Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

Al robar el elixir, el Gran Sabio entorpece la celebración del Festival del Melocotón. Muchos dioses tratan de atrapar al monstruo rebelde del cielo.


A pesar de su elevada posición, el Gran Sabio no dejaba de ser un mono salvaje. Para él no tenía sentido alguno el grado que pudiera ocupar su rimbombante título ni la cuantía a la que ascendía su asignación oficial. Se daba por contento con que su nombre estuviera inscrito simplemente en el Libro de los Altos Cargos Imperiales. En su residencia oficial no carecía absolutamente de nada, gozando a manos llenas del regalo con que le trataban sus subordinados y criados. Sus únicas preocupaciones consistían en comer tres veces al día y en dormir profundamente por la noche. Como carecía de deberes y responsabilidades, pasaba el tiempo visitando a sus amigos en sus espléndidos palacetes, abriendo continuamente el círculo de amistades y estableciendo sin cesar nuevas alianzas con sus iguales. Cuando se encontraba con los Tres Puros [1], se dirigía a ellos con un respetuoso "vuestra reverencia"; cuando se topaba con los Cuatro Emperadores [2], lo hacía con un sumiso "vuestra majestad". Por lo que a los Nueve Planetas [3],   los   Generales   de   los   Cinco   Puntos   Cardinales [4],   las   Veintiocho Constelaciones [5], los Cuatro Guardianes del Mundo [6], las Doce Divisiones Horarias [7], los Cinco Ancianos de las Cinco Regiones [8], los Espíritus Estrella de Todo el Universo y los incontables dioses de la Vía Láctea respecta, los consideraba hermanos suyos y como a tales los trataba. A ninguno echaba en saco roto. A veces visitaba a los que habitaban en la zona oriental, para hacer al día siguiente lo mismo con los que residían en la occidental. Cuando se cansaba de festines y charlas, caminaba sin rumbo fijo por las nubes y así transcurrían, llevaderas, las horas.
Un día temprano por la mañana, cuando el Emperador de Jade celebraba su habitual audiencia, se presentó el inmortal taoísta Hsü Ching-Yang, quien, tras tocar repetidamente el suelo con la frente en señal de acatamiento, dijo visiblemente preocupado:
- El Gran Sabio, Sosia del Cielo, no tiene ninguna responsabilidad y malgasta lastimosamente su tiempo. Se ha hecho amigo de todas las estrellas y constelaciones del cielo, a las que llama amigas suyas, sin tener en cuenta para nada su posición o su rango. Eso es francamente preocupante, ya que lo único que puede resultar de tanta ociosidad son desórdenes y travesuras sin cuento. ¿No sería prudente, con el fin de evitar tan lamentable posibilidad, asignarle algún tipo de responsabilidad?
El Emperador de Jade asintió en silencio y envió a buscar en seguida al Rey de los Monos.
- ¿Qué recompensa habéis pensado darme, para hacerme venir tan precipitadamente a vuestra presencia, majestad? - preguntó, meloso, Wu-Kung.
- Nos hemos percatado - contestó el Emperador de Jade - de que, dado que no tenéis nada que hacer, vuestra vida se está tornando un tanto indolente, así que hemos decidido confiarte una pequeña responsabilidad. A partir de hoy te encargarás, a título puramente temporal, del cuidado del Jardín de los Melocotones Inmortales. Vigílalos día y noche y que tu diligencia no decaiga ni un solo segundo. Esto es lo que todos esperamos de ti.
El Gran Sabio se inclinó con respeto y, tras dar las gracias, solicitó permiso para retirarse. Estaba tan ilusionado que no pudo controlar su impaciencia y corrió a echar un primer  vistazo  al  Jardín  de  los  Melocotones  Inmortales. Pero,  para  su  sorpresa, el espíritu a cargo del jardín le echó el alto, preguntándole:
- ¿Se puede saber adonde va el Gran Sabio?
- El Emperador de Jade me ha confiado el cuidado de este lugar - contestó él - y he venido a inspeccionar el estado en el que se encuentra. El espíritu abandonó al instante su actitud recelosa y le saludó con el respeto que personaje tan singular merecía. Hizo venir después a todos los sirvientes encargados de remover la tierra, regar los árboles, cuidar de los melocotones y desbrozar y limpiar el suelo, y entraron juntos en el jardín, no sin antes saludar al Gran Sabio, golpeando repetidamente el barro con la frente.
Wu-Kung se quedó atónito ante lo que vieron sus ojos. Todas las ramas estaban llenas de delicadas flores y de atractivos frutos, cuyo peso las hacía doblarse peligrosamente. Parecían atractivas bolas de oro que competían en belleza con el sensual carmín de los capullos. Los árboles que los sustentaban siempre estaban en flor y daban constantemente fruto. Mil años tardaban en madurar y duraban en sazón otros diez mil. Los que habían alcanzado primero la madurez poseían la graciosa viveza de rostros enrojecidos por el vino, mientras que los demás escondían su promesa de futuros dulzores en el verdor opalino de su piel, que reverberaba sin cesar bajo el embrujo del sol. Al pie de los árboles se veían flores y hierbas, a las que el constante fluir de las estaciones no lograba arrebatar su primigenio color. A derecha e izquierda podían, igualmente, contemplarse caprichosas construcciones de una altura tal que sus cumbres se perdían en el seno mismo de las nubes. Aquél era, en verdad, un jardín plantado no por mano humana, sino por la Reina Madre del Estanque de Jaspe [9].
Tras gozar de tan espléndido espectáculo durante largo rato, el Gran Sabio se volvió hacia el espíritu y le preguntó:
- ¿Sabes el número exacto de árboles que hay aquí?
- Tres mil seiscientos - contestó el espíritu -. En la parte delantera hay un total de mil doscientos árboles, pero sus flores son muy pequeñas y sus frutos no se hallan aún en sazón. Como vos bien sabéis, estos melocotones maduran una vez cada tres mil años y quien tiene la fortuna de probarlos se convierte al instante en un inmortal iluminado por el Tao; sus miembros se tornan hermosos y su cuerpo se fortalece. En la parte central hay otros mil doscientos árboles de flores más grandes y frutos más almibarados, que maduran una vez cada seis mil años. Quien los prueba asciende a los cielos con el vapor de la escarcha y jamás envejece. En la parte de atrás, por último, crecen otros mil doscientos árboles de frutos surcados por mil venillas de color púrpura y el hueso de un atractivo color amarillo pálido. Éstos son can especiales que sólo maduran una vez cada nueve mil años y quien los come puede alcanzar sin ninguna dificultad la edad del cielo, de la tierra, del sol y de la luna.
Gratamente impresionado por estas explicaciones, el Gran Sabio realizó un detallado inventario de todos los árboles, así como de los templetes y construcciones que se alzaban  en  aquel  paradisíaco  jardín.  Sólo  cuando  estuvo  totalmente  concluido,  se decidió a retirarse a descansar a sus aposentos. Pero estaba tan embelesado por lo que había visto que a partir de aquel día pasó más tiempo en ese lugar que en la comodidad del palacio, reduciendo considerablemente las visitas a sus amigos y suprimiendo casi totalmente sus viajes.
Un día comprobó, entusiasmado, que más de la mitad de los melocotones de los árboles más viejos habían madurado y sintió la irreprimible tentación de arrancar uno y probar su sabor. Pero el espíritu del jardín y sus propios servidores jamás se separaban de él y consideró impropio hacerlo delante de ellos. Urdió, por tanto, un plan y, volviéndose hacia sus seguidores, les preguntó:
- ¿Por qué no me esperáis fuera y me dejáis descansar aquí un poco?
Los  inmortales  accedieron  a  su  petición  y  abandonaron  el  jardín.  Con  increíble celeridad el Rey de los Monos se despojó de sus vestiduras y trepó a lo alto del árbol más grande que pudo encontrar. Escogió los melocotones maduros de mayor tamaño y se puso a comerlos tranquilamente, sentado en una rama. Sólo cuando se hubo saciado del  todo,  saltó  de  nuevo  al  suelo,  se  puso  las  ropas  y  ordenó  a  su  legión  de acompañantes que regresaran con él a su lujosa mansión. Al cabo de dos o tres días, repitió la operación, hartándose otra vez de fruta.
Al poco tiempo la Reina Madre decidió abrir de par en par la cámara de sus incontables tesoros y ofrecer un banquete con motivo del Gran Festival de los Melocotones Inmortales, que iba a celebrarse, como siempre, en el Palacio del Estanque de Jaspe. Muy excitada por la inminencia de la fecha, ordenó a sus doncellas de la Túnica Roja, Túnica Azul, Túnica Blanca, Túnica Negra, Túnica Púrpura, Túnica Amarilla y Túnica Verde coger un cesto cada una e ir al Jardín de los Melocotones Inmortales a recoger fruta para el festival. Las Siete Doncellas se llegaron hasta la puerta de la huerta y, al ver allí al espíritu y a los sirvientes y oficiales del Sosia del Cielo, dijeron:
- Venimos de parte de la Reina Madre a coger unos melocotones para la fiesta.
- Esperad un momento, por favor - les pidió el espíritu -. Este año han cambiado un poco las cosas. Para empezar, el Emperador de Jade ha confiado el cuidado de todo esto al Gran Sabio, Sosia del Cielo, y debemos darle cuenta de vuestra llegada, antes de que os dejemos pasar.
- ¿Y dónde está el Gran Sabio, si puede saberse? – preguntaron las doncellas.
En el jardín, descansando - respondió el espíritu -. Se sintió un poco indispuesto y se echó a dormir un rato bajo el frescor de los árboles.
- En ese caso, vayamos cuanto antes a buscarle - concluyeron las doncellas -. Estamos muy ocupadas y no podemos perder tiempo.
El espíritu entró con ellas en el jardín, pero, por mucho que lo intentó, no logró dar con el Gran Sabio. En el sitio en el que se había despedido de él sólo había un gorro y una túnica  tirados  por  el  suelo.  Aunque  levantó  la  vista  hacia  las  copas  de  los melocotoneros, no pudo ver a nadie, porque, después de hartarse de fruta, Wu-Kung se transformó en una figura de dos centímetros de alto y, protegido por el follaje, se quedó plácidamente dormido en una rama.
- Aunque no encontremos al Gran Sabio, nosotras no podemos volver con las manos vacías - afirmaron con decisión las doncellas inmortales -. Nos encontramos aquí por voluntad imperial y, sintiéndolo mucho, no estamos dispuestas a defraudarla.
- Tienen razón - dijo uno de los sirvientes -. Sería faltar a la etiqueta y al respeto. Además, al Gran Sabio le gusta moverse por ahí y lo más seguro es que haya ido a visitar a unos amigos. Así que lo mejor es que entréis ahora a recoger los melocotones. Ya le diremos nosotros que habéis estado aquí, cuando le veamos.
Las doncellas agradecieron semejante gesto de confianza y se adentraron en el bosquecillo a coger las frutas. Llenaron dos grandes cestos con los melocotones de los árboles plantados en la parte delantera y otros tres más con los que se encontraban en la del centro, pero, al ir a hacer otro tanto con los de la parte de atrás, encontraron que casi no tenían fruto y la mayoría de sus flores yacían lastimosamente por el suelo. Sólo quedaban  unos  pocos  melocotones  tan  verdes  que  estaban  totalmente  cubiertos  de pelusa y tenían un tamaño francamente ridículo. Los demás se los había comido tranquilamente el Rey de los Monos. A pesar de ello, las Siete Doncellas no se desanimaron y continuaron su búsqueda. Por fin, en una rama que crecía en dirección sur encontraron un único melocotón, cuyo color era mitad blanquecino y mitad rojizo. Alborozadas por tan inesperado hallazgo, la Doncella de la Túnica Azul tiró para abajo de la rama, la de la Túnica Roja arrancó la fruta con cuidado y volvió a dejar la escuálida ramita en su sitio. Pero aquél era precisamente el lugar que había escogido el Gran  Sabio  para  su  siesta  y,  al  sentirse  zarandeado,  recobró  al  instante  su  forma habitual, echando rápidamente mano de su barra de hierro, que en un abrir y cerrar de ojos adquirió el grosor de un cuenco de arroz.
- ¿Puede saberse de dónde habéis salido vosotras, monstruos infames? - preguntó, blandiendo en el aire su mortífera arma -. ¿Quién os ha dado permiso para venir a robar mis melocotones?
Aterrorizadas, las Siete Doncellas se arrodillaron al instante y trataron de explicarle con voz temblorosa:
- ¡Calmaos, Gran Sabio, por favor! Nosotras no somos monstruos, sino las Siete Doncellas Inmortales. Si hemos osado entrar en vuestros dominios, ha sido porque la Reina Madre nos ha enviado a coger las frutas que necesita para el Gran Festival de los Melocotones Inmortales, ocasión que ella aprovecha para abrir de par en par la cámara de sus innumerables tesoros. Pero no creáis que nos hemos colado sin consultar con nadie. Nada más llegar, fuimos a ver al espíritu del jardín, quien nos informó de vuestro ascenso y con quien tratamos inútilmente de encontraros. Por temor a que la Reina Madre malinterpretara el motivo de nuestra tardanza, decidimos no esperaros más y nos pusimos a coger los melocotones. Sabemos que obramos mal y, por eso, solicitamos ahora humildemente vuestro perdón.
Semejante explicación satisfizo profundamente al Gran Sabio, quien al punto cambió su enfado en delicadeza y les suplicó, gentil:
- Levantaos, por favor, del suelo, divinas doncellas. ¿A quién suele invitar la Reina del Cielo a su banquete, cuando abre la cámara de sus incontables tesoros?
-  El  año  pasado  -  respondieron  las  doncellas,  temblorosas  todavía  -  los  invitados fueron: Buda, las Bodhisattvas, los monjes santos, los patriarcas del Cielo Occidental, Kwang-Ing del Polo Sur, el Santo Emperador de la Gran Misericordia del Este, los Inmortales de los Diez Continentes y de las Tres Islas, el Espíritu de las Tinieblas del Polo Norte, el Gran Inmortal de la Cornucopia Amarilla del Centro Imperial y los Ancianos   de   los   Cinco   Puntos   Cardinales.   Éstos   fueron   los   comensales   más distinguidos, ya que también tomaron parte en el banquete los Espíritus de los Cinco Polos, los Tres Puros, los Cuatro Reyes Deva, el Deva Celestial de la Gran Mónada y los demás moradores de las Ocho Cavernas Superiores. Procedentes de las Ocho Cavernas Intermedias asistieron el Emperador de Jade, los Nueve Héroes y los Inmortales de las Montañas y los Mares, mientras que de las Ocho Cavernas Inferiores hicieron acto de presencia el Señor de las Tinieblas y los Inmortales Terrestres. Damos por sentado, pues, que este año tomarán parte en el Festival de los Melocotones Inmortales todos los dioses y devas, cualquiera que sea su rango o el lugar en el que habitan.
- ¿Sabéis si estoy invitado yo? - preguntó el Gran Sabio, sonriendo con delectación.
- La verdad es que no hemos oído mencionar vuestro nombre - respondieron las doncellas, encogiéndose de hombros.
- ¡Yo soy el Gran Sabio, Sosia del Cielo! - protestó Wu-Kung, irritado -. ¿Cómo es posible que se hayan olvidado de mí en una ocasión tan señalada como ésa?
- Bueno - contestaron las doncellas, temblando de pies a cabeza -. Nosotras sólo hemos contado a los comensales del año pasado. Este año no sabemos lo que ocurrirá. A lo mejor son los mismos o a lo mejor no.
- Tenéis razón - contestó el Gran Sabio más calmado -. Creedme que no os echo la culpa de nada a vosotras. Podéis quedaros aquí todo el tiempo que queráis, mientras yo voy a cerciorarme de si he sido invitado o no.
Apenas hubo acabado de decirlo, realizó un gesto mágico encaminado a inmovilizar a la gente y recitó un conjuro que transformaba a los seres vivientes en estatuas. Al instante  quedaron  paralizadas  las  Siete  Doncellas  Inmortales,  los  ojos  totalmente abiertos por la sorpresa y tan quietas como los troncos de los melocotoneros entre los que se hallaban. Sin pérdida de tiempo el Gran Sabio salió del jardín, montó en su nube sagrada y tomó el camino del Estanque de Jaspe. Desde la altura vio el velo brillante de la neblina santa y el mudo desfile de nubes de cinco colores. Los graznidos de las grullas, inmaculadamente blancas, resonaban en toda la amplitud de los Nueve Cielos, mientras en la distancia se apreciaba, entre el trémulo batir de mil hojas, la roja delicadeza de otros tantos capullos en flor. A la derecha surgió, de pronto, de entre la neblina, la figura de un inmortal. Poseía un rostro llamativamente hermoso Y unos rasgos tan atractivos que recordaban al siempre sorprendente resplandor de un arco iris suspendido en el aire. Se trataba del Gran Inmortal de los Pies Descalzos [10] y, según todos los indicios, se dirigía también al Gran Festival de los Melocotones Inmortales.
Al verle acercarse, el Gran Sabio urdió en seguida un plan y, sin darse a conocer - era del todo necesario que nadie averiguara su asistencia al festival -, inclinó la cabeza con respeto y le preguntó:
- ¿Se puede saber adonde va un inmortal de tanta sabiduría como vos?
-  A  la  Fiesta  de  los  Melocotones  -  respondió  el  Gran  Inmortal  -.  He  recibido  la invitación de la Reina Madre y me dirijo hacia su palacio.
- Se ve que no estáis enterado de lo que voy a deciros - replicó el Gran Sabio -. Conocedor de que no existe nada superior en velocidad a mis volteretas, el Emperador de Jade me ha pedido que salga a los caminos a informar a todos los invitados de su deseo de reunirnos primero en el Salón de la Luz Perfecta, con el fin de ensayar las ceremonias que forzosamente han de preceder al banquete.
El Gran Inmortal era extremadamente honesto y sincero y no dudó de la veracidad de lo que oía. Sin embargo, no pudo evitar su sorpresa y exclamó:
- ¡Qué cosa más rara! Otros años ensayábamos en el Estanque de Jaspe y era allí mismo donde dábamos las gracias. ¿Por qué en éste tenemos que pasar por el Salón de la Luz Perfecta antes de sentarnos a comer? - pese a todo, no le quedó más remedio que cambiar de dirección e ir al palacio del Emperador de Jade.
Loco de contento por su triunfo, el Gran Sabio recitó un conjuro y, con un simple movimiento  del  cuerpo,  se  revistió  de  los  rasgos  del  Gran  Inmortal  de  los  Pies Descalzos. Disfrazado de esta guisa, no pasó mucho tiempo antes de que llegara, por fin, a la cámara del tesoro. Tras aparcar su nube, entró en aquélla con paso inseguro. En seguida  percibió  el  embriagante  aroma  de  oleadas  de  perfume  y  contempló  el caprichoso arabesco que la neblina celeste dibujaba en una terraza de jade profusamente adornada. Aquélla era una cámara en la que confluían todas las fuerzas vitales. A ella acudían y se remontaban sin cesar las formas etéreas de los fénix, sacudiendo con sus vuelos interminables flores de pétalos de oro y tallos de jade. En el interior de la sala podían verse un espléndido biombo que representaba los Nuevos Fénix al atardecer, un jarrón de jade verde con más de mil flores y una mesa con incrustaciones de oro de cinco colores, sobre la que descansaban hígados de dragón, médulas de fénix, zarpas de oso y labios de simio, junto con toda clase de manjares exquisitos y frutos del más variado y tentador color.
Todo yacía en un orden perfecto, por lo que podía deducirse que aún no había llegado ninguna de las deidades invitadas. El Gran Sabio cayó preso de la armonía que allí se respiraba y durante cierto tiempo no hizo otra cosa que contemplar, embobado, la belleza que se extendía ante su vista. Pero sintió, de pronto, el tentador aroma del vino y, volviendo la cabeza hacia el larguísimo pasillo que se abría a su derecha, vio a los funcionarios vinateros y a los especialistas en hacer fermentar los cereales. Aparentemente hacía mucho que habían terminado de hacer el vino y estaban dando las últimas órdenes a los encargados de traer agua y a los criados que la calentaban, para limpiar con ella las cubas y los jarros de beber. El ambiente estaba cargado de un aroma tan denso y añejo como la esencia misma del jade y el Gran Sabio no pudo evitar que la saliva le destilara por las comisuras de la boca. Sentía la irresistible tentación de probar tan generoso zumo, pero no se atrevía a hacerlo con tanta gente como había alrededor de los barriles. Desesperado, decidió valerse de la magia. Se arrancó, pues, unos cuantos pelos, se los metió en la boca y, después de triturarlos con paciencia, los escupió, al tiempo que decía:
- ¡Transformaos!
Al instante se convirtieron en un enjambre de insectos provocadores de sueño, que atacaron a los desprevenidos vinateros y aguadores. Todos ellos quedaron sumidos en un  profundo  sopor.  La  fuerza  huyó  de  sus  brazos,  sus  cabezas  se  inclinaron pesadamente, sus párpados se hundieron y todo rastro de vigor desapareció de sus cuerpos. Sin pérdida de tiempo, el Gran Sabio cogió los manjares que pudo y se adentró, corriendo, en el amplio pasillo en el que se alineaban las cubas y las tinajas, donde se puso a beber con inimitable dedicación. No tardó en emborracharse del todo, pero conservó la suficiente lucidez como para reprocharse lo que acababa de hacer, diciendo:
- ¡Muy mal, muy mal! Dentro de poco llegarán los invitados y, si me ven aquí, lo más natural es que se enfaden conmigo y me pongan de vuelta y media. ¿Qué pasará, si me pescan con las manos en la masa? Lo mejor es que vaya cuanto antes a casa y descanse allí lo que pueda.
Pero el Gran Sabio se encontraba totalmente a merced del vino y, entre trastabilleos y tumbos, terminó perdiéndose. En vez de entrar en la Mansión del Sosia del Cielo, se metió en el Palacio Tushita. Afortunadamente cayó pronto en la cuenta de su equivocación y se dijo, entre temeroso y sorprendido:
- El Palacio Tushita se encuentra en la parte más alta de los treinta y tres cielos, concretamente en el Paraíso Inmutable, donde tiene su residencia nada menos que el mismísimo Lao-Tse. ¿Cómo es posible que haya llegado hasta aquí? No importa. Siempre he querido entrevistarme con ese anciano, pero nunca se me ha presentado la ocasión. No voy a desaprovecharla ahora que estoy en su casa. Así que lo mejor es que pase a visitarle.
Se arregló la ropa lo mejor que pudo y volteó la puerta de entrada. Pero Lao-Tse no se encontraba en casa en aquellos momentos. El palacio estaba, de hecho, vacío, porque el Maestro había ido con el anciano Buda Dipamkara a impartir una conferencia en el Altísimo Estrado del Elixir del Montículo Rojo, a la que asistieron, rodeándolo, muchos jóvenes, oficiales y funcionarios celestes. El Gran Sabio discurrió a sus anchas por la mansión hasta que, finalmente, llegó al laboratorio de alquimia. Tampoco allí encontró a nadie, pero no tardó en descubrir rescoldos de fuego en un horno junto a la chimenea, y, a su lado, cinco calabazas huecas, en las que se echaba el elixir ya refinado.
- ¡Qué suerte la mía! - se dijo, alborozado, el Gran Sabio -. Éste es el mayor tesoro de los inmortales. Desde que comprendí los secretos del Tao y dominé el gran misterio de la identidad absoluta de lo interno y lo externo, siempre he querido fabricar un poco de elixir de oro para aliviar el sufrimiento de las gentes, pero nunca me ha sido posible. Siempre he estado demasiado ocupado en otras cosas, pero hoy, por fin, la suerte me ha sonreído y ha puesto en mis manos este maravilloso regalo. Puesto que Lao-Tse no está en casa, tomaré unas cuantas píldoras a ver a qué saben.
Ni corto ni perezoso, vació las calabazas y comió lo que había en su interior, como si se tratara de soja frita. Al instante sintió los efectos del elixir, notando cómo le desaparecía la borrachera, y volvió a reprenderse con dureza:
- ¡Muy mal, muy mal! Con mi inconsciencia me he hecho acreedor a un castigo más grande que el cielo. Si el Emperador de Jade se llega a enterar, me daré por contento de seguir con vida. Lo que debo hacer es huir cuanto antes y regresar sin pérdida de tiempo a las Regiones Inferiores de las que procedo. Allí, por lo menos, soy rey.
Sin pensarlo dos veces, salió corriendo del Palacio Tushita y abandonó el Cielo por la Puerta Occidental, para no levantar ninguna sospecha, invisible a los guardias por obra y gracia de su profundo conocimiento de la magia. Aceleró el descenso de su nube y no tardó en llegar a la Montaña de las Flores y Frutos. Desde la altura vio el flamear de las lanzas y estandartes y comprendió que sus cuatro lugartenientes y los setenta y dos reyes de las otras cavernas estaban realizando sus acostumbradas maniobras militares. Cuando sus pies hubieron tocado el suelo, levantó la voz y los llamó, diciendo:
- Acabo de regresar. ¡Venid a mi lado inmediatamente!
Los monstruos abandonaron sus armas al punto y, echándose rostro en tierra, exclamaron:
- ¡Qué despego el de vuestro corazón, Gran Sabio! Ni siquiera una vez se os ha ocurrido venir a visitarnos y ver qué tal nos iban las cosas en todo este tiempo que habéis estado ausente. ¿Cómo podéis habernos olvidado tan pronto?
- ¿Se puede saber de qué estáis hablando? - los reprendió el Gran Sabio -. Mirándolo bien, no hace tanto que me ausenté de vuestro lado.
Sin dejar de hablar, se dirigieron al interior de la caverna, donde prepararon un espléndido banquete de bienvenida, al que asistieron todos los monos. A la hora de los brindis los cuatro comandantes se echaron rostro en tierra, en señal de acatamiento, y volvieron a preguntarle:
-  ¿Qué  cargo  habéis  desempeñado  esta  vez?  Suponemos  que  habrá  sido  muy importante, ya que, de lo contrario, no habríais pasado en el Cielo más de un siglo.
- ¿Cómo que más de un siglo? - replicó el Gran Sabio, burlón -. He estado allí medio año como máximo. ¿Es que os habéis vuelto todos locos?
- Un día en el cielo es como un año en la tierra - afirmaron los cuatro comandantes.
- Si vosotros lo decís... - concluyó el Gran Sabio, para añadir en un tono más animado -
: Me complace comunicaros que en esta ocasión el Emperador de Jade se mostró conmigo mucho mejor dispuesto que la vez anterior. No tuvo el menor reparo en concederme el título de Gran Sabio, Sosia del Cielo, haciendo construir para mí una espléndida mansión a la que dotó de guardianes y de todos los criados necesarios para la buena marcha de lugar tan lujoso. No os digo más que tenía dos espléndidos salones, uno llamado de la Paz y el Silencio y el otro conocido como de la Serenidad de Espíritu. Después, cuando descubrió que llevaba una vida de ocio total y absoluta relajación, me confió el cuidado del Jardín de los Melocotones Inmortales y ahí comenzaron mis problemas. No hace mucho la Reina Madre celebró el Gran Festival de los Melocotones y, según todo lo que sé, cometió la indelicadeza de no invitarme. Pero, en definitiva, no me importó, porque, de todas formas, me dirigí en secreto al Estanque de Jaspe y me tomé toda la comida y todo el vino que habían preparado. Después me marché de allí y fui a parar a la mansión de Lao-Tse, donde, igualmente, terminé con todas las píldoras de elixir que había almacenadas en cinco calabazas huecas. Temí que eso pudiera haber ofendido al Emperador de Jade, así que en seguida decidí abandonar el cielo y regresar aquí.
Los monstruos se sintieron encantados con su relato y le ofrecieron un nuevo banquete a base de frutas y de licor. A toda prisa llenaron un cuenco de piedra con vino de coco y se lo ofrecieron al Gran Sabio. Pero éste lo escupió en seguida y exclamó con una mueca de asco:
- ¡Qué mal sabe! ¡Tiene un gusto horroroso!
- Mucho nos tememos - dijeron entonces los comandantes Peng y Pa - que os habéis acostumbrado en demasía al sabor del vino y de la comida celestiales. Eso explica que encontréis tan detestable el licor de coco. Con razón afirma el dicho: "Sabroso o no, es agua de mi hogar".
-  Y  vosotros  -  sentenció  el  Gran  Sabio,  emocionado  -,  "familiares  o  no,  todos pertenecéis a mi casa". Por eso, quiero que corráis mi misma suerte. Esta mañana, cuando estaba divirtiéndome a lo grande en el Estanque de Jaspe, me metí por un pasillo lleno de tinajas y cubas que contenían un vino extraordinario, cuyo sabor ni siquiera podéis imaginar. Dejadme volver allí y os aseguro que robaré unas cuantas botellas y os las traeré aquí abajo. Ese vino es tan especial que media copa de él es suficiente para que quien lo pruebe viva una eternidad sin envejecer lo más mínimo.
Los monos no cabían en sí de contento. El Gran Sabio salió entonces de la caverna, dio un acrobático salto y fue a parar al lugar en el que iba a celebrarse el Festival de los Melocotones Inmortales. Amparado en la invisibilidad que le otorgaba su magia, se adentró en el pasillo del Palacio del Estanque de Jaspe y vio que los vinateros, fermentadores de cereales, aguadores y demás criados estaban todavía dormidos y roncando como animales. Tomó entonces cuatro botellas - dos en cada mano - y, montando en su nube, regresó sin ser visto a la caverna de los monos. De esta forma, también ellos pudieron celebrar su propio Festival del Vino Inmortal, del que, por sus excesos, no diremos nada aquí, salvo que cada uno tomó unas cuantas copas.
Sí nos extenderemos, sin embargo, sobre la suerte corrida por las Siete Doncellas Inmortales,  quienes  estuvieron  sometidas  a  la  magia  inmovilizadora  de  Wu-Kung durante un día completo. Cuando se vieron, por fin, libres de su maleficio, cogieron los cestos de frutas y corrieron a informar a la Reina Madre de todo lo ocurrido.
- Perdonad que nos hayamos retrasado tanto - dijeron, avergonzadas -, pero es que el Gran Sabio, Sosia del Cielo, nos retuvo en el jardín, valiéndose de sus artes mágicas.
- ¿Cuántos cestos de melocotones habéis traído? - preguntó la Reina Madre, pasando por alto el incidente.
- Solamente dos de los más pequeños y tres de los medianos - contestaron ellas -. De los grandes no quedaba ni uno solo en el jardín, de lo cual dedujimos que el Gran Sabio se los había comido todos. Precisamente cuando estábamos buscándole, se presentó ante nosotras de improviso, amenazándonos con darnos una paliza. Más calmado, nos preguntó después que a quién habíais invitado al banquete de este año y nosotras le facilitamos los nombres de los comensales del año pasado. Fue entonces cuando nos inmovilizó con un encantamiento, desconociendo adonde se marchó o lo que hizo después. Lo que sí podemos afirmar es que nos hemos visto libres de su hechizo hace tan sólo un momento y que nos ha faltado tiempo para venir a informaros.
En cuanto la Reina Madre lo hubo oído, fue inmediatamente a ver al Emperador de Jade y le presentó un retablo completo de cuanto había ocurrido. No había terminado de describirlo, cuando se presentó el grupo de vinateros e informó, escandalizado, a su señor:
- No sabemos quién lo ha hecho, pero el caso es que todos los preparativos del Festival de los Melocotones Inmortales han quedado destrozados. Lamentamos poner en vuestro conocimiento que el zumo de jade, los ocho manjares exquisitos y el centenar de platos especiales han sido robados o se los ha comido alguien.
Nadie pudo reaccionar ante tan grave informe, porque en ese mismo momento hicieron su aparición los cuatro preceptores reales, que anunciaron con ademán solemne:
- Acaba de llegar el Supremo Patriarca del Tao.
El Emperador de Jade y la Reina Madre se pusieron inmediatamente de pie y salieron a recibirle. Tras presentarles, a su vez, sus respetos, Lao-Tse dijo:
- En su humilde casa este anciano taoísta tenía guardada una cantidad indeterminada de Elixir de Oro de los Nueve Cambios [11], que deseaba ofrecer a vuestra majestad en el próximo Festival del Mercurio. Extrañamente, ha sido robada por alguien desconocido, y me he creído en la obligación de venir a informaros personalmente de hecho tan lamentable.
Las palabras de Lao-Tse conmovieron profundamente al Emperador de Jade, que, no obstante, hubo de recibir a los criados y colaboradores del Sosia del Cielo, quienes dijeron, alarmados, después de echarse por tierra y tocar repetidamente el suelo con la frente:
- El Gran Sabio Sun no se ha presentado en todo el día en su residencia oficial. Salió de ella ayer por la mañana y todavía no ha regresado. Lo más desazonante, sin embargo, es que no sabemos adonde puede haber ido.
Estas palabras añadieron aún más leña a la hoguera de inquietudes del Emperador de Jade, que vio aumentada su profunda preocupación al oír decir al Gran Inmortal de los Pies Descalzos:
- Respondiendo a la invitación de la Reina Madre, me dirigía al lugar del festival, cuando me topé con el Gran Sabio, Sosia del Cielo, que me dijo que vuestra majestad le había ordenado salir a los caminos a decir a todos los invitados que fuéramos al Salón de la Luz Perfecta a ensayar las ceremonias previas a la celebración del banquete. Siguiendo sus instrucciones, me dirigí a ese lugar, pero no vi ni el carro de dragones ni el carruaje de fénix de vuestra majestad, por lo que me he apresurado a venir a encontrarme con vos aquí.
Esta declaración terminó por desbordar la paciencia del Emperador de Jade, que no pudo por menos de exclamar, asombrado:
- ¡Ese tipo es francamente increíble! ¡No sólo falsea mis órdenes, sino que, encima, engaña a mis colaboradores más cercanos! ¡Que el Ministro de Detección localice cuanto antes su paradero!
El funcionario abandonó inmediatamente el palacio e inició una exhaustiva investigación, que le condujo a la siguiente conclusión, que él mismo se encargó de transmitir a su majestad:
- La persona que ha alterado tan profundamente el orden y la paz celestiales no es otra que el Gran Sabio, Sosia del Cielo - y aportó todas las pruebas que le habían llevado a acusación tan grave.
El Emperador de Jade se puso furioso y, volviéndose hacia los Cuatro Devarajas, les ordenó que reforzaran los efectivos de Li-Ching y del Príncipe Nata. Sin pérdida de tiempo, llamaron a filas a las Veintiocho Constelaciones, a los Nueve Planetas, a las Doce Divisiones Horarias, a los Intrépidos Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales, a los Cuatro Guardianes del Tiempo [12], a las Estrellas del Este y del Oeste, a los Dioses del Norte y del Sur, a las Deidades de las Cinco Montañas [13] y de los Cuatro Ríos [14], a los Espíritus Estrella de Todo el Universo y a más de cien mil soldados celestiales. A todos ellos se les ordenó confeccionar dieciocho redes cósmicas, dirigirse con ellas a las Regiones Inferiores, rodear completamente la Montaña de las Flores y Frutos, capturar al rebelde y someterle a la inapelable decisión de la justicia. Todos los dioses pasaron revista a sus tropas y abandonaron el Palacio Celeste. Expedición tan selecta constituía un espectáculo francamente impresionante. El polvo que levantaba oscurecía el cielo, imitando  el  poder  difuminador  de  la  niebla.  Resultaba  inconcebible  que  semejante cortejo de guerreros celestiales se dirigiera a la tierra mortal con el único propósito de castigar la impía conducta de un mono que había osado ofender al más Alto de los Señores. Allá iban los Cuatro Grandes Devarajas, y los Intrépidos Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales; los Cuatro Grandes Reyes constituían el estado mayor, mientras que los Intrépidos tenían bajo su mando a un número incontable de soldados. Li-Ching impartía órdenes sin cesar desde el corazón mismo del ejército, sabedor de que el valiente Nata capitaneaba las fuerzas de la vanguardia. La Estrella de Rahu era responsable de las patrullas de reconocimiento y, justamente al otro extremo de la serpiente multicolor que formaban los soldados en pie de guerra, la Estrella de Ketu cubría los puntos débiles de la retaguardia. El espíritu que reinaba entre la tropa era excelente. Soma, la luna, se mostraba ansiosa por entrar en combate, lo mismo que Aditya, el sol, radiante de valentía y de prestancia, las heroicas Estrellas de las Cinco Fases,  los  temerarios  Nueve  Planetas  y  los  esforzados  Dhzu,  Wu,  Mao  y  Yao, Divisiones Horarias, famosos por su fuerza descomunal. Por el este se veía cabalgar a las  Cinco  Plagas  [15], y  a  las  Cinco  Montañas  por  el  oeste.  Los  Seis  Dioses  de  la Oscuridad cubrían el flanco izquierdo, mientras el derecho era protegido por el arrojo de los Seis Dioses de la Luz. Para no ser menos, los Dioses Dragón limpiaban de enemigos las alturas, encargándose los Cuatro Ríos de los de las Regiones Inferiores. Las Veintiocho Constelaciones cabalgaban juntas en apretada formación. Aunque difíciles de identificar entre la nube de polvo, era fácil intuir la presencia de los capitanes Citra, Svati, Visakha y Anuradha, de los intrépidos Revati, Asvini, Apabharani y Krttika, y de los muy capaces guerreros Uttara - Asadha, Abhijit, Sravana, Sravistha, Satabhisa, Purva - Prosthapada, Uttara-Prosthapada, Rohini, Mulabarhani, Purva - Asadha, Punarvasu, Tisya, Aslesa, Magha, Purva - Phalguni, Uttara - Phalguni y Hasta. Todos ellos blandían espadas y lanzas, en prueba de su afán por entrar en combate. Deteniendo cada cual la nube en la que viajaba, pusieron su sagrado pie en este mundo mortal y acamparon justamente delante de la Montaña de las Flores y Frutos. ¡Qué grave error cometió el mutable Rey de los Monos, al hacerse con el vino de los dioses, robar el elixir  y  rebelarse  en  su  guarida!  Por  haber  arruinado  el  Gran  Festival  de  los Melocotones Inmortales, cien mil soldados celestes se disponían a extender la red de Dios sobre él.
Li-Ching ordenó detener la marcha, desplegando todos sus efectivos alrededor de la montaña. El cerco era tan apretado que ni siquiera una gota de agua podía escapar, sin ser vista, de la Montaña de las Flores y Frutos. No obstante, como medida precautoria, toda la región fue cubierta con las dieciocho redes cósmicas, tras lo cual los Nueve Planetas se lanzaron al ataque. Al frente de sus tropas, se dirigieron directamente hacia la entrada de la cueva, donde se toparon con un destacamento de monos de toda edad y tamaño, haciendo cabriolas y dando saltos.
- ¡Eh, vosotros! - gritaron los Espíritus Celestes con ademán autoritario -. ¿Podéis decirnos dónde está el Gran Sabio? Somos dioses de las Regiones Superiores y hemos venido  a  arrestarle.  Así  que  decidle  que  se  rinda  y  salga  inmediatamente.  De  lo contrario, todos vosotros seréis pasados a cuchillo.
Aterrados, los monos corrieron al interior de la cueva e informaron a su rey, sin dejar de gritar como locos:
- ¡Qué desgracia, Gran Sabio! ¡Qué negro destino se ha abatido, de pronto, sobre nosotros!  Ahí  fuera  hay  nueve  dioses  de  aspecto  marcial  que  dicen  venir  de  las Regiones Superiores con el único fin de arrestaros.
El Gran Sabio estaba bebiendo una de las botellas que había traído del cielo, con sus cuatro lugartenientes y los reyes de las setenta y dos cavernas y, levantando la copa, dijo en un tono sorprendentemente tranquilo:
- Si dispones hoy de vino, no esperes a emborracharte mañana. Procura, ante todo, que la desgracia no venga a acampar delante de tu misma puerta.
No había acabado de decirlo, cuando entró, saltando, otro grupo de diablillos y anunciaron con irrefrenable nerviosismo:
- Esos nueve dioses están tratando de provocarnos con palabras hirientes y lenguaje obsceno.
- No les prestéis ninguna atención - les aconsejó el Gran Sabio, soltando la carcajada -. Entreguémonos hoy a los placeres de la poesía y el vino, y no prestemos atención a lo que pueda darnos gloria y fama.
Aún estaban en sus labios esas palabras, cuando hizo su aparición un nuevo grupo de diablillos, que le comunicaron con manifiesta inquietud:
- Los nueve dioses acaban de echar abajo la puerta y están tratando de abrirse camino hacia el interior de vuestro reino.
- ¡Malditos dioses sin sentimientos! - gritó el Gran Sabio, furioso -. ¿Es que no saben lo que es la educación? Sucediera lo que sucediese, estaba decidido a no enfrentarme a ellos. ¿Por qué han tenido que venir a provocarme y a burlarse de mí en mis propias narices?
Con inesperada decisión se volvió hacia el Demonio del Unicornio y le ordenó que se lanzara contra los asaltantes al frente de los reyes de las setenta y dos cavernas, determinando  que  él  mismo  y  sus  cuatro  lugartenientes  se  harían  cargo  de  la retaguardia. Sin pérdida de tiempo, el Rey Demonio condujo a la refriega a su ejército de ogros y monstruos, pero cayeron en una emboscada tendida por los Nueve Planetas y no pudieron avanzar más allá de la cabecera del puente de hierro. Cuando más desesperada parecía la situación, apareció el Gran Sabio, blandiendo la barra de hierro y gritando, imperioso:
- ¡Haceos a un lado y dejadme pasar!
La barra se había tornado del grosor de un cuenco de arroz y había adquirido una longitud de más de doce pies de largo. Dando mandobles a derecha e izquierda, el Gran Sabio se lanzó al centro mismo de la refriega con tal determinación que ninguno de los Nueve Planetas se atrevió a hacerle frente, no quedándoles más remedio que retroceder en desbandada. Cuando, por fin, lograron reagrupar sus tropas, se volvieron hacia su agresor y le recriminaron con airada voz:
- ¡Maldito "pi-ma"! ¿Es que has perdido totalmente el juicio? ¿No comprendes que has quebrantado las diez normas? [16]. Te hartaste primero de melocotones y de vino después, impidiendo, así, la celebración del Gran Festival de los Melocotones Inmortales. No contento con eso, robaste a Lao-Tse el elixir de la inmortalidad y tuviste el atrevimiento de saquear las bodegas imperiales para esparcimiento puramente personal. ¿No te das cuenta que lo único que has hecho ha sido acumular pecado sobre pecado?
- Reconozco que es verdad cuanto decís - reconoció el Gran Sabio -. Pero ¿queréis explicarme qué es lo que pretendéis con semejante despliegue bélico?
- El Emperador de Jade nos ha ordenado conducir contra ti nuestras tropas y llevarte prisionero a su presencia. Ríndete y perdonaremos la vida a todos esos extraños seres que te acompañan. De lo contrario, destruiremos tu caverna y allanaremos por completo la montaña en la que se halla enclavada.
- ¡Qué fanfarrones estáis hechos! - bramó el Gran Sabio, furioso -. ¿Tan grande consideráis el poder de vuestra magia para osar decir palabras tan absurdas como ésas?
¡Ya os enseñaré yo lo que es bueno! ¡No os vayáis, que quiero que probéis el sabor de mi barra!
Los Nueve Planetas organizaron un ataque conjunto, pero el Hermoso Rey de los Monos no se arredró. Agarró con fuerza la barra de hierro y, sin dejar de golpear a derecha e izquierda, luchó denodadamente con los Nueve Planetas, hasta que éstos, presa del agotamiento, se dieron media vuelta y huyeron, abandonando en el campo las armas. Al límite de sus fuerzas, lograron regresar sanos y salvos al campamento, donde informaron a Li-Ching de lo ocurrido, diciendo:
- ¡Ese maldito Rey de los Monos es, en verdad, un luchador de primera categoría!
Aunque hemos hecho todo cuanto estaba de nuestra arte, no hemos podido con él y nos hemos visto obligados a aceptar nuestra derrota.
Li-Ching ordenó entonces a los Cuatro Devarajas y a las Veintiocho Constelaciones entrar en acción. El Gran Sabio no perdió por eso la calma, mandando, a su vez, al Demonio del Unicornio, a los Reyes Monstruo de las setenta y dos cavernas y a sus cuatro lugartenientes que colocaran sus efectivos en orden de batalla delante mismo de la puerta de su cueva. La batalla que a continuación se desarrolló fue de las más feroces que jamás han contemplado los siglos. Era como si, en verdad, estuvieran enfrentándose un frío y huracanado viento, y una niebla oscura y densa. Aquí se veía el ondear de banderas y estandartes; allí se apreciaba el reverbero cegador de lanzas y hachas de guerra. Sin fin se sucedían hilera tras hilera de armaduras que brillaban como flamas bajo los implacables rayos del sol, y de cascos guerreros que parecían campanas de plata, cuyos tañidos resonaban con fuerza en los cielos. Aquel interminable fluir de fieros soldados con sus impresionantes cotas de malla recordaba al implacable avance de los glaciares aplastando la tierra. Por doquier se veían cimitarras gigantes, rápidas y luminosas como el rayo; lanzas tan afiladas que eran capaces de horadar las nubes o de traspasar  el  tibio  velo  de  la  neblina;  hachas  de  guerra  en  forma  de  cruz;  látigos, inquietos y siempre alerta como pestañas de tigre, con sus mangos enhiestos como hileras de plantas de cáñamo; espadas verduzcas de bronce y puntas de lanzas, tan abundantes que constituían un tupido bosque de muerte; arcos y ballestas de curvo diseño; veloces flechas con plumas de águila en uno de sus extremos; infinidad de artilugios guerreros y armas arrojadizas, tan mortales como picaduras de serpientes, capaces de matar y de producir heridas que ni siquiera el tiempo llegaba a curar. Por encima de todas ellas sobresalía, no obstante, la complaciente barra de hierro del Gran Sabio, que no dejaba de moverse en todas las direcciones, quebrando huesos y destrozando cuerpos. La batalla se prolongó hasta que los pájaros dejaron de revolotear en el aire, los tigres y lobos corrieron a esconderse en el interior de las selvas y todo el planeta quedó oscurecido por la ingente cantidad de polvo, rocas y suciedad que flotaba en el ambiente. El estruendo era tal que hasta el Cielo y la Tierra se echaron a temblar y dioses y demonios se sintieron profundamente alarmados.
La batalla comenzó al amanecer y duró hasta mucho después de que el sol se hubiera puesto tras las lejanas estribaciones del oeste. El Demonio del Unicornio y los reyes de las setenta y dos cavernas fueron capturados por las fuerzas celestes. Sólo lograron escapar los cuatro comandantes y el travieso batallón de monos, que salvaron la vida escondiéndose en lo más profundo de la Caverna de la Cortina de Agua. El Gran Sabio, por su parte, mantuvo durante largo tiempo a raya a las fuerzas de los Cuatro Devarajas, de Li-Ching y del Príncipe Nata con la sola ayuda de su barra de hierro. Al ver que se echaba encima la noche y todavía estaba todo por decidir, se arrancó unos cuantos pelos del cuerpo, se los metió en la boca y, tras triturarlos con los dientes, los escupió, gritando:
- ¡Transformaos! - y al instante se convirtieron en varios miles de Grandes Sabios, tan iguales a él que todos portaban una barra de hierro idéntica a la suya. En un abrir y cerrar de ojos, rechazaron al Príncipe Nata y derrotaron a los Cinco Devarajas. Victorioso, el Gran Sabio recuperó todos los pelos y corrió al interior de la cueva. No había llegado a la cabecera del puente de láminas de hierro, cuando le salieron al encuentro sus cuatro lugartenientes, seguidos de todo el contingente de monos, que se echaron rostro en tierra y, a manera de bienvenida, tres veces se rindieron al llanto y otras tantas se abandonaron a la risa.
- ¿Se puede saber por qué, al verme, os ponéis a reír y a llorar? - preguntó, sorprendido, el Gran Sabio.
- Cuando esta mañana nos enfrentamos a los Reyes Deva - contestaron los cuatro comandantes -, el Demonio del Unicornio y los reyes de las setenta y dos cavernas cayeron prisioneros de los dioses. Sólo nosotros logramos salvar la vida, y ése es el motivo por el que nos hemos echado a llorar. Al veros, por otra parte, regresar triunfante y sin un solo rasguño, se ha apoderado de nosotros tal alegría que no hemos podido evitar soltar la carcajada.
- En la vida de un soldado - sentenció el Gran Sabio - la victoria y la derrota son una misma y única experiencia. De ahí que rece el antiguo dicho: "Es posible que puedas dar muerte a diez mil de tus enemigos, pero también perderás a tres mil de tus propios aliados". Además, han sido los tigres, los leopardos, los lobos, los insectos, los tejones, los zorros y animales por el estilo los que han caído prisioneros, no los monos. De hecho, ninguno de nosotros ha resultado herido. ¿Para qué apenarnos? Con eso no conseguiremos absolutamente nada. Es cierto que hemos logrado rechazar a nuestros adversarios, pero no lo es menos que su campamento aún no ha sido levantado y continúa firmemente anclado en la tierra, a los pies mismos de esta montaña. No debemos, por tanto, ceder a triunfalismos fáciles ni abandonar nuestra propia defensa. Lo más aconsejable en estos momentos es que comáis todo lo que queráis y descanséis las horas que podáis. Así conservaréis toda vuestra energía intacta. Mañana, en cuanto amanezca, voy a capturar, con ayuda de mi magia, a algunos de esos generales celestes y, así, daremos oportuna venganza a nuestros compañeros de armas.
Más tranquilos, los cuatro comandantes y el grueso del ejército de monos tomaron unas cuantas copas de vino de coco y se retiraron a descansar, por lo que, de momento, no hablaremos más de ellos.
Una vez que los Cuatro Devarajas hubieron ordenado el repliegue de sus ejércitos, dando, así, por terminada la lucha de aquel día, todos los comandantes acudieron a sus tiendas a informarles de los resultados obtenidos en la refriega. Fue de esta forma como se enteraron de que habían capturado gran cantidad de leones, elefantes, lobos, zorros y toda clase de animales reptantes; sin embargo, comprobaron consternados que no había ningún mono entre ellos. Se tomaron entonces medidas para proteger adecuadamente el campamento, terminaron de levantar las tiendas y se recompensó a los oficiales que más se habían distinguido en la pelea. Al mismo tiempo, se ordenó a los soldados a cargo de las redes cósmicas que llevaran campanas y que exigieran el santo y seña a todos los que se acercaran a ellos. A la espera del combate del siguiente día, se extremó la guardia, manteniendo férreo el cerco que habían montado alrededor de la Montaña de las Flores y Frutos. La situación se mantenía, pues, como al principio: con su rebelión, el irrespetuoso mono había alterado los principios armónicos que regían los cielos y la tierra, mientras la red se mantenía extendida día y noche sobre su cabeza.
De momento, no sabemos lo que ocurrió a la mañana siguiente. Quien quiera conocerlo debe escuchar con especial atención lo que se narra en el próximo capítulo.

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[1]Los Tres Puros son las supremas deidades del taoísmo popular. Sus nombres eran: el Honorable Puro Divino de Jade de los Orígenes, el Glorioso Puro Divino de los Tesoros Espirituales y el Exaltado Puro Divino de la Virtud Moral. Este último ha sido identificado con Lao-Tse.

[2]Según la creencia popular, existían Cuatro Emperadores Celestes, a los que se asignaba un color y un punto cardinal. Así, al Emperador Verde le correspondía el este, al Blanco, el oeste, al Rojo, el sur, y al Negro, el norte. Posteriormente se añadió el Amarillo, que se ocupaba del centro, haciendo coincidir, de esta forma, su número con el de los principales Reyes Deva.

[3]Los Nueve Planetas eran: Aditya (personificación del sol), Soma (personificación de la luna), Angaraka (personificación de Marte, asociado con el fuego), Buda (personificación de Mercurio, asociado con el agua), Brhas-pati (personificación de Júpiter, asociado con la madera), Sanaiscara (personificación de Saturno, asociado con
la tierra), Sukra (personificación de Venus, asociado con el metal, particularmente con el oro), Rahu (el espíritu encargado de producir los eclipses) y Ketu (un cometa).

[4]Los Generales de los Cinco Puntos Cardinales eran unos «bodhisattvas» encargados de la protección del centro y de las cuatro direcciones espaciales. Por su labor protectora eran conocidos también como los Guardianes de los Cinco Puntos Cardinales.

[5]Las constelaciones estaban agrupadas en cuatro mansiones de siete miembros cada una, que se correspondían con las estaciones y los puntos cardinales primavera-este, verano-sur, otoño-oeste e invierno-norte.

[6]Los Cuatro Devarajas, eternos defensores del mundo contra los ataques de los espíritus malignos, habitaban con Indra en cada una de las laderas del Monte Sumeru. Sus nombres eran: Dhrtarastra, Protector del Reino; Virudhaka, Señor del Crecimiento; Virupaksa, Rey Deva de los Ojos Saltones; Vaisravana, Señor de la Suprema Doctrina. En ocasiones se les asocia Kuvera, Señor de la Riqueza.

[7]Las doce divisiones horarias, asociadas con los animales zodiacales, son: «dhzu», el Ratón, que abarca de las once de la noche a la una de la madrugada; «chou», el Buey, de la una a las tres de la madrugada: «yin», el Tigre, de las tres a las cinco de la mañana; «mao», el Conejo, de las cinco a las siete de la mañana; «wu», el Caballo, de las once de la mañana a la una de la tarde; «wei», la Oveja, de la una a las tres de la tarde; «shen», el Mono, de las tres a las cinco de la tarde; «hsü», el Perro, de las siete a las nueve de la noche; «hai», el Cerdo, de las nueve a las once de la noche.

[8]Los Ancianos de las Cinco Regiones son divinidades taoístas, personificaciones de los cinco elementos básicos.

[9]La Reina Madre, conocida también como Wang-Mu-Niang-Niang, o Reina Madre del Oeste, es la suprema deidad femenina del taoísmo popular. Como tal, habita en el Palacio del Estanque de Jaspe, que se halla enclavado en el Monte Kun-Lun.

[10]El Inmortal de los Pies Descalzos fue el nombre que se dio al emperador Ren-Chung en su juventud, por su costumbre de quitarse los zapatos y los calcetines cuando le venía en gana. Hay quien opina, no obstante, que ésa era otra manera de designar a Lao-Tse.

[11]El Elixir de Oro de los Nueve Cambios, el más efectivo de cuantos existían, era capaz, según el alquimista Ke-Hung, de convertir en inmortal a un hombre en menos de tres días.

[12]Los Cuatro Guardianes del Tiempo se encargaban, respectivamente, de la custodia del año, el mes, el día y la hora.

[13]Las Cinco Montañas eran: el Monte Tai, en el este; el Monte Hua, en el oeste; el Monte Heng, en el sur; el Monte Hang, en el norte, y el Monte Sung, en el centro.

[14]Los Cuatro Ríos son: el Yangtse, el Río Amarillo, el Huai y el Chi.

[15]Las Cinco Plagas hacen referencia a los azotes a los que se vio sometida la población de Vaisali en tiempos de Buda y que consistieron en hemorragias oculares, hemorragias nasales, supuraciones auriculares, contracturas mandibulares y alteración del gusto de los alimentos.

[16]El budismo prohíbe expresamente matar, robar, mentir, no cumplir la palabra dada, el engaño, el lenguaje obsceno, la avaricia, la ira y los malos pensamientos.