más viejos. Fue entonces cuando se iniciaron los preparativos para el banquete de este año, al que, por cierto, no fue invitado, porque se trataba de una persona sin asignación fija. Aun  así,  se  las  arregló  a  las  mil  maravillas  para  engañar  al  Inmortal  de  los  Pies Descalzos y presentarse en el Estanque de Jaspe, haciéndose pasar por él. Después dio rienda suelta a su travieso natural, dando buena cuenta de toda la comida y bebiéndose todo el vino que le apeteció. Incluso tuvo el atrevimiento de robar el elixir de Lao-Tse y de llevar a su inmunda caverna una gran cantidad de vino imperial para disfrute y esparcimiento de sus hermanos los monos. Eso hizo colmar el vaso de mi paciencia, por lo  que  decidí  enviar  a  cien  mil  soldados  con  redes  cósmicas  para  capturarle.  Sin embargo, todavía no hemos recibido ningún informe sobre el desarrollo de la batalla y mucho nos tememos que todo no ha ido para nosotros tan bien como esperábamos.
La Bodhisattva se volvió entonces hacia su discípulo Huei-An y le ordenó:
- Baja inmediatamente a la Montaña de las Flores y Frutos y entérate de cómo se encuentra  la  situación  militar  en  estos  momentos.  Si  el  enemigo  no  ha  sido  aún sometido, presta a los guerreros celestes toda la ayuda que precisen. En cualquiera de los casos, regresa en seguida a informarnos sobre cómo va todo.
Huei-An se arregló las ropas lo mejor que pudo y, montando en su nube, abandonó a toda prisa el palacio con una barra de hierro en las manos. No tardó en llegar a la montaña, donde pudo ver las redes cósmicas y un enjambre de centinelas con campanas en las manos que no dejaban de gritarse unos a otros el santo y seña. El cerco de la montaña era tan perfecto que resultaba prácticamente imposible que una simple gota de agua escapara de él. Apenas hubo puesto el pie en el suelo, Huei-An levantó la voz y dijo:
- ¡Eh, centinelas! ¿Os importaría anunciar mi llegada? Soy el Príncipe Moksa, hijo segundo de Li-Ching, conocido también por Huei-An, discípulo predilecto de Kwang- Ing de los Mares del Sur, y he venido a informarme de la situación militar.
Sin pérdida de tiempo, los centinelas de las Cinco Montañas dieron cuenta a sus superiores de su llegada, encargándose las Constelaciones de Acuario, Escorpio e Hidra de llevar directamente ese anuncio hasta el mismísimo comandante en jefe de todo el ejército. Li-Ching dio la orden de abrir un pequeño postigo en las redes cósmicas para permitir el paso a visitante tan ilustre. Estaba empezando a clarear ya por el este, cuando Huei-An pudo, por fin, postrarse en tierra ante los Cinco Devarajas. Concluidos los saludos, Li-Ching le abrazó cariñosamente y le preguntó:
- ¿Se puede saber de dónde vienes, querido hijo?
- Es muy largo de contar - contestó Huei-An -. Bastaos saber que acompañé a la Bodhisattva al Gran Festival de los Melocotones Inmortales, pero, al ver el lamentable estado en el que había sido sumido el Estanque de Jaspe, la Madre Misericordiosa fue a ver al Emperador de Jade, seguida por mí y muchos otros dioses. El Señor del Cielo le puso en seguida al tanto de lo ocurrido y le habló de vuestra expedición a las Regiones Inferiores con el fin de apresar a ese mono engreído. Sin embargo, como en el Cielo aún no se había recibido noticia alguna sobre la marcha de la misma, la Bodhisattva me pidió que viniera a indagar sobre la situación en la que se encuentran nuestras armas.
- Nada más llegar - explicó Li-Ching -, asentamos el campamento en el lugar en el que ahora nos encontramos. Los Nueve Planetas montaron en seguida un ataque, pero ese tipo desplegó todo el arsenal de sus formidables poderes mágicos y tuvieron que dar marcha atrás, totalmente derrotados. Ante eso, yo mismo me lancé a la refriega, pero también me rechazó, aunque la batalla duró hasta bien entrada la noche y él solo hubo de hacer frente a más de cien mil guerreros celestiales. Como habrás comprendido, hizo un  uso  magistral  de  esa  magia  que  llaman  de  la  división  corporal.  Cuando  nos reagrupamos, pudimos comprobar que habíamos apresado un gran número de lobos, tigres, leopardos, reptiles y animales semejantes, pero no a mono alguno. Hoy todavía no hemos reanudado las hostilidades.
No había acabado de decirlo, cuando llegó un soldado procedente de la puerta del campamento y anunció con voz temblorosa:
El Gran Sabio ha dispuesto su destacamento de monos en orden de batalla y está ahí fuera provocándonos.
El Príncipe y los Cinco Devarajas ordenaron el inmediato despliegue de las tropas. Moksa agarró entonces a su padre por la manga y dijo:
- Aunque la Bodhisattva me ordenó venir a recoger información, también me permitió que os prestara cuanta ayuda precisarais para el combate. Si bien es verdad que no tengo mucho de estratega, me gustaría ver cómo lucha ese Gran Sabio.
- Supongo que algo habrás aprendido en tantos años como llevas junto a la Bodhisattva - replicó Li-Ching -. Pero, por lo que más quieras, ¡ten cuidado! Ese monstruo es muy especial.
- No temas. No me ocurrirá nada - trató de tranquilizarle Huei-An -. A bestias más peligrosas que él me he enfrentado a lo largo de mi vida.
Impaciente por entrar en acción, agarró la barra de hierro con las dos manos, se ajustó la vestimenta, profusamente bordada, y, abandonando sus filas, gritó con voz segura:
- ¿Quién es el Gran Sabio, Sosia del Cielo?
- ¡Este viejo mono que tienes delante de las narices! - respondió Wu-Kung, arrogante -. ¿Y tú quién eres, para osar preguntarme una cosa tan obvia?
- Yo soy Moksa, el hijo segundo de Li-Ching - contestó el Príncipe -. También se me conoce por el nombre de Huei-An, ya que soy el discípulo preferido de la Bodhisattva Kwang-Ing y he dedicado mi vida a la defensa de la fe que ella representa.
- Si lo que dices es cierto - replicó el Gran Sabio -, ¿me quieres explicar por qué has abandonado tu centro de formación en los Mares del Sur para venir a verme?
- Mi Maestra quería informarse sobre la situación aquí abajo y me envió en busca de noticias frescas - respondió Moksa -. Pero, al ver que no eres más que un pobre fanfarrón, me he decidido a capturarte yo mismo y poner, así, fin a todas tus baladronadas.
- ¿Cómo te atreves a hablarme de esa forma? - exclamó el Gran Sabio -. ¿No sabes, acaso, que soy el mejor guerrero de todo el cosmos? Pero no huyas. Antes tienes que probar el sabor de mi barra de hierro.
Moksa no se alteró lo más mínimo. Levantó la suya y paró diestramente el golpe mortal que se le venía encima. Los dos resultaron ser excelentes luchadores. Lo demostraron ampliamente en el centro de la falda de la montaña, enfrente justamente de la puerta principal del campamento. Pocas veces se había visto, en verdad, una confrontación tan fiera y equilibrada. Idénticas parecían las armas, aunque el hierro en el que habían sido forjadas era totalmente diferente. Lo mismo podía decirse del carácter y rectitud moral de los hombres que las blandían. El conocido como Gran Sabio era un apóstata que había renegado de su primigenia condición de inmortal. Su oponente, por el contrario, había curtido su recto modo de ser en la escuela de la misericordiosa Kwang-Ing. No había que extrañarse, pues, de que su barra de hierro hubiera salido de la fragua de los Seis Dioses de las Tinieblas y de los Seis Dioses de la Luz, que la formaron golpeándola con mil martillos a la vez. La magia de la del Gran Sabio no le iba a la zaga, ya que había servido para marcar la profundidad del mismísimo Río Celeste. Se comprendía que  ninguna  obtuviera  una  ventaja  apreciable.  Los  encuentros  se  sucedían, interminables, y nadie lograba salir vencedor. Los golpes, constantes, fieros, rápidos como un huracán, certeros y, a la vez, inútiles, recordaban al monótono tamborilear de la lluvia. A un lado del campo de batalla las banderas y estandartes ondeaban gallardos, mientras que del otro surgía un constante oleaje de batir de tambores. Cada bando expresaba, además, su tensión de un modo totalmente distinto: el nerviosismo forzaba a los miles de soldados celestes a formar círculos, cosa que contrastaba llamativamente con las rectas hileras que constituían las legiones de monos. En ambos la excitación era, sin embargo, la misma. Sobre ellos caían con idéntica profusión el polvo feroz de la batalla. Era como una densa y oscura niebla que se fuera extendiendo por toda la tierra para ascender después hasta las mismísimas puertas del Palacio Celeste. Si fiera había sido la lucha del día anterior, más feroz y violenta fue aún la de esa mañana. ¡Qué digna de envidia resultó ser la habilidad guerrera del Rey de los Monos, que logró, por fin, derrotar a Moksa, haciéndole huir para salvar la vida!
Cincuenta o sesenta veces cruzaron sus armas sin desfallecer el Gran Sabio y Huei-An. Poco a poco, no obstante, los brazos y hombros del Príncipe fueron rindiéndose al cansancio y llegó un momento en el que no pudo seguir luchando. Comprendiendo que todo era inútil, abandonó el campo, dignamente derrotado. El Gran Sabio se volvió entonces hacia los suyos y, tras hacerlos formar en estricto orden de batalla, procedió a asegurar los accesos al interior de la caverna. Los guerreros celestes, por su parte, se hicieron  a  un  lado  para  dejar  pasar  al  príncipe,  que,  sudoroso  y  jadeante,  fue  al encuentro de los Cuatro Devarajas, de su padre Li-Ching y del Príncipe Nata, para decirles con voz entrecortada por el cansancio:
- ¡Ese Gran Sabio es un auténtico maestro! El poder de su magia es, ciertamente, incalculable. Lamento no haber podido derrotarle, aunque sé que ser batido por un enemigo superior nunca debe resultar vergonzoso.
Vivamente impresionado por el aspecto que ofrecía su hijo, Li-Ching escribió una carta al emperador solicitando refuerzos, que confió al Príncipe Moksa y al Rey Demonio Mahabali. Ninguno de los dos quiso demorar su partida hacia el Cielo. Hicieron un pequeño orificio en las redes cósmicas y, tras montarse en la nube sagrada, iniciaron a toda prisa el viaje de vuelta. No tardaron en llegar al Salón de la Luz Perfecta, donde se encontraron con los Cuatro Preceptores, que, sin pérdida de tiempo, los condujeron directamente a la Sala del Tesoro de la Niebla Divina. Tras los saludos de rigor, le preguntó la Bodhisattva:
- ¿Has podido averiguar algo sobre la situación de nuestras tropas?
- Obedeciendo vuestros deseos - respondió Huei-An -, descendí a la Montaña de las Flores y Frutos, donde, tras lograr penetrar en las redes cósmicas, solicité ser conducido a presencia de mi padre, a quien oportunamente informé de vuestras intenciones al enviarme allí. Inmediatamente me puso al tanto de todo, diciendo: "Durante todo el día de ayer estuvimos luchando con ese Rey de los Monos. Cuando al caer la tarde nos reagrupamos, pudimos comprobar que habíamos apresado un gran número de lobos, tigres, leopardos, reptiles y animales semejantes, pero no a mono alguno". No había terminado de decirlo, cuando fuimos informados de que ese monstruo exigía, de nuevo, entrar en combate. Ni corto ni perezoso, cogí mi barra de hierro y salí a enfrentarme con él. Hasta cincuenta o sesenta veces llegamos a cruzar nuestras armas, pero, al final, no pude dominarle y hube de regresar al campamento, derrotado. Eso ha movido a mi padre a enviarnos al Rey Demonio Mahabali y a mí en busca de ayuda.
La Bodhisattva no hizo ningún comentario, limitándose a sacudir ligeramente la cabeza y a sopesar la gravedad de la situación. El Emperador de Jade, por su parte, terminó de leer el escrito de Li-Ching y, soltando la carcajada, exclamó, despectivo:
- ¡Es ridículo solicitar nuevos refuerzos! ¿Qué tiene de especial ese mono, para que cien mil soldados celestes sean incapaces de vencerle? No me cabe en la cabeza que Li- Ching pida más tropas para poder cumplir su misión. ¿Quiere alguien decirme qué batallón podemos enviarle?
- No le deis más vueltas a la cabeza - dijo Kwang-Ing con las manos dobladas sobre el pecho, apenas hubo terminado de hablar -. Creo que puedo recomendaros a un dios, que, con toda seguridad, dominará a ese mono.
-  ¿Se  puede  saber  en  quién  estáis  pensando?  -  preguntó  el  Emperador  de  Jade, escéptico.
- En vuestro propio sobrino, majestad - contestó la Bodhisattva -, en Er-Lang [2], el Maestro Inmortal de la Sagacidad Absoluta, que, como bien sabéis, ha fijado su residencia en el nacimiento del Río de las Libaciones, en la Prefectura de Kwang, donde goza a manos llenas de las ofrendas que le hacen los moradores de las Regiones Inferiores. No necesito recordaros que antaño mató él solo a seis monstruos y que actualmente es el Presidente de la Hermandad de la Montaña de los Ciruelos, así como señor de más de mil doscientos dioses con cabeza de planta, cuyos poderes mágicos son incalculables. No obstante, ese inmortal es un tanto orgulloso y sólo se decidirá a capturar a ese monstruo, si, de una manera individualizada, le enviáis la orden de presentarse con sus tropas en la escena de la batalla. Si así lo hacéis, tened por seguro que terminará abatiendo a vuestro enemigo.
El Emperador de Jade redactó a toda prisa la orden, que confió al Rey Demonio Mahabali para que se la hiciera llegar cuanto antes a su destinatario. Mahabali montó en su nube y se dirigió hacia el nacimiento del Río de las Libaciones. Le llevó poco menos de media hora alcanzar el lugar en el que habitaba el Maestro Inmortal. Al verle acercarse, los demonios que guardaban las puertas de la mansión corrieron a informar a su señor, diciendo:
- Acaba de llegar un mensajero con un escrito del emperador para vos.
Er-Lang  y  sus  hermanos  abandonaron  al  punto  sus  asientos  y  salieron  a  recibir  a Mahabali, quien les entregó una carta del Señor del Cielo, en la que se decía:
El Gran Sabio, Sosia del Cielo, un mono procedente de la Montaña de la Flores y Frutos, se ha declarado en abierta rebeldía. Al robar el elixir, hartarse de melocotones y emborracharse con el vino imperial, esa bestia ha impedido la celebración del Gran Festival de los Melocotones Inmortales. Por ese motivo, hemos enviado contra él cien mil soldados celestes con dieciocho redes cósmicas y la orden expresa de cercar su montaña y apresarle, pero hasta este momento presente la victoria no ha sido todavía asegurada. Por medio de la presente, pedimos, pues, a nuestro muy digno sobrino y a sus hermanos que se desplacen cuanto antes a la Montaña de las Flores y Frutos y con su aportación contribuyan a la definitiva derrota de ese monstruo. En caso de que el éxito sonría vuestros esfuerzos, seréis ascendidos y recompensados con generosidad. Visiblemente complacido, el Maestro Inmortal se volvió hacia el Rey Demonio y le dijo:
- Regresa cuanto antes a palacio e informa a tu señor de que puede contar en esta empresa con mi humilde aportación.
Después hizo llamar a los seis miembros de la Hermandad de la Montaña de los Ciruelos - los cuatro mariscales Kang, Chang, Yao y Li, y los dos generales Kuo-Shen y Chr-Chien - y les dijo, una vez que hubieron tomado asiento:
- El Emperador de Jade ha decidido enviarnos a la Montaña de las Flores y Frutos a detener a un mono rebelde. No perdamos, pues, ni un solo minuto y dirijámonos allí cuanto antes.
Diligentes como siempre, los hermanados convocaron a sus soldados, sacaron los halcones y las traíllas de perros, cogieron los arcos y las flechas, que siempre tenían a punto, y, montándose en un viento huracanado, cruzaron en un abrir y cerrar de ojos el Océano Oriental. Al llegar a la Montaña de las Flores y Frutos, se toparon con las redes cósmicas y gritaron a los guardias:
- Hemos sido enviados por el Emperador de Jade a capturar al mono rebelde. Abridnos, pues, la puerta del campamento y dejadnos pasar.
Los guardianes transmitieron el mensaje a sus superiores hasta llegar a oídos de los Cinco Devarajas, que salieron a recibirlos a los mismísimos lindes del campo. Tras intercambiar los saludos de rigor, indagaron cuanto pudieron sobre la situación militar, encargándose Li-Ching de ofrecerles un cuadro más o menos completo de la misma.
- Ahora que yo, el Pequeño Sabio, me encuentro entre vosotros - dijo, socarrón, el Maestro Inmortal -, voy a iniciar una carrera de transformaciones con nuestro rebelde enemigo. Ustedes, caballeros, deben mantener la red bien sujeta por todas partes, menos por su sección superior, que ha de quedar totalmente al descubierto. No se preocupen por mí. Si soy derrotado, no es necesario que acudan en mi ayuda, ya que de eso se encargarán mis propios hermanos. De la misma manera, si la suerte me sonríe y termino ganando, serán también ellos quienes asuman la responsabilidad de atar a la bestia. Lo único que preciso es que el Devaraja Li-Ching se mantenga en el aire a media altura con el espejo de reflejar monstruos. Es de esperarse que, si nuestro mono es derrotado, trate de huir a algún lugar muy alejado de aquí. Es preciso, por tanto, que su imagen quede reflejada con toda claridad en el espejo; de esta forma, no le perderé de vista.
Los devarajas ocuparon entonces los cuatro puntos cardinales, mientras todos los guerreros celestes se alinearon siguiendo formaciones previamente establecidas. A la cabeza de sus hermanos los cuatro mariscales y los dos generales, el Maestro Inmortal abandonó sus filas y se puso a increpar al Gran Sabio. Previamente había ordenado al resto de su ejército extremar la vigilancia sobre el campamento, encareciendo muy especialmente a los dioses con cabeza de planta que tuvieran preparados los halcones y los perros. Una vez asegurados esos extremos, el Maestro Inmortal se dirigió a la parte delantera de la Caverna de la Cortina de Agua, donde vio un destacamento de monos dispuestos de tal forma que daban la impresión de ser un dragón enroscado. Justamente en su parte central se levantaba, orgulloso, el estandarte con el lema: "El Gran Sabio, Sosia del Cielo".
- ¡Qué monstruo más engreído! - exclamó el Maestro Inmortal, al verlo -. ¿Cómo habrá podido atreverse a otorgarse a sí mismo el título de Sosia del Cielo?
- Déjate ahora de eso - le aconsejaron los seis miembros de la Hermandad de la Montaña de los Ciruelos -. No hay tiempo para la alabanza o el reproche. Es hora ya de que nos enfrentemos a ese mono.
Cuando los monos vieron al Maestro Inmortal delante justamente de su campamento, corrieron a avisar a su señor. Sin pérdida de tiempo, el Rey de los Monos echó mano de la barra de hierro, se ajustó la coraza de oro, se calzó las botas de andar por las nubes y, tras colocarse en la cabeza el yelmo de oro, dio un tremendo salto que le llevó fuera de su propio campamento. Desconcertado ante la finura de sus rasgos y la elegancia de su vestimenta, Wu-Kung no podía apartar los oíos de su nuevo adversario. Se trataba, en efecto, de un hombre de semblante comedido y gentil, cuyas orejas le llegaban hasta los hombros y cuyos ojos, siempre alerta, emanaban una luz cegadora. Su cabeza aparecía protegida por un yelmo de tres fénix volando a diferente altura, que resaltaba la palidez amarillenta de su ropaje. Calzaba unas botas hechas a base de tiras de oro, que no desdecían en nada de sus medias de dragones enroscados. Ocho emblemas [3], apretados como ramos de flores, adornaban su cinturón de jade. Llevaba colgando de la cintura una ballesta que recordaba la graciosa curvatura de la luna nueva, y en las manos portaba una lanza de doble filo muy semejante a un tridente. Tales eran las armas de un hombre, que, de un solo tajo, hendió la Montaña de los Melocotones para salvar a su madre, - que, con un solo proyectil, derribó dos fénix de Dhzung-Le; que, con su ingenio, mató a ocho monstruos, engrandeciendo la ola expandente de su fama; y que, cultivador fiel de la amistad, creó la Hermandad de los Siete Sabios de la Montaña de los Ciruelos. Poseía una mente tan profunda que en nada consideraba ser un pariente directo del Cielo. De hecho, su orgulloso e independiente natural le llevó a fijar su residencia a orillas del Río de las Libaciones. Así era el magnánimo y comprensivo Sabio de la Ciudad de Chr [4], maestro en el difícil arte de las mutaciones, un inmortal al que todos conocían por el nombre de Er-Lang.
Cuando el Gran Sabio le vio, agarró con fuerza la barra de hierro y gritó, despectivo:
- ¿Qué guerrerucho eres tú y de dónde vienes, para que te atrevas, sin más, a retarme?
- Se nota que, ciertamente, tienes ojos, pero que los usas muy poco - replicó el Maestro Inmortal -. ¿Cómo es posible que no me hayas reconocido? Soy Er-Lang, sobrino del Emperador de Jade y Rey de los Espíritus Ilustres por nombramiento directo de su majestad.  De  él  he  recibido  también  la  orden  de  venir  a  detenerte,  maldito  mono rebelde. ¿No percibes la proximidad de tu fin?
- Recuerdo que hace años - comentó el Gran Sabio, despectivo - la hermana del Emperador de Jade se enamoró de un mortal llamado Yang, con el que después se casó y al que al poco tiempo dio un hijo varón. ¿Quieres decir que eres tú el joven del que se cuenta que partió en dos la Montaña de los Melocotones con la única ayuda de su hacha? Ciertamente me gustaría medir mis fuerzas contigo, pero no tengo nada contra ti. Podría destruirte ahora mismo con mi barra de hierro, sin embargo, voy a ser generoso contigo y perdonarte la vida. Es vergonzoso arrojar al campo de batalla a una persona tan joven como tú. ¿Por qué no dices a los Cuatro Grandes Devarajas que salgan a dar la cara ellos?
- ¡Maldito mono! - exclamó el Maestro Inmortal, herido en su amor propio. ¿Cómo te atreves a ser tan insolente? ¡Prueba el sabor de mi acero! - y lanzó, de improviso, un terrible tajo de su lanza, que el Gran Sabio detuvo, levantando oportunamente la barra de hierro.
La lucha en la que los dos se enfrascaron fue digna de auténticos campeones. Er-Lang, el dios de la Ilustre Gentileza, gallardo y de elevado espíritu, desafió al Hermoso Rey de los Monos, el Gran Sabio Sosia del Cielo, tan valiente que a nadie temía y a todos estaba dispuesto a enfrentarse. Tan pronto como se vieron, sintieron el ardiente deseo de medir sus hercúleas fuerzas. Ambos ignoraban quién era el mejor guerrero, pero aquel día iba a brindarles, por fin, la oportunidad de descubrir quién era el más fuerte y quién el más débil. Sus armas entrechocaron a derecha y a izquierda, arriba y abajo, sin descanso ni tregua. La barra de hierro parecía un dragón volador, mientras que la lanza recordaba a los movimientos de un fénix. A un lado se habían colocado, animosos, los Seis Hermanos de la Montaña de los Ciruelos, mientras el otro lo ocupaban los Cuatro Generales. Ambos grupos agitaban sin cesar sus estandartes y banderas entre el batir de los tambores, el sonido de los gongs y los gritos de ánimo. Las dos armas, mientras tanto, buscaban penetrar en la carne del contrario, pero se lo impedían sus continuas fintas y rechazo. ¿Qué otra cosa podía esperarse de piezas tan maravillosas como la barra de hierro de los extremos de oro, portento de los mares, capaz de metamorfosearse y  de  volar  hasta  las  mismísimas  cumbres  de  la  victoria?  Un  solo  descuido  podía conducir a la muerte y hacer que la suerte se disolviera, como la niebla, para siempre. Más de trescientas veces seguidas midieron sus armas el Maestro Inmortal y el Gran Sabio, sin que la victoria se inclinara por ninguno de los dos bandos. El inmortal consideró, por tanto, llegado el momento hacer uso de sus poderes mágicos y, con una simple sacudida del cuerpo, se convirtió en un gigante de más de cien mil pies de altura Al  mismo  tiempo,  su  rostro  adquirió  una  extraña  coloración  verde,  sus  dientes  se hicieron tan afilados como sables y toda su figura, incluido el cabello, se tornó de un color rojo oscuro. Blandiendo con ambas manos la lanza de los dos cortes y las tres puntas, lanzó un tremendo golpe contra la cabeza del Gran Sabio, pero éste, haciendo también uso de su poderosa magia, se transformó en una figura tan alta y con los mismos rasgos que la de Er-Lang. La barra de hierro experimentó un cambio parecido, adquiriendo un tamaño tan grande que parecía la columna del Monte Kwen-Lun, sobre la que se asientan los cielos. Sólo así podía hacer frente a los mandobles del inmortal. Tan inesperada visión produjo tal espanto en los mariscales Ma y Liu que no pudieron seguir sosteniendo en sus manos los estandartes. Lo mismo les ocurrió a los generales Peng y Pa, quienes parecieron olvidarse, de pronto, de cómo usar la cimitarra y la espada. Viendo que la situación se estaba volviendo complicada para su hermano, Kang, Chang, Yao, Li, Kuo-Shen y Chr-Chien ordenaron a los dioses con la cabeza de planta que soltaran a los halcones y a los perros y los lanzaran contra los monos que protegían la Caverna de la Cortina de Agua con arcos y flechas. El ataque resultó tan efectivo que los cuatro comandantes de los monos huyeron en desbandada, cayendo prisioneros entre dos y tres mil monos, que, en la confusión, abandonaron sus escudos, tiraron sus lanzas y arrojaron al suelo sus espadas. Después, sin dejar de correr ni gritar, algunos trataron de escapar montaña arriba, mientras otros buscaron refugio en el interior de la caverna. Era como si un gato salvaje hubiera caído por la noche en un nido de pájaros y todos se hubieran elevado hacia las estrellas, llenando el cielo del oscuro batir de sus alas. La Hermandad de la Montaña de los Ciruelos obtuvo, así, una victoria total y completa.
Al ver el Gran Sabio la lamentable suerte que habían corrido sus monos, sintió que una profunda tristeza se abatía sobre su corazón y el valor fue, poco a poco, abandonándole. Sin ánimos para continuar la lucha, recobró su forma normal y, dándose la vuelta, huyó, arrastrando la pesada barra de hierro. Al verlo, el Maestro Inmortal le persiguió a grandes zancadas, sin dejar de gritar:
- ¿Adonde vas, cobarde? Si te rindes ahora, te será perdonada la vida.
Pero el Gran Sabio, lejos de detenerse a reanudar la lucha, corrió lo  rápido que pudo. Cerca de la entrada de la cueva se topó con los mariscales Kang, Chang, Yao y Li, y con los generales Kuo-Shen y Chr-Chien, que estaban precisamente tratando de cortarle la retirada y le gritaron:
- ¿Adonde crees que vas, mono maldito?
Comprendiendo la gravedad de su situación, el Gran Sabio redujo la barra de hierro al tamaño de una aguja de bordar y se la escondió en un oído. Después, con un breve estremecimiento del cuerpo, se convirtió en un pequeño gorrión, que fue a esconderse a la rama más alta de un árbol. Desconcertados, los seis hermanos le buscaron por todas partes, pero no pudieron encontrarle.
- ¡Hemos perdido al monstruo! - repetían con visible nerviosismo -. ¡Hemos perdido al monstruo!
Cuando más agitados parecían, se les acercó el Maestro Inmortal y les preguntó:
- ¿En qué punto concreto le habéis perdido de vista?
- Aquí mismo - contestaron ellos -. Le teníamos acorralado y de pronto desapareció.
Er-Lang abrió cuanto pudo su ojo de fénix [5] e inspeccionó con cuidado el lugar. De esta forma, no tardó en descubrir que el Gran Sabio se había convertido en un gorrión y se hallaba posado en la rama más alta de un árbol. En un abrir y cerrar de ojos recobró su forma habitual y se desprendió del peso de su ballesta. Pero todavía no había tocado ésta el suelo, cuando se convirtió en un halcón con las alas extendidas, presto a caer sobre su presa. El Gran Sabio sacudió entonces su plumaje y se transformó en un cormorán, que se elevó con rapidez hacia la altura. En cuanto Er-Lang lo vio, batió con fuerza sus alas y se metamorfoseó en una gaviota gigantesca, capaz de adentrarse en las nubes y capturar con el pico todo cuanto en ellas se escondiera. El Gran Sabio se vio obligado, pues, a descender y, tras mutarse en un pececillo, se dejó caer en un arroyuelo. Er-Lang se llegó en seguida hasta el borde del agua, pero no pudo descubrir ni su sombra y se dijo:
- Por fuerza ese mono ha tenido que meterse en el agua y transformarse en un pez, una gamba o algo por el estilo. Así que lo mejor que puedo hacer es cambiar yo mismo de apariencia.
Y, ni corto ni perezoso, tomó la forma de un halcón pescador, que batió con fuerza las aguas que discurrían río abajo. Ajeno a ese nuevo cambio, el Gran Sabio se dejó, mientras tanto, arrastrar por la corriente. Pero, al alzar de pronto la vista, vio a un pájaro que parecía cometa verde - aunque sus plumas no eran del todo verdes -, recordaba por su tamaño a una garceta - aunque su plumaje era, más bien ralo - y se asemejaba a una grulla vieja - aunque sus patas carecían de la tonalidad roja de las de esos animales.
Ése debe de ser Er-Lang, que anda buscándome - se dijo, y al instante se dio media vuelta, nadando en dirección contraria.
Pero, al hacerlo, dejó escapar unas cuantas burbujas, que no pasaron desapercibidas para el Maestro Inmortal, quien pensó:
- Ese pez parece una carpa, aunque su cola no es roja, se asemeja a una perca, aunque sus escamas no forman figura alguna, recuerda a una anguila, aunque en la cabeza no tiene ninguna estrella, y es idéntico a una brema, aunque sus agallas carecen totalmente de cerdas. ¿Por qué ha tratado, además, de escaparse, en cuanto me ha visto? ¡Sin duda es el mono rebelde! - y se zambulló en el agua, intentando agarrarle con el pico.
Pero el Gran Sabio logró esquivarle a tiempo y se transformó en una serpiente de agua, que nadó rápidamente hacia la orilla, perdiéndose al punto entre la alta hierba que allí crecía. Cuando Er-Lang comprobó que todos sus esfuerzos habían resultado en vano y que una serpiente salía precipitadamente de las aguas, dedujo sin lugar a dudas que el Gran Sabio había vuelto a metamorfosearse. Se volvió lo más rápidamente que pudo y se convirtió en una grulla gris con la cabeza roja, que trató de devorar a la serpiente con las aceradas pinzas de su pico. Una vez más, el Gran Sabio logró conjurar el peligro, transformándose en una avutarda moteada, que se quedó estúpidamente quieta en las turbias aguas de la orilla. Cuando Er-Lang vio que el mono había tomado la forma de un animal tan vulgar - de todos es conocido que las avutardas moteadas ocupan el rango más ínfimo dentro del mundo de las aves y que su promiscuidad es tan notoria que no dudan en aparearse indiscriminadamente con fénix, halcones y grajos -, se negó a acercarse a él. Volvió a asumir la figura que le era habitual, tensó cuanto pudo su arco y lanzó un proyectil contra el pájaro, que salió despedido por los aires.
Pero hasta de una situación tan comprometida como ésa sacó provecho el Gran Sabio. Mientras caía rodando colina abajo, se las arregló para metamorfosearse una vez más, convirtiéndose en esta ocasión en un pequeño templo dedicado a la deidad local. Su boca, abierta del todo, se transformó en el pórtico, sus dientes en las puertas, su lengua en la imagen del Bodhisattva y sus ojos en las ventanas El rabo le planteó, sin embargo, un serio problema, que solucionó poniéndolo erecto y convirtiéndolo en un mástil. El Maestro Inmortal mientras tanto, se lanzó en su persecución montaña abajo, pero, en vez de la avutarda que acababa de abatir, se encontró sólo con un pequeño templo. Desconcertado, abrió cuanto pudo su ojo de fénix y lo analizó detenidamente. Nada parecía  anormal.  Todo  se  ajustaba  a  la  perfección  a  ese  tipo  de  construcciones religiosas. Pero, al ver el mástil que se alzaba en la parte posterior, soltó la carcajada y se dijo:
- Es el mono. No me cabe la menor duda. De nuevo está tratando de engañarme, el muy embaucador. He visto muchos templos a lo largo de mi vida, pero jamás me he topado con ninguno que tuviera un mástil en esa parte, de lo que deduzco que debe de tratarse de un nuevo truco de ese animal. ¿Para qué arriesgarme a entrar en su interior y dejar que me triture, una vez que me halle dentro? Lo que debo hacer es destruir sus ventanas con los puños y derribar todas sus puertas de una patada.
Al oír eso, el Gran Sabio se puso muy nervioso y exclamó:
- ¡Qué bruto estás hecho! ¿No comprendes que las puertas son mis dientes y las ventanas mis ojos? ¿Quieres explicarme qué es lo que voy a hacer, cuando los hayas reducido a añicos? - y, dando un gran salto, volvió a perderse de nuevo en la altura.
El Maestro Inmortal levantó la cabeza, tratando de dar con él, pero todo resultó inútil. En esto, llegaron hasta donde él estaba los cuatro mariscales y los dos generales y le preguntaron:
- ¿Has atrapado ya al Gran Sabio, hermano?
- Hace un momento ese mono rebelde trató de engañarme, convirtiéndose en un templo -  contestó,  sonriendo,  el  Maestro  Inmortal  -.  Cuando  me  disponía  a  destrozar  las ventanas y derribar la puerta de una patada, dio un salto y desapareció de mi vista. Todo esto está resultando un poco extraño. ¿No os parece?
Los recién llegados se unieron a la búsqueda, pero tampoco ellos pudieron encontrar el menor rastro del desaparecido.
- Vosotros quedaos aquí vigilando - les sugirió el Maestro Inmortal -, mientras yo voy allí arriba a buscarle.
Se montó en una de las nubes y se elevó hacia lo alto. A medio camino entre la tierra y el cielo se topó con Li-Ching y Nata, que sostenían el espejo de reflejar monstruos y les preguntó:
- ¿Habéis visto al Rey de los Monos?
- No ha subido hasta aquí - contestó el Devaraja -. Te lo aseguro. He estado mirando todo el rato el espejo.
Después de hablarles del extraño duelo de metamorfosis que habían tenido y de la captura del resto de los monos, el Maestro Inmortal concluyó:
Por último, se convirtió en un templo, pero se escapó cuando estaba justamente a punto de atraparle.
Li-Ching volvió a girar el espejo y, tras mirar en él con detenimiento, urgió al inmortal, diciendo:
- ¡Rápido, Maestro! Daos prisa. Valiéndose de sus poderes de invisibilidad, el mono ha logrado romper el cerco y se dirige a la desembocadura del Río de las Libaciones.
El Gran Sabio, en efecto, no tardó en llegar a ese punto y, con una leve sacudida del cuerpo, se convirtió en el propio Er-Lang. De esta guisa, bajó de la nube y se dirigió directamente al santuario. Los demonios que lo atendían no notaron ninguna diferencia con el auténtico Er-Lang y le dejaron el paso franco. Todos ellos, de hecho, se echaron rostro en tierra y golpearon repetidamente el suelo con la frente en señal de bienvenida. Con su desenvoltura habitual se sentó en el trono y empezó a examinar las diferentes ofrendas: tres clases distintas de carne presentadas por Li - Hu, el sacrificio votivo ofrecido por Chang-Lung, la petición de un hijo hecha por Chao - Chia y la súplica de curación dirigida por Chien - Ping. Mientras estaba inspeccionándolas, llegó alguien e informó, sobresaltado:
- ¡Acaba de llegar otro Santo Padre!
Presos del pánico, todos los demonios corrieron a ver si era verdad. Sin dejar de sonreír, el Maestro Inmortal les preguntó:
- ¿Ha venido aquí ese rebelde que se hace llamar el Gran Sabio, Sosia del Cielo?
- No hemos visto a ningún gran sabio - respondieron los démonos, desconcertados -. Lo único que podemos decir es que ahí dentro hay otro Santo Padre, examinando las ofrendas.
El Maestro Inmortal se precipitó hacia el interior. Al verle aparecer, el Gran Sabio adquirió su forma habitual y dijo con pasmosa tranquilidad:
- Es inútil que os sigáis molestando. Ahora éste se llama el Templo de Sun Wu-Kung.
Sin hacer el más mínimo comentario, alzó la lanza de los dos cortes y las tres puntas y descargó un tremendo golpe, que el Rey de los Monos esquivó oportunamente, al tiempo que sacaba de la oreja la diminuta aguja de bordar que había sido su barra de hierro. Con una simple sacudida, adquirió, una vez más, el grosor de un cuenco de arroz. Wu-Kung la asió con firmeza y, de nuevo, volvió a enzarzarse con Er-Lang en un terrible cuerpo a cuerpo. El combate comenzó justamente en la misma puerta del templo y continuó por nubes y neblinas hasta alcanzar la Montaña de las Flores y Frutos. Los contendientes no dejaron de intercambiarse golpes e insultos durante todo el trayecto. Los  Cuatro  Devarajas  se  sintieron  tan  sorprendidos  por  su  súbita  aparición  que inmediatamente  se  pusieron  en  guardia.  No  pasó  mucho  tiempo  antes  de  que  los mariscales unieran sus fuerzas a las del Maestro Inmortal en su intento por cercar al Hermoso Rey de los Monos, gesta de la que, por el momento, no hablaremos más aquí. Sí lo haremos, sin embargo, del demonio Mahabali, quien, tras solicitar al Maestro Inmortal y a sus Seis Hermanos que se hicieran cargo de la ingrata tarea de dominar al monstruo  rebelde,  regresó  a  la  Región  Superior  a  informar  del  resultado  de  sus gestiones. El Emperador de Jade estaba hablando en el Salón del Tesoro de la Niebla Divina  con  la  Bodhisattva  Kwang-Ing,  la  Reina  Madre  y  un  nutrido  grupo  de funcionarios y, sin poder contener el nerviosismo, preguntó, muy excitado:
- Si, como afirmáis, Er-Lang ha entrado ya en combate, ¿cómo es posible que no hayamos recibido todavía ningún informe más?
- Si me permitís invitaros, a vos y al Patriarca del Tao, a asomaros a la Puerta Sur - contestó Kwang-Ing con las manos dobladas sobre el pecho, tratando de tranquilizarle, podréis ver por vos mismo cómo van las cosas.
- Excelente sugerencia - exclamó, complacido, el Emperador de Jade.
Hizo traer la carroza imperial y, en compañía del Patriarca, de Kwang-Ing, de la Reina Madre y de un número considerable de funcionarios, se dirigió a la Puerta Sur, donde fue recibido con sumo respeto por los soldados y guardianes allí estacionados. Tras abrir la verja, comenzaron impacientes a otear la distancia, logrando ver, con las limitaciones impuestas por las circunstancias, las redes cósmicas, de las que los soldados tiraban con fuerza y que cubrían todo el campo visual, al Devaraja Li-Ching y al Príncipe Nata, que sostenían a media altura el espejo de reflejar monstruos, y al Maestro Inmortal y a sus hermanos, que trataban de acorralar al Gran Sabio en medio de una lucha salvaje. La Bodhisattva se volvió hacia Lao-Tse y le preguntó:
- ¿Qué opináis de mi recomendado Er-Lang? Personalmente tengo la certeza de que es lo suficientemente fuerte para reducir al Gran Sabio y que, tarde o temprano, terminará capturándole. Sin embargo, creo que es obligación mía ayudarle a conseguir la victoria y asegurarnos, así, de que el enemigo sea tomado prisionero.
- ¿Cómo pensáis hacerlo y de qué arma vais a serviros para conseguirlo? - preguntó, a su vez, Lao-Tse.
- Muy sencillo - contestó la Bodhisattva -. Dejaré caer el florero inmaculado que uso para sostener mi ramita de sauce y, cuando le pegue al mono ese, seguro que le derriba, si es que no termina con él. De esta forma, Er-Lang, el Pequeño Sabio, no tendrá ninguna dificultad en capturarle.
- ¿Habéis considerado que vuestro florero es de porcelana? - replicó Lao-Tse -. Lo que decís está muy bien, si le pega en la cabeza. Pero ¿qué pasará si cae sobre la barra de hierro? ¿No se hará, acaso, añicos? Opino que lo mejor es que no hagáis nada y me permitáis a mí ayudarle a vencer.
- ¿Poseéis vos un arma? - exclamó, sorprendida, la Bodhisattva.
- Por supuesto que sí - contestó Lao-Tse y, tras arremangarse la manga izquierda, se quitó un brazal y añadió -. Esta arma está hecha de acero rojo y fue confeccionada mientras fabricaba el elixir, por lo que está totalmente cargada de fuerzas telúricas. Puede transformarse en lo que uno quiera, es totalmente resistente a la acción del fuego o el agua y posee la capacidad de entrar en el misterio de muchas cosas. Se llama, de hecho, cortador o atrapador de diamantes. El año que traspuse el Paso de Han-Ku, me fue de muchísima ayuda para lograr la conversión de los bárbaros, ya que día y noche fue prácticamente mi único guardaespaldas. Si me permitís, lo tiraré ahora mismo y golpearé con él a esa bestia.
Apenas hubo acabado de decirlo, Lao-Tse dejó caer el brazal, que fue dando tumbos por las nubes, hasta ir a parar al mismísimo campo de batalla de la Montaña de las Flores y Frutos, concretamente en la cabeza del Gran Sabio. El Rey de los Monos estaba enfrascado en una lucha feroz con los Siete Sabios y no se dio cuenta en absoluto de que había caído algo del cielo y le había golpeado justamente en la coronilla. Sin embargo, de pronto se sintió incapaz de seguir manteniéndose en pie, y cayó al suelo, como si hubiera tropezado con algo. Aun así se las arregló para ponerse de pie y se disponía ya a emprender la huida, cuando el perrillo del Santo Padre Er-Lang se abalanzó sobre él y le mordió en la pantorrilla. De esta forma, fue derribado por segunda vez y se quedó tumbado en el suelo, sin dejar de maldecir e insultar, diciendo:
- ¡Maldita bestia! ¿Por qué no vas a lamer a tu dueño, en vez de venir a morderme a mí?
Se dio unas cuantas vueltas y de nuevo trató de levantarse, pero los Siete Sabios se lanzaron sobre él y le sujetaron con fuerza. Le ataron a toda prisa y, con la ayuda de un cuchillo, le rompieron el esternón, evitando, así, que pudiera seguir metamorfoseándose. Lao-Tse recuperó su atrapador de diamantes y pidió al Emperador de Jade que volviera al Salón de la Niebla Divina en compañía de Kwang-Ing, la Reina Madre y el resto de los inmortales. En la Región Inferior, mientras tanto, los Cinco Grandes Devas replegaron las tropas, levantaron el campamento y corrieron a felicitar a Er-Lang, diciendo:
- Vuestro logro ha sido, en verdad, magnífico, Pequeño Sabio.
- ¿Qué es lo que he conseguido, en definitiva? - replicó Er-Lang -. Esta victoria jamás hubiera sido obtenida sin vuestra colaboración. Lo más importante, de todas formas, es que la autoridad imperial ha quedado definitivamente restablecida.
- No hay nada más que decir - dijeron casi a coro Kang, Chang, Yao y Li -. Lo que ahora tenemos que hacer es llevar a este tipo ante el Emperador de Jade a ver qué es lo que decide.
- Me temo, mis respetables hermanos - contestó el Maestro Inmortal -, que puesto que carecéis de título, no podréis entrevistaros con el Emperador de Jade. Entregádselo a los guardias celestes y que se encarguen de hacerlo ellos. Yo voy a ir con los Devarajas a las Regiones Superiores a redactar un informe. Mientras tanto, vosotros podéis registrar minuciosamente toda la montaña. En cuanto la hayáis limpiado de monstruos, regresad al Río de las Libaciones. Me uniré con vosotros para celebrarlo, tan pronto como haya dado cuenta de nuestra hazaña y haya recibido la oportuna recompensa.
Los cuatro mariscales y los dos generales aceptaron, sin rechistar, su plan. El Maestro Inmortal montó entonces en la nube con los otros dioses y juntos iniciaron su triunfal viaje de vuelta al cielo. En todo el camino no dejaron de sonar canciones de victoria. En cuanto pusieron el pie en el patio exterior del Salón de la Luz Perfecta, uno de los preceptores celestes fue corriendo a anunciar su llegada al Emperador, diciendo:
- Los Cuatro Grandes Devarajas que han logrado capturar al Gran Sabio, Sosia del Cielo, esperan impacientes las órdenes de vuestra majestad.
El Emperador de Jade determinó que el prisionero fuera llevado por el demonio Mahabali y los guardias celestes al barracón de ejecutar monstruos, donde debía ser descuartizado y posteriormente cortado en trocitos. Tal era el castigo que la ley divina determinaba  para  los  embusteros  y  los  rebeldes.  ¡Con  qué  rapidez  se  esfuman  las hazañas de los héroes!
No sabemos qué le ocurrió al Rey de los Monos. Quien desee averiguarlo tendrá que escuchar lo que se dice en el próximo capítulo.

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[1]La Montaña Potalaka se halla situada en el sureste de Malakuta. Su equivalente chino es el Monte Pu-Tou, que se alza al este de la ciudad de Ning-po, Zhejiang, y constituye el centro del culto a la Bodhisattva Kwang-Ing.

[2]Er-Lang ha sido identificado, según diferentes autores, con Zhao-Yü, personaje de la dinastía Suei, Li-Ping, supuesto inmortal originario de Sze-chuan, y Yang-Chien, ser de ficción que aparece en la novela La Investidura de los Dioses. Todos ellos poseían en común un magistral manejo de las armas y un profundo conocimiento de las artes
mágicas.

[3]Los ocho emblemas pueden tener un origen bien taoísta, bien budista. En el primer caso harían referencia a los objetos mágicos portados por los Ocho Inmortales: la espada, el abanico, la cesta de flores, la flor de loto, la flauta, la calabaza, la sonaja y el instrumento musical. En el segundo se referirían a los ocho signos de buena suerte que poseía Buda en la planta del pie y que se correspondían con cada uno de sus órganos: la rueda, la concha, el parasol, el dosel, la flor de loto, la tinaja, los dos peces y los signos místicos.

[4]Aunque se han propuesto varias localizaciones para la ciudad de Chr, lo más probable es que se hallara enclavada en Kuan-Zhou, Szechuan, ya que de ahí provenía precisamente el culto a Er-Lang.

[5]De Er-Lang se afirmaba que poseía en medio de la frente un tercer ojo, dotado de una extraordinaria capacidad de percepción de lo mágico.