Viaje al oeste, las aventuras del rey mono

Cuanto existe tiene su origen en la raíz divina. El Tao surge directamente de la fuente misma de la moralidad.


La escritura dice:

«En el principio sólo existía el Caos. El Cielo y la Tierra formaban una masa confusa, en la que el todo y la nada se entremezclaban como la suciedad en el agua. Por doquier reinaba una espesa niebla que jamás logró ver ojo humano y a la que Pan - Ku [1] consiguió dispersar con su portentosa fuerza. Lo puro quedó entonces separado de lo impuro y apareció la suprema bondad, que esparce sus bendiciones sobre toda criatura. Su mundo es el de la luz. Quien a él se acerca descubre el camino que conduce al reino del bien. Mas el que quiera penetrar en el secreto del principio de cuanto existe debe leer La crónica de los orígenes» [2].

En ella se afirma que en el reino del Cielo y la Tierra el tiempo se divide en períodos de ciento veintinueve mil seiscientos años. Cada uno de ellos es subdividido, a su vez, en doce épocas de diez mil ochocientos años de duración, que responden a los siguientes nombres: Dhzu, Chou, Yin, Mao, Chen, Sz, Wu, Wei, Shen, Yu, Hsü y Hai [3]. Pese a su enorme amplitud, todas ellas tienen su equivalente en el repetitivo ciclo de los días. Así, a la de Dhzu le corresponden las primeras horas de la mañana, cuando la oscuridad es total y aún no se aprecia ningún atisbo de luz; el gallo canta a la hora de Chou; a la de Yin comienza a clarear; el sol sale, finalmente, a la de Mao; a la de Chen es completa- mente de día y los hombres se disponen a tomar el desayuno; quien trabaja lo tiene ya todo planeado a la hora de Sz; a la de Wu el sol alcanza su cenit; la tarde comienza a declinar a la de Wei; a la de Shen las familias se reúnen alrededor de la mesa para la colación vespertina; el sol se pone a la de Yu; a la de Hsü desaparecen del todo los úl- timos vestigios del crepúsculo; finalmente, la gente se retira a descansar a la de Hai, abriendo las puertas, así, a un nuevo ciclo. Es el mismo que siguió el mundo en sus lejanos y, al mismo tiempo, tan cercanos orígenes. De hecho, al final de la época de Hsü el Cielo y la Tierra yacían en un estado de confusión total, en el que la nada y el todo se entremezclaban de una forma absolutamente incomprensible para nosotros. Después de cinco mil cuatrocientos años de constante oscuridad se produjo el advenimiento de la época de Hai, también conocida como Caos, porque durante su dominio no existían seres humanos ni ninguna de las dos esferas por las que ahora nos regimos. Hubieron de pasar otros cinco mil cuatrocientos años para que terminara una época tan tenebrosa y lentamente comenzaran a actuar las fuerzas creativas de la luz. Semejante milagro empezó a producirse durante la de época de Dhzu, pero lo hicieron entonces con tanta timidez que no es extraño que Shao - Kang - Chr [4] afirmara:

Ningún cambio se produjo en el centro mismo del Cielo, cuando el invierno llegó a las regiones de Dhzu. El principio masculino permanecía todavía dormido y nada de cuanto existe había salido aún a la luz.

Pero cuando, después de otros cinco mil cuatrocientos años, la primavera se enseñoreó de la época de Dhzu, el firmamento echó sus inamovibles raíces y la luz pudo, finalmente, formar el sol, la luna, las estrellas y los restantes cuerpos celestes. No es extraño, por tanto, que se diga que el Cielo comenzó a existir en época tan numinosa. La siguieron otros cinco mil cuatrocientos años, durante los cuales el firmamento se solidificó para siempre. Lo mismo ocurrió con la tierra durante la época de Chou. De ahí que se afirme con entusiasmo en el I Ching: ¡Qué maravillosos son los principios masculino y femenino! De ellos, siguiendo el mandato del Cielo, surgieron finalmente todas las cosas».
Hubieron de pasar, sin embargo, otros cinco mil cuatrocientos años después del advenimiento de la época de Chou, para que se condensaran ciertas innominadas materias y dieran, así, principio a los cinco elementos esenciales: el agua, el fuego, el metal, la madera y la tierra. Antes de que concluyera una época tan extraordinaria, hubieron  de  transcurrir  otros  cinco  mil  cuatrocientos  años,  al  cabo  de  los  cuales amaneció la época de Yin y todo cuanto conocemos comenzó a surgir y a crecer, como si siguiera la voz de una eterna primavera. No es extraño, por tanto, que diga el Libro del  cómputo  del  tiempo:  «El  numen  celeste  descendió  y  ascendió  el  terrestre.  Se unieron, así, el Cielo y la Tierra y de su copulación surgieron todas las cosas».
En aquella época el Cielo y la Tierra eran tan brillantes como la luz misma y cada uno encerraba dentro de sí los dos principios del yin y del yang, a cuya unión todo debe su existencia.  Durante  los  cinco  mil  cuatrocientos  años  que  siguieron,  en  efecto, aparecieron  las  bestias,  los  animales  y  los  hombres.  De  esta  forma,  quedaron establecidas para siempre las tres fuerzas que rigen los destinos de la naturaleza: el Cielo, la Tierra y el Hombre, que, como queda dicho, vio la luz durante la milagrosa época de Yin.
Después de que Pan - Ku pusiera en orden el universo entero, finalizara el mandato de los Tres Reyes y los Cinco Emperadores [5] hicieran públicas sus por doquier respetadas disposiciones morales, el mundo fue dividido en cuatro grandes continentes. El del este llevaba el nombre de Purvavideha, Aparagodaniya el del oeste, Jambudvipa el del sur y, finalmente, Uttarakuru el del norte. En este libro sólo nos ocuparemos, por obvias razones, del situado en el este del mundo. En el otro extremo del océano que lamía sus costas, se hallaba la renombrada nación Ao-Lai, muy cerca de la cual, en el centro mismo de un plácido mar de serenas aguas, se levantaba la famosa Montaña de las Flores y Frutos. Había surgido en el momento mismo de la formación del mundo y ahora formaba parte de un conjunto de diez islotes, que con el tiempo dieron origen a las Tres Islas [6]. Su belleza era impresionante. No es extraño, por tanto, que el poeta escribiera sobre ella:

Su majestad compite con la serenidad del mismo océano, como si fuera el emperador de los mares. Las olas rompen contra su costado, como montañas de plata que el golpe transforma en diminutas escamas de nieve, lanzando a los peces contra las rocas y sacando de su sueño de profundidad a las serpientes marinas. En su parte suroccidental se aprecian llamativas planicies cargadas de serenidad, mientras que al este todo es abruptez de picos que se arrojan con mal disimulada fiereza en el mar. Los que permanecen, orgullosos, en tierra seca se visten, a la hora del crepúsculo, de tintes violáceos, que esconden su inaccesible bravura pétrea. En sus cumbres cantan, emparejados, los fénix, mientras que a su pie descansan los solitarios unicornios. Por doquier se oye el lamento de los faisanes, que buscan, desesperados, las cuevas en las que habitan los dragones. Toda la isla está poblada de extraordinarios animales que muy pocas veces se ven en otras partes, como los longevos ciervos, las inmortales zorras, las divinas lechuzas o las cigüeñas de negro plumaje. En ese lugar extraordinario la hierba nunca se seca ni las flores se marchitan. La primavera es allí eterna y adondequiera que se dirija la mirada puede verse el verdor de cipreses y pinos, aliados incondicionales de la vida. Los melocotoneros están siempre en flor, las viñas se rompen bajo el peso de su propio fruto, la hierba de los pastos se mantiene siempre fresca y los bambúes alcanzan tales alturas que a veces llegan a frenar la loca carrera de las nubes. Éste es, en verdad, el privilegiado lugar donde el Cielo se apoya y la Tierra descansa de sus muchas fatigas, un paraíso en el que convergen más de cien ríos.

En la cumbre misma de esa extraordinaria montaña había una roca inmortal. Tenía una altura de treinta y seis pies y medio y un perímetro de veinticuatro pies justos. Semejantes medidas no eran casuales, ya que se correspondían exactamente con los trescientos sesenta y cinco días del año solar y las veinticuatro horas [7] que marcan el quehacer cotidiano del hombre. Poseía, además, nueve agujeros profundos y otros ocho de menor longitud, que encontraban su equivalente numérico en las Nueve Constelaciones y en los Ocho Planetas que habitan los palacios celestes. Aunque no crecía sobre ella vegetación alguna, durante mucho tiempo había sido alimentada con las mismas semillas del Cielo y la Tierra y la fuerza extraordinaria del sol y la luna. Finalmente, por acción directa de lo alto, quedó embarazada y empezó a crecer en su interior un embrión sobrenatural. Tras largo período de gestación, se abrió inesperadamente un día y dio a luz un huevo de piedra del tamaño aproximado de un balón. Expuesto a la fuerza de los elementos, se transformó en un mono de piedra, exactamente igual a los que hoy conocemos. No pasó mucho tiempo antes de que aprendiera a correr y a subirse a los árboles. Cuando hubo dominado a la perfección tan difíciles técnicas, se inclinó, reverente, ante los cuatro puntos cardinales y entonces se produjo el milagro: de sus ojos salieron dos rayos potentísimos que llegaron hasta el mismísimo Palacio de la Estrella Polar. Su luz era tan fuerte que llamó la atención del Benéfico Señor del Cielo, el divino Emperador de Jade, que se hallaba reunido con sus ministros en el Palacio de Nubes de los Arcos de Oro, concretamente en la Sala del Tesoro de la Niebla Divina. Sorprendido por su brillo extraordinario, ordenó a Mil Ojos y a Oídos de Viento que abrieran la Puerta Sur del Palacio Celeste y averiguaran de dónde provenía semejante fenómeno. Los dos capitanes cumplieron la orden sin pérdida alguna de tiempo y, tras analizar cuidadosamente la situación, regresaron al lado de su señor y le informaron, diciendo:
- Vuestros indignos servidores han obedecido al pie de la letra el mandato que de vos han recibido y han averiguado que esos potentísimos rayos provienen de la Montaña de las Flores y Frutos. Ese lugar, como sabéis, se encuentra en la región de Ao-Lai, al este del continente de Purvavideha. En esa montaña singular hay una roca inmortal que, extrañamente, ha dado a luz un huevo de piedra. Lo más asombroso, sin embargo, es que los elementos han actuado sobre él y lo han convertido en un mono de piedra. Los rayos que os han molestado han partido precisamente de sus ojos, pues, al inclinarse ante los cuatro puntos cardinales, han adquirido tal viveza que su luz ha alcanzado hasta el mismísimo Palacio de la Estrella Polar. Pero no os preocupéis. El mono en cuestión se ha puesto a comer y a beber y pronto perderá todo su poderío.
- No lo creo yo así - replicó el Emperador de Jade con misericordiosa complacencia -. Las criaturas del mundo que yacen a nuestros pies surgieron de la copulación del Cielo y la Tierra y es natural que de vez en cuando nos sorprendan con su desconcertante modo de actuar.
Para entonces el mono había aprendido a caminar, a correr y a saltar de una parte a otra. Se alimentaba de frutos y plantas y bebía de los múltiples ríos y arroyos que surcaban la isla. La mayor parte del tiempo la pasaba cortando flores y subiéndose a los árboles en busca de frutas. No tardó, sin embargo, en entablar amistad con el tigre, el lagarto, el lobo, el leopardo y el ciervo, aunque consideraba a las otras especies de monos como su auténtica familia. Por la noche dormía en cuevas que abandonaba en cuanto el sol emergía por la línea del horizonte y daba comienzo la mañana. El tiempo transcurría con lentitud, pues, como bien reza el dicho popular, «en lo alto de las cumbres el río avanza y retrocede con tanta regularidad que allí nadie es realmente consciente del paso de los años».
Una mañana, sin embargo, hizo tanto calor que no encontró mejor manera de escapar al bochorno que ponerse a jugar con otros monos a la sombra de unos pinos. Descubrió entonces, sorprendido, lo mucho que se parecía a ellos. Su manera de divertirse era prácticamente la misma. Algunos, de hecho, saltaban de rama en rama en busca de fru- tos, mientras que otros pasaban el tiempo tirándose piedrecitas o arrojándose pequeñas pinas. A veces se llegaban hasta la playa y otros lugares arenosos y se ponían a construir extrañas pagodas de arena. No era tampoco raro que persiguieran a las libélulas y corrieran, como locos, detrás de las lagartijas. No se olvidaban, sin embargo, de incli- narse ante el Cielo, presentando, así, sus respetos a los dignos budas que lo habitan. Pero no por ello dejaban de ser animales revoltosos y estropeaban a placer las viñas y otros árboles que crecían, lujuriosos y exhuberantes, a su alrededor. Cuando se cansaban de eso, se tumbaban en mullidos lechos de hierba y se ponían a buscarse unos a otros pulgas y parásitos. Cuando, tras mucho escarbar en sus tupidos pelajes, encontraban alguno, se lo comían con avidez o, simplemente, lo mataban con las uñas. Otros preferían, no obstante, espulgarse solos. Para ello se llegaban hasta el tronco de un pino y se restregaban una y otra vez contra él, hasta que el ardor desaparecía y la sensación de malestar remitía. Lo que más les gustaba, pese al peligro que ello entrañaba, era jugar y perseguirse entre los pinos. Ya tendrían tiempo después de desprenderse de todos los parásitos que pudieran coger en sus interminables correrías en las verdes aguas de los arroyos. Así lo hicieron aquella mañana, llegándose hasta uno de los torrentes de la montaña. Al ver la fuerza de la corriente y los tumbos que daba el agua entre las rocas, como melones que se destrozaran sin cesar contra las piedras, se quedaron asombrados y comenzaron a ponderar su extraña belleza. A nadie debe sorprenderle que hablaran. Si, como reza el dicho tradicional, «las bestias tienen su lenguaje y las aves el suyo», ¿qué hay de extraño en que los monos se comuniquen entre sí con palabras? Los monos se dijeron, pues, unos a otros:
- Puesto que no sabemos de dónde viene toda esta agua y hoy no tenemos nada que hacer, lo mejor es que remontemos su curso y, así, descubramos dónde se encuentra su fuente. ¿No os parece que será una manera estupenda de pasar el tiempo?
Todos aceptaron, entusiasmados, la idea y, dando grandes voces de júbilo, siguieron montaña arriba el desconocido curso del torrente. Los monos caminaban en familias y no tardaron en dar con su fuente: una impresionante catarata, cuya visión les hizo enmudecer. Se elevaba en el paisaje como una altísima columna, de la que emergían bellísimos arcos iris que el viento hacía cambiar constantemente de posición. A su base danzaban miles de olas blancas, que hacían pensar en brisas realmente inexistentes y en la bravura de desconocidos ríos lunares. Su brillo recordaba, en efecto, al de la dama de la noche y teñía levemente de blanco el profundo verdor del paisaje en el que se hallaba enclavada. Se sospechaba la existencia de poderosos afluentes que la alimentaban, pero la sensación que más dominaba en quien tuviera la suerte de contemplarla era la de una hermosísima cortina que alguien hubiera colgado de las mismas nubes. A la vista de tan inesperado milagro, los monos empezaron a aplaudir y a exclamar, entusiasmados:
- ¡Qué maravilla! ¡Qué increíble belleza! Su agua nace directamente del seno de la montaña y va a desembocar, sin lugar a dudas, en la lejana placidez del Gran Océano. Otros añadieron con inamovible certeza:
- El que se atreva a cruzar esa impresionante cortina y vuelva sano y salvo a contarnos las maravillas que tras ella se esconden será nuestro rey. ¿Hay alguien dispuesto a hacerlo?
Nadie respondió a semejante reto. Hubieron de lanzarlo tres veces al viento, antes de que surgiera, desde muy atrás, el mono de piedra y gritara con voz potente:
- ¡Yo lo haré! ¡Yo cruzaré la cortina de agua y volveré a deciros lo que hay detrás de ella!
Era un mono realmente valiente. No es extraño que su fama se haya mantenido viva de generación en generación, hasta llegar, intacta, a nuestros días. Cuando se lanzó contra la columna de agua, lo hizo con tan arrogante seguridad que parecía un rey trasponiendo la puerta de su propio palacio. Cerró los ojos, tomó impulso y saltó a través de la cascada. Cuando sintió que ninguna gota lamía ya su cuerpo de piedra, volvió a abrirlos y comprobó, asombrado, que estaba ante un puente que brillaba con la misma fuerza que el sol. Incrédulo, se acercó a él con paso inseguro y vio que estaba hecho de láminas de hierro. El agua que fluía bajo su arco manaba de un agujero y se perdía en la distancia, dando, tal vez, nacimiento a la espléndida catarata que acababa de trasponer. De un salto se encaramó en lo alto del puente y desde allí descubrió un paradisíaco lugar, que, sin duda, debía de ser el palacio de alguna persona importante. Yacía entre una tenue neblina, que le otorgaba una pátina que recordaba a la vez al azul puro del cielo y al verdor frío del jade. A juzgar por el número de sus ventanas, debía de tener innumerables habitaciones, aunque no se veía ni a uno solo de sus posibles moradores. Sus muros habían sido cuidadosamente labrados con motivos florales, que se repetían, como en un espejo, en el frondoso jardín que lo rodeaba. Estaba tan cuidado que por fuerza tenía que habitar alguien en tan espléndida mansión. Cerca del muro principal, en efecto, se veían rescoldos todavía vivos de una hoguera, una mesa llena de copas, botellas, platos, cuencos y restos de comida, y un número indeterminado de asientos de piedra de hechura exquisita. Un poco más allá crecían unas cuantas matas de bambú, tras las que se apreciaba el eterno verdor de un grupo de pinos y la olorosa belleza de cuatro o cinco ciruelos. Pese a su innegable sensación palaciega, aquel lugar tenía toda la apariencia de un hogar.
El mono de piedra lo estuvo mirando durante un largo rato, sin dar crédito a lo que veía. Cuando se hubo cerciorado de que no se trataba de sueño alguno, se llegó, de un salto, hasta el centro mismo del puente y, más seguro de sí mismo, miró a izquierda y derecha. Fue así como descubrió una inscripción de piedra que decía: «Ésta es la tierra sagrada de la Montaña de las Flores y Frutos, la Caverna Celeste que esconde la Cortina de Agua».
El mono de piedra no cabía en sí de contento. Había descifrado el misterio de aquel extraordinario lugar y decidió regresar a comunicárselo a sus hermanos. Se dio la vuelta a toda prisa, volvió a cerrar los ojos y, tomando impulso, atravesó, una vez más, el muro de agua.
- ¡Qué suerte he tenido! ¡Qué maravilloso golpe de suerte! - exclamó, entusiasmado, cuando nuevamente se halló en la otra parte.
- ¿Qué hay al otro lado? - preguntaron los monos, rodeándole impacientes -. ¿Qué profundidad tiene allí el agua?
- ¿El agua? - repitió el mono de piedra, riendo -. En ese mundo apenas hay agua. Sólo he visto un puente hecho de láminas de hierro, desde el que se vislumbra una espléndida mansión celestial.
- ¿Qué quieres decir con eso? - volvieron a preguntar los otros monos.
- El agua que pasa por debajo del puente del que os hablo - respondió el mono de piedra, sin dejar de reír -  mana de un agujero en la roca y es tan abundante que ciega totalmente su arco. A un lado del puente se levanta una espléndida mansión de piedra, rodeada de un magnífico jardín lleno de árboles y flores. Junto a su puerta principal hay mesas de piedra con todo tipo de enseres para cocinar: hornos, cacharros, cazuelas, bancos,  platos...  Lo  más  asombroso  es  que  están  hechos  de  pedernal,  como  la inscripción que figura en el centro mismo del puente y que reza: «Ésta es la tierra sagrada de la Montaña de las Flores y Frutos, la Caverna Celeste que esconde la Cortina de Agua». Opino, por tanto, que se trata del lugar ideal para quedarse a vivir. Es extremadamente apacible y de una amplitud tal que puede albergar a miles y miles de seres de toda edad y condición. Asentémonos en él y olvidémonos para siempre de los avatares a los que el Cielo nos tiene sometidos. Allí nos protegeremos del viento y encontraremos abrigo contra la lluvia, porque en ese paraíso la nieve es desconocida y no hiela jamás. En él todo parece poseer el brillo del oro y hasta la niebla es luminosa como los rayos de la luna o el aliento mismo del trueno. ¿Qué hay de extraño, pues, en que las flores nunca se marchiten y estén siempre tan lozanas como las crestas de los pinos?
- Si es verdad lo que dices, ¿a qué esperamos para entrar en ese mundo? - exclamaron los otros monos, alborozados -. Salta tú primero y condúcenos hasta él.
El mono de piedra no se hizo de rogar. Cerró los ojos, tomó impulso y se perdió tras la cortina de agua, gritando:
- ¡Adelante, muchachos! ¡Seguidme todos!
Así lo hicieron los más valientes. Otros, sin embargo, se echaron atrás, como si dudaran de lo que les había dicho su nuevo rey y no se atrevieran a seguir su ejemplo. Afortunadamente al final pudo más la curiosidad que el miedo y, sin dejar de gritar y de dar palmadas, se lanzaron también hacia lo desconocido. Todos fueron a parar encima del puente, pero no estuvieron allí mucho tiempo, porque pronto se abalanzaron sobre los hornos y platos de piedra, luchando maleducadamente por los tazones y las sillas. Fue una suerte que estuvieran hechos de piedra; de lo contrario, hubieran quedado reducidos a añicos en muy poco tiempo. La batahola era francamente indescriptible y sólo amainó cuando a los monos les fueron fallando las fuerzas y se echaron a descansar tranquilamente en la hierba. El mono de piedra se sentó entonces en el sitio más elevado que pudo encontrar y les dijo con ademán solemne:
- Caballeros, como vos bien sabéis y el dicho reza, quien no goza de confianza no puede realizar hazaña alguna. Vosotros mismos acordasteis no hace mucho que quien traspusiera  la  cortina  de  agua  y  volviera  a  cruzarla  sin  sufrir  daño  alguno  sería nombrado vuestro rey. Pues bien, yo lo he hecho no una vez, sino dos y he tenido, incluso, la delicadeza de traeros a vivir a un lugar tan privilegiado como éste, para que gocéis de sus maravillas y criéis sin ningún sobresalto a vuestras familias. ¿Cómo es posible, pues, que no os arrodilléis ante mí y me presentéis vuestros respetos? ¿Es que habéis olvidado tan pronto vuestra promesa? ¿Qué clase de mono es el que no cumple su palabra?
Al oírlo, todos los monos se sintieron profundamente avergonzados y, cruzando las manos sobre el pecho, se postraron humildemente en la tierra. A continuación le fueron presentando sus respetos uno por uno, empezando por los de más edad y terminando por los  más  jóvenes.  Cuando  hubieron  terminado,  se  inclinaron,  reverentes,  ante  él  y gritaron todos a una:
- ¡Viva nuestro rey!
De esta forma, fue entronizado el mono de piedra, que empezó a ser conocido a partir de aquel mismo momento como el Hermoso Rey de los Monos. Así lo atestigua un antiguo poema, que dice:

Una vez que todo hubo surgido de la copulación del Cielo y la Tierra, apareció una roca divina de la unión de la luna y el sol. Pronto se transformó en un huevo, que, con el paso del tiempo, se fue convirtiendo en un espléndido mono. Su inteligencia era tan profunda que llegó a penetrar en el misterio del Gran Tao y a conocer el secreto del mismísimo elixir de la vida. Nadie ha visto jamás los rasgos de su espíritu, porque carece totalmente de forma, pero su obrar es de todos conocido y jamás ha dejado de ser ensalzado por doquier. Su recuerdo perdurará de edad en edad, porque es un rey sabio cuyo dominio se extiende más allá de las imprecisas fronteras del fluir eterno.

Sin pérdida de tiempo el Hermoso Rey de los Monos seleccionó a los más valientes e inteligentes de sus súbditos y los nombró ministros y oficiales. Todos aceptaron esos nombramientos sin envidia ni rencor y se pusieron a recorrer el nuevo mundo que les había tocado en suerte habitar. Su existencia no podía ser más idílica. Por la mañana recorrían la Montaña de las Flores y Frutos, retirándose a descansar a la Caverna de la Cortina de Agua cuando la noche caía y todo yacía en la oscuridad. Los monos vivían en una armonía perfecta, sin mezclarse con otras bestias y animales, celosos de su independencia y pendientes solamente de su propia felicidad. Durante la primavera re- cogían flores, frutos durante el verano, en el otoño bayas y nueces, y raíces[8] en el invierno. ¿Qué más podían pedir?
El Hermoso Rey de los Monos llevaba gozados trescientos o cuatrocientos años de una existencia tan plácida cuando un día, mientras asistía a un banquete rodeado de los otros
monos, se puso de pronto tan triste que las lágrimas empezaron a fluir libremente por sus mejillas. Los monos se llegaron hasta él, alarmados, e, inclinándose con más respeto que de costumbre, le preguntaron:
- ¿Se puede saber qué es lo que os pasa, gran señor?
- Aunque he de admitir que ser vuestro dueño ha traído la paz a mi espíritu - respondió el Rey de los Monos -, la incertidumbre del futuro se ha apoderado de él y ha plantado en mi corazón la semilla de la inquietud.
- ¡Vamos, majestad! - exclamaron los monos, soltando la carcajada -. ¿Cómo es posible que no estéis satisfecho con la vida que llevamos? Habitamos una montaña inmortal, enclavada  en  una  tierra  sagrada,  y  por  la  noche  descansamos  en  una  cueva  que pertenece a los mismísimos dioses. ¿Es que no os satisfacen los banquetes que ofrece- mos  a  diario  en  honor  vuestro?  Hasta  los  inmortales  tienen  envidia  de  nuestra existencia. Ni siquiera los fénix o los unicornios tienen poder alguno sobre nosotros y, lo que es más importante, hemos escapado totalmente a la influencia del hombre. ¿Qué bendición puede haber más grande que esta independencia de la que ahora gozamos? ¿Cómo podéis afirmar que os preocupa el futuro?
- Es verdad que no estamos sujetos a las disposiciones humanas ni somos los esclavos de ningún animal y que ni siquiera la vejez tiene poder alguno sobre nosotros - admitió el Rey de los Monos -. Pero eso no quiere decir que hayamos escapado a la influencia de Yama, el Rey de Ultratumba. ¿De qué nos habrá servido vivir tanto tiempo, si, a la postre,  hemos  de  morir?  ¿No  comprendéis  que,  a  pesar  de  nuestra  paradisíaca existencia, no nos contamos entre el número de los inmortales?
Al oírlo, los monos se llevaron, aterrados, las manos a la cara y empezaron a llorar desconsoladamente. La inquietud de su rey se había apoderado también de su espíritu, atormentados por el insoportable pensamiento de su propia desaparición. Sin embargo, cuando más desgarradores sonaban sus gritos, se adelantó uno de los monos de rango inferior e, inclinándose ante su señor, dijo con estremecedora convicción:
- Como muy bien sabe vuestra graciosa majestad, dentro de las cinco clases de seres vivos [9] que existen, sólo hay tres que han logrado escapar a la tiranía de Yama, el Rey de Ultratumba.
- ¿Sabes tú cuáles son? - le preguntó, sorprendido, el Rey de los Monos.
- Por supuesto que sí - respondió él -. Solamente hay que estar un poco familiarizados con la religión para conocer esas verdades. Los únicos que no están sujetos a la muerte son los budas, los inmortales y los sabios. Tan sólo ellos han conseguido romper la férrea rueda de la transmigración, escapando, de una vez por todas, a la serie infinita de nacimientos y muertes que nos aguarda a los demás y poseyendo una existencia tan larga como la del Cielo, la Tierra, las Montañas y los Cursos de Agua.
- ¿Sabes dónde viven esos seres tan extraordinarios? - volvió a preguntar el Rey de los Monos.
- No hay que salir de las tierras de Jambudvipa para dar con ellos - contestó el mono religioso -. Habitan, de hecho, en las cavernas de las montañas inmortales de ese lejano continente.
- En ese caso - concluyó el Rey de los Monos, temblando de satisfacción y esperanza -, mañana mismo abandonaré esta montaña y partiré en su busca. Daré con ellos, aunque tenga que recorrer toda la tierra y alcanzar los mismos confines del mar. Cuando lo haya hecho, permaneceré a su lado hasta que me hayan transmitido el secreto de la eterna juventud y, así, me libraré para siempre de la inquebrantable tiranía del Rey Yama.
Su entusiasmo por escapar a las redes de la transmigración y convertirse en un gran sabio en todo similar al mismo Cielo se apoderó de todos sus súbditos, que empezaron a aplaudir, entusiasmados, mientras se decían unos a otros:
- ¡Qué maravillosa idea ha tenido nuestro soberano! Mañana recorreremos de cabo a rabo la montaña, recogeremos todos los frutos y bayas que encontremos y daremos un espléndido banquete de despedida a nuestro Gran Rey.
En cuanto hubo amanecido, los monos partieron, en efecto, a la búsqueda de melocotones, frutos, hierbas aromáticas y raíces dulces. Recogieron, además, orquídeas, crisantemos y toda clase de flores exóticas y adornaron con ellas la enorme mesa de piedra que había junto al muro principal de la mansión. Fue allí exactamente donde tuvo lugar el rutilante convite de despedida. El aroma de los vinos se confundía con el de las cerezas, rojas de madurez y de lúbrica tentación, y el de las ciruelas de fina piel y pulpa dulce. A su lado se veían ramas de lechíes [10], algunas todavía en flor; espléndidas peras doradas, que recordaban, por su forma, cabezas de sonrientes conejos; hermosos dátiles, palpitantes como corazones de pollo recién arrancados; olorosos melocotones, dulces como el mismísimo elixir de la vida; fresas cargadas de acidez y dulzura al mismo tiempo, que traían a la memoria el ambiguo sabor de ciertos quesos y la mantecosa suavidad de la nata; inmensas sandías, cargadas del rubor de doncellas de su pulpa y de las lágrimas de azabache de sus semillas; sabrosísimas granadas, que, una vez abiertas, parecían extraños seres preñados de rubíes; espléndidos racimos de uva, que se convertían en mosto nada más tocarlos, ahogando en su zumo, como el vino, la sed y la ansiedad; naranjas pintadas de sol, que rivalizaban en luminosidad con la amarillenta fiereza de las nueces y las almendras; toda clase de frutos, semillas y bayas llenaba, en definitiva,  la  espléndida  mesa  de  mármol,  que  se  extendía,  con  coqueta  gallardía, paralela al muro anterior de la casa. De nada puede presumir el buen gusto de los humanos, comparado con el que aquel día hicieron gala los traviesos monos de la montaña.
El rey ocupó la cabecera de la mesa, mientras los demás fueron tomando asiento según su rango y edad. El banquete duró un día entero. El vino corrió como los torrentes y todos los monos se turnaron en servir a su soberano, que en ningún momento dio muestras de sentirse medianamente ebrio. A la mañana siguiente su sobriedad era, de hecho, absoluta. Se levantó muy temprano, convocó a todos sus súbditos y les dio instrucciones muy precisas para el viaje, diciéndoles:
- Cortad unos cuantos pinos y construid una balsa con ellos. Como pértiga usaré la vara de bambú más larga que podáis encontrar. Ya sabéis que el mar es profundo y el viaje por fuerza ha de durar muchos días. Por eso, habréis de preparar también gran cantidad de bayas y frutos con los que poder alimentarme.
Cuando todo estuvo dispuesto, montó en la balsa y, de un poderoso golpe de pértiga, se adentró en las aguas del océano inmenso. El viento le ayudó en su intento, soplando con fuerza en dirección al extremo sur del continente de Jambudvipa. El poema habla claramente de su gesta, diciendo:

El mono que debe su existencia a lo alto abandonó la montaña en la que habitaba y gobernó con pericia su balsa, hasta que logró colocarla en las mismas manos del viento. Impulsado por su fuerza, surcó los mares en busca de la inmortalidad. Esa ansia se había enseñoreado de su espíritu, expulsando de él cuantas cuitas nos aferran a los demás mortales a la tela de araña de la existencia. Su corazón y su mente habían sido predestinados a realizar grandes gestas. Por eso, se vaciaba ahora de todo y se lanzaba a la nada de la distancia en busca del inaprensible misterio de los orígenes y la muerte.

La suerte guió su derrota con gesto seguro. Durante días no dejó de soplar, de hecho, un fuerte viento del sureste que llevó su balsa hasta las costas del noroeste, en el extremo mismo del continente de Jambudvipa. Cansado de tan largo periplo, tomó un día la pértiga y, tras comprobar que las aguas habían dejado de ser profundas, saltó de la balsa y nadó con fuerza hacia la playa. El lugar bullía con una animación extraordinaria. Adondequiera  que  se  dirigiera  la  mirada  podía  verse  gente  atareada. Algunos  se afanaban pescando; otros, cazando patos salvajes; quien se dedicaba a la busca de almejas, cavando pacientemente en la arena; el de más allá hacía diques, para que el agua, al secarse, dejara su poso de sal. Al ver acercarse al Rey de los Monos, fiero como un espíritu y torpe como una bestia, abandonaron sus redes y sus cubos y corrieron, despavoridos, a esconderse. Sólo uno de ellos, que estaba cojo y no tenía miedo a nada, siguió en su sitio, sin prestarle la menor atención. Con inusitada pericia el mono le despojó de sus ropas, dejándole totalmente desnudo y poniéndoselas él como mejor pudo. No tardó mucho en acostumbrarse a ellas y, de esta forma, pudo pasar más desapercibido entre los hombres, cuyas costumbres y modos de vida llegó a dominar casi a la perfección. Recorrió ciudades y pueblos, se adentró en lonjas y mercados, habló con unos y trabó amistad con otros, descansó durante la noche y llenó la barriga durante el día, pero en ningún momento se olvidó de los budas, los inmortales y los sabios, poseedores del secreto de la eterna juventud. Fue así como descubrió que los hombres sólo corrían detrás del lucro y la fama, sin importarles para nada el fatídico fin que les aguardaba. Ni uno solo de los que conoció mostró jamás la más mínima preocupación por la muerte, como si nunca hubiera de acaecerle a él.
¿Cómo era posible que su búsqueda de fama y fortuna no acabara jamás? El ansia por las riquezas y el poder los tiranizaba como un gobernador sin entrañas, pero ellos se ofrecían, gustosos, a su juego, levantándose temprano de sus lechos y volviendo a ellos al anochecer. Por conseguir una sola moneda de cobre no les importaba montarse en sus mulos y cabalgar durante días sin fin. Su avaricia carecía de toda medida. El que había llegado a primer ministro soñaba con ser rey y el que había alcanzado ya el trono aspiraba a convertirse en dios. ¡Pobres seres infelices, sedientos del reconocimiento y el honor, absurdos ignorantes de la inevitable llamada de Yama! Su ceguera los obligaba, incluso, a amontonar riquezas y fama para sus hijos y nietos, como si éstos no hubieran de padecer la misma enfermedad. ¿Por qué nadie escapaba de esa locura y se detenía a pensar en el implacable fin que le aguardaba?
Con tan deplorable actitud a su alrededor no es extraño que la búsqueda del Rey de los Monos se tornara totalmente inútil. ¿Cómo iba a dar con el secreto de la inmortalidad, si nadie se preocupaba por ella? Pero no se desanimó. Durante ocho o nueve años no hizo otra cosa que recorrer pueblos y cruzar ciudades, hasta que, finalmente, llegó hasta el extremo opuesto del desconcertante continente de Jambudvipa. Ante él se extendía la interminable placidez del Gran Océano Occidental. Era tan inmenso que sintió la urgencia de adentrarse en sus aguas, seguro de que los inmortales habitaban más allá de la línea del horizonte. Sin pérdida de tiempo construyó una nueva balsa, similar a la que había usado en su anterior periplo, y se lanzó, ilusionado, a las aguas. Tras muchos meses de penosa navegación, arribó, por fin, a las lejanas costas del continente de Aparagodaniya, situado en el extremo occidental del mundo. Pero parecía estar totalmente deshabitado y su entusiasmo sufrió un serio revés. Con gesto cansado se adentró en la tupida selva que se extendía al otro lado de la playa y descubrió una impresionante montaña, cuya cresta se perdía entre las nubes y cuya base se hallaba firmemente anclada en la espesa vegetación que todo lo cubría. Su inmarcesible belleza le hizo recuperar la esperanza y se lanzó a la conquista de su cumbre, sin importarle para nada el peligro que podían suponer los lobos, las alimañas, los tigres y las panteras que, sin duda alguna, habitaban en sus faldas. El Rey de los Monos no temía a nada. A medida que ascendía, iba descubriendo un paisaje de indescriptible hermosura y eso le hizo olvidarse definitivamente de las bestias.
La montaña formaba, en realidad, parte de una amplísima cordillera, cuyos picos se alzaban en la distancia alineados como lanzas de un ejército a punto de entrar en batalla. En algunos reverberaba el sol, como si realmente estuvieran hechos de acero, mientras que otros se hallaban cubiertos de una espesa niebla azulada, que hacía presentir la inminencia de una lluvia torrencial. Sin embargo, lo que a todos identificaba era el profundo verdor de la impenetrable vegetación que los cubría. Sus árboles, viejos como el mismo mundo, tenían sus ramas entrelazadas y junto a ellos pasaba una inextricable red de veredas que no conducían a parte alguna. Los pinos y los bambúes se contaban por millares, dando sombra protectora a una hierba que había crecido sobre aquella tierra sagrada durante millares de años y a unas flores que no dejaban de abrirse, sin importarles para nada la estación o la hora del día. A ello había que sumar la escondida sinfonía de los pájaros, el límpido susurro de los arroyos, la fresca risa de las hojas de los árboles al ser sacudidas sin cesar por el viento. Pero se sentía, al mismo tiempo, el silencioso formarse de las orquídeas en lo profundo de los despeñaderos y la inaudible ascensión de los musgos y líquenes por los resbaladizos muros de los terraplenes. La montaña era un ensordecedor canto a la vida y ella misma parecía palpitar, como si formara parte del cuerpo de un gigantesco dragón. Por fuerza tenía que ser la escondida residencia de algún ser eminente.
Eso pensaba, al menos, el Rey de los Monos, cuando llegó, por fin, a la cumbre de montaña tan singular. Jadeante por el esfuerzo, miró con curiosidad a su alrededor y le pareció oír, de pronto, una voz de hombre, que provenía del interior de la selva que se extendía a su derecha. Se lanzó hacia ella a toda velocidad y, azuzando el oído, com- probó que no se había equivocado. Con beatífica despreocupación alguien estaba cantando una canción, que decía:

Soy un amante empedernido del ajedrez, pero lo que más me gusta es cargar el hacha al hombro [11] y recorrer los bosques. Adoro el sonido del acero al descuartizar la madera fresca; sin embargo, lo que de verdad me apasiona es dirigirme a la entrada del valle, sudando bajo el peso de la leña que  he  de   cambiar   por  vino   a   mis   vecinos.   Entonces   me   siento   tan  feliz   que  río despreocupadamente, como si, en vez de un hombre, no fuera más que un chiquillo. No me importa que la cercanía del invierno haya pintado los caminos de escarcha y las cumbres de nieves venerables. Mi mundo es el bosque y en él voy desgranando la plácida monotonía de mi existencia. Tumbado mirando a la luna, las raíces de pino me sirven de almohada y su dureza terrosa me brinda tan muelle descanso que duermo de un tirón hasta el amanecer. Entonces asciendo, seguro, hasta las mesetas y escalo los altísimos picos que las sustentan en busca de madera para la fortaleza irresistible de mi hacha. Cuando he logrado reunir la suficiente, la cargo sobre mis hombros y me dirijo, sin dejar de cantar, hacia el mercado, donde la cambio por unos celemines de arroz. Jamás discuto su precio, porque no busco el enriquecimiento ni el propio provecho, y el honor es para mí tan baldío como las rocas que se precipitan torrentera abajo, cuando se produce un alud. Mi vida se ha aliado con la sobriedad, siguiendo el camino trazado por los inmortales y los respetables maestros taoístas, que explican La corte amarilla [12] sentados plácidamente en el suelo.

Cuando el Rey de los Monos lo oyó, se llenó de una profunda alegría y se dijo, esperanzado:
- ¡Así que los inmortales se esconden en este lugar! ¿Quién lo hubiera dicho?
Penetró aún más en el bosque y así llegó, sin ser visto, hasta donde estaba el leñador blandiendo su hacha. Lo primero que le llamó la atención fue su extraña indumentaria. El sombrero que lucía en la cabeza estaba hecho totalmente de hojas y de ramitas de bambú recién cortadas. La saya que cubría su cuerpo era de algodón basto y ceñía su cintura un tosco cinturón de seda sin teñir. Un par de sandalias de paja cubría sus pies, toscos como las raíces de árboles centenarios, que contrastaban fuertemente con el brillante filo de su pesadísima hacha. Al hombro llevaba un gigantesco haz de leña, tan llamativamente voluminoso que no cabía la menor duda de que aquel hombre era uno de los mejores leñadores que existían. El Rey de los Monos abandonó su escondite y, levantando la voz, dijo:
- ¡Eh, inmortal, no te vayas! Necesito que me enseñes tu secreto, porque la muerte me aterra y no me deja vivir tranquilo.
¿Inmortal yo? - exclamó el leñador, tan avergonzado que dejó caer al mismo tiempo al suelo el hacha y el haz -. ¡Infeliz de mí! ¿Cómo voy a ser un inmortal, si apenas tengo lo suficiente para vestirme y alimentarme?
- Si no eres un inmortal, ¿cómo es que hablas su misma lengua? - preguntó el Rey de los Monos, a su vez, sorprendido.
- ¿Qué he dicho yo para que te hayas hecho una idea tan equivocada de mí? - replicó el leñador -. Que yo sepa, mi lengua es tan tosca como la de los animales que nos rodean.
- Vamos. No seas tan humilde - contestó el Rey de los Monos -. Nada más entrar en el bosque, te he oído cantar una canción que, poco más o menos, terminaba así: «Mi vida se ha aliado con la sobriedad, siguiendo el camino trazado por los inmortales y los respetables maestros taoístas, que explican La corte amarilla sentados plácidamente en el suelo». Todo el mundo sabe que ese libro contiene los secretos del taoísmo. ¿Cómo ibas a conocer, pues, su existencia, si no fueras un inmortal?
- Yo no sé absolutamente nada de esas cosas - respondió el leñador, después de reírse todo lo que quiso -. Esa canción que dices forma parte de un largo poema titulado Una corte habitada totalmente por capullos, que me enseñó un vecino mío. El sí que es un inmortal y, al verme tan abrumado y cargado de preocupaciones, se apiadó de mí y me aconsejó que lo recitara cuando estuviera al límite de mis fuerzas. Según me dijo, su belleza traería la paz a mi espíritu y al punto desaparecerían todos mis problemas. Precisamente un poco antes de que tú aparecieras, me sentía un podo deprimido y me puse a cantarla. Lo que menos sospechaba es que alguien pudiera estar oyéndome.
- Si, como afirmas, eres vecino de un inmortal - indagó, una vez más, incrédulo, el Rey de los Monos -, ¿cómo es que no sigues sus enseñanzas? ¿No sería más práctico que dominaras  el  secreto  de  la  eterna  juventud,  en  vez  de  dedicarte  al  aprendizaje  de extraños poemas que no conducen a ningún sitio?
- ¿Para qué quiero yo una juventud eterna? - replicó el leñador -. Mi vida siempre ha sido muy dura. Hasta los ocho o nueve años dependí de mis padres. Precisamente entonces, cuando estaba empezando a comprender qué era esto de la vida, murió mi padre, y mi madre no volvió a casarse nunca más, así que no tuve ningún otro hermano.
¿Qué remedio me quedaba, salvo ponerme a trabajar como un loco y tratar, así, de sacar adelante a la familia? Mi madre siempre ha sido para mí lo más importante y no voy a abandonarla ahora que su edad es muy avanzada. Para colmo de males, los campos que poseo son muy pedregosos y apenas producen lo suficiente para alimentarnos ella y yo. Así que me veo obligado a adentrarme en el bosque todos los días en busca de madera, que después cambio en el mercado por unos cuantos celemines de arroz. Lo cocino yo mismo. No es que se me dé muy bien, pero con el tiempo he logrado adquirir cierta práctica e, incluso, he llegado a convertirme en un maestro en el arte de preparar el té.
¿Comprendes ahora por qué no puedo dedicarme a las terribles ascesis que propugna mi ilustre vecino?
- Eso no tiene nada que ver - concluyó el Rey de los Monos -. Por lo que acabas de contarme, colijo que eres una persona extremadamente piadosa y no me cabe la menor duda de que, más tarde o más temprano, serás recompensado como mereces. Ahora, si no te importa, me gustaría que me condujeras hasta donde vive el inmortal. Así podré presentarle mis respetos y pedirle que me transmita sus valiosísimas enseñanzas.
- Está muy cerca de aquí - explicó el leñador -. El frondoso lugar en que nos encontramos es conocido como la Montaña del Corazón y la Mente. En ella hay una cueva llamada de las Tres Estrellas y la Luna Menguante, dentro de la cual habita un inmortal que responde al nombre de venerable Subodhi. A lo largo de su longeva existencia ha adoctrinado a miles de discípulos y actualmente calculo que siguen sus enseñanzas unas treinta o cuarenta personas. Su casa está a siete u ocho millas de aquí. Precisamente  este  camino  lleva  directamente  hasta  allí.  Síguelo  sin  desviarte  a  la derecha o a la izquierda y te aseguro que, antes de que te des cuenta, habrás llegado ante su puerta.
- ¿Por qué no me llevas tú? - le suplicó el Rey de los Monos, agarrándole, nervioso, de la saya de algodón -. Si saco algún provecho de esta visita, prometo recompensarte por todas las molestias que te has tomado conmigo.
- ¡Cuidado que eres cabezota! - protestó el leñador -. Acabo de decírtelo y todavía no quieres entenderlo. ¿No comprendes que, si te acompaño, perderé un tiempo precioso y no podré cuidar de mi madre como es debido? Tengo que cortar toda la madera que pueda para cambiarla por arroz. ¿No te das cuenta de que soy muy pobre? Lo siento mucho, pero no puedo ir contigo.
El Rey de los Monos comprendió que no había nada que hacer y se dirigió al camino que le había señalado el leñador. Era extremadamente estrecho y seguía un trazado muy sinuoso e irregular, como si hubiera sido creado por una cabra. Con no poca dificultad avanzó por él y a las siete u ocho millas vislumbró la entrada de una cueva. Estaba enclavada en un paraje espléndido, en el que la neblina brillaba como si se hubiera apoderado de parte de la luz de la luna y el sol. Los cipreses se contaban por millares y a su lado podían verse pujantes brotes de bambú, que dotaban a todo el paisaje de una refrescante sensación de agua de lluvia. Junto a la boca de la cueva se extendía una tupida alfombra de flores de toda especie, que rivalizaban en belleza con el perenne verdor de la hierba, tan profundo que parecía de jade. Una legión de musgos y líquenes se aferraba a las rocas, otorgándoles una venerable apariencia de ancianos de luengas barbas  y  ademán  sereno.  En  la  lejanía  parecía  oírse  el  mítico  canto  de  los  fénix, mientras  el  rítmico  crotorar  de  la  cigüeñas  se  adueñaba  de  todas  las  marismas  y ascendía, raudo, hacia los cielos, cargados de nubes que recordaban bordados multicolores. Se presentía la cercanía de blancos cervatillos, leones de oro y elefantes de jade, como si aquel sagrado lugar fuera, en realidad, un remedo del paraíso.
El Rey de los Monos se percató en seguida de que la puerta de la cueva estaba firmemente cerrada y de que por sus alrededores no se apreciaba ningún vestigio de presencia humana. Todo yacía en una serenidad total, como si acabara de producirse el mismo momento de la creación. Al volverse, vio que en lo alto del acantilado en el que se hallaba enclavada la gruta había un enorme cartel de piedra. Tenía aproximadamente una altura de treinta pies y una anchura de ocho, y en él había sido escrito con artísticas letras de inusitado tamaño: «La Montaña del Corazón y la Mente. La Caverna de las Tres Estrellas y la Luna Menguante».
Eso pareció complacer sobremanera al Rey de los Monos, que se dijo, ilusionado:
- En verdad es de fiar la gente que habita esta tierra, pues, en contra de lo que yo esperaba, existen realmente la montaña y la cueva de ese nombre.
Se acercó un poco más a la gruta, pero no se atrevió a romper la paz que se respiraba en el ambiente, llamando desconsideradamente a la puerta. Prefirió, pues, seguir gozando de él. Se subió a un pino de un acrobático salto, cogió una pina y se puso a comer tranquilamente el tesoro de piñones que encerraba. Al poco rato oyó el chirrido de una puerta y, volviendo a toda prisa la cabeza, vio salir de la cueva a un joven inmortal. Su figura era graciosa en extremo y todos sus rasgos poseían una finura propia de príncipes o de grandes señores. Llevaba dos cintas de seda atadas a la cabeza y vestía una túnica tan amplia que el batir de sus pliegues se confundía con el mismísimo soplo del viento. Tanto su cuerpo como su rostro aparecían nimbados de una extraña luz, verdadero trasunto de la inteligencia universal, que le hacían ajeno a cuanto le rodeaba, sin perder del todo su conexión con ello. Parecía tener la edad del mundo y, al mismo tiempo, la tímida inexperiencia del adolescente. Daba la impresión de estar por encima de todo dolor, impasible a la felicidad y a la desgracia, pero levantó, de pronto, la voz y gritó:
- ¿Se puede saber quién está ahí metiendo ruido?
El Rey de los Monos saltó a toda prisa del pino e, inclinándose ante él, respondió:
- Soy yo, un humilde buscador de inmortalidad, que lamenta sinceramente haberos molestado.
- ¿De verdad estás interesado en el Tao? - volvió a preguntar el joven, soltando la carcajada.
- Así es - reconoció el Rey de los Monos.
- No necesitabas contestarme - afirmó el joven -. Ya lo sabía. Precisamente hace unos minutos mi maestro se disponía a impartirnos sus enseñanzas, cuando se volvió, de pronto, hacia mí y me dijo: «Ahí fuera hay alguien que quiere penetrar en los secretos del Tao. Sal y dale la bienvenida en mi nombre y en el de todos los inmortales que aquí habitamos». Así que he supuesto que serías tú.
- En efecto - contestó el Rey de los Monos, sonriendo, satisfecho -. ¿Quién otro podría ser?
- En ese caso - concluyó el joven -, sígueme.
El Rey de los Monos se arregló las ropas como mejor pudo y entró en la cueva detrás del inmortal, que le condujo a través de un complicado entramado de pasillos y grandes salas, en las que habían sido labrados artísticos arcos de piedra. Algunas estaban totalmente vacías, mientras que otras mostraban el abigarrado lujo que sólo se ve en los palacios. El Rey de los Monos no tuvo oportunidad de gozar de su belleza, porque el joven caminaba muy deprisa y él no quería perderse en aquel inextricable laberinto. Por fin, tras muchos giros y vueltas, llegaron ante una espléndida plataforma de jade verde, sobre la que se hallaba sentado el venerable Subodhi. Su porte era solemne y a su alrededor se hallaba una pequeña cohorte de no menos de treinta inmortales de rango inferior. Ninguno podía, no obstante, compararse con él. Bastaba con mirarle para percatarse de la profundidad de su inteligencia y de la desconcertante pureza de su mente. Se sentía palpablemente que era un ser sin principio y que jamás tendría fin, siempre meditando en la auténtica sabiduría del total abandono [13] . Eso otorgaba a su figura  una  apacible  apariencia,  en  la  que  los  contrarios  coexistían,  creándose  y destruyéndose al mismo tiempo. El todo y la nada se aunaban en su venerable cuerpo de auténtico Buda, que, sin duda alguna, poseía la misma edad del universo. ¿Qué importaba que hubiera surgido varios milenios después del período de Dhzu? El maestro Subodhi era el auténtico Gran Sacerdote de la Iluminación.
En cuanto el Rey de los Monos le vio, se echó inmediatamente rostro en tierra y, sin dejar de golpear el suelo con la frente, dijo:
- Sois, de verdad, el maestro más sabio que existe. Permitidme, pues, contarme entre el número de vuestros discípulos.
- ¿De dónde eres? - le atajó en seguida el anciano venerable -. Si quieres convertirte en discípulo mío, tendrás que decirnos primero tu nombre y el país del que procedes.
- Vuestro humilde servidor - contestó el Rey de los Monos con desacostumbrado respeto -  procede de la Cueva de la Cortina de Agua, que se halla en la Montaña de las Flores y Frutos en el país de Ao-Lai del lejano continente de Purvavideha.
- ¡Echadle inmediatamente de aquí! - gritó entonces el anciano venerable -. No es más que un impostor y un mentiroso redomado. ¡No comprendo cómo puede estar interesado en la iluminación de nuestra pura doctrina!
- ¡Yo jamás he dicho una mentira en toda mi vida! - protestó el Rey de los Monos, golpeando con su frente el suelo con más energía que antes -. ¡Creedme! La respuesta que acabo de daros es tan auténtica y verdadera como el sonido de vuestra propia voz.
- ¡No mezcles mi voz con tus embustes! - bramó, ofendido, el anciano venerable -.
¿Cómo quieres que creamos que procedes del continente de Purvavideha, si entre ése y el nuestro se extienden dos grandes océanos, separados por el inmenso continente de Jambudvipa? Es prácticamente imposible hacer un viaje tan largo. ¿No lo comprendes?
- Vuestro humilde servidor - respondió el Rey de los Monos, sin atreverse a levantar la vista del suelo -  ha invertido más de diez años en llegar hasta aquí. En todo ese tiempo ha tenido que vadear mares y cruzar un sinfín de regiones de todo tipo.
- Admito que tan interminable viaje pueda hacerse en etapas - reconoció el anciano venerable, más calmado -. Pero para determinar si es verdad o no lo que dices, me gustaría saber cuál es tu natural.
- Mi carácter es de lo más apacible - explicó el Rey de los Monos, repentinamente animado -. Si alguien me insulta, ni siquiera me inmuto, y, si me golpea en la cara, jamás se lo tengo en cuenta. Yo, señor, soy de los que piensan dos veces las cosas antes de hacerlas y, de esta forma, logro dominar a tiempo los ataques de ira. Puedo asegura- ros que toda mi vida he seguido al pie de la letra este principio: «No cedas jamás al mal humor, porque es la fuente misma de la infelicidad».
- Se ve que labia no te falta - reconoció el anciano venerable -. Sin embargo, al preguntarte sobre tu natural, no me refería a tu carácter, sino al nombre de tus padres.
- Yo no tengo padres, gran señor - contestó el Rey de los Monos.
- ¿Quieres decir que has surgido de un árbol? - preguntó el anciano venerable, burlón.
- Por supuesto que no - respondió el Rey de los Monos, sin prestar atención a su extraño tono de voz -. Yo debo mi existencia a algo tan humilde como una roca de la Montaña de las Flores y Frutos. Durante milenios fue considerada como inmortal, pero un día se abrió de repente y de ella salí yo.
Esa respuesta pareció complacer grandemente al anciano venerable, que dijo:
- Bien. Eso aclara tu origen. No puede decirse que no seas una criatura afortunada, pues muy pocos pueden preciarse de tener al Cielo y a la Tierra como padres. Ahora, si no te importa, me gustaría verte andar.
El Rey de los Monos se puso inmediatamente de pie e, irguiéndose cuanto pudo, dio un par de vueltas alrededor de la plataforma de jade. Al ver su andar renqueante, el anciano venerable soltó la carcajada y dijo:
- Aunque los rasgos de tu rostro son de atractiva apariencia, hay que reconocer que, por tu modo de andar, te pareces a un mono que sólo se alimentara de piñones. Por cierto, eso me da una idea. Como todavía no tienes nombre propiamente dicho y tu aspecto es el de una bestia, te llamaremos Hu. Ahora, si quitamos su radical y descomponemos en dos los caracteres que lo forman, tenemos las palabras «ku» y «üe», que, como tú bien sabes, significan respectivamente «anciana» y «hembra». Ahora bien, como una mujer anciana es incapaz de concebir, opino que lo mejor es que te apellides Sun. Te voy a explicar con más claridad por qué me inclino por este nombre y no por aquél. Si lo sometemos al mismo proceso que la palabra Hu, descubriremos que está formado por los caracteres «tzu» y «si», que significan «muchacho» y «bebé». Precisamente dentro de la tradición taoísta ocupa un lugar muy destacado la llamada doctrina de la infancia. De ahí que me haya parecido tan apropiado apellidarte Sun.
- ¡Qué bien! - exclamó el Rey de los Monos, alborozado, sin dejar de inclinarse ante su venerable maestro -. Por fin he recibido un apellido conforme a mis características personales. Sin embargo, quisiera pediros un nuevo favor. Puesto que llamar a uno por su apellido resulta demasiado formal y vos, por fuerza, habréis de regañarme con cierta frecuencia, para que os resulte menos violento ordenarme cuanto deseéis, me gustaría poseer también un nombre como todo el mundo.
- Déjame pensar - dijo el anciano venerable, mirándole fijamente a los ojos -. A todos mis otros discípulos les he dado un nombre, basado en los doce principios que integran mi tradición doctrinal y el rango que ellos ocupan dentro de la misma. Por cierto, tú perteneces al décimo.
- ¿Qué principios son esos? - preguntó interesado el Rey de los Monos.
- Lo ancho, lo grande, lo sabio, lo inteligente, lo verdadero, lo adecuado, lo natural, lo acuoso, lo agudo, lo despierto, lo completo y lo alerta - contestó, solemne, el anciano venerable -. Tú, como acabo de decirte, perteneces al décimo grupo, o sea, a «lo despierto», que se expresa con el carácter «wu». De ahí que el nombre que te haya bus- cado sea el de Wu-Kung, que significa «despierto a la nada». ¿Te parece bien?
- ¡Es realmente espléndido! - volvió a exclamar una vez más el Rey de los Monos, llorando casi de agradecimiento -. De ahora en adelante todo el mundo me conocerá como Sun Wu-Kung - y así fue.
Su nombre no podía ser, en efecto, más apropiado para la nueva actividad en la que ahora se embarcaba. La escritura, de hecho, afirma: «Cuando el mundo comenzó a existir, no había nombre alguno. Para quebrar, pues, la indestructible muralla de la no - existencia, es preciso despertar a la nada».
El Rey de los Monos estaba entusiasmado con su nuevo nombre y le consumían las ansias por penetrar en el misterio del Tao. Pero esto es materia del capítulo siguiente.

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[1]Según la mitología china, Pan-Ku fue el primer ser humano. Surgido de la conjunción del yin y el yang, le cupo el honor de ser testigo de la formación del universo.

[2]En otras ediciones, en vez de esta obra, se cita la Crónica de la Liberación durante el Peregrinaje al Oeste. Se trata probablemente de una versión reducida de las andanzas de Tripitaka compilada por Chou Ding-Chen y publicada en Fujian durante el reinado de Wan-Li.

[3]Las denominaciones de estas épocas corresponden, en realidad, a las de las doce divisiones horarias, de las que se habla en la nota 7 del capítulo 05. Con ello se establece una cierta unidad entre la parte y el todo, muy del gusto taoísta, escuela para la que las divisiones carecen totalmente de sentido.

[4]También conocido por el nombre de Shao-Yung, fue un literato de la dinastía Sung, muy versado en el I Ching

[5]Los Cinco Emperadores y los Tres Reyes fueron los primeros gobernantes de China. Envueltos en un aura de leyenda, no hay acuerdo entre los estudiosos sobre su auténtica personalidad, ya que a lo largo de los siglos se han propuesto diferentes combinaciones de nombres.

[6]Las Tres Islas y los Diez Islotes son la morada de los inmortales.

[7]Debido a la tendencia a identificar la parte con el todo, las veinticuatro horas hacen también referencia a los veinticuatro períodos solares, que son las divisiones a las que se sometió el año a partir de la dinastía Han. Se trata en concreto de «el principio de la primavera», «el agua de lluvia», «el revivir de los insectos», «el cenit primaveral», «claridad y luminosidad», «lluvia del grano», «el principio del verano», «la madurez de los granos», «el grano en el interior de la oreja», «el solsticio de verano», «el calor ligero», «el calor fuerte», «el comienzo del otoño», «el final del calor», «el rocío blanco», «el cenit del otoño», «el rocío frío», «la aparición de la escarcha», «el comienzo del invierno», «las suaves nevadas», «las grandes nevadas», «el solsticio del invierno», «el frío ligero» y «el frío fuerte». Como puede apreciarse, en dicha clasificación se seguía una pauta estacional.

[8]En el original se habla de «esperma amarillo», que es una planta cuyas raíces poseen propiedades curativas, siendo, por ello, muy apreciada en toda China. Dado el sentido general de las actividades de los monos que aquí se describen, hemos optado por traducirlo simplemente como «raíces».

[9]Según los chinos antiguos, los seres vivos se dividen en cinco grupos: los que poseen alas, los que poseen pelo, los que poseen una cubierta dura, los que poseen escamas y los que no poseen nada. El hombre cae precisamente dentro de esta última categoría.

[10]Los lechíes son una fruta de cubierta coriácea y pulpa muy dulce, similar a la de las uvas, que crece en las regiones tropicales de China.

[11]Referencia al Inmortal del Mango del Hacha Podrida, que había fijado su morada en una de las montañas de Zhejiang. Según la leyenda, durante la dinastía Tsin un leñador llamado Wang-Chi se adentró en ella a cortar leña. No tardó en toparse con dos jóvenes que estaban jugando al ajedrez y que tuvieron la delicadeza de ofrecerle una fruta parecida a una pepita de dátil. Resultó tan nutritiva que el leñador no volvió a sentir hambre mientras observaba con atención el desarrollo de la partida. Cuando ésta concluyó, uno de los jóvenes exclamó, divertido: «¡Se te ha podrido el mango del hacha!». Sorprendido, el leñador regresó a su aldea, descubriendo que habían transcurrido más de cien años desde el momento de su partida.

[12]La Corte amarilla es uno de los textos canónicos del taoísmo clásico.

[13]En ocasiones era conocido como «el doble de tres», ya que abarca los tres temas centrales de la meditación budista: el vacío, que ayuda a la mente a liberarse de todas las ideas; la ausencia de forma, que la desconecta de cualquier fenómeno externo; la negación del deseo, que la libra de las posibles sujeciones internas. Existe un segundo nivel de meditación, en el que cada uno de los temas aparece duplicado. De ahí que se le asigne un carácter doble.